Héroes y viajeros

En 1914 apareció un anuncio en el diario Times, de Londres, donde rezaba:
Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. Dudoso regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito”… Contra lo que en principio nos podríamos imaginar, más de cinco mil “locos” respondieron al anuncio.
 
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¿Qué enorme impulso puede mover al ser humano para arriesgar su vida hasta extremos suicidas?. ¿La ambición del poder, el oro, la búsqueda de honor…la simple desesperación…?. Pero desde los comienzos de la historia y de los mitos, muchos hombres han recorrido los confines del mundo conocido ante la posibilidad de descubrir el más allá, lo exótico, lo ignoto, lo fantástico…lo mítico, donde todo es posible, despertando la admiración y la envidia de los que no se atrevían.
Tengo sobre la mesa de mi habitación, desplegado y visible bajo el cristal, el mapa Michelin de África Noroccidental: desde Marruecos hasta el Golfo de Guinea, desde la frontera de Egipto hasta Senegal, donde se detallan, además de pueblos y ciudades, los pozos en medio del desierto o pistas balizadas que marcan trayectos en medio de la nada, pistas que recorren enormes extensiones y que, a veces, cuando te los encuentras en la realidad no son más que caminos confusos o, hace tiempo, borrados bajo las dunas. Cuando la nostalgia me puede, recorro con el dedo y con la imaginación países y desiertos que descubrí y disfruté unas cuantas veces (Argelia, Mauritania, Malí, Senegal, Marruecos, Burkina…) y donde he conocido el placer inevitable y morbosamente sumado a la incomodidad. Paisajes que sigo añorando, aunque ya haga años que no voy  y, aunque hoy día, se hayan vuelto desaconsejables para el viajero.
Casi todos los antiguos viajes lo eran por necesidad, pocos se desplazaban por gusto. Descubrimiento de nuevos territorios para conquistar o, lo que venía a ser lo mismo, para obtener beneficios. Viajeros como el veneciano Marco Polo, que se desplazaron durante años y dejaron descripciones, más o menos verídicas de lo que habían conocido allá, en la lejana China. Otros como el castellano Ruy Gomez de Clavijo que, a comienzos del 1400 y en calidad de embajador del rey de Castilla, viajó hasta la lejanísima Samarcanda en misión diplomática, tres años entre ida y vuelta. Pero había que ser muy valiente, o muy necesitado, para atreverse por esos lugares ignotos. En los mapas romanos de África escribían sobre las extensas zonas en blanco: “hic sunt leones“…”aquí hay leones”…el que avisa no es traidor.
Hoy día apenas queda algún rincón virgen en el ancho mundo. Las agencias de viajes especializadas en aventura siguen ofreciendo a turistas con ansias de algo más que la típica foto “sujetando” la torre de Pisa, lugares más o menos dificultosos de acceder, donde los intrépidos gustan de hacerse fotos llevando ropas de Coronel Tapioca, con las que parecer aventureros…aunque en realidad no sigan siendo nada más que turistas. Pero la aventura aún es posible. aunque en muchas zonas pueda ser peligrosa.
Para mí, tres tipos de viajeros heroicos son capaces de acelerar mi imaginación, teñida -no me importa reconocerlo- de envidia: los míticos de la antigüedad, los que sufrieron la Conquista de América, o los de los descubrimientos modernos, a partir del Siglo XIX.
Aquellos viajeros míticos como Ulises, símbolo del eterno vagabundo, intentando regresar a Ítaca tras la guerra de Troya, castigado por los dioses y el destino a vagar durante diez años por un Mediterráneo lleno de cíclopes, de Circes y de sirenas. O las aventuras del sumerio Gilgamesh, datadas de hace cinco mil años. O el periplo que el marino fenicio Hannón se marcó, atreviéndose a sobrepasar las Columnas de Hércules y penetrar en un océano poblado de monstruos marinos para contornear una costa africana hasta el Golfo de Guinea, desconocida y llena de peligros, gorilas y volcanes en erupción…o legiones romanas tragadas por las arenas del desierto en su intento por alcanzar el reino de los garamantes o descubrir las fuentes del Nilo.
