Cómo hacer un desamarre en Tánger (y no liarla)

Como decía Jack el Destripador: vayamos por partes:

En primer lugar, y para aquellos que no lo sepan, un desamarre no es cuando a un barco en el puerto se le sueltan las amarras para liberarlo y partir, que también es éso. Pero en este caso, un desamarre es un protocolo, más o menos ritualizado y más o menos mágico para los que están muy “pillados” en las cosas del amor -en todas sus variantes-  olviden a esa otra persona, para que se la saquen de la cabeza de una vez por todas y puedan liberarse…lo mismo que el barco en el puerto, y vuelvan a normalizar su vida y sus sentimientos. No sé si me he explicado.

Hay muchas personas que creen a pies juntillas en amarres y desamarres, sobre todo en lo primero. Corazones solitarios, fijaciones eróticas, seres despechados…el compañero de la oficina que es que ni nos mira, la vecinita del tercero que ignora nuestras seductoras sonrisas, el ex-novio o ex-novia al que no hay forma de olvidar ni de recuperar para nuestra causa. Y mucha gente que, sobre todo desde el tropical y calentorro Caribe, se ha especializado en ofrecernos fórmulas mágicas, infalibles, en forma de conjuras y recetas con todo tipo de ingredientes a cada cual más pintoresco o asqueroso -imaginaros lo que queráis y acertaréis- para que el ingrato o la ingrata, por fin, caigan rendidos a nuestros pies. O bien, en el caso del desamarre y como decía al principio, desenamorarse o, en el mejor castellano, desencoñarse de una puta vez, ¡que ya está bien, hombre!.

Pues el caso es que una amiga mía se había enamorado como una perra de un marroquí, al que conoció por ser el hermano del novio de otra amiga suya. Y como el chico vivía en Marruecos, pues ahí estuvo mi amiga yendo y viniendo cada vez que podía a ver al chaval del que estaba coladísima. Un viajecito, cada vez. La verdad es que el marroquí era guapísimo, ya se encargó mi amiga de enseñarme un par de fotos, estaba como se suele decir como un queso, pero tanta distancia y tanto viaje al final hicieron mella y decidió cortar con él. Pero no había forma de quitárselo de la cabeza. Y para éso quería hacer, ¿el qué?, pues un desamarre como dios manda. Bueno, Dios o Alá, pero necesitaba olvidarle.

Como mi amiga sabía que yo había viajado a Marruecos unas cuantas veces me preguntó un día -yo aún no sabía nada- si cerca de Ceuta o de Melilla había desierto. –¡Hombre, pues desierto, desierto, no, para éso hay que viajar bastante más al sur!. Mi amiga, desolada, me insistió: –¿Muy al sur?. -Si quieres desierto-desierto si, más de quinientos kilómetros. Y ya me explicó un poco más.

Soluciones numerológicas, que no numéricas

Mi amiga -por caballerosidad no diré su nombre- es un poco bastante esotérica. Cree en estas cosas y otras parecidas. Me contó lo que le pasaba, y me dijo que su profesor de numerología…*

*Nota Bene: no confundir con un matemático ni un licenciado en Ciencias Exactas, no. La numerología es otra más de las pseuciencias por la que, mediante tu nombre, fecha de nacimiento y unas operaciones cabalísticas establecen tu número vital y, de acuerdo con él, vaticinan tu personalidad, tu futuro y unas cuantas cosas más. Tal cual lo dicen os lo cuento. Yo no creo en ésto pero el que quiera, pues adelante*

…al consultarle su problema a su profesor de numerología, se supone que el hombre estaría bien enterado, le estableció las pautas para un desamarre. Lo primero, necesitaba un desierto. Lo segundo -me iría enterando sobre la marcha- un conjuro. Lo tercero, dos figuras que representasen a la pareja en cuestión. Lo cuarto, un mapamundi…y algunas cositas más… Cuando mi amiga me dijo lo del desierto y tras preguntarle los detalles me explicó que tampoco hacía falta un desierto al uso, con sus dunas, sus camellos y sus oasis, que bastaría con una amplia extensión arenosa y de horizontes despejados. Se me ocurrió, y así se lo dije, que en las afueras de Tánger -por poner un sitio cercano y más accesible que el lejano desierto- hay unas playas infinitas y solitarias al sur del cabo Espartel, donde el Mediterráneo se abre hacia el extenso océano Atlántico.

A mi amiga le pareció bien. Hacía poco que unos amigos me habían regalado con ocasión de mi cincuentaavo o quincuagésimo cumpleaños, una estancia en una casa rural por el término de Conil, en Cádiz. Le propuse, si le parecía bien, y así se lo pareció, irnos un fin de semana a la casa rural y desde allí a Tarifa, para coger el ferry hasta Tánger. Lo planeamos y en pocos días, nos fuimos. Previamente me pidió, y no quise preguntar, unas vendas, unas escayolas y alguna tijera fuerte.

A Tánger, dispuestos a todo.

Fuimos desde Conil hasta el puerto de Tarifa. Hacía muy poco que se había establecido el servicio del fast-ferry entre Tarifa y Tánger por la compañía marroquí Limadet, abreviatura de Lignes Maritimes du Detroit (Líneas Marítimas del Estrecho), treinta y cinco minutos de trayecto en vez de las clásicas dos horas desde el puerto de Algeciras. Nos esperaba una grata sorpresa: para promocionar la línea del fast-ferry al sacar billete de ida y vuelta la compañía regalaba una visita guiada por Tánger con comida incluída y la ventaja de no necesitar pasaporte ni visado, con el billete ya iba todo incluído. Por supuesto lo aprovechamos, ya sólo la comida te amortizaba el billete.

Embarcamos pues y al llegar a Tánger nos aguardaba el guía, un hombre ya mayor, delgadito y ágil que hablaba todos los idiomas: iba pasando del español al francés, al inglés y al alemán, pastoreando un grupo internacional de turistas de los que enseguida me di cuenta hablando con ellos y por su actitud de que para todos -excepto nosotros- era la primera vez que visitaban Marruecos. Yo ya había estado varias veces en Tánger, ciudad que me gusta mucho y en la que vivía un amigo mío del colegio, Manolo, profesor en el Colegio Español, en cuya casa me había alojado a menudo. Conocía bastante bien Tánger, como es lógico.

Me hizo gracia formar parte de una visita guiada recorriendo la kasba y la medina, por calles que conocía bien, bajo las atentas explicaciones en su “multilengua” de nuestro guía particular. El grupo le seguía obedientemente y arracimado cual el rebaño de ovejas sigue a su pastor, un tanto temerosos de aquellos siniestros nativos de piel oscura y con chilabas, sin duda peligrosos yihadistas todos ellos. Hacía muy pocos años habían volado las Torres Gemelas de Nueva York, había que tener cuidado.

Tras el recorrido y tras la visita obligada a un par de tiendas, sin duda conchabados con el guía que se tomó su té con menta hablando con el dueño sin prisa, mientras los turistas curiosearon todo, les vendieron alfombras y artesanía variada -¡ojo, que yo compré una lámpara de colgar azul para mi casa que bien bonita está, no quisiera ir de alma pura ni de estupendo!- pues nos fuimos a comer. Típico restaurante-palacete marroquí donde nos acomodaron a todos y en el que fuimos degustando los platos de la cocina marroquí: tallín, pinchitos morunos, harira, ricos postres con miel, te con menta al final y entre medias un numerito de danza del vientre, todo muy marroquí… A mi lado se había sentado un norteamericano, creo recordar que me dijo era de Kansas al que, ante sus dudas, le fui explicando un poco de qué iba cada plato y lo de la danza del vientre, el hombre estaba muy agradecido. -Do you know Morocco? (¿conoces Marruecos?)… -Yes, sometimes (si, varias veces)… y se le veía un tanto asombrado por mi reinsistencia magrebí, sin duda algo se ocultaba ahí y más tarde tuvo la prueba .

Pero no me olvidaba de nuestra misión. Pensé en abandonar al grupo y coger un taxi hasta la playa de Espartel que estaba un tanto alejada pero en uno de los recorridos con el bus donde íbamos con el guía pasamos junto a la playa de Malabata y pensé: ¡éste es el sitio!. Tánger se sitúa sobre una amplia bahía, la de Malabata, y a sus pies se extiende una hermosa playa, de punta a punta. La ciudad vieja y el puerto estaban allí mismo, en su extremo oeste, podíamos ir andando. Lo hablé con mi amiga y estuvimos de acuerdo. Pero antes nos tocaba ver a los camellos.

