Una carta de amor

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Distinguida señorita:  Aunque mis contínuos paseos a lo largo de su calle y las miradas a lo alto de sus balcones le hayan podido dar una leve medida de la desazón que comienza ya a acibarar mi vida…

Ernestina, dulce muñeca sentimental: Ante la necesidad de expresarte el sentir, los ímpetus de mi corazón torturado….

Se supone que ya nadie escribe cartas como éstas, sacadas de un manual para escribir epístolas de amor de comienzos del siglo XX. Pero suponer que una carta de amor es una antigualla de los tiempos de nuestros abuelos implica no sólo cometer un grave error de apreciación, sino también desperdiciar una buena posibilidad en el juego sentimental.

¿Por qué una carta, en estos tiempos en que es tan fácil llamar por teléfono?… Y cuando digo carta no excluyo modernos medios, como los e-mail.

Una palabra escrita tiene mucha más fuerza, mucho más peso que una palabra expresada por la vía oral. Lo que se dice no deja huella, no hay constancia, una vez que el oído la percibió se evapora, desaparece, puede olvidarse, no existen pruebas.

Lo que se escribe, por el contrario, es un testimonio que podemos releer tantas veces como queramos, que nos devolverá a la memoria, por mucho tiempo que haya pasado, aquel sentimiento que la inspiró. Pero, además, la palabra escrita penetra con más fuerza en la memoria que ninguna otra forma de conceptualización de una idea. Esto sucede a causa de la fuerza que posee la memoria visual.

Muchos hombres pueden pensar que expresar sus sentimientos es signo de debilidad y, sin embargo, pocas cosas sorprenden más agradablemente a una mujer que recibir una carta de amor.

A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas, y todos queremos que nos quieran. Desde la psicología a la biología, registran como un hecho inherente al comportamiento humano la necesidad de amar y ser amado. Quienes consideran cursi la expresión de un sentimiento, lo único que hacen es erigir barreras para que su propia afectividad pueda manifestarse. Los sentimientos no han desaparecido. Simplemente se encuentran reprimidos hasta el punto que hemos olvidado la forma de manifestarlos y perdido la costumbre de hacerlo.

¿Cómo se escribe una carta de amor?. Desde luego que el estilo ha cambiado. Escribir, hoy día, frases como

…porque desde hace mucho tiempo, amiga mía, siento tal naciente amor por usted, que su recuerdo ilumina la triste nostalgia de mis horas lejos de su presencia y pone en mis noches de insomnio una amargura que quisiera mitigar…

quedarían un tanto obsoletas. Lejanos quedaron los tiempos de la poesía arábigo-andaluza, con sus matices, o la poesía juglaresca, con su idealización del amor.

Las reglas que los antiguos manuales aconsejaban, tanto para enviar: dedicatorias, frases inflamadas de pasión…, como para contestar: qué perfumes añadir al papel, qué color, tiempo de respuesta…no menos de tres ni más de cinco días…se quedaron relegadas a los tiempos del lenguaje del abanico.

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No hay que esforzarse en pretender ser un poeta. Si exige alguna regla, ésta consiste en ser natural, espontáneo. Expresar con claridad los sentimientos, sin sentir vergüenza por ello.

Vale la pena intentarlo. A lo mejor descubrimos que no es tan complicado. O nos sorprende descubrir que teníamos, oculto, un lado romántico. O, a lo mejor, lo que más nos sorprenda sea el efecto producido en la otra persona. A mí me funcionó…

 

Los Cat-Café, una moda muy felina

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(página del boletín Calico, donde se anuncian diversos Cat-café de Tokio, incluyendo fotos y comentarios de cada uno de sus gatos)

Tuve ocasión de visitar hace un par de años el primer “café de gatos”que se abrió en Europa, mas conocidos como Cat-Café: el Café Neko (neko = gato, en japonés) de Viena, abierto en Mayo de 2012. Su propietaria, Takako Ishimitsu, ¡japonesa, cómo no!, fue la pionera, pero tras ella las inauguraciones de estos cafés gatunos se han sucedido de forma imparable, casi todos en el 2013.

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A este respecto el Café des Chats de París, abrió sus puertas en el muy distinguido distrito del Marais el 21 de Septiembre del 2013. En Gran Bretaña, el primero en abrir fue el Totnes Cat’s Café, en Devon; pero en Londres ya hay al menos cuatro: Cat Emporium, con dos plantas y jardín privado, el Fat Cat Café Bar, el Little Cat Café y el Cat’s Café des Artistes. ¿Sigo?… También hay dos más en Budapest (Hungría) y otro en Munich (Alemania), el Katzentempel, que fué inaugurado el 29 de Septiembre del 2013.

Pero la gran noticia para nosotros ha sido la apertura el 15 de Octubre del 2013 del primer Cat-Café español en Madrid, muy cerca de Atocha: la Gatoteca, gestionada por una protectora de animales, Abriga. Si bien este establecimiento está orientado de manera distinta al resto de los abiertos en el mundo.

¿Qué es un café de gatos?

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Se trata de un local donde te puedes tomar un café, un te o un refresco, o picar algo, como en cualquier local de hostelería pero, en el que además de mesas, sillas y sofás para nosotros, hay gatos que viven allí y con los que el consumidor-visitante puede interactuar. Estos felinos suelen estar donados por criadores o centros de acogida y su destino, aunque no en todos los Cat-Cafés, es la adopción. A tal fin, y tanto en los “adoptables” como en los “fijos”, hay carteles y folletos donde te informan de cada uno de ellos.

Un factor importante es el control de los visitantes porque, no lo olvidemos, aquí los reyes son los gatos. Y aunque los habitantes felinos de los Cat-Cafés son animales tranquilísimos, no quita que, como cualquier gato y dada su facilidad para el estrés, puedan asustarse. Muchos tienen el aforo limitado, pueden entrar niños pero siempre controlados por sus padres para que no se dediquen a corretear a los mininos, no se puede entrar con perros ni con otros felinos y, aunque se supone  que los que van son amantes de los gatos, la mayoría cobra una pequeña entrada para disuadir a los posibles curiosos, aunque algunos como el de Viena son gratuitos y en el de Madrid la entrada incluye una consumición.

La pega legal que tuvieron todos que solventar fue que, como establecimientos de hostelería que son, donde se expenden bebidas o bollería, se supone que por las normas de Sanidad no debería haber animales sueltos en el local. Afortunadamente, todos ellos, han podido capear esa normativa.

La decoración tiene su gracia…felina. Hay troncos por los que trepar o en donde afilarse las uñas, hay unos cuantos rascadores, muchas repisas con cunas en las que subirse o echarse una siestecita, y aunque hay mobiliario “humano” para que podamos sentarnos, es muy frecuente que, en la mesa elegida para tomarnos un te, una de las sillas o sillones esté ocupado por un gato profundamente dormido al que, ¡por supuesto!, no vamos a molestar. Sus bandejas higiénicas y más cunas están situadas en lugares restringidos para ellos.

Japón: el líder

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Antes que Japón fue Taiwan donde se abrió el primer Cat-Café en 1998. Pero los japoneses, grandes amantes de los gatos, arrasaron: el primero se abrió en Osaka en el 2004. Después de éste ya hay casi un centenar en todo Japón. Según mis datos y hasta la fecha, más de 40 de ellos solo en Tokio.

Mi hija Maya, una entusiasta de los gatos, ha vivido temporadas en Japón y fue la primera persona que me contó lo de estos establecimientos. Suelen estar en un piso, a veces el piso diez o el veinteavo de grandes rascacielos. Una vez que accedes, unas amabilísimas japonesitas encargadas de cuidarles te dicen: no los toques, ellos irán a tí… Y, efectivamente, se irán acercando a saludarte o a subirse en tu regazo, encantados de que les recompenses con unas caricias que agradecerán ronroneando.

Son lugares sumamente relajantes. Maya me contaba que en los Cat-Café de Tokio, hay quien va allí a leer o a echarse una siestecita muy zen, para abstraerse del estrés de la gran ciudad.

Algunas direcciones

-La Gatoteca. C/Argumosa, 28. Madrid

-Café des Chats. 16, Rue Michel le Comte. Paris

-Café Neko. Blumenstockgasse, 5. Viena

-Cat Emporium. 152-154 Bethnal Green Rd. Shoreditch. Londres

-Cat café. Revay Utca, 3. Budapest

-Katzentempel. Türkenstrasse, 29. Munich

-Minimal Café. Nº 42 Lane 2, Taishun Street. Taipei. Taiwan

-Neko no Jikan. 5-16 Kurosakicho, Kita-Ku. Osaka

 

Evitando accidentes: stop a los “gatos paracaidistas”

 

Los veterinarios tendemos a veces al humor negro, por aquello de quitarle hierro a las situaciones más dramáticas, y no sé ni dónde ni quién bautizó hace tiempo como el Síndrome del Gato Paracaidista o, más familiarmente, Gato Paraca al conjunto de lesiones de los pobres gatos que (sin paracaídas), por una causa o por otra, se caen con más frecuencia de la que pensamos por las ventanas…

Como dice el refrán, es mejor prevenir que curar y, en el caso de los “gatos paracas” por desgracia hay veces en que la cura ya no es posible. Para muchísimas personas, siempre que hablo del tema, resulta sorprendente que unos animales como los gatos, presuntamente tan ágiles, puedan caerse desde una ventana. Pero el sorprendido fui yo al comprobar la alta incidencia de “paracas”, muy por encima de lo que imaginaba.

La explicación es fácil: en las clínicas veterinarias habituales, con un horario normal de mañana y tarde y sin urgencias, vemos algún caso esporádico de “gato paraca”, con una frecuencia quizá de un caso cada tres, cuatro o seis meses. Pero cuando, hace años, estuve trabajando en un centro de urgencias con horario nocturno, me encontré con el panorama desolador de atender “gatos paracas” prácticamente noche si y noche también.

Y no sólo éso porque, al fin y al cabo, a urgencias nos llevan los “paracas” sus propios dueños cuando se han dado cuenta de la caída sus propios dueños y han podido recuperarlos de la calle, caso que no siempre se da. Pero, ¿qué pasa con los que se caen sin que nadie se percate, o los que, una vez en la calle, heridos y asustados se despistan, corren a esconderse y es imposible localizarlos?.

El Ayuntamiento de Madrid, como otros muchos, tiene un servicio de recogida de animales extraviados que está atendido por veterinarios. Aunque tienen sus propias instalaciones, a menudo estos colegas nos acercaban algún paciente y me comentaban que, cada noche y sobre todo en verano, con las ventanas abiertas, recogían de la calle 3, 4, 6 o más “gatos paracas” a los que alguien ha visto y les habían dado el aviso. Insisto: los que se pueden coger, que no son todos. Por tanto, muchos, demasiados “gatos paracas”.

La curiosidad mató al gato

 

Dice el refrán que “la curiosidad mató al gato”…y por desgracia ésto es cierto para muchos de estos gatos que, por despiste, por un resbalón (bordes de ventanas de cerámica o metal de los que no pueden agarrarse con las uñas) o por seguir atentamente el vuelo de una paloma, caen al vacío.

 

Los gatos, efectivamente, son muy ágiles, se equilibran con la cola y caen sobre sus cuatro patas. Una caída de 4 ó 5 metros, lo que equivale a un segundo piso, para un gato en buenas condiciones (sano, delgado, ágil) por lo general no suele suponer lesiones pero, según aumenta la altura incrementa la violencia del golpe, y hay que considerar factores de riesgo tales como el suelo al que caen (es diferente caer sobre cesped que sobre cemento) o los obstáculos que encuentren en su caída (tales como cuerdas de tender) y que les desequilibren o les hieran.

El surtido de lesiones, lo que constituye el “Síndrome del gato paracaidista” varía desde fracturas en patas, mandíbulas, dientes, paladar, derrames de tórax…y un largo y dramático etcétera. Por encima de un sexto piso las posibles lesiones son muy graves, llegando hasta la muerte. En todo caso, la recuperación de un “paraca” con varias de estas lesiones es larga y costosa. Por éso, mejor, no nos arriesguemos.

¿Qué hacer?. Redecora tu vida…y salva la de tu gato

No podemos tener las ventanas cerradas en todo momento y los gatos andan siempre muy atentos al menor descuido para asomarse. La mejor solución es instalar algún tipo de red, malla o mosquitera para impedir las caídas. No hace falta ser “el rey del bricolaje”. Con cuatro listones de madera, a la medida del hueco de la ventana, y una malla de plástico o de metal, de las que encontramos un amplio surtido en las ferreterías, sujetas por grapas a los listones, podemos preparar un marco que, a su vez, podemos sujetar a la ventana con un par de escarpias y de hembrillas.

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Las ventanas correderas, de metal o PVC, se pueden sustituir en verano por otras de la misma medida, pero sin cristal y con tela mosquitera. Otra opción es una tela mosquitera a medida, que se pueda enrrollar igual que las persianas. Para las terrazas hay otras opciones: por ejemplo, un amigo ha colocado malla del mismo tipo que la de las porterías de fútbol, sujetas por unos listones. A veces no es lo más estético…pero si estos remedios son eficaces, es preferible sacrificar algo la decoración, y no sacrificar al gato.

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Un último apunte: se están popularizando las ventanas oscilo-batientes, ésas que no se abren sobre sus bisagras, sino que se inclinan hacia dentro de la casa. Pues bien, está ya descrito en tratados de medicina felina y estamos comenzando a ver casos de gatos atrapados en la rendija que dejan. El gato -otra vez con su mortal curiosidad- se intenta asomar, saca la cabeza y parte del cuerpo y, como no tiene dónde agarrarse, puede quedar encajado en la rendija, con medio cuerpo dentro y medio cuerpo fuera. Cuantos más esfuerzos haga por salir, más se encaja y le resulta imposible salir.

Dependiendo del tiempo que haya quedado atrapado, puede sufrir lesiones en órganos por falta de riego sanguíneo, junto a lesiones nerviosas por la compresión. Como precaución, no facilitarle muebles o repisas que le pongan fácil lo de asomarse. También se puede regular la apertura de la rendija e impedir que el gato se asome y, de esta manera, la ventana no se convertirá en una trampa mortal.

Ventilar, sí. Asomarse y cotillear, sí. Caerse o quedarse atrapado,. no.

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El mastín y la Mesta de Castilla

Esta entrada del blog en realidad es un capítulo que, a su vez, forma parte de un trabajo aún pendiente de publicación sobre el mastín: El mastín español. Historia de un compañero, que presenté a un certamen convocado por la Real Sociedad Canina en 1998, y en la que tuve el honor de ganar el segundo premio, en su categoría de razas españolas.

La Mesta es un capítulo tan importante en la historia de Castilla, tanto por la riqueza generada como por la pujanza dentro de Europa, que numerosos autores han profundizado en el estudio de sus múltiples facetas, tales como el origen, desarrollo, economía, etc. De entre ellos destaca el norteamericano Julius Klein cuya obra: La Mesta. Un estudio de la historia de la economía española, 1273-1836, en la que empleó varios años de ardua investigación en diversos archivos, obra rica en información y lúcida en exposición, sigue siendo la “biblia” para todos los que han querido acercarse a lo que significó, para Castilla,  la cría de ovino y el comercio de la lana durante seis siglos.

Un apunte sobre Julius Klein, el pionero

La figura de Julius Klein es una rara avis, en el sentido que tuvo que ser un norteamericano y hace más de un siglo, el que se interesase por un tema, supuestamente tan importante para nosotros y que aquí nadie había tocado, o en todo caso muy de pasada. Licenciado en Historia y Literatura por Berkeley, fue becado por la Universidad de Harvard entre los años 1912 y 1914 para investigar en Europa. Y aunque consultó esporádicamente archivos de Francia, Gran Bretaña y Alemania, fue en España donde más tiempo permaneció… en una España todavía muy atrasada. Durante esos años se dedicó afanosamente a consultar legajos polvorientos en varios archivos, tales como los de Simancas o el de la Asociación de Ganaderos del Reino, que absorbió los de la Mesta de Castilla tras su disolución.

Su obra La Mesta…fue presentada como tesis en Harvard aunque no se publicó hasta 1920. Pero hubo de esperar a 1936 para ser traducida y publicada en castellano gracias a la Revista de Occidente, fundada y dirigida por Ortega y Gasset. Julius Klein aún hizo algún trabajo de investigación sobre Latinoamérica, aunque lo que pudo haber sido una gran carrera como investigador y docente quedó a un lado ante su nueva actividad, ésta vez como asesor político experto en temas económicos y latinoamericanos, en puestos cada vez de mayor responsabilidad.

Los conflictivos comienzos del pastoreo. Los antecedentes de la Mesta

Podemos resumir, en esencia, la importancia que tuvo la ganadería en la España medieval si tenemos en cuenta dos factores: el avance de la Reconquista y la escasez de población. Según avanzan las fronteras hacia el sur, la ganadería se impone como medio de explotación de unas tierras extensas y asoladas por la guerra, con constantes incursiones por uno u otro bando, por las frecuentes epidemias de peste y por largos periodos de sequía con la secuela de la hambruna:

-…la continuidad de guerras y alborotos impedía la labranza de los campos (Colmenares, “Historia de Segovia”, tomo I, pg.445)

-…en este año (1301) fue en toda la tierra muy bien grand fambre, e los omes moríanse por las plazas e por las calles de fambre, e fue tan grande la mortandad en la gente, que bien cuidaran (calcularan) que muriera el cuarto de toda la gente de la tierra… (Crónica de Fernando IV, pg.119)

…en el año de 1350 murió el mismo rey Don Alfonso (de la peste negra, en Algeciras). En esta peste que arrasó toda Europa y parte de Asia, España padeció infinito; tanto, que después del diluvio no hay noticia de semejante calamidad; de tres partes de la gente perecieron las dos; entonces se despobló España, y las tierras quedaron yermas, sin dueños y sin colonos…(Fernando Cos-Gayón, “La Mesta”, 1869).

-…en 1348 hace su aparición la peste negra; en tres años se lleva a un tercio de la población europea mientras que el clima sufre un descenso de la temperatura: los inviernos se prolongan, los ríos se hielan durante meses y los lobos entran en París…(Georges Minois, “Historia de los infiernos“).

-…Et quando el Rey ovo a salir de la tutoria, falló el regno mui despoblado, et muchos lugares yermos: ca con estas maneras muchas de las gentes del regno desamparaban heredades… (“Crónica de Don Alfonso el Onceno”, en 1325)

La agricultura precisa para su aprovechamiento de una población estable, cierta seguridad y el tiempo necesario para esperar las cosechas, y estas tres cosas en la Castilla medieval, de momento, son impensables. La ganadería ofrece la ventaja de que necesita menos mano de obra y, sobre todo, ofrece más movilidad. El pastoreo ya era practicado por los celtíberos, herencia de la cultura pastoril nómada de sus antepasados arios. Se limita en un principio a los mismos recorridos que hacían los celtíberos en lo que aún no se llamaba Castilla: en la cuenca del Duero, de la montaña a la llanura y de la llanura a la montaña, siguiendo el ritmo de las estaciones. Recorridos de pocos días, al estilo de la transterminancia que siguen practicando los pastores en los valles del Pirineo.

Pero, poco a poco, y superando sus crisis motivadas por las guerras o la peste, la población va aumentando, lo que conduce a que se van colonizando cada vez más tierras que comienzan a ser cultivadas. Esta corta trashumancia en los reinos de Castilla y León fue motivo de conflictos desde sus comienzos -y antes, como veremos- , al chocar los movimientos del ganado con el uso de las tierras por parte de los agricultores, conflictos harto frecuentes si consideramos las muchas veces que se intenta regular:

– en el año 504 se redacta el Código de Eurico, de unos 400 capítulos donde se recopilan las “mores” o costumbres, entre otras las del pastoreo. Su sucesor, el rey godo Sisenando lo amplía en el 603.

-Recesvinto aprovecha el VIII Concilio de Toledo, en el año 654, para redactar el Liber Iudiciorum (o Libro de los Jueces), más conocido como el Fuero Juzgo al ser traducido al castellano años después, y donde podemos leer: “autoriza el acceso, sin restricciones, del ganado a las tierras abiertas y su paso por carreteras públicas (“Fuero Juzgo”, Lib.VIII, tit.IV, ley 27).

-el Fuero de 974 autoriza a proceder contra quien se apodere del ganado.

Villas y ciudades, a partir del año 1000, redactan sus propios fueros bajo la aquiescencia de los reyes, en un intento de expansión de sus áreas de influencia y apacentar sus ganados:

-Alfonso I de Castilla, en 1088: tomando debaxo su protección y amparo todos los ganados de Segovia y mandando que pudiesen pastar libremente sin que nadie se atreviere a oponerse a los pastores, prenderlos, montazgarlos (cobrarles impuestos) ni impedírselo…(Colmenares, Historia de Segovia).

-Salamanca redacta sus propios fueros para controlar los derechos de paso y pasto de los ganados foráneos. En los Fueros de Sepúlveda y Fresno, otorgados por Alfonso VIII en 1207, se prohibe labrar y poblar los lugares más alejados del término, los “extremos” (palabra que vamos a oir a menudo) reservándolos para sus pastos.

-El Fuero de Cuenca castiga con fuertes multas y la expulsión a los que se atrevan a arar dichos extremos: …”Qui exido de conceio laurrare, assí de uilla como de aldeas, peche LX marauedís al juez y a los alcaides y a los caualleros y dexe la heredat”…

Las tierras, a menudo, están en poder de la nobleza feudal y los monasterios, y contra estos dos poderosos estamentos chocan los concejos de los pueblos. El propio Cid Campeador actuó una vez de juez, en el año 1073, en un pleito entre el monasterio de Cardeña y el concejo de Orbaneja. Caballeros y modestos propietarios se reúnen varias veces al año para dirimir sus problemas. Son el germen de las “mestas” (uniones) locales de ganaderos y pastores. En estas mestas ya tenían derecho a voto cualquier propietario de 50 o más ovejas, fuesen estantes o trashumantes, tanto hombres como mujeres. Este democrático derecho al voto se mantuvo igual años después, ya bajo la protección de la poderosa Hermandad de la Mesta de Castilla, donde valía lo mismo el voto de una mujer con cincuenta ovejas que los conventos agustinos de Guadalupe o El Escorial, propietarios de rebaños con miles de cabezas.

La palabra “mesta” se utilizó en un principio con más exactitud para designar al ganado mesteño o descarriado, “mixto” o mezclado con otros rebaños. Los pastores se reunían en lugar y fecha prefijados para reconocer cada cual las suyas. Para evitar tentaciones, Alfonso XI de León, en 1229 dispone: …“guardar las mestas, no ocultarlas, venderlas ni mudarlas la marca”…

Pero son inevitables los conflictos entre los concejos con intereses pastoriles por el aprovechamiento de los pastos. Apenas conocido fue el enfrentamiento acaecido entre los concejos de Madrid y de Segovia, que no tuvo nada que envidiar a una película del Oeste. Durante casi cien años, entre los años 1200 y 1300 se sucedieron a ambos lados de la Sierra saqueos, destrucción de aldeas, robo de ganado y muertes, todo por unas hierbas fronterizas.

El caso más llamativo es el de Segovia, protegida en sus pretensiones por Alfonso VIII, por el Documento de las Cañadas, de 1208. Segovia avanza sobre las tierras de otros concejos, y el más perjudicado es el de Madrid, quedando ésta reducida casi a las tierras que rodean la villa (Elías Tormo, El estrecho cerco de Madrid, de la Edad Media, por la admirable colonización segoviana, en el Boletín de la Academia de la Historia, 1946).

Alfonso X intentó poner orden fundando en 1268 la villa de Guadarrama, poblada por segovianos, para arbitrar las competencias entre éstos y los madrileños (Diccionario geográfico, histórico y estadístico de España, de Don Pascual Madoz, S.XIX). Y ya que, pongamos que hablo de Madrid, el famoso emblema del Oso y el Madroño también tiene que ver con el tema: representa la solución salomónica que se encontró al litigio que se mantuvo durante veinte años entre el concejo y el cabildo. Los vecinos pudieron aprovechar los árboles y la caza, representados por la osa (es una osa y no un oso) y el árbol (un manzano, más que un madroño), mientras que el cabildo pudo aprovechar los pastos para sus ovejas (la hierba del suelo).

Las tensiones entre concejos de campesinos y pastores se iban haciendo tan frecuentes que, a ruegos de éstos y con el fin principal de regular los derechos de paso, los montazgos y portazgos (impuestos locales por derechos de paso), Alfonso X El Sabio funda el Honrado Concejo de la Mesta de Castilla, por los Privilegios de Gualda, el sábado 2 de Septiembre del año 1311 de la Era Hispánica, según consta en los documentos (año 1273 de la Era Cristiana).

La Mesta

En esencia, la Mesta es un sindicato de ganaderos que se unen para protegerse, homologar el precio de la lana, evitar competencias en el arriendo de los pastos (y evitar que suban los precios), eludir los múltiples impuestos que debían pagar allí por donde pasaban sus ovejas y, muy importante, proteger la integridad de las “servidumbres de paso”, tupida red de caminos pecuarios, estimados en un total de 125.000 kilómetros, formados por:

-cañadas: vías principales, con una anchura fija de 90 varas castellanas, unos 76 metros.

-cordeles: enlaces entre cañadas, de 45 varas, unos 39 metros de anchura.

-veredas: caminos locales, de 23 varas, unos 19 metros

y que van a permitir la marcha de los ganados a “extremos” desde las sierras de origen.

No es éste el lugar para extenderse hablando de la Mesta de Castilla. Sólo decir que durante sus seis siglos de existencia fue un estado dentro del estado, con leyes, autoridades y parlamento propios, con un sistema democrático como decíamos más arriba con votaciones a mano alzada en los que valía lo mismo el voto de un humilde propietario de cien ovejas que el del Monasterio de El Escorial, con 30.000, y un escrupuloso respeto a las decisiones tomadas en sus juntas semestrales.

Bajo el reinado de su fundador, Alfonso X El Sabio, Castilla disfruta de la economía más próspera de la península y es una de las potencias más pujantes de Europa, gracias a la repoblación de las ricas comarcas andaluzas, recién conquistadas, y al desarrollo de la ganadería y la exportación de lana, que compite con tal éxito con la lana inglesa que copa los mercados y la industria pañera de Flandes, Génova y la propia Inglaterra; fomenta el desarrollo de ciudades feriales como Medina del Campo o Burgos (sede del Consulado de la Lana, donde se regula todo el comercio exterior), y de los puertos del Cantábrico, tales como Santander, Bilbao o Castro Urdiales, donde se embarca el preciado género con destino al norte de Europa.

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                                            Embarcando los fardos de lana

Para el trasiego de las miles de arroba de lana desde los lugares de esquileo hasta los mercados y puertos, se crea en 1497 la Cabaña Real de Carreteros, equivalentes a los camioneros de hoy en día -aunque algo más lentos-, y que en sus carretas hacían unas rutas circulares transportando además de la lana, sal, cerámicas, carbón, madera y otros géneros, de un punto a otro. En invierno descansa la fuerza motriz, los bueyes, en las dehesas de Talavera y comarcas cercanas, recuperándose con los ricos pastos que crecen en la ladera sur de la Sierra de Gredos.

 

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      Carretas de bueyes por el Puente de Segovia de Madrid, finales S.XIX.

 

…la mejor sustancia destos reynos…

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Staalmeesters: el Gremio de Pañeros de Amsterdam, por Rembrandt. Los que                                                                           compraban la lana merina

de nuestras lanas y caballos se hacía el mejor aprecio, como en tiempos de los godos y romanos, pues consta que los reyes de África enviaron a Carlomagno entre otros regalos exquisitos, una porción de lana de nuestras ovejas (pag. 117)…nuestros tejidos de lana, algodón, lino y seda eran muy estimados en toda Europa, como se echa de ver por los muchos velos y telas que iban de España a Roma en el siglo nono, y por el paño que envió a regalar el rey Mahomad Abu-Abdalla en el año de 865 a Carlos el Calvo, rey de Francia (pag. 131)…(Masdeu, “España Árabe, en Historia Crítica”, Tomo XIII, pag.117, 1781).

La lana española tenía ya fama en la antigüedad. Autores clásicos como Varrón, Columela, Plinio y Estrabón mencionan la calidad de la lana de las ovejas de la Bética, o los sagum, túnicas de lana de los celtíberos, requeridas como impuesto por los romanos, aunque es cierto que la lana de las ovejas iberas era de fibra larga y suave y color pardo rojizo, y no crespa y corta y de color blanco, como la lana merina.

cuando el general Lúculo sitió la ciudad de Intercatia (aún sin localización precisa: se barajan, entre otras, Villalpando, Aguilar de Campos o San Pedro de Latarce) les exigió, a cambio de su indulgencia, cincuenta rehenes y diez mil “sagum”… ((Appiano de Alejandría, “De rebus hispaniensibus”).

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A la izquierda pequeño exvoto ibérico de bronce hallado en Despeñaperros.                          A la derecha parece la figura de un belén, pero es un exvoto romano de terracota

Pero el auge de la Mesta se produjo al finalizar la Reconquista, con la obtención de la oveja merina, de finísima lana, y la conquista de los vastos territorios de La Mancha, Andalucía y Extremadura, ideales como pastos de invierno. La primera mención a la lana merina consta en un documento notarial redactado en 1307, por el clan de comerciantes genoveses Usodimare, en la que se alude a la compra en Túnez de unos sacos de “lana qui apellatur merinus”  (:”lana que llaman merina”. Robert Salatino López, “The Origins of the Merino Sheep”). En España la primera mención se halla en los inventarios de tarifas expendidas por Juan II, en 1442, en los que fijan las tasas para el paño confeccionado con “lana merina” (Julius Klein, “La Mesta…”).

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Carnero y oveja merina. Obsérvese el espesor de la capa de lana

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Ilustración de un facsímil del libro De Materia Médica, del médico griego Discórides (Siglo I), traducido por el médico segoviano Andrés de Laguna, con ampliaciones, comentarios  e ilustrado por él mismo (1554)

 

 

 

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Tijeras de esquilar celtíberas, Museo de Arqueología de Madrid. Iguales a las usadas de siempre, hasta que aparecieron las esquiladoras eléctricas

 

 

Aunque para variar, hay teorías de lo más pintoresco para explicar la aparición de la apreciada oveja merina, parece ser un proceso de cruzamiento del ganado autóctono con moruecos importados procedentes de la región de Al-Gharb, de Marruecos. Se protege celosamente a estas ovejas, fuente de la principal riqueza de Castilla (…la mejor sustancia destos reynos…), prohibiendo su exportación y controlándolas, una a una, las pocas veces que atraviesan las fronteras hacia Navarra, Aragón o Portugal.

De la misma forma que monasterios como El Paular, Guadalupe o El Escorial, pertenecientes a la orden de los Jerónimos, poseen mediante donaciones gran parte de los pastizales de verano en el norte, la “invernada” se realiza en los extensos territorios del sur, arrebatados a los moros por las órdenes militares (Santiago, Calatrava, Montesa) que han contribuído a su conquista. Estas tierras de secano, incapaces de mantener grandes rebaños en verano al quedar agostadas y resecas, obtienen excelentes rentas como pastos invernales, lo que se llamó “maravedís de yerba”. Unos y otros obtienen parte importante de sus ingresos gracias al comercio de la lana merina.

Es ahora cuando la trashumancia alcanza sus máximos recorridos, moviendo cada año entre dos y tres millones de ovejas -llegaron a ser cinco millones en 1780- en un doble viaje de hasta 600 kilómetros, 20 días como mínimo, a razón de 4 ó 5 leguas diarias (unos 20-30 kilómetros), desde las montañas del norte de Castilla hasta los “extremos”, cada vez más alejados, de Extremadura, La Mancha o Andalucía.

