Mongolia: entre águilas, kazajos y yurtas

 

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Introducción/presentación

Esta entrada no corresponde a un viaje mío, ¡ya me hubiese gustado!, sino a uno de los que mi hermano Manolo realiza cada año junto a su mujer, Teresa, siguiendo una sana costumbre que mantiene desde que se jubiló. A veces lugares “civilizados” como Argentina. Otras veces más exóticos como el sur de La India (el norte ya lo conocían). Otras veces, Etiopía, dando la vuelta a todo el país…

Esta vez les dio por irse nada más y nada menos a un destino tan inusual como Mongolia, viviendo en las yurtas con los kazajos y disfrutando del espectáculo de sus fiestas y, sobre todo, del vuelo de sus águilas. Como cuenta Manolo en sus “cuadernos de bitácora” que transcribo a continuación, los kazajos son ganaderos nómadas que viven de pastorear sus rebaños, pero que además son excelentes cetreros. Capturan águilas adultas con lazos a las que adiestran con la paciencia que es de imaginar, y a las que utilizan para capturar zorros y lobos, al objeto de vender sus pieles. Las águilas son lanzadas hacia sus presas a las que, con sus fuertes garras del tamaño de la mano de un hombre, cierran el hocico evitando las mordeduras.Tras unos cuantos años las liberan de nuevo devolviéndolas a la naturaleza.
En cada uno de sus viajes, Manolo nos va enviando vía wassap  numerosas fotos y sobre todo largas descripciones, dignas de las antiguas novelas de los viajeros decimonónicos, en las que nos sitúa en lugares, entre gentes y costumbres que, como poco, nos ponen los dientes largos. Se intercalan en el grupo de wassap comentarios elogiosos de sus amigos. Cuando los hermanos hablamos de sus viajes el comentario general es el mismo: ¡jo, qué suerte, quién pudiera!…la envidia sana no es envidia: es admiración. Y más si pensamos que a sus años (en este viaje y como él mismo apunta, ya tiene 67 “tacos”) la mayoría de la gente considera si acaso irse a la playita o, como mucho, a algún crucero. En la familia tenemos un punto viajero. Yo mismo, modestia aparte, y como podréis ver los que curioseéis en el blog, he hecho mis pinitos por sitios inusuales. Pero he de reconocer en honor a la verdad que Manolo y Teresa me ganan, y ahí siguen, buscando lugares en el mundo donde aún valga la pena ir.
No me extiendo más. Os transcribiré los mensajes que nos iba enviando, tal cual, respetando cada acento, cada punto y cada coma, ¡lejos de mí atreverme a hacer la mínima corrección!. Por supuesto, con su autorización previa. Que lo disfrutéis como los receptores de los wassap lo fuimos disfrutando. Muy lejos, ¡ay!, de lo que ellos merecidamente disfrutaron.
El viaje
 
11/9/17 4:45. Manuel G.C. Una vez más voy a incordiaros con el cuaderno de bitácora, esta vez con los kazajos en Mongolia y sus artes para cazar con las águilas. Borraos el que no quiera ser incordiado que ya sabeis que lo comprendo y no me enfado. A los demás, paciencia. A ver si hay suerte y vemos cosas interesantes. Un abrazo desde Ulaan Baator.
11/9/17 17:37. Cuaderno de bitácora al 11/9/17.
Ulan Baator por la noche aún casi parece una ciudad europea, con sus letreros iluminados con leds y las serpenteantes luces de los Toyota híbridos camuflando lo que, por el día, tiene de ex-soviética ciudad caótica. Repleta de baches y tráfico desordenado. La contaminación que producen las calefacciones de carbón y los coches obliga a restringir el mover el vehículo privado en función de su número de matrícula; y siendo la capital que pasa por ser la más fría del mundo la solución no parece fácil.
A 10.000 km. de Madrid, en el centro de Asia entre Rusia y China, con una extensión como tres Españas, de sus solo tres millones de habitantes la mitad se concentran en la capital, por lo que el pais está prácticamente deshabitado, con muy pocas ciudades y muchos grupos nómadas que pastorean el territorio con sus yurtas de invierno y de verano.
Unos pocos museos con muy poco que enseñar nos reciben y nos despiden, pues mañana, de nuevo, tomamos otro avión hacia Urgiil, a 1.400 km. de aquí, donde los kazajo nos esperan con sus águilas. Tal vez no volvamos a tener wifi. Tal vez sí. Eso lo veremos mañana si los antiguos guerreros de Gengis Khan nos lo permiten.
15/9/17 20:16. Cuaderno de bitácora al 13/9/2017
Llegados a Urgiil en avión bimotor resultó que sí teníamos wifi, pero nada que contar a pesar de entrar en el museo de la ciudad y ser recibidos por la directora que, entusiástica y prolijamente, nos enseñó y explicó todas las vitrinas con los “maravillosos” tesoros que encerraban. Hoy, después de tres días fuera del que ha sido mi mundo durante 67 años, y de nuevo en Urgiil, hay tanto que contar y tan dífícil de explicar que dudo mucho que sepa y pueda hacerlo sin resultar una mala caricatura del original. De la mejor manera que me sea posible, lo intentaré transmitir.
Así pues, y volviendo a la narración, montamos con nuestra guía y traductora Soyloo en una camioneta rusa 4×4 UAZ años 60 que, por ejemplo, nunca se llegó a equipar con toma de mechero, -¿para qué, si no había móviles?-, y saliendo en dirección norte de repente la carretera desaparece y, frente a nosotros, se abre una sucesión de colinas a derecha e izquierda, surcadas de huellas de rodadas, unas para acá, otras hacia allá, otras de frente, sin ningún cartel, ni camino establecido, ni orden aparente, que deja a la orientación del chófer el tomar éste o aquél, o ninguno de ellos y hacer tu mismo el camino con rodadas nuevas. La camioneta lo resiste todo a pesar de alternar a su paso piedras afiladas como cuchillos y arenas finas como de una playa, o matojos resecos. Así recorremos sesenta kilómetros en casi dos horas y por fin llegamos a nuestro destino, en un gran valle, la casa de otoño de Yoriuul y su familia.
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Y el mundo se detiene aquí. Las altas montañas tienen la cumbre ya con nieve, serpentean multitud de arroyos y bajamos de la camioneta. Yoriuul y su familia salen a saludarnos. Nuestro chofer hace de intérprete entre el jefe de la casa y nuestra guía, pues Yoriuul sólo habla kazajo. Tanto el chofer como la guía permanecerán con nosotros durante nuestra estancia aquí.
Yoriuul es un nómada kazajo típico, salvo que también es cetrero por su afición de cazador. Tiene su yurta para el verano y el invierno, -que va cambiando de lugar en función de los pastos y la vida y necesidades de sus animales, de los que depende para vivir-, y la casa de ladrillo y madera donde pasa la primavera y el otoño en el amplísimo valle surcado de riachuelos y abundantes pastos, pero donde los vientos pueden soplar con tal violencia como para romper los pocos cristales que conserva, motivo por el cual, entre otros, se traslada con su yurta y ganados a las montañas donde, a pesar de la nieve, puede encontrar un abrigo entre las colinas donde los vientos le le permitan pasar el invierno con menos rigor que en el valle. Pasado el invierno volverá a la casa, y cuando se sequen los riachuelos volverá a cargar la yurta para montarla donde el calor sea menos sofocante, pues si en invierno llegan a los -40ºC en verano soportan los +30ºC y ahora son tormentas de polvo y arena las que mueven el suelo de su inmenso valle.
Yoriuul tiene esposa y cinco hijos, dos varones y tres hembras, y un trabajo físico constante y agotador, especialmente las mujeres, que si tienen algún momento de reposo, lo emplean en hacer el kumis, que se obtiene batiendo la leche de la yegua hasta que fermenta y se vuelve ligeramente ácida y ligeramente alcohólica, con efectos suavemente eufóricos que eliminan la sensación de fatiga.
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                La familia al completo. En el barreño verde, el kumis
La familia de Yoriuul al completo consumen más de 15 litros diarios de esta bebida, visitantes aparte, pero hay que hacerla. Las mujeres, incluida la niña de 4 años, baten leche en cualquier momento de ligero reposo. El resto de la familia la componen otras dos niñas, de unos 14 o 10 años, y los chicos de unos 18 y 12 años, junto a la madre, y, como no, sus tres águilas, un halcón, un lobo de dos años que está intentando domesticar -y que ayer casi le mata una cría de yack que se le acercó más de la cuenta-, un gran perro que cuando no duerme aúlla, y su ganado: unas doscientas cabras y ovejas, todas revueltas, una treintena de yacks, una docena de yeguas cada una con su potro, y varios caballos de monta.
Si juntar cada mañana todos los animales esparcidos por el valle es algo titánico que he tenido la oportunidad de presenciar, cada tres meses trasladarlos a ellos y el ajuar de la casa debe resultar una epopeya. Pero ya se me ha hecho demasiado larga esta crónica. Tendré que dejar para mañana el narrar cómo es un día cualquiera, pues difieren muy poco unos de otros, en casa de Yoriuul el cetrero.
Perdonad pero ya es muy de noche aquí y mañana madrugo. Empiezan las competiciones.
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18/9/17 14:53. Cuaderno de bitácora al 14.09.2017
La jornada comienza en casa de Yoriuul antes del amanecer. En la gran planicie que se extiende a nuestra vista hay un sinfín de ganado que se mueve y ha estando pastando toda la noche y hay que atraerle a la casa. El hijo mayor coge un caballo y sale a por las cabras. La madre y las dos hijas mayores van juntando los yaks más próximos y atando  sus terneros; los más lejanos ha ido a buscarlos el varón pequeño en otro caballo al galope. Los más cercanos, las hijas que corren por la pradera tras ellos.
Reunidos los yaks, hembras sueltas y terneros atados, pero lo bastante juntos para que las madres los sientan cerca, las mujeres van ordeñando a cada una, y antes de vaciarlas del todo sueltan a su ternero, que corre a mamar lo que queda de la madre. Con esta leche harán varios quesos que recuerdan nuestros quesos gallegos, uno de los cuales se deja secar a tal extremo de dureza que con nuestras dentaduras no fuimos capaces de morderlo, y de esta leche grasienta se saca la mantequilla, que a grandes bocados o disuelta en la propia leche mezclada con te, se consumirá por litros algo más tarde.
Acabadas de ordeñar las yacks y reunificadas las cabras al más puro estilo oeste, a caballo y agitando cuerdas, y separadas las propias de las de otros vecinos con las que tienden a juntarse durante la noche formando grupos de más de 500 ejemplares, comienza el emparejamiento de las yeguas y los potros para el ordeño.
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                        Ordeñando las yaks. Al fondo, la casa de Yoriuul
Este juntado matinal es una verdadera pelea entre el hombre y las bestias. Las yeguas son indómitas, y sus potros más. Conseguir atraerlas, lazarlas y atarlas sólo se consigue peleando físicamente con todas y cada una de ellas, recordándome escenas de nuestra rapa das bestas gallega. Conseguida la reunificación, a la yegua se le dobla la pezuña sobre sí misma atándosela, para dejarla a tres patas y que no huya. Los potros se acercan a las madres, las estimulan y se les retira, otra pelea, y entonces se las ordeña. A medio acabar se suelta al potro que corre hacia su madre. Entonces se libera la pezuña permaneciendo atada. Cada dos horas se la seguirá ordeñando. Así todo el día hasta la noche. Nuestra guía nos dice que esta leche es la más nutritiva y dulce, y parecida a la humana. Con ella, después de sacarle la nata, harán su bebida favorita que las mujeres ya comienzan a batir, pues nos hemos juntado entonces para el desayuno, todos sentados en el suelo, sobre gruesas alfombras, alrededor de una mesa baja y al calor de la gran estufa en la habitación que es el centro de la vida en la casa, pues en la otra solo se duerme. Son las nueve de la mañana. Las dos primeras horas del día han sido de febril actividad.
A las diez el sol empieza a calentar y en la casa comienzan a aparecer visitas. O se ha corrido la voz de que hay turistas en las casa de Yoriuul o es que todo el valle pasa por aquí.
Cada visita se recibe igual. En la habitación que es cocina y comedor, alrededor de la mesa baja y sentados en el suelo sobre las alfombras se les ofrece a todo el que pase por allí los tazones de leche de yack con te, los de leche de yegua batida, la manteca, panecillos, galletas de vainilla y cualquier cosa que hubiera sobre la mesa.
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La madre y las hijas no cesan de alimentar el fuego con bosta de yack seco, -la madera es muy escasa en la zona-, calentar jofainas y jofainas de leche y batir el kumis. Siempre detrás en un segundo plano. Y cuando no bate kumis barre el suelo de cemento forrado con hule, o sale a por agua, o a por bostas, u ordeña. Sin tregua. Los hijos la secundan.
Yoriuul y su hijo el cetrero nos enseñan orgullosos sus medallas obtenidas en las carreras de caballos, pues también se dedicaba a ello. Y como hace mucho viento y no es bueno para el águila, decide llevarnos a la montaña a buscar cabras salvajes.
Con la camioneta brincamos sobre suelo virgen de rodadas pisando piedras y atravesando riachuelos hasta que resulta imposible continuar. Allí nos apeamos y Yoriuul comienza a nadar a grandes zancadas hasta que le vamos perdiendo la pista. Los guijarros, los saltos para vadear arroyos y la pendiente del camino, le recuerdan a mi rodilla que está pendiente de operación de menisco y ligamento cruzado. Llega un momento en el que continuar puede ser una temeridad. Soyloo, nuestra guía, le sigue. Solo ellos verán a las grandes cabras en las rocas. Los derrotados por la montaña volvemos al refugio de nuestra camioneta no sin volver a tocar algunos de los pocos árboles que hay en este territorio y que el otoño ya ha puesto de amarillo sus hojas.
Vueltos a casa nos encontramos todos para la cena. Las hijas han seguido batiendo el kumis mientras la madre hacía la comida, que en una gran bandeja ovalada ocupa el centro de la mesa. A su alrededor, los habituales tazones con pan, manteca y nata. Y los tazones para la bebida, -la leche con te y el kumis-. No hay platos. Con un cuchillo de caza y las manos se va troceando la carne guisada sobre la propia bandeja, y de allí cada uno toma con las manos lo que quiere. Sin protocolos. Salvo el de ofrecernos a nosotros siempre el primer bocado para degustar la comida.
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Una de las niñas batiendo kumis. Mi hermano Manolo dice que le recuerda los cuadros de Vermeer, con su luz lateral.  A la derecha, la despensa 
                                                              
De entre nuestra mochila sacamos algunos sobres con embutidos y advertimos que es carne de cerdo, porque los kazajos se declaran musulmanes aunque muy laxos en el seguimiento de las doctrinas de Mahoma.
Nuestros embutidos son gentilmente rechazados, no así las galletas o fruta que llevamos, y pasamos a la otra y única gran dependencia de que consta la casa de Yoriuul; una sala espaciosa de unos 40m2 con seis camas pegadas a la pared más dos sofás camas. Es el dormitorio comunitario de la casa donde, incluyendo el suelo, duermen los hijos de Yoriuul y todo el que pase por la casa, salvo el matrimonio Yoriuul que duermen en dos camas de la habitación cocina-comedor y que hemos estado utilizando para sentarnos.
Metidos en dos gruesos sacos de dormir cada uno, y medio vestidos, nos tumbamos sobre somieres de muelles que se hunden con nuestro peso. Nosotros, Soyloo, el chófer, y los cinco hijos de Yoriuul, compartimos la habitación. No llego a ver si alguno duerme en el suelo porque yo caigo dormido antes de que todos se acuesten. La temperatura ha bajado mucho. Dentro de la habitación no superamos los 5ºC pero dentro de los sacos se duerme bien si no dejas las manos fuera.
La Via Láctea cruza sobre nuestras cabezas en un cielo cuajado de estrellas pero donde no hay Luna, que se deja ver más por el día que de noche salvo cuando se aproxima el Plenilunio. Son cosas de estas latitudes. Mañana, si hace menos viento, saldremos con el águila.
19/9/17 7:07 Cuaderno de bitácora al 15.09.2017
Los primeros rayos de sol entran por la ventana cuyo cristal roto fue sustituido por un plástico que el viento flamea como una bandera. Fuera ha helado. Dentro de la casa ha faltado poco.
La madre, en la puerta de la calle, lava las manos y la cara de la niña pequeña con agua tibia del chorro de la tetera. Me la ofrece para que yo me lave también. En la casa no hay agua corriente. No hay ningún grifo. Ningún enchufe. No hay luz eléctrica salvo la que acumula en una pequeña batería una plaquita solar que nadie tiene la preocupación de ir orientando hacia el sol. Esa batería encenderá la única bombilla que hay en la casa, en el comedor-cocina, para la cena. Saliendo de allí, si el sol ya se ocultó, nos movemos con una linterna tanto por dentro como por fuera.
Me alejo un poco de la casa para orinar. Si quiero hacer algo más contundente al resguardo de la vista de los demás, en aquella llanura infinita, sin un árbol ni un matojo tras el que ocultarte, la familia, -como todo el mundo por allí-, algo separado de la casa, camino de donde tienen atado al lobo, ha elevado un cuadrado de piedras de un metro de altura en cuyo interior ha excavado un pozo cruzado por dos tablones horizontales ligeramente separados entre sí donde colocar los pies. Allí es el sitio. No hay papel. Nos sigue siendo un misterio cómo solucionaban lo que viene después, y especulamos que si con trapos viejos.
Van volviendo los miembros de la familia para el desayuno y las mujeres vuelven a batir el kumis. Todo se comparte. Si abrimos un paquete de galletas ha de ofrecerse a todos los presentes. Y aún de una en una, los paquetes vuelan. Somos muchos. Siete de familia, cuatro nosotros, y siempre, siempre, alguien más.
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Yoriuul está contento. Ha vendido seis yeguas con sus potrillos en 4.000.000 tugrug. (Un euro equivale a unos 3.000 tugrug) Las mujeres más que él. Mucho menos trabajo de ordeñar. Además dentro de unos días hay que desmontar la casa y trasladar al abrigo de alguna montaña para plantar la yurta cara al invierno. Será algo más fácil hacerlo.
La euforia de Yoriuul le hace vestirse de gala y posar para unas fotos. Saca sus águilas y su halcón y con su hijo el cetrero, que le heredará en este arte, y su niña pequeña, el caprichito de la familia, posan para nosotros. La pequeña de 4 años, con el halcón en el brazo derecho, arquea el izquierdo hasta la cadera en una pose de cetrero que tiene bien ensayada y que la familia aplaude con alborozo.
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Ya despojados de las galas decide que es el momento en que partamos con su águila favorita hacia las altas montañas que flanquean su valle.
En el furgón 4×4 subimos montaña arriba hasta que el vehículo ya no es capaz de más esfuerzo. Delante, nuestro conductor con el cetrero que porta el águila encapuchada. Detrás, su hijo con los señuelos y nosotros con Soyloo, nuestra guía.
El águila ya está nerviosa. Agita las alas y chilla con un sonido muy agudo. No ha comido y tiene hambre. Descendemos del vehículo e intentamos seguir a Yoriuul que a grandes zancadas se nos aleja peñas arriba. Porta el águila encapuchada en su muy grueso guante, capaz de soportar el fortísimo apriete de las garras, su grueso capote de piel de oveja con la lana hacia el interior y, sobre todo, su gorro de cetrero kazajo que no puede cambiar por otro, pues su águila le reconoce por él.
Su hijo corretea por las peñas de los montículos de enfrente con la bolsa de los señuelos colgando, intentando encontrar alguna presa. Caminamos y saltamos como cabras hasta llegar a la cima de aquellos montes hasta que llegamos a una roca en la que Yoriuul se detiene. A sus pies, a vista de águila, su valle. La visión nos transfigura. Él, de espaldas, con su águila en el brazo, cara al abismo, oteando cualquier movimiento entre las lejanas piedras, buscando presas para su amiga y querida águila.
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Como si de una cabra salvaje se tratara su hijo aparece en otro risco. Al rato, a falta de presas, saca del morral una piel de lobo con cabeza incluída que oculta un conejo destripado en su interior y lo extiende sobre una peña. Yoriuul le quita la capucha al águila mientras la sujeta con dos cuerdas hechas de tripas de cordero secas, y el hijo comienza a emitir unos chillidos particulares por los que el águila le reconoce, gira el pescuezo 180º de derecha a izquierda, aletea intentando salir y Yoriuul suelta las cuerdas con que la mantienen en el guantelete. El águila emprende el vuelo y como una flecha se dirige al lejano señuelo, cayendo sobre él con las alas abiertas. El hijo cetrero, que se ha puesto otro guantelete, se apresura a tomar las cuerdas del águila mientras ésta chilla y chilla.
Yoriuul, al tiempo que el águila salió volando, saltó y saltó hacia el punto de encuentro mientras el águila chillaba esperándole, y, una vez llegado, abre la piel del lobo y sacando trozos sanguinolentos del conejo que había dentro se los va dando al águila que espera su premio. No es fácil conseguir que suelte la presa para pasar al guantelete, pues la fuerza de las garras es descomunal y una vez cerradas sobre algo cuesta mucho trabajo que afloje la presión.
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                    Yoriuul con su águila, oteando la inmensidad en busca de presas
Vamos cambiando de risco varias veces en busca de presas vivas, y un par de veces más repetimos la secuencia. Andamos y andamos montañas arriba y abajo sin acusar cansancio, pues el ansia de la caza nos mantienen excitados, y tirando piedras aquí y allá a ver si levantamos o una liebre o una marmota, los ojos de Yoriuul ven lo que sólo él y sus águilas son capaces de ver. Un zorro, allá en la lejanía, con su pelaje rojizo camuflado entre las peñas, hace que Yoriuul y su águila, que están lejos, salten ambos al unísono. Una, volando. El otro, saltando tras ella de piedra en piedra. El zorro se mete entre una zona de rocas horadadas y aunque el águila llega a tomar tierra allí ya el astuto había desaparecido.
Entonces ocurre lo que nosotros no esperábamos. El águila remonta el vuelo y asciende, asciende y asciende. Y se aleja tanto que da la vuelta a la montaña y se pierde de vista. Bien creíamos que se había ido para ser libre. Pero Yoriuul, allá abajo, entre las peñas, comienza a llamarla y a llamarla con su peculiar chillido y, ¡oh, milagro!, el águila vuelve de la lejanía y como un rayo recorre los más de dos mil metros que le separarían de Yoriuul para ir a posarse sobre su guantelete. Este espectáculo no lo olvidaré jamás.
Volvemos a la casa, él maldiciendo porque se escapase el zorro y nosotros, frotándonos aún los ojos por lo visto y lo mucho brincado, comemos y caemos en una larga siesta derrotados por la tensión y el cansancio de la jornada. Al despertar, a la casa han llegado parientes de un pueblo vecino: una mujer joven y dos niños guapísimos. Parecen de ciudad. No pegan aquí. Los niños, niño y niña de unos 10 y 12 años, calzan deportivas de color inmaculado, camisetas de marca y anoraks de nylon. Se dan de besos con los de aquí, -cosa muy rara porque los kazajos no se besan-, y nos enteramos que son primos. Salgo fuera. Es de noche cerrada. Han venido en un poderoso Patrol 4×4. Entro de nuevo a la cocina y me encuentro a la recién llegada llorando tratando de ocultarse de mi vista. Teresa y yo optamos por retirarnos de estas cosas de familia y meternos en la cama. Mañana será otro día y tal vez nos cuenten qué ha pasado.
20/9/17 11:09 Cuaderno de bitácora al 16.09.2017
A medianoche nos despiertan niños gritando. Entran en la oscura habitación y gritan. Los de Yoriuul se levantan con gran revuelo. Suenan motos y portazos de coche. Comprendo que se trata de los primos. El perro recuerda que sabe ladrar…
En la más absoluta oscuridad veo bultos que se mueven de acá para allá y escucho los chirridos de los somieres al moverse y a los niños cuchicheando agitados. Finalmente se hace el silencio.
Por la mañana, los primos están desayunando con todos nosotros. Nuestra guía, Soyloo, ha podido escuchar las conversaciones de los niños y nos pone al corriente. Ni una palabra por parte de Yoriuul ni de su mujer. Uno de los hermanos de Yoriuul es profesor de Educación Física en el pueblo de al lado. La directora del colegio es su esposa. Anoche se emborrachó, se puso violento como le suele ocurrir, amenazó, -o más- con matar a su esposa, y ésta cogió al Patrol y a los niños y se vino a refugiar en la casa de Yoriuul. El marido cogió la moto y se vino tras ella para recuperar niños y coche, pero los niños no se quisieron volver. Finalmente la madre y el borracho regresaron a su casa, -para haberse matado conduciendo de noche por aquellos sitios- y los niños se quedaron con sus primos. (Según nos cuenta nuestra guía Soyloo, los kazajos no suelen beber alcohol, pero cuando lo hacen, lo hacen para emborracharse lo más pronto posible).
la niña recién llegada bate leche, limpia platos y trae bosta igual que sus primas, sólo que con ropa de marca, y su hermano empuja cabras y yacks con uniforme parecido. Están acostumbrados.
A media mañana se presenta el Patrol conducido por la madre y se lleva a los niños. Todos respiran aliviados. A eso de las 17h. bajamos con la furgo al pueblo con la excusa de que veamos la escuela. Nos acompaña la esposa de Yoriuul, cuñada por tanto de la directora, que seguro viene  a hablar con ella.
En el pueblito, de menos de mil habitantes, la escuela tiene unos 300 alumnos en total, pues acuden niños de lugares muy lejanos.
Externos los niños del pueblo e internos los que vienen de más lejos. En habitaciones de a cuatro, con literas o no, los internos ocupan todo el primer piso. La escolarización es obligatoria y gratuita, y a todos se les da desayuno y comida gratis.
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Llegamos a la escuela y nos recibe la directora como si nada hubiese ocurrido. Se empeña en enseñarla y nos recuerda nuestros colegios años 60. Pupitres, perchas, armarios y pizarra casi iguales a los que tuvimos nosotros. Aparte del kazajo se les enseña mongol como lengua oficial del país. No hay clase de religión. El Estado es aconfesional. Los kazajos dicen ser musulmanes, pero no son en absoluto practicantes. El resto de los mongoles, 95% se declaran budistas.
Encontramos al profesor de gimnasia dando su clase, y cada uno en su aula, a los dos hijos de la directora. Todo en la normalidad. Los alumnos de la escuela cultivan en un pequeño huerto sus propias verduras para el consumo; algo extraordinario porque con este clima y en este terreno los vegetales son muy raros y caros. Acabada la visita pasamos a la oficina. Hay teléfono pero no hay Internet, por lo tanto tampoco hay correo electrónico. Quedamos en mandarles sus fotos impresas por correo postal. Nos despedimos de ella con esa sensación de quien deja a su suerte a un animal abandonado.
Regresamos a casa y ya nos despedimos de Yoriuul y de su familia porque al día siguiente no podremos ver a todos reunidos, agradeciéndoles muy sinceramente los impagables momentos que nos han hecho vivir y tantas cosas como hemos aprendido con ellos. Cómo la naturaleza marca nuestros ritmos de vida y cómo la raza humana es capaz de adaptarse a lugares tan inhóspitos en una simbiosis con sus bestias sin las cuales no podría vivir, ni ellos sin él.
Mañana dormiremos en una yurta de otro cetrero que va a participar en el Festival de las Águilas. Yoriuul no participa en éste. Lo hará dentro de tres semanas en otro al que ha sido convocado. Y nos vamos a la cama deseándole lo mejor. Para nosotros, estos días en su casa serán una marca indeleble.
20/9/17 15:16 Cuaderno de bitácora al 19.09.2017
Desde el aeropuerto de Moscú, con una larga escala de por medio, comprimo los tres días pasados entre el kazajo Tulov y el Festival de las Águilas, pues la paciencia tiene un límite y yo ya os le he sobrepasado ampliamente con estas crónicas que se han vuelto demasiado largas, pues no he podido ni sabido concentrar mejor tantas emociones.. Dejamos a Yoriuul y su familia con la seguridad de haber vivido una experiencia única, y cruzando tierras vírgenes sin rodadas llegamos a la yurta de Tulov. Es una gran carpa redonda, muy decorada interiormente, con dos camas, la gran estufa-cocina central y unos extraños percheros de donde cuelgan sus arreos de montar a caballo y su vestimenta de cetrero.
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Exterior e interior de la yurta de Tulov. Obsérvese el kalashnikov (de juguete) de adorno en la pared.
Nos cede la yurta para nosotros solos y él se va a la de su hermano, muy próxima, donde dormirán los dos matrimonios, nuestra guía, el chofer y los hijos de ambos matrimonios. Sólo hay cuatro pequeñas camas. Todos ellos nos han cedido una yurta entera solo para nosotros, lo que es una deferencia muy, pero que muy, especial y no consienten ni en venir a dormir al suelo de la nuestra, lo que nos da en sospechar que debemos oler ya verdaderamente mal.
La yurta tiene una muy pequeña puerta de entrada, decorada profusamente en el interior, y es como una gran tienda de campaña redonda y alta. El casquete superior se destapa o se cubre parcialmente en función de la climatología o la luz, y todo el conjunto está recubierto por fuera con pieles de yack que sujetan largas varas verticales, como el interior de un paraguas. Por dentro, las paredes están forradas con coloridos tapetes bordados que hacen las mujeres con lana de yack en el invierno.
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La gran estufa, centro de la vida en la casa
Toda la familia son cetreros, y todos van a participar en el Festival. En una competición o en varias. Hay muchas risas nerviosas y palmotadas durante la cena.
Al amanecer, Tulov nos destapa la yurta por arriba para que entre el sol y nos enciende la estufa. Y se viste de cetrero con el ritual de un torero.
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Cuando salimos fuera la familia le está esperando a caballo en una escena mágica, cada uno con su águila al brazo,
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tocados con sus gorros de cetreros y los caballos piafando, también nerviosos. Y parten hacia el lugar de la competición. Tardarán al menos una hora en llegar al trote. Tres de ellos lo harán con sus águilas. El cuarto, un mocetón de 1,90 y 90kg. de peso lo hará en la competencia del carnero. Nosotros montamos en el 4×4 y brincamos sobre este suelo casi siempre ondulado, que oculta arroyos y agujeros. Imposible superar los 20 Km/h. Solo estos 4×4 soviéticos, fabricados en los 60 con la mejor chapa de acero de la Unión Soviética, han sido capaces de llegar hasta aquí y seguir funcionando. Y los hay a cientos.
En el campo de competiciones los vehículos han formando un extenso semicírculo que encierra pequeños puestos de artesanía y comida local, y frente a este semicírculo la mesa de los jueces, sus coches y el equipo de sonido, capaz de hacerse oir por encima de esta multitud vociferante que no guarda colas ni hace caso de las marcas que indican el rectángulo de juego.
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Cuarenta cetreros van a formar parte. Separado unos 500 metros del lugar se levanta una colina, donde los cetreros se van reuniendo con sus águilas. Llegado el momento, el cetrero baja la loma a caballo dejando su águila al ayudante.
Frente a la mesa de los jueces llama a su águila, que ha sido dispuesta sobre un peñasco con vistas al rectángulo de juego, y se cronometra el tiempo que tarda en hacer el vuelo hasta el guantelete de su cetrero.
No todas acuden a la primera llamada. Ni a la segunda ni a la tercera. Y algunas se elevan pero en lugar de ir al guante se pierden por ahí y tienen que ir a buscarlas. Mucha gente próxima al cetrero y mucho ruido despistan o confunden a las águilas. El público se ríe con cada desplante, y más si el cetrero tienen que irse lejos a buscar su animal.
Resumiendo tanto como puedo, y saltándome detalles, se inicia lo que llaman “las monedas”. Hoy con rosas de papel, se pinchan seis rosas de papel en el suelo y los jinetes, al galope, deben coger la mayor cantidad posible. Y a continuación la singular carrera de parejas, en la que la esposa puede azotar con la fusta todo lo que sea capaz a su marido, que huye al galope perseguido por ella en medio del alborozo, cómo no, de todas las mujeres presentes.
Para rematar la mañana se hace la carrera de camellos (nota del transcriptor: como se puede ver en las fotos no son dromedarios -de una sola joroba- sino camellos bactrianos, muy peludos y con dos jorobas, propios de Asia Central) con una longitud de unos 3.000 metros. Difícil de adivinar la distancia. El punto de partida se pone a ojo por los jueces. Y el aire es tan limpio y la llanura tan lisa, que medir a qué distancia están aquellos puntitos es imposible.
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La muchedumbre, que no multitud, pues no pasaremos de 3.000 personas, forma un embudo en la línea de meta, y los camellos, exhaustos, pierden la orientación y alguno de ellos atropella espectadores de primera fila.
Pero el plato fuerte es la lucha por el carnero. Se han apuntado 50 participantes. Para disminuir el riesgo, pues la muchedumbre se ha ido saltando los inexistentes cordones de seguridad y ya se mezclan caballos, camellos, águilas y espectadores, los jueces dictaminan que se vayan eliminando uno contra uno para reducir el número de participantes.
Se sortea el orden y salen los dos primeros. Se acaba de degollar un cordero grande y se deja en el suelo. Los dos contendientes intentan cogerle desde el caballo y subirle a la montura, pues el primero que lo consiga tiene posibilidades de sujetarle bien con su cuerpo. El otro contendiente debe agarrar al cordero por donde pueda y quitársele. El que suelta el cordero pierde. Y queda eliminado.
A las primeras de cambio la cabeza del cordero sale disparada, pero a nadie le importa. Ningún contendiente afloja, los caballos tiran cada uno para un lado manejados con las rodillas, la gente les azota en las ancas con fustas para que corran. El terreno de juego es toda la calva pradera. Y no hay tiempo l´ñimite. Aquello acabará cuando uno no pueda más y suelte. Al galope suben el montículo de las águilas y al galope lo bajan. En posturas inverosímiles sobre sus caballos. A veces chocan contra los coches aparcados. A veces pasan el cordero por encima de alguno de ellos, como si le fuesen a sacar brillo, cada uno por un lado.
El público los sigue, corriendo o a caballo, por la enorme pradera. Poco a poco se van eliminando, y como se ha prolongado más de la cuenta se decide seguir mañana.
Nosotros decidimos dejar a nuestros huéspedes tranquilos y optamos por alojarnos en Urgiil, en uno de los “buenos” hoteles del centro, y casi estábamos mejor en la yurta.
Al día siguiente los cetreros realizan sus pruebas con señuelo, tirando una piel de zorro al suelo y llamando a su águila. Igualmente se cronometra si acude y cuánto tarda en acudir. De nuevo hay águilas que sí, y otras que no. Eliminatorias las pruebas, nuestro anfitrión no consigue trofeo, pero su hermano sale con segundo premio de cetrería. La medalla cuelga sobre el pecho del águila.
Llegados al cordero, los espectadores rodeamos de tal manera a los contendientes que se suceden pisotones y caídas. Los luchadores no siempre admiten bien los dictámenes de los jueces y las familias se pelean a puñetazos por una dudosa eliminación. Hay tanta tensión que la prueba se da por terminada sin haber llegado a competir todos contra todos.
En la entrega de los trofeos los más ofendidos empujan con el pecho de sus caballos la mesa de los jueces. Momentos de gran tensión. Dos policías presentes son totalmente escasos, ninguneados por los contendientes. A pitidos de los jueces se disuelve el tumulto. Todo el mundo a Urgiil donde, en el teatro municipal, se le entregará al campeón cetrero su premio: una moto y un casco. En el tumulto vemos que el hijo mayor de nuestro cetrero teiene el tercer premio del carnero, y con los dedos despellejados me muestra la medalla. sin sonreír. No está conforme. Fotos y más fotos.
Nuestra familia cetrera regresa con sus águilas en ristre a sus yurtas, al galope lento. Todo un invierno por delante para revivir cada movimiento, cada anécdota, cada lance. Nosotros, igual que ellos. Pero varios inviernos. Ellos, el próximo otoño volverán a la competición y pasarán página. Nosotros no podremos y tendremos que vivir de esta durante mucho tiempo.
(Nota del transcriptor. Mi hermano Manolo nos mandó tres vídeos: con la llamada a las águilas (en una de ellas el ave pasó de largo ampliamente), la competición del carnero, y la mujer galopando tras su marido mientras le azota con la fusta, pero o yo no sé hacerlo, o no se pueden colgar los vídeos en la entrada del blog. Tendréis que imaginároslo.)
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Índice general (1/7/2017)

Para consultar las entradas con mayor claridad, podéis consultar primero la lista de temas y, después, en cada tema, las entradas correspondientes.

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Temas:                                                                                                                                                                 -Arte.                                                                                                                                                        -Cosas de gatos.                                                                                                                                      -Cosas de perros.                                                                                                                                  -Ciencia y naturaleza.                                                                                                                           -Historia.                                                                                                                                                 -Viajes.                                                                                                                                                     -Mis vicios inconfesables.

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Historia:                                                                                                                                                        -El largo peregrinar de los manuscritos árabes. 1ª parte: la Biblioteca de El Escorial.             -El largo  peregrinar de los manuscritos árabes. 2ª parte: la Fundación Kati.                           -Españoles en Viet Nam: la guerra secreta.                                                                                       -El velatorio de Franco.                                                                                                                         -Eulogio, el obispo cordobés que no sabía quien era Mahoma.                                                   -Una de romanos: Titulcia, la vía XXIX y Gonzalo Arias.                                                                -La Sierra de Guadarrama en la Edad Media. 1ª parte: el dominio árabe.                                 -La Sierra de Guadarrama en la Edad Media. 2ª parte: la Reconquista.                                     -Prisciliano: ¿quién está enterrado en Compostela?.                                                                      -Héroes y viajeros.                                                                                                                                  -Sobre Reyes Magos, reliquias y evangelios.                                                                                   -De Toledo a Tombuctú. Unitarios, trinitarios y los descendientes de Witiza.                           -El perro Paco. Un héroe y martir castizo en el Madrid de 1.882.                                                  -El Holocausto y el horror nazi en Polonia (1º parte)                                                                       -El Holocausto y el horror nazi en Polonia (2ª parte)                                                                     -El Holocausto y el horror nazi en Polonia (3ª parte)

Cosas de perros:

-La domesticación del lobo y el origen del perro.                                                                           -El mastín y la Mesta de Castilla.                                                                                                         -Los molosos, antepasados de los mastines.                                                                                     -El lobo: pesadilla de pastores. La Bestia de Gévaudan.                                                                  -La intensa vida social del dueño de perro (pendiente de redacción).                                        -El perro Paco. Un héroe y martir castizo en el Madrid de 1.882.

Cosas de gatos:                                                                                                                                               -¿Sienten dolor los gatos?.                                                                                                                     -Adoptando un gato adulto.                                                                                                                 -El estrés: el gran problema.                                                                                                                  -Castrar o no castrar, he aquí el dilema.                                                                                            -Cómo mejorar el entorno del gato.                                                                                                    -Los Cat-Café: una moda muy felina.                                                                                                   -Evitando accidentes: stop a los gatos paracaidistas.                                                                      -Las uñas del gato. Tres alternativas a la deungulación.                                                                -La domesticación del gato.                                                                                                                  -Cómo darle una pastilla a tu gato.                                                                                                      -El difícil trago de llevar el gato al veterinario.                                                                                -El control de las colonias callejeras de gatos.                                                                                   -Clipnosis: emulando la relajación natural del gato.                                                                        -¿Hablamos?. El maullido.                                                                                                                    -Controversias en la alimentación felina (y canina).                                                                      -Una palabra muy rara: “Flehmen”: el mundo de las emociones en los gatos.                         -El gato negro.                                                                                                                                          -Los colmillos del gato.                                                                                                                          -El imparable ascenso social de los gatos.                                                                                          -La aventura de cruzar a la gatita.                                                                                                       -La llegada de un bebé a casa (pendiente redacción).

