Egipto: impresiones de un viaje arqueológico al país del Nilo

egipto, efecto nubes en el ramesseum

1/ De piedras, piedras y más piedras. Un viaje arqueológico

2/ Un grupo variopinto, pero muy entregado

3/ La locura de El Cairo. ¿Cómo aguantan ésto los egipcios?
4/ Si hoy es martes, ésto es Bélgica. El Síndome de Sthendal
5/ Faraones, más faraones, y algún saqueador.
6/ El Nilo, un río que da para mucho
 
1/ De piedras, piedras y más piedras. Un viaje arqueológico
 
Conocí a Pausanias, agencia especializada en viajes arqueológicos, en Septiembre del 2017 con ocasión de un viaje a Sicilia, al que me apunté con mi hija. Y quedamos tan entusiasmados con todo lo que vimos y aprendimos que, al decirnos que planeaban un viaje a Egipto, cogimos la idea al vuelo. Al final y por problemas laborales mi hija Maya no pudo venir pero, tras pensar inicialmente en no ir sin ella, decidí que semejante viaje no me lo podía perder y así fue como al final me apunté yo sólo.
egipto. las pirámides desde el hotel
 
Una visión sugestiva para abrir boca nada más llegar, desde la habitación del hotel: las tres grandes pirámides en el horizonte
He estado en Egipto tres veces (cuatro, con ésta). La primera en Marzo del 2004 buceando en el Mar Rojo, coincidiendo allí con el famoso atentado de Atocha. La segunda ya fue en el 2005 con mi hija Maya y una amiga de San Lorenzo, en el que recorrrimos el Nilo en un barco-hotel (desde Assuan hasta Luxor) y visitando “lo clásico”: Abu Simbel, las pirámides, el Museo Egipcio y varios de los templos y tumbas más famosos: Karnak, Luxor, los Valles de los Reyes y de las Reinas, el templo de Hatshepstut, etc. En aquel viaje ya nos pudimos hacer una buena idea de todo lo que el valle del Nilo encierra. 
Como anécdota, nos “hermanamos” en aquel viaje con una familia granadina formada por la madre (ya mayor y aficionada a la lectura de libros de pirámides y similares) y tres de sus cuatro hijos. Al final íbamos juntos a todos lados, incluyendo coger taxis en El Cairo, los siete dentro, cediéndole respetuosamente el asiento del copiloto a la madre (los otros seis amontonados atrás) que le daba instrucciones a voces en un perfecto “granaíno” al conductor, el cual por supuesto no se enteraba de nada pero no paraba de troncharse de la risa. Seguimos siendo muy amigos y nos vemos cuando vamos a “Graná” o cuando vienen alguno de ellos a Madrid. Es lo que tienen los viajes, que haces amigos para siempre.
 
Aquel viaje estuvo muy bien, considerado como viaje de “descubrimiento”, pero sabiendo lo que Pausanias preparaba y, además, con la incorporación de un egiptólogo curtido, suponíamos que podía ser (como de hecho fue) mucho, mucho más completo. Puedes visitar una catedral, un museo, el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial que tengo a 300 metros de mi casa o pasear por una ciudad como Roma, y admirarte de lo que ves. Pero cuando cuentas con un buen guía, cualquier viaje resultará mucho más rico e interesante. Y Egipto, que no sólo está llena de “piedras”, sino con una historia extensa, densa y particular, plagada a lo largo de miles de años de dinastías, conflictos y batallas, se merecía el esfuerzo. Y por si todo ésto fuera poco, con una ciudad como El Cairo, abarrotada, caótica, que merecía la pena ser paseada, aún a costa de resultar abrumado por sus multitudes.  
egipto, orondo cairota
 
                                         Orondo y simpático cairota en Jan el-Jalili
2/ Un grupo variopinto, pero muy entregado
egipto,. grupo en abu simbel
 
Los 25 de la fama frente a Abu Simbel. Falta Ahmed (¡señoreees, por favooor!) que disparó la foto
Éramos 23 viajeros. Si incluíamos a Víctor, el encargado de la agencia, mas José Ramón, el egiptólogo, constituíamos un grupo de 25 personas. Si además añadimos al sufrido de Ahmed, el guía egipcio con su cartel de Pausanias en alto (¡señoreees, por favoooor!), sumábamos 26.
 
Los viajeros, de todo un poco. No voy a enumerarlos, porque esta entrada no pretende ser un diario de viaje sino una memoria de “impresiones”, aunque será inevitable hacer alguna mención particular. Jóvenes y menos jóvenes. Parejas estables y viajeros solitarios. De varios puntos de España, e incluso un poquito más lejos: de Puerto Rico. Sólo decir que todos, como es lógico, aficionados a la historia y la arqueología. La mayoría, con experiencias previas de viajes con Pausanias a destinos tan “golosos” como Grecia, Roma, Malta, Líbano o, como yo, a Sicilia. De aquel viaje coincidí en éste con dos conocidas: Resu y Elisa. Pero todos los viajeros (los había profesores, ingenieros, médicos, funcionarios, incluso algún veterinario como yo) muy puestos en arqueología y alguno muy, muy puestos, se ve que traían la lección bien aprendida o se lo habían empollado antes. 
 
Egipto tiene una historia muy atrayente, incluso para el “gran público”. Una de las razones, creo, es su exotismo. Por ejemplo: la historia del Imperio Romano también es muy sugestiva, y ha dado origen a películas, series de televisión y multitud de libros, pero Roma nos resulta más “familiar”, más próxima. Casi podríamos decir que eran algo así como nuestros tatarabuelos. Nuestro idioma deriva directamente del latín y en muchos lugares de España tenemos todavía monumentos que podemos admirar casi como fueron construídos, tales como el Acueducto de Segovia, las ruinas de Tarraco o Mérida.
Los egipcios, por contra, eran más lejanos, nada que ver con nuestra historia. Situados en otro continente, en un entorno rodeado de desiertos y de palmeras, y con una arquitectura monumental desarrollada a lo largo de un mínimo de tres mil años (los romanos duraron “sólo” un milenio) que se nos muestra, para nuestro asombro, bastante bien conservada. No es de extrañar que hasta los griegos quedasen maravillados, o que los europeos decimonónicos flipasen con todo aquello.
 
Con semejantes mimbres, los europeos y, especialmente, los británicos -los franceses son mucho más eclécticos y los españoles ni te digo, las cosas como son-, decidieron “trasplantar” como suelen hacer cuando salen de la Gran Bretaña, sus clubes, sus hoteles y sus bares. Se ve que, aunque rodeados de negros, de hindúes o de egipcios (o en la Costa del Sol, llegado el caso), les tranquilice sentirse en un reducto de la Pérfida Albión… La “Pérfida Albión”, expresión anglófoba que Napoleón Bonaparte popularizó en su constante lucha contra Inglaterra, pero que acuñó el poeta y diplomático francés (de origen aragonés) Augustin Louis Marie de Ximénès, en su poema L’ère des Français, (“La era de los franceses”), escrita en 1793, y en la que animaba a sus paisanos a atacar a “la Pérfida Albión” en sus propias aguas…
egipto. oficina de cambio
Oficina de cambio en Luxor. Si queréis cambiar pesetas, aquí todavía se puede. Yo creo que el cartel lleva sin tocarse desde antes de las pirámides…¡Ésto es Egipto!
De todas formas, tanto ingleses como franceses aprovecharon su coyuntura colonialista y la situación inestable del país como pudieron. Un ejemplo que me gusta citar es el del “intercambio” (entre comillas) entre Francia y Egipto, de un gran reloj mural a cambio de un obelisco…un obelisquito de nada…total, dirían los gabachos, ¡con la de ellos que tienen, y lo mono que nos va a quedar!. Espero que no se me acuse de racismo por lo que voy a decir (y si me acusan me da igual), pero al sultán o al jedive de turno seguro que le fascinaban en plan cateto los grandes relojes europeos, se pensaría que iba a quedar tan requetemoderno…y le engañaron no como a un chino, que era egipcio, sino como al del timo de la estampita.
Los franceses se llevaron tan contentos su obelisco, uno de los dos que flanqueaban los pilonos del templo de Luxor, y que ahora luce tan bonito en la Place de la Concorde, en París. Le mandaron a cambio su reloj, con tan mala suerte que al llegar el barco a Alejandría ya no funcionaba…y así sigue, sin funcionar. No obstante el sultán, o el jedive, o lo que fuera, disimulando y mirando para otro lado lo mandó instalar. De todas maneras quedaba bonito. Y ahí sigue, en un torreón que domina la fuente de las abluciones de la gran mezquita de Mohammed Alí, también conocida como la de Alabastro, erigida sobre el recinto de la Ciudadela de El Cairo. Andar no anda, pero justo dos veces al día marca la hora exacta. Ni gasta pilas ni hay que darle cuerda, todo son ventajas, ¡si todavía tendrían que darle las gracias a los franceses!…
egipto, el old cataract en asssuan
 
                                El hotel Old Cataract, en Assuán
Los grandes hoteles “clásicos” fueron, durante los años de la ocupación, como islas británicas en Egipto. Hablaré un poco más adelante del vintage Hotel Windsor en El Cairo. Otro hotel muy nombrado es el Old Cataract, en Assuan, un hotel de cinco estrellas inaugurado en 1899, con una espectacular ubicación sobre la orilla del Nilo donde se alojó, entre otros personajes célebres, la escritora Agatha Christie y que ambientó aquí parte de su novela Muerte en el Nilo (aunque la escribió en el Winter Palace)Aunque lo teníamos frente a nuestro hotel, en la otra orilla, no tuvimos la oportunidad de acercarnos.
Donde sí estuvimos un par de veces fue en otro hotel célebre: The Winter Palace, en Luxor – para los habituales como nosotros, el “Winter”- . Inaugurado en 1907, situado como el anterior en la Corniche (el paseo “marítimo”, en este caso fluvial, junto al Nilo), con una ubicación privilegiada: con vistas al Nilo por un lado y al templo de Luxor por el otro, y sede entre otros ingleses ricos de los egiptólogos que se alojaban aquí para limpiarse el sudor y descansar entre excavación y excavación, entre momia y momia, tomándose un buen whisky, supongo, tales como Howard Carter o su patrono, lord Carnavon. Ya nos contaba nuestro amable Jose Ramón que el trabajo de egiptólogo es cansado, dado a sudores y a llenarse de polvo, aunque creo que el presupuesto de los egiptólogos españoles no les da para tanto lujo ni para tanto whisky…
egipto, falúas en el nilo
 
                         Embarcadero de falúas, al atardecer, desde La Corniche
El “Winter” estaba a unos diez minutos andando desde nuestro hotel, y aunque los numerosos conductores de las calesas nos ofrecían constantemente sus servicios al módico precio de un euro, preferíamos andar por la orilla del Nilo, viendo el espectáculo de las falúas, de las típicas barcas con vela latina, amarradas en los embarcaderos. La noche de Nochevieja estábamos ya apuntados a la cena de gala que se celebraría en nuestro hotel. No estuvo mal, aunque se nos hizo larga la espera: desde las 20’30, muy lento el servicio, hasta que por fin dieron las doce. Por supuesto, sin campanadas ni nada, ni Anne Igartiburu ni Ramón García por la tele. Nochevieja egipcia, y punto. En una pista central nos amenizaban músicos, guitarristas (egipcios) que versionaban temas del mainstream occidental, algún grupo folklórico y lo que más me atrajo, que fue el espectáculo de un sufí, un derviche giróvago al estilo egipcio (larga falda de colores en muchas capas que iban subiendo y bajando), aunque adornado con luces en las faldas y la cabeza, un poco al estilo Las Vegas. 
 
Les he visto otras veces -en plan más serio, con su grupo de percusión marcando un ritmo hipnotizante- y lo cierto es que el chico no lo hacía mal, sabía lo que hacía, pero el efecto de las luces le restaba seriedad. Hay que considerar que, entre los numerosos comensales, y además de muchos egipcios, había bastantes occidentales y había que darle un “toque de color”. Como las bebidas no estaban incluídas habíamos estudiado con anterioridad la carta de vinos. Los de importación (sólo franceses, tipo Borgoña), prohibitivos. El champán francés, ni te cuento: 750 euros del ala la botella, así como suena. Ni los ingleses ricos se dejarían liar, ¡menudos son los ingleses ricos para ésto del dinero!. Reservado sin duda a egipcios millonarios -que los hay- que se quieran tirar el pisto un día que estén ligando. Pero los vinos egipcios eran asequibles: unos 15€ el blanco y unos 20€ el tinto, de los que pedimos dos y dos para una mesa de diez. El blanco se dejaba beber, tenía un pase, aunque el tinto entraba ya en la categoría de los “cariñenas”, tirando a peleón. Por la diferencia de horarios dimos entrada al Año Nuevo a las doce egipcias…que eran todavía las 11 españolas. Y como prácticamente ni hubo baile ni nada, a éso de las 00:30 egipcias, 23:30 españolas, nos fuimos todos armados de nuestros móviles al hall del hotel, único sitio donde podíamos coger la wifi, para hacer las inevitables llamadas a casa. Pero perdonad que me enrollo, estábamos hablando del Winter Palace (¡Santiago, por favor, céntrate!).
Habíamos vuelto pronto de nuestras excursiones arqueológicas y aún faltaba tiempo para la cena. Algunos propusimos acercarnos al “Winter” para tomar algo, pero al final sólo fuimos un servidor de ustedes y Puri, una decidida chica capaz de apuntarse a todo. Como no éramos más que dos me puse en plan caballeroso y le dije…¡yo invito!…Al subir por las escalinatas de entrada y asomarnos al hall ya pudimos ver que aquello no es que fuera lujoso…¡lo siguiente!… (¡a ver por cuánto me va a salir la broma!, pensé, tentándome el bolsillo). En la entrada, el fornido y elegante recepcionista nos preguntó sonriente si estábamos allí alojados…no, -respondimos con cierta timidez cual catetos, por lo de lo lujoso- pero, ¿nos podemos tomar una copa?…Por supuesto -nos dijo- pueden pasar al jardín… Y al salir al jardín ya flipamos.
Digno de las Mil y Una Noches. Fuentes, estanques, palmeras, árboles, todo con una preciosa iluminación. Una piscina y un par de terrazas. Al fondo, estaban preparando una fiesta (de Nochevieja) en una sala y los camareros se estaban disfrazando como auténticos faraones. Nos sentamos en unas cómodos sillones al exterior y pedimos dos cervezas, la típica de allí, la Stella, tamaño pinta (herencia inglesa) de casi medio litro. Para mi alivio, al mismo precio que en los restaurantes modestos: 75 libras egipcias, el equivalente a 3’75 euros, un precio de lo más normal, y más para semejante lugar. Pagué satisfecho quedando además como un señor. Brindamos, nos hicimos los inevitables selfies y saliendo del jardín vimos unos lujosos corredores y en el hall un gran retrato de Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankhamon. Había que irse ya para la cena de Nochevieja, pero prometimos volver. Ignorando los ofrecimientos de las calesas, regresamos paseando al hotel.
egipto, cerveza stella
 
 Nuestra vieja amiga, la cerveza Stella al lado de un libro de Tutankamon (me da que esta lata la sacaron de la tumba)
Cuando les contamos a los del grupo el éxito de lo del “Winter” ya se animaron algunos más…es lo que tiene el ser líder, que te siguen las multitudes, y si no que se lo pregunten a nuestro Amado Líder… Nuestra última noche en Luxor, un grupo de unos diez nos acercamos al “Winter”. Puri-la-decidida se había informado de que en el hotel había varias salas y bares. En la entrada saludamos al recepcionista ya con total naturalidad, como si fuésemos ingleses ricos y, tirando por uno de los elegantes pasillos, entramos al bar. En la puerta un cartel avisaba -en inglés- que no se podía entrar al bar con “casual wear”, o sea, con ropa no elegante. Para la cena de Nochevieja quien más, quien menos, nos habíamos arreglado un poquillo. Pero volvíamos de ver tumbas y nuestra impedimenta era la habitual: calzado resistente, del de andar por las piedras, pantalones sufridos y ropa de abrigo, que por las noches refrescaba.
Sin hacer caso al cartel del “no casual wear” nos acodamos en la elegante barra curva y oscura de madera. En la sala, tipo club inglés, los clientes del hotel se arrellanaban en cómodos butacones y, junto a la barra, un piano de cola negro marcaba estilo. Vistos los precios de la otra noche y en plan torero me tiré el farol, como buen castizo: ¡invito a toda la barra!..que se vea que he nacido en El Rastro… (la ronda me debió salir a unos veinte euros, y volví a quedar como un señor). Y entre las cervezas marca Stella, algún te y el ambiente londinense, lo cierto es que nos sentíamos de lo más a gusto, conversando amigablemente…como ingleses ricos. 
egipto, el bar del winter
 
En elegante bar del Winter Palace. Jose Ramón es el del fondo, el de la barba. Obsérvese nuestra impedimenta, totalmente “casual wear”
A todo ésto nuestro egiptólogo de cabecera Jose Ramón, que nos había acompañado, me comentó que acababa de pasar por allí y meterse en otra sala el famoso arqueólogo egipcio Zahi Hawass, ex-ministro de Antigüedades Egipcias y otros altos cargos, y que ha dirigido durante años todas las excavaciones habidas y por haber. Conocido irónicamente como el “Indiana Jones egipcio”, este hombre ha sido el amo de la egiptología aunque, tras los últimos cambios de gobierno, cayó en desgracia siendo destituído. No obstante, toda una ocasión -pensé- de saludar a tan insigne personaje. Y como mi inglés es muy justito cogí del brazo a Puri-la-ya-no-tan-decidida, que se resistió inútilmente para que me acompañase.
El gran hombre, muy trajeado, estaba sentado charlando con una señora. Me cuadré ante él y le solté lo único que se decir en inglés: Nice to meet you!, con mi mejor sonrisa. Puri-la-decidida-a-ratos, con su correctísimo inglés, le contó brevemente que éramos españoles y que estábamos haciendo un viaje con arqueológos. El hombre, muy correcto, inclinó la cabeza y nos sonrió educadamente. Sin duda agradeció la cortesía y la brevedad. Seguro que al buen hombre le dan la paliza muchos egiptólogos aficionados, como nosotros, pero por nuestra parte también fuimos correctos y educados y, aunque lo genial hubiera sido haberse hecho un selfie con el gran hombre, ahí el que se cortó fui yo, como un auténtico cateto, avergonzado de mi “casual wear” ante tan famoso personaje… 
egipto. pasillo del winter
…y los lujosos corredores del lujoso “Winter”, testigo del paso de familias principescas
Pero no acabaron con Zahi Hawass lo de las celebrities en el “Winter”. Cuando ya nos retirábamos por el lujoso pasillo las chicas empezaron a alborotarse viendo un grupo que caminaba por allí. Distinguí un hombre muy alto con el pelo claro acompañado por una señora distinguida y un niño impecablemente vestido con un traje de chaqueta (nada de “casual wear”)… ¿Qué pasa, quienes son?,  pregunté… ¡Los reyes de Bélgica!…Para mí, que ni tengo tele ni jamás hojeo las revistas del corazón, eran unos perfectos desconocidos, pero se ve que para ellas sí eran parte del “famoseo”. No obstante, días más tarde, me mandaron por el grupo de wassap la foto de una revista donde se les veía, posando justo entre las leoninas patas de la Esfinge (donde los vigilantes no dejan ponerse a nadie, ¡hace falta estar enchufado!) al real grupo. Por cierto, consultando a San Google datos sobre el “Winter” vi que ya los padres de los actuales reyes belgas eran unos asíduos del mencionado hotel. 
 
En los bajos del hotel y tras bajar las escalinatas, unas cuantas tiendas en semicírculo ofrecían sus productos. Sobra decir que la calidad era muy superior a la de las tiendas del zoco, y la diferencia de precios tampoco era tanta, aunque no eran los “chollos” de la calle. Había una librería muy surtida, con una sección de prendas de vestir, había una joyería, pero sobre todo había una tienda  con reproducciones arqueológicas de muy buena calidad. Justo en el escaparate una reproducción de la Paleta de Narmer, cuyo original habíamos podido contemplar en el Museo Egipcio, a tamaño natural y muy bien hecha. No tenía previsto comprar nada pero Juanjo, uno de los del grupo, entró mirando muy interesado unos canopos y alguna otra figura, y lo que nos sorprendió -y quizá no debería- es que en tan “selecto” sitio, el correcto vendedor le ofreció directamente descuentos. Seguro que de haberse tomado en serio el regateo, hubiera sacado un buen precio. Ya de camino al hotel le pregunté a Juanjo si se había fijado en la Paleta de Narmer…¡noooo, no me fijé!…. Le hubiera encantado -y a mí, ¡qué leches!- aunque suponemos que era más cara aún que los canopos. De todas formas era nuestra última noche en Luxor. Otra excusa para volver a Egipto: regatear por la Paleta de Narmer.
 
Esa noche y aprovechando la wifi del hall del hotel, le mandé un wassap a mi buen amigo Manolo-de-Tombuctú diciéndole que había tenido el placer de saludar al gran Zahi Hawass. Le tengo así en mi dirección de correos porque precisamente nos conocimos allí, en Tombuctú, para distinguirle de otros “manolos”. Este Manolo es el dueño de la productora de documentales La Nave de Tharsis, centrada en temas históricos y antropológicos, y que acababa de recibir un premio internacional por un documental que había rodado justo en Egipto. Manolo-de-Tombuctú  me devolvió el mensaje recomendándome que me tomara allí -está claro que conocía el lugar- un cóctel del que, al parecer, son especialistas: el Crocodyle tail: la “cola de cocodrilo”… pero para cuando lo recibí ya nos habíamos ido de Luxor. Intentamos probarlo en otros sitios, como Assuan, o nuestra última noche en el hotel de El Cairo, sin éxito. Otra excusa para volver a Egipto: probar la “cola de cocodrilo”.
 
Con toda esta plétora de viajeros fue inevitable, al regreso, recibir en el grupo de wassap que formamos una verdadera avalancha de fotos, un tsunami fotográfico. Algunas de las que ilustran esta entrada las he cogido “prestadas” de las suyas (espero que no les importe). Bien es verdad que muchas se repetían, todos íbamos a los mismos templos y veíamos las mismas escenas: pirámides, tumbas, mezquitas con su colorido mihrab, iglesias coptas, templos con sus salas hipóstilas y sus pilonos…, pero también es cierto que hubo muchos enfoques personalizados, o escenas de la gente y de los mercados que son, en mi opinión, las que te “sitúan” en el plano humano. Como decía antes, las piedras están muy bien, pero el “sabor” de El Cairo, es mucho sabor.
egipto, escena callejera
 
3/ La locura de El Cairo. ¿Cómo aguantan ésto los egipcios?
egipto. tráfico en el cairo
 
                                      El tráfico habitual en las calles de El Cairo
Porque…sí, señores, El Cairo tiene mucho, pero que mucho sabor. No sé si bueno, pero mucho sabor. Comparo a El Cairo con La India: o se la ama o se la odia, pero nunca te será indiferente. Una ciudad con doce millones de habitantes…declarados. Según nuestro egiptólogo de cabecera José Ramón, el Amado Líder…y quizá veinte millones… Como sucede en muchas capitales del Tercer Mundo, millones de campesinos, obligados por la crisis del campo y el exceso de natalidad, van confluyendo allí. El resultado es una ciudad muy contaminada, con un tráfico demencial de coches viejos, consumidores de una gasolina mala de 95 octanos, que abarrotan a todas horas (siempre es hora punta) calles, callejuelas y avenidas, con la sempiterna ayuda del claxon con el que avisan y son avisados a la hora de girar, cruzar, adelantar (por la derecha o por la izquierda, da igual), cambiar de carril o sencillamente porque sí. Por supuesto, los pocos semáforos que ves son ignorados. Si acaso, en algunos cruces concretos, algún guardia que detiene momentáneamente, sólo momentáneamente, la circulación. 
Con mucha frecuencia veíamos también puestos de la policía. Estando nosotros allí hubo un atentado yihadista: una bomba explotó al paso de un autocar de turistas matando a cuatro personas. La presencia policial y militar es abundante. El gobierno mima a los turistas, no en vano el turismo es su segunda fuente de ingresos (por detrás de los peajes de los barcos por el Canal de Suez). De todas formas, es cuestión de suerte que te pueda pasar algo aunque, como les contaba a mis compañeros, es más fácil sufrir un atentado en Francia que en Egipto.
egipto, policía en garita
 
Siempre que los veía rogaba para que tuviesen echado el seguro del kalashnikov, no fuese a darles un ataque de tos…
En una ciudad tan grande hay barrios para todos los gustos, incluso lujosas zonas residenciales, que las hay, pero el nivel es modesto, pobre o muy pobre. En las zonas de “clase media”, por llamarlo de alguna manera, enormes bloques que a nosotros, occidentales burgueses, nos parecerían feos, pero que para ellos es un grado por encima de la media. Lo más frecuentes son barriadas de casas con su ladrillo sin revocar (total, ¿para qué?, si allí nunca llueve…) y con los hierros de la ferralla asomando en el último piso. ¿Es que se les acabaron los ladrillos?…no. Es que, para cuando se les case un hijo, no tienen más que armar un forjado con la ferralla, colocar los ladrillos y, ¡ale!, ya tenemos otra planta…
 
Y todo ésto, con una masa igualmente densa de peatones que cruzan entre los coches porque, aunque veas unas rayas de paso cebra pintadas en el suelo no te engañes: están de adorno, al igual que los semáforos. En mi primer viaje a El Cairo y ante estas calles de 2, 3 o 4 carriles por cada lado atestados de vehículos, miraba “aquello” un tanto asustado ante la posibilidad de no poder cruzar. ¡No te preocupes –me dijo un cairota-, cógete de la mano de un lugareño que vaya a cruzar, mira al suelo y cruza despacito!… Efectivamente: éste es el truco, porque si cruzas corriendo los coches no te podrán esquivar y morirás atropellado. Hay que cruzar despacito, como ellos. Y el sistema funciona porque, pese a tanto coche, manteniendo distancias de escasos centímetros unos de otros, no se ven accidentes. A nosotros, urbanitas occidentales, nos parece imposible, moriríamos en el empeño. Pero es su sistema, y les funciona.
 
La última tarde en Egipto, ya de vuelta de tanta piedra, teníamos la tarde libre y, deseosos de gastar nuestras últimas libras egipcias y de darnos un baño de multitud, decidimos unos pocos ir hasta el gran mercado que rodea la plaza de Khan al-Khalili (o, más propiamente, Jan al-Jalili, como pronuncian ellos). El Amado Líder, siempre paternal con nosotros, se ofreció a acompañarnos. Desde el hotel sería una caminata de 20 o 30 minutos, dijo, pero…¡qué 20 o 30 minutos!. Las primeras calles que cruzamos no tuvieron demasiada dificultad, el tráfico allí no estaba “demasiado” denso (para lo que es El Cairo), aunque al comienzo nos dió un poco de miedito. Utilizando el método cairota, fuimos cruzando. Pero cogimos soltura: a la 4ª o 5ª calle, ya parecía que hubiésemos nacido allí.
egipto. calle jan el jalili
                     Uno de los callejones que rodean la plaza de Jan el-Jalili
Según nos íbamos acercando a Jan al-Jalili, aquello fue cogiendo más “sabor”: puestos abarrotados pegados unos a otros aprovechando cualquier hueco, multitud de gente caminando por donde podía y, en las callejas donde ya no entraba un coche, motos, carricoches o los carros de mano de los repartidores. Aprendiendo a esquivar las motos haciendo un gracioso quiebro, como los toreros… Para mí que (¿ya lo dije antes?) nací en El Rastro y me encantan los mercados callejeros, aprovecho cualquier viaje para recorrerlos. Aunque tengo que reconocer que, ante el Jan el-Jalili, todos los demás (el Mauer Park berlinés, Le Marché aux Puces parisino, El Rastro madrileño, incluso los tercermundistas mercados de Bamako, los zocos marroquíes o argelinos) se quedan cortos…
 
Jose Ramón nos condujo a la tienda de un amigo. En semejante caos de calles, nos metimos por una oscura callejuela donde, en oscuro portal y subiendo unas escaleras, llegamos a una especie de corrala, en cuyo derredor se abrían muchas tiendecitas. ¿Quién coños puede encontrar ésto?, me pregunté, y sin embargo las tiendecitas estaban llenas y la del amigo de José Ramón (“Jordi”, se hacía llamar, tal cual, aunque era cairota con pedigrí, en su tarjeta consta como Mohamed el-Naby) estaba a rebosar de japoneses y de europeos. La tienda, llena hasta el techo de reproducciones arqueológicas, de pañuelos, de papiros, de objetos de alabastro, de imanes, de pequeñas joyas…Las chicas, entusiasmadas revolviéndolo todo, como en las rebajas, era una locura. Tengo que reconocer que hasta yo, que no quería comprar nada, me fui al final con un pañuelo para el cuello y un gran vaso de alabastro… Imposible sustraerse a la fiebre de Jan al-Jalili…
egipto, ca'jordi
 
En ca’Jordi, la tienda de nuestro amigo. En primer lugar Puri-la-decidida y Resu. Detrás de ellas, Elisa
Poco antes de llegar a la tienda de Jordi-Mohamed el-Naby, Jose Ramón nos sugirió tomar una cerveza en un lugar que a él le gustaba mucho y donde solía parar cuando iba a El Cairo. …¡Por supuesto, donde tú nos digas!… (no dijimos esta vez lo de Amado Líder pero sin duda lo pensamos todos) y, paternalmente conducidos por Jose Ramón, nos metimos en el Hotel Windsor. En tiempos de la ocupación británica, nos contó, fue la sede de los oficiales ingleses. Actualmente es un pequeño hotel con cierto aire vintage. Lo primero, el ascensor: de madera y metal, amplio. Jose Ramón nos explicó que es el ascensor más antiguo de toda África…y todavía en uso. ¡El más antiguo y con el ascensorista con menos dientes!…nos aclaró, riendo, una de las chicas que se atrevieron a subir en él. Los demás, por la escalera hasta la 1ª planta donde se encontraba el bar.
Excepto por el camarero, autóctono, no sabías si te encontrabas por arte de magia en un club inglés o en Suiza. Adornaban las paredes trofeos de caza muy poco egipcios: cráneos de corzo, de rebeco, de íbice de los Alpes o una lámpara adornada con cuernos de ciervo. En las paredes algún banderín típico de los clubes ingleses y en las paredes de la escalera, bonitas imágenes de los Alpes nevados. Imágenes exóticas para cualquier egipcio, aunque no creo que allí entrasen muchos. La respuesta a tanto misterio digno de los corredores de las pirámides consistía en que, tras la ocupación británica, lo compró un suizo, que se encargó de darle un toque de su tierra. Sin duda sentía morriña el buen hombre de la nieve de sus Alpes, entre tanta arena.
egipto, en el windsor
 
Tomando una cervecita en el Windsor. La foto nos la tomó nuestra amiga Susi, la de Connecticut
Pedimos unas cervezas y al llegar el momento de las fotos y de los selfies se nos acercó una anciana señora sentada en otra mesa, ofreciéndose a disparar los móviles. Realmente, lo que le apetecía era pegar la hebra con un grupo tan simpático como el nuestro. Aceptó sin remilgos el ofrecimiento de sentarse y le faltó tiempo para contarnos su vida: se llamaba Susi, tenía 82 años, vivía en Connecticut, donde tenía una agencia de viajes con la que había dado ya tres veces la vuelta al mundo (conocía más de 140 países), y estaba a punto de comenzar la cuarta. Se acercó hasta nosotros con un sesentón discreto, alto y distinguido. Viejo para ser su hijo pero joven para ser su marido, pensamos. Pero nuestra ya amiga Susi nos lo presentó sin el menor pudor: era su segundo marido, más que un amante un caballero de compañía para sus viajes con el que llevaba casada unos meses… Si alguna vez se cansa de mí –nos confió- podrá irse cuando quiera, no habrá ningún problema, e incluso tengo dispuesto un dinero para él. Y entonces, volveré a casarme con otro hombre veinte años más joven que yo… ¡Chapeau por Susi!A éso llamo yo tener las cosas claras…
 
Tras la cervecita en el Hotel Windsor y las compras en Casa Jordi, tocaba volver al hotel para cenar. Jose Ramón nos aconsejó hacerlo en taxi. Hombre curtido en las lides egipcias, negoció con unos taxis de la plaza Jan al-Jalili el precio: 50 libras egipcias (dos euros y medio al cambio, ¡un pastón!) hasta el hotel y ya, confortablemente a salvo dentro de los coches, tuvimos nuestra última experiencia de lo que es el tráfico cairota. De nuevo pitidos y más pitidos, de nuevo meter el morro por espacios inverosímiles que a nosotros nos hubieran supuesto roces contínuos con los otros vehículos, ganando espacio muy poco a poco para avanzar, pero avanzando. ¡Chapeau por los taxistas cairotas!. Y sin mayor problema, llegamos al hotel.
 
Mañana tocaba levantarse a las 6 para coger el avión de vuelta, pero además había que tener en cuenta que hoy nos habíamos levantado a las 4 para tomar cuatro vuelos: Assuan-Abu Simbel, Abu Simbel-Assuan, Assuan-Luxor y Luxor-El Cairo, recorriendo en un día el país de extremo a extremo. Estábamos muertos de cansancio, pero aún tuvimos el valor para tomarnos la última cerveza Stella de despedida de Egipto, en el bar del hotel. Aunque lo pedimos, no tenían “Crocodyle tail”…¡lástima, para la proxima!… 
 
4/ Si hoy es martes, ésto es Bélgica. El Síndrome de Sthendal
 
La primera frase no es mía. Es el título de una película de 1969, dirigida por Mel Stuart en la que se narra el viaje frenético de un grupo de turistas norteamericanos que, en dos semanas, recorren siete países europeos. La rapidez del viaje hace que, en algún momento, pierdan la noción de en qué país están, de ahí el título de la película…
 
Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados… Esta frase tampoco es mía. Es del escritor francés Sthendal, sacada de su libro Nápoles y Florencia, y es como describió su propia sensación -con temblor de piernas incluído, añadió él mismo- al salir aturdido, semiatontado, abrumado de la basílica de la Santa Croce, en Florencia. Sencillamente, estaba saturado de tanta belleza, ya no le cabía más en el alma. 
egipto, músicos en restaurante
 
En nuestro periplo no todo fueron piedras. Cerca de Luxor comimos tres días en el restaurante de unos conocidos de Jose Ramón. El último día nos obsequiaron con un espectáculo musical, más auténtico que el “de Las Vegas” de la cena de Nochevieja
Aunque Pausanias nos proporcionó a cada uno, como acostumbran, un cuaderno con mapas, planos de los templos, reconstrucciones de los mismos y demás información, he de reconocer que a veces me sentía perdido, confuso, como los de la película antes citada, con el “disco duro” saturado en mi cabeza. Tomaba notas en una libreta como muchos de nosotros, consultaba por las noches en mis guías y en el cuaderno. Procuraba estar atento a las explicaciones de Jose Ramón pero no siempre estaba al alcance. ¿Estas paredes, estas escenas, estos pilonos?…¿ésto es Kom Ombo, el Ramesseum, Dendera, Abydos?… ¿Esa imagen de Ramsés a punto de hundirles la cabeza a sus enemigos, no la hemos visto ya?…Si hoy es martes, ésto es Bélgica…¡Todo tan grandioso, tan abrumador!…creo que a punto estuve de sucumbir al Síndrome de Sthendal.
Debo confesar ahora que no me escucha nadie que, como acostumbro en estas situaciones,  o como cuando paseo por la montaña, a menudo dejaba reposar la cámara en el bolsillo y me apartaba del grupo, sentándome en alguna milenaria piedra para contemplar, tranquilo y en silencio el conjunto. No es que no me interesasen los sabios comentarios del Amado Líder, no es que estuviese cansado, no es que “pasase” de mis compañeros…sencillamente estaba dejándome “empapar” con calma de todo aquello. Para mi consuelo no era el único, algun@ viajer@ me confesó lo mismo: demasiada historia y demasiada belleza juntas. Más de tres mil años comprimidos para once días de viaje.
 
Visitando las pirámides me despisté en exceso. Yo ya había visto la Gran Galería que penetra en la de Keops la otra vez que estuve y, mientras un grupo entró a verla, nos acercamos Víctor -el delegado de la agencia- y yo con otro grupito, rodeando la pirámide, que quería ver la reconstrucción de la Barca Solar. Pero como también la había visto ya, me dediqué a pasear con calma contemplando aquella grandiosidad, rodeando la Gran Pirámide. Habíamos quedado todos en la cara norte, donde se abre la entrada a la Gran Galería, a una hora concreta.
Andando el rato me acerqué, y esperé…y esperé….y esperé… Cerca de una hora estuve, soportando el acoso de la multitud de vendedores de papiros, de pequeñas pirámides y demás souvenirs. Más que la frase mágica de ¡la, sukran! (¡no, gracias!) que les iba repitiendo, yo creo que al final se habían aprendido mi cara y me fueron dejando en paz. Tuve tiempo, aparte de fumarme varios cigarros y de pensar mosqueado…¿dónde coño se habrán metido todos éstos?…, de contemplar las multitudes de turistas de todos los países y de todos los colores que repetían las caras de asombro, que disparaban fotos…¡qué a cientos…a miles!…o que subían dispuestos a ser tragados por la Gran Pirámide, y sobre todo de contemplar a los naturales que ofrecían paseos en calesa, en camello o a caballo.
egipto, camellero
 
Un simpático calesero de los muchos que ofrecían sus servicios a los turistas
Y recordé, viendo a los camelleros, una experiencia total la otra vez que estuve aquí. Junto a la familia de “granaínos” quisimos, nuestra última tarde, despedirnos de la Esfinge. Pero al llegar, unas vallas nos impidieron el paso. Habían preparado el recinto con abundantes sillas para un espectáculo de luz y sonido. Estando acodados en las vallas y mirando tristones a nuestra querida Esfinge se nos acercó un egipcio: ¿queréis acercaros hasta las pirámides?… El acceso a los turistas ya estaba cerrado, pero nos ofreció alquilar unos camellos o unos caballos hasta llegar al mismo pie. Dicho y hecho: algunos nos subimos a caballo, otros en camello, y dando un gran rodeo por la parte de atrás, nos fuimos acercando dando pequeñas galopadas-con nuestra pequeña tormentita de arena incluída- hasta la mismísima base de las pirámides. Estaba atardeciendo, ya no había turistas, estábamos maravillosamente solos y, excepto algún vigilante a camello que se nos acercó y al que nuestro guía le daba discretamente unos billetitos, tuvimos la sensación de ser los dueños de todo aquello.
 
Al final, y tras un par de llamadas nerviosas con el móvil, recuperé al grupo. Se habían dispersado: unos procedentes de la Gran Galería, otros de la Barca Solar, y lo cierto es que, a fuer de ser sincero, creo que yo me acerqué al punto de reunión unos diez minutos más tarde de la hora fijada… nadie sabía si yo estaba con los unos o con los otros. Estaban al pie de la pirámide de Kefrén y, aliviado de no saberme perdido, me dirigí hacia ellos, volviendo a rodear de nuevo la Pirámide (¡y anda que no es grande, la jodía!). A medio camino me esperaba el bueno de Ahmed (¡señoreees, por favooor!), al que se veía también aliviado de recuperar a la ovejilla descarriada. 
 
5/ Faraones, más faraones, y algún saqueador
 
Si el Nilo fue el elemento propicio para el desarrollo de Egipto, los faraones fueron la cabeza principal para organizar ese desarrollo. Pero ya empezamos mal, no era tan simple. En los más de tres mil años (datados) en que se extendió su poder hubo de todo: conspiraciones dinásticas, luchas internas, periodos de gran esplendor, periodos de decadencia, movimientos religiosos “secesionistas” o golpes de estado… La lista de los faraones, englobados en sus correspondientes periodos y dinastías es larguísima. Se consideran por los expertos hasta XXXI dinastías, y no sólo de egipcios: las hubo de hiksos, nubios y persas (sin hablar de los ptolemaicos, de origen griego).
Incluso en algunos casos los sucesores sometieron a los testimonios de sus predecesores a lo que los romanos llamaron una damnatio memoriae: en latín, una “condena de la memoria”, una censura para intentar borrar de la historia a aquellos indignos -según los censores- de ser recordados. El método: una destrucción de sus monumentos o un minucioso martilleo de sus nombres (bajo la forma de los cartuchos) o de sus figuras. Aunque no fueron los únicos en destruir. Los cristianos recién llegados también destrozaron a mansalva aquellas “herejías” o, más tarde, los musulmanes también le dieron con entusiasmo a la piqueta (ejemplos recientes tenemos con las destrucciones de restos milenarios en Próximo Oriente).
 
Un par de ejemplos conocidos de damnatio fueron al que se sometió la faraona (nada que ver con Lola Flores) Hatsepshut o, sobre todo, el más conocido hoy día del “faraón hereje” Akenatón. Durante 20 años (entre los 1350 y 1330 a.C.) instauró un nuevo culto, en contra de los todopoderosos sacerdotes de Amón, para lo que construyó una nueva capital, en Tell el-Amarna. Sus imágenes son famosas, con una nueva iconografía más “realista” (dicen algunos que deformada), y sobre todo por las imágenes de la reina Nefertiti, esposa real de Akenatón y paradigma de la belleza.
Nuestro egiptólogo de cabecera Jose Ramón nos informó, de forma muy clara y amena como siempre, que el poblado de artesanos de Deir el-Medina, los encargados de construir y decorar las tumbas de los Valles de los Reyes y las Reinas, cerca de Luxor, y que mantuvo su actividad a lo largo de 450 años, fueron llevados a Tell el-Amarna y reeducados para plasmar esta nueva iconografía, tarea que profesionalmente hicieron aunque, una vez acabado este periodo “hereje” de veinte años, fueron llevados a sus antiguas casas y reanudaron su antigua forma de representar a sus nuevos señores. Con relación al famoso busto de Nefertiti, actualmente en el Museo de Berlín y considerado hoy día una de las “joyas” del arte egipcio, los arqueólogos lo encontraron tirado entre otros restos en el antiguo taller del artesano, del que nos ha llegado el nombre: Tutmose. Una vez acabado su momento de gloria, para Tutmose ya no tuvo ningún valor y allí lo dejó, sin más, entre escombros, en el suelo.
egipto, akenaton
 
Una de las famosas escenas de la familia real de Akenatón, con su peculiar estilo
Porque para los propios egipcios aquellos restos “viejos” muchas veces ya no eran más que “trastos” que estorbaban. Algo así como pasó en España tras la mecanización del campo, cuando todos aquellos instrumentos como los rastrillos, los cedazos o los viejos trillos perdieron su utilidad y acabaron arrumbados y llenos de telarañas en las cuadras, ahora sin animales. Tuvieron que pasar muchos años para que aquellos “trastos” inútiles cobraran valor y hoy día se vendan como joyas en los anticuarios y almonedas. 
 
Un ejemplo de “trastos” que estorbaban lo constituye lo que el arqueólogo francés Legrain encontró excavando en el gran templo de Karnak, en Luxor. En un área entre el VIIº pilono y la Puerta de Ramsés, y muy cerca del estanque sagrado, Legrain encontró la friolera de 751 grandes estatuas (algunas muy grandes) y estelas, más unas 17.000 pequeñas figuras, la mayoría de bronce. Legrain lo llamó le cour de la cachette  (que podemos traducir como “el patio del escondrijo”, del francés cacher = esconder), más abreviado en el argot de los egiptólogos como cachette Lo cierto es que no estaban allí amontonadas, cual escombro, sino más o menos “colocaditas”: los egipcios eran conscientes de su importancia pero, ¿por qué las tiraron alli?… Según algunos, los sacerdotes ya en época ptolemaica las escondieron para protegerlas de los nuevos faraones de origen griego, aunque es cierto que la dinastía de los Ptolomeos respetaron los templos e incluso construyeron otros nuevos, siguiendo los antiguos modelos. Otra teoría con la que yo estoy más de acuerdo es que, sencillamente, ya no les cabía tanta estatua. Tras miles de años de faraón tras faraón, el templo estaba “petado” y necesitaban hacer sitio para las que seguían fabricando y colocando. La gran mayoría que podemos ver en el Museo Egipcio de El Cairo salieron de allí, del cour de la cachette.
 
Ante tanta tumba, tanta momia y tanto tesoro enterrado (los faraones eran muy, muy ricos, tenían oro a espuertas), la tentación para los ladrones fue tremenda, pero no hizo falta esperar mucho: desde los primeros enterramientos los saqueadores hicieron su agosto. Solamente unas pocas tumbas intactas, que se pueden contar con los dedos de una mano, fueron descubiertas por los egiptólogos. Su gran desafío, su gran sueño es encontrar alguna tumba “vírgen”. Hasta “El Gran Faraón”, el arqueólogo egipcio Zahi Hawass, ex-ministro de Antigüedades Egipcias y al que tuvimos el placer de saludar en el lujoso Hotel Winter Palace, de Luxor, sigue empeñado en la tarea, incansable, a sus 71 años. La última, es que “cree” que ha descubierto la tumba de Cleopatra, en el Delta…
 
Hasta la más famosa de las tumbas, la de Tutankhamon, famosa precisamente por haber sido hallada intacta…no lo estaba. Pocos años tras el enterramiento de Tutankhamon, los hábiles saqueadores de tumbas entraron en ella, se llevaron oro y joyas y si no se llevaron o no destrozaron más fue precisamente por ser pequeña e incómoda, dejando alguna cámara sin abrir, aunque es cierto que en las fotos realizadas in situ nada más abrir las cámaras aparece todo amontonado, extraña un poco ese desorden tan poco “faraónico”… Hay algunos puntos oscuros en su “descubrimiento”, en 1922. La historia de la maldición de la tumba ha llenado novelas, casi todo el mundo la conoce. Pero hay algunos pequeños detalles. En el palacete inglés de Lord Carnavon, patrocinador de la excavación y jefe de Howard Carter (el encargado de la excavación), apareció hace unos años escondido tras una librería otro cachette, un escondrijo con varias piezas pertenecientes a la tumba de Tutankhamon, al parecer anteriores al descubrimiento “oficial”. 
 
Pero hablábamos de los saqueadores. Desde los comienzos se saquearon las tumbas (hoy día el contrabando de objetos robados continúa), y tanto faraones como sacerdotes lo sabían. A menudo se colocaban inscripciones con maldiciones del tipo de…la muerte abatirá sus alas sobre aquel que turbe el sueño del faraón…hasta algunas otras mucho menos poéticas, tales como…a aquel que entre se le retorcerá el cuello como a un pollo… A los ladrones pillados en falta les esperaban graves castigos. Unos documentos nos cuentan que Tramun (carpintero), Hapi (cantero), Kemwese (aguador), Amenheb (campesino) y Ehenufer (esclavo), que habían confesado bajo terribles torturas haberse llevado…todo el oro de las momias del dios y de la reina…fueron azotados hasta que las palmas de sus manos y las plantas de sus pies quedaron irreconocibles, y después fueron ejecutados. Pero, ¡ay!, los campesinos siempre son pobres, y los pobres siempre desearán dejar de serlo. Y la tentación, en un país como Egipto, siempre está ahí. Un caso conocido fue el de la familia el-Rassul, de Kurna, del que podemos seguir la pista entre 1871 hasta 1902.
 
Kurna es hoy un poblado que las autoridades han obligado, no sin resistencia, a abandonar, situado en la zona de Deir al-Bahri, justo en la región de Luxor donde más tumbas hay: el Valle de los Reyes, el Valle de las Reinas, el Ramesseum o el templo de Hatsepshut, entre otros. Nadie estaba más familiarizado con todos los rincones del Valle de los Reyes que los descendientes de quienes habían trabajado en las tumbas, y los habitantes de Kurma llevaban allí desde siempre. En 1871 aparecieron en el comercio europeo unos papiros ilustrados de una calidad excepcional que, además, pertenecían a un periodo del que se sabía muy poco hasta entonces. Los expertos del Departamento de Antigüedades de El Cairo sospecharon que procedían de una tumba que ellos no conocían. Con la ayuda de un “espía” norteamericano disfrazado de comprador rico y cual un auténtico Sherlock Holmes, fueron poco a poco cerrando el cerco. Lo asombroso es cuando, más tarde, comprobaron que durante diez años el contenido de una tumba había estando alimentando, de una forma o de otra, a casi todo el pueblo. Sólo la familia el-Rassul conocía la existencia de la tumba, y la severa policía egipcia se puso en acción. Durante tres largos meses los hermanos Ahmad y Hussein Abd el-Rassul aguantaron en los calabozos las torturas como leones sin abrir el pico, aunque al final Muhammad, el cabeza de familia, confesó, sacando a sus hijos de la cárcel y recibiendo 500 libras como compensación.
 
Condujo al arqueólogo alemán Emile Brugsch, por aquel entonces representante del Departamento de Antigüedades, a un agujero escondido en el circo del desfiladero que rodea el templo de Hatshepsut. Tras descender por un estrecho agujero de 15 metros sujeto a una cuerda e iluminado por una vela, el alemán no podía dar crédito a sus ojos: allí estaban los restos de varias momias ilustres, de las de “Primera División” (Ramsés II, su padre Seti I, Tutmosis II, Tutmosis III y Amenhotep I), escondidas por sacerdotes celosos de su deber para impedir, precisamente, que los cuerpos fuesen profanados. Brugsch calculó que con los tesoros que guardaba este otro cachette  (¿cuántos cachette no quedarán esperando ser descubiertos?)este escondrijo, el pueblo entero podía haber vivido el resto de sus vidas. Organizó una escolta de 300 guardias y durante dos días trasladaron los restos al Museo Egipcio, dejando allí sólo la momia de Amenhotep I. Cuenta que, según fueron sacando las momias, un grupo de mujeres las veían pasar, llorando y tirándose de los pelos. Me entra la duda si sería un llanto fúnebre por los difuntos, tipo plañideras, o si es que se desesperaron porque se les había acabado el “chollo”… 
 
Pero no quedó ahí la cosa. En 1902 Carter, inspector jefe del Departamento de Antigüedades, fue llamado para investigar un robo en la tumba de otro Amenhotep, en este caso el IIº. Al parecer, un grupo armado se había abierto paso entre los vigilantes y, tras saquear, habían sacado el cuerpo del faraón de su féretro dejándolo tirado por el suelo. Al igual que en la tumba anteriormente citada, la descubierta por Brugsch, en ésta (otro cachette más para la lista) los sacerdotes habían escondido en cámaras laterales los restos de unos cuantos faraones: Tutmosis IV, Amenhotep III, Meremptah, Seti II, Siptah, Ramsés VI y la de una mujer sin identificar a la que se conoce como la “Mujer Desconocida”. Esta vez la policía, ayudada por el olfato de perros, siguieron el rastro de los ladrones  que les condujo…¿hasta dónde?…¡bingo!…hasta la casa de la familia el-Rassul, en el poblado de Kurma. Como el jefe del clan colaboró con la policía desde el principio no hubo mayores consecuencias….¡Total, si ya eran viejos conocidos!, ¿para qué vamos a complicarnos la vida?…ésto es Egipto, señores…
 
Otro caso reciente, sin llegar a considerarse saqueo como tal, fue el de una vieja campesina que, en 1887, acarreó un saco lleno de tablillas de arcilla que había encontrado en lo que fueron los restos de una casa, trabajando sus tierras, en la zona de Amarna. Intentó venderlas a comerciantes de antigüedades que le compraron unas pocas a muy bajo precio, al estar llenas de signos ininteligibles y considerarlas sin valor. Pero alguna de las tablillas llegó a los siempre alertas expertos del gobierno, a los que no les costó trabajo rastrear hasta llegar a la pobre vieja. Desde luego, estaban escritas con el sistema cuneiforme, pero al no estar en sumerio (que era lo normal) no las consiguieron descifrar. Conscientes de que “aquello” podía ser importante, consiguieron dar con el quid de la cuestión: las tablillas estaban escritas en acadio, en aquel momento la lingua franca, impuesta como la lengua internacional del Asia Menor. Se trataba de un conjunto de 300 tablillas, lo que hoy se conocen como la “Correspondencia de Amarna”, o las “Cartas de el-Amarna”, entre los asirios y la corte del faraón Akenathon. El problema es que, al ser un idioma muy poco conocido por los escribas egipcios (no era ni sumerio ni siquiera babilonio), estaban mal escritas, en esa “maldita lengua extranjera”.
egipto, instrumentos de medicina
 
No todos los bajorelieves eran de tema mitológico. En éste se representan instrumentos médicos: sierras, pinzas, curetas, ventosas… A la izquierda representación de dos mujeres de parto, en postura obstétrica
Pero no deja de resultarme curioso cómo a lo largo de esos tres mil años (cuatro mil, si consideramos el periodo pre-dinástico) los sucesivos faraones repitieron los mismos motivos una y otra vez. Por ejemplo: en la paleta de Narmer (=Menes) que pudimos admirar en el Museo de El Cairo, considerado el fundador de la Iª Dinastía y unificador de Egipto, datado según los diferentes métodos entre los años 3150 y 2920 a.C., se ve una imagen que ser repetirá, sobre todo por Ramsés II, el gran guerrero pero también en otros, del faraón sujetando por el pelo a sus enemigos con la mano izquierda, y a punto de darles el golpe de gracia con una maza que sujeta en la otra. Siempre con el pie izquierdo adelantado.
egipto, ramses ii castigandoegipto, la paleta de narmer
 
Reproducción de la Paleta de Narmer en la tienda del “Winter” y escena de Ramsés II. En ambas, ejecutando a sus prisioneros, con la misma postura. Entre las dos, más de 1.700 años de distancia
La iconografía egipcia me recuerda por su complejidad a la hindú, con un horror vacui que no deja en los thankas budistas hueco por rellenar, y en los que cada detallito tiene su mensaje. En las paredes de templos y tumbas egipcios no hay espacio para más imágenes, y con un panteón igual de complejo. Dioses y semidioses, cada cual con sus características propias de cabezas de animal (chacal, ibis, cocodrilo, vaca, halcón, buitre…), con soles, brazos alzados, escarabajos o serpientes, cada cual con un significado concreto y en las que se repiten sus gestos  y  sus ofrendas de dones, o los propios faraones, indicándonos según sus coronas (que detallan del Alto y del Bajo Egipto) y sus tocados (con cobra o con buitre), marcando la ubicación territorial de sus dominios o sus ropajes. 
egipto, máscara de tutankamon
 
La famosa máscara de oro de Tutankamon en el Museo Egipcio de El Cairo, con su clásico tocado nemes y en la frente las cabezas de la cobra y el buitre, símbolos respectivamente del Bajo y del Alto Egipto
Hasta las plantas nos dicen algo: la flor del loto simboliza el Alto Egipto (río arriba, para entendernos), mientras que la del papiro representa el Bajo Egipto (río abajo). Los estilos varían algo, pero las posturas son similares. Una de ellas es la posición típica, cuando están de pie, con la pierna izquierda adelantada…La postura militar…nos detallaba el bueno de Ahmed. Cierto, pero…¿por qué?. Pues muy fácil: es la posición en que un soldado hará más fuerza y mantendrá su equilibrio cuando, con su mano derecha, empuñe una lanza o una espada. La misma postura que nos muestra, a lo largo de tres milenios, al faraón ajusticiando a aquellos desgraciados que intentaron desafiarle. Al fin y al cabo, los faraones no dejaban de ser reyes guerreros. 
egipto. la caja pintada de tutankamon
Del mismo Tutankamón y en el Museo Egipcio, detalle de la conocida como la Caja Pintada donde se pueden observar, bajo el carro del faraón, los grandes perros empleados para la guerra mordiendo a sus enemigos, en este caso, nubios. En el otro lado de la Caja Pintada, están atacando a enemigos asiáticos
 
En uno de los templos se veían escenas de montones de manos cortadas a los prisioneros, incluso de penes…aventuramos si sería para llevar una contabilidad de las victorias, o simplemente porque sí. Y una representación frecuentísima era la de prisioneros maniatados, distinguibles por su aspecto: libios, asiáticos, nubios… Para nosotros, occidentales influídos por el marketing, podíamos pensar que era una propaganda del faraón victorioso y una advertencia a sus enemigos, pero no. Jose Ramón nos insistía siempre que las escenas de ofrendas, de cosechas, de vacas o de caza en los templos no eran marketing diciendo: “¡qué valiente y qué rico soy!”. El faraón se estaba dirigiendo en exclusiva a su dios. Las escenas de prisioneros, lo mismo: era una ofrenda en privado a su dios. Nadie entraba a los templos, excepto el faraón y los sacerdotes, nadie iba a contemplar esas escenas y, menos que nadie, los desgraciados de sus enemigos. A ésos más les valía correr, pero nunca entrarían en los templos. 
egipto. prisioneros
 
Bajorelieve en Abu Simbel de prisioneros maniatados, de diferentes orígenes según evidencian sus tocados. Frecuentes en todos los templos donde se representaron batallas, que eran muchos.
Pero, al igual que el amor es eterno mientras dura, el Egipto faraónico alcanzó su fin. El emperador romano Teodosio decretó en el año 380 que el cristianismo sería la única religión en todo el imperio, incluyendo a Egipto. La última inscripción en jeroglífico se realizó en el año 394, en el templo de Isis, en la isla de Philae.
 
6/ El Nilo, un río encajonado que da para mucho.
 
saber del sol do naçe, el Nilo de do mana… En tales versos, el autor anónimo del Libro de Alexandre (inicios del Siglo XIII, y que dio origen al género del llamado Mester de Clerecía), pone en boca de un idealizado Alejandro Magno su inquietud por saber lo hasta entonces desconocido: ¿de dónde sale el Sol, dónde nace el Nilo?...
egipto. campos de cultivo
                    Verdes cultivos, bendecidos por el agua del Nilo
En los desplazamientos en autobús, tanto siguiendo el curso del río como cuando nos metíamos por zonas rurales, me (nos) impresionó el tremendo verdor de sus cultivos: campos y más campos que a veces se extendían en lontananza. Si consideramos que Egipto es un país que, en su inmensa mayoría, es un país árido y desértico, está claro que la clave de su vida y desarrollo nació a las orillas del Nilo. Los egipcios lo sabían, está claro, y los faraones construyeron “nilómetros” en varios puntos no por “curiosidad científica” sino por un prolijo tema fiscal: a más crecidas, más terreno inundado. Más cosechas, y más impuestos.
Porque una cosa estaba clara: las crecidas anuales (las hay detalladas hasta de cinco metros sobre el nivel usual del río) al retirarse, dejaban sus orillas con una capa fertilísima de limo negro que permitía crecer todo lo que se sembrara, a veces con dos y hasta tres cosechas anuales, de las que dependía la vida de sus habitantes. Si, por las causas que fueran, el Nilo sufría sequías y no se producían las crecidas, era la muerte por hambre. De ahí historias como la maldición bíblica de “las siete vacas flacas” que venían a explicar siete años seguidos de sequía. De ahí el interés de los sacerdotes y faraones por construir canales para repartir el agua y poder sembrar en otras tierras, el acumular en silos el trigo excedente para los años “de vacas flacas”…
 
Y de ahí la especial protección a los gatos como eficaces “raticidas”. Los antiguos egipcios pueden colgarse la medalla de haber sido los primeros en domesticar al actual gato, el Felis catus. Su agriotipo o antepasado salvaje es el gato norteafricano, el Felis lybica, común en el norte de África y Asia Menor. Pero se trata de un animal apenas desconfiado, con facilidad para acercarse a asentamientos humanos…y más si esos humanos acumulan semillas que atraigan a los ratones, su presa favorita.
el origen del gato0015
Enterramiento de Sylurokambos, Chipre. Podemos ver el esqueleto del gato dentro del cuadrado más claro, en la parte de abajo
El primer indicio de domesticación, datado en el año 7.500 a.C., lo tenemos en una
tumba descubierta en Sylurokambos, en la isla de Chipre, donde se encontró el esqueleto (intacto) de un gato de unos diez meses de edad, junto a un hombre joven, de unos 30 años. Lo curioso es que se trataba de un Felis lybica. Y dado que en Chipre no existían gatos salvajes, el hecho nos demuestra que ese gatito -o sus progenitores-  fue llevado a la isla a bordo de los barcos de los primeros pobladores neolíticos, en calidad de mascota. El primer gato doméstico como tal bajo su especie de Felis catus se encontró en Mostagedda, en el Alto Egipto, y se dató en unos 2.000 años a.C. La diferenciación de especies, os aclaro, se realiza por estudios anatómicos, sobre todo en el cráneo y dentición…¡palabra de veterinario, y especialista en gatos, además!…
Felis lybica 2
 
El antepasado de nuestro gato doméstico, el Felis lybica norteafricano, cazando una víbora del desierto
Hay historias como la de los persas, narradas por Polieno (general macedonio al que se achaca a veces que estaba…más interesado por la fantasía que por la exactitud histórica…) en su obra Estratagemas, y en la que nos cuenta que los ejércitos del rey aqueménida Cambises II, al asediar en el año 525 a.C. la ciudad de Pelusio, se escudaron tras gatos para que los egipcios no les lanzaran flechas. O la que cuenta Diodoro de Sicilia acerca del asesinato en el año 60 a.C. de un romano que, accidentalmente, atropelló un gato con su carro, siendo muerto por un soldado egipcio. O las historias que nos cuenta nuestro viejo amigo Heródoto, sobre el luto que guardaban las familias durante los 70 días que duraba la momificación (depilación de las cejas de los propietarios en señal de duelo incluidas) cuando se moría el gato de casa. Heródoto visitó la ciudad de Bubastis en el año 450 a.C., situada en el este del Delta, consagrada a la diosa Bastet -con figura de gato- , diciendo que era…un placer para los ojos…., en la que se celebraba un festival anual en su honor, y al que acudían miles de egipcios de todo el país. Hasta Napoleón, al que no le gustaban nada los gatos, se entrevistó con un sultán otomano manteniendo un gato en su regazo, sabiendo que al sultán les gustaban y así le iba a caer más simpático…
 
Sin duda los egipcios estaban muy agradecidos a sus gatos por cuidar sus semillas, y hay muchas escenas donde se les representan en las casas, como animales domésticos. Gatos momificados los había a miles y, como en todo, aquí había su cara y su cruz. La cara, la devoción por los gatos. La cruz era que los sacerdotes de Bubastis criaban cientos de gatos a los que, a la edad de 4-6 meses, sacrificaban por el expeditivo método de partirles el cuello, como los análisis de las momias mediante radiografías han demostrado, para atender la alta demanda de momias de gato que los peregrinos demandaban para llevarse a sus casas, como protección. ¡El negocio es el negocio, y de algo hay que vivir!, podrían alegar los sacerdotes…
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Bronce egipcio de gata amamantando a dos gatitos, aunque esta foto la tomé en el Museo del Louvre, en París
Pero los muy “comerciales” sacerdotes egipcios no fueron los únicos en aprovechar las momias de los gatos. A mediados del siglo XIX se encontró en Beni Hassan un cementerio con más de 300.000 momias de gato… Eran otros tiempos, no había tanta protección a los restos arqueológicos y un avispado comerciante británico se los llevó hasta Alejandría, donde los metió en las bodegas de un barco y los condujo a Liverpool, donde los vendió casi en su totalidad…¡como abono para los campos!, mezclados con la tierra de la Pérfida Albión. Unas veinte toneladas, al precio de 4 libras de las de entonces por tonelada. Tampoco le salió mal el negocio, los gatos dan para mucho, como el Nilo. 
 