Era domingo, por cierto, y a los tangerinos les encanta pasear los domingos por la tarde. Fuimos con el bus a un parque, en las afueras, una colina con un espeso pinar, donde muchas familias aprovechaban para su esparcimiento. El guía nos explicó y todos -alemanes, franceses, ingleses, americanos y españoles- nos enteramos que íbamos a un sitio donde había camellos y el que quisiese podía subirse y por un módico precio hacerse una foto…¡Vaya horterada!, le comenté a mi amiga, seguro que nadie se sube. Pero para mi asombro y al parar el bus junto a un camello enjaezadísimo, lleno de borlas rojas, preparado al efecto, tooodos los turistas se atropellaron corriendo, encantados, dispuestos no sólo a hacerse las fotos junto al animal, sino a subirse dando grititos -los camellos cuando se levantan dan bruscos bandazos- y hacerse muchas más fotos encima de él….

Homo sum, humani nihil a me alienum puto…que podemos traducir del latín como: “Hombre soy, nada humano debe serme extraño”…cita del Heautontimorumenos (“El enemigo de sí mismo”), del escritor latino Terencio. Y tras este latinajo y tamaña pedantería, aquella bonita tarde de domingo tangerina volví a darme cuenta una vez más que sí, que nada humano debe serme extraño. Lo que para mí era tamaña horterada para aquellos turistas neófitos en cuestiones marroquíes era el no va más, todo era very tipical y bien contentos que enseñarían las fotos presumiendo de tamaña aventura a sus parientes y allegados en sus lejanas y frías tierras…

Aún faltaba un detalle: mi compañero de mesa, el de Kansas, al ver que yo ni hacía cola ni demostraba el menor interés en subirme al camello me preguntó extrañado por qué no quería. -Why not?… A lo que le contesté la verdad: hacía muy poco que había estado montando -en camello, por supuesto- con los tuareg en el desierto por Tombuctú…a lo que el buen hombre, abriendo unos ojos como platos y mirándome muy serio debió pensar: ¡lo sabía, lo sabía, es un yihadista infiltrado!…

El desamarre

Habíamos comido, habíamos dado unos paseítos por Tánger, hasta había comprado una preciosa lámpara azul y tocaba entrar en faena. Le pregunté al guía plurilingüe si podíamos volver por separado. ¡Por supuesto!, nos dijo, quizá aliviado de quitarse de encima un par de tipos del grupo aunque tampoco le habíamos dado ninguna guerra, con vuestro billete podéis volveros en otro barco. Así que, cuando se dirigieron al puerto, nos despedimos del resto -el de Kansas seguía mirándome muy serio: ¡lo sabía, lo sabía, y ahora se van con la célula!- y en cinco minutos estábamos en la playa.

Domingo por la tarde, ya dije, y mucha gente paseando por la playa. Recuerdo entre otras cosas un chaval al que en mi imaginación puse de nombre “el Loquito” que él sólo y con el pantalón arremangado, correteaba persiguiendo las olas y de vez en cuando se remojaba el torso con las manos. Pero casi todos eran grupos de jóvenes que deambulaban por ahí, sin prisa porque, como dicen en Marruecos, “la prisa mata”. Mi amiga llevaba un paquetito en su capacho. Cuando le pareció bien, se sentó en la arena y sacó el paquetito. Lo desenvolvió y sacó un par de muñecos: una Barbi pelirroja -ella-  y un muñeco que representaba un moro -lo más parecido que encontró a su futuro ex-novio-. Un mapamundi, que desplegó, las vendas que me había pedido, un papel con el conjuro-antiamarre que le dió su profe de numerología y unos cuantos rotuladores de colores. Según iba sacando cosas, yo flipaba cada vez más.

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Apártate un poco, me dijo. Me aparté unos diez o quince metros, tampoco quería dejarla sola, no le iba a pasar nada pero los marroquíes pueden ponerse un poco pesaditos. Mi amiga, a todo ésto, es pelirroja y buena moza, el sueño erótico de todo magrebí pero, para mi asombro (volvemos a la cita de Terencio) y aunque la miraban mucho mantenían una prudente distancia, ni se le acercaban porque empezó a hacer cosas un tanto raras: mientras musitaba el conjuro comenzó a partir en trocitos los dos muñecos. Cuando acabó, los envolvió  con cuidado utilizando las vendas. A todo ésto se remangó la falda y las mangas -¡menuda idea en Marruecos!- y empezó a pintarse cosas, luego supe que eran nombres de ciudades de todo el mundo en piernas y brazos. Una vez pintada, envolvió de nuevo el paquete con el mapamundi y haciendo un hoyo en la arena, lo enterró todo.

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-¡Ya está!, me dijo sonriente. –¡Pues vámonos rápido!, porque me imaginaba que, en cuanto nos diésemos la vuelta, todos aquellos chavales que no le quitaban ojo se acercarían a ver qué había enterrado aquella perra infiel, y en cuanto descubriesen la figura de un moro hecha pedazos quizá, tal vez, más de uno especialmente concienciado podría incluso mosquearse por la ofensa -no es broma, para estas cosas los musulmanes se mosquean rápido- y ahí sí que podrían aparecer los yihadistas que tanto miedo le daban a mi amigo el de Kansas reclamando venganza…

Aceleramos camino del puerto que estaba ahí mismo, aunque no dejé de mirar por encima de mi hombro un par de veces, pero hasta que no entramos en las instalaciones portuarias no me sentí tranquilo, aún me temía escuchar detrás unos alaridos amenazadores y unos moros corriendo hacia nosotros blandiendo gumias. Mi amiga lucía una sonrisa de beatitud. Ya de vuelta a España en el barco me fue explicando el proceso: la recitación del conjuro antiamarres, el por qué de los muñequitos, el hecho de romperlos, el mapamundi como apertura de horizontes -mentales y sentimentales- y las ciudades pintadas sobre su cuerpo.

Creo casi innecesario aclarar que a las dos semanas su ex-novio marroquí se vino a trabajar a Bilbao, y volvieron a liarse. Aún les duró un año.

 

 

 

 

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Stripper por un día o, ¡lo que hay que hacer por las amigas!

Se casan

Me llama mi amiga Pati:

-Hola, Santiago, ¿qué tal?. Mira, te llamaba por una cosa. 

Pues tu dirás.

Mira, no sé si sabes que se casan Sonia y Cristina, la francesa (para aclarar, se casaban cada una con su novio, por separado, no entre o contra ellas)…. 

¡Anda, qué bien, pues no lo sabía!. (Las dos forman parte de una panda de amigas con las que hasta hace pocos años nos veíamos en Madrid).

Pues el caso es que nos vamos a juntar todas las amigas en El Escorial para una pequeña despedida de solteras. Pensábamos cenar allí, tomar unas copas…vamos a reservar en el Hotel Victoria y, bueno, había pensado darles una sorpresa. Y lo que no sé, o si tu sabrás, si hay por allí algún “boys” para pasar un rato divertido…

¡Hombre, qué buena idea!… Yo (puse una voz muy digna), por supuesto, no frecuento esos sitios de mala nota (nos reímos)…pero que yo sepa no, no hay ningún “boys” por la zona. Pero…(y aquí entró en juego mi imaginación)…si quieres te organizo yo algo de ésto, con unos amigos, y hacemos de strippers nosotros mismos…

-¡Uy, estaría genial!…

-Pues dime para cuando, y lo voy preparando…

Y así fue como me lié, para el sábado 5 de Diciembre del 2012, con la idea de preparar un espectáculo de “boys”. Lo primero, necesitaba contar con algunos amigos. Lo segundo, la ropa. Lo tercero, el local y la música. Lo cuarto, quitarnos de encima, además de la ropa, la vergüenza…

Aquella misma noche se lo conté a mi hija Maya (podéis consultar en Google su correo mayapixelskaya, su tienda virtual shopmayapixelskaya.com y su blog historic.trash), con la que había quedado para cenar en Madrid. Y como la “niña” es (casi) peor que yo para muchas cosas se rió mucho, le pareció una idea excelente y comenzó a darme ideas. Me dijo que acababa de ver en la calle Preciados, en el escaparate de la lencería Intimissimi, “algo” que me podría valer. Tras cenar, nos acercamos a verlo: se trataba de unos calzoncillos de gala elegantísimos, casi como de frac, negros con botoncitos y ribetes blancos, y con el añadido de unos tirantes finos, negros, sujetos con botones a la prenda. ¡Genial!, le dije, ya tenemos parte del “uniforme”…

El staff

Hablé con varios amigos para intentar convencerlos… A todos les hacía mucha gracia, pero a todos les daba muchísima vergüenza. Al final, y no sin trabajo, convencí a dos amigos: Juan Carlos, frutero de San Lorenzo, motero, aficionado a la juerga, y Lee, médico-acupuntor surcoreano. Lee me había tratado de alguna lumbalgia y nos habíamos hecho íntimos. También le gustaba el cachondeo. Juan Carlos lo tuvo claro desde el principio y no hubo arrepentimientos de última hora.