Pero, ya dentro de la historia y más documentados, los protagonistas de la Conquista de América no tuvieron nada que envidiar a aquellos protagonistas de mitos. Soldados que, acabada la Reconquista, pudieron dar continuidad y rienda suelta a sus ansias batalladoras en este nuevo frente. Cuenta el Romancero refiriéndose al Cid (otro héroe mitificado):
Por necesidad batallo, y una vez puesto en mi silla, se va ensanchando Castilla delante de mi caballo…
No sabían hacer otra cosa. Recorrieron enormes extensiones, llenas de indios hostiles y selvas impenetrables, atravesaron montañas altísimas o encontrando imperios desconocidos. Empujados por la ambición del oro, buscando mitos como El Dorado o la Fuente de la Eterna Juventud, o desesperados por encontrar un regreso, incluso por escapar de la justicia.
Protagonistas de la Conquista fueron legión: Alonso de Ojeda, Pizarro, Cortés… Núñez de Balboa, Vasco de Gama, Elcano… Aunque uno de mis favoritos es el soldado jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Naúfrago en las costas de la actual Florida, vagó durante ocho años por el sur de lo que aún no se llamaban los Estados Unidos. Esclavizado por los indios, desnudo, huyendo todo el tiempo, yendo de acá para allá, atenazado siempre por un hambre atroz, sobreviviendo – lo que no fue poco- hasta topar, ya en Texas, con un grupo de españoles a caballo que al principio ni les reconocieron de lo asalvajados que estaban. Dejó memoria de sus amarguras en un libro que he leído más de una vez: “Naufragios y comentarios”, donde te asombra la capacidad de resistencia del ser humano. Otros, como Lope de Aguirre, que firmó sus últimas cartas al rey como “Aguirre el traidor”, rebelde en la expedición por el Amazonas capitenada por Pedro de Ursúa (al que asesinó) y que solían morir a manos de indios flecheros o, lo que no era nada excepcional, entre ellos mismos.
Según avanzaron los siglos el mundo aún ofrecía muchas posibilidades a los valientes. En este caso se imponen más las razones -siempre económicas- para consolidar imperios europeos que compiten entre sí y tienen prisa para repartirse zonas que se supone, no son de nadie, aunque sobre el terreno haya que ganárselas a otros reinos, atraídos por los  lejanos ecos de sus riquezas en Europa. Se impone la exploración bajo el auspicio de las Sociedades Geográficas previa a la conquista de África. Viajeros legendarios como el escocés Mungo Park, también con su currículum de prisionero esclavizado por los nativos, que escapa pero que regresa más tarde para acabar muriendo asesinado por los indígenas, u otros europeos como Gordon Laing (también muerto a lanzazos), el alemán Heinrich Barth, el francés René Caillé (del que al regresar, enfermo, desconfían en Europa del éxito de su expedición) o el malagueño Cristóbal Benítez, todos ellos afanados en llegar hasta otro mito, la ciudad de Tombuctú, a la que describían con la imaginación y en la distancia como pavimentada en oro, o la de las torres de oro para descubrir, al llegar a ella, una ciudad en completa decadencia.
Conquistada África, conquistada La India por la fuerza de las armas, aún quedaba una última frontera de tierras absolutamente vírgenes: los polos y, en especial, el continente austral. Inmenso, helado, deshabitado… Allí no había oro, ni riquezas. Nadie a quien dominar, aquí no hacían falta armas más que para cazar, si acaso, unas focas con las que alimentarse. Sólo había hielo y unas colonias de pingüinos en la costa. Al interior, la desolación más absoluta.El motivo para llegar allí era tan sólo la aventura y el prestigio de sobrevivir…para el que lo consiguiera.
Cuando el irlandés Ernest Shackleton publica su anuncio en el Times con el que encabezo este texto, ya es un curtido explorador austral que ha participado en varias expediciones. Su propósito es ser el primero en llegar al Polo Sur pero en el primer intento se queda a tan sólo (¡tan sólo!) 180km, y decide volver para no poner en riesgo la vida de sus compañeros.
El 14 de Diciembre de 1911 el noruego Amundsen le gana la partida. En lo que se conoció como la carrera entre Admunsen y el británico Scott el noruego, mucho más organizado, llega al Polo Sur, hinca su bandera y regresa triunfal y, no sabría deciros si en el colmo de la deportividad o de la chulería, hasta deja una carta para su competidor. Scott llegó 34 días después al Polo, al límite de sus fuerzas y de sus provisiones, con sus compañeros agotados y, para colmo, descubrir la carta y bandera noruega clavada, como burlándose de él. Se necesitaba ser hombres de acero pero ni así: los cuatro que quedaban del grupo de Scott no consiguieron regresar con vida al campamento de salida.