Pero no nos distraigamos, estábamos hablando del Nilo. Los primeros griegos -mentes científicas- que viajaron por Egipto, tal y como Heródoto nos cuenta en sus Historias, se asombraron al ver que, justo en la época más seca y al contrario de lo que sucedía en sus países, el río experimentaba crecidas. Algunos de ellos fueron capaces de elaborar teorías lógicas imaginando montañas lejanas. Lo paradójico es que, cuanto más bajaban hacia el sur, hacia las presuntas fuentes, el país era más y más árido. Los sucesivos intentos por parte de egipcios, griegos y romanos se encontraban con pantanos impenetrables…¿De dónde brotaban sus aguas?… el Nilo, ¿de do mana?… 
Ante semejante enigma, poco a poco y tras varias expediciones, que hoy se nos antojan románticas pero que eran muy peligrosas, fueron los británicos los que consiguieron desenredar la madeja del misterio. Pero el descubrimiento de las fuentes es otro tema prolijo que excedería la extensión y el motivo de esta entrada. Dejémoslo para otra ocasión, como el Crocodyle tail, aunque me quede con las ganas de hablar de otro de mis “héroes”: Richard Burton, el explorador (¡por favor, no confundir con el marido de Liz Taylor!) que, entre otras proezas, aprendió árabe en El Cairo -hablaba más de treinta idiomas-, se circuncidó y fue uno de los primeros europeos en viajar disfrazado a La Meca.
 
En el entorno del río y gracias a la riqueza que proporcionaban sus crecidas, se creó la grandiosa civilización egipcia. Muchos de sus templos, incluso, tenían salida directa al Nilo. Para cuando llegaron los europeos (a los árabes les resultaba un tanto indiferente), se quedaron impactados ante tanta grandeza. Pero eran los comienzos del siglo XIX, la Ilustración había comenzado en Francia unos años antes, y todos estaban ansiosos por saber, por descubrir, por viajar… Al final, fueron los ingleses, siempre mucho más prácticos, los que se quedaron con el pastel. Pero no puedo por menos de imaginarme aquellos británicos, tiesos en sus uniformes e imbuídos por la supuesta superioridad de su civilización, descubriendo asombrados templo más templo…mirando incrédulos las pirámides…algo así como, cuando en la época victoriana, dominaron La India…¡pero si son unos salvajes, si van semidesnudos, si son negros -o casi negros-, si viven entre la suciedad!…sí, pero…¿cómo han sido capaces de construir estas maravillas, a cuyo lado nuestros monumentos no son más que una sombra?… 
 
El Nilo discurre de sur a norte y de sus 6850 km de longitud total, unos 1300 corresponden a Egipto. A cada lado (excepto en el Delta, terreno de aluvión donde se abre como un abanico), las tierras de cultivo cubren una franja que oscila entre unos cientos de metros hasta más de 15 kilómetros. Pero, más allá, y excepto contados oasis, sobre el río se levantan en lo alto las mesetas, por donde se extiende el desierto puro y duro. Un desierto árido, pedregoso, habitado si acaso por beduínos nómadas a lomo de sus camellos, despreciados como “salvajes” por los estables campesinos pero, que a su vez, eran despreciados por ellos, amantes de la libertad que les concedía “su” desierto y que les consideraban casi como a esclavos. La orografía del valle del Nilo ha marcado también su historia, y su cultura. El río ha ido excavando durante millones de años un profundo surco en el terreno calizo, dando lugar a pequeñas montañas y desfiladeros a uno y otro lado. Y son estos cortados, estos desfiladeros los que han favorecido los mitos, la espiritualidad y la religiosidad de los egipcios.
 
Una de las cosas (entre tantas) más interesantes que nuestro egiptólogo de cabecera, Jose Ramón, nos contaba, fue la importancia que la orientación geográfica tuvo para la construcción de templos y pirámides. Quitando esas teorías esotéricas tan en boga en ciertos medios -se sonreía- de que si los extraterrestres construyeron las pirámides, fue la orientación Este-Oeste, de cara a la salida y la puesta del Sol. No es un tema aislado: en nuestras propias iglesias y ermitas, o monumentos megalíticos como Stonehenge y otros, se orientan teniendo en cuenta ese factor. Pero en concreto y en la mitología egipcia el Sol, deificado bajo su aspecto de Ra, marcaba desde el ritmo circadiano día-noche hasta cuestiones como los solsticios y equinoccios. En algún templo pudimos ver grabados en las paredes calendarios astrológicos, con unas imágenes similares a como conocemos hoy día los doce signos: el aguador (de Acuario), el carnero (de Aries), el león (de Leo), etc.
egipto. la montaña de tebas
 
                                La Montaña de Tebas, la “pirámide”, desde el templo de Luxor
Cuando llegamos a Luxor, donde se concentran la mayoría de los templos, Jose Ramón nos hizo fijarnos en la “montaña de Luxor” y en su forma de pirámide, situada al oeste de los grandes templos de Luxor y Karnak, sitos a su vez en la orilla izquierda del Nilo, o sea, al este. El oeste, el occidente, era el lugar por donde “moría” el Sol. Al pie de la montaña y ya en la orilla derecha, se construyeron otros templos como el Ramesseum, pero con sus puertas orientadas al este. Con la arquitectura sagrada, el Sol salía iluminando sus entradas y pilonos porque, con la orientación Este-Oeste, el sancta-santorum, la capilla del dios, la parte más sagrada del templo, sólo accesible al faraón y los sacerdotes, quedaba ya al Oeste. El Valle de las Reinas se orientaba de forma parecida con una particularidad: la entrada se sitúa en unos cortados donde una gran grieta puede asimilarse a una gran vagina…símbolo femenino. 
 
Montañas = pirámides, pirámides = montañas… Pero donde Jose Ramón nos hizo fijarnos especialmente en la importancia de la orografía fue en el templo de Abydos, unos 40 km en línea recta (si siguiésemos el Nilo sería mucho más, porque forma un gran meandro) al Norte de Luxor. Abydos es uno de los centros de culto más antiguos de Egipto. Se han descubierto unas 300 jarras y tablillas con la primera escritura jeroglífica, datadas por el método del Carbono-14 entre 3300 y 3200 años a.C., encontradas en el enterramiento del soberano predinástico Horus Escorpión I. El egiptólogo francés Émile Amélineau excavó en el año 1894 en la necrópolis de Umm el-Qaab (en árabe: “la madre de las vasijas” al encontrarse allí más de 8 millones de restos de cerámicas), hallando los restos de una ciudad y cementerio de hace más de 5300 años… ¡Impresionante!.. Si tenemos en cuenta que la gran pirámide de Keops se acabó “sólo” en el año 2570 a.C., los restos datados de Abydos serían entonces unos 800 años aún más viejos. 
 
Los soberanos encontrados en las tumbas de Abydos son tan antiguos como de la dinastía de Naqada (3250 a.C.), soberanos predinásticos o de la dinastía 0 (el ya mencionado Horus Escorpión I), de la dinastía I o los últimos de la dinastía II… Insisto: anteriores en casi un milenio a los de la dinastía IV, los constructores de las pirámides… Con tal antigüedad, las tumbas son mucho más sencillas: fosas excavadas en el suelo protegidas por muros de adobe y, las más recientes, con pequeñas estructuras sobre el suelo, precursoras de las posteriores mastabas. Otra circunstancia peculiar de las antiguas tumbas de Abydos fue la presencia de numerosos sacrificios humanos, en una cantidad de varios cientos. Sacrificados, según demuestran los estudios, en el momento (no iban metiendo poco a poco a los difuntos según fallecían, a éstos los enterraban todos de golpe), por el método del estrangulamiento, quizá envenenados con cianuro. Hombres jóvenes, a veces en formación militar, como escoltas, o mujeres (quizá concubinas o esclavas), que acompañaban al soberano para sus necesidades en el más allá. Los jeroglíficos, por si nos quedase alguna duda, muestran también escenas de sacrificios…
 
Aquí llegamos al quid de la cuestión: Abydos está consagrado al dios Osiris, símbolo de la muerte y resurrección, pero sobre todo al dios Anubis, representado con cabeza de chacal, uno de los símbolos más antiguos de Egipto. En su faceta de chacal, animal nocturno y carroñero que desentierra los muertos para devorarlos (otra vez, muerte y resurrección), a Anubis se le considera como guardián de las tumbas y maestro de embalsamadores. A veces se le denomina como “señor de las necrópolis”, “el que está sobre su montaña”, o “señor de las cavernas”. Está asignado como el vigilante del Occidente: la tierra de los muertos. Y se le describe como partícipe de la reconstrucción del cuerpo de Osiris, asesinado y descuartizado por Seth, inaugurando la práctica de la momificación…otra vez, muerte y resurrección… 
egipto. anubis
 
El dios Anubis, en el Museo de Egipto, procedente de la tumba de Tutankamon
Y aquí volvemos al tema de la orografía, en la que tanto nos insistía Jose Ramón. La ubicación de Abydos no es casual (en Egipto nada lo es). En los cortados que se levantan…¿hacia dónde?…¡bingo!, habéis acertado, veo que ya estáis aprendiendo: hacia el Oeste, hacia ese Occidente símbolo de la muerte, una profunda escotadura se abre en el desfiladero justo por donde muere el sol cada tarde. En la base de esa escotadura ya se excavaron las más antiguas tumbas entre las viejas tumbas de Abydos y donde Anubis, el señor de los muertos, tenía su reino.
egipto, reconstrucción de abydos
 
Esta imagen es muy mala, fotografiada directamente del ordenador y ya borrosa en la propia pantalla, correspondiente a Abydos. El templo es lo que se ve destacado en rojo. Sobre él en la figura, zona de tumbas. Pero la he puesto porque se ve muy bien la gran escotadura que se abre en la montaña. Hacia Occidente
Algo debo haber aprendido de Jose Ramón, o algo se me habrá pegado porque ahora, cuando miro las montañas que circundan mi casa ya no veo montañas, sino que me parece ver pirámides…
egipto, última tarde desde el hotel
           Vista desde la habitación del hotel. La última tarde en Egipto
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Sirenas, dragones, San Jorge y otros seres imaginarios

 

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Introducción
Ninfas y demás seres acuáticos sujetos a censura
Sirenas
Cantos de sirena…
La cafetería Starbucks y la sirena de dos colas, Melusina y la Mixopárzenos
Dragones y cocodrilos
“Matadragones” al servicio de la Iglesia: San Jorge y San Miguel
 
Introducción

Comienzo esta entrada con un título ya un tanto iconoclasta -por lo de San Jorge, como ser imaginario-. Si el ser humano, a lo largo de su historia, ha necesitado inventar seres extraños para ordenar su mundo, no ha dejado por ello de añadir nuevas figuras, añadidas a los diversos santorales (incluído el cristiano), con los que completar o

complementar el bestiario de los seres imaginarios. Hay un interesante libro, traducido al español como Psicoanálisis de los cuentos de hadas, del psicólogo austríaco Bruno Bettelheim, donde detalla los antiguos cuentos populares europeos poblados de ogros, brujas, madrastras y otros seres malvados. Aunque la Factoría Disney haya edulcorado cuentos como Caperucita Roja, Cenicienta, Blancanieves, Hansel y Gretel y similares dándoles un final feliz, en las versiones originales de final feliz nada: los niños que se “descuidan”, suelen acabar muertos o devorados por lobos, ogros y demás. Según Bruno Bettelheim los cuentos eran una formación, un “aviso” para los niños, advirtiéndoles de los peligros, nada imaginarios, que suponía confiar en desconocidos, porque había -y hay- mucha gente mala. Algo así nos ilustra la mitología, ordenando los personajes y clasificando el confuso mundo nos rodea.

Yéndonos un poco más allá y sólo como ejemplo, el complejísimo panteón hindú tiene en “plantilla” aproximadamente -lo dicen ellos- 330.000 millones de dioses, diosas, demonios y demás figuras mitológicas. Pero no voy a entrar esta vez en semejante laberinto. El santoral del cristianismo ya nos ofrece un espectro de unos cuantos santos, hoy día totalmente asimilados en la Iglesia, y de cuya veracidad histórica o, al menos, la leyenda tejida a su alrededor, podemos dudar sin riesgo de que nos quemen en la hoguera, por herejes. Santos como San Valentín, patrón de los enamorados, San Nicolás-Santa Claus (estupendo invento como el anterior para fomentar el comercio de regalos) o, el que nos atañe, San Jorge.
Seres inventados o seres híbridos (formados éstos cual collage, mezclando partes de unos y de otros), tales como las sirenas, los grifos, los minotauros, las esfinges o los centauros aparecen por todas las culturas, pero voy a ceñirme sobre todo a aquellos presentes en el mundo mediterráneo y, especialmente, su parte oriental: Asia Menor, Grecia, Egipto…foco y origen de nuestra civilización. Las tradiciones orales durante cientos -o miles- de años, la imaginación de los artistas que los representaron, las supersticiones y la mitología dieron forma a esos seres míticos, muchos de los cuales será ya imposible sacar de nuestra imaginación. Pero vayamos por partes.
Ninfas y demás seres acuáticos sujetos a censura
 
En Enero de 2.018 Clare Gannaway, coordinadora de la Galería de Arte de Manchester, mandó retirar de la vista del público el cuadro Hilas y las ninfas, del pintor prerrafaelita John William Waterhouse, pintado en 1.896. ¿El motivo?: por “cosificar” el cuerpo de la mujer, considerando su imagen como un…objeto pasivo y decorativo…(sic). La obra en cuestión se hallaba expuesta en una sala denominada En busca de la belleza (Gannaway, por cierto, dijo que era un mal título para aquel espacio) junto con otros desnudos femeninos del siglo XIX. En él se representaba una escena mitológica: Hilas, uno de los argonautas que acompañaban a Jasón en su búsqueda del vellocino de oro, fue encargado de buscar agua potable en una isla. Estando rellenando las cantimploras en un lago unas cuantas ninfas emergieron del agua, representadas en el cuadro como unas jóvenes a las que se ve, desnudas de cintura para arriba. Una de ellas besó a Hilas en la boca…y del mítico viajero nunca más se supo… Gannaway no sólo ordenó retirar el cuadro, sino además las postales a la venta en las que se representaba la escena…¿quién dijo que el puritanismo y la Inquisición habían desaparecido?…
Hilas y las ninfas
Hilas y las ninfas, el cuadro “escandaloso” de John William Waterhouse
Aunque acuáticas como las sirenas, las ninfas se limitaban a las aguas dulces y eran, según la mitología griega, habitantes de ríos, fuentes y naturaleza salvaje, en general. A diferencia de las sirenas, muestran un aspecto “normal”, de muchachas jóvenes, sin cola de pescado. De hecho la palabra “ninfa” proviene del griego, en su acepción de “veladas” o, por extensión, “novias” (que se velaban para la ceremonia). Pero ahí acaba su candor. De la palabra “ninfa” procede otro término con el que estamos más familiarizados: “ninfomanía”, término que se extendió desde la psiquiatría del siglo XX para definir el deseo sexual irrefrenable. Las ninfas, según la tradición griega, atraían a veces a los hombres con su belleza con la intención de seducirles y, a veces, acabar con ellos, como le pasó al pobre Hilas, protagonista muy a su pesar del escándalo del cuadro retirado por Clare Gannaway en Manchester.
 Y, al hilo de las ninfas y la ninfomanía, no puedo por menos que mencionar a la famosa novela Lolita. Escrita por el ruso Vladimir Nabokov, se publicó en 1.955 por primera vez en una editorial francesa al ser rechazado inicialmente por varias editoriales norteamericanas, tildado de pornográfico. El tema es conocido: trata de la obsesión sexual de un hombre de mediana edad por una adolescente de 12 años -la “Lolita” del título- a la que el protagonista, Humbert Humbert, se dirige a veces como “nínfula” = pequeña ninfa… En los últimos meses y al hilo del movimiento feminista #MeToo, como plataforma de denuncia contra acosos sexuales, se ha llegado a proponer la prohibición para su venta de Lolita en los Estados Unidos de América acusándola de pornográfica… igual que en 1.955, hace ya 63 años…¿he dicho antes que el puritanismo y la Inquisición habían desaparecido?…
No ha sido el único cuadro “escandaloso”. En el MET (Museo Metropolitan de Arte Moderno de Nueva York) hubo hace poco una denuncia, instigada por una vecina de Nueva York, para que retirasen otro cuadro: Teresa soñando, del pintor franco-polaco Balthasar Klossowsky, más conocido como Balthus. En el cuadro, pintado en 1.938, aparece la niña-musa parisina Thérèse Blanchard, a la edad de 12 o 13 años (otra “nínfula”), dormitando en un sillón y mostrando algo las bragas. La denuncia se basó por… incitar a la pederastia… (sic). Afortunadamente en este caso la dirección del MET emitió un comunicado en el que decía:..creemos en el respeto por la expresión creativa…negándose a retirar el susodicho cuadro. Cabría preguntarse dónde está la “suciedad”: si en el objeto en sí o en la mente de los que lo miran…
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Ulises y las sirenas, obra de 1.909 por James Herbert Draper. expuesto en la Ferens Art Gallery, de Kingston Upon Hull, en la comarca de Yorkshire, Inglaterra. Tan “provocador” como Hilas y las ninfas, pero en la Ferens a nadie se le ha ocurrido decir ninguna tontería.
 
Sirenas 
 
Circe me cogió de la mano, me hizo sentar separadamente de los compañeros y, acomodándose cerca de mí…me dijo estas palabras: Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a sus hogares, sino que los hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda…mas si tu desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil…y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a tus compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía… (Homero, La Odisea, canto XII).
En semejante narración, Homero nos cuenta la primera referencia escrita de las sirenas, de su canto y de sus peligros, aunque no detalla su número ni su aspecto…algo parecido al Evangelio de San Mateo en el que sólo habla de…unos magos de Oriente…(Evangelio de San Mateo, II, 1-2) sin decir su número, sus nombres ni, por supuesto, que uno para más detalle fuese negro. (Si alguien tiene  más curiosidad al respecto, le aconsejo que visite mi blog DersuLee y, en él, la entrada correspondiente a Sobre Reyes Magos, reliquias y evangelios). Según los diferentes estudiosos, La Odisea está escrita en el siglo VIII a.C. (el alfabeto griego comenzó a utilizarse en el siglo IX a.C.), compilado por diferentes poemas que se transmitían oralmente. Las primeras cerámicas griegas se decoran, en el periodo conocido como de las “figuras negras” en el siglo VI a.C., y se perfeccionan en el período llamado de las “figuras rojas” ya en el siglo V a.C. Es en este período de las “figuras rojas” en el que aparecen las primeras representaciones del tema “Ulises y las sirenas”, figurando éstas con cabeza humana y cuerpo y garras de ave.
 
Las sirenas forman parte de nuestra cultura occidental. Su imagen tan pintoresca de mujeres con cola de pez han invadido la iconografía de ciudades: la sirena de Copenhague, o el escudo de armas de Varsovia, por ejemplo, donde figura armada de espada y escudo: la popular “syrenka”. O de ciertos negocios como la cadena de cafeterías Starbucks, aunque no sea exactamente una sirena sino otra figura mítica: el hada Melusina. Hasta la Factoría Disney sacó su película de animación La sirenita, inspirada en el cuento del danés Hans Christian Andersen (del cual se representó la sirena de Copenhague)  y, en este mundo consumista y mercantilizado, hasta podemos conseguir en el mercado “colas de sirena” como complemento para disfraces, con las que incluyen cursos para nadar en el agua imitando sus movimientos…
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La sirenka de Varsovia, protectora de la ciudad, en la puerta de un taxi
 
Pero quitando esta moderna imagen idílica ofrecida por la Factoría Disney de La sirenita, y las colas para disfraces infantiles (y no tan infantiles), las sirenas han tenido a lo largo de la historia, salvo excepciones según países, un componente mucho más cruel y siniestro…como lo que apuntaba Bruno Bettelheim en el libro ya citado. De hecho, en sus comienzos las sirenas no ofrecían el aspecto archiconocido de mujeres con cola de pez, aunque una de sus primeras representaciones, en la cultura asiria (más de mil años antes de Cristo), una tal diosa Atargatis, sí es representada como mitad mujer, mitad pez. Por contra, en la cultura egipcia, se representa a , el alma del difunto, con un aspecto de ser humano pero con cuerpo de ave, aunque en este caso era el alma del difunto y no una sirena como tal. Bâ, como tal representación, aparece indistintamente con cara de hombre (siempre con barba) o de mujer, según el sexo del difunto.
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                                                      Sirena. Museo de Olimpia
Es en la cultura griega donde aparecen las primeras representaciones de sirenas, pero con una imagen donde se las ve como figuras con cabeza y pecho de mujer, y con el cuerpo, alas y garras de ave. Suelen estar en peñascos sobre el mar, y una característica es que aparecen acompañadas de instrumentos musicales: arpas, flautas, cítaras o panderos. Porque se asocia a las sirenas con la música, o con un canto armonioso y seductor con el que atraían a los marineros a la costa haciendo que naufragasen y devorándolos, dejando sus restos en las playas.
Los nombres de algunas de ellas, en la compleja mitología griega, evocan su capacidad seductora: Molpe (“canto”), Aglaófonos (“la de voz espléndida”), Telxíepia (“la que dice palabras que embelesan”), Ligia (“la de voz clara”), Telxíonoe (“la que encanta con su mente”), Telxíope (“la irresistible”) o Aglaope (“la de aspecto espléndido”)…
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Sirena tocando el aulós (flauta doble) ante Ulises, 550-600 a.C. Sobre un lekythos (jarra de cuello alto y estrecho con una sola asa, para contener aceite o pomadas). Origen etrusco. Museo arqueológico de Atenas
Inicialmente las sirenas están asociadas a los fantasmas de los muertos, o bien a genios que controlaban el paso hacia las llamadas Puertas de la Muerte. Algo así como esa imagen mencionada del  egipcio, representación del alma del difunto, encargado de guiarle en su confuso camino al más allá. Más adelante es cuando asumen la imagen tétrica de engañadores de los marineros, a los que conducen a la perdición (al fin y al cabo, a la muerte). Las imágenes más arcaicas de sirenas pueden ser masculinas (con barba) o femeninas. Es sólo a partir del siglo VI a.C. cuando las figuraciones se vuelven exclusivamente femeninas.
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Sirena mirándose al espejo. sosteniendo un pandero (en horizontal). Vaso de Paestum. Museo Arqueológico de Atenas.
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Parece igual a la anterior, pero no lo es, aunque posiblemente sea de la misma escuela, si no del mismo autor. Vaso procedente también de Paestum, pero en este caso en el Museo Arqueológico de Nápoles.
Al comienzo de esta parte ya he reflejado la historia más famosa, ampliamente representada en la cerámica griega: la de Ulises y las sirenas, narrada en el canto duodécimo de La Odisea. En ella, deben pasar para regresar a Itaca por el peligroso paso entre Escila y Caribdis, lugar de fuertes corrientes y remolinos (hoy día identificado como el estrecho de Mesina, que separa la isla de Sicilia y la península itálica). Pero la hechicera Circe, que le ha cogido “cariño” a Ulises tras un año de convivencia en su isla de Eea le advierte: en sus promontorios las sirenas acechan para seducir a los marineros con sus cantos, distrayéndolos y  provocando su naufragio. En las cerámicas vemos repetidamente la escena: Ulises atado al palo, mientras las sirenas con su cuerpo de ave sobrevuelan la embarcación, intentando seducirles.
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Fresco pompeyano representando a Ulises y las sirenas, atravesando el peligroso paso entre Scila y Caribdis
Stamnos, 480, British M.
Cerámica ática de figuras rojas representando a Ulises y las sirenas, aprox. 480 a.C. Vaso stamnos (recipiente ancho con dos asas y que solía usarse para contener vino) en el British Museum
Cerámica ática IVa.C.
 
Otra imagen de Ulises y las sirenas. La de la izquierda porta un arpa y la de la derecha un pandero
Será más adelante, a partir del siglo X y en Europa Occidental, donde su imagen de mujer-ave va dando paso a la imagen de mujer-pez. Todavía en los Bestiarios de la época carolingia (siglos IX) como el del Phisiólogo de Bruselas, aparecen como mujeres-ave. Más adelante, serán mujeres-pez. La primera mención aparece en el Liber Monstrorum, un Bestiario del siglo VII o VIII atribuído, casi con total seguridad, al monje benedictino anglosajón Aldhelm de Sherborne. El autor nos cuenta:
son doncellas marinas que engañan a los navegantes con su gran belleza y la dulzura de su canto; de la cabeza al ombligo tienen el cuerpo de vírgen y forma semejante al ser humano, pero poseen una escamosa cola de pez que siempre ocultan el mar…
Posiblemente en las costas atlánticas de Francia, Irlanda, Inglaterra y Escocia, de costas rocosas y azotadas por un mar bravío y frecuentes tormentas, escenario de naufragios y donde se mantienen todavía leyendas populares de sirenas, la presencia habitual de las focas y algunos cetáceos pudo favorecer la creencia en mujeres-pez, seres fantásticos con poder sobre el mar y causantes -o protectoras- ante las tempestades.
Está claro que tanto focas como cetáceos eran animales bien conocidos por los habitantes de la costa, pero la lógica superstición de los habitantes y pescadores pudo llegar a hacerles creer en esos seres, causantes de tantas desgracias. En la tradición británica hacen una distinción entre siren mermaid. La diferencia es un poco difusa. Las mermaid: “doncellas o -más exactamente- criadas del mar” tienen el típico aspecto de mujer-pez. Las sirens, aún teniendo el mismo aspecto, son personajes más seductores, causantes de encantamientos en los pobres mortales que sucumben a sus encantos.
Monstrorum Historia 1600
Ilustración ya más fantasiosa de una sirena-demonio en la Monstrorum Historia, de Ulisse Aldobrandi, de Bolonia (1.600)
Hasta Colón las menciona en sus Diarios, narrado esta vez por fray Bartolomé de las Casas
 
el día pasado, cuando el Almirante iba al Río de Oro, dijo que vió tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna forma tenían forma de hombre en la cara… 
Seguramente lo que Colón vio fueron manatís, un mamífero de vida acuática de la familia de los sirénidos (al que le puso nombre a la familia, también se lo debieron recordar) habitantes del Caribe y también conocidos como “vaca marina”, y cuyo remotísimo parecido a una mujer es la posición de las mamas, en posición pectoral. Podemos imaginar a los desesperados marineros, tras meses de navegación y sin mujeres -con lo que ello supone de “ansiedad sexual”- en los barcos que, tras otear en el mar semejantes criaturas, en posición vertical y ,para colmo, con “un par de tetas”, se les desbocase la imaginación. Aunque, como bien puntualizó el Almirante…no eran tan hermosas como las pintan… Cabezas gordas, calvas y de gruesos belfos…desde luego, de “sexys” nada…aunque a algunos marineros, quizá ni les hubiese importado demasiado…
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Ilustraciones de “sirenas” de las costas americanas por viajeros españoles en la época del Descubrimiento
Cantos de sirena…
Si hay algo que define a las sirenas -además de su aspecto mixto- es su canto seductor. Su nombre parece proceder del púnico sir = “canto”, aunque hay estudiosos que lo relacionan con el griego clásico seiren = “las que encadenan”. Aunque su iconografía, como númenes encargados de conducir a los hombres hasta las Puertas del Más Allá, sea frecuente en todo el Mediterráneo Oriental, las sirenas como mujeres-ave son situadas por los antiguos griegos justo en la mitad sur de la península itálica, en lo que, siglos antes de la formación del Imperio Romano, se conoció como la Magna Grecia: conjunto de colonias griegas que dieron lugar a la fundación de numerosas ciudades, tanto en Italia como en Sicilia. Zona, por tanto, muy bien conocida y recorrida por los antiguos griegos.
Pero es en una región concreta donde la “presencia” de las sirenas es más numerosa, lo que demuestra la cantidad de santuarios dedicados a ellas, en el territorio que discurre entre Nápoles (fundada por los griegos en el siglo VII a.C. y bautizada como Neápolis = “la ciudad nueva”) hasta las ruinas de Paestum, cuyos templos son los mejor conservados del mundo griego, manteniéndose en pie como en sus comienzos, jamás derruidos. En especial, la zona del golfo de Nápoles con sus islas (Ischia y Capri), las ciudades de Sorrento y Salerno y, más en concreto, la bellísima Costa Amalfitana. Y, frente a la ciudad amalfitana de Positano, las islas de Li Galli, que podríamos traducir como “las de las aves” o “las de las codornices”, aunque conocidas también popularmente como Le Sirenuse (¿por qué será?)…
A Nápoles a veces se la conoce como “la Partenopea”, por la tradición que dice que cuando Ulises, tras superar con éxito el “acoso” de las sirenas, éstas se vieron condenadas a morir por su fracaso, arribando a las costas de Nápoles el cadáver de una de ellas: Parténope (con el muy sugestivo nombre que podemos traducir del griego como “la de aroma de doncella”), a la que se dedicaron templos. A veces se sitúa la localización de las sirenas en islas como Ischia o Capri, pero si hay un lugar con más papeletas para ser la “patria” de las sirenas, éste sería el pequeño archipiélago de Li Galli (recordemos: Le Sirenuse)…
El geógrafo griego Estrabón ya identificó a las sirenas con estas islas a las que llamó, ¿cómo?: pues precisamente, Sirenai…Los poetas latinos Virgilio y Ovidio también coinciden en situar a las sirenas en este lugar. Li Galli consta de tres pequeñas islas. La mayor, Gallo Lungo (“La Grande”), con una silueta que recuerda mucho a la de un delfín, en forma de media luna, de poco más de cuatrocientos metros de larga. Frente a su costa occidental y a una distancia entre doscientos y trescientos metros las otras dos: al norte Castelluccia (también conocida como Gallo dei Briganti) y La Rotonda, al sur.
Li Galli
                                                             Mapa de Li Galli
Buscando información sobre el canto de las sirenas encontré un detallado trabajo publicado en 2.007 por el Departamento de Historiografía y Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid, y cuya autora es María Isabel Rodríguez López, titulado La música de las sirenas. Si tenéis curiosidad por saber más os lo recomiendo, lo podéis encontrar en Google. En él hacía relación, entre otras cosas, a un trabajo realizado por Wolfgang Ernst en el año 2.005, de la Universidad Humboldt de Berlín, titulado a su vez Resonance of Siren Songs (fácil de traducir: “La resonancia del canto de las sirenas”). En él estudiaron un fenómeno, sin duda ya conocido desde la antigüedad: la amplificación del sonido entre las tres islas.
El hecho es que la costa occidental de Gallo Lungo (la isla grande), frente a la cual están las dos islas más pequeñas, presenta una forma cóncava y sobre ella, un acantilado. Cuando desde las islas pequeñas o, aún mejor, desde un barco situado entre ambas islitas, se produce un ruido no muy grande, tales como voces o incluso el sonido de un objeto al caer sobre la cubierta del barco, dicho sonido rebota llegando hasta una distancia de 400 metros, produciéndose desde la pared curva del acantilado una multiplicación sonora por la reflexión acústica, como un amplificador natural, similar al efecto acústico dentro de una bóveda o el de los anfiteatros griegos, en cuyas gradas más altas se podía escuchar como si estuviesen al lado el susurro de los actores en el escenario. Es lo que se conoce en acústica como una “interferencia constructiva”.
Así, el sonido producido entre las islas pequeñas reverbera en la isla grande, sumándose en los barcos por una parte  el sonido original (por ejemplo, las voces de los marineros) y además el mismo sonido multiplicado, deformado por la resonancia, con aumento de la sonoridad. Sin duda, y más en aquellos tiempos, un efecto inquietante, el de esas voces multiplicadas que venían de la isla a nuestro paso, y que sin duda contribuyó a crear el mito del canto atrayente de las sirenas.
La cafetería Starbucks, las sirenas de dos colas, Melusina y la Mixopárzenos
Starbucks, actual
 
                                         El conocido logo actual de Starbucks
…El primer oficial del Pequod era Starbuck… Con esta frase comienza el capítulo 26 de la famosa novela Moby Dick, la de la ballena blanca y, precisamente por esta razón, tres amigos de Seattle: Jerry Baldwin (profesor de inglés), Zev Siegel (de historia) y Gordon Bowker (escritor), amantes de la literatura, el café y el mar, escogieron “Starbucks” como nombre para la tienda de cafés, tes y especias que en 1.971 abrieron en el mercado de Pike Place, junto a los muelles de Seattle, en el estado norteamericano de Washington. Hoy día cuenta con más de 26.000 sucursales en 50 países del mundo. Bien, ya sabemos de dónde tomaron el nombre pero, ¿de donde sacaron su imagen, tan característica?…
Buscando algún motivo que recordase temas marinos, encontraron la imagen de un grabado medieval en madera, donde se representaba a Melusina como una sirena de dos colas, un hada de la literatura medieval francesa, descrita en la Historia de Lusignan por Pierre D’Arras. Melusina personifica el mito, pero la imagen de una sirena con dos colas de pez es bastante más antigua y ya hay figuras griegas donde se las representa.
Posteriormente y en el románico europeo, la encontramos con frecuencia adornando capiteles. Pero su imagen, al contrario que las de las sirenas “clásicas” no es la de las mujeres-ave que seducen sólamente con sus cantos, representaciones de seres que conducen a los hombres al Más Allá, sino figuras con un claro significado sexual: con pechos visibles y piernas-colas bien abiertas, a menudo con el sexo visible, imagen de la tentación y del pecado.
Vittore dei Ravani, 1538
La Melusina, imagen del tipógrafo veneciano Vittore dei Ravani (1.538) sobre el grabado de Aldo Manuzio. Manuzio fue un impresor especializado en obras clásicas griegas. Por esa razón la leyenda que rodea a Melusina está en griego, y no en latín.
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                                 Sirena de dos colas en el Museo Arqueológico de Atenas
La cafetería Starbucks no pudo permanecer inmune a esta escandalosa sexualidad, para la mentalidad puritana norteamericana. Mientras que en sus primeras imágenes se veía una figura completa, de cuerpo entero y mostrando sus pechos, el logo de la casa fue evolucionando, borrando en cada paso los pechos, recortando su figura y quedando como la podemos ver hoy, con una cara virginal, los cabellos tapando el poco cuerpo que se ve y el extremo de sus dos colas sujetas por las manos. Otra muestra más de censura de lo “políticamente incorrecto”…
Starbucks original
                              Logo original de Starbucks en 1.971, más “provocador”
Capitel románico, Valladolid
Iglesia de San Juan Evangelista en Arroyo de la Encomienda, Valladolid
Románico de Gerona
                              Abadía benedictina de Sant Pere de Galligans, en Gerona.
Hemipárthenos
 
Y como tercer ejemplo, capitel en la ermita románica de Cerezuelo (Segovia)
Un mito antiguo de la sirena de dos colas, a veces de pez, a veces de serpiente, la encontramos en otro mito: el de la Mixopárzenos (o lo que es igual: en griego, “la semi-vírgen”). Cuenta la leyenda que Hércules se vio obligado a cumplir con sus Doce Trabajos. El Octavo consistió en capturar las cuatro yeguas del rey Diómedes, animales salvajes que comían carne humana. Pero, tras vencer a Diómedes y domar a las yeguas, estando en lo que hoy sería el sur de Ucrania perdió las yeguas de su carro. Algo parecido a lo que cantaba Manolo Escobar, aunque en este caso no le robaron el carro, sino las yeguas.
Buscándolas llegó hasta el frondoso bosque de Hilea, hoy desaparecido, cerca de la actual ciudad de Jersón (en la ribera del río Dnieper, a unos 30 kilómetros de su desembocadura en el Mar Negro), en el que al fondo de una cueva encontró una mujer, con dos colas de serpiente en vez de piernas y de apariencia al parecer nada agraciada: la Mixopárzenos, que le puso como condición para devolverle sus yeguas que fuese su amante. La tal Mixopárzenos no debía ser ninguna belleza pero, Hércules, habituado a los más duros trabajos y por recuperar sus yeguas, cumplió con su parte. Continúa la leyenda diciendo que el menor de los tres hijos que tuvo con ella, Escites, fue el padre de los primeros guerreros escitas, jinetes nómadas muy diestros con el arco y habitantes de las estepas rusas que tanta importancia tuvieron en el mundo antiguo.
Si en Europa Occidental la Mixopárzenos no es figura conocida, en la antigua cultura de Ucrania, la de los escitas, sí lo fue. Hay que considerar que la cultura de éstos nómadas no era la griega, sino la irania, con otros dioses y semidioses. Aunque en todo el Mar Negro hubo numerosos contactos entre las colonias griegas y los nómadas escitas, la presencia de la Mixopárzenos es frecuente en monumentos o en la rica joyería de oro con que los escitas se adornaban ellos, y a sus caballos. Los escitas, poco a poco, fueron helenizándose y en las ciudades costeras del Mar Negro fundadas por mercaderes procedentes de Mileto (frente a la costa mediterránea de Turquía), convivieron ambas culturas. En la antigua ciudad de fundación milesia de Panticapeo (la actual Kerch, situada al extremo oriental de la península de Crimea), hubo dos grandes estatuas de la Mixopárzenos flanqueando, como diosas protectoras, la entrada de la ciudadela. Hoy día una de ellas puede verse en el museo de Kerch, figurando como siempre de frente y sujetando sus dos colas. No es una sirena, no es Melusina…no es una sucursal de Starbucks…es la Mixopárzenos, de la que tan orgullosos siguen mostrándose los orgullosos descendientes de los orgullosos escitas.
Mixopárzenos museo de Kerch, 1
                                         La Mixopárzenos, en el museo de Kerch
 
Dragones y cocodrilos
 
Otra figura muy presente en el imaginario popular, es el dragón. Pero podemos distinguir entre los “orientales” (China, Japón, Corea, Vietnam), benéficos, símbolos del conocimiento y de la fuerza, y los “europeos” que son los que nos interesan, personificación del mal y de la destrucción. Hasta tal punto se han popularizado que no hay casi ciudad donde no aparezcan, siendo hoy día motivo más de fiesta que de horror en ciudades como Tarascón con su Tarasca, en el sur de Francia, diferentes localidades de Bélgica y, en nuestro país, las diferentes Tarascas de Granada, Valencia o Toledo o, más personalizadas, la Patum de Berga, el Drach de Vilafranca, la Mulassa de Reus o, un poco más apartada de su original zona mediterránea, la Coca de Redondela.
Obviamente estas tarascas populares daban de todo menos miedo. Ya metidos en “cachondeo”, hasta Madrid tuvo sus tarascas, que salían en procesión durante la festividad del Corpus Christi en el siglo XVII hasta que Carlos III las prohibió por “atentar contra la moral”…otra censura más. Se puede entender esta prohibición viendo las pinturas que las representaban: monstruos de grandes senos (recalcando su condición femenina) y con un cortejo de personas disfrazadas, más propias del Carnaval que del Corpus, con toda la pinta de estárselo pasando muy bien, con el jolgorio y la irreverencia típicos de los madrileños…
Tarasca de Tarascón
Imagen de comienzos del siglo XX de la procesión de la Tarasca, en la ciudad francesa de Tarascón. En ella podemos ver representado, tal y como la leyenda cuenta, cómo una joven condujo al monstruo con la única ayuda de una cinta de su vestido
Tarasca de Madrid, 1663Tarasca de Madrid
 
Representaciones de Tarascas en la procesión del Corpus Christi en Madrid. 1.663 y 1.670
 
Pero no siempre los dragones fueron tan festivos. Desde sus comienzos, los artistas que los representaron quisieron dejar bien claro, casi como si compitiesen entre ellos, que se trataba de la personificación del mal. Así aparecen con una, dos y hasta cien cabezas que escupen fuego, armadas de crestas y fuertes colmillos, con alas membranosas al estilo de los murciélagos o de los demonios, con patas robustas de grandes garras, y cuerpos de aspecto reptiliano, acorazados y de largas colas…Sabemos que la imagen del dragón es muy antigua pero, ¿de dónde surgió la idea, cómo empezó a formarse la imagen del dragón?…
El antropólogo de la Universidad de Florida David E. Jones, aventuró en el año 2.000 (no sin cierta controversia) en su libro An Instinct for Dragons, la interesante tesis de que el ser humano, tras millones de años de evolución, hemos desarrollado al igual que los primates, reacciones instintivas de pánico ante animales que eran nuestros más peligrosos predadores: los grandes felinos, las grandes aves de presa con sus garras, y las serpientes… Desde luego he podido observar directamente que hasta los monos más pequeños (titis, cercopitecos o macacos) muestran auténtico terror, no ya ante serpientes verdaderas, sino incluso ante una correa agitándose ante ellos… Y los seres humanos manifestamos como mínimo rechazo, si no miedo, ante las serpientes.
En una encuesta realizada en los Estados Unidos las serpientes (junto a las arañas, otro “bicho” peligroso y, curiosamente, los gatos, posiblemente como felinos que son) eran los animales que más rechazo producían en las personas. Podemos imaginar para nuestros no tan lejanos parientes del Paleolítico, habitantes de selvas, pantanos y riberas de ríos, el terror que podría despertar en ellos la visión de grandes serpientes…o de cocodrilos. De ahí a creerles encarnación de demonios, sólo hay un paso.
Y aquí llegamos al posible origen de las grandes serpientes y, sobre todo, de los cocodrilos, como “antepasados” de los dragones. El conocido como cocodrilo del Nilo (Crocodylus niloticus) era un gran predador extendido en África del norte y no sólo por el Nilo, hasta su desembocadura en el gran Delta, territorio laberíntico que se extiende por un área de 200  por 150 kilómetros, llena de brazos, lagos y zonas pantanosas. Incluso, históricamente, hasta ríos de Marruecos, tales como el Draa, tuvieron cocodrilos.
Actualmente el Ued Draa es río de poco caudal, fronterizo con Argelia  al sur en parte de su recorrido, que forma un hermoso palmeral de 200 kilómetros hasta Zagora pero que desaparece tragado por las arenas del desierto (como nuestro Guadiana) para reaparecer poco antes de su desembocadura en el Atlántico, cerca de Tan-Tan. Pero en el siglo X era el río más largo de Marruecos (1.100 kilómetros) y en los siglos XIII y XIV está documentado como río caudaloso y habitado por cocodrilos hasta su desembocadura.
Hoy día en Egipto los cocodrilos han sido muy cazados y están prácticamente exterminados en el Nilo egipcio. Tras la construcción de la gran presa de Assuán (formando lo que se conoce como el lago Nasser) se estableció una barrera con lo que los cocodrilos procedentes de Sudán ya no bajan por su corriente, pero en tiempos históricos infestaban sus riberas y el Delta hasta su desembocadura: grandes ejemplares de hasta 6 y 8 metros de largo, muy capaces de atrapar personas y, como mínimo, darles grandes sustos “de muerte”…si no la muerte, directamente. Pero hay más: al igual que los grandes y peligrosos “cocodrilos de agua salada” (Crocodylus porosus) del sudeste asiático son capaces de recorrer muchos kilómetros nadando en mar abierto, los cocodrilos del Nilo también pueden aventurarse en el mar.
No es descabellado pensar que un animal como éste, muy abundante hasta hace poco en las mismas orillas del Mediterráneo, pudiese nadar lejos o, costeando, alcanzar zonas pantanosas ribereñas de Asia Menor o de Europa, afincándose en diversos humedales y lugares propicios. En el último siglo han desaparecido debido al desecamiento (para cultivos) o para su explotación como salinas más de un 50% (hasta un 90% según zonas) de los humedales mediterráneos. Pero hasta hace nada estaban repartidos por toda la zona costera, en forma de marismas, deltas, estuarios, llanuras de inundación o lagunas salinas.
Nos resultan más conocidos los grandes humedales actuales (aunque ya “domesticados” y reducidos) como el delta del Ebro, el del Ródano (que forma la región de la Camarga, en Francia), el del Guadalquivir (Doñana) o la Albufera de Valencia. Pero estaban muy extendidos, repartidos por diferentes países: el delta del Po en Italia, el río Strymion en Grecia, el río Júcar en España, el delta del Axios en Grecia, Utique y Ichkeul en Túnez, el delta del Kizlimak en Turquía, el Estanque de Santa Gila y la laguna Orbetello en Cerdeña (Italia), la albufera de Mallorca…la lista sería casi interminable…
En muchos de estos lugares (y no lo digo yo, lo confirman autores más “serios”) la aparición, si no frecuente sí esporádica de algún cocodrilo pudo aterrorizar a los lugareños de la zona. Los egipcios ya estaban acostumbrados a ellos, pero en el sur de Europa eran animales desconocidos. Es fácil imaginarlo: grandes animales, muy agresivos, que surgían de repente de la orilla con enormes bocas llenas de colmillos atrapando a quien se descuidaba, arrastrándoles bajo el agua para devorarles ante los gritos de los testigos… La imaginación de aquellos pobres desgraciados seguramente les hizo pensar que algún demonio les estaba castigando.
Sólo bastó la imaginación posterior para irles adornando, en cuadros y esculturas, con detalles escabrosos: alas membranosas, grandes garras y amenazadoras  bocas llameantes. Y, llegando a nuestros tiempos, donde las multinacionales del entretenimiento han descubierto sus posibilidades comerciales, para hacerles protagonistas de series de televisión (como los que aparecen en Juego de Tronos) o películas y juegos de rol de ambientación guerrera y heroica, como las muy acertadamente bautizadas Dungeons and Dragons: “Dragones y mazmorras”… Faltaban aún siglos para que el cristianismo hiciera su aparición y se sacara de la manga un héroe con suficiente talla como para poder someter al diablo: San Jorge.
“Matadragones” al servicio de la Iglesia: San Jorge y San Miguel
 
La Iglesia cristiana ha demostrado con creces su capacidad sincrética para asimilar y llevarse a su terreno lugares sagrados: numerosas ermitas donde antes hubo templos paganos, por ejemplo, y santificando de paso antiguas divinidades y rebautizándolas, “reciclando”, podríamos decir, añadiéndolas a su santoral, tales como los antiguos cultos mediterráneos de Isis, convertidos ahora bajo la luz del cristianismo en nuevas versiones de la Vírgen María (en sus numerosas manifestaciones). Ejemplos hay muchos, pero no son el tema de esta entrada. El que sí me interesa ahora es la figura de San Jorge, el “matadragones” por antonomasia. El otro “matadragones” es San Miguel Arcángel, considerado como capitán de los ejércitos de Dios:
… hubo un gran combate en los Cielos. Miguel y sus arcángeles lucharon contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar en el Cielo para ellos. Y fue arrojado el Dragón, la Serpiente Antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él… (Apocalipsis, 12, 7-9).
Se le representa también frecuentemente a caballo, armado con lanza y combatiendo al dragón aunque, en su calidad de arcángel, no se le atribuya existencia histórica. La única diferencia con las imágenes de San Jorge es que San Miguel, por su categoría de arcángel, aparece adornado con dos alas a la espalda, como todo buen ángel que se precie. Lo interesante, o curioso, es que al Arcángel Miguel se le reconoce autoridad como capitán de los ejércitos divinos no sólo en la cristiandad (en las iglesias católica, ortodoxa, copta y anglicana), sino asímismo en la religión judía, donde se le denomina “Príncipe de las Naciones” y protector de las sinagogas, y también en la religión musulmana. Para los musulmanes, Miguel (llamado Mijal en el Corán) es uno de los cuatro arcángeles junto a Izrail, Israfil y Yibril, y el ángel principal encargado de la entrega de bendiciones.
La historiografía cristiana está llena de libros con vidas de santos o, como se llaman más técnicamente, las hagiografías. Si los santos modernos son más comprobables, en el caso de los primeros tiempos del cristianismo con sus largas secuelas de mártires, son un campo abonado para crear santos, santos por otra parte cuya comprobación histórica es bastante más difícil, teniendo en cuenta además que las fuentes son todas cristianas y, por tanto, parciales, nada objetivas. Y dicho este “anatema” que en otros tiempos me podía haber costado la hoguera, pasemos a la vida de San Jorge.
Dicen las fuentes cristianas que Jorge nació en Capadocia (dentro de la actual Turquía) entre los años 275 o 280. Hijo de un oficial romano se incorporó al ejército imperial, destacando al punto de ser nombrado antes de los 30 años como tribuno, llegando a formar parte de la guardia personal del emperador Diocleciano. Cuando éste decretó una persecución contra los cristianos Jorge se negó, al haberse convertido por influencia de su madre, siendo por ello decapitado en el 303 en Nicomedia.
Su culto comenzó pronto: durante el reinado de Constantino (hasta el 337) ya había una iglesia en Dióspolis (una antigua colonia romana en Palestina, bautizada como Lydda en la época bizantina y actualmente Lod, en Israel) donde se le rendía culto.Y entre los años 518 y 530 el archidiácono Teodosio relata que Dióspolis era el centro del culto de Jorge. Pero, incluso la Iglesia, mantenía sus dudas: en el 494 fue canonizado por el Papa Gelasio I que, prudentemente, lo incluyó con…aquellos cuyos nombres son justamente reverenciados, pero cuyos actos sólo con conocidos por Dios…
 
De acuerdo con la Enciclopedia Católica, el texto más antiguo preservado sobre la vida del ya declarado santo se encuentra en el Acta Sanctorum, redactado por los jesuítas a partir de 1.615 y declarado por la propia Iglesia como… lleno de extravagancias y maravillas más allá de cualquier credibilidad… Y entre estas “extravagancias y maravillas” es donde encontramos la leyenda del dragón, junto a cuya imagen aparece ya para siempre San Jorge como el “matadragones”.
¡Ojo!: no niego la existencia de Jorge de Capadocia, más conocido como San Jorge. Sí que pudo haber un soldado romano, mártir por su cristianismo, de nombre Jorge, y a cuyo alrededor se crease un culto. Ejemplos de mitos con base histórica hay muchos. Lo que es más difícil de creer es su faceta más conocida, la de “matadragones”, ante la cual hasta la propia Iglesia se muestra, como poco, prudente.
La leyenda del dragón aparece ya en el siglo IX como parte de la Leyenda Aurea, compuesta por Santiago de La Vorágine, arzobispo de Génova, y se considera el posible origen de todas las leyendas y cuentos de hadas sobre caballeros, princesas y dragones en Occidente, aunque hay antecedentes, tales como el mito griego del héroe Perseo, que decapitó a la gorgona Medusa para salvar a Andrómeda, o el de Sabacio (Sabazius para los romanos), padre celestial de los frigios, que se representa siempre a caballo arrollando a una gran serpiente. Otra posible alternativa es la de una manifestación terrenal de Miguel Arcángel, capitán de las huestes celestiales y al que se representa a menudo matando dragones, aunque a veces la única diferencia entre ambos y como señalé antes, es que San Miguel, como tal arcángel, tiene alas.
La leyenda occidental medieval como tal cuenta que, en una ciudad sin identificar, apareció un día un dragón que hizo su nido en la fuente de la que se abastecía la ciudad. Para poder conseguir agua, los ciudadanos debían apartar al dragón de la fuente, ofreciéndole un sacrificio humano, seleccionando a las víctimas al azar. Un día le tocó en suerte a la desgraciada princesa pero, cuando el dragón iba a devorarla, apareció por allí, como quien no quiere la cosa San Jorge, montado en su blanco caballo y armado con lanza, con la que mató al dragón liberando a la doncella y de paso a la ciudad. Y con semejantes mimbres se tejió la leyenda de San Jorge el “matadragones”.
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Imágenes de época bizantina de San Jorge y el dragón. Museo Benaki de Atenas
Y con semejante leyenda, la fama de San Jorge creció y creció, llegando a convertirse en el patrón de los cruzados que defendían Tierra Santa, siendo declarado además Gran Mártir de Grecia, patrón de las coronas de Aragón y Portugal, de la ciudad de Barcelona, de la de Cáceres y otras muchas, de Inglaterra, de Rusia, de Ucrania, de Malta…pero donde vino la nota curiosa fue al tener que declarar un santo patrón a la recién reconquistada ciudad de Jaen.
Tras dos fallidos asedios en 1.225 y 1.230, el rey de Castilla Fernando III el Santo consiguió por fin rendir la ciudad árabe de Yaiyán, la actual Jaén, en 1.246. Su orografía montañosa y la posición del castillo en lo alto (donde ahora se encuentra el Parador Nacional, con unas vistas magníficas) la habían hecho inexpugnable durante el periodo de los reinos de taifas. Pero una vez rendida y con toda su población musulmana presente, Fernando III necesita una figura patronal, un santo con el que poner a la ciudad bajo su advocación. El patrón del reino de Castilla es Santiago, pero la figura de Santiago “Matamoros” puede ser mal visto, no ya como “extranjero”, sino como ofensivo para los musulmanes jienenses (se ve que lo de la “corrección política” no viene de ahora), aunque no obstante y ya que Fernando III lo tenía como patrón, tiene su capilla en la catedral, incluyendo un cuadro donde se le ve decapitando con entusiasmo  sarracenos a lomos de su caballo blanco.
Un santo muy adecuado podría ser San Jorge pero, ¡ay!, San Jorge ya estaba “adjudicado” como patrón protector del reino de Aragón, su competidor, y que están viendo con muy malos ojos la expansión castellana como una amenaza para los aragoneses. Descartado San Jorge. Pero Jaén también tiene su dragón o, en este caso, “el lagarto”, con su correspondiente leyenda. Posiblemente viejas tradiciones de la cultura ibérica (ribereña del Mediterráneo, con ocasionales presencias de cocodrilos), con figuraciones de dragones y serpientes que han pervivido en el imaginario popular. La iglesia de la Magdalena, la “Malena” para los jienenses, fue una de las primeras iglesias construídas,  justo al lado de la mezquita, Una fuente al lado (moderna) representa una figura de cocodrilo, precisamente. El santo elegido como patrón protector de la ciudad fue, al final, San Miguel Arcángel. Un “matadragones” que como ya vimos, está integrado en el “santoral” musulmán y, por tanto, bien aceptado por los habitantes recién asimilados a la corona de Castilla. Toda una lección de diplomacia política.

Índice general (16/10/2018)

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Mis vicios inconfesables:                                                                                                                   -Cómo hacer un desamarre en Tánger (y no liarla).                                                                       -Carnavales de Cádiz.                                                                                                                             -Una carta de amor.                                                                                                                               -Stripper por un día o, ¡lo que hay que hacer por las amigas!.                                                     -El velatorio de Franco.                                                                                                                         -El día de los narcisos.                                                                                                                           -Picnic en el Ganges.

Ciencia y naturaleza:                                                                                                                           -La flora bacteriana: un kilo de bacterias en los intestinos.                                                         -La leche: ¿buena o mala para nuestra alimentación?.                                                                –Los mitos de la ciencia.                                                                                                                       -La acupuntura. ¿Trucos de chinos?.                                                                                                  -Las vacunas, ¿ángeles o demonios?.                                                                                                  -Linces en Andujar.                                                                                                                               -El día de los narcisos.                                                                                                                            -El soplado vaginal de las vacas.                                                                                                          -Chapapote. Ayudando a las víctimas.                                                                                               -Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama.                                                                            -Balleneros vascos en la antigüedad. Ballenas, bacalao y piratería                                            -Árboles míticos

Viajes:                                                                                                                                                 – Águilas, kazajos y yurtas                                                                                                                      -Argelia: viaje a las pinturas rupestres del Tassili N’Ayer.                                                            -Argelia: a pie por la cordillera del Tefedest.                                                                                    -Marruecos, hasta el Medio Atlas: monos, broncas y deserciones.                                               -Mauritania: entre ciudades perdidas y AlQaeda.                                                                          -Bamako a Tombuctú, o de cómo sobrevivir en el intento.                                                            -Picnic en el Ganges.                                                                                                                              -Berlín, otra visión.                                                                                                                                 -Tombuctú o, mejor, Timbuktú.                                                                                                           -Viaje en el Transiberiano por la antigua U.R.S.S. (pendiente redacción).                                 -Tras las huellas de Buda: India y Nepal                                                                                             -Carnavales de Cádiz                                                                                                                             -Rocadragón, los cachalotes de Franco y el rodaballo

Historia:                                                                                                                                                        -El largo peregrinar de los manuscritos árabes. 1ª parte: la Biblioteca de El Escorial.             -El largo  peregrinar de los manuscritos árabes. 2ª parte: la Fundación Kati.                           -Españoles en Viet Nam: la guerra secreta.                                                                                       -El velatorio de Franco.                                                                                                                         -Eulogio, el obispo cordobés que no sabía quien era Mahoma.                                                   -Una de romanos: Titulcia, la vía XXIX y Gonzalo Arias.                                                               -La Sierra de Guadarrama en la Edad Media. 1ª parte: el dominio árabe.                                 -La Sierra de Guadarrama en la Edad Media. 2ª parte: la Reconquista.                                     -Prisciliano: ¿quién está enterrado en Compostela?.                                                                      -Héroes y viajeros.                                                                                                                                  -Sobre Reyes Magos, reliquias y evangelios.                                                                                     -De Toledo a Tombuctú. Unitarios, trinitarios y los descendientes de Witiza.                          -El perro Paco. Un héroe y martir castizo en el Madrid de 1.882.                                                  -El Holocausto y el horror nazi en Polonia (1º parte)                                                                     -El Holocausto y el horror nazi en Polonia (2ª parte)                                                                      -El Holocausto y el horror nazi en Polonia (3ª parte)                                                                     -Balleneros vascos en la antigüedad. Ballenas, bacalao y piratería                                              -Hambre: canibalismo e infanticidio, dos estrategias de supervivencia                                    -Rocadragón, los cachalotes de Franco y el rodaballo

Cosas de perros:                                                                                                                                    -La domesticación del lobo y el origen del perro.                                                                           -El mastín y la Mesta de Castilla.                                                                                                         -Los molosos, antepasados de los mastines.                                                                                     -El lobo: pesadilla de pastores. La Bestia de Gévaudan.                                                                 -La intensa vida social del dueño de perro (pendiente de redacción).                                        -El perro Paco. Un héroe y martir castizo en el Madrid de 1.882.

Cosas de gatos:                                                                                                                                        -¿Sienten dolor los gatos?.                                                                                                                     -Adoptando un gato adulto.                                                                                                                 -El estrés: el gran problema.                                                                                                                  -Castrar o no castrar, he aquí el dilema.                                                                                            -Cómo mejorar el entorno del gato.                                                                                                    -Los Cat-Café: una moda muy felina.                                                                                                  -Evitando accidentes: stop a los gatos paracaidistas.                                                                     -Las uñas del gato. Tres alternativas a la deungulación.                                                                -La domesticación del gato.                                                                                                                  -Cómo darle una pastilla a tu gato.                                                                                                      -El difícil trago de llevar el gato al veterinario.                                                                                -El control de las colonias callejeras de gatos.                                                                                  -Clipnosis: emulando la relajación natural del gato.                                                                       -¿Hablamos?. El maullido.                                                                                                                    -Controversias en la alimentación felina (y canina).                                                                      -Una palabra muy rara: “Flehmen”: el mundo de las emociones en los gatos.                          -El gato negro.                                                                                                                                         -Los colmillos del gato.                                                                                                                          -El imparable ascenso social de los gatos.                                                                                          -La aventura de cruzar a la gatita.                                                                                                      -La llegada de un bebé a casa (pendiente redacción).