El Holocausto y el horror nazi en Polonia (3ª parte)

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1ª parte: 
-Introducción. Orígenes del antijudaísmo
-El guía: Mario Sinay
-Comienza el viaje. Varsovia
-Primera parada: el cementerio judío de Varsovia
-Los antecedentes. La invasión nazi
-Comienza la caza del judío
-El ghetto de Varsovia
 
2ª parte: 
Comienza el exterminio. Treblinka
La revuelta judía del ghetto de Varsovia
La aldea de Tykutin y el bosque de Lubojova
Lublin, cuna de la ortodoxia
El campo de Majdanek
Cracovia
 
3ª parte: 
Schindler, el de la lista
Auschwitz-Birkenau
Los experimentos de Auschwitz
La vida cotidiana en los campos
El fin de Auschwitz
3ª parte:
 
Schindler, el de la lista
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      Los 1.200 judíos de la Lista de Schindler, junto a su oficina, en Cracovia
Hay un cargo honorífico creado en Israel en el año 1.963 por el Yad Vashem (institución creada para honrar a las víctimas del Holocausto), para honrar a su vez a aquellas personas que, sin ser de confesión o ascendencia judía, prestaron ayuda de manera altruista a las víctimas -generalmente en situación de muy grave riesgo- por su condición de judíos durante la persecución nazi. Añadiendo, además, que eran conscientes de estar poniendo en peligro su propia vida al estar penada la ayuda por las autoridades alemanas. Es el de Justo entre las Naciones. Entre otras prebendas económicas y sociales por parte del estado de Israel, se les concede una medalla: la Medalla de los Justos con una inscripción tomada del Talmud que reza así: Quien salva una vida salva al Universo entero. Hasta el año 2.010 el número alcanzó la cifra de 28.000 “Justos”. El porcentaje mayor por nacionalidades está encabezado, en más de un 75%, por ciudadanos polacos, ucranianos, franceses, holandeses y belgas, pero en la lista de “Justos” hay personas de 48 países. Entre ellos algunos españoles como Ángel Sanz Briz, embajador en Hungría, o José Rojas Moreno, embajador en Budapest. De los que ya hemos mencionado, el polaco Tadeusz Pankiewicz (el farmacéutico del ghetto de Cracovia). Y un alemán: Oskar Schindler.
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Schindler fue uno de tantos que aprovechó las circunstancias del expolio de los judíos para amasar una gran fortuna. Pero antes de éso, ya había colaborado con los nazis. Nacido en Moravia (en la actual Chequia) de familia alemana y antes de la ocupación nazi de Checoeslovaquia en 1.938, aprovechó su nacionalidad checa y sus movimientos como comerciante para pasar información al gobierno alemán desde el año 1.936, en lo relacionado con vías férreas y movimiento de tropas, muy útiles de cara a la ya prevista anexión. De hecho el gobierno checo lo arrestó y encarceló bajo la acusación de espionaje, aunque hubieron de liberarlo debido a las presiones del gobierno alemán. En 1.939 solicitó la afiliación al partido nazi, que le fue concedida al poco tiempo, entre otras cosas por sus méritos como espía. 
 
En 1.939 le encontramos en Cracovia donde, utilizando sus contactos, compró (iba a alquilarla pero un amigo le convenció para adquirirla) una fábrica de menajes esmaltados incautada a los judíos, la llamada Rekord Ltd., situada en la otra orilla del Vístula, junto al ghetto judío de Podgorze. Gracias a las invitaciones y regalos con los que agasajaba a menudo a la oficialidad de las SS y de la Wehrmatch, consiguió numerosos contratos como proveedor al ejército, con lo que la fábrica, ahora rebautizada como Deutsche Emarlewaren-Fabrik (Fábrica Alemana de Esmaltes), familiarmente conocida como Emalia, comenzó a funcionar muy bien desde el principio. Llegó a contratar hasta 1.750 trabajadores, de los cuales unos 1.000 eran judíos. Procedentes todos del ghetto de Cracovia, con lo que la mano de obra le resultaba muy barata. Recordemos: si un alemán cobraba 20 marcos, un polaco cobraba 10, mientras que un judío cobraba sólo 5. Cantidad que el empresario, en este caso Schindler, no entregaba a los judíos, sino directamente al gobierno nazi.
 
En Julio de 1.944 los nazis fueron evacuando los campos situados más al Este ante el avance de las tropas soviéticas. Por la razón que fuese, Schindler había dejado de ver a los judíos no ya como mano de obra anónima, sino como personas, y personas con un futuro muy negro, además. En la película La lista de Schlinder, el punto de inflexión es el momento en que, paseando a caballo ve, caminando escoltados por las SS, a un grupo de judíos, entre ellos una niña, “la niña del vestido rojo”, dirección a la plaza Bohaterov, para ser embarcados al campo de Plaszow. Sea como sea, allí empezó la transformación de un especulador como era Schindler a un “Justo”. Consiguió para sus judíos medidas beneficiosas, entre otras, como que durmiesen junto a la fábrica, en naves habilitadas al efecto, y evitarles los para ellos peligrosos desplazamientos.
 
Schindler convenció (sobornando) al capitán de las SS, Amon Göth, comandante del campo de Plaszow, para trasladar su factoría a la región de los Sudetes (en la actual Checoeslovaquia) con el argumento de fabricar munición y material de guerra en zona segura, librando de esta manera a sus trabajadores de la peligrosa vecindad de los campos. Y no sólo a sus mil judíos. Consiguió añadir, haciendo trampas, a unos doscientos más. De acuerdo con el secretario judío del ghetto que le confeccionó una lista con 1.200 nombres, el secretario de Göth mecanografió una lista con los 1.200 nombres, la famosa “lista de Schindler”, que pudieron viajar en trenes hasta Brünnlitz, a costa de ir sobornando todo el tiempo desde Amon Götz a todos los oficiales de las SS con los que se cruzaba. Schindler tuvo un momento de grave riesgo cuando intervino para rescatar a 300 trabajadoras de su fábrica que, por un despiste, fueron llevadas en los trenes al campo de Auschwitz. Consiguió, por fin, sacarlas de allí al precio, como siempre, de sobornar a unos cuantos oficiales alemanes. Para cuando acabó la guerra, en Mayo del 1.945, había logrado salvar la vida de los 1.200, pero él había quedado arruinado.
 
Tras la paz aún intento algunos negocios, como una cementera en Alemania o la cría de ganado en Argentina, pero ya no tenía las “facilidades” que la guerra y el expolio judío le habían proporcionado, y no levantó cabeza. Tras varias quiebras, de hecho en Alemania fue ayudado para subsistir gracias al apoyo financiero de los conocidos como Schindlerjuden: los judíos de Schindler. No sin alguna voz en contra, fue nombrado “Justo entre las Naciones”. Hoy reposa en el cementerio de Monte Sión, en Jerusalén.
 
El Museo de Schindler es posiblemente el más visitado sobre el tema judío. A ello contribuye su vecindad a Cracovia, ciudad turística per se, pero sin duda ha contribuído mucho la ya mencionada película de Spielberg. Pero además, el museo tiene un planteamiento expositivo muy bueno. El museo como tal ocupa la planta superior, lo que fueron las oficinas, ya que la fábrica -en la planta inferior- aloja actualmente a un museo de arte contemporáneo. Vamos haciendo un recorrido con abundancia de objetos y, sobre todo, de fotografías, donde podemos ir viendo desde reconstrucciones de las escenas del ghetto a imágenes de los campos. Mario, como experto documentalista, nos iba explicando algunas en concreto porque, y gracias al testimonio de los supervivientes, se ha conseguido poner nombre a muchos de aquellos judíos. Así, escenas de familias enteras junto al tren o por las calles del ghetto dejan de ser personas anónimas para convertirse en padres e hijos o parientes con nombre y apellidos. 
 
Hubo, hay y habrá numerosos genocidios en la historia de la humanidad. De algunos conocemos detalles arqueológicos. De otros del Siglo XX como el de los armenios por parte de Turquía, nos llegaron algunas fotografías. Pero el Holocausto judío fue el primero del Siglo XX en ser abundantemente documentado. La industria óptica se había desarrollado y puesto a disposición de todo aquel interesado muchas cámaras fotográficas con las que retratar todo lo retratable. Los alemanes hicieron no sé si millones, pero sí miles y miles de fotografías como propaganda, tanto para eternizar los triunfos nazis, como para reflejar lo que fueron campos de batalla y, entre otras cosas, la vida diaria en los ghettos y en los campos de concentración. Dentro de los campos se hicieron algunas fotos clandestinas con la intención de sacarlas fuera y mostrar al mundo lo que allí estaba pasando. Pero fueron las propias fotos de los alemanes las que muchas veces sirvieron de prueba en los procesos posteriores al fin de la guerra.
 
El único testigo español en los Juicios de Nuremberg fue un ex-prisionero republicano del campo de Mauthausen, el catalán Francisco Boix, ayudante del laboratorio fotográfico del campo para positivar los negativos de las abundantes fotos que se hacían. Con riesgo de su vida logró esconder muchos de aquellos negativos. Fue gracias a aquellas fotografías como se pudo demostrar la presencia en el campo del “arquitecto del Reich” y hombre de confianza de Hitler, Albert Speer, que siempre había negado el conocimiento de la existencia de los campos, y que le valió la condena a prisión. Y el caso de Lilly Jacob merece mención especial. El 26 de Mayo de 1.944 fue deportada con 18 años desde Hungría a Auschwitz con su familia. Sólo sobrevivió ella, y podríamos decir que milagrosamente. Liberada al final de la guerra, se encontraba en un hospital alemán y estaba enferma de tifus. Pesaba 32 kg. En el cajón de la mesilla junto a su cama encontró un montón de fotografías. En una de ellas pudo ver a su familia subiendo la rampa de Auschwitz, camino de las cámaras de gas. Tiempo después donó las fotos al ya citado Yad Vashem de Jerusalén, con las que muchos judíos han podido identificar a parientes y conocidos, presentes en Auschwitz.
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             Reproducciones de dibujos hechos por los niños de los campos
El museo estaba lleno de gente. La inmensa mayoría y como es lógico, judíos. Y muchos grupos de militares israelíes de los que luego veríamos en abundancia en los campos. En una de las salas me impresionó ver, reproducidas en la pared, pequeños graffitis pintados por los niños en los campos, con lo que era su cotidianeidad en aquellos días: escenas de ahorcamientos, de fusilamientos, soldados armados, prisioneros en filas…uno de ellos representaba un árbol tronchado (¿recordáis, el símbolo de la mujer muerta en el cementerio de Varsovia?) con una inscripción en yiddish: querida mamaíta
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En lo que fue el despacho de Schindler está su mesa con un par de teléfonos (de los antiguos, de bakelita), algunos portafotos, tinteros y un flexo. La sala es grande. Justo enfrente, y contenidos por una tela metálica, una instalación hasta el techo de los cacharros que se fabricaban allí: perolos, jarras, bandejas… Si lo rodeamos por detrás, un gran panel con la lista de los 1.200 Schindlerjuden: aquellos 1.200 afortunados a los que consiguió salvar la vida. Pero ya en el museo de Auschwitz nos esperaba otro listado de nombres: los de 4 millones de judíos de los 6 millones que murieron, y de los que al menos ha quedado la memoria. El resto, los otros dos millones, me dijo Mario que ya será muy difícil recuperar ni siquiera el nombre, quedan pocos supervivientes, no más de 15.000 en todo el mundo, ya muy mayores, casi cada día muere alguno y de los que quedan su memoria flaquea cada vez más,  aunque las investigaciones continúan a otro nivel y, en goteo, se consigue identificar a muchos. 
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           Buscando apellidos de antepasados entre los cuatro millones del listado
El listado de las víctimas del Holocausto en cuestión eran dos enormes libros, a guisa de guía telefónica pero a lo bestia. Con páginas de aproximadamente un metro de alto por cuarenta o cincuenta centímetros de ancho, a doble cara, y a lo largo de cuatro o cinco metros, quizá más, por cada lado. Allí estaban registrados por orden alfabético de apellidos y, en cada apellido, los nombres. Si había datos, constaba lugar y fecha de nacimiento, y lugar y fecha de la muerte. Obviamente en la mayoría eran registros incompletos. Muchas personas, civiles y militares, hojeaban los registros, en busca de algún antepasado o algún pariente. Venían de muy lejos, de Israel y de otros sitios, y podías ver a muchos que, cuando encontraban algo, fotografiaban con sus móviles las páginas. Nuestros dos compañeros argentinos de viaje: “Bobby” y Adriana, encontraron sus apellidos. Yo, por mi parte y por curiosidad busqué mi apellido materno: Caraballo. Siempre hemos tenido la idea en la familia de que, siendo un apellido de la zona de Génova, podríamos tener judíos en la familia. Busqué “Caraballo”, “Caravallo”, “Caravaggio”, por apurar posibilidades, pero lo cierto es que no encontré nada, creo que me hubiera hecho ilusión este rastreo familiar. Pero sí que vi apellidos claramente de origen castellano, seguramente de los sefardíes -de origen español- que también cayeron en los campos.
 
Auschwitz-Birkenau
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Posiblemente sea el nombre, el símbolo más conocido a nivel mundial de lo que fue el Holocausto. Cada año lo visitan 1.200.000 personas. A ello contribuyen su proximidad a Carcovia (está a 43 kilómetros, suele formar parte de los “tour” turísticos organizados), su buen estado de conservación (los nazis huyeron ante el avance soviético y no les dio tiempo a destruirlo), y al ser los últimos en construirse y los más grandes, su perfeccionamiento y eficacia en lo que se llamó eufemísticamente la Endlösung = la solución final. Sólo por dar algunos datos: desde que se abrió el 20 de Mayo de 1.940 hasta que entraron los soviéticos, el 27 de Enero de 1.945, allí murieron entre 1.100.000 y 1.500.000 personas, el 90% de ellos judíos.
 
Auschwitz tuvo tres sectores:
-Auschwitz-I, el original. La mencionaré por mayor sencillez sólo como Auschwitz. Se utilizó aprovechando un acuartelamiento de ladrillo del cuerpo de caballería del ejército polaco, construído durante la 1ª Guerra Mundial. Su primer uso fue el de campo de concentración y exterminio donde perdieron su vida unas 70.000 personas, entre intelectuales polacos y prisioneros de guerra soviéticos. Los primeros internos, el 14 de Junio de 1.940, fueron 30 criminales comunes alemanes, utilizados como kapos, y 728 prisioneros políticos polacos. Según aumentaba el número de prisioneros, ya en Septiembre de 1.940 los alemanes decidieron levantar en los bloques un segundo piso.
-Auschwitz-II-Birkenau. Por mayor sencillez, como Birkenau a secas. Sobre todo utilizado como campo de exterminio. Llegaron a instalarse 4 crematorios que funcionaban noche y día. Con capacidad para eliminar hasta 2.500 cuerpos cada día, lo que arrojaba la cifra de 10.000 judíos incinerados diariamente. Birkenau está a 3 kilómetros de Auschwitz-I y era el más grande: 2,5 x 2 kilómetros, dividido en secciones por doble alambrada electrificada, así como la perimetral.
-Auschwitz-III, utilizado como campo de trabajo con diferentes subcampos (unos 40) con fábricas, de armamento u otros productos como caucho sintético, tales como la I.G. Farben.
 
Según las normas de la organización de visitantes debíamos ir acompañados con un guía oficial del lugar. Así, en el museo de Schindler de Cracovia nos acompañó durante toda la visita una chica joven que hablaba un castellano muy bueno. En Auschwitz y Birkenau Mario no iba acreditado como guía oficial pero, hombre curtido en acompañar grupos, ya en Birkenau le dijo a la guía si podríamos hacer la visita los cinco solos, para ir con más soltura. Desde el gran portón de entrada por donde entraban los trenes hasta el andén, una gran torreta de madera ofrece una visión panorámica del campo. Pero al intentar acceder a la escalera, un torno nos impedía la entrada. El vigilante nos preguntó por la guía, y como íbamos sin ella desistimos de subir. Ya dentro del recinto de Birkenau y nada más entrar Mario se encontró con un guía amigo, israelí (¡este hombre no hacía más que saludar amigos por toda Polonia!) que, con una sonrisa y diciendo…¡para Mario, lo que necesite!… nos facilitó el acceso al torno con lo que pudimos subir la escalera y contemplar la panorámica desde lo alto de la torreta… ¡Hay que tener amigos hasta en Birkenau!…  
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Cerca de 6.500 miembros de las SS sirvieron en estos tres campos durante los casi cinco años de existencia. El número habitual solía ser de 1.000 hombres y 200 mujeres, todos de las SS. El número de prisioneros oscilaba entre 13.000 y 16.000, llegando a 20.000 en 1.942. A los que no se eliminaba directamente se les destinaba a trabajar: en las canteras y graveras cercanas, en el mantenimiento del campo, en las fábricas cercanas o como Sonderkommando, para ocuparse de los cuerpos de los gaseados y del crematorio. En Birkenau se prolongaron las vías del tren hasta el interior, hasta un apeadero donde actualmente se ha dejado un vagón como muestra: vagones de carga, sin ventilación, cerrados por fuera, donde se transportaba una media de 100 prisioneros por vagón y generalmente sin agua, en un trayecto que en los desplazamientos más largos (Grecia, Hungría, Holanda, incluso Francia) podía suponer más de una semana. No era raro que por el calor y la deshidratación llegasen muertos la mitad de los deportados. En el andén se les clasificaba, según el criterio de los médicos del campo: a un lado los útiles para trabajar, hombres generalmente, y a otro lado viejos, enfermos, mujeres y niños. 
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Según avanzaba la guerra había novedades en el campo. En Marzo de 1.944 los alemanes ocuparon Hungría, aunque tenía un régimen filonazi. Entre Mayo y Junio de 1.944 llegaron a Birkenau 438.000 judíos húngaros. Un 90% acabaron en las cámaras de gas. Otros recién llegados fueron los gitanos, aunque también se les había perseguido y eliminado con anterioridad por Alemania y los territorios conquistados. El trato dispensado a los gitanos no dejaba de ser curioso. En Birkenau llegaron la mayoría procedentes de Alemania, Austria y Hungría desde 1.942. Vivían en barracones aparte, el llamado campo de las familias gitanas, con toda la familia, mujeres y niños incluídos, aproximadamente unos 6.000. El hecho de que fuesen tan “tribales” no hubiese supuesto ningún escrúpulo para los nazis, que de todas formas les consideraban antisociales. Entre ellos hubo una familia de siete hermanos enanos (la familia Ovitz), que se dedicaban al circo. A Mengele les hizo gracia e hizo algunos experimentos con ellos pero tuvieron suerte y sobrevivieron todos. Pero la compasión brillaba por su ausencia. Desde la subida de Hitler al poder comenzó su persecución por todos lados aunque para los nazis los gitanos constituían una paradoja. Claramente su lengua, el romaní, procedente del norte de La India, era una lengua aria. Al final los “expertos” y tras investigarles decidieron que sí, que eran de origen ario, pero durante siglos de deambular por su vida nómada se habían mezclado con razas inferiores y constituían un riesgo para la pureza aria buscada. 
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                                                    Expulsión de gitanos
El 16 de Diciembre de 1.942 Heinrich Himmler ordenó que los gitanos de Alemania y Austria fueran llevados a Polonia, la mayoría a Auschwitz, donde se les identificaba mediante un triángulo marrón invertido cosido sobre sus ropas. En el campo de las familias gitanas se declararon epidemias de tifus y de difteria por lo que las autoridades del campo decidieron acabar con ellos, aunque se llevaron una sorpresa: los gitanos les esperaban y decidieron resistir. El 16 de mayo de 1.944 unos 50 ó 60 miembros de las SS rodearon el campo encontrándose con los hombres armados con barras de hierro y otras armas improvisadas. No les faltaban arrestos ni experiencia: entre los gitanos había muchos veteranos del ejércitoPor no correr riesgos y evitar otros motines en Auschwitz, los SS decidieron retirarse aunque, más tarde y poco a poco, fueron llevándose los que salían a trabajar, hasta un total de 3.000.  Los 3.000 restantes (exactamente 2.897), mujeres y niños sobre todo, fueron sacados pese a su débil resistencia la noche del 2 al 3 de Agosto de 1.944, la llamada Zigeunermatch, “la noche de los gitanos”, y llevados directamente a las cámaras de gas. El Holocausto más conocido y difundido fue el de los judíos. En el caso de los gitanos y por el hecho de estar menos organizados, es muy difícil calcular el número de los asesinados. Del aproximadamente un millón de gitanos que vivían en toda Europa, se calcula que murieron entre un 25 y un 50% o, lo que es igual: entre 220.000 y 500.000.  
 
Hubo otros grupos. Tras anexionarse Grecia, los nazis deportaron a unos 55.000 judíos de la numerosa comunidad de Salónica. Sólo considerar que el viaje en tren desde Atenas hasta Auschwitz solía tardar hasta 8 días, con el sufrimiento y el porcentaje de muertos que las durísimas condiciones del transporte en los vagones de carga suponían. Lo curioso y lo que, entre los propios judíos, suponía paradójicamente de racismo es que, al ser judíos sefarditas, procedentes de la expulsión de España a comienzos del Siglo XVI bajo los Reyes Católicos, su lengua era el “ladino”, directamente derivado del castellano. Para la mayoría de los judíos centroeuropeos de origen askenazi y que hablaban yiddish, aquellos “judíos del sur” eran como judíos de 2ª, al no hablar yiddish. Una de las placas de homenaje junto a las cámaras de gas en Birkenau está escrita, precisamente, en ladino, que pudimos leer perfectamente. Ya nos comentaba nuestro guía Mario con su socarronería habitual las divisiones que enseguida se plantean entre los propios judíos:… Cuando se juntan dos judíos, edifican no dos, sino tres sinagogas…
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               La placa en ladino, el idioma de los sefardíes expulsados de Grecia
Sea como sea a los que iban a ser eliminados se les conducía a la zona de las cámaras de gas. Eran estancias subterráneas donde a los recién llegados se les decía que iban a recibir una ducha y donde previamente debían desnudarse en un plazo de 10 minutos como máximo. Para evitar reacciones de pánico y dar imagen de verosimilitud, en las salas había numerosas perchas numeradas donde, les decían, debían colgar su ropa y dejar los zapatos en el suelo atados por los cordones. Y les insistían en recordar el número de cada percha para recoger sus ropas después de la “ducha” y no perder tiempo. Acompañados de los Sonderkommando y de los SS les conducían a las cámaras de gas donde, para figurar, hasta había plafones en el techo (por supuesto sin servicio de agua). En un momento dado daban un aviso para que Sonderkommando y SS salieran de las cámaras, y cerraban las puertas. Y una vez encerrados, introducían por unos conductos el gas Zyklón-B con lo que, en unos 25 minutos, habían muerto todos.
 
Una vez comprobado que estaban todos muertos, un equipo de Sonderkommando cortaban el pelo a las mujeres si no lo habían hecho previamente con la excusa de eliminar los piojos. Les quitaban los anillos de los dedos, con tenazas les arrancaban los dientes de oro y registraban sus orificios por si habían ocultado joyas o dinero. En un montacargas que había más adelante les subían a nivel de calle y allí, en camillas y carros, les llevaban hasta los hornos, donde según el volumen de “trabajo” debían esperar los cadáveres horas, incluso días, para ir siendo incinerados. Previamente habían recogido la ropa y los zapatos y, de sus fardos, cualquier objeto útil: perolos de cocina, peines, cepillos del pelo, cepillos de dientes…incluso las muletas. Todo ello era desinfectado con el Zyklon-B (por si los piojos), lavado y enviado a Alemania para revenderlo. Los zapatos se remendaban si hacía falta, así como la ropa. Hoy día no compraríamos un cepillo de dientes usado, nos daría asco pensar en qué bocas no habrá estado, y tenemos la facilidad de que en cualquier supermercado los hay a docenas y bien baratos, pero en aquellos tiempos hasta los alemanes eran pobres y todas esas cosas encontraban fácil acomodo.
 
Al extremo de Birkenau uno de los barracones servía de almacén de todo lo que le quitaban a los prisioneros: desde los dientes de oro hasta las gafas, pasando por las joyas, el dinero, la ropa o los cepillos, todo. Los alemanes le pusieron el mote de Kanada, porque en su imaginario la lejana Canadá era un país rico donde sobraba de todo aquello. Pero como se suele decir, donde está la tentación está el peligro. Entre soldados y oficiales de las SS no era raro el robo de algunos de los objetos más valiosos (supongo que precisamente los cepillo de dientes no), hubo una red de corrupción y contrabando, e incluso el primer comandante del campo, Rudolf Höss del que hablaré más tarde, fue destituído por esta causa.
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       Peines por un lado; a la derecha brochas de afeitar, cepillos y cepillos de dientes.
 
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                                                 Zapatos de todos los tipos
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Auschwitz pelo humano 1
Montones de pelo en la foto superior. En la inferior, fieltro tejido con pelo humano
Una de las cosas más espectaculares y difundidas de Auschwitz son las inmensas montañas de pelo que ocupan todo un lateral hasta el techo, en forma de trenzas, coletas, melenas…, pelo que se rapaba en vida o post mortem, sobre todo a las mujeres. Había oído hace tiempo que se usaba como aislante en los submarinos. Mario me corrigió: se usó como relleno para almohadillar los sillones y sofás. Otros grandes montones son los zapatos: ves de todo tipo, muchos de tacón, otros infantiles…los judíos encargados de remendarlos los ponían a punto. En otros grandes montones las gafas, los cepillos, las muletas… Lo que podemos hoy día ver allí es lo que los soviéticos hallaron al llegar a Auschwitz: cientos de miles de trajes de hombres, 800.000 vestidos de mujeres, 8.000 kilos de pelo… Si consideramos que lo que vemos es lo último que quedó, podemos imaginar las toneladas que fueron enviadas a Alemania durante los años que el campo estuvo a plena “producción”…
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En Auschwitz y Birkenau ya no se usó anhidrido carbónico de los motores, sino sólo el Zyklon-B. En su composición interviene el ácido cianhídrico, también conocido como ácido prúsico, empapado en fibra o tierra caliza de diatomeas como estabilizante. Su efecto es el de provocar la muerte celular al impedir la captación de oxígeno, por inhibición enzimática de la respiración celular. Se usó en sus principios como raticida e insecticida, y en los campos para despiojar el pelo rapado o la ropa de los prisioneros antes de mandarla a Alemania. Por sus características, cuando absorbe humedad ambiental (basta la eliminada por cuerpos sudorosos) se vaporiza como cianuro de hidrógeno, siendo letal por inhalación, aunque no es una muerte instantánea: se producía sofocación, anoxia con pérdida del control de esfínteres (los prisioneros se orinaban y defecaban encima), inconsciencia y muerte cerebral en un plazo de 15 a 20 minutos. Se supone que bastaban 4 gramos por persona. En los campos utilizaban unos 2.700 kilos al mes, suministrados por la empresa química IG Forben (fusión de la Bayer y otras dos). La primera prueba en humanos se realizó en Enero de 1.940, con 250 niños gitanos procedentes de Brno, en el campo de Buchenwald. En Majdanek también se usó al final, sustituyendo al CO2 de los motores. Ya en Auschwitz la primera prueba se realizó el 3 de Septiembre de 1.941, con un grupo de 850 polacos y rusos, en el Bloque 11 de Auschwitz.
 
El Bloque 11 era conocido como el de las torturas, para aquellos prisioneros que se habían atrevido a mostrar algún signo de insumisión, incluso de agresión a miembros de las SS. En su planta baja se pueden recorrer pasillos donde, a un lado y a otro, mínimas mazmorras alojaban a los desgraciados prisioneros. Muertes por hambre y sed, por latigazos, a bastonazos, o encerrados en estrechos cubículos de un metro por un metro en los que no podían ni tumbarse. En algunos de estos cubículos llegaron a encerrar hasta cinco presos juntos…sin sitio ni para respirar. Cuando el castigo se quería hacer público se les ahorcaba a la vista de todos, en unos raíles de tren colocados especialmente. Si el castigo quería ser más cruel, a veces se les dejaba colgados por el cuello con los pies apoyados en una silla durante uno, dos, tres días…hasta que no conseguían mantenerse más en pie y morían. Pero la imaginación de los carceleros siempre encontraba maneras aún más dolorosas: se les colgaba de las manos atadas a la espalda, en un tormento que podía durar hasta un par de días…
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      Rail de tren colocado en Auschwitz para los ahorcamientos. Siempre estaba lleno
Un pequeño patio separa el Bloque 11 (el de las torturas) del Bloque 10 (el de los experimentos). Cuando entramos al patio a través de un portón vemos un muro de ladrillo rojo al fondo con un revestimiento parcial de oscuros bloques de hormigón. En su momento se le conoció como “el paredón negro”. El actual es una reconstrucción, ya que los nazis lo destruyeron al evacuar el campo ante el avance de los soviéticos. Aquel paredón era el sitio escogido por los alemanes para fusilar a los prisioneros, principalmente a los polacos. Aunque echaban arena en el suelo para empapar la sangre, a menudo ésta acababa corriendo por dos canalones a cada lado del patio. Al pie del “paredón negro” ramos de flores y velas encendidas sirven de homenaje a los fusilados. Se calcula que unos 60.000 fueron aquí ejecutados.
 
Los experimentos de Auschwitz
 
El Bloque 10 era el de los tristemente célebres experimentos. Es de los pocos que permanecen cerrados al público, para evitar visitas. El médico más famoso fue el doctor Mengele, pero no era el único. En Auschwitz y Birkenau trabajaron unos 20, ayudados en algunas tareas por médicos prisioneros, aunque Mengele llegó a ser ascendido a “primer médico” de Birkenau. Entre otras funciones, los médicos eran los encargados de seleccionar a simple vista, de entre los que bajaban de los vagones, a los útiles para el trabajo físico o a los inútiles. Simplemente señalando con el dedo les mandaban a la derecha o a la izquierda, lo que significaba o bien una muerte inmediata en las cámaras de gas, o bien una muerte lenta a costa del trabajo y las privaciones. Aunque la selección no era competencia directa de Mengele, supervisaba a los recién llegados buscando “objetos de investigación”: parejas de gemelos, personas con heterocromía (ojos de diferente color), enanos u otras anomalías físicas.
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Selección de los prisioneros en Birkenau. A la derecha y con uniforme de oficial, Mengele
Josep Mengele, capitán médico de las SS, fue conocido como Todesengel = el ángel de la muerte. Su afición era la genética, investigando sobre todo en gemelos y en embarazadas para intentar aplicar sus conocimientos a fin de aumentar la natalidad de la raza aria. Uno de los barracones estaba destinado a los niños, a los que protegía y alimentaba mejor, pero no por humanidad sino para que sus “conejillos de indias” aguantasen mejor los experimentos. Creó incluso una guardería con zona de juegos y cuando les visitaba repartía caramelos y se hacía llamar el “tío Mengele”. Pero llegó al extremo de coser, espalda con espalda, a parejas de gemelos (lo que conducía a infecciones y muerte), a trasplantes de miembros y transfusiones entre gemelos (con idéntico resultado) o en inyecciones de productos químicos en los ojos para cambiar el color del iris (con consecuencia de ceguera). Sólo en gemelos Mengele investigó en más de 1.500 pares de ellos, de los que sólo sobrevivieron 200… Mengele abandonó Auschwitz el 17 de Enero de 1.945, pocos días antes de la llegada de los soviéticos. Ayudado por organizaciones de las SS consiguió huir a Sudamérica, cambiando de nombre y eludiendo la persecución de los “cazanazis”, muriendo en Brasil.
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                                                    El barracón de los niños
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              Arriba, ficha con la firma de Mengele. Abajo, recibo por un envío de Zyklon B
Los experimentos que realizaron los nazis aprovechando los prisioneros que tenían a su disposición perseguían un fin científico: casi todos ellos, aunque no todos, estuvieron enfocados a los problemas de los soldados en plena guerra. Para ello utilizaron judíos, gitanos, soldados soviéticos, disidentes políticos polacos… La lista de los diferentes experimentos es larga: heridas en la cabeza a base de golpes para ver lesiones cerebrales abriendo el cráneo (a veces en vivo), trasplantes (y regeneración) de huesos, músculos y nervios…secciones que se hacían sin anestesia. Inoculación de malaria, tifus, fiebre amarilla, viruela, cólera y difteria, haciendo lotes con prisioneros vacunados y no vacunados, o para ver el efecto de medicamentos. Diferentes tipos de venenos administrados en la comida. Quemaduras en la piel con fósforo y gas mostaza para ver el efecto de las bombas incendiarias. Consecuencias de altitud elevada (el equivalente a 20.000 metros de altura) en cámaras de baja presión. El uso de sulfamidas en heridas provocadas donde se introducían astillas de madera o trozos de cristal para que se infectasen. Efecto de ingestión tan sólo de agua de mar, lo que producía deshidratación y desequilibrios electrolíticos con consecuencia de muerte en un par de días… 
 
El doctor Carl Vaernet inyectó productos químicos en homosexuales para “curar” su homosexualidad. O el doctor Sigmund Rascher, que diseñó una tabla llamada Exitus donde anotaba metódicamente temperaturas del agua, temperatura rectal del cuerpo, tiempo en el agua y tiempo de supervivencia para calcular cuanto aguantaba un ser humano en agua a 4º centígrados. Rascher pudo comprobar que con una temperatura corporal de 25º ya se producía la muerte, aguantando los que más un máximo de 3 horas. A veces a los comatosos intentaban reanimarles con agua caliente, bajo focos infrarrojos o incluso rodeándoles de cuerpos humanos, de mujeres principalmente. Otra prueba de resistencia al frío la hacían con prisioneros desnudos a los que empapaban una y otra vez con agua helada, por aquello del frío siberiano que soportaban los del ejército alemán en la campaña de Rusia (aunque los de la Wehrmatch iban con uniforme, también se helaron).
 
Otro de los experimentos más conocidos era el de la esterilización, efectuados por Carl Clauberg. Con exposiciones de radiación mediante rayos X y en sesiones de 2 ó de 3 minutos (una radiografía normal tiene una exposición de sólo décimas de segundo) buscaban sobre las gónadas: testículos y ovarios, el cese de la actividad hormonal. El otro método era mediante inyecciones endovenosas con sustancias tales como Yodo y nitrato de plata. Los efectos secundarios oscilaban desde grandes hemorragias vaginales, aparición de cáncer de cuello de útero o dolor abdominal severo. En todos estos conejillos de indias, si es que no morían durante los experimentos, se les eliminaba mediante inyecciones de fenol en vena o, a los niños, inyecciones de cloroformo intracardiacas. Y a los hornos. No obstante y como nos contaba Mario, los programas de esterilización no estaban pensados tanto para los judíos (que eran “pocos” y cuyo destino era la eliminación inmediata) sino a los 300 millones de eslavos (Rusia, Ucrania, Bielorusia, Polonia, etc) que “estorbaban” de cara al programa del Lebensraum, del “espacio vital”, de la colonización por parte de alemanes de tan amplios territorios, destinados según el ideario nazi a ser La Gran Germania
 
Carl Clauberg no llegó a extender sus experimentos como a él sin duda le hubiera gustado. No pudo escapar, como Mengele. Fue capturado, juzgado y murió en prisión el 9 de Agosto de 1.957. Otro de los médicos, esta vez del campo de Mauthausen,  fue el doctor Eduard Krebsbach (juzgado y ejecutado en 1.947) al que haciendo un juego de palabras fue llamado irónicamente por los prisioneros doctor Spritzbach = doctor inyección, por su afición a ejecutar con inyecciones de gasolina intracardiacas. Entre sus hazañas hay una que nos tocan más de cerca: mató a 732 prisioneros republicanos españoles con una inyección de fenol intravenosa. No fueron los únicos: en Auschwitz se calcula que murieron otros 1.200 republicanos españoles.
 
La vida cotidiana en los campos
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En el extremo de Auschwitz, al lado opuesto al de la entrada y pegado a los barracones, había una piscina que todavía podemos ver: larga aunque no muy ancha, con césped a su alrededor y hasta con su trampolín y todo… Claro que, no estaba destinada a los presos, sino para el disfrute exclusivo del comandante del campo. Aunque desde sus barracones o camino del trabajo, los prisioneros podían verla. Para los prisioneros había otras “distracciones”…
 
Gracias a los testimonios de los supervivientes sabemos que, al igual que en otros campos de exterminio, nada más llegar a Auschwitz se les dividía en “inútiles” (que iban directamente a las cámaras de gas) y en “útiles” para el trabajo, lo que no garantizaba supervivencia: la vida media era unos pocos meses, un año como sumo. No obstante al llegar se les ordenaba dejar la ropa y los objetos personales, se les proveía del uniforme oficial: pantalón, camisola y gorra a rayas, y zuecos de madera, y se les tatuaba un número en el brazo para su control. Para ello utilizaron un sistema de tipos móviles, como los de la imprenta, tipos con agujas que formaban números, sujetos sobre una placa que se presionaba sobre el brazo, aplicando la tinta. Número que debían aprenderse en alemán para repetirlo cada vez que se lo exigieran y al que los prisioneros, con un sentido de humor muy negro, pero sentido de humor al fin y al cabo, llamaban el Himmlische Telefonnummer: “el número de teléfono celestial”.
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La jornada empezaba antes del amanecer, toque de diana a las 4 o las 5 de la mañana. Unos escasos 10 minutos para recolocar la paja de las literas, para asearse (a veces sin agua y en todo caso agua fría, sin jabón ni toallas) y el desayuno: un tazón de “café”, o lo que es lo mismo, agua caliente con un toque de color marrón que, al menos, les servía para calentarse. Entre Auschwitz y Birkenau dormían hasta 20.000 prisioneros, a razón de 600 o más por cada barracón. Literas de madera de tres pìsos con algo de paja a guisa de colchón. Las literas podían ser corridas o simples. En las simples y en cada piso o nivel llegaban a apretujarse hasta 8 prisioneros. Para caber, se colocaban intercalados: los pies de uno en la cara del siguiente. Complicado hasta para darse la vuelta. A cada lado de la puerta de cada barracón una pequeña dependencia para los vigilantes, los temidos kapos. Por supuesto y aunque en invierno la temperatura en Polonia puede bajar a 20º bajo cero, nada de calefacción. En Auschwitz sí había instalaciones en forma de “glorias” para calentar los barracones…pero de cuando allí, en tiempo de los polacos, estabulaban los caballos del ejército. Para los prisioneros, nada.
 
Al amanecer, primer control, el Appel, formados en posición de firmes al exterior mientras pasaban lista. A veces un cuarto de hora, otras veces un par de ellas… Nos contaba Mario que la vida en el campo te obligaba a agudizar los sentidos. Durante el Appel convenía no ponerse en primera fila (corrían el riesgo de ser más visibles) ni tampoco en la última (los SS o los kapos podían pasar por detrás de ti sin poderles controlar). Siempre estarías más seguro en las filas intermedias.Si alguno necesitaba orinar por la noche, había unos grandes baldes en cada barracón, con la obligación de que el que lo llenaba debía salir fuera a vaciarlo en las letrinas exteriores…lo que les exponía estar a la vista de los SS o los vigilantes que, aburridos, quizá le daban un tiro al paseante. Moraleja: por el sonido de los que meaban sabías si el balde estaba a punto de llenarse o todavía no, todavía era seguro vaciar la vejiga sin jugarse la vida.
 
