Balleneros vascos en la Antigüedad. Ballenas, bacalao y piratería

Balleneros chalupa 2
Traduciendo el texto: “Vizcaína, pequeña chalupa que va a la pesca de la ballena”
1.-La matanza de los balleneros vascos en Islandia. Glosario vasco-islandés
2.-Balleneros vascos en el Golfo de Vizcaya
3.- Un poco más lejos. La caza de la ballena en el Atlántico Norte
4.-Las ballenas, los cachalotes, Moby Dick y el Leviatán
5.-El bacalao: un pez que estuvo a punto de extinguirse. El skrei noruego
6.-Se acabaron las ballenas. Comienza el pirateo
7.-El Paso del Noroeste. Juan de Fuca: el timo del siglo
8.-Epílogo. Los últimos balleneros españoles en el siglo XX: Ceuta, Algeciras y Galicia…y dos arponeros vascos.
1.-La matanza de los balleneros vascos en Islandia. Glosario vasco-islandés
El 22 de Abril del 2015 se derogó -oficialmente- en Islandia la ley que permitía matar vascos: la Baskavigin, Spanverjavigin. A tal fin se hizo una celebración en la isla a la que acudieron miembros del gobierno vasco y autoridades islandesas, supongo que amenizado en amor y compañía con un banquete a base de salmón y cordero islandés (nada que ver con las paletillas castellanas), y regado con Brennivin, un aguardiente local elaborado con patata fermentada, también conocido como la “muerte negra”.
En un viaje que hice hace pocos años a Islandia y entre otras muchas cosas preguntamos al guía local (hablaba un correcto castellano, aprendido en sus años de estudiante en Barcelona) que si en aquellos paisajes solitarios se producían crímenes a lo que, compungido, nos respondió que…bueno, un asesinato al año…o dos… De haber sabido que el Spanverjavigin aún seguía vigente quizá me hubiese planteado aquel viaje aunque, obviamente, hacía siglos que nadie la aplicaba. Pero, ¿de dónde salió semejante ley homicida?…
Ballenas mapa Islandia
Mapa de Islandia de la publicación Theatrum Orbis Terrarum, grabado por Abraham Ortellius en 1.585, dedicado por Andreas Velleius (Andreas Sorensen Vedel) a Federico II de Dinamarca. Es una colección de 70 mapas de todo el mundo, con un autor para cada país. El autor no es Andreas Velleius sino seguramente el islandés Gudbrandur Thorláksson, obispo de Hólar, por el gran detalle geográfico reflejado. En el centro se ve el volcán Hekla en erupción. A la derecha y sobre témpanos de hielo, osos polares. En el mar y según la tradición del momento se ven -con imaginación- varios monstruos marinos asimilables a ballenas, con sus chorros de vapor. Según el texto de su parte posterior en que se describe el mapa, el monstruo que se ve en la parte central del margen izquierdo, sería un cachalote. Los fiordos escenarios de la matanza son los del sector noroeste, correspondientes a los de la parte superior izquierda en el mapa.
A comienzos de los años 1.600 la presencia de los balleneros vascos era frecuente en Islandia. La primera mención registrada de acuerdos locales data de 1.610, entre los balleneros y los islandeses, que duraban lo que duraba la temporada de caza, con una estación ballenera en los remotos fiordos del noroeste y de los que ambos sacaban provecho. De hecho los islandeses se consideraban -y se consideran- granjeros, viviendo sobre todo de sus ovejas. El verano de 1615 fue especialmente frío y, para cuando quisieron irse, ya en el mes de Septiembre, unos fuertes temporales hicieron que de unos 20 barcos balleneros vascos, 3 de ellos resultaran dañados al estrellarse contra la costa y unos 80 marineros quedaran retenidos por el mal tiempo, dispersándose y buscando refugios en granjas abandonadas. Al frente de sus capitanes: Esteban de Tellaria, Pedro de Aguirre y Martín de Villafranca, al parecer cometieron abusos en algunas de las granjas, robando ganado para poder sobrevivir, lo que produjo la lógica tensión con sus habitantes.
El pastor luterano Jon Grimsson quiso mediar en el conflicto recibiendo amenazas -llegaron a ponerle en el cuello un dogal amenazando con ahorcarle-, con lo que en Octubre de 1615 y azuzados por el pastor y por Ari Magnusson, una especie de sheriff local, asesinaron por la noche a Martín de Villafranca y 30 marineros más de una forma cruel: a hachazos y a palos. El final de Martín de Villafranca fue poco menos que heroico. Herido, se tiró al mar siendo perseguido en una chalupa por los islandeses que al final le capturaron llevándole a la playa. Allí, con el vientre rajado y los intestinos fuera aún intentó escapar, siendo muerto a golpes. De los 31 balleneros vascos, sólo se libró de morir un grumete del que sólo sabemos que se llamaba García.
Los capitanes Pedro de Aguirre y Esteban de Tellaría pudieron resistir el invierno hasta el año siguiente. Junto a ellos los restantes 50 marineros pudieron escapar por los pelos gracias a una goleta inglesa que andaba por las cercanías. Conocemos los hechos gracias a una crónica escrita por Jón Guömundsson, llamado El Docto, en su obra Sönn frásaga af spanskra… (“Un relato verdadero de los naufragios y luchas de los españoles”), en la que condena los crímenes. Baste decir que tras los hechos decidió irse al sur de la isla, para no verse mezclado con los asesinos.
En su defensa -la de los islandeses- hay que decir que un año antes, en 1614, un barco inglés había saqueado sus costas y para ellos un barco grande era casi sinónimo de piratería. La ausencia de bosques y de madera en la isla no les permitía disponer de barcos. La población en aquel entonces era de unos 50.000 habitantes -hoy son poco más de 350.000-, granjeros aislados, atrasados y muy pobres, desconfiados de todo lo que viniese de fuera. Dependientes de la corona danesa, una legislación de 1.281 les autorizaba a defenderse en caso de agresión…y éso fue lo que hicieron.
Afortunadamente, ya digo, y brindando sin duda con el Brennivin, en Abril del 2015 se derogó por fin la ley. Españoles y vascos ya podemos viajar con tranquilidad y disfrutar de los espectaculares paisajes de Islandia… y del Brennivin.
Glosario vasco-islandés, o cómo entenderse en el remoto Norte
Ballenas glosario 1
Uno de los glosarios. En su parte superior podemos leer (en latín): “Vocabulario vizcaíno, varios autores”
Pese al desgraciado -y afortunadamente aislado- incidente de la matanza de los vascos en 1.615, los contactos entre éstos y los islandeses hicieron necesaria alguna forma de comunicación. Si el euskera ya es difícil para los no hablantes, el islandés es una lengua enrevesada. A tal fin se creó lo que se conoce como un pidgin, una lengua mixta para facilitar el entendimiento, de la misma forma de la que se crearía más tarde entre vascos y los indios de Terranova.
En 1.937 se publicó una tesis doctoral sobre el glosario titulada Glossaria duo Vasco-Islandica, escrito en latín y publicado en Amsterdam, que dormía en los archivos de la universidad de Copenhage. El autor de la tesis fue el filólogo Nicolás Gerardus Hondricus Deen, al descubrir el manuscrito en la Biblioteca Arinnamela de Copenhage (recordemos: Islandia dependía de Dinamarca) donde constaba desde el siglo XVIII. La tesis fue descubierta gracias al trabajo de investigación por don Ángel  Irigay con la ayuda de la Diputación de Guipúzcoa. Se publicó en 1.991 por la misma Diputación.
El glosario fue recopilado en su momento por Jóns Ólafssonar úr Grunnavik, escrito en el siglo XVII, y se conserva en la actualidad en el Instituto Árni Magnússon, en Reikiavik. Dicho manuscrito consta de dos glosarios, el primero de ellos de 16 páginas con 517 palabras, y el segundo glosario cuenta con 10 páginas, con 228 palabras. En total, 745 palabras en ambos idiomas. Los glosarios tienen una intención básicamente comercial. En ellos se pueden encontrar términos de uso común, así como otros propios de la actividad ballenera. Por los términos en euskera, propios del dialecto labortano, podemos deducir que procedían de la zona vasco-francesa de San Juan de Luz, y que se asentaron en los fiordos del noroeste.
Se sabía que hubo un tercer glosario, dado por perdido. Hace pocos años el investigador Ricardo Etxepare encontró un cuarto glosario vasco-islandés en la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard. Cabe puntualizar que no se trata de copias, uno del otro, sino que son totalmente independientes.
2.- Balleneros vascos en el Golfo de Vizcaya
La supervivencia de los vascos ha dependido en gran parte del mar. Tierra accidentada, si acaso en Álava, más llana, hay extensas zonas cultivables. Pero en el norte se limitaba al aprovechamiento de los pastos para el ganado, huertas familiares en los valles, el uso de los bosques y poco más. La minería del hierro y del carbón vino más tarde. Es el Cantábrico el que ha permitido desde siempre a los arrantzales (a los pescadores) la obtención del necesario alimento cercano a la costa: sardina, boquerón, merluza, besugo y un largo etcétera de lo que hoy se llaman “recursos renovables”…siempre y cuando la pesca excesiva no los agote.
La tradición y la necesidad impulsaron a los vascos de las poblaciones marineras a fijarse en unos grandes seres que, desde la antigüedad, se acercaban periódicamente a la costa: las ballenas. Y, en concreto, a la que se conoció como la ballena vasca o ballena franca (en Euskadi conocida como “ballena sarda”), científicamente Eubalena glacialis. Entre Noviembre y Marzo hacían su aparición, época de sus partos (se detallan a menudo las capturas de adultos con sus ballenatos). Y en cuanto a su caza, la ballena vasca gozaba de varias ventajas: se aproximaba mucho a la costa, era lenta en sus desplazamientos e, ¡importante!, al morir arponeada flotaba, debido a su alto contenido en grasa que, tras la carne, era el principal aprovechamiento de la ballena. Desde atalayas situadas junto a la costa los vascos oteaban el mar, y cuando distinguían los chorros de vapor de las ballenas, encendían grandes hogueras como señal, a cuyo reclamo los marineros echaban al mar las chalupas para comenzar la persecución. Había prisas: aunque partían las chalupas de varios puertos (todos estaban “al loro”), los primeros en arponear al cetáceo tenían prioridad para el reparto, así como una prima para los vigías…
…con el arpón se logran aquellas grandes pesqueras de peces monstruosos, en que el atrevimiento humano hace alarde de sí mismo, aquellas cuyo principio será siempre un monumento glorioso para los países Bascongados… (“Diccionario Histórico de los Artes de la pesca nacional”. Sañez Reguart. Madrid, 1.791).
ballena franca
                                    Ballena franca con su ballenato
La caza de la ballena está documentada desde antiguo y, para lo que supone su captura, despiece y procesamiento, podemos imaginar cierta organización. La primera mención data del año 670, en la que se habla de un cargamento de diez toneladas de saín (la grasa purificada de la ballena, lo hablaré con más detalle al tratar de las ballenas) enviadas al monasterio francés de Jumieges, junto a la orilla del Sena, a unos 50 kilómetros de su desembocadura. Debido a los impuestos que las capturas acarrean contamos con numerosos testimonios: en 1.095 se otorga a Bayona la autorización para vender carne de ballena, así como en 1.181 a Donosti o en 1.190  a Santoña. El 13 de Diciembre de 1.200 Alfonso VIII (rey de Castilla, de cuya corona depende la zona que más adelante se llamará Euzkadi) expide a Motrico un documento por el que hace donación de una ballena al año a la Orden de Santiago. El 28 de Septiembre de 1.237 el rey Fernando III redacta una carta de confirmación a Zarauz, por la que se reservaba para sí una porción de carne de ballena de las que se cogiesen por arrantzales de la ciudad, cada año. A mediados del siglo XIII y por carta de confirmación del Fuero de Guetaria, se menciona que la primera ballena capturada, sería para el rey.
ballenas chalupa 3
Debido a la fuerte competencia entre los puertos vascos, los arrantzales se van desplazando por la costa hacia el oeste, estableciendo factorías hasta Galicia y Asturias. Así se mencionan arrendamiento de puertos como el de Uriambre, cerca de San Vicente de la Barquera. Pero asturianos y gallegos pronto aprenden, y hay documentos que lo demuestran: caza de ballenas en 1.232 en Asturias, y en 1.371 en Galicia, más abundantes en localidades como Caión y Malpica, en costas tan batidas por el mar como las de la Costa de la Muerte o las rías de Lugo:
…porque estos puertos son muy bravos a la contínua y comunmente las ballenas acuden donde las ondas y la mar anda siempre muy alta. Y así aquí, en ciertos tiempos del año, como que es en los meses de diciembre, enero y febrero, que es la mayor sazón, ay grande matanza de ellas… (“Descripción del Reyno de Galicia y de las cosas notables del”. Licenciado Molina, 1.550).
La competencia aumenta. Además de los gallegos que ya han visto trabajar a los vascos, por su parte franceses, ingleses y holandeses también aprenden a aprovechar la caza de la ballena, aunque en el caso de al menos estos últimos reconocen la maestría de los balleneros vascos:
los Holandeses aprendieron de los Bascongados, habitadores de una Provincia de España, el método de pescar las ballenas. Son buenos marinos por naturaleza. Y no solamente se aplican en el distrito de su Costa a la pesca de un cierto pescado grande muy semejante a ellas, sino que dirigiéndose al Norte, y pasando más allá de Irlanda, para entrar en los mares de Islandia y de Groenlandia, dan caza a las ballenas. Los Bascongados habían hecho ya varias pescas muy ventajosas, y de los diferentes puertos de Vizcaya iban todos los años a Groenlandia de cincuenta a sesenta embarcaciones, que frecuentemente volvían muy bien cargadas. Los progresos de los Holandeses hacia los principios del siglo XVII, estimularon a algunos para emprender la caza de ballenas. Sin el socorro de los Bascongados no era fácil que esta empresa pudiera tener muy buenos efectos: por tanto juzgándolos como necesarios, se dirigieron a ellos, que convinieron sin repugnancia de hacer tráfico de su industria y servicio para los Holandeses. Todos los años se juntaban en Holanda un crecido número de Harponeros Vyzcainos, y empeñados luego por comerciantes particulares, se embarcaban para los mares del Norte, y dirigían la pesca, mandando entonces indistintamente a toda la tripulación, sin exceptuar los Capitanes y Maestres de las embarcaciones… (“La Riqueza de Holanda”. Sañez Reguart. Madrid, 1.791)
A consecuencia de tanta caza, la Eubalena glacialis  se fue haciendo cada vez más y más escasa en el Golfo de Vizcaya, según consta en documentos, a partir de 1.424. Pese a todo, siguen capturándose: entre 1.517 y 1.662 hay constancia que los de Lequeitio cazan 45 ballenas, de las que 7 eran ballenatos que acompañaban a la madre. Entre 1.637 y 1.801 los de Zarauz capturaron 55 ejemplares. Entre 1.728 y 1.789 los de Guetaria cazaron 12 ballenas, aunque se nota la disminución: en los años previos la media era de 4 a 10 por año.
ballenero ría Urumea s XIX
Ballena franca y ballenato en la ría del Urumea, frente a San Sebastián. S. XIX  
Y, como acontecimiento especial, el 14 de Mayo de 1.901 se cazó la última ballena franca frente a Orio, aunque se mató con dinamita al haberse perdido todo vestigio de la técnica tradicional de los arponeros. El suceso fue tan celebrado que incluso compusieron una canción, en la que figuraban los nombres de los patronos de las cinco chalupas que salieron en su persecución. El “animalito”, por cierto, midió 12 metros de largo y pesó 1.200 arrobas el cuerpo y 200 la lengua (muy apreciada). Como aclaración, una arroba (de la que nos ha quedado su abreviatura en forma del signo @), equivalía aproximadamente a 11’300 kg. Y digo aproximadamente porque variaba según la región o incluso en Hispanoamérica. Si no he hecho mal el cálculo, podemos estimar el peso de aquella última ballena en trece toneladas y media mas dos y pico la lengua…nada mal. Podían estar contentos los oriotarras…
balleneros la ballena de Orio, 1901
                 La última ballena franca, la de Orio, cazada con dinamita en 1.901
Entregados a semejante actividad, se calcula que hubo 47 puertos del Cantábrico con asentamientos balleneros y de ellos, la mayoría en Euzkadi, 14 lucen en sus escudos municipales la figura de una ballena, lo que nos da una idea de la importancia que supuso para su economía.
Escudo de Bermeo en ayuntamientoSeñal en LekeitioEscudo de Lekeitio
Ballenas, LequeitioBallenas, Castro Urdiales
Como ejemplo, de izquierda a derecha y de arriba abajo, escudo en la fachada del ayuntamiento de Bermeo, placa en una calle de Lekeitio, señal en Lekeitio, escudo municipal de Lekeitio y el de Castro Urdiales
3.- Un poco más lejos. La caza de la ballena en el Atlántico Norte
Según iban escaseando las ballenas francas en el Cantábrico, los arriesgados arrantzales fueron ampliando poco a poco su radio de acción. Y, navegando, navegando, llegaron hasta los lejanos mares del norte, a las costas de Noruega, de Islandia y sobre todo de los ricos bancos de Terranova. La primera cita “oficial” de vascos en Terranova se refiere a 1.531, pero por diversas vagas menciones y restos arqueológicos podemos sospechar que ya andaban por ahí en los años 1.375 y 1.412, unos cuantos años antes, por tanto, del descubrimiento oficial de América por Cristóbal Colón. Incluso se aventura que los vascos ya cazaban ballenas en las costas de la isla de Terranova y de la península del Labrador unos cien años antes. El motivo de ese “secretismo” es muy claro: los exploradores necesitan hacer públicos sus descubrimientos de cara a reclamar derechos de posesión de las tierras descubiertas. Los pescadores, por el contrario, y al igual que los que buscan setas, son muy reacios a contar dónde encuentran sus mejores presas, por aquello de evitar competencia.
ballena chalupa 4
Los barcos y los costes aumentan. Si cerca de los puertos la persecución se hacía con chalupas o traineras, siempre a la vista de la costa, la travesía del Atlántico es cosa seria y puede durar 60 días, saliendo a comienzos o a mediados de Junio, y se necesitan naos grandes, cuyo flete se paga o bien a través de sociedades, o bien a costa del dueño de la embarcación. Al tiempo deben cargar con suficiente comida, barriles para cargar el aceite, y una tripulación para el manejo del barco, en el que no pueden faltar los arponeros. Se calcula que partían a Terranova de 15 a 20 barcos cada verano, que volvían ya en otoño cargados con barriles llenos de saín en sus bodegas, en total unos 9.000 barriles del preciado aceite. Asimismo se calcula una cifra aproximada -ya se sabe, el “secretismo” de los pescadores- de entre 25.000 y 40.000 ballenas tan solo entre los años de 1.530 y 1.610.
La presencia de los vascos en Terranova y la península del Labrador está confirmada por restos arqueológicos de varios asentamientos permanentes en la costa, donde los arrantzales procesaban las ballenas capturadas y cocían en grandes hornos la grasa para extraer el saín, que a su vez guardaban en barriles para su transporte. El saín se usaba sobre todo para las lámparas, debido a que no producían humo ni mal olor. Del saín se consideraban tres categorías: el amarillo (el de mejor calidad), el blanco (algo inferior) y el rojo, que era el peor. Pero de las ballenas, como del cerdo, se aprovechaba todo. Cuando se cazaban en las costas del Cantábrico la carne era muy valorada, aunque en las lejanas factorías de Terranova no valía más que para el consumo local de los pescadores o para intercambio con los indios. La lengua, muy apreciada, si se podía se salaba para que aguantase más tiempo. Las barbas (con las que las ballenas filtran el plancton o los pescados pequeños de que se alimentan) eran utilizadas para corsés, vestidos o abanicos. Y los largos huesos de las mandíbulas se aprovechaban para hacer jambas, para las puertas.
Los asentamientos costeros han dejado testimonio de su origen vasco en el nombre de varias localizaciones de la actual Canadá: Port-aux-Basques, Miarritz, Placentia, Portutxa (“pequeño puerto”, hoy Port au Choix) u Opur Portu (“puerto de descanso”, hoy Port au Port), entre otras. Hace pocos años se localizó el pecio de la nao San Juan, construída en el puerto de Pasajes en 1.563 y que se hundió en Red Bay (península del Labrador, Canadá) en 1.565. Los científicos pudieron rescatar y estudiar el utillaje de un barco ballenero de la época, aunque después volvieron a depositarlo en el fondo, respetando los restos. Se calcula que se llegaron a reunir hasta nueve mil personas en algunas temporadas, estableciéndose relaciones amistosas con los nativos que trabajaban para los vascos a cambio de pan y sidra, que llevaban en gran cantidad en barriles y cuyo consumo les libraba del escorbuto (debida a falta de vitamina C), enfermedad frecuente en los marineros de largas travesías. La vida de los arrantzales en semejantes climas sin duda debió ser de todo menos fácil. Además de la dura faena de los pescadores, eran muy frecuentes las bajísimas temperaturas, los vientos, las fuertes corrientes o la presencia de hielos, más abundantes -y peligrosos- cuando el otoño se presentaba muy frío, como les pasó a los desgraciados vascos en Islandia, cuando la matanza de 1.615. Así, el documento civil más antiguo de cuando Canadá todavía no era Canadá, es el testamento del pescador vasco Domingo de Luca, fechado el 15 de mayo de 1.563, y donde se expresa la voluntad del moribundo:
…de llevarme de esta enfermedad de la presente vida que mi cuerpo sea sepultado en este puerto de Placencia (por el antiguo nombre de la actual Plentzia) a un lugar donde los que mueren suelen enterrar…
Aunque los barcos con los que atravesaban el Atlántico eran grandes naos, una vez avistadas las ballenas el acercamiento era, al igual que en la costera del Cantábrico, a bordo de chalupas. Las medidas podían variar, pero solían ser barcas de unos 8 metros de eslora (de largo), 2 de manga (de ancho) y cerca de 1 metro de puntal (desde la borda hasta el fondo de la nave). A veces incorporaban un mástil de quita y pon, para una pequeña vela, aunque la maniobra se hacía a base de remos. Hay numerosos restos rescatados y asimismo varias reconstrucciones pero, por lo general, la dotación constaba de 5 o 7 marineros, uno de ellos a cargo del remo de popa con el que dirigía el rumbo de la chalupa y, a la proa, el arponero que también remaba hasta que con la suficiente aproximación a la ballena, a unos diez metros, se ponía en pie para lanzar su arpón.
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Reconstrucción idealizada de una chalupa, según restos documentales
El arpón iba fijado a un largo cabo, generalmente sujeto a la chalupa y otras veces a una boya, para fatigar a la ballena en su huída. Una vez cansada la remataban a lanzazos. Las diferentes partes de la embarcación (quilla, cuadernas, tablazón, bancos) estaban hechas de madera de roble, de árboles talados en invierno, según vieja costumbre en la carpintería de la construcción o de los carpinteros de ribera, y además en la fase de luna menguante. Ellos no podían saberlo, pero era justo el momento (invierno y con luna menguante) en que menor cantidad de savia circula por el árbol, con menos azúcares por tanto, y por esa misma razón menos putrescible.
4.- Las ballenas, los cachalotes, Moby Dick y el Leviatán
Balleneros chalupa 1
En los inicios y en el golfo de Vizcaya la presa favorita fue la ballena vasca, o ballena franca, Eubalena glacialis, gracias a su abundancia y a que se movía muy cerca de la costa.Pero según aumentó la competencia y con ella la caza, se fueron haciendo más y más escasas, como reflejan los partes de capturas. A finales del siglo XV, la ballena franca comienza a escasear en el Cantábrico, aunque mientras hubo ballenas la caza continuó. Al expandirse los arrantzales hacia las costas de Terranova se encuentran con nuevas especies a las que aprovechan por su aceite, su carne, su lengua o sus barbas: la ballena de Groenlandia (para el que quiera ampliar información: Balaena mysticetus, parecida a la ballena franca en cuanto a carácter y que también flotaba tras morir por su abundancia de grasa) y otras como las ballenas grises, azules, rorcuales o una de las más apreciadas por los balleneros, el cachalote.
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Reproducción a tamaño natural de ballena de Groenlandia,en el Museo de las Ballenas de Reikiavik
Ballenas hay en todos los mares. En el mar Mediterráneo se han contabilizado hasta nueve especies de cetáceos. Además de los ubícuos delfines, algunas otras de gran tamaño, como rorcuales, calderones y cachalotes. En alguna de esas especies se ha comprobado hace tiempo la ruta que, tras atravesar el Estrecho de Gibraltar, realizan hasta el Golfo de Lyon, al sur de Francia, en su época de reproducción. Tanto en las costas del Estrecho como en el Golfo de Lyon se organizan hoy día salidas en barco para los turistas con el ecológico propósito de avistamiento de cetáceos. Durante mi estancia en Islandia salimos en un barco para el avistamiento de ballenas desde el puerto de Husavic, en el norte de la isla. En aquella ocasiones pudimos ver rorcuales. Por cierto: si tenéis ocasión de acercaros a Reikiavik os recomiendo no dejar de visitar el Museo de las Ballenas, en el puerto. En una gran nave se muestran reproducciones a tamaño natural  de unas 27 especies: desde delfines a orcas, pasando por cachalotes, ballenas grises y la más grande, la ballena azul. Impresiona verlas tan de cerca, realmente son animales enormes. Y aunque no viene al caso y hablando de museos en Reikiavik, otro museo “interesante” de visitar es el Museo Falológico (que no “falocrático”, de connotaciones machistas). Con una completísima colección de falos de muchas especies, entre ellos algunos guardados en urnas con formol como, por ejemplo, falos de cachalote de dos metros de largo, que despiertan el lógico asombro. El ambiente de los visitantes, sobra decirlo, es festivo, y casi nadie puede evitar una sonrisa en su cara.
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             “Posando” junto a un pene de cachalote, en el museo falológico de Reikiavik
En mis travesías en velero cerca de las Baleares he podido ver, además de los amistosos delfines, calderones, creo que algún rorcual y, yo no lo ví, pero alguno de mis colegas de marinería me lo contaron, encontraron una vez un cachalote muerto, flotando, al sur de la isla de Ibiza. No es frecuente pero de vez en cuando ha aparecido alguna ballena muerta varada en las costas de levante. Pero hasta el siglo XIX  y en la isla de Ibiza hubo su “momento ballenero”. Desde los acantilados de la costa sur de la isla había atalayas desde las que, al observar el paso de los cachalotes, daban aviso a los naturales que a bordo de barcas tipo chalupa o trainera perseguían a los cachalotes para, tras arponearlos, acercarlos a la costa.
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Navegantes antiguos y modernos no podían dejar de asombrarse ante lo que se encontraban. A la izquierda imagen medieval de ballena. A la derecha “hombre-pez”, posiblemente manatís del Caribe o vacas marinas (parientes de éstos) de los mares del Norte.