 

Tras los pasos del Buda: India y Nepal

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El grupo: yoga, budistas y una ocasión para (no) perderse 
Allá por el año 2.005 practicaba yoga en un centro de San Lorenzo de El Escorial, donde vivo. El centro, ya desaparecido, se llamaba Metha y su dueña y profesora, Gloria Ruiz, se acabó jubilando aunque seguimos teniendo relación y mantenemos una buena amistad.
No me voy a extender sobre los beneficios (a todos los niveles) que me supuso la práctica del yoga, ni la personalidad de Gloria. Sólo comentar que intenté continuar la práctica en otros centros pero, tras conocer a Gloria, los demás “profes” se me quedaban cortos… Y como soy poco disciplinado como para practicar en casa, dejé el yoga, y bien que lo lamento. El caso es que Gloria nos comunicó a algunos alumnos que un conocido suyo estaba organizando un viaje “piloto” a La India y Nepal bajo el atractivo nombre de Tras las huellas del Buda. Y aunque yo no sea budista, tanto el itinerario programado, así como la posibilidad de conocer un poco más a fondo el budismo y, por supuesto, descubrir un país para mí desconocido y que me apetecía mucho visitar, me decidió a apuntarme al viaje.
Parte del grupo estaba integrado por algunos de los alumnos de Gloria. A los demás ya les iría conociendo. El dueño de la agencia Sanga (nombre ya de resonancias budistas) era Jose Ramón Bacelar. Él mismo nos contó que, tras muchos viajes como “himalayista” (otras ofertas de su agencia son destinos de alta montaña, tanto en América como en Asia) y, tras su contacto con las poblaciones de La India y Nepal, fue descubriendo y asimilando el budismo. Pero este viaje no era en absoluto de “intrépidos montañeros”. Ya comenté que se trataba de un viaje “piloto”, como de prueba. Entre los integrantes del grupo estaba, por ejemplo, la suegra de Jose Ramón, mujer mayor aunque muy dispuesta. Algunas mujeres “maduritas”, y algunos otros tipos, como yo. A lo largo del viaje tuvimos ocasión de practicar sesiones de yoga (algunas en el hotel, otras junto a antiguas stupas) y escuchar alguna charla orientativa sobre budismo.
Así que, tal día como el 8 de Enero del año 2.006 (no tengo tan buena memoria: he tenido que consultar mis antiguas agendas) cogimos el avión en Barajas, con destino Katmandú. El vuelo, muy largo, Nepal está muy lejos. De Madrid salimos como a las 8 de la mañana, y tras una escala en Doha de cinco horas, llegamos a Katmandú amaneciendo, casi 24 horas de viaje. Como acostumbro en los aviones, me duermo casi antes de despegar, así que tampoco se me hizo demasiado pesado. La compañía, Qatar Airways, de las “buenas” (todo el nivel del viaje fue muy bueno, las cosas como son), con lo que supone que el catering era estupendo. Y aunque dormía plácidamente, el olorcillo de las bandejas hacía que me despertase cada vez que las azafatas repartían la comida…para volver a dormirme inmediatamente después de comer…
Katmandú
 
Aunque en principio teníamos reserva en el Hotel Yak and Yeti, más céntrico, un problema no recuerdo si por reformas en el edificio o una huelga del sindicato de hostelería, hizo que nos desplazásemos al Hotel Hyatt. No sé cómo sería el Hotel Yeti -por lo que he visto bastante bueno-, pero el Hyatt era una pasada: lujoso, precioso, de habitaciones magníficas con un pedazo cama de 2×2…en la que, pese a la tentación, preferí no tumbarme ante el serio riesgo de quedarme dormido tras la paliza del vuelo.
No voy a pormenorizar, cual diario de viajes, cada paso que dimos, cada anécdota que tuvimos (que las tuvimos, y de todos los colores) o a cada uno de los integrantes, salvo alguna mención especial. Sólo me gustaría ir comentando las cosas que vimos y, sobre todo, las impresiones que me produjeron los lugares que recorrimos, tan diferentes, tan “exóticos”, tan chocantes. Así descubrí Katmandú, ciudad que ha ido creciendo pero que mantiene sobre todo en su parte vieja (el Thamel) el encanto de callejas abarrotadas de tiendas, muchas de ellas ya orientadas al turismo (con artesanía de varios tipos) pero también varias surtidas con material de alpìnismo a los que, desde aquí, parten a la conquista de las altas cumbres del Himalaya. De hecho en el aeropuerto madrileño de Barajas tanto Jose Ramón como Antonio, un joven guía que nos acompañaría todo el viaje, saludaron a un grupo de “himalayistas” (…son muy conocidos en este ambiente…, nos aclaró Antonio) que volaban también hasta Nepal. Altos, fuertes, y que además del equipaje que debieron facturar, cargaban con altas mochilas. Evidentemente, iban a volcar sus esfuerzos en escalar altísimas cumbres y no de “turistas”, como nosotros.
Volveríamos a Katmandú y a recorrer las tiendecitas del Thamel a nuestra vuelta, tras completar el periplo que nos aguardaba por La India pero, recién llegados, nos apetecía callejear y ver, ver y callejear… Un amigo muy viajado que conoció Katmandú hace muchos años me contó que, las primeras veces que él estuvo, las tiendecitas del Thamel aún se iluminaban con velas, a falta de luz eléctrica. El Hotel Hyatt no está en el Thamel, como el Yak and Yeti, sino un poco desplazado a las afueras, pero éso supuso una ventaja a la hora de hacer nuestra primera visita, tras corto paseo, a la gran stupa de Bhudanat, enclavada en el barrio tibetano de la ciudad, y a cuyo alrededor se han edificado pequeñas viviendas de madera con numerosas tiendas con objetos de culto: lamparillas de ofrenda, pequeños molinillos de oración, imágenes, cuencos tibetanos (de diferentes metales, para sus diferentes sonidos), joyas y adornos.
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                           Alrededor de la stupa de Budanath. Puestos de ofrendas
Tíbet fue anexionada por China a partir de 1.950, que la consideraban históricamente un territorio suyo protegido desde los tiempos del Imperio Británico. Pero fue a partir de esa fecha cuando la injerencia china, y más en materia religiosa, movió a millones de tibetanos a emigrar. La mayoría, cruzando las montañas se refugió en Nepal y La India (como el Dalai Lama, que huyó en 1.956), y es en Nepal, por motivos de proximidad, donde hay más población tibetana. Así en el barrio tibetano donde se levanta la stupa de Bhudanat (o Bodnat) hay cerca de cincuenta pequeños monasterios budistas a su alrededor. Se podían ver numerosos lamas, con su túnica de un color característico rojo-vino, pero también muchos fieles (entre ellos, algunos occidentales) rezando y girando los molinos de oración mientras recitan el mantra Om Mani Padme Hum, bien los grandes molinos fijados alrededor de la stupa, respetando en su marcha el sentido de las agujas del reloj, como los pequeños -portátiles- a los que hacen girar en la mano, como nuestras infantiles carracas.
La stupa es uno de los símbolos budistas más extendidos no solamente en Asia, con sus diferentes “acabados”, sino incluso en Occidente, allá donde se venere a Buda. La más grande de Europa, por ejemplo, se encuentra en la localidad malagueña de Benalmádena. La de Budhanat, en concreto, mide 36 metros de diámetro y 43 metros de alta. Todo en ellas, como ocurre con cualquier representación budista, tiene su significado: desde la base, cuadrangular, que simboliza a la tierra, hasta la cúpula o el pináculo de coronación, que simbolizan los sucesivos cielos. En la base del pináculo de la de Budanath podemos apreciar en cada una de sus cuatro caras los tres ojos del Buda: dos para ver el exterior, y el tercer ojo situado entre ellos, para ver el mundo interior. Todo en las stupas: su orientación, su geometría sagrada, sus imágenes simbólicas, están cargadas de significado y de un alto contenido espiritual para los budistas.
Y, como en cada lugar de significado budista, las banderas de oración. No sólo rodeando las stupas, donde son más abundantes, sino incluso en pasos de montaña o en lugares sagrados, tales como árboles “santos”, colgadas en largas ristras a cuerdas que las sujetan a rocas, árboles o edificios. Las banderas de oración están, ¡cómo no!, cargadas de significados. 5 colores escalonados: azul (que representa los cielos), blanco (los vientos), rojo (el fuego), verde (las aguas) y amarillo (la tierra). En cada bandera, la figura de un caballo (el lung ta: “caballo poderoso”), símbolo de transformación de la mala en buena suerte y, sobre la figura del caballo, tres joyas llameantes que simbolizan a su vez los tres vértices de la tradición filosófica tibetana: el Buda (el iluminado), el Dharma (las enseñanzas) y el Shanga (sí, como nuestra agencia, el símbolo de la comunidad budista). Alrededor de la figura del caballo, mantras tradicionales.
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Las banderas de oración, por cierto, no están hilvanadas en sus extremos, debido a lo cual se van deshilachando por el viento, pero es un efecto buscado, para que los hilillos al volar esparzan las oraciones…Como podéis ir viendo, todo un mundo de simbolismos, el del budismo… Sólo comentar que, a mi regreso a España, colgué en la fachada de mi casa al comienzo del verano un par de ristras de banderas de oración (como se deshilachan, voy comprando más). Lo bueno es que algunos vecinos, al verlas con sus vivos colores me comentaron: “¡Qué bien!, ¿estás poniendo adornos para las fiestas?”… 
Lumbini. Hacia donde nació Buda
 
Nuestro primer destino era Lumbini, territorio nepalí muy próximo a la frontera de La India. Cogimos un pequeño avión de hélices en el aeropuerto de Katmandú de la empresa Yeti Airlines (el “hombre de las nieves” da para mucho, aquí) en el que nos desplazamos al aeropuerto Gautama Buddha y de allí al hotel Nirvana. El hotel, en la ciudad de Bhairawa, estaba  próximo al aeropuerto, pero ya allí tuvimos ocasión de darnos nuestro “bautismo de tráfico hindú-nepalí”, del que tuvimos numerosas oportunidades de comprobar a lo largo de nuestro viaje: muchos coches, muchos carros, nulo respeto a las reglas, o pitidos contínuos para avisar cuando adelantabas, cuando te adelantaban o en los cruces…
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Pero volvamos a Buda. Según la tradición budista Maya, la madre del que durante 29 años iba a ser sólo el príncipe Siddartha Gautama, se puso en camino como era la costumbre hacia la aldea de su padres, Devadaha, para dar a luz, pero en una zona de árboles plaksa (del sánscrito, lo que en la India se llama pipal y en botánica Ficus religiosa) sintió llegar los dolores del parto y, agarrada a un árbol, dio a luz a Gautama. Era noche de luna llena y, según las crónicas, entre los años 563/558 antes de nuestra era. Como todo en el budismo, rodeado por multitud de simbologías. Así, Maya soñó la noche de su concepción que un elefante blanco penetraba en su costado. O que varios personajes importantes en la historia de Buda (su futura esposa Yasodhara, su futuro paje Chandaka o incluso su caballo Kanthaka) nacieron al tiempo que Siddartha. O que incluso el pipal de Bodhgaya a cuya sombra se sentó en el momento de su iluminación, brotó ese mismo día. Maya murió a los ocho días de dar a luz, y fue su hermana Gotami la que cuidó al futuro Buda. Lumbini, por cierto, recibió ese nombre
en honor a la madre de Maya.
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El emperador Ashoka es otro personaje fundamental en la historia del budismo.Su reinado se extendió entre los años 273 y 236 a.C.. Desde su reino original en el norte de La India fue conquistando y anexionando los otros pequeños reinos locales, llegando a formar un imperio, el Maurya, que abarcaba prácticamente toda La India (excepto una pequeña zona al sur, de estados vasallos) y la actual Afganistán. Quiere la tradición que tras conquistar el reino de Kalinga (costa oriental), lo que supuso más de cien mil muertos, al pasear Ashoka por el reino y comprobar la destrucción causada, se sumió en una profunda tristeza, No está claro si Ashoka, tras el arrepentimiento debido a esta masacre se convirtió o no al budismo, pese a lo que aseguran, “barriendo para casa”, los budistas. Pero sí es cierto que comenzó un periodo de protección a la filosofía vital de los monjes que fue encontrando, y que se reflejó en la construcción de templos y en la erección de muchas columnas, entre ellas la de Lumbini, en la que se puede leer en brahmi  (escritura utilizada para escribir el sánscrito y el prákrito) la siguiente inscripción: En este lugar nació el Buda. Aquí vió la luz el Iluminado…
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Lumbini es un lugar tranquilo. Unos sencillos jardines, una piscina (donde la tradición quiere que se bañó al Buda recién nacido), el pipal  sagrado rodeado de banderas de oración, varios monasterios tibetanos y dos nepalíes. El lugar del nacimiento de Siddartha se encuentra hoy protegido por una pequeña construcción. Pero la memoria del lugar no hubiera sido posible si el emperador Ashoka no hubiera peregrinado, a los 20 años de su reinado, para visitar los lugares relacionados con la vida del Buda y el lugar de su nacimiento, erigiendo stupas y la columna que ya mencioné. Gracias a estas edificaciones y varios siglos después, los peregrinos chinos Fa-hien (siglo V) y, sobre todo, Hsuan-tsang (603-664), a los que habría que añadir el historiador tibetano Taranatha (siglo XVI), pudieron identificar y señalar en sus libros de peregrinaje por La India, todos los lugares relacionados con el Buda. Gracias a los testimonios de todos ellos, los arqueólogos británicos pudieron, a finales del siglo XIX, llevar a cabo excavaciones para localizarlos. Pero sin los pilares de Ashoka, probablemente no tendríamos hoy ni tan siquiera la ubicación exacta de dichos lugares, desvanecidos en el olvido a partir del siglo XII, a causa de la destrucción causada por las invasiones islámicas en el norte de La India.
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Entrando en La India. “Bad people, dangerous” y la estación de Patna
 
Si el pequeño recorrido entre el aeropuerto Gautama Buddha, de Nepal, y la ciudad de Bhairawa, cerca de Lumbini, ya nos dió idea de lo caótico que podía ser el tráfico, aún nos faltaba conocer lo peor. Más coches, más carros, autobusitos “petaos” de gente, inexistencia de semáforos o las inevitables vacas cruzándose por las calles…Cruzamos la frontera entre Nepal y La India, una imagen que me recordaba a la de las ciudades marroquíes de Castillejos o Nador, con muchos coches parados esperando quizá algo, y mucha más gente parada en grupos, esperando más de lo mismo.
Íbamos ya como pasajeros de varios coches, tres ocupantes de media, y ahí entendimos por qué van todos con los espejos retrovisores plegados: para poder pasar mejor entre semejante caos. Los espejos no eran necesarios, los pitidos contínuos ya avisaban de los movimientos de los demás coches. Así, atravesamos fiados a la indudable pericia del conductor la primera ciudad que nos recibió: Rayput. Nuestro siguiente destino era Kushinagar, donde nos esperaba la visita a la gran figura yacente del Buda, no dormido aunque lo pareciese, sino donde alcanzó el estado de nirvana. Muy cerca de allí, la stupa más antigua: Rhamabar, irregular, muy grande, de ladrillo cocido, sin la típica estructura que desarrollarían más adelante, con su base cuadrada, su cúpula y su pináculo. Ésta parecía un simple amontonamiento de adobes, pero la veneración popular se reflejaba en los numerosos pequeños panes de oro, adheridos a los ladrillos en la zona más baja, y en los grupos de monjes budistas que la circunvalaban mientras rezaban. Esta forma irregular y semidesmoronada me evocó a la antigua pirámide escalonada de Sakara en Egipto, mucho más antigua que las que se hicieron famosas de Keops, Kefré y Micerinos.
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            Gloria impartiéndonos una sesión de yoga junto a la stupa de Rhamabar
Continuamos el camino por las saturadas carreteras para tener nuestro primer encuentro con el Ganges, con Ma Gangá, la “Madre Ganges” (en La India los ríos son femeninos), a cuyas orillas se desarrolló la ciudad de Pataliputra, actual Patna, o Patná. Patna es la capital del estado de Bihar. Pagamos el peaje por el cruce de estados (1.800 rupias, el equivalente a unos 15€) en el puente de acceso a Patna. Mala fama debe de tener Bihar en el resto de La India porque nuestro conductor, Bablú ( a partir de entonces rebautizado como “Pablo”) nos dijo, torciendo un poco la cara: bad people, dangerous…(“mala gente, peligrosos“)…aunque, protegidos por el grupo como íbamos, no tuvimos ninguna mala experiencia que contar.
Pataliputra fue fundada en el siglo V a.C., en tiempos de Buda. La tradición budista dice que fue el propio Buda el fundador. El hecho es que su estratégica ubicación, en un cruce de caminos y a orillas del Ganges, la hizo especialmente importante para el comercio. De hecho el emperador Ashoka la convirtió en la capital de su imperio Maurya. Actualmente Patna es una gran ciudad. Nos alojamos en el hotel Maurya Patna, de muy buena calidad y donde me volví a encontrar con una enorme cama (para mí sólo) de 2×2. Tras darnos una vueltecita por las tiendas cercanas, de cenar y de tener una sesión de yoga impartida por Gloria, cuatro de nosotros decidimos dar un paseo nocturno, despreciando el aviso de bad people que nos hizo nuestro “Pablo”.
Ya había oscurecido. Me sorprendió ver en cada cuneta, en cada acera, oscuras figuras tendidas en el suelo: hindúes pobres durmiendo, tapados con su mantón. Tras el caos del tráfico de media hora antes, se podía disfrutar de la tranquilidad de las calles vacías. Ramón, uno de los componentes del grupo y con estancias previas en La India, nos propuso como visita típica acercarnos hasta la estación de tren. Callejeamos y medio nos perdimos por las calles oscuras, dándonos tiempo a tomar un “chai”, el te de aquí, que cuecen en la calle en hornos pequeños, aderezado con leche y varias especias entre las que sólo reconocí el cardamomo. Por fin, llegamos a la estación.
La India, no hace falta decirlo, es un país enorme. Una de las contribuciones que hicieron los británicos a partir del año 1.852 fue una extensa red de ferrocarriles (una de las mayores del mundo, dicho sea de paso) que cubre todo el territorio, facilitando a la población los desplazamientos. Para nosotros, los occidentales, puede resultar un poco caótico, y aunque últimamente se van informatizando el conseguir billete no carece de complicaciones. Además del trayecto, el precio varía según en qué clase queramos viajar, si lo compramos en la estación o por ordenador, si el tren es de los rápidos o los menos rápidos y cosas así. No obstante, una vez conseguido el billete, quizá nos toque darnos prisa para ocupar los asientos, no sea que una vez en el vagón, nos encontremos allí instalados una familia, y haya que discutir durante un buen rato…Aunque las imágenes de trenes abarrotados, con gente amontonada incluso en el techo de los vagones, ya no es tan usual, no era raro ver cruzar trenes con los pasajeros colgados de las puertas. Y como, además, muchos trenes atraviesan las estaciones sin parar y a toda leche, los accidentes son frecuentes: se calcula en aproximadamente 25.000 las víctimas anuales debidas a atropellos.
Llegamos a la estación de Patna ya tarde, eran más de las doce de la noche. Una multitud de gente esperando. Muchos, sentados en corros en el suelo o dormitando arrimados a las paredes o tumbados en medio del andén, esperando sin duda algún tren que quizá pasaría a las cuatro o las cinco de la mañana. Todos mirando con curiosidad a aquellos cuatro blancos: ¿qué se les habría perdido allí, a aquellas horas?… Como era de esperar, se nos arrimó un espontáneo, un hombre ya maduro de pelo blanco y unos ojos que recuerdo como vivísimos, de profunda mirada, preguntándonos cosas (no dejo de sospechar si no sería por vacilar o matar su aburrimiento) sobre la Biblia, sobre las “Joyas del Corazón” y similares, formándose inmediatamente un corrillo a nuestro alrededor. Hubiera hecho fotos muy interesantes, pero me corté, aunque en ningún caso me pareció ver entre aquella multitud dangerous people. Creo que aquello fue, ante todo, una experiencia.
Los baños termales de Ragjir y El Pico del Buitre
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Como visita curiosa, nos dirigimos a los baños termales de Ragjir. Gran estructura de piedra, con varios niveles y, descendiendo un tramo de escalones, las piscinas. Pero antes de llegar y por el camino de entrada, un largo surtido de mendigos: ciegos, lisiados, viejos… a ambos lados extendiendo la mano y soltando letanías con tono lastimero. Por fuera, los vendedores con sus puestos en el suelo Ya dentro de las instalaciones una multitud de hombres y mujeres disponiéndose al baño. Nos hubiéramos metido en las aguas termales pero desde lo alto de la escalinata nos disuadió, sobre todo, la multitud que abarrotaba las piscinas, ¡no cabía una mosca!. No obstante y en la parte superior un santón con cara de mafioso, viendo la ocasión de conseguir unas rupias ante nuestro inequívoco aspecto de turistas occidentales, me bautizó casi a la fuerza echándome agua en la cabeza con una jarrita recitando el “mantra del refugio”. Nada es gratis y menos en La India, y menos aún los “servicios” de los santones (bueno, en el cristianismo también te cobran las misas y los sacramentos, hay que sustentar a los hombres que venden la fe). Le ofrecí 10 rupias (=0’12€) y se alejó maldiciéndome, con sus 10 rupias en la mano y su peor cara de mafioso…
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                                     …¡corre, corre caaaballitooo!…
Desde que dejamos Nepal el recorrido había transcurrido por un paisaje bastante llano. En esta zona ya vimos montañas y, por primera vez, caballos. De hecho para volver al hotel tres de nosotros decidimos prescindir del coche y volver alquilando una calesita, muy adornada. Y muy contentos, cantando aquel tema que popularizó Marisol en nuestra infancia de ¡corre, corre caaaaballitoooo!… hicimos nuestra entrada triunfal, aunque el cochero demostró su respeto y al principio se negaba a meter la calesita en el hotel. Tras la comida, nuestro guía, Jose Ramón nos ofreció otra charla con las que nos iban ilustrando (tanto él como Gloria) a los no-iniciados sobre facetas del budismo. Una religión tan compleja ofrece muchos principios, así como algunas de sus variedades, que pueden resultar a veces dificultosas para los occidentales, pero estas charlas nos ayudaban (a mí, al menos) a aclarar conceptos que en la lejana Europa se mostraban confusos o desvirtuados como, por ejemplo, el tantrismo, asociados en Occidente al sexo, sin más. Por supuesto, encierra mucho más que el mero control del cuerpo. Tras la charla de Jose Ramón y una sesión de yoga por parte de nuestra profe Gloria, partimos por la tarde (esta vez en coche y sin calesita) a Gridhkutta, al santuario budista conocido como “El pico del buitre”.
Cuenta la tradición budista que en Gridhkutta, a los 16 años de su iluminación, y acompañado de un numerosos grupo de varios miles de monjes y seguidores, enseñó la conocida como Perfección de la Sabiduría Trascendental, también conocida en el budismo como el Segundo Giro de la Rueda del Dharma…Como podéis ir viendo, la terminología del budismo es densa, plagada de conceptos, a cada cual más elaborado.
Cuenta también la tradición, aunque creo que aquí entra la leyenda, que Buda domesticó un elefante salvaje que el rey de la zona lanzó contra él y que, por supuesto, se rindió a sus pies. Sea como sea, el hecho es que 500 de sus más fieles seguidores, tras la muerte de Buda, se reunieron en una localidad próxima para recopilar, de memoria, todas aquellas enseñanzas que el Buda fue diciéndoles a lo largo de sus años de predicación, constituyendo un “corpus” y que hubo que organizar bajo esa terminología a veces abstrusa que iremos viendo, como la ya citada de la “Perfección de la Sabiduría Trascendental” o “Segundo Giro de la Rueda del Dharma”, términos que, al parecer, el Buda nunca empleó. Podemos compararlo un poco, en la tradición cristiana, con lo que supuestamente dijo Jesucristo (que nunca escribíó nada) en arameo a sus discípulos, que se transmitíó inicialmente de forma verbal -con todas las trampas que puede tender la memoria-, y que se fue plasmando muchos años después ya bajo el epígrafe de “parábolas” o “sermones” en los Evangelios (del griego: “el buen mensaje”).
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                                  …con dinero japonés…y se nota el toque kitsch
Pero íbamos al “Pico del Buitre”. Se trata de un santuario, edificado con dinero japonés, en lo alto de una empinada montaña a la que se puede acceder gracias a un teleférico. En lo alto, además de la inevitable nube de niños, mendigos y vendedores, una gran stupa domina el paisaje, conocida como la Stupa del Corazón. Unos pórticos de estilo japonés se abren hacia el horizonte de montañas arboladas. Desde el interior de un templo sintoísta pudimos escuchar un rítmico golpear de tambor que dominaba todo el contorno. Entramos, y vimos dos monjes que se iban turnando, a un ritmo de 40 golpes por minuto, aunque los monjes no estaban distraídos en su tarea sino muy atentos al movimiento a su alrededor, dándonos incluso unos pequeños dulces, como bolitas de anís, como deseo para una larga vida. Creo recordar que hicimos el camino de vuelta ya descendiendo por el camino, entre los árboles. En alguno de los recodos, grupos de monos langures -más grandes y estilizados que los ubícuos macacos- estaban al quite, como los mendigos humanos, pidiendo comida, pero había que tener cuidado. Ágilísimos y de fuertes manos, como te descuidases te podían quitar la cámara mientras les enfocabas y salir corriendo con ella, lo mismo que los famosos y típicos monos de Gibraltar. Se ve que los monos no han sabido aprovechar las enseñanzas del Buda.
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La Universidad de Nalanda
Aún viendo sus restos, Nalanda impresiona. Las excavaciones continúan, y pudimos recorrer parte de sus muros, corredores, habitaciones, escalinatas y dependencias (como, por ejemplo, los servicios) para hacernos sólo una pequeña idea de lo que debíó ser aquello. Situada a unos 90 km. al sudeste de la ciudad de Patna, albergó a una de las universidades más grandes que en el mundo han existido. Hoy día las ruinas visibles ocupan una extensión de unas 14 Hectáreas (unos 150.000 m2), pero según los testimonios de uno de sus estudiantes, el chino Xuanzang (602-644), pudo ser diez veces mayor. En su momento de mayor esplendor albergó a unos 10.000 estudiantes y a unos 2.000 profesores. Las primeras menciones “oficiales” ya la sitúan en el Siglo III de nuestra era, pero hay menciones desde el Siglo V a.C. Incluso se dice que Buda la visitó varias veces. El emperador Ashoka en el año 250 a.C. mandó edificar la gran stupa de Shariputra, todavía visible.
Grupo en Nalanda
De Nalanda irradió el budismo a toda Asia, y de hecho muchos estudiantes provenían desde Turquía hasta Japón, pasando por Persia, Tibet, China o Indonesia. Budismos como el Vayraiana (el mayoritario en Tíbet) u otras formas como el Mahayana o el Theravada, tuvieron su origen aquí. Pero no sólo se estudió budismo en Nalanda. Otros estudios como astronomía, medicina (ayurvédica, acupuntura), filosofía, sánscrito o herboristería, alquimia y otras ciencias tuvieron cabida en Nalanda. Todo este saber se contenía en la gran biblioteca. Algunos optimistas la cifran en varios millones de libros, aunque otros cálculos más realistas la cifran en “sólo” varios cientos de miles. Así, la biblioteca mereció el nombre de Dharma Gunj (Montaña de la Verdad) o de Dharmaganja (Tesoro de la Verdad).
El historiador persa Minhaj-i-Sirai narró en su libro Tabaqat-i Nasiri la destrucción de Nalanda por parte del general turco Bakhitayar Khilji, en el año de 1.193. Los musulmanes, en su conquista del norte de La India, arrasaron templos, asesinaron miles de monjes, y Nalanda no se libró de la destrucción, con más motivo porque sus libros, como los integristas musulmanes siempre aducen, si repiten lo que ya dijo Alá, son inútiles y por tanto eliminables, y si lo contradicen son heréticos y, por tanto, destruibles.
Aunque la destrucción de bibliotecas no sea patrimonio de musulmanes: la quema de la de Alejandría por los primeros cristianos (unos auténticos “integristas”), la de la Córdoba califal o la quema de libros “desviados” por los nazis, son sólo otros ejemplos. La biblioteca de Nalanda ardíó durante meses, y las negras columnas de humo pudieron testimoniar su destrucción. Afortunadamente muchos libros habían sido copiados, y aquellos alumnos extranjeros como Xuanzang que regresaron a sus hogares portando copias pudieron salvaguardar una pequeña parte de aquella inmensa cultura. Para aquel momento el budismo estaba en retroceso en toda La India, de forma que aquellos libros salvados constituyeron las pequeñas semillas del budismo en otros países.
 
Bodhgaya, donde Siddartha se transformó en el Buddha 
Arboles singulares. Joven monje
 
                                                           Joven novicio, en Bodgaya
Me vais a permitir que para ilustrar lo que es la ciudad de Bodhgaya, haga un corta-pega y ponga aquí el capítulo correspondiente al pipal de Bodhgaya, que forma parte de la entrada Árboles míticos, dentro de mi blog DersuLee, aunque intercalaré alguna cosilla correspondiente al viaje.
“Bodhgaya es una población situada en el estado de Bihar, al norte de La India, de unos 40.000 habitantes. Cuando tuve la oportunidad de estar allí me recordó a Compostela. Multitud de templos de todo el orbe budista se elevan allí, como homenaje a las diferentes comunidades budistas de toda Asia: no sólo hindúes, sino también de Birmania, de Sikkim, Buthan, China (en forma de pagoda), Japón (con su arquitectura tradicional nipona), Tailandia, Ceilán, o tibetanos, de los que hay dos. Y rodeando los templos, multitud de devotos budistas, cada cual con su impedimenta característica (de blanco los tailandeses, de rojo los tibetanos, de amarillo los japoneses…), peregrinos todos ellos a la llamada de su fe. Sentados en grupos grandes, rezando y leyendo en sus libros apaisados las oraciones en sánscrito. Casi todos rodeando el árbol.
Arboles singulares. Monjes rezando
Lo de Compostela no es casualidad. De sobra conocemos en España la importancia que el Camino de Santiago y lo que significó a lo largo de los siglos despertó en toda Europa, la atracción a millones de peregrinos. Entre nosotros quizá lo tenemos ya “tan visto” que no le concedemos la importancia debida, aunque la siga teniendo. Tuve también ocasión de “caminar” hacia Compostela en un par de ocasiones de grato recuerdo, una de ellas con un amigo alemán para los que ir a Compostela es todo un prestigio, encontrándonos en el recorrido gentes de todos los pelajes: desde gente “normal” de diversos países hasta grupos de religiosos italianos o franceses, de familias al completo a solitarios peregrinos, desde chavales con ganas de ejercicio hasta monjes “zen”… Yo no lo ví, pero me contaron de un japonés vestido de samurai que hacía el camino (mejor: el Camino) con su escudero, callados, serios y formales ambos.
Estando en Bodhgaya y callejeando por la ciudad se nos acercaron un par de chavales -quince años, puntualizaron- de allá con ganas de “pegar la hebra”, por practicar inglés, dijeron (cierto es que no nos pidieron ni una rupia, como sospechamos inicialmente). Al preguntarme mi nombre y decirles: Santiago, uno de ellos, Nadim, abrió unos ojos como platos: ¿¡Santiago…Santiago de Compostela!?… Al parecer había leído la novela titulada El peregrino, del escritor Claudio Coelho, y para él Compostela era una localidad mítica, no pensaba que fuese real. A mi regreso tuve el placer de enviarle a la dirección que me proporcionó varios libros llenos de imágenes de España, entre ellas las de la catedral de Santiago de Compostela, para que le pusiese “cara” a lo que él pensaba hasta entonces que era sólo un mito. Su compañero en un aparte me dijo que Nadim era estudiante, de familia humilde, que quería ser médico en un futuro, pero que ahora estudiaba física, química, biología, sánscrito y hasta diez asignaturas más. De hecho uno de nuestros colegas, que llevaba una camiseta con una frase en sánscrito, al pedirle que la leyera lo tradujo de un tirón. Aunque, insisto, no nos pidió nada, tuve el placer, además de enviarle los libros desde España, de darle discretamente un billete de 50 rupias, que me agradeció con una sonrisa tímida. Chico majo, espero que le vaya bien.
Como Compostela alrededor de la catedral, Bodhgaya ha crecido alrededor de un árbol, lo que se conoce como un pipal, para los botánicos Ficus religiosa, bajo el que, y según la tradición budista, el príncipe Siddharta alcanzó la iluminación. Los pipales son grandes árboles que podemos ver en toda La India. Al igual que las “olmas” en casi cada plaza de los pueblos de Castilla prestan su sombra a los lugareños (aunque muchas se hayan secado víctimas de una enfermedad, la grafiosis), los pipales crecen en la plaza central de miles de aldeas de toda La India, sirviendo de punto de reunión a los vecinos para dirimir sus problemas. El género Ficus al que pertenece el pipal engloba unas 900 especies en climas templados y tropicales. El más conocido por nosotros es la higuera (Ficus carica), pero también otros como el árbol del caucho (Ficus elastica) y otros usados como plantas decorativas, tales como el Ficus benjamina, el Ficus retusa y otras más.
Arboles singulares. Pipal de Bodhgaya
                                        El pipal de Bodhgaya
El budismo es una religión característica. Para empezar, se define como religión sin dios. Más que religión, es una filosofía de la vida. No conocen la noción de “guerra santa”, que tantos millones de muertos han cobrado a lo largo de la historia las religiones monoteístas, celosas de su monopolio. Tampoco concibe la conversión forzada, ni tan siquiera la herejía como algo pernicioso. Sería tema prolijo detallar sus principios y variantes, que excederían ampliamente al tema de esta entrada, pero en esencia propugna la compasión, el huir de las pasiones excesivas y el buscar la paz interior. Con semejante filosofía, no es raro que el budismo se extendiese por toda Asia, donde se calculan unos 379 millones de seguidores, repartidos en las 14 ramas o escuelas budistas, y que a su  ideario pacifista se adhiriesen en nuestro mundo occidental unos 6 millones de adeptos, ávidos de misticismo, de los que más de 3 viven en los Estados Unidos. A muchos de estos budistas occidentales los podemos ver, también, rezando alrededor del sagrado pipal de Bodhgaya.
Si queremos profundizar en el budismo podemos sentirnos bastante confusos. A su alrededor se ha tejido una complicada red de mitos y leyendas fundacionales, tradiciones y definiciones de conceptos bastante metafísicos, adobados además con lo que, para nosotros, occidentales, supone la gran cantidad de términos en sánscrito: dharma, shanga, samatha, vipassana, samadhi, jhanas, prajna, avidya, duhkha, samsara…y muchas más¡Ojo!, no son meras palabras: cada una de ellas define conceptos muy concretos. Hasta tal punto han invadido en parte a Occidente que algunas de ellas como karma nirvana han sido ya asimiladas (la última, incluso dando nombre a un famoso grupo de rock).
Será más simple entender el origen del budismo si consideramos que en el siglo V a.C. nació un tal Siddharta Gautama en Lumbini, en la frontera de lo que ahora son Nepal y La India. Siddharta era el príncipe del reino de Sakia (que me perdonen los budistas si se me escapa algún error), perteneciente a la segunda casta hindú, la de los chatrias: la de los guerreros y nobles (por encima estaban los brahmanes). Cuenta la tradición budista que a los 29 años el mimado y protegido Siddharta descubrió por azar la enfermedad, la decrepitud y la muerte, lo que provocó que se marchase del palacio y de la vida noble a la que estaba destinado (lo que se conoce como La Gran Renuncia) y hasta los 80 años se consagró a la pobreza, a la abstinencia, a la predicación y a difundir su mensaje por el norte de La India.
Quizá no hubiera pasado del anonimato de ser un predicador más, si no fuera porque doscientos años más tarde el gran rey Asoka descubriese el budismo y se convirtiera en su principal difusor. Asoka construyó el imperio Maurya, conquistando casi toda La India y los actuales Pakistán y parte de Afganistán. Dice la tradición, y me ciño a ella, que tras masacrar el estado de Kalinga, conmovido por la destrucción, se convirtió al budismo. Hay historiadores que sostienen que Asoka descubrió en esta nueva creencia una religión que diese cohesión a su imperio. Puede ser, no sería el primer caso. Sea como sea, Asoka fue el verdadero expansor del budismo en La India y que gracias a él fuese extendiéndose, poco a poco, por Tíbet, Mongolia, China, el Lejano Oriente y llegando hasta Japón. Pero volvamos a Siddharta y al árbol pipal.
Continuando con lo que la tradición nos cuenta, y tras un periodo de vagar de aquí para allá y de un periodo de extrema ascesis en el que estuvo a punto de dejarse morir de hambre, Siddharta decidió que necesitaba, más que aclarar sus ideas, alcanzar la iluminación. Llegando a un lugar (que más tarde se llamaría Bodhgaya) se sentó al pie de un alto pipal durante tres días con sus noches, dispuesto a no moverse hasta no alcanzar el conocimiento. Durante la primera noche (sigo con lo que nos cuenta la tradición) logró el conocimiento de sus existencias anteriores. Durante la segunda noche, alcanzó el conocimiento de ver seres morir y renacer de acuerdo a la naturaleza de sus acciones.
Durante la tercera noche purificó su mente, consiguiendo el conocimiento de las Cuatro Verdades. Aún tuvo una última prueba: se presentó Mara, personificación del demonio o de la tendencia a la maldad, con una serie de tentaciones. Pero, al igual que las cristianas tentaciones de San Antonio, Siddharta resistió, logrando ser libre del aferramiento a las pasiones alcanzando, por fin, la Iluminación, y estando ya preparado para predicar la verdad. En aquel momento dejó de ser Siddharta para ser el Buda = el Iluminado.
Bodghaya, ya lo he comentando, es el principal centro de peregrinación de los budistas del mundo. Aunque la ciudad ha ido creciendo con sus tiendas y sus barriadas, el verdadero centro es un conjunto abarrotado de templos de diferentes estilos, según la procedencia de sus fieles. Y en medio de todos ellos, el pipal. Bendecido por ser aquel bajo cuyas frondosas ramas Siddharta alcanzó la Iluminación y, al igual que éste pasó a ser denominado el Buda, el pipal pasó a ser llamado el Bohdi. Y como no podía ser menos en una religión como la budista, donde a todo se le pone nombre, éste tiene el suyo propio: Siri Maha Bohdi, que me atrevo a traducir como algo así: el Gran Bohdi Sagrado. Los budistas lo consideran descendiente del árbol bohdi original.
Pero este Siri Maha Bohdi tiene un competidor, y más viejo: el llamado Jaya Siri Maha Bodhi. Un pipal (no muy grande) presente en los jardines de Mahamewna, en la localidad de Anuradhapura, situada al norte de la isla de Ceilán, actual Sri Lanka. Se considera al bohdi cingalés el árbol plantado por humanos más antiguo del mundo, con fecha conocida: el año 288 a.C. Fue traído como plantón por la princesa Sangamitta Theri, hija de aquel emperador Asoka que expandió el budismo por La India. Aunque Ceilán no estaba bajo su dominio directo si gozaba de protección como reino vasallo y, muy pronto, abrazó la fe budista de la que es uno de sus bastiones. El árbol, como es de suponer, goza de enorme respeto y adoración por parte de todos los cingaleses que acuden a él en peregrinación. De hecho, y a lo largo de su historia, se fue rodeando de rejas doradas y de empalizadas, algunas con la intención de protegerle contra los elefantes salvajes. Los cingaleses afirman que es la “rama derecha” (la rama sur) del árbol bodhi “original”, el de Bodhgaya. Actualmente y desde el año 2.014 el gobierno de Sri Lanka ha prohibido cualquier construcción a menos de 500 metros a su alrededor, para evitar cualquier molestia al venerable Jaya Siri Maha Bodhi.
“Nuestro” bodhi, el de Bodhgaya, es un enorme y frondoso árbol, de gruesas ramas, protegido por empalizadas y adornado con las multicolores banderas de oración con que los budistas adornan sus stupas, y bajo el que se agolpan los fieles rezando en voz alta día y noche, muy serios como corresponde, sus apaisados libros de oración. Tras la invasión musulmana de La India, los templos fueron destruídos aunque el árbol afortunadamente resistió. El mayor templo hoy día es el de Mahabodhi, construído en su momento al parecer por el emperador Asoka, y reconstruído en el siglo XIX por Sir Alexander Cunningham, arqueólogo de la Sociedad Arqueológica Británica. El segundo en ser construído (o reconstruído) lo fue por monjes budistas procedentes de Ceilán…se ve que hay cierto “pique”, como pasa con ambos Siri Maha Bohdi.
Dice la tradición que el rey Asoka peregrinaba todos los años durante el mes de kattika al árbol Bodhi para rendirle homenaje, pagando festivales en su honor que duraban varios días. Continúa diciendo la tradición, según narra el capítulo 17 del Maja-Vamsa (en pali: “el gran linaje”), que la mujer del emperador, Tissarakkha, celosa de las atenciones que su marido prestaba al árbol, lo hizo matar clavándole espinas de mandu en el año 250 a.C. En su lugar se plantó un vástago que es el que vive en la actualidadSi hacemos caso a las fechas, el de Ceilán sería 38 años más viejo”….
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Vuelvo a la narración de mi viaje. En Bodhgaya, como dije, hay multitud de templos a cuyo alrededor se concentran los fieles y en los que oímos tambores y cantos de oración. Incluso podemos oír, al atardecer, la llamada a la oración de un muezín desde el minarete de una mezquita no lejana. Pero el más venerado es la stupa Mahabodhi, literalmente del Gran Despertar, o de la Gran Iluminación, con 55 metros de altura y de la que ya he contado que fue mandada construir por Ashoka, Paseando alrededor de la stupa Mahabodhi o del gran pipal sagrado, podemos encontrar no sólo los grandes grupos de budistas, sino multitud de fieles solitarios, rezando frente a las numerosas imágenes de Buda que salpican el recinto. Una de ellas y muy venerada, en una de las fachadas de Mahabodhi, es precisamente una imagen de Buda en meditación mirando al árbol sagrado. Bodhgaya es pintoresco, es monumental, es multicolor, pero sobre todo es un lugar tremendamente cargado de espiritualidad.
Benarés 
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Localicé a una amiga de San Lorenzo que vive en Benarés seis meses al año, Begoña, todo un personaje. Ataviada siempre con su sari y con su bindi (el puntito rojo en la frente). Si con ese atavío en San Lorenzo llamaba y llama la atención, en Benarés no es que pasase desapercibida (un “guiri” siempre será reconocible, como un sueco para nosotros, aunque se vista de torero), pero forma parte del paisaje. Lleva años yendo y viniendo, pasando los meses fríos en La India. Como ella dice, “como las cigüeñas”, le sale más barato vivir allí que pagar la calefacción en España. Domina el hindi, estudia canto y sittar, y está muy integrada en cofradías de músicos tradicionales. Begoña nos sirvió de guía en Benarés, llevándonos a tiendas que conocía de fiar, para la inevitable compra de saris y de pashminas, donde las chicas se volvían locas revolviendo aquello, aunque por mi parte le compré a mi hija un precioso sari de seda roja. Y como lugar destacado, la librería Índica Books, fundada por Álvaro Enterría. Álvaro era bibliotecario en Madrid, pero descubríó La India en 1.981 y le enganchó. Fundó Índica con un socio hindú (las normas legales en La India son muy proteccionistas con todo lo suyo) y de hecho acabó casándose -con una hindú con la que tiene dos hijos- y allí sigue. La librería está en el centro, muy cerca del Ganges, sus fondos son abundantes, con muchos libros en castellano de los que compré varios, e incluso tiene objetos a la venta de la artesanía hindú, figuras de hierro y bronce de deidades y guerreros. Toda una institución.
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Benarés es una ciudad que me impactó mucho, posiblemente lo que más me gustó de todo lo que vimos. Me hubiese quedado unos días más, y envidié a Begoña, pero estaba sujeto al viaje y debí conformarme con un par de días. Me vais a permitir intercalar otra vez una entrada de mi blog DersuLee, esta vez la titulada Picnic en el Ganges, donde vuelco algo de información sobre la ciudad (y alguna foto):
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 “No, ni soy Pocholo ni estoy en Ibiza. Soy yo otra vez, pero esta vez ya no estoy dentro del río, dispuesto a bautizarme por el rito hinduísta, antes del amanecer y bajo las bendiciones de un brahman (que cobrará la “voluntad” por sus rezos), con mi  dothi, mi taparrabos reglamentario, sino fuera del agua, de picnic en una barca… Los barqueros nos decían que jamás vieron nada igual, ¡un picnic en el río!, ganándome el título de Santi Sahib, tomándome un té en su cuenquito de barro secado al sol que, en cuanto vacíe, tiraré al agua para que la arcilla vuelva a ella, sobre Ma Gangá, la Madre Ganges (en la India, los ríos son femeninos).

Al fondo, Kashi (=la luminosa, del sánscrito “kash“: luz) o Varanasi (entre los ríos Varuna y Assi), a la que los británicos, incapaces de pronunciar el nombre, rebautizaron como Benarés.   Una de las siete ciudades santas de La India (Ayodhya, Mathura, Hardwar, Kashi, Ujjain, Dwarka y Kanchi) y, de entre ellas, la más sagrada. La protegida de Shiva, sobre cuyo tridente descansa, y representada en la media luna enganchada en su cabellera. La media luna que forma el Ganges fluyendo, el único tramo en el río, de sur a norte, hacia los Himalayas, morada del “Señor de las Montañas”, dejando en la orilla izquierda a Benarés y a su derecha la “paramita” (=en sánscrito, la otra orilla), impura y por tanto, deshabitada: aquel que muera allí, se transmigrará, retrocediendo, en perro, cerdo, u otro animal impuro.

 Por el contrario, el que muere en Kashi, la ciudad protegida por Shiva, escuchará de éste, en un susurro al oído, un “taraka mantra” (=oración de tránsito), un mantra de conocimiento que le convertirá a su vez en la Conciencia Absoluta. Morir en Kashi es un privilegio para los hinduístas, porque simboliza la aspiración del hombre a la trascendencia, la “moksha“, la luz interior del espíritu.   Shiva no sólo se ocupa de los muertos. Encargó a su mujer, Parvati, bajo su forma de Annapurna (“la que da de comer”) la manutención de los más necesitados de Kash: viudas, huérfanos, leprosos, mendigos… por mediación de cofradías especializadas en ayudar a los desvalidos. Bajo su advocación se reparte comida, mantas y ropa a diario.

Para los que no han podido morir aquí, aún les queda una solución: ser incinerados. Los parientes del difunto los traen de lejos, amortajados, en las bacas de los coches y bajo los asientos de los trenes. Si en toda la India los “smashana“, los lugares de cremación, son impuros y alejados, atendidos por los “dom“, la casta de los intocables, en Kashi son sitios puros, a la vista de todos. Porque aquí, no lo olvidemos, Shiva les musitará al oído el taraka mantra dándoles la salvación. En cualquier momento se puede uno tropezar con un grupo de porteadores llevando sobre angarillas un cadaver cubierto con tela mientras van repitiendo: “Ram, ram satya he!“= el nombre de Dios es la verdad.                    

Tras de mí, en la barca, se puede ver el Ghat (la escalinata) de Manikarnika = “donde cayó el aro”… Se refiere al pendiente que perdió Shiva en su danza sobre el pozo sagrado que abrió Vishnu con su disco (el que gira en su índice) y que después llenó con su sudor al meditar, lleno de concentración, durante 7.000 años (no lo digo yo, lo dice la tradición hinduísta). El entusiasmo de Shiva al ver el esfuerzo de Vishnú le llevó a bailar, se le desprendió el aro…y ahí empezó todo.

Subiendo las escalinatas del Ghat  hay un estanque sagrado, el que se supone llenó Vishnú con su sudor, el “Cakra-Puskarini Kunda” (Estanque del Círculo de Loto), y entre el estanque y las escalinatas, sobre una losa de marmol está el “Karana Paduka“: las simbólicas y santas huellas de los pies de Vishnú, donde se supone estuvo los 7.000 años de meditación y penitencia. En Benarés se dice que estas huellas son”el lugar más santo de la ciudad sagrada”.

Manikarnika Ghat es el principal de los “pànch jala tirthas” (=los cinco lugares sagrados de la ribera;”tirthas“, en sanscrito=vados), los más sagrados entre los muchos de la ciudad, y es el principal lugar de cremación de Benarés y de toda la India, por lo que también se le conoce como Mahasmashana (=grandiosa tierra de cremación). Allí incineran a los muertos día y noche sin parar, en piras que enciende el hijo mayor del difunto, previamente rapado allí mismo por los barberos, contemplando como el cuerpo material se descompone al separarse los cinco elementos de los que está formado.

Pero antes de la pira, el cadaver será purificado, tras el lavado ritual en la Madre Ganga, la que todo lo lava, la que arrastra todos los pecados, y donde millones de peregrinos acuden de toda la India para éso, para purificarse.  La Madre Ganga se encargará también de arrastrar, con su lentísima corriente, además de las “puyas” (las ofrendas de flores y velas en honor de Ma Gangá), los cuerpos de aquellos que, por puros, no necesitan ser incinerados: los recién nacidos, las embarazadas muertas antes de parir y los shadus o santones.

Yo no ví nada de ésto, pero sí vimos flotando algunas vacas muertas y saltar un par de delfines, que en el Ganges también los hay.   A mí Benarés me gustó mucho y me produjo honda impresión. Celebran festivales multitudinarios casi todas las noches a la orilla del río entre cánticos, hogueras y el sonido repetitivo y rítmico de las campanas. La noche que fuimos a bautizarnos, nos encontramos con comitivas de adoradores de los diferentes dioses del amplio panteón hindú que se dirigían, cantando, a los respectivos templos. Es una ciudad bulliciosa, repleta de tiendas (de saris, de joyas, de tankas o de comida) y de vacas que limpian las calles de basura. Una ciudad para pasearla con calma, con la mente abierta, con sensibilidad pero sin sensiblería (o sea, sin ñoñerías eurocentristas).

Para acabar, un fragmento del Khasi Kanda (33.10), dentro del Skanda Purana:

El Ganges, Shiva y Khasi: donde esta Trinidad está vigilante no es un milagro que ahí se encuentre la gracia que le conduce a uno a la bienaventuranza perfecta”.

 

Hasta aquí, la entrada del blog. Por nuestra parte, callejeamos mucho, entre la multitud que todo lo llena, el tráfico especialmente infernal por sus calles estrechas abarrotadas de coches, de puestos de verduras donde las vendedoras espantaban a las sempiternas vacas, y asomándonos a los ghats, a las escalinatas que bajan hasta el río, ghats a su vez nutridos de gente que se bañan en el Ganges para purificarse. Algunos venidos de muy lejos. Otros, habitantes de Benarés, que cada mañana bajan a darse un “bañito” apurando la bendición de Shiva hasta el último día de su vida.
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Tres de nosotros decidimos aprovechar un lugar tan especial y bautizarnos en el Ganges, antes del amanecer, como impone la tradición. Los dos varones (Ramón y yo) nos despojamos de las camisolas blancas y nos quedamos con nuestros dothis, el pañal consistente en una larga franja de tela blanca que se va enrrollando por la cintura y la entrepierna. Ella (Alicia) con su sari. Aunque llegamos de noche pudimos ver un par de procesiones de fieles que, a la carrera y recitando un mantra en el que escucho la palabra “Krishna”, acompañados de músicos, con voces muy bien timbradas, entraban en alguno de los templos -los supongo abiertos 24 horas- de donde salía el resplandor de las velas en los altares. El mantra acaba con un grito al unísono tras el que todos levantan los brazos al cielo. En la orilla ya hay algunas mujeres bañándose. Se nos acercó el santón de turno y sin pedirnos permiso nos pintó la frente y nos rezó unos responsos a cambio de unas rupias. Supongo que es el inevitable “peaje” religioso, pero tampoco me pareció mal: al fin y al cabo, íbamos a bautizarnos en la mismísima Madre Ganga. Tras los responsos y con la debida devoción nos metimos en el agua donde sumergimos tres veces la cabeza e hicimos un par de buches de agua. No puedo negar, pese a mi escepticismo para todas las cuestiones religiosas que, tras salir, me sentí espiritualmente muy bien, tranquilo, lleno de serenidad. Para un ateo como yo, no está mal. Poco a poco, había comenzado a clarear. Aún tuvimos tiempo para contratar una barca y darnos un tranquilo paseo por el río disfrutando de aquel momento de paz, mientras que desde la paramita, la orilla impura, comenzaba tímidamente a asomarse el sol.
A la vuelta del viaje y hablando con una amiga lo de las cremaciones a la orilla del Ganges, me dijo -entusiasmada- que un amigo suyo, fotógrafo, había hecho unas fotos de los crematorios. Pero, está prohibido hacer fotos allí, le comenté. Ya, las hizo desde una barca, y añadió: pero es que son “muy artísticas”… Es cierto que desde las barcas, nosotros y con disimulo hicimos alguna foto del espectáculo que suponen las enormes pilas de madera y las cremaciones, y es cierto que el tema nos resulta a los occidentales “muy exótico”, pero no es menos cierto que, al fin y al cabo, se trata de funerales a los que los hindúes llevan a sus parientes, con toda la carga de dolor que ello supone y que, oficialmente, hacer fotos está prohibido. Sólo respondí a mi amiga: Imagínate que en el velatorio o el entierro de tus padres aparece un grupo de japoneses disparando fotos son parar, ante lo “exótico” que para ellos puede suponer…¿te gustaría?… No pudo contestarme nada.
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El Parque de los Ciervos, donde el Buddha dió su primera prédica
No he llegado a enterarme si Buda estuvo en Benarés. Al fin y al cabo era y sigue siendo un lugar sagrado de fortísima tradición hinduista, donde quizá el budismo no tenía nada que hacer. Recién llegados a Benarés había tanta niebla que decidimos visitar antes Sarnath, también conocido como “El Parque de los Ciervos”. Se encuentra tan sólo a 12 km, así que nos acercamos en un momento. De los restos que quedaron tras la destrucción por los musulmanes, un pináculo construido por orden de Ashoka está coronado por las figuras de cuatro leones. Ese emblema forma parte hoy de la República de La india. El resto: pequeñas stupas y algunos templos que surgían por entre la niebla llenan el recinto, donde en algunos cercados pudimos ver a los ciervos que rodearon al Buda en su momento y que han dado nombre al parque. Siempre según la tradición budista, Sarnath fue el lugar elegido por Buda para dar su primer sermón. Tras alcanzar la iluminación bajo el pipal de Bodhgaya, Buda permanecíó cinco semanas en silencio, porque pensó que la verdad que había descubierto era demasiado profunda para poder ser enseñada.
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                                 Con mi amiga Palmira, entre la niebla de Sarnath
Como ya habréis comprobado, el budismo es una religión compleja, llena de términos, definiciones, figuras representativas, símbolos, divisiones y subdivisiones que intentan explicar y clasificar numerosos conceptos. No quisiera ponerme pesado pero, dado que el objetivo de este viaje era seguir los pasos de Buda, intentaré resumir de forma clara uno de los principios básicos del budismo, y que constituyó el objetivo del primer sermón de Buda en Sarnath a sus -todavía escasos- seguidores: las Cuatro Nobles Verdades:
-Dukha: toda existencia es insatisfactoria, el sufrimiento existe
-Samudaya: el sufrimiento tiene sus causas, y proviene del deseo, del apego y de la ignorancia (Los Tres Enemigos)
Nirodha: el sufrimiento puede ser vencido, es posible lograr el cese del sufrimiento
Magga: existe un camino para lograr el cese del sufrimiento, mediante el Noble Camino Óctuple, cuyos aspectos son:
   –pañña o sabiduría:
      -1/ comprensión correcta, o la recta opinión
      -2/ pensamiento correcto, o el recto propósito
      -3/ palabra correcta, o la recta palabra
   -s’ila o ética, moralidad:
      -4/ acción correcta, la recta conducta o la recta acción
      -5/ ocupación correcta, el recto sustento o los rectos medios de vida
    –samadhi o concentración:
      -6/ esfuerzo correcto, o el recto esfuerzo
      -7/ atención correcta, o la recta atención
      -8/ concentración correcta, o la recta concentración
Como supongo que entenderéis, ni me sabía estos principios ni mucho menos sus nombres en sánscrito: lo he copiado de las notas que fuí tomando de las charlas que nos dieron tanto Gloria como Jose Ramón durante el viaje. Lo bueno es que, dentro de su aparentemente complejidad, todos estos conceptos son perfectamente aplicables, no ya a una vida monástica, sino incluso a las vidas cotidianas de la gente, en su quehacer diario, en su trabajo o en su familia. Esto, unido a otros conceptos como el de la compasión y, sobre todo, muy importante, al de no ser una religión monoteísta de dioses belicosos y excluyentes, ha conseguido que el budismo, como filosofía vital, haya conseguido tantos adeptos en todo el mundo aunque, fuerza es reconocerlo, muchos budistas sean materialistas, explotadores o egoístas. Al fin y al cabo, y como sucede en el caso del cristianismo, una cosa son los principios morales y otra muy distinta, la aplicación diaria.
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Hasta los perros tienen sus castas. A la izquierda un perro paria, sarnoso, de los que abundan en Benarés. A la derecha uno con su monje
Era nuestra última noche en Benarés y quisimos aprovecharla. Aún tuvimos tiempo de probar en un establecimiento los yogures hindúes (lassi) y, en este caso, probamos una “especialidad”: el bang-lassi…yogur con marihuana. Sobra aclarar que los “arrojados” que tomamos bang-lassi nos cogimos un “pedete” muy simpático. El problema fue que, al acabar y ya de noche, pretender irnos al hotel, que estaba en las afueras. Paramos un par de ricksaws (esos carritos donde el conductor pedalea, llevando a sus pasajeros), pero los conductores, y aunque les dijimos el nombre del hotel, no sabían dónde estaba. Aquí entendí la importancia de coger siempre una tarjeta, o incluso una pastillita de jabón donde figure el establecimiento, pero no llevábamos nada de éso. En plena noche y con una niebla cerrada, los ricksaws comenzaron a callejear, metiéndose en barriadas oscuras donde no se veía a nadie. ¡Llegamos a pensar si no nos estarían secuestrando!… Los bang-lassi hicieron su efecto, y lo que pudo ser un episodio de angustia, lo transformamos en una aventurilla simpática. Pero hubo suerte, y tras deambular durante un buen rato por todo Benarés, en uno de los cruces de calles, uno de los del grupo creyó reconocer la avenida del hotel y, ¡bingo!, acabamos en la puerta. A la mañana siguiente, muy prontito, volamos a Katmandú.
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                                                         Puesto callejero de cosméticos
De nuevo Katmandú y alrededores
 
Nos recogieron los chóferes a las 6 de la mañana para el último viaje por tierras hindúes, hasta el aeropuerto. Aparte de algo de dinero, le regalé a “Pablo”, nuestro amable y joven conductor una camiseta del Real Madrid. Desde España me había llevado tres, “de las buenas”, de las de marca, de las que casi siempre (excepto momentos místicos como el bautizo en el Ganges) llevaba una puesta y que me dió muy buen juego para un clima caluroso y húmedo como el de La India, fresquita y traspirable. Las otras dos eran para hacer trueques. Lo bueno, es que paseando por casi cada lugar de La India, la gente “reconocía” la camiseta y me rodeaban, entusiasmados, recitando la alineación del Real Madrid… Para mí, que no me gusta el fútbol y, por supuesto, desconozco las alineaciones, era como darme un baño de masas. Pronto me enteré de que ese entusiasmo estaba motivado porque, en La India, el equipo español más seguido, era precisamente el Real Madrid. De la misma manera como en Marruecos, por ejemplo, son todos unos fans del Barça…
En Katmandú íbamos a estar un par de días, en el mismo hotel. Nuestra primera visita fue a un monasterio budista en las afueras, no muy lejos de la gran stupa de Budanath: el monasterio de Kopan. Creado por monjes tibetanos en 1.969, el monasterio actualmente es sede de estudios budistas a los que concurren muchos extranjeros. Situado en lo alto de la colina del mismo nombre, el monasterio es muy bonito, y muy decorado. Lleno de grandes murales donde los budistas plasman en imágenes todo ese mundo de Grandes Verdades, de demonios y de tentaciones que explican su complejo mundo espiritual. Imágenes válidas tanto para monjes iniciados, como para novicios o -claramente entendibles- para los analfabetos que visitasen el monasterio.
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       Mural en el monasterio de Kopan, con la simbología del budismo
El lama Ludrup nos recibió con la sempiterna sonrisa de los monjes budistas, nos acomodó en una sala para darnos una pequeña charla, y al final nos entregó a cada uno un khatag: largo pañuelo de seda, de color amarillo-oro como símbolo de bienvenida y de buena suerte. Khatag, en tibetano, significa precisamente “seda”. El único problema es que yo había dormido mal y arrastraba una pequeña resaca del bang-lassi de anoche, así que anduve cabeceando (a mi pesar) el rato que el buen lama Ludrup nos estuvo hablando.
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Uno de los palacios de Bhaktapur y un ventanal, primorosamente tallados en madera
Aún hicimos un par de visitas por los alrededores de Katmandú. El primero a un templo hinduísta bajo la advocación de Shiva y el más antiguo de Katmandú: el de Pashupatinath, a orillas del río Bagmati. Como templo hinduísta que es, tiene una zona de cremaciones para los difuntos. Ni tan grande ni tan espectacular como el de Benarés, pero en el que podemos observar -a una prudente distancia- el proceso. El otro lugar que visitamos fue la ciudad de Bhaktapur, a 13 kilómetros de Katmandú. Hasta el siglo XIX Bhaktapur fue la capital de Nepal, y está lleno de hermosos edificios, sobre todo palacios, construídos casi completamente de madera, muy bellamente trabajada, con pórticos, aleros y tejados, de una estética muy lograda. Por desgracia y años después de nuestro viaje, el terremoto que asoló gran parte de Nepal, en Mayo del 2.015, destruyó la mayor parte de estos antiguos edificios.
Aún hicimos una última visita, de la mano de José Ramón: un orfanato donde una mujer de la que, por desgracia, no conservo el nombre, cuida muchos niños, sobre todo niñas, de entre 2 y 10 años, todos ellos huérfanos de la guerra civil que asola zonas rurales de Nepal, por la guerrilla maoísta. Era conmovedor, todos ellos parecían muñecos, con sus caritas redondas y grandes ojos negros, ataviados con unos abriguitos rojos con capucha. Muchos de nosotros hicimos una donación para que aquella buena mujer pudiese continuar con tan hermosa tarea. Todo un ejemplo de humanidad, muy próxima a los principios budistas de la compasión y al principio universal de la ayuda al prójimo.
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Al día siguiente, nuestro último día en Katmandú y último del viaje, José Ramón nos dió el día libre. Nos acercamos caminando al centro, a Thamel, volviendo a recorrer las callejuelas y las tiendas, parándonos a admirar sobre todo las tankas, thangkas (en tibetano, la “G” es muda). En esencia, las tankas son tapices de seda pìntada. Originalmente eran utilizadas por los monjes itinerantes por la facilidad para llevarlas enrolladas e ilustrar los principios del budismo, aunque su uso suele ser estar colgadas -con su eje más largo en vertical- en templos o en altares familiares. El tema más frecuente plasmado en las tankas es el de la Rueda de la Vida, con representación plástica de esos principios de los que ya hemos hablado, como los Tres Enemigos, las Cuatro Verdades y demás, pero la temática es muy amplia: escenas de la vida de Buda o sus variadas manifestaciones, tales como la Tara Blanca, la Tara Verde, el Buda de la Medicina y muchas más. Las tankas, según su calidad, pueden ser detalladísimas, con un “horror vacui” donde no se dejará un centímetro sin rellenar, y donde cada figura o cada escena tiene un alto valor simbólico…y ya hemos visto cómo puede ser el budismo de complejo…
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Unos cuantos emprendimos una excursión a pie, a otra de las grandes stupas de Katmandú: la stupa elevada de Swayambhunat. Situada en lo alto de una colina, es un conjunto de templos mas una stupa, venerados no sólo por los budistas sino también por los hinduístas. Aunque con anterioridad ya hubo edificaciones, el conjunto se terminó en el año 640 y se considera el primer lugar sagrado de Katmandú, por delante incluso que la gran stupa de Budanath. Al igual que ésta, la stupa está decorada en su parte superior con los ojos de Buda mirando hacia los cuatro puntos cardinales, pero en este caso adornados con una línea vertical que, a los occidentales, nos pudiera parecer la representación esquemática de una nariz, pero que en realidad es el símbolo de la unidad, la unidad de Nepal, en este caso. A Swayambhunath también se le conoce como “el templo de los monos”…Muchos macacos deambulan por todas partes, y a los que se consideran sagrados. Macacos, más “urbanitas” que los langures (más de campo) que vimos en el Pico del Buitre.
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     Macaco sobre un dorje, sin el menor respeto por los símbolos budistas
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     Con mi amiga Palmira  y mi camiseta del Real Madrid, al pie de los 365 escalones
Para acceder a Swayambhunath a pie es necesario ascender por una larga escalinata de 365 escalones (se puede acceder también por el otro lado, en coche, pero tiene menos mérito), que se nos hace larguísima, llegando arriba un tanto sudorosos, pero la visión del valle de Katmandú merece la pena. La ciudad aparece casi a vista de pájaro, extendida por la llanura y, un poco más lejos, a no más de 100 kilómetros, la alta cadena nevada de los Himalayas sobrecoge por su inmensidad. Pensaba mientras veía esos picos que, si desde Madrid, la Sierra de Guadarrama (a 50 kilómetros y de poco más de 2.000 metros de altitud) ya destaca en los meses de invierno, cuando se llena de nieve, estas montañas del Himalaya, siempre blancas, de 6.000 u 8.000 metros de altitud, forman un enorme paredón allí, casi al alcance de la mano.
Nada más llegar arriba nos encontramos con una representación de gran tamaño de uno de los símbolos budistas por excelencia: el vajra (en sánscrito: relámpago, o diamante) o dorje (en tibetano), representación de la iluminación y de la fuerza. Grupos de monjes o de fieles paseaban por los alrededores, mientras los monos se encaramaban a los sitios más sagrados, como el gran dorje, ignorantes de su significado. Al cabo de un rato y tras contemplar aquello, nos dimos la vuelta y nos dirigimos a las escaleras. Ésta vez (¡menos mal!), cuesta abajo. Aún tuvimos que desembarazarnos de santones que intentaban vender el pintarnos una rayita roja en la frente, como símbolo de Shiva. En Katmandú, como en La India y en cualquier parte del mundo, la gente se busca la vida como puede, y si es con turistas “ricos”, mejor todavía.
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             En una placita cualquiera, el símbolo hinduísta del lingam con el yoni
Volvimos al hotel callejeando, era una caminata larga, pero fuimos atravesando calles y placitas discretas, lejos del tumulto turístico del Thamel. Por todos lados, pequeños templos con imágenes de Buda, o frecuentes imágenes del lingam, símbolo fálico de Shiva, con la representación esquematizada del toro sagrado que le transportaba. El lingam se puede traducir del sánscrito como “falo”, pero también como “marca” o “signo”, más en su sentido de energía masculina que de pene. En las figuras lo vemos asociado a menudo con el yoni, símbolo a su vez de la vulva y de la energía femenina. Shiva (recordemos: el protector de Benarés) es uno de los tres dioses hindúes que constituyen la Trimurti, algo así como la Trinidad hinduísta. Sus papeles están repartidos: Brahma es el que crea el universo, Shiva el que lo destruye cíclicamente, y Visnú el que lo preserva. Cada uno de estos tres dioses, al igual que la iconografía budista, tiene su representación particular y un complejo mundo de símbolos y de personajes asociados a ellos. No es casualidad que el panteón hindú, creado por pueblos arios, tenga sus similitudes con otro panteón de origen ario: el grecorromano, plagado de dioses, semidioses y héroes.
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                                                      Anna degustando su tumba
Era nuestra última noche en Katmandú. Caminamos hasta la gran stupa de Budhanat. Atardecía y, aunque había todavía gente alrededor, ya no era la aglomeración de por las mañanas. Estábamos en el barrio tibetano y localizamos un bar (en España hubiésemos dicho un tugurio) donde monjes y novicios budistas cenaban sopas. Nosotros pedimos unas tumbas, así, como suena, una especie de cerveza amarga en potes de madera, que nos parecieron ricas…quizá por lo exótico.
Ya de vuelta al hotel -serían más de las diez- nos paró un control militar. Nepal se encontraba en una situación de guerra civil, con los guerrilleros maoístas en las montañas y en la zona Este, y estaba prohibido caminar por las calles a partir de esa hora. Afortunadamente vieron mi talismán: mi camiseta del Real Madrid, ante la que apenas hubo necesidad de enseñar  nuestros pasaportes. La sonrisa apareció en sus caras: ¡Ah, españoles, Real Madrid!…a lo que siguió, sin un fallo, la alineación completa del equipo. Nos despidieron sonrientes, sin el menor problema. ¡Gracias, madridistas, no sabéis hasta dónde llega vuestra influencia!…. A la mañana siguiente volábamos para mi ciudad, sede de tan glorioso equipo…
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Y niños por todos lados. Los de la izquierda, mendigos de Benarés. Los de la derecha, comiendo caña de azúcar
Destacado

Rocadragón, los cachalotes de Franco y el rodaballo.