Extremadura, pastores y perros

Y hablando de Extremadura, y pese a lo que se ha propuesto a menudo, el nombre de la región extremeña no le viene de ser “extrema” y “dura”, sino que es, sencillamente un término pastoril. Cuando los pastores, sorianos y segovianos en su mayoría (lo que se conocía como “serranos”) se despedían de sus familias por San Miguel, 29 de Septiembre, decían que se iban “a la extremadura”, es decir, comenzaban su viaje “a extremos”…unos extremos que ya no estaban en las afueras de su pueblo, sino cada vez más alejados.

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                         El paso de las merinas por el Puente de Alcántara

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                 Una imagen que ya no se ve, salvo “festejos reivindicativos”. 1910

Se habla en los contratos de “lana extremada” y de “lana extremeña”, como sinónimo de lanas u ovejas trashumantes que, al igual que los pastores, “hacen los extremos”, así como se menciona al hablar del ganado estante como “que no extremeña”. Al igual que “andadura” es el hecho de andar, y “metedura” el hecho de meter, la “extremadura” era el hecho de viajar a los extremos, el viaje en sí, aunque acabase por dar nombre a aquellas tierras lejanas donde terminaba el recorrido, y a donde se referían las familias de los pastores cuando se les recordaba: “están en la extremadura”. Aún suena por las sierras, melancólico, el romance de despedida:

ya se van los pastores a la extremadura, ya se queda la sierra triste y oscura…

La dura vida de los pastores goza al menos de una fuerte tutela por parte de la Mesta: los pastores están exentos de servir en el ejército, por tanto no se les puede movilizar en caso de guerras. No se les puede encarcelar por deudas de sus amos ni de la Mesta. Están exentos de aparecer ante la justicia como testigos y no necesitaban abandonar los rebaños ante el requerimiento de ningún funcionario…a no ser que fueran expresamente autorizados por la Mesta. Sólo pagan impuestos en su lugar de origen.

 

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Pastores castellanos.               Figura de pastor romano (Siglo I), con cordero a la espalda

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    La anunciación de los pastores. Fresco del techo en San Isidoro de León.                       

…otrosí, mando que ningún pastor non sea prendado por razón ninguna, si non fuere por su debida propia o por fiadura que el mesmo haya fecho… (Alfonso X, “Privilegios de Gualda”, 1311 de la Era Hispánica).

-… y que pagasen segun fuero (no “fuera”, sino por los Fueros de protección) el daño que hiciesen los ganados en las mieses, viñas, huertos, prados o dehesas, reconocidas por tales… (Disposiciones de Alfonso de Castilla en el año 1200 según Colmenares en su ya citada “Historia de Segovia”, 1637)

Como vemos la casi única obligación de los pastores era permanecer con el rebaño impidiendo el acceso de las ovejas a las “cinco cosas vedadas”: trigales y panes, viñas, huertas y prados de guadaña. Y protegerlos contra los lobos y los forajidos. Esta necesidad de protección se consigue con dos cosas: armas y perros.

La escasez de armas de fuego en épocas pasadas dificultaba la caza del lobo. En el año 1527 el Emperador Carlos V prohibía el ejercicio de la caza con armas de fuego, así como la tenencia de arcabuces por los particulares, se reservaba su uso para el ejército. Las quejas formuladas por los pastores, quienes se sentían desvalidos ante las frecuentes depredaciones de los lobos, motivó que en el año 1617, Felipe III promulgara una pragmática autorizándoles el uso de las armas de fuego.

La Mesta reconoce a los pastores castellanos el derecho a ir armados por los frecuentes ataques de que los rebaños eran objeto, no sólo por parte de los lobos, sino también por “merodeadores y gitanos”. Los gitanos fueron causa de un sinfín de quejas por parte de la Mesta, lo cual influyó en el Decreto de 1499, que los expulsaba del territorio. Pero no parece que tuviera este edicto una gran eficacia -como está claro, los gitanos siguen entre nosotros- , ya que reaparece el problema repetidamente en años sucesivos. A los alcaldes entregadores de La Mesta se les concedió una licencia especial de armas para defenderse de los gitanos.

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                                                            Manual para pastores

En cuanto a los perros, para el cuidado de las ovejas se necesitaban de dos clases: los careas y los mastines. El carea: pequeño, ágil, listo, atentos a las órdenes de los pastores para conducir las ovejas. No tenía un estándar definido, se seleccionaban los que por herencia materna o temperamento parecían ofrecer las cualidades necesarias. Hoy día sí hay un carea castellano, pero razas estandarizadas similares las vemos por otras zonas ganaderas: el Gos d’atura catalán, su versión francesa allende el Pirineo, o Berger des Pyrenées, o el Euskal Artzain Txacurra vasco.

La palabra: “carea”, para designar a este tipo de perros vendría del hecho de la conducción de las ovejas hacia el “careo”: hierba que pastan las ovejas, de donde proviene “carear”: pastar, o la frase “salir al careo”.La aparición del carea en la Mesta es tardía ya que el papel de conducir el rebaño estaba encomendado en un principio a los zagales, chavales de doce o catorce años que estaban todo el día corriendo alrededor del rebaño para que no se metiesen en los “vedados”.

El mastín

Y el mastín, resistente para aguantar las caminatas, duro para soportar fríos y calores, valiente y fuerte para enfrentarse a los lobos… Antes de la aparición de las armas de fuego y aún con éstas, ante el ataque nocturno de una manada de lobos, un rebaño de ovejas sin mastines está indefenso, sin más. Si en las montañas y los páramos de Castilla los mastines eran la mejor arma contra el lobo, en los largos desplazamientos de la Mesta, el mastín se hizo imprescindible, y se le da la categoría que merece. En el salario de los pastores, junto al “cundido”: sal, pimentón, ajos, sebo, manteca y pan, que dará lugar a platos pastoriles tan sabrosos y  energéticos como las migas y la caldereta, se incluye la comida de los perros: el “canil”, pan negro de centeno especial para los perros y el “chicharro”, mezcla de harina de centeno, restos de carne y huesos triturados. En Burgos, en los siglos de la Mesta, se obligaba a las gentes a dar de comer antes a los perros pastores que a las propias personas, e idéntica ración.

…La cabaña de merinas estaba compuesta por lo menos un rebaño, no inferior a 1.000 cabezas, el cual se dividía en dos o tres hatajos de parir (hembras de vientre), otro de borras (corderas primales de reposición) y la carnerada (sementales), mas los mansos (también llamados encencerrados), carneros castrados jóvenes, siempre cornudos, de buena marcha y debidamente adiestrados, usados como guías y auxiliares de la conducción de las distintas piezas enumeradas… (“Razas ovinas españolas”, de los veterinarios Antonio Sánchez Belda y María C. Sánchez Trujillano).

El rebaño estaba a cargo de un pastor con cuatro ayudadores y cinco mastines. Julius Klein en su libro La Mesta…nos cuenta:

los perros eran cuidados con especial esmero, asignándoles la misma cantidad de comida que a los pastores. Todo daño inferido a los perros se multaba con una pena de cinco ovejas en adelante. La posesión de un mastín extraviado era ilegal, sin previa autorización de La Mesta otorgada en sus juntas anuales…

Se protegía a los perros loberos con fuertes multas:

-…si alguno matare can villano de ganado que lobo mate o tuelle a lobo, pague XV mencales… (Fuero de Cuenca, otorgado por Alfonso VIII en 1190).

-…todo aquel que can aldeano matare que lobo matare peche XX mencales…e qui matare otro can que non sagudiere carne a lobo, peche X mencales… (Fuero de Zorita de los Canes, S. XIII)

-Otro tanto se señala en el Fuero de Baeza, otorgado por Fernando III en 1236, sobre un conjunto de disposiciones dictadas anteriormente por Alfonso VII, más tarde ampliado por Alfonso X.

est es Fuero antiguo del precio de los canes…e por can que mata al lobo, treinta sueldos, e el otro tres sueldos… (Fuero Viejo de Castiella, Libro Segundo, Titol V, en 1378, en origen dentro de la colección de Alfonso VIII de 1212).

Con relación a la función de los perros “matalobos” me veo obligado a mencionar el libro: Perros: una nueva interpretación sobre su origen, comportamiento y evolución, del biólogo estadounidense Raymond Coppinger. Aparte de sus teoría sobre el origen y de algunas otras más que no comparto, hace mención varias veces a que los perros realmente no mataban lobos en Europa. Sólo con las cuatro citas anteriores donde ya, desde la Edad Media, se mencionan perros que mataban lobos en la España medieval, más otros testimonios que podría añadir, creo que quedaría bien demostrado. El autor, como ya mencioné es norteamericano y allí no hubo generaciones de ganaderos con necesidad de plantear estas estrategias. Si hubiese investigado en España quizá hubiera cambiado su opinión.

Pero por si esos testimonios medievales le pareciesen dudosos al autor, hay otro testimonio gráfico incontestable: un documental en blanco y negro, sobre el ataque de dos lobos a las ovejas en una granja aislada en la montaña nevada. No se menciona el país ni la época pero calculo años 30-40.  El comentarista del documental creo que habla en ruso y posiblemente se trata de un país del Este. Los lobos atacan y matan un par de ovejas. El pastor llama a sus perros y aparece corriendo un “ovtcharka”, el tremendo Pastor del Caucaso, un moloso de montaña parecido a nuestro mastín, que ataca a los lobos mordiéndolos en el cuello y matándolos en menos de un minuto. El documental acaba con el pastor recorriendo las aldeas de la zona, con los lobos muertos encima de una mula, el perro caminando delante y los agradecidos campesinos recompensando al pastor con comida y especies. Señor Coppinger: los perros SÍ matan lobos. Podéis buscarlo en Youtube: en las páginas vídeos de Pastor del Caucaso, o en “perro vs. lobo”.

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La trashumancia se rige por un calendario natural, que a su vez condiciona los contratos con los pastores: de San Juan a San Juan, 24 de Junio; el arriendo de los pastos: San Marcos, 24 de Mayo; la partida a extremos: San Miguel, 29 de Septiembre; la llegada a extremos: San Lucas, 18 de Octubre; el esquileo: por San Juan, para que a las ovejas no les afecte un frío o lluvias tardías (son muy delicadas, se acatarran con facilidad); las juntas generales y, hasta por condicionar, el nacimiento de los pastores -hijos- en Marzo al ser Junio el mes que más tiempo pasaban los pastores -padres- en casa, cuando el esquileo.

Pese a todo su poder y la influencia que sobre los reyes ejercían los grandes beneficios del comercio de la lana, la historia de la Mesta es un continuo choque por el uso de unos pastos que los habitantes de villas y aldeas consideran suyos, por derecho. En el Siglo XVIII coinciden, curiosamente, el apogeo en cuanto al número de animales trashumantes, que llegaron a cinco millones en 1780, y las críticas más feroces, impulsadas por hombres de la Ilustración, Jovellanos y Campomanes, partidarios del desarrollo de la agricultura y que achacaron a la Mesta y a sus rancias instituciones todas las culpas del atraso de España.

Campomanes en 1782 obliga a redifinir las cañadas y elimina viejos privilegios como el Derecho de Posesión, una especie de monopolio atávico de los pastos arrendados a terceros y de los que éstos no podían desligarse, estaban obligados a continuar mientras la Mesta quisiese hacer uso de ellos. Campomanes también actualiza un censo del ganado y ganaderos para comprobar quién disfruta en realidad d las ventajas mesteñas. Un año después, en 1783, se redacta el Memorial del Expediente de Concordia, entre la Mesta  y los extremeños por el largo pleito en que estuvieron envueltos muchos años, al sentirse estos últimos perjudicados al no poder aprovechar los pastos que la Mesta acapara por el atávico Derecho de Posesión, y que se falla a favor de ellos.

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Hoy, a la luz de la historia, podemos ver que ni asfixió la agricultura, ni abortó la industria pañera de Castilla, ni desertizó el paisaje, argumentos que, en su momento, se esgrimieron en su contra. La economía, motor del mundo, acabó con la Mesta de muerte natural: la cotización de la lana cayó en picado, cesaron las exportaciones y, pese a la protección sobre las merinas, se produjo un goteo en forma de salidas toleradas a diversos países de Europa.

…desde 1715 hasta las guerras napoleónicas, en 1808, fueron saliendo lotes de cuarenta, trescientas, seis, doscientas o mil ovejas a York, Suecia, Dinamarca, Silesia, Austria, Bayreuth, Ucrania, Sajonia, Piamonte, etc... (Charles-Philibert de Lasteyrie, “Historia de la introducción del ganado merino en diferentes partes de Europa”, 1820).

Las merinas se aclimataron bien, y algunos demasiado bien. Las de Sajonia, de un rebaño de 1.000 en 1767, cuarenta años después estaban vendiendo 50.000 arrobas de lana a Inglaterra. En Alemania se fundan “Escuelas de pastores” para enseñarles a manejar a las merinas. La puntilla llegó en 1808 con la invasión napoleónica y la Guerra de la Independencia. El movimiento de ejércitos y el desorden propios de toda guerra, dificultaron enormemente la trashumancia y los grandes rebaños de merinas desaparecieron, o bien comidos, o bien por abigeato.

Los privilegios de la Mesta ya no tenían razón de ser en una castilla mucho más poblada y necesitada de tierras para cultivar. El 31 de Enero de 1836 quedó disuelta por Real Decreto.

Declive de La Mesta y recuperación del mastín

Las cañadas, indefensas y cada vez menos transitadas fueron invadidas, poco a poco, por tierras de labor, cortadas por los cercados o en regiones urbanizadas como la Sierra de Guadarrama, ocupadas por zonas residenciales. Y aunque de vez en cuando surjan intentos románticos de recuperar el uso de las cañadas, la realidad social y económica del país las han vuelto obsoletas para su uso original, que era el de llevar las ovejas caminando desde los pastos de verano a los de invierno.

Hoy se sigue haciendo el viaje a “extremos”, aunque sea a mucha menor escala. Pero lo que suponía un viaje duro e incómodo, sujeto a las inclemencias del tiempo, en lo que se tardaba veinte o treinta días, en cuyo recorrido se perdía, por enfermedad, agotamiento y muerte hasta un 15% del ganado, y donde no era nada raro que los pastores también pudiesen enfermar y fallecer, hoy se hace de forma mucho más rápida y cómoda en tren o en camión, y si no que se lo pregunten a los pastores que son los que lo sufren, y no a los “urbanitas”, nostálgicos de bucólicas tradiciones, que quizá no aguantarían ni un día a pie controlando minuto a minuto los rebaños, bajo el sol y la lluvia.

El fin de la Mesta no significó que el mastín perdiese su utilidad. Desaparecieron muchos puestos de trabajo en aquella “reconversión”, pero frente a los tres millones de ovejas merinas mesteñas quedaron otros quince millones de ovejas más, entre razas locales, estables o de cortos recorridos, que siguieron necesitando de la atenta vigilancia del mastín frente al lobo o los ladrones de dos patas. Tras la desaparición de la Mesta el número de trashumantes bajó a quinientas mil, pero fue aumentando según mejoraba la economía en España. En 1910 ascendieron ya a 1.500.000.

Más importancia tuvo la crisis que supuso el estallido de la Guerra Civil, unido a las penurias de la posguerra lo que, unido a la desaparición de los lobos en muchas regiones, debido a las batidas o al veneno, limitaron su número en muchas zonas, quedando arrinconados en fincas o en sus viejas montañas de la meseta, donde todavía había ganado que cuidar y lobos de los que defenderlo.

La posguerra marcó también una etapa, la de aquellos primeros aficionados que, frente a la llegada cada vez mayor de razas extranjeras por afán innovador, rescataron al mastín del ámbito rural con el objetivo de seleccionar y proteger la raza. En 1946 se redactó el primer estándar y el 4 de Marzo de 1981 se funda la Asociación Nacional del Perro Mastín Español (la del Mastín del Pirineo se había fundado en 1977).

Quizá a partir de ahora nos fijaremos mejor en ellos cuando los encontremos dando un paseo por el campo. Tumbados desde donde puedan vigilar los rebaños, manifiestan esa tranquilidad, esa confianza en sí mismos que sólo tienen los fuertes. Ni saben ni les importa si el pastor al que acompañan es indoeuropeo, celtíbero o de la Mesta. saben que han andado mucho junto a él, y que se sienten con fuerzas para andar mucho más todavía. Pero sobre todo saben que mientras él, el mastín, esté a su lado, no va a permitirle a nadie que le toque un sólo pelo de la lana a “sus” ovejas.

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Mauritania: entre ciudades perdidas y AlQaeda

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Al narrarme mi amigo Pablo su “misión” partiendo de Ualata, me vino a la memoria el viaje, de muy diferente cariz, que realicé en las navidades del 2007 recorriendo el sur de Mauritania hasta llegar a la antigua ciudad caravanera. Aquel viaje tuvo sus componentes de aventura, unido a los pequeños contratiempos e incomodidades que todo viaje por el desierto implica, pero con la seguridad de hacer el recorrido en Toyotas y no en camello, y sobre todo contar con nuestros guías mauritanos, nuestros “ángeles guardianes”, nada que ver con el periplo que hizo Pablo treinta y cuatro años antes. Fue la continuación del que habíamos disfrutado el año anterior por el norte del país. La misma agencia, aunque esta vez el dueño cometió el error de llevar a su mujer, un tanto neurótica por decirlo de forma suave, que nos amargó parte del viaje y por la que cortamos la relación con ellos. El mismo grupo con pequeñas variantes, y los mismos guías y conductores, de los que habría que destacar a los dos mauritanos: Ely y Bashir.

Ely, hombre de gran presencia y humanidad. Descendiente de la tribu Beni Hassan, de origen yemení. Los conquistadores de Tunez y el Magreb junto a los Banu Hilal y los Banu Suleyman, dominadores a partir del Siglo XV del Sahara Occidental y Mauritania, que impusieron su lengua en la zona, lo que explica que hoy día en ese territorio se hable el hassanía, una variante del árabe en vez del bereber. El hecho de ser un Beni Hassan  confería a Ely un nivel casi (y sin el casi) aristocrático por encima del resto de la población bereber. Su forma de caminar y de hablar, tranquila, pausada, hasta principesca podríamos decir, ya manifestaba cierta diferencia con el resto.

Bashir es otra cosa. Mauritano del norte lo que equivale a decir saharaui (son las mismas etnias y están emparentados). Descendiente directo de los bereberes Lamtuna, rama de los Sanhaya, los mismos a los que en el Siglo X se les conoció como los Almorávides (al morabitum = los del “convento”, literalmente del árabe el que se ata, sinónimo de el que está listo para la batalla), aunque más conocidos en sus comienzos como Al-Mulatamum = los enturbantados, por su costumbre nómada de cubrirse la cara, que se acabó implantando  como norma exclusiva y reservada sólo para ellos. Austeros como buenos saharianos, su alimentación se basaba en dátiles y leche de cabra, y algún cabrito para las ocasiones especiales. Cuando entraron en España una de las cosas que más les escandalizaron entre las costumbres “degeneradas” (para ellos) de los habitantes musulmanes de Al Andalus, fue su alimentación, abundante, rica y variada.

Duros y muy combativos, expandieron sus dominios por el sur hasta Senegal y por el norte hasta España. Su territorio original era el norte de Mauritania y el antiguo Sahara Español, moviéndose con sus rebaños de cabras y camellos por sus zonas naturales de pastos. El “convento” que les dio nombre se situó, según algunos investigadores, en una islita del Banc D’Arguin, en la costa norte mauritana, aunque otros la sitúan con más seguridad al interior, cerca de Attar, en su zona de origen, el Adrar Tmar, la “Montaña de los dátiles”.

Durante cerca de un siglo controlaron el África Occidental, lo que les llevó en su camino hasta Senegal a la aniquilación de la rica ciudad de Kumbi Saleh, en el sur de la actual Mauritania, cerca de la frontera de Mali. Capital del imperio de Ghana (nada que ver con el actual país del Golfo de Guinea del mismo nombre), que llegó a tener 30.000 habitantes, repartidos en dos distritos: el de los bereberes sanhaya con doce mezquitas, y el de los negros Ghana, con el palacio real.

Tras la destrucción de Kumbi Saleh  se hicieron los dueños del comercio de la sal y del oro por la ruta más occidental, la que desde el sur y partiendo de Walata, Tishit y Wadan subía hacia el norte por Iyil, llegando a Zagora  (al sur del río Draa) y Marrakesh,  o a Siyilmasa, la gran puerta caravanera  cuyas ruinas aún se pueden ver cerca de Rissani, al extremo sur del rico palmeral del Tafilalet, a orillas del Ued Ziz.

La expansión de los almorávides hacia el norte tuvo su detonante en un cambio climático.  Se ha mantenido, y es cierto, que su líder espiritual, Abdalah  Ibn Yasin, a la vuelta del peregrinaje a La Meca, vino imbuído de un fuerte espíritu evangelizador. Ayudado por Yahía Ben Omar, jefe militar, unificaron a los bereberes lamtuna y sanhaya para conquistar nuevos territorios. Pero la necesidad de pastos para sus rebaños fue el pistoletazo de salida.

Hacia el Siglo X una sequía desertificó aún más la zona tradicional de los pastizales de la Saquía Al Hamra (el norte del antiguo Sahara Español) y del Adrar Tmar (al norte de Mauritania), lo que obligó a aquel pueblo de pastores a emigrar hacia el norte buscando el sustento para sus rebaños de ovejas y cabras, de los que dependía su supervivencia. Llegando a la frontera natural del Ued Draa, límite con los dominios del sultán de Marruecos, pidieron permiso para cruzar y buscar nuevos pastos, a lo que el sultán se negó.

Al principio acataron la prohibición del sultán, pero según la situación se iba haciendo cada vez más desesperada, acabaron por atravesarlo y a entablar enfrentamientos con los soldados marroquíes, a los que derrotaron en la batalla junto al Ued Draa, pese a sufrir grandes pérdidas. A partir de ahí y mientras una parte de los almorávides avanzaba hacia el sur, la otra parte fue conquistando el territorio marroquí, y de esta forma tan elemental comenzó la expansión del imperio almorávide.El fuerte integrismo religioso de sus líderes les añadió los pocos motivos que le faltaban para irse imponiendo a la población, la excusa perfecta.

Podías imaginarte sin ningún esfuerzo a Bashir, descendiente directo de los lamtunas y sanhayas, como uno de aquellos guerreros almorávides. Muy alto y fuerte, resolutivo, decidido… Pícaro y con un gran sentido de humor, siempre diciéndole piropos a las chicas… lo que les encantaba, dicho sea de paso… Se había casado (y separado) al menos dos veces, que nos dijera, pero romántico impenitente, quería repetirlo más veces… Tremenda cara de asesino pero con una enorme humanidad. Mientras que a Ely le veíamos como un padre, a Bashir le sentíamos como a un hermano.

Las agencias se los disputaban: habían paseado por Mauritania a franceses, alemanes, japoneses, coreanos… pero reconocían que con nosotros se lo pasaban muy bien. No es por chovinismo pero debe ser verdad: el preferir llevar grupos de españoles me lo han dicho, creo que sinceramente, desde egipcios que llevan buceadores por el Mar Rojo, a los tuareg del sur de Argelia. Debe ser por la sangre mora que llevamos en las venas, pero yo también me siento a gusto con ellos. Si uno es capaz de abandonar los prejuicios se librará de muchos miedos, y disfrutará más la vida.

Bashir y Ely habían sido combatientes del Frente Polisario contra Marruecos durante al menos 11 años. Tras la cesión del gobierno franquista del antiguo Sahara Español a Marruecos y la entrada de miles de marroquíes con la Marcha Verde, lo que hasta entonces había sido una prudente resistencia contra España, se transformó en una ofensiva en toda regla. Adiestrados en campos de entrenamiento en Libia bajo la bendición de Muamar El Gadafi, los polisarios, Ely y Bachir entre ellos, aprendieron a conducir los todoterrenos,el manejo de armas modernas y el uso destructivo de la artillería.

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                                                                Bashir, Ely y Manolo

En los largos momentos del té, recostados en la arena y viéndoles con toda la calma del mundo escanciar una y otra vez la verde infusión, cada vez más espumosa a los vasos, Bashir (Ely era menos locuaz, sólo apostillaba de vez en cuando) nos contaba cómo se acercaban, de noche y sin las luces de los LandRover encendidas para no delatarse, a los campamentos marroquíes: Comenzábamos a ametrallarles y lanzarles morteros durante unos minutos y, para cuando se empezaban a dar cuenta, ¡se agitaban como hormigas en un hormiguero! (Bashir se reía a mandíbula batiente), nos habíamos largado hacía rato…

Si los habitantes del desierto sobreviven gracias a su prodigioso instinto de orientación, era fácil entender cómo afinaron ese instinto por la noche e, insisto, sin luces. Nos asombraba comprobar cómo, en algunas de las jornadas del viaje, en zonas del desierto llanas, sin pistas y sin ninguna referencia, Bashir conducía mientras Ely, en silencio, iba apuntando con su dedo cual “GPS digital” la dirección a seguir. Y no fallaba: al cabo de cuatro o cinco horas llegábamos a la aldeíta cuyo nombre era un punto perdido en la inmensidad del mapa.

Mauritania se define oficialmente como República Islámica de Mauritania. Actualmente, o por lo menos lo que yo ví, eran bastante relajados en cuanto a la religión. Pero me contaron amigos africanistas que hace diez o doce años, a la llamada de la oración de los al-muezines desde los minaretes de las mezquitas, todo el mundo por la calle se paraba y se postraba para seguir los rezos. Actualmente hasta las mujeres, aún con su velo, hablan contigo sin ningún problema pero en Nuadibu, en que tuvimos que hablar con un responsable del puerto, a los hombres nos saludó y nos dio la mano mientras que a las mujeres del grupo, sencillamente, las ignoró, para escándalo de ellas….

En Nuadibu Ely nos presentó a Hamedu, un Beni Hassan como Ely, de noble origen por tanto. Educado en París, y presidente de la Media Luna Roja, versión musulmana de la Cruz Roja europea. Hamedu nos contó que estaba intentando resolver el problema de la emigración a Canarias a bordo de los cayucos. Cientos o miles de africanos procedentes de tierra adentro, de Mali, de Niger, de Burkina y de otros países y con la ayuda económica de sus familias intentaban llegar a Europa como fuese, porque aunque el viaje implicaba grandes peligros, el llegar a Europa suponía mejorar su paupérrima situación, para ellos y para sus familias, destinatarias del dinero que pudiesen mandar.

Hamedu calculaba que por cada africano que conseguía llegar a Canarias, posiblemente diez morían por el camino, la mayoría ahogados en el Atlántico. Partían en cayucos viejos, con el gasoil justo para la travesía y a veces un GPS o una brújula. Sorprendidos por las tormentas, con los motores averiados, con el gasoil agotado, sin apenas agua, quedaban vagando en el océano muriendo de sed o de hambre o quemados por el sol porque los negros, nos aclaró, también se insolan.

Para conjurar todos estos males los marabuts, los brujos de las aldeas, les vendían pócimas con las que, según ellos, no les quemaría el sol, no pasarían sed o, en el colmo de la imaginación, les volvería invisibles para la policía… Hamedu estaba intentando “convencer” (sobornar, más bien) a esos marabuts para que les engañasen lo mínimo. Nos contó que un día, en un centro de refugiados africanos un chaval le saludó a voces. Había intentado la travesía más de ocho veces: habían volcado, se habían quedado a la deriva, había visto morir a la mayoría -o a todos- sus compañeros…pero había sobrevivido, y ahí estaba él, para intentarlo de nuevo…

Como anécdota más alegre nos contó que a su vuelta de París, veía en el puerto de Nuadibu como los pescadores tiraban a la calle a las langostas que se habían quedado enganchadas a sus redes, con las que jugaban los niños. Y como él cogió algunas para comérselas, los pescadores comenzaron a regalárselas, hubo día que se juntó con más de veinte…con el tiempo los pescadores aprendieron que aquellos “bichos” también se podían vender…

En el primer viaje, cuando tuvimos el placer de conocer a semejante par, recorrimos parte del norte de Mauritania, país con una extensión similar al doble de la de España. Desde Nuadibu, y a través del Adrar Tmar (la Montaña de los Dátiles) llegamos hasta Chinguetti, una de las antiguas ciudades caravaneras, y ciudad santa para los mauritanos. Aquí se iban juntando los peregrinos, dispuestos a ir -caminando- hasta La Meca. Un viaje arriesgado que suponía muchos meses y que algunos no resistían. Aquellos que regresaban eran muy respetados, anteponían a su nombre el apelativo de Hayiy solían ser consultados por los vecinos, cual jueces, en casos de conflictos. Hoy día los peregrinos van a La Meca en avión, con su ropa blanca como siempre ha sido y como corresponde, pero hasta entonces era toda una heroicidad.

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Celebramos la Nochevieja en el oasis de Terjit, un cañón en medio del desierto lleno de verdor, con las paredes tapizadas de culantrillos y piscinitas con aguas termales donde, por supuesto, nos bañamos.Una amiga del grupo había traído gorritos navideños, antifaces, trompetas y matasuegras, y había que vernos a todos, incluyendo los mauritanos, tirando confetis hacia lo alto y haciendo todo el ruido que podíamos con las trompetas, ataviados como para una fiesta en el Gran Casino de Montecarlo. Afortunadamente hay fotos que demuestran que aquello no fue una pesadilla. Bashir, muerto de risa como siempre, le decía a Ely: ¡Si tu madre ve ésto creerá que estás con  el demonio!…

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Hubo mucho más: vimos el tren más largo del mundo, donde se transporta el mineral de hierro de las minas de Zuerat hasta el puerto de Nuadibu. Casi 2km de tren, más de 170 vagones, nunca puedes ver al tiempo el comienzo y el final. Con las pistas de arena para los coches cerca de la vía y, cada pocos kilómetros, carteles avisando de la presencia de minas. Bordeábamos todo el tiempo la frontera mauritano/marroquí, donde hubo muchos combates con el Frente Polisario y muchas zonas estaban todavía minadas.

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Vimos el cementerio de barcos con una desolación fantasmal, algunos dentro del mar, otros encallados en la playa, oxidándose al sol, junto a Cabo Blanco.Enormes cadáveres de metal abandonados allí porque, al parecer, desguazarlos en cualquier puerto les costaba mucho dinero a los armadores y preferían embarrancarlos y olvidarse de ellos.

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También en Cabo Blanco y cerca del cementerio marino, desde los acantilados vimos jugar a las enormes focas monje, extintas en el Mediterráneo. Flotaban relajadas entre el oleaje en las rompientes de las rocas, mirándonos tan tranquilas, disfrutando su momento. Y recorrimos el Banc d’Arguin, aprovechando la marea baja para rodar con los coches, en el margen de dos o tres metros que quedaba entre la arena blanda por demasiado húmeda y las dunas, siempre bajo la mirada experta de Ely. Algún esqueleto de ballena o de delfín, y conchas de tortugas blanqueadas sobre la arena. Actualmente han construido una pista por el interior, pero hasta hace poco era el único camino para desplazarse entre Nuadibu y Nuakchot.

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En el Banc d’Arguin tuvimos la ocasión de darnos una vueltecita en el barquito de vela latina de un pescador local, los conocidos como imraguen (del árabe: los que recolectan vida). Hace años eran descritos como una etnia de pescadores negros que eran ayudados por los delfines. Aunque hay algunos wolof la mayoría eran mauros. Muy morenitos, pero bereberes. El Banc d’Arguin es una amplia bahía con muy poco calado. La técnica de pesca descrita de los imraguen era meterse andando en el mar, de dos en dos y extendiendo sus redes. Golpeaban con palos el agua a cuya llamada acudían los delfines que iban empujando los peces (lisas o mújoles) hacia las redes. Pregunté allí pero al parecer ya no se practica ese tipo de pesca tan peculiar.