Griegos y romanos ya mencionaban, en sus navegaciones por el Mediterráneo, avistamientos de monstruos que, no es de extrañar, avivaron la fértil imaginación de los siempre supersticiosos marineros, dando lugar a numerosas leyendas, aunque no hay constancia de que las cazasen; si acaso, el aprovechamiento de alguno de aquellos cetáceos varados en la playa por casualidad. De hecho la palabra “cetáceo” (que da nombre a toda la familia de las ballenas) proviene del griego ketos, con la que denominaban a un monstruo marino. En la tradición judía y en el Antiguo Testamento aparece otro mito, el del Leviatán: monstruo asociado a Satán, inicialmente descrito como una larga serpiente enrollada que vive en el mar, aunque pronto el mito se desplaza a otros seres que los antiguos pueden contemplar a menudo en sus navegaciones y que les infunden el mismo terror: las ballenas. Las citas son abundantes:
…Leviatán hace que brille una senda tras sí; se diría que el profundo mar es cano… (Job)
Allí andan navíos; allí está el Leviatán que hiciste para que jugase en ella…(Salmos)
Y, siguiendo a la Biblia, muchas otras citas:
Esa bestia marina, el Leviatán, que entre todas las obras de Dios es la más grande que nada en las corrientes oceánicas (“El Paraíso perdido”, Milton)
Allí el Leviatán, la más inmensa de las criaturas vivientes, en las profundidades extendida como un promontorio duerme o nada, y parece una tierra en movimiento; y por sus agallas aspira y al aspirar arroja todo un mar… (Ibid).
Llegado a este punto he de mencionaros una novela muy conocida -y recomendable-,  Moby Dick, del norteamericano Herman Melville. Escritor de vida aventurera, él mismo estuvo embarcado en barcos balleneros, y sabe muy bien de lo que habla cuando nos cuenta las aventuras del barco Pequod y las obsesiones de su capitán Ahab, en su búsqueda por todos los mares de la mítica ballena blanca, en este caso un cachalote. Y de la mano (mejor dicho: de la aleta) de Moby Dick, llegamos al puerto de Nantucket.
balleneros nantucket 1881
                              Vista del puerto de Nantucket en 1.881
Nantucket es una pequeña isla, al sureste de Boston, en la costa atlántica que, junto a New Bedford, constituyeron los dos principales puertos balleneros de los Estados Unidos. Fue famosa por su industria ballenera, que se extendió desde el año 1.712 hasta finales del siglo XIX. Sólo mencionar que entre ambos puertos y en el periodo entre 1.820 y 1.850 se cazaron unas 10.000 ballenas al año, con más de 700 barcos actuando en todos los mares y unas 70.000 personas asociadas a la caza y al comercio, lo que la convirtió en toda una potencia económica. Y cuando digo una potencia, es porque se trataba de una actividad con resultados millonarios. De una sola ballena, según tamaño, se podían conseguir de 40 a 90 barriles de aceite. Un barco pequeño podía cargar 800 barriles mientras que un barco grande tenía capacidad hasta 3.000 toneles. Y cada barril (los había de 35 o de 42 galones, cada galón equivalente a 3’8 litros en la medida americana, o 4,5 litros en la medida inglesa) venía a suponer entre 4.000 y 5.000 euros actuales. Sólo hay que hacer números.
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                                 Calderos para cocer la grasa y purificar el saín
El aceite se purificaba hirviendo la grasa en grandes calderos. Cuando se puede y tras trocear la ballena, el trabajo se hace en la misma costa, en grandes hornos donde en calderos se cuece la grasa.
Cuando comienza la época de las largas navegaciones, el proceso se hace en los mismos barcos. Tras arponearlas se las amarraba al costado del barco donde comenzaba la faena de trocearlas e ir procesando la grasa para obtener el aceite o saín, como se llamaba en España. Ya comenté que de la grasa se consideraban tres clases: la amarilla (de mejor calidad), la blanca (intermedia) y la roja, la de peor calidad. Pero cuando las ballenas de Groenlandia o las francas van escaseando, la actividad de los balleneros sin desdeñar la caza de las ballenas, acaba por especializarse en otro gran cetáceo común en todos los mares y con más posibilidades comerciales: el cachalote.
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Reproducción a tamaño natural de cachalote, en el Museo de Reikiavik
El cachalote (Phiseter macrocephalus), por su aspecto peculiar debido a su gran cabeza, seguramente sea el cetáceo más popular y reconocible por todos. No está del todo claro pero la palabra “cachalote” parece provenir del francés arcaico de la Gascuña: “cachau” (pronunciado “cachó”) = “dentón”, o del portugués “cachola” = “cabezón”. En un documento de 1.710 aparece reflejado como “trompa”, así como en documentos gallegos de los siglos XVI y XVII, seguramente por su enorme “cabezón”. El cachalote  pertenece al grupo de las ballenas “con dientes” (como el delfín o los calderones), por oposición a las ballenas “con barbas” (como son la franca, la de Groenlandia, la ballena azul y otras especies). Los machos de cachalote llegan a alcanzar los 20 metros de largo y un peso de hasta 45 toneladas. Pero el cachalote, además de su grasa, contiene en su enorme cabeza gran cantidad de un producto que se vuelve muy apreciado, el espermaceti, y que el animal utiliza como control de flotación en sus largas inmersiones (a más de mil metros de profundidad) en su busca de su presa favorita: el calamar gigante.
Químicamente la grasa de la ballena no es exactamente una grasa, sino más bien una estearina, una cera muy blanda, muy apreciada para velas y lámparas por lo que ya comenté de que al arder no produce apenas humo ni mal olor. El espermaceti de la cabeza del cachalote es un palmitato (éster de alcohol cetílico y ácido palmítico), y muy similar al aceite de la yoyoba (Simmondsia chinensis)un arbusto del desierto de Sonora y del Mojave y, como el espermaceti muy utilizado en cosmética, como fijador para la industria de la perfumería. Una vez cazado el cachalote, el espermaceti se sacaba de la cabeza del animal a través de un agujero en la cabeza, con un cubo o incluso introduciéndose un hombre en la cavidad, y almacenado para su transporte posterior en barriles.
De un cachalote grande se podían sacar hasta tres toneladas de espermaceti, y sólo comentar que era aún más caro que el saín. Pero no acababa ahí el aprovechamiento del animal. En sus intestinos se buscaban pedazos de ámbar gris, un producto ceroso, de olor dulzón y terroso, parecido al del alcohol isopropílico formado a partir de la secreción biliar y que facilitaba el tránsito intestinal de objetos duros y afilados, como el pico de los calamares gigantes de que se alimenta. El ámbar gris se encuentra a veces en las playas, al ser expulsado por los cachalotes en sus heces, pero cuando los cazaban los balleneros lo buscaban en sus intestinos debido al alto precio que alcanzaban. Hoy día y, en bruto, se cotiza a unos 10 dólares el gramo. Los trozos que aparece en las playas puede pesar de pocos gramos hasta 45 kilos. El récord  lo consiguió un trozo encontrado en el intestino de un cachalote, cazado en 1.912, que alcanzó el respetable tamaño de 454 kilogramos. Todo un tesoro.
Pero, pese a su valor como presa, el cachalote presentaba un problema: su agresividad. Al contrario que las pacíficas ballenas francas o las de Groenlandia, cuya mayor defensa podía ser, en todo caso, un coletazo accidental (bueno, ¡un pedazo coletazo, en todo caso!), los cachalotes podían revolverse contra las chalupas, atacándolas al sentirse arponeadas o al verse rodeadas o incluso, en el caso de los grandes machos, para proteger a sus hembras y a sus ballenatos. Los balleneros refieren varios casos en los que partieron las chalupas a mordiscos de sus largas y fuertes mandíbulas. Un caso que se hizo muy famoso en su día fue el hundimiento del ballenero Essex.
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Imagen del ballenero Essex. A su derecha, Mocha Dick, con una anotación del día de su hundimiento
El Essex era un barco de los de la flota ballenera de Nantucket, de 27 metros de eslora (recordemos para los poco avezados en la marinería: de largo) y 238 toneladas de peso. Había sido construído en 1.799 y aunque reforzado, era ya un casco viejo. El barco partió de Nantucket el 12 de Agosto de 1.819 y tras largo periplo y teniendo ya sus bodegas casi llenas, el 20 de Noviembre de 1.820 fue embestido -dos veces, una tras otra- por un gran cachalote macho que defendía a sus hembras, con la consecuencia de destrozar el casco y provocar su hundimiento en el Pacífico Sur. Al parecer y según contaron las crónicas, el cachalote era un viejo conocido, experto en escapar de los arponeros y del que se contaba -no hay que descartar alguna exageración propia de pescadores- que había conseguido burlar más de cien veces a sus tenaces perseguidores. Según los supervivientes, le calcularon una longitud de 26 metros…y calculaban muy bien a ojo, estaban acostumbrados. En el mundillo de los balleneros donde todos se conocían hasta le pusieron un nombre: Mocha Dick…por la isla chilena de Mocha, donde se le solía ver. ¿No os recuerda a “alguien” el nombre?… Efectivamente: a Moby Dick, protagonista de la novela publicada en 1.851 (no mucho después) y a cuyo autor sirvió de inspiración. Para más “casualidad”, Mocha Dick era un cachalote blanco (…¡era blanco como la lana!…, dejó escrito en sus memorias uno de los supervivientes).
La tragedia del Essex, “basada en hechos reales” como se suele decir en las películas, no fue sólo el hundimiento del barco, sino las desgracias de la tripulación. Los ventiún marineros consiguieron escapar en tres chalupas, tras rescatar del barco que se hundía agua dulce, bizcocho marinero, un par de grandes tortugas capturadas en las Galápagos, un par de cerdos vivos y algo de herramienta y armamento. Tras un mes de vagar, racionando comida y agua por el Pacífico, arribaron por fin a la pequeña isla deshabitada de Henderson, en el archipiélago de las Pitcairn (donde a otra de sus islas habían llegado años antes, huyendo de la justicia, los protagonistas del motín de la Bounty), un islote en medio del Pacífico y lejos de todo. Allí encontraron un pequeño hilo de agua dulce y subsistieron unos pocos días marisqueando o cazando aves marinas, pero los recursos se acabaron y, dejando tres hombres que prefirieron quedarse en la isla, los demás decidieron intentar la huída en dos de los botes.
Tras dos meses más vagando por el mar (en total fueron 93 días desde el hundimiento del Essex), muriendo de hambre y enfermedades y hasta que por fin pudieron ser rescatados, los náufragos acabaron recurriendo para sobrevivir y atenazados por el hambre, a comerse a los muertos, e incluso decidiendo a quien matar para poder comérselo. De los ventiún marineros, sólo ocho sobrevivieron. Dos de ellos, uno de los arponeros y un grumete de 14 años, escribieron sendos relatos de sus desgracias. Herman Melville, antes de escribir su novela Moby Dick, tuvo la ocasión de hablaren Nantucket con el hijo de uno de los supervivientes. De hecho Melville tenía en su poder un ejemplar del libro La narración del más extraordinario y desastroso naufragio del ballenero Essex, escrito por el arponero Owen Chase, en el que había hecho anotaciones de su puño y letra.
Está claro que la tragedia del Essex y la ballena Mocha Dick inspiraron a Melville para escribir su novela. Creo que no hace falta que os la cuente, Moby Dick, por su relato como libro de aventuras y, sobre todo, por la satánica amenaza de la ballena blanca, ha quedado en nuestro imaginario como una de las novelas más famosas de la literatura occidental. Algún crítico literario -hay gustos para todos los colores- ha dicho que no pudo pasar de las primeras páginas, pero el criterio general la sitúa como una de las obras cumbres de la novelística. Yo, en particular, la he leído dos veces: la primera, en mi lejana adolescencia (por su atracción como libro de aventuras). Y la segunda hace unos meses en la que, como muchos otros ejemplos, la captas, la “disfrutas” mucho mejor. Tanto si alguna vez habéis navegado como si no, la descripción de las travesías y de las ballenas (es un completo tratado de cetología, se nota que Melville sabía del tema), como el duro trabajo de los balleneros a bordo y, sobre todo, esa obsesión patológica del capitán Ahab hasta que, por fin, se enfrenta con su Leviatán particular, con la ballena blanca, aún a sabiendas como todos nos “olemos” desde el principio, que va a arrastrar a todos los suyos al infierno. Con semejante y tremebundo “guión” se han hecho varias películas sobre Moby Dick, aunque al fin y al cabo sea sólo ficción. Sobre la tragedia del Essex también se hizo al menos que yo sepa una película: En el corazón del mar, estrenada en el 2.015. Yo no la he visto pero, y esta vez sí, como dicen en el cine: “basada en hechos reales”.
La caza de la ballena se había extendido a todos los mares: desde el Ártico al Antártico y desde el Atlántico al Pacífico. Los barcos partían de Nantucket suficientemente provistos de agua y alimentos para travesías que se prolongaban uno, dos años o más, hasta cinco años las más dilatadas. Tan extensas expediciones se debieron al control que sobre la caza de las ballenas plantearon los británicos en el Atlántico Norte, plantando cara a los balleneros vascos a partir de 1.610, intentando monopolizar la costa noruega desde la isla de Spitzbergen (archipiélago de Svalbard, al norte del Círculo Polar Ártico). A partir de 1.612 les siguen los holandeses, y poco más tarde alemanes, daneses y los propios noruegos. Pero los siempre hábiles negociadores ingleses mediante el Tratado de Utrech (en 1.713) consiguen que los territorios de pesca de Terranova pasen oficialmente a manos británicas ascendiendo a Gran Bretaña como principal potencia ballenera.