San Juan de Gaztelugatxe
A San Juan de Gaztelugatxe, alias Rocadragón
 
Millones de personas en todo el mundo se han vuelto unos forofos de la serie Juego de Tronos (yo, entre ellos)y millones de ellos han podido ver en los últimos capítulos de la serie la sombría fortaleza de Rocadragón, sede de  personajes tales como la rubia reina Khaleesi, el astuto enano Tyrone Lanister y, sobrevolando los torreones, sus amenazadores dragones.
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Reconstrucción virtual de Rocadragón. En la fotografía de la derecha, que refleja el proceso del trabajo de composición, se puede reconocer la escalinata de la ermita
Maya y la Montaña
Y ya puestos con los personajes de Juego de Tronos, una entrevista que mi hija Maya (nombre artístico: Mayapixelskaya) realizó en el programa AMA de Vodaphone (podéis verlos por internet) al actor islandés Hafthor Július Björnsson, que interpreta al personaje de la Montaña. Oficialmente: el hombre más fuerte de Europa.
De entre esos millones de seguidores, sólo unos miles saben que los responsables de exteriores de la serie localizaron un escenario ideal para situar Rocadragón, siempre con la ayuda de los efectos especiales: la ermita de San Juan de Gaztelugatxe (la de “el castillo de roca”, en euskera), en la escarpada costa de Vizcaya. A raiz de esa propaganda global, los visitantes se han multiplicado pero, aparte de la incomodidades que tan gran número de visitantes pueden suponer, la visita a la ermita sigue valiendo la pena.
Porque subir hasta San Juan de Gaztelugatxe supone, como mínimo, una pena, o más bien un esfuerzo. Toda una experiencia si no mística, sí cansada y gozosa, porque lo que nos cuesta alcanzar, luego se disfruta el doble. Per aspera ad astra, como bien dijo el muy estoico Séneca y que podemos traducir del latín como: Por lo difícil, hasta las estrellas.
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Pero dejémonos de filosofías y volvamos a la ermita de San Juan, antes conocida como San Juan de la Peña (no confundir con la oscense, cerca de Jaca).
Conocí la ermita y parte de la costa de Vizcaya hará más de 20 años, con un grupo de amigos de Mondragón, actual Arrasate, y los recuerdos de aquellas excursiones me pedían volver. Así que, en Julio de este año (2018) y en compañía de mi novia más una pareja de amigos que no conocían estos lugares, aprovechamos la ocasión para dirigirnos hasta allí.
Habíamos reservado con antelación alojamiento en el hotel Txaraka, de Bermeo, dado que la ermita se encuentra a 10 kilómetros, un recorrido cortito. Y dado que, con su actual fama como “Rocadragón”, el aforo de visitantes ha crecido como la espuma, pedimos “cita” en el control de visitantes por internet a las 10 de la mañana.Aún no cobran, pero todo se andará.
Jose Ángel, el dueño del Txaraka, ya me había contado por teléfono al reservar que, en Semana Santa, se había registrado la friolera de un total de 20.000 visitantes. De hecho, me dijo, había visto fotos de esos días con una multitud abarrotando la escalinata (doscientos y pico peldaños, 241 para ser exactos ) que da acceso a la ermita, con una fila ininterrumpida de personas subiendo y otra bajando.
Ahora no estábamos en Semana Santa, pero era el fin de semana del 14 y 15 de Julio, con mucha gente que comienza o finaliza sus vacaciones y quieren apurarlas. Para colmo, y pese a la previsión meteorológica, nos hizo muy buen tiempo. Ir prontito era muy buena idea. Así que, tras un copioso desayuno en el hotel a las 9 de la mañana (“a algunos les parece poco”, nos dijo Jose Ángel, con su socarronería habitual), a las 9 y media ya estábamos en marcha.
El camino, bordeando bosques, caseríos y la costa cantábrica, resultaba a cada rato más espectacular. Al llegar a San Juan, ya no se podía dejar el coche abajo, junto al arranque de la escalinata como la vez anterior que estuve. Ahora han habilitado unos parking en lo alto, junto a un restaurante, el Eneperi, que se ha hecho famoso por sus pintxos y que hace su agosto con toda esa cantidad de visitantes al reclamo de Rocadragón y donde, ya a la vuelta, nos repusimos de la caminata y de las cuestas.
Porque andar, hay que andar. Una vez pasado el control de visitantes, junto al Eneperi, un largo y empinado camino en cuesta descendía hasta la parte de abajo (“sabes que tendremos que subir a la vuelta, ¿no?”…”sí, ya me doy cuenta”). El paisaje y las vistas, cada vez más espectaculares, con paradas frecuentes para hacernos las inevitables fotos. Y, una vez abajo, ahora tocaba subir los doscientos y pico escalones.
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La ermita se halla situada sobre una montaña, en medio del mar, a 79 metros sobre el nivel del ídem. El primer tramo discurre por la escalera construída sobre unas grandes rocas, un itsmo hasta la montaña y donde, a cada lado y entre calas rocosas, el Cantábrico. Un poco más allá, se cuelgan negros acantilados. Poco a poco, entre foto y foto que aprovechábamos para tomar aliento, llegamos por fin a la ermita. El edificio en sí es modesto y ni siquiera bonito, pero la devoción que supone para los arrantzales (los pescadores) en un medio tan hostil como puede ser el mar, les merece su protección. Por dentro, hay numerosos exvotos en forma de cuadros, remos y maquetas de txalupas como agradecimiento por los arrantzales. En la puerta, una cuerda permite repicar tres veces la campana cual sortilegio que, al parecer, te librará de naufragios. Nunca hemos navegado por el fiero Cantábrico pero sí hemos hecho travesías en velero por el Mediterráneo y, por si acaso, cumplimos con el rito. No fuimos los únicos: aquella campana se dejaba oir constantemente.
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Porque al Cantábrico hay que tenerle mucho respeto, bien lo saben los marineros, como testimonian los exvotos. Uno de los cuadros que adornan la pared de la ermita enumera las víctimas de una galerna que sacudió las costas de Vizcaya el 12 de Agosto de 1.912. Murieron 116 arrantzales de Bermeo, cuyos nombres se relacionan en el cuadro, más 27 de otras localidades cercanas.
Dentro de la ermita y para el sostenimiento de sus gastos, un hombre se ocupaba de vender velas, libros y escapularios…¡ojo, que éstos están bendecidos por el párroco de Bermeo, uno a uno!…nos aclaró... Si los véis por otro lado, esos no están bendecidos, no son lo mismo… Le compré dos, un poco por ayudar al mantenimiento de la ermita y un poco por alejar la mala suerte. Me fijé en él porque iba cubierto por un mono blanco de papel, de los que usé cuando el desastre del chapapote, hace más de diez años. Así se lo hice saber y ahí comenzó una animada conversación. Afuera, otro operario con el mono blanco que rascaba pintura vieja de un canalón y con evidentes ganas de hablar, aclaró mis dudas y nos explicó muchas cosas. Jesús -así se llamaba-, nos contó que ambos eran marineros jubilados bermeanos, treinta y tantos años en barcos atuneros por todos los mares del mundo, ambos como maquinistas.
Desde lo alto del peñón se disfrutaba de un panorama de 360 grados. Hacia el oeste se divisaba perfectamente el pueblo de Bakio con su larga playa. Bermeo, hacia el este, quedaba oculto tras el cabo de Matxitxaco. En el mar y frente a Bermeo, lo que parecía una plataforma petrolífera. No es de petróleo, sino de gas, de la empresa Petronor, me aclaró Jesús. Me condujo al interior de la ermita y me contó los detalles de los exvotos, así como el recuadro donde se detallaban las víctimas de aquella terrible galerna. También nos contó que en algunas fuertes tormentas, las olas llegaron a alcanzar una altura de 20 metros, hasta de 22, añadió, y que aunque no alcanzaban los 79 a que está situada la ermita, el fuerte ventarrón la salpìcaba de espuma y ráfagas de agua, que corrían como ríos…En Bermeo, me dijo, el malecón del puerto se ha roto un par de veces…¡y  habiendo visto el pedazo de malecón, se podía uno imaginar la furia del mar!…
De tormentas y plataformas marinas pasamos a hablar de la vida en el barco, y de ahí a las ballenas, y ya de las ballenas acabamos saltando al cachalote de Franco. Tras tan amena charla tocaba volver. Nos despedimos de Jesús y de su amigo y, con nuestros escapularios bendecidos (¡por si acaso, nunca está de más!), desandamos las escalinatas con cada vez más gente que subía a la ermita y, tras subir con esfuerzo la cuesta que antes habíamos bajado, nos dimos un merecidísimo homenaje en el restaurante Eneperi. Unas cuantas cervecitas y unos cuantos pintxos, entre los que se hizo difícil escoger de la cantidad que había, a cada cual más tentador. Nos sentamos en unas terrazas al exterior, en una cervecería anexa al restaurante y bautizada como Galerna (con un cartel donde recordaban la de 1.912, de triste recuerdo), lleno de largos bancos de madera y situados frente al mar. ¡El mejor sitio para recuperarse de las cuestas!. Pero retrocedamos al cachalote de Franco…
Eneperri
En la foto y de izquierda a derecha el autor, Mercedes, Jordi y Rosa, reponiéndonos
Los cachalotes de Franco
Como buen gallego, se supone que a Franco le gustaba la pesca, además de la caza. Muchos veranos solía salir por el norte con su barco, el Azor. Al que le apetezca conocer más detalles de sus andanzas le recomiendo consultar la página de internet de Josu Erkoreka, muy documentada, y de la que me he permitido coger prestados -sin su permiso, espero sepa disculparme- algunos datos. Por mi parte, la primera noticia que tuve de las “proezas” como ballenero del Caudillo la descubrí por un recorte de periódico que me mandó un amigo y que mencioné escuetamente a posteriori en una entrada de mi blog DersuLee (si queréis cotillear, os recomiendo  entrar a verlo, tengo más de 75 entradas -que no artículos- desde historia a naturaleza y de viajes), titulada precisamente Balleneros vascos en la antigüedad.
cachalote de Franco
 
Fue preguntarles a Ángel y a su amigo si sabían algo de la foto del cachalote, y entusiasmarse ambos. Siempre he tenido “buen rollo” con los vascos porque son gente alegre y con un humor muy socarrón, con los que me resulta fácil hablar. Efectivamente: la foto del recorte del periódico, que les enseñé y guardaba en mi móvil, era justamente en Bermeo. Pero no fue el primero que cazó, así que os adelantaré algo.
Franco había cazado atunes, pero había hecho instalar en la proa del Azor un cañón lanza-arpones, de los que patentaron los noruegos allá por los años 30, y buscaba presas más grandes. El 6 de Agosto del año 57 cazó (lo de pescar se reserva para los peces) lo que la prensa llamó una ballena pero que, por las fotos y el peso declarado (una tonelada, aproximadamente) parecía ser un calderón. Franco se dirigió con su presa al puerto de Donosti, donde le recibieron las autoridades civiles y militares con el lógico boato, además de lo que se decía en la prensa “aclamado por una entusiasta multitud”…No podemos juzgar los hechos como si hubiera sido ahora, con tanto movimiento ecologista y tanta oposición. Hay que considerar que en aquellos años y con el régimen militarizado de la época, lo de que Franco hiciera su aparición era una cosa muy, pero que muy seria. Impensable no demostrar “entusiasmo” ante la llegada del Invicto Caudillo.
calderón de Franco,
El calderón, que no cachalote, en el puerto de Donostia
El 31 de Agosto del 58 Franco entró al puerto gallego de Sada con un cachalote de 14 metros de largo y unas 28 toneladas de peso. Un año más tarde, concretamente el 5 de Agosto del año 59, Franco hizo su aparición en el puerto guipuzcoano de Pasaia (Pasajes). Esta vez sí con un cachalote bastante más grande, un animal de entre 35 y 38 toneladas de peso, remolcado por el carguero Almanzor. Como es lógico, se repitieron las fotos, los artículos laudatorios en la prensa franquista -no había otra- de la época, los recibimientos por parte de las autoridades y, de nuevo, la “multitud entusiasta” aclamando al Caudillo de todas las Españas. Le había costado vencer al animalito nueve horas y media, en el transcurso de las cuales le había disparado con la ayuda del cañón 7 arpones, de los de 18kg, mas otros 5 de los de 10, sin contar un total de 120 disparos de carabina…sin comentarios…
Pero vayamos al que nos interesa, el de Bermeo. Los bermeanos veían a menudo en los veranos al yate Azor, pero fondeado lejos del puerto, en unos promontorios cerca de una fábrica de salazones llamada Alfa y por donde los pescadores pescaban chipirón. Y con el famoso humor socarrón vasco, y su facilidad para componer canciones a la menor ocasión, habían compuesto una que decía:
tío Patxiko Alfan dau tximinoitxen…(no os preocupéis, que os lo traduzco:  el tío Paquito captura chipirón frente a Alfa…
Cachalote de Bermeo
El 12 de Agosto de 1.963, aniversario de aquella tremenda galerna ya mencionada, Franco entró esta vez en el puerto de Bermeo ayudado de nuevo por el carguero Almanzor, remolcando el cadáver de un cachalote de unas cuarenta toneladas que dejaron en la rampa de acceso al puerto. Una vez hechas las fotos y recibidos los pertinentes homenajes, el cachalote ya no le interesaba para nada y allí mismo lo dejó, cedido o, sin duda, vendido a un empresario local para el aprovechamiento de su aceite. El problema es que, para aquella época, ya no se disponía del utillaje empleado en otros tiempos para el despiece de las ballenas: grandes hojas sujetas a largos mangos y otros utensilios similares, con lo que comenzaron a despiezarle poco menos que con cuchillos de cocina, sierras y hachas… Pero, ¡claro!, un cachalote abulta bastante más que un chuletón, y la tarea comenzó a hacerse muy larga. A los dos días tuvieron que pedir prestadas a los bomberos de Bilbao unas motosierras para agilizar el troceo.
El cachalote de Franco en Bermeo
             El cachalote a medio trocear (fotografía cortesía de los dueños del Txaraka)
Habían pasado dos días y “aquello” ya comenzaba a oler mal. Al tercero, todo el puerto y todo el pueblo apestaba. Los bermeanos, sin perder el sentido de humor (aunque quizá en esos momentos tapándose las narices) aún compusieron otra cancioncilla donde decían algo así como que… el cachalote de Paquito olía muy mal, muy mal, muy mal… No sé ni cómo ni dónde acabaron los restos del cachalote. Lo que sí pude comprobar, es que dejó un apestoso recuerdo entre los bermeanos.
Escudo de Bermeo
Escudo en la fachada del Ayuntamiento de Bermeo donde se representa la caza de una ballena, actividad muy importante en la antigüedad
Camino de Lekeitio
 
Comenté antes que fuimos el fin de semana del 14 y 15 de Julio. Coches y gente por todos lados. No me voy a quejar, porque nosotros también éramos “gente” y no voy a pretender que, como a Franco, nos reservasen los sitios para nosotros solos. Pero es verdad que en algunos pueblos por donde pasamos nos fue materialmente imposible aparcar para darnos una vuelta. Para colmo varios festivales de música reggae o teatro callejero “petaban” los pueblos, a tal punto que, en las carreteras de entrada y salida, no sólo aparcaban a un lado, sino ocupando incluso todo un carril, a lo largo de un kilómetro o más..
Visitamos Lekeitio, precioso pueblo, aparcando en las afueras, que recordaba como muy bonito pero que volvió a sorprenderme, con su paseo marítimo, su playa, su ría y sus miradores. Otros pueblos como Elantxobe, colgados en empinadísima ladera. Si en San Juan de Gaztelugatxe ya subimos cuestas, en Elantxobe aquello era, si no vertiginoso, muy cansado. Dado que, contrariando la previsión meteorológica que amenazaba lluvias, hacía sol y calor, si en San Juan acabamos sudados, en Elantxobe teníamos las camisas empapadas. Aprovechábamos las paradas para tomar cerveza y algunos ricos pintxos, pero estábamos cansados ya de tanta cuesta y decidimos volver a Bermeo.
La ballena de Orio y el rodaballo
 
El caso es que yo, caprichoso como soy, tenía bastante “mono” de comerme un rodaballo y, ¡qué mejor sitio que estos puertos del norte!… En Madrid a veces los compro y los como, pero recordaba con nostalgia uno devorado hace años en el puerto pesquero de Donostia. Ya de vuelta y gracias a la telefonía móvil (¡tan denostada!) reservamos en el restaurante del casino de Bermeo y, antes de preguntar si tenían sitio para cuatro, preguntamos si tenían rodaballos. Pues hemos vendido varios, pero creo que nos queda uno de dos kilos…¡Resérvanoslo, y mesa para cuatro!… Y con la felicidad en el rostro volvimos con una hora de margen al hotel para darnos una ducha, cambiarnos de ropa y caminar hasta el puerto.
Tuve tiempo para hablar con Jose Ángel, el dueño del Txaraka para narrarle el periplo a San Juan y hasta Lekeitio y, al contarle la historia del cachalote de Franco del que nos habían hablado Jesús y su compañero en la ermita, se le iluminó la cara…Creo que mi mujer tiene alguna foto del bicho…nos dijo. La llamó (entre los dos solos llevaban el hotel) y, efectivamente, nos dijo su mujer que tenía alguna foto, guardada con otras en alguna caja…Mañana en el desayuno os la enseño…Nos contaron la anécdota de la peste que dejó el cetáceo y, hablando de ballenas, recordamos el episodio de la ballena de Orio. El episodio fue tal que así:
El 14 de Mayo de 1.901 se armó tremendo revuelo en el puerto a las 9 de la mañana. Niños y viejos gritaban: ¡Balea, balea!… (¡ballena, ballena!), como en las mejores escenas de Moby Dick. Hacía ya dos o tres siglos que la caza excesiva había llevado casi a la extinción la población de ballenas vascas o francas -en Euskadi las conocían como “ballenas sardas”- que antaño tanto trabajo y beneficios habían dado a los arrantzales y que ahora se cazaban, si acaso, en los lejanos mares del Canadá. La aparición de aquel ejemplar, un tanto despistado pero sujeto al instinto de sus migraciones, puso a tiro frente a la barra de Orio uno de los últimos ejemplares de Eubalaena glacialis, como la conocen los científicos.
balleneros la ballena de Orio, 1901
                                   La famosa ballena de Orio
Rápidamente los oriotarras botaron cinco chalupas y remaron hacia la ballena. Hacía tiempo que la costumbre y la tradición de los arponeros se había perdido, pero aún pudieron recuperar algún viejo arpón de los viejos almacenes. Lo malo es que también habían perdido la costumbre y la puntería. Las cinco chalupas rodearon a la ballena y, aparte de algún arponazo sin mucho tino, acabaron con ella gracias a cartuchos de dinamita. No obstante y pese a la ayuda de la dinamita, cazar una ballena no era tarea fácil y, cuando desde el puerto, los oriotarras comprobaron que habían acabado con ella, el entusiasmo fue general. La ballena pesó, según las crónicas, 1.200 arrobas, y la lengua, muy apreciada, unas 200 (trece toneladas y media más dos y pico la lengua). Doce metros de larga. La grasa que obtuvieron -no sé la cantidad exacta- se vendió a seis pesetas de la época el barril. Si tenemos en cuenta que de una ballena -según tamaño- se obtenían entre 40 y 90 barriles, pues se puede calcular que obtuvieron aproximadamente como mínimo 300 o 400 pesetas, de las de la época, insisto. ¡Toda una ganancia!.
La ballena de Orio
Mosaico en el salón de Plenos del Ayuntamiento de Orio, rememorando la captura de la ballena
Todavía hoy y cada cinco años se celebra en Orio la Fiesta de la Ballena conmemorando aquella hazaña. Los oriotarras compusieron, según la costumbre, una canción donde se narra la batalla y en la que se mencionan los patrones de las cinco chalupas: Manuel Olaizola, Loidi, Uranga, Atxaga y Manterola. Todavía hoy, me dijo Jose Ángel, se bautizan barcos en Orio con los nombres de aquellos cinco héroes… Tengo una grabación de Benito Lertxundi con la canción, si quieres mañana os la pongo…aunque está en euskera…¡Ningún problema, mañana la oímos!… (aunque soy de Madrid y, como es de suponer, no hablo euskera). Y de esta manera a la mañana siguiente, tras ver la foto del cachalote de Franco a medio despiezar y mientras desayunábamos, pudimos escuchar, con la voz de Lertxundi, el himno de la última ballena, la de Orio.
Pero tocaba ir a cenar, nuestro rodaballo nos esperaba. Nuestro anfitrión y ya colega, Jose Ángel, nos recomendó acompañarlo con txacolí y algún aperitivo a base de anchoas al estilo de Bermeo acompañadas con pimiento rojo, recomendación que prometimos acatar religiosamente. Una vez en el casino, nos habían reservado una mesa en la terraza, directamente sobre el Portu Zarra, (el Puerto Viejo), un sitio excepcional. Cuando hablamos con el maître, Pedro (no bermeano, precisamente, sino centroamericano, pero todo un personaje), nos dijo que había llegado aquella misma tarde un rodaballo…un poquito más grande…¿Como cuánto más grande?…Más de dos kilos, pero como sois cuatro sacaremos cuatro buenos filetes….¡Pues adelante con el rodaballo!…
Rodaballo
Zamburiñas
Para que veáis que no exagero: Jordi y Rosa delante de las zamburiñas, y del tremendo rodaballo que está gritando ¡cómeme!… 
Mientras preparaban el rodaballo y respetando las recomendaciones de Jose Ángel, pedimos de entrada una botella de txacolí (caerían más), unas anchoas a la bermeana y, ya puestos, unas zamburiñas. Todo, tengo que reconocerlo, exquisito, aunque aún faltaba lo mejor. Os cuelgo fotos para que veáis que no exagero, pero ya el aroma precedió al pez. Aquel rodaballo pesaba más de dos kilos y, muy posiblemente, tres. Y como los cuatro somos muy agradecidos con las cosas de comer dimos buena cuenta, pero nos costó. Pedro, el maître, demostró esa maestría de maître sacando los cuatro hermosos filetes que nos sirvió a cada uno con unas patatitas a la panadera pero, ante el pedazo raspa y los recortes de las espinas periféricas aún añadió, serio y conciso:…aquí todavía hay carne… Sí señor, todavía se podía rebañar. Ya hartos pero con la inercia que da la gula, aún sacamos “carne” para entretenernos un rato. Una vez bien cenados, con el txacolí dándonos vueltas por la cabeza y con las piernas cansadas de tanta cuesta, nos dirigimos al hotel con la intención de tomarnos un merecido descanso. Había sido un día largo pero muy bien aprovechado.
De vuelta. La playa de Barrika, Bilbao y el Área Tudanca de Aranda de Duero.
Antes del desayuno Jose Ángel nos tenía preparadas algunas fotos del famoso y hediondo cachalote de Franco que fotografié con el móvil, con su permiso, mientras nos ponía la canción de la ballena de Orio y algún otro tema de Benito Lertxundi…antes era más rebelde…ahora ya está más moderado…, aclaró. Lertxundi, de voz melodiosa, siempre me ha parecido un buen cantautor aunque es cierto, y como decía Jose Ángel, que en sus comienzos era bastante radical. Recuerdo un tema que escuché en Navarra visitando la Valdorba, valle que quedó despoblado y que ahora comenzaban a habitar jóvenes, que me pareció una canción muy bonita, y alguna más.
Todos los hospedados en Txaraka parecía que nos habíamos puesto de acuerdo para desayunar a las nueve. Tampoco éramos muchos, pero los suficientes para no poder despedirme de la mujer de Jose Ángel (estaría liada en la cocina preparando zumos, cafés y tostadas) así que nos abrazamos, prometimos volver (¿quién sabe?, ¡ojalá!), le dí recuerdos para ella, y partimos.
Lemóniz
                     Lemóniz, la central nuclear que no llegó a ponerse en uso
Esta vez íbamos dirección Oeste. Pasamos -y no paramos- por Bakio, sí hicimos breve parada junto a la central de Lemoniz y seguimos con la intención de parar un ratito en Plentzia (antiguamente, Placencia). Imposible: aunque el pueblo tenía muy buena pinta, otra vez atasco de coches y ni un hueco para aparcar. Pero esa circunstancia nos favoreció. Al poco de salir de Plentzia y un poco frustrados por no poder parar ví a la derecha un cartel: Playa de Barrika. Nos dirigimos hacia allá. Una corta carretera, unos cómodos parkings y una escalinata de madera que bajaba hacia una playa…¿extraña?… Luego pudimos leer en los carteles informativos que aquellos negros acantilados, como pudimos comprobar, presentaban unos pliegues geológicos realmente espectaculares, doblados o plegados como un acordeón, como las páginas de un libro. Pero los pliegues se prolongaban en la playa, formando rectas líneas de roca hasta el mar, cual paredes, paralelos unos a otros, y tapizados de verde  -estábamos con la marea baja- por las algas. Entre muro y muro, se formaban piscinas donde la gente se bañaba. No nos habíamos bajado los bañadores y no era plan de volver a subir la cuesta (¡más cuestas no, gracias!), pero nos quitamos los zapatos y con los pantalones cortos aún chapoteamos en aquellas piscinas de agua calentita. Muy bonita, la playa de Barrika.
Playa de Barrika 1
Playa de Barrika 4
Nuestra siguiente parada ya era Bilbao. Mis amigos no lo conocían, así que aparcamos cerca del Guggenheim, y nos dimos unos paseos por fuera admirando su arquitectura. Les conté que el arquitecto, el canadiense Frank Gehry, según había leído tiempo atrás, se inspiró para el revestimiento de placas de titanio del edificio de cuando era niño y pescaba con su padre, en las escamas de los peces. Sea como sea, el resultado -para mi gusto- es bellísimo. Bilbao ganó mucho tras la construcción del museo y lo que era antes la fea “orilla izquierda”, de viejos almacenes y vías de tren, ha quedado espectacular, con nuevos edificios, zonas ajardinadas y el tranvía, que recorre el contorno.
Guggenheim 2Guggenheim 3
Bajo la “Araña” de Louise Bourgeois, y frente al Guggenheim, haciendo el tonto
Había convencido a mis amigos para hacer una última parada en Aranda de Duero pero no en el pueblo esta vez sino, concretamente, en el Área Tudanca de la autovía. ¿El motivo?. Ellos tienen casa en la playa, entre el límite entre Valencia y Murcia, y por esa razón apenas han viajado al norte de Madrid. Yo sí he estado varias veces y había dos razones de peso: una, que venden ya asado y en sobre hermético cuartos de cordero, el famoso lechazo de Aranda. Cada vez que bajo del Norte, paro y compro. No hay más que sacarlo y calentarlo en el horno. Y la segunda: estamos en la ribera del Duero, y tienen una tienda de vinos surtidísima, con una amable empleada que te puede informar de lo que haga falta. Y como a mis amigos ya les conozco de sobra, y como habían demostrado anoche con el rodaballo y el txacolí, les encanta comer y beber, sabía que esta parada les iba a gustar.
Ana -la siempre amable empleada- nos informó de los vinos, de los que nos llevamos algunos. Y aunque nos dijo que había sido un fin de semana intenso, creía que aún quedaría algo de lechazo: hubo suerte, y nos llevamos un cuarto cada pareja. El resto del regreso ya fue cuestión de estrategia. Pasando Aranda comenzamos a consultar el informador de tráfico del móvil. Según el aparato, decía que a la altura de Lozoyuela, pasando ya Somosierra, había atascos. ¡Normal, con la de coches que habíamos salido, siendo domingo por la tarde!. Pero informaba que el atasco era ya de una hora y pico. Así que rodeamos por Segovia y sin pasar por el peaje de San Rafael, siempre “petao”, tiramos por La Granja y el Puerto de Navacerrada. ¡Mano santo!. Algunos coches, pero sin atasco. ¡Bendito móvil!, no tengo esa aplicación en el mío pero habrá que pensárselo, no hay nada más desesperante que tras un largo viaje, tener que “chuparte” encima el atasco de marras.
Nuestro destino final era Villalba. Nos despedimos de nuestros amigos y cargados de vino, lechazo y con el rodaballo aún en nuestro estómago, nos dirigimos, ¡por fin!, a nuestra casa de San Lorenzo a descansar. Un estupendo fin de semana.

 

Guggenheim

                                       Ante Puppy, la mascota del Guggenheim

Balleneros vascos en la Antigüedad. Ballenas, bacalao y piratería

Balleneros chalupa 2
Traduciendo el texto: “Vizcaína, pequeña chalupa que va a la pesca de la ballena”
1.-La matanza de los balleneros vascos en Islandia. Glosario vasco-islandés
2.-Balleneros vascos en el Golfo de Vizcaya
3.- Un poco más lejos. La caza de la ballena en el Atlántico Norte
4.-Las ballenas, los cachalotes, Moby Dick y el Leviatán
5.-El bacalao: un pez que estuvo a punto de extinguirse. El skrei noruego
6.-Se acabaron las ballenas. Comienza el pirateo
7.-El Paso del Noroeste. Juan de Fuca: el timo del siglo
8.-Epílogo. Los últimos balleneros españoles en el siglo XX: Ceuta, Algeciras y Galicia…y dos arponeros vascos.
1.-La matanza de los balleneros vascos en Islandia. Glosario vasco-islandés
El 22 de Abril del 2015 se derogó -oficialmente- en Islandia la ley que permitía matar vascos: la Baskavigin, Spanverjavigin. A tal fin se hizo una celebración en la isla a la que acudieron miembros del gobierno vasco y autoridades islandesas, supongo que amenizado en amor y compañía con un banquete a base de salmón y cordero islandés (nada que ver con las paletillas castellanas), y regado con Brennivin, un aguardiente local elaborado con patata fermentada, también conocido como la “muerte negra”.
En un viaje que hice hace pocos años a Islandia y entre otras muchas cosas preguntamos al guía local (hablaba un correcto castellano, aprendido en sus años de estudiante en Barcelona) que si en aquellos paisajes solitarios se producían crímenes a lo que, compungido, nos respondió que…bueno, un asesinato al año…o dos… De haber sabido que el Spanverjavigin aún seguía vigente quizá me hubiese planteado aquel viaje aunque, obviamente, hacía siglos que nadie la aplicaba. Pero, ¿de dónde salió semejante ley homicida?…
Ballenas mapa Islandia
Mapa de Islandia de la publicación Theatrum Orbis Terrarum, grabado por Abraham Ortellius en 1.585, dedicado por Andreas Velleius (Andreas Sorensen Vedel) a Federico II de Dinamarca. Es una colección de 70 mapas de todo el mundo, con un autor para cada país. El autor no es Andreas Velleius sino seguramente el islandés Gudbrandur Thorláksson, obispo de Hólar, por el gran detalle geográfico reflejado. En el centro se ve el volcán Hekla en erupción. A la derecha y sobre témpanos de hielo, osos polares. En el mar y según la tradición del momento se ven -con imaginación- varios monstruos marinos asimilables a ballenas, con sus chorros de vapor. Según el texto de su parte posterior en que se describe el mapa, el monstruo que se ve en la parte central del margen izquierdo, sería un cachalote. Los fiordos escenarios de la matanza son los del sector noroeste, correspondientes a los de la parte superior izquierda en el mapa.
A comienzos de los años 1.600 la presencia de los balleneros vascos era frecuente en Islandia. La primera mención registrada de acuerdos locales data de 1.610, entre los balleneros y los islandeses, que duraban lo que duraba la temporada de caza, con una estación ballenera en los remotos fiordos del noroeste y de los que ambos sacaban provecho. De hecho los islandeses se consideraban -y se consideran- granjeros, viviendo sobre todo de sus ovejas. El verano de 1615 fue especialmente frío y, para cuando quisieron irse, ya en el mes de Septiembre, unos fuertes temporales hicieron que de unos 20 barcos balleneros vascos, 3 de ellos resultaran dañados al estrellarse contra la costa y unos 80 marineros quedaran retenidos por el mal tiempo, dispersándose y buscando refugios en granjas abandonadas. Al frente de sus capitanes: Esteban de Tellaria, Pedro de Aguirre y Martín de Villafranca, al parecer cometieron abusos en algunas de las granjas, robando ganado para poder sobrevivir, lo que produjo la lógica tensión con sus habitantes.
El pastor luterano Jon Grimsson quiso mediar en el conflicto recibiendo amenazas -llegaron a ponerle en el cuello un dogal amenazando con ahorcarle-, con lo que en Octubre de 1615 y azuzados por el pastor y por Ari Magnusson, una especie de sheriff local, asesinaron por la noche a Martín de Villafranca y 30 marineros más de una forma cruel: a hachazos y a palos. El final de Martín de Villafranca fue poco menos que heroico. Herido, se tiró al mar siendo perseguido en una chalupa por los islandeses que al final le capturaron llevándole a la playa. Allí, con el vientre rajado y los intestinos fuera aún intentó escapar, siendo muerto a golpes. De los 31 balleneros vascos, sólo se libró de morir un grumete del que sólo sabemos que se llamaba García.
Los capitanes Pedro de Aguirre y Esteban de Tellaría pudieron resistir el invierno hasta el año siguiente. Junto a ellos los restantes 50 marineros pudieron escapar por los pelos gracias a una goleta inglesa que andaba por las cercanías. Conocemos los hechos gracias a una crónica escrita por Jón Guömundsson, llamado El Docto, en su obra Sönn frásaga af spanskra… (“Un relato verdadero de los naufragios y luchas de los españoles”), en la que condena los crímenes. Baste decir que tras los hechos decidió irse al sur de la isla, para no verse mezclado con los asesinos.
En su defensa -la de los islandeses- hay que decir que un año antes, en 1614, un barco inglés había saqueado sus costas y para ellos un barco grande era casi sinónimo de piratería. La ausencia de bosques y de madera en la isla no les permitía disponer de barcos. La población en aquel entonces era de unos 50.000 habitantes -hoy son poco más de 350.000-, granjeros aislados, atrasados y muy pobres, desconfiados de todo lo que viniese de fuera. Dependientes de la corona danesa, una legislación de 1.281 les autorizaba a defenderse en caso de agresión…y éso fue lo que hicieron.
Afortunadamente, ya digo, y brindando sin duda con el Brennivin, en Abril del 2015 se derogó por fin la ley. Españoles y vascos ya podemos viajar con tranquilidad y disfrutar de los espectaculares paisajes de Islandia… y del Brennivin.
Glosario vasco-islandés, o cómo entenderse en el remoto Norte
Ballenas glosario 1
Uno de los glosarios. En su parte superior podemos leer (en latín): “Vocabulario vizcaíno, varios autores”
Pese al desgraciado -y afortunadamente aislado- incidente de la matanza de los vascos en 1.615, los contactos entre éstos y los islandeses hicieron necesaria alguna forma de comunicación. Si el euskera ya es difícil para los no hablantes, el islandés es una lengua enrevesada. A tal fin se creó lo que se conoce como un pidgin, una lengua mixta para facilitar el entendimiento, de la misma forma de la que se crearía más tarde entre vascos y los indios de Terranova.
En 1.937 se publicó una tesis doctoral sobre el glosario titulada Glossaria duo Vasco-Islandica, escrito en latín y publicado en Amsterdam, que dormía en los archivos de la universidad de Copenhage. El autor de la tesis fue el filólogo Nicolás Gerardus Hondricus Deen, al descubrir el manuscrito en la Biblioteca Arinnamela de Copenhage (recordemos: Islandia dependía de Dinamarca) donde constaba desde el siglo XVIII. La tesis fue descubierta gracias al trabajo de investigación por don Ángel  Irigay con la ayuda de la Diputación de Guipúzcoa. Se publicó en 1.991 por la misma Diputación.
El glosario fue recopilado en su momento por Jóns Ólafssonar úr Grunnavik, escrito en el siglo XVII, y se conserva en la actualidad en el Instituto Árni Magnússon, en Reikiavik. Dicho manuscrito consta de dos glosarios, el primero de ellos de 16 páginas con 517 palabras, y el segundo glosario cuenta con 10 páginas, con 228 palabras. En total, 745 palabras en ambos idiomas. Los glosarios tienen una intención básicamente comercial. En ellos se pueden encontrar términos de uso común, así como otros propios de la actividad ballenera. Por los términos en euskera, propios del dialecto labortano, podemos deducir que procedían de la zona vasco-francesa de San Juan de Luz, y que se asentaron en los fiordos del noroeste.
Se sabía que hubo un tercer glosario, dado por perdido. Hace pocos años el investigador Ricardo Etxepare encontró un cuarto glosario vasco-islandés en la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard. Cabe puntualizar que no se trata de copias, uno del otro, sino que son totalmente independientes.
2.- Balleneros vascos en el Golfo de Vizcaya
La supervivencia de los vascos ha dependido en gran parte del mar. Tierra accidentada, si acaso en Álava, más llana, hay extensas zonas cultivables. Pero en el norte se limitaba al aprovechamiento de los pastos para el ganado, huertas familiares en los valles, el uso de los bosques y poco más. La minería del hierro y del carbón vino más tarde. Es el Cantábrico el que ha permitido desde siempre a los arrantzales (a los pescadores) la obtención del necesario alimento cercano a la costa: sardina, boquerón, merluza, besugo y un largo etcétera de lo que hoy se llaman “recursos renovables”…siempre y cuando la pesca excesiva no los agote.
La tradición y la necesidad impulsaron a los vascos de las poblaciones marineras a fijarse en unos grandes seres que, desde la antigüedad, se acercaban periódicamente a la costa: las ballenas. Y, en concreto, a la que se conoció como la ballena vasca o ballena franca (en Euskadi conocida como “ballena sarda”), científicamente Eubalena glacialis. Entre Noviembre y Marzo hacían su aparición, época de sus partos (se detallan a menudo las capturas de adultos con sus ballenatos). Y en cuanto a su caza, la ballena vasca gozaba de varias ventajas: se aproximaba mucho a la costa, era lenta en sus desplazamientos e, ¡importante!, al morir arponeada flotaba, debido a su alto contenido en grasa que, tras la carne, era el principal aprovechamiento de la ballena. Desde atalayas situadas junto a la costa los vascos oteaban el mar, y cuando distinguían los chorros de vapor de las ballenas, encendían grandes hogueras como señal, a cuyo reclamo los marineros echaban al mar las chalupas para comenzar la persecución. Había prisas: aunque partían las chalupas de varios puertos (todos estaban “al loro”), los primeros en arponear al cetáceo tenían prioridad para el reparto, así como una prima para los vigías…
…con el arpón se logran aquellas grandes pesqueras de peces monstruosos, en que el atrevimiento humano hace alarde de sí mismo, aquellas cuyo principio será siempre un monumento glorioso para los países Bascongados… (“Diccionario Histórico de los Artes de la pesca nacional”. Sañez Reguart. Madrid, 1.791).
ballena franca
                                    Ballena franca con su ballenato
La caza de la ballena está documentada desde antiguo y, para lo que supone su captura, despiece y procesamiento, podemos imaginar cierta organización. La primera mención data del año 670, en la que se habla de un cargamento de diez toneladas de saín (la grasa purificada de la ballena, lo hablaré con más detalle al tratar de las ballenas) enviadas al monasterio francés de Jumieges, junto a la orilla del Sena, a unos 50 kilómetros de su desembocadura. Debido a los impuestos que las capturas acarrean contamos con numerosos testimonios: en 1.095 se otorga a Bayona la autorización para vender carne de ballena, así como en 1.181 a Donosti o en 1.190  a Santoña. El 13 de Diciembre de 1.200 Alfonso VIII (rey de Castilla, de cuya corona depende la zona que más adelante se llamará Euzkadi) expide a Motrico un documento por el que hace donación de una ballena al año a la Orden de Santiago. El 28 de Septiembre de 1.237 el rey Fernando III redacta una carta de confirmación a Zarauz, por la que se reservaba para sí una porción de carne de ballena de las que se cogiesen por arrantzales de la ciudad, cada año. A mediados del siglo XIII y por carta de confirmación del Fuero de Guetaria, se menciona que la primera ballena capturada, sería para el rey.
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Debido a la fuerte competencia entre los puertos vascos, los arrantzales se van desplazando por la costa hacia el oeste, estableciendo factorías hasta Galicia y Asturias. Así se mencionan arrendamiento de puertos como el de Uriambre, cerca de San Vicente de la Barquera. Pero asturianos y gallegos pronto aprenden, y hay documentos que lo demuestran: caza de ballenas en 1.232 en Asturias, y en 1.371 en Galicia, más abundantes en localidades como Caión y Malpica, en costas tan batidas por el mar como las de la Costa de la Muerte o las rías de Lugo:
…porque estos puertos son muy bravos a la contínua y comunmente las ballenas acuden donde las ondas y la mar anda siempre muy alta. Y así aquí, en ciertos tiempos del año, como que es en los meses de diciembre, enero y febrero, que es la mayor sazón, ay grande matanza de ellas… (“Descripción del Reyno de Galicia y de las cosas notables del”. Licenciado Molina, 1.550).
La competencia aumenta. Además de los gallegos que ya han visto trabajar a los vascos, por su parte franceses, ingleses y holandeses también aprenden a aprovechar la caza de la ballena, aunque en el caso de al menos estos últimos reconocen la maestría de los balleneros vascos:
los Holandeses aprendieron de los Bascongados, habitadores de una Provincia de España, el método de pescar las ballenas. Son buenos marinos por naturaleza. Y no solamente se aplican en el distrito de su Costa a la pesca de un cierto pescado grande muy semejante a ellas, sino que dirigiéndose al Norte, y pasando más allá de Irlanda, para entrar en los mares de Islandia y de Groenlandia, dan caza a las ballenas. Los Bascongados habían hecho ya varias pescas muy ventajosas, y de los diferentes puertos de Vizcaya iban todos los años a Groenlandia de cincuenta a sesenta embarcaciones, que frecuentemente volvían muy bien cargadas. Los progresos de los Holandeses hacia los principios del siglo XVII, estimularon a algunos para emprender la caza de ballenas. Sin el socorro de los Bascongados no era fácil que esta empresa pudiera tener muy buenos efectos: por tanto juzgándolos como necesarios, se dirigieron a ellos, que convinieron sin repugnancia de hacer tráfico de su industria y servicio para los Holandeses. Todos los años se juntaban en Holanda un crecido número de Harponeros Vyzcainos, y empeñados luego por comerciantes particulares, se embarcaban para los mares del Norte, y dirigían la pesca, mandando entonces indistintamente a toda la tripulación, sin exceptuar los Capitanes y Maestres de las embarcaciones… (“La Riqueza de Holanda”. Sañez Reguart. Madrid, 1.791)
A consecuencia de tanta caza, la Eubalena glacialis  se fue haciendo cada vez más y más escasa en el Golfo de Vizcaya, según consta en documentos, a partir de 1.424. Pese a todo, siguen capturándose: entre 1.517 y 1.662 hay constancia que los de Lequeitio cazan 45 ballenas, de las que 7 eran ballenatos que acompañaban a la madre. Entre 1.637 y 1.801 los de Zarauz capturaron 55 ejemplares. Entre 1.728 y 1.789 los de Guetaria cazaron 12 ballenas, aunque se nota la disminución: en los años previos la media era de 4 a 10 por año.
ballenero ría Urumea s XIX
Ballena franca y ballenato en la ría del Urumea, frente a San Sebastián. S. XIX  
Y, como acontecimiento especial, el 14 de Mayo de 1.901 se cazó la última ballena franca frente a Orio, aunque se mató con dinamita al haberse perdido todo vestigio de la técnica tradicional de los arponeros. El suceso fue tan celebrado que incluso compusieron una canción, en la que figuraban los nombres de los patronos de las cinco chalupas que salieron en su persecución. El “animalito”, por cierto, midió 12 metros de largo y pesó 1.200 arrobas el cuerpo y 200 la lengua (muy apreciada). Como aclaración, una arroba (de la que nos ha quedado su abreviatura en forma del signo @), equivalía aproximadamente a 11’300 kg. Y digo aproximadamente porque variaba según la región o incluso en Hispanoamérica. Si no he hecho mal el cálculo, podemos estimar el peso de aquella última ballena en trece toneladas y media mas dos y pico la lengua…nada mal. Podían estar contentos los oriotarras…
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                 La última ballena franca, la de Orio, cazada con dinamita en 1.901
Entregados a semejante actividad, se calcula que hubo 47 puertos del Cantábrico con asentamientos balleneros y de ellos, la mayoría en Euzkadi, 14 lucen en sus escudos municipales la figura de una ballena, lo que nos da una idea de la importancia que supuso para su economía.
Escudo de Bermeo en ayuntamientoSeñal en LekeitioEscudo de Lekeitio
Ballenas, LequeitioBallenas, Castro Urdiales
Como ejemplo, de izquierda a derecha y de arriba abajo, escudo en la fachada del ayuntamiento de Bermeo, placa en una calle de Lekeitio, señal en Lekeitio, escudo municipal de Lekeitio y el de Castro Urdiales
3.- Un poco más lejos. La caza de la ballena en el Atlántico Norte
Según iban escaseando las ballenas francas en el Cantábrico, los arriesgados arrantzales fueron ampliando poco a poco su radio de acción. Y, navegando, navegando, llegaron hasta los lejanos mares del norte, a las costas de Noruega, de Islandia y sobre todo de los ricos bancos de Terranova. La primera cita “oficial” de vascos en Terranova se refiere a 1.531, pero por diversas vagas menciones y restos arqueológicos podemos sospechar que ya andaban por ahí en los años 1.375 y 1.412, unos cuantos años antes, por tanto, del descubrimiento oficial de América por Cristóbal Colón. Incluso se aventura que los vascos ya cazaban ballenas en las costas de la isla de Terranova y de la península del Labrador unos cien años antes. El motivo de ese “secretismo” es muy claro: los exploradores necesitan hacer públicos sus descubrimientos de cara a reclamar derechos de posesión de las tierras descubiertas. Los pescadores, por el contrario, y al igual que los que buscan setas, son muy reacios a contar dónde encuentran sus mejores presas, por aquello de evitar competencia.
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Los barcos y los costes aumentan. Si cerca de los puertos la persecución se hacía con chalupas o traineras, siempre a la vista de la costa, la travesía del Atlántico es cosa seria y puede durar 60 días, saliendo a comienzos o a mediados de Junio, y se necesitan naos grandes, cuyo flete se paga o bien a través de sociedades, o bien a costa del dueño de la embarcación. Al tiempo deben cargar con suficiente comida, barriles para cargar el aceite, y una tripulación para el manejo del barco, en el que no pueden faltar los arponeros. Se calcula que partían a Terranova de 15 a 20 barcos cada verano, que volvían ya en otoño cargados con barriles llenos de saín en sus bodegas, en total unos 9.000 barriles del preciado aceite. Asimismo se calcula una cifra aproximada -ya se sabe, el “secretismo” de los pescadores- de entre 25.000 y 40.000 ballenas tan solo entre los años de 1.530 y 1.610.
La presencia de los vascos en Terranova y la península del Labrador está confirmada por restos arqueológicos de varios asentamientos permanentes en la costa, donde los arrantzales procesaban las ballenas capturadas y cocían en grandes hornos la grasa para extraer el saín, que a su vez guardaban en barriles para su transporte. El saín se usaba sobre todo para las lámparas, debido a que no producían humo ni mal olor. Del saín se consideraban tres categorías: el amarillo (el de mejor calidad), el blanco (algo inferior) y el rojo, que era el peor. Pero de las ballenas, como del cerdo, se aprovechaba todo. Cuando se cazaban en las costas del Cantábrico la carne era muy valorada, aunque en las lejanas factorías de Terranova no valía más que para el consumo local de los pescadores o para intercambio con los indios. La lengua, muy apreciada, si se podía se salaba para que aguantase más tiempo. Las barbas (con las que las ballenas filtran el plancton o los pescados pequeños de que se alimentan) eran utilizadas para corsés, vestidos o abanicos. Y los largos huesos de las mandíbulas se aprovechaban para hacer jambas, para las puertas.
Los asentamientos costeros han dejado testimonio de su origen vasco en el nombre de varias localizaciones de la actual Canadá: Port-aux-Basques, Miarritz, Placentia, Portutxa (“pequeño puerto”, hoy Port au Choix) u Opur Portu (“puerto de descanso”, hoy Port au Port), entre otras. Hace pocos años se localizó el pecio de la nao San Juan, construída en el puerto de Pasajes en 1.563 y que se hundió en Red Bay (península del Labrador, Canadá) en 1.565. Los científicos pudieron rescatar y estudiar el utillaje de un barco ballenero de la época, aunque después volvieron a depositarlo en el fondo, respetando los restos. Se calcula que se llegaron a reunir hasta nueve mil personas en algunas temporadas, estableciéndose relaciones amistosas con los nativos que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra, que llevaban en gran cantidad en barriles y cuyo consumo les libraba del escorbuto (debida a falta de vitamina C), enfermedad frecuente en los marineros de largas travesías. La vida de los arrantzales en semejantes climas sin duda debió ser de todo menos fácil. Además de la dura faena de los pescadores, eran muy frecuentes las bajísimas temperaturas, los vientos, las fuertes corrientes o la presencia de hielos, más abundantes -y peligrosos- cuando el otoño se presentaba muy frío, como les pasó a los desgraciados vascos en Islandia, cuando la matanza de 1.615. Así, el documento civil más antiguo de cuando Canadá todavía no era Canadá, es el testamento del pescador vasco Domingo de Luca, fechado el 15 de mayo de 1.563, y donde se expresa la voluntad del moribundo:
…de llevarme de esta enfermedad de la presente vida que mi cuerpo sea sepultado en este puerto de Placencia (por el antiguo nombre de la actual Plentzia) a un lugar donde los que mueren suelen enterrar…
Aunque los barcos con los que atravesaban el Atlántico eran grandes naos, una vez avistadas las ballenas el acercamiento era, al igual que en la costera del Cantábrico, a bordo de chalupas. Las medidas podían variar, pero solían ser barcas de unos 8 metros de eslora (de largo), 2 de manga (de ancho) y cerca de 1 metro de puntal (desde la borda hasta el fondo de la nave). A veces incorporaban un mástil de quita y pon, para una pequeña vela, aunque la maniobra se hacía a base de remos. Hay numerosos restos rescatados y asimismo varias reconstrucciones pero, por lo general, la dotación constaba de 5 o 7 marineros, uno de ellos a cargo del remo de popa con el que dirigía el rumbo de la chalupa y, a la proa, el arponero que también remaba hasta que con la suficiente aproximación a la ballena, a unos diez metros, se ponía en pie para lanzar su arpón.
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Reconstrucción idealizada de una chalupa, según restos documentales
El arpón iba fijado a un largo cabo, generalmente sujeto a la chalupa y otras veces a una boya, para fatigar a la ballena en su huída. Una vez cansada la remataban a lanzazos. Las diferentes partes de la embarcación (quilla, cuadernas, tablazón, bancos) estaban hechas de madera de roble, de árboles talados en invierno, según vieja costumbre en la carpintería de la construcción o de los carpinteros de ribera, y además en la fase de luna menguante. Ellos no podían saberlo, pero era justo el momento (invierno y con luna menguante) en que menor cantidad de savia circula por el árbol, con menos azúcares por tanto, y por esa misma razón menos putrescible.
4.- Las ballenas, los cachalotes, Moby Dick y el Leviatán
Balleneros chalupa 1
En los inicios y en el golfo de Vizcaya la presa favorita fue la ballena vasca, o ballena franca, Eubalena glacialis, gracias a su abundancia y a que se movía muy cerca de la costa.Pero según aumentó la competencia y con ella la caza, se fueron haciendo más y más escasas, como reflejan los partes de capturas. A finales del siglo XV, la ballena franca comienza a escasear en el Cantábrico, aunque mientras hubo ballenas la caza continuó. Al expandirse los arrantzales hacia las costas de Terranova se encuentran con nuevas especies a las que aprovechan por su aceite, su carne, su lengua o sus barbas: la ballena de Groenlandia (para el que quiera ampliar información: Balaena mysticetus, parecida a la ballena franca en cuanto a carácter y que también flotaba tras morir por su abundancia de grasa) y otras como las ballenas grises, azules, rorcuales o una de las más apreciadas por los balleneros, el cachalote.
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Reproducción a tamaño natural de ballena de Groenlandia,en el Museo de las Ballenas de Reikiavik
Ballenas hay en todos los mares. En el mar Mediterráneo se han contabilizado hasta nueve especies de cetáceos. Además de los ubícuos delfines, algunas otras de gran tamaño, como rorcuales, calderones y cachalotes. En alguna de esas especies se ha comprobado hace tiempo la ruta que, tras atravesar el Estrecho de Gibraltar, realizan hasta el Golfo de Lyon, al sur de Francia, en su época de reproducción. Tanto en las costas del Estrecho como en el Golfo de Lyon se organizan hoy día salidas en barco para los turistas con el ecológico propósito de avistamiento de cetáceos. Durante mi estancia en Islandia salimos en un barco para el avistamiento de ballenas desde el puerto de Husavic, en el norte de la isla. En aquella ocasiones pudimos ver rorcuales. Por cierto: si tenéis ocasión de acercaros a Reikiavik os recomiendo no dejar de visitar el Museo de las Ballenas, en el puerto. En una gran nave se muestran reproducciones a tamaño natural  de unas 27 especies: desde delfines a orcas, pasando por cachalotes, ballenas grises y la más grande, la ballena azul. Impresiona verlas tan de cerca, realmente son animales enormes. Y aunque no viene al caso y hablando de museos en Reikiavik, otro museo “interesante” de visitar es el Museo Falológico (que no “falocrático”, de connotaciones machistas). Con una completísima colección de falos de muchas especies, entre ellos algunos guardados en urnas con formol como, por ejemplo, falos de cachalote de dos metros de largo, que despiertan el lógico asombro. El ambiente de los visitantes, sobra decirlo, es festivo, y casi nadie puede evitar una sonrisa en su cara.
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             “Posando” junto a un pene de cachalote, en el museo falológico de Reikiavik
En mis travesías en velero cerca de las Baleares he podido ver, además de los amistosos delfines, calderones, creo que algún rorcual y, yo no lo ví, pero alguno de mis colegas de marinería me lo contaron, encontraron una vez un cachalote muerto, flotando, al sur de la isla de Ibiza. No es frecuente pero de vez en cuando ha aparecido alguna ballena muerta varada en las costas de levante. Pero hasta el siglo XIX  y en la isla de Ibiza hubo su “momento ballenero”. Desde los acantilados de la costa sur de la isla había atalayas desde las que, al observar el paso de los cachalotes, daban aviso a los naturales que a bordo de barcas tipo chalupa o trainera perseguían a los cachalotes para, tras arponearlos, acercarlos a la costa.
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Navegantes antiguos y modernos no podían dejar de asombrarse ante lo que se encontraban. A la izquierda imagen medieval de ballena. A la derecha “hombre-pez”, posiblemente manatís del Caribe o vacas marinas (parientes de éstos) de los mares del Norte.
Griegos y romanos ya mencionaban, en sus navegaciones por el Mediterráneo, avistamientos de monstruos que, no es de extrañar, avivaron la fértil imaginación de los siempre supersticiosos marineros, dando lugar a numerosas leyendas, aunque no hay constancia de que las cazasen; si acaso, el aprovechamiento de alguno de aquellos cetáceos varados en la playa por casualidad. De hecho la palabra “cetáceo” (que da nombre a toda la familia de las ballenas) proviene del griego ketos, con la que denominaban a un monstruo marino. En la tradición judía y en el Antiguo Testamento aparece otro mito, el del Leviatán: monstruo asociado a Satán, inicialmente descrito como una larga serpiente enrollada que vive en el mar, aunque pronto el mito se desplaza a otros seres que los antiguos pueden contemplar a menudo en sus navegaciones y que les infunden el mismo terror: las ballenas. Las citas son abundantes:
…Leviatán hace que brille una senda tras sí; se diría que el profundo mar es cano… (Job)
Allí andan navíos; allí está el Leviatán que hiciste para que jugase en ella…(Salmos)
Y, siguiendo a la Biblia, muchas otras citas:
Esa bestia marina, el Leviatán, que entre todas las obras de Dios es la más grande que nada en las corrientes oceánicas (“El Paraíso perdido”, Milton)
Allí el Leviatán, la más inmensa de las criaturas vivientes, en las profundidades extendida como un promontorio duerme o nada, y parece una tierra en movimiento; y por sus agallas aspira y al aspirar arroja todo un mar… (Ibid).
Llegado a este punto he de mencionaros una novela muy conocida -y recomendable-,  Moby Dick, del norteamericano Herman Melville. Escritor de vida aventurera, él mismo estuvo embarcado en barcos balleneros, y sabe muy bien de lo que habla cuando nos cuenta las aventuras del barco Pequod y las obsesiones de su capitán Ahab, en su búsqueda por todos los mares de la mítica ballena blanca, en este caso un cachalote. Y de la mano (mejor dicho: de la aleta) de Moby Dick, llegamos al puerto de Nantucket.
balleneros nantucket 1881
                              Vista del puerto de Nantucket en 1.881
Nantucket es una pequeña isla, al sureste de Boston, en la costa atlántica que, junto a New Bedford, constituyeron los dos principales puertos balleneros de los Estados Unidos. Fue famosa por su industria ballenera, que se extendió desde el año 1.712 hasta finales del siglo XIX. Sólo mencionar que entre ambos puertos y en el periodo entre 1.820 y 1.850 se cazaron unas 10.000 ballenas al año, con más de 700 barcos actuando en todos los mares y unas 70.000 personas asociadas a la caza y al comercio, lo que la convirtió en toda una potencia económica. Y cuando digo una potencia, es porque se trataba de una actividad con resultados millonarios. De una sola ballena, según tamaño, se podían conseguir de 40 a 90 barriles de aceite. Un barco pequeño podía cargar 800 barriles mientras que un barco grande tenía capacidad hasta 3.000 toneles. Y cada barril (los había de 35 o de 42 galones, cada galón equivalente a 3’8 litros en la medida americana, o 4,5 litros en la medida inglesa) venía a suponer entre 4.000 y 5.000 euros actuales. Sólo hay que hacer números.
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                                 Calderos para cocer la grasa y purificar el saín
El aceite se purificaba hirviendo la grasa en grandes calderos. Cuando se puede y tras trocear la ballena, el trabajo se hace en la misma costa, en grandes hornos donde en calderos se cuece la grasa.
Cuando comienza la época de las largas navegaciones, el proceso se hace en los mismos barcos. Tras arponearlas se las amarraba al costado del barco donde comenzaba la faena de trocearlas e ir procesando la grasa para obtener el aceite o saín, como se llamaba en España. Ya comenté que de la grasa se consideraban tres clases: la amarilla (de mejor calidad), la blanca (intermedia) y la roja, la de peor calidad. Pero cuando las ballenas de Groenlandia o las francas van escaseando, la actividad de los balleneros sin desdeñar la caza de las ballenas, acaba por especializarse en otro gran cetáceo común en todos los mares y con más posibilidades comerciales: el cachalote.
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Reproducción a tamaño natural de cachalote, en el Museo de Reikiavik
El cachalote (Phiseter macrocephalus), por su aspecto peculiar debido a su gran cabeza, seguramente sea el cetáceo más popular y reconocible por todos. No está del todo claro pero la palabra “cachalote” parece provenir del francés arcaico de la Gascuña: “cachau” (pronunciado “cachó”) = “dentón”, o del portugués “cachola” = “cabezón”. En un documento de 1.710 aparece reflejado como “trompa”, así como en documentos gallegos de los siglos XVI y XVII, seguramente por su enorme “cabezón”. El cachalote  pertenece al grupo de las ballenas “con dientes” (como el delfín o los calderones), por oposición a las ballenas “con barbas” (como son la franca, la de Groenlandia, la ballena azul y otras especies). Los machos de cachalote llegan a alcanzar los 20 metros de largo y un peso de hasta 45 toneladas. Pero el cachalote, además de su grasa, contiene en su enorme cabeza gran cantidad de un producto que se vuelve muy apreciado, el espermaceti, y que el animal utiliza como control de flotación en sus largas inmersiones (a más de mil metros de profundidad) en su busca de su presa favorita: el calamar gigante.
Químicamente la grasa de la ballena no es exactamente una grasa, sino más bien una estearina, una cera muy blanda, muy apreciada para velas y lámparas por lo que ya comenté de que al arder no produce apenas humo ni mal olor. El espermaceti de la cabeza del cachalote es un palmitato (éster de alcohol cetílico y ácido palmítico), y muy similar al aceite de la yoyoba (Simmondsia chinensis)un arbusto del desierto de Sonora y del Mojave y, como el espermaceti muy utilizado en cosmética, como fijador para la industria de la perfumería. Una vez cazado el cachalote, el espermaceti se sacaba de la cabeza del animal a través de un agujero en la cabeza, con un cubo o incluso introduciéndose un hombre en la cavidad, y almacenado para su transporte posterior en barriles.
De un cachalote grande se podían sacar hasta tres toneladas de espermaceti, y sólo comentar que era aún más caro que el saín. Pero no acababa ahí el aprovechamiento del animal. En sus intestinos se buscaban pedazos de ámbar gris, un producto ceroso, de olor dulzón y terroso, parecido al del alcohol isopropílico formado a partir de la secreción biliar y que facilitaba el tránsito intestinal de objetos duros y afilados, como el pico de los calamares gigantes de que se alimenta. El ámbar gris se encuentra a veces en las playas, al ser expulsado por los cachalotes en sus heces, pero cuando los cazaban los balleneros lo buscaban en sus intestinos debido al alto precio que alcanzaban. Hoy día y, en bruto, se cotiza a unos 10 dólares el gramo. Los trozos que aparece en las playas puede pesar de pocos gramos hasta 45 kilos. El récord  lo consiguió un trozo encontrado en el intestino de un cachalote, cazado en 1.912, que alcanzó el respetable tamaño de 454 kilogramos. Todo un tesoro.
Pero, pese a su valor como presa, el cachalote presentaba un problema: su agresividad. Al contrario que las pacíficas ballenas francas o las de Groenlandia, cuya mayor defensa podía ser, en todo caso, un coletazo accidental (bueno, ¡un pedazo coletazo, en todo caso!), los cachalotes podían revolverse contra las chalupas, atacándolas al sentirse arponeadas o al verse rodeadas o incluso, en el caso de los grandes machos, para proteger a sus hembras y a sus ballenatos. Los balleneros refieren varios casos en los que partieron las chalupas a mordiscos de sus largas y fuertes mandíbulas. Un caso que se hizo muy famoso en su día fue el hundimiento del ballenero Essex.
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Imagen del ballenero Essex. A su derecha, Mocha Dick, con una anotación del día de su hundimiento
El Essex era un barco de los de la flota ballenera de Nantucket, de 27 metros de eslora (recordemos para los poco avezados en la marinería: de largo) y 238 toneladas de peso. Había sido construído en 1.799 y aunque reforzado, era ya un casco viejo. El barco partió de Nantucket el 12 de Agosto de 1.819 y tras largo periplo y teniendo ya sus bodegas casi llenas, el 20 de Noviembre de 1.820 fue embestido -dos veces, una tras otra- por un gran cachalote macho que defendía a sus hembras, con la consecuencia de destrozar el casco y provocar su hundimiento en el Pacífico Sur. Al parecer y según contaron las crónicas, el cachalote era un viejo conocido, experto en escapar de los arponeros y del que se contaba -no hay que descartar alguna exageración propia de pescadores- que había conseguido burlar más de cien veces a sus tenaces perseguidores. Según los supervivientes, le calcularon una longitud de 26 metros…y calculaban muy bien a ojo, estaban acostumbrados. En el mundillo de los balleneros donde todos se conocían hasta le pusieron un nombre: Mocha Dick…por la isla chilena de Mocha, donde se le solía ver. ¿No os recuerda a “alguien” el nombre?… Efectivamente: a Moby Dick, protagonista de la novela publicada en 1.851 (no mucho después) y a cuyo autor sirvió de inspiración. Para más “casualidad”, Mocha Dick era un cachalote blanco (…¡era blanco como la lana!…, dejó escrito en sus memorias uno de los supervivientes).
La tragedia del Essex, “basada en hechos reales” como se suele decir en las películas, no fue sólo el hundimiento del barco, sino las desgracias de la tripulación. Los ventiún marineros consiguieron escapar en tres chalupas, tras rescatar del barco que se hundía agua dulce, bizcocho marinero, un par de grandes tortugas capturadas en las Galápagos, un par de cerdos vivos y algo de herramienta y armamento. Tras un mes de vagar, racionando comida y agua por el Pacífico, arribaron por fin a la pequeña isla deshabitada de Henderson, en el archipiélago de las Pitcairn (donde a otra de sus islas habían llegado años antes, huyendo de la justicia, los protagonistas del motín de la Bounty), un islote en medio del Pacífico y lejos de todo. Allí encontraron un pequeño hilo de agua dulce y subsistieron unos pocos días marisqueando o cazando aves marinas, pero los recursos se acabaron y, dejando tres hombres que prefirieron quedarse en la isla, los demás decidieron intentar la huída en dos de los botes.
Tras dos meses más vagando por el mar (en total fueron 93 días desde el hundimiento del Essex), muriendo de hambre y enfermedades y hasta que por fin pudieron ser rescatados, los náufragos acabaron recurriendo para sobrevivir y atenazados por el hambre, a comerse a los muertos, e incluso decidiendo a quien matar para poder comérselo. De los ventiún marineros, sólo ocho sobrevivieron. Dos de ellos, uno de los arponeros y un grumete de 14 años, escribieron sendos relatos de sus desgracias. Herman Melville, antes de escribir su novela Moby Dick, tuvo la ocasión de hablar
en Nantucket con el hijo de uno de los supervivientes. De hecho Melville tenía en su poder un ejemplar del libro La narración del más extraordinario y desastroso naufragio del ballenero Essex, escrito por el arponero Owen Chase, en el que había hecho anotaciones de su puño y letra.
Está claro que la tragedia del Essex y la ballena Mocha Dick inspiraron a Melville para escribir su novela. Creo que no hace falta que os la cuente. Moby Dick, por su relato como libro de aventuras y, sobre todo, por la satánica amenaza de la ballena blanca, ha quedado en nuestro imaginario como una de las novelas más famosas de la literatura occidental. Algún crítico literario -hay gustos para todos los colores- ha dicho que no pudo pasar de las primeras páginas, pero el criterio general la sitúa como una de las obras cumbres de la novelística. Yo, en particular, la he leído dos veces: la primera, en mi lejana adolescencia (por su atracción como libro de aventuras). Y la segunda hace unos meses en la que, como muchos otros ejemplos, la captas, la “disfrutas” mucho mejor. Tanto si alguna vez habéis navegado como si no, la descripción de las travesías y de las ballenas (es un completo tratado de cetología, se nota que Melville sabía del tema), como el duro trabajo de los balleneros a bordo y, sobre todo, esa obsesión patológica del capitán Ahab hasta que, por fin, se enfrenta con su Leviatán particular, con la ballena blanca, aún a sabiendas como todos nos “olemos” desde el principio, que va a arrastrar a todos los suyos al infierno. Con semejante y tremebundo “guión” se han hecho varias películas sobre Moby Dick, aunque al fin y al cabo sea sólo ficción. Sobre la tragedia del Essex también se hizo al menos que yo sepa una película: En el corazón del mar, estrenada en el 2.015. Yo no la he visto pero, y esta vez sí, como dicen en el cine: “basada en hechos reales”.
La caza de la ballena se había extendido a todos los mares: desde el Ártico al Antártico y desde el Atlántico al Pacífico. Los barcos partían de Nantucket suficientemente provistos de agua y alimentos para travesías que se prolongaban uno, dos años o más, hasta cinco años las más dilatadas. Tan extensas expediciones se debieron al control que sobre la caza de las ballenas plantearon los británicos en el Atlántico Norte, plantando cara a los balleneros vascos a partir de 1.610, intentando monopolizar la costa noruega desde la isla de Spitzbergen (archipiélago de Svalbard, al norte del Círculo Polar Ártico). A partir de 1.612 les siguen los holandeses, y poco más tarde alemanes, daneses y los propios noruegos. Pero los siempre hábiles negociadores ingleses mediante el Tratado de Utrech (en 1.713) consiguen que los territorios de pesca de Terranova pasen oficialmente a manos británicas ascendiendo a Gran Bretaña como principal potencia ballenera.
Catedral San Bavón de Gante
Esqueleto de yubarta en la catedral de San Bavón de Gante (Bélgica). Foto tomada por mi amigo Luis Martínez Guerrero. En 2015 el animal, de 12 metros de longitud, entró en el puerto de Gante en el interior del bulbo de una embarcación procedente de Brasil. Había muerto en el mar y fue recogido por los bomberos. Fue entregado a la universidad donde le pusieron el nombre de Leo
Se buscaron nuevas zonas de caza libres de los límites territoriales, como el Pacífico Sur o los mares antárticos. Pero según iban mejorando los barcos surgieron avances técnicos que facilitaban las capturas. Así, con la aparición de los cañones arponeros patentados en Noruega y disparados desde el propio barco, con lo que la peligrosa aproximación de las chalupas ya no fue necesaria, arpones a los que se dotó además con explosivo en la punta (100 gramos de pentrita, un explosivo plástico), arpones que, frente a los aproximadamente 10 kilos de los “manuales”, pesaban unos 80 kilogramos. Letal, para las ballenas. El punto álgido llegó en la temporada de caza entre los años 1.930 y 1.931 en la que, y tan sólo en aguas de la Antártida, se organizaron expediciones, a cargo de 232 barcos balleneros. En ese periodo se cazaron 40.000 ballenas…sí: cuarenta mil ballenas, a lo largo de un año…
Balleneros japoneses
Ballenero japonés dotado de cañón lanza-arpones en la proa, y su presa colgando antes de remolcarla
Con semejantes matanzas algunas especies de ballenas  comenzaron a correr un serio peligro de extinción. Así, la gran ballena azul o rorcual azul, la ballena más grande que puede alcanzar los 30 metros de longitud, y ahora presa apetecible para los grandes barcos, vio descender su número desde los 150.000 ejemplares que se calculaban en 1.920 a los escasos 1.000 individuos de la actualidad. De las ballenas, como del cerdo, ahora se aprovechaba casi todo: además de su carne congelada para consumo humano, la harina de carne y de sus huesos para la alimentación animal y para abonos, la piel, la grasa y sus barbas. Aunque ya menos apreciadas, en 1.890 se pagaban 1.500 libras esterlinas por una tonelada de barbas, y una ballena grande producía más de esa cantidad…
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Barbas de ballena, de rorcual en este caso. En la fotografía de la derecha, rorcual en la factoría gallega de Caneliñas, donde se pueden ver las barbas. Más cortas que las de la ballena franca y la de Groenlandia
Para paliar el desastre, en 1.946 se creó la Comisión Ballenera Internacional. Ya en 1.935 la Liga de Naciones  auspició un primer borrador para regular la caza y el comercio aunque al comienzo sólo lo suscribieron Gran Bretaña y Noruega, los dos principales países cazadores: entre los dos cazaban más del 95% de las  30.000 ballenas capturadas
anualmente. Poco a poco se fueron adhiriendo más países. Inicialmente se decretó la prohibición o veda de nueve meses al año, así como la protección de hembras y crías, y zonas de reserva. En 1.972 se aprobó en Estocolmo una moratoria de 10 años para la caza comercial y que las poblaciones pudieran recuperarse. Con altibajos, con muchas reticencias por algunos países que han ido cediendo a causa de las presiones internacionales, por fin en 1.985 se decretó el fin de la caza comercial…aunque dejando una puerta abierta para la “caza científica”, en su artículo VIII. Actualmente y por esa “puerta falsa”, Japón reconoce la prohibición comercial, pero sigue cazando unas 400 ballenas cada año aduciendo que es con fines científicos (aunque, por supuesto, comercializan sus productos). Islandia y Noruega siguen también, de una forma o de otra, eludiendo la ley.
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                         Carne de ballena en un supermercado de Japón
Hoy la Comisión Ballenera Internacional tan solo concede permisos excepcionales para la caza comercial: un pequeño cupo de 260 ejemplares al año para los inuit (los esquimales) de Alaska y Groenlandia, y 20 ejemplares al año para los indígenas de Kamchatka, al norte de Siberia, y ello respetando su cultura de susbsistencia y su método tradicional de caza, a bordo de canoas y con arpones, como en los viejos tiempos…como cuando los vascos. Incluso en las islas Azores, donde los balleneros de Nantucket recalaban para reclutar a sus diestros arponeros, y donde se mantenía la caza tradicional a la vieja usanza con chalupas, se abolió definitivamente la caza. El último cachalote se arponeó desde la isla de Pico, en 1.987.
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Secuencia de la caza del cachalote en las islas Azores antes de la prohibición. El arponero lanza su arpón, el cachalote arroja sangre por el espiráculo al resultar herido, la lancha se aparta para evitar posibles ataques por el animal que, finalmente, flota muerto.
(Fotografías sueltas de un viejo ejemplar de la revista Aventura, no tengo datos del autor del reportaje ni de las fotos)
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Peculiar técnica de arponeo saltando desde una rampa en la proa de las canoas, en Lamalera, isla de Lembata (Indonesia). No he conseguido enterarme si la Comisión lo permite o no, pero desde luego demuestran valor.
5.- El bacalao, un pez que estuvo a punto de extinguirse. El skrei noruego
Un poco en paralelo a la caza de las ballenas y la exploración de las costas de Terranova, fue la pesca del bacalao. En 1.497 el genovés Giovanni Caboto, al servicio de la corona de Inglaterra bajo el nombre de John Cabot, emprendió viaje bajo el patrocinio del rey Enrique VII hacia el Nuevo Mundo recién descubierto por su (presunto) paisano Cristóbal Colón, descubriendo tierra firme a los 35 días de haber partido del puerto de Bristol. Ya junto a las costas de lo que aún no se llamaba Terranova, descubrió tales bancos de bacalao que a su regreso contó, literalmente, que…se podía andar sobre ellos…, o que con sólo lanzar una cesta al mar, se la podía sacar repleta de pescado… En 1.537, 37 años después de los informes de John Cabot, el francés Jacques Cartier se adjudicó el “honor” del descubrimiento de aquella “Terra Nova”: tierra nueva, aunque admitiendo en sus informes la presencia allí de “mil pescadores vascos”… Ya se sabe: los descubridores reivindican, los pescadores callan…
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                                 La pesca del bacalao en el siglo XVIII
Semejante abundancia tiene su explicación: el llamado Gran Banco de Terranova se extiende muchas millas hacia el sur de esta isla. La plataforma continental se extiende mar adentro, con una profundidad media de entre 25 y 100 metros, hasta un máximo de 200 metros. Ello, unido a que aquí se encuentran dos corrientes: la fría del Labrador, pegada a la costa, y la cálida del Golfo, más exterior, convierte a este banco en un lugar donde prolifera el fitoplancton y el zooplancton, constituídos por algas y por krill, respectivamente, alimento a su vez de bancos de pequeños peces que, a su vez, son el alimento de los grandes bacalaos, formando uno de los caladeros más ricos en pesca del mundo. Una situación parecida al del llamado Gran Sol (del francés “Grand Sole”: gran lenguado), entre los paralelos 48 y 60 al oeste de las Islas Británicas, tradicional caladero de merluza, otro pez de gran importancia económica y explotado hace siglos por vascos, franceses y británicos.
Desde 1.371 ya hay documentos que demuestran que los vascos traían bacalao a Europa, aunque desde el año 1.000 ya lo salaban y exportaban. Lo que no decían (secretismo de pescadores) era dónde lo pescaban. La importancia económica del bacalao (nombre científico: Gadus morhua) consistía primero, en su gran abundancia y tamaño. Los bacalaos viven hasta 20 años, pero ya a los 10 alcanzan una longitud de más de un metro y un peso de entre 15 y 25 kilogramos. El mayor ejemplar del que se tiene noticia fue pescado frente a las costas americanas y alcanzó un peso de 80 kilogramos. El segundo factor era la facilidad de su conservación en sal una vez limpio de cabeza y tripas, lo que a su vez produjo un comercio de la sal -sujeta a los inevitables impuestos- procedente sobre todo de España. La conservación se favorecía además al ser un pescado muy bajo en grasa, un 2% solamente. Y, por último, porque la Iglesia permitió su consumo los viernes, día de abstinencia para la carne, lo que multiplicó su demanda. El bacalao se convirtió en un alimento barato y muy popular que se consumía en toda Europa. En concreto en España, a mediados del siglo XX el consumo de bacalao se evaluaba en unas 40.000 toneladas al año, que se completaba (además de la pesca “nacional”) mediante importaciones, que suponían un gasto de entre 25 y 30 millones de pesetas/oro. Los ingresos de la Hacienda Pública por aranceles de importación llegaron a suponer el tercer monto en cantidad tras el café y el petróleo.
En el siglo XVII el político y ensayista inglés Francis Bacon ya decía que:
estas pesquerías (las del bacalao) eran de más provecho que todas las minas del Perú…
Y el aristócrata y explorador francés, Nicolás Denys, nos ilustra sobre las condiciones de los pescadores:
son los vascos entre todos los que practican esta pesca los más hábiles, los de La Rochela ocupan el segundo lugar, después de éstos los insulares que están a los alrededores, luego los bordeleses y después los bretones. De todos estos lugares puede ser que vaya allí cien, ciento veinte o ciento cincuenta naves todos los años…En cuanto a las condiciones son diferentes. Los vascos se rigen según la carga del barco, éste se valora por la cantidad de quintales de pescado que pueden cargar. Los armadores acuerdan con la tripulación, que son dos o trescientas partes, y dan al capitán un cierto número de partes, según la reputación que tiene en su cargo, al maestre del secadero tanto, al piloto tanto, a los guardarropas tanto, a los maestres de chalupas tanto, a los armadores y aguadores tanto a cada uno y a los marineros tantas partes a cada uno. Al volver el navío si no traen el número de quintales convenido se rebaja a cada uno a prorrateo lo que falta de la parte que debía haber, pero si traen mayor cantidad de les aumenta de la misma manera… (“Descripción Geográfica e Histórica de las costas de América Septentrional”, Nicolás Denys, S.XVII).
 En Euskadi se hacían dos campañas al año: desde mediados de Enero, “hacia el día de San Sebastián” (20 de Enero, patrón de Donosti, que se continúa celebrando con la “tamborrada”) hasta Julio, unos 4 o 6 meses, hasta completar la carga del barco, con las provisiones necesarias para seis meses. En el siglo XVI, inicialmente los barcos tenían capacidad para 100 toneladas; según aumentó el tamaño de los barcos también aumentó la capacidad de la bodega: entre 600 y 1.100 toneladas. Tras un descanso de veinte días en tierra, tras descargar y preparar el barco, volvían a partir hasta poco antes de las Navidades, en que se regresaba con lo que se hubiera podido pescar.
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Procesado del bacalao en Euskadi, en el que intervenían tanto hombres como mujeres
Una vez llegados a la zona de los bancos de bacalao, se replegaban las velas y se dejaba el barco al pairo, a merced de las corrientes. Se bajaban entonces las chalupas con capacidad para uno o dos marineros y para, desde ellas, lanzar las artes. Los bancos de pesca se encontraban en zonas de frecuentes temporales y de muy bajas temperaturas: a veces bajaban de los 20º bajo cero, con tanto hielo en cubierta que había que eliminarlo a hachazos para que el barco no se desestabilizase. Aunque no navegaban tan al norte como los balleneros, no era rara la presencia de témpanos de hielo ante los que había que guardar precauciones. Y al ser zonas de encuentro de dos corrientes (la fría de Groenlandia y la cálida del Golfo), las nieblas eran frecuentes y muy espesas. Para que las chalupas no se extraviasen entre la niebla, se sujetaban al barco con cabos, de una longitud de hasta cinco mil metros. Hasta que en los años 40 del pasado siglo no se estandarizaron los radares, los riesgos de colisión con otros barcos a causa de la niebla eran un peligro frecuente, avisando de su posición con toques de bocina, aunque hubo varios casos de barcos chocados y hundidos.
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Bacaladeros vascos en Terranova, en plena faena. Mediados siglo XX
La pesca originalmente era a mano, con anzuelo, con una captura media de entre 25 y 200 bacalaos por marinero al día, aunque hubo casos excepcionales de 400 ejemplares diarios. Desde las chalupas se soltaban hasta 24 palangres, largos cabos de más de 100 metros cada uno, desde donde colgaban las brazoladas a cuyo extremo iban los anzuelos, y de los que iban tirando periódicamente para liberar las capturas. Una modalidad que se utilizó al principio era sujetar, clavados a cada lado del barco, una serie de barriles cortados por la mitad, de aproximadamente un metro de alto, donde se metían los pescadores. Para estabilizarse y evitar la caída al mar con los bandazos del barco, se rellenaban hasta la mitad con serrín húmedo para sujetar mejor las piernas.
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                                       Factoría de procesado del bacalao