Salimos en el barquito. El patrón sólo hablaba hassanía, la variante árabe que se habla en el Sahara ex-español y en Mauritania. De francés, ni una palabra. Dimos un rodeo por la bahía rozando unas islitas donde crían abundantes pelícanos. Durante el recorrido fue sacando varios peces a base de anzuelo y en un perolo y con arroz, y con el hornillo de carbón nos preparó un plato sencillamente delicioso. Como aclaración, y como es costumbre en África, no llevaba cucharas en el barco, debido a lo cual comimos a la usanza árabe: con la mano. Que conste que no nos importó en absoluto, bien rico que estaba, pero fuimos objeto de la atención (y objetivo de las cámaras) de otro barco con un grupo de franceses que se nos acercó, sumamente regocijados de ver unos “blancos” comiendo como salvajes…allá ellos.

Como no nos podíamos entender con el patrón (Ely y Bashir se habían quedado descansando en tierra) y él no tenía manera de saber lo que queríamos, el paseo se prolongó con la consecuencia de que, al bajar la marea el barco comenzó a rozar en la arena de los bajíos. El patrón tenía cara de estar seriamente preocupado, se ve que buscaba canales entre la arena para volver a puerto, pero dando muchos rodeos. Cayó la noche y las luces de la aldea se veían lejos.

El barco encalló. Ningún problema: me tiré yo el primero al agua y detrás de mí tres o cuatro más, y entre el peso que aliviamos al barco y los empujoncitos, fuimos dirigiendo poco a poco al barco hasta la costa. No cubría, el agua nos llegaba tan sólo por el pecho, pero metidos dentro del agua bromeábamos: ya nos había tocado empujar los Toyotas cuando se atascaban en la arena, y ahora nos toca empujar hasta el barco…atascado en la arena… Llegamos por fin a la orilla. Ely estaba alarmado por nuestra seguridad, pero para nosotros sólo fue una anécdota divertida más del viaje. Se había hecho de noche y no había luz para las fotos, pero hubiera estado gracioso vernos en la popa y dentro del mar empujando…

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En el segundo viaje, navidades del 2007, con destino Ualata, partimos esta vez de la capital, de Nuakchot. Desde aquí nace la carretera conocida como la Route de l’Espoir, la Ruta de la Esperanza… ¿suena bien, no?… Pero aunque atraviesa Mauritania de Oeste a Este, desde Nuakchot hasta Nema, más de 700 km, el asfalto ha desaparecido en su mayor parte. Además hay bastantes tramos donde la arena la invade o incluso llega a cubrirla, y hay que hacer pequeños rodeos para esquivar la duna de turno. El tráfico es reducidísimo: alguna camioneta muy de vez en cuando. Pero, eso sí: los burritos, las vacas o los camellos se atravesaban con harta facilidad.

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Más o menos a la altura de Aleg, a unos 260 km de la partida, tuvimos la primera sorpresa. Nos había adelantado un Mercedes con dos tipos delante y otro detrás, muy despacito, mirándonos mucho… lo consideramos normal, ¡éramos blancos, turistas, y por allí tampoco hay muchos!. Pero diez minutos más adelante encontramos un espectáculo sangriento: en una camioneta estacionada al lado del camino el conductor yacía, muerto, apoyado en el volante. A su lado, el copiloto, caído a un lado. Y en el suelo, al lado del coche, otro cadáver tapado con una estera. Los tres, de aspecto europeo.

Paramos los coches y nuestros guías se bajaron para preguntar a los del corro que se había formado allí. Volvió Ely, muy serio.- ¿Qué ha pasado, Ely?. –Un accidente, vámonos. Y seguimos. Lógicamente, estábamos muy intrigados. ¿Un accidente, en aquella carretera sin tráfico, con el coche apartado a un lado y sin signos de golpes?… Cuando nos desviamos de la Route de l’Espoir  dirección Tidjikja nos cruzamos ya un par de controles militares. Y allí nos enteramos que unos “bandidos” o, lo que era más seguro, un comando de Al Qaeda, los ocupantes del Mercedes, habían tiroteado a una familia de franceses que había parado un momento.

Mientras nos adelantaban a nosotros debieron considerar que un convoy de tres Toyotas, y además con conductores mauritanos (¡y con la cara de asesino de Bashir!) no era una presa fácil. Y siguieron hasta toparse con los desgraciados franceses. Desde aquel día puedo presumir que Al Qaeda me ha mirado a la cara y ha pasado de mí.

Más adelante nos fuimos enterando que habían asaltado un pequeño puesto militar en el desierto y se habían hecho con las armas y otro vehículo. Ya de vuelta en Nuakchot nos informaron que el comando se había dirigido hacia el sur cruzando la frontera con Mali, pero en aquel momento saber que estábamos nosotros y los del comando dando vueltas en pleno desierto no dejó, como es lógico, de producirnos cierta inquietud.

El hecho de tener a Bashir de nuestra parte nos tranquilizaba bastante. Bromeábamos a menudo con la idea de que, en caso de apuros, bajo la túnica podía aparecer en cualquier momento su querido kalash, del que tanto nos hablaba y que, tras la guerra contra Marruecos, como tantos ex combatientes polisarios, guardaba en casa, por si un día volviese a ser necesario… ese Kalashnikov con el gatillo desgastado de tanto abrir fuego…

La consecuencia del atentado fue que, los de la organización del Rally Paris-Dakar, hartos de amenazas y de bandidaje, que habían tenido que modificar el trayecto varias veces desde sus inicios, decidieron aquel mismo año y con carácter de urgencia trasladarlo a Sudamérica, como así fue. Faltaba una semana escasa para el comienzo, y para un país tan pobre como Mauritania, el Dakar suponía casi el 20% de su P.I.B. Alojamientos, cobertura, toda la logística no sólo para los equipos competidores sino, como vimos al volver a Nuakchot, los cientos o miles de seguidores que abarrotaban los establecimientos. Casi todo el mundo tenía algún “negociete” preparado: retretes y duchas portátiles, suministro de comida, albergues… Todo se les fue a la mierda por aquellos exaltados.

El resto del viaje fue un descubrimiento detrás de otro. En la guelta de Matmata, pudimos ver los cocodrilos del desierto. Según nos enteramos en Mauritania hay alguna otra población pero tuvimos la suerte de ver aquella. Una población que quedó aislada cuando el Sahara se desertificó, y que sobrevive a más de 300 km en línea recta del río Senegal. Afortunadamente para los cocodrilos los nativos del desierto mauritano son muy supersticiosos. Los pocos que quedaron en gueltas de Mali o del macizo del Hoggar, en Argelia, fueron cazados en la segunda mitad del siglo pasado. Los mauritanos los respetan y no los cazan al pensar que, si desapareciesen, desaparecerán también las gueltas quedándose sin agua para sus rebaños. Un poco como pasa con los ingleses y los monos de Gibraltar, pero en el desierto.

En el desierto llaman guelta a cualquier masa de agua, desde pequeñas pozas entre rocas hasta lagos, protegidos entre montañas. Las gueltas son puntos preciosos de abastecimiento en medio de toda aquella aridez, y los nativos abrevan sus rebaños y rellenan allí sus guerbas, versión del desierto de nuestras típicas botas de vino. La diferencia es que en el Sahara son pieles de cabra de una pieza, con los extremos (las cuatro patas y el cuello) cosidos. Igual que en las botas de vino, el secreto de su frescor es la transpiración a través del cuero… y puedo dar fe de que sí, de que el agua se mantiene bien fresquita.

La guelta de Matmata, en la zona montañosa del Tagant, es un cañón donde la laguna encajonada,de una extensión aproximada a la de un campo de fútbol, cercada de altos paredones  de piedra excepto por su “desembocadura” permanece con agua casi todo el año, y donde los cocodrilos pueden vivir en sus aguas turbias. En las épocas más áridas, cuando el agua desaparece, se meten en cuevas y aguantan incluso meses, hasta que las lluvias vuelven a rellenar de agua la guelta. Fue impresionante verles desde lo alto de las paredes del cortado tomando el sol en la orilla. Cuando bajamos a la ribera (con un palito y sin acercarnos mucho a las aguas fangosas, en aquel momento nos daban más miedo los cocodrilos que los de AlQaeda) ver las huellas de las patazas y el surco de la cola producía, como poco, escalofríos.DSCN0701

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Desde Tidjikjia fuimos rodeando el Dar, la cresta rocosa que rodeaba lo que hasta hace cuatro mil años era un enorme lago de 400km de diámetro, el lago Awker, y que ahora es una llanura árida del mismo nombre. Vimos varios asentamientos neolíticos, ciudades extensas con muros de piedra delimitando casas y corrales donde, hace miles de años, vivió una población numerosa con sus ganados, plagados de restos líticos. Molinos de piedra por todos lados. No había ni que buscar, bastaba con agacharse y, a tu alrededor, sólo con estirar el brazo, cogías puntas de flecha, de lanza, raspadores, los mazos de los molinos, trozos y más trozos de cerámica decorada…

Al contrario del aeropuerto de Argel, donde te decomisan -literalmente- hasta la arena del desierto que algunos se llevan de recuerdo (¡será por si se les acaba!), en Mauritania todavía ni te miraban la maleta y podías llevarte souvenirs neolíticos de todo tipo y tamaño. El límite, era el peso que pudieses cargar. En una de nuestras paradas en pleno desierto aparecieron corriendo varios niños. En el desierto hay poca gente, pero de desierto nada. Y de muy lejos distingues la polvareda de los coches, las manchas blancas de las cabras o las negras de las jaimas. Le regalamos a los niños caramelos, lápices y cuadernitos, y tal como aparecieron, desaparecieron corriendo, tan contentos. A los diez minutos apareció el padre, con su dignidad de nómada y superagradecido. Traía un gran cuenco con leche de camella del que bebimos todos. Y como regalo, unas puntas de flecha, de sílex, que fue dándonos a todos, uno por uno, haciendo un pequeño gesto y diciendo: Une flèche…une flèche…une flèche… 

A los pocos días y ya en el Dar, en lo que fue orilla del antiguo lago de Awker -sin ninguna población a varios días en Toyota-, otro niño me intercambió por no sé qué tonterías dos “cositas” de las que deben encontrarse por allí a cientos pero que en cualquier museo europeo figurarían en vitrina destacada: una pulsera de piedra y un pequeño perolo de barro con tiznes de haber estado en contacto con fuego. Ambos, intactos. Para dejarme claro que servía para comer el niño lo apoyó en una mano mientras con los dedos de la otra hacía gestos de picotear. No fue el único: en pleno desierto, muy lejos por tanto de ciudades y de “picardías urbanas”, otro niño me intercambió una brida de camello, confeccionada con tiras trenzadas y teñidas de piel de cabra…lo que ya no pude saber si se trataba de la brida del camello de su padre y, en ese caso, si el pobre hombre se tiró varios días buscándola…

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Según los arqueólogos la orilla del lago fue la zona con más densidad de población de toda África en aquellos tiempos, proporcionando caza y pesca en abundancia, y facilitando los cultivos y la ganadería. La población original era de negros soninke, aunque ya en tiempos históricos, con la expansión del Islam y la introducción del camello, fueron siendo desplazados por los bereberes del norte .Visitamos Tishit, decrépita y comida por las arenas.

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De Tishit se cuenta otra historia típica de las gentes del desierto, de las que ilustran la defensa del honor y las rencillas que pueden perpetuarse de generación en generación. La población de Tishit se reparte, ex-esclavos haratin aparte (ésos son negros y no se les tiene en cuenta), entre dos grandes etnias: los de origen árabe kunta (Al Kanata, del linaje Beni Hassan), y los bereberes zanata. Conviven, cada cual en sus barriadas aparte, pero por supuesto no se mezclan ni jamás se les ocurrirá casarse entre ellos. Aunque los kunta tienen su “capital”, por llamarlo de alguna manera, en Uadan, se reparten por muchas ciudades de Mauritania, al igual que los zanata. 

Un día que un zanata según unos, un kunta según otros, abrevaba sus camellos en un pozo una camella sedienta, propiedad de la otra etnia, se acercó a beber del cubo donde bebían los “suyos”. De forma expeditiva, el dueño de los camellos alejó a la pobre camella intrusa de forma expeditiva, a base de zurriagazos con la fusta…¡y para qué queremos más!… La etnia ofendida por el castigo a su camella desenfundó sus afiladas gumias y comenzaron los ajustes de cuentas, que se extendieron por toda Mauritania durante casi cien años hasta que los ulemas, los jueces islámicos, pudieron hallar una solución al conflicto, siempre a base de compensaciones materiales…en el desierto con el honor no se juega.

Las antiguas ciudades caravaneras (Chinguetti, Uadán, Tishit, Ualata) construían sus casas y mezquitas con la técnica de la “piedra seca”, es decir: sin cementación ni argamasa, unas sobre otras. La más al norte de todas, Uadan, y por tanto la más castigada por las incursiones de los nómadas, estaba amurallada y con dos puertas vigiladas por gente armada permanentemente. Cuando los vigías veían acercarse a los bandidos un esclavo hacía sonar el rezzam, el gran tambor, avisando a los hombres para la batalla. El remate de las murallas, hechas también en piedra seca, formaba una especie de repisa hacia fuera, lo que conducía a que, ante las frecuentes incursiones de los bereberes lamtuna, o de los árabes hassan (que llegó a convertirse por extensión a todos los bandidos como sinónimo, un tanto peyorativo, de “los del fusil”), cuando intentaban trepar la muralla se les desmoronaba y les caía encima.

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Las crónicas de estas ciudades registran ataques constantes. Venían de muy lejos en sus razzias, a lomos de sus camellos, cruzando a veces hasta 1.500km de desierto, procedentes de la Saquía Al Hamra o Tinduf, hasta la lejana (y rica) Ualata. Guerreros jóvenes sin ganado y sin propiedades que buscaban su fortuna asaltando las prósperas ciudades caravaneras. Acampaban durante días en los palmerales de los oasis dedicados al pillaje, al robo de ganado, secuestrando esclavas que salían a buscar agua a los pozos, o robando a los incautos, obligados a salir por cualquier causa.Los habitantes de la ciudad atrancaban sus puertas, pero no siempre era garantía para evitar los robos. El tener aquellos bandidos acampados a la sombra de las palmeras paralizaba cualquier  actividad de la ciudad, razón por la que los habitantes llegaban a un acuerdo para pagarles y que se marchasen a otro lado.

El hecho de que Ualata fuese la más alejada no la libraba de las incursiones. La fama de su riqueza atraía a los ladrones. Cansados del bandidaje, llegaron a talar el palmeral para que no encontrasen refugio. Pese a talar el oasis y desesperados, a finales del Siglo XIX  y comienzos del 1900, se asociaron o contrataron a otros nómadas, que se establecieron cerca de la ciudad y les ayudaron a repeler varias agresiones. Hace tiempo que ya no circulan las caravanas de cientos de camellos que transportaban oro, sal y esclavos. Pero a muy pequeña escala te encuentras pequeñas caravanas que siguen yendo, de aldea en aldea, comerciando con lo necesario para ellos: arroz, mijo, velas, telas, aperos…

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O los cada vez más escasos nómadas, que se mueven de un lado a otro, moviendo sus familias y su pequeño campamento, a lomos de sus camellos.

Ualata, como Timbuktú, vive de sus recuerdos, de cuando eran ricas ciudades dedicadas al intercambio en la época de las caravanas. En el ambiente y en las gentes queda un rastro de grandeza, aunque ya no comercian, ya no hay maestros ni escuelas coránicas de las muchas que acogió. Como en cualquier población del mundo venida a menos, se palpa un clasismo exagerado y trasnochado. Hoy en día Ualata es famosa por la decoración de sus casas de la que hablaré más adelante, pero como ejemplo del complejo de superioridad de los herederos de los antiguamente ricos comerciantes, contaban allí que una mujer de la casta superior rechazó el trabajo de una haratin, descendiente de esclavos y la mejor decoradora del momento, indigna de poner sus sucias manos en tan digna vivienda…

Otro ejemplo más antiguo: cuentan los actuales walatís con bastante sorna que, hace años y enfrentados los ricos comerciantes, al parecer por una ofensa a su jefe, iban a enfrentarse en una batalla campal a la casta de los nemadis, cazadores seminómadas bastante rústicos (lo que ya es decir mucho en el desierto), moradores de una barriada aparte en las afueras de Ualata. Pero al contemplar desde lo alto de la duna que habían escogido como campo de batalla a los nemadis, y considerar los comerciantes que podían ensuciarse sus babuchas de seda y sus ricos vestidos bordados al menor roce con aquellos bárbaros, dejaron la pelea para mejor momento y a los desharrapados nemadis allí plantados…

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Los descendientes de los árabes comerciantes atesoran y enseñan con orgullo sus valiosos manuscritos y desprecian, cual patricios romanos, el trabajo manual, que para éso ya están los haratin. Hoy día y con la ayuda de ONG europeas, como la catalana Món-3, han embalsado el arroyo, donde abrevan los camellos y los burritos, y con cuya agua han recuperado el oasis cultivando frutales, hortalizas, y las benefactoras palmeras cuyos dátiles recogen y a cuya sombra se protegen las plantas más delicadas.

Asociamos la imagen de la palmera con el desierto, pero en tiempos históricos aún no existían allí. El cultivo de las palmeras comenzó con la expansión del Islam. Hay un poema, atribuido al primer califa Omeya de Córdoba, Abderramán I El Emigrado , nacido en Siria y huído de Damasco ante la persecución de la nueva dinastía de los Abassíes que, al ver una joven palmera posiblemente brotada de un dátil caído al suelo, ya en suelo español exclamó: Tu también eres, ¡oh, palma!, en este suelo extranjera…

Originarias de Oriente Medio se adaptaron bien en África del Norte, no sólo en las zonas más propicias de los oasis, sino incluso en el desierto más desolado. Su fruto: el dátil, constituía una fuente de alimentación, pero además uno de los objeto de comercio más apreciado, muy demandado por los negros de Bilat Al Sudan, al sur. Los tuareg, por cierto, presumen de forma un tanto presuntuosa que a un targui le basta para alimentarse tres días con un solo dátil: el primer día con la piel, el segundo con la carne, y el tercero con el hueso…

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Para su conservación y transporte se desecan al sol, al estilo de nuestras uvas pasas. Tengo en casa, en un cuenco de madera de acacia mauritana, cerca de un kilogramo de dátiles secos, comprados en el mercado de Nuadibu  en el 2006, y siguen estando igual de deliciosos.Nos contaban los mauritanos que, en la época de recolección, la geytna, entre Julio y Agosto, la población de las dos grandes ciudades, Nuakchot y Nuadibu, se desplazan en masa a las zonas del interior, donde más se cultivan y en las que viven en chozas temporalmente entre los palmerales durante esas semanas.

No en vano llaman Adrar el Tmar = La Montaña de los Dátiles, a la zona con más palmerales. En Enero fecundan las flores de las palmeras hembra (nayla) con los ramos de flores de las palmeras macho (emasin). Bastan las flores de un emasin para fecundar cien nayla, en lo que se llama el eyenker.  Los dátiles son todo un mundo. Reconocen unos 26 tipos de dátiles distintos según su calidad: desde los de “lujo”, los sikani, a los malos, los tay, destinados a los animales y los esclavos, pasando por los la’ale o los leilat, más conocidos y comercializados como deglet en Marruecos .

Los haratin, descendientes de los antiguos esclavos o de los negros soninke, que fundaron la antigua Biru, lo que después se llamó Ualata, siguen encargándose de los trabajos más duros. En el cultivo de los oasis, aunque la propiedad de las palmeras esté en manos de la casta superior, son los siervos los que las cultivan, entregando la mitad de la cosecha de dátiles a sus amos. Pero siempre hay un escalón aún más bajo todavía que el de los siervos. En Ualata los más primitivos de todos son los despreciados cazadores nemadis, que cazan gacelas ayudados por sus perros, y que viven literalmente apartados de todos, en un poblado de la ladera, al otro lado del palmeral.

Mauritania fue de los últimos países en abolir, institucionalmente al menos, la esclavitud al declararse independiente en el año 1960. Pero algo quedaría porque vuelve a abolir de nuevo  oficialmente la esclavitud, en 1981. En el 2006 seguía presente y de hecho se penaliza ya en el 2007. La población de “moros negros” como les llaman es casi el 60% de la población, en un estado si no de clara esclavitud (los abid) sí de servidumbre.

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Los ulemas o predicadores islámicos reconocen la legitimidad de la esclavitud, tal y como se reconoce en la ley islámica, la Sharia. La revista Jeune Afrique dedicó varios artículos en 1980 sobre la pervivencia de la esclavitud. En 1983 un periodista del diario mauritano Le Courrier International, citando irónicamente a sus interlocutores mauritanos sobre este mismo tema, decía que, “quizá lo que se debería hacer era volver a abolir la esclavitud”…

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La esclavitud es un estado transmitido por la madre a todos sus descendientes, salvo que el marido la compre y “libere su vientre”, según la fórmula usada. En las ciudades quizá se nota menos pero en el interior, no falla: en cada pozo que te encuentras, tirando de las cuerdas a pleno sol para sacar el agua con que abrevar a burros y camellos, sólo verás negros. En Abril de 1980 hubo graves disturbios en Atar al venderse en pública subasta en el mercado una joven haratin. Ese mismo año cuatro haratin son detenidos, encarcelados y azotados por querer abandonar a su amo. Y aún hoy los amos exigen a sus haratin trabajadores por cuenta ajena una parte de su sueldo… aunque estén en Francia.

Pero volviendo a Ualata: aparte de su imponente enclave, pegado a las escarpaduras del Dar, por donde trepan las callejas, techadas con sombrajos de caña para refugiarse del sol, lo más destacable y lo que ha hecho conocida a la ciudad es la decoración que las mujeres hacen en los muros y en los patios, con barro blanco y rojo, donde hunden las manos y con las que trazan arabescos haciendo figuras abstractas, dándole un aspecto único y peculiar.

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El arquitecto Antonio Corral Jam escribió un libro muy documentado y muy completo: Ciudades de las caravanas. Itinerarios de Arquitectura Antigua en Mauritania, objeto de su tesis doctoral, en el que refleja los estudios que hizo en tres ciudades caravaneras mauritanas: Tishit, Uadan y Ualata, entre los años 1978 y 1981. Entre otras cosas describe el arte decorativo doméstico walatí y explica las afinidades formales con la decoración abasí de Medio Oriente, la califal cordobesa y la hispano magrebí, por su inspiración floral y sus normas de composición. Como es habitual en ese tipo de decoración cada curva, cada punto, cada línea, son un símbolo preciso de cada aspecto de sus vidas.

Deduce Antonio Corral que los mercaderes del Norte de África exportaron a Ualata los dibujos, imitados de las casas y palacios del Oriente y del Occidente musulmán, desde Samarra, junto al Eúfrates, en Irak, hasta Córdoba. Pero aquella decoración pintada y esgrafiada, muy meticulosa,  tuvo un momento de extinción en el periodo colonial y postcolonial por los cambios sociales que la administración francesa impuso en toda Mauritania, que acabó por desestructurar el orden y las jerarquías que regían el funcionamiento en las viejas ciudades.

Continúa describiendo el arquitecto  que, en los años 80, pudo ver en los muros rotos de las casas derruidas, deshabitadas hacía 40 ó 50 años, una decoración cuyos dibujos plasma en su libro, mucho más rica, de mucha más calidad de la que más tarde se ha recuperado, aunque simplificada y desfigurada al desaparecer los antiguos artesanos, sin dejar sucesores. No obstante, la recuperada decoración walatí sigue despertando admiración por el efecto acogedor y relajante.

Celebramos allí la Nochevieja del 2007, igual que el año anterior la celebramos en el oasis de Terjit, pero con menos ruido y sin tanta máscara ni gorrito ni trompeta. Al día siguiente bajamos por muy malas pistas de arena y por las dunas, algunas blancas como la nieve, hasta Nema que, comparada con Ualata y tras los días pasados en la tranquilidad del desierto nos pareció Manhattan, por el follón de gente, de coches y de tráfico.

Aunque la frontera con Mali no está cerca, su ubicación en el rincón sudoriental de Mauritania, la convierte en el paso hacia Timbuktú o hacia Segú. Allí, en medio de una calle, sin mayor indicación ni un triste cartel (¿para qué van a poner un cartel, si ya lo saben todos y la mayoría ni saben leer?), empezaba abruptamente –o acababa- la Route de l’Espoir. La cogimos y comenzamos el largo regreso hasta Nuakchot, esta vez sin ningún susto. La única distracción en la carretera, algún asno atropellado.

Aún nos quedaba por ver una cosa inusual. A medio camino las fuertes lluvias que, cuando caen en el desierto son torrenciales, habían formado unos lagos de varios kilómetros de largo. Era todo un espectáculo ver en medio de las arenas amarillas aquella extensión azul. Lo malo era para los habitantes de los pueblos de la zona, inundados, para los que habían tenido que improvisar campamentos de tiendas blancas de lona, que se extendían a su vez durante varios kilómetros a un lado de la carretera. No había problema: en un par de semanas el desierto se tragaría toda aquella agua y volverían de nuevo a sus casas.

El año anterior, cuando recorrimos la parte norte de Mauritania, las excepcionalmente abundantes lluvias (dentro de lo que cabe para el desierto) habían reverdecido los secos matojos. Y aunque crecen espaciados, al mirar el paisaje en lontananza nos asombraba ver un horizonte verde, nada habitual en esas latitudes. Por supuesto los camellos estaban gordos y encantados con semejante abundancia.

Uno de los del grupo, con bastante experiencia “africanista” y viajero habitual por el África Occidental había estado unos meses antes en el antiguo Sahara Español, en la zona norte, lo que se conoce administrativamente como Saquía Al Hamra (en árabe: “la acequia roja”, por un arroyo casi siempre seco que discurre por allí). La capital de la comarca es Al Aiun (en árabe, literalmente, “los ojos”, sinónimo de los pozos, o los manantiales), a 20km. de la costa, pegado al cauce de la Saquía Al Hamra.

Nos contó Manolo que aquel año y, tras las abundantes lluvias, se había formado junto a Al Aiun en el cauce habitualmente seco un lago de varios kilómetros de extensión, como el que vimos en Mauritania, a tal punto que los jóvenes de la zona, tan contentos y aprovechando aquel pequeño mar interior, se habían puesto a practicar deportes naúticos, como el wind-surf…”¡Hay que joderse –nos decía Manolo- en el desierto haciendo wind-surf y en España con sequía!”…

Al llegar a Nuakchot nos la encontramos atestada de ingleses y alemanes medio borrachos o borrachos del todo, montando follón por todas las calles, cual si de Ibiza o Torremolinos se tratase. Seguidores de los equipos del París-Dakar, la amenaza de los comandos de Al Qaeda les había dejado sin el espectáculo de la competición, pero tampoco parecía que les importase demasiado mientras quedase cerveza, y no les había quitado las ganar de beber como cosacos. Para una gente tranquila como los mauritanos (musulmanes y por tanto abstemios) toda aquella multitud de infieles alcoholizados les debía parecer un horror. Más de uno echaría de menos a los almorávides…incluso a Al Qaeda. Sin el Dakar se han quedado todavía un poco más pobres, pero seguro han ganado en tranquilidad.

 

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Argelia: a pie por la cordillera del Tefedest

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Agradecimientos

Antes de nada y aplicando el refrán de que “es de bien nacido ser agradecido”, he de reconocer que a mis flacos recuerdos he podido ayudar, y mucho, con el libro que mi compi de aventuras y del que luego hablaré, Josema, escribió sobre este viaje. Plagado de fotografías hechas por él y de citas, es un texto muy completo, documentado y detallado, como a mí me gustan. No en vano era imagen común en nuestros viajes ver a Josema tomando notas todo el rato en un cuadernillo (con lápiz, nunca te quedas sin tinta dice, y dice bien) o preguntándole a un mauritano, por ejemplo, cuánto valía un camello y una camella. Podéis conseguirlo por internet, bien en papel (las fotos siempre saldrán mejor. Por cierto, Josema: me he permitido copiar algunas de ellas) o en formato PDF. Su nombre: Caminando con los tuareg. Por el corazón del sahara: el macizo del Tefedest y las montañas del Hoggar. Su autor: Jose Manuel Rodriguez Jimeno. 

Tengo muchos libros de viajes, muchos de ellos sobre África, unos cuantos sobre el desierto, y algunos pocos sobre los tuareg (¿se nota que me gusta el tema?) pero, y lejos de mí la intención de hacer la pelota, el de Josema está muy bien, y no sólo porque tuviese la suerte de formar parte del libro. Por supuesto tengo éste, que me regaló y dedicó. Pero lo hubiese comprado de todas formas. Intentaré que esta entrada de mi blog, si no tan completa, quede digna. En tu honor y en el de tantos buenos compañeros de viaje vaya esta cita de Claudio Magris en su libro, El Danubio:

en ocasiones la vida es buena y permite viajar y ver mundo, aunque solo sea a retazos y por poco tiempo, con los cuatro o cinco amigos que declararán en nuestro favor el día del Juicio, hablando en nuestro nombre..

Gracias, Josema.

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Apunte del natural: el Garet Al Yenún desde el campamento

La partida. Sábado, 20/12/2008

Tras mi última noche de guardia (y de trabajo) en el Centro de Urgencias Veterinarias de Bravo Murillo y tras un amago de última urgencia, debido a una llamada desesperada a las ocho y media, que desvié hábilmente a la central de Reina Cristina, y tras sopesar si ir en transporte público o coger un taxi como un señor, me decidí por esta última opción: avisar un taxi, y evitarme arrastrar el pesado petate por el metro y sus largos pasillos.

Recogí pues, mis últimas cosas, o sea, el pijama azul puesto que todo lo demás (cacharros de comida, café, sopas, libros, etc) ya me lo había llevado antes, de las misma manera que el petate descansaba allí hacía dos días, con todo preparado. El jueves a las 10 aparecieron para despedirse de mí en persona Rosa, la de la limpieza y su marido, a los que llegué a apreciar las pocas veces que coincidimos y a los que había dejado una nota de despedida comunicándoles que dejaba el trabajo.

Tiré mis viejos zuecos a la papelera (despréndete de lo material, dijo el Buda) cerré la puerta del tirón, la física y la retórica, dejándole las llaves dentro (como había convenido con Jóse, mi superior directo) a Sebas, el compi boludín, con otra notita, me subí al taxi que esperaba ya en la calle y me fui derechito al aeropuerto, dispuesto a huir de Papá Noel, de las luces navideñas que iluminaban graciosamente Madrid, y de la civilización judeocristiana.

Barajas. T4. Actualmente “Aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suarez”…demasiado largo para los castizos para los que sigue siendo “Barajas” a secas, como toda la vida. Un viaje más y 32€ menos. Para la próxima, en metro, pienso. Hemos quedado en el mostrador de Air Algerie, y para cuando llego, con puntualidad británica, los otros tres ya están allí. Aparte de mí el equipo es el siguiente:

1º/-Jose Manuel, Josema para los amigos. Ya conocido de dos viajes previos a Mauritania. Profe de Educación Física (y como cabe esperar muy deportista) en Zafra, ecologista-coñazo-sólo-lo-justo aunque buen encajador de bromas, viajero inveterado, lector empedernido y con avidez de conocimientos y ante todo buena persona. En su último viaje de verano se enrolló con su última novia, Belén, chica agradable, con la que ha planeado vivir juntos en Zafra en un par de meses. La idea de este viaje partió de él. Quería conocer la zona del Tassili N’Adjer, donde estuve yo hace año y pico, de fantásticos paisajes rocosos y pinturas rupestres a mogollón, más de diez mil catalogadas. Un pasote.