La jornada de trabajo (en las carreteras, en la construcción, en las fábricas) duraba 11 ó 12 horas, hasta el atardecer, en que de nuevo formados en filas se repetía el control. A eso de las 12 de mediodía y luego por la noche, tocaba el rancho: un plato de sopa de patatas o repollo y las “porciones”: un trozo de 300 gramos de pan, amasado con salvado o incluso mezclado con serrín. Para los que hacían trabajos más duros, alcanzaba 1.300 calorías al día. Para los trabajos más “suaves”, sólo 1.200. Totalmente insuficiente para un adulto. Recordemos que en el ghetto de Varsovia la ración oficial era de 184 calorías. Y, como en el ghetto, el hambre era tanta que los prisioneros comían hierba, mondas de patata o cualquier cosa que se pudiesen echar a la boca. Y aquí nos volvía a repetir Mario aquello de que la vida en el campo obligaba a agudizar los sentidos. Por el olor sabías si la sopa era de patatas o de repollo. Las patatas se hunden: conviene ponerse al final de la cola por si hay suerte y te toca un trozo. Por el contrario, si es de repollo, flota: convenía ponerse de los primeros para pillar algo más que caldo. La dieta insuficiente y el trabajo duro iba consumiendo a los prisioneros. En la jerga del campo se conocía como Muselman a aquellos pobres desgraciados extenuados, débiles, sin capacidad de reacción que acababan inútiles para el trabajo. No duraban mucho: los SS los eliminaban con rapidez.
 
Pero no hacía falta llegar al grado de Muselman para ser eliminado. En Plaszow, junto a Cracovia, el comandante de campo Amon Göth (aquel con quien Oskar Schlinder negoció llevarse a sus judíos a territorio seguro) gustaba de disparar con su rifle, a capricho, a cualquier prisionero que se cruzase por delante, sin más motivo que por puro placer. Su pulcritud llegaba al extremo de pedir la ficha del ejecutado para, si tenía familiares en el campo, ejecutarles también con  el argumento de que no quería “gente insatisfecha” en su campo. Por esta diversión, se calcula que pudo eliminar a 8.000 prisioneros. En el caso de Amon Göth se hizo justicia: juzgado tras la guerra por un tribunal polaco, se le condenó a ser ahorcado en “su” campo de Plaszow. En Auschwitz y sin llegar a los graves castigos reservados para rebeldes, cualquier falta, cualquier lentitud, cualquier mirada, cualquier desacato o cualquier lo que fuese, suponía como mínimo una tanda de latigazos, tanda que el prisionero debía ir contando -en alemán- y que, caso de equivocarse, volvía a repetirse desde el principio, las veces que hiciera falta.
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Según las reglas del campo, los domingos no se trabajaba: se dedicaban a limpiar los barracones y se duchaban (esta vez de verdad, con agua y no con Zyklón B) aunque, por supuesto, con agua fría, sin jabón y sin toallas: con quitarse la mugre ya era suficiente. Afeitarse, se afeitaban. Lo que no he conseguido por más que he mirado y he leído es saber cómo. No había maquinillas en aquel tiempo y era imposible que tuviesen navajas en su poder. En un prurito de higiene los SS les inspeccionaban tras la ducha, desnudos. A los Muselman o a aquellos con pinta de enfermos les mandaban a las cámaras de gas. Les rapaban el pelo y controlaban las uñas de los prisioneros: si no se gastaban con el duro trabajo manual y a falta de tijeras, las de las manos se las roían con los dientes. Las de los pies solían desgastarse por el roce con los zuecos. 
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Para hacer sus necesidades los llevaban al menos una vez al día a las letrinas donde, en unas largas planchas de cemento, se abrían alternativamente a un lado y a otro en zig-zag (para caber más, todos apretados) unos agujeros de aproximadamente 30 centímetros de diámetro sobre los que se sentaban para evacuar. Cabían al tiempo según el tamaño de las planchas unos 200 o más. El tiempo concedido eran 7 minutos para cada grupo de 100 o 200 prisioneros, transcurrido el cual debían levantarse y ceder el sitio a los siguientes, y éstos a los siguientes, y así todo el campo. Podemos imaginar con facilidad la peste y la suciedad de aquellos servicios. Por supuesto sin papel higiénico ni nada que se le pareciese. Y aquí hacen su aparición los niños que, como todos en el campo, tenían su utilidad. Su pequeño tamaño unido a su delgadez les convertían en idóneos para meterse en los sumideros del campo o, en el caso de los servicios, en los agujeros por donde los presos defecaban. Tras acabar todos los hombres de hacer sus necesidades los niños entraban por las letrinas para acabar de arrastrar -o sacar- los excrementos. 
 
El cine nos llega siempre mucho mejor que lo escrito, ilustrando por su obvia fuerza de lo que entra por los ojos. Bien lo sabe nuestro guía Mario, experto en comunicación audiovisual que nos enseñaba tantas fotos, o nos puso durante los trayectos en coche fragmentos de películas (y no de las de Walt Disney, precisamente). Hay unas cuantas películas que se han hecho sobre el tema del Holocausto y basadas en historias reales, que ilustran tanto la vida en el ghetto como en los campos. Como se suele decir, “parece que estuvieras ahí”… Algunas como El pianista de Polanski, La lista de Schlinder de Spielberg o El triunfo del espíritu de Robert M. Young (por cierto, sobre un boxeador judío griego, Salamo Aruch, uno de aquellos sefardítas sureños despreciados por los askenazis del norte), están bien consideradas por los judíos, tanto por la exposición correcta de los hechos como por el trato respetuoso de lo que fue el drama del Holocausto. Hay otras en cambio, muy bien acogidas por el público pero que dan una visión edulcorada de la vida en un campo de exterminio, muy poco realista, huyendo de exponer lo que fue: una desagradable verdad, tales como El niño del pijama de rayas La vida es bella. A los judíos no les gustan nada, aunque para gustos se hicieron los colores. Mi opinión me la reservo, aunque creo que se me nota.
 
El fin de Auschwitz
 
El 7 de Octubre de 1.944 el Sonderkommando consiguió destruir el crematorio número IV de Birkenau. Cuatro prisioneras que trabajaban en las fábricas de explosivos: Ella Gartner, Regina Safir, Estera Wajsblum y Roza Robota, fueron poquito a poco robando pólvora y por medios inverosímiles puesto que no tenían contacto con los hombres, pasárselo a ellos. Cuando tuvieron suficiente explosivo, demolieron el horno y en la confusión intentaron huir,  aunque fueron todos capturados y ejecutados. Murieron tres de los SS y unos    450 Sonderkommando. Aquellas cuatro mujeres fueron públicamente ahorcadas el 6 de Enero de 1.945. Como es de suponer hubo numerosos interrogatorios a los sospechosos, entre ellos al ya citado boxeador sefardita Salamo Aruch. Pero aunque realmente estuvo implicado consiguió resistir los tormentos y no confesó nada. Había perdido a toda su familia en Auschwitz: su hermano se negó a trabajar en los Sonderkommando lo que le supuso la ejecución inmediata. La mujer de su hermano fue seleccionada nada más llegar para las cámaras de gas. Y su padre, aunque robusto cargador de muelle se fue agotando hasta que, convertido en un Muselman y pese a los esfuerzos de Salamo, también fue ejecutado.
 
Salamo sobrevivió y, con el tiempo, se casó con el amor de su juventud de Salónica y se establecieron en Israel, donde se integró en el ejército. Tuvieron varios hijos, y después nietos, con los que se le puede ver, sonriente, en las fotos. En el museo de Schindler de Cracovia y en el de Auschwitz podemos ver numerosas fotos de supervivientes, ya ancianos, sonrientes y rodeados de su familia. Mario nos contaba que para estos hombres que tan cerca estuvieron del final y a los que no lograron exterminar, el hecho de engendrar hijos y nietos supone el triunfo sobre la muerte, y la perpetuación de su familia y de su raza. Miles de SS consiguieron escapar, como Mengele, aunque otros miles fueron capturados por los soviéticos o por las fuerzas aliadas. Algunos fueron juzgados y condenados en Nuremberg. Otros pocos fueron localizados por los “cazanazis”, como Simon Wiesenthal, superviviente de Mauthausen. Para la mayoría, sin embargo, tras cortas condenas o amnistías, recobraron la libertad e incluso continuaron ocupando cargos en la política y la administración alemanas.
 
El destino de los comandantes de campo de Auschwitz afortunadamente no fue tan bueno. El primero de ellos, Rudolf Höss, fue famoso por su crueldad con los prisioneros. Investigado y destituído por sus superiores, acusado de haber robado riquezas del barracón Kanada, e incluso por haber mantenido relaciones sexuales con una prisionera judía austríaca (cargo que no pudo probarse o que al menos se sobreseyó). Debido a sus buenas relaciones con Himmler y con Mengele, volvía a menudo por Auschwitz. Rudolf Höss había ingresado en las SS en Junio de 1.934. Destinado en Noviembre de 1.934 en Dachau, donde adoptó por primera vez el famoso lema Arbeit mach Frei: “el trabajo os hará libres”, que lucía en la entrada de varios campos de trabajo. Cuando el avance soviético se hizo inminente se disfrazó de suboficial de la marina alemana cambiando su nombre. Pese a éso fue localizado y entregado a las autoridades polacas. Procesado y condenado a muerte, fue ahorcado el 16 de Abril de 1.947 en un patíbulo levantado en “su” Auschwitz, para mayor humillación, donde la ejecución fue abundantemente fotografiada. El patíbulo es también una de las cosas más retratadas por los visitantes.
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Tras la destitución de Höss vino Arthur Liebehenschel, que tampoco le iba a la zaga. También fue condenado por un tribunal polaco, y ejecutado en 1.948. A Liebehenschel le sucedió Richard Baer. Baer consiguió escapar de los soviéticos aunque no pudo salir de Alemania. Las redes de las SS le consiguieron identidad falsa y con ella vivió varios años, pacíficamente, en Hamburgo. Pero tuvo mala suerte: fue reconocido y arrestado. Se suicidó en prisión en 1.963.
 
Pero decíamos que el avance soviético seguía imparable desde el Este, lo que estaba destinado a ser La Gran Germania. Hasta los más furibundos SS veían que la guerra estaba perdida. El 17 de Enero de 1.945 los nazis deciden evacuar Auschwitz y Birkenau y replegarse a Alemania, volando antes las cámaras de gas para no dejar demasiadas evidencias así como destruyendo numerosa documentación. Pero no se van solos: en lo que se llamó La Marcha de la Muerte se llevaron consigo 30.000 prisioneros, dejando en el campo unos 7.600, demasiado débiles ni para andar. Mario se preguntaba: ¿para qué se los llevan, si sólo les entorpecían en su marcha?. Mi hija Maya y yo pensábamos que, quizá, como salvoconducto, o quizá como escudo humano. Aquella Marcha de la Muerte fue la última prueba que les quedaba por resistir a los prisioneros. Desde Auschwitz hasta su destino, el campo de Buchenwald, cerca de la ciudad de Weimar, la distancia es de 720 kilómetros. Durante casi un mes de marcha, debilitados, agotados, algunos no podían ni caminar. Las SS iban liquidando a tiros directamente a los demasiado débiles. Para cuando llegaron a Alemania, de los 30.000 sólo quedaban 20.000. Diez mil se quedaron por los caminos.
 
Los que aguantaron desde Auschwitz fueron realojados en Buchenwald. El caos imperaba en el ejército alemán, cada cual pensaba en salvarse como podía. Aún así en su rabia y desesperación, las ejecuciones continuaban. En algunos casos, los nazis incendiaron en su retirada barracones cerrados con todos los prisioneros dentro. En Büchenwald los deportados sabían que la guerra estaba a punto de acabar pero temían la venganza nazi. Organizaron un servicio de vigilancia dentro del campo pero un día, como si nunca hubiesen estado allí, los alemanes habían desaparecido. En pocos días, el 11 de Abril de 1.945, aparecieron los primeros destacamentos del ejército norteamericano, alucinando con el aspecto de muertos vivientes de los prisioneros. Aún alcanzada la ansiada liberación y tras aguantar tantas desgracias, cientos de ellos no pudieron recuperarse, muriendo de las secuelas de la desnutrición crónica y las enfermedades. Para cuando los soviéticos entraron en Auschwitz, el 27 de Enero de 1.945, les esperaba una escena parecida. Los 7.600 prisioneros dejados allí precisamente por su debilidad aún protestaron cuando los soviéticos se proclamaron, muy en su línea soviética, “liberadores de Auschwitz”. De éso nada – dijeron, o algo parecido- , nosotros ya éramos libres cuando llegásteis…
 
Nos decía Mario que, en Europa, antes de la guerra, había 18 millones de judíos. Quitando los seis millones del Holocausto, quedaron doce. Actualmente, dice, hay 14 millones de judíos en todo el mundo… Aún no nos hemos recuperado… 
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El Holocausto y el horror nazi en Polonia (2ª parte)

auschwitz
1ª parte: 
-Introducción. Orígenes del antijudaísmo
-El guía: Mario Sinay
-Comienza el viaje. Varsovia
-Primera parada: el cementerio judío de Varsovia
-Los antecedentes. La invasión nazi
-Comienza la caza del judío
-El ghetto de Varsovia
 
2ª parte: 
Comienza el exterminio. Treblinka
La revuelta judía del ghetto de Varsovia
La aldea de Tykutin y el bosque de Lubojova
Lublin, cuna de la ortodoxia
El campo de Majdanek
Cracovia
 
3ª parte:
 
Schindler, el de la lista
Auschwitz-Birkenau
Los experimentos de Auschwitz
La vida cotidiana en los campos
El fin de Auschwitz
2ª parte:
 
Comienza el exterminio. Treblinka
 
Una vez construído el campo, comenzó la Gran Acción de Realojamiento. Se ordenó al Presidente del Consejo Judío del ghetto, Adam Czerniakow, que a partir del 22 de Julio de 1.942 comenzase a sacar judíos en número de 6.000 diarios (al día siguiente le ordenaron que debían ser 7.000). El argumento por parte de los nazis era que iban a ser conducidos “al Este”, a trabajar en fincas agrícolas. Pese a esa intención manifestada, el hecho de ser sacados del ghetto y conducidos a los trenes produjo gran inquietud en los deportados. De hecho Adam Czerniakow, desesperado al intuir el final que les esperaba a todos, se suicidó al día siguiente. La intención real de los nazis era terminar la “limpieza” del ghetto para el 31 de Diciembre de ese mismo año. 
 
El método era el siguiente: los policías judíos del ghetto acordonaban una calle, e iban sacando de las casas a todos los judíos. Los que se resistían eran ejecutados allí mismo. Tras revisar su documentación, sólo permitían quedarse a aquellos que trabajaban en fábricas o talleres de alemanes, así como a la policía judía y sus familias. Los demás: hombres, mujeres, jóvenes, viejos y niños, sanos y enfermos, con un hatillo como única posesión y escoltados por guardias letones y ucranianos bajo el uniforme de las SS, eran conducidos a pie desde el ghetto hasta un lugar conocido como el Umschlagplatz (=lugar de transferencia), un recinto junto a las vías del tren. Allí permanecían por lo general unas pocas horas aunque en ocasiones debieron esperar días. Los que tenían dinero, intentaban sobornar a los guardianes para escapar. Al principio algunos lo consiguieron por mil o dos mil zlotys. Días más tarde el soborno ascendió a diez mil.
 
Eran encerrados en vagones de carga en grupos de 100 por cada vagón, 60 vagones por cada convoy, un total de 6.000 judíos (llegaron a ser 10.000) en cada tren. El trayecto hasta Treblinka, poco más de 100 kilómetros, con suerte duraba pocas horas pero, debido a que estaban categorizados como trenes de carga, debían esperar en las estaciones intermedias a que pasaran otros trenes, bien de pasajeros normales o los más preferentes, con tropas destinadas al frente del Este, con lo que el trayecto podía dilatarse hasta dos días. Vagones cerrados, con candados en las puertas, sin apenas ventilación, con suerte con un cubo de agua, la mayoría de las veces ni éso. El ambiente dentro de los vagones era dantesco. Sin apenas sitio para moverse, los supervivientes nos narran que se deshidrataban en los vagones bajo el sol, llegando a beber su propia orina. Obligados a hacer sus necesidades en un rincón, que se iban mezclando en el suelo con los vómitos y los cuerpos de aquellos que morían al no poder resistir más la sed, el calor y el agotamiento… Cuando consideramos los hechos, pensamos que no podía haber nada peor…pero siempre lo hay. De Varsovia a Treblinka el trayecto era relativamente corto. Cuando más tarde comenzaron a llegar los trenes a Auschwitz, a Majdanek o a Birkenau, con su carga humana desde Francia, Hungría o desde Grecia, el viaje podía prolongarse una semana o más, en idénticas y pésimas condiciones. No era raro que muriese en el trayecto la mitad del pasaje.
 
Hasta el 21 de Septiembre de 1.942, 263.000 judíos del ghetto de Varsovia fueron conducidos a Treblinka, Para cuando acabaron las deportaciones quedaban en el ghetto menos de 50.000, de los 400.000 que lo habitaban. Uno de los “héroes” de la deportación, si es que puede llamarse así, y recordado en varios monumentos, fue Janus Korczak: médico y pedagogo innovador. Fundó en 1.912 en Varsovia el Dom Sierot = el Hogar de los Huérfanos. Tras la creación del ghetto lo siguió dirigiendo desde dentro, con los numerosos huérfanos que se fueron acumulando. El 5 de Agosto de 1.942 le ordenaron que los niños fueran al Umschlaplatz pero no quiso abandonarlos y con más de doscientos huérfanos junto a una decena de educadores, ordenadamente, marcharon a los trenes con él al frente. Fueron eliminados todos en Treblinka.  Los hubo con más suerte. Unos 20.000 consiguieron esconderse por sótanos y escondrijos, dentro del ghetto, evitando la deportación. Fuera de él, unos 8.000 judíos por el resto de Varsovia, protegidos por polacos. Cabe decir que en toda situación de horror a veces brilla la caridad humana. Hubo pueblos protestantes de Holanda que escondieron a todos sus judíos. No se puede negar que en plena Alemania nazi miles de judíos fueron escondidos por “arios”. Sobra decir que todos ellos: arios, holandeses, polacos y judíos, se jugaban -y a veces perdían- literalmente sus vidas.
 
Treblinka no fue un campo grande. Cuando las “necesidades” de la Solución Final fueron aumentando, se crearon otros campos de exterminio en Polonia como Majdanek, Auschwitz o Birkenau, donde llegaron a alojarse hasta 50.000 personas, entre judíos y guardianes. Treblinka se extendía en un área de 600 x 400 metros.  Su objetivo inicial fue el exterminio de los judíos del ghetto de Varsovia, pero no fueron solamente varsovianos. Desde el 22 de Julio de 1.942 hasta el 2 de Agosto de 1,943 en que se clausuró, fueron eliminados 870.000 judíos de toda Europa mas unos 2.000 gitanos. El personal de vigilancia consistia en doce oficiales alemanes ayudados por unos 120 o 150 ucranianos, que patrullaban el campo y controlaban a los deportados. Los que se encargaban del trabajo sucio eran los Sonderkommando, unos 500 judíos utilizados tanto para gasear los prisioneros como para ir quemando los cuerpos, aunque formar parte de los Sonderkommando no suponía garantía de supervivencia: eran simple mano de obra que cada 3 ó 5 días eran ejecutados y sustituídos por otros. El gaseamiento se hacía en Treblinka con CO2 (anhidrido carbónico), dentro de cámaras donde motores de tanques T-34 en funcionamiento vaciaban los gases tóxicos. Se estima en unos 15 a 20 minutos el tiempo que tardaban en morir. El “famoso” gas Zyklon-B se utilizó más tarde, cuando las necesidades del exterminio se fueron haciendo más y más numerosas.
 
Se prolongaron las vías férreas desde la estación próxima para llegar al campo aunque debido a las escasas dimensiones, en la terminal no cabían más de veinte vagones. Se fraccionaban los convoys de sesenta vagones en grupos de veinte. Una vez allí, eran desembarcados los judíos y conducidos a través de un camino en curva, cerrada la visión con árboles y cercado con alambre de espino electrificado, directamente hasta las cámaras de gas. El camino era denominado eufemísticamente por los alemanes como el Himmelstrasse = el camino al cielo, aunque más coloquialmente como “el embudo”. Los deportados a Treblinka lo fueron no para trabajar, sino para ser asesinados directamente. La media de vida de los que bajaban del tren no pasaba de una hora, aunque en repetidas ocasiones en los que el “trabajo” se acumulaba, los judíos debieron esperar en los andenes hasta un par de días. El problema logístico era que a veces se amontonaban los cuerpos de los gaseados sin darles tiempo a ser quemados. Hubo veces en que los cuerpos quedaban allí, apilados durante una semana, pudriéndose al sol. Para evitar que se deshiciesen en trozos al cogerlos, la dirección del campo hubo de disponer largas correas de cuero con las que ceñirles y poder arrastrarles hasta las piras donde iban a ser quemados.
 
Los hornos crematorios se dispusieron más tarde, en otros campos. En Treblinka el método de eliminación consistió en quemar los cuerpos. Para ello fue dispuesto un foso de un metro de profundidad por 20 metros de largo. Inicialmente utilizaron gasolina, pero como les salía muy costoso uno de los encargados, Herbert Floss y tras controlar las cremaciones, anotó en sus informes de forma meticulosa y germánica, que los cuerpos viejos (más deshidratados) ardían mejor que los recién muertos, que los gordos (los pocos que había, supongo, y por tener más grasa) mejor que los flacos, que las mujeres mejor que los hombres y que los niños peor que las mujeres pero mejor que los hombres… Científico, sin duda. Animados por estas observaciones hicieron pilas de unos mil cuerpos en el foso poniendo debajo los más “combustibles” y encima los menos. Arrimaron haces de leña y, de forma oficial, como en una ceremonia, Herbert Foss encendió la hoguera. Aquel método funcionó tan bien que los alemanes dispusieron mesas con cervezas y aguardiente, haciendo brindis con entusiasmo durante casi toda la noche mientras duró la pira, por el Führer y por Alemania.
 
Treblinka se cerró en parte porque en Varsovia quedaban ya pocos judíos, pero sobre todo por una revuelta organizada por los Sonderkommando, la noche del 2 de Agosto de 1.943. Con queroseno que habían ido reuniendo poco a poco, y alguna pistola distraída a los guardas ucranianos, rociaron varios edificios incendiándolos, matando algunos alemanes y ucranianos y sembrando una gran confusión. La mayoría de los Sonderkommando consiguieron salir del campo, aunque se organizó su caza sin piedad por los SS y la guardia ucraniana. Así y todo, 40 lograron escapar y sobrevivir para contarlo.
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                                        El “bosque de piedras” de Treblinka
Durante su funcionamiento Treblinka fue un campo clandestino, muy escondido de la población en medio de los espesos bosques polacos. Cuando lo construyeron, los alemanes desalojaron a los granjeros de la zona. Cuando se clausuró los alemanes destruyeron todas las instalaciones, incluyendo las vías del tren, y asentaron allí algunos de los ucranianos, en granjas destinadas inocentemente al cultivo del altramuz. Todo lo que vemos allí hoy día es una utópica reconstrucción de lo que fueron las vías, un gran monumento en hormigón, y unas doscientas rocas formando un bosque de piedras donde podemos leer el nombre tallado del lugar de procedencia de los judíos, junto a varias placas escritas en yiddish, en alemán, en polaco o en francés. En una de las piedras, el nombre del que fue director del Orfanato del ghetto, Janus Korczak, y que decidió acompañar hasta aquí a doscientos niños y no dejarles solos. Junto al memorial, una fosa con negras piedras de basalto simulando el carbón, señala el lugar donde se quemaban los cuerpos. 
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                  Memorial en el ghetto de Varsovia a Janus Korczak, director del Orfanato
La revuelta judía del ghetto de Varsovia
 
Además de la revuelta de los Sonderkommando, hubo algún superviviente en Treblinka. Algún fugitivo aislado, e incluso alguno que consiguió tirarse de los trenes en marcha arrancando tablones del suelo de los vagones. Los primeros que regresaron al ghetto -no tenían dónde ir- y contaron lo que habían visto, fueron recibidos con escepticismo por los que allí seguían. Les parecía imposible que algo así se estuviese produciendo. Al fin y al cabo, pensaban, los alemanes les pretendían convencer de que su destino eran campos de trabajo agrícolas en el Este… de que podían seguir viviendo… Poco a poco se fueron rindiendo a la evidencia. Entre los abusos, los malos tratos y los testimonios de los supervivientes, se organizó la insurrección del ghetto. La primera medida que tomaron fue asesinar a los judíos colaboradores con los nazis, incluyendo a la policía judía.
 
Se achaca a menudo a los judíos que se dejaran encerrar en los ghettos o ser llevados a los campos, como ovejas al matadero, sin ninguna resistencia. Es cierto que la mayoría eran mujeres, viejos y niños, o que no había evidencias al principio de propósitos de exterminio. Quizá que con una última esperanza (lo último que se pierde) confiaban en que la situación no fuese a peor. Pero los testimonios que iban llegando de los escapados de los campos y las pésimas condiciones de vida en los ghettos disiparon toda esperanza. El detonante fue la orden De Heinrich Himmler en Enero de 1.943 para organizar la reanudación de las deportaciones de los judíos del ghetto hacia el campo de exterminio de Treblinka.
 
Entre los judíos que continuaban malviviendo en el ghetto menos de mil tenían alguna experiencia militar. Mordechai Anielewicz, un joven de 24 años (conocido entre los suyos como “el abuelo” al ser el de mayor edad) organizó un grupo de unos 200 jóvenes para la resistencia, escondidos en una red de búnkeres que comunicaban los sótanos entre sí. Contaban con algunos revólveres y pistolas, algunas decenas de rifles viejos y granadas de mano que habían conseguido de la resistencia polaca, a través de las alcantarillas. El resto del armamento eran cócteles molotov. La insurrección duró menos de un mes -28 días- pero con la desesperación de los que no tenían ya nada que perder, salvo la vida. Para cuando los alemanes entraron en el ghetto, en Enero de 1.943, consiguieron repelerles desde ventanas y azoteas, lanzándoles granadas de mano y cócteles molotov, y haciéndoles retroceder. El general Jürgen Stroop se hizo cargo del asalto al frente de unos 2.000 soldados y oficiales acantonados alrededor del ghetto, más unos 800 granaderos de las Waffen-SS. El día 19 de Abril de 1.943 comenzaron los ataques por parte de los alemanes. La táctica era quemar casa por casa, dirigir los lanzallamas a los sótanos y alcantarillas, y asesinar a todos los judíos que capturasen. Jürgen Stroop relata en sus diarios cómo… familias enteras se arrojan por las ventanas de edificios incendiados… 
 
El 6 de Mayo en un golpe de mano capturaron 1.500 judíos y asesinaron directamente a 365 combatientes, calificados por loa alemanes como bandidos. El 8 de Mayo los alemanes descubren los búnkeres, arrasando con el fuego de sus lanzallamas todo lo que estuviese dentro. Anielewicz y sus compañeros prefirieron suicidarse dentro del bunker a caer en sus manos. Se calcula que 51 resistentes quedaron allí, enterrados en el bunker, que no se ha tocado desde entonces. Un sencillo túmulo guarda su memoria. Tras la represión de la revuelta el ghetto quedó arrasado casi en su totalidad. Unos 7.000 judíos murieron en los ataques, otros 6.000 perecieron asfixiados o quemados en los búnkeres. Los restantes 40.000 supervivientes fueron enviados a Treblinka.
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         Sobre el memorial del túmulo del bunker, bajo el que yacen los resistentes
La aldea de Tykutín y el bosque de Lubojova
 
Polonia es un país muy verde, lleno de bosques salpicados por frescas praderas. Me sorprendía por todos lados la abundancia de flores amarillas de la plantita llamada en España “diente de león”. En España la flor dura poco y enseguida forma sus frutos, los llamados popularmente “paracaidas”, por cuando los soplas y se reparten por el aire. En Polonia, por el contrario, de clima mucho más húmedo, la planta parecía eternamente fresca y las flores llenaban los prados. Desde los desplazamientos en coche casi todo el tiempo atravesábamos extensos bosques que yo identificaba como de pinos, abetos, robles, arces, hayas y olmos. Enclavado en uno de esos bosques se encuentra la aldea de Tykutín o Tykocín en polaco, según la grafía. En yiddish, Tykuchin.
 
Hoy día Tykutín es una pequeña aldea agrícola de casitas bajas, casi todas de madera, de una sola planta, al lado del río Narew. Tiene un par de calles principales y en medio una gran plaza donde se celebra el mercado semanal y en uno de cuyos extremos se levanta la iglesia cristiana. Adornando la plaza, una figura a tamaño natural de bisonte europeo, que todavía vive en libertad -protegido- en las cercanas selvas de Bialowieza. 
 
En 1.941 vivían 2.500 judíos, además de otros 2.500 polacos. Los judíos comenzaron a llegar en el año 1.522, traídos por el rey Segismundo, inicialmente diez familias procedentes de Grozno para desarrollar el comercio. Ya en 1.548 era una ciudad próspera, con numerosos comerciantes y artesanos, al ser una encrucijada de caminos hacia Cracovia. De hecho, la actual frontera con Bielorusia se encuentra a unos escasos 60 kilómetros. Protegidos por los nobles, en el año 1.642 edificaron la sinagoga, esta vez de ladrillo en vez de la anterior, levantada en madera. Reconstruída, en la actualidad es la segunda más grande de Polonia, decorada en su interior con pinturas simbólicas y cabalísticas y numerosos textos de la Toráh, que los fieles podían leer en la pared para seguir los rezos, al no tener entonces la mayoría, campesinos pobres, los libros. Hoy día en todas las sinagogas hay libros que los judíos pueden tomar prestados, al igual que en las iglesias católicas disponen de libros de salmos para los fieles. 
 
En 1.941 se desató la tragedia. El 24 de Agosto por la tarde fueron avisados los judíos de que a las seis de la mañana del día siguiente deberían reunirse todos en la plaza. A las 8 del día 25 y ya concentrados los judíos, aparecieron siete camiones de la Gestapo armados con ametralladoras, del Kommando Bialystok, dirigido por Wolfang Birkner. Los alemanes separaron a los judíos por grupos: a un lado las mujeres y los niños, al otro lado, los hombres. Mujeres y niños fueron llevados en camiones hasta el cercano bosque de Lubojova. Los hombres fueron obligados, escoltados, a caminar los 8 kilómetros que les separaban de un claro en el bosque, cercado con alambre de espino en donde les fueron concentrando a todos. Ellos aún no lo sabían pero a un kilómetro escaso habían abierto días antes tres fosas: dos de ellas de 12 metros de largo por 4 de ancho y 5 de profundidad, más otra un poco menor. 
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El método fue el siguiente: conducidos en grupos de diez, las primeras fueron las mujeres, sujetas del brazo por los soldados hasta las fosas, donde les arrojaban y después les disparaban. Seguramente los que esperaban su turno en el claro podían oir los disparos, y en todo caso podían darse cuenta de que no volvía nadie de aquel “paseo”, pero les era imposible escapar. Cuando acabaron las ejecuciones, habían eliminado a 1.700 judíos. Al día siguiente registraron concienzudamente las casas, sacando a unos 700 judíos más que se habían escondido y a los que ejecutaron en el bosque. La mayoría de ellos delatados por sus vecinos polacos, que aprovecharon para saquear las casas de los judíos, o para robar su ganado. Fue una ocasión magnífica para vengarse de afrentas, hacerse con sus cosas o librarse de deudas, por parte de los vecinos de los judíos. 
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El camino que conduce desde el claro, donde actualmente se aparcan los coches, serpentea por el bosque hasta donde estuvieron las fosas. Es un camino casi sagrado, por lo que supuso en su día de camino hasta la muerte. No costaba mucho esfuerzo imaginar el sufrimiento de aquella gente conducidos a la fuerza por el camino, entre el bosque, intuyendo que iban a morir. Al final del camino unos cercados delimitan el lugar de las fosas. En medio, una gran roca con inscripciones y unos cuantos ramos de flores, junto a banderas israelíes y sobre la cerca numerosas piedrecitas con la estrella de David pintada en azul. Varios grupos de judíos -los hombres tocados con la kipá, algunos con la bandera de Israel sobre los hombros- rezaban. Mario nos puso un kadish en su pequeño altavoz que sonó en el silencio del bosque. El lugar, sobra decir, impone como si fuera un templo. Pero me sorprendió que incluso entre los judíos no todos guardaran el debido respeto a semejante lugar. Observé una mujer que allí mismo se encendió un cigarrilllo, con despreocupación. Creo que a mí no se me hubiese ocurrido por mucho “mono” que tuviese. Se lo hice notar a Mario que fue hacia ella y le pidió que lo apagase, cosa que hizo pidiendo disculpas. Pero hubo otro detalle más. Ya cerca del claro, de un autobús salieron dos jóvenes que a un lado del camino, de aquel camino “sagrado”, se pusieron a orinar. Cuando se lo comenté a Mario puso cara de desesperación y me comentó que bien podían haberse ido a aliviar al otro lado de la carretera -a escasos diez metros- y no allí, pero prefirió no decirles nada, y nos marchamos.
 
Visitamos la sinagoga -yo respetuosamente cubierta la cabeza con mi gorra- y después recorrimos la apacible aldea de Tykutin.  Mario nos iba enseñando fotografías de la época. Frente a una de las casas de madera, que pudimos reconocer, posaba una sonriente madre con seis niños, el menor de ellos en brazos. La mujer se llamaba Regina Taube y, según nos contó Mario, fue degollada junto a sus hijos la noche anterior, siendo la casa saqueada. De los 2.500 judíos de Tykutin tan sólo consiguieron escapar 160, la mayoría niños. Según los testimonios de alguno de los supervivientes, se escaparon al mismo bosque de Lubojova que conocían bien y, donde escondidos, vieron las ejecuciones de sus familiares o vecinos. Cuando, sin saber dónde ir, volvieron a la aldea, alguno pudo ver en su casa cómo una vecina polaca ordeñaba a la vaca que fue de su familia. Al ver al niño, la vecina se limitó a encoger los hombros. Hoy viven en Tykutin 2.000 personas, ninguna de los cuales es judía.
 
Lublin, la cuna de la ortodoxia
 
 
Lublin es actualmente una de las mayores ciudades de Polonia, con un censo total de unas 600.000 personas. Declarada Monumento Histórico por su riqueza en monumentos y arquitectura, está considerada como ciudad universitaria contando con dos centros: la Universidad Católica, y la tecnológica de Marie Curie-Sklodowska, en homenaje a la investigadora polaca nacionalizada francesa, premio Nobel de Física en 1.903 y de Química en 1.911, por sus descubrimientos en el campo de la radioactividad, y la primera mujer que impartió clases en la Universidad de La Sorbona. En su casco antiguo podemos ver la gran Plaza del Mercado, donde las casas que la rodean aparecen con sus fachadas decoradas con policromías, figuras y emblemas de sus propietarios alusivos a su actividad: músicos, panaderos, etc. En lo que fue la antigua muralla se abren dos grandes puertas: la de Cracovia por un extremo, y la Grodzka, frente al castillo, separando esta última lo que fue el barrio judío del cristiano. Ya en 1.553 se había legislado prohibiendo que viviesen en el casco antiguo, junto a los cristianos. Saliendo por la puerta Grodzka y a su izquierda hay una pequeña plaza abierta cuyas fachadas, en curva, se orientan hacia el castillo, allá en lo alto. A la derecha de la puerta un pequeño parque y, en el parque, una farola siempre encendida, tanto de noche como de día. Así lo dispuso el obispo (cristiano, obviamente) de Lublin al finalizar la Segunda Guerra Mundial con la intención, según declaró, que los judíos que quisiesen regresar a la ciudad no se perdiesen y encontrasen el camino.
 
En 1.939 vivían 42.830 judíos en Lublin, de un total de casi 130.000 habitantes. En las comarcas de los alrededores, vivían unos 300.000 judíos más. Lublin siempre fue un importante centro judío de educación, de cultura y de religión, con dos periódicos en yiddish. Contaba con doce sinagogas y unas cien casas particulares de oración. Los judíos eran propietarios de más del 50% de los talleres de la ciudad y del 30% de las factorías: principalmente textil, piel y joyería. Y aunque la comunidad judía era sólida había un nivel alto de asimilación con sus vecinos polacos. La mayoría y sobre todo los jóvenes hablaban fluidamente en polaco.
 
Hay dos cementerios judíos en Lublin. El de Kirkuk, el más viejo, data según su lápida más antigua al menos desde 1.541. Mario nos dijo que la reja de hierro que da acceso suele estar cerrada (hay que pedir la llave a una vecina, como en algunas ermitas románicas de Castilla) pero tuvimos suerte: la encontramos abierta, y pasamos. El cementerio se halla sobre una pequeña colina boscosa donde en el Siglo X hubo un castillo. En este viejo cementerio sólo están enterrados los que fueron grandes rabinos. Y las lápidas (o macevas) están casi ilegibles, escritas en hebreo, la lengua sagrada de los judíos, cubiertas por el musgo que los siglos han acumulado sobre ellas. Quedan unas sesenta macevas, algunas aisladas, otras en pequeños grupos. Había muy pocas personas paseando por el cementerio, entre ellas dos chicas hacían fotografías con trípode y buenas cámaras a las macevas. Sin duda, pensé, para hacer algún trabajo de investigación… Mario -como siempre, en su papel de buen guía- nos llamó la atención hacia dos árboles que habían crecidos pegados el uno al otro. ¿Véis la lápida?… Y al fijarnos ya con detenimiento pudimos verla: una pequeña lápida, totalmente ilegible por el tiempo y por el musgo, a la que los árboles en su crecimiento casi habían engullido, tapándola por ambos lados, dejando ver menos de la mitad. Todo un símbolo.
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El cementerio nuevo es mucho más grande, a un lado de una avenida donde en la otra acera se levanta el cementerio cristiano, cuyas cruces asoman por encima de la tapia. Subimos unos peldaños para asomarnos al interior del cementerio judío pero, ¡oh, asombro!, allí sólo había una pradera despejada. En el muro del cementerio y adosadas por su parte interior sí había algunas lápidas, con pinta de ser nuevas. Pero en el recinto, no había ninguna. Cuando miramos a Mario con la interrogación en nuestras miradas nos explicó. Allí hubo, y seguramente siguen enterrados los cuerpos, 130.000 tumbas. ¿Y las lápidas?… Se las llevaron todas los alemanes. Les vino muy bien para pavimentar los caminos embarrados cuando levantaron el cercano campo de Majdanek.
 
La ocupación nazi comenzó el 18 de Septiembre de 1.939. Gradualmente comenzaron los abusos y las extorsiones. El 14 de Octubre fueron conminados a entregar 300.000 zlotys al ejército alemán como “compensación” de gastos de guerra. El 25 del mismo mes se hace un censo, arrojando un total de 37.054 judíos. La diferencia de 5.000 fue debida sobre todo a jóvenes y activistas políticos que, viendo el peligro, se habían marchado tras la ocupación para intentar alcanzar el territorio polaco bajo dominio soviético. El 9 de Noviembre de 1.936 es nombrado Odilo Globocnik como SSPF Lublin: jefe de las SS y de la policía en el distrito de Lublin. Una vez efectuado el censo y designado Globocnik, comenzó el proceso de confiscación de propiedades, echándoles de sus casas, y el asentamiento en la zona judía del casco antiguo. 
 