Las condiciones de vida de los pescadores de bacalao eran incluso más duras que las de los cazadores de ballenas: turnos de 12 horas de trabajo y 6 de descanso. La tripulación constaba de 15 a 20 hombres, rotando para no parar el trabajo. Hacinados en bodega, la dieta era a base del propio bacalao, tres cuartos de litro de vino al día y algo de fruta, sobre todo manzanas. Un complemento habitual era una sopa elaborada a base de cocer las cabezas del pez. Los que no estaban pescando trabajaban en cubierta: descabezando, desventrando (guardando el hígado, muy valorado), desespinando y, ya en plano, salado en capas, renovando la sal cada tres días. El secado posterior se haría con los bacalaos colgados, en tierra.
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                                                 Secadero de bacalao
Tras el descubrimiento de Terranova, en la costa atlántica del Canadá, la pesca del bacalao pronto fue adoptada por todos los países de Europa Occidental: Francia, España, Portugal, Inglaterra y Holanda, principalmente. La pesca era intensiva: hasta comienzos del siglo XX la cantidad oscilaba en torno a 300.000 toneladas, en total. Pero fue a partir de los años 50 cuando con la ayuda de los barcos frigoríficos y dotados de redes de arrastre y sónar para detectar los bancos de peces, las capturas alcanzaron el máximo en el año 1.965, de 800.000 toneladas anuales. Pero ya nada volvió a ser igual. Si el bacalao es un pez muy prolífico y capaz de recuperarse de las pérdidas debidos a una extracción moderada (aunque fuera en esas cantidades), a partir de ese momento se superó lo que se conoce como la “tasa de regeneración” y las capturas comenzaron a caer en picado.
En 1.968 las capturas descendieron a 63.000 toneladas, que bajaron a 8.000 a principios de los 80, y a menos de 1.000 a comienzos de los 90.Varios países ribereños (Canadá, Noruega e Islandia) establecieron en 1.977 la inclusión territorial de 200 millas alrededor de sus costas, prohibiendo faenar a barcos de otras nacionalidades. Visto lo visto, el 2 de Julio de 1.992 se produjo una moratoria total de la pesca comercial, que dejó en el paro a 40.000 personas tan sólo considerando los que vivían de la pesca y el procesado del bacalao en las costas de Terranova. En el año 2.007 se pudo volver a pescar, pero sólo se consiguieron 2.700 toneladas. Se calcula que sus poblaciones no llegan en la actualidad al 1% de la que había en 1.977. De hecho, el bacalao ha sido catalogado como “especie amenazada de extinción”. En el puerto vasco de Pasajes quedan unos pocos barcos que realizan las campañas de bacalao, aunque sólo de 2 o 3 meses, y previa licencia, en las islas noruegas de Svalbard.
Un “recurso renovable”: el bacalao skrei.
Ejemplos de agotamiento por sobreexplotación, que pueden llegar a la extinción, los tenemos a cientos. En el caso de los cetáceos, desde el caso de la ballena franca del Golfo de Vizcaya al gran rorcual azul. Pero no es un problema moderno: ya en tiempos de la Grecia clásica, la sobreexplotación de los bancos de sardina en el Mar Negro, abundantísima en su momento, hicieron que ya no fuese rentable su pesca. Ahora mismo se ha planteado en el Golfo de Vizcaya establecer una veda o moratoria prohibiendo la pesca de la sardina durante unos años, a la vista de la progresiva escasez de las capturas por una reducción en la población de sardina cántabra. La moratoria se ha reducido, por presiones de España y Portugal ante la Comisión Europea de la Pesca, a una veda limitada a un máximo de 14.600 toneladas al año, a partir del 1 de Mayo del 2018. Un ejemplo de lo que representa un “consumo sostenible” nos lo da el bacalao skrei, del noruego: el “nómada”.
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Esta moneda de 1 corona no es noruega sino islandesa, pero también refleja uno de sus “tesoros”: el bacalao
Entre los meses de Febrero y Abril el bacalao baja desde el mar Ártico, bordeando la costa noruega hasta su lugar de desove, en las islas Lofoten, por encima del Círculo Polar Ártico. Pero los noruegos, con su mentalidad “escandinava” y para evitar sobrepesca lo tienen sometido a un rígido control, con ayuda del Skrei Patrol, una patrulla de barcos con vigilantes que supervisa todo el proceso de la pesca, de los tamaños de los peces y de su tratamiento posterior. Se controla desde el número de barcos a los que conceden licencias, hasta la cantidad máxima para cada barco y, por supuesto, en la época adecuada. El proceso de preparación es igualmente exquisito: una vez en tierra, lo descabezan y desventran, aunque no les quitan la espina. De hecho, el bacalao skrei ni se sala ni se congela, sólo se refrigera, y además el hielo se pone en las cajas por delante y por detrás del bacalao, nunca por encima, para evitar las alteraciones debidas a la congelación de la carne.
El descabezado y la extracción de las cocochas (parte de la carne bajo las agallas, algo así como la papada del atún) y de las lenguas, muy apreciadas, lo realizan chavales noruegos de entre 14 y 18 años de las localidades donde se faena. Nada que ver -con perdón- con los niños negros que vemos en los documentales de países exóticos ayudando a sus mayores. Estos chicos están contratados, son todos voluntarios, reciben un buen sueldo, y están contentos de ayudar en la faena a sus mayores, y además sacarse un buen dinerito. Todo un ejemplo, el de Noruega. ¡Ah!, y además el skrei está exquisito, con una carne blanca sin grasa que se deshace en la boca.
6.- Se acabaron las ballenas. Comienza el pirateo
Para los que queráis profundizar en el tema de los corsarios vascos os recomiendo ver la página “Bertrán-5-corsarios y piratas”, muy completo y documentado, como a mí me gustan. Me ha servido para recabar documentación, y desde aquí se lo agradezco, aunque no sido el único consultado.
Se establece una distinción entre piratas y corsarios. Se llama pirata a todo aquel que en el mar y por su cuenta captura otros barcos para robarles, bien la carga, bien el propio barco, o incluso para tomar a la tripulación como rehén de cara a rescates o a venderles como esclavos. La piratería siempre fue perseguida y los piratas sabían que se arriesgaban caso de ser capturados, a pena de horca o de ser condenados a galeras. Por contra, navegar con “patente de corso” era muy parecido, salvo en que actuaban bajo la cobertura o por mandato directo de alguna corona. El límite entre uno u otro era una línea a veces un tanto confusa, y con frecuencia los corsarios eran tachados por las víctimas como simples piratas.
En un mar tan frecuentado como el Golfo de Vizcaya, y sujetos a la jurisdicción de las coronas española y francesa, más las apariciones de ingleses u holandeses, las acciones del corso/piratería fueron frecuentes desde los comienzos de la navegación. Si bien el objeto eran barcos con cualquier tipo de comercio, al hacerse frecuente la pesca del bacalao o la caza de la ballena, carga de mucho más valor, los pesqueros se convirtieron en presa favorita de los corsarios/piratas. Y a su vez, muchos de estos pesqueros desvalijados, comenzaron a atacar a otros barcos. Ya en una fecha tan temprana como el año 1.304 hay menciones a piratas vascos que se echaban a la mar para asaltar barcos mercantes. En el siglo XIV Eduardo III de Inglaterra se queja de tener que enfrentarse a los piratas y corsarios vascos:
tanta es su soberbia que habiendo reunido en las partes de Flandes una inmensa escuadra, tripulada de gente armada, no solamente se jactan de destruir del todo nuestros navíos y dominar el mar anglicano, sino también de invadir nuestro reino…(¡y aún faltaba tiempo para lo de la Armada Invencible!).
Así, Fernando el Católico concede cédulas de patente de corso en 1,497 y 1.498 a guipuzcoanos y vizcaínos. Los vascofranceses de San Juan de Luz, por su parte, reciben de la corona francesa una patente de corso en 1.528. En 1.555 un tal Martín Cardez, de San Sebastián, llegó a capturar 42 naves francesas cargadas con bacalao. A finales del siglo XV un tal Antón de Garay, vizcaíno, se inició en el corso del Atlántico, aunque no debió tener patente real como tal o bien se confundió de enemigo, ya que murió ajusticiado por la corona española bajo la acusación de piratería. Ya desde 1.480 el guipuzcoano Juan Martínez de Elduayen hacía lo mismo, pirateando a los suyos. Se apropió de tres pinazas de Fuenterrabía que llevaban mercaderías francesas, ya que la carga, si procedía de país enemigo, era susceptible de corso:
so color de ciertas cartas de marca y represarias que dis que teníades desde en tiempo de la guerra…
En el siglo XVII los dos principales puertos corsarios fueron San Sebastián y Fuenterrabía. Entre los siglos XVII y XVIII, sólo el señorío de Vizcaya contaba con 77 barcos corsarios. Cuando estalla la guerra con Holanda en 1.621, y hasta 1.635 en que comenzó la guerra hispano-francesa, estas dos localidades se convirtieron en las principales suministradoras de corsarios al servicio del rey. La “patente de corso” era todo un contrato establecido entre la corona y los armadores. Para hacer el corso ya no bastaban los barcos de pesca, más lentos y pensados para acumular carga, sino que se necesitaban barcos más ligeros, tipo fragata, tripulados por soldados o, lo que era más frecuente, gente armada, aunque el interés del corso no era destruir el barco enemigo -que valía para pedir rescates o integrarlo en su propia flota- sino sobre todo hacerse con la carga. Por ello más que “batallas navales” con el empleo de cañones, se intentaba siempre el abordaje, aunque los intercambios de disparos y sablazos fueron inevitables. Como ejemplo de lo que era una “patente de corso” valga este contrato, suscrito entre la Corona (¡ojo, firmado en Madrid!) y el armador de la fragata donostiarra Nuestra Señora del Rosario, en 1.690, donde se especifica muy claro a los barcos de qué potencias pueden atacar, o los límites geográficos de sus correrías:
en virtud de la presente, permito al dicho capitán, Pedro de Ezábal, que en conformidad de las Ordenanzas del Corso, de 29 de Diciembre de 1621 y 12 de Septiembre de 1624, puede salir a corso con la referida fragata gente de guerra, armas y municiones necesarias, y recorrer las costas de España, Berbería y las de Francia, pelear y apresar los bajeles que de la nación francesa encontrare, por la guerra declarada con aquella corona; y a los demás corsarios turcos y moros que pudiere; y a otras embarcaciones que fuesen de enemigos de mi Real Corona, con calidad y declaración que no puede ir ni pasar con la fragata a las costas del Brasil, islas de las Terceras, Madera y Canarias, ni a las costas de las Indias con ningún pretexto…Dado en Madrid, a 28 de Agosto de 1690. Yo, el Rey…
La proximidad de los puertos vascos, tanto españoles como franceses, hacen que el corso apenas conozca treguas. En 1.528 y con ocasión de la guerra declarada (¡otra vez!) contra Francia e Inglaterra, dan carta blanca desde el puerto francés de La Rochelle a tres capitanes, dos de ellos con apellidos vascos: Harismendi, Dolabarantz y Duconte. Otro corsario vascofrancés famoso fue Joanes de Suhigaraychipi, de Bayona, conocido como “Le Coursic”: “el corsarito” (debía ser bajito). Con su fragata La Légère, armada con 24 cañones, fue autorizado por el rey de Francia para practicar el corso contra España y Holanda. En seis años había capturado 100 navíos. En 1.692 y a la vista de la playa de la Concha, atacó y capturó dos navíos holandeses superiores en peso y armamento.
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                                Puerto de Bilbao (¿Guetxo?) en el siglo XVII
En 1.553 y por orden del todavía príncipe Felipe II, recomendó dar caza a navíos corsarios de Laburdi, con lo que los franceses dejaron de proveer a Guipúzcoa al interrumpirse la navegación normal. Ya antes, en 1.536, y tras haber apresado tantos barcos franceses, los de Laburdi firmaron un tratado de concordia en Hendaya con los vascos para volver a las antiguas relaciones de amistad, comprometiéndose para avisarse si sus reyes se declaraban la guerra…está claro que su comercio les preocupaba más que guerras decididas por las lejanas cortes de París o de Madrid. Pese a este tratado de concordia y por la orden del príncipe Felipe, al año siguiente (1.554) los capitanes Martín de Cardez capturó los ya citados 42 barcos franceses cargados de bacalao, Pablo de Aramburu (que capturó otros 47 bacaladeros), Domingo de Albistur y Domingo de Ituráin siguieron en lo suyo. Se ve que la paz duraba poco y menos.
Por resumir algo, la relación de piratas y/o corsarios vascos es larga: Miguel Etchegorría, alias “Michel le Basque”, vasco-francés que actuaba en el Caribe. El bilbaíno Pedro de Larraondo, “reconvertido” al corso tras haber sido repetidamente objeto de saqueos por parte de catalanes durante su etapa de honrado comerciante por el Mediterráneo: capturado por los moros, le ofrecieron el perdón a él y a su tripulación si se convertía al Islam pero, al negarse, fue decapitado. Íñigo Artieta, de Lequeitio. Vicente Antonio de Icuza y Arbaiza, de Rentería. Sánchez de Arbolancha, asesinado por corsarios genoveses y vengado ocho años después por su hijo. Gaspar Antonio, de Fuenterrabía. Juan Arriola, de San Sebastián. Alonso de Idiaquez, de Pasajes, aunque nacido en Amberes. Pedro de Ezábal, de San Sebastián (el capitán de la Nuestra Señora del Rosario, construída por el comercio de Donosti para patrullar la costa). Pedro Aguirre, alias “El Campanario” (éste debía ser alto), de San Sebastián. Juan Bernardo Lizardi. Pedro Diústegui y su hijo, Agustín Diústegui, de San Sebastián. Francisco de Escorza. Cristián Echevarría, nacido en Roscoff, en la Bretaña francesa, aunque vivió toda su vida en San Sebastián. Francisco de Zárraga Breográn….podría seguir…
Con tanto ambiente corsario, no puedo evitar terminar con un apunte curioso sobre una mujer, Juana Lorando. Al parecer, Juana era viuda de un pescador (¿quién sabe si no corsario?) que regentaba una posada en San Sebastián. En su posada alojaba corsarios, a los que daba ….todo de fiado, hasta que volviesen con presa y cobrasen lo que procediese… (según Archivo del Corregimiento de Tolosa). Le debió ir tan bien este trato de honor con los corsarios que, sin duda, cumplían con la palabra dada, que al final se asoció con dos corsarios de Orio y de Donosti, para comprar un barco pequeño, el San Juan, capitaneado por Juan de Echániz, para “trabajar” en las costas de Francia y en el Canal de La Mancha. ¡Toda una empresaria, la tal Juana Lorando!…o una “emprendedora”, como dicen ahora…
7.- El Estrecho de Anián o Paso del Noroeste. Juan de Fuca: el timo del siglo
En el capítulo 129 de su libro Il millione, más conocido como el de Las Maravillas del Mundo, el escritor veneciano Marco Polo nos habla de una provincia de China llamada Anián, ubicada hacia Levante, la cual fue incorporada a los antiguos mapas de Catay (como se denominaba China en aquellos tiempos) como el “Reino de Anián”. Y con tal nombre, Anián, pasó a dar nombre a la costa pacífica de China y, andando el tiempo, a un mítico paso que conduciría hacia sus dominios: el Estrecho de Anián.
Una vez comenzada la exploración de la isla de Terranova y de la península del Labrador por parte de los balleneros vascos seguida por los franceses, a las potencias europeas (Francia, Inglaterra, Holanda…) se les planteó una delicada cuestión. Para el comercio desde Europa con China o las Molucas (o las “Islas de La Especiería”, como se las conoció en su día) la travesía podía suponer un mínimo de 6-8 meses, con los problemas logísticos, de aprovisionamiento, etc. y las muy frecuentes tormentas del Cabo de Hornos, además del control por parte de los españoles. Si la opción era bordear África por el Cabo de Buena Esperanza, el viaje podía ser aún más largo, hasta un año. La opción, caso de encontrar un paso al norte de Norteamérica, reduciría la travesía a apenas tres meses, evitando a españoles y portugueses. La idea era buenísima…pero había que encontrarlo.
ballenas mapa antiguo atlántico norte
                          Los mapas del siglo XVI eran todavía bastante inexactos
El llegar a las Molucas con sus ricas especias de gran demanda en Europa (canela, clavo, pimienta roja y negra, nuez moscada…) suponía acceder a una fabulosa fuente de ingresos. Hasta que los portugueses dieron con la ruta a Oriente doblando el cabo de Buena Esperanza, el comercio estaba en manos de los musulmanes, aunque los intentos de llegar a China y La India fueron constantes, como el ejemplo de Marco Polo. Pero un viaje por tierra era larguísimo, cuestión de varios años, y muy arriesgado. La opción era por mar. Aunque no dejaba de ser un viaje largo, los riesgos eran menores, borraban de un plumazo el control de los musulmanes y los beneficios compensaban el esfuerzo.
España y Portugal tuvieron su contencioso sobre a qué país correspondía el dominio sobre las Molucas. Una vez circunnavegado el globo por Magallanes y Elcano, demostrada de una vez por todas la esfericidad de la tierra, el Tratado de Tordesillas arbitrado por el papa Alejandro VI (conocido como Rodrigo Borgia antes de ser papa, español de nacimiento y pro-Castilla a tope), tras largas disputas y deliberaciones en las que intervinieron afamados peritos por ambas partes, estableció las respectivas áreas de demarcación en América a un lado y a otro de una línea que, de polo a polo, transcurría a 370 leguas al oeste de la isla más occidental del archipiélago de Cabo Verde. Hasta ahí quedaron más o menos de acuerdo pero, una vez descubierto el Pacífico y el acceso a través del Cabo de Buena Esperanza, tocó discutir sobre el reparto de las islas de las especias, al otro lado del globo.
ballenas tratado de tordesillas
Hoy día nos parecería fácil, con los adelantos técnicos de que disponemos en forma de satélites, GPS e instrumentos de medir exactísimos, delimitar la zona geográfica. Pero en aquellos tiempos dar continuidad, seguir trazando el “antimeridiano”, la “raya” de Tordesillas más allá de los polos, condujo a otra serie de debates y discusiones que se prolongaron varios meses, en la primavera del año 1.524. Hoy podemos saber que las Molucas quedaban en zona bajo supuesto dominio portugués, pero en aquel momento peritos y pilotos prestigiosos dieron su opinión por ambos bandos sin terminar de ponerse de acuerdo hasta que, por fin, ambas coronas llegaron a un acuerdo mediante el Tratado de Zaragoza de 1.529, por el que España cedía sus derechos a Portugal a cambio de una sustanciosa compensación económica, mediante la cual Portugal de hecho compró los derechos castellanos (a su manera los estaban reconociendo) sobre las que se conocieron en la época como “las Islas de la Especiería”. El precio pagado por las Molucas: 350.000 ducados de oro de 375 maravedís cada uno, el equivalente actual a 9.500.000 euros…nueve millones y medio de euros…
Aunque los holandeses, paradojas de la historia, fueron los que al final y sin pagar nada se quedaron con Las Molucas, durante aquellos años y como acabo de decir, la preocupación principal de Francia, Holanda e Inglaterra era encontrar un “atajo” por el norte que les facilitase el acceso hasta Asia. Hubo que esperar hasta 1.906 para que un noruego, Roald Amundsen (el mismo que en 1.911 llegó el primero hasta el Polo Sur), consiguiese franquear mares helados y corrientes, sobreviviendo en condiciones climatológicas pésimas  hasta llegar por fin a Alaska desde el Atlántico, proeza en la que invirtió tres años.
Todos creían en la existencia del Estrecho de Anián. Hernán Cortés, una vez conquistado México, encargó en 1.539 al capitán Francisco de Ulloa la exploración de la costa de California hacia el norte, hasta sobrepasar la isla de Vancouver, en la actual frontera con Canadá, encontrando hielos, tormentas, fuertes corrientes, y un enrevesado y laberíntico paisaje de islas, golfos y desembocadura de grandes ríos, pero sin localizar el estrecho. Los cartógrafos italianos Giacomo Gastaldi (en 1.562) y Bolognini Zaltieri (en 1.567) publicaron mapas -inventados- que mostraban un angosto paso que separaba Asia del Atlántico. Hasta el famoso pirata/corsario inglés sir Francis Drake buscó la entrada desde 1.579, sin conseguir hallarlo en el laberinto de islas, penínsulas y grandes ríos. En su momento la Corona Británica ofreció 20.000 libras esterlinas a quien descubriese el paso, y ante tan golosa recompensa y, lo que era aún más importante, el honor del descubrimiento, llevó a unos cuantos valientes exploradores a internarse entre los hielos, pero a menudo perdiendo la vida en el intento.
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Según puede leerse al pie, se representa el reino de Quivira (reino legendario y, como corresponde en los reinos legendarios, lleno de riquezas al norte del actual Méjico) y, arriba a la izquierda, la supuesta entrada al estrecho de Anián.
Uno de los más conocidos fue el desastre de la expedición de sir John Franklin. Capitán de la Royal Navy, ya había participado en varias expediciones. En una de ellas sólo sobrevivieron 11 de sus 20 acompañantes que, para sobrevivir, llegaron a comerse sus propias botas de cuero. En Mayo de 1.845 partió con dos barcos, el Erebus y el Terror. Jamás volvieron, y durante doce años no se supo nada de ellos pese a las expediciones enviadas a encontrarles y en las que algunos también encontraron la muerte. Aunque llevaban provisiones para tres años, los pocos que más aguantaron no sobrevivieron ni tan siquiera dos.
En los restos que, poco a poco, fueron apareciendo, encontraron evidencias de canibalismo (algo inevitable en situaciones límite como las que sin duda debieron sufrir), pero se sospecha que murieron de escorbuto, e incluso de intoxicación por plomo, al estar las latas de conserva utilizadas en aquel tiempo y de las que se alimentaban exclusivamente, selladas con ese metal. Sea como sea, los barcos quedaron atrapados en el hielo y se vieron obligados a vagar con los trineos en la extensión infinita del Ártico.
Años más tarde algunos testigos, indígenas inuit, contaron a los que les buscaban que vieron pasar “gente enloquecida” (¿por el plomo, que afecta a la razón, o simple desesperación?) a los que prefirieron no acercarse, arrastrando trineos por la nieve. Sobre la expedición de Franklin también se acaba de estrenar una serie televisiva, El Terror -como uno de sus dos barcos- bajo la producción de Ridley Scott (el que dirigió Alien, el octavo pasajero), donde se cuentan las penalidades de aquellos desgraciados con el inevitable añadido por mor del éxito televisivo de un monstruo blanco…la sombra de Alien les acompaña, aun que en este caso no fuese en el espacio, sino en la nieve.
Y entre todos estos exploradores árticos, entre tanto cosmógrafo y tanto hielo, es cuando hace su aparición en escena un personaje digno de una película: Juan de Fuca. A veces citado como Apóstolos Valerianos, nació en 1.536 en Valerianos, localidad de la isla de Cefalonia, en Grecia. Aproximadamente en 1.555 entró al servicio de la marina española en Sicilia (en aquel entonces parte del reino de Aragón), desde donde acabó en Nueva España en 1.587, participando en las primeras expediciones de las costas del Pacífico mexicanas, llegando a la América septentrional, allá por 1.592. Tras varios años de exploración y ya de vuelta en España depositó en el Archivo de Indias en Sevilla unos mapas y portulanos en los que reflejaba sus supuestas navegaciones, señalando un paso misterioso:
balleneros el paso de Anián
…cuya entrada oriental marca un pináculo triangular y puntiagudo, por el que he podido comunicar desde el Mar del Sur -el Pacífico- con el océano Atlántico…
Se trataba del legendario Paso de Anián con el que soñaban los cartógrafos de toda Europa y que reduciría a menos de 90 días de navegación la travesía entre Europa, China, y las Islas de la Especiería en vez del casi un año que suponía el paso por el Estrecho de Magallanes o el cabo de Buena Esperanza, sin contar las frecuentes tormentas y el control del Estrecho por parte de los españoles.
La Corona Española no necesitaba para nada ese atajo, pero los cartógrafos del Archivo de Indias de Sevilla se alarmaron ante la posibilidad de que los ingleses lo descubriesen, con el agravante del peligro que suponía la pérdida del control del Mar del Sur, ese “lago español” como lo denominaban, y el riesgo para las poblaciones de sus orillas a todo lo largo de América. La información fue calificada como “preciosa” y Juan de Fuca bien pagado, aunque al parecer menos de lo que él pensaba que valía, dejándole sin duda cierto resquemor con la corona española, quedando planos e información puestos a buen recaudo, escondidos en lo más profundo de los archivos sevillanos.
Pero aquí entra en acción el espionaje que nunca cesa. Los ingleses al parecer tenían infiltrado algún “topo”, algún informante dentro del Archivo y, ya en 1.596, recién entregados mapas e informes, se pusieron en contacto con Juan de Fuca. Éste se había jubilado en la marina española y de vuelta a su tierra, a comienzos de  1.602 un agente inglés, un tal Michael Yok, consiguió reunirse con él en Venecia, comprando a precio de oro una copia de los mapas y de los informes y del que recibió además 1.000 libras esterlinas en concepto de adelanto por sus futuros servicios como guía para una expedición inglesa. Los franceses a su vez tenían espías entre los británicos y, de una forma u otra, consiguieron contactar con Juan de Fuca pagándole una fortuna por otra copia más. Cuando poco tiempo después los ingleses fueron a reclamarle cuentas a su isla, un tanto cabreados por su desaparición, sólo pudieron encontrarle plácidamente enterrado en una apacible tumba, esta vez en la vecina isla de Zakynthos, con apacibles vistas a otra isla más, la de Ítaca, patria de otro navegante mítico: Ulises.

Sobre este personaje no se ha hecho ninguna película y es que los españoles, al contrario de los británicos, no explotamos apenas semejante filón inagotable de historias e historietas además de que, en honor a la verdad Juan de Fuca, quizá por su condición de griego, sigue siendo un perfecto desconocido para nosotros. Pese a tanto timo y con la peculiar picaresca griega (su “vecino” de isla, Ulises, ya es reputado en La Iliada La Odisea como un auténtico “liante”, el Gran Engañador: suya fue la invención del famoso Caballo de Troya), después de haber desplumado a las coronas española, inglesa y francesa, retornado millonario a su isla, Juan de Fuca no cayó en el olvido. En la actualidad y desde 1.788 un pequeño estrecho a la altura de la isla de Vancouver, en el Pacífico canadiense, lleva su nombre. Éso sí, no nos engañemos esta vez: os juro que no comunica con el Atlántico.

8.- Epílogo. Las últimas factorías balleneras españolas en el siglo XX: Ceuta, Algeciras, Galicia…y dos arponeros vascos.

Colgada ya en el blog esta entrada, me comentó mi amigo malagueño Manuel Navarro, compañero de aventuras en Mali y Tombuctú, productor de documentales en su La Nave de Tharsis y gran conocedor de la historia (antigua y moderna) de Andalucía, si no había mencionado las factorías balleneras del Estrecho de Gibraltar… ¡pues ni idea!… le contesté. E ipso facto me puse a buscar información, que os resumo, como añadido a la entrada.
El 24 de Junio de 1.947 se inauguró en Beliones (actual Belyounech, Marruecos) la factoría ballenera del mismo nombre, por la empresa Industrial Martinez S.A. Inicialmente la empresa dispuso de un solo buque, el Alcatraz (posteriormente rebautizado como el Benzú), de 500 toneladas y equipado con varios cañones arponeros. Posteriormente la empresa incorporó un segundo buque, el Hval IV, capitaneado por el noruego Hjlmar Paulsen. Los comienzos no pudieron ser más prometedores: durante la primera semana se capturaron seis rorcuales y tres cachalotes, todos en la zona del Estrecho, aunque fue un comienzo excepcional. Durante sus siete años de existencia la media de capturas anuales fue de 150 ejemplares. En total, 317 rorcuales y 337 cachalotes.
Las causas del cierre fueron varias. En 1.954 Marruecos alcanzó su independencia quedando la factoría en territorio marroquí. Por otra parte, el aceite de ballena fue perdiendo importancia al irse extendiendo los derivados del petróleo. Pero sobre todo, la población de ballenas del Estrecho había descendido considerablemente. El motivo, la intensa actividad de otra factoría ballenera al otro lado del Estrecho, la de Getares (muy cerca de Algeciras). Entre ambas y según testimonios de la época, se hizo una auténtica carnicería.
La factoría de Getares se creó en 1.914, comenzando su explotación en 1.921 con socios españoles e ingleses, aunque la mayoría del capital estaba en poder de accionistas noruegos, creando la Compañía Ballenera Española, más tarde ampliada como Compañía Ballenera Internacional, al extender su radio de acción al Atlántico Norte y sobre todo en la Antártida. Tras una pausa debida a la Guerra Civil y a la posguerra, la compañía reanudó su actividad a partir de los años 40 bajo el nombre de Sociedad Ballenera del Estrecho con una frenética actividad, siempre actuando en el Golfo de Cádiz y alrededores, llegando a cazar en seis años un total de 3.609 rorcuales y 345 cachalotes. Aunque estaba en territorio español y no le afectó, como a la de Beliones, la independencia de Marruecos, sí les afectó el descenso de cetáceos y el uso creciente de los derivados del petróleo en detrimento de la grasa de ballena, cesando su actividad en 1.963.
balleneros Beliones
                                          Factoría de Beliones, 1.940
Más al norte y ya en Galicia, como comenté en el capítulo de los balleneros vascos, hubo bastante actividad desde la Edad Media. La primera noticia data de 1.288, del puerto del Prioiro, cerca de El Ferrol. Sancho IV confirma carta de 1.286 salvaguardando el derecho del monasterio de Sobrado a percibir parte del “diezmo de ballenación” que corresponde a aquel puerto. La actividad ballenera en Galicia tuvo su momento de mayor esplendor en los siglos XVI, XVII y parte del XVIII hasta llegar, tras una pausa de dos siglos, a comienzos del siglo XX. Llegó a haber hasta 18 puertos gallegos dedicados al balleneo, como Camelle, Caión, Malpica, Nois, Rego de Foz, Bares, San Cibrao (con actividad ballenera registrada desde 1.291), Rinlo, Portocelo o Morás, que se amplían en el siglo XVIII a otros nuevos como Porto Vello, Foz y Cangas de Foz. Algunos de ellos comenzaron inicialmente sólo como puertos balleneros, tales como Suevos-Punta Langosteira y Burela… Seguro que entre tanto puerto, me dejo alguno…
Ante la evidente competencia, los balleneros gallegos intentan proteger y monopolizar su industria. En 1.521 y 1.531 sendos decretos del emperador Carlos V excluyen la actividad de barcos “extranjeros” (vascos y franceses) de la costa gallega. Y en 1.628 los del puerto de Bares prohíben a los “vizcaínos” hacer su centinela desde la isla de Coelleira, sin licencia -y supongo que previo pago- del deán y del cabildo de Mondoñedo.
Tras una pausa transcurrido el siglo XVIII, en el siglo XX se reanudaron las capturas en algunos puertos, principalmente el de Caneliñas (en Cee) y el de Punta Balea (en Cangas). En concreto y en el de Caneliñas se cazaron entre 1.924 y 1.927 entre 2.200 y 3.000 rorcuales y cachalotes. Tras la pausa debida a la Guerra Civil y posguerra se reanudó la actividad en 1.951. Hasta 1.975 el control ya es más cuidadoso y en ese periodo de 24 años se contabilizan las capturas de 6.337 cachalotes, 4.686 rorcuales comunes, 291 rorcuales norteños, 17 ballenas azules y 2 yubartas…un total de 11.333 animales… La misma empresa de mayoría noruega, la Compañía Ballenera Española, fue la que propulsó la caza de las ballenas desde los puertos gallegos. En sus inicios, 1.921 en el caso de Getones y 1.924 en el de Caneliñas, y hasta 1.929, casi todo el personal de los barcos era noruego: desde el capitán al cocinero pasando por los arponeros, aunque el personal de tierra encargado del procesamiento de las ballenas eran españoles y, en el caso de la de Beliones, en parte personal marroquí. Tras la reapertura y finalizada la Guerra Civil y el periodo de posguerra, se incorpora gradualmente tripulación española.
balleneros Factoría Balea en cangas, rorcual
                                    Rorcual en la factoría Balea, de Cangas
A diferencia de los balleneros del Estrecho, los gallegos no cazaban sólo en sus costas, sino que extendieron su actividad hasta Terranova y el Antártico. Son travesías más largas, pero obligados a ello al reducirse la población de ballenas en sus zonas costeras. Por esta razón e inicialmente, los barcos del Estrecho y Galicia, más pequeños, no faenaban lejos de la costa, sino que amarraban sus capturas al costado transportándolas a las factorías en tierra. Se consideraba un radio de 70 a 100 millas desde Finisterre. Hubo algún problema mencionado cuando, al cazar una ballena a 150 millas de la costa, el animal llegó ya en muy mal estado y no se pudo aprovechar ni un kilo de carne. Hay que considerar que con un cetáceo amarrado al barco, estorbando su hidrodinámica, la velocidad seguramente no alcanzase ni los 20 nudos, es posible que si acaso la mitad. Como información náutica, un nudo es una milla marina por hora. En el caso ideal de que alcanzase los 20 nudos, el recorrido serían 20 millas x 24 horas = 480 millas al día. Más de tres días (y posiblemente 4 o 5) con el animal a rastras y descomponiéndose…
ballenero de Getares Condesa Moral de calatravaballenero Temerario
Dos buques balleneros de la compañía: a la izquierda el Condesa Moral de Calatrava, y a la derecha el Temerario. En ambos se ve el cañón arponero en proa y en lo alto del mástil la cofa, para otear desde lo alto las ballenas. Barcos pequeños, lo justo para amarrar las capturas al lado y llevarlos a las factorías en tierra.
Cuando hayan de ampliar sus zonas de caza, utilizan barcos más grandes (y procesar en ellos las ballenas) o utilizar factorías flotantes, más próximas, a las que llevar los animales arponeados. En Terranova, precisamente, se produjo un accidente similar al ya relatado del barco Essex, de Nantucket. Al clausurarse -temporalmente- la actividad ballenera en Getones (1.926) y Caneliñas (1.927), parte del material y de los barcos fueron llevados a Terranova, a otra de las filiales noruegas, entre ellos el Caneliñas, el Condesa Moral de Calatrava y el Pepita Maura. En la campaña de 1.928 un cachalote embistió al Pepita Maura, destrozándole una sección de la popa, una pala del timón y la hélice, dejándole sin capacidad de maniobra con lo que embarrancó en la costa. No se hundió, y al menos no hubo víctimas. Como anécdota, en 1.925 y en la factoría de Caneliñas se encontró en los intestinos de un cachalote un trozo de ámbar gris de más de 100 kilos de peso, que se vendió por la estupenda cifra de medio millón de pesetas de la época.
Los buenos arponeros eran muy solicitados por su capacidad y experiencia. De su puntería y “sangre fría” dependía el éxito de las campañas. Incluso ya en la época de los cañones lanza-arpones los bandazos del barco no facilitaban la tarea de hacer puntería. Su salario era alto, sólo por detrás del capitán. En 1.929 se detallan sus sueldos: 300 pesetas (de las de la época) al mes, mas primas por capturas:
-100 por rorcual azul
-50 por rorcual común
-50 por cachalote grande (más de 12 metros)
-25 por cachalote pequeño.
Y al final de la campaña se añadía una prima complementaria según todo lo que se hubiese cazado:
-de 1 a 75 capturas, 50 por cetáceo (rorcual y cachalote grande) y 25 por cachalote pequeño
-de 76 a 100 capturas, 80 por cetáceo y 40 por cachalote pequeño
-a partir de 101 capturas, 100 por cetáceo y 50 por cachalote pequeño.
Dos arponeros vascos en Galicia
Hablamos de dos hombres: Jose Juan Zubiaur Irazábal y Ramón Inchausti Pujana. Naturales de Erandio, el primero, y de Elanchove el segundo, vascos de “pura cepa”. Ambos comenzaron de arponeros casi por casualidad. Inchausti comenzó como telegrafista en el Ea, un barco carbonero. En el puerto de Gijón se enteró que estaban preparando dos balleneros, el Marsa y el Benzú, que iban a partir al Estrecho de Gibraltar. Avisó a su amigo Zubiaur, que fue contratado como maquinista en el Benzú y partieron juntos. Una vez en la factoría de Beliones, Zubiaur comenzó como arponero aprovechando un momento de urgencia de la compañía al causar baja por enfermedad el arponero noruego contratado al efecto. Una vez de arponero, recomendó a su amigo Inchausti.
Inchausti pasó del Marsa al Temerario, Zubiaur ejerció en el Caneliñas y un tercer arponero, asturiano, Juan Álvarez, ejerció en el Benzú. Pronto los dos vascos destacaron en su oficio siendo destinados a Galicia. Sólo en la campaña de 1.953 cazaron respectivamente 150 cetáceos (Inchausti) y, casi empatado, 149 Zubiaur, que hubieran sumado una más de no haber perdido otro ejemplar, ya arponeado, en medio de un temporal. Y sólo en 1.953 las primas acumuladas por capturas, sueldo aparte, superaron las 50.000 pesetas (un auténtico dineral para la época), pasando de 60.000 una de Zubiaur el mes que cazó -en un mes, insisto- 41 cetáceos.
En un primer momento la compañía decidió ponerles a prueba:
el vapor Caneliñas salió a pescar con orden de cazar una sola ballena y a las pocas horas de su salida entró en la factoría de Caneliñas con un ejemplar de 24 metros y 70 toneladas de peso… (Borrador de la memoria de IBSA, año 1.951, correspondiente a Mayo de 1.952).
Una vez en Galicia las campañas se extendían de 7 a 8 meses seguidos en el año, desde Abril o Mayo hasta Noviembre o Diciembre. Cuando el mar estaba muy revuelto los barcos atracaban un par de días en Caneliñas, en aquel momento puerto aislado y muy mal comunicado, incluso por tierra. Los marineros gallegos aún podían aprovechar para hacer una “escapadita” y ver a sus familias, pero para aquellos dos amigos vascos significaba una reclusión forzosa, lejos de casa, y encima sin poder cazar (ballenas). Para Inchausti, que se había casado con una gijonesa (su casa estaba en Gijón), eran separaciones demasiado largas. Fueron momentos sin duda para los dos únicos vascos en Caneliñas en que reforzaron su amistad, que demostraron con una lealtad mutua, lejos del individualismo de los arponeros. Como muestra de su cooperación:
este cachalote fue cazado conjuntamente por los dos barcos, habiendo arponeado primero el Caneliñas (Zubiaur) y rematado por el Temerario (Inchausti) de común acuerdo y para que les fuese posible hacer la captura… (parte de capturas correspondiente a Septiembre de 1.953, memoria de IBSA, año 1.954).
Ramón Inchausti decidió jubilarse de tanto mar y tanta ballena en 1.960, retornando con su familia a Gijón, viviendo en una casa estilo caserío vasco que había levantado con el dinero ganado, y pasando sus últimos años leyendo tranquilamente (no le gustaba que le molestaran), cuidando su huerto y sus gallinas sin echar de menos el mar. Debía ser muy bueno en lo suyo, porque José Docampo, presidente de ISBA, hizo un viaje en coche -lujoso coche negro con chófer- desde La Coruña hasta Gijón, presentándose impecablemente vestido para, con suerte, impresionar más y reforzar sus argumentos, ofreciendo a Inchausti que volviese al mar aumentando las primas por capturas, ofrecimiento que Inchausti, sin duda ya con suficientes ahorros y acomodado con su familia, rechazó.
Por su parte, Juan José Zubiaur aún aguantó tres temporadas más. Al contrario que Inchausti nunca se casó, era el típico “solterón” sin una familia a quien echar de menos, pero sin duda la jubilación de su amigo le dejó más solo, y en 1.963 volvió definitivamente a la casa familiar de Obieta kalea en  Erandio, su pueblo, donde además de las -suponemos frecuentes- partiditas de mus con la cuadrilla, se entretenía en cazar con sus amigos de la Sociedad de Caza y Pesca de Erandio, recorriendo Castilla en vez del mar, persiguiendo perdices y conejos. Sin duda agradeció el cambio: perdices en vez de  ballenas…un poco como acaban los cuentos:…y fueron felices y cazaron perdices…
balleneros Franco
Sin tanto mérito como Zubiaur e Inchausti, Franco también cazó algún cachalote. Tras preguntar a unos y otros, investigar y ver su “éxito” como ballenero, he decidido que se merece una entrada aparte en el blog que podréis consultar: Los cachalotes de Franco.
Establecida en 1.986 la prohibición de la pesca comercial para las ballenas por parte de la Comisión Ballenera Internacional, hubo acuerdos previos que fueron poco a poco restringiendo las capturas, aunque los balleneros gallegos las ignoraban, saltándoselas “a la torera” y fueron calificados, incluso por el gobierno español, como “piratas”, continuando con la venta de la carne de ballena a un buen cliente como era el gobierno japonés. Ante este “mirar para otro lado” (que no fuesen las ballenas), el 27 de Abril de 1.980 sendas bombas estallaron en los barcos Isba 1 e Isba 2, de la compañía, anclados en el puerto de Marín, aunque uno de ellos aún se pudo reparar. Los causantes: el “brazo armado” de la Sea Sepherd Conservation Society, una escisión radical de los proteccionistas Greenpeace, más moderados en sus acciones, que se limitaban si acaso con sus lanchas a estorbar delante de los barcos arponeros.
balleneros 7
Definitivamente en 1.986, y por imposición de la moratoria de la Comisión Ballenera, las últimas factorías de Caneliñas y de Punta Balea (en Cangas) se vieron obligadas a cerrar, aunque bien a regañadientes, porque las capturas en aquel momento eran numerosas y la compañía, económicamente, marchaba muy bien.
                                  
Postdata
Una vez publicada esta entrada (y la siguiente, donde menciono “Los cachalotes de Franco”, tuve ocasión de conocer la existencia de un libro: Chimán. La pesca ballenera moderna en la península ibérica, de Àlex Aguilar, editado por la Universidad de Barcelona. Me hice con él en cuanto pude y sólo puedo decir que lo he disfrutado a tope: bien escrito, muy bien ilustrado y documentado. Según los datos reflejados, creo que algunos de los que yo he colgado en mi entrada seguramente tengan alguna inexactitud, pero ahí lo dejo. Sólo recomendar a los interesados en el tema la lectura de Chimán (como aclaración, nombre que daban los balleneros modernos a las ballenas más grandes). No os defraudará. Mi agradecimiento al autor.

 

 

Árboles míticos

Arboles singulares. Joven monje                                   

Joven novicio, budista tibetano, en peregrinación con su maestra a Bodhgaya, bajo cuyo                                      árbol bohdi el Buda alcanzó la iluminación.

Quise titular esta entrada, no como “árboles mitológicos” (aunque algunos lo sean), pues en este caso y como tales, a su alrededor se generarían historias con cierto tinte religioso, ni como “árboles singulares”, que lo son, puesto que este título sería más apropiado para ejemplares destacados dentro del mundo de la botánica. Así que se quedó con “árboles míticos”, que engloba un poco de todo.
En este caso, sólo quiero mencionar unos pocos ejemplares muy especiales: bien sea por su gran porte, por su escasez, por las leyendas tejidas a su alrededor, o incluso por su inexistencia. Árboles a menudo de difícil, o muy difícil acceso. Y, sobre todo, por su valor simbólico. La lista podría hacerse mucho más larga pero no se trata de hacer una enumeración extensa. Sólo es un pequeño homenaje o un recuerdo a algunos de esos seres que, de una manera especial, han dejado huella en nosotros.
 