Moviendo el tema contacté con un targui  (singular de tuareg), Mohamed, cocinero en nuestra expedición, con el que se enrolló una española del grupo y a través de la cual me enteré que sí, que mantenía contacto (no puedo precisar a qué nivel), y que además había montado su propia agencia. Aclaración: sólo en Tamanraset (para los locales: Tam, capital de la provincia del sur argelino) nos contó Ventura (ya hablaré de él en el Assekrem) que había 88 agencias. Pero el concepto de “agencia” no coincide necesariamente con el nuestro.

En el caso concreto de los tuareg, una agencia puede ser un solo targui que en un momento dado reúne un pequeño grupo, generalmente de la misma familia, y consigue un par de coches. Mohamed me dijo que sus tarifas eran 60€/persona/día, todo incluído: guía, desplazamientos, manutención, etc…aunque siempre es importante aclarar algún extra de los que siempre salen. Con la agencia de Miquel Petit con la que había viajado a Djanet, para conocer el Tassili N’Adjer, había un par de alojamientos, sobre todo el último (el 1º, el Zeriba, era un pelín deficiente) importantes a la hora de poder descansar  adecuadamente tras la paliza a caminar que supone el recorrido por el Tassili.

El problema eran los vuelos: ya metidos en Diciembre no había vuelos con transbordo en el día desde Argel, incluso cabía el riesgo (y si cabe, lo habrá fijo, es la Ley de Murphi a la africana) de tener que pasar una noche en Argel. Si la compañía aérea hasta la capital no era la Air Algérie (podían ser Iberia, AirFrance), los vuelos internos salían mucho más caros. Pero hete aquí que avisaron a Jose Manuel desde Viajes y Cultura Africanas, la agencia de Javier con los que ya había hecho un par de recorridos, que había un viaje organizado al que podríamos apuntarnos, un viaje “cañero” de los que le gustan a Jose Manuel…¡y a mí, qué leches!: nada menos que 17 días (del 20/Dic al 6/Ene), de trekking por el desierto, y además por una zona apenas transitada: las montañas del Tefedest, al norte del Hoggar.

Este viaje lo habían pedido “a la medida” dos tipos a los que, por supuesto, no conocíamos de nada. Javier, buen vendedor, me dijo que uno estaba interesado por la botánica (¡un biólogo –pensé- qué bueno como compi de viaje!, acostumbrado a mis periplos montañeros con los amigos biólogos), y que al parecer nos aceptaban como parte del grupo “si no éramos un grupo grande, y con cierta experiencia”, lo que me pareció unas condiciones muy sensatas. Los ví casualmente un día en la agencia Viajes y Cultura. Los dos me parecieron muy cabales, y una semana antes quedamos allí para recoger billetes y visados, y “conocernos” los cuatro, para lo cual tras hacernos con lo nuestro nos tomamos una caña en el bar de al lado y hablamos un poquito de las cosas para llevar, tipo botiquín y vituallas extras, y un poco la idea del viaje.

2º/-Miguel Pinar: la idea de este viaje partió de él. Viajero compulsivo, ha recorrido muchos países del mundo. Ahora estaba descubriendo el Sahara. Había recorrido el Akakus libio y el Tadrart junto con el Tassili N’Adjer argelinos. Más adelante se planteaba conocer Mauritania (donde ya habíamos estado dos veces Josema y yo). Se decidió por el Tefedest precisamente por lo apenas frecuentado, ni siquiera por los tuareg a los que, al parecer, les daba “yuyu”. En concreto  su extremo más septentrional era la montaña más alta, visible desde muy lejos y de aspecto, como veríamos más adelante, un tanto sobrecogedora, llamada por los tuareg Ouded, pero más conocida por su nombre árabe de Garet Al Yenún: la Casa o el Jardín de los Jinns, esos geniecillos que están por todos lados y a los que tanto temen los supersticiosos tuareg.

Miguel se demostró como persona muy sensible, conocedor profundo del mundo del arte y artista él mismo, pero además interesado desde su infancia jienense, en Mengíbar, por todo lo relacionado con la arqueología y la naturaleza. Con gran agudeza –según él por su pasado cazador- para detectar restos de todo tipo. Esta afición viajera está favorecida por su doble condición de funcionario y de célibe, ya que según fuimos sabiendo tiene una “novia eterna” en Valencia, Lola, que tampoco le exige mucho.

Y 3º/-Alberto Ordoñez,  como alias conocidos: El Buen Doctor o El Maestro. El primer día que le ví me sorprendió su físico mezcla de Unamuno y Don Quijote. Muy reservado con su vida personal nos vimos obligados a ir descubriendo tan sólo retazos. Confesó su edad casi al final: 60 años, pero muy bien llevados. Montañero de toda la vida, amante de la vida sana, el más higiénico de los cuatro con diferencia y, médico de profesión, mantiene una “cuadra” de 10 enfermeras de las que, por más que lo sondeé a menudo, fue imposible saber hasta dónde llega la intimidad. Buen conocedor del mundo artístico, solía entretenerse con piedras haciendo sus performances.

Pues semejantes cuatro estábamos en la T4 del aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suarez esperando la hora de la partida, programada en principio a las 12,30, como efectivamente fue

Llegada a Argel

Nos la habían pintado como una ciudad peligrosa, foco de integristas y exaltados, al punto de recomendarnos no salir del aeropuerto. Pero como nos sobraban unas 10 horas sobre el horario previsto que, con el habitual retraso se convirtieron en unas 14, y nos sentíamos valientes, habíamos convenido con Javier que avisase a nuestro “hombre en Argel”  para recogernos en el aeropuerto y darnos un rulillo por la ciudad.

Así fue. Apareció nuestro “árgel de la guarda” (no es una errata, es un chiste fácil: de “ángel” a “árgel”, tampoco damos pa más) , de nombre Ferhat, con una apariencia física totalmente europea (como muchos de los hombres que vimos al pasear) con una furgoneta tipo pick-up con un espacio enrejado y con su cerradura atrás. Recorrimos una autopista hasta entrar en Argel. Tráfico denso, contaminación. Fuimos pasando por el puerto, las estaciones de buses que reparten a la gente por la periferia. Vimos como muestra del buen hacer de los magrebíes un coche-grua: un Land-Rover cortado por la mitad con cartel de “assistence” y un gancho con un pedazo de cadena para arrastrar a los pobres desgraciados que se averiasen…

Llegamos por fin al centro. Le habíamos dicho si se podía pasear por el centro y la kashba y nos dijo que sin ningún problema… Aparcó en un parking subterráneo donde dos naturales, sentados con indolencia en sendas sillas, cumplieron su tarea sin levantarse: mientras el uno apuntó la matrícula, el otro sin abrir el pico le hizo ademán de detenerse. Salimos del parking (donde otro empleado le hizo más gestos para ayudarle a  aparcar) a una placita muy arbolada, y nuestro “árgel” nos encaminó a unas grandes escalinatas que nos conducirían a la kashba.

Argel es una ciudad que debió ser muy bonita, aunque ahora estaba bastante deteriorada. Me recordó la estructura de Tanger, o incluso de San Sebastián, como una ciudad en pendiente rodeando una bahía. En las zonas más próximas al mar se mantenía la influencia francesa en cuanto al trazado y la arquitectura. En las partes más altas, se mantenía el trazado musulmán y las huellas de la dominación otomana, visible en los soportes de las balconadas, en la decoración de las puertas o incluso en los patios interiores, a nuestra vista en las casas derruidas, a consecuencia de terremotos y la desidia.

Paseamos un buen rato por la kashba, metiéndonos por callejas, asomándonos a patios y terrazas, y en ningún momento hubo sensación de inseguridad ni tan siquiera una mirada hostil. Por el contrario, los pocos que nos miraban lo hicieron con bastante discreción y solamente un par de chavales y de chicas, sonrientes, nos preguntaron, ¿italianos?… Salimos por fin a un mercadillo callejero, donde compramos una barra de pan con semillas de sésamo al lado de una gran mezquita, la Mezquita de los Judíos, nos contó nuestro guía, con un estilo que recordaba incluso al románico, posiblemente influencias bizantinas, de cuando anduvieron por aquí antes de la llegada del Islam.

Fuimos a cambiar dinero a los cambistas, que ejercían en plena calle, a un cambio que como nos dijo nuestro “ángel de la guarda” era mucho más ventajoso que el oficial que nos darían en los bancos, y efectivamente así fue. No recuerdo exactamente a cuanto, pero para calcular los precios a lo fácil, un euro equivalía a cien dinares. Excepto “la última cerveza” que nos tomamos en un hotel, al parecer el único sitio en Argel donde las dispensaban (había parroquianos del lugar tomando alcohol, ¡Alá los confunda!), no volveríamos a tener ocasión de gastar ni un dinar hasta el último día, en Tamanraset. El desierto nos resultó muy económico, en ese sentido.

Tuvimos también ocasión de visitar el monumento conmemorativo de la independencia argelina, allá por 1960. Sobre una de las colinas que dominan la bahía, un altísimo “cohete” de hormigón formado por cuatro curvas unidas en lo alto. A su alrededor viejas casas de apartamentos absolutamente cuajadas de antenas parabólicas. El único momento de tensión sufrido en Argel, a parte de la espera en el aeropuerto, fue cuando fuimos a dar la propina a nuestro guía, Ferhat. En Madrid preguntamos a Javier cuánto era lo habitual, y nos dijo que unos 10 euros por persona. Nos sentimos generosos por el buen paseo y decidimos darle 50 entre los cuatro. Mas cual no sería nuestra sorpresa cuando al darle los 50 y decirle si le parecía bien, dijo que no, que si le dábamos otro igual. Un tanto cortados le dijimos lo de Javier, y contestó que por lo menos 80. Le dimos 20 más y ahí quedó la cosa. Como hubiese dicho Cervantes:

…y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada…

Volando a Tamanraset

En el aeropuerto de Argel la terminal de vuelos internacionales está al lado de la de los vuelos nacionales. Sólo hay que ir arrastrando la maleta unos cien metros para cambiar de terminal. El vuelo era nocturno. En principio salía a las diez de la noche aunque se retrasaría hasta la una y media…ésto pasa no sólo en África sino en los mejores aeropuertos europeos. Hubo un pequeño momento de tensión: justo al facturar nuestros equipajes, nos dicen que mi reserva (sólo la mía) “no aparecía”. Iniciamos un pequeño peregrinaje adjuntando el billete electrónico impreso que yo tenía en mi poder, y que empezó a circular de ventanilla en ventanilla, de funcionario en funcionario, siguiendo los cuatro cual halcones peregrinos a mi billete sin perderle de vista ni un momento con la mirada, nada de sentarse a esperar…

En el Magreb aprendí hace tiempo, observando sus costumbres, que el truco ante cualquier problema administrativo o de billetes es insistir, insistir, e insistir, siempre con la misma cantinela. Hasta que al final, aburrido, uno de ellos cede y, súbitamente, se soluciona el problema. Así sucedió en el aeropuerto de Argel, terminal de vuelos nacionales. De repente, a la cuarta o quinta ventanilla, obtuve mi reserva. Tras estos “pequeños” trámites, subimos al avión y aprovechamos para dormir un poquito, dado que por las ventanillas no se podía ver nada del paisaje. La distancia entre Argel y Tamanraset son casi dos mil kilómetros. Dado que hizo una escala previa en Djanet  (o, mejor, Yanet), la travesía se prolongó más de las tres horas previstas, así que llegamos a Tam amaneciendo.

En el aeropuerto, pacientemente, nos esperaban nuestro guía targui, Mulud, el jefe del grupo y conductor del primer Toyota junto a sus tres ayudantes: el conductor del segundo Toyota…nunca se debe ir en un solo coche por el desierto ante el riesgo de averías porque te puedes quedar seriamente aislado. El cocinero, y el que sería nuestro acompañante a pie durante todo el recorrido, Ibrahim . Ibrahim era menudito para lo que suelen ser los tuareg. El cocinero, por ejemplo, era un robusto targui de metro noventa. Ibrahim era más pequeño, lucía una contínua sonrisa y sobre todo, tenía un gran parecido con nuestro ex-presidente Aznar, con su bigotito y todo. Había estado casado pero su mujer le había echado de casa, nada raro entre las targuiyas, mencionaré sus matriarcales costumbres más adelante, y buscaba novia. Éso sí: al contrario de las costumbres magrebíes en donde es la familia la que concierta la boda de las hijas a muy corta edad (la opinión de las niñas ni se considera), entre los tuareg son las targuiyas las que deciden si le gusta el pretendiente o no le gusta.

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Comienza el viaje

Antes de nada, y como suelo aclarar cuando describo viajes por antiguas colonias francesas como es el caso, cuando mencione nombres de personas y, sobre todo, localidades, lo haré evitando la transcripción gramatical “a la francesa”, y procurando poner el nombre “tal como suena” pronunciado por ellos. Ejemplos: en vez de “Mouloud” Mulud, que es como ellos dicen y además como se pronunciaría la palabra escrita “a la francesa”. En vez los “djinn“, pues Yinn. En vez de “Djanet”, pues Yanet.

Tamanraset, capital de la wilaya o provincia del sur, fue en origen un pequeño asentamiento de tiendas nómadas. Tuvo que ser un predicador  francés del que ya hablaré, el Padre Foucauld, todo un personaje, el que levantó la primera construcción en piedra, en 1905. Pero Tam fue creciendo hasta alcanzar, hoy día, los cincuenta mil habitantes. Mulud nos llevó hasta su “campamento” en las afueras, una pequeña construcción con colchonetas, un pequeño baño y que además les servía de almacén para las bombonas de gas, las provisiones, las tiendas de campaña y el resto de la impedimenta. Desayunamos algo: café con leche en polvo, tostadas con mantequilla y mermelada, y comenzamos el viaje.

Nuestro propósito es comenzar a caminar, un poco más adelante, siguiendo el macizo del Tefedest, dirección sur-norte hasta llegar a su extremo más septentrional, en la montaña de Garet Al Yenún (aunque suele aparecer escrita “en francés”: Al Djenun), 2.200 metros de alta, dominando todo el panorama de desierto que la rodea. Mencioné al principio que el Tefedest es un territorio, dentro de lo escaso de gente que es de por sí el desierto, muy poco poblado. De hecho apenas vimos más que algún cabrero. Los tuareg, muy supersticiosos, dicen que está lleno de yinns, de esos diablillos que te pueden llegar a complicar mucho la vida, que viven en cada cueva, en cada fuente, en cada pozo y casi en cada roca y, en especial, en el Garet Al Yenún. Creo que, desde nuestra perspectiva de europeos, tuvimos “indicios” de su existencia.

No voy a pormenorizar cada etapa, primero porque los nombres locales son complicados y a mí mismo me acaban confundiendo, éso se lo dejo al libro de Josema. Prefiero centrarme en lo que supusieron para mí las emociones del viaje, que fueron muchas, aunque algo comentaré de nuestras rutinas…no se lo voy a dejar todo a Josema.

Gastronomía del desierto

Como parte de nuestras rutinas, serán las horas de luz las que marquen los tiempos. Nos levantábamos a poco del amanecer, y desayunábamos aproximadamente a las siete. Como la primera vez, café con leche en polvo, tostadas con mantequilla y mermelada. Estando de camino hacíamos una paradita como a las once, e Ibrahim sacaba de su bolsa algunos dátiles, para almorzar. En Argelia no, pero en Mauritania había todo un culto en torno al dátil. En Agosto se vacian las dos ciudades grandes: Nuadibu y Nuakchot, y muchos se van a los palmerales del interior donde viven en los oasis un mes y pico, dedicados toda la familia a la recolección. Consideran unos veinte tipos diferentes de dátil, desde los más sabrosos y lujosos hasta los peores, destinados a la alimentación de las bestias y de los esclavos.

Los tuareg, que para algunas cosas son muy fantasmones, decían que un sólo datil basta para alimentar a un targui durante tres días: el primero, con la piel; el segundo, con la chicha; y el tercero…con el hueso. Éso dicen. Seguimos con la rutina gastronómica: a eso de las doce llegábamos donde los conductores habían montado un pequeño campamento. Allí el cocinero, al que entre nosotros llamábamos Papá Pitufo por ir siempre con una gandura azul resplandeciente, había preparado unas deliciosas ensaladas, a base de lechuga, tomates, zanahorias y otras verduras, riquísimas, cultivadas en las huertas de Tamanraset. Seguíamos la caminata con Ibrahim y ya al atardecer, como a las siete de la tarde, llegábamos al campamento donde se habían plantado las tres tiendas de campaña: una para Mulud, que para éso era el jefe, y las otras dos para nosotros.

Dormíamos Josema y yo en una, y Alberto y Miguel en la otra. El primer problema es que una de ellas era más bien cortita y te obligaba a sacar los pies fuera, así que decidimos civilizadamente antes que recurrir a las navajas, alternar una noche una y otra noche otra. El segundo problema es que estábamos a finales de Diciembre, que en el desierto hace mucho frío y que, según subíamos en la montaña, el frío llegó a ser tan intenso que las tiendas amanecían con hielo por encima. Cuando nos tocaba la tienda corta, metíamos los pies además de en el saco de dormir, en una mochila, para no amanecer con los pies congelados.

La cena ya era más consistente: unos boles con una sopa bien caliente con tropezones, que nos tomábamos embutidos en un par de forros polares, uno encima del otro, e incluso si arreciaba el frío una manta que no sobraba nada, pero que nada. A la sopa solía acompañar un estofado, con carne de cordero o generalmente de cabra. Durante el recorrido nuestros guías compraron un par de cabras…vivas, como es lógico. Como veterinario he trabajado en mataderos y me ofrecí para encargarme yo del sacrificio del animalito. Por supuesto, no me hicieron caso. Y no creo que fuese por el tema de ser “infiel”. El Islam ordena degollar al animal mirando a La Meca, pero las dos veces que les ví la degollaron en la postura que mejor les pilló, sin calcular la menor orientación. Aquellas dos noches asaron parte sobre las brasas y nos ofrecieron el hígado y el corazón…¡sabrosísimos!, por cierto. La carne iba cayendo, noche tras noche, en forma de estofados. Pero ellos, golosones, se reservaban siempre su pieza preferida: la cabeza que, tras asar, desmenuzaban con los dedos con una auténtica expresión de gozo.

Varias noches tuvimos el placer de degustar la taguela, táguela, como he escuchado en otros sitios. En esencia no es más que pan, amasado de harina con agua y sal en un perolo. Lo interesante es el proceso de la cocción. Cuando sólo quedan las brasas de la hoguera, se apartan un poquito, se hace una pequeña depresión en la arena y allí mismo colocan la torta plana, en crudo. Lo vuelven a tapar con arena y colocan otra vez encima las brasas. Como a los quince minutos lo sacan y le dan la vuelta. Para probar el punto de cocción simplemente lo pinchan con un palito. El resultado es un pan, sencillamente delicioso. Y sin arena: al sacarlo le dan unas palmadas entre las dos manos con lo que queda limpio. Aunque ellos lo usan al día siguiente para echarlo en la sopa, nos daban siempre trocitos en caliente, recién hecho, se nos veía que lo disfrutábamos pero bien.

 

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Tras la cena tocaba otra vez la ceremonia del te, reconfortante y calentito. Y antes de recogernos, cansados tras la caminata de unos veinte e incluso de treinta kilómetros en las tiendas, aún nos quedábamos un rato charlando y consultando con Mulud los mapas para ver el recorrido hecho, o el que nos esperaba al día siguiente. Teníamos dos o tres mapas de la zona, aunque el más exacto era un mapa soviético. Sólo había que hacer un pequeño esfuerzo para “traducir” del cirílico los nombres de las localidades.

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Mulud disponía de un GPS que utilizaba para ubicarse con exactitud en el mapa, aunque para orientarse no lo necesitaba. Una vez pregunté a un tuareg, yendo en camello, si él utilizaba GPS (acróstico de Global Positioning System). El hombre, muy chulo -los tuareg son muy chulos cuando quieren- dijo que no, que él usaba el TPS: Tuareg Positioning System. Acostumbrados desde generaciones a la vida nómada y a orientarse por el desierto con la única ayuda de las estrellas, el movimiento del Sol o el paisaje, un targui nunca se pierde. Cuando Mulud conducía el Toyota estaba todo el rato pendiente, mirando en lontananza. En el desierto los horizontes son amplios y no se le escapaba nada. En Mauritania recuerdo un viaje durante el que, durante varias horas, el guía iba indicando con el dedo al conductor cual brújula digital el camino. No había pistas y el paisaje era llano y monótono, sin referencias. Llegamos directos justo donde él quería, una pequeña aldea, un punto en el mapa.

la fauna del Tefedest

Hasta en los desiertos más áridos como el “desierto negro” que conoceríamos más adelante, o zonas como el Teneré de Níger o el de Tagant en Mauritania, donde no hay vegetación ni pozos de agua en cientos de kilómetros a la redonda, hay vida. En forma de alguna mísera acacia, de cuervos por el cielo, de negros escarabajos velocísimos o de algún lagarto oteando desde lo alto de una piedra. El que nosotros recorríamos ahora estaba deshabitado, entre otras cosas por la superstición de los tuareg a los yinns, pero bullía de vida.

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Durante aquellos días por el desierto flanqueado por las montañas vimos un poco de todo. Tropezábamos muy a menudo con gacelas. A veces una, a veces dos, a veces un rebaño de doce, que salían despavoridas al vernos. En alguna ocasión descubrimos el cadáver semidevorado de una cría de camello. Guepardos, nos decía Ibrahim, para los que las crías de camello son presa fácil. A veces caminábamos fatigosamente por zonas de dunas, sin poder evitar hundir los pies en la arena. Otras veces el terreno era pedregoso e igualmente incómodo.

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Veíamos huellas todos los días: de chacal, de gacelas, de hienas, de arrui… Un día ejercimos, con la ayuda de Ibrahim, de una mezcla de Sherlock Holmes y pisteros comanches. Vimos unas huellas de arrui, la versión sahariana del muflón, más grandes que las finas huellas de las gacelas, con la separación de las grandes zancadas lo que nos hizo deducir que el animal iba corriendo. Justo a su lado otras huellas de amplias zancadas, en este caso de hiena rayada, más grandes que las de los chacales. Aunque aprovechan la carroña también cazan. En este caso perseguía a su presa. Los chacales son más pequeños pero un día cruzó por delante de nosotros a unos diez metros, con total tranquilidad un macho de chacal muy grande, del tamaño de un pastor alemán. Nos miró con total descaro y, caminando, sin prisa, salió del camino. En teoría son muy tímidos y huyen, pero aquel día agradecimos ir cuatro juntos y que no tuviese pinta de tener hambre.

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Cuando acampábamos en los ueds, los lechos secos de los ríos, protegidos por las paredes rocosas a los lados, veíamos corretear sobre las rocas a los damanes, animales retacos y peludos con gran parecido a las marmotas, roedores habitantes de la alta montaña, en los Pirineos y en los Alpes. Pero ahí acababa todo el parecido. Los damanes, de hecho, están emparentados (remotamente, pero emparentados) con…¡los elefantes!. Y ya puestos con la zoología, y dentro de ella la ornitología, vimos muy pocas especies de aves. La más frecuente era un pájaro blanco y negro muy simpático, al que los tuareg consideran de buen agüero y al que llaman bul-bul, en Marruecos mula-mula, para los interesados Oenanthe leucopyga, y que se acercaba sin ningún miedo a nuestros campamentos, como en España los ubícuos gorriones, buscando algo que llevarse al pico. Ya cuando ascendimos al macizo del Hoggar pudimos ver una pareja de alimoches. No sé de qué se alimentarían en zonas tan áridas, pero ahí estaban.

Para comer parábamos en zonas cómodas y sombrías…cuando había sombra, lo cual se agradecía porque de día y bajo el sol hacía calor. A veces, un bosquecillo de tamarindos, bajo los que podíamos sestear una hora. Otras veces, una triste acacia, de donde debíamos barrer las agudas espinas que se habían desprendido del árbol si no queríamos que se nos clavasen.Seguíamos caminando. Poco a poco y aunque dominaba la arena, el paisaje se iba haciendo más rocoso. Uno de esos días nos fuimos acercando al punto prefijado entre los guías a la hora de comer, una zona entre enormes rocas. Nos esperaban riéndose.

Había grabados rupestres. Uno de ellos, un búfalo de grandes cuernos casi de tamaño natural semitapado por la arena. Se distingue muy bien la antigüedad de los grabados rupestres por el tono dentro de los surcos. Los más antiguos, neolíticos o incluso quizá paleolíticos, tienen el color oscuro de la roca, porque se han oxidado al lento y contínuo contacto con el aire. Los modernos, quizá de tan sólo mil años o menos, aún destacan por un tono rojizo más “fresco” en el interior de la piedra grabada. Todos los que había aquí eran de los antiguos. Sin parar de reírse nos condujeron a una gran roca con una pared vertical de unos dos metros. Había tallada una figura humana muy grande, pero costaba trabajo distinguirla bien por lo gastada. Cuando comenzamos a mirarla mejor y pudimos apreciar el detalle comprendimos la causa de sus risas: una figura de perfil, con las piernas cortas y patizambas y un torso algo deforme como el de un enano…¡con un pene que le colgaba hasta el suelo!…nos reímos todos y la figura quedó bautizada, muy justamente,  como El enano pollón.

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Las bellas y libres targuiyas

Mencioné al principio que el macizo del Tefedest está prácticamente deshabitado. Sólo cuando bajamos por su lado Este, y ya cerca de Tamanraset, vimos una pequeña población, Mertutek, asentada sobre un oasis. Aparte de este emplazamiento estable, tan sólo tuvimos ocasión de encontrar dos campamentos tuareg. Son las targuiyas, las mujeres, las que viven en las tiendas y pastorean las cabras, mientras los hombres comercian o trabajan en la ciudad. Con la leche de las cabras preparan mantequilla y queso, un queso que dejan curar hasta el extremo. Cuando vi esos trocitos amarillentos en los mercados de Tamanraset no me imaginaba qué era, podría ser hasta caliza. Fromage (queso, me dijo el del puesto). Le pedí permiso para probarlo, era superduro y de sabor rancio. Se rieron al ver la cara que puse, porque ese queso no se come: lo echan para que se disuelva en las sopas. Josema y yo tuvimos ocasión de comprobar -que no probar, como el queso- la gran desenvoltura…o desvergüenza de las mujeres.

En el desierto no hay nadie, pero se enteran de todo. Posiblemente nuestra avanzadilla de Toyotas ya les había saludado y habría estado hablando largamente con ellas como es costumbre en el desierto, preguntándose por las familias y por todo lo demás, y sabían que en el grupo viajaba un médico. Y entre estas gentes pobres y aisladas siempre hay algún enfermo a los que la providencial llegada de un doctor les viene pero que muy bien. Gente con fiebre, con dolor de muelas o, como en este caso, con fiebres puerperales. Alberto, nuestro Buen Doctor, entró en la tienda con su kit de salvar vidas para hacer el reconocimiento profesional de rigor. Mientras, Josema y yo nos dimos una vueltecita por el campamento, haciendo fotos a las cabras, a los aperos y a las guerbas, pellejos enteros de cabra con el cuello y las patas cosidas donde los nómadas guardan el agua, y donde la transpiración la mantienen fresquita, como en nuestras botas de vino, o nuestros botijos.

Mientras el Buen Doctor atendía a la enferma, dos jóvenes targuiyas se acercaron a nosotros. Podían tener entre diez y seis o veinte años. Descalzas, con su túnica. Una con su pelo suelto, la mayor con un pañuelito. Coquetas y, a su estilo, arregladas, con pendientes y collares de cuentas. Morenas y guapas, o así nos lo parecieron. Se acodaron en una zeriba (empalizada de cañas) a dos metros escasos de nosotros y, sin dejar de mirarnos a los ojos, empezaron a hacer comentarios entre ellas en tamashek, en su dialecto -por supuesto no nos enterábamos de nada- y a reírse mucho…Para ellas lo “exótico” éramos nosotros. Aquello duró unos diez minutos durante los que Josema y yo, allí parados y con una sonrisa tonta en la cara, no nos atrevimos a decir nada. Y según habían venido, se fueron, igualmente risueñas y descaradas. Josema y yo, un tanto contritos y confusos, ¡para qué negarlo!, llegamos a suponer si no se nos estarían repartiendo: para tí el más alto, para mí el más bajo… Y que si algo así nos hubiese pasado en España triunfábamos fijo. Pero no acabó ahí la cosa…

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Los tuareg, como ya comenté, se organizan en una sociedad matriarcal. A todas mis amigas les encanta escuchar ésto. Son las mujeres las que perpetúan el apellido, las líneas nobiliarias o aristocráticas -que las hay- o las propietarias de los rebaños. Escogen marido o, al menos, aceptan a los pretendientes. Y, como en el caso del pobre Ibrahim, si en algún momento no les gusta el marido, lo echan de casa. No se cubren el pelo, si acaso cuando ya son mayores y están casadas, pero no es lo general. Y practican una curiosa ceremonia: el tindé. De vez en cuando se reúnen las mujeres al anochecer, cubren con una piel de cabra el cubo de madera donde muelen el arroz o el mijo (el propiamente tindé) y acompañadas de la percusión cantan durante toda la noche.

En el desierto el sonido llega hasta muy lejos y, desde muy lejos acuden los hombres jóvenes, para cantar y bailar. Y no es nada raro que las parejitas acaben saliendo del grupo para esconderse detrás de una duna. Si de estas aventuras nocturnas acaban naciendo niños, son los llamados hijos de la arena, de madre soltera, pero éso entre las targuiyas no supone  ningún problema. Es más: si la novia aporta al matrimonio uno, dos niños o más, aparte de que son muy bien acogidos por el padre, es una demostración palpable de su fertilidad.

Aquella tarde habíamos montado el campamento a unos quinientos metros de las tiendas de las targuiyas. Es norma de cortesía en el desierto “no molestar”. Si alguien ha acampado cerca de un pozo, no lo hará a menos de medio kilómetro, para ni molestar ni ser molestado por los que se acerquen a por agua. Cuando ya, anochecido, estábamos todos tan agustito cenando nuestra sopa, comenzó a sonar el tindé. Josema y yo nos miramos a los ojos entendiendo claramente “el mensaje”. No sé cuál de los dos murmuró: tío, nos están invitando a la fiesta… Se oían claramente las voces de las jóvenes targuiyas. Los tuareg de nuestro grupo seguían cenando indiferentes a la música, incluso Ibrahim, el que buscaba novia. Bien que lo pensamos, pero nos dio apuro levantarnos y acercarnos. No sabíamos si sería bien interpretado por nuestros compañeros, o qué tipo de recibimiento nos esperaba en las tiendas. Lo mismo nos hubiesen esperado con los brazos abiertos, que nos hubiesen tirado a la cabeza alguna piedra. No nos decidimos y esa pena nos acompañará siempre…

Los malvados yinns

El Tefedest, según los muy supersticiosos tuareg, está lleno de yinns, y prefieren no provocarles. Es la principal razón de que no encontrásemos a casi nadie en aquellos trescientos kilómetros de recorrido. Pero nosotros, occidentales racionalistas y cartesianos que no creemos en semejantes supercherías, tuvimos ocasión de sufrir su acoso. Prácticamente cada noche los cuatro teníamos sueños muy agitados que nos contábamos a la mañana siguiente, con una mezcla de estupefacción y de sorpresa. A veces, eróticos. Podía influir que llevábamos ya varios días sin “catar hembra”, no digo que no, pero eran sueños raros.