Pero Lee, pocos días antes y en un par de ocasiones aún me envió un par de whatsapp excusándose y diciendo que no podía venir a la fiesta… Para decidirle sólo tuve que responderle, de forma muy educada y diplomática:

-Tú lo que eres es un maricón y un cobarde y ya he comprado la ropa. Como no vengas te doy un par de hostias…(que conste que Lee está cachas, practica Taekwondo y esgrima de katana). Le convencí.

La impedimenta

Estuve barajando la posibilidad de pantalones con velcro, para poder quitárnoslos de un tirón, llegado el momento, como en la película Full Monty, pero era más complicado. Ya había comprado tres calzoncillos de los de Intimissimi, pero dado que el evento era un 5 de Diciembre y aunque estaríamos en un local, para esas fechas hacía mucho frío en El Escorial. Para cubrir el torso y para ir los tres iguales, adjunté tres camisetas que guardaba como oro en paño de cuando presenté mi tercer libro, ¿Qué le pasa a mi gato?, y donde figuraba la imagen de un gato, dibujada precisamente por mi hija para la portada.

Teníamos que taparnos la cara (inicialmente) porque a mí las chicas sí me conocían. A tal fin conseguí tres caretas de las que usaban los Indignados, las de Anonymous, las de V de Vendetta, inspirada en el católico Guy Fawkes que en 1605 intentó volar el parlamento de Londres. Para completar el camuflaje y dado que faltaba poco para la Navidad, tres gorritos rojos de Papá Noel. Y ya, para redondear el disfraz, y a juego con los elegantes calzoncillos, tres pajaritas. Para completar y seguir con el numerito, alguna gorra de policía y algunas esposas…

El local y la música

Hacía falta un local despejado y de confianza. Hablé con mis amigos Jóse y Silvia, dueños del Clipper, local de copas con buena música de fondo y que estaba, además, muy cerca de mi casa. Como a todo el mundo, les hizo muchísima gracia la idea, y además iban a hacer negocio. Estuvimos preparando una selección de música con temas idóneos  de strip-tease , del tipo de You can leave your hat on, todo un clasico de Joe Cocker, como You sexy thing, de Hot Chocolate, o como Moving on up, de M People…además de unas cuantas más que ya irían saliendo.

El día D y la hora H

Sábado 5 de Diciembre de 2012. Aquel día se murió un viejo amigo, al que hacía más de un año que no veía, me avisó su hija, y aunque al día siguiente estuve muy resacoso me acerqué a despedirle al tanatorio. Pero aquella noche estaba ya todo dispuesto para el espectáculo de los “boys”.

Mi amiga Pati sólo sabía que tenían que dejarse caer, cuando acabasen de cenar, por el Clipper. Pero no sabía nada de nada más: ni la impedimenta, ni el numerito preparado. Sólo tenía que hacerme una llamada discreta por el móvil al salir del restaurante para que estuviésemos ya preparados. Calculaba que sería a partir de las once de la noche. A tal fin habíamos quedado los tres “boys” en mi casa a las diez, para vestirnos y picar algo. A las 9, una hora antes, se presentó Lee, nerviosísimo, con una enorme bolsa de deportes.

-¡No sé bailar, no sé bailar!…

Corrió al ordenador y descolgó vídeos de “boys”…en ellos se veían tíos cachas, musculosos, semidesnudos, con calzoncillos de cuero negro y bates de beisbol y cosas así,  contorneándose y plantándoles la entrepierna en la cara a las excitadísimas y risueñas parroquianas de los locales de strippers. Lee sudaba, angustiado….

-No te preocupes, Lee, tranquilo, no va a ser así, no va a ser así… Pero, ¿qué traes en esa bolsa?…

Y como le había avanzado lo de las gorras de policía, a Lee sólo se le había ocurrido traer un traje completo de ninja y, en sus fundas, dos katanas: una de entrenamiento, de madera, y otra de las de verdad, de brillante acero.

-Pero, ¿qué quieres hacer con éso?…

En un momento y en la soledad de mi casa, Lee me hizo una demostración de esgrima de katana. La hoja silbaba, cortando el aire, a cada movimiento…

-Mira, mejor dejamos ésto aquí, en casa. Porque como te bajes la katana las chicas se van a entusiasmar y vamos a acabar cortándole la cabeza a alguien…

A todo ésto llegó Juan Carlos. No habían visto los calzoncillos todavía. Nos los pusimos, muertos de la risa, junto con la camiseta del gato y las pajaritas. Juan Carlos se trajo un pantalón de motero, tipo zahón, que se podía quitar con rapidez. Lee y yo, unos de chándal. Para taparnos, unos forros polares. En una bolsa, las máscaras de Anonymous y los gorritos de Papá Noel.

Como la primera parte íbamos a estar con las caretas y callados, había preparado cuatro pancartas, que iríamos sacando por turnos. En primer lugar una donde ponía: ¿Quién se casa aquí?. En la segunda: ¿Queréis menos ropa? (para irnos quedando ya en gayumbos y en camiseta). En la tercera: Ésto se está poniendo más duro (y sacar las gorras de policía). Y en la cuarta, y una vez ya liberados de las máscaras: Heterosexuales, solteros y con trabajo.

Bajamos al Clipper.  Había mucha gente, estaba prácticamente lleno. Nos colocamos semiescondidos al final del local. Al cabo de un rato llamó Pati, acababan de salir del restaurante e iban andando hacia el bar, llegaron en diez minutos. Además de Pati y las dos novias, Cristina y Sonia, había cinco o seis chicas más. Venían riéndose. Esperamos a que pidieran las copas y, discretamente, nos pusimos las máscaras y los gorros (seguíamos tapados por los forros polares), le dí la señal a Jóse para empezar con las canciones y armados con la primera pancarta, salimos al ruedo.

Comienza el espectáculo

Había que vernos: tres tíos con la careta de Anonymous y gorros de Papá Noel, silenciosos y con una pancarta donde decía: ¿Quién se casa aquí?, señalando con el dedo a todas y cada una de las chicas que había en el local, que se reían diciendo: ¡No, yo no!, y dejando para las últimas, como corresponde, a las interfectas. Desde su grupo empezaron a gritar: ¡Éstas, éstas son las que se casan!…

Ya centrados y frente a ellas, contoneándonos como dios nos daba a entender, pero sin quitarnos las máscaras, sacamos la segunda pancarta: ¿Queréis menos ropa?… Todo el mundo aullaba en Clipper: ¡¡¡si, si, menos ropa!!!…y empezamos a bajarnos, lo más sensualmente que podíamos, o sea, poco y torpemente, la cremallera de los forros polares, y a quitarnos los pantalones, mostrando al tendido nuestros estupendos y elegantísimos calzoncillos…DSCN5024

El público y, en especial, nuestras chicas, se doblaban de la risa, nos silbaban en plan piropo, nos gritaban ¡tíos buenos! y demás expresiones al uso…en un momento dado, y dado que estábamos sudando como pollos, nos quitamos los gorros de Papá Noel y las caretas, y aunque hacía unos años que no me veían me reconocieron al instante:

-¡Pero si es Santiago….Santiago!…

Ya fueron todo besos… para mí, para Juan Carlos y para Lee… Juan Carlos es mucho más desenvuelto, estaba encantado con todas aquellas chicas. Luego contaría -yo no lo ví- que más de una le metió mano al paquete e incluso le arrancaron la camiseta, pero Lee…el tímido Lee… el vergonzoso Lee…aquella noche descubrió el paraíso y a sus huríes. El que no sabía bailar, decía… ¡No paró en toda la noche, arrimado a una o a otra, a todas!. Durante muchos días después no paraba de repetirme: ¡Nunca había bailado tanto!... Sacamos las otras dos pancartas, con gran jolgorio por parte del respetable. La música no paraba, las copas tampoco (las chicas no nos dejaron pagar ni una)…DSCN4947

Perdí las gorras de policía y las esposas. El resto de la parroquia del Clipper se nos unió, bailaba todo el mundo, todos estaban encantados y, muy especialmente, las chicas, que lo recordaron durante mucho tiempo como una de sus mejores fiestas. Hasta nos llegamos a plantear dedicarnos a ésto profesionalmente. Pero cuando le tocó el turno de casarse a Cristina, la francesa, el 14 de Febrero, y nos propuso repetir el numerito antes de su boda dijimos que no: el factor sorpresa es el factor sorpresa, y las repeticiones ya no son lo mismo.

Ya no recuerdo ni a que hora acabamos. Les regalé los calzoncillos a mis colegas, como recuerdo y por lo “sudaos”. Las camisetas sí se las pedí porque para mí valían mucho. Y al día siguiente, molido y resacoso, aún fui al tanatorio a despedir a mi amigo.

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Una carta de amor

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Distinguida señorita:  Aunque mis contínuos paseos a lo largo de su calle y las miradas a lo alto de sus balcones le hayan podido dar una leve medida de la desazón que comienza ya a acibarar mi vida…

Ernestina, dulce muñeca sentimental: Ante la necesidad de expresarte el sentir, los ímpetus de mi corazón torturado….

Se supone que ya nadie escribe cartas como éstas, sacadas de un manual para escribir epístolas de amor de comienzos del siglo XX. Pero suponer que una carta de amor es una antigualla de los tiempos de nuestros abuelos implica no sólo cometer un grave error de apreciación, sino también desperdiciar una buena posibilidad en el juego sentimental.

¿Por qué una carta, en estos tiempos en que es tan fácil llamar por teléfono?… Y cuando digo carta no excluyo modernos medios, como los e-mail.

Una palabra escrita tiene mucha más fuerza, mucho más peso que una palabra expresada por la vía oral. Lo que se dice no deja huella, no hay constancia, una vez que el oído la percibió se evapora, desaparece, puede olvidarse, no existen pruebas.

Lo que se escribe, por el contrario, es un testimonio que podemos releer tantas veces como queramos, que nos devolverá a la memoria, por mucho tiempo que haya pasado, aquel sentimiento que la inspiró. Pero, además, la palabra escrita penetra con más fuerza en la memoria que ninguna otra forma de conceptualización de una idea. Esto sucede a causa de la fuerza que posee la memoria visual.

Muchos hombres pueden pensar que expresar sus sentimientos es signo de debilidad y, sin embargo, pocas cosas sorprenden más agradablemente a una mujer que recibir una carta de amor.

A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas, y todos queremos que nos quieran. Desde la psicología a la biología, registran como un hecho inherente al comportamiento humano la necesidad de amar y ser amado. Quienes consideran cursi la expresión de un sentimiento, lo único que hacen es erigir barreras para que su propia afectividad pueda manifestarse. Los sentimientos no han desaparecido. Simplemente se encuentran reprimidos hasta el punto que hemos olvidado la forma de manifestarlos y perdido la costumbre de hacerlo.

¿Cómo se escribe una carta de amor?. Desde luego que el estilo ha cambiado. Escribir, hoy día, frases como

…porque desde hace mucho tiempo, amiga mía, siento tal naciente amor por usted, que su recuerdo ilumina la triste nostalgia de mis horas lejos de su presencia y pone en mis noches de insomnio una amargura que quisiera mitigar…

quedarían un tanto obsoletas. Lejanos quedaron los tiempos de la poesía arábigo-andaluza, con sus matices, o la poesía juglaresca, con su idealización del amor.

Las reglas que los antiguos manuales aconsejaban, tanto para enviar: dedicatorias, frases inflamadas de pasión…, como para contestar: qué perfumes añadir al papel, qué color, tiempo de respuesta…no menos de tres ni más de cinco días…se quedaron relegadas a los tiempos del lenguaje del abanico.

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No hay que esforzarse en pretender ser un poeta. Si exige alguna regla, ésta consiste en ser natural, espontáneo. Expresar con claridad los sentimientos, sin sentir vergüenza por ello.

Vale la pena intentarlo. A lo mejor descubrimos que no es tan complicado. O nos sorprende descubrir que teníamos, oculto, un lado romántico. O, a lo mejor, lo que más nos sorprenda sea el efecto producido en la otra persona. A mí me funcionó…

 

El velatorio de Franco

 

Imagen (6)Soy el que está de frente…no, el de la “caja” no… el de las gafas y el bigote…mucho más jovencillo. 20 de Noviembre de 1975…el “veinte ene”, o 20N, como se conoció, aunque hayan pasado más de cuarenta años y para muchos, sobre todo los nacidos después, sea una fecha tan remota -y confundible, casi- como el reinado de Carlos V.

La mili

Sí, todavía se hacía el servicio militar: la “mili”, para el vulgo. Andaba yo en primero de carrera y como en aquel momento te mandaban fuera de tu región militar, el caso es que me apunté voluntario por aquello de quedarme en Madrid y no repetir curso…aunque al final acabé repitiendo de todas formas y me supuso, por el tema del voluntariado, tres meses más: quince, en vez de los doce meses que era la norma. Al menos, viví la experiencia.

Agonía y muerte de Franco

Aquel verano, el del año 1975, Franco andaba ya muy enfermo. Se ha escrito en abundancia sobre el largo proceso, el “equipo médico habitual”, las operaciones de urgencia en el Palacio del Pardo y las famosas “diarreas en forma de melena”…En el cuartel seleccionaron a los más altos y a los más guapos (entre los que no estaba yo) pero nos hicieron practicar a todos casi cada día en el patio maniobras nuevas como el “paso lento” y cosas similares, de cara a un funeral. Nadie de nuestros superiores nos decía nada, pero todos lo veíamos claro.

La salud de Franco ya se veía muy comprometida, pero eran tiempos muy revueltos por lo duros, y más ante las dudas que se suscitaban sobre su sucesión. Ya había designado a Juan Carlos como futuro rey de España, con aquella frase de dejarlo todo “atado y bien atado”, aunque a su muerte vendría la famosa Transición. A comienzos del mes de Noviembre el rey Hassan de Marruecos y aprovechando la agonía organizó la Marcha Verde, invadiendo la entonces colonia del Sahara Español, para quedarse. Aún tuvo las fuerzas, o la decisión, de firmar sus últimas condenas de muerte, mediante Consejo de Guerra y ejecutadas mediante fusilamiento a cinco jóvenes: tres del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriota) y dos de ETA. Los pelotones estaban formados por diez policías y guardias civiles, todos voluntarios. Aquellos fusilamientos sucedieron un día de infausta memoria: el 27 de Septiembre de 1975.

En el cuartel y a muy poco del fallecimiento de Franco, faltaría menos de una semana, nos formaron a todos en el patio. El teniente nos aclaró ya para qué estábamos practicando el “paso lento”. Y como el Ejército del Aire, en el que me encuadraba, tenía fama de ser un poco más aperturista que los de Tierra o la Marina, aún ofreció la oportunidad a aquellos seleccionados de que, si alguno no deseaba participar en las ceremonias del funeral, eran libres de decirlo…(y más puntos suspensivos)… Silencio absoluto, todos firmes como palos… No sé si alguno de ellos hubiese preferido no ir, pero no estaban las cosas como para “significarse”…

Continuó el teniente: y si alguno no seleccionado desea participar, que de un paso al frente…

Y ahí estuve yo, no sé si como un auténtico patriota, como un guerrero, como un héroe pero, serio e impasible el ademán como mandan los cánones, adelantándome a la fila con el pie izquierdo, como también mandan los cánones. Y, después de mí, dos o tres más. Debo aclarar a los que no me conozcan que yo, de franquista, de guerrero o de héroe no tengo un pelo. Más bien de antifranquista, con todo lo que el concepto engloba. Pero de siempre me ha apasionado la historia y pensé, y no me equivocaba, que iba a ser una experiencia única e inolvidable, y quise aprovechar la ocasión: voluntario para la “mili”, y voluntario para el velatorio.