1.- El árbol del Teneré (Níger)
2.- El tamrut del Tassili n’Adyer (Argelia)
3.- El Árbol Seco
4.- El roble de Guernica 
5.- El pipal de Bodhgaya (La India)
6.- Hiperión, el gigante escondido (California)
7.- El tejo de Barondillo (Rascafría)
8.- El árbol del Incienso (Omán)
9.- El árbol del Tule (Méjico)
 
1.- El árbol del Teneré
Comienzo por un árbol que ya no existe, aunque hoy se guarde como recuerdo su tronco seco en Niamey, la capital de Níger. En su momento, y hoy todavía, fue el único árbol citado en los mapas del desierto del Sahara. Así consta en el mapa nº 153 de Michelín, a una escala 1:4.000.000, correspondiente al Noroeste de África, donde en su ubicación podemos leer: Arbre du Teneré, junto a una leyenda donde dice: eau trés mauvaise à 40 m= “agua muy mala a 40 m”.  Pero, ¿de dónde le venía la fama al árbol del Teneré?…
 Mapa Sahara Árbol del Teneré
Teneré significa en tamashek -la lengua tuareg- “no hay nada”… aquí no cuadra la romántica imagen que en Europa asociamos con el desierto, de altas y doradas dunas. En este caso, el Teneré es una inmensa llanura pedregosa, lo que en el desierto se llama hamada, reg, en contraposición a los erg, el desierto de las dunas. De un extremo a otro y en dirección Este-Oeste, supone unos 700 u 800 kilómetros horizontales, sin apenas más referencias o alternativas en el paisaje que las muy lejanas montañas del Air, al norte. 
 
La capital de Níger es Niamey, al sudeste. Zona seca, predesértica, lo que allí conocen como el sahel (en árabe: la frontera -entre la sabana y el desierto-), pero al menos con la benéfica influencia de estar situada a las orillas del río Níger, que recorre el borde occidental del país, de Norte a Sur. La mayor densidad de pueblos y aldeas se concentra en la franja sur del país, más fértil y por tanto más poblada. En el mapa, toda la mitad norte es un plano semivacío. Pero desde Niamey nosotros avanzamos hacia el Noreste, donde el paisaje pierde el escaso verdor y la aridez es cada vez mayor. Es necesario desplazarse al Este más de 700 kilómetros (739, para ser exactos) hasta llegar a Agadez, capital tuareg (Niamey es “ciudad de negros”, como dicen ellos) y puerta de entrada al desierto puro y duro. Aquí comienza el Teneré. 
Arboles miticos. el tronco de teneré
Monumento a los restos de la acacia en Niamey. En la base de la peana podemos                                                          apreciar el símbolo de la cruz tuareg
 
Se siguen haciendo caravanas desde Agadez hasta las valiosas minas de sal de Bilma, a unos 600 y pico kilómetros, hacia el Este. Un poblado de unos dos mil habitantes escasos dedicados a la producción de sal. Una sal obtenida por evaporación, el amersal como se la conoce, muy amarga y apenas apta para el consumo humano, pero muy útil para el ganado, necesitado de Sodio y de Potasio. Alguna es tan alcalina (el natrón) que te quema las manos y ni el camello más sediento la podría tomar, sólo vale para curtir pieles. Hoy día el tráfico se hace sobre todo con viejos camiones, pero hasta hace nada -y todavía ahora- la única forma de atravesar el desierto era con las caravanas de camellos, transportando sobre sus lomos las tortas de amersal. Seiscientos kilómetros de Teneré, sin apenas pozos de agua. El único, el oasis de Fachi, a medio camino hasta Bilma.
 
Para los nómadas, el único punto de referencia en tan largo camino era el árbol de Teneré. El árbol más aislado del mundo, el único árbol en un radio de 400 kilómetros a su alrededor. Hay otra acacia solitaria, la de Bahrein, en el Golfo Pérsico, llamada por ellos el Árbol de la Vida, a la que se atribuye una edad de 400 años. Pero la de Teneré era realmente una excepción. Como es lógico, los tuareg la concedían un respeto especial. Nunca cortaron ni una rama para sus fogatas, e incluso impedían a los camellos mordisquear sus hojas. De hecho nunca quisieron excavar un pozo a su lado. Tuvo que ser un francés en 1.939, el sargento Lamotte, del Servicio de Asuntos Saharianos, el que perforase un pozo que, a la profundidad de 35 metros, encontrase un acuífero (esa agua que menciona el mapa Michelin como eau trés mauvaise), del que las no menos profundas raíces del árbol obtenía su supervivencia.
Arboles miticos. teneré, 1939
                                                   
                                         El árbol en 1.939, aún en su “esplendor”
Tenemos algunas fotos antiguas que atestiguan su existencia. Era una acacia (Acacia raddiana, para más exactitud) no muy grande, de doble tronco. Pese al respeto de los tuareg su destino estaba escrito con tintes de tragedia. En 1.950 un camión de camino a Bilma chocó contra ella y le seccionó uno de los dos troncos. No acabó ahí la cosa: en 1.972 un camionero libio, presuntamente borracho, se estampó contra ella arrancándola de cuajo. Personalmente no creo que hiciese falta la ebriedad del conductor para ese accidente. He viajado varias veces por el desierto, y también me lo han confirmado otros amigos “africanistas” (por ejemplo, atravesando Argelia de Norte a Sur por las infinitas rectas de la carretera transahariana), que la monotonía de un viaje que suele durar muchas horas y sin puntos de referencia o de distracción, sumado al calor, acaba amodorrándote y no es raro ceder al sopor, cerrar inadvertidamente los ojos…incluso quedarte dormido.
Árbol del Teneré 1970
                                El árbol en 1.970. En 400 km. a su alrededor, el Teneré, “la nada”
 
Hacía falta tener mala suerte, pero es muy posible que ambos camioneros acabasen dormidos al volante, que el camión diese varias vueltas y acabasen estrellándose contra lo único que podía estorbarles en aquella infinita extensión de kilómetros sin nada en el camino: el árbol del Teneré. Hoy día el tronco seco se expone en un pequeño memorial, en Niamey. Y donde estuvo, en su lugar un poste metálico guarda su recuerdo, y continúa sirviendo como punto de referencia a los viajeros, aunque en vez de una acacia sólo sea una larga barra de hierro. 
Arboles miticos. el poste de teneré
 
2.- El tamrut del Tassili N’Ayyer.
 Arboles miticos. Tamrut 3
 
No es fácil acercarse hasta los tamrut del Tassili. Tamrut o tarut: nombre con el que los tuareg de la zona conocen a los cipreses del desierto, Cupressus dupreziana, en la terminología botánica. Parientes próximos de nuestro ciprés mediterráneo, a los que estamos habituados a ver como habituales ornamento de los cementerios, o los que lucen silvestres, bosquecillos en los montes de Grecia. Pero frente a la verticalidad de nuestro estilizado ciprés, los tamrut son otra cosa: árboles potentes, macizos, con la imagen de lo que son: unos auténticos supervivientes. 
 
He tenido la oportunidad de viajar en dos ocasiones hasta el Tassili N’Ayyer, al sur de Argelia, junto a la frontera de Libia. Tassili N’Ayyer: del tamashek (la lengua de los tuareg) “la meseta de los ríos”.  Una superficie que se extiende por un área aproximada de entre 600-700 kilómetros a lo largo y de 100 a 200 kilómetros a lo ancho. Un territorio que se alza (como meseta que es) sobre el desierto circundante, hasta una altura de 2.000 metros sobre el nivel del mar. Una zona rocosa y muy accidentada, donde no vive absolutamente nadie y en la que es facilísimo perderse, si no fuera por la ayuda de los guías tuareg. Un erial árido, reseco y pedregoso. Un lugar al que, para acceder, hay que ascender a pìe desde la cercana población de Djanet, por el desfiladero del Tafilalet, una dura subida de varias horas por el que ni los burritos de apoyo (los dromedarios son incapaces de subir cuestas) pueden pasar, necesitando dar un rodeo por caminos más accesibles.
El interés que me llevó al Tassili inicialmente fue por conocer la gran cantidad de grabados y pinturas rupestres desperdigadas por la zona: hay catalogadas unas 15.000. Si tenéis interés podéis consultar una entrada en este blog: Argelia: viaje a las pinturas rupestres del Tassili N’Ayyer, donde describo todo ésto con más detalle. Pero como corresponde a esta entrada de Árboles míticos me centraré en otra de sus maravillas: los cipreses, o tamrut. El Tassili N’Adyyer además de las pinturas encierra secretos botánicos, plantas que han sobrevivido allí en la sequedad del desierto gracias a quedar encajonados en gargantas donde la altitud y la escasa humedad retenida han favorecido su supervivencia, testigos de hace épocas (al menos dos milenios) en las que el clima era más benigno: olivos, por ejemplo, alejados miles de kilómetros de los más próximos, o el tamrut.
Una pequeña aclaración sobre los olivos del Tassili: obviamente se trata de olivos silvestres, lo que se conoce popularmente como acebuches. Un amigo botánico me corrige: los acebuches NO son olivos silvestres, más bien podríamos decir que los olivos son acebuches domesticados. En todo caso los escasos ejemplares presentes en estas zonas desérticas del sur de Argelia, tanto los del Tassili, como los del macizo del Hoggar, los del Adrar  Heggueghene o los de Bazgane, en el Air, pertenecen a la subespecie Olea europea laperrinei. Queda dicho.
Arboles miticos. Tamrut 1
 
Los parientes más cercanos del Cupressus dupreziana no son los cipreses mediterráneos, sino los Cupressus atlantica de Marruecos. He encontrado una mención, dudosa, de la presencia de algún Cupressus dupreziana aislado en las montañas del Atlas, pero en principio sólo habitan, desperdigados, en el Tassili. Hay algunos estudios que proponen que el Cupressus atlantica marroquí sea en realidad una subespecie del C. dupreziana,  aunque no terminan de ponerse de acuerdo. En todo caso los ejemplares del Atlas marroquí son una pequeña población, de unos 600 individuos, que viven en una pequeña franja de las montañas al sur de Asni, a los lados del Ued N’Fiss.
“Nuestro” ciprés, el C. dupreziana, fue descubierto para la comunidad científica europea en 1.864, aunque los tuareg, lógicamente, ya lo conocían. La mayor concentración se encuentra en Tamrit, una vaguada encajonada entre paredones de rocas con presencia ocasional de agua, donde podemos ver una docena de grandes ejemplares, la mayoría con una edad calculada en unos 2.000 años. Hasta la mitad de los años 40 del pasado siglo se creía que no habría más de la docena de tamrut presentes en Tamrit, aunque diez años más tarde y tras la exploración de la extensa región del Tassili, el censo aumentó hasta los 200. 
 
En los primeros años de la década de los 70 el guardabosques argelino Said Grim contó 230 árboles vivos. Más tarde, entre 1.997 y 2.001 se comprobó que veinte de aquellos habían muerto, si bien hubo 23 nuevas incorporaciones. Por tanto, y según lo que he podido comprobar, el censo hasta la fecha sería de 233 cipreses. De ellos, la mayoría tienen más de 2.000 años aunque se han localizado diez muy jóvenes, con una edad estimada de 100 años, lo que indica que, pese a la sequía y las condiciones adversas, sigue habiendo regeneración. 
 
Arboles miticos. Tamrut 2
En esas condiciones de aislamiento y sequedad debida a las escasísimas lluvias, la reproducción vegetal en el desierto es todo un milagro. Los tamrut lo han solucionado con una estrategia biológica conocida por los científicos como la “apomixis masculina”: es una forma de reproducción asexual mediante el cual las semillas adquieren completamente el contenido genético del polen, o parte masculina. Las plantas hembra sólo suministran el sustrato nutricional, no así sus genes. Así y todo y pese a esta estrategia, la germinación de las semillas fecundadas en la aridez del suelo es muy difícil, de ahí la escasez de los tamrut. 
 
No obstante la supervivencia del ciprés del desierto está asegurada. Se han plantado semillas con éxito en jardines botánicos de Europa, incluso hace poco han llevado un plantón al Jardín Botánico de Madrid. Y, por supuesto, los tamrut del Tassili están protegidísimos, estando totalmente prohibido no ya cortar una rama, sino arrancar ni una simple hojita. Aunque debo confesar que en mi casa guardo como una reliquia una astilla muerta recogida del suelo, de un palmo de largo, a los pies de uno de los míticos tamrut  argelinos.
tuareg podando tamrut 2
Fotografía obtenida del libro de Henry Lothe, Hacia el descubrimiento de los frescos del Tasili. En 1.956 él y su equipo estuvieron un año y medio haciendo copias de miles de pinturas rupestres. En la fotografía se puede ver a uno de los guías tuareg, confundido con la roca a su espalda, subido al árbol arriba a la izquierda con un hacha para conseguir madera. El árbol ya está seriamente deteriorado. Hoy está absolutamente prohibido.
3.-El Árbol Seco 
 
él respondió que podían entregarla a Cazán, hijo del rey de Argón, quien por entonces se encontraba en la lejana región del Árbol Seco, junto a las fronteras de Persia…
 
Esta cita parecería haber sido sacada de la serie televisiva Juego de Tronos, o de la película El Señor de los Anillos. Pero quien ésto nos cuenta es el viajero veneciano Marco Polo, en su “Libro de las Maravillas del Mundo” (Introducción, cap. XIX). Creo que no hace falta presentar a Marco Polo. Más complicado sería en todo caso “presentar” al Árbol Seco…entre otras razones, porque no tiene existencia real, y porque su localización, como tal árbol mítico, es utópica. 
 
Marco Polo fue un gran “relatador”. Además de las descripciones pormenorizadas de sus viajes, reflejó otros mitos medievales, como el del Preste Juan, supuesto monarca cristiano que reinaba en Asia Central. Seguramente su existencia se inspiró en una rama del cristianismo: los nestorianos, presentes en toda Asia hasta China, y que Marco Polo cita en muchas ciudades. Siguiendo con el mito del Árbol Seco, podría haber escrito mi propia interpretación, pero me voy a permitir transcribir por su calidad y claridad lo que en la nota nº 33 menciona el comentarista Juan Barja, traductor de la magnífica edición del “Libro de las Maravillas del Mundo” presentada por Abada Ediciones:
Árboles míticos C
Ilustración del conocido como el manuscrito francés 2810 de la Biblioteca Nacional de Francia, uno de los códices más valiosos del relato de Marco Polo. La edición que comento de Abada Ediciones está acompañada por las 85 ilustraciones originales, procedentes del taller del Maestro de Boucicaut.
 
éste Árbol Seco, al que también -y mejor- se llama el Árbol Solo, es una región mítico-simbólica que el autor, como vemos, “localiza”. Contrapuesto al Árbol de la Vida, en calidad de réplica negativa de lo vegetal-paradisíaco, debía estar ubicado en un desierto. Marco Polo aquí trata de racionalizar el mito -tal como hace repetidas veces en el curso de su relación-, y sostiene haber “visto” dicho árbol. Más allá de las múltiples referencias bíblicas, establecidas a partir del Génesis, es preciso citar en este caso un árbol-seco neotestamentario, la higuera condenada por Jesús -como castigo a su esterilidad- en un pasaje de los evangelios. Pero, retornando a la región donde el veneciano lo sitúa, debería encontrarse más o menos en el norte de la antigua Persia; “en las fronteras de Persia, en dirección a la Tramontana”, dice más adelante nuestro autor, tras cruzar el desierto de Chermán (Kermán). El árbol que encontró nuestro viajero sí que tenía hojas, pero éstas -y sus frutos- son mera “apariencia”; los frutos, además, están “vacíos”. Otra distinta manifestación bíblica y amenazadora del “Árbol Seco” aparece en el sueño de Nabucodonosor -Libro de Daniel 4, 1-13-, siendo esterilizado por el Ángel. 
 
Desde las tradiciones mesopotámicas hasta la cristiandad, pasando por el islamismo, la figura del Árbol Seco aparece simbolizando el non plus ultra, el “no más allá”, el fin de la tierra conocida por cada cultura, ubicándose por tanto en el límite del desierto como la frontera de la tierra habitable, suponiendo que los árboles como símbolos y soportes de la vida se detienen aquí. Mas allá no puede haber nada, solo existe la desolación. Para los hombres de la antigüedad, ligados a la tierra, dependientes para la supervivencia de su fertilidad, y de los frutos, cobijo y madera de los árboles, no puede haber mayor bendición que su verdor, que su frescura. No es extraño que en todas las culturas del mundo y en todas las religiones no sólo se respete, sino que se adore a los grandes árboles, simbolizando los grandes principios: el Árbol de la Vida, el Árbol Primordial, o el Árbol del Conocimiento. Incluso para nosotros, urbanitas del mundo desarrollado, que nos creemos ajenos a los ciclos de la naturaleza (aunque sigamos dependiendo de ella), necesitamos seguir rodeándonos de parques y jardines, aunque sólo sea para verles.
 
El Árbol Seco se impone como símbolo del castigo divino a la osadía de los hombres que se atrevan a traspasar los límites establecidos. Si no demoníacos, si son una advertencia. Los pueblos de Asia Menor y especialmente los hebreos, pueblo de pastores del desierto (el elemento hostil), son los más proclives a la creencia en el Árbol Seco. Así, la “higuera seca” citada en los Evangelios (Lucas, 13, 6-0), que se libra de ser talada por estéril (aunque luego tiene su oportunidad de salvarse). O en el sueño de Nabucodonosor (citado por el traductor y comentarista Juan Barja), donde un Ángel anuncia al rey que un alto y frondoso árbol deberá ser podado de todas sus ramas manteniéndose su tronco encadenado y sujeto al suelo, y donde el profeta Daniel interpreta el sueño como un aviso del cielo, de lo que sucederá al propio rey si no reconoce y se somete a Yahvé: ser reducido a la condición de Árbol Seco.
Arboles miticos. sueño de nabucodonosor
 Ilustración del Beato de San Miguel de Escalada, año 945, donde ilustra la interpretación  del sueño de Nabucodonosor. El rey será desposeído de su reino viviendo durante siete años como una bestia salvaje, alimentándose de la hierba del suelo.
 4.- El roble de Guernica
 
“Fuerte como un roble”…Hasta el dicho popular lo sostiene. Siguiendo con el refranero: “algo tendrá el agua para que la bendigan”… No es extraño: árbol potente, poderoso y de gruesas ramas, el roble es el principal de los árboles sagrados en la mitología europea. Símbolo de Odín para los antiguos germanos, o el árbol donde los druídas de los antiguos celtas recogían el muérdago que crecía en sus ramas, recolectado con una hoz de oro, tal y como nos enseñan los cómic del héroe (éste inventado) Asterix. Hasta los estudiosos vascos reconocen la influencia de sus vecinos celtas para que el roble fuera el elegido por los antiguos vascones como elemento protector, como tótem, como intermediario con los dioses. En 1.853 el vizcaíno Jose María Iparraguirre compuso un zorziko, el Gernikako Arbola (es fácil de traducir: el Árbol de Guernica), que se ha convertido en himno euskera sobre la salvaguarda de la libertad de su pueblo. Pero, ¿de dónde proviene este culto al Árbol de Guernica?.
 
Desde la Edad Media se conserva la tradición de que el señor de Vizcaya jurase respetar, en Guernica y bajo las ramas del roble, los Fueros (también conocidas como las “Leyes Viejas”) y, por tanto, las libertades tradicionales de los vizcaínos. En principio era un compromiso local, que comprendía el señorío del núcleo de Vizcaya: las tierras llanas, los campos y los caseríos, a los que se fueron añadiendo pueblos, villas, anteiglesias y la ciudad de Orduña. Posteriormente se incorporaron las comarcas de las Encartaciones y el Duranguesado, para acabar por englobar todo el territorio histórico de Vizcaya y, por extensión, a todos los vascos. Tras la incorporación a la corona de Castilla, el título de señor de Vizcaya pasó a transmitirse junto al de rey de Castilla (de hecho Fernando el Católico juró en Guernica los Fueros) y, con posterioridad, al del rey de España toda, aunque en las ceremonias siga actuando como titular del señorío el lehendakari correspondiente. 
 
No he conseguido aclarar con certeza por qué es precisamente en Guernica y no en otra euskara localidad el lugar donde se juran los Fueros. El caso es que, junto a la Casa de Juntas y bajo el roble se desarrolla la ceremonia. Supongo, y creo que no es echarle mucha imaginación, que en el lugar ya debió haber en tiempos un gran roble venerado, y fue en sus cercanías donde se edificó la mencionada Casa de Juntas…algo así como el árbol bodhi bajo el que Sidharta alcanzó la iluminación convirtiéndose en el Budha: el Iluminado, y a cuyo alrededor se edificaron los templos (no os impacientéis: ese tema irá en el siguiente capítulo).
 
Pero, y volviendo al roble de Guernica, pese al lógico entusiasmo y fervor patriótico con que el bardo Iparraguirre compuso su Gernikako Arbola, donde en una de sus estrofas dice (traduzco, podéis encontrarlo en Google): …hace unos mil años que se dice / que Dios plantó el árbol de Guernica…, por desgracia los sucesivos robles de Guernica no han tenido mucha longevidad. Sí que es cierto, como establecen los botánicos que el roble europeo o Quercus robur, según su nombre científico, pueden alcanzar los mil años de edad, aunque su vida media suele ser más corta. No obstante, y como indiqué, los consecutivos árboles de Guernica han tenido vidas más breves. 
Arboles miticos. el roble y la casa de juntas
                                                                  Postal de 1.915
Así, el primero datado y conocido como el Árbol Padre, se calcula ya estaba ahí desde el siglo XIV. Murió en 1.742 y en su lugar y en el mismo año se plantó el llamado Árbol Viejo, que a su vez murió en 1.860. Suyo es el tronco que se conserva en un templete, junto a la Casa de Juntas, algo parecido al tronco seco del Árbol del Teneré conservado en Niamey, como mudos testigos, última muestra de respeto. Para reemplazar al Árbol Viejo se plantó en el mismo año (1.860) el conocido como el Árbol Hijo, pero no duró mucho: murió en el año 2.004 afectado por un hongo. El actual, un plantón ya previsto como sucesor, crecido de una bellota del Árbol Hijo, se plantó en el lugar habitual junto a la Casa de Juntas, en el año 2.004.
Arboles miticos. ruinas de guernica
                                                     Guernica, tras el bombardeo
 
Quitando la brevedad de estas vidas vegetales (espero que el actual, del que no sé el nombre, alcance larga vida), el Árbol Hijo sobrevivió al episodio posiblemente más triste de la historia de Guernica: el famoso bombardeo efectuado por la Legión Cóndor el 26 de Abril de 1.937. La Legión Cóndor, escuadrilla aérea integrada por pilotos y aparatos alemanes más un pequeño refuerzo italiano, bombardeó la villa durante varias horas con el supuesto objetivo de destruir el puente y cortar las comunicaciones con Bilbao, ante la resistencia republicana. Pero el objetivo fue de escarmiento: tras las primeras bombas -que no destruyeron el puente- se lanzaron bombas incendiarias que destruyeron el 80% de la población. El porcentaje de víctimas ha sido muy debatido: de una población de unos 5.000 habitantes se barajaron entre 250 y 300 muertos, aunque por unos estudios más recientes y exhaustivos realizados por Vicente del Palacio y Jose Ángel Etxaniz, de la asociación Gernikazarra, se ha establecido la cifra de 126 fallecidos en total. La divergencia de cifras se debe a que, dos días más tarde del bombardeo, las tropas franquistas entraron en la población, tomando el control y quemando los archivos de la iglesia de Santa María, imposibilitando el recuento total de los fallecidos.
Arbooles miticos. gudaris, 1936
 
                    Soldados y gudaris, velando ante el Árbol de Guernica. 1937
Las bombas respetaron la Casa de Juntas y el roble. Cuando entraron las tropas rebeldes los carlistas montaron un cordón de protección alrededor de la Casa de Juntas y del Árbol de Guernica, para impedir cualquier intento de destrucción, conscientes de la importancia que tenía para los vascos. No obstante el escándalo del bombardeo se hizo internacional. El gobierno de la Segunda República contactó con el pintor Pablo Picasso, residente en París y hasta entonces bastante ajeno a la política española. Se iba a celebrar en París la Exposición Universal y solicitaron del pintor algún cuadro alegórico como propaganda para la causa republicana. Entre Mayo y Junio de 1.937 -ya bombardeada Guernica- el artista, conmocionado por la noticia, pintó su famoso cuadro que se ha vuelto icónico, todo un símbolo: el Guernica, en un ático alquilado ex profeso dadas las grandes dimensiones de la tela, en el 7 de la Rue des Grands Augustins, aunque en ninguna parte se mencione la población. Cabe mencionar que Picasso al parecer no quiso cobrar nada por la obra y que le fue reintegrado sólo lo que le costaron la tela y las pinturas. ¡Larga vida al árbol de Guernica!.
Arboles miticos. el guernica
       Reproducción del cuadro de Picasso, en la propia localidad de Guernica
5.- El pipal de Bodhgaya
 
Bodhgaya es una población situada en el estado de Bihar, al norte de La India, de unos 40.000 habitantes. Cuando tuve la oportunidad de estar allí me recordó a Compostela. Multitud de templos de todo el orbe budista se elevan allí, como homenaje a las diferentes comunidades budistas de toda Asia: no sólo hindúes, sino también de Birmania, de Sikkim, Buthan, China (en forma de pagoda), Japón (con su arquitectura tradicional nipona), Tailandia, Ceilán, o tibetanos, de los que hay dos. Y rodeando los templos, multitud de devotos budistas, cada cual con su impedimenta característica (de blanco los tailandeses, de rojo los tibetanos, de amarillo los japoneses…), peregrinos todos ellos a la llamada de su fe. Sentados en grupos grandes, rezando y leyendo en sus libros apaisados las oraciones en sánscrito. Casi todos rodeando el árbol.
Arboles singulares. Monjes rezando
 
Lo de Compostela no es casualidad. De sobra conocemos en España la importancia que el Camino de Santiago y lo que significó a lo largo de los siglos despertó en toda Europa, la atracción a millones de peregrinos. Entre nosotros quizá lo tenemos ya “tan visto” que no le concedemos la importancia debida, aunque la siga teniendo. Tuve también ocasión de “caminar” hacia Compostela en un par de ocasiones de grato recuerdo, una de ellas con un amigo alemán para los que ir a Compostela es todo un prestigio, encontrándonos en el recorrido gentes de todos los pelajes: desde gente “normal” de diversos países hasta grupos de religiosos italianos o franceses, de familias al completo a solitarios peregrinos, desde chavales con ganas de ejercicio hasta monjes “zen”… Yo no lo ví, pero me contaron de un japonés vestido de samurai que hacía el camino (mejor: el Camino) con su escudero, callados, serios y formales ambos. 
 
Estando en Bodhgaya y callejeando por la ciudad se nos acercaron un par de chavales de allá con ganas de “pegar la hebra”, por practicar inglés, dijeron (cierto es que no nos pidieron ni una rupia, como sospechamos inicialmente). Al preguntarme mi nombre y decirles: Santiago, uno de ellos del que no recuerdo el nombre abrió unos ojos como platos: ¿¡Santiago…Santiago de Compostela!?… Al parecer había leído la novela titulada El peregrino, del escritor Claudio Coelho, y para él Compostela era una localidad mítica, no pensaba que fuese real. A mi regreso tuve el placer de enviarle a la dirección que me proporcionó varios libros llenos de imágenes de España, entre ellas las de la catedral de Santiago de Compostela, para que le pusiese “cara” a lo que él pensaba hasta entonces que era sólo un mito.
Arboles singulares. Pipal de Bodhgaya
                                                            Al pie del árbol Bodhi
 
Como Compostela alrededor de la catedral, Bodhgaya ha crecido alrededor de un árbol, lo que se conoce como un pipal, para los botánicos Ficus religiosa bajo el que, y según la tradición budista, el príncipe Siddharta alcanzó la iluminación. Los pipales son grandes árboles que podemos ver en toda La India. Al igual que las “olmas” en casi cada plaza de los pueblos de Castilla prestan su sombra a los lugareños (aunque muchas se hayan secado víctimas de una enfermedad, la grafiosis), los pipales crecen en la plaza central de miles de aldeas de toda La India, sirviendo de punto de reunión a los vecinos para dirimir sus problemas. El género Ficus al que pertenece el pipal engloba unas 900 especies en climas templados y tropicales. El más conocido por nosotros la higuera (Ficus carica), pero también otros como el árbol del caucho (Ficus elastica) y otros usados como plantas decorativas, tales como el Ficus benjamina, el Ficus retusa y otras más.
 
El budismo es una religión característica. Para empezar, se define como religión sin dios. Más que religión, es una filosofía de la vida. No conocen la noción de “guerra santa”, que tantos millones de muertos han cobrado a lo largo de la historia las religiones monoteístas, celosas de su monopolio. Tampoco concibe la conversión forzada, ni tan siquiera la herejía como algo pernicioso. Sería tema prolijo detallar sus principios y variantes, que excederían ampliamente al tema de esta entrada, pero en esencia propugna la compasión, el huir de las pasiones excesivas y el buscar la paz interior. Con semejante filosofía, no es raro que el budismo se extendiese por toda Asia, donde se calculan entre 330 y 350 millones de seguidores, repartidos en las 14 ramas o escuelas budistas, y que a su  ideario pacifista se adhiriesen en nuestro mundo occidental unos 20 millones de adeptos, ávidos de misticismo en Europa y unos 4 millones en los Estados Unidos. A muchos de estos budistas occidentales los podemos ver, también, rezando alrededor del sagrado pipal de Bodhgaya.
Arboles singulares. Templos y monjes
 
Si queremos profundizar en el budismo podemos sentirnos bastante confusos. A su alrededor se ha tejido una complicada red de mitos y leyendas fundacionales, tradiciones y definiciones de conceptos bastante metafísicos, adobados además con lo que, para nosotros, occidentales, supone la gran cantidad de términos en sánscrito: dharma, shanga, samatha, vipassana, samadhi, jhanas, prajna, avidya, duhkha, samsara…y muchas más¡Ojo!, no son meras palabras: cada una de ellas define conceptos muy concretos. Hasta tal punto han invadido en parte a Occidente que algunas de ellas como karma nirvana han sido ya asimiladas (la última, incluso dando nombre a un famoso grupo de rock). 
 
Será más simple entender el origen del budismo si consideramos que en el siglo V a.C. nació un tal Siddharta Gautama en Lumbini, en la frontera de lo que ahora son Nepal y La India. Siddharta era el príncipe del reino de Sakia (que me perdonen los budistas si se me escapa algún error), perteneciente a la segunda casta hindú, la de los chatrias: la de los guerreros y nobles (por encima estaban los brahmanes). Cuenta la tradición budista que a los 29 años el mimado y protegido Siddharta descubrió por azar la enfermedad, la decrepitud y la muerte, lo que provocó que se marchase del palacio y de la vida noble a la que estaba destinado (lo que se conoce como La Gran Renuncia) y hasta los 80 años se consagró a la pobreza, a la abstinencia, a la predicación y a difundir su mensaje por el norte de La India.
 
Quizá no hubiera pasado del anonimato de ser un predicador más, si no fuera porque doscientos años más tarde el gran rey Asoka descubriese el budismo y se convirtiera en su principal difusor. Asoka construyó el imperio Maurya, conquistando casi toda La India y los actuales Pakistán y parte de Afganistán. Dice la tradición, y me ciño a ella, que tras masacrar el estado de Kalinga, conmovido por la destrucción, se convirtió al budismo. Hay historiadores que sostienen que Asoka descubrió en esta nueva creencia una religión que diese cohesión a su imperio. Puede ser, no sería el primer caso. Sea como sea Asoka fue el verdadero expansor del budismo en La India y que gracias a él fuese extendiéndose, poco a poco, por Tíbet, Mongolia, China, el Lejano Oriente y llegando hasta Japón. Pero volvamos a Siddharta y al árbol pipal.
 
Continuando con lo que la tradición nos cuenta, y tras un periodo de vagar de aquí para allá y de un periodo de extrema ascesis en el que estuvo a punto de dejarse morir de hambre, Siddharta decidió que necesitaba, más que aclarar sus ideas, alcanzar la iluminación. Llegando a un lugar (que más tarde se llamaría Bodhgaya) se sentó al pie de un alto pipal durante tres días con sus noches, dispuesto a no moverse hasta no alcanzar el conocimiento. Durante la primera noche (sigo con lo que nos cuenta la tradición) logró el conocimiento de sus existencias anteriores. Durante la segunda noche, alcanzó el conocimiento de ver seres morir y renacer de acuerdo a la naturaleza de sus acciones. Durante la tercera noche purificó su mente, consiguiendo el conocimiento de las Cuatro Verdades. Aún tuvo una última prueba: se presentó Mara, personificación del demonio o de la tendencia a la maldad, con una serie de tentaciones. Pero, al igual que las cristianas tentaciones de San Antonio, Siddharta resistió, logrando ser libre del aferramiento a las pasiones alcanzando, por fin, la Iluminación, y estando ya preparado para predicar la verdad. En aquel momento dejó de ser Siddharta para ser el Buda = el Iluminado.
 
Bodghaya, ya lo he comentando, es el principal centro de peregrinación de los budistas del mundo. Aunque la ciudad ha ido creciendo con sus tiendas y sus barriadas, el verdadero centro es un conjunto abarrotado de templos de diferentes estilos, según la procedencia de sus fieles. Y en medio de todos ellos, el pipal. Bendecido por ser aquel bajo cuyas frondosas ramas Siddharta alcanzó la Iluminación y, al igual que éste pasó a ser denominado el Buda, el pipal pasó a ser llamado el Bohdi. Y como no podía ser menos en una religión como la budista, donde a todo se le pone nombre, éste tiene el suyo propio: Siri Maha Bohdi, que me atrevo a traducir como algo así: el Gran Bohdi Sagrado. Los budistas lo consideran descendiente del árbol bohdi original.
Arboles miticos. pipal de ceilán
                                       
                                                El pipal sagrado de Ceilán
Pero este Siri Maha Bohdi tiene un competidor, y más viejo: el llamado Jaya Siri Maha Bodhi. Un pipal (no muy grande) presente en los jardines de Mahamewna, en la localidad de Anuradhapura, situada al norte de la isla de Ceilán, actual Sri Lanka. Se considera al bohdi cingalés el árbol plantado por humanos más antiguo del mundo, con fecha conocida: el año 288 a.C. Fue traído como plantón por la princesa Sangamitta Theri, hija de aquel emperador Asoka que expandió el budismo por La India. Aunque Ceilán no estaba bajo su dominio directo si gozaba de protección como reino vasallo y, muy pronto, abrazó la fe budista de la que es uno de sus bastiones. El árbol, como es de suponer, goza de enorme respeto y adoración por parte de todos los cingaleses que acuden a él en peregrinación. De hecho, y a lo largo de su historia, se fue rodeando de rejas doradas y de empalizadas, algunas con la intención de protegerle contra los elefantes salvajes. Los cingaleses afirman que es la “rama derecha” (la rama sur) del árbol bodhi “original”, el de Bodhgaya. Actualmente y desde el año 2.014 el gobierno de Sri Lanka ha prohibido cualquier construcción a menos de 500 metros a su alrededor, para evitar cualquier molestia al venerable Jaya Siri Maha Bodhi. 
 
“Nuestro” bodhi, el de Bodhgaya, es un enorme y frondoso árbol, de gruesas ramas, protegido por empalizadas y adornado con las multicolores banderas de oración con que los budistas adornan sus stupas, y bajo el que se agolpan los fieles rezando en voz alta día y noche, muy serios como corresponde, sus apaisados libros de oración. Tras la invasión musulmana de La India, los templos fueron destruídos aunque el árbol afortunadamente resistió. El mayor templo hoy día es el de Mahabodhi, construído en su momento al parecer por el emperador Asoka, y reconstruído en el siglo XIX por Sir Alexander Cunningham, arqueólogo de la Sociedad Arqueológica Británica. El segundo en ser construído (o reconstruído) lo fue por monjes budistas procedentes de Ceilán…se ve que hay cierto “pique”, como pasa con ambos Siri Maha Bohdi.
 
Dice la tradición que el rey Asoka peregrinaba todos los años durante el mes de kattika al árbol Bodhi para rendirle homenaje, pagando festivales en su honor que duraban varios días. Continúa diciendo la tradición, según narra el capítulo 17 del Maja-Vamsa (en pali: “el gran linaje”), que la mujer del emperador, Tissarakkha, celosa de las atenciones que su marido prestaba al árbol, lo hizo matar clavándole espinas de mandu en el año 250 a.C. En su lugar se plantó un vástago que es el que vive en la actualidadSi hacemos caso a las fechas, el de Ceilán sería 38 años más viejo. 
6.- Hiperión, el gigante escondido
 
Hiperión: del griego, “el que camina en las alturas” o “el que mira desde arriba”…
 
El que bautizó a este árbol como Hiperión iba bien enfocado. Según la mitología griega (que no tiene nada que envidiar por su complejidad a la hindú), Hiperión fue uno de los doce Titanes, hijos de Urano (el cielo) y de Gea (la tierra). Liderados por Cronos, derrocaron a su padre Urano, hasta que, a su vez, fueron derrotados por los Olímpicos (Zeus y su dinastía). En la Ilíada de Homero, al dios Sol se le llama Helios Hiperión (“el sol en lo más alto”). En “Los trabajos y los días”, Hesíodo nos cuenta que Hiperión se casó con su hermana Tea, la diosa de la vista, con la que tuvo tres hijos: Helios (el sol), Selene (la luna) y Eos (la aurora). Los modernos astrónomos, sin tanta parafernalia pero buscando inspiración en la mitología, pusieron el nombre de Hiperión a una de las lunas heladas del planeta Saturno (el de los anillos) y así ha quedado para la posteridad.
 
Pero en el tema botánico que es el que nos interesa, Hiperión es un árbol. En concreto, una sequoya de la especie Sequoia sempervirens (por cierto: el nombre “sequoya” se les puso como homenaje al jefe de la tribu cheroqui Sequoyah). Las sequoyas pertenecen a la familia de las Cupressaceae, parientes cercanas por tanto al tamrut del Tassili antes mencionado. Estos gigantes de la botánica viven en la húmeda franja costera que se extiende a lo largo de la mitad norte de California protegidos en la actualidad por parques, como el Parque Nacional Redwood, donde vive Hiperión. Antes se les explotaba talándoles para la industria maderera. Afortunadamente en 1.978 el entonces presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter amplió los límites del parque custodiándolos ante la amenaza de las motosierras. Bien lo merecen. 
Arboles miticos. seccion sequoya
Sección de un tronco aserrado de sequoya. Toda una tentación para los madereros. Obsérvese el pedazo de sierra, y lo liso que ha quedado el corte.
 
En una naturaleza tan agreste, de bosques extensos, y escondido entre otros altos árboles, Hiperión vivió una existencia discreta. Al punto que no fue hasta el 8 de Septiembre del 2.006 cuando dos naturalistas, Chris Atkins y Michael Taylor lo encontraron mientras explotaban un apartado territorio del parque. En concreto Hiperión fue localizado en un terreno en cuesta y no en las habituales tierras bajas. Seguramente esta ubicación contribuyó a mantenerle escondido y a salvo de las motosierras, aunque hoy día se encuentra protegido en la ampliación del parque que Jimmy Carter, sabiamente y con gran sentido ecológico, consiguió.
Arboles miticos. hiperion
 Foto real de Hiperión, tomada con un teléfono móvil, por alguna de las únicas diez o                                                   doce personas que conocen su ubicación
 
Atkins y Taylor, naturalistas con experiencia en el mundo de las sequoyas, valoraron sus grandes dimensiones. Lo que no imaginaban fue su gran altura: al medirlo comprobaron que Hiperión medía (en el 2.008) 115,5 metros hasta su ápice, superando por casi tres metros al que se consideraba hasta entonces el árbol más alto conocido, otra sequoya conocida como “el Gigante de la Estratosfera” (lo de los nombres rebuscados no es raro: otras grandes sequoyas ostentan nombres mitológicos, tales como “Helios”, “Ícaro” u “Orión”…). Cuando digo que Hiperión medía 115,5 metros en 2.008 (hace ya 10 años) es porque, con toda seguridad, el árbol habrá superado esa altura. La velocidad de crecimiento de las sequoyas es alta, pudiendo superar el metro ochenta por año en los ejemplares jóvenes e Hiperión al parecer no es un árbol viejo. Las sequoyas superan con frecuencia los mil años de edad; la más vieja datada alcanzó los 3.800 años.
 
Pese a tal longevidad, hay árboles más viejos que las sequoyas. Hay otra especie de conífera en California, el Pinus longaeva (su nombre ya nos da pistas), que alcanza edades mucho mayores. El Pinus longaeva crece en la región de las White Mountains, a más de 3.000 metros de altitud. Zona muy árida, reseca y pedregosa, de clima muy seco, sin arroyos que corran por allí. Son árboles de tronco grueso y retorcido, sin apenas hojas, que crecen al límite de la vegetación, sobreviviendo a climas y recursos muy limitados. En 1.964 un estudiante de geología llamado Donald R. Currey hizo perforaciones en alguno de ellos para calcular la edad, midiendo los anillos, identificando especímenes de más de 4.000 años. 
Arboles miticos. pinus longaeva
                        Ejemplares de Pinus longaeva en su durísimo hábitat
Por problemas técnicos solicitó (y obtuvo) permisos del Servicio Forestal de los Estados Unidos para cortar el tronco a una altura de 2,4 metros sobre el suelo, descubriendo que “Prometeo” (como le llamó) tenía más de 4.844 años de edad. Más tarde el botánico Don Graybill obtuvo muestras más cercanas al suelo demostrando que su edad real era de 4.862 años. Lamentablemente, estas “operaciones científicas” consiguieron lo que 4.862 años no habían conseguido: acabar con la vida de Prometeo. Supongo que hoy día estos permisos hubiesen sido imposibles de conceder, y que Donald R. Currey hubiese hecho mejor en hacerle fotos, en vez de lesionarle. Afortunadamente hay otro ejemplar de la misma especie, vivo y a salvo de científicos “bienintencionados”, al que se ha calculado una venerable edad de 4.789 años. Su nombre esta vez está muy bien puesto: “Matusalén”.
Y ya puestos con el tema de la longevidad de las plantas, he de intercalar a posteriori el comentario que un amigo botánico (Carlos García-Verdugo de Lucas compañero de viaje por el Tassili N’Adyer) tras leer la entrada me hizo. La planta más “vieja” del planeta no es ni siquiera el Pinus longaeva, sino una humilde plantita del desierto de Mojave, también en California (está llena de plantas viejísimas, ¿por qué será?). El desierto de Mojave y, dentro de él, el conocido como el “Valle de la Muerte”, es el lugar del planeta donde se han registrado las temperaturas más altas, con un record de 57ºC.
La planta en cuestión se conoce como la “gobernadora” o arbusto de la creosota, conocida científicamente como Larrea tridentata. Al habitar en un medio tan hostil y tan reseco, de escasísimas lluvias como es el desierto de Mojave, su estrategia biológica consiste en que las ramas más viejas se “sacrifican” (no hay agua para todas) y se van secando mientras, muy lentamente, crecen nuevas coronas de ramas y flores, dándole un aspecto de anillos de arbustos, aunque sean todos la misma planta. Y aquí viene la noticia: la más extensa de estas masas de arbustos, la conocida como “King Clone”, ha sido datada mediante el método del Carbono-14, con la increíble edad (para una humilde plantita) de…¡11.700 años!…
Arboles míticos. king clone
 El “King Clone”, o círculo de matas de la Larrea tridentata. Parecería mentira que alcanzasen tan elevada edad, pero se ha hecho datando los tocones secos semienterrados en su interior. La planta más vieja del mundo.
En el mismo hábitat que la Sequoia sempervirens vive otro gigante emparentado con él: la Sequoyadendron giganteum. Si no tan altos como la Sequoya, el más famoso de este otro género es un soberbio ejemplar conocido como “General Sherman”, con “solo” 83,8 metros de altura. Lo destacable es que se trata del árbol con más volumen neto, o lo que es lo mismo: con más madera en su maciza anatomía. Aunque se discute si la primacía en cuanto a volumen es del “General Sherman” o de otra conífera, también de la familia de las Cupressacea, pero esta vez más al sur: el Árbol de Tule, en México, del que hablaré con más extensión en el último punto. El “General Sherman” es un árbol famoso por la cantidad de veces que sus imágenes salen (en Internet, en revistas de viajes) en todos los reportajes sobre sequoyas. Si no tan alto como sus primos del género Sequoya, es mucho más grueso. Si el ejemplar más ancho del género Sequoya tiene un diámetro en la base de 7,9 metros, el “General Sherman” tiene un diámetro de 11 metros, lo que le confiere un aspecto aún más robusto. 
Arboles miticos. tunel en sequoya
 
Los Sequoyadendron viven también dentro del Sequoia National Park, pero en otro sector conocido como Giant Forest. Hay uno de ellos también bastante fotografiado a través de cuyo tronco se excavó un pequeño túnel, suficiente para que lo atravesara un coche, aunque es cierto que el túnel se excavó hace casi un siglo. Por desgracia hace pocos años que cayó derribado, debido a un fuerte ventarrón, quizá debilitado por el “túnel” excavado en su interior. Supongo que, hoy día, el Servicio Forestal de los Estados Unidos no lo hubiese permitido. Por cierto: se estimó -con entusiasmo- hasta hace poco la edad del “General Sherman” en 3.500 años. Estudios recientes lo han datado en “sólo” 2.000 años.
 
Pero no hace falta viajar hasta California para disfrutar con la visión de semejantes “arbolazos”: en España podemos ver sus gruesos troncos cónicos  en parques como los de la Casita del Príncipe de El Escorial, en este caso pertenecientes a la especie Sequoyadendron giganteum, aunque los primeros se plantaron allá por 1.850 en Granada, concretamente en el cortijo de La Losa, en la localidad de la Puebla de Don Fadrique, un regalo botánico del duque de Wellington. Aunque los lugareños con su peculiar jerga “granaína”, en vez de sequoyas les llaman “mariantonias”, posiblemente porque otro nombre por el que se conoce a estos gigantes es el de “velintonias”, por lo del duque de Wellington.
Arboles miticos sequoya Casita 2

 

Algunas de las sequoyas que podemos ver en los jardines de La Casita del Príncipe, a cinco minutos andando de la estación de El Escorial.
Arboles miticos sequoya Casita 1
En la fotografía aparecen una sequoya (a la izquierda) y un cedro (a la derecha). Los perfiles de cada uno son característicos e inconfundibles.
Por cierto: se ha decidido mantener en secreto la ubicación exacta de Hiperión. Hasta ahora no llegan a diez o doce personas los que conocen el lugar. Ya se sabe que ante semejante especímen y por muy alejado que esté de los circuitos habituales, no faltarían multitud de entusiastas dispuestos a fotografiarse a su lado, y ya no sé si hasta dispuestos a llevarse una ramita de recuerdo. Por muy gigantes que sean, el hecho de pisar cientos o miles de veces a su alrededor termina por compactar el suelo dificultando el drenaje de la lluvia, por no hablar de la basura generada a su alrededor. Personalmente creo que es una buena decisión. Es lo mínimo que se merece: respeto y tranquilidad.
 
7.- El tejo de Barondillo
 
Para este capítulo me vais a permitir transcribir una parte (aunque haré añadidos) de la entrada que ya saqué en este blog, titulada “Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama”, y en la que hablo de varias excursiones que se pueden hacer cerca de El Escorial, donde vivo, detallando algunos de los saltos de agua y algunos de los considerados como Árboles Singulares (con mayúscula) por la Comunidad de Madrid. En este punto me voy a ceñir solamente al tejo en cuestión, un Taxus baccata al que se le han calculado 1.800 años de edad: un “niño” en comparación con los recientemente mencionados Pinus longaeva o de las sequoyas, pero que tampoco están nada mal. De hecho, se le considera el árbol y, por tanto, el ser vivo más viejo de toda España. En Asturias tiene un “competidor”: el tejo de Bermiego, al que algunos entusiastas calculan con mucho optimismo 2.000 años de edad, aunque al parecer es más joven que el de Barondillo, y algo más pequeño. Por otra parte, el tejo europeo más viejo se encuentra en Gales, plantado (¿o más bien fue la iglesia la que creció a su lado?) junto a la iglesia de San Cynog, en el condado de Powys, en Sennybridge, al que se ha calculado una edad de 5.000 años.
Arboles miticos. tejo de berniego
                                             El tejo de Bermiego, en Asturias
Solemos encontrar a los tejos aislados, como mucho en pequeños bosquecillos, mezclados con otras especies. El grupo más grande de tejos descrito en España se conoce como la Tejeda del Sueve, muy cerca de Ribadesella, en Asturias. En una extensión de unas 80 Ha. podemos ver un grupo de 8.000 tejos, aunque lo normal es verlos aislados o en grupos pequeños.  Suelen vivir en zonas frías y húmedas, a partir de los 600 metros de altitud, o buscando la humedad cerca de cauces de ríos. En concreto el de Barondillo crece a 1.650 metros de altitud, en una garganta superhúmeda. 
 
El tejo es otro árbol próximo a la familia de las cupresáceas (como el tamrut argelino, las sequoyas californianas o el árbol de Tule mexicano) aunque no lo sea: propiamente, pertenece a la familia de las Taxaceae (las cosas como son, que luego me regañan los botánicos). Aprovechado desde tiempo inmemorial por su madera dura y resistente, a la par que flexible. Estas cualidades idóneas casi produjeron su extinción en las Islas Británicas durante la Edad Media, al ser aprovechado para la fabricación del “arco largo”. Durante la llamada Guerra de los 100 Años entre Inglaterra y Francia -aquella en la que destacó Juana de Arco-, el “arco largo” (más de metro y medio, hasta superar los dos metros), también conocido como “arco galés”, supuso una ventaja armamentística de las tropas inglesas frente a las francesas al conceder mucha más potencia de tiro, tanto en penetración de las flechas como en la distancia alcanzada, hasta más de 200 metros (la distancia normal de las flechas era de 70-80 metros):
 
en la guerra contra los galeses, uno de los hombres de armas fue asestado por una flecha disparada por uno de los galeses. Ésta atravesó por su muslo, con eficacia, donde estaba protegido dentro y fuera de su pierna por su férreo calzón, y luego por la saya de su túnica de cuero, después ésta penetró aquella parte de la silla que llaman alva o asiento y finalmente se alojó en su caballo, alojada en su caballo tan profundamente que mató al animal… (“Itinerarium Cambriae”, Gerardo de Gales. 1.191).
 
Para producir estos arcos, se dejaba madurar la madera entre uno y dos años, y se seguía trabajando un par de años más. La aparición de las armas de fuego fue quitando importancia a semejantes “máquinas de matar”. Pero el tejo tiene otra propiedad letal: es sumamente tóxico, tanto por sus frutos, por sus hojas o incluso por la corteza. Los griegos y romanos lo conocían como el “árbol de la muerte”. Julio César en el libro VI de su De Bello Gallico (“La Guerra de las Galias”, y no “del bello gallito” como tradujo más de un alumno despistado), escrito en el año 51 a.C., menciona la muerte del jefe galo Catuvolius, que se suicidó envenenándose al beber una infusión de corteza de tejo. 
 
No por casualidad, uno de los nombres populares del árbol es el de “mataburros”. El tejo contiene varios potentes alcaloides cardiotóxicos, como el taxol, la taxina y la baccatina. Pero dando la razón a la farmacopea griega que denominaba como pharmakon tanto a la medicina como a los venenos, la moderna industria farmacéutica ha conseguido por parasíntesis de la baccatina un compuesto, el paclitaxol, usado en la actualidad como anticanceroso…. No todo va a ser malo…
 
Pero, si me permitís, voy a copiar la parte de la entrada que os dije (“Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama”), donde describo cómo llegar hasta el viejo tejo de Barondillo:
 
“Este otro camino es más suave, más corto y menos trabajoso que el que nos lleva hasta las cascadas del Purgatorio. Aparcando en La Isla (bajando desde el puerto de Cotos hacia Rascafría unas desviaciones ya nos la señalizan, a la derecha), un camino sube pegado al arroyo de La Angostura, en dirección hacia Cotos. El recorrido es muy agradable, entre pinos y quejigos, y el arroyo baja abundante formando multitud de pozas y de pequeños saltos. A unos 300 metros río arriba nos encontramos un vistoso salto de agua que, aunque no sea una cascada natural como tal, no deja de tener su espectacularidad. Se trata de la cascada del embalse del Pradillo, embalse que se destinó en su momento a suministrar energía eléctrica al pueblo de Rascafría.
El camino discurre dejando el arroyo a la izquierda durante unos dos kilómetros, aproximadamente, hasta llegar al Puente de La Angostura. Aunque en muchas entradas hablan de él como un puente romano, no lo es. Ya se sabe, es como los anticuarios: cuanta más edad le puedas atribuir, más valor, y al ser de piedra enseguida le cuelgan el cartel de “romano”. Aunque viejo, realmente no lo es tanto. Fue levantado por orden de Felipe II (en otros sitios dicen que fue Felipe V el que lo mandó construir) con la intención de salvar el río y que las carrozas reales pudiesen efectuar el camino desde La Granja de San Ildefonso salvando el Puerto de Navacerrada hasta el Monasterio de El Paular. Precisamente su ubicación está en un lugar donde el cauce es más estrecho con dos grandes rocas a sus lados: la “angostura” o estrechez, lo que acabó dando nombre a todo el arroyo. Desde La Isla hasta el puente, un agradable paseo de 1.600 metros nada más.
 
Cruzamos el camino sobre el puente. Justo por delante y río arriba una hermosa pradera invita a descansar y a tomarse un refrigerio porque a su lado el arroyo forma una poza donde los valientes y calurosos podrán darse un chapuzón en verano. Por mi parte, ni soy tan valiente ni desde luego es el momento: las aguas tienen un reflejo “azul-glaciar”, con pinta de estar de todo menos calientes… Ahora, y una vez cruzado el puente de La Angostura, justo enfrente, una pista ancha se desdobla, a la derecha y a la izquierda. ¡Ojo!, que “nuestro” camino es el de la izquierda y no el de la derecha. Si siguiésemos por el de la derecha y tras una ligera ascensión acabaríamos por dar de nuevo con el río Angostura. El camino es muy agradable pero no es éste. El nuestro, insisto, es el que frente al Puente de La Angostura parte hacia la izquierda. Desde aquí el camino nos llevará hasta el “tejo milenario”, aunque ya mismo comienzan a verse pequeños tejos y ejemplares de acebo. Los tejos, coníferas de hoja plana (de donde viene su nombre popular), perenne y verde oscuro. Los acebos, algunos en grupos y muy grandes, ahora sin su característico fruto rojo invernal, alimento para muchas aves en los meses duros, y con unas hojas verdes, satinadas y de reborde espinoso, con un brillo metálico que nos llaman la atención desde lejos.
 
La pista asciende suavemente quebrando su recorrido para sortear las alturas. En un momento dado se abre otra pista a la izquierda, que es la que deberemos seguir. Tras lo que calculo un par de kilómetros más, la pista acaba abruptamente en una vaguada, cerrada por el monte. No vemos los tejos desde la pista pero es aquí mismo, los tenemos al lado. Bajando por la izquierda cruzamos el arroyo de Valhondillo sin dificultad y ahora si. Unos cuantos ejemplares de tejos grandes, viejos y nudosos crecen entre rocas o en la ladera, esparciendo sus raices sobre el suelo. 
 
 Por fin, el famoso tejo milenario. El conocido como Tejo de Barondillo, deformación de la palabra Valhondillo, enclave en el que le encontramos. A su pié el pequeño monolito donde indica su nombre científico: Taxus baccata, y su calificación como Árbol Singular. En este caso no es para menos: se le calcula una edad de 1.800 años…el árbol más viejo (y por tanto el ser vivo) de toda la península.
 
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Un ejemplar que sorprende por sus hechuras. No es muy alto, porque los tejos no son árboles de gran porte (veinte metros como máximo), pero sí muy ancho, de un perímetro aproximado de 10 metros y un diámetro (también aproximado) de más de tres metros. Con un tronco grueso y nudoso, ahuecado por los años en su interior. Las raíces se extienden a los lados del árbol, dándole un aspecto de aún más ancianidad o como de árbol de cuento de brujas. Los forestales han colocado una valla metálica a su alrededor y una placa informativa para evitar que los visitantes se arrimen al tronco a hacerse la inevitable foto. El problema es que de tanto pisar el suelo, éste llega a compactarse complicando su permeabilidad, y lo mínimo que merece este árbol es respeto.  
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      Otro de los varios tejos centenarios que acompañan al “abuelo” de Barondillo. 
Tras admirar a semejante anciano y hacernos las inevitables fotos (¡sin cruzar la valla, por favor!), reemprendemos el camino de vuelta, no sin antes admirar los otros tejos muy grandes y majestuosos, varias veces centenarios, aunque aquí la “estrella” sea el milenario. Desde La Isla un recorrido de unos 10 kilómetros, cómodo y de los que merecen la pena”.
8.- El árbol del incienso
 
Adelanté en el punto correspondiente al ciprés del Tassili que, en Europa, nos gusta imaginar el desierto como una romántica sucesión de dunas de arena, aunque en el interior del desierto también haya montañas, igual de áridas y resecas como la extensión de las dunas. La Península Arábiga (con una extensión equivalente a seis veces la de la Península Ibérica), aunque fuera del territorio africano, es otro ejemplo de desierto puro y duro. Pero en su extremo meridional y junto al mar, unas cadenas de altas montañas condensan en sus frías cumbres la humedad proveniente del océano, favoreciendo las precipitaciones y formando unos microclimas bastante más verdes que a los europeos nos podrían parecer extraños. Un ejemplo es el de Omán, en el extremo sudoriental de la península, como ahora explicaré. Y aquí es donde encontramos los árboles del incienso.
Omán es un país que no conozco, pero al que no me importaría visitar. Aunque está regido por una monarquía absoluta, es uno de los más desarrollados y estables del mundo árabe, donde el integrismo de momento no tiene cabida, y donde no se permiten construir altos edificios, al estilo de los vecinos emiratos. En su interior y su parte central se extiende un desierto muy árido, el conocido como Rub al-Jali, donde se ha reintroducido con éxito, y donde se encuentra severamente protegido por el gobierno omaní, un antílope espectacular: el orix blanco, el Oryx leucoryx.  Pero nos interesan los dos extremos: en su costa este se encuentra el mar de Omán, salida natural del Golfo Pérsico (por donde circula el 33% del petróleo mundial, producto de los pozos de los emiratos) a través del estrecho de Ormuz, que lo separa de Persia a una distancia de entre 35 y 90 kilómetros. En esta costa se levantan las escarpadas montañas del Jebel Akhdar y de Al Hajar. Gracias a la humedad proporcionada por la vecindad del mar, el Jebel Akhdar esconde verdes desfiladeros, oasis y una vegetación que nos sorprendería. 
 
En la sabana arbolada de sus cumbres, a más de 1.600 metros de altitud, encontramos poblaciones de una especie de cabra montés parecida al arrui de las montañas del Atlas y del Hoggar argelino: el tar (o thar) de Arabia, el Hemitragus jayakari. Y persiguiendo a los thar, las últimas poblaciones del lobo de Arabia, el Canis lupus arabs, más pequeño que el lobo europeo. En este marco salvaje y tan diferente a las montañas de Europa, podemos ver también volando la imagen inusual de las águilas reales. 
 
En su costa sur, fronteriza con Yemen, la influencia del mar es aún mayor. De hecho, es la única parte de la Península Arábiga bendecida por el monzón: el khareef como le conocen allíentre los meses de Julio y Septiembre, lo que confiere a la región de Salalah la categoría de bosque lluvioso. Aunque hay un periodo seco las lluvias en las montañas, el Jabal Samhan, las llenan de verdor. Es en este entorno dificultoso y abrupto, de montañas y desfiladeros, donde viven las últimas poblaciones de leopardos de Arabia, bastante alejados de las selvas de África. Y es aquí, en la región de Salalah, donde crecen los árboles del incienso y a donde los nativos llegan por intrincados caminos con sus camellos dispuestos a realizar la recogida del incienso. 
Arboles miticos. arbol del incienso
 
El incienso no es el único “tesoro” de Omán. Hoy día la riqueza del país se debe a sus reservas de gas y petróleo pero, hasta el descubrimiento de los combustibles fósiles, la mirra fue otro de sus productos más buscados, uno de los tres componentes de aquel “oro, incienso y mirra” que los Magos de Oriente regalaron a Jesús en el Portal de Belén. Al igual que el incienso, la mirra es el producto obtenido por el procedimiento de practicar incisiones en la corteza de otro árbol, la Commiphora myrrha y, como el inciensoel olor de su combustión forma parte de las ofrendas a los dioses. Aunque su zona de crecimiento abarca un territorio algo más amplio: el noreste de África y Arabia, es en Omán donde se encuentra en más cantidad. 
Arboles miticos. recoleccion incienso
 
Desde los comienzos de la historia, se han empleado sustancias que, al quemarse, producen un olor agradable, destinadas sobre todo a ritos religiosos. Productos como la mirra, el sándalo, el copal (en Mesoamérica), el benjuí (en Extremo Oriente)… o el incienso. Palabra procedente del latín incendere: encender, aunque como otros “inciensos” se han utilizado gomoresinas, productos obtenidos de la madera o de la resina del cedro o de la sabina. Precisamente el nombre botánico de la sabina: Juniperus thurifera, significa “portadora de incienso”. Pero el incienso propiamente dicho se obtiene de árboles del género Boswellia  y, en concreto, de dos de sus especies: la Boswellia carterii y la Boswellia sacra, árboles que crecen principalmente en la franja costera de Omán. Mediante incisiones en la corteza la resina fluye, secándose al contacto con el aire, formándose pequeños granos de unos 2 cm. de diámetro. Cuando estos granos se ponen en contacto con el fuego se derriten, exhalando un delicioso aroma.
Arboles miticos. recoleccion incienso 2
 
El incienso ha sido objeto desde la más remota antigüedad de un activo comercio. En Omán el momento de mayor esplendor fue durante el siglo XIII, cuando barcos persas, de La India, de China e incluso desde el lejano Japón atracaban en los puertos de Mascate y de Salalah en busca del preciado tesoro. Ya en Egipto, en el templo de Deir el-Bahari, podemos ver inscripciones y pinturas de hace más de 2.000 años, donde se aprecian con claridad las nubecillas del incienso. Los fenicios solían llevar en sus barcos como artículo de intercambio leña del árbol del incienso. Se cuenta que Alejandro Magno, al conquistar Gaza, obtuvo como parte del botín 500 talentos (1 talento = 26 kg, medida en el mundo helénico) de incienso y 100 de mirra. En La India hace siglos que el incienso forma parte de la tradicional medicina ayurvédica. En China y Japón forma parte integral de la adoración de deidades dentro de su religión sintoísta. Pero también en el budismo así como en el cristianismo, dentro de la Iglesia Católica (el ejemplo del botafumeiro, en la catedral de Compostela en festividades señaladas) o en la Iglesia Ortodoxa…
 
Más testimonios históricos: Estrabón (siglo I a.C.), Discórides y Plinio el Viejo (siglos I y II d.C.) narran como se hacían las transacciones comerciales con Arabia y la zona del Mar Rojo. Y Heródoto, el padre de la Historia, cuenta que el rey persa Darío I exigió tras derrotar a los árabes, el tributo de 1.000 talentos de incienso… La Biblia también menciona al incienso con frecuencia. Así, en el Éxodo (30:1) dice que Yahvé ordenó a Moisés hacer un altar separado de madera de acacia para quemar incienso. De nuevo en el Éxodo (30:7) nos cuenta:
 
y Aarón quemará incienso sobre él (el altar) cada mañana cuando prepare las lámparas
 
O en el Salmo 141:2:
 
suba mi oración delante de tí como el incienso…
 
Hay más: otras menciones aparecen en el Deuteronomio (33:10) y en el Levítico (16, 12-13)…
 
Pero es en el Nuevo Testamento donde la mención del incienso se nos ha quedado más metida en la cabeza, en el episodio de la visita de los Reyes Magos al Jesús recién nacido. Aunque, por cierto, la única mención en los cuatro evangelios a la visita de los Magos aparece en el de San Mateo, y en la que hace el evangelista sobre los Reyes Magos no dice ni cuántos eran ni cómo se llamaban, ni tampoco hablan de un rey negro…todos esos detalles, así como lo del asno y el buey fueron surgiendo poco a poco (algunos prestados de los Evangelios Apócrifos y, por tanto, no reconocidos oficialmente por la Iglesia) hasta formar parte ya de forma indisoluble del imaginario popular:
 
unos magos procedentes de Oriente…
 
Y, en cuanto al incienso:
 
y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose lo adoraron y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra… (Evangelio de San Mateo, 2, 1-12).
 