Los nazis deciden que el distrito de Lublin debía transformarse en Judenreservat = reserva judía, donde judíos del Reich (Alemania y Austria) y de los territorios incorporados (Checoslovaquia, Polonia) serían reasentados. Desde Diciembre de 1.939 hasta Febrero de 1.940, decenas de miles de judíos fueron deportados a Lublinland. Acantonados allí, los nazis podían disponer de ellos como de mano de obra esclava. Ya en 1.940 miles de ellos fueron enviados a campos de trabajo cerca de la frontera soviética para construir la “Muralla Oriental”, fortificaciones pensadas para reforzar la próxima ofensiva de la Operación Barbarroja.
 
Para la primavera de 1.941 se había creado el ghetto, alojando allí a 40.000 judíos procedentes de Lublin y alrededores, deportando a 14.000 desempleados y pobres al campo de exterminio de Belzec. A finales de ese año, fueron llevados muchos jóvenes para construir el campo de Majdanek, en las afueras de Lublin. Dentro del ghetto pronto fueron delimitadas dos partes: el ghetto A (donde alojaban a los desempleados) y el ghetto B (donde se alojaban los ocupados en trabajos para los alemanes). Con esta división disponer de los judíos fue todavía más fácil. El 16 de Marzo de 1.942 los desempleados, los habitantes del ghetto A, fueron conducidos a Belzec. Cada día 1.500 judíos debían presentarse para ir “al Este, a trabajar”. Podían llevar consigo 15 kg de equipaje con los objetos de valor y las joyas. Hasta el 14 de Abril de 1.942, 26.000 judíos fueron deportados a Belzec. Pero algunos no llegaron tan lejos: muchos eran directamente fusilados en los suburbios. Varios cientos de ancianos y enfermos fueron sacados de los hospitales y fusilados junto con sus médicos y enfermeras. Y 200 niños del orfanato judío junto a sus profesores fueron también ejecutados en los suburbios, en un anticipo casi calcado de cuando un poco más tarde, el 5 de Agosto, Janus Korczak quiso acompañar a sus 200 huérfanos desde el ghetto de Varsovia hasta Treblinka. 
 
Los nazis sólo autorizaron inicialmente a 2.500 judíos que trabajaban para ellos permanecer en el ghetto, debidamente acreditados e identificados, pero no les duró mucho la calma: el 30 de Marzo de 1.942 se llevaron a los miembros del Judenrat (el consejo judío de la ciudad) así como a la policía judía, junto a sus familias. Cada vez quedaban menos. El 3 de Noviembre de 1.943 y como respuesta a la revuelta que el 2 de Agosto los Sonderkommando habían organizado en Treblinka,  el SSPF Lublin sucesor de Globocnik, Jacob Sporrenberg, organizó a su vez lo que llamaron pomposamente como la Aktion Erntefest = la Fiesta de la Cosecha, eufemismo para designar el fin de la Operación Reinhard: fueron fusilados 18.000 judíos entre los pocos que quedaban de Lublin y alrededores, prisioneros en Majdanek y arrojados a las fosas. Para cuando acabó la pesadilla, de los 42.000 judíos de Lublin sólo habían sobrevivido 200 o 300, escondidos o supervivientes de los campos. Ignoro si a alguno le apeteció regresar, pero ahí sigue, encendida, la farola.
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Majdanek
 
A tan sólo 4 kilómetros del centro de Lublin y literalmente pegado a las casas de las afueras se levantó el campo de exterminio de Majdanek. Del polaco, “el pequeño Majdan”, al llamarse Majdan el suburbio junto al que se construyó. Si Treblinka fue un campo casi clandestino, Majdanek quedó bien a la vista de todo el que quisiera verlo, como aviso de lo que les esperaba a los que se resistiesen a los nazis. Una cerca de alambre de púas, no electrificada, rodea todo el perímetro, pero a ningún polaco se le ocurrió ni siquiera acercarse a ella: había orden de disparar a todos los que se arrimasen, orden escrupulosamente cumplida. Porque el primer destino de Majdanek fue el de alojar a prisioneros políticos polacos, funcionando como fábrica y como almacén. Lo del exterminio vendría más tarde. 
 
Himmler ordenó su construcción el 21 de Julio de 1.941 dentro de la Operación Reinhard, efectuada por jóvenes judíos del ghetto como trabajos forzados. En un principio se denominó como Campo de prisioneros de guerra de las Waffen SS en Lublín, y estaba destinado a formar parte de la red de complejos agrícolas militarizados e industrializados. Majdanek, en concreto, para la producción de munición y como fábrica de armamento. La idea era ir expandiendo asentamientos alemanes en la Europa Oriental, tras exterminar a los judíos y a las élites polacas y soviéticas e incluso posteriormente a los eslavos en general, una vez que la Operación Barbarroja hubiese limpiado de Untermenschen, de “infrahombres” toda Rusia y Ucrania, para crear lo que en el ideario nazi se llamó con antelación La Gran Germania bajo la idea del Lebensraum = el espacio vital. Afortunadamente para nosotros, los soviéticos no sólo les contuvieron sino que, al final y para su asombro, les derrotaron. Sólo hay que imaginar qué hubiese pasado de haber tenido éxito su plan: el dominio del mundo bajo el ideario nazi. En aquel momento la situación era más que posible. Sólo por ese miedo se suicidaron muchos. Como ejemplo el que ya mencioné, el del escritor judío austríaco Stefen Zweig, aunque estuviese tan lejos del escenario como en Brasil.
 
De los seis campos de exterminio que hubo, todos ellos en Polonia, Belzec, Sobibor, Treblinka y Chelmno fueron campos pequeños, no llegaban a un kilómetro cuadrado. No necesitaban mucho más: los presos no iban allí para trabajar ni, por tanto, se alojaban allí sino que, recién llegados, eran directamente conducidos a las cámaras de gas. Los posteriores, como Auschwitz-Birkenau y Majdanek, y llevados por sus necesidades de servicio, eran mucho más grandes, aproximadamente de 4 x 5 kilómetros. El número de eliminados es difícil de evaluar exactamente por motivos obvios pero, y según las diferentes fuentes, oscilaron dentro de las siguientes cifras:
 
-Auschwitz-Birkenau: entre 980.000 y 1.500.000
-Treblinka: entre 700.000 y 870.000
-Belzec: entre 434.000 y 600.000
-Majdanek: entre 78.000 y 350.000
-Chelmno: entre 152.000 y 340.000
-Sobibor: entre 167.000 y 250.000
y ya fuera de Polonia, podemos añadir el de Maly Trostinek, en Bielorrusia, con una cifra entre 160.000 y 500.000.  Sólo como añadido, en Julio de 1.941 vivían unos 400.000 judíos en Bielorrusia. El 80% fueron eliminados por el método de fusilamiento y las fosas en bosques como el de Blagovschina. El resto, en campos como el de Maly Trostinek.
 
Pero, y como objetivamente nos lo señalaba Mario, las víctimas no fueron solamente judíos, aunque el Holocausto haya sido lo más conocido. Por poblaciones, la cifra de muertos aproximada fue:
-judíos: 6.100.000
-civiles eslavos: 6.000.000
-prisioneros de guerra, sobre todo soviéticos: 4.000.000
-prisioneros políticos (disidentes y comunistas): 1.500.000
-gitanos: 500.000
-discapacitados (físicos y mentales): 400.000
-religiosos “molestos” (Testigos de Jehová principalmente pero también jesuítas): 2.500
 
En Majdanek llegaron a alojarse al tiempo hasta 50.000 personas, entre vigilantes y prisioneros, llegando a pasar por el campo durante su existencia hasta casi 500.000, y de 52 nacionalidades diferentes. Ya en Octubre de 1.941 comenzaron a llegar los prisioneros. Los primeros y como ya adelanté, disidentes polacos. Los segundos, judíos del ghetto y alrededores de Lublin. En todos los campos han levantado grandes monumentos de hormigón con iconografías, símbolos del horror que alojaron. El de Majdanek me pareció singularmente impresionante: para acceder a la base debes bajar una pequeña rampa flanqueada por muros de piedra para, inmediatamente después, subir una escalera, con lo que el monumento te recibe allá en lo alto, imponente, una gran mole sujeta sobre dos peanas. Ya en la base y bajo la mole puedes ver el campo y un poco más allá de la alambrada exterior, las casas de Lublin, del barrio de Majdan.
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Majdanek se extiende ahora por una verde pradera donde aún se pueden ver los barracones y, al fondo, las chimeneas de los crematorios. Antes de los barracones estaban las viviendas de los SS que controlaban el campo y, antes de las viviendas, una casita blanca, aislada, en la que vivía el comandante del campo. El primero y desde Septiembre de 1.941 fue Karl Otto Koch al que, por cierto, arrestaron por corrupción un año más tarde, en Julio de 1.942. Koch, durante el año que estuvo en Majdanek, vivió en la casita con sus tres hijas y con su mujer, Ilse Koch. Al parecer formaban una familia feliz. Las niñas estudiaban piano (con un profesor, judío, prisionero en el campo), latín (con otro profesor, judío, también prisionero) y hasta daban clases de hípica (ya no sé si con profesores alemanes o judíos). Pero Ilse tenía una pequeña “manía”: le gustaba forrar los libros (incluso los de sus hijas) o hacer pantallas para las lámparas con piel humana, especialmente las que tenían tatuajes. Para escoger las que más le gustaban, inspeccionaba a los recién llegados a Majdanek, seleccionaba los más apropiados y ya estaba. Los SS se encargaban de darles un tiro en la cabeza. Supongo que eran prisioneros los que les desollaban y curtían las pieles para que Ilse pudiese desarrollar su afición favorita. 
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       El hogar de los Koch, e Ilse juzgada tras la guerra ante un tribunal militar
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                                            Parte de la colección de Ilse Koch
Pero la afición de Ilse venía de atrás. Antes de mudarse a Majdanek, la familia Koch estuvo viviendo en Buchenwald, al estar allí destinado Karl en calidad de comandante del campo. En la “colección” de Ilse figuran, enmarcados, numerosos trozos de piel tatuada procedentes de Buchenwald. En el cuarto de los oficiales del campo varias “piezas” decoraban las paredes, se ve que a los de las SS les hacía gracia. Lo que ya no se quién le contagió la afición a quién. La felicidad de Ilse Koch duró hasta el final de la guerra. Fue capturada, juzgada y condenada a cadena perpetua. Pero no pudo soportarlo: el 1 de Septiembre de 1.967 se ahorcó anudando las sábanas de la cama y colgándose del techo, a la edad de 60 años. Que se sepa, nunca dio señales de arrepentimiento.
 
Mujeres como Ilse Koch hubo varias en los campos. Ilse era comandante-consorte, pero dentro de las SS también hubo mujeres famosas por su crueldad con los y, sobre todo, con las prisioneras. De Majdanek nos han llegado testimonios de algunas como Hermine Braunsteiner, Rosy Suess o Elsa Erich. En Auschwitz fueron tristemente famosas otras como Irma Grese, conocida en su momento por el eufemismo de “el Ángel de Auschwitz”, a cargo de 30.000 reclusas a las que gustaba de azotar, sobre todo a las más atractivas, destrozándole los senos a latigazos, y que seleccionaba cada día un mínimo de 150 prisioneras con destino a las cámaras de gas. Irma se adhirió al partido nazi con sólo 18 años y pronto hizo carrera en las SS. Por éstas y otras bestialidades, fue juzgada en Nüremberg y condenada a la horca. Aunque no fue la única en actuar en los campos de exterminio: Herta Oberheuser, Alice Orlowski, Herta Ehlert… ¡para qué seguir!…
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Majdanek está en una zona de prados bastante húmedos. Y en un clima como el polaco, de frecuentes lluvias, los caminos se embarraban con facilidad. Como ya conté, trajeron unas 100.000 lápidas del cementerio de Lublin para pavimentar los caminos. Éso sí: con las inscripciones hacia abajo, creo que más por estética que por no verlas. Para asentar mejor los suelos y como especial forma de castigo, unos pesados rulos de piedra, de hasta una tonelada de peso, eran rodados por todo el campo arrastrados por grupos de prisioneros a los que se hacía tirar de ellos hasta el agotamiento. Cuando ya no podían más y caían al suelo, los compañeros debían seguir tirando de los rodillos, machacando al pobre desgraciado, que sería reemplazado con rapidez. Mario nos contó que nuestra vieja conocida Ilse Koch prestaba especial atención en que el camino que discurría frente a su casa estuviese siempre “bien planchado”… posiblemente para no manchar sus botas con barro… aunque seguro que tenía a su servicio un tropel de zapateros para dejárselas siempre impecables.
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La alambrada exterior que perimetraba el campo era sencilla y sin electrificar. Dentro del campo y dividiéndolo en secciones, la alambrada era alta, de unos tres metros, doble y electrificada con cables de alta tensión. En las esquinas y en algunos puntos intermedios, torretas de vigilancia desde donde vigilaban los SS. Majdanek se organizó en seis recintos separados uno del otro por doble alambrada:
-recinto I: para alojar a las mujeres
-recinto II: hospital de campo para colaboradores rusos integrados en el ejército alemán
-recinto III: prisioneros políticos polacos y judíos de Varsovia
-recinto IV: prisioneros de guerra soviéticos
-recinto V: hospital de campo para hombres
-recinto VI: crematorios, cámaras de gas y fábricas, que no dió tiempo a construir. 
Sólo cabe añadir que como el ser humano es así, tras la liberación de Majdanek por parte del ejército soviético, éstos utilizaron los barracones como campos de concentración para la resistencia polaca y los miembros del Armia Krajowa, el ejército popular polaco.
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                Las cámaras de gas. La ventana lateral es nueva, para darle claridad.
Visitamos -y nos metimos- en lo que fueron las cámaras de gas. Decir que impresiona, suena casi a necedad. Acojona, sería una mejor definición de lo que se siente cuando entramos -mejor si es solos- en esos cubículos cuadrados, reducidos, vacíos de todo, de techos bajos (menos volumen de aire, mayor concentración del gas), oscuros, cuya única ventilación es la puerta (que obviamente, se cerraba) y unos huecos por el techo por donde, una vez dentro, no cuesta trabajo imaginarlo, apretados y desnudos comenzaba a entrar el gas, hasta que empezabas a marearte, a toser, a vomitar, viendo -si no eras el primero- como a tu alrededor los demás comenzaban a caer al suelo… Hay mucha gente con los que he hablado cuando les contaba el destino de mi viaje, cuya respuesta invariablemente era: …¡Uy, no, qué horror, no quiero ir allá para sufrir!… Pero incluso los que iban con nosotros u otras personas desconocidas con las que coincidíamos en la visita a los campos, algunos lloraban prefiriendo ni entrar siquiera…y puedo entenderlo.
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                                                                    Los hornos
Al principio los judíos de los Sonderkommando vaciaban de las cámaras los cuerpos y en unas depresiones, decenas de metros más allá, los quemaban. Según nos contaba Mario muy gráficamente y con un sentido de humor irónico, muy argentino  (¿he dicho ya que es un magnífico guía?) las mujeres de los oficiales de las SS que vivían cerca de la entrada, la propia Ilse Koch, quizá, se quejaron a sus maridos por las humaredas y la peste de las piras, con lo que para que no les diesen la tabarra y agilizar la eliminación de los cuerpos, instalaron en la parte posterior, al final del campo, los hornos crematorios. Actualmente y para protegerlos de las inclemencias del tiempo están protegidos por un pequeño edificio, aunque en su momento estaban al descubierto (que lloviese sobre los Sonderkommando les daba igual), para ventilar mejor. Cuando había muchos cuerpos, funcionaban día y noche. Las cenizas y los pequeños restos óseos que quedaban se iban acumulando en unos patios posteriores. De hecho, se vendían como abono para los campesinos (se aprovechaban hasta las cenizas). Hoy día se ha levantado un mausoleo, un recinto redondo de más de diez metros de diámetro donde se acumulan en un enorme montón las cenizas que quedaron tras quemar miles de cadáveres. Dado que a veces el fuerte viento las repartía, añadieron más tarde una cúpula, una especie de gran boina de hormigón, para protegerlas y que el aire no se las llevase. Como en todos estos lugares, ramos de flores y pequeñas piedrecitas con la estrella de David pintada en azul. Mario nos puso en su pequeño altavoz un kadish, que escuchamos con respeto.
 
Cracovia
 
El centro de Cracovia fue declarado hace pocos años como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. De hecho, está considerada como una de las ciudades más bonitas del mundo, centro muy importante de turismo local e internacional. Se calcula en unos ocho millones la cifra de turistas que la visitan cada año. La mayor parte de los atractivos turísticos se concentran en los barrios del centro: el Stare Miasto (la ciudad medieval) y el Kazimirz (el centro histórico de los judíos). Es una ciudad vieja y las primeras menciones que se hacen de ella constan del S. VII. Ya en el año 966 se la describe como un activo centro comercial. Su nombre en polaco: Krakow, significaría “la ciudad de Krak”, legendario héroe fundador de la ciudad. 
 
En el año 1.370 Casimiro el Grande facilitó el asentamiento de judíos en Cracovia, conocedor de su capacidad para el comercio y la industria. En aquella época habían sufrido persecuciones por varios países de Europa Occidental y muchos acudieron, aunque poniéndole al rey tres condiciones:
 
-mantener su autonomía religiosa, cultural y su educación. 
-prerrogativas para el comercio, como el intercambio de mercancías a lo largo del Vístula (que recorre Polonia de sur a norte).
-seguridad, a cuyo fin se redactó una carta real de protección.
Aceptadas las condiciones por Casimiro, la comunidad judía fue prosperando. Fue en Cracovia donde se levantó la primera sinagoga de Polonia, en el año 1.570 (la de Tikuchin fue en 1.620).
 
Cracovia fue la capital de Polonia hasta 1.596, año en que la capitalidad se desplazó a Varsovia, pero sigue siendo la segunda ciudad en población, tras ésta. Actualmente viven en el centro unas 760.000 personas, que aumentan hasta los 3 millones si consideramos todo el área metropolitana. Pasear por su parte vieja es un placer para los sentidos, con su castillo, la Barbacana, la catedral, su gran plaza, docenas de viejas iglesias a cada cual más bonitas o los 28 museos de la ciudad. Numerosas tiendas, lujosos restaurantes o cafeterías, con clubes de jazz por doquier, hacen el paseo aún más ameno. En la plaza varios coches de caballos, ricamente engalanados y conducidos por señoritas en traje de época, que invitan con una sonrisa a los visitantes a dar un paseo. Mi hija Maya y yo nos fijamos que bajo las herraduras llevaban  unos calzos de goma, seguramente para evitar resbalones sobre el suelo empedrado.
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Rodeada en parte por el río Vístula, tradicionalmente Cracovia ha sido el centro económico, científico, cultural y artístico de Polonia. Ocupada por los alemanes tras la invasión, fue nombrada la capital de la administración nazi a partir del 4 de Noviembre de 1.939, con Hans Frank al frente, que instaló sus dependencias en el castillo de Wawel. Aunque fue saqueada en parte de sus tesoros artísticos, la ciudad se mantuvo intacta, no disparándose ni un tiro por designio personal de Hans Frank, salvándose su legado arquitectónico. Los oficiales alemanes, las cosas como son, solían ser cultos y amantes de las artes, lo que ayudo a que Hans Frank la protegiese.
 
Los judíos vivían tradicionalmente en el distrito de Kazimirz (nombre en polaco del rey Casimiro, que los acogió). En Noviembre de 1.939 se legisló obligando a todos los judíos de más de 12 años a ir identificados con brazaletes donde debía figurar la estrella de David. Las sinagogas fueron todas cerradas, y los alemanes confiscaron las reliquias y los objetos de valor. Ya en Mayo de 1.940, la autoridad central nazi decidió que Cracovia debía convertirse en la ciudad “más limpia” de Polonia, comenzando la deportación en masa. De los más de 68.000 judíos que vivían en Kazimirz, sólo permitieron permanecer allí a 15.000 trabajadores de los alemanes, con sus familias. El resto fueron expulsados de Cracovia y asentados en las comunidades circundantes.
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Paseamos por el barrio de Kazimirz, viendo las diferentes sinagogas. Las más interesantes, la Vieja y la Remuh, única que en la actualidad presta servicios religiosos. A su lado, un viejo cementerio del S.XVI. La sinagoga Remuh se encuentra en la calle Ancha, donde se abren varios bares y restaurantes. Mario nos iba guiando y señalando lugares destacados. Así, en uno de los restaurantes se podía ver el rótulo: Rubinstein. Nos aclaró: de la familia de la empresaria Helena Rubinstein, emigrada a los Estados Unidos donde se convirtió en una de las mujeres más ricas del mundo gracias a su actividad en el mundo de la cosmética. En otro de ellos, el Ariel, se filmó la primera escena de la película La lista de Schindler (del director Steven Spielberg, otro judío, en este caso norteamericano), cuya acción se desarrolló en Cracovia. Mario iba enseñándonos sus imprescindibles y didácticas fotos. A mi hija Maya y a mí nos llamó la atención que fue sólo en Cracovia donde vimos varios grupos de judíos ortodoxos, típicamente ataviados con bombín, largas levitas negras y medias -también negras- en vez de pantalones. Bajo el bombín asomaban los característicos tirabuzones que los hombres se dejan crecer desde las sienes, además de la barba. 
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Otro detalle que me sorprendió mucho fue la presencia de un restaurante en apariencia árabe, muy cerca de la sinagoga Remuh (en pleno barrio judío, por tanto) llamada Hamsa y con el símbolo de la mano de Fátima. “Hamsa”, en árabe, significa “cinco”, y la mano de Fátima (hija de Mahoma) simboliza con sus cinco dedos ese “cinco”, por los cinco pilares o preceptos del Islam (declaración de fe, los rezos diarios, la limosna, la peregrinación a La Meca y el ayuno durante el Ramadán). Se lo comenté a Mario pero me dijo que en israelí “hamsa” también es cinco, y que el símbolo de la mano de Fátima es también un amuleto de buena suerte en Israel. El restaurante en cuestión no era árabe, sino judío. Sólo pude responderle que no les faltan puntos en común, entre árabes y judíos.
 
El 3 de Marzo de 1.941 se crea el ghetto. Desde Kazimirz son llevados al distrito (pobre) de Podgorze, en la otra orilla del Vístula. Antes de cerrar el ghetto vivían allí 3.000 polacos no judíos, que fueron obligados a realojarse al barrio de Kazimirz, donde se les adjudicaron las mucho mejores casas de los judíos, ahora vacías. Con la llegada de los judíos, el censo ascendió a 15.000 habitantes, hacinados en tres calles, con 320 edificios y 3.167 habitaciones en total. Haciendo una sencilla cuenta, en cada apartamento vivían cuatro familias. Así y todo, los más desafortunados y por falta de espacio se vieron obligados a dormir al raso.
 
El ghetto estaba rodeado por un muro. Quedan algunos restos donde podemos ver que simulaba, irónicamente, grandes lápidas. Las ventanas que desde las casas de los judíos daban a las calles de los polacos fueron tapiadas. El día 30 de Mayo de 1.942 comenzó la salida de los judíos desde el ghetto hacia los campos. Algunos fueron llevados al de Plaszow, creado el 28 de Octubre de 1.942, muy próximo a la ciudad, en principio sólo campo de trabajo y no de exterminio, aunque la mayoría fueron conducidos al cercano de Auschwitz. 
 
El 13 y 14 de Marzo del año 1.943 el Sturmbannführer de las SS, Willi Hasse, comenzó lo que llamaron la liquidación final. Unos 8.000 judíos capaces de trabajar fueron llevados al campo de Plaszow. Otros 2.000 enfermos y débiles fueron asesinados directamente en las calles. Los demás, a Auschwitz. El método, similar al utilizado en el ghetto de Varsovia, era el siguiente: desde sus casas y custodiados por las SS los concentraban en la Plac Zgody, actualmente rebautizada como Plac Bohaterow Getta (= Plaza de los Héroes del Ghetto) donde los iban seleccionando y metiéndoles en los vagones de carga, con destino a los campos. 
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     Placa en la Farmacia del Águila, homenaje a su propietario, salvador de judíos
Visitamos la Plaza Bohaterow, en el antiguo ghetto. Es una plaza grande y cuadrada. Mario nos enseñó fotos donde se veían algunos edificios circundantes, de la época. En una de las esquinas hay una farmacia: la Apteka pod Orlem o Farmacia del Águila. Su propietario Tadeusz Pankiewicz, al que los nazis ofrecieron locales fuera del ghetto, solicitó (y obtuvo) permiso del gobierno alemán para seguir allí al frente de su negocio. Durante aquellos años fue el único habitante no judío del ghetto, con permiso para entrar y salir libremente. Lo que los alemanes no sabían era que, por su parte trasera y camuflado, un estrecho corredor daba salida a la parte exterior, a la zona “libre”. Además de suministrar medicamentos a los judíos, consiguió sacar a muchos de ellos. Pankiewicz les conseguía comida, hacía de correo con el exterior, contactos con el ejército de resistencia polaco o cosas tan útiles en aquel momento como tintes para el pelo, con lo que los viejos podían pasar como más jóvenes (y no ser eliminados), o sedantes para los niños que sacaban ilegalmente del ghetto y que no les delatasen, llorando, en el último momento.
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En medio de la plaza Bohaterow hay plantadas unas veinte sillas de bronce. Se trata del Monumento a Las Sillas, como homenaje a los judíos que esperaban allí a ser deportados. El monumento fue costeado por el director de cine Roman Polansky, director entre otras de la película El pianista, sobre una historia real sucedida en el ghetto de Varsovia. Polansky nació en París en 1.933 pero en 1.936 sus padres decidieron regresar a Cracovia. ¿Nostalgia de la tierra, búsqueda de nuevas oportunidades?… ¡Cuántas veces no lamentarían la decisión!… Durante su infancia no se le educó en el judaísmo, pero los acontecimientos posteriores y el destino le obligaron a vivir siendo un niño en el ghetto de Cracovia. Los padres fueron deportados, muriendo la madre en Auschwitz (aunque sólo su padre era judío las leyes nazis la consideraron como tal). El padre fue de los escasos supervivientes del campo de Birkenau. Por su parte, Polansky sobrevivió como un huérfano mendigo en el ghetto logrando escapar y, fingiéndose cristiano, fue dando tumbos por Polonia, de un lado a otro, consiguiendo sobrevivir hasta el final de la guerra.

El Holocausto y el horror nazi en Polonia (1ª parte)

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1ª parte 
-Introducción. Orígenes del antijudaísmo
-El guía: Mario Sinay
-Comienza el viaje. Varsovia
-Primera parada: el cementerio judío de Varsovia
-Los antecedentes. La invasión nazi
-Comienza la caza del judío
-El ghetto de Varsovia
 
2ª parte: 
Comienza el exterminio. Treblinka
La revuelta judía del ghetto de Varsovia
La aldea de Tykutin y el bosque de Lubojova
Lublin, cuna de la ortodoxia
El campo de Majdanek
Cracovia
 
3ª parte: 
Schindler, el de la lista
Auschwitz-Birkenau
Los experimentos de Auschwitz
La vida cotidiana en los campos
El fin de Auschwitz
 
 
1ª parte:
 
Introducción. Orígenes del antijudaísmo
 

No sé ni por dónde empezar. He necesitado de las abundantes notas que tomé durante el recorrido, de las casi 900 fotos que hice por todos lados, de hojear libritos y folletos que reuní durante el viaje y muchos datos gracias a la inestimable ayuda de la Wikipedia para conseguir ordenar mis ideas. No obstante me quedaré corto. Para los interesados hay innumerables testimonios en forma de libros escritos por los supervivientes y cuya lista sería interminable.

 
Todos tenemos en la cabeza la idea del Holocausto, y nombres como Auschwitz, Treblinka o el doctor Mengele nos resultan familiares. Pero, por más que hayamos visto fotografías y reportajes, por más que hayamos leído sobre los ghettos y los campos, lo cierto es que hay que verlo con nuestros propios ojos, hay que estar allí para entender la magnitud de lo que fue una auténtica industria sistematizada y organizada por los nazis del expolio y de la muerte, y que se extiende mucho más allá de lo que fue el Holocausto judío. Pero vayamos por partes.
 
Mi hija Maya me convenció para apuntarme a un tour por Polonia, donde el motivo del viaje era un recorrido por varias ciudades en las que los judíos fueron encerrados en ghettos para, más adelante, ser confinados en campos de trabajo o, directamente, ser conducidos a los campos de exterminio. El nombre del tour era “Un viaje de la memoria”, totalmente acertado, pienso yo. El viaje en sí estaba organizado por una agencia israelí, especializada en estos temas, y orientado para judíos. Pero no es necesario ser judío -aclaro que ni mi hija ni yo lo somos- para “disfrutar” (entre comillas) de semejante experiencia, cuando las ganas de conocer en directo son más fuertes que los prejuicios o que el rechazo.
 
Porque en España y por lo general, lo “judío” nos suele generar, como mínimo, cierta desconfianza. Viene de atrás. Ante persecuciones y represiones dictatoriales de toda índole y tendencia siempre habrá quien diga el comentario de…¡algo habrán hecho!... Por motivos históricos o de afinidad con los musulmanes, en España despiertan más simpatía el pueblo saharaui o los palestinos, por ejemplo. Y a los judíos en general se les ha considerado siempre como ejemplo de avaros, ricos y anticristianos. Un argumento antiguo era el de que fueron los responsables de la muerte de Cristo. Además, solían ser los asesores económicos y los prestamistas de los reyes europeos, o los recaudadores de impuestos, tarea siempre impopular… pero sea por estas u otras razones, la historia del pueblo judío ha sido desde la Diáspora (desde la expulsión por parte de los romanos de su patria original), en la Edad Media y en todo el mundo antiguo la historia de un pueblo acosado, castigado, masacrado, marginado…
 
Diásporas hubo varias, no sólo la del emperador Tito, tras el asedio y destrucción de Jerusalén. En diferentes periodos se los expulsa de Bizancio o de algunos países conquistados por el Islam en sus comienzos. Durante la Edad Media en Europa sufrieron persecuciones, tenían prohibido poseer esclavos (algo legal en aquellos tiempos) ni tierras, pertenecer a los gremios que regulaban los trabajos, así como ingresar en el ejército o trabajar en profesiones liberales. A partir de la Ilustración del Siglo XVIII las relaciones se suavizaron pero aún así durante mucho tiempo tuvieron prohibida toda participación en la administración pública o excluídos de las universidades. Sólo hizo falta con el auge del nazismo que se convirtieran en cabeza de turco, en los supuestos responsables de la miseria de la población alemana, e incluso los causantes de la pérdida de Alemania en la conocida en su momento como la Gran Guerra: la 1ª Guerra Mundial. Adolf Hitler en el Mein Kampf se refiere a ellos como …el bacilo disolvente de la sociedad humana…Seis millones de muertos fue el precio que debieron de pagar los judíos ante estos prejuicios.
 
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El guía: Mario Sinay
 
En principio el grupo iba a ser mayor pero, por motivos que no vienen al caso, a última hora se borraron varios, con lo que el grupo quedó reducido a cuatro viajeros: mi hija Maya y yo, más una pareja de judíos argentinos de la ciudad (argentina) de Córdoba, Bobby y Adriana. Para nosotros fue la situación ideal: más fácil guiar a cuatro que a diez o a cuarenta, y con el guía casi para nosotros solos.
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El grupo, cenando en Cracovia. De izquierda a derecha: Bobby, Adriana, Maya, yo y      Mario.
Porque, aparte de lo que vimos, lo mejor del viaje fue el guía: Mario Sinay. Nacido en Argentina, a los quince años se fue a Israel donde vive desde entonces. Estuvo en el ejército hasta los cuarenta y cinco años. Estudió comunicación, especializado en documentación gráfica. Y se dedica a guiar grupos, principalmente aunque no sólo por Israel y Polonia. No llegamos a hacernos amigos, una semana no da para tanto, pero nos cogimos mucho afecto.
 
Mi hija Maya y yo hemos viajado juntos a muchos destinos (Grecia, Islandia, Italia, Austria, Francia…) y cuando es posible valoramos el ir acompañados con buenos guías: te ilustran el recorrido y hacen disfrutar mucho más el viaje. Pero por encima de todos ellos, el ejemplo de Mario fue, con mucho, el mejor. Nos contó que lleva de guía unos 12 años, 188 viajes hasta ahora. Y se nota  la experiencia. Hombre muy informado, sumamente documentado y, sobre todo, un magnífico comunicador: cada día aparecía con una carpeta, repleta de fotos del Holocausto y numerosos textos: desde poemas a testimonios de testigos y supervivientes de lo que fue la experiencia de los ghettos y de los campos. Algunas de las fotos que acompañan esta entrada están tomadas directamente de las que Mario nos iba enseñando. Llevaba asimismo un pequeño altavoz conectado por wifi con el móvil y en algunos lugares especiales como en los cementerios, en los ghettos, en los campos de exterminio o en las sinagogas, nos hacía escuchar kadish. En la tradición judía es importantísimo. Para aquellos ajenos a su tradición, el kadish son unos cantos religiosos, siempre recitados en público y redactados en arameo, el idioma del pueblo judío en la época (talmúdica) en que fueron compuestos. En ellos se hace un panegírico a Yahvé al que se pide que acelere la venida del Mesías. Hay varias clases de kadish, según la ocasión y el contexto, aunque el más utilizado es el kadish del Duelo, o el kadish yatom = la plegaría de los huérfanos, como una señal de respeto que uno puede dar a aquellos que han fallecido.
 
Mario “jugaba” mucho con los efectos, nos manejaba muy bien. A menudo nos hacía mirar algún edificio con cualquier excusa y cuando estábamos en ello nos decía: Ahora vuélvanse y miren acá… y el objetivo real era otro edificio, algún trozo del muro del ghetto o alguna placa en concreto. Muchas veces nos enseñaba una foto de la época donde nos hacía reconocer algún detalle actual pero que, en la foto, se veía acompañado de los judíos o de los SS. Constantemente, fotos de la época, con la gente concentrada en los ghettos, recién desembarcados con sus petates del tren en los campos, conducidos a las cámaras de gas o trabajando como lo que eran, como esclavos, en los barracones. Y en los trayectos en coche (a Lublin, a Cracovia, a los campos…) nos ponía en el ordenador largas secuencias de películas, tales como El pianista, La lista de Schindler, El triunfo del espíritu, centradas en el Holocausto, donde se escenificaba muy bien el ambiente de los ghettos y de los campos, y donde algunas de sus localizaciones Mario nos enseñaba después en la visita al ghetto o al campo en cuestión. Sumamente ilustrativo. Aunque ya las había visto, daban ganas de volver a verlas, para apreciarlas mejor.
 
Comienza el viaje. Varsovia
 
Polonia me sorprendió por su nivel de crecimiento. Varsovia estaba llena de grúas (indicio de construcción) y, sobre todo, en las autovías que recorrimos. En prácticamente todas, se estaban desdoblando los carriles, evidentemente se les estaban quedando insuficientes. Gran tráfico de camiones. Nos fijábamos en las matrículas: además de polacas, numerosas matrículas rusas, alemanas, bielorusas, lituanas, ucranianas… Polonia está en una encrucijada estratégica (lo cual ha sido causa de las constantes invasiones) para el transporte de mercancías, lo que evidenciaba tanto camión.
 
En Varsovia nos alojamos en uno de los hoteles situados en el centro comercial y empresarial por excelencia, con numerosos centros comerciales y altos edificios modernos de cristal, rodeando al edificio más emblemático: el Palacio de la Cultura y de la Ciencia, un regalo de Stalin a los polacos en los años 50, enorme edificio de más de treinta plantas y con una arquitectura de inspiración soviética. Nada más verlo me recordó mucho al hotel Rossía (en ruso: Rusia) situado en un meandro del río Moscova, en Moscú. Por cierto, los varsovianos lo odian, como símbolo que es del dominio soviético durante la guerra fría, y hasta se propuso tras la democratización de Polonia en 1.989, su demolición. Éso de demoler es tendencia común tras cambios de gobierno. En España se propone por algunos grupos políticos demoler el Valle de Los Caídos, símbolo del franquismo, por ejemplo, pero Mario, mi hija y yo estábamos de acuerdo en que no hay por qué derribar nada que al fin y al cabo forma parte de la historia. Escudados en esa tendencia purificadora se han quemado muchas bibliotecas a lo largo de la historia. Y por esa regla de tres hasta se podrían demoler las pirámides de Egipto, levantadas por esclavos. Y nada mejor que Polonia como ejemplo, que han preservado lo que queda de los campos, pese a ser la representación del horror, como memoria de lo que pasó. 
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Actualmente el Palacio de Cultura alberga teatros, salas de exposiciones, centros culturales, sede de congresos e incluso dos universidades privadas. Y es el centro desde donde se miden las distancias a toda Polonia, algo así como nuestro “kilómetro Cero”, de la Puerta del Sol. Por cierto: con semejante pasado, polémica y visibilidad, pregunté a nuestro chofer polaco si a tan notorio edificio no le habían rebautizado los varsovianos con algún nombre coloquial, tales como el “Pirulí” de Madrid o el puente “El Paquito” de Sevilla… Se quedó pensativo un rato y al final respondió: No, el Palace le llaman… Obviamente los varsovianos no tienen el sentido del humor que gastamos por aquí…
 
Comenzamos el tour por Varsovia. Para empezar, poco queda de la ciudad de antes de la guerra. Sufrió tres episodios de bombardeos masivos: los dos peores la conquista alemana a partir de Septiembre de 1.939 con el uso intensivo de la aviación y la artillería y, ya en 1.944, el castigo nazi por la revuelta polaca, animada ésta por la cercanía del ejército ruso. Aún sufrirían otro gran bombardeo por parte del avance soviético para desalojar al ejército alemán. Como consecuencia, al acabar la guerra Varsovia quedó destruída en un 85%. Algún edificio resistió, lo milagroso es que tras tan severo castigo alguno se mantuviera en pie.
 
Primera parada: el cementerio judío de Varsovia
 
El primer punto al que nos llevó Mario fue al cementerio judío. Muy extenso, unos de los mayores de Europa, ocupa más de 33 hectáreas. Fundado en 1.806, y sólo interrumpido durante la Segunda Guerra Mundial. El húmedo clima de Varsovia ha favorecido el crecimiento de los árboles, altos y tupidos, los grandes helechos o el musgo que cubre las abundantes lápidas (o, para ser más exacto, macevas, como se nombran por los judíos), dándole un aspecto sombrío, semiabandonado. Más de 200.000 tumbas identificadas, aunque en razón del tiempo transcurrido desde su creación, o bien debido a la muerte o el exilio de muchos varsovianos durante el Holocausto, la inmensa mayoría yacen en un estado de total abandono. Los caminos principales están pavimentados, y los monumentos más importantes están cerca de la entrada: homenaje a los niños muertos en el ghetto. Al lado, un monumento al doctor Janus Korczak, director de la Casa de los Huérfanos de Varsovia, que no quiso dejarles solos cuando ordenaron llevarles al campo de exterminio de Treblinka. Cerca de allí y en la calle principal, otros monumentos: a los héroes del levantamiento judío en el ghetto, a comunistas judíos, a destacados rabinos o a protagonistas de la cultura polaca, como escritores, filósofos, intelectuales (como el doctor Zamenhof, creador del esperanto), o la gran actriz de teatro Esther Kaminska. Pero si te apartas un poco o miras a los lados de la calle principal, numerosos caminos embarrados se abre paso por doquier entre los árboles, mostrando a través de la penumbra verde mausoleos y lápidas deterioradas, medio ocultas bajo el musgo.
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                          Memorial a los niños muertos en el Holocausto
Muy cerca de la entrada, dos espacios cercados, uno al lado del otro, del tamaño aproximado de una pista de tenis, están curiosamente libres de lápidas. Mario nos fue contando, ilustrando sus palabras como siempre con numerosas fotos de la época: aquí despejaron el terreno y se abrieron fosas comunes para enterrar a los cada vez más abundantes fallecidos dentro del ghetto. De unos 100.000 que allí murieron, se calcula que unos 20.000 acabaron en estas fosas. En las fotos que nos enseñaba Mario se podía ver esa imagen que se ha hecho icónica de cadáveres desnudos y esqueléticos, traídos en carretas y arrojados a los fosos, de cuatro o cinco metros de profundidad. Cuando los cuerpos formaban una capa, se les echaba cal por encima y volvían a arrojar más cadáveres. Creo recordar, no estoy seguro, que aquellos miles de muertos siguen ahí enterrados, anónimos, sin identificar.
 