Catedral San Bavón de Gante
Esqueleto de yubarta en la catedral de San Bavón de Gante (Bélgica). Foto tomada por mi amigo Luis Martínez Guerrero. En 2015 el animal, de 12 metros de longitud, entró en el puerto de Gante en el interior del bulbo de una embarcación procedente de Brasil. Había muerto en el mar y fue recogido por los bomberos. Fue entregado a la universidad donde le pusieron el nombre de Leo
Se buscaron nuevas zonas de caza libres de los límites territoriales, como el Pacífico Sur o los mares antárticos. Pero según iban mejorando los barcos surgieron avances técnicos que facilitaban las capturas. Así, con la aparición de los cañones arponeros patentados en Noruega y disparados desde el propio barco con lo que la peligrosa aproximación de las chalupas ya no fue necesaria, arpones a los que se dotó además con explosivo en la punta (100 gramos de pentrita, un explosivo plástico), arpones que, frente a los aproximadamente 10 kilos de los “manuales”, pesaban unos 80 kilogramos. Letal, para las ballenas. El punto álgido llegó en la temporada de caza entre los años 1.930 y 1.931 en la que, y tan sólo en aguas de la Antártida, se organizaron expediciones, a cargo de 232 barcos balleneros. En ese periodo se cazaron 40.000 ballenas…sí: cuarenta mil ballenas, a lo largo de un año…
Balleneros japoneses
Ballenero japonés dotado de cañón lanza-arpones en la proa, y su presa colgando antes de remolcarla
Con semejantes matanzas algunas especies de ballenas  comenzaron a correr un serio peligro de extinción. Así, la gran ballena azul o rorcual azul, la ballena más grande que puede alcanzar los 30 metros de longitud, y ahora presa apetecible para los grandes barcos, vio descender su número desde los 150.000 ejemplares que se calculaban en 1.920 a los escasos 1.000 individuos de la actualidad. De las ballenas, como del cerdo, ahora se aprovechaba casi todo: además de su carne congelada para consumo humano, la harina de carne y de sus huesos para la alimentación animal y para abonos, la piel, la grasa y sus barbas. Aunque ya menos apreciadas, en 1.890 se pagaban 1.500 libras esterlinas por una tonelada de barbas, y una ballena grande producía más de esa cantidad…
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Barbas de ballena, de rorcual en este caso. En la fotografía de la derecha, rorcual en la factoría gallega de Caneliñas, donde se pueden ver las barbas. Más cortas que las de la ballena franca y la de Groenlandia
Para paliar el desastre, en 1.946 se creó la Comisión Ballenera Internacional. Ya en 1.935 la Liga de Naciones  auspició un primer borrador para regular la caza y el comercio aunque al comienzo sólo lo suscribieron Gran Bretaña y Noruega, los dos principales países cazadores: entre los dos cazaban más del 95% de las  30.000 ballenas cazadas anualmente. Poco a poco se fueron adhiriendo más países. Inicialmente se decretó la prohibición o veda de nueve meses al año, así como la protección de hembras y crías, y zonas de reserva. En 1.972 se aprobó en Estocolmo una moratoria de 10 años para la caza comercial y que las poblaciones pudieran recuperarse. Con altibajos, con muchas reticencias por algunos países que han ido cediendo a causa de las presiones internacionales, por fin en 1.985 se decretó el fin de la caza comercial…aunque dejando una puerta abierta para la “caza científica”, en su artículo VIII. Actualmente y por esa “puerta falsa”, Japón reconoce la prohibición comercial, pero sigue cazando unas 400 ballenas cada año aduciendo que es con fines científicos (aunque, por supuesto, comercializan sus productos). Islandia y Noruega siguen también, de una forma o de otra, eludiendo la ley.
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                         Carne de ballena en un supermercado de Japón
Hoy la Comisión Ballenera Internacional tan solo concede permisos excepcionales para la caza comercial: un pequeño cupo de 260 ejemplares al año para los inuit (los esquimales) de Alaska y Groenlandia, y 20 ejemplares al año para los indígenas de Kamchatka, al norte de Siberia, y ello respetando su cultura de susbsistencia y su método tradicional de caza, a bordo de canoas y con arpones, como en los viejos tiempos…como cuando los vascos. Incluso en las islas Azores, donde los balleneros de Nantucket recalaban para reclutar a sus diestros arponeros, y donde se mantenía la caza tradicional a la vieja usanza con chalupas, se abolió definitivamente la caza. El último cachalote se arponeó desde la isla de Pico, en 1.987.
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Secuencia de la caza del cachalote en las islas Azores antes de la prohibición. El arponero lanza su arpón, el cachalote arroja sangre por el espiráculo al resultar herido, la lancha se aparta para evitar posibles ataques por el animal que, finalmente, flota muerto.
(Fotografías sueltas de un viejo ejemplar de la revista Aventura, no tengo datos del autor del reportaje ni de las fotos)
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Peculiar técnica de arponeo saltando desde una rampa en la proa de las canoas, en Lamalera, isla de Lembata (Indonesia). No he conseguido enterarme si la Comisión lo permite o no, pero desde luego demuestran valor.
5.- El bacalao, un pez que estuvo a punto de extinguirse. El skrei noruego
Un poco en paralelo a la caza de las ballenas y la exploración de las costas de Terranova, fue la pesca del bacalao. En 1.497 el genovés Giovanni Caboto, al servicio de la corona de Inglaterra bajo el nombre de John Cabot, emprendió viaje bajo el patrocinio del rey Enrique VII hacia el Nuevo Mundo recién descubierto por su (presunto) paisano Cristóbal Colón, descubriendo tierra firme a los 35 días de haber partido del puerto de Bristol. Ya junto a las costas de lo que aún no se llamaba Terranova, descubrió tales bancos de bacalao que a su regreso contó, literalmente, que…se podía andar sobre ellos…, o que con sólo lanzar una cesta al mar, se la podía sacar repleta de pescado… En 1.537, 37 años después de los informes de John Cabot, el francés Jacques Cartier se adjudicó el “honor” del descubrimiento de aquella “Terra Nova”: tierra nueva, aunque admitiendo en sus informes la presencia allí de “mil pescadores vascos”… Ya se sabe: los descubridores reivindican, los pescadores callan…
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                                 La pesca del bacalao en el siglo XVIII
Semejante abundancia tiene su explicación: el llamado Gran Banco de Terranova se extiende muchas millas hacia el sur de esta isla. La plataforma continental se extiende mar adentro, con una profundidad media de entre 25 y 100 metros, hasta un máximo de 200 metros. Ello, unido a que aquí se encuentran dos corrientes: la fría del Labrador, pegada a la costa, y la cálida del Golfo, más exterior, convierte a este banco en un lugar donde prolifera el fitoplancton y el zooplancton, constituídos por algas y por krill, respectivamente, alimento a su vez de bancos de pequeños peces que, a su vez, son el alimento de los grandes bacalaos, formando uno de los caladeros más ricos en pesca del mundo. Una situación parecida al del llamado Gran Sol (del francés “Grand Sole”: gran lenguado), entre los paralelos 48 y 60 al oeste de las Islas Británicas, tradicional caladero de merluza, otro pez de gran importancia económica y explotado hace siglos por vascos, franceses y británicos.
Desde 1.371 ya hay documentos que demuestran que los vascos traían bacalao a Europa, aunque desde el año 1.000 ya lo salaban y exportaban. Lo que no decían (secretismo de pescadores) era dónde lo pescaban. La importancia económica del bacalao (nombre científico: Gadus morhua) consistía primero, en su gran abundancia y tamaño. Los bacalaos viven hasta 20 años, pero ya a los 10 alcanzan una longitud de más de un metro y un peso de entre 15 y 25 kilogramos. El mayor ejemplar del que se tiene noticia fue pescado frente a las costas americanas y alcanzó un peso de 80 kilogramos. El segundo factor era la facilidad de su conservación en sal una vez limpio de cabeza y tripas, lo que a su vez produjo un comercio de la sal -sujeta a los inevitables impuestos- procedente sobre todo de España. La conservación se favorecía además al ser un pescado muy bajo en grasa, un 2% solamente. Y, por último, porque la Iglesia permitió su consumo los viernes, día de abstinencia para la carne, lo que multiplicó su demanda. El bacalao se convirtió en un alimento barato y muy popular que se consumía en toda Europa. En concreto en España, a mediados del siglo XX el consumo de bacalao se evaluaba en unas 40.000 toneladas al año, que se completaba (además de la pesca “nacional”) mediante importaciones, que suponían un gasto de entre 25 y 30 millones de pesetas/oro. Los ingresos de la Hacienda Pública por aranceles de importación llegaron a suponer el tercer monto en cantidad tras el café y el petróleo.
En el siglo XVII el político y ensayista inglés Francis Bacon ya decía que:
estas pesquerías (las del bacalao) eran de más provecho que todas las minas del Perú…
Y el aristócrata y explorador francés, Nicolás Denys, nos ilustra sobre las condiciones de los pescadores:
son los vascos entre todos los que practican esta pesca los más hábiles, los de La Rochela ocupan el segundo lugar, después de éstos los insulares que están a los alrededores, luego los bordeleses y depués los bretones. De todos estos lugares puede ser que vaya allí cien, ciento veinte o ciento cincuenta naves todos los años…En cuanto a las condiciones son diferentes. Los vascos se rigen según la carga del barco, éste se valora por la cantidad de quintales de pescado que pueden cargar. Los armadores acuerdan con la tripulación, que son dos o trescientas partes, y dan al capitán un cierto número de partes, según la reputación que tiene en su cargo, al maestre del secadero tanto, al piloto tanto, a los guardarropas tanto, a los maestres de chalupas tanto, a los armadores y aguadores tanto a cada uno y a los marineros tantas partes a cada uno. Al volver el navío si no traen el número de quintales convenido se rebaja a cada uno a prorrateo lo que falta de la parte que debía haber, pero si traen mayor cantidad de les aumenta de la misma manera… (“Descripción Geográfica e Histórica de las costas de América Septentrional”, Nicolás Denys, S.XVII).
 En Euskadi se hacían dos campañas al año: desde mediados de Enero, “hacia el día de San Sebastián” (20 de Enero, patrón de Donosti, que se continúa celebrando con la “tamborrada”) hasta Julio, unos 4 o 6 meses, hasta completar la carga del barco, con las provisiones necesarias para seis meses. En el siglo XVI, inicialmente los barcos tenían capacidad para 100 toneladas; según aumentó el tamaño de los barcos también aumentó la capacidad de la bodega: entre 600 y 1.100 toneladas. Tras un descanso de veinte días en tierra, tras descargar y preparar el barco, volvían a partir hasta poco antes de las Navidades, en que se regresaba con lo que se hubiera podido pescar.
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Procesado del bacalao en Euzkadi, en el que intervenían tanto hombres como mujeres
Una vez llegados a la zona de los bancos de bacalao, se replegaban las velas y se dejaba el barco al pairo, a merced de las corrientes. Se bajaban entonces las chalupas con capacidad para uno o dos marineros y para, desde ellas, lanzar las artes. Los bancos de pesca se encontraban en zonas de frecuentes temporales y de muy bajas temperaturas: a veces bajaban de los 20º bajo cero, con tanto hielo en cubierta que había que eliminarlo a hachazos para que el barco no se desestabilizase. Aunque no navegaban tan al norte como los balleneros, no era rara la presencia de témpanos de hielo ante los que había que guardar precauciones. Y al ser zonas de encuentro de dos corrientes (la fría de Groenlandia y la cálida del Golfo), las nieblas eran frecuentes y muy espesas. Para que las chalupas no se extraviasen entre la niebla, se sujetaban al barco con cabos, de una longitud de hasta cinco mil metros. Hasta que en los años 40 del pasado siglo no se estandarizaron los radares, los riesgos de colisión con otros barcos a causa de la niebla eran un peligro frecuente, avisando de su posición con toques de bocina, aunque hubo varios casos de barcos chocados y hundidos.
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Bacaladeros vascos en Terranova, en plena faena. Mediados siglo XX
La pesca originalmente era a mano, con anzuelo, con una captura media de entre 25 y 200 bacalaos por marinero al día, aunque hubo casos excepcionales de 400 ejemplares diarios. Desde las chalupas se soltaban hasta 24 palangres, largos cabos de más de 100 metros cada uno, desde donde colgaban las brazoladas a cuyo extremo iban los anzuelos, y de los que iban tirando periódicamente para liberar las capturas. Una modalidad que se utilizó al principio era sujetar, clavados a cada lado del barco, una serie de barriles cortados por la mitad, de aproximadamente un metro de alto, donde se metían los pescadores. Para estabilizarse y evitar la caída al mar con los bandazos del barco, se rellenaban hasta la mitad con serrín húmedo para sujetar mejor las piernas.
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                                       Factoría de procesado del bacalao