El día 20 de Noviembre había programada en la Facultad un examen de química. A las cinco de la madrugada sonó el teléfono: era mi difunto ex-suegro, simpatizante comunista, adicto a sintonizar por las noches -y con mucha discreción- emisoras clandestinas del “partido” (que en aquellos tiempos sólo se refería al Partido Comunista) como Radio Pirenaica, que acababa de enterarse y me avisaba. Se adelantó por diez minutos a otra llamada, esta vez del cuartel, reclamando mi presencia. Como ni tenía coche ni en aquella época había “buhos” (autobuses nocturnos), me fui andando hasta el cuartel.

El velatorio

En el cuartel nos organizaron. Nos iríamos enterando luego. Iban a ser tres turnos de ocho horas cada uno que deberíamos pasar en un cuartel de Infantería, cerca de la Plaza de España, próximo al Palacio de Oriente donde se desarrollaría el velatorio. De aquel cuartel saldríamos cada dos horas para colocarnos junto al féretro quince minutos. Una hora de descanso y otros quince, y así las dos horas. Luego a descansar al cuartel entre tanda y tanda. En principio iba a ser media hora de plantón junto al muerto, pero los legionarios se ponían tan, pero que tan tiesos, que a más de uno le dio una bajada de tensión que acabó con él en el suelo. No era plan. Nadie debía quitarle protagonismo al “Difunto”.

Mi primer turno fue de noche. Nos sacaron del cuartel en un furgón. Desde mi cuartel en la Avenida de Portugal, lo que llamaban “La Casa de Campo” (ya que en tiempos y antes de reestructurar los límites de la Casa de Campo propiamente dicha estaba dentro de ésta) y hasta llegar al Palacio de Oriente, fuimos bordeando el río Manzanares para subir por la Cuesta de la Vega. Me asombró ver las larguísimas colas kilométricas que ya, desde el río, subían hasta el palacio. Podían ser las tres de la madrugada y a finales de Noviembre, y más junto al Manzanares, hacía un frío de muerte. Había, creo, tres colas más, éstas desde el centro de Madrid, pero en ésta es donde más frío debieron de pasar. Hombres, mujeres y niños. Dudo que todos fueran franquistas nostálgicos, pienso que muchos de ellos sólo querían asegurarse y verlo (en el fondo, como yo). Cuentan, y me lo creo, que se agotaron las botellas de cava en los comercios con las que miles de españoles celebraron, en la más estricta intimidad, la muerte del dictador.

El espectáculo

El ambiente en el cuartel era de soldados, policías y guardias civiles con cara de sueño, dejando pasar las horas entre turno y turno en la cantina, dormitando, bebiendo o jugando a las máquinas de pinball, cuando estaban libres, que no era nunca. El que tuviese a su cargo la cantina debió hacer el negocio del siglo. Pero el ambiente en el palacio era mucho más selecto: bullía de militares de alta graduación, engalanados con sus mejores uniformes, o de políticos, o de lo que se llamaba “grandes personalidades”, nadie podía faltar a la cita, nadie podía excusarse de “presentar sus respetos” al difunto Caudillo.

Nos colocaron a cada lado del féretro: Tierra, Mar y Aire, Policía Armada (los “grises” en aquella época) y Guardia Civil. Como se puede ver en la foto, los fusiles con el cañón hacia abajo. Correajes de gala y cascos o gorras hacia atrás. Detrás nuestro, y haciendo sus turnos, los “altos mandos”. Justo delante de nosotros, a dos metros escasos, el Difunto. Siempre fue bajito, pero me llamó la atención lo pequeñito que se había quedado. Por uno de los orificios de su nariz se veían aún las marcas de los tubos que le habían colocado para el oxígeno.

El espectáculo estuvo en la gente. Durante dos o, no recuerdo bien, tres días, un flujo ininterrumpido desfiló ante el féretro. La inmensa mayoría en silencio y sin apenas detenerse. Algunos dejaban flores. Otros y otras, como dicen los “de izquierdas”, se paraban delante llorando, cayendo de rodillas, haciendo el saludo fascista brazo en alto, gritando ¡Arriba España! o soltando perlas como una señora: ¡Ay, Franquito, qué solos nos dejas!… Mi compi de velatorio y yo ya habíamos pactado no mirarnos a los ojos pasara lo que pasara, por si acaso, para evitar la terrible tentación de esbozar tan siquiera una sonrisa, lo que podía suponernos, como mínimo, calabozo y condena, ya no sé si incluso acabar ante un pelotón como los pobres desgraciados del FRAP. Aunque a veces, os lo aseguro, fue difícil aguantar.

En aquellos días se hicieron miles de fotos que aparecieron en toda la prensa. Las buscábamos para vernos y cuando encontrábamos algún compañero se las pasábamos. Pero la mejor foto, con diferencia, es con la que encabezo esta entrada, y en la que me honro en aparecer. Por el color y por el encuadre. Figuró en varias revistas. Figuraba también en la portada de la caja del video “oficial” del velatorio (aún no existían los DVDs…ni los teléfonos móviles, ni los ordenadores portátiles, eran otros tiempos). Pero, sobre todo, salió en el primer fascículo de una enciclopedia llamada La Historia se confiesa, de un historiador franquista, Ricardo de la Cierva, y que debió aprovechar la ocasión, ésa que pintan calva, para meter en el primer fascículo la muerte de Franco.

Lo compré, por supuesto. Pero cuando se la enseñé a mi madre, entusiasmada, debió agotar todos los de los quioscos del barrio para recortarla y enviársela a todos sus amigos y parientes (y tenía muchos). Aquello supuso sin duda el fin de mi aún no comenzada carrera política. Bien es verdad que durante un tiempo la llevé en la cartera para enseñársela a mucho nostálgico, respondiendo a sus emocionadas preguntas ante los cafés o cañas con que, agradecidos, me invitaban.

El rapto de Inocencia

barbacoa Paco y barco Jóse 001

Ésta es una historia absolutamente verídica. Os pongo en antecedentes.

 
Inocencia y el Parque del Retiro
 
Inocencia era mi perra Fox Terrier. Debía su nombre a que nació justo el Día de los Inocentes: el 28 de Diciembre de 1992. Murió a los catorce años y pico de edad, pero para cuando se produjo su secuestro yo llevaba trabajando ya varios años, desde 1995, en una clínica veterinaria:  la Clínica Gattos, que abrí junto a mi entonces socia Marisa Palmero en aquella fecha, y que estaba situada en la Avenida de Menéndez y Pelayo de Madrid, justo enfrente del Parque del Retiro. 
 
Acostumbraba a dar a Inocencia (“Ino”, para los amigos) largos paseos, al menos una vez al día, por el Retiro. Como prácticamente vivía en la clínica y tenía muy buen carácter ya la conocían todos los clientes. Pero algunas veces, a mediodía, y si no tenía tiempo para acercarla al parque y la veía con ganas de salir, simplemente le abría la puerta para que se diese un paseíto por la acera, con la intención de que hiciese un pis y poco más; enseguida estaba de vuelta rascando tras el cristal. Yo estaba al tanto y la dejaba pasar.
 
El 24 de Julio de 2002
 
Aquel día (es así como comienzan las grandes historias) la dejé salir pero, liado con el trabajo, no me dí cuenta hasta el cabo de un rato que Ino no había vuelto. Me asomé a la calle…Salí a buscarla, recorrí toda la acera. Generalmente sus paseos se limitaban a la manzana, pero seguí sin encontrarla. Crucé un par de calles, y nada…¿dónde podría estar la jodía perra?, pensé… ¿No se habrá atrevido a cruzar Menéndez Pelayo (tres carriles en cada sentido) para irse al Retiro?… Crucé hasta el parque y busqué por nuestra zona de paseos habituales, hacia el estanque, pero no hubo éxito.
 