Aunque la mayoría de las más antiguas eran lápidas grabadas verticales, había bastante variedad. Algunas eran una simple lápida vertical o bien colocadas sobre el suelo, mientras que otras eran mausoleos familiares, más o menos ostentosos. El estilo era muy variado, según el gusto familiar o la filosofía de los allí enterrados. Eran todos judíos, pero había -y hay- muchas tendencias, como las hay en el cristianismo. Por ejemplo: el texto solía estar en yiddish (la lengua de los judíos polacos) o en hebreo (la lengua sagrada), pero las había escritas en polaco, incluso algunas pocas en inglés. Decoraciones con estilo Art Nouveau, monolitos de imitación egipcia, templetes, bóvedas, bajorrelieves figurando puertos con barcos (familias de comerciantes)… En las más clásicas Mario nos explicaba a mi hija Maya y a mí la para nosotros desconocida iconografía judía: águilas (que representaban al reino polaco) junto a leones (símbolo del reino de Judá). Candelabros, que creo recordar representaban a los rabinos, recipientes con agua o llamas. O una figura repetida que me llamó la atención y que más tarde ví en un graffiti infantil en Auschwitz: la imagen de un árbol tronchado, representación de la figura de una madre muerta. Si en el árbol roto había un nido con dos o tres polluelos, la imagen nos contaba que la mujer murió dejando dos o tres huérfanos… Y en muchas de ellas, las señales dejadas por el impacto de las balas, dirigidas a los judíos que, huyendo de los nazis, se escondieron en la espesura del cementerio.
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                                      A una madre muerta que dejó dos “polluelos”
Visitando el cementerio había numerosos grupos de judíos, igual que nos los iríamos encontrando durante todo nuestro recorrido. Algunos, con la bandera de Israel por encima de los hombros. En los ghettos así como en Cracovia o en los campos de Majdanek, Auschwitz y Birkenau, grupos de militares israelíes. Mario, ex-militar, me contó que al menos una vez vienen desde Israel para visitar estos lugares tan importantes para ellos. Él los ha guiado en numerosas ocasiones y nos contaba que siempre traen consigo en la visita a los campos algún superviviente de los pocos miles que van quedando. Tuvimos ocasión de verlo en Birkenau: en uno de los barracones un numeroso grupo de militares guardaba un respetuoso silencio escuchando a un anciano que hablaba. Mario me explicó que no sueltan ningún tipo de mitin. Simplemente, recuerdan lo que hacían, lo que comían, cómo trabajaban y cómo vivían. Ese simple testimonio para ellos ya es muy importante. 
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                Militares israelíes escuchando el testimonio de un superviviente
En espacios de respeto para los judíos (sinagogas, cementerios, monumentos, memoriales…) los hombres se cubren la cabeza con la kipá, esa pequeña gorrita que apenas les tapa, en señal de respeto a Yahvé, simbolizando que no son lo más alto, sino que sobre su cabeza hay algo siempre superior (y que me perdonen los judíos si no es la explicación correcta). Yo, insisto, no soy judío -y lo aclaro ni por excusarme ni por justificarme- y como tal no estaba obligado a cubrirme, pero comenté con Mario que por respeto me podría poner una pequeña gorra de visera que llevaba por si la lluvia. Le pareció perfecto: cualquier cosa puede valer. Y yo creo, por su mirada, que ese pequeño signo de respeto le pareció bien. 
 
 
Los antecedentes. La invasión nazi.
 
 
ataud de los judíos… De esta forma tan gráfica llamó Heinrich Himmler al ghetto de Varsovia. Himmler fue el hombre de confianza de Adolf Hitler. Ministro de Interior, Jefe Supremo de las temidas SS (Schutzstaffel = escuadrón de protección), responsable de la planificación y construcción de los campos de exterminio. Si Hitler fué el ideólogo del Holocausto, Himmler fue el ejecutor.
 
No sólo los nazis mataron judíos (ni sus víctimas fueron sólo judíos, como veremos). Tras el ascenso al poder de Hitler se planificó la llamada Política de Higiene Racial destinado a esterilizaciones forzosas, así como el programa Aktion-4, para la eutanasia activa. Sin que sirva de descargo podemos comentar que en países tan “desarrollados” como los Estados Unidos y de Europa occidental, ya a finales del S.XIX y comienzos del S.XX se implementaron políticas de esterilización forzada y masiva. Aunque el caso de Alemania bajo los nazis fue especial. Desde la subida de Hitler al poder en 1.933 hasta el año 1.939 se calcula que 400.000 alemanes “arios” fueron esterilizados, y unos 275.000 directamente asesinados en cámaras de gas, como un ensayo de lo que vino después. Los esterilizados (con radiación o inyecciones de productos químicos)) y eliminados: delincuentes comunes y juveniles, enfermos mentales, discapacitados físicos (ciegos, sordos, impedidos), enfermos crónicos, disidentes políticos, alcohólicos, pedófilos, homosexuales o vagabundos. Entre ellos, 70.000 niños. Catalogados todos bajo la categoría de Lebensunwertes Leben = “vida indigna de ser vivida”. Aún esos arios “indignos de vivir” eran superiores a los europeos, tales como franceses, ingleses u holandeses. Pero por debajo de ellos estaban los eslavos, considerados como Untermenschen = infrahombres. No había más escalones humanos por debajo de los eslavos, ni siquiera los judíos. Para los nazis, no se les consideraba tan siquiera como seres humanos.
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Batallón compuesto por judíos en la Iª Guerra Mundial, alemanes de pleno derecho
En Alemania se conocen al menos seis centros donde se realizaron las campañas de esterilización y exterminio, en origen simples hospitales, a los que se adaptaron cámaras de gas (utilizando el anhidrido carbónico producto de la combustión de motores de camiones). De algunos hay registros bastante detallados, como el de Graefeneck, donde podemos saber que murieron 9.839 alemanes, o el castillo/hospital de Hartheim donde, entre Enero de 1.940 y Diciembre de 1.944 se eliminaron a 18.269 “enfermos”. De entre ellos, 436 españoles procedentes del campo de Mauthausen. Tras la experiencia adquirida con el manejo de las cámaras de gas, muchos de los médicos que trabajaron en estos centros fueron posteriormente destinados a los campos de exterminio en territorio polaco.
 
Tras la partición de Polonia entre Alemania y la Unión Soviética, ambos países se dedicaron a masacrar polacos. El 23 de Agosto de 1.939 los ministros de Asuntos Exteriores alemán y soviético, von Ribbentrop y Molótov firmaron en Moscú el Tratado de No Agresión, con el que Alemania se daba un tiempo antes de atacar a los rusos y se concentró para atacar el frente occidental. Confiado Stalin en la palabra dada, y pese a los recelos que el despliegue alemán en la frontera ruso-alemana iba despertando, la ofensiva alemana conocida como la Operación Barbarroja barrió en un principio a las fuerzas soviéticas, el 22 de Junio de 1.941. 
 
Pero antes de éso y respaldados mutuamente por su Tratado de No Agresión, se repartieron Polonia. El 1 de Septiembre de 1.939 Alemania invadió su parte acordada, pese a la desesperada resistencia del ejército polaco, en inferioridad de condiciones frente a la moderna Wehrmacht (en alemán: fuerza de defensa, nombre dado al ejército der Tercer Reich). El 17 de Septiembre, lo hicieron los soviéticos. Ambos países descabezaron la oposición polaca, encarcelando, fusilando o mandando a campos de trabajo a intelectuales, profesores, sindicalistas y oficiales del ejército. 
 
Un episodio, esta vez por parte de los rusos, fue la conocida como la matanza del Bosque de Katyn, a 15km de la ciudad de Smolensk. Allí fueron enterrados en fosas comunes unos 22.000 (un mínimo de 21.768) polacos: 8.000 oficiales del ejército, 6.000 policías y el resto intelectuales, profesores y sindicalistas. Tras el descubrimiento fue relativamente fácil identificar a las víctimas: habían sido arrojado a las fosas con sus uniformes y sus pertenencias. Ejecutados por el efectivo método del tiro en la nuca, entre Abril y Mayo de 1.940, por órdenes directas del siniestro Beria, jefe de la policía y el servicio secreto soviético, mano derecha de su paisano (georgiano) Stalin. Lo “bueno” fue que fueron los nazis los que descubrieron las fosas en su avance por Rusia tras el comienzo de la Operación Barbarroja, atribuyendo la matanza a los soviéticos. Aunque durante muchos años los soviéticos lo negaron, echándole la culpa a los nazis. Varios monumentos guardan su memoria en Polonia. En Varsovia, una larga cruz en el suelo formada por velas encendidas.
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Aparte de las masacres de Polonia, los nazis aún fueron responsables de otras en territorio soviético conquistado. En los barrancos de Babi Yar, próximos a la ciudad ucraniana de Kiev, se calcula un total de entre 100.000 y 150.000 ejecuciones durante la ocupación alemana: soldados prisioneros, comunistas, gitanos, partisanos ucranianos y ¡cómo no!, judios. Entre el 29 y el 30 de Octubre de 1.941 y durante 36 horas ininterrumpidas, fueron fusilados 33.771 judíos. La masacre alcanzó tal nivel que los soldados ejecutores se acabaron quejando a sus superiores de que los uniformes acababan empapados de sangre por las salpicaduras de los disparos. Los oficiales nazis, con la pragmática mentalidad alemana, decidieron en sus instrucciones para la tropa mantener una distancia mínima “higiénica” de 10 metros entre soldados y fusilados, aunque dado el “volumen de trabajo” comenzó la planificación de los campos de exterminio a cargo del no menos pragmático Heinrich Himmler. Y ya puestos con el pragmatismo, dentro de las SS se creó un cuerpo especial: los Einstazgrüppen, especializados en fusilamientos masivos, que se desplazaban de un lugar a otro para su “trabajo”, desde los estados bálticos hasta Ucrania aunque más tarde, para evitar los gastos en desplazamientos y en balas, los encargados de la eliminación fueron las cámaras de gas dentro de los campos.
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     Instrucciones para la tropa, para una “correcta” ejecución de los condenados
Comienza la caza del judío
 
Se calcula que en Polonia un 10% de la población era judía. Tan sólo en Varsovia y de una población total de cerca de un millón y medio, unos 450.000 eran judíos, de los que aproximadamente 100.000 murieron en el ghetto, de hambre, de frío y de enfermedades, sobre todo a causa del tifus, transmitido por los piojos y las chinches. A la semana de la invasión, el 9 de Septiembre de 1.939, los nazis declaran una orden general para confinar a los judíos en los ghettos, perfectamente identificables con la estrella de David: una estrella de seis puntas en color azul sobre una banda blanca, cosida en sitio visible sobre sus ropas.
 
En Polonia les pilló de nuevas, tras la invasión alemana del 1 de Septiembre. En Alemania y en Austria (anexionada oficialmente en la Anschluss = “la reunión”, el 12 de Marzo de 1.938) tras la subida al poder de Adolf Hitler, el 30 de Enero de 1.933, comenzó una serie de leyes restrictivas contra los judíos. La primera excusa fue el incendio del Reichstag en Berlín la noche del 27 de Febrero de 1.933. Aunque se detuvo allí mismo, se juzgó y se condeno a muerte a un joven albañil desempleado, comunista holandés, Van der Lubbe (lo que les dió la excusa perfecta para detener en toda Alemania a sus viejos enemigos, comunistas y socialistas), el clima tenso y enrarecido favorecía cada vez menos la presencia judía. Es a partir de 1.933 cuando mediante sucesivos decretos se les prohibe trabajar en la administración pública, los matrimonios mixtos e incluso las relaciones sexuales entre judíos y arios, se les priva de la ciudadanía alemana declarándoles apátridas y, por tanto, del derecho a voto, y se les excluye de ciertas profesiones como la medicina o la educación. Los 600.000 judíos de Alemania son señalados como enemigos.
 
El punto álgido llegó con la conocida como la Kristallnacht = la Noche de los Cristales Rotos, del 9 al 10 de Noviembre de 1.938. Como detonante, el asesinato a tiros un día antes del secretario de la embajada alemana en París a manos de un joven judío polaco de 17 años, Herschel Grynszpan. Herschel actuó desesperado ante las noticias que le hicieron llegar sus padres, judíos polacos emigrados a Hannover en 1.911. Por una orden del gobierno nazi cancelaron los permisos de residencia para extranjeros y, entre otros, los judíos polacos fueron obligados a regresar a Polonia, transportados en camiones y trenes, permitiéndoles llevar con ellos tan sólo una maleta. El resto de sus propiedades (casas, muebles, negocios…) fueron requisados por los nazis. 17.000 judíos fueron transportados a la frontera el 27 de Octubre de 1.938, y dejados allí a su suerte, al negarse los polacos a dejarles entrar en su territorio. Durante días o semanas, los judíos permanecieron abandonados en tierra de nadie, sin cobijo ni comida. De los 17.000 sólo 4.000 fueron al final admitidos. El resto (13.000) fueron llevados a campos de concentración.
 
Con la Noche de los Cristales Rotos comenzaron las masacres, como venganza y bajo la excusa del asesinato de von Rath, el secretario de la embajada alemana en París. Organizada por el lugarteniente de Hitler, Joseph Goebbels, fue ejecutada por los SA (Sturmabteilung = sección de asalto, compañía paramilitar), por los SS y por la Juventudes Hitlerianas, apoyadas por la Gestapo (policía secreta del estado). 91 judíos alemanes fueron asesinados y 30.000 detenidos y enviados a campos de concentración en Alemania, como Dachau (inaugurado precisamente para confinarles) y Buchenwald, principalmente. En Alemania fueron quemadas 1.574 sinagogas más las 94 de Viena. Alrededor de 7.000 comercios propiedad de judíos fueron destruidos, la mayoría en Munich y Berlín, pero también en otras ciudades con fuerte presencia judía, como Viena. Recordemos que pocos meses antes Austria ha sido anexionada e incluída en el programa nazi.
 
Es a partir de 1.938 cuando las medidas antijudías se endurecen. Se confiscan sus pasaportes, son obligados a declarar todos sus bienes y queda prohibida toda la prensa judía: diarios, revistas, libros… Antes de ese año los judíos alemanes y austríacos aún tuvieron la oportunidad de salvar sus vidas, saliendo del país. Dos tercios de la población judía de Austria y Alemania consiguieron escapar, marchando a Holanda, Bélgica, Francia o Italia (donde tras la conquista alemana serían capturados) o aún más lejos: América del Norte y del Sur… Entre otros la madre de Bobby, nuestro compañero de viaje, nacida en Viena y que acabó en Córdoba, Argentina. El tercio restante se quedó, bien por falta de medios materiales para pagar su viaje, o con la ilusoria esperanza de que, aún estando mal, las cosas no podían ser peores. El tiempo se encargaría de demostrarles que sí, que siempre las cosas pueden ser mucho peores.
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                         Un miembro de las SS rapando las barbas a los judíos
Aunque los que se fueron a tiempo consiguieron al menos salvar la vida, el sentimiento de desarraigo y de frustración, y el pensar en la suerte de los que allí quedaban, produjeron un gran sentimiento de depresión. Muchos de los supervivientes de los campos manifestaron un complejo de culpa pensando que por qué ellos habían tenido que salvar la vida, frente no ya a los millones que murieron, sino quizá su familia entera, sus amigos…. Un sólo ejemplo muy revelador es el del escritor austríaco Stephen Zweig, el escritor más traducido en alemán después de Goethe. De familia acomodada, tuvo ocasión de viajar en su juventud, cultivando la amistad de numerosos intelectuales. Prolífico autor de novelas y biografías y traductor del francés, sus obras fueron prohibidas en Alemania en 1.936. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial consiguió escapar junto a su segunda mujer, iniciando un periplo que le llevó a París y Londres, y más tarde a los Estados Unidos y varios países de Hispanoamérica. Pero el sentimiento, ante un Hitler victorioso en todos los frentes, de que el nazismo acabaría conquistando el mundo, le condujo a suicidarse junto a su mujer en Brasil, el 22 de Febrero de 1.942, antes incluso de que llegase a conocer el desarrollo de la Solución Final.
 
El “negocio” de ilegalizar a los judios le salió redondo al gobierno nazi. Los trabajos que les fueron prohibidos (en la administración, profesorado, medicina y otros) fue cubierto por los no-judíos, reduciendo el número de los parados. Daba igual si no eran tan buenos profesionales: no eran judíos. El expolio de casas proporcionó viviendas a los que no las tenían, o la posibilidad de mejorar la propia… y como los judíos generalmente eran buenos administradores, vivían en buenas casas. El cierre o destrozo de sus comercios tras la Noche de los Cristales Rotos, eliminó competencia para otros comerciantes. El cierre de sus fábricas y empresas, lo mismo. Uno de los beneficiados, por ejemplo, fue Schindler, el de la famosa “lista”, del que hablaré más tarde, y que se quedó con la fábrica de esmaltes de Cracovia.  Con mano de obra casi gratis (judíos de los campos) además. Si un obrero alemán (de pura cepa) cobraba 20 marcos, un polaco cobraba 10, mientras que un judío cobraba 5 que por supuesto no iba a parar a sus bolsillos, sino que el empresario pagaba directamente al gobierno. Cuando empezaron a ser deportados muchos intentaron malvender sus propiedades, los abusos por parte de los compradores fueron infinitos. Muebles y demás bienes semovientes fueron adquiridos directamente por el gobierno nazi. Gracias a este expolio, el P.I.B. de Alemania subió un 7%. Lo que sacaron de los deportados y exterminados en los campos (dientes de oro, joyas, ropa y zapatos usados,  cepillos, objetos personales, el pelo rapado, incluso muletas) merecerá comentario aparte.
 
En su escalada antijudía, el 20 de Enero de 1.942 los jerarcas nazis planifican el exterminio. 1ª fase de la llamada Solución Final. En lo que se conoció como la Operación Reinhart, deciden crear en Polonia lo que fue el primer campo de exterminio: el de Treblinka. Las obras comenzaron en Mayo y finalizaron en Julio. El 22 de Julio de 1.942 comenzó la denominada Gran Acción de Realojamiento, destinada a irse llevando a los judíos del ghetto de Varsovia, quedando temporalmente excluidos aquellos que trabajaban en fábricas y talleres alemanes, o la policía judía que vigilaban dentro del ghetto. Para evitar las lógicas revueltas, nada de decirles que iban a ser exterminados. Se les comunicó que iban a ser deportados al Este, a campos de trabajo agrícolas.
 
El ghetto de Varsovia
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Dos mujeres en el ghetto de Varsovia. Mario nos aclaró: la de la izquierda, raquítica, tenía diez y seis años. La de la derecha parece su abuela, pero era su hermana mayor. Sólo tenía ventidós.
Comenzamos nuestro viaje visitando lo que fue el ghetto de Varsovia. Más tarde iríamos visitando el de Lublin, el de Cracovia y algún otro, aunque el de Varsovia fue el mayor establecido en toda Europa. En Varsovia aún quedan algunos trozos del muro, viviendas en pie, y numerosas placas donde lo detallan, además de la inestimable colección de fotos que Mario nos iba enseñando. Donde ya no hay muro, una traza en el suelo indicándolo. La orden partió el 9 de Septiembre de 1.939, con medidas tales como prohibición de utilizar transporte público, asistencia a parques y restaurantes y la obligación de ir identificados con un brazalete blanco con la estrella de David en azul cosido a sus ropa en lugar visible. aunque la construcción y cerramiento del ghetto no concluyó hasta Septiembre de 1.940. Del total de habitantes de Varsovia: 1.400.000, 450.000 eran judíos. 
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La orden era abandonar sus casas para vivir en el ghetto, un espacio reducido y delimitado de la ciudad, tan sólo el 2,4% de la superficie total, barrios viejos, cercado por 18 kilómetros de muro de ladrillo de tres metros, con cristales rotos en lo alto y rematado por alambre de espino, con 22 portones. Los no-judíos debieron abandonar sus casas dentro del ghetto pero les ofrecieron las mucho mejores casas de los judíos, sin duda salieron ganando. Nos explicaba Mario lo que constituyeron las cinco plagas de los judíos dentro del ghetto:
 
1/ hacinamiento: casi medio millón en un área, recordemos, equivalente al 2,4% de la ciudad. No sólamente judíos de Varsovia, sino también de poblaciones cercanas, llegando a un máximo de 445.000 en Mayo de 1.941. Varias familias enteras se hacinaban en las casas asignadas. El promedio, eran siete personas por habitación. Por lo general no había letrinas en las casas, si acaso una por cada planta (similar a las antiguas corralas madrileñas). Con suerte, un lavabo. Fácil de entender las pésimas condiciones higiénicas.
 
2/ hambre: la ración oficial asignada por los nazis era de 184 calorías por día. Totalmente insuficiente. Para los polacos estaba fijada en 1.800 calorías diarias. Para los alemanes, 2.400. El hambre era una presencia constante y desesperante en sus vidas, como nos cuentan los supervivientes en sus memorias. Ante tan escasa ración, se crearon comedores para, al menos, repartir sopa a los más necesitados que no pudiesen obtener comida extra. Porque ante semejante escasez de comida, pronto se creó un mercado negro dentro del ghetto donde los que pudieron llevarse dinero o joyas lo cambiaban por un simple trozo de pan. Y desde fuera, se estableció un sistema de contrabando de comida en forma de paquetes que eran lanzados de noche por encima del muro, o bien por parte de los niños. Porque los niños fueron los “sustentadores de la familia”. Gracias a su pequeño tamaño, se colaban por agujeros del muro o saltaban por encima, consiguiendo la tan necesaria comida que dentro escaseaba. Siempre, por supuesto, jugándose la vida: salir del ghetto sin la debida autorización demostrada con papeles estaba castigado con ejecución inmediata.
 
3/ frío: la temperatura en Varsovia puede bajar hasta 20º bajo cero. Faltos de carbón y de combustible, se quemaba lo que fuera (muebles, tablones, papeles) para intentar calentarse un poco. No hace falta explicar que el frío atroz propició la aparición de enfermedades, a los de por sí depauperados judíos del ghetto.
 
4/ enfermedades: además de pulmonías por el frío y raquitismo por la escasa alimentación, el principal problema fue el tifus. Enfermedad propagada por los piojos y por las chinches, imposibles de erradicar dadas las condiciones de hacinamiento y de insalubridad en el ghetto. La gente moría por las calles, quedando allí tirada, ante la indiferencia y la impotencia de los demás. Se calcula que, en lo que duró el ghetto, casi 100.000 judíos de los 450.000 que allí vivían, fallecieron a causa del hambre y de las enfermedades.
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5/ aislamiento: a nivel moral, el sentirse encerrados, abandonados, sin medios y sin esperanza, con un hambre contínua, propició una profunda depresión que condujo a frecuentes casos de suicidio. Arrancados de sus casas, sin otros trabajos que el que los nazis les obligaban a efectuar en sus fábricas y talleres, el sentimiento de desarraigo debió ser muy difícil de superar.
 
Quedan escasos metros de lo que fue el muro del ghetto, con placas conmemorativas o llenos de ofrendas de flores por los numerosos judíos de todo el mundo que lo visitan y que allí rezan sus kadish, en memoria de los ausentes. Actualmente está prohibido tocar ni un ladrillo, aunque algunos fueron llevados como testimonio a centros judíos en los Estados Unidos o algún museo en Varsovia. Pero en muchas zonas está marcado el contorno en el suelo junto a murales donde maquetas ilustran lo que fueron sus límites.
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Uno de los puntos a los que nos llevó Mario fue al Die Brücke: “el puente”. Dentro del recinto cuadrado del ghetto penetraba una lengua de terreno “libre”, debidamente vallada por el muro, ya que se levantaba al fondo una iglesia que los nazis respetaron. Incluso un tranvía circulaba hasta la iglesia. Para evitar el largo rodeo por un lado y por otro de la lengua de terreno, los nazis hicieron levantar un puente de madera que, desde  cada lado del muro, cruzaba por encima de la calle y de las vías del tranvía. No recuerdo si en la película El pianista, de Roman Polanski (judío polaco, por cierto) aparecen escenas de los judíos atravesando el puente. Actualmente dos altos pivotes señalan el emplazamiento de los pilares del puente, mientras que en el suelo unas marcas señalan el trazado del muro. Para ilustrarlo aún mejor, nuestro inefable guía Mario nos mostró unas cuantas fotos, donde con la referencia de un edificio al fondo, todavía conservado, se veía el puente en construcción y luego en plena actividad, lleno de gente cruzando por encima a un lado y otro del terreno “libre”, con los tranvías, algún coche y personas circulando por debajo. Mario nos comentaba que si los judíos estaban dentro del ghetto, invisibles para el resto de los varsovianos, en este punto del puente era imposible no verles simplemente desde el tranvía, negar su existencia.

Carnavales de Cádiz

 

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Los 6 de la Fama. De izquierda a derecha: Jordi (de preso), Rosa (de policía), Carlos (de                        médico), Pilar (de mujer fatal), yo (de hippy) y Mercedes (de ídem)

No sé como será para los que vivan allí todo el año. Si sé por amigos de Pamplona o de Valencia que en su semana (o semanas, a veces la cosa se alarga) de fiesta grande, sean los Sanfermines, sean las Fallas, son muchos los que durante esos días procuran irse de vacaciones para evitarse el follón, la multitud o los ruidos que abarrotan la ciudad, día y noche, haciendo imposible el descanso para los que tengan la obligación de trabajar. Pero creo que Cadiz es otra cosa. Habrá gente que prefiera irse durante los días del carnaval, pero la gran mayoría de los gaditanos y sobre todo los “viñeros” (los habitantes del barrio de La Viña), lo viven de verdad.

 
Son famoso los carnavales de Río de Janeiro o los de Tenerife: peñas y cofradías que se tiran todo el año elaborando sofisticadísimos trajes, que nombran Reina del Carnaval, o que desfilan con unas carrozas decoradas hasta el límite. En Cadiz prima el ingenio y, sobre todo, la alegría. Por supuesto que hay disfraces, carrozas (modestas y pequeñas, por La Viña no pueden maniobrar las grandes) y peñas, llamadas allí comparsas, coros o cuartetos. Pero, insisto, no hay grandes despliegues ni vestidos elaboradísimos. En Cadiz prima el ingenio y dentro de su modestia, los disfraces son a cada cual más divertidos.
 
¡A Cadiz que nos vamos!
 
Coincidió que nos venía bien irnos para allá a varios amigos. La primera ventaja es que disponíamos de una casa en Rota, como cuartel general. En Cadiz los hoteles estaban ya reservados hacía tiempo, y es una ciudad donde, si ya de por sí el tráfico es difícil, en carnavales mucho más. De hecho los parking públicos que pudimos ver, estaban todos al completo. Irse para Cadiz en coche y en estas fechas puede suponer una desesperación.
 
En Rota nos esperaba mi hermano mayor, Manolo, y mi cuñada Teresa. Ya jubilados, pasan temporadas allí desde hace muchos años. Conocedores de todos los garitos y restaurantes, habían reservado mesa para cenar en “el mejor sitio para comer pescaíto frito”… La Retama, era su nombre, lo digo por si alguien tiene la oportunidad de acercarse y comprobarlo. Tras el largo viaje desde Madrid de unas seis horas, se agradecía meternos en ambiente y en un puerto pesquero como es Rota la calidad está garantizada. Así que, ayudados por varias botellas de manzanilla que fueron cayendo, disfrutamos de las muy bien hechas frituras y raciones del establecimiento. Aún nos sorprendería el domingo, día de la partida, llevándonos a comer a otro establecimiento de su confianza, La Bahía. Esta vez especializado en comida casera típica roteña (ortiguillas, cazón en adobo -o “adobo”, a secas- callos con garbanzos, berzas con choco…a cada cual mejor). Nos volvíamos para Madrid y nuestra intención era coger la carretera a la una… salimos de allí a las cinco, no digo más.
 
Cruzando la bahía
 
Desde Rota un barquito cruza la bahía varias veces al día, y en estas fechas los servicios estaban reforzados. Por aproximadamente cinco euros el trayecto, y en un recorrido de media hora, atraviesas la bahía viendo a la izquierda la base militar de Rota, con sus grandes barcos de guerra y el Puerto de Santa María. Ya desde Rota se puede ver la ciudad de Cadiz y, según te vas aproximando, vas distinguiendo las grandes grúas del puerto. 
 
El ambiente en el catamarán (así llamado aunque a mí me pareció un monocasco) ya era de por sí bastante carnavalero. La opción de ir y venir por mar era la acertada. Aparte que de por tierra, y con la obligación de rodear la base, el recorrido era más de 50 kilómetros. Fuimos acercándonos al puerto de Rota dando un paseo de unos diez minutos por el ídem de la playa, los seis con nuestros disfraces, despertando la curiosidad, la risa de los niños y hasta algunas fotos por los transeuntes. 
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Por supuesto ya en la cola para subir al catamarán pudimos ver que no éramos los únicos disfrazados: un grupo numeroso iban de Power Ranger, encapuchados y con monos multicolores. Había algún “policía” más, pero este año la tendencia era Donald Trump (gran tupé dorado) y un grupo de chicas y de chicos con ponchos y sombreros mejicanos, con carteles alusivos al famoso muro. Me llamó la atención un grupo de cuatro muchachotes sin disfrazar, con pinta inequívoca de yanquis, pelo muy corto, trabajadores o quizá marines de la base, que miraban a “Trump” y sus mejicanos con unas miradas de soslayo, no sin cierta desconfianza. Pero con la tolerancia que siempre ha distinguido a Cadiz, sin ningún mal rollo.
 
Desembarcamos. El puerto está pegado al más castizo de los barrios gaditanos, el de La Viña. Barrio de casas bajas y calles estrechas. El barrio más antiguo y el original conservado casi tal cual de cuando Cadiz era una isla plantada en medio de la bahia. Varios puentes, el último de reciente construcción, facilitan el acceso a los coches. Pero casi todo el perímetro que rodea La Viña conserva las murallas y los fortines con los que la ciudad resistió los diferentes asedios que sufrió, el último y más famoso entre 1.810 y 1.812, por parte de los ejércitos de Napoléon. Las batallas terrestres como tal se dieron en el istmo y en la zona de Chiclana, desde cuyas posiciones se bombardeó la ciudad aunque la artillería francesa de la época nunca tuvo el suficiente alcance como para alcanzar La Viña, donde los gaditanos dormían tranquilos. Y por mar, la artillería española contuvo con creces a los barcos enemigos.
 
Durante aquellos dos años los gaditanos sobrevivieron gracias a la pesca que conseguían y a los pequeños huertos repartidos por toda la ciudad. Incluso se puede decir que durante el asedio Cadiz fue una ciudad próspera y desarrollada. Tenía una tradición culta: los allí refugiados debatían, se leía mucho, llegaban libros y prensa. Como puerto de mar que siempre ha sido, había mucha influencia extranjera, no era raro saber idiomas y el ambiente, hoy como ayer era muy tolerante. Allí y en pleno asedio se redactó la Constitución, la famosa Pepa.
 
Dentro de Andalucía hay diferentes estereotipos: los cordobeses, más “profundos” y filosóficos, herencia de Séneca. Los granaínos con su proverbial “mala follá”. Los sevillanos más presumidos… Los malagueños, gracias a ser ciudad con puerto y más influidos por el contacto con el exterior, alegres y abiertos. Los gaditanos son…otra cosa: con merecida fama de graciosos pero con mucha chispa. Irónicos e irrespetuosos con el orden establecido, capaces de sacarle “punta a tó”. La gran tradición de sus carnavales son las chirigotas. Coplas y coplillas donde se les da un repaso a lo divino y lo humano. Desde la política, inspiración principal con sus líos de corrupción y demás, hasta romanzas clásicas, nada se escapa al ingenio de los gaditanos.
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                No estoy seguro pero creo que éstos son los que ganaron el primer premio
Llegamos, pues, desde el puerto a La Viña, y allí ya el espectáculo de la gente iba in crescendo. Por todas las calles te ibas cruzando con grupos de dos, de cuatro o de diez, disfrazados con más o menos elaboración de marines, de pollos (y gallinas), de pacientes de hospital, de policías y ladrones, de hippis, de personajes de la corte de María Antonieta, de gatas (varios grupos), e incluso un grupo de coreanos caracterizados de hombres de las cavernas, con su piel por encima armados con sus porras, pretendiendo asustar a las chicas… Falsas embarazadas, grupos de Robin Hood, chinos, indios, conejos… El catálogo sería infinito. Por algunas calles casi ni podías andar de la cantidad de gente que circulaba. 
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                                 Como buen veterinario, acosado por las gatas
El punto fuerte, al parecer, es la final de comparsas y chirigotas en el Gran Teatro Falla donde, el viernes por la noche, los grupos seleccionados actuaban durante toda la noche hasta que el sábado por la mañana ya se declaraba el ganador de aquel año. Entrar al teatro era imposible, los asientos estaban ya reservados con muchísima antelación, pero tampoco era necesario: casi en cada esquina grupos de comparsas, cada cual con su disfraz, recitaban sus chirigotas.
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Nosotros, en nuestra modestia y en semejante mare magnum, también tuvimos ocasión de destacar…y sobre todo yo, modestia aparte, con mi gran pelucón y mi disfraz de hippy, con un look que parecía una mezcla del grupo sueco Abba y de Raffaella Carrá. Mucha gente nos pedía permiso para hacerse una foto con nosotros, lo mismo que nosotros nos hacíamos fotos con los marines, los pollos o los coreanos de las cavernas, y todo el mundo asentía encantado, la verdad es que daba gusto. Para colmo me arranqué a bailar con mi disfraz de hippy un amago de sevillanas con una chica vestida de flamenca que bailaba en la calle (pidiendo la voluntad). Lo gracioso es que, aparte de las fotos y vídeos gloriosos que me hicieron mis amigos con los móviles y sin yo darme cuenta, me filmaron y aquella misma noche aparecí en el telediario de las nueve, como pude saber por los numerosos whassap que me enviaron conocidos de todos lados.
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                                El que baila no soy yo, ¡ojo!, sino un espontáneo
Llegado un momento hizo su aparición el hambre. Habíamos picoteado nada más llegar mojama de los abundantes puestecillos que se repartían por las calles, voceado el producto por los vendedores. Llegando ya al famoso Mercado Central nos abrimos hueco a codazos entre la multitud. Había puestos incluso de shushi, pero como no podía ser menos nos hicimos con unos cucuruchos de pescaíto frito y alguna otra cosa de las de allí, regados con cerveza, que nos tomamos de pie, arrimados a un tonel. Sentarse era materialmente imposible. 
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Hicimos un par de paradas tácticas en sendas terrazas porque de tanto andar, estábamos derrengados. Y entre callejear, ver y ser vistos, fue cayendo la tarde. Teníamos los billetes de vuelta para las siete. Sabíamos que el ambiente iba a continuar y, posiblemente, fuese en aumento llegada la noche gaditana, pero entre el cansancio y que había que coger el catamarán fuimos caminando hasta el puerto. Esta vez sin meternos en el tráfago de las calles, sino rodeando por las murallas del mar, dándonos tiempo todavía para admirar los enormes ficus de los jardines del Parque Genovés, pegados al mar, favorecidos por el buen clima y la humedad proveniente de la bahía. 
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La vuelta a Rota fue como la ida: tranquila, pero la tarde iba cayendo y se dejaba sentir el fresquito del mar así que, una vez desembarcados, lo que había era una necesidad grande de meternos para el cuerpo una sopa de pescado bien calentita. Dicho y hecho: preguntamos en un restaurante y aunque para ellos (serían menos de las 8) no eran horas para cenar, allí que nos acomodamos y junto a alguna otra ración nos metimos entre pecho y espalda una sopa de pescado bien caliente, y bien surtida de tropezones, gambas y sobre todo raya, nos dijo el dueño.
 
A la mañana siguiente, domingo, ya no había tanta prisa ni catamarán que coger. Disfrutando en la casa de un gran ventanal desde el que sólo se veía -y se oía- el mar, desayunamos café con leche, zumo de naranja y unas hermosas tostadas con aceite y jamón, como las que te ponen aquí en los bares. Teníamos tiempo así que dimos un buen paseo por la playa. Finales de Febrero y aunque el tiempo era bueno, la temperatura del agua estaba lo bastante fresquita como para disuadir de baños, si acaso mojarte los pies descalzos, y gracias.
 
La playa de Rota se conoce como La Costilla, y aquí en verano se peta de turismo local, sobre todo de sevillanos. Casetas y tumbonas se reparten estratégicamente a todo lo largo de playa, y los sevillanos le dan el toque local en forma de nenes y “omaítas” bullangueras. Los Morancos tienen casa en Rota, y gran parte de sus números cómicos playeros se han inspirado en las escenas que contemplas sin parar. Pero todavía era pronto como para ver a las “omaítas” en acción y, aunque había paseantes, La Costilla es playa ancha donde caminar tranquilos.
 
Sí que tuvimos la oportunidad de ver a lo que parecía toda una familia, con detectores de metal, rastrillando la playa. Y algo debían encontrar porque, de vez en cuando, alguno de ellos se agachaba, escarbaba en la arena y desenterraba cosas que iban metiendo en bolsas. Supongo que entre monedas, medallitas y cosas por el estilo, se sacaban un extra. Organizados se les veía, desde luego.
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Todavía dimos un paseo por una senda de madera que discurre por dentro del pinar de las dunas, paralelo a la playa, y que La Junta de Andalucía ha construido para preservar ese ecosistema donde, entre otras cosas, los camaleones son abundantes y crían aunque, discretísimos como son, no vimos ni uno. Los camaleones tienen muy buena vista y si te ven de lejos, se camuflan entre las ramas. En otras ocasiones tuve la oportunidad de contemplarlos, camuflados entre las hojas de los cañaverales o en las ramas de los pinos, casi indistinguibles por su color y su forma de las piñas o de las hojas. La senda discurría entre los pinos y las plantas que crecen sobre la arena donde destacaba en especial la retama blanca, cuajada de flores que perfumaba el ambiente.
 