Las condiciones de vida de los pescadores de bacalao eran incluso más duras que las de los cazadores de ballenas: turnos de 12 horas de trabajo y 6 de descanso. La tripulación constaba de 15 a 20 hombres, rotando para no parar el trabajo. Hacinados en bodega, la dieta era a base del propio bacalao, tres cuartos de litro de vino al día y algo de fruta, sobre todo manzanas. Un complemento habitual era una sopa elaborada a base de cocer las cabezas del pez. Los que no estaban pescando trabajaban en cubierta: descabezando, desventrando (guardando el hígado, muy valorado), desespinando y, ya en plano, salado en capas, renovando la sal cada tres días. El secado posterior se haría con los bacalaos colgados, en tierra.
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                                                 Secadero de bacalao
Tras el descubrimiento de Terranova, en la costa atlántica del Canadá, la pesca del bacalao pronto fue adoptada por todos los países de Europa Occidental: Francia, España, Portugal, Inglaterra y Holanda, principalmente. La pesca era intensiva: hasta comienzos del siglo XX la cantidad oscilaba en torno a 300.000 toneladas, en total. Pero fue a partir de los años 50 cuando con la ayuda de los barcos frigoríficos y dotados de redes de arrastre y sónar para detectar los bancos de peces, las capturas alcanzaron el máximo en el año 1.965, de 800.000 toneladas anuales. Pero ya nada volvió a ser igual. Si el bacalao es un pez muy prolífico y capaz de recuperarse de las pérdidas debidos a una extracción moderada (aunque fuera en esas cantidades), a partir de ese momento se superó lo que se conoce como la “tasa de regeneración” y las capturas comenzaron a caer en picado.
En 1.968 las capturas descendieron a 63.000 toneladas, que bajaron a 8.000 a principios de los 80, y a menos de 1.000 a comienzos de los 90.Varios países ribereños (Canadá, Noruega e Islandia) establecieron en 1.977 la inclusión territorial de 200 millas alrededor de sus costas, prohibiendo faenar a barcos de otras nacionalidades. Visto lo visto, el 2 de Julio de 1.992 se produjo una moratoria total de la pesca comercial, que dejó en el paro a 40.000 personas tan sólo considerando los que vivían de la pesca y el procesado del bacalao en las costas de Terranova. En el año 2.007 se pudo volver a pescar, pero sólo se consiguieron 2.700 toneladas. Se calcula que sus poblaciones no llegan en la actualidad al 1% de la que había en 1.977. De hecho, el bacalao ha sido catalogado como “especie amenazada de extinción”. En el puerto vasco de Pasajes quedan unos pocos barcos que realizan las campañas de bacalao, aunque sólo de 2 o 3 meses, y previa licencia, en las islas noruegas de Svalbard.
Un “recurso renovable”: el bacalao skrei.
Ejemplos de agotamiento por sobreexplotación, que pueden llegar a la extinción, los tenemos a cientos. En el caso de los cetáceos, desde el caso de la ballena franca del Golfo de Vizcaya al gran rorcual azul.Pero no es un problema moderno: ya en tiempos de la Grecia clásica, la sobreexplotación de los bancos de sardina en el Mar Negro, abundantísima en su momento, hicieron que ya no fuese rentable su pesca. Ahora mismo se ha planteado en el Golfo de Vizcaya establecer una veda o moratoria prohibiendo la pesca de la sardina durante unos años, a la vista de la progresiva escasez de las capturas por una reducción en la población de sardina cántabra. La moratoria se ha reducido, por presiones de España y Portugal ante la Comisión Europea de la Pesca, a una veda limitada a un máximo de 14.600 toneladas al año, a partir del 1 de Mayo del 2018. Un ejemplo de lo que representa un “consumo sostenible” nos lo da el bacalao skrei, del noruego: el “nómada”.
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Esta moneda de 1 corona no es noruega sino islandesa, pero también refleja uno de sus “tesoros”: el bacalao
Entre los meses de Febrero y Abril el bacalao baja desde el mar Ártico, bordeando la costa noruega hasta su lugar de desove, en las islas Lofoten, por encima del Círculo Polar Ártico. Pero los noruegos, con su mentalidad “escandinava” y para evitar sobrepesca lo tienen sometido a un rígido control, con ayuda del Skrei Patrol, una patrulla de barcos con vigilantes que supervisa todo el proceso de la pesca, de los tamaños de los peces y de su tratamiento posterior. Se controla desde el número de barcos a los que conceden licencias, hasta la cantidad máxima para cada barco y, por supuesto, en la época adecuada. El proceso de preparación es igualmente exquisito: una vez en tierra, lo descabezan y desventran, aunque no les quitan la espina. De hecho, el bacalao skrei ni se sala ni se congela, sólo se refrigera, y además el hielo se pone en las cajas por delante y por detrás del bacalao, nunca por encima, para evitar las alteraciones debidas a la congelación de la carne.
El descabezado y la extracción de las cocochas (parte de la carne bajo las agallas, algo así como la papada del atún) y de las lenguas, muy apreciadas, lo realizan chavales noruegos de entre 14 y 18 años de las localidades donde se faena. Nada que ver -con perdón- con los niños negros que vemos en los documentales de países exóticos ayudando a sus mayores. Estos chicos están contratados, son todos voluntarios, reciben un buen sueldo, y están contentos de ayudar en la faena a sus mayores, y además sacarse un buen dinerito. Todo un ejemplo, el de Noruega. ¡Ah!, y además el skrei está exquisito, con una carne blanca sin grasa que se deshace en la boca.
6.- Se acabaron las ballenas. Comienza el pirateo
Para los que queráis profundizar en el tema de los corsarios vascos os recomiendo ver la página “Bertrán-5-corsarios y piratas”, muy completo y documentado, como a mí me gustan. Me ha servido para recabar documentación, y desde aquí se lo agradezco, aunque no sido el único consultado.
Se establece una distinción entre piratas y corsarios. Se llama pirata a todo aquel que en el mar y por su cuenta captura otros barcos para robarles, bien la carga, bien el propio barco, o incluso para tomar a la tripulación como rehén de cara a rescates o a venderles como esclavos. La piratería siempre fue perseguida y los piratas sabían que se arriesgaban caso de ser capturados, a pena de horca o de ser condenados a galeras. Por contra, navegar con “patente de corso” era muy parecido, salvo en que actuaban bajo la cobertura o por mandato directo de alguna corona. El límite entre uno u otro era una línea a veces un tanto confusa, y con frecuencia los corsarios eran tachados por las víctimas como simples piratas.
En un mar tan frecuentado como el Golfo de Vizcaya, y sujetos a la jurisdicción de las coronas española y francesa, más las apariciones de ingleses u holandeses, las acciones del corso/piratería fueron frecuentes desde los comienzos de la navegación. Si bien el objeto eran barcos con cualquier tipo de comercio, al hacerse frecuente la pesca del bacalao o la caza de la ballena, carga de mucho más valor, los pesqueros se convirtieron en presa favorita de los corsarios/piratas. Y a su vez, muchos de estos pesqueros desvalijados, comenzaron a atacar a otros barcos. Ya en una fecha tan temprana como el año 1.304 hay menciones a piratas vascos que se echaban a la mar para asaltar barcos mercantes. En el siglo XIV Eduardo III de Inglaterra se queja de tener que enfrentarse a los piratas y corsarios vascos:
tanta es su soberbia que habiendo reunido en las partes de Flandes una inmensa escuadra, tripulada de gente armada, no solamente se jactan de destruir del todo nuestros navíos y dominar el mar anglicano, sino también de invadir nuestro reino…(¡y aún faltaba tiempo para lo de la Armada Invencible!).
Así, Fernando el Católico concede cédulas de patente de corso en 1,497 y 1.498 a guipuzcoanos y vizcaínos. Los vascofranceses de San Juan de Luz, por su parte, reciben de la corona francesa una patente de corso en 1.528. En 1.555 un tal Martín Cardez, de San Sebastián, llegó a capturar 42 naves francesas cargadas con bacalao. A finales del siglo XV un tal Antón de Garay, vizcaíno, se inició en el corso del Atlántico, aunque no debió tener patente real como tal o bien se confundió de enemigo, ya que murió ajusticiado por la corona española bajo la acusación de piratería. Ya desde 1.480 el guipuzcoano Juan Martínez de Elduayen hacía lo mismo, pirateando a los suyos. Se apropió de tres pinazas de Fuenterrabía que llevaban mercaderías francesas, ya que la carga, si procedía de país enemigo, era susceptible de corso:
so color de ciertas cartas de marca y represarias que dis que teníades desde en tiempo de la guerra…
En el siglo XVII los dos principales puertos corsarios fueron San Sebastián y Fuenterrabía. Entre los siglos XVII y XVIII, sólo el señorío de Vizcaya contaba con 77 barcos corsarios. Cuando estalla la guerra con Holanda en 1.621, y hasta 1.635 en que comenzó la guerra hispano-francesa, estas dos localidades se convirtieron en las principales suministradoras de corsarios al servicio del rey. La “patente de corso” era todo un contrato establecido entre la corona y los armadores. Para hacer el corso ya no bastaban los barcos de pesca, más lentos y pensados para acumular carga, sino que se necesitaban barcos más ligeros, tipo fragata, tripulados por soldados o, lo que era más frecuente, gente armada, aunque el interés del corso no era destruir el barco enemigo -que valía para pedir rescates o integrarlo en su propia flota- sino sobre todo hacerse con la carga. Por ello más que “batallas navales” con el empleo de cañones, se intentaba siempre el abordaje, aunque los intercambios de disparos y sablazos fueron inevitables. Como ejemplo de lo que era una “patente de corso” valga este contrato, suscrito entre la Corona (¡ojo, firmado en Madrid!) y el armador de la fragata donostiarra Nuestra Señora del Rosario, en 1.690, donde se especifica muy claro a los barcos de qué potencias pueden atacar, o los límites geográficos de sus correrías:
en virtud de la presente, permito al dicho capitán, Pedro de Ezábal, que en conformidad de las Ordenanzas del Corso, de 29 de Diciembre de 1621 y 12 de Septiembre de 1624, puede salir a corso con la referida fragata gente de guerra, armas y municiones necesarias, y recorrer las costas de España, Berbería y las de Francia, pelear y apresar los bajeles que de la nación francesa encontrare, por la guerra declarada con aquella corona; y a los demás corsarios turcos y moros que pudiere; y a otras embarcaciones que fuesen de enemigos de mi Real Corona, con calidad y declaración que no puede ir ni pasar con la fragata a las costas del Brasil, islas de las Terceras, Madera y Canarias, ni a las costas de las Indias con ningún pretexto…Dado en Madrid, a 28 de Agosto de 1690. Yo, el Rey…
La proximidad de los puertos vascos, tanto españoles como franceses, hacen que el corso apenas conozca treguas. En 1.528 y con ocasión de la guerra declarada (¡otra vez!) contra Francia e Inglaterra, dan carta blanca desde el puerto francés de la Rochelle a tres capitanes, dos de ellos con apellidos vascos: Harismendi, Dolabarantz y Duconte. Otro corsario vascofrancés famoso fue Joanes de Suhigaraychipi, de Bayona, conocido como “Le Coursic”: “el corsarito” (debía ser bajito). Con su fragata La Légère, armada con 24 cañones, fue autorizado por el rey de Francia para practicar el corso contra España y Holanda. En seis años había capturado 100 navíos. En 1.692 y a la vista de la playa de la Concha, atacó y capturó dos navíos holandeses superiores en peso y armamento.
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                                Puerto de Bilbao (¿Guetxo?) en el siglo XVII
En 1.553 y por orden del todavía príncipe Felipe II, recomendó dar caza a navíos corsarios de Laburdi, con lo que los franceses dejaron de proveer a Guipúzcoa al interrumpirse la navegación normal. Ya antes, en 1.536, y tras haber apresado tantos barcos franceses, los de Laburdi firmaron un tratado de concordia en Hendaya con los vascos para volver a las antiguas relaciones de amistad, comprometiéndose para avisarse si sus reyes se declaraban la guerra…está claro que su comercio les preocupaba más que guerras decididas por las lejanas cortes de París o de Madrid.Pese a este tratado de concordia y por la orden del príncipe Felipe, al año siguiente (1.554) los capitanes Martín de Cardez capturó los ya citados 42 barcos franceses cargados de bacalao, Pablo de Aramburu (que capturó otros 47 bacaladeros), Domingo de Albistur y Domingo de Ituráin siguieron en lo suyo. Se ve que la paz duraba poco y menos.