Fue ya al cabo de un par de horas desesperantes cuando unos clientes que la conocían bien me dijeron que les había parecido verla, en el Retiro, pero mucho más para allá, enfrente del Hospital Infantil del Niño Jesús, a unos 200 ó 300 metros, junto a una pareja, joven, que estaban comiendo en la hierba y, al parecer, picoteando de lo que le daban… Ino vendería su alma a Satanás por un trozo de lo que fuese, éso bien lo sabía yo. El hombre, me contaron, llevaba un mono blanco. Sin duda uno de los obreros que estaban trabajando en las reformas que, por aquellos días, estaban haciendo enfrente, en el Hospital. Me acerqué para allá pero no vi ni a la perra ni a ningún obrero. A esas horas seguramente había acabado el turno de trabajo y ya se habían ido. Si se trataba de aquella pareja, posiblemente se la hubiesen llevado…
 
Comienza la búsqueda
 
Aquella misma noche sembré de carteles la zona del Retiro, tanto dentro del parque como en las aceras de las calles y, como es lógico, en la puerta de la clínica. Incluso pegué varios en el Hospital: en la cafetería y por la entrada: Extraviada perra Fox Terrier. Tiene microchip. Responde al nombre de Inocencia. Se gratificará. Por otra parte envié un correo electrónico a todos los colegas de Madrid a través del Colegio de Veterinarios informándoles del suceso y rogándoles que me informasen si se enteraban de algo relativo a Ino (todavía años después me preguntaban por ella).
 
La noticia corrió como la pólvora entre vecinos y clientes, casi todos gente del barrio, que se acercaron a preguntar, muy preocupados. Algunos se lo tomaron tan a pecho que patrullaban el Retiro todos los días, buscando a Ino. Pero las mejores pistas me las dio el matrimonio que me había informado en primer lugar. Me dieron una descripción de la chica. De su pareja, sólo que llevaba un mono blanco.
 
Al día siguiente, 25 de Julio, era aquel año fiesta nacional (el Día de Santiago, patrón de España) y los obreros no trabajaron. De todas formas me acerqué al Hospital del Niño Jesús donde me informaron del horario de los obreros, de su pausa para comer y cuando acababan su turno: a las 6. Mi cartel seguía allí pegado, en la cafetería. Al día siguiente, viernes 26 de Julio, me acerqué a la hora en que comían los obreros y, disimulando, fui mirando de lejos a los que llevaban un mono blanco. Estábamos a finales de Julio y hacía calor, y sobre la hierba se estaba muy bien como para comer. Había tres parejas de “mono blanco”. Dos de ellos eran ya hombres maduros. El otro, más joven, estaba acompañado de una chica como la que me habían descrito: morena, bajita y con una melena corta. Ambos, con cierta pinta como… “macarrilla”, por describirles de una forma fácil. El dilema era que si les preguntaba directamente por la perra y, efectivamente, se la habían llevado, podrían negarlo sin ningún problema, y luego sería muy difícil, si no imposible, recuperarla. En ésto acabaron de comer. Cruzaron la verja del Retiro. Él se fue para el Hospital y ella se subió a un autobús, no pude ver el número…
 
La red de espionaje
 
Era viernes y al día siguiente, sábado, ya no trabajarían. Antes de las seis, su hora de salida, estaba ya vigilando desde la acera del Retiro. La chica también estaba esperando por allí cerca. Me coloqué cerca de la parada del bus con la intención de que si, lo cogían, subirme detrás para enterarme por dónde vivían. Pero para mi sorpresa cuando él salió se dirigieron a un coche aparcado enfrente, y se largaron rápidamente… La parada del bus quedaba lo bastante lejos como para no ver el modelo (era un utilitario oscuro) ni, por supuesto la matrícula… ¡Maldita sea!… Tenía que esperar hasta el lunes.
 
El lunes era ya 29 de Julio y, en dos días más, sería 31, se acababa el mes y quizá, no lo sé, se acabaría la obra del Hospital (estaba muy avanzada) y se irían por ahí. Yo daba los pasos que podía sin saber nada a ciencia cierta: no podía saber si la pareja a la que espiaba en El Retiro se habían llevado la perra o no, y en todo caso no sabía dónde vivían. En la clínica vecinos y clientes seguían preguntando por Ino. Los “voluntarios” seguían patrullando el Retiro. Pero nada. La mañana del lunes me acerqué a inspeccionar los coches aparcados frente al Niño Jesús, a ver si alguno se me parecía en el que les vi marcharse. De entre la fila de diez o doce, varios coches de gama alta, otros de colores claros y unos pocos, tipo “utilitario”, podían responder a lo que yo buscaba. De entre ellos, uno bastante descuidado, chapa con roces y, sobre el asiento del copiloto, un par de cintas de cassette de grupos tales como Camela, Los Chichos y demás. Podía ser éste. Apunté la matrícula, 
 
 
Teníamos un cliente y amigo en la clínica, un tio supermajo aunque con pinta de delincuente, el típico chaval al que ninguna mujer le gustaría que saliese con su hija…pero era guardia civil para más señas, de los que se infiltran en grupos de camellos y traficantes (el chaval tenía muy mala pinta pero es lo que se necesita para esos trabajos), que me había dicho, visto el resultado de mis investigaciones que, si conseguía una matrícula, él, de forma absolutamente extraoficial, me podría dar el nombre del dueño y la dirección… Que quede claro que ésto es ilegal, y si me preguntase algo un juez o la policía lo negaré todo y diré que ésto es pura ficción…
 
(Continúo con la ficción). Llamé a mi amigo guardia civil y le pasé la matrícula…me dijo, muy bajito: te llamo en un rato…me llamó, y me dio un nombre y una dirección, una calle en Carabanchel Alto. ¡Bingo!. ya tenía por lo menos algún dato.
 
Martes, 30 de Julio
 
Una “voluntaria” se empeñó en vigilar mientras comían a la pareja presuntamente sospechosa, y de una forma tan entusiasta como poco discreta: pasaba una y otra vez delante de ellos, casi pisándoles, quitándose y poniéndose a cada rato unas gafas de sol o una gorrita para “disimular”…le tuve que pedir por favor (agradeciéndole el detalle) que no les vigilase más, no fuesen a acbar mosqueándose. Afortunadamente en El Retiro hay mucha gente, y bastante rara. Los presuntos sospechosos no parecieron darse cuenta.
 
A las cinco y media de la tarde había aparcado mi coche en un hueco, cinco o seis coches más para atrás, y yo estaba dentro, esperándoles. Mi intención era seguirles. Pero para cuando se subieron (efectivamente, el utilitario de las cassettes de Camela y Los Chichos era el suyo) y arrancaron, justo en ese momento venía un río de coches por Menéndez Pelayo que me impidieron salir de mi sitio. Para cuando arranqué, los había perdido de vista. ¡Desolación!. 
 
Yo estaba un tanto desesperado. Había pasado casi una semana desde la desaparición de Ino, sin ninguna pista sobre ella más que las especulaciones, totalmente especulativas (valga la redundancia) de que aquella pareja pudieran ser los autores del secuestro. Al día siguiente era 31 de Julio, se acababa el mes, mucha gente se iba de vacaciones, quizá la pareja de marras también… Se me acababa el tiempo…
 
En Carabanchel
 
Al día siguiente, volví a aparcar mi coche tras el suyo, esta vez tan sólo dejando otro entre medias. A las cinco y media estaba allí, como un reloj. Agradezco a mi entonces socia, Marisa Palmero, todo el apoyo que me dió, entre otras cosas para mis escapadas al Retiro. A las seis arrancaron, y yo detrás. Les fui siguiendo, a veces dejando uno en medio, a veces directamente pegado. Por su ventanilla bajada se dejaban oir las rumbitas gitanas. Fuimos tirando por María Cristina, Atocha, Santa María de la Cabeza…íbamos bien, dirección Carabanchel. Había mucho tráfico: víspera de vacaciones, sin duda mucha gente se había puesto en camino. El coche de los presuntos a veces se alejaba un poco más, el del mono blanco conducía rápido, y yo adelantaba a los intermedios de forma poco ortodoxa, pero procurando siempre mantenerme cerca, no podía despistarme. En un par de ocasiones se saltaron algún semáforo en ámbar, y ahí estaba yo, saltándomelo en rojo…si me hubiesen estado vigilando los municipales, me hubiese merecido un par de multas. Afortunadamente no me vieron.
 