Fuimos caminando ya en la playa hacia Los Corrales, amplios espacios cercados con muretes bajos de piedra, aprovechados desde tiempo inmemorial para cosechar los frutos de la mar. El sistema es bien sencillo: cuando sube la marea Los Corrales se inundan y los peces entran. Y según va bajando la marea, el agua se escurre entre las piedras porosas y los peces quedan atrapados en estas lagunas donde pescarlos es fácil. Y no sólo peces. Pudimos ver un pescador, con su neopreno, que había sacado un par de pulpos y una gran bolsa llena de anémonas de mar, a las que luego rebozan y fríen dando origen al plato típico llamado “ortiguillas”. Intenso sabor a mar que a mí me encanta.
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Frente a Los Corrales y en plena playa una antigua almadraba -estamos en plena zona de paso de los atunes- transformada hace años en moderno hotel, el Playa de La Luz. Nada que ver, afortunadamente, con ese “horror”, fruto de la especulación urbanística del hotel El Algarrobico, situado en el término almeriense de Carboneras pero literalmente pegado a los límites del Parque Natural de Cabo de Gata. Un enorme edificio blanco escalonado en varias plantas que ha provocado dimisiones y por cuya responsabilidad, compartida entre la Junta de Andalucía y no se quien más, se espera aún tras largos años su demolición. El Playa de La Luz es otra cosa. De una sola planta, integrado en el paisaje, decoración andaluza (balcones, rejas) y un precioso patio interior con piscina y cafetería…pero todavía cerrado, fuera de temporada, con lo que nos dimos la vuelta sin que mis amigos pudiesen entrar y ya, pegado a las primeras casas de Rota, un chiringuito playero con ambiente muy hippy donde con los pies en la arena y disfrutando del sol nos tomamos unas cervecitas que ya estábamos necesitando. Se nos hacía difícil irnos de allí, entre el sol y el mar, daban ganas de haber tenido unos días más y tras el jaleo de los carnavales, disfrutar de la molicie playera.
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Habíamos quedado con mi hermano para comer en otro sitio que nos había recomendado: La Bahía, ya con todo recogido y en los coches, listos a partir no muy tarde pero en Cadiz el tiempo transcurre de otra manera y, ya os dije: queríamos haber salido más o menos (¡más o menos!) a la una, y al final nos fuimos contentos y con la tripa llena a las cinco. Breve e intenso fin de semana.
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                                      Y hasta los críos: él de policía, ella de monja

Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama.

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                        El árbol (y ser vivo) más viejo de España: el tejo de Barondillo.

Esta entrada (que no artículo) no pretende ser un catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, ni de rutas por la Sierra de Guadarrama, ni una enumeración de cascadas. De todo ello ya hay páginas en internet donde describen exhaustivamente cualquiera de ellos.

Se trata simplemente de unos cuantos paseos fáciles y, sobre todo, muy bonitos, de los que cualquiera con unas mínimas condiciones físicas puede hacer en un radio de pocos kilómetros por los alrededores de San Lorenzo de El Escorial. Unos recorridos que oscilan, desde el punto en el que podemos aproximar el coche, de entre unos 15 minutos a un par de horas. No podré evitar repetirme, en cuanto a las palabras “bonito”, “hermoso” o “espectacular”, pero no las encuentro mejores para definir los árboles (no necesariamente Singulares), las cascadas y, sobre todo, los paisajes.
En cuanto a las cascadas que merezcan tal nombre, hay unas cuantas catalogadas como tal. Mencionaré sobre todo la del Hornillo, en el término de Santa María de La Alameda, y las del Purgatorio, en el término de Rascafría. Ambas dignas de verse. La primavera sin duda es el mejor momento para “ver agua” al tener mayor caudal debido a los deshielos y también porque los paseos son cómodos, al no hacer ni demasiado frío ni calores excesivos. En primavera, además, los arroyos corren caudalosos formando pequeños y grandes saltos entre las rocas, que da gusto verlos.
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                                “Pequeños” saltos de agua, sin nombre
Aunque el otoño es otra época meritoria para pasear debido sobre todo al espectáculo otoñal de las hojas…sin mencionar que es el momento ideal para buscar setas, aunque estas den material más que suficiente para una próxima entrada.
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                                Por doquier narcisos primaverales de varias especies. El de la                                           derecha, Narcissus pseudonarcissus, de largo tallo
En cuanto a los árboles, ya tan sólo con el espectáculo de los pinares, robledales y choperas que llenan nuestra sierra, a vosotros no sé pero a mí se me inunda el corazón de gozo. No conozco mejor sensación ni que me proporcione mayor paz que la de caminar por un bosque. Pero particularizando los árboles más vistosos, la Comunidad de Madrid tiene un total de 283 especímenes catalogados como Árboles Singulares. Algunos de ellos en parques urbanos como el de El Retiro (el ciprés calvo) o el Jardín Botánico (el olmo conocido como “el Pantalones”). Otros, en jardines del entorno tales como las sequoyas de La Casita del Príncipe, de El Escorial, o los pinsapos. Otros, salvajes, en plena naturaleza. Todos ellos categorizados así por su edad, su porte y su hermosura.
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       En Los Llanillos, área recreativa de la ladera de Abantos, subiendo desde San              Lorenzo de El Escorial, otro Árbol Singular: un Ulmus laevis, más resistente a            la grafiosis que otras especies de olmo.
Algunos en dehesas como el alcornoque centenario de Collado Mediano, pegado al pueblo, en una dehesa llamada de La Jara. La visité esta primavera y el paisaje era espectacular, con praderas llenas de flores entre los abundantes fresnos, y  donde se podían ver varios ejemplares de alcornoques entre los que destacaba el Árbol Singular. Se le atribuye una edad de 800 años, y bien podía ser por su gran tronco, cubierto de su gruesa y característica corteza. Me comentaron amigos botánicos que esta capa de corcho fue resultado de la selección natural, al proteger su interior del fuego en casos de incendio, mientras que sus primas hermanas, las encinas, se calcinan. Por cierto, la palabra “dehesa” proviene del latín defensa = prohibido, al ser un terreno comunal destinado a la alimentación del ganado, bien por el pasto, bien por las bellotas de las encinas o de los alcornoques, bien por el desmoche de las ramas de los fresnos al final del verano, cuando la hierba se ha agostado, y cuyas hojas y ramillas las vacas se comen con delectación. Y donde precisamente para preservarlo se prohibía la labranza.
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                      Alcornoque (Quercus suber) de la dehesa de La Jara, en Collado Mediano
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                Por la dehesa de La Jara, los ubícuos fresnos (Fraxinus angustifolia)
Hay otros árboles “urbanos” que fueron majestuosos y que, por desgracia, han muerto debido a la grafiosis. Me refiero a las “olmas” (que no olmos, según la denominación popular) que adornaban la plaza central de muchos de los pueblos de la sierra, sirviendo de cobijo para sentarse a su sombra en verano. Pocos quedan: el de Guadarrama, por ejemplo, sigue luciendo porte en la plaza mayor, visible desde el coche cuando recorremos la travesía que atraviesa (valga la redundancia) el pueblo. Otros como los de Rascafría o el de Miraflores sucumbieron como decía a la grafiosis.
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              La “olma” de Guadarrama, Ulmus minor, en perfecto estado de salud
Para entendernos: la grafiosis es una enfermedad producida por un hongo (el Ophiostoma, o su equivalente: Ceratocystis) transmitido a su vez por una familia de escarabajos, los Escolítidos. Estos pequeños escarabajos perforan la madera y cuando portan los hongos los inoculan en el árbol. Los primeros síntomas que podemos observar es la desaparición de las hojas en las ramas más altas pero, según la enfermedad avanza, los olmos van secando todas sus ramas y acaban muriendo.
El tratamiento suele ser la poda de las ramas enfermas pero en los casos avanzados la única opción es la infiltración de insecticidas. Tratamiento caro que se realiza en ejemplares de interés, como el famoso “Pantalones” que mencioné, presente en el Jardín Botánico de Madrid, o en los de algunas plazas de la ciudad de Ávila. Por desgracia la gran mayoría de aquellas frondosas “olmas” que adornaron plazas, han acabado desapareciendo.
Pero basta de dramas. Voy a describiros un par de itinerarios de los que más me gusta recorrer.
Hasta la cascada del Hornillo, y más allá.
 
El camino, señalizado, parte desde un pequeño aparcamiento junto al puente sobre el río Aceña. Para llegar hasta el aparcamiento basta con tomar la carretera que, desde San Lorenzo de El Escorial, se dirige hacia Santa María de La Alameda (pueblo, que no estación) subiendo hasta cruzar los puertos de La Cruz Verde en primer lugar, y de La Ventolera en segundo lugar. Entre ambos puertos, muy próximos el uno del otro, y en un mirador a mano derecha, podemos parar el coche si queremos y contemplar la hermosa vista del valle con el Monasterio de El Escorial, una imagen realmente de postal. Una vez en La Ventolera y cogiendo la desviación que nos indica el camino hacia Santa María de La Alameda, remontamos todavía una pequeña subida hasta coronar el alto y ya bajando la cuesta, atravesar el pequeño pueblo de Robledondo. Ya sólo es cuestión de, entre curvas, bosquetes de robles y prados, bajar hasta el cauce del río Aceña. Justo antes de cruzar el puente y a mano derecha podremos aparcar el coche sin dificultad. Distancia desde San Lorenzo: 15 kilómetros.
Al lado del aparcamiento e indicado con un cartel, el camino se mete en el pinar, donde iremos siempre a la sombra. Sólo necesitamos calzado cómodo y resistente y si disponemos de un bastón para ayudarnos, mejor. Lo de llevar cámara de fotos o no, depende de cada uno, aunque yo siempre la llevo en la mochila junto con el “kit de montaña”: prismáticos, una navajita y una gorra por si aprieta el sol. Por consejo de un amigo excursionista añadí al kit una lámpara frontal, por si se hace de noche (me pasó dos veces en los Pirineos y es un verdadero aprieto caminar a oscuras) y un silbato…¿Un silbato -le dije- , y para qué?… Pues por si tienes un percance, como torcerte un tobillo, por ejemplo, y no puedes andar… Le respondí: ¡Hombre, siempre puedo gritar!… Si –me respondió– , pero de gritar te cansas pronto, y el silbato no cansa y se oye de más lejos… Y como me pareció buen argumento y ni pesa ni abulta, lo incorpòré al kit. Como siempre, “por si acaso”.
Es martes, hace buena temperatura, son las dos y media de la tarde y entre semana aquí no se ve a nadie, así que me quito la camiseta y en plan Tarzán, disfruto de este sol casi primaveral en la piel, o del aire fresquito en los trayectos en sombra. No volveré a ver a nadie ni a ponerme la camiseta hasta no llegar al coche.
El sendero va subiendo pegado al arroyo Hornillos, que baja rumoroso entre pequeños saltos y pozas. Ya en el último tramo la cuesta se hace un poco más empinada aunque el camino es cómodo, está muy bien señalizado e incluso en la última parte los forestales han puesto troncos de madera clavados al suelo para contener la erosión y marcar escalones. La cascada se anuncia desde antes de verla, por el estrépito del agua. Cuando llegamos el espectáculo es hermoso: en un tramo de unos diez metros el agua se desliza torrencialmente por una pared casi vertical de gneis. El gneis, para entendernos, es un mineral eruptivo con la misma composición que el granito (aquello de: cuarzo, feldespato y mica) pero que en vez de ser de aspecto granuloso ofrece una imagen en bandas, como el mármol.
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                                           La cascada o salto del Hornillo
Antes de precipitarse por la pared de gneis el agua se remansa en una pequeña poza, aunque inmediatamente por encima de la poza otros pequeños saltos se han ido sucediendo. El lugar merece una parada y muchas personas acaban aquí su recorrido. Desde el aparcamiento no tardas más de quince minutos. Grandes rocas se suceden a los lados de la caída donde te puedes sentar, contemplar sin prisa y en silencio el veloz movimiento del agua, disfrutar del sonido y relajarte.
Si tenéis ganas de andar más el sendero continúa, y vale la pena seguir. Un poco de cuesta, siempre dejando al arroyo a nuestra izquierda y protegidos por los pinos, nos conducirá a una pequeña pradera, rodeada por chopos y algún quejigo. De la pradera hacia arriba la señalización nos impedirá perdernos. El camino sube en cuesta, otros diez o quince minutos, y a cada paso que demos se nos va a ofrecer un paisaje de vallecitos, como los que bajan desde el puerto de Malagón dejando atrás los pinares de Robledondo hasta que, una vez coronada la cuesta y junto a un cartel indicador, veremos de frente el embalse y el pueblo de Peguerinos (ya provincia de Ávila) y, a nuestra derecha, al fondo, Santa María de La Alameda.
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             En las praderas altas una flor nos indica que alcanzamos ciertas cotas, como              el Crocus carpetanus, primo hermano del Crocus sativus, el del azafrán.
Toca bajar hasta el cauce del río Aceña. La bajada es bastante escarpada, por un camino muy pedregoso y hay que tener cuidado para no resbalar o no pisar una piedra en falso y acabar en el suelo. Mientras bajo apoyándome con el bastón pienso que mucho mejor haber comenzado la subida dirección a la cascada y no por aquí, aunque recuerdo hará tres o cuatro años que hicimos el camino inverso. Desde el embalse del Tobar (que desde aquí no se ve) fuimos bajando por la ladera de enfrente hasta la vaquería que se divisa en el fondo del valle y, una vez abajo, subimos la escarpada cuesta por donde bajo ahora aunque, en vez de dirigirnos al Hornillo, tiramos a la izquierda y fuimos por la cresta divisoria con Robledondo, dirigiéndonos aquella vez de nuevo al puerto de Malagón. Poco a poco y con cuidado la cuesta se acaba. Hay unas vacas encerradas en el corral pero no se ve a nadie por la casa. 
 
Una ancha pista de tierra finaliza en la vaquería y viene, pegada al río Aceña, desde donde he dejado el coche. El camino ya es mucho más cómodo. Durante un un par de kilómetros continúo, entre prados y algún que otro cercado, junto al río, que corre abundante. Algunos tramos son muy bonitos: el río se encajona entre grandes crestas rocosas que bajan de la montaña, formando pozas y prados. A lo lejos ya voy viendo estructuras conocidas: una casa de nueva construcción, al parecer una escuela de pesca para los chavales, pero que ahora mismo está cerrada. Siguiendo un poco más, el camino desemboca en la carretera que sube a Santa María, justo al otro lado del puente y de donde tengo el coche. En total y con paraditas breves para hacer fotos y contemplar el paisaje, 2 horas y cuarto.
 
Los dos castaños centenarios de Zarzalejo
 
A menos de 10 kilómetros de El Escorial y a 15 minutos en coche tenemos el pueblo de Zarzalejo. El que nos interesa es “el de arriba”, el pueblo como tal, aunque junto a las vías del tren creció el que se conoce como Zarzalejo-Estación. 
 
Zarzalejo se halla situado en la ladera sur de la montaña conocida como Las Machotas. Esa posición (al igual que San Lorenzo) le confiere protección climatológica al estar en la solana, lo que le proporciona cierto microclima respecto a otros pueblos, más enclavados en la llanura y por tanto más expuestos a heladas. La ubicación de los castañares se explica en parte por esta característica.
 
Un paseo de los clásicos es subir desde la Silla de Felipe II, en El Escorial, hasta trasponer el collado de Entrecabezas y desde allí, descender hacia Zarzalejo, atravesando bosquetes de castaños. Pero esta vez quiero ver dos centenarios, categorizados como Árboles Singulares por la Comunidad de Madrid: el de la Fuente del Rey, y el del Cotanillo.
 
El de la Fuente del Rey es el más fácil. Desde el mismo pueblo y junto a la iglesia de San Pedro arranca la calle de la Fuente del Rey. Una calle corta que serpentea sale ya de las casas. Podemos dejar el coche en cualquier esquina. A poco de coger la vereda un grabado en una piedra señala Fuente del Rey. El caminito zigzaguea señalizado con el indicativo de las marcas rojas y blancas de recorrido. Dejando a la derecha una verja roja y siempre a nuestra derecha la valla de la finca, cruzamos pasos angostos entre grandes rocas que me hacen pensar que “no es país para gordos”…
 
En quince o veinte minutos llegamos a los castaños, un pequeño bosquete de unos ocho o diez entre los que destaca el Árbol Singular, un gran ejemplar señalizado con un pequeño mojón (donde indica su especie: Castanea sativa, y el número en la catalogación) crecido entre las rocas que extiende sus gruesas ramas. Se le ha calculado una edad de doscientos treinta años, y por su porte bien lo parece.El tronco es doble, y aunque aún es pronto para haber desarrollado las hojas, muestra la imagen característica de los castaños, con una corteza cuyos pliegues se muestran ligeramente retorcidos, a diferencia de otros árboles cuyos pliegues crecen en vertical.
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La fuente como tal está unos metros más adelante, un pequeño caño que proporciona la suficiente humedad para aportar frescor a este rincón. Por el suelo, abundantes restos de los “erizos”, la cáscara espinosa que protege al fruto propiamente dicho: las castañas. Tras unos minutos disfrutando de la tranquilidad y el frescor de esta vaguada, me doy la vuelta dispuesto a ver el otro castaño, el del Cotanillo.
 
Una vez en el coche, enlazo con la carretera que sube hasta el puerto de la Cruz Verde. Es un trayecto de menos de un kilómetro. Justo tras la última casa y justo delante de la señal que indica con su oblícua línea roja el final del pueblo, un camino sube a la derecha. No hay problema, porque a la izquierda de la carretera una pequeña explanada me permite aparcar el coche con comodidad, a la sombra de unos pinos.
 
En las diferentes páginas de internet que hablan de los castaños de Zarzalejo en una de ellas, la del Guadarramista, su autor César Herranz ya avisa sabiamente que para alcanzar el castaño del Cotanillo “hay que pensárselo dos veces”… El que avisa no es traidor…añadiría yo. Gracias, César, por el aviso.
 
Efectivamente. La pista de hormigón que desde la carretera asciende…asciende y mucho, y muy empinada. Todavía no hace calor, pero la subidita de unos 200 metros (que a mí se me antojaron al menos 300) se me hace muuuy larga (¡por Dios, qué poco fondo tengo, tengo que dejar de fumar definitivamente!). La pista de hormigón finaliza, ¡por fin!, junto al depósito de aguas de Zarzalejo. Pero las cuestas no se han acabado. A partir de aquí la cuesta continúa pero ya por un sendero de piedras durante muchos metros más. Afortunadamente la sombra de los pinos me protege. Poco a poco el terreno se va haciendo más llano. A la derecha se contempla, rodeado por las crestas rocosas de Los Ermitaños, un vallecito lleno de prados con vacas. Hacia el fondo y en la parte más alta grupos de pinos. Y entre los pinos parece distinguirse un gran árbol, sin duda el castaño en cuestión. Al no tener hojas aún no destaca su tono verde brillante, pero por el porte y su estructura bien lo parece.
 
Sigo subiendo aunque el terreno es más llevadero. Desde que dejé atrás las últimas casas y me metí en la vereda, la camiseta sobra y como no hay absolutamente nadie disfruto de este sol primaveral en la piel. Último tramo: cruzando el portón de una finca, voy entre el tierno césped primaveral y zarzales rodeando la loma hasta llegar al castaño. Si de lejos es espectacular, de cerca es impresionante. Un enorme ejemplar de grueso tronco, algunas de cuyas ramas crecieron apoyadas en el suelo o en las rocas. Otras han sido aserradas y yacen, enormes, junto al tronco. El pequeño mojón de Árbol Singular le señala aunque alguien ha arrancado la placa superior donde indican la especie y su número de catalogación. Ya hay que tener ganas, pienso, de tomarse la molestia de subir hasta aquí y cometer estos pequeños vandalismos, siempre “hay gente pa tó”.
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                                    El castaño del Cotanillo, a finales del invierno
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El mismo castaño. Volví este veraniego otoño, aún sin el tono dorado otoñal de sus hojas
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A sus pies, miles de erizos, repletos de hermosas castañas. En un rato cogimos unos 3kg
A este ejemplar se le calcula una edad de 330 años y, visto su porte, no voy a discutirlo. Sentado a su pie, contemplando la panorámica del vallecito con Zarzalejo a lo lejos y, más allá, la carretera que lleva a Fresnedillas y las lomas que separan de Robledo de Chavela, disfruto de la paz del lugar fumándome un cigarrito bien merecido. En pocos minutos y sin ninguna prisa retomaré el camino, ésta vez -afortunadamente, pienso- ya cuesta abajo.
 
Un poco más lejos: Rascafría. Las cascadas del Purgatorio y el tejo milenario.
 
Desde San Lorenzo hasta Rascafría el camino es un poco más largo, unos 50 kilómetros. Necesitamos dirigirnos bien por Collado Mediano, bien por Los Molinos, hasta el Puerto de Navacerrada. La carretera sube y sube, rodeada por espesos pinares. Cada 100 metros que ascendemos (en altitud) desde el pueblo de Navacerrada un cartel nos lo va indicando: 1.200 metros… 1.300… 1.400… 1.500… seguimos subiendo: 1.600…1.700…1.800… La carretera sube aún más hasta el Puerto y aunque no llegamos a ver el cartel de los 1.900 nos falta ya muy poco para alcanzar esa cota. En concreto estamos a 1.858 metros sobre el nivel del mar.
 
El Puerto de Navacerrada está siempre muy animado, sobre todo los fines de semana y sobre todo en invierno, en que la nieve invita a pasearla o a que los niños disfruten tirándose bolas. Lleno de alojamientos, de bares y de alquileres de esquís y de trineos. Lugar clásico para la nieve donde miles de madrileños acuden a esquiar o, más modestos, dispuestos a tirarse con toboganes -o sobre un simple plástico- por las cuestas. Navacerrada, para mí, está lleno de recuerdos infantiles. Hacia la izquierda, la pìsta de El Escaparate, donde generaciones de madrileños se han iniciado en lo que es lanzarse sobre unos esquís y, como su nombre indica, para ver y ser vistos.  A su lado comienza -o termina- el Camino Schmid (en recuerdo de un guadarramista austríaco), ameno sendero que rodea los Siete Picos hasta el Puerto de la Fuenfría y desde allí, ya bajando, hasta Cercedilla. Pero nuestro destino esta vez nos lleva un poco más lejos.
 
En vez de seguir recto en dirección Segovia y La Granja, nos desviamos a la derecha, en dirección Rascafría y al Puerto de Cotos. Estamos a finales del invierno y estos días de frío y lluvia se han traducido en nevadas en las cotas altas. Las montañas están llenas de nieve que baja hasta el borde mismo de la carretera llenando las cunetas, ya desde la cota de los 1.600 metros. En este tramo, la carretera discurre en horizontal entre suaves curvas, siempre entre pinos, con un paisaje espléndido a nuestra izquierda que nos muestra una sucesión de valles repleto de espesos pinares. Los ejemplares que vemos aquí son todos de pino silvestre, también llamado de Valsaín: el Pinus sylvestris, con sus ramas y la parte superior de un anaranjado llamativo. De hecho nos encontramos en medio del mayor pinar de pino silvestre de toda Europa y que se extiende sin apenas solución de continuidad desde Robledo de Chavela hasta el Puerto de Somosierra, y más allá. Muchos los vemos tronchados en sus ramas o en sus copas debido al peso de la nieve acumulada tras las copiosas nevadas invernales.
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                          Panorámica desde la carretera de Navacerrada a Cotos, con un paisaje                           de densos pinares
Una vez en el Puerto de Cotos, pasamos al lado de la estación del tren que desde Cercedilla acaba aquí su recorrido tras subir por Camorritos, en un paseo muy bonito. A nuestra derecha dejamos el aparcamiento y la carretera que conduce hasta la estación de Valdesquí. Sobra decir que los días festivos el parking se llena, con toda la gente que desde aquí sube caminando por los senderos hasta la cumbre de Peñalara o la Laguna Grande. Desde Cotos salen otras excursiones, como la que baja por el valle, bien por el lado de la Umbría, o bien pegado al río Angostura, hasta Rascafría. 
 
Nuestro destino es otro: el de las cascadas del Purgatorio, y para ello tenemos dos opciones, aunque la que nos ocupa es comenzar el camino junto al puente del Perdón, junto al monasterio de El Paular, pocos kilómetros antes de llegar al pueblo de Rascafría. Una vez aparcado el coche debemos atravesar el puente, donde el arroyo de La Angostura olvida su nombre y pasa a denominarse, ¡vaya usted a saber por qué!, como río Lozoya.
 
Nos espera un recorrido de entre hora y media o dos horas y pico, según la marcha que llevemos. En esta ocasión voy sólo y a muy buen ritmo. Tan sólo me encuentro con algunas vacas que me miran, preguntándose sin duda qué se le habrá perdido a este tipo, y con esas prisas… El camino es fácil, entre prados, bosquetes de quejigo y pinares que, poco a poco, se van espesando. A poco de cruzar el puente de piedra del Perdón vamos a dejar a nuestra derecha el Área Recreativa de Las Presillas donde los más valientes -o más calurosos- podrán bañarse en las piscinas de poca profundidad que se han formado, escalonadas, al represar el río. Es el mismo río Aguilón, aquí domesticado el que, aguas arriba, veremos correr, formar pequeños saltos y, en su zona superior, las famosas cascadas. Para los que quieran bañarse como para los que no, un par de chiringuitos estratégicamente situados calman el hambre y la sed de los domingueros o de los más intrépidos que, como nosotros, nos hayamos dado el paseo y a la vuelta necesitemos reponer fuerzas. Hoy es martes y el Área está vacía, un espectáculo inusual para como se pone ésto en verano.
 
Toca seguir. El paseo hacia las cascadas está muy bien indicado y es cómodo y ameno. Una ancha pista forestal va subiendo. Tras tres o cuatro kilómetros el camino se apiada de nosotros, deja de subir y se torna horizontal. No podemos verlo pero a nuestra izquierda el arroyo Aguilón debe correr tumultuoso por el rumor del agua que llega hasta nosotros. En un momento dado comienza a bajar hasta cruzar el Aguilón por un puente de madera. A partir de aquí la pista desaparece y toca caminar un kilómetro y medio sobre un sendero cada vez más y más pedregoso, sorteando los pinos que han invadido la zona, dominando el paisaje. Ya en la parte final, en un tramo de unos 200 metros, tocará caminar sobre las piedras, cada vez más grandes, que ya más que piedras son rocas. A nuestra derecha el río Aguilón corre rápido dando saltos y al poco oiremos el rumor de la cascada. Ya en la parte final, un pequeño mirador de madera nos permite ver el espectáculo, grandioso, del salto de agua encajado entre grandes paredones de piedra.
 
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                                           La segunda cascada del Purgatorio
Miro el reloj: desde el Puente del Perdón hasta aquí he invertido una hora y media, caminando a toda leche y sin descansar ni un momento. Mirando las páginas de internet en una de ellas, donde detalla con mucha exactitud los tramos, incluso con las coordenadas por GPS, el recorrido total es de casi 7.900 metros. Todo un record y mis piernas lo notan.
 
Estuve hace años en las cascadas pero, consultando las páginas de los guadarramistas, mencionan una segunda cascada aún más alta que la primera, a unos doscientos metros por detrás, y para cuya contemplación aconsejan trepar por el lado de la izquierda, sobre una zona de rocas en las que aconsejan cuidado con los más pequeños o incluso tener precaución -de cara a los resbalones- si las rocas están mojadas por la lluvia. Estoy cansado por el tute que me he pegado pero no puedo evitar trepar por las rocas para ver la segunda cascada. Pero he debido coger un camino equivocado aunque tiro por una senda que trepa por el lado de la izquierda. Con mucho cuidado voy subiendo, una tras otra, unas grandes rocas. Aquí el bastón casi sobra, lo que se tercia es agarrarse con ambas manos según asciendo, mirando muy bien donde piso. Llego por fin a un alto repecho de donde no puedo continuar. De frente y a los lados hay unos tajos verticales imposibles de cruzar con grave riesgo de mi integridad física, y aunque el rumor de la cascada me señala que debe estar ahí mismo, otras grandes rocas me la ocultan.
 
Prudentemente me planteo retroceder y, desandando lo trepado y con muchísimo cuidado en cada piedra donde me apoyo, deshago el camino. Lo que menos me apetece ahora mismo es sufrir un resbalón y tener un percance en forma de tobillo roto, máxime teniendo en cuenta que ni hay nadie por el contorno, ni cobertura para el móvil. Así que, cuando consigo bajar junto al Aguilón, respiro aliviado. Más tarde y ya en casa veo fotos que han colgado en internet los caminantes donde se aprecia la segunda cascada. En ellas me hago idea de por donde va el verdadero camino, y no el equivocado que yo he cogido. Ya buscaré la segunda cascada otro día. 
Además, y como suele suceder en esta zona, nubes grises hace rato que cubrieron todo el cielo, y la temperatura ha bajado. Comienzo a desandar el camino al tiempo que una fina lluvia se hace notar. En el kit de la mochila, junto a la cámara de fotos, los prismáticos y una navajilla, llevo un impermeable ligero que, por no pararme para sacarlo, no me pongo. Llevo una camiseta-sudadera que de momento me protege pero que, poco a poco, se va mojando. Afortunadamente el camino de regreso es cuesta abajo y sigo andando a toda mecha pero el cansancio se hace notar. Pese a las botas de montaña el trayecto sobre rocas me han machacado las plantas de los pies, la tarde está cayendo, estoy helado de frío y ya, viendo de lejos el Puente del Perdón, el camino se me hace larguísimo. ¡Por fin, el coche!. Son las siete y cuarto, aún no han cambiado la hora y comienza a oscurecer. Desde que comencé a las tres y con algo más de un cuarto de hora de parada en la cascada, he empleado cuatro horas para recorrer casi diez y seis kilómetros…
 
Hay dos opciones más para acceder a las cascadas del Purgatorio. Una es es desde La Isla. Desde allí no hay caminos establecidos. Hay que trepar por el monte en derecho lo que también nos lleva, atajando, hasta la parte superior de las cascadas, tras superar dos crestas y una vaguada. Casi todo el camino discurre a la sombra de los pinos. Lo intenté una vez en invierno pero, llegando a lo alto, la nieve llegó a cubrirnos las rodillas por lo que decidimos, sabiamente, darnos la vuelta. Lo intentaré más adelante, con mejor tiempo.
 
La otra opción es accediendo al Puerto de La Morcuera. Una carretera comunica Rascafría con Miraflores de la Sierra, otro pueblo con recuerdos infantiles, de cuando mi familia veraneó allí, hace muchos años. Subiendo desde Miraflores el panorama es grandioso, dominando el valle. Una vez llegado al puerto y al Refugio Juvenil (a un par de kilómetros), podemos bajar por una pista hasta Rascafría (la GR-10, poco más de 15 km de recorrido) rodeando por detrás las cascadas o bien, aparcando el coche un kilómetro más allá, coger un cortafuegos durante dos kilómetros, hasta coger otro que sale en ángulo recto a su izquierda, y que va ya descendiendo. Ahora toca bajar la montaña. Desde este punto se contempla enfrente y más o menos a la misma altura, el Alto del Purgatorio, una gran peña reconocible si ya hemos estado cerca de las cascadas. Pero el cortafuegos se interrumpe y toca seguir bajando, más y más, por senderos cada vez más escarpados. Sabemos que tocará regresar por la misma pendiente y esta vez cuesta arriba, pero debemos estar cerca. De frente y allá abajo se ve correr el río Aguilón y ya se escucha el rumor de las cascadas. Por fin, y sobre unas rocas, las vemos. Estamos sobre un precipicio, en lo que calculo aproximadamente a unos 80 metros de altura en vertical, y a vista de pájaro vemos el espectáculo de la primera cascada, encajonada, cayendo impetuosamente, y a unos cien metros de ésta la segunda. Y allá, muy abajo, podemos distinguir a los excursionistas asomados al mirador de madera que, desde esta atalaya, parecen hormiguitas. No se si ellos nos verán -tendrán que mirar muy arriba- pero si lo hacen sin duda se preguntarán por dónde coño habrán subido estos locos a donde sólo llegan los buitres.
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             La primera cascada del Purgatorio desde nuestro nido de águilas
Tras un rato de disfrutar con la panorámica y el espectáculo de las cascadas y de hacer las inevitables fotos, toca regresar. y, efectivamente, ahora nos vamos a dar cuenta de lo empinada y lo larga que es la cuesta. Hasta llegar al cortafuegos no hay pinos que nos den sombra y el sol se nota sobre nuestras cabezas. Hay que pararse de vez en cuando para coger aliento. Una vez alcanzados los deseados pinos nos dan alivio, pero la cuesta sigue y sigue subiendo. Para cuando llegamos al tramo horizontal del cortafuegos estamos derrengados, soñando con una fresca cervecita (que nos tomaremos tan ricamente en Miraflores). Según el “cuentapasos” de mi móvil, hemos recorrido unos diez kilómetros en total, pero el cuestón se nos ha hecho larguiiiisimo. Una vez en casa y comprobando las cotas de nivel de los diferentes puntos en los mapas, la diferencia de altura entre donde hemos dejado el coche y el mirador sobre las cascadas es poco más de trescientos metros…pero cuando las cuestas son tan empinadas, trescientos metros es un mundo…aunque el contemplar las cascadas del Purgatorio desde lo alto bien ha merecido la pena. 
 
Hacia el tejo milenario de Rascafría
 
Este otro camino es más suave, más corto y menos trabajoso que el que nos lleva hasta las cascadas del Purgatorio. Aparcando en La Isla (bajando desde Cotos unas desviaciones ya nos la señalizan, a la derecha), un camino sube pegado al arroyo de La Angostura, en dirección hacia Cotos. El recorrido es muy agradable, entre pinos y quejigos, y el arroyo baja abundante formando multitud de pozas y de pequeños saltos. A unos 300 metros río arriba nos encontramos un vistoso salto de agua que, aunque no sea una cascada natural como tal, no deja de tener su espectacularidad. Se trata de la cascada del embalse del Pradillo, embalse que se destinó en su momento a suministrar energía eléctrica al pueblo de Rascafría.
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                                             Cascada del embalse del Pradillo
El camino discurre dejando el arroyo a la izquierda unos dos kilómetros, aproximadamente, hasta llegar al Puente de La Angostura. Aunque en muchas entradas hablan de él como un puente romano, no lo es. Ya se sabe, es como los anticuarios: cuanta más edad le puedas atribuir, más valor, y al ser de piedra enseguida le cuelgan el cartel de “romano”. Aunque viejo, realmente no lo es tanto. Fue levantado por orden de Felipe II (en otros sitios dicen que fue Felipe V el que lo mandó construir) con la intención de salvar el río y que las carrozas reales pudiesen efectuar el camino desde La Granja de San Ildefonso salvando el Puerto de Navacerrada hasta el Monasterio de El Paular. Precisamente su ubicación está en un lugar donde el cauce es más estrecho con dos grandes rocas a sus lados: la “angostura” o estrechez, lo que acabó dando nombre a todo el arroyo. Desde La Isla hasta el puente, un agradable paseo de 1.600 metros nada más.
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Cruzamos el camino sobre el puente. Justo por delante y río arriba una hermosa pradera invita a descansar y a tomarse un refrigerio porque a su lado el arroyo forma una poza donde los valientes y calurosos podrán darse un chapuzón en verano. Por mi parte, ni soy tan valiente ni desde luego es el momento: las aguas tienen un reflejo “azul-glaciar”, con pinta de estar de todo menos calientes… Ahora, y una vez cruzado el puente de La Angostura, justo enfrente, una pista ancha se desdobla, a la derecha y a la izquierda. ¡Ojo!, que “nuestro” camino es el de la izquierda y no el de la derecha. Si siguiésemos por el de la derecha y tras una ligera ascensión acabaríamos por dar de nuevo con el río Angostura. El camino es muy agradable pero no es éste. El nuestro, insisto, es el que frente al Puente de La Angostura parte hacia la izquierda. Desde aquí el camino nos llevará hasta el “tejo milenario”, aunque ya mismo comienzan a verse pequeños tejos y ejemplares de acebo. Los tejos, coníferas de hoja plana (de donde viene su nombre popular), perenne y verde oscuro. Los acebos, algunos en grupos y muy grandes, ahora sin su característico fruto rojo invernal, alimento para muchas aves en los meses duros, y con unas hojas verdes, satinadas y de reborde espinoso, con un brillo metálico que nos llaman la atención desde lejos.
 
La pista asciende suavemente quebrando su recorrido para sortear las alturas. En un momento dado se abre otra pista a la izquierda, que es la que deberemos seguir. Tras lo que calculo un par de kilómetros más, la pista acaba abruptamente en una vaguada. No vemos los tejos desde la pista pero es aquí mismo, los tenemos al lado. Bajando por la izquierda cruzamos el arroyo de Valhondillo sin dificultad y ahora si. Unos cuantos ejemplares de tejos grandes, viejos y nudosos crecen entre rocas o en la ladera, esparciendo sus raices sobre el suelo. 
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               Éste no es todavía el “tejo milenario” más famoso, aunque estos ejemplares                  también sean muy viejos
Y por fin, el famoso tejo milenario. El conocido como Tejo de Barondillo, deformación de la palabra Valhondillo, enclave en el que le encontramos. A su pié el pequeño monolito donde indica su nombre científico: Taxus baccata, y su calificación como Árbol Singular. En este caso no es para menos: se le calcula una edad de entre 1.500 y 1.800 años…el árbol más viejo (y por tanto el ser vivo) de toda la península.
 
Un ejemplar que sorprende por sus hechuras. No es muy alto, porque los tejos no son árboles de gran porte, pero sí muy ancho, con un tronco grueso y nudoso, ahuecado por los años en su interior. Las raíces se extienden a los lados del árbol, dándole un aspecto de aún más ancianidad o como de árbol de cuento de brujas. Los forestales han colocado una valla metálica a su alrededor y una placa informativa para evitar que los visitantes se arrimen al tronco a hacerse la inevitable foto. El problema es que de tanto pisar el suelo, éste llega a compactarse complicando su permeabilidad, y lo mínimo que merece este árbol es respeto.  
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Tras admirar a semejante anciano y hacernos las inevitables fotos (¡sin cruzar la valla, por favor!), remprendemos el camino de vuelta, no sin antes admirar los otros tejos muy grandes y majestuosos aunque aquí la “estrella” es el milenario. Desde La Isla un recorrido de unos 10 kilómetros, cómodo y de los que merecen la pena.
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    Abundantes por todos lados, los nidos de las grandes hormigas rojas (Formica           rufa), las “limpiadoras” del pinar

Chapapote. Ayudando a las víctimas

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¿Qué hacer?….ejerciendo la solidaridad

A finales del mes de Noviembre del año 2.002 un sentimiento de rabia se generalizó en toda España. A consecuencia del hundimiento del petrolero Prestige y de una serie de decisiones, si no irresponsables al menos mal enfocadas, gran parte de las costas de Galicia y Asturias quedaron ennegrecidas por un gran derrame de fuel procedente del barco. La mancha se extendió por un total de 2.000 km, llegando a afectar el litoral de Santander, País Vasco e incluso una pequeña parte de las costas francesas. En Galicia se creó la plataforma Nunca mais. En el resto del país, una ola de indignación y solidaridad movilizó a miles de personas que acudieron de todos lados, dispuestos a echar una mano en las tareas más sucias, como fue limpiar las playas empapadas por los vertidos.
 
Porque España, y pese a lo que nos guste pensar a nosotros mismos, muy dados a fustigarnos, es un país muy solidario. Me lo razonó hace años una amiga italiana: cuando lo de la bomba de Atocha, la ayuda de la gente se demostró en taxistas, voluntarios o sanitarios que se volcaron trabajando gratis o doblando turnos. Incluso tuvieron que pedir, por favor, que no se donase más sangre porque ya no tenían donde almacenarla. Me decía mi amiga que éso en Italia hubiera sido impensable. Pues con lo del chapapote pasó algo parecido. 
 
Sería un sábado por la noche, a éso de las diez y a mediados de Diciembre, cuando me encontré una larga fila de autobuses en Moncloa. Para aquellos que no conozcan Madrid, Moncloa está justo en la salida hacia la carretera de La Coruña, rumbo a Galicia. Subiendo a los autobuses, un montón de chavales con sus mochilas. Obviamente -pensé- son voluntarios dispuestos a limpiar playas… Aquello me dejó pensando durante varios días. A mí también me gustaría ayudar, hacer algo, ¿pero qué?…¿qué hacer?… Cuentan que a finales del Siglo XIX el conde y escritor León Tolstoi se desesperaba contemplando las terribles imágenes de la miseria en los suburbios de Moscú, ante las que no cesaba de preguntarse…¿qué hacer, qué hacer?… Así que decidí irme para allá.
 