Una noche soñé que estábamos los cuatro plácidamente recostados en la arena cuando se nos acercó paseando, ¿quién?, pues ni más ni menos que Cristina de Borbón (sí, como suena). Que conste en acta que Cristina de Borbón nunca ha sido objeto de mis fantasías eróticas, y aún faltaba mucho para que se destapase lo del caso Noos y les procesasen, con todo lo mediática que se volvió la pareja. Pues allí tumbaditos se nos acercó Cristina y me preguntó a mí: Oye, ¿tienes “shesh”?… (que vuelva a constar en acta que es la primera vez que oía, o soñaba, esa palabra). Chulo como somos los nacidos en El Rastro y sin cambiar de postura le dije: Por supuesto… ¿necesitas “shesh”?… Y a mi respuesta, se tumbó a mi lado, se empezó a poner muy cariñosa y pasó lo que suele pasar, no voy a dar más detalles que luego lo leen los niños.

Cuando a la mañana siguiente se lo conté a mis colegas, como es de suponer, se partían de la risa. Días después aún me vacilaban de vez en cuando, poniéndose cariñosones y pidiéndome “shesh”… Durante un tiempo pensé en que, si escribía esta anécdota alguna vez, cambiaría a la protagonista pues, no sé, por Ana Botella o Esperanza Aguirre, por no provocar a Urdangarín que es más alto que yo y a lo mejor me ganaba un tortazo, pero en honor a la verdad así fue y así lo cuento.

Cuando, una vez sobrepasado el Garet Al Yenún bajamos hacia Tamanraset por el lado Este del Tefedest, tocamos la única población, la de Mertutek, asentada a lo largo de un arroyo generoso en agua, un verdadero oasis donde los nativos cultivan frutales, hortalizas y palmeras. Pero la bendición del agua sin duda favoreció la presencia de humanos durante miles de años. No en vano un refrán frecuente entre los tuareg es Amám imám: el agua es la vida. Por las gargantas de los alrededores que visitamos pudimos ver numerosas pinturas rupestres, con escenas de mujeres bailando o de vacas, en un estilo similar al de los frescos que decoran las paredes de la zona conocida del Tassili N’Adjer, al este de Tamanraset, en el estilo llamado “de los bóvidos”.  Por aquella zona pudimos ver también un gran grabado, de los “antiguos”, que representaba una fiera encorvada y al acecho, mezcla de león y de hiena, moteado como una pantera, con grandes garras y colmillos y una crin en su cuello. Impresionaba. Aquella noche soñé que la fiera se movía y al volver a mirarla había cambiado de posición. ¿Los yinns?.

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Pero una noche sí nos sentimos “cercados” por los yinns, o por lo menos nos lo pareció. Los Toyotas habían montado el campamento en una garganta que se metía un poco en la montaña. Cuando, caminando y guiados por el fiel Ibrahim nos desviamos hacia allí, nos sorprendió la blancura inmaculada de la arena, muy fina e impoluta. Parecía que hubiese nevado. Hasta los arbolitos estaban cubiertos, como espolvoreados de azúcar glas. Entre la luz del atardecer que ya se iba haciendo noche, la blancura resplandeciente de la arena y el silencio absoluto que reinaba en aquella garganta, era imposible no sentirse sobrecogido. Ya oscurecido y no recuerdo si antes o después de cenar, me aparté lejos del campamento, discretamente, para hacer pis entre unas rocas. Os juro que no soy ni supersticioso ni asustadizo pero dos veces, dos, me volví bruscamente mientras orinaba porque tenía la inequívoca sensación de que tenía a alguien literalmente pegado a mi. Me volví rapidito al campamento aún echando una mirada furtiva a mis espaldas.

Aquella noche cenamos los ocho, los cuatro tuareg y los cuatro españoles, en silencio, nadie hablaba apenas, aunque era el momento del día en que intercambiábamos comentarios, o consultábamos los mapas. Llegó el momento de retirarnos a las tiendas, y empezaron los gritos. Desde la oscuridad lejana nos llegaban aullidos y chillidos largos, como agónicos… ¿Serán chacales?, nos preguntamos Josema y yo, mirándonos desde los sacos con desconcierto, aunque lo cierto es que fue la primera y única noche en que nos dieron semejante concierto.  Agradecimos desde el fondo de nuestros asustados corazones que aquel día nos tocaba la tienda grande, que podíamos cerrar con cremallera. De habernos tocado la pequeña creo que hubiésemos encogido las piernas y no arriesgarnos a asomar los pies, y que aquellos demonios hubiesen hecho vete a saber qué diabluras. Pese al cansancio, tardamos en dormirnos.

El pensamiento occidental, racionalista y cartesiano de Miguel insiste en explicar nuestras pesadillas e inquietudes. Según él estamos caminando en dirección Sur-Norte, pegados a unas montañas graníticas, pero flanqueados a Este y Oeste por dunas, formadas por sílice. La diferente carga eléctrica del granito y de la sílice, y además orientados según el eje de rotación de la Tierra, actúa como una pila voltaica, lo que provoca en nosotros esos “desequilibrios” mentales. Suena bien. Pero prefiero creer en los yinn.

A la conquista del Garet Al Yenún

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2.200 metros de altitud, destacaba a lo lejos, cerrando al Norte el macizo del Tefedest. Acampamos en un ued a poca distancia, con la presencia imponente de la montaña por su cara Oeste. Nuestra idea era subir al día siguiente hasta la cumbre. En una ladera cercana pudimos ver un enterramiento preislámico, en forma de gran círculo de piedras con otro círculo en su interior. Como aún quedaban un par de horas de luz dimos un paseo por los alrededores. Por allí no había absolutamente nadie, aunque descubrimos restos de varias gacelas, sin duda las sobras de alguna comida. Me guardé varios cuernos, de dos especies al menos. Para disimularlos en la aduana de Argel, donde te requisaban literalmente hasta la arena, que muchos se llevaban de recuerdo metida en botellitas de plástico, me los camuflé metidos en los calcetines.

Una vez desayunados nos pusimos en marcha. Según nos acercábamos a la base nos íbamos haciendo una idea de lo “grande” que era aquello, del pedazo mole de la montaña. Y cuanto más cerca estábamos, al pobre Ibrahim le iba cambiando la cara. De su permanente sonrisa, fue mutando a una carita de pena que daba ídem. En un momento dado y totalmente desolado nos dijo que él “prefería” esperarnos allí abajo…se supone que su obligación era acompañarnos pero, por supuesto, no quisimos insistirle, estaba claro que estaba aterrorizado por los yinns cuyo hogar estábamos invadiendo, y con los yinns no se juega… Comenzamos la subida. Las rocas se iban haciendo cada vez más grandes hasta tornarse enormes peñascos que hicieron necesario comenzar a dar rodeos. En un momento dado grandes placas de piedra, de varios metros de ancho (diez, veinte o más), lisas y cada vez más inclinadas, hacían necesario inclinarse y utilizar las manos. En algunos momentos me sentí como una salamanquesa, con los brazos y los dedos muy abiertos para adherirme bien a la roca y aprovechar al máximo el agarre.

Cuando me dí cuenta, y debido a la dificultad del ascenso, nos habíamos dispersado. Empecé a dar voces para localizarnos e intentar reagruparnos. Nos reunimos tres: Josema, Alberto y yo. De Miguel, ni rastro. Gritamos pero no contestó. Decidimos seguir subiendo, no obstante. Al cabo de dos o tres horas y tras no pocas dificultades llegamos por fin a una plataforma ancha, cerca de la cumbre, de la que nos separaban todavía unos enormes paredones verticales de doscientos o trescientos metros de altura. Imposible subir sin equipo de escalada. He visto después reportajes de montañeros a los que les supuso dos días completar la ascensión. Desde aquel punto, a casi dos mil metros, la vista era espectacular. Dominábamos un panorama de 180º. Al sur, las cumbres más bajas del Tefedest en una cadena escalonada. Al norte y al lado Oeste, unos cien kilómetros visibles de desierto,con una sucesión de dunas, zonas rocosas y arenas de diferentes colores.

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Hicimos una paradita allá arriba para descansar y además, teníamos hambre. Libres de compañía islámica y de su estricta observación, habíamos llevado unos sobres de comida haram, totalmente impura, digna de unos infieles como nosotros: chorizo, salchichón, algo de jamón e incluso, y éso fue idea mía, un par de benjamines, botellitas de cava que descorchamos con alegría, lanzando los tapones a lo alto sin riesgo de romper ninguna lámpara. Nos supieron a gloria. El sol comenzaba a menguar, y empezamos a preocuparnos por el ausente, por Miguel. Durante la subida habíamos visto madrigueras grandes y huellas de hiena. Sólo faltaba que los yinns, cabreados por profanar su santuario, hubiesen hecho perder la razón a Miguel y hubiese acabado devorado por bestias carroñeras. Gritamos su nombre pero no hubo respuesta.

Ya abajo, le encontramos. Tan tranquilo, se había dado la vuelta a media ascensión y se había dedicado a recuperar pequeños trozos de cerámica, de los que había reunido un montoncito. También encontramos a Ibrahim. Más pragmático, se había echado una larga siesta y su gran preocupación ahora es que no había comido nada, y estaba hambriento, el pobre. Ya reunidos los cinco caminamos un rato hasta el campamento donde Ahmed, el cocinero nos estaba esperando con una rica sopa y un sabroso estofado, con parte de la última cabra que se nos cruzó en el camino. No quedaba cava, pero también nos supo a gloria.

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A la mañana siguiente en vez de caminar recorrimos un trayecto largo con los Toyotas. Al rodear en el sentido de las agujas del reloj el Garet Al Yenún aún pudimos descubrir, en su cara Este, un aspecto sorprendente. Una enorme hendidura surcaba el paredón de arriba abajo, como si fuese una puerta de entrada al Jardín de los Genios. Justo delante, cual centinela, un gran monolito pétreo. Lamentamos no haber llegado hasta allí, sin duda el lugar hubiera valido la pena.

Celebrando el Año Nuevo

En el desierto, sometido al ciclo de la luz, pierdes la noción de las horas y de los días. Pero alguno del grupo recordó que ese día era 31 de Diciembre. La cena fue la habitual: sopa y estofado, sin más. Yo había llevado como acostumbro para estas ocasiones y estos lugares una latita para cada uno con doce uvas peladas, ¡hay que mantener las tradiciones, aunque sea en el Sahara!. Y aunque cenábamos a las siete y a las ocho ya estábamos durmiendo, preparamos el pequeño ritual de las campanadas…sin campanadas, sin televisión desde la Puerta del Sol y sin la Anne Igartiburu ni Ramón García… Preparamos al bueno de Ibrahim al que le dimos una sartén y un cazo y a la voz de ¡Ya!, se puso a dar golpes en la sartén mientras los demás, asímismo aleccionados, nos fuimos comiendo las uvas. Después vinieron los abrazos y las felicitaciones. Los tuareg se rieron mucho. Fue un momento emocionante. Haciendo un exceso, aquella noche nos fuímos a dormir muuuuy tarde: podían ser las ocho y media…

Previamente pensé que, aunque no nos diésemos cuenta, seguramente debíamos oler a cabra tanto como olían intensamente los tuareg. A todo se acostumbra uno, al propio olor (mal olor) entre otras cosas pero, entre la dieta con alto contenido de cabra y su contenido en ácido caproico, las largas caminatas en las que, bajo el sol, acabábamos sudando, y la inevitable falta de una mínima higiene (un cepillado nocturno de dientes si acaso), era fácil deducir que sí, que debíamos expeler un aroma, como se suele decir, a chotuno. Así que cogí una muda limpia, una latita y un poco de gel, y con tan somero kit de limpieza me alejé del campamento, discreción y prudencia ante todo, remontando el arroyo junto al que habíamos acampado con la intención de recibir al Año Nuevo, si no en traje de gala, por lo menos algo más limpito.

Encontré una pequeña poza. Para empezar y ya por la tarde hacía un frío que pelaba, no en vano era 31 de Diciembre. En segundo lugar y como era de esperar , el agua del arroyo estaba heladita. Así que, haciendo acopio de valor, me despojé de mis sucias vestiduras, incluyendo los calzoncillos y cogiendo agua con la latita y poco a poco, vayamos por partes, como decía Jack el Destripador, me la echaba por encima, me enjabonaba y me aclaraba echándome más, aguantándome los gritos no fuesen a pensar desde el campamento que los yinns me habían capturado o alguna hiena me estaba devorando. Lo peor fue la cabeza, me picaba como si tuviese una invasión de piojos y de sarna -realmente no había nada de éso- y éso que llevaba el pelo muy corto, pero hasta el pelo me lavé a conciencia. Y ya, con mi ropita limpia y sin tanto olor a cabra, me dirigí contento al campamento para recibir, como Dios y Alá mandan, el Año Nuevo.

El desierto negro

Seguimos dirección Sur. Paramos en Mertutek, donde recorrimos su largo oasis y visitamos las pinturas rupestres de las que ya he hablado. Poco a poco dejamos las estribaciones del Tefedest, caminábamos hacia el macizo del Hoggar, muy montañoso, pero en el intermedio el recorrido transcurría por un paisaje mucho más llano y sumamente árido. Durante dos o tres días caminamos por unas llanuras suavemente onduladas sin un sólo árbol, ni tan siquiera una triste acacia. Aprovechábamos para acampar en las gargantas secas de los ueds, buscando para comer la sombra de los Toyotas.

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Se suele comparar el desierto a un paisaje selenita. En el 2015 se estrenó la película The martian (El marciano), de Ridley Scott. Los exteriores están rodados en el desierto de Wadi Rum, en Jordania, que se escogieron por el color rojizo de la arena entre las paredes rocosas, aunque yo he conocido paisajes muy similares en el sur de Argelia, sobre todo en el Tassili N’Adjer.  El camino que nos tocaba recorrer ahora me sugería la desolación más absoluta porque a su aridez y la falta de vegetación se sumaba un suelo que se extendía hasta el horizonte de piedras negras redondeadas que tapizaban por completo el suelo, al principio más pequeñas (del tamaño de una naranja), poco a poco más grandes, como sandías.

La única presencia vegetal, en las pequeñas hondonadas donde se acumulaba un poquito de la escasísima humedad, eran las akarabas, más conocidas entre los occidentales como la “rosa de Jericó”, para los más científicos: Anastatica hierochuntica, pequeña planta de la familia de la familia de las crucíferas. Su aspecto es inconfundible: unos “cogollitos” de hojitas secas envolviendo las semillas, anclados al suelo por una larga raíz pivotante. Para los tuareg son el símbolo de los hombres tacaños, por aquello de su imagen de “puño cerrado”. En su medicina local, es utilizada en infusión para tratar las toses y la bronquitis. Pero, supersticiosos como son los tuareg, no verás un coche donde no adorne el salpicadero. Según ellos protegen contra el ubícuo mal de ojo, la mala suerte y, en los vehículos, contra los accidentes. Como dicen los gallegos: eu non creo nas bruxas, pero habélas haylas… Por si acaso llevo una llevo en el coche…

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Tras corto debate entre los occidentales-racionalistas-cartesianos acaudillados por Miguel, dedujimos (tesis-antítesis-síntesis) que el color negro de las piedras se debía a su composición de basalto, ya que el Hoggar es de origen volcánico. La teoría de los tuareg es mucho más poética. Según ellos cuando Luzbel se rebeló en el paraíso junto a sus partidarios, los ángeles caídos (justo sobre el Garet Al Yenún, de ahí su éxito entre los yinns) se fue arrastrando por el “desierto negro” que quedó quemado y calcinado por el intenso calor que ya desprendía su cuerpo. Los pozos y cráteres que veríamos más adelante son las huellas de sus garras, en un intento por sujetarse a la tierra antes de descender a los infiernos. Más bonito, ¿no?.

Uno de los días en que caminábamos por el “desierto negro” nos desviamos a un lado, hasta llegar al borde de una  gran depresión en el suelo, una mezcla de cráter y de mina, que en el fondo es lo que era, el pozo de Ouksem. De un diámetro de unos quinientos metros y bordeado por unas paredes de granito como cortadas a pico, bajamos hasta el fondo por una senda escarpada. La parte superficial estaba cubierta una cristalización blanquecina que recordaba a la sal, aunque como pudimos comprobar al probarla con la punta de la lengua, además de muy amarga era bastante corrosiva. Por la superficie había un par de pequeños pozos. Mulud hurgó en uno de ellos con la mano, lo que le costó tener durante un par de días la piel semiquemada. Se trataba de una eflorescencia de sosa ligera o natrón, utilizada para el curtido de las pieles, cuya explotación favoreció un comercio de caravanas que la transportaban hasta cientos de kilómetros.

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El macizo del Hoggar

Se veían ya de lejos las cumbres del Hoggar. Grandes montañas rojizas de origen volcánico, abruptas y a menudo aisladas, donde la erosión de la roca circundante ha dejado expuestos los conos de lava, que se levantan como inmensas torres. Son un desafío para los escaladores que llegan de todo el mundo para realizar la ascensión. Nosotros no vamos a escalar, pero nos sumergiremos entre ellas dejándonos deslumbrar por la salvaje belleza del entorno para ascender al Assekrem. Pero antes de abandonar del todo el “desierto negro” haremos una parada en Hirafok.

Hirafok debe su existencia, al igual que Mertutek, a la presencia de agua, muy bien aprovechada en un fértil oasis donde pudimos ver las fogaras, conducciones por debajo de tierra, excavadas por los esclavos, gracias a las cuales se canalizaba y se evitaba la evaporación al máximo del preciosísimo elemento. Hirafok, además, es el lugar de nacimiento de Mulud donde vive parte de su familia, a los que visitaremos y de los que gozaremos de su hospitalidad. Aparte de dormir, ¡tremendo lujo! sobre colchonetas, esta noche la tía de Mulud nos va a preparar una cena especial, muy por encima de la sabrosa cocina habitual de Ahmed, alias Papá Pitufo, nuestro cocinero. Nos ofrecerá “el sueño del jardín”: un riquísimo puré de verduras, al que seguirá elfetach, unas obleas de harina sobre las que se servirá el habitual estofado, esta vez de cordero. A la mañana siguiente y para desayunar crêpes con mermelada de higos, casera por supuesto, que casi nos hará llorar de emoción

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Nuestros cuatro acompañantes tuareg pertenecen a la tribu de los Kel Ghala, la más noble y dominante de las doce o trece tribus que se reparten la región del Hoggar. Por esta situación de preponderancia es la única de la zona donde se puede escoger al amenokal, mediante un consejo de ancianos. El amenokal es una persona sumamente respetada, incluso fuera del ámbito tuareg, especie de “gran jefe”  o “boss” al que todos acatan religiosamente en sus decisiones, y que les representa ante el gobierno de Argel en caso de conflicto. Por ésta u otras razones tuvimos ocasión de observar en Hirafok el gran ascendente del que gozaba Mulud y su familia. Su nivel económico, se nota, está por encima del resto del pueblo. Según nos cuentan, uno de los hermanos de Mulud está estudiando en Bélgica, y el propio Mulud -y también se le nota- ha disfrutado de una buena educación.

Esta visita a la familia nos explica un detalle que nos ha sorprendido. Pocos kilómetros antes de llegar a Hirafok nuestros cuatro tuareg han sacado no se sabe dónde sus mejores galas: turbantes impolutos (el largo taguelmust tuareg) y ganduras limpísimas…un auténtico traje de gala para presentarse ante sus parientes como corresponde. Incluso nuestro guía acompañante Ibrahim está desconocido, en su elegancia. Los cuatro españoles sospechamos que no descarta aprovechar la ocasión y visitar alguna pariente, alguna posible “futura” con la que rehacer su vida.

Aún tuvo ocasión nuestro Buen Doctor en ejercer su benéfico oficio. Afortunadamente para mí las cabras y los burritos debían estar en buen estado y no me vi obligado a demostrar mi sabiduría, seguro que ellos ya se apañaban bien sin mi. Pero al saber que contábamos en nuestras filas con un médico apareció un anciano, amigo o miembro de la familia, nunca se sabe. El pobre hombre padecía un tremendo dolor de muelas. Alberto pidió un par de cucharas, una grande y otra pequeña, para ir “tanteando” las piezas cual mecánico y ver cual fallaba. Al parecer tenía una muela infectada. Nosotros mirábamos la escena discretos, esta vez no nos pareció conveniente hacer fotos “testimonio” por no faltar a la hospitalidad, pero a punto estuvo de darnos la risa en un par de ocasiones. Alberto carecía del instrumental mínimo como para atreverse a realizar una extracción y además, o así se nos justificó, temía una hemorragia. Al final le surtió de antibióticos y analgésicos que le aliviarían bastante. El buen viejo se retiró, cortés, y agradeciéndole mucho la atención.

Tras aquella agradable estancia, y después de agradecerles sus atenciones (no íbamos a ser menos que el viejo) reanudamos el camino. Esta vez el trayecto sería en los Toyotas porque el camino se iba a poner más complicado. Efectivamente, el camino se metía en sendas de montaña, rocosas y empinadas por donde incluso los 4×4 pasaban sus dificultades. En un par de ocasiones, los torrentes habían excavado grandes surcos cuando no pequeñas gargantas que nos obligaban a desviarnos unas decenas de metros. Pero seguíamos subiendo. Ante nosotros aparecían torres, moles y montañas de formas evocadoras. Las fuimos bautizando según nos dictaba la imaginación como “el flan”, “el castillo encantado”, “las dos hermanas”,  “el vigilante” o “el tuareg encantado”. Aunque sobrepasado el Tefedest y sus yinns ya no teníamos pesadillas, pensé durante un tiempo en hacer un libro de leyendas, inventadas por mí, con todas esas figuras tan sugerentes.

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Desde que entramos al “desierto negro” y especialmente en esta zona, ya no hay un triste árbol ni madera de la que echar mano para nuestras hogueras. Previsoramente nuestros guías habían preparado carbón vegetal quemando troncos a los que enterraban en arena antes de consumirse y guardando el carbón en sacos a la mañana siguiente. Aún llevábamos madera en las bacas de los coches, pero ha sido necesario racionarla. A veces, utilizan los hornillos con las bombonas de gas.

Estamos ya muy altos, e incluso de día y pese al sol, hace mucho frío. La cima más alta del Hoggar, el Atakor, alcanza casi tres mil metros de altura, 2.908, para ser exactos. Cerca de él y al que subiremos mañana, el Assekrem, 2.725. En la meseta que corona su altura, el eremitorio del padre Foucauld. Montamos el campamento al “abrigo” de una gran montaña, a más de dos mil metros de altura (concretamente, a 2.348). Esta noche y antes de embutirnos en los sacos nos hemos envuelto en toda la ropa disponible. Los dos forros polares con la cremallera hasta arriba, tres pares de calcetines y además una manta por encima, y éso dentro de la tienda que amanecerá con su capa de hielo por encima. Cuando pienso en los tres tuareg que duermen a la intemperie (Mulud no será todavía, todo se andará, amenokal, pero como jefe duerme en la suya) no puedo por menos que admirarles por su dureza.

Desde este campamento base, y dado lo muy complicado de la pista, subiremos andando hasta la meseta del Assekrem, para visitar el eremitorio, ver el paisaje y disfrutar de sus, dicen, incomparables puestas de sol. La escasa o nula humedad ambiental y la habitualmente elevada altitud confieren al desierto una claridad de la atmósfera tal, que las noches son, sin discusión, las más claras y estrelladas del planeta. He estado muchas noches en el desierto, absorto, descubriendo entre las constelaciones conocidas cientos de estrellas que rellenan espacios habitualmente oscuros en nuestras latitudes. Pero aquí no hay espacios oscuros, aquí hay simplemente una explosión de estrellas. Si a ésto sumamos en el Assekrem su posición por encima del paisaje circundante, y las temperaturas extremas, es cierto que las puestas de sol son espectaculares, y muchos turistas nos congregamos, pese a la dificultad del acceso, para disfrutarlas.

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Charles Edouard de Foucauld, el padre Foucauld

Comenzamos la subida por pistas que al Toyota le supondría una dificultad evidente, y a nosotros y pese al entrenamiento que ya llevamos en el cuerpo, bastante esfuerzo. Ya cerca de la meseta, un camino empedrado. Cuando jadeantes llegamos a la cumbre nos está esperando un hombre sonriente: Ventura, catalán, para ofrecernos todo amabilidad un te, que aceptamos encantados. Ventura, junto con un polaco y un francés es uno de los tres religiosos pertenecientes a la Hermandad del Padre Foucauld, la orden fundada por él, y de la que Ventura me informó que había una delegación en Málaga.

La vida de Charles de Foucauld fue de todo menos aburrida. De familia aristocrática (su título era el de vizconde de Foucault) quedó huérfano a los seis años. Fue militar, explorador y geógrafo antes de hacerse religioso. Por su juventud disoluta, fue expulsado del ejército en alguna ocasión, aunque vuelto a admitir por sus méritos innegables. Pero la fe cristiana le fue marcando y le hizo cada vez más solidario con los más pobres. Pasó por varios centros religiosos en Nazaret y en Francia, acabando en el remoto sur de Argelia, entre los tuareg, a los que dedicó todos sus esfuerzos y de los que se ganó su cariño y su respeto, durante los doce años que convivió con ellos, pese a su condición de “infiel”.

Pero nunca fue un predicador al uso. Como él decía: yo estoy con los tuareg no para convertirlos, sino para intentar comprenderlos. Celebraba misa en la intimidad de su pequeña capilla y jamás intentó “convencer” a nadie. Sencillamente, y para una gente tan pobre como los tuareg ya es mucho, les ayudaba: comida cuando la había, medicinas, simplemente su compañía. Sus “hermanos” siguen practicando su misma política de ayuda y de ascetismo. Ayudar, es su norma, aunque sea con ese sencillo te con el que Ventura nos reconfortó tras la subida. Daban cierta envidia en su “beatitud” (del latín beatus: feliz). Me recordaban a los budistas por lo de su renuncia a lo material.

Actualmente y además de la humildísima capilla del Assekrem, en la meseta existe una estación meteorológica, la primera del mundo, en una posición privilegiada gracias a su lejanía de cualquier influencia debida a centros urbanos, y desde la que envían sus observaciones vía satélite a las principales agencias del mundo. Los tuareg les siguen apreciando a tal punto que cuando Ventura va hasta Tamanraset, siempre caminando, evita los campamentos para ahorrarles los gastos que les acarrea la hospitalidad con la que le acogen. Recibe visitas de tuareg muy a menudo a los que, como hizo con nosotros, invita siempre a te. Cuando un día les preguntó a dos de ellos si les compensaban las largas caminatas por un simple te le respondieron, con la filosofía tuareg: Si tenemos agua para beber, leche para comer y la amistad, ¿qué más queremos?.

En 1916 el padre Foucauld murió de un tiro por un conflicto entre tribus azuzado por los intereses políticos, religiosos y estratégicos de la zona, entre tuareg de Gat (pegado a la frontera argelina), en Libia, que acababan de expulsar a los italianos, y a los que la presencia y prestigio de Foucauld estorbaba, y los del Hoggar.

Dimos un paseo por la meseta que corona la cumbre, esperando el famoso atardecer, junto a una docena de turistas. Si ya allá en lo alto hacía mucho frío, según iba cayendo el sol la temperatura era glacial, no podíamos ponernos ya más ropa. Nos cuentan que en la Nochevieja se juntaron casi doscientos turistas para contemplar el espectáculo, me los imagino apretados unos a otros cual rebaño de ovejas para aguantar la helada. Rodeamos la meseta contemplando las cumbres que nos rodean. La más alta la del Tahat.  Es cierto que el espectáculo es magnífico, con una gama de tonalidades rojizas y azuladas sobre las montañas que van cambiando e intensificándose según avanza el ocaso. Pero nos tiemblan las manos de frío al sujetar las cámaras.

Casi estamos deseando que aquello se acabe para comenzar la bajada hasta nuestro igualmente helado campamento. Apreciamos esta noche la ardiente sopa de Ahmed más aún que el festín de la tía de Mulud, y sin más tonterías y embutidos como estamos con toda nuestra ropa, nos introducimos no sin esfuerzo en los sacos. Creo recordar que, por desgracia, esta noche nos tocaba a Josema y a mi la tienda cortita. Ante el pánico de casi seguras congelaciones en los dedos de los pies intentamos convencer, sobornar y amenazar a Miguel y Alberto para que nos la cambien, por caridad, pero los muy jodíos no han aprendido nada de las enseñanzas y de la generosidad del buen Padre Foucauld. ¡Alá los confunda!. Aquella noche no hubo pesadillas, los yinns debieron preferir quedarse arrimaditos a la chimenea.

A la mañana siguiente y según amanecía aún disfrutamos de los colores del sol naciente, de un dorado rojizo intenso sobre las montañas. Pero toca volver a Tamanraset. Aún visitamos un par de gueltas: lagunas formadas al abrigo de las rocas. En una de las paradas, espectáculo de “machada” tuareg: Ibrahim y el conductor del segundo Toyota se han picado (¿discutiendo por alguna joven y bella targuiya, tal vez?) y deciden echarse una carrera…¡descalzos!, por aquel terreno totalmente pedregoso y lleno de chinarros, en un rápido sprint de unos cincuenta metros. En lo que, para nosotros, pérfidos y blanduchos “infieles”, hubiese sido una sucesión de saltitos y grititos en no más de dos metros, para ellos ha sido un paseo lleno de risas. Si son capaces de dormir al raso con aquellas heladas y de correr descalzos por aquel terreno, sin duda aquí es donde hay que buscar el Übermensch, el “Superhombre” que decía Nietzsche, y no entre los arios. Lo siento por Hitler.

Llegamos al campamento base para descargar los trastos, darnos una duchita rápida (aquí no puede ser una duchita demorada por lo no-calentita) y partir inmediatamente a Tamanraset, esta vez en el Toyota-nuevo-lujoso de Mulud, reservado para fardar en la ciudad ya que no a la puerta de la discoteca. Mulud: hombre con posibles, sin duda. Josema y yo, eternos chiquillos, nos pedimos ir en la caja descubierta, disfrutando de las calles (hace muuucho que no vemos calles) e incluso saludando a las chicas. No es que esperemos encontrarnos con “nuestras” targuiyas, no somos “tan” catetos, pero nos hubiera hecho ilusión retomar el diálogo de besugos tamashek-cristiano. No sé, quizá con señas…

Visitamos un mercado callejero donde los artesanos ofrecen sus artículos de cuero y los joyeros sus joyas de plata. Para los tuareg, que tanto oro transportaron en sus caravanas hacia los mercados del norte, la plata es el metal noble por excelencia y con el que fabrican collares y sobre todo “cruces”, dicen -no estoy seguro- que utilizadas como astrolabios para orientarse en el desierto. cada región tiene su diseño que las distingue de las otras: las del Hoggar, las de Tamanraset, las de Yanet, las del Tassili N’Adjer… Compramos algunas cosillas, ha sido la única ocasión de gastar dinero, aparte del sueldo de los guías y, occidentales-compulsivos, la verdad es que nos apetece.

Volvemos

Retornamos por fin al campamento para recoger nuestras cosas, descansar un poco, una breve cena ya no tan caliente, y un sueñecito. Toca levantarse a las doce de la noche. Les hemos regalado prendas de ropa y zapatillas de senderismo a nuestros guías, pensamos que, pese a su demostrada austeridad, les va a venir muy bien. Ibrahim está feliz con un “plumas” nuevecito que le ha dado Miguel, durante unas horas se olvidará de buscar novia. Ya es de noche y nos acercan al aeropuerto. Nos despedimos con mucha cordialidad pero sin abrazos, dignidad ante todo, estamos entre tuareg. En el Islam te das la mano y en señal de afecto la pones directamente sobre el corazón, con éso basta.