Enfilamos la calle General Ricardos. ¡Bien!, íbamos subiendo en dirección a Carabanchel según lo previsto pero, en una de éstas, entre el tráfico y su rápida forma de conducir, inevitablemente les perdí de vista. No importaba: tenía la dirección y seguí hasta la calle en cuestión. Llegué allí y aparqué en un sitio libre con el portal bien a la vista. No se veía el coche, pero estaba dispuesto a esperar toda la noche si hacía falta, hasta que la sacasen a pasear. 
 
Padre Coraje se infiltra
 
¿Recordáis la historia de Padre Coraje?. Fue la historia real de un hombre (hicieron hasta una película) , a cuyo hijo habían asesinado (22 cuchilladas) en el atraco a una gasolinera de Jerez de la Frontera en 1995 y que, pacientemente consiguió localizar e infiltrarse en el grupo de delincuentes autores del crimen. Su drama fue que, aunque grabó una conversación con el autor donde reconocía el asesinato, los jueces lo invalidaron como prueba y no hubo condena.
 
Pues, sin llegar a éso, algo así me pasó a mi aquella tarde el 31 de Julio del 2002. Dentro del coche observé el panorama: asomados a las ventanas (y algunos mirándome a mí, al desconocido) gente mayor y no tan mayor. De vez en cuando pasaban por la calle coches de cristales tintados desde donde asomaban brazos morenos de gitanos con mucho “colorao”: relojes y pulseras de oro, y de donde salían, con el volumen bien alto, rumbitas y flamenco. 
 
Al cabo de una hora vi salir del portal a una chiquilla, 12 ó 13 años, gorda, paseando un perrito que no era Ino, pero que si vivía en la misma casa, debía conocerla. Salí del coche (atentamente vigilado por los vecinos desde sus ventanas) y me puse a hablar con ella. La conversación fue un tanto surealista:
 
Hola, ¿que tal?, es tuyo el perrito, ¡qué mono!.
-Si, es mío.
-Oye, perdí hace poco a mi perra por aquí y no sé si la habrás visto.
-Pues no sé.
-Es un Fox Terrier.
-No sé cómo son.
-Como el Milú, de Tintín.
-No sé cómo es ese perro (¿sabría leer?).
-Mira, es así. Le dibujé en un papel una figura de Fox Terrier, me salía muy bien.
¡Ay, es como la de mi padre! (¡Bingo, vamos bien!)
¿Y no puedes decirle a tu papá que me la enseñe?
-Es que ya no vive aquí (¡Vaya por dios!)
 
A todo ésto, una mujer desde dos ventanas más arriba empezó a gritarle a la niña:
 
-¡Niña, qué pasa!
-Este señor, que se le ha perdío la perra…
-Es que la estoy buscando, se me perdió hace una semana por aquí…
 
Diálogo a voces, desde la calle hasta el segundo. Todos los vecinos superatentos.
-Yo es que vivo por General Ricardos (mentira cochina), se me escapó hace unos días, y me han dicho que la vieron por aquí, y me ha dicho la niña que su padre tiene una igual.
-Ejque nos hemos separao, ya no vive aquí.
-¿Y no me puede decir dónde vive?
-Pues no. (La Ley del Silencio)
-¿Y no tendrá usted un teléfono o algo?.
-Creo que sí que tengo argo, voy a mirar.
 
La mujer bajó a la calle, mirándome desconfiada de arriba abajo. A todo ésto un niño con un monopatín se nos arrimó también, dándonos de vez en cuando en las piernas. Ni caso.
Le volví a enseñar el dibujo. La mujer lo miró atentamente. Creo que la estaba reconociendo, a Ino. El niño nos seguía dando en las piernas con el monopatín. La mujer traía un trozo de papel donde habían garabateado tres números de móvil.
 
-Me lo dejó mi marío
-¡Ah, muy bien, pues muchas gracias, voy a probar!
 
A todo ésto, desde una de las ventanas de los edificios colindantes, uno de los numerosos espectadores, un hombre más o menos joven en camiseta de tirantes, tomó parte en la conversación con la clara intención de tomar las riendas:
 
-¿Qué pasa?…
-¡Ná, el señor, que está buscando a su perra!
-Ahora bajo…
 
El de la camiseta desapareció de la ventana y, mientras bajaba y temiendo complicaciones, aproveché rápidamente para teclear en mi móvil los tres números garabateados en aquel trozo de papel. Marqué el primero:
 
-Éste número no se encuentra disponible… El segundo: misma respuesta. El tercero: dio señal de llamada… colgué el teléfono. ¡Bien!, pensé, el número quedó registrado en mi móvil.
 
El de la camiseta acababa de aparecer, con más cara de desconfianza aún que la madre de la niña gorda con la que, obviamente tenía algún nexo. El del patinete seguía dándonos en las piernas. Los vecinos, encantados con aquella distracción en sus vidas. Yo, poniendo mi mejor cara de inocente, volví a repetir la cantinela enseñándole el retrato robot de Inocencia.
 
-No, yo le decía a….a…
-Mi cuñá (bien, bien éste era el hermano del del mono blanco).
-Pues le decía a tu cuñá que yo vivo aquí cerquita, por General Ricardos, se me escapó la perra hace unos días y me han dicho que la vieron por aquí…
 
El de la camiseta me miraba cada vez con más cara de mosqueo y más nervioso. Seguro que estaba pensando: “Y éste, ¿cómo coño nos habrá localizado?”… Yo estaba ya totalmente convencido de que andaba sobre la pista correcta. En un momento dado les pegó un grito a su cuñá, a la niña gorda y al crío del patinete:
 
-¡Hala, largaos! (obedecieron la orden sin rechistar, con gran alivio para mis piernas).
 
Había un bar allí cerca y le propuse tomarnos una cervecita.
 
Confidencias en el bar
 
El bar era un resumen del barrio. Totalmente “auténtico”, como el bar de Maki Navaja. Un mostrador un tanto sucio. La parroquia, unos viejos, un par de moros, algún tipo raro y, tras la barra, un menda más sucio que el mostrador, con barba de cuatro días y una camiseta con la hoja de la marihuana, llena de lamparones (la camiseta, no la marihuana). Ni tapas, ni raciones. Si acaso, unos cacahuetes. Pedí primero un par de botellines (pagaba yo, por supuesto) a los que siguieron otros dos, y otros dos…y nos pusimos a hablar. Me pidió otra vez ver el retrato robot.
 
-No, no es la perra de mi hermano. La de mi hermano es más salpicá… (se debía referir a las manchas).
-No, si seguro que no es…
-Amás mi hermano la tié hace un mes
-No, si seguro que no es…
 
Saqué el tema personal, para ir intimando:
 
-Yo es que me he separao, que mi mujer era una hija de puta (¡si me escuchase mi ex, pensé!), y mi hija tiene un disgusto con lo de la perra que no veas, ya sabes cómo son los críos…
Más cervezas… Al de la camiseta ya le iban haciendo efecto. En una de éstas me suelta:
 
-¡Oye, que yo no he robao ná! (¡Aaaaaah, cabrón!, pensé, tu no, pero tu hermano sí. Debía pensarse que era policía. Aún me lo repitió alguna vez más a lo largo de las confidencias. A lo mejor el hermano hasta tenía antecedentes y se jugaba el puesto si había alguna denuncia).
-¡Oye, que yo no soy policía, eh! (Todo digno, con la dignidad de los sinvergüenzas). Que yo soy veterinario ná más. Yo trabajo por El Retiro. Oye, y tú, ¿a qué te dedicas?…
-Yo soy arbañil…pero micieron un contrato ful y mecharon a los tres meses y ahora estoy en el paro…
-¡Qué hijos de puta, los cabrones de los empresarios, cómo abusan de la gente!…
-¡Ya lo creo, qué hijos de puta!…Oye, y me dijiste que tabías separao…Yo también estoy separao…
-¡Vaya!, ¿y éso?.
-Pues ná. Miban a dar la custodia de los hijos porque mi mujer se puso a trabajar de puta (así, con esa naturalidad, como si me hubiese contado que se había metido al Carrefour), pero un día me tocó los cojones y estuve a punto de darle una buena paliza, la mu puta…
 
Ahí me puse en plan coleguilla-coleguilla, le puse la mano en el hombro, vehemente:
 
-¡No lo hagas, Ricardo (ya nos habíamos presentado, se llamaba Ricardo), no lo hagas, que es que te provocan y luego te buscan la ruina, las muy hijas de puta!…
-Sí ques verdá, que te buscan la ruina, unas hijas de puta, quéso es lo que son…
 
Más cervezas. Volvimos a hablar de la perra.
 