Para no extenderme más, otra cita (un tanto apocalíptica, valga la redundancia) del Nuevo Testamento pero esta vez del evangelista San Juan en su Apocalipsis, al mencionar la apertura del Séptimo Sello:
 
otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra, y hubo truenos y voces, relámpagos, y un terremoto… (Apocalipsis de San Juan, 8:1-5).
 
Se ha explicado el efecto, más que euforizante, como antidepresivo y ansiolítico que el humo del incienso produce en las personas. Lo cual explicaría en gran parte su tradicional y extendido uso en ceremonias religiosas. Abusando de la astrología y, ya como mencionaban los antiguos, los planetas que rigen el árbol del incienso son el Sol y su hijo predilecto, Júpiter, por lo que le correspondería el signo de Leo…ahí queda éso… De hecho, en los modernos “místicos” el uso de las varitas de incienso está muy extendido al producir una actitud mental más positiva. Incluso, “rizando el rizo”, aconsejan qué mezclas con otras plantas utilizar o en qué momento del día es mejor encenderlos. Nadie duda del efecto relajante que el olor del incienso produce en una casa. Pero no es una invención “mística”: se han hecho estudios en ratones en los que se ha demostrado la activación que su olor produce en los canales iónicos en el cerebro. 
Arboles miticos. incienso budista
 
No todo son ventajas en el incienso: un estudio publicado en el año 2.008 en la revista Cáncer encontró que el uso del incienso se asocia con un riesgo significativamente mayor de cáncer del tracto respiratorio superior, y tasas más altas del carcinoma de células escamosas. Otro estudio realizado por la Universidad Tecnológica de Sur de China, en Cantón, demostró una asociación entre la exposición a la quema de incienso con síntomas respiratorios tales como tos crónica, bronquitis crónica, goteo nasal, sibilancias, asma, rinitis alérgica e incluso neumonías. Otros estudios recientes detectaron tasas anormalmente elevadas de riesgo de cáncer en templos budistas de Taiwán, asociándolo a los elevados niveles de benzopireno (un hidrocarburo aromático policíclico) en el humo del incienso. 
 
Bien es verdad que la concentración de humo en los templos budistas es altísima, debido a que son lugares mal ventilados, con mucha gente en su interior y en los que se queman grandes cantidades, al punto de que el humo impide la visibilidad: las varitas se encienden en grandes manojos que podemos abarcar en una mano, y no palitos aislados como es la costumbre en Occidente. Por esta vez, podemos estar tranquilos. Tal y como las usamos en nuestras casas nos da igual que sea Leo o Capricornio el signo que las rija: las varitas de incienso seguirán relajándonos y perfumando nuestro hogar. 
 
9.- El Árbol del Tule
 
A muchos de nosotros (sobre todo los de “cierta edad”) éso de Tule nos puede sonar a Thule, la “última Thule”, tierra mítica y legendaria en el norte más alejado del mundo conocido, que los especialistas han intentado ubicar en la costa de Noruega, en la de Groenlandia o en Islandia. Y, ya puestos a que nos “suene”, a muchos nos sonará Sigrid de Thule, la eterna novia del Capitán Trueno, personaje de tebeo (aún no se llamaban “comic”) que se hizo tremendamente popular en España (llegó a una tirada de 350.000 ejemplares semanales), creado en el año 56 por Victor Mora -guionista- y Ambrós -dibujante- y que a muchos de nosotros, cuando aún no había apenas tele y las que había eran en blanco y negro, nos mantuvo entretenidos en la niñez y la adolescencia con sus aventuras. Pero el Tule del que voy a hablar no es el mítico Thule, poblado de princesas hiperbóreas de largas trenzas rubias y vikingos feroces, armados con cascos de cuernos bajo los que asomaban trenzas pelirrojas. El Tule del que quiero hablaros está mucho más al sur: en Méjico.
 
El Árbol del Tule es todo un ejemplar. La palabra “Tule”, por cierto, significa en el idioma indígena “árbol de iluminación”…algo similar al árbol bodhi, el de Bodhgaya, bajo cuyas ramas alcanzó la suya el príncipe Siddharta. Obviamente el árbol por sus grandes dimensiones ya tuvo para los indígenas prehispánicos la consideración de árbol sagrado. La construcción de una iglesia a su lado para “apropiarse” de la sacralidad del lugar nunca es casual (ermitas cristianas donde hubo templos precristianos hay a montones). La leyenda zapoteca cuenta que Pechocha, un sacerdote de Ehécatl, el dios del viento, lo plantó. Otra leyenda cuenta que, reunidos los líderes de la nación zapoteca, decidieron separarse en cuatro grandes grupos dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales, y que cada grupo plantó un ahuehuete. El gran Tule sería uno de ellos y, en todo caso, árbol venerado. Todos los años, el segundo lunes de Octubre, acuden multitud de peregrinos que se agolpan bajo su sombra a la convocatoria del día del Árbol de Tule, comiendo, bebiendo, cantando, y lanzando fuegos artificiales…espero que apuntando lejos de sus venerables ramas.
Arboles miticos. arbol de tule
 
Científicamente, se trata de un ejemplar de Taxodium mucronatum, ciprés calvo, o ahuehuete en la lengua indígena. Situado en Santa María del Tule, pequeña población a 12 km. de Oaxaca de Juarez, capital del estado de Oaxaca. A su lado, y obviamente erigida con posterioridad a su nacimiento, se levanta la pintoresca y colorida iglesia de Santa María de la Asunción, más conocida por Santa María del Tule que, al lado del ahuehuete, parece una pequeña figura de nacimiento. El árbol es impresionante. Puestos a batir records dignos del Guiness (no sé si figura, pero bien podría figurar), es el árbol con el diámetro del tronco más grande del mundo: 14,36 metros de lado a lado. Una altura de 52 metros, y una circunferencia del tronco de 58 metros… Como les gusta presumir allí, se necesitan treinta personas cogidas de la mano para poder rodearlo. 
Arboles miticos. arbol de tule 2
 
Al hablar de las sequoyas ya mencioné la polémica entablada entre los estadounidenses y los mejicanos acerca de qué árbol tenía más biomasa, más volumen de madera: si el “Coronel Sherman” o el Árbol del Tule. Ciertamente el diámetro del tronco es mayor en éste, pero la altura de la sequoya es mucho mas alta. Todos “barren para casa” y apuntan al suyo como el más voluminoso. Manteniéndome imparcial, creo que en este caso la sequoya gana con ventaja, aunque supongo que la diferencia tampoco es muy grande.
 
Pero no hace falta viajar hasta Méjico para contemplar otro ejemplar de ahuehuete, si no tan grande, sí de buenas dimensiones. En el Parque del Retiro de Madrid, en la zona del Parterre (frente a la calle de Alfonso XII y del Casón del Buen Retiro) vive un ejemplar de Taxodium mucronatum que ha llegado hasta nosotros casi de casualidad. Y digo casi, porque fue de los escasos árboles que sobrevivieron en El Retiro a la invasión napoleónica. En 1.808 los soldados franceses establecieron su cuartel general en El Retiro cometiendo dos destrozos: uno, derribaron el taller de la fábrica de porcelanas del Buen Retiro, por la competencia que al parecer estaba haciendo a la fabricada en Sèvres. La fábrica se ubicaba en el emplazamiento donde ahora se levanta el monumento al Ángel Caído, del escultor Bellver, aunque los que acabasen de demolerla fueron las tropas inglesas del general Wellington… sí: el mismo que trajo a España las primeras sequoyas…. Y el segundo destrozo fue talar casi todos los árboles de los jardines, a fin de obtener madera con la que calentarse en sus fogatas.
Árboles míticos B
 
Este ahuehuete fue plantado allá por 1.630, el árbol más viejo de Madrid, por tanto. El Parque de El Retiro fue creado en 1.629 por orden del Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV, que lo diseñó con parques, fuentes y estanques, imitando el estilo francés. El ahuehuete en cuestión, según dicen, ofreció soporte entre sus fuertes ramas para apoyar uno de los cañones con los que los franceses bombardearon Madrid, librándose de esta forma de ser talado como muchos otros. Hoy día forma parte del catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, por su edad y por su porte: tiene una altura de 40 metros, una circunferencia en la copa de 25 metros y un diámetro en la base del tronco de 6 metros… Si no tan grande como su hermano el Árbol de Tule, sí es un ejemplar digno de verse. Por cierto: el nombre de “ciprés calvo” con que se le conoce proviene de ser una de las especies de coníferas (al igual que el alerce) que pierde sus hojas en invierno. Aunque, en este caso, es una adaptación al clima por el hecho de ser originario de tierras cálidas, mientras que los alerces estén adaptados al frío intenso, formando grandes bosques en Siberia.
Árboles míticos A
                                Base del tronco del ciprés calvo del Retiro
El Árbol del Tule es otra conífera (como el tamrut, las sequoyas o los tejos) venerable, enorme, de una edad aproximada de 1.680 años, aunque los naturales con su lógico optimismo le atribuyan más de dos mil… Ya sean mil setecientos o dos mil, el hecho es que ya estaba ahí mil y pico años antes de la llegada de los españoles a Méjico, y un milenio antes de que los vikingos noruegos descubriesen Islandia (su Thule). No obstante y pese a sus grandes dimensiones, el Árbol del Tule es un ser vivo y, como tal, sensible a las enfermedades y los cambios ambientales. 
 
A finales del siglo XIX sufrió debido a una sequía, por la escasez de agua. Ésto no ha vuelto a repetirse ya desde el primer cuarto del siglo XX, porque es regado regularmente y podado de forma adecuada. En 1.990 varios reportajes notificaron que la salud del Árbol del Tule estaba gravemente amenazada por el tráfico, la contaminación y la falta de protección. El arqueólogo John Paddock, experto en la zona de Oaxaca, afirmó entonces que si no se tomaban medidas urgentes el árbol no viviría más de 50 años. Ya en Noviembre de 2.011 una empresa española realizó un informe técnico sobre la salud del árbol. En él se indica que la salud es buena, pero también se hacen varias recomendaciones y acciones a tomar para proteger este árbol único en el mundo. Entre las recomendaciones se aconseja una limpieza a fondo, la eliminación de hongos y una poda sanitaria, así como abandonar las perforaciones profundas que afectan a sus necesidades de agua. Esperemos que todas estas medidas nos permitan proteger a este símbolo durante muchos años más.

 

El hambre. Canibalismo e infanticidio: dos estrategias de supervivencia

canibalismo 1

Campesinos ucranianos acusados de canibalismo, detenidos durante las hambrunas de 1.921, retratados junto los restos de sus víctimas
1) La dura búsqueda del alimento. El perro como parte de la dieta humana
2) El hambre y el canibalismo
3) Canibalismo en México
4) El canibalismo en el Paleolítico
5) El infanticidio como control de población
6) El infanticidio para evitar la deshonra
7) La anticoncepción en el mundo clásico
8) El silfio o laserpicio, una planta que se extinguió por su eficacia
9) El “tofet”. Sacrificio ritual infantil entre los fenicios y cartagineses
1) La dura búsqueda del alimento. El perro como parte de la dieta humana
 
…su mantenimiento principalmente es de raíces de dos o tres maneras, y búscanlas por toda la tierra; son muy malas, y hinchan a los hombres que las comen… Es tanta la hambre que aquellas gentes tienen, que no se pueden pasar sin ellas, y andan dos o tres leguas buscándolas. Algunas veces matan algunos venados, y a tiempo toman algún pescado, mas esto es tan poco y su hambre tan grande, que comen arañas y huevos de hormigas, y gusanos y lagartijas y salamanquesas y culebras y víboras, que matan a los hombres que muerden, y comen tierra y madera y todo lo que pueden haber, y estiércol de venado, y otras cosas que dejo de contar, y creo averiguadamente, que si en aquella tierra hubiese piedras las comerían…(“Naufragios y comentarios”, cap. XVIII. Alvar Núñez Cabeza de Vaca).
El autor de esta cita, el explorador jerezano Cabeza de Vaca, sabía muy bien de lo que hablaba. Tras un naufragio en las costas de la actual Florida (buscaban, ¡ahí es nada!, la Fuente de la Eterna Juventud) le tocó deambular durante seis  años por el sur de lo que serían los Estados Unidos (desde Florida y pasando por Alabama, Mississipí, Luisiana, Texas, Nuevo México y Arizona, donde al fin encontró un grupo de jinetes españoles), a ratos prisionero, y otras temporadas ejerciendo el oficio de curandero o de mercader entre los indios, comprobando en carne propia la extrema necesidad en la que todos vivían:
...fueron seis años el tiempo que yo estuve en esa tierra solo entre ellos y desnudo, como todos andaban...
 
Brigitte Bardot publicó una carta en la prensa en 1.983 protestando al gobierno francés porque, pese a la labor civilizadora de Francia, en la Polinesia se consumía todavía carne de perro… Con posterioridad la actriz francesa ha encabezado numerosas protestas contra la tauromaquia, los cazadores o los “galgueros”. Amenazó con promover un boicoteo a los productos surcoreanos si este país no tomaba medidas “inmediatas e irrevocables” para acabar con el tráfico de perros para el consumo humano. De hecho, el consumo de carne de perro fue prohibido en Corea en 1.983, pero el Gobierno reconoce que la prohibición no es respetada por la población que, en su cultura gastronómica, acepta su consumo.
Por repugnante o escandalosa que en el mundo desarrollado (repleto de microondas, frigoríficos, abrelatas y grandes superficies donde llenar el carrito) nos resulte la idea de comernos a “Chispa” o a “Sultán”, el consumo de carne de perro forma parte en la actualidad de la cultura de varios países de Extremo Oriente. Pero esa cultura viene de mucho antes…
Los primeros fósiles de perros hallados en yacimientos del Paleolítico, muestran huellas de dientes o de cuchillos, al haber sido rebañados, o los cráneos están abiertos, para extraer el cerebro. En la Roma clásica, Plinio el Viejo y Plutarco mencionan al perro como parte de los festines. Los indios de las praderas norteamericanas y sus parientes de la Pampa, se acompañaban de perros que sacrificaban cuando escaseaba la caza, o que ofrecían a sus huéspedes como manjar especial, en prueba de hospitalidad. Cabeza de Vaca, en su libro antes citado (“Naufragios y Comentarios”), nos cuenta cómo en sus andanzas por lo que más adelante se conocería como Texas, los indios les canjearon dos perros para que se los pudiesen comer. Los chinos valoran tanto la carne de perro que crían especialmente al Chow-Chow (precisamente “chow” significa comida, en cantonés) para la cocina…y aunque sin alcanzar la categoría de “pata negra” de estos últimos, aprovechan en sus mercados cualquier chucho que se les ponga a tiro.
perros mercado en Yulin
Mercado de perros en el festival del solsticio de verano, en Yulin. Se calcula en unos 10.000 los que se consumen durante esos días. En  toda China se calcula en unos diez millones de perros los consumidos anualmente
Los esquimales valoran muchísimo a sus perros, pero no vacilan en comérselos cuando el Ártico les niega otro sustento. A imitación de ellos, muchos exploradores del Polo Norte y del Polo Sur utilizaron perros para arrastrar sus trineos, aunque hubo algún intento de utilizar ponis, pero los cascos de los caballos se hundían en la nieve y la necesidad de transportar heno les supuso un problema logístico que convirtió el uso de los ponis en un fracaso. En lo que se conoció como “la Carrera al Polo Sur”, entre el noruego Roald Amundsen y el británico Robert Scott, el uso adecuado de los perros e inadecuado de los ponis determinó respectivamente el éxito de Amundsen y el fracaso de Scott.
Para empezar, Scott llevó veinte ponis siberianos que, como ya anticipé, se hundían en la nieve y para los que se necesitaba acarrear heno, aumentando la carga. Pese a que los animales fueron muriendo Scott, muy “británico”, se negó a comérselos. Amundsen, por el contrario, curtido en su trato con los esquimales, llevó ropa adecuada (pieles, frente a la lana de Scott), todos los miembros de su grupo eran expertos esquiadores y, sobre todo, llevó un equipo de 52 perros (de los que regresaron 11), utilizados como alimento para los otros perros y sobre todo para los propios expedicionarios. El resultado final fue que Amundsen consiguió llegar al Polo Sur y volver para contarlo, mientras que Scott llegó 34 días más tarde al Polo Sur muriendo, agotado, durante el camino de vuelta.
En fin, como saben todos los que han conocido guerras y penurias, cuando la comida escasea, perros y gatos son los primeros en desaparecer. Ante esta situación, y yo creo que a estas alturas hasta Brigitte Bardot lo entendería, no es de extrañar que el primer animal doméstico no se escapara del menú.
canibalismo 4

Caníbales filipinos, en 1.903, asando un perro sobre restos de un hombre troceado

2) El hambre y el canibalismo
 
…Un hambre rabiosa por los años de 1.032 a 1.034 hizo que los hombres llegasen a comer carne humana. Los viajeros eran atacados por gentes más fuertes que ellos, sus miembros cortados y devorados… Hubo en Austria, en Iliria y en Carintia un hambre tal, que los hombres comieron gatos, perros, caballos, y descolgaban los cadáveres de los ahorcados para devorarlos… (Raul Glaber, “Historiarum Libri Quinque”, o “Crónicas”, IV, 4, 10-13).
Raul Glaber (del latín glaber: “el calvo” o, más propiamente, “el lampiño”), monje benedictino que vivió entre los años 980 y 1.047, y al que tocó contemplar las grandes carestías que se extendieron por Europa en el año 1.033. Glaber seguramente pensó que era un castigo del cielo por los pecados de los hombres, pero la causa fue climatológica, debido a lo que se conoce hoy en día como la Pequeña Edad de Hielo, y que se alargó cerca de cuatro siglos.
Ya en 1.330 se había producido una bajada de temperaturas en todo el hemisferio norte, con la consecuencia de lluvias que duraban meses sin parar (y malograban las cosechas), y las secuelas de muerte por hambre y epidemias que se cebaban en una población muy debilitada: cólera, tifus, peste bubónica… Sólo en 1.351 se calculan en 30 millones de muertos por peste en toda Europa, aproximadamente un tercio de la población total.
Glaber describió también fenómenos que relacionó con el milenarismo (el supuesto fin del mundo en el año 1.000, aunque hay “catastrofistas” que amenazan en todas las épocas y con cualquier excusa) tales como la aparición de cometas, lluvias de meteoros y varios eclipses de luna y de sol. Personaje inquieto, fue de un convento para otro hasta que acabó en Cluny, el centro del saber en su época. Él mismo en su libro V se describió como un tanto rebelde en su juventud:
desobedecía a sus superiores, molestaba a sus compañeros y rechazaba cualquier sugerencia encaminada a su salvación espiritual… Todo un personaje…
La sola mención del canibalismo produce un sentimiento de horror en nosotros, habitantes de un mundo civilizado, y sólo podemos pensar en ello como algo propio de sociedades muy primitivas o en casos de grave tensión personal. De vez en cuando nos llegan casos de canibalismo pero en la sociedad occidental se trata siempre de desórdenes psíquicos. Aunque sea un personaje de ficción, el Anibal Lecter de la película “El silencio de los corderos” nos ejemplifica estas situaciones, nada que ver con la desesperación y la urgente necesidad física que produce el hambre. Un ejemplo de necesidad pura y dura de supervivencia fue el de los protagonistas de “Viven“, un grupo de uruguayos que sufrió un accidente de avión en plenos Andes y debieron recurrir a la carne de las víctimas para sobrevivir. Y, sin embargo, ha sido admitido en sociedades desarrolladas y se han dado casos hasta hace tiempos que nos sorprenderían por lo recientes. Aunque es cierto que en estos casos fue la necesidad de sobrevivir lo que motivó la antropofagia.
canibalismo 3
Guerreros caníbales de Oceanía transportan a la aldea el cuerpo decapitado de un enemigo muerto durante un enfrentamiento tribal, en 1.910
Sólo en Europa y en el Siglo XX se conocieron varios casos: en Alemania, tras la derrota de la Iª Gran Guerra, o en la URSS, especialmente en Ucrania, durante las hambrunas de 1.921, tras la Revolución Rusa y la guerra civil que le siguió. Tras la Revolución vino un periodo aún peor, la conocida como Golodomor…en ucraniano:  “el hambre” o “matar de hambre”, que se ha comparado en ocasiones a un genocidio..
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Grupo de campesinos ucranianos, detenidos y fotografiados junto a su “botín”.
Entre los años 1.932 y 1.933 se calcula que murieron de hambre entre 5 y 6 millones de personas, en un territorio que afectó sobre todo a los ucranianos, pero también a kazajos, siberianos y rusos del sur. ¿La causa?: en parte una sequía con la consecuencia de malas cosechas, pero sobre todo por una política soviética decidida por el Comité Central del Partido Comunista en Diciembre de 1.929 de requisas del grano (hasta un 42% de la producción del cereal), entre otras cosas para forzar a los campesinos, hasta entonces libres, a la colectivización. La población se redujo a un 25% a causa del hambre y epidemias como el tifus o por las deportaciones masivas a Siberia ante las protestas del campesinado. Desde 1.934 la natalidad descendió hasta un 40%, y se calcula que se sacrificaron más de 18 millones de caballos, más de la mitad de los existentes en todo el país. Con este sombrío panorama no es de extrañar que se produjesen casos de canibalismo, por pura supervivencia.
canibalismo Rusia
Portada de una revista francesa ilustrando un caso de canibalismo cometido en Rusia, a comienzos del siglo XX, titulado “Los comedores de niños”
Otro caso mencionado de canibalismo por pura necesidad se registró en China, entre los años 1.958 y 1.961, en el distrito de Gansu, región esteparia y montañosa al sur de Mongolia. China es un país que sigue siendo “oscuro” para los investigadores que intentan registrar su pasado. El académico chino Yang Jisheng, en su libro “La Gran Hambruna de China”, calculó en ese periodo y sólo en Gansu una cantidad de “muertes no naturales” que oscilaron entre 600.000 y 1.000.000 víctimas.
Mencionó casos de canibalismo registrados: en la ciudad de Linxia se procesó a 558 personas por comerse a 337; en la de Hongtai, a 170 por comerse a 125, de los que 5 “fueron asesinados con ese propósito”… ¿podemos deducir, entonces, que se comían a los cadáveres?… Yang Jisheng habla de que los maridos se comían a sus esposas, las madres a sus hijos, o los hermanos a las hermanas… Casi nos parece estar escuchando al monje Raul Glaber…
Aunque no es éste el objetivo de esta entrada, sólo aclarar que la Gran Hambruna fue consecuencia del fracaso del plan conocido como el Gran Salto Adelante. Este fracaso condujo a partir de 1.960 a la Gran Revolución Cultural Proletaria (todo a lo “grande”), más abreviada en occidente como la Revolución Cultural. El presidente Mao Zedong, antes conocido como Mao Tse Tung, anunció que iba a acabar con “los cuatro viejos”: las viejas costumbres, los viejos hábitos, la vieja cultura y los viejos modos de pensar. Lo que no anunció es que, junto a “los cuatro viejos”, iba a acabar con millones de campesinos.
En el distrito de Gansu antes mencionado, se internó en el campo de Jianbiangou a 3.000 presos políticos (intelectuales y antiguos funcionarios principalmente) para ser “reeducados”. De esos 3.000, 2.500 murieron por inanición.
3) Canibalismo en México
Pero si hay que buscar un ejemplo de canibalismo masivo, organizado y sistemático, sin duda lo encontraremos en Tenoxtitlán, la antigua capital de los aztecas, en el México precolombino…aunque es un tema que cuando se menciona aún sigue “molestando” a los actuales mejicanos y, si no negado (imposible dada la avalancha de testimonios, incluso de los propios mexicas -como se llamaban a sí mismos-), sí matizado por historiadores de esa nacionalidad. Hay tres códices principales elaborados por los propios mexicas donde se reflejan, además de los sacrificios, el hecho innegable del canibalismo.
Así, los conocidos como el Códice Tudela (del Museo de América, radicado en Madrid), el Códice Magliabecchi (en la Biblioteca Nacional Central de Florencia), y el Códice Florentino (en la Biblioteca Medicea-Laurenciana de Florencia) muestran abundantes dibujos e imágenes de la antropofagia. De estos tres, el último, también conocido como la “Historia General de las cosas de la Nueva España”, fue escrito por Fray Bernardino de Sahagún. Está redactado en latín, en castellano y en nahuatl, el idioma de los mexicas. Fray Bernardino se apoyó en los testimonios de sus estudiantes indígenas trilingües, pertenecientes a la élite mexicana, que le informaron de la cultura y costumbres aztecas, entre ellas el canibalismo.
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Canibalismo azteca. Códice Magliabecchi. Biblioteca nacional de Florencia
Los aztecas, pueblo con un alto desarrollo en el momento en que irrumpe en su historia Hernán Cortés, ocupaban Méjico central con su capital, Tenochtitlán, densamente poblada. Y pese a disfrutar de una avanzada agricultura que les permitía obtener 2, 3 cosechas y más cada año en sus “chinampas”, huertos flotantes, padecen una acuciante escasez de proteína animal, puesto que la caza es muy escasa y no conocen animales domésticos mayores que el pavo, los patos o sus perritos, a los que crían para consumo.
se calcula un mínimo de 20.000 sacrificios al año, tan sólo en la capital… (“Bases ecológicas del Sacrificio Azteca”. Michael Harner)
Aunque hay quien eleva la cifra para todo el México Central (además de la capital), calculando que en el siglo XV se sacrificaban anualmente unas 250.000 personas, aproximadamente el 1% de la población. Otros, como el arqueólogo mejicano Marcos Antonio Cervera Obregón, rebaja la cifra a 15.000 para la capital, lo que de por sí ya es bastante impresionante. Pero hay que puntualizar que los mexicas no comían a su propio pueblo, sino tan sólo a los prisioneros de guerra, a los que siempre procuraban capturar vivos, manteniéndolos en grandes jaulones o corrales durante un tiempo, y a los que sacrificaban en lo alto de sus templos, repartiendo las partes del cuerpo. El propietario de la víctima lo entregaba al sacrificador que la repartía según un rígido protocolo: el corazón y la sangre (recogida en un recipiente) estaban destinadas al dios. Los muslos al palacio real. El tórax y las vísceras servían para alimentar a los animales del zoo del emperador (pumas, jaguares, zorros, aves de presa). Con el resto se organizaba un banquete, donde se consumía por los parientes e invitados del anfitrión, aunque éste no participaba de la carne de su prisionero (ya comería en otros banquetes):
cuando entre dos o tres cautivaban a uno de los enemigos, dividíanle de esta manera: el que más se había señalado en este negocio, tomaba el cuerpo del cautivo… después de haberles sacado el corazón echaban el muerto a rodar por las gradas abajo. Iba a parar a una placeta donde unos viejos le despedazaban y le repartían para comer… después de desollados, los viejos llevaban los cuerpos al calpulcoadonde el dueño del cautivo había hecho su voto o prometimiento; allí le dividían y enviaban a Moctezuma (el emperador) un muslo para que comiese, y lo demás lo repartían para los otros principales o parientes; íbanlo a comer a la casa del que cautivó al muerto. Cocían aquella carne con maiz, y daban a cada uno un pedazo de aquella carne en una escudilla, con su caldo y su maiz cocida. Y llamaban a aquella comida tlacatlaolli; después de haber comido andaba la borrachería… (“Historia General de las cosas de la Nueva España”. Fray Bernardino de Sahagún).
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                        Sacrificios aztecas, según el Códice Florentino
En su avance y tras la conquista de la capital, Cortés hizo un macabro descubrimiento en la localidad de Zultepec, llamada Tecoaque (en nahuatl: “el lugar donde los comieron”). Allí, una expedición de 550 personas, entre hombres, mujeres, niños e indígenas colaboradores, miembros de la segunda expedición y que iban a reunirse con Cortés, fueron capturados por los texcocos, aliados de los aztecas. Encerrados en cabañas y alimentados durante meses, fueron sacrificados gradualmente y devorados junto a sus caballos. Cortés descubrió los restos de los cadáveres, sobre todo los cráneos de los hombres y los caballos, empalados y expuestos frente a las viviendas de los texcocos.
Ni fueron los únicos ni tampoco los primeros en utilizar la carne humana como sustento en Centroamérica. En las islas del Caribe, recién descubiertas, los primeros exploradores tuvieron constancia de la existencia de muchas tribus hostiles que se comían a sus prisioneros, ya fuesen nativos de otras tribus o los propios españoles. Pero en el continente tuvieron ocasión de comprobar más casos. Así, los mayas:
…(tras naufragar en la costa de Yucatán) en el camino murieron de hambre siete de los nuestros, y viniendo los demás en poder de un cruel señor, sacrificó a Valdivia y a otros cuatro, y ofreciéndolos a sus ídolos, después se los comió, haciendo fiesta, según el uso de la tierra, e yo con otros seis quedamos en caponera, para que estando más gordos, para otra fiesta que venía, solemnizásemos con nuestras carnes sus banquetes… (“Crónica de la Nueva España”, Libro I, cap. XXII, de Francisco Cervantes de Salazar).
Quien ésto cuenta es Jerónimo de Aguilar, aunque tuvo suerte y vivió para contarlo junto a otro español: Gonzalo Guerrero. Tras vivir entre los indios ocho años, pudo ser rescatado por Hernán Cortes al que sirvió, como conocedor del maya que aprendió en sus años de cautiverio, lo que le habilitó como traductor durante sus conquistas, con la colaboración de la india Malinche, que hablaba maya y nahuatl (la lengua de los mexicas).Cabe comentar que el otro español superviviente, Gonzalo Guerrero, llegado el momento no quiso ser rescatado. Se había casado con una india con la que tenía al menos tres hijos, y estaba totalmente integrado entre los mayas, llegando a ser capitán de los soldados indios. De hecho, ayudó a éstos a combatir contra Cortés cuando, en su momento, intentó la conquista de su territorio.
Otros mejicanos, como los Chichimecas:
también sacrificaban más allá de Jalisco hombres a un ídolo como culebra enroscada, y quemándolos vivos, que es lo más cruel de todo, y se los comían medio asados…(“Historia de la conquista de México”. Francisco Lopez de Gómara).
O los tlaxcaltecas, enemigos de los aztecas y aliados de Cortés que, en su avance hacia la capital, Tenoxtitlán, mantuvieron estas costumbres incluso estando bajo sus órdenes. Hernán Cortés prefirió hacer la vista gorda ante la vital necesidad que tenía de asegurarse su ayuda y fidelidad:
(Cortés) proybió a los yndios que no tuviesen ydolos ni sacrificar pero quel comer de la carne umana muchos días se les permitió porque yban en ayuda de los españoles a las guerras e con codiscia de comerse aquella carne… (“Relación de méritos y servicios del conquistador Bernardino Vázquez de Tapia”, en la Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial).
Otros cronistas como Bernal Díaz del Castillo, acompañante de Cortés como soldado en la conquista de Tenochtitlán, dejó testimonio en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, en la que cuenta cómo los tlaxcaltecas cuando se comían a sus prisioneros, animaban a los españoles a participar en sus banquetes, asombrándose que rechazasen el festín.
Antropofagia
                       Grabado sobre el canibalismo entre los indios caribes
4) El canibalismo en el Paleolítico
 
Es necesario atender a la definición que cada cultura hace de lo natural o biológico, ya que no tienen por qué coincidir con la nuestra. Muchas tribus de cazadores-recolectores, en Asia, África o Latinoamérica, pueden comerse a sus prisioneros. Generalmente con un ritual previo (como el de los pueblos de Mesoamérica de la época de la Conquista) más o menos elaborado, aunque el fin último es el de, sencillamente, nutrirse. Ya desde el Paleolítico tenemos numerosas evidencias.

Según los trabajos de campo realizados por paleoantropólogos, nuestro remoto antepasado, el Homo habilis, habitante de la sabana africana (que vivió del año 2.500.000 al 1.500.000, aproximadamente), desarrolló técnicas de carroñeo más que de caza. Su sucesor, el Homo erectus (del año 1.900.000 al 100.000) ya practica una caza organizada, domina el fuego y coloniza Europa. Su supuesto descendiente, el Homo antecessor, es el habitante del famoso yacimiento burgalés de Atapuerca, y entre sus restos fósiles aparecen evidencias de canibalismo: huesos rotos para extraer el tuétano o con huellas de raspado para rebañar la carne.

canibalismo Homo antecessor y cromagnon
1/ marcas de descarnación en hueso del pómulo, perteneciente a un Homo antecessor, del yacimiento de Atapuerca.
2/ marcas en el omóplato, esta vez de un Homo sapiens, en un yacimiento francés.
El Homo sapiens aparece hace unos 230.000 años, bajo su forma menos evolucionada de hombre de Neanderthal, procedente de la evolución del  Homo heidelbergensis, extinguiéndose en Europa hace unos 28.000 años. Hay un verdadero debate entre los especialistas que no terminan de ponerse de acuerdo sobre quienes le consideran una especie propia (el Homo neanderthalensis) o bien una subespecie del sapiens (en cuyo caso la denominación más adecuada sería Homo sapiens neanderthalensis). La cosa se inclina más -no sin alguna voz disidente- de que se trata de dos especies diferentes. En todo caso lo que está claro es que el Neanderthal no fué el antecesor del Cro-Magnon. Aunque tenían un aspecto diferente es cierto que durante el tiempo que duró su convivencia llegaron a cruzarse, y sus descendientes fueron fértiles.
Un ejemplo en la península es el conocido como “el niño de Lapedo”, en Portugal, un niño de cuatro años encontrado en el yacimiento de Lagar Velho. Según el arqueólogo portugués Joao Zilhao (profesor en la Universidad de Barcelona), el niño presenta en el cráneo mezcla de rasgos tanto de Neanderthal como de Cro-Magnon. Mediante las pruebas genéticas hoy se considera que los hombres modernos, los Homo sapiens (Homo sapiens sapiens, si atendemos a subespecies) tenemos en nuestros cromosomas al menos un 2% de genes procedentes del Neanderthal. Zilhao, por otra parte, apoya la teoría de que los neanderthales eran capaces de pensamiento complejo y simbólico, muestra de su “modernidad”.
Neanderthal
Os presento a Kinga, reconstrucción de una mujer neanderthal, realizada por la experta Élisabeth Daynès (y que luce un vestido de la diseñadora AgnesB). Kinga está en una sala del Museo del Hombre de París y de lejos da totalmente “el pego”, te crees que es una azafata del Museo. De cerca impresiona por el extremo realismo que han conseguido. 
Hasta hace relativamente poco tiempo se consideró a los hombres de Neanderthal  como individuos muy “brutos”, una forma de eslabón entre el hombre y el mono. Ciertamente eran más robustos que el Homo sapiens (sapiens), entre otras cosas por su adaptación al frío. Pero hoy día, por los hallazgos de sus yacimientos o estudios anatómicos sobre su laringe, se les considera capaces de hablar y no meramente gruñir, y asímismo capaces de elaborar formas de artesanía, lo que indica un desarrollo mental avanzado. La evidencia más antigua, apoyando las tesis de Zilhao, es una serie de dibujos rupestres que representan focas, en la cueva de Nerja, en Málaga, datados en 43.000 años. Y dado que el hombre moderno no llegó al sur de Europa hasta hace 25.000 años, se considera sin discusión como un producto del Neanderthal.
Sea especie o subespecie, los estudios sobre su dieta nos muestran que consumían un alto porcentaje de carne al tocarles vivir bajo un periodo muy frío, con escasas oportunidades de obtener frutas o vegetales. Se especializan en ciertas presas, de tamaño mediano y grande, propias del periodo glacial en el que viven: rinoceronte lanudo, mamut, oso de las cavernas, bisonte…animales todos ellos de dificultosa caza. El estudio de los hábitats del Neanderthal sugieren grupos tribales de uno 15 individuos, 30 como máximo. La esperanza de vida era inferior a los 35 años y, según las inhumaciones, había una elevada tasa de mortalidad infantil. Porque con el Neanderthal aparecen los enterramientos (a veces con restos de abundantes flores) y, con ellos, las primeras evidencias de canibalismo.
El hombre moderno aparece ya como Homo sapiens (u Homo sapiens sapiens, si lo consideramos subespecie), también conocido como hombre de Cro-Magnon, en África, hace unos 200.000 años, emigrando a Eurasia hará unos 60.000 o 100.000 años, y sustituye al Neanderthal en un plazo aproximado de 5.000 años, sin que se sepan todavía exactamente las causas, aunque hay muchas teorías: ¿competencia entre especies, al ser el Cro-Magnon más hábil?…¿influencia del cambio del clima?…¿enfermedades tropicales que los hombres modernos traen desde África y frente a las cuales el Neanderthal no tiene defensas?…¿la propia evidencia del canibalismo del Neanderthal?…
canibalismo neanderthal 50003
Mandíbula de Neanderthal, con señales de haber sido “rebañada”
Hay una interesante teoría propuesta por Jesús Baena, arqueólogo de la UAM (Universidad Autónoma de Madrid), responsable de la investigación en el yacimiento de El Esquilleu, cueva en la cordillera cantábrica, con presencia de neanderthales durante decenas de miles de años. Según Baena los humanos modernos (el Cro-Magnon), mucho más efectivos en sus técnicas de caza, sí influyeron en la extinción de los neanderthales por la sobreexplotación de los cazaderos de donde estos últimos obtenían sus recursos.
Lo cierto es que, y según los restos encontrados, los últimos hábitats del Neanderthal se extendieron por el sur de la península ibérica, en yacimientos como los de la Cueva de la Araña (junto a la Cala del Moral, muy cerca de Málaga capital) o el de Zafarraya, también en Málaga. Originalmente y según la técnica del Carbono-14 tanto los restos de Jarama VI (en Madrid, estudiados por Jesús Jordá, geólogo de la UNED) como los de Zafarraya, tenían una antigüedad de 30-33.000 años. Esta datación se ha mejorado con la técnica de la ultrafiltración, lo que aumenta la datación en unos 10.000 años más. Precisamente y contradiciendo la teoría de que los últimos neanderthales aguantaron más al sur, en la costa de Málaga, la datación por ultrafiltración arroja una antigüedad para los restos de El Esquilleu de tan sólo 23.000 años, una cifra realmente asombrosa por la modernidad que supone.
La llegada desde su África original a Europa del hombre “moderno”, el Homo sapiens (sapiens) u hombre de Cro-Magnon, se produce hace aproximadamente hace 40.000 años. Europa se halla todavía bajo el efecto de las consecutivas glaciaciones, en un periodo frío y riguroso, pese a lo cual hay constancia de un aumento de la población: aumenta el número de yacimientos, aumenta el número de zonas hasta entonces no explotadas y aumenta el número de individuos en los grupos, unos treinta de media. La explicación a este crecimiento se debe, sin duda, al desarrollo de las técnicas de armamento. Se perfeccionan las puntas de las armas arrojadizas y aparecen dos inventos cruciales: el arco y el bastón propulsor, que multiplican el impulso en el lanzamiento de dardos y de lanzas, respectivamente.
Habría que valorar cuánto influyó en su éxito el tener sus perros al lado, como “despensa” y ayuda. Los primeros fósiles identificables como perros (y no lobos) aparecen en yacimientos de toda Eurasia y Norteamérica hace ya más de 13.000 años: Palegawra en Irak (12.000 años), Jaguar Cave en Idaho, USA (10.400), Star Carr en Inglaterra (9.500), Devil’s Law en Australia (8.000), Monteburr en Australia (8.000), Sian en China (6.800), Benton en Missouri, USA (5.500), Pont D’Ambon en Francia (9.700), etc. Pero es casi seguro que los proto-perros, indiferenciables anatómicamente de los lobos, acompañasen a los humanos modernos decenas de miles de años antes.
En 1.997 Robert Wayne dirigió a un equipo en la Universidad de California, en Los Ángeles, que revolucionó los conocimientos anteriores en lo que al origen del perro suponían. El estudio genético se realizó con muestras procedentes de 162 lobos (de Norteamérica, Europa y Asia), de 140 perros, de 5 coyotes y de 12 chacales. Por datación genética calculó la separación entre lobo y perro en un tiempo máximo de 135.000 años. Por supuesto, estalló la polémica, ya que las secuencias de mutación mitocondriales en las que se apoyó tienen una tasa de regularidad bastante accidentada, lo que les convierte en relojes muy poco exactos. Pero incluso con esa inexactitud, la fecha de la domesticación del lobo/perro se adelantó bastante a los 14.000 años aceptados hasta ahora por la aparición de los fósiles de perro.
Insisto: los restos fósiles de lobos son abundantes en muchos yacimientos, aunque la imposibilidad de distinguirlos de los proto-perros impidió saber si eran restos de lobos cazados y devorados o eran ya acompañantes fijos de los humanos modernos. Sólo cuando se diferencien anatómicamente del lobo por estudios de morfología dental (Olsen&Olsen, 1.977) y craneal (Clutton-Brock, 1.976; Robert Wayne, 1.986) podemos diferenciarlos. Pero hablando del papel del perro como parte de la despensa del Homo sapiens (sapiens), una característica a destacar es que casi todos estos restos presentan huellas inequívocas de haber sido devorados: aparecen, como mencioné más arriba, chamuscados o presentan raspaduras y señales de haber sido descarnados, o los cráneos aparecen abiertos, para extraer el cerebro.
Pero volviendo al tema de la antropofagia, y dejando a un lado el tema de la antigüedad del hombre de Neanderthal, lo que sí está claro es la evidencia de múltiples huellas de canibalismo, aunque deberíamos definirlo, utilizando la jerga de los arqueólogos, como un “canibalismo gastronómico” y no “canibalismo ritual”…aunque la consecuencia fuese la misma: comerse a los semejantes. Los hallazgos de huesos pertenecientes al Homo (sapiensneanderthaliensis con arañazos por haber sido descarnados con herramientas de piedra, o bien partidos para extraer el tuétano, o bien con las cabezas abiertas para extraer el cerebro son abundantes: los yacimientos de Moula-Guercy, Les Pradelles, Fontbrégoua y Combe Grénal, en Francia; Thalheim en Alemania (34 individuos con el cráneo hundido a hachazos); Vindija y Krapina, en Croacia; El Sidrón, en Asturias; o Goyet, en Belgica. En concreto y como ejemplo, en la cueva del Goyet en Bélgica se encontraron 99 restos óseos correspondientes a un mínimo de 5 individuos (cuatro adolescentes y un niño), datados entre 40.500 y 45.500 años.
Otro de los primeros yacimientos, un tanto discutido, fue el realizado en 1.939 en Grotta Guattari, en la ladera del monte Circeo, cerca de Roma, y a unos 100 metros de la línea costera, lo que supuso al menos una fase de inundación por las oscilaciones en el nivel del mar. Con evidencias de ocupación por los neanderthales desde al menos hace 75.000 años. El 24 de Febrero de 1.939 unos trabajadores junto al señor Guattari, despejando la entrada, encontraron en el interior entre muchos restos óseos de animales, un cráneo de neanderthal con el orificio occipital muy ampliado, para acceder al cerebro. El profesor Blanc opinó que se trataba de la obra de otros neanderthales aunque no tardaron en surgir voces discrepantes, que opinaron que hace 50.000 la gruta sirvió de madriguera para hienas, lo que justificaba los restos óseos de caballos y ciervos, y que la ampliación de la base del cráneo se debió a la acción de las hienas. El debate continúa.
El hombre de Cro-Magnon practicó una caza selectiva, según la zona que habitase. Así, en la cornisa cantábrica la presa más cazada fue el ciervo. En las estepas de Europa Central y del Este, fue el mamut, mientras que en Francia, cubierta por una tundra similar a la del Círculo Polar, fue el reno. Y siguiendo al reno en sus migraciones será como comience el proceso de domesticación de esta especie. Se ha calculado la fecha de domesticación de este pariente del ciervo hará unos 7.000 años. El primer documento donde se menciona está fechado en el año 892, del rey Ottar.
El pastoreo de renos se difundió por toda Eurasia septentrional, hasta llegar a los chukchis, junto al estrecho de Bering, pero no alcanzó a los esquimales, a pesar de que éstos cazan el caribú, un animal casi idéntico al reno euroasiático. Los lapones y los pastores de renos como los chukchis pueden haber aprendido algunas de sus técnicas de los pastores de bovinos y de los jinetes del sur, mientras que los antecesores de los lapones cruzaron el estrecho de Bering (así como los renos salvajes) hará al menos 20.000 años, mucho antes de la domesticación del ganado, cuando las glaciaciones hicieron bajar el nivel del mar, permitiendo el paso por un puente de tierra helada que comunicó Siberia con Alaska.
Volviendo al tema del canibalismo y ya en el mundo clásico, el filósofo Aristóteles nos retrata varios casos de los comentados en sus tiempos (casi clasificándolos, fiel a su estilo):
…considero, por ejemplo, brutales, disposiciones como la de la mujer de quien dicen que abre a las preñadas y se come a los niños, o aquellas en que dicen que se complacen algunos pueblos salvajes del Ponto (se refiere al Mar Negro) , que comen carne cruda, o carne humana, o se entregan los niños los unos a los otros para sus banquetes, o lo que se cuenta de Falaris (tirano de la ciudad de Agrigento, en Sicilia, del que se dice que comía bebés en su periodo de lactancia). Estas son, sin duda, disposiciones brutales. Otras se producen a consecuencia de enfermedades (y en algunos casos de locura, como la del que sacrificó y se comió a su madre, y la del esclavo que se comió el hígado de su compañero)… (Ética a Nicómaco”, VII, 5. Aristóteles, S.IV a.C.)).
5) El infanticidio como control de población
El escritor irlandés Johnatan Swift, más conocido por ser el autor de “Los viajes de Gulliver”, publicó en 1.729 una obra titulada: “Una modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o para el país“. La solución sugerida era que los campesinos arruinados que no pudiesen alimentar a sus hijos se los vendiesen a los terratenientes ricos…para que le los comiesen… Está claro que la “Modesta proposición” era una obra satírica cargada de la más cruel ironía, aunque en su momento fue recibida con bastante escándalo por la puritana sociedad británica. Lo que también está claro es que en Europa y, concretamente en Gran Bretaña, el problema de la superpoblación existía, y preocupaba bastante.
 Pese a las mejoras en el armamento del hombre de Cro-Magnon y a la progresiva benignidad del clima, no hay que olvidar que el ser humano seguía (y sigue) dependiendo de los recursos naturales, y que el aumento de población redunda, según las teorías del economista británico del siglo XIX Malthus, en menos recursos para repartir:
cuando no lo impide ningún obstáculo la población se va doblando cada venticinco años, creciendo de periodo en periodo, en una progresión geométrica. Los medios de subsistencia, en las circunstancias más favorables, no se aumentan sino en una progresión aritmética…un hombre que nace en un mundo ya ocupado, si sus padres no pueden alimentarlo y si la sociedad no necesita su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar ni la más pequeña porción de alimento (de hecho, ese hombre sobra). En el gran banquete de la naturaleza no se le ha reservado ningún cubierto. La naturaleza le ordena irse y no tarda mucho tiempo en cumplir su amenaza (“Ensayo sobre el principio de la población”. Thomas Malthus)… Más claro, agua…
 Hay dos mecanismos sociales que alivian esta tensión en un mundo cada vez más poblado, con menos recursos por tanto. Del canibalismo ya hemos hablado. La otra es el infanticidio. Parafraseando a Malthus (al que admiraba), el antropólogo norteamericano Marvin Harris se refiere al infanticidio o, por ejemplo, al abandono de los viejos por los esquimales cuando escasea la comida, como:
...una de las estrategias culturales dirigidas a incrementar  o limitar el número de individuos, debidas a un cálculo entre los recursos disponibles y las necesidades de la población… (“Muerte, sexo y fecundidad: la regulación demográfica en las sociedades preindustriales y en desarrollo”. 1.987).
 
Marvin Harris fue el creador de lo que se llamó el “materialismo cultural”, corriente teórica que trata de explicar las diferencias y similitudes socioculturales, dando prioridad a las condiciones materiales de la existencia, centrando el interés de los antropólogos en las relaciones entre cultura, ecología, tecnología y demografía. Teniendo en cuenta estas premisas, y aunque nos parezcan un tanto crueles, podemos entender el punto de vista de la sociedad grecolatina, reflejado en muchas de las obras de sus médicos y filósofos:
...para distinguir los hijos que es preciso abandonar de los que hay que educar, convendrá que la ley prohiba que se cuide de manera alguna a los que nazcan deformes; y en cuanto al número de hijos, si las costumbres resisten el abandono completo…será preciso provocar el aborto antes de que el embrión haya recibido la sensibilidad y la vida. El carácter criminal o inocente de este hecho depende absolutamente sólo de esta circunstancia relativa a la vida y a la sensibilidad… (“Política”, I-IV, c.14. Aristóteles).
 
Con el pragmatismo y la “frialdad” propia de la escuela estoica, el filósofo Séneca nos dice:
…matamos a los deformes; incluso ahogamos a los niños que nacen débiles y anormales. Pero no es la ira, sino la razón la que separa lo malo de lo bueno… (“De Ira”, I, 15, 2. Séneca).
El médico griego Hipócrates en el siglo IV a.C. se cuestiona:
…qué niños convendría criar…(“Corpus hippocraticum”, IV,  “Acerca del feto de ocho meses”. Hipócrates).
Y Sorano de Éfeso, médico griego que ejerció en Alejandría y Roma en el siglo II, define la puericultura como:
…el arte de decidir cómo reconocer al recién nacido digno de ser criado… (“Gynakeia”, II, 9-10).
Ahora bien, es muy difícil diferenciar lo que fue infanticidio y lo que fue muerte natural. Una parte significativa de investigadores defienden la idea de que la alta mortalidad infantil obedece exclusivamente a causas naturales. Ciertamente, ésta era muy elevada. Se considera a la mortalidad infantil como el indicador demográfico que señala el número de defunciones de niños en una población de cada mil nacimientos vivos, durante el primer año de vida, el periodo más crítico. En la actualidad se dan diferencias notorias entre el mundo desarrollado y el Tercer Mundo, por razones obvias debidas a las diferencias de alimentación y de sanidad, principalmente. Así, los países con menor mortalidad infantil son Noruega e Islandia, con tres muertes de cada mil niños durante su primer año. Por contra, África registra las peores tasas, siendo de 154 por cada mil, como media para toda África, llevándose la triste palma Níger, con 262 fallecimientos por cada mil niños, durante el primer año de vida.
En cuanto a la mortalidad infantil en la antigua Roma, los diferentes estudios coinciden bastante: 300 por cada mil (“Demografía y sociedad romana”. Tim Parkin). Entre un 30 y un 40% de muertes durante el primer año, y una tercera parte en sus diez primeros años (“Nacimiento y muerte de los niños en la Roma Imperial”. Laura Montarini). O aún peor según Richard Saller, para el que cerca de la mitad de los niños romanos morían antes de los diez años (“Patriarcado, propiedad y muerte en la familia romana”). Y ésto, para los niños no abandonados en la calle o expósitos, que mencionaré a continuación.
A lo largo de la historia, tribus, clanes, reinos, han obtenido su fuerza por el número de sus pobladores, bien para engrosar sus ejércitos, bien para la masa de sus trabajadores. La fecundidad se consideraba una bendición de los dioses. Pero cuando llegan los tiempos cíclicos, contra los que no se puede luchar, de las vacas flacas, esa bendición se convierte en un regalo envenenado y, en unas sociedades sin los medios anticonceptivos de los que disponemos ahora, el único control de natalidad era “eliminar excedentes”.
Hay formas directas de infanticidio, como la asfixia, pero en la antigua Roma el método más usado era la “exposición”: los niños expósitos, literalmente “puestos fuera”, o lo que es igual, el abandono en plena calle de los niños nacidos en casa bien de la propia esposa, de las hijas o de las esclavas, institución frecuente en el mundo grecolatino y potestad indiscutida del “pater familias”, jefe absoluto de los bienes y las vidas dentro del hogar. La mayoría de los niños expósitos o abandonados en Roma eran depositados frente a la llamada Columna Lactaria, delante del templo de la Pietas romana. Una vez abandonados podían ser recogidos por cualquiera: familias que deseaban más hijos, o sin herederos, pero la mayoría eran criados por comerciantes para fines lucrativos, bien destinados a ser esclavos, prostitutas o gladiadores. Para regular éticamente la exposición y con el objetivo de aumentar la población en Roma, Dionisio de Halicarnaso menciona la “Ley de Rómulo” (aunque en origen estaba enfocada para castigar a las nueras que ofendiesen a sus suegras):
… en primer término estableció la obligación de que sus habitantes criaran a todo vástago varón y a las hijas primogénitas; que no mataran a ningún niño menor de tres años, a no ser que fuera lisiado o monstruoso desde su nacimiento. Sin embargo no impidió que sus padres los expusieran tras mostrarlos antes a cinco hombres, sus vecinos más cercanos, si también ellos estaban de acuerdo… (“Historia Antigua de Roma”, 2.15. 1-2).
El infanticidio, pese a todo, no era “bien visto”, y había formas más solapadas como la desidia y la falta de cuidados, vitales en un recién nacido. Y, como ya hemos visto, el infanticidio femenino o su exposición debido a  su condición de “clase improductiva”, era visto con más naturalidad en el mundo clásico:
si como puede suceder, das a luz a un hijo, consérvalo, si es mujer, abandónala… (carta de un marido a su esposa, “Papiro Oxyrrinco”, IV, 744. Siglo I).
un hijo siempre es criado, incluso si uno es pobre; una hija es expuesta, incluso si uno es rico… (“Hermaphroditus”, fr.11. Posidipo).
de 79 familias de Mileto, en Grecia, en el año 220 a.C., los hijos varones eran 118 y tan sólo 28 hembras. De 600 familias de Delfos, en el siglo II, sólo un 1% criaban dos hijas, aunque no era extraño la crianza de dos o más hijos varones… (“Historia de la Infancia”, pag.49. 1.982. Lloyd deMause).
Cabe preguntarse si el infanticidio selectivo es un recurso de sociedades desarrolladas. Volvamos otra vez al Paleolítico, de donde veníamos. En un cálculo hecho sobre los restos fósiles encontrados pertenecientes desde el Pithecantropus hasta el moderno Cro-Magnon, la proporción era de 148 varones por cada 100 hembras, algo que se contradice con el 50% aproximado para cada sexo en el momento del nacimiento (“The social Life of Early Man”, pag. 255. Henry Vallois).
6) El infanticidio para evitar la deshonra
Añado este capítulo a posteriori, y gracias al comentario que un amigo abogado me hizo tras leer la entrada de que él, cuando estudió derecho, recordaba algo así como que en el Código Penal existía un atenuante para el infanticidio, a fin de evitar la deshonra de la madre. Obviamente no era un infanticidio por hambre, ni tan siquiera ritualizado, como el caso de los tofet que veremos más tarde. En este caso la necesidad era “social”, por evitar algo que fue tan grave como “el deshonor” en la familia. Como me ha parecido interesante, os lo paso.
En el Código Penal de 1.822 (artículo 612) ya se redacta el delito de infanticidio, donde se exceptúa de la pena señalada a los parricidas a:
…las mujeres solteras o viudas que teniendo un hijo ilegítimo, y no habiendo podido darle a luz en una casa de refugio, ni pudiendo exponerle con reserva, se precipiten a matarle dentro de las venticuatro horas primeras al nacimiento, para encubrir su fragilidad; siempre que este sea a su juicio, de los jueces, de hecho, y según lo que resulte, el único o principal móvil de la acción y mujer no corrompida y de buena fama anterior a la delincuente… 
El Código Penal de 1.848 en su artículo 327, extendió este beneficio al abuelo materno y amplió a tres días el término de venticuatro horas del anterior texto penal.
La redacción del infanticidio que otorga el Código Penal de 1.973 procede del Código Penal de 1.932, acogiendo la misma, en el Libro II, Título VIII, Capítulo II, como un tipo delictivo independiente, según dispone así el artículo 410:
la madre que para ocultar su deshonra matare al hijo recién nacido será castigada con la pena de prisión menor, en la misma pena incurrirán los abuelos maternos que, para ocultar la deshonra de la madre, cometieren este delito…

Eran otros tiempos… En el Código Penal de 1.995 ya no se contemplan estos atenuantes, entre lo que era un “infanticidio por honor”, y un infanticidio puro y duro. Lo que se aplicaban en estos casos no era exactamente ni un atenuante ni una eximente, sino que es lo que se viene a describir como un “tipo atenuado” de homicidio o asesinato. Esto es, el hecho típico penal, la muerte de un recién nacido para evitar la deshonra de la madre, tiene una pena muy inferior a la que correspondería al tipo básico de homicidio o de asesinato.

En el código penal del 73 las penas se correspondían a seis categorías; arresto menor, hasta un mes, arresto mayor, de un mes a seis, prisión menor, de seis meses a seis años, prisión mayor de 6 a 12 años, reclusión menor de 12 a 20 años y reclusión mayor de 20 a 30 años. Mientras que el homicidio estaba castigado de 12 a 20 años y el asesinato de 20 a 30, el mismo acto, realizado con un recién nacido para ocultar la deshonra tenía una pena muy inferior.