El vuelo es nocturno, vía Djanet, Yanet, como a la venida. En el aeropuerto de Argel la espera es larga pero me esperan dos sorpresas. Acaban de abrir las tiendas, es aún muy temprano, pero encuentro una librería donde curioseo. La mayoría de los libros están en árabe. Salvo mi salaam aleikum y poco más, como que no. Hay otros en francés. Encuentro dos que me interesan mucho. El primero: L’Algérie. Civilisations anciennes du Sahara (fácil, pero traduzco: Argelia. Las civilizaciones antiguas del Sahara), de un tal Abdelaziz Ferrah. Formato grande, profusamente ilustrado y documentado, y habla mucho de todo el arte rupestre del Tassili N’Adjer donde ya he estado dos veces, además del de otras zonas del Sahara en general. Me parece un hallazgo. Y el otro: Les voix du Hoggar (Las voces del Hoggar), de una tal Lynda Handala. Lo ojeo: se trata de una serie de cuentos. Pero sobre todo me llama la atención porque la foto de la autora en la contraportada me recuerda muchísimo a mi hija Maya. Lynda tiene cuatro años más que mi hija y escribió el librito con diez y nueve años. Suerte, Lynda.

Para amenizar la espera decidimos comer algo. Nos queda algo de taguela pero sobre todo nos queda algo mucho más valioso: lomo de bellota cortado en lonchas. Y dado que estamos en territorio argelino, nunca se sabe por dónde puede llegar el peligro y por si los yinns se mosquean y nos delatan a los integristas, nos apartamos lo más lejos que podemos, ya llamamos demasiado la atención con nuestro aspecto ofensivo de “infieles”. Cerrados en cuadro cual jugadores de rugby en plena melée, y avizorando por encima de nuestros hombros vamos deleitándonos con las lonchas del lomito acompañados, ¡extraña mezcla!, con trocitos de taguela, sintiéndonos tan felices como con la sopa calentita en las frías noches. No dejamos ni el pellejo.

 

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Argelia: viaje a las pinturas rupestres del Tassili N’Ayyer

Viajé al sur de Argelia en tres ocasiones. La última vez fue para hacer un trekking a la cordillera del Tefedest, sobre la que ya hice una entrada para este blog. Las otras dos, para visitar las pinturas rupestres del Tassili N’Adyer y las zonas próximas de Yabaren/Sefar.

En muchas partes del Sahara hay pinturas rupestres, desde Marruecos y Mauritania hasta Egipto y Sudán. Se hicieron famosas aquellas que aparecen en la película El paciente inglés, estrenada en 1996. En ella aparecen las llamadas de “La Cueva de los Nadadores”, originalmente en el Suroeste de Egipto, cerca de la frontera con Libia, en la meseta de Gilf Kebir (la Gran Barrera). Pero especialmente en el sur de Argelia y, concretamente, en el Tassili N’Ayer (La Meseta de los Ríos), la abundancia de pinturas es extraordinaria, se han calculado en más de 15.000.

Los primeros descubridores europeos

Para una zona ya de por si bastante despoblada para lo que es el desierto, los habitantes de la zona -los tuareg-  por supuesto ya conocían las pinturas a las que no daban apenas importancia, aunque y como ya comentaré más adelante, tenían sus propias teorías relacionadas con los yinn, los “diablillos” que pululan por todos lados. Tuvieron que ser europeos los que al ir explorando estas regiones tan inhóspitas las descubriesen para Occidente, y se maravillasen de lo que iban encontrando. En concreto, el descubridor de la Cueva de los Nadadores fue el explorador húngaro Lászlo Almásy, en el año 1.933, protagonista de la película El paciente inglés. El investigador exhaustivo de las pinturas del Tassili fue el francés Henry Lothe. Pero antes de él, el que le puso sobre la pista e inicialmente le ayudó, fue el teniente Brenans.

La colonización francesa de Argelia supuso un lento avance desde la costa mediterránea hasta los remotos confines del sur, con la lógica e inevitable resistencia armada de grupos como los tuareg, para nada acostumbrados a que nadie limitase su libertad de movimientos. En 1933 el teniente Brenans patrullaba al frente de un pelotón de camelleros indígenas cuando descubrió, ante su estupefacción, grandes figuras de animales grabados en las paredes de roca: elefantes, jirafas, rinocerontes, hipopótamos… restos de una fauna totalmente desconocida en aquellos lugares. Los camelleros se estaban moviendo por el reseco cauce del Ued Yerat, aproximadamente a unos 150 kilómetros al Noreste de la ciudad de Yanet y de la meseta del  Tassili, en una zona extremadamente árida. Pararon un momento a descansar a la sombra en un cañón de unos 200 ó 300 metros de largo en el que, y a ambos lados del cañón, en unas paredes de 25 ó 30 metros de altura (aunque en exploraciones posteriores comprobaron que los grabados se extendían durante más de 10 kilómetros) descubrieron aquellas figuras que dejaron al teniente Brenans literalmente de una pieza. Brenans no podía saberlo y murió antes de comenzar la gran exploración de Lothe, pero el Ued Yerat, como describiré más adelante, es una de dos o tres zonas más interesantes en cuanto a contenidos de toda la extensa región del Tassili.

Brenans informó a sus superiores que, a su vez, informaron a Henry Lothe, y allí empezó todo. Henry Lothe gozaba ya de cierto prestigio como etnógrafo y “hombre del Sahara”. Con sólo 20 años estuvo tres años vagando en camello como explorador por el desierto, durante los que recorrió unos 8.000 kilómetros. El estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpió durante años las primeras expediciones al Tassili N’Adyer, acompañado de Brenans. Una vez acabada la guerra y patrocinado por el Museo del Hombre de París, Lothe formó un equipo de seis pintores y fotógrafos con los que entre los años 1956 y 1957, y durante diez y seis meses, soportando sed, fríos y calores, exploró la meseta del Tassili y Yabaren, fotografiando y realizando calcos de más de ochocientas pinturas, aunque describió unas seis mil. Reflejó las vicisitudes, las venturas y desventuras de aquel año y medio en un libro titulado El descubrimiento de los frescos del Tassili. En sus recorridos tuvo la fortuna de contar con la inestimable ayuda de un guía targui -singular de tuareg-: Yebrine ag Mohamed, un perfecto conocedor de la zona, requerido como guía por militares, científicos y viajeros. Para el trabajo de Lothe y todo lo que supuso la estancia y la exploración del Tassili la presencia de Yebrine fue, sencillamente, imprescindible.

Se supone que los calcos estuvieron largos años en el Museo del Hombre, situado en la Plaza del Trocadero, frente a la Torre Eiffel. Yo ya había estado en el museo con anterioridad pero, en mis primeras visitas a París -la penúltima en el 2004-, aún desconocía el Tassili y esta historia. Para cuando volví la última vez, en el 2012 y con ganas de ver entre otras cosas los calcos, ya me había informado que el Museo llevaba cerrado hacía años por reformas, desde el 2009 exactamente, y así seguía. Sí que pude visitar el recientemente inaugurado Museo de las Artes Primitivas, en el Quai Branly a las orillas del Sena, donde habían llevado parte de las colecciones del Museo del Hombre y donde albergaba la esperanza de encontrármelos. El nuevo museo es una auténtica maravilla, merecedor de una visita…pero los calcos no estaban allí.

Investigando por internet y gracias a “San Google” pude acceder al blog de un tal Carlos Mesa -con el que he podido comunicarme gracias a internet- , periodista, escritor y viajero, donde cuenta que a finales del 2008 se acercó hasta el Museo del Hombre con mi misma intención: ver los famosos calcos que hizo Lothe en Argelia. Tampoco estaban allí (nos persigue la maldición), los estaban restaurando y fotografiando antes de llevárselos a La Provenza sine die, o sea, para largo rato, sin prisas. Pero acabó contactando con el Departamento de Restauraciones del Museo del Louvre, donde pudo hablar con el director del departamento y con un fotógrafo que había estado haciendo las fotos, y que estaban justo comenzando un trabajo: el de “fotogrametría” in situ de los frescos del Tassili.

Comienza el viaje y primer susto

Se planeó para la Semana Santa del 2007. Reservamos los vuelos en una agencia con la que ya había viajado otras veces: Cultura Africana y Viajes y cuyo director, Javier, es un enamorado y gran conocedor de bastantes países africanos, aunque la agencia organizadora en sí para el recorrido en Argelia era la de un catalán, Miquel Petit. Debíamos ir pues, de Madrid a Barcelona, desde donde salía el vuelo directo hacia Yanet. La agencia se encargaba de proveer de alojamientos en Yanet, la comida y demás intendencia, incluyendo tiendas de campaña tipo iglú -que nos regalaron-. El saco de dormir y la ropa, obviamente, iban por nuestra cuenta: ropa cómoda y ligera con algo de abrigo para las noches -porque en el desierto y por las noches refresca- y calzado cómodo para andar. Un frontal para iluminarnos por las noches y poco más.

Primera sorpresa. Ya en Barcelona y en la cola para facturar en el mostrador de Air Algérie (el avión estaba completo y reservado para “nuestra” agencia), empezamos a mirar a los que iban a ser nuestros compis de viaje, de los que se harían varios grupos: mochilas, bastones de caminata, calzado fuerte…parecían preparados como para andar “en serio”. Casi todos llevábamos unas botas ligeras pero una de las de nuestro grupo, que nos había acompañado el año anterior a Mauritania con desplazamientos en 4×4, en plan comodón, llevaba unas zapatillitas muy ligeras…no unas chanclas, pero casi…y al ver aquella intendencia se empezó a acojonar.

Ya con cierta duda carcomiéndonos por dentro preguntamos a una pareja delante de nosotros y muy preparada en cuanto a equipo que si “aquello” de las botas y demás era necesario… Nos miraron con cierto asombro…-¿No os habéis leído los consejos para el viaje?…Se nos empezó a poner cara de tontos…-Pues… no. -Pues mirad…Y cogiendo el bono del viaje, justo entre “Duración: 10 dias” y “Viaje: compartido” ponía: “Dificultad: media”… Y ya, obviamente mucho mejor enterados que nosotros, nos contaron que este viaje suponía caminar varias horas al día, y además por zonas, ora arenosas, ora pedregosas…como poco, incómodas…

Allí nos pudieron ver corriendo a unos como si nos persiguiera el diablo por el Duty Free del aeropuerto del Prat de Barcelona mientras los otros iban facturando equipajes, buscando alguna tienda de deportes (las zapaterías sólo tenían zapatos de tacón, los desechamos rápido por lo poco prácticos en el desierto) a ver si con suerte encontrábamos algo adecuado. Desesperábamos, nuestra amiga comenzó a entrar en pánico, pero hubo suerte y lo encontramos: una tienda de Panamá Jack donde nuestra amiga encontró justo un par de botas, justo de su número, justo el último par….-¿Os las envuelvo?…-¡¡¡¡No, gracias!!!! (ya habían llamado para el embarque)…y con las botas en la mano, otra vez corriendo, nos subimos al avión.

Djanet, como sale en los mapas (en francés), o Yanet, como realmente se pronuncia (en cualquier idioma)

Llegamos casi a las diez de la noche a Yanet (prefiero escribirlo como suena) y no nos dio tiempo a ver nada, ya tendríamos tiempo mañana. Además el aeropuerto estaba como a 30 kilómetros…un poco lejano, nos extrañó, ¡con la de espacio vacío que les sobra por aquí!, y aún  nos tocó un pequeño recorrido por el vacío desierto hasta llegar a Yanet. Nos esperaban en el pequeño aeropuerto Miquel Petit y los tuareg que nos acompañarían por el Tassili, y nos llevaron en autobusitos un tanto destartalados al hotel Zeriba. Zeriba, por cierto, es el nombre que le dan a las empalizadas de cañas. Pelín destartalado también, pero más que suficiente. Las habitaciones bastante escuetas, los baños y duchas algo más que escuetas pero estábamos en el Sahara e, insisto, era más que suficiente.

A la mañana siguiente desayunamos en el también escueto jardín, pero ya bajo el sol y la luz deslumbrante de África y del desierto. Yanet tiene unos 15.000 habitantes, ni demasiado muchos ni demasiado pocos, y se extiende a lo largo del cauce del tímido río que le da nombre y que forma el oasis sobre el que Yanet se ha desarrollado desde tiempo inmemorial. Zona tuareg, como todo el suroeste de Argelia. En este caso y en esta región, de la tribu Kel Adyyer, que podríamos traducir como “los del Este”. Aunque había gente de otras etnias los tuareg eran mayoría y, recién llegados, nos los señalábamos unos a otros cuando los veíamos en las terrazas o en las aceras, deslumbrantes con sus ganduras azules y sus turbantes blancos cubriéndoles parte de la cara, como corresponde a todo targui que se precie. Nos sentíamos superaventureros tan sólo por poder verlos en su salsa…¡Sahara, tuareg, palmeras!… Pero ésto no había hecho más que empezar.

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Los míticos tuareg tomando el sol, como si estuviesen en cualquier pueblo de La Mancha

Antes que al Tassili, a las dunas

Yanet se encuentra situado entre la meseta montañosa del Tassili, al Este, y el Erg d’Admer al Oeste. Como Erg se conoce al desierto de grandes dunas de arena. Repartidos los grupos, al nuestro le tocó los dos primeros días en la zona Oeste, en parte ocupada por el gran desierto de dunas y por una llanura de reg (desierto llano y pedregoso) y de grandes rocas. Las dunas del Erg d’Admer son extensas, altas, impresionantes… Cuando piensas en el desierto siempre te imaginas grandes dunas. Y siempre que las ves, atraído por esas montañas de arena y no se por qué, quieres subir hasta lo alto. Pero, según subes, los pies se hunden en la blanda arena y te vas agotando. Las subíamos -o lo intentábamos al menos- y nos dejábamos caer corriendo y riéndonos, porque al clavarse los pies era inevitable caerse rodando…era como un juego, no te hacías daño, aunque acababas con arena literalmente hasta los calzoncillos.

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                                 Allá, a lo lejos, subiendo…y acá, más cerca, bajando

La idea inicial era montar el primer campamento allí, al pie de las grandes dunas, pero coincidiendo con el atardecer y como suele pasar en el desierto, se empezó a levantar un viento muy molesto que convenció a nuestros guías tuareg de desplazarse hacia la zona de reg, mucho menos arenosa. Montamos pues, el primer campamento en una zona resguardada entre grandes rocas y arena, donde disfrutamos del fuego, del te y de los cantos de los tuareg. Aquella primera noche apenas pudimos ver el cielo estrellado porque el viento había levantado una “niebla de arena”, pero tendríamos ocasiones de sobra las siguientes noches para extasiarnos.

En el desierto amanece pronto y madrugas. A la mañana siguiente los tuareg nos condujeron a una zona: Tegharghert (lo copio de las notas, no tengo tan buena memoria) donde en las paredes de los grandes monolitos rocosos pudimos ver los grandes grabados en piedra de vacas con largos cuernos, lo que se conoce como el Periodo de los Búfalos, y la más famosa de todas ellas: “La vaca que llora”…contraposición y que daba lugar a juegos de palabras con el famoso quesito francés: “La vaca que ríe”.

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                     Justo en medio y junto al sonriente targui, “La vaca que llora”

Es curiosa la imagen, con el “lagrimón”, perfectamente grabado -no es una grieta en la piedra-  que le escurre a la vaca por el ojo derecho. Como veterinario fui inmediatamente rodeado por los allí presentes e interrogado por la causa de este lagrimón digno de un tango, ante el interés añadido de los tuareg, lo que más adelante me supuso otro “examen” con los burritos de la expedición. Como por mi prurito profesional no podía dar la callada por respuesta argumenté, por quedar bien y con gesto serio cual catedrático, con alguna que otra patología ocular pero, y ahora que no me oyen, no tengo ni idea. Como decimos en estos casos: me faltan datos.

Aún nos llevaron nuestros guías tuareg a un sitio casi mágico: un estrecho desfiladero entre altas montañas donde al final se embalsaba una guelta. Las gueltas a veces no son más que pequeños charcos entre piedras, y otras veces enormes lagunas de cientos de metros de largo, pero siempre sirven para acumular esa cosa tan valiosa en el desierto como es el agua. Amam imam, dice un proverbio tuareg: “el agua es la vida”. En el seco lecho del ued que por el fondo del desfiladero conducía hasta la guelta, restos de ramas secas y cañas estaban enganchados en las ramas de las adelfas y de los arbolillos hasta una altura de dos metros… lo que nos daba la pista de que, en las épocas de lluvias, las torrenteras debían ir bien altas y crecidas, aunque en aquel momento el ued estuviese seco. La presencia de la guelta, en todo caso, proporcionaba humedad y frescor a aquel escondite en el desierto. No lo pudimos evitar: aquellos valientes -o inconscientes- que no tuvimos ningún miedo a las Giardias, Esquistosomas, dracunculiasis y otros parásitos tropicales y desoyendo las advertencias de los medrosos, nos arrojamos al agua ante la mirada divertida de los tuareg que declinaron, amable y pudorosamente (¿quitarse la gandura, y menos ante una mujer?…¡jamás!), la invitación al baño.

 

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Comienza la ascensión al Tassili

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Primero de una serie de siete planos del Tassili que me facilitó, ya a la vuelta, un miembro del viaje, de los que iban realmente “preparados”. Para cada área encuadrada dentro de éste, había otros planos con más detalle. Con una precisión que se agradece.

Tuvimos la tarde libre que dedicamos a pasear por Yanet. Mercadillos, alguna terraza donde tomar una cerveza (¡sin alcohol, por favor, estamos en un país musulmán!), y mucha gente dando su tradicional paseo vespertino, con la “fresquita” como acostumbran, con un aire muy tranquilo. A la mañana siguiente los 4×4 nos acercaron al pie del macizo del Tassili, los coches ya no podían subir más. Ni los camellos por su particular anatomía pueden subir cuestas empinadas. Del tema de cargar la impedimenta se ocuparía una recua de unos catorce burritos a los que estaban aparejando los bultos. Aunque se adivinaba su silueta desde Yanet, según nos acercábamos nos íbamos dando cuenta de lo alto que estaba aquello. Desde el nivel en el que estábamos, la meseta se elevaba unos mil metros más, en total unos 1.800 metros sobre el nivel del mar, lo que íbamos a comprobar por el frío que se notaba por las noches, pese al calor que hacía de día.

La ascensión la haríamos a pie, unas seis horas por un desfiladero, el cañón del Tafilalet… curioso, pensé, el mismo nombre del largo oasis formado por el río Ziz, al sudoeste de Marruecos, con su centro en la ciudad de Rissani. Lo que conforma el mayor palmeral del mundo, con 800.000 palmeras datileras y unos dátiles deliciosos que te venden por todos lados, los deglet. Pero en este rincón perdido del sudoeste de Argelia no había ni una palmera. Alguna triste acacia en la parte más baja que irían desapareciendo según ascendíamos entre rocas; cansados, sudorosos, con alguna paradita a la escasa sombra y algún trago de agua para combatir la deshidratación, y recordando con nostalgia el baño de ayer en las frescas aguas de la guelta. Sí, pensé: aquí las botas SI son necesarias. Bendito Panamá Jack. Nuestra amiga se hubiera destrozado los pies.

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       Comenzando la subida…¡y sólo estábamos al principio!. Aún, alguna tímida acacia

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Los burritos se desviaron pronto dando un rodeo, pronto vimos el por qué. Pero según cuenta Henry Lothe en su libro, por este Tafilalet subieron él, sus compañeros e incluso intentaron que subieran los camellos, que acabaron destrozándose las patas. Alguno de los animales acabó despeñándose y rodando cuesta abajo cargado con todo el equipo que llevaba encima: útiles de dibujo, caballetes y cartulinas… Antes de completar la subida decidieron, sabiamente, prescindir de los camellos y cargar ellos a sus espaldas con lo que necesitaban.

El último tramo, poco menos de la mitad, se hizo especialmente duro. Más empinado, siguiendo el sendero entre rocas cada vez más grandes…Hicimos una paradita intermedia para descansar buscando una sombra y reponer fuerzas. Pero había que seguir, y seguimos. Más tarde me facilitaron copias de unos planos de la zona donde rotulan este último tramo del Tafilalet con un término utilizado en montañismo: “Chimney climb” (escalada en fisura, o en chimenea)…ya sólo con ese nombre te puedes hacer una pequeña idea de la dificultad… Hubo numerosos tramos en los que fue necesario agarrarnos con las manos a las rocas, no era alpinismo pero casi, aquí entendimos por qué los burros habían cogido un desvío: ni siquiera los sufridísimos burros hubieran podido superar estos contrafuertes. Por fin, poco a poco, piedra a piedra, sudorosos y casi sin creérnoslo  (¿¡pero cuándo se acaba ésto!?  llegamos al final.

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El último tramo, el Chimney climb

 

Resoplando, ante nosotros se extendía una llanura pedregosa. Pero antes de continuar hasta lo que sería nuestro primer campamento en el Tassili hicimos una pequeña ceremonia. Los cientos de viajeros que lograron subir hasta allá habían formado montoncitos de piedras. Algunos pequeñitos, otros más grandes, que se repartían por el borde de la grieta y, como no íbamos a ser menos y había que celebrarlo, hicimos nuestro montón. Todavía, aunque esta vez ya por terreno llano, teníamos que llegar al campamento. Una caminata de aproximadamente una hora más, hasta llegar a Tamrit.

Argelia-2007 108      Un descanso para los burritos en Tamrit. El de la izquierda ya no puede con su alma.

Nos esperaban los burritos que ya habían llegado por su atajo. Fuimos cogiendo nuestras cosas y montando las tiendas cada cual a su aire, en los “rinconcitos” que había por todos lados. Porque si se pudiera definir con una palabra al Tassili, aparte de sus pinturas, sería “laberíntico”… Por todos lados, enormes rocas y entre ellas, corredores con el suelo de arena que se abrían por doquier a uno y a otro lado. Había que conocer aquello muy bien para no perderse. Los días que estuvimos recorriendo aquel lugar para ver las pinturas, a veces éstas estaban muy cercanas, aunque en otros casos había que dar largos paseos de unas a otras.

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           Otro de los planos, detallando en este caso la zona de Tamrit

Si, como era frecuente, te quedabas concentrado y contemplando los frescos más tiempo del “prudente”, podías perder de vista al grupo que había seguido andando sin ti, y la sensación era de absoluto desamparo… De repente, te encontrabas solo…¿por dónde coños habrán tirado?, te decías con un pequeño punto de pánico…Imaginarte perdido allí daba escalofríos, porque el Tassili en su gran extensión (de 800 kilómetros de largo por 100 km.de ancho) está absolutamente deshabitado. Alguna vez -y ya no están permitidos los asentamientos al ser un enclave protegido- Henry Lothe se encontró con una pequeña familia de tuareg. En más de una ocasión tuve que mirar las huellas en la arena para saber por cuál de aquellos corredores (¿de frente, a la derecha, a la izquierda?) habrían salido los demás, aunque lo normal era que el propio guía, al darse cuenta que se había despistado alguno del “rebaño” retrocediera para rescatarle, con gran alivio por parte de la “ovejita descarriada”.

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                                                          Por los laberintos de piedra

Las pinturas

Comenté al principio que se calculan en unas 15.000 las pinturas que hay entre el Tassili, Sefar y Yabaren. Algunas aisladas, la mayoría en grupos, a veces numerosos. Se estiman las más antiguas en unos 8.000 años, aunque hay quien las hace retroceder hasta hace 10.000 e incluso 12.000 años. Y se van sucediendo en el tiempo, en sus diferentes y marcados periodos, coincidiendo en los mismos abrigos. Superpuestas a menudo unas sobre otras. De ahí el interés de la gente del Departamento de Restauración del Museo del Louvre que mencioné al principio para datar las respectivas antigüedades mediante la técnica de la fotogrametría. La fotografía convencional nos ofrece una imagen sólo en dos dimensiones. Mediante la fotogrametría y aplicando luces infrarrojas y ultravioletas se consigue una representación “en relieve” de los frescos pudiendo calcular su edad y la superposición, aunque es un trabajo que empezaron en el año 2009 y que les va a llevar mucho tiempo ya que su intención es analizar todos los frescos.

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Antes y después. Un ejemplo del uso de la fotogrametría: descubriendo detalles como la cornamenta del muflón. 

Caminando uno de los días nos encontramos con un grupo de italianos contemplando uno de los abrigos donde se representaban numerosas figuras, superpuestas. Traían consigo un experto que les iba explicando detalles, detalles que nos quedamos a escuchar y que pudimos entender fácilmente del italiano. Una de las cosas que mencionaba el experto es que el Tassili nunca estuvo habitado, porque nunca se han encontrado enterramientos de tipo ritual. Henry Lothe en su libro ya destaca con cierto asombro este hecho, y remarca que en los diez y seis meses que vivieron y recorrieron el Tassili, y aunque sí encontraron restos de vasijas, en ningún caso restos óseos. Con posterioridad a Lothe si acaso y en muy escasa cantidad, algún resto, posiblemente debidos a fallecimientos esporádicos o accidentales. Vimos una tumba de targui aislada en la parte más baja del desfiladero de Tafilalet y relativamente moderna, de algún hombre que pudo morir allí. Pero en el Tassili no hay tumbas de ningún tipo.

Todas aquellas pinturas fueron hechas por gentes que no vivían en el Tassili sino que, por los motivos que fueran (¿lugar sagrado?) subían a pintar, y luego volvían a bajar a Yanet, donde si se han encontrado numerosos enterramientos, demostración de haber sido habitado desde antiguo. Los grandes rebaños de vacas que nos muestran los frescos más frecuentes en número, los del Periodo bovidense, debieron apacentarse en los entonces abundantes y frescos pastos de la llanura, hoy desertizada y apta para escasas cabras, pero que hace pocos miles de años presentaba un verdor digno de la campiña inglesa. Y ésto no lo dijo el experto italiano, lo digo yo como veterinario y con mi pequeña experiencia en ganadería.

Quizá hicieron alguna pequeña trashumancia estacional desde la llanura a lo alto del Tassili, pero cualquier ganadero nos haría notar que las vacas gustan de praderas, y nos señalaría que la orografía del Tassili, ayer como hoy, con sus enormes rocas y estrechos corredores, podrían mantener si acaso un pequeño puñado de vacas aisladas, nunca un rebaño grande. Los pintores de los frescos dibujaron sus vacas en el Tassili, sí, pero no “del natural”, de la misma forma que los pintores de Altamira no dibujaron sus bisontes con el modelo delante (aparte de que en la cueva no hubieran podido meterlos).

Lo más intrigante del caso, y ésto ya si que lo dijo el experto italiano, es que durante miles de años, como poco durante 5.000, y en periodos sin aparente conexión unos con otros, los pintores utilizaron muchas veces los mismos abrigos, con la consecuencia de superponer pinturas de diferentes periodos, unas encima de otras. Los que retrataron (de memoria, insisto) sus vacas reparten sus frescos por numerosas zonas, y como son las más numerosas en cuanto a representación pueden aparecer solas, sin superposiciones. Pero incluso las vacas aparecen en algunos abrigos, mezclados con los “cabezas redondas”.

La pregunta del millón es: ¿por qué tendieron a utilizar los mismos lugares?… Cuando los ves in situ son paredes bien visibles, con cierta “perspectiva”, como escenarios naturales, llamémoslos así. Quiero pensar que fueron lugares para ritos de magia pero vuelvo a insistir. ¿Les valió a todos, los “cabezas redondas” y los “vaqueros” que subían desde Yanet a pintar -quizá uno, quizá varios días- y luego se bajaban?… ¿Tuvieron cierta conexión cultural entre todos, a lo largo de miles de años?… Solamente los dos últimos periodos, el del caballo y el del camello, aparecen en lugares aislados, sin mezclarse con los anteriores. Obviamente eran culturas diferentes: la de los garamantes, por un lado, y la de los camelleros, sin conexión cultural ni con los “cabezas redondas” ni con los “vaqueros”. Yo no se la respuesta, pero ahí lo dejo.

Llegado a este punto es el momento de “echarme unas flores”: tuve la suerte de descubrir un friso de pinturas del Periodo de los Bóvidos, que por lo visto nadie había clasificado. Fue en la zona de Sefar, en mi segundo viaje, y los tuareg ya habían organizado el campamento en un llano arenoso rodeado por un circo de montañas. Y como no hacía frío, siempre que podía evitaba el dormir en las tiendas, prefería buscar algún pequeño abrigo y disfrutar del aire libre y las noches estrelladas. Los tuareg siempre me decían: –¡Cuidado con las serpientes!, a lo que yo contestaba: –¡Que tengan cuidado ellas conmigo!, y se reían. Cuando llegamos caminando miré por las escarpaduras y me pareció divisar a unos ocho o diez metros por encima del nivel de la planicie una especie de “balconcito”. Había que subir un pequeño pedregal, y lo hice.

El lugar era perfecto: un nicho de 4×2 metros, con el suelo de arena limpia, una barandilla de piedra hacia la parte de abajo y protegido por la propia roca, que formaba un techo con la altura necesaria para estar de pié. . Dejé el aislante para el suelo y el saco dentro de su funda, ya lo sacaría en el momento de dormir. Contemplé el panorama allí abajo, del campamento y del circo de rocas y, antes de reunirme con los demás, miré las paredes. Ante mi asombro un friso de frescos lleno de pequeñas figuras de vacas de todos los colores y sus pastores rodeaba todo el enclave.

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Bajé rápidamente y les dije a todos lo que había encontrado. Los más excitados, los propios tuareg, que han recorrido cientos de veces el Tassili y se conocen de memoria cada enclave y cada pintura. Subieron más que rapidito -ellos, que nunca parecen tener prisa- la pequeña cuesta hasta “mi apartamento”, de haber tenido te les hubiera invitado gustosamente. Estuvieron un buen rato mirándolas y hablando entre ellos nerviosamente, señalándolas de una en una. Obviamente, y nos lo dijeron, no las habían visto jamás. Aquella noche dormí cómodo y tranquilo en mi nuevo “apartamento”, contemplando tumbado sobre la blanda arena aquella maravilla que, miles de años antes, habían pintado los vaqueros, sólo para mí.

Hay varios periodos clasificados en la larga historia de las pinturas del Tassili. Relacionadas en algunos casos con los cambios de clima que ha sufrido el Sahara en los últimos 10.000-12.000 años. Hace 10.000 años, aproximadamente, se estableció un periodo de lluvias importante que reverdeció toda África del norte. Hace 4.000 ó 6.000 años lo que hoy es desierto, era un vergel, permitiendo la abundancia de toda aquella fauna (hipopótamos, elefantes, rinocerontes, jirafas) que el teniente Brenans pudo descubrir para su asombro en el Ued Yerat pero que fueron desapareciendo según las lluvias iban escaseando hasta que hace 2.000 años  el desierto quedó como es ahora, árido y seco. Pero entre los años 9.000 y 2.500 a.C. el Sahara fue perfectamente habitable, y habitado.

Henry Lothe estableció hasta un total de once periodos que, incluso en su momento de mayor y comprensible euforia, subió hasta diez y ocho. Actualmente los periodos que se consideran y que se han establecido serían los siguientes:

1.-Hace unos 12.000 años. Periodo de los grabados en roca, o Periodo de los búfalos (más algunos otros animales de la fauna salvaje). Los búfalos representados  pertenecen a la especie denominada Pelovoris (antes englobados dentro del género Bubalus) antiquus.  Animales de enormes cuernos. Un ejemplo sería el de La vaca que llora. 