Por resumir algo, la relación de piratas y/o corsarios vascos es larga: Miguel Etchegorría, alias “Michel le Basque”, vasco-francés que actuaba en el Caribe. El bilbaíno Pedro de Larraondo, “reconvertido” al corso tras haber sido repetidamente objeto de saqueos por parte de catalanes durante su etapa de honrado comerciante por el Mediterráneo: capturado por los moros, le ofrecieron el perdón a él y a su tripulación si se convertía al Islam pero, al negarse, fue decapitado. Íñigo Artieta, de Lequeitio. Vicente Antonio de Icuza y Arbaiza, de Rentería. Sánchez de Arbolancha, asesinado por corsarios genoveses y vengado ocho años después por su hijo. Gaspar Antonio, de Fuenterrabía. Juan Arriola, de San Sebastián. Alonso de Idiaquez, de Pasajes, aunque nacido en Amberes. Pedro de Ezábal, de San Sebastián (el capitán de la Nuestra Señora del Rosario, construída por el comercio de Donosti para patrullar la costa). Pedro Aguirre, alias “El Campanario” (éste debía ser alto), de San Sebastián. Juan Bernardo Lizardi. Pedro Diústegui y su hijo, Agustín Diústegui, de San Sebastián. Francisco de Escorza. Cristián Echevarría, nacido en Roscoff, en la Bretaña francesa, aunque vivió toda su vida en San Sebastián. Francisco de Zárraga Breográn….podría seguir…
Con tanto ambiente corsario, no puedo evitar terminar con un apunte curioso sobre una mujer, Juana Lorando. Al parecer, Juana era viuda de un pescador (¿quién sabe si no corsario?) que regentaba una posada en San Sebastián. En su posada alojaba corsarios, a los que daba ….todo de fiado, hasta que volviesen con presa y cobrasen lo que procediese… (según Archivo del Corregimiento de Tolosa). Le debió ir tan bien este trato de honor con los corsarios que, sin duda, cumplían con la palabra dada, que al final se asoció con dos corsarios de Orio y de Donosti, para comprar un barco pequeño, el San Juan, capitaneado por Juan de Echániz, para “trabajar” en las costas de Francia y en el Canal de La Mancha. ¡Toda una empresaria, la tal Juana Lorando!…o una “emprendedora”, como dicen ahora…
7.- El Estrecho de Anián o Paso del Noroeste. Juan de Fuca: el timo del siglo
En el capítulo 129 de su libro Il millione, más conocido como el de Las Maravillas del Mundo, el escritor veneciano Marco Polo nos habla de una provincia de China llamada Anián, ubicada hacia Levante, la cual fue incorporada a los antiguos mapas de Catay (como se denominaba China en aquellos tiempos) como el “Reino de Anián”. Y con tal nombre, Anián, pasó a dar nombre a la costa pacífica de China y, andando el tiempo, a un mítico paso que conduciría hacia sus dominios: el Estrecho de Anián.
Una vez comenzada la exploración de la isla de Terranova y de la península del Labrador por parte de los balleneros vascos seguida por los franceses, a las potencias europeas (Francia, Inglaterra, Holanda…) se les planteó una delicada cuestión. Para el comercio desde Europa con China o las Molucas (o las “Islas de La Especiería”, como se las conoció en su día) la travesía podía suponer un mínimo de 6-8 meses, con los problemas logísticos, de aprovisionamiento, etc. y las muy frecuentes tormentas del Cabo de Hornos, además del control por parte de los españoles. Si la opción era bordear África por el Cabo de Buena Esperanza, el viaje podía ser aún más largo, hasta un año. La opción, caso de encontrar un paso al norte de Norteamérica, reduciría la travesía a apenas tres meses, evitando a españoles y portugueses. La idea era buenísima…pero había que encontrarlo.
ballenas mapa antiguo atlántico norte
                          Los mapas del siglo XVI eran todavía bastante inexactos
El llegar a las Molucas con sus ricas especias de gran demanda en Europa (canela, clavo, pimienta roja y negra, nuez moscada…) suponía acceder a una fabulosa fuente de ingresos. Hasta que los portugueses dieron con la ruta a Oriente doblando el cabo de Buena Esperanza, el comercio estaba en manos de los musulmanes, aunque los intentos de llegar a China y La India fueron constantes, como el ejemplo de Marco Polo. Pero un viaje por tierra era larguísimo, cuestión de varios años, y muy arriesgado. La opción era por mar. Aunque no dejaba de ser un viaje largo, los riesgos eran menores, borraban de un plumazo el control de los musulmanes y los beneficios compensaban el esfuerzo.
España y Portugal tuvieron su contencioso sobre a qué país correspondía el dominio sobre las Molucas. Una vez circunnavegado el globo por Magallanes y Elcano, demostrada de una vez por todas la esfericidad de la tierra, el Tratado de Tordesillas arbitrado por el papa Alejandro VI (conocido como Rodrigo Borgia antes de ser papa, español de nacimiento y pro-Castilla a tope), tras largas disputas y deliberaciones en las que intervinieron afamados peritos por ambas partes, estableció las respectivas áreas de demarcación en América a un lado y a otro de una línea que, de polo a polo, transcurría a 370 leguas al oeste de la isla más occidental del archipiélago de Cabo Verde. Hasta ahí quedaron más o menos de acuerdo pero, una vez descubierto el Pacífico y el acceso a través del Cabo de Buena Esperanza, tocó discutir sobre el reparto de las islas de las especias, al otro lado del globo.
ballenas tratado de tordesillas
Hoy día nos parecería fácil, con los adelantos técnicos de que disponemos en forma de satélites, GPS e instrumentos de medir exactísimos, delimitar la zona geográfica. Pero en aquellos tiempos dar continuidad, seguir trazando el “antimeridiano”, la “raya” de Tordesillas más allá de los polos, condujo a otra serie de debates y discusiones que se prolongaron varios meses, en la primavera del año 1.524. Hoy podemos saber que las Molucas quedaban en zona bajo supuesto dominio portugués, pero en aquel momento peritos y pilotos prestigiosos dieron su opinión por ambos bandos sin terminar de ponerse de acuerdo hasta que, por fin, ambas coronas llegaron a un acuerdo mediante el Tratado de Zaragoza de 1.529, por el que España cedía sus derechos a Portugal a cambio de una sustanciosa compensación económica, mediante la cual Portugal de hecho compró los derechos castellanos (a su manera los estaban reconociendo) sobre las que se conocieron en la época como “las Islas de la Especiería”. El precio pagado por las Molucas: 350.000 ducados de oro de 375 maravedís cada uno, el equivalente actual a 9.500.000 euros…nueve millones y medio de euros…
Aunque los holandeses, paradojas de la historia, fueron los que al final y sin pagar nada se quedaron con Las Molucas, durante aquellos años y como acabo de decir, la preocupación principal de Francia, Holanda e Inglaterra era encontrar un “atajo” por el norte que les facilitase el acceso hasta Asia. Hubo que esperar hasta 1.906 para que un noruego, Roald Amundsen (el mismo que en 1.911 llegó el primero hasta el Polo Sur), consiguiese franquear mares helados y corrientes, sobreviviendo en condiciones climatológicas pésimas  hasta llegar por fin a Alaska desde el Atlántico, proeza en la que invirtió tres años.
Todos creían en la existencia del Estrecho de Anián. Hernán Cortés, una vez conquistado México, encargó en 1.539 al capitán Francisco de Ulloa la exploración de la costa de California hacia el norte, hasta sobrepasar la isla de Vancouver, en la actual frontera con Canadá, encontrando hielos, tormentas, fuertes corrientes, y un enrevesado y laberíntico paisaje de islas, golfos y desembocadura de grandes ríos, pero sin localizar el estrecho. Los cartógrafos italianos Giacomo Gastaldi (en 1.562) y Bolognini Zaltieri (en 1.567) publicaron mapas -inventados- que mostraban un angosto paso que separaba Asia del Atlántico. Hasta el famoso pirata/corsario inglés sir Francis Drake buscó la entrada desde 1.579, sin conseguir hallarlo en el laberinto de islas, penínsulas y grandes ríos. En su momento la Corona Británica ofreció 20.000 libras esterlinas a quien descubriese el paso, y ante tan golosa recompensa y, lo que era aún más importante, el honor del descubrimiento, llevó a unos cuantos valientes exploradores a internarse entre los hielos, pero a menudo perdiendo la vida en el intento.
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Según puede leerse al pie, se representa el reino de Quivira (reino legendario y, como corresponde en los reinos legendarios, lleno de riquezas al norte del actual Méjico) y, arriba a la izquierda, la supuesta entrada al estrecho de Anián.
Uno de los más conocidos fue el desastre de la expedición de sir John Franklin. Capitán de la Royal Navy, ya había participado en varias expediciones. En una de ellas sólo sobrevivieron 11 de sus 20 acompañantes que, para sobrevivir, llegaron a comerse sus propias botas de cuero. En Mayo de 1.845 partió con dos barcos, el Erebus y el Terror. Jamás volvieron, y durante doce años no se supo nada de ellos pese a las expediciones enviadas a encontrarles y en las que algunos también encontraron la muerte. Aunque llevaban provisiones para tres años, los pocos que más aguantaron no sobrevivieron ni tan siquiera dos.
En los restos que, poco a poco, fueron apareciendo, encontraron evidencias de canibalismo (algo inevitable en situaciones límite como las que sin duda debieron sufrir), pero se sospecha que murieron de escorbuto, e incluso de intoxicación por plomo, al estar las latas de conserva utilizadas en aquel tiempo y de las que se alimentaban exclusivamente, selladas con ese metal. Sea como sea, los barcos quedaron atrapados en el hielo y se vieron obligados a vagar con los trineos en la extensión infinita del Ártico.
Años más tarde algunos testigos, indígenas inuit, contaron a los que les buscaban que vieron pasar “gente enloquecida” (¿por el plomo, que afecta a la razón, o simple desesperación?) a los que prefirieron no acercarse, arrastrando trineos por la nieve. Sobre la expedición de Franklin también se acaba de estrenar una serie televisiva, El Terror -como uno de sus dos barcos- bajo la producción de Ridley Scott (el que dirigió Alien, el octavo pasajero), donde se cuentan las penalidades de aquellos desgraciados con el inevitable añadido por mor del éxito televisivo de un monstruo blanco…la sombra de Alien les acompaña, aun que en este caso no fuese en el espacio, sino en la nieve.
Y entre todos estos exploradores árticos, entre tanto cosmógrafo y tanto hielo, es cuando hace su aparición en escena un personaje digno de una película: Juan de Fuca. A veces citado como Apóstolos Valerianos, nació en 1.536 en Valerianos, localidad de la isla de Cefalonia, en Grecia. Aproximadamente en 1.555 entró al servicio de la marina española en Sicilia (en aquel entonces parte del reino de Aragón), desde donde acabó en Nueva España en 1.587, participando en las primeras expediciones de las costas del Pacífico mexicanas, llegando a la América septentrional, allá por 1.592. Tras varios años de exploración y ya de vuelta en España depositó en el Archivo de Indias en Sevilla unos mapas y portulanos en los que reflejaba sus supuestas navegaciones, señalando un paso misterioso:
balleneros el paso de Anián
…cuya entrada oriental marca un pináculo triangular y puntiagudo, por el que he podido comunicar desde el Mar del Sur -el Pacífico- con el océano Atlántico…
Se trataba del legendario Paso de Anián con el que soñaban los cartógrafos de toda Europa y que reduciría a menos de 90 días de navegación la travesía entre Europa, China, y las Islas de la Especiería en vez del casi un año que suponía el paso por el Estrecho de Magallanes o el cabo de Buena Esperanza, sin contar las frecuentes tormentas y el control del Estrecho por parte de los españoles.
La Corona Española no necesitaba para nada ese atajo, pero los cartógrafos del Archivo de Indias de Sevilla se alarmaron ante la posibilidad de que los ingleses lo descubriesen, con el agravante del peligro que suponía la pérdida del control del Mar del Sur, ese “lago español” como lo denominaban, y el riesgo para las poblaciones de sus orillas a todo lo largo de América. La información fue calificada como “preciosa” y Juan de Fuca bien pagado, aunque al parecer menos de lo que él pensaba que valía, dejándole sin duda cierto resquemor con la corona española, quedando planos e información puestos a buen recaudo, escondidos en lo más profundo de los archivos sevillanos.
Pero aquí entra en acción el espionaje que nunca cesa. Los ingleses al parecer tenían infiltrado algún “topo”, algún informante dentro del Archivo y, ya en 1.596, recién entregados mapas e informes, se pusieron en contacto con Juan de Fuca. Éste se había jubilado en la marina española y de vuelta a su tierra, a comienzos de  1.602 un agente inglés, un tal Michael Yok, consiguió reunirse con él en Venecia, comprando a precio de oro una copia de los mapas y de los informes y del que recibió además 1.000 libras esterlinas en concepto de adelanto por sus futuros servicios como guía para una expedición inglesa. Los franceses a su vez tenían espías entre los británicos y, de una forma u otra, consiguieron contactar con Juan de Fuca pagándole una fortuna por otra copia más. Cuando poco tiempo después los ingleses fueron a reclamarle cuentas a su isla, un tanto cabreados por su desaparición, sólo pudieron encontrarle plácidamente enterrado en una apacible tumba, esta vez en la vecina isla de Zakynthos, con apacibles vistas a otra isla más, la de Ítaca, patria de otro navegante mítico: Ulises.