Lo primero, ¿dónde?. 
 
Ya se conocía por bastantes testimonios que muchos voluntarios que habían ido por su cuenta a Galicia no sabían exactamente qué zonas precisaban ser limpiadas, y perdían los pocos días de los que disponían buscando playas sucias, o intentando coordinarse con los que ya estaban allí, eliminando el fuel. Coordinarse con otros grupos era importante puesto que se les suministraba el material necesario: desde los monos desechables de papel, mascarillas, guantes, palas, rastrillos, redes y bolsas de basura donde ir acumulando el fuel recogido, mas la mínima infraestructura de alojamientos y mantenimiento. Hablando con unos y con otros, biólogos sobre todo pero también con colegas veterinarios, y dado que ya había tenido experiencia tratando especies silvestres (de cetrería, sobre todo, pero también animales de zoo o fauna salvaje), me aconsejaron buscar alguno de los centros donde se trataba a las aves recogidas de la costa, recogidas bien por voluntarios, por pescadores o por los servicios de rescate. Animales que llegaban a estos centros empapados de fuel, con las plumas inutilizadas por el alquitrán, incapaces de volar e incluso de nadar y que, en muchos casos, al acicalarse habían ingerido el temido fuel, intoxicándose.
 
Contacté al final con uno de los centros, concretamente el de Avilés, en Asturias. A mi no me hubiese importado en absoluto el haberme dedicado con una pala a recoger el chapapote de las playas, estaba decidido a ayudar en lo que fuese, pero me aconsejaron que dada mi experiencia, quizá podía ser más útil tratando las aves afectadas, y tras los oportunos contactos y para finales de Diciembre a Avilés que me fui. Como había comentado mi decisión a los allegados, me vi rodeado de un grupo de acólitos entusiastas, dispuestos a ayudar, como yo: mi hija Maya, mi sobrina Greta (en aquel momento estudiante de Ciencias del Mar), mi amigo Gabriel y un sobrino suyo, Pepe. Para Avilés que nos fuimos los cinco una fría mañana de invierno.
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Los Cinco de la Fama: Gabriel, su sobrino Pepe, mi hija Maya y yo. En primera fila mi                                                                           sobrina Greta
En Avilés casi todo fueron gratas sorpresas. En primer lugar nos facilitaron alojamiento gratuito en la Casa del Mar. Las Casas del Mar son edificios dependientes del Instituto Social de la Marina, y facilitan alojamiento a marineros en tierra en periodos de corta duración, o en situaciones de naufragios, independientemente de su nacionalidad. En aquel momento la Casa del Mar estaba vacía, la teníamos para nosotros solos. Nos facilitaron tres habitaciones dobles: en una, las chicas: Greta y Maya. En otra mi amigo Gabriel y yo, y en la tercera Pepe, el sobrino de Gabriel. El centro de recuperación de aves se localizaba en San Juan de Nieva, junto al puerto, con varias dependencias donde se atendía a las aves afectadas: en primer lugar limpieza exhaustiva del plumaje, disolviendo el fuel con aceite de girasol. Si había evidencias de que el animal en cuestión hubiese tragado fuel, se les purgaba con aceite de girasol para que lo eliminasen de su aparato digestivo y evitar intoxicaciones. Aceite de girasol había más que de sobra, así como otros detergentes necesarios procedentes, nos dijeron, de donaciones. También había más que suficientes monos blancos de papel desechables (lo que dio nombre en las playas a la “Marea Blanca”) para no mancharnos al contacto con las aves petroleadas, guantes de goma, gafas protectoras, y todo lo necesario. 
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                                                            La “Marea Blanca”
Una vez limpios, los animales se mantenían en pequeños parques para controlar su evolución. Al principio se les alimentaba forzadamente aunque en cuestión de un par de días estaban lo bastante recuperados como para comer por sí solos. De hecho y a los pocos días, y como se puede ver en las fotos, nos rodeaban como gallinas al ver las bandejas del pescado. La alimentación se realizaba con pescado crudo, facilitado o comprado (supongo que a muy bajo precio) por los pescadores. Las aves atendidas en Avilés, o al menos los días que estuvimos allí, eran principalmente el arao común (Uria aalge), en un porcentaje estimado del 51%, más un 17% de alca común (Alca torda) y otro 17% de frailecillo (Fratercula arctica). Y ya en menor cantidad, cormorán (Phalacrocorax carbo) y alcatraz (Morus bassanus). No llegamos a verlos en Avilés, pero en aquellos días hubo varamientos en las playas de cetáceos: delfines y marsopas principalmente, alguna foca, algunas nutrias e incluso alguna tortuga marina, todas ellas enfangadas por el fuel. Me gustaría comentar que el porcentaje de “curados” era muy alto, más del 95% de las aves que llegaban a Avilés quedaban perfectamente restablecidas. Y el 5% restante morían intoxicadas al haberse petroleado en exceso y haber ingerido el fuel, en sus intentos de limpiarse el plumaje.
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Tanto las alcas como los araos eran unos animalitos que resultaban bastante simpáticos. Con un aspecto que recordaba a los pingüinos, aunque a diferencia de éstos son perfectamente capaces de volar: blancos y negros y muy “tiesecillos”, y además bastante pacíficos, lo más que hacían los pobres era intentar debatirse cuando, recién llegados, había que limpiarles a conciencia el plumaje, o los primeros días de la alimentación forzada. Por el contrario, cormoranes y alcatraces tendían a defenderse a picotazos cuando les manipulabas. Estaban en recintos aparte y para su manejo estaban destinadas las gafas protectoras, porque tendían a dirigir los picotazos justo a los ojos. En el caso de los alcatraces, más grandes y con fuertes picos, había que tener especial cuidado. Así y todo un cormorán me pellizcó un día en plena nuez, con su pico ganchudo y ese cuello en forma de “S”, tan eficaz a la hora de pescar…o de dirigir el pico, como un resorte.
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                                                Alimentando a los alcatraces
Decía que en Avilés casi todo fueron gratas sorpresas…excepto algún detalle, que siempre los hay. Yo había intercambiado previamente correos electrónicos con los responsables del centro de Avilés avisando de nuestra llegada y los días que podíamos estar allí, todo el mundo gente muy amable y agradecida por la colaboración. En el centro y coordinando al grupo de voluntarios había un par de veterinarios de la zona. No recuerdo su nombre ni a qué se dedicaban exactamente antes de lo del chapapote. Cuando me presenté a ellos como veterinario y con experiencia en manejo de aves silvestres uno de ellos puso una mirada un tanto “rara” y desconfiada que pude interpretar como…¿a qué vendrá este tío, y a ver si nos va a quitar protagonismo…o el trabajo? … Para su tranquilidad y evitar suspicacias les aclaré que nosotros veníamos a limpiar mierda, sin más. No obstante y de vez en cuando veía de reojo sus miradas inquisidoras o me hacía alguna corrección en cuanto a cómo debía cortar los papeles, o a mandarnos a algún lado si nos veía parados un momento…comparándolo en plan castrense, algo así como un sargento con los reclutas.
 
Porque durante unos días nuestro trabajo se limitó a éso: a limpiar mierda. Junto con el resto de voluntarios, cortábamos papel de periódico para revestir el suelo de los jaulones, y dos veces al día recogíamos esos papeles sucios con las abundantes deyecciones, llenando bolsas y más bolsas, procurando tenerlo todo lo más limpio posible. De limpiar las aves recién llegadas se encargaban otros voluntarios con más experiencia, lo mismo que a la hora de darles de comer. No era complicado: uno sujetaba al ave en posición vertical y otro entreabría ligeramente el pico, por donde se introducían boquerones o sardinitas, que se escurrían por el gaznate. 
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                                        Con un pequeño grupo de voluntarios
Pero el destino me brindó mi pequeña revancha, y en honor a la verdad no puedo negar que sentí cierta íntima satisfacción. Era sábado y llegó desde Madrid nada más y nada menos que todo un personaje en el mundillo de los animales exóticos: Alfredo Bengoa. Me explico. Alfredo y yo nos conocimos durante la carrera, fuimos compañeros de promoción, y nos unió bastante nuestra afición a los “bichos raros”: aparecíamos por clase de vez en cuando con un lagarto en un bolsillo y cosas por el estilo. Una vez licenciados, fuimos socios durante un tiempo en una clínica veterinaria que llevábamos a medias, pero incluso trabajando cada uno por nuestra cuenta, solía acompañarle -y ayudarle- cuando hacía trabajos con animales de zoo, tales como tigres, leones, cocodrilos, bisontes y demás fauna. Alfredo consiguió pronto trabajo en la Facultad de Veterinaria donde desde hace años dirige el Departamento de Animales Exóticos. Aparte de las consultas que pasa en la facultad, da charlas, cursos, publica en revistas especializadas o coordina libros sobre los N.A.C. (Nuevos Animales de Compañía). Y como es un tema siempre muy atrayente para los estudiantes, Alfredo era y es toda una celebridad. De hecho en Avilés gran parte de los voluntarios eran estudiantes de la Facultad de Veterinaria de Madrid. No es de extrañar, pues, que cuando Alfredo Bengoa apareció por allí se montase un gran revuelo:… ¡ha venido Alfredo, está aquí, está aquí Alfredo!…como si su sola presencia bastase para “bendecir” lo que allí se estaba haciendo…
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      De izquierda a derecha: Pilar Femenia, yo y mi amigo Alfredo Bengoa. Año 90 ó 91.                                                                   ¡Qué jovenes estábamos!
Le vi venir. Alfredo es un “tío grande” en todos los sentidos, pero no me apresuré, ya le saludaría, yo andaba embutido en mi mono blanco, con unas bolsas negras repletas de basura en cada mano. Estaba rodeado por sus alumnos -le idolatraban- e inmediatamente nuestros dos “sargentos” acudieron a rendir honores a semejante celebridad. Pero en un momento dado miró hacia donde yo me encontraba y, en su mejor estilo y con su vozarrón pegó un grito: …¡¡¡coño, Santiago, pero si está aquí Santiago!!!… Ignorando a sus fans y ninguneando a nuestros dos “sargentos”, dejándoles con la palabra en la boca, en dos zancadas se acercó donde yo estaba dándome un abrazo como un oso, de ésos que te dejan sin respiración… ¡¡¡coño, pero qué estás haciendo aquí!!!….¿¿¿y qué haces con esas bolsas que no estás curando aves???… E inmediatamente se dirigió a los “sargentos” hablándole de mis maravillas como especialista en loros, halcones, patos y en todo lo que tuviese plumas, pelo, o se arrastrase por el suelo… Por dentro me retorcía de satisfacción, he de reconocerlo, aunque por fuera ponía mi mejor cara de buenín diciendo, …bueno, yo sólo quiero ayudar en lo que sea más necesario… El sargentono hacía más que balbucear excusas… (¡hay que joderse! -estoy seguro que pensó-  ¡mira por donde resulta que el veterinario éste de Madrid, ¡es amigo del Gran Jefe!)… Aparte de mi satisfacción moral (todos somos humanos y tenemos nuestro orgullo) el único cambio fue que, a partir de aquel día, me “permitieron” alimentar a las aves. Mis cuatro colegas, como no eran “amigos del jefe” siguieron limpiando los jaulones, sin ningún tipo de trauma, éso sí. Los pocos días que estuvimos allí pasaron muy rápido y, tal y como llegamos, un día nos volvimos a Madrid. Contentos, con una experiencia muy bonita para recordar y sobre todo con la satisfacción de haber hecho algo útil.
 
Pero, ¿cómo empezó todo aquello del chapapote?… Y, por cierto, ¿de dónde procedía tan extraña palabra, que acabaría siendo tan popular?… Pues de una palabra nahuatl, la lengua indígena de Méjico, con la que llamaban al alquitrán.
 

El hundimiento del Prestige

El 13 de Noviembre del año 2.002 un petrolero navegaba frente a las costas gallegas bajo un fuerte temporal en el Atlántico. El barco, de registro griego, bajo bandera de las Bahamas, de compañía liberiana, explotado por una naviera griega, con carga de una empresa rusa con sede en Suiza, construído en Japón y con una tripulación de filipinos y rumanos, se hallaba bajo el mando de un capitán griego: Apostolos Mangouras, de 67 años y una experiencia marinera de 44 años, los últimos 30 de ellos como capitán.
 
El petrolero, un monocasco de nombre Prestige, transportaba una carga de 76.972,95 toneladas de fuel de alta viscosidad. El barco tenía ya 26 años y se encontraba en muy mal estado, con problemas de corrosión y deformidades en el casco. De hecho su destino era el de ser desguazado en el puerto de San Petersburgo. No obstante se le asignó un último viaje con su carga de fuel desde San Petersburgo hasta Singapur. Mal debería de estar porque el capitán en origen, el griego Efstrapios A. Kostazos, denunció el pésimo estado del barco al armador y a la aseguradora y renunció a realizar el viaje, tras lo que se decidió contratar al capitán Mangouras.
 
En el juicio que siguió al hundimiento el capitán Mangouras declaró haber escuchado un fuerte choque “como una explosión”, tras lo que el Prestige comenzó rápidamente, en no más de diez minutos, a escorarse. Se barajaron dos causas. La primera, el choque con un contenedor o con unos troncos flotantes caídos de tres barcos presentes en la zona y sujetos al fuerte oleaje. Uno de ellos perdió 200 troncos de unos 17 metros de largo por 30-50 cm de diámetro, parte de los cuales fueron apareciendo en la costa días después. La otra causa y más probable es que el viejo casco del Prestige sufriese una rotura por fatiga de materiales ante los embates del mar. Se especula con el desprendimiento de un mamparo del tanque de lastre de estribor. Sea como sea y por el costado de estribor se abrió una grieta de unos 15 metros, que iría ampliándose hasta los 35 metros. Para estabilizar el barco y corregir la escora, el capitán ordenó inundar los tanques de lastre de babor.
 
En un primer momento el capitán quiso acercarse a puerto para salvar el buque y proceder al vaciado del fuel que, desde el principio, ya comenzaba a salir por las escotillas de cubierta. Y aquí se inicia un arduo proceso entre negociar el rescate legal del barco y la carga al que tienen derecho según las leyes internacionales los remolcadores, y la negativa de las autoridades portuarias a que el Prestige entre en puerto, ante el peligro de una marea negra. Se niegan a que el barco entre al puerto de La Coruña. Las autoridades sólo proponen alejar el barco de la costa para evitar que quede varado. El Consejero de Pesca, Lopez-Veiga, declara:                                                …Hay que sacar ese barco de ahí de una puta vez
 
Según van pasando los días y la grieta de estribor se ensancha, el pánico sumado al desconcierto crece. Las autoridades portuguesas se niegan a que el Prestige entre en sus aguas territoriales. El capitán Mangouras se negó a poner los motores en marcha y dirigirse mar adentro esperando todavía ser remolcado (lo que le valió en el juicio la acusación de no colaborar con las autoridades), aunque al final y escoltado incluso por la fragata Cataluña para comprobar que se separase de la costa, decide encender los motores y alejarse a una distancia mínima de 61 millas. A las 18’53 horas del 14 de Noviembre se puede escuchar en una grabación que vio la luz días después la siguiente conversación entre el Ministerio de Fomento (regido entonces por Álvarez-Cascos) y la Subdelegación del Gobierno en Galicia:
 
-Subdelegado de Gobierno (La Coruña): ¿El barco va muy lejos?
-Fomento: ¡Uy, ya está, madre de dios, estará a treinta y tantas millas!
-Subdelegado: ¿Treinta y tantas? …
-Fomento: No, como siga así, éste llega a Groenlandia
Subdelegado: Bueno, pues que llegue allá
-Fomento: ¡Sí, joder!
-Subdelegado: Vale, muy bien
 
Hubo más declaraciones, a cada cual más pintoresca. El día 16 de Noviembre, sabiendo la que se avecinaba, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, don Miguel Arias Cañete dijo:
la rápida actuación de las autoridades españolas han evitado una verdadera catástrofe pesquera y ecológica… 
 
O la del entonces Vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy que, una vez hundido el Prestige y en pleno escape de fuel dijo que no había tal fuga, que se trataba                   …de unos filos hilillos como de plastilina… 
 
Obviamente se trataba de algo más abundante y grave que unos finos hilillos de plastilina. El 23 de Noviembre se prohibe la pesca y el marisqueo, quedando amarrados en puerto 2.500 barcos. Ya el 6 de Diciembre y aprovechando el puente de la Constitución entre 10.000 y 20.000 voluntarios llegan a Galicia ayudando a limpiar playas, junto a vecinos, pescadores y mariscadores. Se calcula que alcanzarían la cifra total de 115.000 personas a lo largo de aquellas semanas.
 
Y entre unas cosas y otras, entre el desamparo y las negativas, rescatados sus tripulantes con helicópteros, amarrado a dos remolcadores (a proa y popa), dejando ya una gran estela del fuel que se escapa por las vías, el viejo casco del Prestige se fue rajando más y más hasta partirse por la mitad y hundirse a unos 250 km de la costa de Finisterre, quedando sumergido a una profundidad de más de 3.500 metros. Era el 19 de Noviembre del año 2.002. Comenzaban las tareas de intentar extraer el fuel, o de sellar el casco para evitar más fugas.
 
Precedentes. El caso del Exxon Valdez
 
Es sólo un ejemplo de que, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas. El 24 de Marzo de 1.989 el petrolero Exxon Valdez rozó su casco contra las rocas encallando en los arrecifes de la costa, los Bligh Reef, situados en Prince William Sound, un ancho brazo de mar situado en Alaska. Los prácticos del puerto petrolero Valdez condujeron al barco a través de los Valdez Narrows, unos estrechos a la salida del puerto, hasta que, una vez superados, pasaron el control al capitán Hazelwood.  Debido a la presencia de icebergs el barco sorteó la ruta habitual. A las tres horas el capitán dejó el control del barco al tercer oficial de cubierta y al oficial del timón. El barco estaba programado en aquel momento con el piloto automático. Una vez superados los icebergs dieron orden de enderezar a estribor, sin darse cuenta que el barco seguía la orden del piloto automático, sin desconectar. Para cuando se dieron cuenta no pudieron corregir la derrota que llevaba el Exxon Valdez y el barco encalló. En los juicios posteriores ambos, el tercer oficial y el oficial de timón, alegaron que no habían descansado las seis horas obligatorias antes de comenzar un turno de doce horas…
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Imagen procedente del desastre del Exxon Valdez. Un zampullín muerto por el petróleo
Las consecuencias: derrame de 200.000 barriles de crudo, unos 41 millones de litros, que se extendieron por más de 2.000 kilómetros de costa. Los trabajos de limpieza fueron laboriosos, y aún hoy se estiman importantes daños en la costa. Se calcula que murieron aproximadamente 36.000 aves, además de nutrias marinas, focas y cetáceos de varias especies.
 
La última víctima del chapapote: Man, el artista de Camelle
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Allá por Mayo del año 1.962 y en plenas fiestas patronales del Espíritu Santo del pueblo de Camelle, en la Costa da Morte gallega, se dejó caer un personaje un tanto peculiar. El sitio debió gustarle porque se instaló para siempre en el pueblo, y ya no se volvió a marchar. Enseguida supieron que era alemán, y los que le trataron le describen como un hombre educado y de buen aspecto, aunque muy dado a la soledad. Instalado en el espigón, se apañó con una pequeña casa allí mismo. Hombre parco, andaba generalmente semidesnudo. Gustaba de nadar y, cuando el mar no estaba revuelto, se daba largos baños recorriendo la costa. Se hizo famoso como “el alemán de Camelle” o, como “el artista de Camelle”, porque hacía instalaciones artísticas apilando en columnas piedras que cogía de las orillas, a veces pintándolas de blanco. Supongo que vivía de la beneficiencia y de la caridad de los vecinos. No sabría definirle si como un hippy, un anacoreta, o alguien que quería, sencillamente, vivir tranquilo. O todo junto.
 
De él sabemos que nació en 1.936 en Alemania, en una familia de siete hermanos. Que estudió arte en Italia, y que él mismo impartió clases de arte en Suiza. Que se llamaba Manfred Gnädiger, aunque todo el mundo le conocía como Man. Que era un gran amante de la naturaleza, y que la desgracia del chapapote, que ensució sus amadas costas e incluso parte de su casa le hundió en tal depresión que murió precisamente el Día de Los Inocentes, el 28 de Diciembre del 2.002. Como dicen los de Camelle: morreu de pena, mientras que nosotros, sin saberlo, ese mismo día seguíamos en Avilés limpiando y cuidando a las otras víctimas. La desgracia le siguió después de muerto. Un temporal en el 2.010 destrozó lo que el vandalismo había respetado, arrasando lo poco que todavía quedaba de su obra.

Linces en Sierra Morena

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Nos vamos. Formando el grupo

Me llama mi viejo amigo Juan Carlos, biólogo, que si me apunto este finde a ver linces en Andujar, en plena Sierra Morena. Y como nunca he visto linces en libertad, como nunca me he pateado Sierra Morena y como además libro este sábado, le digo que sí, que por supuesto. Y lleno de emoción me paso lo que falta de semana esperando la partida. Juan Carlos ha creado un grupo de WhatsApp (guásap, para los amigos) llamado Lince para irnos comunicando entre nosotros, y que se convierte sobre todo en un hervidero de chascarrillos.
 
Quedamos el viernes, 13 de Enero del 2.017 a las seis frente a su casa en Getafe, para salir juntos en su furgoneta. Desde aquí saldremos cinco: además de Juan Carlos y yo, tres biólogos más. Dos de ellos conocidos de hace tiempo: el Rubio y Carlos, profes en distintos centros. Y Loreto, del Centro Regional del Sureste de Madrid, dedicada a observación y censos. Los cuatro muy viajados por toda la geografía española y expertos en avistar aves y demás fauna.
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LOS CINCO DE LA FAMA: EL RUBIO, JUAN CARLOS, CARLITOS, SANTIAGO Y LORETO
En Andujar Juan Carlos, al que bautizaremos como el Amado Lider (al mejor estilo norcoreano) por sus dotes organizativas, ha quedado con más gente, algunos biólogos y otros no, pero todos amantes de la naturaleza y deseosos de ver al gran gato. Juan Carlos creó en 1.995 junto a el Rubio el grupo Mundo Azul, dedicados a organizar salidas con colegios de chavales a los que lleva por toda España visitando lugares de interés, enseñándoles no sólo animales, sino ilustrándoles con sus grandes conocimientos como biólogo. Desde el 95 han trabajado para él como monitores muchos recién licenciados con los que suele mantener contacto, de los que conozco bastantes y a algunos de los cuales nos encontraremos en Andújar, ampliando el grupo de amigos “linceros”.
 
En Andujar, linces y cazadores
 
Juan Carlos ha reservado alojamiento para nosotros en un sitio que ya conoce, el Complejo Turístico Los Pinos, metido en la sierra, a 20km de Andujar. Un sitio que me sorprende agradablemente por la disposición de las casas, el confort de las habitaciones y por la amabilidad de los que trabajan allí. Con un gran comedor y precios baratos. Aunque llevamos cosas para picar (tortillas, quesos, empanadas, embutido, fruta, vino) que irán cayendo, cenaremos todos juntos las dos noches que vamos a estar allí alojados. Platos abundantes y sabrosos con productos de la sierra: conejo, carne de venado, perdiz…
 
Porque aunque la “estrella” de la zona es el lince, a cuyo alrededor se ha montado una próspera industria de visitantes, de empresas de excursiones o de visitas guiadas a fincas privadas, el segundo negocio de toda la región es el de la caza mayor. Numerosos cotos ofrecen monterías de venado y de jabalí principalmente, y por la mañana y por la tarde se concentran en el Complejo Los Pinos grupos de cazadores.
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LOS CINCO DE NUEVO, ANTE CARTELES QUE OFRECEN VISITAS GUIADAS A FINCAS
El tema de la caza genera siempre debates. Muchos de los biólogos son anti-caza, aunque acaban reconociéndome a mi, que no he pegado un tiro en mi vida, que los mejores espacios donde se ha preservado la fauna, tales como Doñana, Cabañeros, Cazorla, el Monte del Pardo o Gredos se han mantenido y han llegado hasta nosotros casi intactos gracias a su dedicación a la caza mayor. Fuera de esos reductos hoy día protegidos, la caza genera beneficios a la gente de la zona y, bien regulada, no debe producir perjuicios al resto de la fauna. Los cazadores que yo conozco de hecho son los primeros interesados en la conservación de esos espacios. Lejos van quedando los tiempos, afortunadamente, en que se eliminaba a todos los demás animales bajo el calificativo de “alimañas”. Una prueba es la conservación del lince en Andujar, al que todos o casi todos los habitantes de la zona consideran no sólo como una “joya biológica”, sino al que reconocen su capacidad como potencial de atraer visitantes y generar riqueza.
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                                      LA OTRA RIQUEZA: MACHOS DE GAMO Y VENADO
El primer madrugón
 
Nuestro Amado Líder nos ha convocado a desayunar a las siete de la mañana, todavía noche cerrada, con la intención de llegar a los observatorios aún de madrugada, dado que al parecer la mejor hora para ver linces es al amanecer y al atardecer. Aunque creo que éso a los linces no se lo ha dicho nadie y, como nos demostrarán, campean cuando les sale de los bigotes. La cafetería está llena de cazadores mientras los perros de las rehalas ladran nerviosos en las camionetas aparcadas a la entrada, ansiosos porque saben que salen al campo. Estamos en Enero y en plena sierra así que sólo añadir que si anoche hacía mucho frío, a estas horas de la madrugada hace un frío de narices: estamos a 2ºC. 
Nosotros estamos igual de ansiosos que los perros y además, bien abrigados, como se puede ver en las fotos. Incluso según avance la mañana y el sol nos bendiga con sus rayos, la ropa no sobra. Dudé si llevarme una gorrita con visera y al final decidí, sabiamente, llevar mi gorra de tanquista ruso de imitación (comprada en Estambul) con forro interior de cordero y orejeras, que no me quitaré casi ni para dormir. Y como no tengo guantes finos descarté al final llevarme unos gruesos y largos de motorista que entorpece para regular los prismáticos, y bien que me arrepentí, porque los dedos se quedaban tiesos. Para otra vez, Santiago, a ver si aprendemos. No te arrepentirás de lo que hiciste sino de lo que NO te atreviste a hacer.
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                     EL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA (CON TELEOBJETIVO)
Salimos a las siete y media. Son unos veinte kilómetros de pista por el monte, llena de baches, curvas y todavía sin luz. La carretera donde se ubica Los Pinos es la que conduce desde Andujar hasta el Santuario Virgen de La Cabeza. Cogemos una desviación que está casi al lado de donde hemos dormido (¡sabio Gran Lider!), donde un cartel señala el camino hacia el Mirador del Pantano del Jándula. Tras media hora larga de traqueteos, por fin llegamos. El observatorio ideal y más utilizado es un tramo en ligero descenso de un par de kilómetros, que faldea por la ladera del monte y que contornea una amplia hondonada, llena de cerros, grandes rocas, bosquetes de encina, alcornoque y quejigos, y salpicada de lentiscos y acebuches. El paisaje no puede ser más hermoso, naturaleza pura. A lo lejos y en lo alto de la montaña más alta el sol empieza a iluminar el Santuario de la Virgen de La Cabeza. Afortunadamente hace un día ideal: un cielo totalmente despejado, no hay viento (lo que se agradece) ni niebla (buena visión). Aquí todavía estaremos a la sombra durante hora y pico, pelándonos de frío, pero para cuando llegamos ya hay pequeños grupos de observadores, todos apuntando sus prismáticos con atención, vigilando cada praderita y cada cerro, esperando con la inconmovible y proverbial fe del carbonero la milagrosa y ansiada aparición del lince.
 Nuestro Amado Líder aparca la furgoneta al lado y mis compis, bien preparados por su condición de observadores curtidos, empiezan a sacar cantidad de aparatos que me fascinan: cámaras con teleobjetivos larguísimos, catalejos con sus trípodes (Swarosky, Nikon…) y prismáticos “de los de verdad”, no como el mío, del que no recuerdo ni la marca, pero que me permitirá por lo menos ver el monte mientras me congelo los dedos. La mejor equipada, Loreto. Sus prismáticos marca Swarosky, me cuentan, valen unos dos mil euros. Pero Loreto me aclara que son ideales para la observación que ella necesita hacer a menudo en condiciones de poca luz, tales como el amanecer y el atardecer. Juan Carlos me informa que los catalejos más sencillos pueden costar unos mil, pero que los hay de dos y tres mil euros… Y en cuanto a las cámaras una “sencillita” puede costar entre 500 y 800 euros, a la que habrá que sumar 1.000 o 1.500 del teleobjetivo. Veremos una al día siguiente en una zona de nutrias que llevaba un tipo y al que le había costado el conjunto 12.500 euros…Yo, por mi parte, llevo una pequeña cámara Canon con un objetivo básico y un zoom muy mediano. Para mis viajes por África o por Asia me ha venido muy bien, a la hora de hacer fotos a la gente o al paisaje, pero desde luego no es la más indicada para “cazar” animales, aunque alguna haré. No importa: sé que los demás ya me pasarán las estupendas fotos de sus estupendas cámaras.
 
Poco a poco va llegando más gente… algunos jóvenes, otros de mediana edad pero también veo gente mayor (o por lo menos con el pelo blanco). Algunos son extranjeros: ingleses, franceses, veo un coche con matrícula de Bélgica… Si para nosotros el conseguir ver un lince sería apasionante, para estos “guiris” será toda una experiencia única, vienen de lejos para observar especies que en su tierra no hay: además del lince, águila real e imperial, buitre negro y leonado, azores, águila calzada….fauna presente aquí, una verdadera riqueza biológica. Todo el mundo muy preparado con su aparataje, sólo falta que el lince nos regale su presencia.
 
Se supone que estamos en una zona donde los hay…otra cosa es que se les vea. El año pasado y en esta misma zona mis amigos estuvieron dos días y no consiguieron ver ni uno solo. Unos colegas que vienen de Huelva nos cuentan que, tras vivir varios años en el entorno de Doñana, jamás vieron ninguno. El lince poco a poco y gracias a su protección se va expandiendo.
Según los estudios llevados a cabo por los expertos del Programa de Conservación Ex-situ del Lince Ibérico, el el año 2.002 el censo de linces en la península arrojaba la cifra de tan sólo 95 ejemplares repartidos en dos poblaciones aisladas: 54 ejemplares en Andujar-Cardeña y 41 en Doñana-Aljarafe. A partir del año 2.003 se consiguió que comenzara a funcionar el programa de cría del lince ibérico en el centro de El Acebuche, en el Parque nacional de Doñana.
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Gracias a esos esfuerzos, hoy día se calculan en más de trescientos. Unos cien viven en la zona de Doñana pero la mayor población se encuentra aquí, en Sierra Morena, y sobre todo en la zona de Andujar. Pequeños núcleos en los Montes de Toledo, en Cabañeros, incluso en el Monte de El Pardo de Madrid, yo mismo vi huellas clarísimas de lince en el barro hace varios años… Se está reintroduciendo en Portugal. Pero el núcleo “gordo” está aquí en Andujar, donde está la mayor población reproductora de España y, por tanto, del mundo. La gran ventaja para ellos frente a los cazadores es que los linces no molestan a la caza mayor, se dedican a su presa favorita: el conejo, aunque no desdeñan las perdices y otras pequeñas presas. El lobo (del que hay una pequeña población en regresión en Sierra Morena) sí “estorba”, porque donde hay lobos los ciervos se marchan de los cotos, y éso no les interesa. Pero, afortunadamente para él, el lince no compite. 
 
¡¡¡El lince!!!
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     LA PRIMERA APARICIÓN. ESTABA EN LA CURVA DEL CAMINO PERO NI SE APRECIA
Y en ésto, llevaríamos allí algo menos de una horita, que un grupo de observadores cerca de nosotros se agitan, con esa excitación atávica del cazador ante su presa…¿estáis viendo algo?, preguntamos…¡sí, allí, en aquella ladera, donde la pista hace la curva!…y en efecto, en una ladera a unos trescientos metros, ya sin darnos cuenta del mordisco del frío en los dedos, pudimos enfocar con los prismáticos la figura de lo que parecía una hembra, caminar con parsimonia durante unos cien o doscientos metros hasta que quedó oculta en una vaguada… La sensación para todos era de euforia, dándonos abrazos, felices como perdices, ¿la viste, la viste?…¡sí, la ví, ya lo creo que la ví!…
 
Durante un buen rato todos escudriñamos la ladera arriba o abajo, vigilando la vaguada con atención, barriendo los alrededores, aunque la presunta lincesa se había esfumado…¡pero la habíamos visto, y éso ya era para colgarse una medalla!. Ya más serenos y al cabo de un rato empezamos a relajarnos. El sol, como para celebrarlo, se había levantado y empezaba a calentarnos la cara aunque seguíamos bajo nuestros forros polares, los gorros de lana o la gorra de imitación de tanquista ruso. Estábamos muy contentos, con la sonrisa boba. Recorríamos el camino arriba y abajo y la pregunta o el saludo siempre era, ¿qué tal, véis algo?, y la respuesta era ¡nada, de momento! o comentábamos con los que habían visto a la lincesa la jugada.
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            SENTADOS, COMO JUBILADOS EN TORREMOLINOS, Y BIEN ABRIGADITOS
Tras la emoción, se imponía reponer fuerzas. Mis amigos sacaron de la furgo unas sillitas de lona plegables, pensadas para sentar los reales en las largas esperas que el oficio de lincero o pajarero exige. Y con las sillitas, sacamos parte de lo que habíamos traído: tortillas, empanada… Aporté una botella de vino tras la que cayó otra más y con la alegría del deber cumplido comimos y bebimos cual corresponde. Estábamos contentos, como decíamos había sido llegar y besar al santo, aunque no dejábamos de otear a menudo en lontananza.
 
En la amplia hondonada Carlos había visto un lince de lejos durante unos segundos coronando una cresta pero sólo él pudo verlo, por más que todos dirigimos los prismáticos hacia allá. Pero sí vimos águilas imperiales posadas sobre una gran roca, inconfundibles con sus hombros blancos, sin duda esperando que el sol calentase un poco más para aprovechar las corrientes térmicas. Otra imperial, poco más tarde, voló por encima de nosotros. Más alto pudimos ver planear la gran silueta de los buitres leonados. Hubo su discusión si podían ser buitres negros pero en éstos las alas son más rectas, mientras que el leonado presenta una pequeña curva hacia atrás, eran leonados sin duda. Vimos un azor joven, dijeron los expertos pajareros y allá abajo en los prados que salpicaban las encinas, numerosos venados, gamos y conejos. Se oían por todos lados el canto de la perdiz, la berrea de los ciervos y el taca-taca-tacatá de los pitos reales martilleando sobre los pinos. Alrededor de las encinas grupos de rabilargos a los que estábamos atentos porque se sabe que cuando vislumbran un lince montan follón, igual que las urracas. El lugar bullía de vida. De los linces, de momento, ni señal.
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                                              EL EMBALSE DEL JÁNDULA
Juan Carlos y yo nos fuimos paseando un kilómetro camino abajo hacia el mirador sobre el embalse del Jándula. El entorno seguía siendo magnífico. El embalse serpenteaba entre altos montes cuajados de vegetación. Al lado del muro de la presa quedaban los restos de un poblado. Me explicó Juan Carlos que eran las construcciones destinadas a alojar a los cientos de trabajadores empleados en la obra del embalse. Se ocupaban por las familias los pocos años que duraban las obras hasta que, una vez acabadas y visto que ya no había trabajo, terminaban marchándose. Sólo una persona rondaba por allí, pensamos que podía ser el guarda, mientras que lo que fue iglesia del poblado estaba muy bien conservada. Nos volvimos andando otra vez. Juan Carlos no paraba de saludar a compañeros de su facultad que se iba encontrando, o antiguos monitores que le habían ayudado en sus excursiones.
 
Los de nuestro grupo no habían vuelto a ver linces, pero allí la cuestión por lo visto era tener paciencia. La gente iba pasando información, éramos todos como una gran familia. Unos observadores nos contaron que la tarde anterior, a éso de las seis de la tarde, vieron una cópula de linces al lado del camino, a unos escasos veinte metros. Y que otro lince joven que acudió al olor de la hembra y ahuyentado por el macho dominante, se había apartado a sentarse sobre unas rocas a escasos diez metros. ¡Pues habrá que esperar a la hora de la cópula!, nos decíamos, sin perder la sonrisa ni la esperanza. Los de mi grupo decidieron bajarse con la furgoneta para no tener que volverse andando hasta el muro de la presa. Yo me quedé allí sentado, vigilando los catalejos y el resto de las sillas. Se estaba ya a gusto bajo el solecito y con la tripa llena tras el piscolabis, aunque seguía haciendo fresco, e incluso estuve a punto de dar alguna leve cabezada. Pero no dejaba de vigilar, casi todo el tiempo con los prismáticos. Oteaba los cerros más lejanos, las vaguadas más próximas, las praderas y los grupos de encinas. Veía los grupos de ciervos pastar. Una hembra reposaba con su cría, todavía con sus manchas. Las bandadas de rabilargos. Alguna rapaz lejana que me sentía incapaz de clasificar. Pero se estaba muy bien allí, viendo aquel desfile de vida en plena naturaleza.
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CIERVA DESCANSANDO CON SU CRÍA Y EL SUFRIDO CONEJO, LA PRESA “TIPO” DEL LINCE
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Mis amigos volvieron al poco rato. Quiso la casualidad que a unos diez metros de nosotros se habían instalado un padre con su hijo y un amigo del padre, y andaban allí con sus aparatos oteando el monte y comentando las cosas que el chaval, Miguel era su nombre, iba descubriendo, se le veía muy espabilado. Para cuando llegó el Rubio el chaval le miró:… ¡Juan Carlos! …(se llama igual que el Amado Líder)…resultó que era  alumno suyo, las cosas de la vida… Charlaron un rato y así quedó la cosa. Pero el contacto nos iba a resultar muy provechoso.
 