-¿Y cuanto hace que se te perdió?…
-Una semana.
-No es la de mi hermano, que la tié hace un mes…
-No, si seguro que no es…pero, ¿no podrías llamar a tu hermano y verla, pa quedarme tranquilo?.
 
Se quedó pensando un rato. Yo creo que ya se iba fiando de mi, pero aún debía pensar cómo coño les había localizado. 
 
-Mira, vamos a hacer una cosa. Tu vete a casa. Dame tu número. Voy a llamar a mi hermano y si es la tuya, quedáis pa que te la devuelva y en paz. (¡Ya estaba casi hecho!).
Oye, Ricardo, muchísimas gracias, de verdad, tío, eres cojonudo, un verdadero colega…
 
Pagué las cervezas, por supuesto, y muy bien pagadas estaban. Nos dimos un fuerte abrazo aparentando emoción como si nos quisiésemos de toda la vida. Quedé en pasarme otro día “pa tomarnos unas birritas” (jamás he vuelto a verle ni falta que hace), cogí el coche (había suerte, no le faltaba ni una rueda) y me fui contentísimo para la clínica, a esperar. Porque sabía que me iban a llamar. Pero había que ser cauto: aún no la tenía.
 
Rescatando a Ino
 
Serían casi las once de la noche. Sonó el móvil. Una voz de mujer (la novia del del mono blanco), quejumbrosa, medio lloriqueando:
 
-¡Oyeee, que la hemos tratao mu bien, que la hemos dao de comer tós los días, que hasta la hemos lavao!…
-Oye, qué bien, muchas gracias por cuidármela, muchas gracias. Dime dónde vivís y me acerco a recogerla…
-No, mira, no vengas a casa, quedamos enfrente del canódromo…pero ven tú sólo (me puntualizó. Obviamente tenían miedo de que apareciese con alguien en plan violento, o con la policía).
 
Se refería al antiguo canódromo de Madrid, en la Vía Carpetana, al otro lado de General Ricardos. Por éso me despisté al seguirlos, porque debieron torcer para la derecha en un momento dado.
 
-Vale, vale, voy solo, estoy ahí en un cuarto de hora…
 
Aún tuve la mala suerte de que un amigo y vecino de la clínica, al tanto del secuestro de Ino y que en ese momento estaba a mi lado, se enterase de que iba al punto de encuentro, en un semidescampado con unas chabolas cerca y punto de venta de droga.
 
-¡Pero…estás loco…cómo vas a ir tu solo para allá, que igual te matan!…
-Que no, tío, que están acojonados.
-Yo me voy contigo (no hubo manera de disuadirle).
Vale, pero te bajas antes del coche…
 
Nos fuimos para allá, le hice bajarse en una esquina, como a cien metros, se escabulló como jugando a la guerra, sólo bastaba que le vieran, se asustasen y no me diesen a la perra. Al poco vi acercarse a la chica del del mono: era ella, la que había visto en El Retiro… A su lado, venía Ino tan contenta. No os creáis que se alegró de verme, la muy perra. En cuanto llegó a mi altura la cogí en brazos. La chica olía a vino o algo parecido… Gimoteaba…
 
-Oye, que la hemos cuidao mu bien…que la hemos dao de comer…que la hemos lavao…
-Gracias, muchas gracias por cuidármela, mi hija se va a poner muy contenta…
-Ques mu cariñosa, como no tenemos hijos que la hemos cogío mucho cariño…
 
Yo, con la perra en brazos. La verdad es que la chica me daba hasta pena.
 
-Claro, claro…oye, muchas gracias por cuidármela tan bien…
 
Y sin más, me volví al coche. Recogí a mi “guardaespaldas” y nos volvimos a la clínica. Era tarde, pero aún me tocó llamar por teléfono a mi socia (que estaba acojonada por mí y que no sabía nada desde que me fui siguiendo a la pareja de marras con el propósito de ir hasta Carabanchel), a mi ex y a mi hija, preocupadísimas, acababa de volver de Dublín y se había enterado de casualidad al ver los carteles que pegué por todos lados…
 
Epílogo
 
Al día siguiente, en la clínica, y como se había corrido la voz con el rescate, hubo una auténtica romería de gente para saludarla y felicitarnos. Yo lo que sé es que, posiblemente, jamás la hubiesen llevado a ningún veterinario con lo que el chip no hubiera servido para nada. En todo caso, y con la ayuda de algunos colaboradores, voluntad y paciencia, Ino volvió con su dueño.
 
No volví a dejarla salir sola.
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El día de los narcisos

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Yo no podía saberlo pero, al día siguiente, primer día de la primavera, cayó una tormenta en El Escorial mientras que en Madrid, por la tarde, se arremolinaban los papeles en las bocas del metro.

En cambio este día, último del invierno, el sol quiso hacerse notar y nos engañó a todos, haciéndonos creer que el mal tiempo ya había terminado.

¿Lo ves, a que parece mentira?… El espectáculo de aquella multitud de narcisos, brillando bajo el sol, cubriendo toda la ladera, surgidos como por sorpresa tras el tapial de piedras volvió, un año más, a tranquilizarme. Si en mi vida todo tendía, otra vez, a cambiar, allí estaban ellos, fieles y puntuales a nuestra cita primaveral, aparentando ignorarnos pero atentos a cada uno de nuestros pasos.

Los perros correteaban de mata en mata, alegres como críos, disfrutando de cada olor, metiéndose en cada barrizal. Y allí estaba yo, fiel y puntual, respondiendo a la llamada que me decía: no te preocupes por tus mudanzas, volverás cada año y aquí nos encontraremos…

Buscamos una praderita más o menos llana, más o menos libre de ortigas, para tumbarnos, para comer con apetito los bocadillos que preparé por la mañana en casa, y para disfrutar de la soledad de aquel desierto lleno de flores.

Sobraban las camisetas -sobraba todo, en realidad- y nos las quitamos, y entre aquel sol cuasi post-invernal y los bocatas nos fuimos quedando medio dormidos, buscando un mínimo contacto tranquilizador, de caderas rozándose, de una mano sobre una pierna…

Parecía mentira que a dos o tres kilómetros escasos, grupos de ciclistas domingueros luciesen sus maillots y sus cascos aerodinámicos sobre el asfalto. Parecía mentira que a dos o tres kilómetros, domingueros tortilleros llenasen el pinar sin perder de vista sus coches. Y, por supuesto, en San Lorenzo de El Escorial, otros muchos domingueros aún más afálticos y menos tortilleros abarrotaban calles, plazas, bares y restaurantes con cara de satisfacción, convencidos de lo bien que estaban disfrutando aquel domingo tan radiante, último día del invierno, engañados -como todos- por el sol.

Pero para nosotros fue la soledad del valle, para nosotros fue el calor del sol sobre la piel y, para nosotros, sólo para nosotros, se había llenado aquel campo de narcisos.

Aún tuvimos tiempo antes de volver, para cortar unas flores -no se notaba: había miles- con que recordar los colores de aquel día. Aún tuvimos tiempo para arrepentirnos a tiempo y no saltar, desnudos sobre una roca, a las heladas aguas de una poza. Y aún tuvieron tiempo los perros para ladrar, entusiasmados, detrás de las vacas.

Cuando cayó el sol y, de mala gana, comenzamos el regreso, me volví un momento para despedirme de las flores. Aparentaban ignorarnos pero seguían, cabizbajas y atentas, nuestros pasos. Sé que no tengo motivos, pero me sentí un poquito defraudado. En el fondo esperaba que, al menos, una de ellas me hubiese mirado, burlona, directamente a los ojos como diciendo, ¿nos vemos, no?.DSCN5392