Sobre este personaje no se ha hecho ninguna película y es que los españoles, al contrario de los británicos, no explotamos apenas semejante filón inagotable de historias e historietas además de que, en honor a la verdad Juan de Fuca, quizá por su condición de griego, sigue siendo un perfecto desconocido para nosotros. Pese a tanto timo y con la peculiar picaresca griega (su “vecino” de isla, Ulises, ya es reputado en La Iliada La Odisea como un auténtico “liante”, el Gran Engañador: suya fue la invención del famoso Caballo de Troya), después de haber desplumado a las coronas española, inglesa y francesa, retornado millonario a su isla, Juan de Fuca no cayó en el olvido. En la actualidad y desde 1.788 un pequeño estrecho a la altura de la isla de Vancouver, en el Pacífico canadiense, lleva su nombre. Éso sí, no nos engañemos esta vez: os juro que no comunica con el Atlántico.

8.- Epílogo. Las últimas factorías balleneras españolas en el siglo XX: Ceuta, Algeciras, Galicia…y dos arponeros vascos.

Colgada ya en el blog esta entrada, me comentó mi amigo malagueño Manuel Navarro, compañero de aventuras en Mali y Tombuctú, productor de documentales en su La Nave de Tharsis y gran conocedor de la historia (antigua y moderna) de Andalucía, si no había mencionado las factorías balleneras del Estrecho de Gibraltar… ¡pues ni idea!… le contesté. E ipso facto me puse a buscar información, que os resumo, como añadido a la entrada.
El 24 de Junio de 1.947 se inauguró en Beliones (actual Belyounech, Marruecos) la factoría ballenera del mismo nombre, por la empresa Industrial Martinez S.A. Inicialmente la empresa dispuso de un solo buque, el Alcatraz (posteriormente rebautizado como el Benzú), de 500 toneladas y equipado con varios cañones arponeros. Posteriormente la empresa incorporó un segundo buque, el Hval IV, capitaneado por el noruego Hjlmar Paulsen. Los comienzos no pudieron ser más prometedores: durante la primera semana se capturaron seis rorcuales y tres cachalotes, todos en la zona del Estrecho, aunque fue un comienzo excepcional. Durante sus siete años de existencia la media de capturas anuales fue de 150 ejemplares. En total, 317 rorcuales y 337 cachalotes.
Las causas del cierre fueron varias. En 1.954 Marruecos alcanzó su independencia quedando la factoría en territorio marroquí. Por otra parte, el aceite de ballena fue perdiendo importancia al irse extendiendo los derivados del petróleo. Pero sobre todo, la población de ballenas del Estrecho había descendido considerablemente. El motivo, la intensa actividad de otra factoría ballenera al otro lado del Estrecho, la de Getares (muy cerca de Algeciras). Entre ambas y según testimonios de la época, se hizo una auténtica carnicería.
La factoría de Getares se creó en 1.914, comenzando su explotación en 1.921 con socios españoles e ingleses, aunque la mayoría del capital estaba en poder de accionistas noruegos, creando la Compañía Ballenera Española, más tarde ampliada como Compañía Ballenera Internacional, al extender su radio de acción al Atlántico Norte y sobre todo en la Antártida. Tras una pausa debida a la Guerra Civil y a la posguerra, la compañía reanudó su actividad a partir de los años 40 bajo el nombre de Sociedad Ballenera del Estrecho con una frenética actividad, siempre actuando en el Golfo de Cádiz y alrededores, llegando a cazar en seis años un total de 3.609 rorcuales y 345 cachalotes. Aunque estaba en territorio español y no le afectó, como a la de Beliones, la independencia de Marruecos, sí les afectó el descenso de cetáceos y el uso creciente de los derivados del petróleo en detrimento de la grasa de ballena, cesando su actividad en 1.963.
balleneros Beliones
                                          Factoría de Beliones, 1.940
Más al norte y ya en Galicia, como comenté en el capítulo de los balleneros vascos, hubo bastante actividad desde la Edad Media. La primera noticia data de 1.288, del puerto del Prioiro, cerca de El Ferrol. Sancho IV confirma carta de 1.286 salvaguardando el derecho del monasterio de Sobrado a percibir parte del “diezmo de ballenación” que corresponde a aquel puerto. La actividad ballenera en Galicia tuvo su momento de mayor esplendor en los siglos XVI, XVII y parte del XVIII hasta llegar, tras una pausa de dos siglos, a comienzos del siglo XX. Llegó a haber hasta 18 puertos gallegos dedicados al balleneo, como Camelle, Caión, Malpica, Nois, Rego de Foz, Bares, San Cibrao (con actividad ballenera registrada desde 1.291), Rinlo, Portocelo o Morás, que se amplían en el siglo XVIII a otros nuevos como Porto Vello, Foz y Cangas de Foz. Algunos de ellos comenzaron inicialmente sólo como puertos balleneros, tales como Suevos-Punta Langosteira y Burela… Seguro que entre tanto puerto, me dejo alguno…
Ante la evidente competencia, los balleneros gallegos intentan proteger y monopolizar su industria. En 1.521 y 1.531 sendos decretos del emperador Carlos V excluyen la actividad de barcos “extranjeros” (vascos y franceses) de la costa gallega. Y en 1.628 los del puerto de Bares prohíben a los “vizcaínos” hacer su centinela desde la isla de Coelleira, sin licencia -y supongo que previo pago- del deán y del cabildo de Mondoñedo.
Tras una pausa transcurrido el siglo XVIII, en el siglo XX se reanudaron las capturas en algunos puertos, principalmente el de Caneliñas (en Cee) y el de Punta Balea (en Cangas). En concreto y en el de Caneliñas se cazaron entre 1.924 y 1.927 entre 2.200 y 3.000 rorcuales y cachalotes. Tras la pausa debida a la Guerra Civil y posguerra se reanudó la actividad en 1.951. Hasta 1.975 el control ya es más cuidadoso y en ese periodo de 24 años se contabilizan las capturas de 6.337 cachalotes, 4.686 rorcuales comunes, 291 rorcuales norteños, 17 ballenas azules y 2 yubartas…un total de 11.333 animales… La misma empresa de mayoría noruega, la Compañía Ballenera Española, fue la que propulsó la caza de las ballenas desde los puertos gallegos. En sus inicios, 1.921 en el caso de Getones y 1.924 en el de Caneliñas, y hasta 1.929, casi todo el personal de los barcos era noruego: desde el capitán al cocinero pasando por los arponeros, aunque el personal de tierra encargado del procesamiento de las ballenas eran españoles y, en el caso de la de Beliones, en parte personal marroquí. Tras la reapertura y finalizada la Guerra Civil y el periodo de posguerra, se incorpora gradualmente tripulación española.
balleneros Factoría Balea en cangas, rorcual
                                    Rorcual en la factoría Balea, de Cangas
A diferencia de los balleneros del Estrecho, los gallegos no cazaban sólo en sus costas, sino que extendieron su actividad hasta Terranova y el Antártico. Son travesías más largas, pero obligados a ello al reducirse la población de ballenas en sus zonas costeras. Por esta razón e inicialmente, los barcos del Estrecho y Galicia, más pequeños, no faenaban lejos de la costa, sino que amarraban sus capturas al costado transportándolas a las factorías en tierra. Se consideraba un radio de 70 a 100 millas desde Finisterre. Hubo algún problema mencionado cuando, al cazar una ballena a 150 millas de la costa, el animal llegó ya en muy mal estado y no se pudo aprovechar ni un kilo de carne. Hay que considerar que con un cetáceo amarrado al barco, estorbando su hidrodinámica, la velocidad seguramente no alcanzase ni los 20 nudos, es posible que si acaso la mitad. Como información náutica, un nudo es una milla marina por hora. En el caso ideal de que alcanzase los 20 nudos, el recorrido serían 20 millas x 24 horas = 480 millas al día. Más de tres días (y posiblemente 4 o 5) con el animal a rastras y descomponiéndose…
ballenero de Getares Condesa Moral de calatravaballenero Temerario
Dos buques balleneros de la compañía: a la izquierda el Condesa Moral de Calatrava, y a la derecha el Temerario. En ambos se ve el cañón arponero en proa y en lo alto del mástil la cofa, para otear desde lo alto las ballenas. Barcos pequeños, lo justo para amarrar las capturas al lado y llevarlos a las factorías en tierra.
Cuando hayan de ampliar sus zonas de caza, utilizan barcos más grandes (y procesar en ellos las ballenas) o utilizar factorías flotantes, más próximas, a las que llevar los animales arponeados. En Terranova, precisamente, se produjo un accidente similar al ya relatado del barco Essex, de Nantucket. Al clausurarse -temporalmente- la actividad ballenera en Getones (1.926) y Caneliñas (1.927), parte del material y de los barcos fueron llevados a Terranova, a otra de las filiales noruegas, entre ellos el Caneliñas, el Condesa Moral de Calatrava y el Pepita Maura. En la campaña de 1.928 un cachalote embistió al Pepita Maura, destrozándole una sección de la popa, una pala del timón y la hélice, dejándole sin capacidad de maniobra con lo que embarrancó en la costa. No se hundió, y al menos no hubo víctimas. Como anécdota, en 1.925 y en la factoría de Caneliñas se encontró en los intestinos de un cachalote un trozo de ámbar gris de más de 100 kilos de peso, que se vendió por la estupenda cifra de medio millón de pesetas de la época.
Los buenos arponeros eran muy solicitados por su capacidad y experiencia. De su puntería y “sangre fría” dependía el éxito de las campañas. Incluso ya en la época de los cañones lanza-arpones los bandazos del barco no facilitaban la tarea de hacer puntería. Su salario era alto, sólo por detrás del capitán. En 1.929 se detallan sus sueldos: 300 pesetas (de las de la época) al mes, mas primas por capturas:
-100 por rorcual azul
-50 por rorcual común
-50 por cachalote grande (más de 12 metros)
-25 por cachalote pequeño.
Y al final de la campaña se añadía una prima complementaria según todo lo que se hubiese cazado:
-de 1 a 75 capturas, 50 por cetáceo (rorcual y cachalote grande) y 25 por cachalote pequeño
-de 76 a 100 capturas, 80 por cetáceo y 40 por cachalote pequeño
-a partir de 101 capturas, 100 por cetáceo y 50 por cachalote pequeño.
Dos arponeros vascos en Galicia
Hablamos de dos hombres: Jose Juan Zubiaur Irazábal y Ramón Inchausti Pujana. Naturales de Erandio, el primero, y de Elanchove el segundo, vascos de “pura cepa”. Ambos comenzaron de arponeros casi por casualidad. Inchausti comenzó como telegrafista en el Ea, un barco carbonero. En el puerto de Gijón se enteró que estaban preparando dos balleneros, el Marsa y el Benzú, que iban a partir al Estrecho de Gibraltar. Avisó a su amigo Zubiaur, que fue contratado como maquinista en el Benzú y partieron juntos. Una vez en la factoría de Beliones, Zubiaur comenzó como arponero aprovechando un momento de urgencia de la compañía al causar baja por enfermedad el arponero noruego contratado al efecto. Una vez de arponero, recomendó a su amigo Inchausti.
Inchausti pasó del Marsa al Temerario, Zubiaur ejerció en el Caneliñas y un tercer arponero, asturiano, Juan Álvarez, ejerció en el Benzú. Pronto los dos vascos destacaron en su oficio siendo destinados a Galicia. Sólo en la campaña de 1.953 cazaron respectivamente 150 cetáceos (Inchausti) y, casi empatado, 149 Zubiaur, que hubieran sumado una más de no haber perdido otro ejemplar, ya arponeado, en medio de un temporal. Y sólo en 1.953 las primas acumuladas por capturas, sueldo aparte, superaron las 50.000 pesetas (un auténtico dineral para la época), pasando de 60.000 una de Zubiaur el mes que cazó -en un mes, insisto- 41 cetáceos.
En un primer momento la compañía decidió ponerles a prueba:
el vapor Caneliñas salió a pescar con orden de cazar una sola ballena y a las pocas horas de su salida entró en la factoría de Caneliñas con un ejemplar de 24 metros y 70 toneladas de peso… (Borrador de la memoria de IBSA, año 1.951, correspondiente a Mayo de 1.952).
Una vez en Galicia las campañas se extendían de 7 a 8 meses seguidos en el año, desde Abril o Mayo hasta Noviembre o Diciembre. Cuando el mar estaba muy revuelto los barcos atracaban un par de días en Caneliñas, en aquel momento puerto aislado y muy mal comunicado, incluso por tierra. Los marineros gallegos aún podían aprovechar para hacer una “escapadita” y ver a sus familias, pero para aquellos dos amigos vascos significaba una reclusión forzosa, lejos de casa, y encima sin poder cazar. Para Inchausti, que se había casado con una gijonesa (su casa estaba en Gijón), eran separaciones demasiado largas. Fueron momentos sin duda para los dos únicos vascos en Caneliñas en que reforzaron su amistad, que demostraron con una lealtad mutua, lejos del individualismo de los arponeros. Como muestra de su cooperación:
este cachalote fue cazado conjuntamente por los dos barcos, habiendo arponeado primero el Caneliñas (Zubiaur) y rematado por el Temerario (Inchausti) de común acuerdo y para que les fuese posible hacer la captura… (parte de capturas correspondiente a Septiembre de 1.953, memoria de IBSA, año 1.954).
Ramón Inchausti decidió jubilarse de tanto mar y tanta ballena en 1.960, retornando con su familia a Gijón, viviendo en una casa estilo caserío vasco que había levantado con el dinero ganado, y pasando sus últimos años leyendo tranquilamente (no le gustaba que le molestaran), cuidando su huerto y sus gallinas sin echar de menos el mar. Debía ser muy bueno en lo suyo, porque José Docampo, presidente de ISBA, hizo un viaje en coche -lujoso coche negro con chófer- desde La Coruña hasta Gijón, presentándose impecablemente vestido para, con suerte, impresionar más y reforzar sus argumentos, ofreciendo a Inchausti que volviese al mar aumentando las primas por capturas, ofrecimiento que Inchausti, sin duda ya con suficientes ahorros y acomodado con su familia, rechazó.
Por su parte, Juan José Zubiaur aún aguantó tres temporadas más. Al contrario que Inchausti nunca se casó, era el típico “solterón” sin una familia a quien echar de menos, pero sin duda la jubilación de su amigo le dejó más solo, y en 1.963 volvió definitivamente a la casa familiar de Obieta kalea en  Erandio, su pueblo, donde además de las -suponemos frecuentes- partiditas de mus con la cuadrilla, se entretenía en cazar con sus amigos de la Sociedad de Caza y Pesca de Erandio, recorriendo Castilla en vez del mar, persiguiendo perdices y conejos. Sin duda agradeció el cambio: perdices en vez de  ballenas…un poco como acaban los cuentos:…y fueron felices y cazaron perdices…
balleneros Franco
Sin tanto mérito como Zubiaur e Inchausti, Franco también cazó algún cachalote. Tras preguntar a unos y otros, investigar y ver su “éxito” como ballenero, he decidido que se merece una entrada aparte en el blog que podréis consultar: Los cachalotes de Franco.
Establecida en 1.986 la prohibición de la pesca comercial para las ballenas por parte de la Comisión Ballenera Internacional, hubo acuerdos previos que fueron poco a poco restringiendo las capturas, aunque los balleneros gallegos las ignoraban, saltándoselas “a la torera” y fueron calificados, incluso por el gobierno español, como “piratas”, continuando con la venta de la carne de ballena a un buen cliente como era el gobierno japonés. Ante este “mirar para otro lado” (que no fuesen las ballenas), el 27 de Abril de 1.980 sendas bombas estallaron en los barcos Isba 1 e Isba 2, de la compañía, anclados en el puerto de Marín, aunque uno de ellos aún se pudo reparar. Los causantes: el “brazo armado” de la Sea Sepherd Conservation Society, una escisión radical de los proteccionistas Greenpeace, más moderados en sus acciones, que se limitaban si acaso con sus lanchas a estorbar delante de los barcos arponeros.
balleneros 7
Definitivamente en 1.986, y por imposición de la moratoria de la Comisión Ballenera, las últimas factorías de Caneliñas y de Punta Balea (en Cangas) se vieron obligadas a cerrar, aunque bien a regañadientes, porque las capturas en aquel momento eran numerosas y la compañía, económicamente, marchaba muy bien.        
                                  