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2.-Entre 9.000 y 6.000 años a.C.. Periodo de los Cabezas Redondas. La tipología de los cuerpos y cabezas (braquicéfalos) sugiere pueblos negroides, con seguridad los pobladores más primitivos de la zona. Tardíamente pudieron comenzar un tímido proceso de domesticación de los bóvidos pero por lo que deducimos de sus abundantes representaciones no fueron ganaderos, sino cazadores. Las presas variaban según las zonas aunque los restos más abundantes son los del muflón.

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El bautizado por Lothe como “El dios orante”, una de las figuras que más especulaciones ha desatado. A su derecha y superpuesta sobre un antílope, lo que parece una parturienta. Alrededor del “dios orante”unas figuras femeninas parecen adorarle

 

3.-Entre 7.000 y 2.500 años a.C. Periodo bovidense, o Periodo de los cazadores y pastores. Aproximadamente hace 5.000 años a.C. las lluvias remitieron, lo que estableció un paisaje de grandes praderas y pastos, ideales para el ganado vacuno. Periodo de gran naturalismo, con abundantes representaciones de escenas de vida familiar. Y con un gran parecido a las pinturas del Levante español en cuanto a las figuras humanas. Su tipología es estilizada, con cabezas dolicocéfalas.

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                         En la foto de la derecha, primera representación conocida de un perro

4.-Entre 2.000 y 1.200 años a.C. Periodo de los caballos, o Periodo de los garamantes. Aparecen por primera vez figuras de caballos y de carros con ruedas, atribuidos al pueblo y cultura de los garamantes, con su presunta capital en Gadamés  o en Garama -actual Germa- , Libia. Pueblo mencionado por el historiador griego Herodoto y conocidos por los romanos. En el Tassili son escasas. Entre otras cosas, supongo, porque no era uno de los corredores de paso utilizados para el desplazamiento con sus caballos. Al parecer son mucho más abundantes en el Fezzan de Libia, más cerca de sus “acuartelamientos”.

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                                    El de la derecha, del libro de Henry Lothe

 

5.-A partir de 100 años a.C. Periodo del camello. El camello se introduce en el norte de África procedente de Asia Menor, coincidiendo y favorecido por la desertización del Sahara.

 

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Entre los camellos y en vertical inscripciones en tifinag, la escritura de los tuareg

Como podéis suponer, hice muchísimas fotografías. El problema es que la mayoría se encuentran en muy mal estado y en algunas, incluso al natural y de cerca ( y retocadas con el Photoshop) se ven mal. En parte se atribuye a los miles de años pasados y a que la erosión del viento y la arena, sobre todo las que están situadas expuestas en zonas más bajas, las ha deteriorado. En otros casos la culpa se la echan a Henry Lothe que, en sus trabajos de calco, las mojaba con una esponja para poder dibujarlas mejor. Sea como sea, en algunas hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para poder ver lo que las imágenes de los libros enseñan con tanta claridad.

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Reconstrucciones actuales de cómo debieron ser en su momento las pinturas. En la superior podemos destacar la figura de un perro y un buey ensillado y montado. En la inferior, los pastores armados de azagayas atacan a un león que ha capturado una oveja

Los precursores de las pinturas del Tassili

Pero…¿de dónde vinieron los “pintores”, y cómo evolucionaron los dibujos?. Malika Hashid, argelina, licenciada en prehistoria y protohistoria sahariana por la Universidad de Provenza , ex-directora del Parque del Tassili N’Ayyer  y autora de varios libros sobre las pinturas y los pobladores del Tassili, nos ofrece abundante información al respecto. Podemos considerar a Malika Hashid como “la mayor experta” del Tassili. Me costó meses y esfuerzos conseguir su agotado libro “Le Tassili des Ajjer”, pero mereció la pena. A sus conocimientos como prehistoriadora y arqueóloga sumó los muchos años como directora del parque, que ha recorrido en toda su extensión y en todos sus rincones, además de zonas más alejadas, como Níger o Libia. Y si a eso añadimos su condición de argelina (no extranjera, con lo que de óbice supone éso a veces), su facilidad para contactar y comunicarse con los tuareg, tanto guías como lugareños, podemos fiarnos sin ninguna duda de sus conocimientos y deducciones.

Sin meternos en profundidades sobre como sería la descripción geológica y la formación del Tassili, y sólo como introducción, Malika Hashid  nos describe los periodos en los que el clima de la región (y del Sahara entero) varió. Así, hasta hace unos 20.000 años, el Sahara fue una región muy húmeda, con la presencia de grandes lagos desde la costa atlántica hasta el actual Egipto. Pero con las glaciaciones que cubrieron Europa de hielos, sobre todo la última y más fría llamada de Wurm, el clima del Sahara se afectó al punto que, durante los diez mil años siguientes (hasta hace aproximadamente diez mil), experimentó un periodo muy árido y de bajas temperaturas, sin lluvias y con vientos fríos y helados. Los grandes ríos actuales (el Níger, el Senegal, el Nilo o el lago Chad) se secaron y su cauce quedó relleno de arena.

Fue ya hace unos diez mil o doce mil años, coincidente con el fin de la era glaciar europea, cuando el Sahara reverdeció. Volvieron las lluvias y el paisaje se volvió arbolado y con verdes praderas. La caza era abundante, como nos demuestran los restos óseos y los grabados de una fauna casi tropical y, con el tiempo, se produjo el proceso de la domesticación animal: ovejas, caprinos y principalmente bóvidos. Aún se documenta un periodo árido que duró unos quinientos años, entre los años cinco mil y cuatro mil quinientos pero el paisaje volvió a reverdecer, aunque el proceso de desertización fue avanzando progresivamente y desde hace unos tres mil años el aspecto del Sahara se transformó en lo que ahora conocemos.

Hace más de treinta mil años, en el periodo más verde del norte de África, la cultura presente y extendida por todos lados era la que se denominó Ateriense (que recibe el nombre del yacimiento argelino de Bir el Ater), de población negroide, según demuestran los esqueletos de sus enterramientos. La cultura ateriense y sus pobladores desaparecieron durante los diez mil años de sequía y frío. Fue al final de este durísimo periodo cuando en la templanza posterior aparecen los primitivos pobladores del Tassili:  cazadores-recolectores de origen negroide procedentes del sur y, en concreto, de la meseta de Yado, en el actual territorio de Níger, y precursores del Periodo de las Cabezas Redondas, en el período que se ha llamado del Akakus Temprano, datado entre 12.000 y 10.000 años. Estos precursores se extendieron durante 2.500 años y gracias a la bonanza del clima por el Tadrart (la montaña) Meridional, cerca del Tassili, por el Tadrart Akakus, en territorio de la actual Libia, e incluso más al este, por el Fezzan.

Sus grabados y dibujos son muy esquemáticos. En la meseta de Yado corrían las abundantes aguas del río Tafessasset, por aquel entonces uno de los grandes ríos del Sahara central y meridional. Dibujan en el Yado o, más bien, graban en la piedra la fauna salvaje de aquel entonces -no se había domesticado todavía el ganado vacuno-: elefantes, rinocerontes, jirafas, avestruces, grandes felinos…pero además de éstos dibujan figuras humanas esquemáticas, lo que se ha llamado los “Ictiomorfos”: hombres con forma de pez, en la zona norte de la meseta de Yado, ya muy cerca del Tassili. Estos Ictiomorfos fueron evolucionando poco a poco a formas más humanizadas, más parecidas a las Cabezas Redondas, pero todos ellos fueron llamados posteriormente por los tuareg como los Kel Assuf: “los de la soledad”, atribuyéndolos a yinn, ubícuos y susceptibles diablillos que los tuareg ven en todos lados.

Porque los tuareg son muy supersticiosos. Ya conté en la entrada correspondiente a Argelia: por la cordillera del Tefest el pavor que a nuestro hasta entonces simpático guía le produjo la simple idea de tener que acompañarnos en nuestra subida a la montaña del Garet Al Yenún: el Jardín de los Genios, considerada su morada favorita, aunque para los tuareg los yinn viven en cada manantial, en cada arroyo, en cada montaña y en cada árbol. No deja de ser un rastro del primitivo animismo de los tuareg previa a su islamización. Como bereberes que son, guardan todavía tradiciones “paganas” que los árabes o los musulmanes observantes consideran signo de su poca fe. En su disculpa apuntar que en gentes pobladoras de lugares tan extremosos donde vivir cada día ya es un riesgo -como los esquimales, los montañeses o los marineros- es fácil ser supersticioso.

Recuerdo en un campamento que, de repente, los tuareg comenzaron a perseguir y acorralar un lagarto entre las peñas. El lagarto en cuestión era un Uromastix o “lagarto de las palmeras”, de cola espinosa, pacífico y vegetariano, para más señas. Por más que se lo expliqué no hubo forma de convencerles. Me juraron que era muy venenoso y que los camellos morían cuando les mordían. Observé también en los trayectos que he realizado en sus Toyotas que todos tienen en el salpicadero un ejemplar de akaraba (Anastatica hierochuntica, para los curiosos), planta de la familia de las crucíferas. Por su forma de puño cerrado es para los tuareg el símbolo de los hombres tacaños. Y su infusión la utilizan para problemas de garganta. Pero, ¿y qué pintan en el coche?…La primera vez que les pregunté por qué las llevaban me decían, como intentando restarle importancia -como los gallegos: eu non creo nas bruxas, pero habélas haylas-, que era para evitar el mal de ojo (supongo que accidentes o alguna avería causada por los tocapelotas de los yinn)… Todo se pega: yo por si acaso llevo una en el salpicadero.

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                                                          Akarabas en el desierto

Teorías y divagaciones sobre las pinturas del Tassili

Aquí hay opiniones para todos los gustos, y sobre todo por el Periodo de las Cabezas Redondas. Es muy cierto que las figuras de este periodo son, como mínimo, “extrañas”.Personajes que en ocasiones podrían parecer embutidos en monos, en trajes de neopreno o según algunos, en trajes de astronauta. Algunas cabezas son estructuras redondas, sin rastro de ojos. Y hay “cosas” representadas sin mucha explicación lógica, aunque seguro que las tiene, tales como formas discoides con “hilos” que cuelgan, que parecen estar por encima de las demás figuras, con un aspecto como de “medusas”. Algunos y entre ellos yo, pensamos que son representaciones de nubes de lluvia. Otros, llevados por su imaginación, dicen que parecen platillos volantes…

El propio Henry Lothe en un arrebato místico sugiere si no habría descubierto la Atlántida, e incluso aventura ante las extrañas figuras de cabeza redonda la posibilidad de “extraterrestres”… Cuando uno, por juventud o falta de pensamiento crítico, descubre hechos como éstos, extraños e inexplicados, tiende con facilidad no exenta de entusiasmo a buscar soluciones esotéricas o a atribuir a los extraterrestres (advertencia: lo “último” en esoterismo ya no son los extraterrestres, sino los “intraterrestres”, ¡no me seáis antiguos!) cosas grandiosas tales como las pirámides de Egipto y similares. Estos temas son terreno abonado para todos los esotéricos y “marcianólogos” profesionales, tales como el suizo Erich Von Däniken (obras suyas: El oro de los dioses, Recuerdos del futuro, La odisea de los dioses…) o en nuestro país Jiménez del Oso, J. J. Benítez o el televisivo Iker Jiménez, que encuentran siempre un público amplio dispuesto a escuchar sus teorías y muchos de los cuales se han “forrado” a costa de los crédulos, o al menos les va muy bien. Siempre ha sido así: lo llamado antes mágico y ahora paranormal, vende.

El lotori, los peul y Amadú Hampaté Ba

Pero a veces hay explicaciones (para mí al menos) mucho más bonitas. Amadú Hampaté Ba nació en 1900 (sin saber día concreto, como pasa en África) en Diafarabé, pequeña población maliense a la orilla del Níger, entre Mopti y Segú, y muy cerca de  Mássina, ciudad de mayoría peul, como él mismo. Cuenta que de niño  acompañó a menudo a su abuelo ayudándole a cuidar el ganado. Cuenta también que su abuelo, que se mantenía en la religión animista de sus antepasados, era un silatigui, un sabio y transmisor de las tradiciones, ritos secretos y de iniciación a los jóvenes de la cultura pastoril de los peul que le transmitió y sólo en parte, debido a que marchó de su pueblo a estudiar cuando aún era muy joven. Tuvo la oportunidad de formarse y se convirtió en un erudito, etnólogo y compilador de la tradición peul y, con el tiempo, representante de su país -Mali- en la sede de la UNESCO en París.

Los peul (que ellos pronuncian “piul”), también conocidos según las diversas zonas por las que se extienden como fulbes, fulanis o bororos, son una etnia antiguamente sólo de pastores nómadas aunque la mayoría se hayan sedentarizado. Extendidos por todo el Sahel ( en árabe: la orilla), desde Senegal hasta Nigeria, a los que aún puedes ver pastoreando al frente de sus rebaños de vacas por esa zona semiárida del Sahel, la frontera u “orilla” intermedia entre el desierto del Sahara y la sabana, más al sur. Los peul es una etnia que destaca mezclada entre los pueblos negros de la zona y sus vecinos del norte, los tuareg. Altos, delgados, dolicocéfalos (de caras y cabezas estilizadas) y aunque morenos por el sol, con una piel bastante clara para lo que es la zona. Y para mayor identificación, llevan unos grandes sombreros cónicos de paja con los que se protegen del sol y que me recordaban cuando viajé por Mali un poco a los típicos de los chinos.

En los años 60 Germaine Dieterlen, etnóloga del Museo del Hombre de París y que compilaba las tradiciones peul con la inestimable ayuda de Amadú, le invitó a ver una exposición en el Pabellón de Marsan, en las antiguas Tullerías, sobre los calcos que Henry Lothe acababa de traer del Tassili. De entre todos uno le llamó extraordinariamente la atención, uno calcado en el emplazamiento de Tin Tazarif y al que habían llamado “los bueyes echados”, o “los bueyes esquemáticos”, donde se podían ver 28 bueyes “incompletos”, con las patas recortadas, al igual que los pastores que les rodeaban, algo un tanto extraño si consideramos el naturalismo, perfección y gran detalle con el que los antiguos pintores representaban sus figuras. Cuando Amadú contempló el dibujo exclamó: ¡es el lotori!…

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       Los “bueyes esquemáticos” según Henry Lothe, en una representación de su libro

Días más tarde Amadú dio una conferencia que duró horas y donde pudo explicar en qué consistía el lotori, que él pudo ver en su niñez. Una vez al año y en fecha prefijada con exactitud, los pastores peul conducían a una marisma durante toda la noche un rebaño de 28 bueyes, ni uno más ni uno menos, el mismo número de los que aparecían en el calco, número mágico para los peul que condicionaba entre otras cosas su astronomía. Los bueyes del calco parecían estar mutilados cuando, en realidad, se representaban metidos dentro del agua que les tapaba las patas. Para los peul los bueyes provenían míticamente del agua, y por esa razón y en esa ceremonia les dejaban toda una noche con las patas dentro de la marisma.

La conclusión era sencilla: los pastores peul eran herederos directos de aquellos pastores que hace unos seis mil años representaron, cuando el Tassili aún estaba lleno de verdes pastos, sus rebaños de vacas. Y las propias representaciones de los pastores de los frescos muestran una tipología similar a la de los peul: estilizados y de largas cabezas, aunque en el caso concreto de los “bueyes esquemáticos” se representan con tocados en las cabezas y en los brazos. Fuera de la foto y a la derecha aparece una estructura compartimentada, como de “corrales”, donde podemos ver grupos de pastores, algunos en corro y escuchando a otro de ellos, posiblemente un silatigui, como fue el abuelo de Amadú Hampaté Ba. .

Las plantas del Tassili.

Nosotros seguíamos caminando cada día varias horas de un emplazamiento a otro, disfrutando del espectacular paisaje y viendo pinturas y más pinturas, nunca te cansabas de verlas. A veces y como dije antes algunas eran muy difíciles de distinguir por el desgaste, por las húmedas maniobras de Henry Lothe para obtener sus calcos o por lo que fuera, aunque en general se veían bien y te dejaban siempre maravillado. Organicé un segundo viaje con otro grupo de amigos a los que les había hablado, entusiasta, de este primero, porque aún me quedaban zonas por ver. Además de revisitar el Tassili del que a la vuelta, y ya conociéndolo en parte, me había informado a conciencia, acercarme hasta Yabaren (Los Gigantes, en bereber, por algunas figuras enormes). Mi idea también era que me acompañara mi hija aunque al final desistió: no es de desiertos.

Desde el Tassili hasta Yabaren, como ejemplo, estuvimos casi un día caminando por una árida planicie pedregosa, bajo un sol de justicia. En este segundo viaje y del que no me arrepentí en absoluto de repetir (a veces me planteo un tercero, aunque las cosas se hayan puesto más difíciles por la región por el auge de los integristas), me acompañaban entre otros Carlos, un buen amigo, botánico al que conocí en Pirineos, con el que he compartido viajes por la montaña y con el que aprendía muchas cosas de todas las plantas, plantitas y hierbajos que te encontrabas por el camino. Sólo un par de ejemplos. En el Tassili y gracias a sus condiciones de mayor altitud y su escarpado paisaje, habían pervivido algunas especies vegetales alejadas miles de kilómetros de sus hermanos más próximos, como el ciprés del Sahara o el humilde olivo.

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Del ciprés del Sahara (Cupressus dupreziana) y al que los tuareg llaman tarut, quedan en el Tassili exactamente 231 ejemplares, si es que no ha muerto alguno en estos años, cosa rara porque han demostrado con creces su capacidad de supervivencia, la mayoría tienen más de dos mil años. Casi todos protegidos en una larga garganta, en el emplazamiento de Tamrit, por cuyo fondo discurre un ued que en las raras épocas de lluvia fluye hacia el vertiginoso desfiladero o gran cañón de Tamrit, formando una cascada que se precipita doscientos metros hacia su fondo.

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                                                             El Gran Cañón de Tamrit

De este ciprés hay ejemplares a más de dos mil kilómetros hacia el norte, en las montañas de Argel y de Marruecos, y se obtienen plantones en algún jardín botánico de Europa, pero en el Tassili las condiciones de sequedad son tan extremas que prácticamente no se reproducen. Antaño les servía a los tuareg como suministro de madera para sus fogatas, e incluso Henry Lothe llegó a recurrir  a ellos en sus momentos más necesitados, aunque hoy en día y como es lógico está absolutamente prohibido sacar ni una astilla. Asombra ver estos árboles, los más grandes de hasta 20 metros de alto, y cómo han podido resistir hasta hoy en condiciones tan duras.

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                                      Cipreses y olivos, reliquias del Tassili

Del olivo, tan abundante en la cuenca mediterránea, lo mismo. Mi amigo Carlos me dijo que había leído en publicaciones botánicas que había ejemplares relictos en el Tassili, y efectivamente pudimos verlos. Por supuesto nadie los cuida y si producen aceitunas nadie las recoge. Los pocos ejemplares que vimos eran árboles muy viejos, no muy grandes, guarecidos junto a las paredes de algún seco ued, de añosos troncos retorcidos y raíces aún más retorcidas pero ahí estaban aguantando como los cipreses. Sólo se podría clasificar como un milagro. Sólo verlos, daban como respeto.

Los burritos del Tassili

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Si nosotros caminábamos de un lado a otro, los burritos se encargaban de llevar toda la impedimenta de un campamento a otro. Salieron de Yanet cargados hasta arriba, con nuestras tiendas, con la comida necesaria para todos aquellos días y de grandes bidones negros de plástico llenos de la rica agua de Yanet. Al cabo de dos o tres días de andar por el Tassili, de preparar te, ensaladas, de cocer pasta, alguna sopa y la que bebíamos (nosotros y la poca que debían beber los burritos si es que bebían alguna), comencé a observar que los negros bidones parecían pesar menos…o no pesar nada. Una mañana levantando el campamento pude ver a dos de los tuareg que se alejaban de las tiendas con un par de bidones vacíos cada uno -no les pesaban nada- para volver al cabo de quince minutos con ellos llenos. Les pregunté: -¿guelta?, a lo que contestaron muy sonrientes:  -Oui!,  señalando con el dedo en una dirección.

Me acerqué con cierto mosqueo porque ya me habían dicho que aquel invierno (era Semana Santa) no había llovido prácticamente nada, con lo que los posibles pozos de agua, las gueltas, debían estar bajo mínimos. Efectivamente. Cuando me acerqué al charco, que no era otra cosa, el agua negruzca y estancada me dio muy mal rollo. Si en la gran guelta donde nos zambullimos el primer día no me dio miedo bañarme, otro tema muy diferente era el beber de este agua un tanto sospechosa. Una cosa era el agua del te o la de cocer la pasta, que al fin y al cabo era agua hervida. Pero la de las cantimploras era agua tal cual. Estábamos muy lejos de cualquier punto médico y una gastroenteritis en el Tassili podía convertirse en un verdadero problema.

Afortunadamente y como siempre que viajo por zonas como éstas, previsor, llevaba una caja de pastillas potabilizadoras que había tenido buen cuidado de traer conmigo. Regresé al campamento e informé a todos mis compis (españoles) de lo que había visto. Y cada mañana repartía a cada uno de los miembros de la expedición una pastillita para que la disolviesen en sus cantimploras. Os podría parecer exagerado, pero mientras que nosotros no tuvimos ningún problema, en otro grupo con el que íbamos casi a la par nos enteramos ya en Yanet que se dieron dos casos de gastroenteritis tan fuertes que, uno de los enfermos, el día del regresotuvo que bajar a lomos de uno de los burros, porque ya ni tenía fuerzas para sostenerse sobre sus piernas.

“Nuestros” guías tuareg eran de la tribu Kel Ayyer, de Yanet, argelinos por tanto. Pero los encargados de la recua de burritos aun siendo tuareg no eran argelinos sino de Níger. Si los tuareg son pobres, los de Níger eran pobres entre los pobres, se les notaban en sus pobres ganduras y en sus sheshs, en sus turbantes. Venían andando desde Níger con sus burros. Aunque Argelia y Niger  tienen frontera común, aquella gente podía venir desde 200 ó 300 kilómetros fácilmente, para cobrar posiblemente una mierda. El último día y al despedirnos les repartimos unas propinillas. Nos lo agradecieron muy educadamente y uno de ellos nos preguntó si les podíamos cambiar billetes pequeños, de 5 ó de 10 euros, por billetes más grandes. -¡Claro!, les dijimos. -¿Y para qué?. Y nos contaron: al llegar a la frontera los gendarmes les quitaban dinero y, para esconderlo, lo guardaban en tubitos de medicamentos de aluminio…y se lo guardaban en el culo. Y, ¡claro!, los billetes grandes abultaban menos. ¡Ésto es África!.

Cuando el segundo día nos enseñaron “la vaca que llora”, y ante el diálogo con los españoles, nuestros guías tuareg ya se enteraron que yo era veterinario, aunque muchas veces te preguntan directamente a qué te dedicas en tu país. Los arrieros seguramente ya lo sabían, entre ellos no paran de hablar y sin duda hacen comentarios de todos los colores sobre los turistas a los que llevan. Aunque como es en su dialecto, en el tamasek, nosotros por supuesto no nos enterábamos. Una mañana se me acercaron los arrieros y señalando uno de los burros me dijeron:

l’âne a mal a coté! (¡al burro le duele el costado!). -¡Dios!, pensé, yo no tengo ni idea de burros, yo me dedico a perros y a gatos pero, claro, ni podía decírselo ni se lo iban a creer (¿curar perros?…¡¡¡curar gatos!!!). Si los tuareg de Níger son muy pobres, sus burros son ya el paradigma de la miseria. Pequeñitos, muy duros y cargados como lo que eran, como burros, se les suponía resistentes a todo pero más de una vez encontramos cadáveres de burros por el camino que no habían podido aguantar, y allí se habían quedado, blanqueando sus huesos al sol. Como correspondía y vigilado atenta, respetuosa y silenciosamente por el grupo de arrieros de Níger, inspeccioné el burrito.

En el campamento y por las noches les ataban las patas delanteras para que pudiesen “pastar” los resecos hierbajos que encontrasen por los alrededores y que no se alejasen mucho. Les “manean” como dicen en el campo, en este caso con cuerdas verdes de nylon que, como podíamos ver, se les clavaban y les producían heridas profundas en la carne. Por la mañana y mientras se organizaba el reparto de bultos les soltaban un ratito. Momento que aprovechaban los burros para lanzarse como fieras, mordiéndose y coceándose entre ellos (ya lo dice el refrán: “más malo que una pelea de burros”), peleando por las cajas de cartón manchadas de restos de tomate o verdura que habían contenido, y que se comían sin dejar rastro. En las boñigas se solían ver restos de estas cuerdas de nylon…no serán digestivas, pero igual hasta matan el hambre…

Inspeccioné al burrito enfermo…burrita, para ser exacto. Como decía, rodeado en silencio por los arrieros, a los que se sumaron nuestros guías y, ya puestos, los compis del viaje. Todo un desafío. Su interés era lógico. Mi currículum y prestigio profesional a los arrieros les daba absolutamente igual, pero su pobre vida dependía de los pobres burros, y estaban lógicamente preocupados. Aunque no tengo ni idea de burros (bromeaba luego con los compis: “el día que explicaron los burros en la Facultad a mí me pilló en el bar”) apliqué unos conocimientos básicos: estaba un poco flaca pero no mucho más que los otros. Le palpé el abdomen (no parecía molestarle), le exploré las encías (no parecía anémica), vi sus boñigas (no tenía diarrea)…al menos no parecía grave, ¡vaya!.

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 Explorando como un auténtico profesional a la pobre burra. Sus pobres dueños, tuareg como los de Argelia, pero para nada dignos, orgullosos ni señoriales 

Pregunté a los del grupo: -¿qué tenemos en los botiquines?…-Paracetamol, dijo uno. Así que con una botellita pequeña de las de agua disolvimos un par de pastillas y con la inestimable ayuda de los arrieros se la enchufamos. La pobre burra no dijo ni pío.

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Ante mi asombro a la mañana siguiente me dijeron los arrieros, sonrientes, que estaba mucho mejor…¡magia de hombre blanco ser poderosa!…así que, cada mañanita, le preparábamos el “bibe” a la burrita. Cuando nos despedimos aún les dejamos un blister de pastillas, para que le diesen. Agradecidísimos se quedaron, aquella buena gente.

Paisajes del Tassili. Los arcos de piedra y la fuerza del viento

El Tassili, como ya dije al principio, se podría definir con una sola palabra como laberíntico. Pero aparte de laberíntico era, sencillamente, espectacular. Día a día y casi de hora en hora descubríamos parajes a cada cual más variado: estrechas gargantas por las que apenas podíamos circular, de uno en uno. Profundos desfiladeros que no permitían pasar los rayos del sol en ningún momento del día. Enormes moles de piedra, de arenisca, testigo de un antiquísimo pasado sedimentario y que formaban acumulaciones en forma de capas superpuestas, como crêpes, apilados unos encima de otros.

Los pasadizos se multiplicaban. A veces transcurrían por laberintos rocosos por los que se hacía complicado transitar, por donde había que ir casi saltando. Otras veces eran lechos de arena…En algunos parajes elevados, de repente tenías una perspectiva de la lejanía, con la amplitud del desierto.DSCN3045

Los guías tuareg nos iban conduciendo de un sitio a otro, y fuimos descubriendo numerosos arcos de piedra, tallados en la “blanda” arenisca en parte por el agua, sobre todo en las gargantas donde las ocasionales pero torrenciales lluvias arrastran arena y desgastan las paredes, pero sobre todo por el viento. Viento que sopla casi constante en el desierto y que, al ir cargado de arena, va erosionando, va tallando poco a poco, año tras año, siglo tras siglo las rocas dándoles formas y equilibrios inverosímiles, con unas formas que yo sólo he podido contemplar aquí.

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Me enteré a la vuelta que hay auténticos “especialistas” en visitar arcos de piedra por el mundo. De hecho, en los estupendos y detallados planos, originalmente dibujados a mano que me pasaron, en cinco de los siete “pasan” ampliamente de las pinturas rupestres y se centran tan sólo en los arcos. Me apuntaron un correo: http://www.naturalarches.org/tassili , por si a alguien le interesa. Siempre hay gente para todo. A mí, personalmente, lo que más me interesaban eran las pinturas, a mi amigo Carlos quizá las plantas…pero hay que reconocer que los arcos son espectaculares.

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Uno de los cinco planos que describen el aspecto y los accesos a los arcos de piedra

Las noches del desierto

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Noches a la luz de la hoguera…antes o, mejor, después de cenar… Los tuareg disfrutan -se les nota- especialmente en esos momentos. Tras la cena, siempre se ponían a cantar durante varias horas, acompañados por una percusión improvisada sobre los bidones de plástico vacíos. A veces les acompañábamos con palmas, o intentando llevar el ritmo con un bidón, pero a mí me gustaba verles y escucharles cantar, aunque por supuesto no entendía la letra. Daba igual: tampoco me entero de muchas letras en inglés y me gustan, es la música lo que te lleva…

Según se iban entusiasmando más y mientras unos cantaban y percutían, otros se levantaban y se ponían a bailar. Nos invitaban, yo me levanté alguna vez pero para estas cosas soy más bien vergonzoso. A las que sí les gustaba salir era a las chicas, y más con estos tuareg altos, picarones y sonrientes… Una de las veces -y sin chicas en el baile que lo justificase- uno de ellos se fue animando más… y más… y cada vez más… entrando en una especie de trance digno de una bacante, al punto que en un par de minutos cayó en pleno frenesí, temblando, al suelo…¿creéis que se preocuparon?…¿que dejaron de cantar?…¡para nada!…entre dos le sacaron del corro, le echaron a un lado sencillamente para que no estorbase y le dejaron allí tirado hasta que -nosotros le mirábamos de reojo, preocupados- se le pasó el éxtasis. Levantóse un poco atontado, fuése…y no hubo nada.

Algunas noches y aprovechando los rescoldos de la hoguera, nuestros amables tuareg prepararon taguela, o táguela, con acento esdrújulo, que de las dos formas les he oído llamarla.

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La taguela es una torta de harina de trigo, de maiz o de mijo, con agua y sal que los tuareg amasan mezclando bien los ingredientes en un cuenco. Cuando está preparada apartan del hogar donde estuvo el fuego las brasas y, sobre el lecho de arena bien caliente, ponen la masa cubriéndola de arena y, sobre ésta, las brasas de nuevo. La dejan unos 15 ó 20 minutos “al horno”, la descubren y prueban la cocción pinchándola con un palito. Y si les parece que va bien, le dan la vuelta y repiten la operación de cubrirla con arena y brasas, otros 10 minutos más, aproximadamente. El resultado es un pan sencillamente delicioso. Ellos, los tuareg, la añaden desmigada en sopas o la acompañan con verduras o con carne, pero nosotros, los cristianos -y ellos, los tuareg, divertidos bien que lo sabían- nos la comíamos con ganas en trozos nada más sacarla, calentita y sabrosísima. La he probado en todos los viajes que he hecho con los tuareg y siempre me ha parecido una delicia. ¡Todo un invento, la taguela!