Shackleton es otro héroe digno de la antigüedad. Ya ha sabido del final de Scott, al que conocía bien y a cuyas órdenes viajó a la Antártida por primera vez. Pero, tenaz, lo que quiere ahora es un nuevo desafío: pretende atravesar el continente helado de un extremo a otro, más de tres mil kilómetros por la ruta más corta. Un paseíto, como quien dice. Pero sin carreteras, sin áreas de servicio, sin grandes superficies, sin alojamientos …en el vacío más absoluto, sin absolutamente nada más de lo que puedan acarrear.
A su anuncio del Times, ya dije que contestaron más de cinco mil “locos”, o héroes, como prefiráis llamarles, un poquito de todo, gentes fuera de serie, sin duda. Seleccionó 56, repartidos en dos barcos. Uno debía esperarles al otro lado de la Antártida. Con ventisiete hombres se embarcó en el Endurance. Desde el comienzo todo fueron complicaciones. El barco quedó atrapado entre los hielos. Antes que se destrozara, recuperaron lo que pudieron.
Tras varios meses de intentar desplazarse por las movedizas banquisas de la zona helada, Shackleton decidió buscar ayuda para rescatar a los suyos. Tras una travesía de varios días entre los hielos a bordo de tres lanchas salvavidas, dejó a la tripulación del Endurance en tierra, en la Isla Elefante, lejos de todas las rutas comerciales, donde debieron aguantar casi cuatro meses en un campamento improvisado, esperando cada día con las fuerzas menguadas, en situación límite y la moral cada vez más baja el provisional rescate, mientras Shackleton en un bote de seis metros junto con cinco compañeros estuvieron durante diecisiete interminables días luchando contra las tormentas en alta mar hasta que consiguió llegar a las estaciones balleneras de las islas Georgia del Sur, a 1.300 km. de la isla Elefante.
Una vez llegados a las islas, aún necesitaron atravesar a pié los cuarenta y tantos kilómetros de montañas heladas e inexploradas, 36 horas casi sin parar, que separaban el punto de desembarco en la costa sur hasta el puerto ballenero, en el norte, dejando a dos de sus compañeros muy débiles como para hacer la travesía al cuidado de un tercero. Cuando por fin y con la ayuda de un barco chileno se dirigieron hasta la isla Elefante, aún necesitaron un cuarto intento debido a las malas condiciones del mar para poder rescatarlos, pero logró recuperar a todos sus hombres con vida, más de dos años después de su partida desde Gran Bretaña.
Lo que convierte en héroe o en mítico a Shackleton no es ya su fuerza y su coraje, su tesón y su valentía. Es, además, su determinación, como Ulises en la aventura del cíclope, como Jasón y los Argonautas, como Alejandro el Magno y sus macedonios, en no dejar a su suerte a los suyos, en jugarse la vida por ellos, aunque sea en una cáscara de nuez en medio de la tormenta polar para ayudarles. Volvieron como lo que eran: como héroes. Tras su regreso a Gran Bretaña circularon correos en la prensa donde decían:
“Para un lider científico dadme a Scott; para un viaje eficiente, a Amundsen; pero cuando hay una situación sin esperanza, cuando parece que no hay salida, arrodillaos y rogad para que venga Shackleton”.
Epílogo:
Tras cada héroe famoso a veces hay otro héroe en la sombra. Shackleton fué, sin duda, un hombre valiente y tenaz, pero su hazaña hubiera sido imposible de no haber contado con la ayuda del neozelandés Frank Worsley, al que designó como capitán del Endurance. Worsley debió ver con desesperación como los hielos iban destrozando “su” barco. Pero fue gracias a Worsley, marinero con gran experiencia en mares helados y, muy importante, hábil en el manejo de barcas pequeñas, como la tripulación del Endurance alcanzó en tres días la isla Elefante.
La gran proeza de Worsley fue la navegación con sus cinco compañeros, aquellos 1.300 kilómetros por un mar tormentoso a bordo de un bote, hasta las islas Georgias del Sur. Su única ayuda para no perder el rumbo y orientarse fue un pequeño  sextante con el que, debido a las continuas tormentas, sólo pudo hacer seis mediciones en aquellos interminables diez y siete días que debieron hacérsele infinitos. Cuando por fin, agotados y deshechos, llegaron al puerto ballenero Worsley no quiso descansar ni un minuto, hasta que con un barco rescató a los tres compañeros que habían quedado en la costa sur.
Shackleton quedó para la memoria como el gran héroe de la expedición. Pero, seguramente, de haberle conocido, los grandes exploradores que le precedieron hubiesen estado encantados de contar con un hombre de la talla de Worsley para sus descubrimientos.