7) La anticoncepción en el mundo clásico

En este mundo moderno que nos ha tocado vivir, los avances de la ciencia han conseguido que las mujeres puedan decidir por sí mismas el control de la maternidad, tanto si quieren ser madres como si no. Hoy está al alcance de cualquiera disponer de fecundidad asistida, inseminación artificial o trasplantes de embriones, y en el caso de que quieran evitar o posponer los nacimientos, todo un surtido de DIUs (dispositivo intrauterino), píldoras anticonceptivas o incluso la “píldora del día después”.
Un hito lo marcó en los años 50 del pasado siglo el descubrimiento de la píldora anticonceptiva, por el biólogo estadounidense Gregory Goodwin Pincus, aunque no se autorizó su comercialización en los Estados Unidos hasta el 18 de Agosto de 1,960. En España la autorización se retrasó hasta el 7 de Octubre de 1.978. Antes de esa fecha se consideraba en nuestro país como delito penado por la ley venderla, e incluso prescribirla. Pese a la autorización, muchas farmacias se negaron a venderla por considerarla “inmoral”…obviamente eran otros tiempos. No obstante muchos médicos más abiertos de mente la recetaban con la excusa de regularizar el ciclo menstrual, e incluso para combatir el acné.
Pero en el mundo clásico no se disponían de tantos avances, y en una época en que no existía la Seguridad Social, ni ayudas a la maternidad ni tan siquiera hospicios, era un hecho que muchas mujeres intentaban evitar quedarse embarazadas, ante las complicaciones de todo tipo que les podía suponer, tanto económicas como éticas, y que desembocaban en última instancia bien en el siempre peligroso aborto o, una vez producido el nacimiento, en el asesinato o el abandono de los recién nacidos, como ya vimos en el caso de los expósitos.
Los primeros preservativos se mencionan en Egipto, en el año 1.000 a.C., y se elaboraban con vejigas natatorias de peces, vejigas de cabra o intestinos de cordero. En Egipto también y un poco antes se mencionan anticonceptivos por el método del tapón vaginal, como los que describe el Papiro de Ebers (año 1.550 a.C.):
…tritúrese con una medida de miel, humedézcase la hilaza con ello y colóquese en la vulva de la mujer…  o bien el papiro de Kahum (año 1.850 a.C.), donde recomienda una mezcla de miel, hojas y pelusas de la flor de la acacia, dentro de la vagina. Un sistema parecido describe el Papiro de Petri (año 1.859 a.C.), donde aconsejan un pesario intravaginal mezcla de miel, tiza en polvo y estiércol de cocodrilo (…¡supongo que no sería difícil de conseguir en las riberas del Nilo!…).  El principio de todos ellos era producir un efecto espermicida, al formar en la vagina un pH alcalino.
algunos impiden la concepción untando la parte de la matriz en la que cae el semen con aceite de cedro o con un ungüento de plomo con incienso mezclado con aceite de olivo… (“Historia animalium”, 7,3, 583a. Aristóteles. Siglo III a.C.).
En la antigua Roma y preocupados por los bajos índices de natalidad (hacían falta soldados), se promulgaron leyes tales como la Ley Cornelia, bajo el dictador Lucio Cornelio Sila, en el año 81 a.C., por la que se prohibían las prácticas abortivas. Como el problema demográfico debió continuar, a comienzos del Siglo Iº el emperador Augusto promulgó edictos por los que se obligaba a los jóvenes a contraer matrimonio con el fin de procrear, así como la prohibición de los métodos anticonceptivos y del aborto. Pero contra la necesidad, poco hacen los edictos, por muy imperiales que fuesen.
En Roma un uso muy frecuente por lo barato y al parecer por lo efectivo, eran enjuagues vaginales con vinagre, pre o post-coital (podemos suponer como olían los burdeles), con la intención de crear un pH ácido en la vagina como medio espermicida, o bien con pesarios de bronce, colocados en el cuello del útero. Pero es nuestro viejo conocido, el médico griego Sorano de Éfeso, el que más remedios aconseja en su obra “Gynakeia”, tratado de pediatría pero también de anticoncepción o de consejos a las matronas. Así, recomienda colocar en la vagina bolas de lana o de cerúmen de mula (¡curioso remedio!) impregnadas en distintas hierbas, aceite, miel o resina de cedro.
Otros remedios de los aconsejados por Sorano son: mezcla intravaginal de aceite rancio de oliva, miel y resina de cedro. Y, como muy eficaz, siguiendo la tradición popular, una bola de lana empapada de vino o vinagre. Sorano critica por ineficaces otros remedios de la época, más bien amuletos, tales como trozos de matriz de mula, o una araña envuelta en piel de ciervo, que se colgaban del cuello antes de salir el sol, después del coito.
Y entre otros, Sorano da unos curiosos consejos para no quedarse embarazadas, después del coito: ponerse en cuclillas y estornudar fuertemente, o saltar siete veces seguidas…tan alto como pudieran…supongo que con la intención de expulsar el semen. Las romanas desconocían por aquel entonces el bidé, o bidet…del francés “bidet”: caballito, elemento sanitario hoy presente en los baños de todo el mundo. Ideado al parecer en Francia a finales del Siglo XVII con la intención de lavarse externa e internamente la vagina tras el coito, y de alta presencia en los burdeles y en los dormitorios (aún no se había desplazado al baño) de las damas de la alta sociedad francesa. Pude ver en el museo Carnavalet de París (el museo de la historia de la ciudad), un bidet de mármol, al parecer perteneciente a Napoleón. Aunque el Cardenal Richelieu le achacaba ser uno de los motivos de la frigidez femenina…¡cardenal tenía que ser!…Pero como anécdota divertida no puedo dejar de citar la del bidet de Nápoles.
En 1.768 se casó la princesa austríaca Maria Carolina Luisa Giuseppa Giovanna Antonia de Habsburgo-Lorena, para los conocidos más brevemente como María Carolina de Austria, hermana de aquella María Antonieta que perdió la cabeza en la guillotina en plena Revolución Francesa. Su marido fue el rey Fernando IV de Nápoles y III de Sicilia, hijo de nuestro Carlos III (anteriormente rey de Nápoles, a su vez), pasando a ser tras su matrimonio reina consorte de Nápoles. Debía ser la reina María Carolina todo un carácter, ya que Napoleón decía de ella que era…el único hombre del reino de Nápoles…, aunque cumpliendo con su deber marital, que era el de proporcionar herederos al trono, dio a su regio marido nada menos que 18 hijos. En su defensa, promovió Nápoles como centro cultural, siendo en su momento la tercera capital europea en población, tras Paris y Londres.
Cuando se fue a vivir a Nápoles, María Carolina se trasladó al palacio de Caserta, edificado por su suegro, magnífico edificio barroco construído a imitación del palacio de Versalles, con unos fastuosos jardines y con el passeggio:  el “paseo”, de tres kilómetros de extensión, a lo largo de una serie de estanques, fuentes y cascadas. Digno de verse, si os acercáis a Nápoles no dejéis de hacer una visita. Y, como era costumbre entre la nobleza, María Carolina se llevó a su palacio de Caserta todas sus pertenencias personales: cuadros, porcelanas, joyas, vestidos, libros y mobiliario…entre ellos un bidet. Aunque austríaca de nacimiento, María Carolina tenía una gran influencia francesa en su educación, su marido era de la dinastía de los Borbones (de origen francés, por tanto) y el bidet formó parte de esa educación, aunque en este caso sólo como elemento higiénico y no anticonceptivo, como demostraron sus diez y ocho vástagos.
Bidet de Nápoles
El bidet napolitano de Maria Cristina de Austria…con su forma de guitarra
Pues bien, cuando tras la reunificación de Italia en 1.860 y ya bajo la dinastía de los Saboya se hizo un inventario de todos los objetos que encontraron en el palacio real borbónico, una de las cosas que más les intrigó fue catalogado como un …objeto desconocido en forma de guitarra… ni más ni menos que el bidet de María Carolina…
8) El silfio o laserpicio, una planta que se extinguió por su eficacia
 
…podemos hacer el amor siempre que tengamos silfio… (“Carmina Catulli“. Cayo Valerio Catulo. 84-54 a.C.).
En este poema, Catulo ya indica una de las virtudes del silfio como potente afrodisíaco. De familia aristocrática, y breve pero agitada vida (murió a los 30 años), Catulo fue uno de los poetas romanos más conocidos desde la Edad Media por el tono jocoso, irónico y sensual de sus poemas. El compositor alemán Carl Orff incluyó parte de las Carmina Catulli (poemas o cantos de Catulo) en su popular obra “Carmina Burana”, junto con otros textos del cancionero estudiantil medieval.
El fragmento citado, en el que hace mención al silfio, fue uno de los muchos dedicados a su amante Lesbia, seudónimo de Clodia, otra rica aristócrata con la que mantuvo una apasionada y tormentosa relación, aunque estuviese casada con Quinto Cecilio Metelo Celer, gobernador de la Galia Cisalpina…ya se sabe que entre los ricos, hoy como ayer, la moral siempre es más relajada… Sólo como ejemplo y para ilustrar el “estilo” mordaz de Catulo ahí van los dos primeros versos del Poema XVI, cuya traducción estuvo severamente censurada durante 20 siglos:
paedicabo ego vos et irrumabo /  Aureli pathice et cinaede Furi… ¡No os preocupéis, que os lo traduzco!: “…yo os daré por el culo y por la boca, / Aurelio pederasta y capón Furio…” (traducción de Rubén Bonifac Nuño, de entre las muchas versiones que hay)… A mí me recuerda a menudo a Quevedo, otro poeta de vivo ingenio y mucha mala leche, con el que más valía no enemistarse…
Además del uso del silfio como afrodisíaco que menciona el irreverente Catulo, uno de sus principales usos fue como abortivo, usando una infusión de raiz de lirio, hojas de ruda y silfio. Volvemos a nuestro viejo conocido el médico griego Sorano de Éfeso,  y que hablando del uso de esta planta como abortivo aconseja beber extracto de silfio mezclado con agua una vez al mes:
no sólo impide un embarazo, sino que también destruye cualquier cosa existente… (“Gynakeia”).
Silfio 4
Representación frecuente del silfio junto a una mujer desnuda, siempre tocando la planta con una mano y con la otra en el regazo, o incluso en la entrepierna. 
Pero, ¿qué era el silfio?. Al parecer fue una planta de la familia de las umbelíferas (como la cicuta, el hinojo, la férula o el perejil -otro abortivo popular-) que crecía silvestre en la húmeda franja costera de lo que se conoció como la Cirenaica, provincia romana que incluía parte de la actual Libia y en cuya costa se establecieron inicialmente colonias griegas procedentes de la isla de Thera (actual Santorini). Sin duda Sorano que, antes de Roma ejerció en Alejandría, la conoció allí, zona más próxima a su hábitat original. Los griegos de Cirene y hasta su conquista por parte de los romanos, mantuvieron un activo y próspero comercio con el silfio, hasta tal punto que la planta aparece en numerosas monedas de oro y de plata, índice de la importancia económica que supuso en aquel tiempo. Se cuenta que Julio Cesar llegó a almacenar 680 kg de la planta, como un tesoro.
Silfio 5
Silfio 3
Silfio 2Silfio 1
Como vemos, el silfio fue una planta ampliamente representada en las monedas. 
Silfio en varios dracmas
Silfio 1942
Silfio, reconstrucción
Representación idealizada de la planta del silfio. Y un sello de correos representando al silfio, según imágenes de una moneda, emitido en Libia en 1.942, aún bajo dominio italiano (Libia alcanzaría su independencia el 24 de Diciembre de 1.951)
El silfio era una planta apreciadísima y muy cara, que se intentó cultivar sin éxito, y que a menudo se adulteró con otras plantas parecidas y sin tantas virtudes. Se la describió y así la vemos en las monedas, como de tallo y raíces robustas y largas, hojas chatas y pequeñas flores amarillas. Sus tallos se cocinaban al estilo de las verduras y sus raíces se comían frescas, mojadas en vinagre. Pero lo más apreciado era el “laser” (nada que ver con la luz que conocemos hoy), lo que le valió el nombre más frecuente entre los latinos de “laserpicio”, y que llegó a intercambiarse por su peso en oro, al alcance de muy pocos. El laser como tal era el producto obtenido de dejar secar la savia que, después, se consumía rallado, bien para su uso afrodisíaco y abortivo, o bien para condimentar los sofisticados platos de la alta cocina romana, tales como sesos de flamenco, o la carne de flamenco estofada…recetas “sencillitas” y populares, como se ve…
El problema para el silfio es que, por una parte y como adelanté, no hubo manera de cultivarlo, ni mediante semillas ni plantando esquejes. El botánico Teofrasto que la describió nos cuenta:
...rehuye el terreno cultivado… (para añadir que, a las ovejas)… las engorda mucho y comunica a su carne un gusto admirablemente exquisito… (“Historia de las plantas”, VI, III, 3. Teofrasto).
Lo que nos da una segunda pista: el pastoreo excesivo. Pese a los controles sobre su recolección, sin duda y debido a su alto precio, hubo un “furtiveo” importante. Sumado a que sólo crecía en una franja relativamente reducida (40 x 400 kms), el silfio fue escaseando cada vez más hasta desaparecer completamente por más del interés con que sin duda se le buscó, allá por los años 50 del siglo Iº:
un único tallo enviado a Nerón es todo lo que ha sido hallado…desde entonces no ha sido importado otro laser que aquel de Persia, Media y Armenia, donde crece en abundancia aunque muy inferior al de Cirenaica y además es adulterado con goma, sarcopenia o alubias molidas… (“Naturalis Historia”, XIX, 15. Plinio el Viejo).
Silfio Ferula assafoetida
 
La Ferula assafoetida, de la misma familia (Umbelíferas) que el silfio, parecida a otras especies de la misma familia y frecuentes en nuestras latitudes, como la cañaheja
Plinio se refería seguramente a la asafétida (Ferula assafoetida), planta abundante, con un aspecto similar al descrito para el silfio y que, como su nombre indica, tiene un fuerte olor, y que comunicaba a la comida un intenso sabor entre ajo y cebolla. Como dato curioso que las relaciona con el poder abortivo del silfio, y según estudios farmacéuticos sobre el embarazo en ratas, la Ferula assafoetida tiene hasta un 50% de eficacia en la interrupción del embarazo. Otra especie próxima de nombre imposible, la Ferula jaeschkeana, tiene un índice cercano al 100% de interrupción.
9) El “tofet”, el sacrificio ritual infantil entre los fenicios y cartagineses
Tofet de Motia, Sicilia
                               El tofet de la isla de Motia, colonia fenicia en Sicilia
En el mundo púnico (Fenicia, Cartago y sus colonias) el infanticidio es frecuente y está sacralizado. Lo descubrimos en los “tofet”, cementerios infantiles separados de los adultos. La palabra “tofet” es de origen cananeo, y viene a significar algo así como “el altar”, de la raiz aramea “arder” o “quemar”, lo que ya nos va dando una idea. Parece un caso de infanticidio forzado ya no por la presión demográfica, sino por una ritualización que, posiblemente, formalizó los sacrificios humanos preexistentes. Sus primeros antecedentes lo encontramos en la antigua Judea, y lo menciona la Biblia refiriéndose a los lejanos tiempos que llamaron de la idolatría. En los alrededores de Jerusalén, en lo que en los tiempos biblicos se llamó el valle de Ben Hinnóm, se encuentra un valle estrecho y profundo, conocido hoy como Wadi er-Rababi. Según la Biblia, en tiempos de Acaz y Manasés, sacrificaban allí sus hijos al dios Moloch. Varios profetas (“Crónicas”, 28: 1-3; 33:1-6; “Jeremías”, 7:30-33; 19: 6-7) condenan en la Biblia a aquellos hebreos:
y han edificado los lugares altos del Tofet, que está en el valle del hijo de Hinón, para quemar al fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que yo (Yahvé) no les mandé, ni subió a mi corazón… (“Jeremías”, 7, 31-32).
De los hebreos la costumbre pasó a sus vecinos fenicios (ciudades de Tiro y Sidón, principalmente), y desde Fenicia, a su colonia de Cartago. Aún unidos por el origen y la lengua, cada colonia era independiente. Con la expansión comercial de los fenicios, colonizan parte del mediterráneo occidental, y en casi todas esas colonias (Motia en Sicilia, Tharros en Cerdeña, Hadrumeto en Tunez) podemos hallar los “tofet”, aunque donde más numerosos los encontramos es en Cartago, sobre todo en Salambó, a las afueras de la ciudad.
Tofet de Salambó, Cartago
Yacimientos múltiples de tofet, en Salambó, junto a Cartago
En principio los “tofet” son tumbas de incineración con restos infantiles carbonizados, depositados en urnas. Como en todo, las opiniones de los investigadores discrepan. Para algunos son simples cementerios infantiles con cuerpos cremados post-mortem, una simple incineración de los cadáveres. También se apoyan en que casi todos los testimonios de que disponemos sobre los “tofet” y los sacrificios son de autores grecolatinos, competidores de los púnicos por el control comercial en el Mediterráneo, competición que fue in crescendo hasta acabar con la aniquilación de Cartago, tras las Guerras Púnicas con Roma, aquellas que la enfrentaron con Anibal. Es lógico que los grecolatinos intentasen difamar a los púnicos, pero también es cierto que los testimonios que nos han llegado hablan muy claramente de sacrificios en vivo, sacrificio que para mayor crueldad consistía en ser quemados vivos. La forma más usual era depositar a los niños sobre los brazos inclinados de la estatua del dios Baal Hamón (identificado por los autores griegos y romanos como Cronos o Saturno, respectivamente), de donde rodaban para caer en la pira.
es en plena consciencia y conocimiento que los cartagineses ofrecían a sus hijos, y quienes no los tenían los compraban de los pobres, como a los corderos y aves, mientras que la madre estaba de pié sin lágrimas ni lamentos…todo el espacio delante de la estatua era llenado del sonido de las flautas y de los tambores a fin de que no se pudieran escuchar los gritos… (“De la superstición”, XIII. Plutarco).
los niños eran sacrificados públicamente a Saturno, en África, hasta el proconsulado de Tiberio, quien hizo exponer a los propios sacerdotes de ese dios, atados vivos a los árboles de su templo, que cubrían los crímenes de su sombra. Juro por mi padre que, como soldado, ejecutó esa orden del procónsul. Pero, aún hoy en día, ese sacrificio criminal sigue en secreto… (“Apologética”, IX, 2-3. Tertuliano).
los fenicios, en caso de grandes calamidades como las guerras, las epidemias o las sequías, sacrificaban a una víctima tomada de entre los seres que más apreciaban y que designaban por votación como víctima ofrecida a Cronos… (“De la abstinencia”, II, 56,1. Porfirio de Tiro).
…(a propósito del ataque a Cartago por Agatocles, tirano de Siracusa) los cartagineses estimaron que Cronos también les era hostil, por lo que quienes previamente habían sacrificado a ese dios a los mejores de sus hijos, habían comenzado a comprar en secreto niños que alimentaban para enviarlos después al sacrificio… Ardiendo de deseos por reparar sus errores, eligieron doscientos niños de los más queridos y los sacrificaron en nombre del Estado. Otros se entregaron voluntariamente, no eran menos de trescientos… (“Historia”, IV. Diodoro Sículo).
se dice que los antiguos sacrificaron a Cronos en Cartago tanto como duró la ciudad… (“Historia Antigua de Roma”, I, 38, 2. Dionisio de Halicarnaso).
Tofet de Salambó, Cartago, 2

 

Mongolia: entre águilas, kazajos y yurtas

kazajo 1

Introducción/presentación

Esta entrada no corresponde a un viaje mío, ¡ya me hubiese gustado!, sino a uno de los que mi hermano Manolo realiza cada año junto a su mujer, Teresa, siguiendo una sana costumbre que mantiene desde que se jubiló. A veces lugares “civilizados” como Argentina. Otras veces más exóticos como el sur de La India (el norte ya lo conocían). Otras veces, Etiopía, dando la vuelta a todo el país…

Esta vez les dio por irse nada más y nada menos a un destino tan inusual como Mongolia, viviendo en las yurtas con los kazajos y disfrutando del espectáculo de sus fiestas y, sobre todo, del vuelo de sus águilas. Como cuenta Manolo en sus “cuadernos de bitácora” que transcribo a continuación, los kazajos son ganaderos nómadas que viven de pastorear sus rebaños, pero que además son excelentes cetreros. Capturan águilas adultas con lazos a las que adiestran con la paciencia que es de imaginar, y a las que utilizan para capturar zorros y lobos, al objeto de vender sus pieles. Las águilas son lanzadas hacia sus presas a las que, con sus fuertes garras del tamaño de la mano de un hombre, cierran el hocico evitando las mordeduras.Tras unos cuantos años las liberan de nuevo devolviéndolas a la naturaleza.
En cada uno de sus viajes, Manolo nos va enviando vía wassap  numerosas fotos y sobre todo largas descripciones, dignas de las antiguas novelas de los viajeros decimonónicos, en las que nos sitúa en lugares, entre gentes y costumbres que, como poco, nos ponen los dientes largos. Se intercalan en el grupo de wassap comentarios elogiosos de sus amigos. Cuando los hermanos hablamos de sus viajes el comentario general es el mismo: ¡jo, qué suerte, quién pudiera!…la envidia sana no es envidia: es admiración. Y más si pensamos que a sus años (en este viaje y como él mismo apunta, ya tiene 67 “tacos”) la mayoría de la gente considera si acaso irse a la playita o, como mucho, a algún crucero. En la familia tenemos un punto viajero. Yo mismo, modestia aparte, y como podréis ver los que curioseéis en el blog, he hecho mis pinitos por sitios inusuales. Pero he de reconocer en honor a la verdad que Manolo y Teresa me ganan, y ahí siguen, buscando lugares en el mundo donde aún valga la pena ir.
No me extiendo más. Os transcribiré los mensajes que nos iba enviando por whassap, tal cual, respetando cada acento, cada punto y cada coma, ¡lejos de mí atreverme a hacer la mínima corrección!. Por supuesto, con su autorización previa. Que lo disfrutéis como los receptores de los whassap lo fuimos disfrutando. Muy lejos, ¡ay!, de lo que ellos merecidamente disfrutaron.
El viaje
 
11/9/17 4:45. Manuel G.C. Una vez más voy a incordiaros con el cuaderno de bitácora, esta vez con los kazajos en Mongolia y sus artes para cazar con las águilas. Borraos el que no quiera ser incordiado que ya sabeis que lo comprendo y no me enfado. A los demás, paciencia. A ver si hay suerte y vemos cosas interesantes. Un abrazo desde Ulaan Baator.
11/9/17 17:37. Cuaderno de bitácora al 11/9/17.
Ulan Baator por la noche aún casi parece una ciudad europea, con sus letreros iluminados con leds y las serpenteantes luces de los Toyota híbridos camuflando lo que, por el día, tiene de ex-soviética ciudad caótica. Repleta de baches y tráfico desordenado. La contaminación que producen las calefacciones de carbón y los coches obliga a restringir el mover el vehículo privado en función de su número de matrícula; y siendo la capital que pasa por ser la más fría del mundo la solución no parece fácil.
A 10.000 km. de Madrid, en el centro de Asia entre Rusia y China, con una extensión como tres Españas, de sus solo tres millones de habitantes la mitad se concentran en la capital, por lo que el pais está prácticamente deshabitado, con muy pocas ciudades y muchos grupos nómadas que pastorean el territorio con sus yurtas de invierno y de verano.
Unos pocos museos con muy poco que enseñar nos reciben y nos despiden, pues mañana, de nuevo, tomamos otro avión hacia Urgiil, a 1.400 km. de aquí, donde los kazajo nos esperan con sus águilas. Tal vez no volvamos a tener wifi. Tal vez sí. Eso lo veremos mañana si los antiguos guerreros de Gengis Khan nos lo permiten.
15/9/17 20:16. Cuaderno de bitácora al 13/9/2017
Llegados a Urgiil en avión bimotor resultó que sí teníamos wifi, pero nada que contar a pesar de entrar en el museo de la ciudad y ser recibidos por la directora que, entusiástica y prolijamente, nos enseñó y explicó todas las vitrinas con los “maravillosos” tesoros que encerraban. Hoy, después de tres días fuera del que ha sido mi mundo durante 67 años, y de nuevo en Urgiil, hay tanto que contar y tan dífícil de explicar que dudo mucho que sepa y pueda hacerlo sin resultar una mala caricatura del original. De la mejor manera que me sea posible, lo intentaré transmitir.
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                                             Las “autopistas” de Mongolia
Así pues, y volviendo a la narración, montamos con nuestra guía y traductora Soyloo en una camioneta rusa 4×4 UAZ años 60 que, por ejemplo, nunca se llegó a equipar con toma de mechero, -¿para qué, si no había móviles?-, y saliendo en dirección norte de repente la carretera desaparece y, frente a nosotros, se abre una sucesión de colinas a derecha e izquierda, surcadas de huellas de rodadas, unas para acá, otras hacia allá, otras de frente, sin ningún cartel, ni camino establecido, ni orden aparente, que deja a la orientación del chófer el tomar éste o aquél, o ninguno de ellos y hacer tu mismo el camino con rodadas nuevas. La camioneta lo resiste todo a pesar de alternar a su paso piedras afiladas como cuchillos y arenas finas como de una playa, o matojos resecos. Así recorremos sesenta kilómetros en casi dos horas y por fin llegamos a nuestro destino, en un gran valle, la casa de otoño de Yoriuul y su familia.
Y el mundo se detiene aquí. Las altas montañas tienen la cumbre ya con nieve, serpentean multitud de arroyos y bajamos de la camioneta. Yoriuul y su familia salen a saludarnos. Nuestro chofer hace de intérprete entre el jefe de la casa y nuestra guía, pues Yoriuul sólo habla kazajo. Tanto el chofer como la guía permanecerán con nosotros durante nuestra estancia aquí.
Yoriuul es un nómada kazajo típico, salvo que también es cetrero por su afición de cazador. Tiene su yurta para el verano y el invierno, -que va cambiando de lugar en función de los pastos y la vida y necesidades de sus animales, de los que depende para vivir-, y la casa de ladrillo y madera donde pasa la primavera y el otoño en el amplísimo valle surcado de riachuelos y abundantes pastos, pero donde los vientos pueden soplar con tal violencia como para romper los pocos cristales que conserva, motivo por el cual, entre otros, se traslada con su yurta y ganados a las montañas donde, a pesar de la nieve, puede encontrar un abrigo entre las colinas donde los vientos le le permitan pasar el invierno con menos rigor que en el valle. Pasado el invierno volverá a la casa, y cuando se sequen los riachuelos volverá a cargar la yurta para montarla donde el calor sea menos sofocante, pues si en invierno llegan a los -40ºC en verano soportan los +30ºC y ahora son tormentas de polvo y arena las que mueven el suelo de su inmenso valle.
Yoriuul tiene esposa y cinco hijos, dos varones y tres hembras, y un trabajo físico constante y agotador, especialmente las mujeres, que si tienen algún momento de reposo, lo emplean en hacer el kumis, que se obtiene batiendo la leche de la yegua hasta que fermenta y se vuelve ligeramente ácida y ligeramente alcohólica, con efectos suavemente eufóricos que eliminan la sensación de fatiga.
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                La familia al completo. En el barreño verde, el kumis
La familia de Yoriuul al completo consumen más de 15 litros diarios de esta bebida, visitantes aparte, pero hay que hacerla. Las mujeres, incluida la niña de 4 años, baten leche en cualquier momento de ligero reposo. El resto de la familia la componen otras dos niñas, de unos 14 o 10 años, y los chicos de unos 18 y 12 años, junto a la madre, y, como no, sus tres águilas, un halcón, un lobo de dos años que está intentando domesticar -y que ayer casi le mata una cría de yack que se le acercó más de la cuenta-, un gran perro que cuando no duerme aúlla, y su ganado: unas doscientas cabras y ovejas, todas revueltas, una treintena de yacks, una docena de yeguas cada una con su potro, y varios caballos de monta.
Si juntar cada mañana todos los animales esparcidos por el valle es algo titánico que he tenido la oportunidad de presenciar, cada tres meses trasladarlos a ellos y el ajuar de la casa debe resultar una epopeya. Pero ya se me ha hecho demasiado larga esta crónica. Tendré que dejar para mañana el narrar cómo es un día cualquiera, pues difieren muy poco unos de otros, en casa de Yoriuul el cetrero.
Perdonad pero ya es muy de noche aquí y mañana madrugo. Empiezan las competiciones.
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18/9/17 14:53. Cuaderno de bitácora al 14.09.2017
La jornada comienza en casa de Yoriuul antes del amanecer. En la gran planicie que se extiende a nuestra vista hay un sinfín de ganado que se mueve y ha estando pastando toda la noche y hay que atraerle a la casa. El hijo mayor coge un caballo y sale a por las cabras. La madre y las dos hijas mayores van juntando los yaks más próximos y atando  sus terneros; los más lejanos ha ido a buscarlos el varón pequeño en otro caballo al galope. Los más cercanos, las hijas que corren por la pradera tras ellos.
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Reunidos los yaks, hembras sueltas y terneros atados, pero lo bastante juntos para que las madres los sientan cerca, las mujeres van ordeñando a cada una, y antes de vaciarlas del todo sueltan a su ternero, que corre a mamar lo que queda de la madre. Con esta leche harán varios quesos que recuerdan nuestros quesos gallegos, uno de los cuales se deja secar a tal extremo de dureza que con nuestras dentaduras no fuimos capaces de morderlo, y de esta leche grasienta se saca la mantequilla, que a grandes bocados o disuelta en la propia leche mezclada con te, se consumirá por litros algo más tarde.
Acabadas de ordeñar las yacks y reunificadas las cabras al más puro estilo oeste, a caballo y agitando cuerdas, y separadas las propias de las de otros vecinos con las que tienden a juntarse durante la noche formando grupos de más de 500 ejemplares, comienza el emparejamiento de las yeguas y los potros para el ordeño.
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                        Ordeñando las yaks. Al fondo, la casa de Yoriuul
Este juntado matinal es una verdadera pelea entre el hombre y las bestias. Las yeguas son indómitas, y sus potros más. Conseguir atraerlas, lazarlas y atarlas sólo se consigue peleando físicamente con todas y cada una de ellas, recordándome escenas de nuestra rapa das bestas gallega. Conseguida la reunificación, a la yegua se le dobla la pezuña sobre sí misma atándosela, para dejarla a tres patas y que no huya. Los potros se acercan a las madres, las estimulan y se les retira, otra pelea, y entonces se las ordeña. A medio acabar se suelta al potro que corre hacia su madre. Entonces se libera la pezuña permaneciendo atada. Cada dos horas se la seguirá ordeñando. Así todo el día hasta la noche. Nuestra guía nos dice que esta leche es la más nutritiva y dulce, y parecida a la humana. Con ella, después de sacarle la nata, harán su bebida favorita que las mujeres ya comienzan a batir, pues nos hemos juntado entonces para el desayuno, todos sentados en el suelo, sobre gruesas alfombras, alrededor de una mesa baja y al calor de la gran estufa en la habitación que es el centro de la vida en la casa, pues en la otra solo se duerme. Son las nueve de la mañana. Las dos primeras horas del día han sido de febril actividad.
A las diez el sol empieza a calentar y en la casa comienzan a aparecer visitas. O se ha corrido la voz de que hay turistas en la casa de Yoriuul o es que todo el valle pasa por aquí. Cada visita se recibe igual. En la habitación que es cocina y comedor, alrededor de la mesa baja y sentados en el suelo sobre las alfombras se les ofrece a todo el que pase por allí los tazones de leche de yak con te, los de leche de yegua batida, la manteca, panecillos, galletas de vainilla y cualquier cosa que hubiera sobre la mesa.
La madre y las hijas no cesan de alimentar el fuego con bosta de yack seco, -la madera es muy escasa en la zona-, calentar jofainas y jofainas de leche y batir el kumis. Siempre detrás en un segundo plano. Y cuando no bate kumis barre el suelo de cemento forrado con hule, o sale a por agua, o a por bostas, u ordeña. Sin tregua. Los hijos la secundan.
Yoriuul y su hijo el cetrero nos enseñan orgullosos sus medallas obtenidas en las carreras de caballos, pues también se dedicaba a ello. Y como hace mucho viento y no es bueno para el águila, decide llevarnos a la montaña a buscar cabras salvajes.
Con la camioneta brincamos sobre suelo virgen de rodadas pisando piedras y atravesando riachuelos hasta que resulta imposible continuar. Allí nos apeamos y Yoriuul comienza a andar a grandes zancadas hasta que le vamos perdiendo la pista. Los guijarros, los saltos para vadear arroyos y la pendiente del camino, le recuerdan a mi rodilla que está pendiente de operación de menisco y ligamento cruzado. Llega un momento en el que continuar puede ser una temeridad. Soyloo, nuestra guía, le sigue. Solo ellos verán a las grandes cabras en las rocas. Los derrotados por la montaña volvemos al refugio de nuestra camioneta no sin volver a tocar algunos de los pocos árboles que hay en este territorio y que el otoño ya ha puesto de amarillo sus hojas.
Vueltos a casa nos encontramos todos para la cena. Las hijas han seguido batiendo el kumis mientras la madre hacía la comida, que en una gran bandeja ovalada ocupa el centro de la mesa. A su alrededor, los habituales tazones con pan, manteca y nata. Y los tazones para la bebida, -la leche con te y el kumis-. No hay platos. Con un cuchillo de caza y las manos se va troceando la carne guisada sobre la propia bandeja, y de allí cada uno toma con las manos lo que quiere. Sin protocolos. Salvo el de ofrecernos a nosotros siempre el primer bocado para degustar la comida.
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Una de las niñas batiendo kumis. Mi hermano Manolo dice que le recuerda los cuadros de Vermeer, con su luz lateral.  A la derecha, la despensa 
                                                              
De entre nuestra mochila sacamos algunos sobres con embutidos y advertimos que es carne de cerdo, porque los kazajos se declaran musulmanes aunque muy laxos en el seguimiento de las doctrinas de Mahoma.
Nuestros embutidos son gentilmente rechazados, no así las galletas o fruta que llevamos, y pasamos a la otra y única gran dependencia de que consta la casa de Yoriuul; una sala espaciosa de unos 40m2 con seis camas pegadas a la pared más dos sofás camas. Es el dormitorio comunitario de la casa donde, incluyendo el suelo, duermen los hijos de Yoriuul y todo el que pase por la casa, salvo el matrimonio Yoriuul que duermen en dos camas de la habitación cocina-comedor y que hemos estado utilizando para sentarnos.
Metidos en dos gruesos sacos de dormir cada uno, y medio vestidos, nos tumbamos sobre somieres de muelles que se hunden con nuestro peso. Nosotros, Soyloo, el chófer, y los cinco hijos de Yoriuul, compartimos la habitación. No llego a ver si alguno duerme en el suelo porque yo caigo dormido antes de que todos se acuesten. La temperatura ha bajado mucho. Dentro de la habitación no superamos los 5ºC pero dentro de los sacos se duerme bien si no dejas las manos fuera.
La Via Láctea cruza sobre nuestras cabezas en un cielo cuajado de estrellas pero donde no hay Luna, que se deja ver más por el día que de noche salvo cuando se aproxima el Plenilunio. Son cosas de estas latitudes. Mañana, si hace menos viento, saldremos con el águila.
19/9/17 7:07 Cuaderno de bitácora al 15.09.2017
Los primeros rayos de sol entran por la ventana cuyo cristal roto fue sustituido por un plástico que el viento flamea como una bandera. Fuera ha helado. Dentro de la casa ha faltado poco.
La madre, en la puerta de la calle, lava las manos y la cara de la niña pequeña con agua tibia del chorro de la tetera. Me la ofrece para que yo me lave también. En la casa no hay agua corriente. No hay ningún grifo. Ningún enchufe. No hay luz eléctrica salvo la que acumula en una pequeña batería una plaquita solar que nadie tiene la preocupación de ir orientando hacia el sol. Esa batería encenderá la única bombilla que hay en la casa, en el comedor-cocina, para la cena. Saliendo de allí, si el sol ya se ocultó, nos movemos con una linterna tanto por dentro como por fuera.
Me alejo un poco de la casa para orinar. Si quiero hacer algo más contundente al resguardo de la vista de los demás, en aquella llanura infinita, sin un árbol ni un matojo tras el que ocultarte, la familia, -como todo el mundo por allí-, algo separado de la casa, camino de donde tienen atado al lobo, ha elevado un cuadrado de piedras de un metro de altura en cuyo interior ha excavado un pozo cruzado por dos tablones horizontales ligeramente separados entre sí donde colocar los pies. Allí es el sitio. No hay papel. Nos sigue siendo un misterio cómo solucionaban lo que viene después, y especulamos que si con trapos viejos.
Van volviendo los miembros de la familia para el desayuno y las mujeres vuelven a batir el kumis. Todo se comparte. Si abrimos un paquete de galletas ha de ofrecerse a todos los presentes. Y aún de una en una, los paquetes vuelan. Somos muchos. Siete de familia, cuatro nosotros, y siempre, siempre, alguien más.
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Yoriuul está contento. Ha vendido seis yeguas con sus potrillos en 4.000.000 tugrug. (Un euro equivale a unos 3.000 tugrug) Las mujeres más que él. Mucho menos trabajo de ordeñar. Además dentro de unos días hay que desmontar la casa y trasladar al abrigo de alguna montaña para plantar la yurta cara al invierno. Será algo más fácil hacerlo.
La euforia de Yoriuul le hace vestirse de gala y posar para unas fotos. Saca sus águilas y su halcón y con su hijo el cetrero, que le heredará en este arte, y su niña pequeña, el caprichito de la familia, posan para nosotros. La pequeña de 4 años, con el halcón en el brazo derecho, arquea el izquierdo hasta la cadera en una pose de cetrero que tiene bien ensayada y que la familia aplaude con alborozo.
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Ya despojados de las galas decide que es el momento en que partamos con su águila favorita hacia las altas montañas que flanquean su valle.
En el furgón 4×4 subimos montaña arriba hasta que el vehículo ya no es capaz de más esfuerzo. Delante, nuestro conductor con el cetrero que porta el águila encapuchada. Detrás, su hijo con los señuelos y nosotros con Soyloo, nuestra guía.
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El águila ya está nerviosa. Agita las alas y chilla con un sonido muy agudo. No ha comido y tiene hambre. Descendemos del vehículo e intentamos seguir a Yoriuul que a grandes zancadas se nos aleja peñas arriba. Porta el águila encapuchada en su muy grueso guante, capaz de soportar el fortísimo apriete de las garras, su grueso capote de piel de oveja con la lana hacia el interior y, sobre todo, su gorro de cetrero kazajo que no puede cambiar por otro, pues su águila le reconoce por él.
Su hijo corretea por las peñas de los montículos de enfrente con la bolsa de los señuelos colgando, intentando encontrar alguna presa. Caminamos y saltamos como cabras hasta llegar a la cima de aquellos montes hasta que llegamos a una roca en la que Yoriuul se detiene. A sus pies, a vista de águila, su valle. La visión nos transfigura. Él, de espaldas, con su águila en el brazo, cara al abismo, oteando cualquier movimiento entre las lejanas piedras, buscando presas para su amiga y querida águila.
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Como si de una cabra salvaje se tratara su hijo aparece en otro risco. Al rato, a falta de presas, saca del morral una piel de lobo con cabeza incluída que oculta un conejo destripado en su interior y lo extiende sobre una peña. Yoriuul le quita la capucha al águila mientras la sujeta con dos cuerdas hechas de tripas de cordero secas, y el hijo comienza a emitir unos chillidos particulares por los que el águila le reconoce, gira el pescuezo 180º de derecha a izquierda, aletea intentando salir y Yoriuul suelta las cuerdas con que la mantienen en el guantelete. El águila emprende el vuelo y como una flecha se dirige al lejano señuelo, cayendo sobre él con las alas abiertas. El hijo cetrero, que se ha puesto otro guantelete, se apresura a tomar las cuerdas del águila mientras ésta chilla y chilla.
Yoriuul, al tiempo que el águila salió volando, saltó y saltó hacia el punto de encuentro mientras el águila chillaba esperándole, y, una vez llegado, abre la piel del lobo y sacando trozos sanguinolentos del conejo que había dentro se los va dando al águila que espera su premio. No es fácil conseguir que suelte la presa para pasar al guantelete, pues la fuerza de las garras es descomunal y una vez cerradas sobre algo cuesta mucho trabajo que afloje la presión.
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                    Yoriuul con su águila, oteando la inmensidad en busca de presas
Vamos cambiando de risco varias veces en busca de presas vivas, y un par de veces más repetimos la secuencia. Andamos y andamos montañas arriba y abajo sin acusar cansancio, pues el ansia de la caza nos mantienen excitados, y tirando piedras aquí y allá a ver si levantamos o una liebre o una marmota, los ojos de Yoriuul ven lo que sólo él y sus águilas son capaces de ver. Un zorro, allá en la lejanía, con su pelaje rojizo camuflado entre las peñas, hace que Yoriuul y su águila, que están lejos, salten ambos al unísono. Una, volando. El otro, saltando tras ella de piedra en piedra. El zorro se mete entre una zona de rocas horadadas y aunque el águila llega a tomar tierra allí ya el astuto había desaparecido.
Entonces ocurre lo que nosotros no esperábamos. El águila remonta el vuelo y asciende, asciende y asciende. Y se aleja tanto que da la vuelta a la montaña y se pierde de vista. Bien creíamos que se había ido para ser libre. Pero Yoriuul, allá abajo, entre las peñas, comienza a llamarla y a llamarla con su peculiar chillido y, ¡oh, milagro!, el águila vuelve de la lejanía y como un rayo recorre los más de dos mil metros que le separarían de Yoriuul para ir a posarse sobre su guantelete. Este espectáculo no lo olvidaré jamás.
Volvemos a la casa, él maldiciendo porque se escapase el zorro y nosotros, frotándonos aún los ojos por lo visto y lo mucho brincado, comemos y caemos en una larga siesta derrotados por la tensión y el cansancio de la jornada. Al despertar, a la casa han llegado parientes de un pueblo vecino: una mujer joven y dos niños guapísimos. Parecen de ciudad. No pegan aquí. Los niños, niño y niña de unos 10 y 12 años, calzan deportivas de color inmaculado, camisetas de marca y anoraks de nylon. Se dan de besos con los de aquí, -cosa muy rara porque los kazajos no se besan-, y nos enteramos que son primos. Salgo fuera. Es de noche cerrada. Han venido en un poderoso Patrol 4×4. Entro de nuevo a la cocina y me encuentro a la recién llegada llorando tratando de ocultarse de mi vista. Teresa y yo optamos por retirarnos de estas cosas de familia y meternos en la cama. Mañana será otro día y tal vez nos cuenten qué ha pasado.
20/9/17 11:09 Cuaderno de bitácora al 16.09.2017
A medianoche nos despiertan niños gritando. Entran en la oscura habitación y gritan. Los de Yoriuul se levantan con gran revuelo. Suenan motos y portazos de coche. Comprendo que se trata de los primos. El perro recuerda que sabe ladrar…
En la más absoluta oscuridad veo bultos que se mueven de acá para allá y escucho los chirridos de los somieres al moverse y a los niños cuchicheando agitados. Finalmente se hace el silencio.
Por la mañana, los primos están desayunando con todos nosotros. Nuestra guía, Soyloo, ha podido escuchar las conversaciones de los niños y nos pone al corriente. Ni una palabra por parte de Yoriuul ni de su mujer. Uno de los hermanos de Yoriuul es profesor de Educación Física en el pueblo de al lado. La directora del colegio es su esposa. Anoche se emborrachó, se puso violento como le suele ocurrir, amenazó, -o más- con matar a su esposa, y ésta cogió al Patrol y a los niños y se vino a refugiar en la casa de Yoriuul. El marido cogió la moto y se vino tras ella para recuperar niños y coche, pero los niños no se quisieron volver. Finalmente la madre y el borracho regresaron a su casa, -para haberse matado conduciendo de noche por aquellos sitios- y los niños se quedaron con sus primos. (Según nos cuenta nuestra guía Soyloo, los kazajos no suelen beber alcohol, pero cuando lo hacen, lo hacen para emborracharse lo más pronto posible).
La niña recién llegada bate leche, limpia platos y trae bosta igual que sus primas, sólo que con ropa de marca, y su hermano empuja cabras y yacks con uniforme parecido. Están acostumbrados.
A media mañana se presenta el Patrol conducido por la madre y se lleva a los niños. Todos respiran aliviados. A eso de las 17h. bajamos con la furgo al pueblo con la excusa de que veamos la escuela. Nos acompaña la esposa de Yoriuul, cuñada por tanto de la directora, que seguro viene  a hablar con ella.
En el pueblito, de menos de mil habitantes, la escuela tiene unos 300 alumnos en total, pues acuden niños de lugares muy lejanos. Externos los niños del pueblo e internos los que vienen de más lejos. En habitaciones de a cuatro, con literas o no, los internos ocupan todo el primer piso. La escolarización es obligatoria y gratuita, y a todos se les da desayuno y comida gratis.
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Llegamos a la escuela y nos recibe la directora como si nada hubiese ocurrido. Se empeña en enseñarla y nos recuerda nuestros colegios años 60. Pupitres, perchas, armarios y pizarra casi iguales a los que tuvimos nosotros. Aparte del kazajo se les enseña mongol como lengua oficial del país. No hay clase de religión. El Estado es aconfesional. Los kazajos dicen ser musulmanes, pero no son en absoluto practicantes. El resto de los mongoles, 95% se declaran budistas.
Encontramos al profesor de gimnasia dando su clase, y cada uno en su aula, a los dos hijos de la directora. Todo en la normalidad. Los alumnos de la escuela cultivan en un pequeño huerto sus propias verduras para el consumo; algo extraordinario porque con este clima y en este terreno los vegetales son muy raros y caros. Acabada la visita pasamos a la oficina. Hay teléfono pero no hay Internet, por lo tanto tampoco hay correo electrónico. Quedamos en mandarles sus fotos impresas por correo postal. Nos despedimos de ella con esa sensación de quien deja a su suerte a un animal abandonado.
Regresamos a casa y ya nos despedimos de Yoriuul y de su familia porque al día siguiente no podremos ver a todos reunidos, agradeciéndoles muy sinceramente los impagables momentos que nos han hecho vivir y tantas cosas como hemos aprendido con ellos. Cómo la naturaleza marca nuestros ritmos de vida y cómo la raza humana es capaz de adaptarse a lugares tan inhóspitos en una simbiosis con sus bestias sin las cuales no podría vivir, ni ellos sin él.
Mañana dormiremos en una yurta de otro cetrero que va a participar en el Festival de las Águilas. Yoriuul no participa en éste. Lo hará dentro de tres semanas en otro al que ha sido convocado. Y nos vamos a la cama deseándole lo mejor. Para nosotros, estos días en su casa serán una marca indeleble.
20/9/17 15:16 Cuaderno de bitácora al 19.09.2017
Desde el aeropuerto de Moscú, con una larga escala de por medio, comprimo los tres días pasados entre el kazajo Tulov y el Festival de las Águilas, pues la paciencia tiene un límite y yo ya os le he sobrepasado ampliamente con estas crónicas que se han vuelto demasiado largas, pues no he podido ni sabido concentrar mejor tantas emociones..
Dejamos a Yoriuul y su familia con la seguridad de haber vivido una experiencia única, y cruzando tierras vírgenes sin rodadas llegamos a la yurta de Tulov. Es una gran carpa redonda, muy decorada interiormente, con dos camas, la gran estufa-cocina central y unos extraños percheros de donde cuelgan sus arreos de montar a caballo y su vestimenta de cetrero.
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Exterior e interior de la yurta de Tulov. Obsérvese el kalashnikov (de juguete) de adorno en la pared.
Nos cede la yurta para nosotros solos y él se va a la de su hermano, muy próxima, donde dormirán los dos matrimonios, nuestra guía, el chofer y los hijos de ambos matrimonios. Sólo hay cuatro pequeñas camas. Todos ellos nos han cedido una yurta entera solo para nosotros, lo que es una deferencia muy, pero que muy, especial y no consienten ni en venir a dormir al suelo de la nuestra, lo que nos da en sospechar que debemos oler ya verdaderamente mal.
La yurta tiene una muy pequeña puerta de entrada, decorada profusamente en el interior, y es como una gran tienda de campaña redonda y alta. El casquete superior se destapa o se cubre parcialmente en función de la climatología o la luz, y todo el conjunto está recubierto por fuera con pieles de yak que sujetan largas varas verticales, como el interior de un paraguas. Por dentro, las paredes están forradas con coloridos tapetes bordados que hacen las mujeres con lana de yak en el invierno.
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La gran estufa, centro de la vida en la casa
Toda la familia son cetreros, y todos van a participar en el Festival. En una competición o en varias. Hay muchas risas nerviosas y palmotadas durante la cena.
Al amanecer, Tulov nos destapa la yurta por arriba para que entre el sol y nos enciende la estufa. Y se viste de cetrero con el ritual de un torero.
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Cuando salimos fuera la familia le está esperando a caballo en una escena mágica, cada uno con su águila al brazo, tocados con sus gorros de cetreros y los caballos piafando, también nerviosos. Y parten hacia el lugar de la competición. Tardarán al menos una hora en llegar al trote. Tres de ellos lo harán con sus águilas. El cuarto, un mocetón de 1,90 y 90kg. de peso lo hará en la competencia del carnero. Nosotros montamos en el 4×4 y brincamos sobre este suelo casi siempre ondulado, que oculta arroyos y agujeros. Imposible superar los 20 Km/h. Solo estos 4×4 soviéticos, fabricados en los 60 con la mejor chapa de acero de la Unión Soviética, han sido capaces de llegar hasta aquí y seguir funcionando. Y los hay a cientos.
En el campo de competiciones los vehículos han formando un extenso semicírculo que encierra pequeños puestos de artesanía y comida local, y frente a este semicírculo la mesa de los jueces, sus coches y el equipo de sonido, capaz de hacerse oir por encima de esta multitud vociferante que no guarda colas ni hace caso de las marcas que indican el rectángulo de juego.
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Cuarenta cetreros van a formar parte. Separado unos 500 metros del lugar se levanta una colina, donde los cetreros se van reuniendo con sus águilas. Llegado el momento, el cetrero baja la loma a caballo dejando su águila al ayudante.
Frente a la mesa de los jueces llama a su águila, que ha sido dispuesta sobre un peñasco con vistas al rectángulo de juego, y se cronometra el tiempo que tarda en hacer el vuelo hasta el guantelete de su cetrero.
No todas acuden a la primera llamada. Ni a la segunda ni a la tercera. Y algunas se elevan pero en lugar de ir al guante se pierden por ahí y tienen que ir a buscarlas. Mucha gente próxima al cetrero y mucho ruido despistan o confunden a las águilas. El público se ríe con cada desplante, y más si el cetrero tienen que irse lejos a buscar su animal.
Resumiendo tanto como puedo, y saltándome detalles, se inicia lo que llaman “las monedas”. Hoy con rosas de papel, se pinchan seis rosas de papel en el suelo y los jinetes, al galope, deben coger la mayor cantidad posible. Y a continuación la singular carrera de parejas, en la que la esposa puede azotar con la fusta todo lo que sea capaz a su marido, que huye al galope perseguido por ella en medio del alborozo, cómo no, de todas las mujeres presentes.
Para rematar la mañana se hace la carrera de camellos (nota del transcriptor: como se puede ver en las fotos no son dromedarios -de una sola joroba- sino camellos bactrianos, muy peludos y con dos jorobas, propios de Asia Central) con una longitud de unos 3.000 metros. Difícil de adivinar la distancia. El punto de partida se pone a ojo por los jueces. Y el aire es tan limpio y la llanura tan lisa, que medir a qué distancia están aquellos puntitos es imposible.
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La muchedumbre, que no multitud, pues no pasaremos de 3.000 personas, forma un embudo en la línea de meta, y los camellos, exhaustos, pierden la orientación y alguno de ellos atropella espectadores de primera fila.
Pero el plato fuerte es la lucha por el carnero. Se han apuntado 50 participantes. Para disminuir el riesgo, pues la muchedumbre se ha ido saltando los inexistentes cordones de seguridad y ya se mezclan caballos, camellos, águilas y espectadores, los jueces dictaminan que se vayan eliminando uno contra uno para reducir el número de participantes.
Se sortea el orden y salen los dos primeros. Se acaba de degollar un cordero grande y se deja en el suelo. Los dos contendientes intentan cogerle desde el caballo y subirle a la montura, pues el primero que lo consiga tiene posibilidades de sujetarle bien con su cuerpo. El otro contendiente debe agarrar al cordero por donde pueda y quitársele. El que suelta el cordero pierde. Y queda eliminado.
A las primeras de cambio la cabeza del cordero sale disparada, pero a nadie le importa. Ningún contendiente afloja, los caballos tiran cada uno para un lado manejados con las rodillas, la gente les azota en las ancas con fustas para que corran. El terreno de juego es toda la calva pradera. Y no hay tiempo límite. Aquello acabará cuando uno no pueda más y suelte. Al galope suben el montículo de las águilas y al galope lo bajan. En posturas inverosímiles sobre sus caballos. A veces chocan contra los coches aparcados. A veces pasan el cordero por encima de alguno de ellos, como si le fuesen a sacar brillo, cada uno por un lado.
El público los sigue, corriendo o a caballo, por la enorme pradera. Poco a poco se van eliminando, y como se ha prolongado más de la cuenta se decide seguir mañana.
Nosotros decidimos dejar a nuestros huéspedes tranquilos y optamos por alojarnos en Urgiil, en uno de los “buenos” hoteles del centro, y casi estábamos mejor en la yurta.
Al día siguiente los cetreros realizan sus pruebas con señuelo, tirando una piel de zorro al suelo y llamando a su águila. Igualmente se cronometra si acude y cuánto tarda en acudir. De nuevo hay águilas que sí, y otras que no. Eliminatorias las pruebas, nuestro anfitrión no consigue trofeo, pero su hermano sale con segundo premio de cetrería. La medalla cuelga sobre el pecho del águila.
Llegados al cordero, los espectadores rodeamos de tal manera a los contendientes que se suceden pisotones y caídas. Los luchadores no siempre admiten bien los dictámenes de los jueces y las familias se pelean a puñetazos por una dudosa eliminación. Hay tanta tensión que la prueba se da por terminada sin haber llegado a competir todos contra todos.
En la entrega de los trofeos los más ofendidos empujan con el pecho de sus caballos la mesa de los jueces. Momentos de gran tensión. Dos policías presentes son totalmente escasos, ninguneados por los contendientes. A pitidos de los jueces se disuelve el tumulto. Todo el mundo a Urgiil donde, en el teatro municipal, se le entregará al campeón cetrero su premio: una moto y un casco. En el tumulto vemos que el hijo mayor de nuestro cetrero teiene el tercer premio del carnero, y con los dedos despellejados me muestra la medalla. sin sonreír. No está conforme. Fotos y más fotos.
Nuestra familia cetrera regresa con sus águilas en ristre a sus yurtas, al galope lento. Todo un invierno por delante para revivir cada movimiento, cada anécdota, cada lance. Nosotros, igual que ellos. Pero varios inviernos. Ellos, el próximo otoño volverán a la competición y pasarán página. Nosotros no podremos y tendremos que vivir de esta durante mucho tiempo.
(Nota del transcriptor. Mi hermano Manolo nos mandó tres vídeos: con la llamada a las águilas (en una de ellas el ave pasó de largo ampliamente), la competición del carnero, y la mujer galopando tras su marido mientras le azota con la fusta, pero o yo no sé hacerlo, o no se pueden colgar los vídeos en la entrada del blog. Tendréis que imaginároslo.)

El Holocausto y el horror nazi en Polonia (3ª parte)

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1ª parte:
-Introducción. Orígenes del antijudaísmo
-El guía: Mario Sinay
-Comienza el viaje. Varsovia
-Primera parada: el cementerio judío de Varsovia
-Los antecedentes. La invasión nazi
-Comienza la caza del judío
-El ghetto de Varsovia
2ª parte:
Comienza el exterminio. Treblinka
La revuelta judía del ghetto de Varsovia
La aldea de Tykutin y el bosque de Lubojova
Lublin, cuna de la ortodoxia
El campo de Majdanek
Cracovia
3ª parte:
Schindler, el de la lista
Auschwitz-Birkenau
Los experimentos de Auschwitz
La vida cotidiana en los campos
El fin de Auschwitz
3ª parte:
 
Schindler, el de la lista
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      Los 1.200 judíos de la Lista de Schindler, junto a su oficina, en Cracovia
Hay un cargo honorífico creado en Israel en el año 1.963 por el Yad Vashem (institución creada para honrar a las víctimas del Holocausto), para honrar a su vez a aquellas personas que, sin ser de confesión o ascendencia judía, prestaron ayuda de manera altruista a las víctimas -generalmente en situación de muy grave riesgo- por su condición de judíos durante la persecución nazi. Añadiendo, además, que eran conscientes de estar poniendo en peligro su propia vida al estar penada la ayuda por las autoridades alemanas. Es el de Justo entre las Naciones. Entre otras prebendas económicas y sociales por parte del estado de Israel, se les concede una medalla: la Medalla de los Justos con una inscripción tomada del Talmud que reza así: Quien salva una vida salva al Universo entero.
Hasta el año 2.010 el número alcanzó la cifra de 28.000 “Justos”. El porcentaje mayor por nacionalidades está encabezado, en más de un 75%, por ciudadanos polacos, ucranianos, franceses, holandeses y belgas, pero en la lista de “Justos” hay personas de 48 países. Entre ellos algunos españoles como Ángel Sanz Briz, embajador en Hungría (el “ángel de Budapest”), o José Rojas Moreno, embajador en Bucarest. De los que ya hemos mencionado, el polaco Tadeusz Pankiewicz (el farmacéutico del ghetto de Cracovia). Y un alemán: Oskar Schindler.
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                                       Ángel Sanz Briz, un Justo entre las Naciones
Schindler fue uno de tantos que aprovechó las circunstancias del expolio de los judíos para amasar una gran fortuna. Pero antes de éso, ya había colaborado con los nazis. Nacido en Moravia (en la actual Chequia) de familia alemana y antes de la ocupación nazi de Checoeslovaquia en 1.938, aprovechó su nacionalidad checa y sus movimientos como comerciante para pasar información al gobierno alemán desde el año 1.936, en lo relacionado con vías férreas y movimiento de tropas, muy útiles de cara a la ya prevista anexión. De hecho el gobierno checo lo arrestó y encarceló bajo la acusación de espionaje, aunque hubieron de liberarlo debido a las presiones del gobierno alemán. En 1.939 solicitó la afiliación al partido nazi, que le fue concedida al poco tiempo, entre otras cosas por sus méritos como espía. 
 
En 1.939 le encontramos en Cracovia donde, utilizando sus contactos, compró (iba a alquilarla pero un amigo le convenció para adquirirla) una fábrica de menajes esmaltados incautada a los judíos, la llamada Rekord Ltd., situada en la otra orilla del Vístula, junto al ghetto judío de Podgorze. Gracias a las invitaciones y regalos con los que agasajaba a menudo a la oficialidad de las SS y de la Wehrmatch, consiguió numerosos contratos como proveedor al ejército, con lo que la fábrica, ahora rebautizada como Deutsche Emarlewaren-Fabrik (Fábrica Alemana de Esmaltes), familiarmente conocida como Emalia, comenzó a funcionar muy bien desde el principio. Llegó a contratar hasta 1.750 trabajadores, de los cuales unos 1.000 eran judíos. Procedentes todos del ghetto de Cracovia, con lo que la mano de obra le resultaba muy barata. Recordemos: si un alemán cobraba 20 marcos, un polaco cobraba 10, mientras que un judío cobraba sólo 5. Cantidad que el empresario, en este caso Schindler, no entregaba a los judíos, sino directamente al gobierno nazi.
 
En Julio de 1.944 los nazis fueron evacuando los campos situados más al Este ante el avance de las tropas soviéticas. Por la razón que fuese, Schindler había dejado de ver a los judíos no ya como mano de obra anónima, sino como personas, y personas con un futuro muy negro, además. En la película La lista de Schlinder, el punto de inflexión es el momento en que, paseando a caballo ve, caminando escoltados por las SS, a un grupo de judíos, entre ellos una niña, “la niña del vestido rojo”, dirección a la plaza Bohaterov, para ser embarcados al campo de Plaszow. Sea como sea, allí empezó la transformación de un especulador como era Schindler a un “Justo”. Consiguió para sus judíos medidas beneficiosas, entre otras, como que durmiesen junto a la fábrica, en naves habilitadas al efecto, y evitarles los para ellos peligrosos desplazamientos.
 
Schindler convenció (sobornando) al capitán de las SS, Amon Göth, comandante del campo de Plaszow, para trasladar su factoría a la región de los Sudetes (en la actual Checoeslovaquia) con el argumento de fabricar munición y material de guerra en zona segura, librando de esta manera a sus trabajadores de la peligrosa vecindad de los campos. Y no sólo a sus mil judíos. Consiguió añadir, haciendo trampas, a unos doscientos más. De acuerdo con el secretario judío del ghetto que le confeccionó una lista con 1.200 nombres, el secretario de Göth mecanografió una lista con los 1.200 nombres, la famosa “lista de Schindler”, que pudieron viajar en trenes hasta Brünnlitz, a costa de ir sobornando todo el tiempo desde Amon Götz a todos los oficiales de las SS con los que se cruzaba. Schindler tuvo un momento de grave riesgo cuando intervino para rescatar a 300 trabajadoras de su fábrica que, por un despiste, fueron llevadas en los trenes al campo de Auschwitz. Consiguió, por fin, sacarlas de allí al precio, como siempre, de sobornar a unos cuantos oficiales alemanes. Para cuando acabó la guerra, en Mayo del 1.945, había logrado salvar la vida de los 1.200, pero él había quedado arruinado.
 
Tras la paz aún intento algunos negocios, como una cementera en Alemania o la cría de ganado en Argentina, pero ya no tenía las “facilidades” que la guerra y el expolio judío le habían proporcionado, y no levantó cabeza. Tras varias quiebras, de hecho en Alemania fue ayudado para subsistir gracias al apoyo financiero de los conocidos como Schindlerjuden: los judíos de Schindler. No sin alguna voz en contra, fue nombrado “Justo entre las Naciones”. Hoy reposa en el cementerio de Monte Sión, en Jerusalén.
 
El Museo de Schindler es posiblemente el más visitado sobre el tema judío. A ello contribuye su vecindad a Cracovia, ciudad turística per se, pero sin duda ha contribuído mucho la ya mencionada película de Spielberg. Pero además, el museo tiene un planteamiento expositivo muy bueno. El museo como tal ocupa la planta superior, lo que fueron las oficinas, ya que la fábrica -en la planta inferior- aloja actualmente a un museo de arte contemporáneo. Vamos haciendo un recorrido con abundancia de objetos y, sobre todo, de fotografías, donde podemos ir viendo desde reconstrucciones de las escenas del ghetto a imágenes de los campos. Mario, como experto documentalista, nos iba explicando algunas en concreto porque, y gracias al testimonio de los supervivientes, se ha conseguido poner nombre a muchos de aquellos judíos. Así, escenas de familias enteras junto al tren o por las calles del ghetto dejan de ser personas anónimas para convertirse en padres e hijos o parientes con nombre y apellidos. 
 
Hubo, hay y habrá numerosos genocidios en la historia de la humanidad. De algunos conocemos detalles arqueológicos. De otros del Siglo XX como el de los armenios por parte de Turquía, nos llegaron algunas fotografías. Pero el Holocausto judío fue el primero del Siglo XX en ser abundantemente documentado. La industria óptica se había desarrollado y puesto a disposición de todo aquel interesado muchas cámaras fotográficas con las que retratar todo lo retratable. Los alemanes hicieron no sé si millones, pero sí miles y miles de fotografías como propaganda, tanto para eternizar los triunfos nazis, como para reflejar lo que fueron campos de batalla y, entre otras cosas, la vida diaria en los ghettos y en los campos de concentración. Dentro de los campos se hicieron algunas fotos clandestinas con la intención de sacarlas fuera y mostrar al mundo lo que allí estaba pasando. Pero fueron las propias fotos de los alemanes las que muchas veces sirvieron de prueba en los procesos posteriores al fin de la guerra.
 
El único testigo español en los Juicios de Nuremberg fue un ex-prisionero republicano del campo de Mauthausen, el catalán Francisco Boix, ayudante del laboratorio fotográfico del campo para positivar los negativos de las abundantes fotos que se hacían. Con riesgo de su vida logró esconder muchos de aquellos negativos. Fue gracias a aquellas fotografías como se pudo demostrar la presencia en el campo del “arquitecto del Reich” y hombre de confianza de Hitler, Albert Speer, que siempre había negado el conocimiento de la existencia de los campos, y que le valió la condena a prisión.
El caso de Lilly Jacob merece mención especial. El 26 de Mayo de 1.944 fue deportada con 18 años desde Hungría a Auschwitz con su familia. Sólo sobrevivió ella, y podríamos decir que milagrosamente. Liberada al final de la guerra, se encontraba en un hospital alemán y estaba enferma de tifus. Pesaba 32 kg. En el cajón de la mesilla junto a su cama encontró un montón de fotografías. En una de ellas pudo ver a su familia subiendo la rampa de Auschwitz, camino de las cámaras de gas. Tiempo después donó las fotos al ya citado Yad Vashem de Jerusalén, con las que muchos judíos han podido identificar a parientes y conocidos, presentes en Auschwitz.
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                       Reproducciones de dibujos hechos por los niños de los campos.
El museo estaba lleno de gente. La inmensa mayoría y como es lógico, judíos. Y muchos grupos de militares israelíes de los que luego veríamos en abundancia en los campos. En una de las salas me impresionó ver, reproducidas en la pared, pequeños graffitis pintados por los niños en los campos, con lo que era su cotidianeidad en aquellos días: escenas de ahorcamientos, de fusilamientos, soldados armados, prisioneros en filas…uno de ellos representaba un árbol tronchado (¿recordáis, el símbolo de la madre muerta en el cementerio de Varsovia?) con una inscripción en yiddish: querida mamaíta
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En lo que fue el despacho de Schindler está su mesa con un par de teléfonos (de los antiguos, de bakelita), algunos portafotos, tinteros y un flexo. La sala es grande. Justo enfrente, y contenidos por una tela metálica, una instalación hasta el techo de los cacharros que se fabricaban allí: perolos, jarras, bandejas… Si lo rodeamos por detrás, un gran panel con la lista de los 1.200 Schindlerjuden: aquellos 1.200 afortunados a los que consiguió salvar la vida. Pero ya en el museo de Auschwitz nos esperaba otro listado de nombres: los de 4 millones de judíos de los 6 millones que murieron, y de los que al menos ha quedado la memoria. El resto, los otros dos millones, me dijo Mario que ya será muy difícil recuperar ni siquiera el nombre, quedan pocos supervivientes, no más de 15.000 en todo el mundo, ya muy mayores, casi cada día muere alguno y de los que quedan su memoria flaquea cada vez más, aunque las investigaciones continúan a otro nivel y, en goteo, se consigue identificar a muchos. 
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           Buscando apellidos de antepasados entre los cuatro millones del listado
El listado de las víctimas del Holocausto en cuestión eran dos enormes libros, a guisa de guía telefónica pero a lo bestia. Con páginas de aproximadamente un metro de alto por cuarenta o cincuenta centímetros de ancho, a doble cara, y a lo largo de cuatro o cinco metros, quizá más, por cada lado. Allí estaban registrados por orden alfabético de apellidos y, en cada apellido, los nombres. Si había datos, constaba lugar y fecha de nacimiento, y lugar y fecha de la muerte. Obviamente en la mayoría eran registros incompletos. Muchas personas, civiles y militares, hojeaban los registros, en busca de algún antepasado o algún pariente. Venían de muy lejos, de Israel y de otros sitios, y podías ver a muchos que, cuando encontraban algo, fotografiaban con sus móviles las páginas. Nuestros dos compañeros argentinos de viaje: “B