Después de la cena y antes o después de la “fiesta”, nos solíamos apartar,  lejos del resplandor de la hoguera, para disfrutar de otra de las maravillas del desierto: el cielo inmensamente cuajado de estrellas. El hecho de poder ver tanta estrella tiene su explicación. En primer lugar, la humedad ambiental del Sahara es menor del 10% con lo que el “enturbiamiento” que produce el agua en la atmósfera es mínimo. Sólo pensar que una zona tan reseca en España como es La Mancha o Extremadura, ya “goza” -comparada con el Sahara- de un 60% de humedad. En segundo lugar, la ausencia de contaminación. No hay ciudades próximas que produzcan contaminación lumínica, ni por supuesto industrias que emitan humos que ensucien la atmósfera. Y en último lugar, la altitud. Estábamos a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar, con un aire menos denso…

Con todas esas circunstancias a su favor, la visión del cielo nocturno llegaba a sobrecoger, no veías una zona oscura libre de estrellas. Nos conocíamos más o menos las constelaciones visibles en el Hemisferio Norte: la Osa Mayor, la Osa Menor, Casiopea, Andrómeda, el Cisne…pero lo que en España eran puntos en la oscuridad que conformaban las constelaciones con bastante claridad, en el Tassili se veían “rellenas” de muchas más estrellas dentro, al punto de confundirnos, haciéndonos dudar a veces de si estábamos viendo una constelación o no. Al poco de oscurecer ya podíamos contemplar el espectáculo, y antes de que saliese la luna que, con su luz, enturbiaba la visión de las estrellas, igual que de día no las vemos, debido al resplandor del Sol. Pero cuando salía la luna comenzaba otro espectáculo…la oscuridad desaparecía del paisaje, volvíamos a ver las rocas y montañas lejanas. Proyectábamos sombra en el suelo y nos mirábamos divertidos a la cara, que hasta hacía unos momentos apenas podíamos distinguir.

Unos apuntes sobre los tuareg 

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El amenokal de Yanet, o el Gran Jefe de los tuareg Kel Adyyer, con su takuba bien sujeta a la izquierda

Si hay un pueblo fascinante en la tierra para los occidentales, sin duda ése es el pueblo tuareg. Altos, dignos, orgullosos, elegantes…Desde Europa uno se los puede imaginar atravesando el desierto subidos en los camellos, con sus blancos turbantes cubriéndoles casi toda la cara. Cuando tienes la oportunidad de tratarles de cerca, descubres personas con su dignidad, sí -la dignidad que no falte- pero también amables, hospitalarios y con un gran sentido de humor. Antaño conduciendo sus propias caravanas, sirviendo de guía a las ajenas o, lo que era más frecuente, cobrando “peaje” a los que se atrevían a cruzar sus territorios…éso, o saqueándoles, sin más. Pero para los tuareg y sus caravanas los buenos tiempos pasaron hace tiempo, aunque sigan conservando su “dignidad”, cual hidalgos pobretones castellanos venidos a menos.

El camión sustituyó como medio de transporte a los camellos, aunque te encuentras a menudo pequeñas caravanas de los que no tienen para pagar un camión, que siguen y seguirán manteniendo el pequeño comercio en todo el Sahara, entre pueblo y pueblo. Además de la competencia del camión, el establecimiento de nuevas fronteras con la colonización europea obstaculizó lo que antes era -casi, y ahora aclararé lo del “casi”- un libre deambular por todo el Sahara.

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                            Los pequeños comerciantes en sus pequeñas caravanas

Porque el Sahara, por muy extenso y abierto y “sin puertas” que nos parezca, tiene límites aunque no veamos carteles, y tiene dueños. En concreto y con los que ahora nos ocupan, los tuareg se extienden por un amplio territorio: desde el sur de Argelia al norte de Mali, y desde el sur de Libia hasta el norte de Níger y de Burkina Fasso.  Aproximadamente, un millón y medio de tuareg repartido por esos países…no son muchos, es cierto, pero su densidad es bajísima debido a los lugares tan extremosos donde viven.

Un mauro (de Mauritania) podrá viajar hasta Sudán cruzando zona tuareg, o un hausa del norte de Nigeria podrá llegar hasta Senegal atravesando Mali, pero no es lo normal. Hacen falta acuerdos, pagar “peajes” y aún así no será fácil. A los pobres subsaharianos procedentes de Costa de Marfil, o de Burkina, o de Guinea, o de cualquier otro lugar que pretenden llegar al Mediterráneo atravesando el desierto, o hasta Senegal para subirse a un cayuco, les extorsionan en cada cruce de caminos. Es un paseo muy largo, muy peligroso…y además les sale caro.

Dentro del territorio tuareg también hay diferentes tribus, cada cual en su zona, que suele dar el nombre a la tribu en cuestión con el prefijo Kel (“los de”): los Kel Ayyer, como los de Yanetpor ejemplo, o los Kel Ahaggar, moradores del macizo del Hoggar. Cada zona claramente delimitada y, aunque hoy día suelen llevarse bien, no siempre ha sido así. Para complicar más las cosas, dentro de los tuareg hay tribus “nobles” y tribus “vasallas”. Y dentro de cada tribu hay familias más nobles -aristocráticas- junto a los pobretones…exactamente igual que en Europa. Como jefe supremo en cada tribu está el amenokal, personaje respetadísimo incluso fuera del ámbito tuareg y encargado de velar por sus intereses ante los gobiernos centrales respectivos. A nosotros quizá nos pueda parecer un lío, pero entre ellos es un sistema que les vale para organizarse.

Con estos “mimbres” se entenderá que actualmente mantener las antaño activas caravanas, hoy día se haya vuelto casi imposible. Prácticamente sólo se mantienen dos, limitadas dentro de un mismo país, respectivamente Mali y Níger, y dentro del territorio de su propia zona tuareg. Las dos son caravanas para el comercio de ese elemento tan valioso y que generó un activo comercio que atravesaba el desierto hasta hace un siglo para cambiarla por oro: la sal. La de Níger, atravesando el durísimo desierto del  Teneré  (en tamaseq: “no hay nada”) hasta las salinas de Bilma, a 1.200 kilómetros. En Mali y partiendo de Tombuctú hacia el norte, a las salinas de Taudeni, catorce días en camello, los últimos siete sin un sólo pozo de agua. Ambas, antaño trabajadas por esclavos. Hasta hace poco destino de trabajos forzados para condenados políticos, lo que equivalía prácticamente a una condena a muerte. Hoy día, por gente que paga sus deudas extrayendo la sal.

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                                            Bloques de sal de las minas de Taudeni

Sin caravanas, limitados en sus movimientos, los tuareg van poco a poco sedentarizándose y encuentran o buscan trabajo en las ciudades, sobre todo en la construcción, mientras las mujeres, las targuías, se ocupan de sus rebaños de cabras en los campamentos móviles. Los pocos desplazamientos que hacen los hombres, como los de los tuareg de la zona desértica al norte de Mali hasta la cuenca del río Niger, ya no tienen más objeto que intercambiar sus productos por arroz o mijo. Los tuareg son un pueblo bereber, de rasgos casi europeos: piel más o menos clara, ojos a veces claros, narices rectas…aunque los hijos tenidos con sus esclavas -negras- hayan oscurecido un tanto la raza, y algunos tuareg son más negroides que otra cosa.

Las targuías, bellas, libres, dignas…

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Lo que voy a contar ahora es una información que les encanta escuchar a las mujeres. La sociedad tuareg es una sociedad de base matriarcal. Las mujeres son las transmisoras del apellido, de las líneas nobiliarias y las propietarias del ganado. Son ellas las que escogen marido (al contrario que en el Magreb, donde las casan de niñas y, por supuesto, sin consultarlas) y cuando, una vez casadas, si éste no les gusta, sencillamente le echan de casa -conocí algún triste “repudiado”-. De solteras son bastante…desenvueltas, por decirlo de alguna manera. En la entrada donde cuento el viaje a la cordillera del Tefedest describo una situación que nos sucedió con dos jóvenes targuías, un tanto embarazosa. Raramente cubren su pelo, si acaso ya de mayores y una vez casadas. Y tienen una institución que da idea de su libre mentalidad: el tindé.

El tindé es el cubo de madera donde muelen el arroz o el mijo. Cuando las mujeres de los campamentos, donde se tiran meses con la única compañía de sus cabras, tienen ganas de un poquito de diversión, cubren el tindé al atardecer con una piel de cabra y a guisa de tambor empiezan con la percusión y a cantar durante muchas horas…igual que nuestros guías se “arrancaban” a cantar, junto a los fuegos del campamento. En el desierto el sonido llega a varios kilómetros, y es fácil que acudan desde muy lejos jóvenes con las mismas ganas de diversión, acabando todos por cantar y bailar en alegre compañía…

Ya dice el refrán con su sabiduría refranera: El hombre es fuego y la mujer estopa, y viene el diablo y sopla…. Pues éso, luego pasa lo que pasa, y no es nada extraño que, de repente, una parejita se esconda detrás de las dunas practicando el amor libre. Pero en la libre y matriarcal sociedad tuareg, un detalle como este no supone ningún problema. Si, como a veces pasa, la joven targuía se quedase embarazada, a esos frutos del amor desértico se los conoce como “los hijos de la arena”. Cuando la muchacha se case, aportará  sus “hijos de la arena” como prueba irrefutable de su fertilidad, y como tal serán bien recibidos por el feliz marido. Y ya sabemos: como se lo tome a mal, le echan de casa… (mujeres todas: ¿a que os ha gustado?).

Los presumidos tuareg y sus taguelmust

La típica figura del targui con su gandura azul y su voluminoso turbante, su taguelmust blanco, forma parte del imaginario que desde Europa tenemos de los tuareg. Pero ése es el traje de “vestir”, podríamos decir, el “traje de los domingos”. Cuando les ves subidos en sus camellos suelen ir elegantes. Cuando trabajan, sobre todo en la construcción, se ponen el “traje de faena”, como cualquier currante. Cuando conducen a sus grupos de turistas, alguno se pone más fino pero en general se ponen “más cómodos”…no en chandal, pero casi. Los tuareg conceden gran importancia al aspecto físico, y desprecian a esos turistas “aventurillas” que, por aquello de parecer más intrépidos y aparecer más curtidos en las fotos, gastan camisetas sucias o rotos en los pantalones, en demostración pública de su “dureza”. Los tuareg no se reirán, son educados, pero las miradas de guasa que les echan lo dicen todo.

Supercoquetos, nos llamó la atención en el trekking que hicimos por la cordillera del Tefedest  la manera en que, tras más de una semana de desierto, de dormir por el suelo y de poca higiene, con lo que ello suponía y citando a Machado de cierto “desaliño indumentario”, llegando a pocos kilómetros del pueblo de  Hirafok,  localidad natal del jefe de nuestros guías y donde nos esperaba la familia para brindarnos su hospitalidad, todos sacaron de no se sabe dónde ganduras limpísimas y taguelmust impecables, todo como recién estrenado, con lo que pudieron cambiarse de ropa haciendo una entrada triunfal como si de auténticos príncipes se tratara.

Colocarse el taguelmust es todo un proceso, teniendo en cuenta que se trata de una pieza de algodón que mide hasta diez metros. Van enrollando con cuidado sus vueltas en la cabeza dejando  una pequeña banda que les protegerá boca y nariz, y que al final dejará sólo sus ojos al descubierto. Permanecerán cubiertos delante de su amenokal, su Gran Jefe, por todos respetado, o ante sus padres, igualmente respetables, o ante los desconocidos. El hecho de comer en semejantes situaciones les supone el esfuerzo de introducir la comida en la boca con cuidado por debajo del taguelmust, sin destaparse. Pero cuando están en confianza, se descubren.

La costumbre de protegerse la cabeza o la cara contra el viento es general en todo el Islam. Y tipos de turbantes hay muchos: desde los más ligeros como el shesh, simple tela que cubre la cabeza, hasta el litham, que protege además la cara, o el aparatoso taguelmust tuareg. Pero es más una costumbre social que una protección ante el sol, al igual que en Europa y en muchas épocas se generalizó el uso del sombrero. En Marruecos y en Mauritania ves muchos viejos con una simple franja de tela que se enrolla en la frente dejando toda la calva al aire. Se especula con el origen de los tuareg y su uso del taguelmust. Está claro que son un pueblo bereber. Hay quien propugna que son los descendientes de los antiguos garamantes, citados por el historiador griego Estrabón y los romanos, antiguos pobladores de Libia y que introdujeron el caballo y el carro en el Sahara.

Como bereberes que son pudieron adquirir la costumbre de taparse la cara de los antiguos almorávides, pastores y guerreros de las tribus zanatas, igualmente bereberes y fuertemente integristas que, desde Mauritania, se expandieron hacia el sur y hacia el norte, llegando a dominar parte de España. La palabra “almorávide” viene de al-morabitum: “los del convento” o “los que se atan”, en el sentido de estar sujetos moralmente y dispuestos a la batalla. Pero en su momento se los conoció más por el sobrenombre de al-mulattamum: “los del litham, el turbante”, debido a su costumbre de taparse completamente cabeza y cara, dejando tan sólo los ojos al descubierto.

De hecho, el ir enturbantados se convirtió en un signo reservado y exclusivo tan sólo para los almorávides, nadie más que ellos podían llevarlo bajo severos castigos. No estoy proponiendo que los tuareg desciendan de los almorávides -también hay quien lo sugiere-, pero sí que es fácil y posible que, tras el monopolio de cubrirse la cara y una vez pasado su momento de esplendor, otras tribus como los tuareg adoptasen la costumbre, como una identificación, como un signo de “ardor guerrero”, tan caro a los feroces nómadas del desierto. Como taguelmust de gala, llevado por el amenokal o los miembros más respetados de la comunidad  está el mucho más caro y teñido de azul índigo (azul oscuro casi negro, como en la película de Daniel Sánchez Arévalo), de tela muy rígida y con un brillo metálico, auténtico turbante de lujo para las ocasiones muy especiales.

que tus esclavos guarden tus rebaños, que tu takuba guarde tu honor…(proverbio tuareg)

Los tuareg ya no son los feroces guerreros de antaño, pero siguen manteniendo en su espíritu las mismas normas tradicionales. La esclavitud, bajo el papel, se abolió hace muchos años, pero sigue manteniéndose entre los tuareg y sus antiguos esclavos, de diversos orígenes étnicos pero agrupados bajo la denominación de los bela, una relación de clientelismo. Hoy día un bela por muy teóricamente libre que sea, jamás se atreverá a plantar cara o a discutir con un targui, y se les nota en la mezcla de respeto teñida de sumisión con que se dirigen a ellos…aunque el targui sea más pobre que una rata y el bela haya prosperado. Incluso en este último caso, no es nada raro que el bela destine parte de su sueldo para su antiguo amo. Esté el bela en Tombuctú, o emigrado en Francia.

Los conflictos de los tuareg con los gobiernos centrales de sus respectivos países varía según sea un estado bajo el gobierno de “blancos” (si son árabes o bereberes, para ellos serán blancos), como sucede en Argelia o Libia, en cuyo caso son muy respetados, a que si el gobierno es de “negros”, como es el caso de Mali, con su capital en Bamako -zona bambara- o el caso de Níger, con su capital en Niamey, o el caso de Burkina, con su capital en Ugadugu. Para unos antiguos esclavistas como los tuareg, el saberse sometidos a un gobierno de negros y sólo con mencionárselo, hace que les lleven los demonios. Y para el gobierno central de negros, el tener a unos nómadas incontrolados como los tuareg y para colmo racistas (no hay nada más racista que un árabe con un negro, ríete tú de los de Alabama), les supone una pesadilla, aparte de vengar antiguas afrentas con sus antiguos “amos” a costa de humillaciones. Los últimos acontecimientos del intento de independencia por parte de los tuareg del Azawad maliense (la zona norte del país, pleno desierto) y su secuela de luchas al ser apoyados por AlQaeda del Magreb y los salafistas no son más que la consecuencia de una tensión larvada.

Como antiguo símbolo de su status guerrero, además de las lanzas y las dagas, está sobre todo la takuba, espada recta de un metro y de doble filo. En Argelia y en Mali está prohibido llevarla hoy día salvo en festejos oficiales, para evitar “accidentes”. Pero en Níger está permitido y de vez en cuando dos tuareg y por un quítame allá esas pajas todavía pueden dirimir su honor a base de “takubazos”. Lo curioso es que las más antiguas takubas se forjaron hasta el Siglo XVIII por armeros europeos, sobre todo en Solingen (Alemania, con el sello visible del “lobo corredor” en la hoja) y en Toledo (con el sello visible del “águila”).

La gran calidad, dureza y resistencia del acero toledano hizo exportar las hojas a todo el mundo desde antes del Siglo XV. Me contó un amigo armero, muy enterado, que los musulmanes conocieron las espadas toledanas a raíz de los saqueos con que los corsarios turcos hicieron presa sobre barcos cristianos, en tiempos del gran Saladino. De ahí que utilicen estas espadas de hoja recta frente a las espadas curvas, tipo cimitarra, tradicionalmente preferidas por los árabes. Aunque los tuareg eran los mayores consumidores, también podían llevarlas los peul fulani, y los hausa de Nigeria. Hoy día los africanos ya no llevan espadas, ¿para qué?. Hasta al más rústico pastor del Sudán, de Etiopía o de Chad le verás deambulando detrás de sus vacas con los ubícuos kalashnikov, los “kalash” en bandolera…Y las pocas takubas que se forjan, y por un tema de economía, que no de calidad, las hacen en Kano, Nigeria.

Despedida y final feliz

Afortunadamente para nosotros, nuestros tuareg no empuñaban takubas. En todo caso y occidentalizados sin duda por el repetido contacto con tanto “perro infiel”, parecían haber perdido sus tradiciones…bueno, habría que verles luego en la intimidad del contacto con la familia…  Les encantaban las gafas de sol -de las de marca-, el tabaco rubio -de marca- , los vaqueros -de marca- y sin duda eran afortunados por tener un trabajo, más o menos estable, relacionado con el turismo, aunque me temo que el auge del integrismo les haya hecho “pupa” y les haya reducido mucho la clientela.

Nos contaron que sólo en Tamanraset (Tam, para los amigos), la capital de la vilaya –la provincia- del sur, había más de 60 agencias de viajes, para una población de menos de cien mil habitantes. Pero no hay que pensar en grandes agencias tipo Marsans, Halcón Viajes o Catai… En Tam una agencia podían ser cuatro o cinco familiares que, en un momento dado, alquilaban un Toyota para llevar a sus grupos. Tengo tarifas por ahí que me apuntaron en sus tarjetas. Pero en nuestro caso, habíamos contratado los vuelos y el viaje con Cultura Africana que, a su vez y con la lógica comisión, nos puso en manos de la de Miquel Petit. Que nos delegó en nuestro grupo de guías. Los cuales a su vez habían subcontratado a los arrieros de Níger…todos sacaban algo del turista.

Pero en aquel momento los salafistas todavía no habían empezado a enredar y estábamos en Argelia donde los tuareg estaban muy bien considerados, y no en Mali, donde se lió todo, y donde los tuareg con los que traté eran más pobres y, aunque correctos, pelín circunspectos, o ésa fue mi impresión. Nuestro grupo de guías eran gente maja, alegres, jóvenes y había muy buen rollo entre ellos y el grupo.

Y dado que en estos viajes suele haber más chicas (bueno, en el del Tefedest éramos cuatro varones, aquello parecía la Legión, o un monasterio benedictino), que todas a excepción de la novia de mi amigo Carlos estaban solteras y sin compromiso, que los viajes a zonas exóticas excitan e incluso desatan la imaginación, que para los tuareg las occidentales tienen el aroma de la fruta prohibida del Bien y del Mal -sobre todo del Mal-, cual las proverbiales suecas en las españoladas de Alfredo Landa…que si las fogatas nocturnas, que si los bailes étnicos al son del bidón…pues no hacía falta organizar un tindé ni ser un profeta para adivinar que allí podían pasar cosas.

Los tuareg como casi todos los pueblos de la tierra -exceptuando quizá los salafistas y los amish (anabaptistas de Pennsylvania., USA) son gente que suele sonreir. Y los tuareg, mucho. Los de nuestro grupo eran bastante picarones, pero aunque la perniciosa presencia de las chicas -alguna de ellas rubia, para más inri- podría explicar esa conducta deplorable, lo cierto es que cuando estuve en el Tefedest, y sólo tíos, insisto, las conversaciones en los campamentos con los tuareg también tenían su “gracia”.

Uno de los días mientras caminábamos por el Tassili nos fueron acercando a un abrigo, tan muertos de la risa que se doblaban y apenas podían ni hablar… -¿Pero qué pasa?… Al acercarnos a la roca pudimos verlo con claridad: una figura de mujer claramente “espatarrá”, en una postura más que provocativa. Si te fijas bien se la ve bien barrigona, podría haber sugerido un parto, pero no había indicios del neonato. Lo cierto es que era un fresco carente de la habitual precisión de las figuras de cazadores y pastores, aunque también es verdad que no siempre eran tan perfeccionadas. ¿Una modernidad?. Los tuareg conocen perfectamente los pigmentos que utilizaban aquellos artistas, y el Periodo de los Camellos, relativamente reciente, aunque del mismo color tienen un trazo mucho más burdo. La bautizamos como “La Porno”, y estuvimos a punto de proponer un quinto periodo: el Periodo Pornográfico…A nosotros nos valió para reirnos un rato. A los tuareg les duró la risa todo el día…

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                                                                         La Porno

Al final, como era de suponer, entre tanto alegre fuego de campamento, tanta pintura pornográfica, tanto ciprés y tanto burrito, y tras la inevitable fase de tanteos una chica de las del grupo y uno de los guías acabaron liados. Tengo fotos de ellos pero soy un caballero y no pienso difundirlas…salvo que alguna revista en papel “couché” me las pagase bien. Lo cierto es que el targui era un buen mozo, guapete, alto y fuerte. Pero no se trató de un “romance de verano”. El chico estudiaba en Argel, y ella fue a verle varias veces. Aunque hace un tiempo que no se de ellos, si me enteré que tuvieron un niño…no sé si un “hijo de la arena”, pero entre las arenas del Tassili  nació el romance. Final feliz.

 

 

 

Tombuctú o, mejor: Timbuktú

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Hay un mural en las afueras de Zagora, al sur de Marruecos, muy fotografiado por los turistas donde aparecen representados un tuareg, unos camellos y una flecha que apunta al desierto, con dos inscripciones, en árabe y en francés , en donde se puede leer: Tombouctou 52 jours… en camello, por supuesto.

Conocí Tombuctú de forma un tanto casual, como suceden las cosas buenas, en Octubre del 2002. Tombuctú, imperdonable galicismo… Para ellos (y para los angloparlantes) es Timbuktú, del tamashek (dialecto bereber de los tuareg): Tim: sitio o lugar, y de buktú: la ombligona, por la esclava tripona que cuidaba del pozo a cuyo alrededor  se formó la ciudad.

Tras el follón típicamente africano dela capital, Bamako, sucia, caótica y abarrotada, y el no menos follón de la igualmente caótica y abarrotada Moptí, puerto fluvial a orillas del río Niger, con un mercado animadísimo y gente de todas las etnias de Mali, la llegada a Timbuktú tras tres días a bordo de un barco digno de las películas del Mississipi igualmente abarrotado, me supuso un oasis de calma, un remanso de paz. Una ciudad tranquila  por la que me encantaba pasear ante la mirada divertida y asombrada de los niños, nada acostumbrados a ver tubabus, a ver blancos.

Timbuktú aún conserva el mito de ser la puerta del sur, de donde partían y a donde llegaban las caravanas de camellos que durante un milenio atravesaron los comerciantes  en condiciones durísimas, el desierto del Sahara, en un recorrido de cincuenta, sesenta días o más, racionando el agua escasa, confiando sus vidas al instinto de los jefes de las caravanas, nómadas nacidos en el desierto, capaces de encontrar los imprescindibles pozos o conocedores de los conflictos entre tribus a evitar, jugándose la vida para intercambiar oro por sal. El oro de las minas de las selvas de Guinea, al sur, de Bilat al Sudán: en árabe, la tierra de los negros, a cambio de la sal,  procedente de las salinas del norte, valiosísimo producto inexistente en el sur, tan necesaria que la seguimos encontrando hoy día en cada mercado.

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Placas de sal de las minas de Taudeni, cortadas de las grandes planchas de 30 kg

Timbuktú gozó de enorme prosperidad gracias al comercio. Aparte del oro exportaba al Norte de África marfil y esclavos, que llegaban en largas caravanas a las puertas del desierto, ya en Marruecos, ciudades como Zagora o Siyilmassa, donde las arenas se detenían, donde las tormentas y el siroco ya no eran mortíferos, donde encontrar agua ya no era cuestión de vida o muerte. Pero el oro no se detenía aquí. De los puertos musulmanes cruzaba el Mediterráneo hasta Barcelona, Mallorca, Génova, Pisa, Venecia…Marsella, Roma…

Abraham cresques

La fama de Timbuktú, en tierras ignotas, llegó a Europa gracias a un judío, Abraham Cresques. El conocimiento y el interés por parte de los comerciantes europeos comenzó tras la publicación de los atlas de la Escuela de Cartografía mallorquinas y catalana a partir del S. XIV. Abraham Cresques en 1375, en su Atlas Catalán  representa al rey negro de Timbuktú, sentado en su trono con una gran pepita de oro en la mano. Los cartógrafos mallorquines son judíos, protegidos por los reyes de Aragón, para los que los planos son vitales en su política de expansión por el Mediterráneo.

Pero la información geográfica que plasman los cartógrafos judíos en sus mapas, la reciben a su vez de otros judíos, parientes y  comerciantes que, desde las costas norteafricanas o establecidos en los oasis y ciudades tierra adentro, controlan sobre todo los pasos del monopolio de la sal, que llega a intercambiarse en algunos puntos del lejano Bilat Al Sudán por su mismo peso en oro. Aún se siguen llamando en Marruecos a los barrios judíos como mellah: la sal.

El rey negro representado en los atlas judíos es Kanka Musa, considerado el monarca, incluso el hombre más rico de todos los tiempos. Controló en su momento  el Imperio Mali, o Meli, un territorio que abarcaba desde Gao, al extremo oriental de la actual Mali, hasta las costas del Senegal, y por el sur, las ricas minas de oro de las selvas de Guinea. Su peregrinación a La Meca en el año de 1324 fue mítica. Las diferentes fuentes inflan un poco los datos, pero partió al menos y aparte de su escolta militar con quinientos esclavos, mil camellos y tal cantidad de oro, repartido con tanta generosidad a lo largo de su viaje, entre limosnas y donaciones (construyó una mezquita cada viernes, día santo del Islam, estuviese donde estuviese) que en El Cairo bajó la cotización del oro durante cerca de diez años.

Con la fama de Kanka Musa por delante, en Europa describen con mucha imaginación a Timbuktú, en la lejanía, como la ciudad de las torres de oro, o la de las calles empedradas con oro. Con ese señuelo y la intención por descubrir, controlar y, sobre todo, colonizar, comienza la carrera para ver quién llega antes a la Ciudad del Oro. En el Siglo XIX proliferan en Gran Bretaña y Francia las Sociedades Geográficas, que subvencionan expediciones a los valientes que se atrevan a emprender semejantes expediciones. Y valientes, unido a la condición de ambiciosos, hubo muchos.

Los primeros o no llegaron o fueron asesinados allí mismo. Como el escocés Mungo Park que, en un primera viaje, fue esclavizado por los nativos pero que consiguió escapar para volver, tiempo después, y ser asesinado por los indígenas, sin llegar a ver la ciudad. No es de extrañar: quedó tan “mosqueado” con los nativos que se liaba a tiros en cuanto se le acercaba alguien. Le mataron en una emboscada, en el río…O el inglés Gordon Laing, asesinado a lanzazos con su impecable uniforme británico escarlata (¡de disimular nada!), en las afueras de Timbuktú. Los que por fin consiguen llegar y vuelven para contarlo, como el francés Renée Caillié (que regresó enfermo y al que, inicialmente, no creyeron), el alemán Heinrich Barth o el malagueño Cristobal Benitez, describen con decepción el triste aspecto de una ciudad en completa decadencia.

Desde luego Timbuktú ya no es ni de lejos lo que fue. Los tuareg ya no comercian con sus caravanas, excepto la única que se mantiene, la del Azalai, a las duras minas de sal de Taudeni, catorce días en camello dirección norte, los últimos siete sin un solo pozo de agua. Antaño explotadas por esclavos o prisioneros condenados a trabajos forzados. Hoy día por gente que paga sus deudas trabajando allí.

Ya no hay escuelas coránicas, ni afamados maestros, a cuyas enseñanzas acudían alumnos desde muy lejos. Sólo queda la sombra de sus antiguos ricos comerciantes en forma de varias bibliotecas de manuscritos medievales como la del Fondo Kati. Ya no hay riqueza ni, por supuesto, oro.

Pero hasta el progreso, a su manera, llega a Timbuktú. En una ciudad donde apenas hay teléfonos (al menos cuando yo estuve) sí que había un locutorio público donde era curioso contemplar, sentados cada cual frente a la pantalla de sus ordenadores, usuarios de las diferentes etnias del lugar. Recuerdo sobre todo un tuareg con su típica indumentaria, la gandura azul resplandeciente y el amplio turbante blanco que le tapaba toda la cara excepto los ojos, manejando el ratón con una soltura que hubiese hecho exclamar a sus padres que, sin duda, algún yinn, algún diablillo travieso había enloquecido a su hijo, jugando con aquella “cosa” extraña…

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                                                          Tiendas nómadas

Las construcciones de Timbuktú son todas de adobe, muy erosionadas por el viento del desierto y las escasas lluvias. Salpicadas entre las casas y por los solares vacíos, se alzan las jaimas de los nómadas de paso. Las calles, incluso el suelo de las casas, son de la misma arena del desierto que las rodea y que las engulle. Hasta el pan que cuecen en los hornos comunales que se levantan en cada esquina, como ellos mismos dicen, tiene más arena que harina… y doy fe, por la que cruje entre las muelas al menor bocado.

Apenas hay alumbrado. Los días que estuve allí, cada noche y hasta que amanecía escuchaba los cantos de los nómadas al ritmo de los tambores, acampados en la ciudad y por las afueras. Siempre me tentó acercarme a escucharles más de cerca pero, si ya de día orientarse entre las casas era complicado (no hace falta decir que sin rótulos ni numeración, ¿para qué, si nadie sabe leer?), de noche me hubiese perdido entre la confusión de la oscuridad y las callejas. No me atreví y bien que lo lamento. El miedo te recorta la vida.

La Timbuktú que tuve la suerte de conocer hoy es una ciudad, merced al yihadismo, nada aconsejable, aunque no siempre fue así.  Enclavada en zona tuareg, gracias a su antigua tradición comercial fue casi siempre muy abierta y bastante tolerante con los forasteros. Desde la cómoda Europa podemos pensar  que allí sólo hay “moros”, o “negros”. Pero allí se viven las diferencias de una población heterogénea, mezcla de las etnias presentes en Mali. Aparte de los tuareg, encontramos bambaras de Bamako, peuls de Massina,  shongays de Gao, bozos del río Níger, belas del Azawad, dogones de la falla de Bandiagara. O de un poco más lejos:árabes, mossis de Burkina-Fasso , hausas de Nigeria…, repartidos por sus barrios respectivos.

Timbuktú da para mucho. Llegué en un barco casi de pedales donde mi compañero de viaje, Pepe, se despistó y perdió el barco en una aldea sin nombre, aunque lió a unos de una canoa para alcanzarnos. En teoría me volvía en una avioneta de hélices de 14 plazas, pero en el último momento nos la “secuestraron” un grupo de fornidos marines americanos, y escapamos por el desierto, tras cruzar el Niger sobre una barcaza con los hipopótamos resoplando en el río. Y luego está la increíble y verdadera historia de la biblioteca perdida de la familia Kati, descendientes directos del último rey godo legal, Witiza. Pero lo de la biblioteca del Fondo Kati y los avatares de la llegada y el regreso, dan de sobra para otra historia.