¡¡Más linces!!
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                                                            LINCEROS EN PLENA FAENA
Estábamos en nuestro sitio, tan relajados, sentados en las sillas cual jubilados en Torremolinos, mirando de vez en cuando el monte cuando en ésto apareció corriendo Miguel, el alumno del Rubio avisándonos: ¡un lince, hay un lince allá arriba! (bendito chaval, le dije al Rubio, a éste tienes que darle matrícula)… Cogimos los pertrechos dejando allí las sillas y corrimos por la pista. En una curva y fuera del alcance de nuestra vista se habían arremolinado los observadores, todos dirigiendo sus prismáticos, cámaras y catalejos hacia unas rocas. ¿Dónde está, dónde?…y señalándole le vimos: entre unas grandes rocas y a unos cien metros escasos, un hermoso ejemplar asomaba la cabeza. Todos intentábamos coger un buen sitio para verle bien, pegados a la valla cinegética, arrimados a una encina, o sobre un repecho…sonaban los clic-clic-clic de las cámaras disparando a tope. Hasta con mis prismáticos del todo a cien le observaba a placer.
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SECUENCIA DE GALO: ASOMANDO LA CABEZA Y SOBRE LA ROCA, ACECHANDO
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Fue saliendo de su escondrijo, con tranquilidad, hasta situarse sobre una roca. Casi se camuflaba. Al parecer y según los habituales linceros, se trataba de Galo, un macho de unos siete años. Como los linces son territoriales y aunque se mueven mucho, éste era un viejo conocido en la zona, reconocible por sus manchas, diferentes para cada animal. En ésto Galo comenzó a tensarse con la cabeza atenta hacia adelante. ¡Está acechando, va a saltar!…y, efectivamente: pegó un salto y fuera de mi radio de visión, entre unas jaras, cogió un conejo, comiéndoselo allí mismo. El entusiasmo de los allí presentes iba in crescendo. No debió comérselo todo porque, en menos de un minuto, Galo comenzó a caminar ladera arriba, hacia nuestra izquierda. El camino hacía un gran arco, y para allá que fuimos todos, para observarle a placer. Continuó caminando durante unos minutos hasta que se perdió tras una pequeña loma.
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                                    …Y DESPUÉS DE COMER, CAMINITO ARRIBA
Un pequeño grupo de observadores se quedó al extremo del camino por aquello de si reaparecía, pero casi todos nos volvimos hacia nuestras posiciones. Estábamos eufóricos, abrazándonos, chocando las manos, con la gran sonrisa boba en la cara: ¡otro lince, tío, otro lince, y éste posando para nosotros!… Los linceros se enseñaban unos a otros las fotos que habían hecho. Lo cierto es que había sido casi una sesión de estudio. Bromeábamos: ¡sólo nos falta ya ver la cópula de ayer aquí mismo!…y como faltaban poco más de dos horas para las seis (la hora oficial de la cópula, decíamos), pues allí seguíamos dispuestos a apurar la tarde con la guinda del pastel, aunque sabíamos que con lo que habíamos visto ya, nuestras expectativas estaban de sobra compensadas. No lo podíamos saber, pero aún nos quedaba otra sesión lincera gloriosa.
 
Galo repite
 
Había pasado poco más de media hora cuando me subí a una pequeña atalaya para otear y vi en el sitio anterior otra vez al grupo de entusiastas. Con ésto del lince y por lo que vi tampoco hace falta estar demasiado pendiente. Es como lo de las bandadas de rabilargos o de urracas: ves follón y supones que allí hay algo. Ves que los linceros están todos tensos enfocando sus cámaras y, no falla: hay lince. Volvimos a subir. Efectivamente, Galo había vuelto al mismo sitio de antes. Los prismáticos, los catalejos y las cámaras estaban que echaban humo. 
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                        GALO POSANDO COMO LO QUE ES: COMO UNA ESTRELLA
Pero como de todo tiene que haber en la viña del señor una chica empezó a pegar voces. Primero entendimos como que la dejáramos sitio. Nos miramos sonriendo: el sitio te lo buscas tú entre la multitud, aunque sea a codazos. Pero realmente lo que decía la loca, o la pirada, o como queráis llamarla, era que dejásemos sitio al lince. Que según ella Galo quería cruzar el camino para marcharse y le estorbábamos. Por un momento me lo creí aunque Juan Carlos nos contó por el walki que de asustado nada, que de hecho había vuelto a cazar y se estaba comiendo el segundo conejo a unos diez metros del camino. Desde luego la impresión que nos daba es que estos linces estaban más que hechos a la presencia humana y que pasaban totalmente de nosotros. Me dirigí más arriba y allí pudimos ver que, efectivamente, Galo se estaba acabando el conejo y con tranquilidad comenzó a subir la cuesta, hacia el caminito. Nos abrimos a un lado y otro y por un espacio de unos diez metros Galo cruzó la pista y con calma, saltó a la ladera y se perdió monte arriba. Por mi trabajo estoy más que habituado a ver animales asustados y os puedo asegurar que aquel animal ni reculaba ni demostraba nerviosismo y ni tan siquiera miró a los lados: ese era su territorio y como un príncipe atravesó la pista y se marchó, indiferente a nuestra presencia y a los clic-clic-clic de las cámaras. Debo añadir que la única foto en la que mi cámara sacó a Galo se le ve ya de culo internándose en la maleza. Excepto alguna de paisajes o de grupos, las demás del lince y otros animales y como indicaré honestamente son del Amado Lider, de Nacho “el Guapo” y de Javi,  que amablemente me han permitido utilizarlas para mostrároslas.
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SECUENCIA DE GALO COMIÉNDOSE SU SEGUNDO CONEJO Y YA RETIRÁNDOSE, EN PAZ
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Creo que no hace falta señalar que TODOS los linceros allí presentes éramos gente educada, amantes de la naturaleza y para nada bullangueros. Nada de tirarle piedras al lince para que se mueva, dar gritos ni saltitos ni cosas similares…excepto, precisamente, la loca “proteccionista” de turno, que gritaba cosas como incluso que el acceso al sitio debía estar prohibido (¿para todos excepto para ella, nos preguntábamos?). Al parecer y según me contaron era una habitual de la zona, e incluso me adornaron con anécdotas a cual más pintoresca de la tipa. Pero por desgracia incluso entre tanta gente maja siempre tiene que haber algún exaltado, algún integrista, algún inquisidor dispuesto a prohibir…
 
Eran ya las cinco y media. No sabíamos si los de la “hora oficial de la cópula” aparecerían o no pero nuestras esperanzas habían quedado totalmente colmadas así que, y con la felicidad en el cuerpo, decidimos retirarnos a tomar unas merecidísimas cervezas en honor de Galo a Los Pinos. El Amado Líder propuso al grupo (y como siempre, indiscutido, por total aclamación) que habíamos superado con creces las expectativas de ver linces así que volver otra vez mañana no era ya tan necesario, de forma que podíamos ir a un sitio donde se ven nutrias. Y así quedamos.
 
Segunda noche en Los Pinos
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                                   PAISAJE DE LA DEHESA CON HERMOSOS ASTADOS
La vuelta fue atardeciendo pero aún había bastante luz y no como esta mañana, así que según íbamos cruzando cotos veíamos numerosos ejemplares de ciervos a los lados del camino. Aún hicimos una paradita técnica al lado de una finca donde pastaban soberbios ejemplares de toros bravos, de hermosa estampa y no menos hermosas astas, que también merecieron ser objeto de fotos. Una vez en Los Pinos nos fuimos reuniendo en el bar, antes de la cena. Aunque el restaurante es muy grande y había mucha gente, Juan Carlos tuvo la prudencia de reservar mesa, éramos ya un total de diez y ocho linceros para cenar. En cuanto a alojamiento, este fin de semana el hotel se había llenado…calculamos que tendría un total de noventa camas, y estaban todas reservadas, las indiscutibles ventajas económicas del turismo ecológico. El turismo cinegético también se notaba: los cazadores habían regresado y entre cerveza y cerveza comentaban sus lances, al tiempo que nosotros comentábamos los nuestros. En el bar y aunque no se quedaron a cenar (habían venido esta mañana de Madrid y se volvían esta noche) coincidimos con Miguel: el alumno del Rubio que nos avisó de la presencia de Galo, junto a su padre y el amigo. Cada cual a su manera, todos contentos. Como teníamos tiempo hasta la cena, los onubenses Antonio y Javi se acercaron a Andujar para tomarse algo y palpar el ambiente nocturno… volvieron al poco rato alucinados. Nos contaron que no había nadie (¡pero nadie, nadie!), nos dijeron, por la calle. Un sábado por la noche, cosa extraña. Desde luego el ambiente debía estar en Los Pinos: entre linceros, cazadores y familias que venían bien vestidos a cenar, tanto el bar como el restaurante estaban hasta arriba. ¡Cosas de Jaén!.
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Mañana no había que madrugar tanto, nuestro Amado Líder nos convocó a desayunar a las nueve, así que tras la cena aún tuvimos tiempo de tomarnos alguna copita. Lo cierto es que tras el madrugón, la emoción y las caminatas, estábamos casi todos bastante cansados y nos retiraríamos pronto. Sobra decir que el ambiente entre nosotros era supercordial. A los que ya conocía me alegraba de volver a verles de nuevo. A los que conocí en este fin de semana y que quizá no volvería a ver, los sentía ya como viejos amigos: Antonio y Javi, que venían desde Huelva. Javi y Arancha, amigos de ellos. Nacho “el Guapo” (así se quedó), antiguo monitor en Mundo Azul con Juan Carlos, con su no menos guapa novia Alice, italiana de Turín. Y a otros más cuyo nombre lamento no recordar, pero igualmente supermajos. No todos los linceros que vimos a lo largo del camino eran biólogos. De algunos supimos que eran abogados, jubilados o maestros. En nuestro pequeño grupo había administrativos, ingenieros agrónomos o veterinarios, como yo. Pero en todos, insisto, amor y respeto a la naturaleza.
 
Y ahora, a por las nutrias
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Al día siguiente y tras desayunar nos dirigimos a una zona cercana conocida como El Encinarejo, en el cauce del Jándula pero más abajo del pantano que vimos ayer. Al pie de una pequeña presa el río se ensanchaba formando amplios remansos. Uno de los “enterados” linceros que conocimos durante los avistamientos nos aseguró que allí había nutrias y que a las once se veían sin dificultad. Así que aparcamos la furgoneta y con la parafernalia habitual de cámaras, catalejos y prismáticos nos fuimos recorriendo las orillas, hasta llegar a un puente donde había una buena panorámica. Como siempre ya había allí madrugadores que nos contaron que a las ocho de la mañana un lince había atravesado el río, saltando de piedra en piedra, junto al mismo puente. Seguramente no se quiso mojar las patas. Seguía haciendo mucho frío y los charcos entre las piedras estaban helados.
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Desde lo alto del puente se veían multitud de aves. Aparte de una lejana águila imperial sobre los cerros, junto a la orilla del río yo pude ver lavanderas, cormoranes, rabilargos y alguno más desconocidos para mí, aunque los curtidos pajareros señalaron mosquiteros y otros. Se estaba bien allí, al sol, pero las nutrias no aparecían. Diez y media…once menos cuarto…once menos cinco…parecíamos los de la Puerta del Sol en Nochevieja esperando a que dieran los cuartos para después tomarnos las uvas. ¡Seguro que están bajo el agua mirando el reloj para aparecer a las once en punto!…bromeábamos. Pero, como en la canción de Sabina, nos dieron las once, y las once y media, y las doce, y las nutrias decidieron que ya habíamos tenido bastante con los linces. ¡Será que es domingo y hoy no trabajan!, dijo otro, y allí nos dejaron con las ganas. Yo pude verlas de lejos hace años en el río Estena, en la ampliación de Cabañeros. Y Juan Carlos las vio a placer en el Salto del Gitano, en Monfragüe. Pero, por ejemplo, Loreto, que se trabaja a tope los ríos, nunca las había conseguido ver.
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                            LOS PACIENTES NUTRIEROS APOSTADOS SOBRE EL PUENTE
Como queríamos hacer aún una parada intermedia en Despeñaperros para ver una bonita cascada que nadie conocía, decidimos al final irnos de El Encinarejo, dejando a los cormoranes secándose en las ramas, con las alas abiertas. Como suele suceder, al día siguiente una conocida mandó una foto al grupo con la imagen de una hermosa nutria en la orilla que apareció al poco rato de irnos. Cosas que pasan, ni la biología ni las nutrias son una ciencia exacta. Nos tuvimos que conformar con sacar unas fotos a unas heces secas sobre una piedra, como acostumbran para marcar su territorio.
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LA ÚNICA PRUEBA DE LAS ESQUIVAS NUTRIAS: HECES SOBRE UNA PIEDRA
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                   CORMORANES SECÁNDOSE AL SOL TRAS SUS ZAMBULLIDAS
De todas formas tuve ocasión de aclarar mis confusas ideas sobre las nutrias con Loreto que, como ya avancé, trabaja como bióloga haciendo seguimiento y censos de fauna en el Parque Regional del Sureste de Madrid, lo que incluye los humedales y las lagunas de Rivas-Vaciamadrid y cauces de ríos como el Tajuña, el Manzanares o el Jarama, además de controlar otras zonas. En mi ingenuidad yo creía que las nutrias sólo se dan en parajes virginales, de ríos de aguas puras y alejados de poblaciones humanas, pero no. En la ribera del Ebro que discurre junto a Zaragoza las hay, y muchas. Y en la Comunidad de Madrid, además de humedales como los de Rivas, suben por el río Manzanares hasta prácticamente las primeras casas y, salvando la zona urbana, del Puente de los Franceses (donde al parecer hay una nutria muy simpática que se deja ver) hasta arriba, por El Pardo y el Parque Regional del Alto Manzanares. 
 
El factor limitante en todo caso es la comida, y éso lo controlan bien los biólogos analizando las heces que depositan como marcaje sobre las piedras de la orilla. Me contó Loreto que en el norte de la península prefieren las anguilas por su mayor contenido en grasa aunque, cuando no hay anguilas, no le hacen ascos a las truchas, a las carpas o a los barbos. Los siluros por lo visto no les gustan por sus espinas. Y en cuanto al cangrejo de río, casi extinguida la especie autóctona (Austropotamobius pallipes) relegada a terrenos calcáreos del norte de Castilla/León, Navarra y Pais Vasco, y desplazado por el cangrejo americano (Procambarus clarkii) que le contagió la afanomicosis, la nutria ha salido ganando, porque el americano soporta niveles altos de contaminación con lo cual es abundante en muchos ríos y proporciona el alimento que necesita a la sufrida nutria.
 
Hacia las cascadas de Aldeaquemada
 
Cruzamos Andujar, la-sin-marcha-nocturna, y tiramos hacia Despeñaperros, ya cerquita. En la carretera señales de “Precaución linces”… En su expansión no son raros los atropellos, hacía muy pocos días habían matado uno en esta misma carretera, en la A-4, en el término municipal del Viso del Marqués. Ya en Despeñaperros nos desviamos siguiendo la indicación de Aldeaquemada. La carretera comenzó a subir…y a subir…y a subir. La vista era magnífica: desde arriba se veía la autopista como a vista de pájaro con el nuevo paso elevado, allá abajo. Comenzamos un largo trecho de curvas y más curvas entre robles, madroños y pinos, aquello no se acababa nunca, más de 20km que se nos hicieron pesadísimos pero, por fin, llegamos a Aldeaquemada, ya en el llano. El pueblo no era antiguo sino de nueva creación, con las calles trazadas a escuadra y en ángulos rectos, y fue uno de los fundados por Carlos III para repoblar la antaño salvaje comarca de Despeñaperros, con colonos europeos. Pero nuestro objetivo eran las cascadas y en concreto la Cimbarra (nombre local de las cascadas). Estaba perfectamente indicada, de hecho no creo que haya otra atracción turística digna de ese nombre.
 
Tiramos por una carreterita y a escasos dos kilómetros, y en una especie de parking dejamos la furgo, el camino continuaba a pie. Decidimos llevar con nosotros pan y vituallas, ya era la hora de comer. Había carteles explicativos de la geología de la zona y del recorrido a seguir: unos veinte minutos de ida hasta la Cimbarra y otros tantos de vuelta. El paisaje desde el pueblo había cambiado y era muy bonito: crestas de caliza se levantaban desde el cauce del río y, según avanzábamos, se iban haciendo más y más abruptas. Ya desde el camino se oía el estruendo del agua al caer. En un punto el camino se dividía. De frente continuaba por una cresta hacia arriba, hasta un mirador que se veía a lo lejos. A nuestra derecha comenzaba a bajar en un paisaje de cortados y aunque aún no veíamos la cascada se la oía ya perfectamente. Comenzamos a bajar por una senda escarpada rodeados de vegetación, no sin cierta dificultad, pero el esfuerzo mereció la pena: desde lo alto de una garganta caía el salto de agua, de unos 40 metros de alto, hasta una laguna de aguas oscuras, rodeada por las rocas. Hacia el lado derecho de la cascada se había formado una cueva donde el agua se metía, sugerente. 
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                                       LA CIMBARRA DE ALDEAQUEMADA
Coincidimos allí con un matrimonio y su hija que estaban haciendo fotos y disfrutando del lugar, y que antes de marcharse nos hicieron amablemente unas fotitos. Estuvimos los cinco de acuerdo en que el paraje era excepcionalmente hermoso y, posiblemente, uno de los rincones más bonitos que habíamos tenido la oportunidad de conocer en España: los cortados, la cascada, la laguna, la cueva… Sacamos las vituallas y dimos buena cuenta, allí sentados, casi sin hablar, disfrutando de la espectacularidad del salto de agua y de la tranquilidad de semejante rincón. Pero tocaba irse y al cabo de un rato nos levantamos y remontamos la subida. Con la tripa llena nos costó un poquito más…
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              LOS CINCO DE LA FAMA DE NUEVO, POSANDO CON LA CIMBARRA
Aún nos asomamos al mirador, al extremo del otro camino. Desde lo alto la vista también era muy bonita pero estuvimos de acuerdo que el punto era allí abajo, al pié de la cascada. Una vez en la furgoneta tomamos el camino de regreso. Juan Carlos había preguntado en un bar si no existiría otra alternativa para evitarnos los veinte kilómetros de curvas y sí, por supuesto que la había: dirección Castelar de Santiago hasta Valdepeñas y allí coger la autovía. Nada que ver con el tramo anterior: rectas carreteras por un paisaje ya más domesticado donde empezaron a abundar las viñas, aunque aún vimos carteles de “precaución, zona de linces”. De Valdepeñas poco tráfico hasta Madrid. Ya en Getafe nos despedimos esperando repetir en breve un fin de semana tan estupendo y completo como ha sido éste.
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Y como postre, un murciélago: el Miniopterus schreibersii (me lo dijeron)

Españoles en Viet Nam. La guerra secreta.

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La guerra del Viet Nam desatada contra los Estados Unidos, junto con su precedente contra Francia – a la que se conoció como la guerra de Indochina- provocó un total aproximado de entre un millón y medio a seis millones de bajas. Determinó el mapa geopolítico del mundo en la segunda mitad del Siglo XX como consecuencia de la prolongación de la Guerra Fría, e involucró directamente a más de diez países. Pero poco se sabe de la participación de españoles en aquellas guerras, aunque se calculan en más de mil los que lucharon en tan lejanas tierras… Uno de ellos fue el legionario Ángel de Haro, al que tuve la oportunidad de conocer. Ángel murió hace pocos años pero las veces que nos veíamos le encantaba contarme historias que me ilustraron bastante lo que fue aquel conflicto, tan lejano para nosotros.

Millones de muertos

Ese amplio y nebuloso margen de bajas “de entre un millón y medio a seis millones” vino de la imposibilidad material de cuantificar con exactitud las bajas de los anónimos norvietnamitas, tanto los milicianos como la población civil. Más precisión encontramos en los censos facilitados por el bando opuesto: durante la guerra de Viet Nam murieron 58.159 soldados norteamericanos, más 1.700 desaparecidos y 303.000 heridos. Los que tuvieron el triste honor de encabezar la lista fueron el comandante Dale Buis y el sargento Chester Ovnard, durante los ataques a la base de Bien, aunque después les seguirían miles más. Entre soldados de ejércitos colaboradores, como survietnamitas, coreanos (del Sur), australianos, neozelandeses y thailandeses sumaron otras 225.000 bajas más. Por parte de Viet Nam del Norte las bajas calculadas, siempre con una relativa aproximación, ascendieron a más de 600.000 militares más 400.000 civiles, cerca de un millón de muertos. Por otra parte en la guerra de Indochina los franceses perdieron cerca de 93.000 soldados frente a 175.000 milicianos del Viet Minh mas unos 250.000 civiles muertos…

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                                  Marines norteamericanos con prisionero norvietnamita

Viet Nam fue el primer conflicto televisado de la historia, lo que permitió la denuncia de los frecuentes abusos y violaciones contra la población civil. La conocida como batalla de My Lai desató un escándalo en los Estados Unidos, debido a la masacre que supuso por parte de los soldados norteamericanos en aquella localidad, donde sólo encontraron viejos, mujeres y niños, y reflejada pese a los desmentidos oficiales por la presencia de periodistas y reporteros gráficos. De hecho y a lo largo de toda la guerra del Viet Nam 278 soldados norteamericanos fueron condenados por sus propios tribunales, debido a las atrocidades cometidas. La excusa declarada por la intervención norteamericana para una guerra que se prolongaría desde 1.955 hasta 1.975 fue la de impedir la reunificación de ambos Viet Nam, norte y sur, bajo un gobierno comunista, reunificación que al final no consiguieron evitar. Pero la guerra del Viet Nam fue tan sólo la prolongación de la que los franceses mantuvieron en lo que se conoció en su momento como la guerra de Indochina.

Españoles bajo uniforme francés

Se calculan en más de mil los españoles que combatieron en Indochina a lo largo de los nueve años que duró la guerra con Francia. La inmensa mayoría soldados republicanos que, tras la derrota en la Guerra Civil y huídos a través de los Pirineos, acabaron confinados en los campos de refugiados del sur de Francia como Saint-Ciprien o Argelès-sur-Mer. El gobierno francés les ofreció dos opciones: ser devueltos a España (con la casi total seguridad de ser fusilados), o bien alistarse en el ejército francés y, en concreto, en la Legión Extranjera. Ante tales perspectivas se alistaron bajo bandera francesa unos 15.000 en total. Tras la experiencia bélica de tres años de lucha y ante la funesta posibilidad de ser entregados a Franco, muchos de ellos aceptaron. Posiblemente ya no sabían hacer otra cosa. La 2ª Guerra Mundial no tardó en desencadenarse y bastantes de ellos lucharon en el norte de África (unos 2.000 en Túnez contra el Africa Korps del general Rommel), en suelo francés o hasta en las lejanas Indochina o Narvik, en Noruega. 

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                               Milicianos republicanos en la batalla del Ebro

Parte acabaron tras largo periplo a las órdenes de Philippe Leclerc, conde de Hauteclocque, más conocido como el general Leclerc. Rebelde al gobierno colaboracionista de Pétain, partidario y a las órdenes del entonces en Londres general Charles De Gaulle, comenzó desde Chad en 1.943 una larga lucha que le llevó hasta la liberación de París. La Deuxième Division contaba con una compañía: “la nueve”, llamada así, en castellano, al estar integrada en su inmensa mayoría por 144 republicanos españoles. Leclerc se dirige al capitán Raymond Dronne, responsable de la Novena Compañía (la “nueve”) con estas palabras:

no hay que obedecer órdenes idiotas (por parte del Alto Mando norteamericano, en teoría coordinador del avance). Dronne, tome a sus hombres de la Novena y entre en París. Diga a los parisinos que toda nuestra división estará con ellos mañana…

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                      Los españoles de “la nueve” en París, con su tanqueta Guadalajara

Y según testimonio personal de Dronne, que sabía apreciar a sus hombres y se había ganado su respeto, cuenta en sus Memorias:

…eran hombres muy valientes. Difíciles de mandar, orgullosos, temerarios. Con una experiencia inmediata de la guerra. Muchos de ellos atravesaban una crisis moral grave, como consecuencia de la guerra civil española…

Los de “La nueve” son los primeros en entrar a París, el 25 de Agosto de 1.944, con sus tanquetas rotuladas con nombres de famosas batallas de nuestra Guerra Civil: Guadalajara, Belchite, Brunete, Teruel… Pero ésa es otra historia. Volvamos a Viet Nam.

Españoles en Viet Nam

Hay testimonios o citaciones de muchos españoles que lucharon en Viet Nam: Robert Pujol, José Cortés, Antonio Polanco… De entre ellos quizá destacar al Doctor Ripoll Fonte que, tras la guerra, se instalo como médico en la capital de Camboya haciéndose amigo del general camboyano Susten Fernández…como suena. Susten viajó a España en alguna ocasión asombrándose de la cantidad de Fernández que encuentra en España… De lo que se enteró más tarde es que, en el Siglo XVI, sus antepasados habían llegado desde Filipinas con la intención de conquistar el reino jemer, sembrando su “exótico” apellido… Por mi parte, tuve la ocasión y el placer de conocer al amigo Ángel, de arrebatada historia y que cada vez que nos veíamos gustaba de contarme “batallitas” de su estancia en la Legión… o de lo que fue su experiencia en Dien Bien Phu.

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                                   Legionarios españoles, los novios de la muerte

Ángel se había alistado a la Legión en España por razones que no vienen al caso. Cuando le faltaban pocos meses para licenciarse una mañana les formaron en el patio, donde les ordenaron despojarse de sus uniformes. En la Legión ni se cuestionaban las órdenes. Así que se quedaron en calzoncillos en el patio inmediatamente a la voz de ¡ar!. Ahora, dijo el oficial, pónganse esos otros… y señaló un montón que había apilados, allí al lado. Se los pusieron sin rechistar y, una vez puestos, mirándose con disimulo unos a otros murmuraron, oye, esto no es del ejército español…

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                         Legionarios caídos tras la masacre de Edchera, 1.958

Efectivamente: eran uniformes de la Legión Extranjera Francesa… Sin mayores explicaciones los metieron en aviones y al cabo de muchas horas llegaron, para su asombro, a un  lejano país del que seguramente ninguno de los legionarios ni siquiera había oído hablar. Faltaban aún unos cuantos años para que el nombre de Viet Nam se hiciera famoso. Pero, según me contaba mi amigo Ángel, nada más llegar muy pronto aprendieron otro nombre: Dien Bien Phu. Corría el año 1954.

Dien Bien Phu, la gran derrota

Tras nueve años de guerra en Indochina, y pese a algunas sonadas victorias del ejército francés, el tesón y la moral irreductibles de los guerrilleros del Viet Minh (más tarde conocido como Viet Cong) fueron cercando poco a poco a los franceses, hasta quedar reducidos en el valle de Diem Bien Phu, al norte del Viet Nam. Un amplio valle  lleno de arrozales y pequeñas aldeas, de 16 por 9 kilómetros, surcado por el río Nan Yun. Los franceses escogieron este amplio valle por cuestiones estratégicas: principalmente para cortar la comunicación entre Laos y China, y pensando que aquí serían invencibles. Agrupados en el valle, instalaron dos pistas de aterrizaje y ocho puntos fuertes, todos con nombres de mujer: Beatrice, Gabrielle, Claudine, Anne-Marie, Huguette, Dominique, Eliane e Isabelle … es lo que tienen los franceses, que para estas cosas se ponen románticos y quieren convencer a todo el mundo de que son muy seductores…

Los generales franceses  subestimaron a los norvietnamitas pensando que allí podrían defenderse bien, y que los guerrilleros serían incapaces de instalar artillería potente en el circo de montañas que lo rodeaban. Los soldados franceses se burlaban de aquellos hombrecillos, bajitos y canijos…Pero como la Historia nos enseña a menudo y como suele suceder, cuando un ejército regular se enfrenta a guerrilleros, siempre se creen mejores que ellos… y casi siempre se equivocan.

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           Ho Chi Minh y el general Giap. Planeando acciones y satisfechos tras la victoria 

Los norvietnamitas estaban bajo el mando de su líder Ho Chi Minh, conocido cariñosamente como “el tío Ho” por los suyos. Su verdadero nombre era Nguyen That Than. Lo de Ho Chi Minh era su nombre de guerra y significa “el que ilumina”… Formado en Francia y en la URSS, combatiente en China con Mao Tse Tung contra el Kuomintang de Chiang Kai-Shek, y vencedor del ejército japonés que invadió Viet Nam durante la Segunda Guerra Mundial, a los que logró expulsar. En Diem Bien Phu, el ejército norvietnamita estuvo bajo las órdenes directas del general Vo Nguyen Giap que, con anterioridad, había sufrido una derrota contra los franceses, pero también una sonada victoria y, contra lo que pensaron los del Alto Mando francés, subieron prácticamente a pulso su artillería y abundante munición hasta la cresta de las montañas, cargándola a hombros, tirando con cuerdas de los cañones, escondiéndolos después  en refugios antiaéreos a salvo de los aviones enemigos, con los que castigaban continuamente al ejército francés en el valle. Cuenta Giap:

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            Transportando munición y piezas hasta los refugios de la montaña

para el Estado Mayor francés era imposible que pudiéramos instalar artillería en las alturas que dominan la olla de Dien Bien Phu, pero desmontamos los cañones para transportarlos pieza por pieza… (y añade, irónico) …¡siguiendo su lógica formal, tenían razón!... Más adelante continúa: …¡nuestros pies son de hierro!…utilizamos millares de bicicletas fabricadas en Saint Étienne (en Francia) que modificamos para llevar cargas de 250 kg…

El ejército regular de Giap, conocido como el Chu Luc, consta de 50.000 hombres, a los que había que añadir artillería pesada china atendida por expertos chinos, cosa que los franceses desconocen. El ejército francés destacado en Dien Bien Phu consta de 13.000 hombres. En parte, ejército regular; en parte, la fuerza de choque de la Legión Extranjera y el resto, mercenarios argelinos, marroquíes, senegaleses y vietnamitas. Como soporte, 28 cañones, 28 morteros, 10 tanques ligeros M24 y 6 cazas Bearcat. Los españoles “invitados” a formar parte de la Legión Extranjera son englobados en el 2º Batallón Extranjero de Paracaidistas, bajo el mando del comandante Liensenfelt, en total, unos doscientos. Y entre ellos, mi amigo Ángel.

En lo que se denominó la Operación Castor, el 20 de Noviembre de 1.953 son lanzados 4.000 paracaidistas que toman el lugar en ese mismo día, sin encontrar resistencia. En los siguientes tres días se van sumando 9.000 hombres más. Durante casi dos meses la situación parece tranquila. Construyen las dos pistas de aterrizaje y los ocho campamentos con nombres de mujer. Pero la noche del 31 de Enero de 1.954 se desata el comienzo del fin. Desde la cresta de las montañas, desde sus escondites a salvo de la aviación, ante la incredulidad y la desesperación de los franceses, 200 cañones machacan los campamentos y las pistas de aviación. Cañones que, para colmo, están fuera del alcance de la artillería francesa. Para cuando el Alto Mando francés intenta una operación de apoyo a cargo de la R.C.P. (Regimiento de Cazadores Paracaidistas), son ferozmente rechazados por el Viet Minh con artillería antiaérea. Nuevo desconcierto para los franceses que no contaban con que los vietnamitas contaran con ese tipo de armamento. Durante pocas semanas Giap no arriesga a sus hombres, tan sólo deja que la artillería siembre la carga mortal de sus obuses.  

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          Paracas franceses y Legión extranjera, hostigados por el Viet Minh

En la madrugada del 12 de Marzo Giap se decide a lanzar su infantería, que conquista las posiciones Béatrice y Gabrielle y aniquila dos batallones de franceses. El comandante de artillería se suicida aquella misma noche aunque el Alto Mando decide no comunicarlo inmediatamente a la tropa por no desmoralizar. El Jefe de Estado Mayor, conde Hubert-Marie-Jean-Albert de Seguins-Pazzis, sufre una crisis nerviosa que le mantiene varias horas fuera de juego. Seis días más tarde, el 18 de Marzo, los vietnamitas han tomado el primer aeropuerto. Pocos días después, el segundo aeropuerto ya es suyo. El 28 de Marzo aterriza el último avión francés que resulta inmediatamente destruído. Inhabilitadas las pistas de aterrizaje, los suministros de munición y de materiales ya sólo se pueden hacer lanzándolos en paracaídas que, para desgracia de los franceses, suelen caer dentro de la zona controlada por el Viet Minh. Para colmo, a mediados de Abril hacen su aparición los monzones, imposibilitando cualquier ayuda desde el aire, además de convertir bunkers y trincheras en pozos y lodazales.

La moral de los franceses no puede estar más por los suelos. Su prioridad es aguantar como sea hasta que se celebre la Convención de Ginebra donde se pretende establecer la paz entre Francia y el Viet Nam, pero no les va a dar tiempo. Los mercenarios vietnamitas han desertado en masa, y otros dos mil desertores, magrebíes en su mayoría, han abandonado los campamentos y se esconden en cuevas a lo largo del río Nam Yum (“las ratas del Nam Yum“, les llaman sus antiguos camaradas) de dónde sólo salen por la noche para robar comida. Entre los desertores también se contaron españoles, pero no para escapar, sino para unirse al enemigo. Desde el comienzo de la Guerra de Indochina, hacía ocho años, muchos de los soldados bajo uniforme francés, antiguos soldados republicanos y de fuertes convicciones comunistas, veían con mucha más simpatía a los vietnamitas de Ho Chi Minh que a los “imperialistas” franceses. De hecho Ho Chi Minh hizo algunas emisiones por la radio al ejército francés invitándoles a desertar y unirse a ellos, en las que algunas de las alocuciones se dirigía a los españoles y en español que, curiosamente, dominaba de forma casi perfecta. 

Angel de Haro y sus “caballeros legionarios” trasplantados a Viet Nam sufrieron junto al ejército francés el acoso norvietnamita, replegándose cada vez más, abandonando de uno en uno aquellos puntos fuertes con nombre de mujer, incapaces tan sólo de una débil resistencia. Ángel me contaba anécdotas como la de una oficial médico, de las pocas mujeres que había en Dien Bien Phu, que salía a recoger heridos con los camilleros bajo el fuego enemigo, disparando con la otra mano una pistola sin parar.

El general Giap describió de una forma muy oriental, hasta poética si se quiere ver así, los estragos que su táctica de guerra producía en los franceses:

será una pelea entre un elefante y un tigre. Si el tigre se queda quieto el elefante lo aplastará sin remedio, pero el tigre nunca se quedará quieto. Saltará sobre el lomo del elefante arrancándole grandes trozos de carne para esconderse después en la jungla. Así el elefante morirá desangrado. Será el lento desangrar del elefante caído… 

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                      Largas filas de prisioneros, custodiados por el Viet Minh

Por fin, diezmados, cercados y sin más opción, los franceses se rinden el 8 de Mayo de 1954. Hasta el último momento se lanzaron refuerzos de paracaidistas, pero no bastaban: fueron enviados 4.306 soldados en total para sustituir a las pérdidas, que ascendían a 5.500 bajas. De los 20.000 combatientes franceses de la guarnición se contabilizaron un total de 7.500 bajas entre muertos y heridos. Sólo los muertos, 2.293, entre fuerzas aerotransportadas y Legión Extranjera. Tras la rendición 11.721 fueron hechos prisioneros y enviados a campos de trabajo. De éstos sólo sobrevivieron 3.290. El resto murió en los campos, por hambre y enfermedades.

Ángel tuvo suerte. Como él decía, al alistarse vendió su vida a la Legión por un sueldo ínfimo… pero salvó la vida. Ho Chi Minh había vuelto a ganar, lo que se llamó la Batalla de Indochina. Repetiría la victoria una vez más contra el poderoso ejército norteamericano, en lo que se llamaría la Guerra de Vietnam aunque no pudo llegar a verlo. Murió poco tiempo antes de la victoria, de tuberculosis, en una cueva donde se escondía cerca de Hanoi, el 2 de Septiembre de 1.969, a los 79 años de edad.

Franco y los Doce de la Fama

Mi amigo Manolo Navarro, al que conocí en Tombuctú, dueño de la productora La Nave de Tharsis, terminó hace poco un documental titulado: Go Cong. La guerra secreta de los españoles en Vietnam, que estuvo preparando pocos años atrásMe preguntó en su momento si no conocería alguien que hubiese luchado por allí. Justo, le dije, mi amigo Ángel, y le conté el episodio de Diem Bien Phu.

Mi sorpresa fue que, con lo locuaz que era Ángel habitualmente, se negó a aparecer ante una cámara contando sus experiencias en Vietnam. Ángel murió hace cuatro años pero con su hija elaboramos algunas teorías, como la de que hubiese un pacto de silencio ante aquellos hechos, posiblemente con la Legión Extranjera o el ejército francés. De hecho, el gobierno de París, en agradecimiento por los servicios de armas prestados bajo su uniforme, le ofreció la nacionalidad –que no aceptó- y trabajos de responsabilidad y confianza en factorías francesas de la aviación, donde trabajó varios años.

En el documental de mi amigo Manolo sale a relucir una historia, de las varias que se ocultaron bajo el franquismo. Ya en la Guerra del Vietnam con el gobierno norteamericano, el presidente Lyndon B. Johnson  solicitó colaboración militar en 1965 a varios países europeos en un intento de no aparecer él sólo como el agresor. Entre ellos pidió ayuda a España, con la seguridad de que con la amistad hispano-norteamericana y contando con el feroz anticomunismo de Franco, sin duda éste le apoyaría. La solicitud se hizo a través de la Free World Military Assistance Office.

La gran sorpresa fue la respuesta de Franco. En unos documentos recientemente desclasificados se puede ver una carta enviada al embajador español en Washington, Merry del Val, en la que se afirma que la carta ha sido redactada de puño y letra por el Caudillo, aunque más tarde corregida, con la orden de que le fuese entregada al presidente. Expone –resumo algo, pero el contenido es literal- un análisis certero y lleno de sentido común sobre la situación en varios puntos:

1º La guerra en la selva será un fracaso. La guerra de guerrillas será interminable.                                                                                                           

 2º Una guerra prolongada sólo favorecerá a los chinos.                                                                

 3º Los americanos siempre serán considerados como extranjeros. Nunca aceptados por la población local.                                                                                                                                

 4º No es un asunto militar, sino un asunto político.                                                                   

 5º Los pueblos oprimidos y pobres siempre elegirán el comunismo porque es el único camino eficaz que se les deja.                

 6º No se pueden negar realidades presentes como el socialismo. El comunismo no desaparecerá del sudeste asiático por la fuerza de las armas.                                                      

 7º Hay soluciones. Todos los actores en conflicto aspiran a lo mismo: echar a los chinos.         

 8º A “Hochi Ing” (así llama Franco a Ho Chi Minh en la carta), por su historia y su empeño en echar a los japoneses primero, a los chinos después y a los franceses más tarde, hemos de confirmarle un mérito de patriota al que no puede dejar indiferente el aniquilamiento de su país. Dejando a un lado su carácter de duro adversario, podría ser el hombre de esta hora que el Vietnam necesita.

Asombra la indiscutible admiración que Franco procesaba a Ho Chi Minh, y aquí hay que reconocer la inteligencia militar de un hombre, con la experiencia de haber combatido a la guerrilla de los rifeños durante varios años.

Franco, pese a lo que esperaba el presidente Johnson, no envió destacamentos armados. A cambió envió un grupo de doce médicos militares, todos ellos voluntarios, a los que se conoció más tarde como Los 12 de la fama, y que estuvieron durante cinco años atendiendo al personal civil en el Hospital Español,  en la población de Go Cong, en el delta del Mekong, al sur de Vietnam.

Recuerdan algunos de aquellos médicos, entrevistados en el documental de mi amigo el trabajo con la población local, entre los que estaban muy bien considerados, sobre todo al comprobar éstos la diferencia del trato hacia los vietnamitas por parte de aquellos médicos españoles que les atendían y el personal norteamericano, muy militarizado, que utilizaba sus propios hospitales generalmente para ellos solos.

De hecho Los Doce de la Fama solían estar escasos de medios y tuvieron que solicitarlos en repetidas ocasiones tanto al mando norteamericano como al gobierno español.  Atendían sobre todo enfermedades comunes, cirugías, pero también algún caso aislado por heridas de guerra entre las que, sospechan, hubo algún que otro guerrillero del Viet Cong, a los que cuidaron igual que a los demás. Los militares del Viet Cong eran conscientes y apreciaban la ayuda prestada a los civiles.

Según avanzaba la guerra y los guerrilleros del Viet Cong ganaban terreno, comenzaron a bombardear Go Cong y alguna bomba dañó parte del hospital. Aguantaron aún un tiempo, pero la presión se iba haciendo cada vez más fuerte. La guerra estaba llegando a su desenlace, y  al final fueron evacuados y devueltos a España.