Postdata
Una vez publicada esta entrada (y la siguiente, donde menciono “Los cachalotes de Franco”, tuve ocasión de conocer la existencia de un libro: Chimán. La pesca ballenera moderna en la península ibérica, de Àlex Aguilar, editado por la Universidad de Barcelona. Me hice con él en cuanto pude y sólo puedo decir que lo he disfrutado a tope: bien escrito, muy bien ilustrado y documentado. Según los datos reflejados, creo que algunos de los que yo he colgado en mi entrada seguramente tengan alguna inexactitud, pero ahí lo dejo. Sólo recomendar a los interesados en el tema la lectura de Chimán (como aclaración, nombre que daban los balleneros modernos a las ballenas más grandes). No os defraudará. Mi agradecimiento al autor.

 

 

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Árboles míticos

Arboles singulares. Joven monje                                   

Joven novicio, budista tibetano, en peregrinación con su maestra a Bodhgaya, bajo cuyo                                      árbol bohdi el Buda alcanzó la iluminación.

Quise titular esta entrada, no como “árboles mitológicos” (aunque algunos lo sean), pues en este caso y como tales, a su alrededor se generarían historias con cierto tinte religioso, ni como “árboles singulares”, que lo son, puesto que este título sería más apropiado para ejemplares destacados dentro del mundo de la botánica. Así que se quedó con “árboles míticos”, que engloba un poco de todo.
En este caso, sólo quiero mencionar unos pocos ejemplares muy especiales: bien sea por su gran porte, por su escasez, por las leyendas tejidas a su alrededor, o incluso por su inexistencia. Árboles a menudo de difícil, o muy difícil acceso. Y, sobre todo, por su valor simbólico. La lista podría hacerse mucho más larga pero no se trata de hacer una enumeración extensa. Sólo es un pequeño homenaje o un recuerdo a algunos de esos seres que, de una manera especial, han dejado huella en nosotros.
 
1.- El árbol del Teneré (Níger)
2.- El tamrut del Tassili n’Adyer (Argelia)
3.- El Árbol Seco
4.- El roble de Guernica 
5.- El pipal de Bodhgaya (La India)
6.- Hiperión, el gigante escondido (California)
7.- El tejo de Barondillo (Rascafría)
8.- El árbol del Incienso (Omán)
9.- El árbol del Tule (Méjico)
 
1.- El árbol del Teneré
Comienzo por un árbol que ya no existe, aunque hoy se guarde como recuerdo su tronco seco en Niamey, la capital de Níger. En su momento, y hoy todavía, fue el único árbol citado en los mapas del desierto del Sahara. Así consta en el mapa nº 153 de Michelín, a una escala 1:4.000.000, correspondiente al Noroeste de África, donde en su ubicación podemos leer: Arbre du Teneré, junto a una leyenda donde dice: eau trés mauvaise à 40 m= “agua muy mala a 40 m”.  Pero, ¿de dónde le venía la fama al árbol del Teneré?…
 Mapa Sahara Árbol del Teneré
Teneré significa en tamashek -la lengua tuareg- “no hay nada”… aquí no cuadra la romántica imagen que en Europa asociamos con el desierto, de altas y doradas dunas. En este caso, el Teneré es una inmensa llanura pedregosa, lo que en el desierto se llama hamada, reg, en contraposición a los erg, el desierto de las dunas. De un extremo a otro y en dirección Este-Oeste, supone unos 700 u 800 kilómetros horizontales, sin apenas más referencias o alternativas en el paisaje que las muy lejanas montañas del Air, al norte. 
 
La capital de Níger es Niamey, al sudeste. Zona seca, predesértica, lo que allí conocen como el sahel (en árabe: la frontera -entre la sabana y el desierto-), pero al menos con la benéfica influencia de estar situada a las orillas del río Níger, que recorre el borde occidental del país, de Norte a Sur. La mayor densidad de pueblos y aldeas se concentra en la franja sur del país, más fértil y por tanto más poblada. En el mapa, toda la mitad norte es un plano semivacío. Pero desde Niamey nosotros avanzamos hacia el Noreste, donde el paisaje pierde el escaso verdor y la aridez es cada vez mayor. Es necesario desplazarse al Este más de 700 kilómetros (739, para ser exactos) hasta llegar a Agadez, capital tuareg (Niamey es “ciudad de negros”, como dicen ellos) y puerta de entrada al desierto puro y duro. Aquí comienza el Teneré. 
Arboles miticos. el tronco de teneré
Monumento a los restos de la acacia en Niamey. En la base de la peana podemos                                                          apreciar el símbolo de la cruz tuareg
 
Se siguen haciendo caravanas desde Agadez hasta las valiosas minas de sal de Bilma, a unos 600 y pico kilómetros, hacia el Este. Un poblado de unos dos mil habitantes escasos dedicados a la producción de sal. Una sal obtenida por evaporación, el amersal como se la conoce, muy amarga y apenas apta para el consumo humano, pero muy útil para el ganado, necesitado de Sodio y de Potasio. Alguna es tan alcalina (el natrón) que te quema las manos y ni el camello más sediento la podría tomar, sólo vale para curtir pieles. Hoy día el tráfico se hace sobre todo con viejos camiones, pero hasta hace nada -y todavía ahora- la única forma de atravesar el desierto era con las caravanas de camellos, transportando sobre sus lomos las tortas de amersal. Seiscientos kilómetros de Teneré, sin apenas pozos de agua. El único, el oasis de Fachi, a medio camino hasta Bilma.
 
Para los nómadas, el único punto de referencia en tan largo camino era el árbol de Teneré. El árbol más aislado del mundo, el único árbol en un radio de 400 kilómetros a su alrededor. Hay otra acacia solitaria, la de Bahrein, en el Golfo Pérsico, llamada por ellos el Árbol de la Vida, a la que se atribuye una edad de 400 años. Pero la de Teneré era realmente una excepción. Como es lógico, los tuareg la concedían un respeto especial. Nunca cortaron ni una rama para sus fogatas, e incluso impedían a los camellos mordisquear sus hojas. De hecho nunca quisieron excavar un pozo a su lado. Tuvo que ser un francés en 1.939, el sargento Lamotte, del Servicio de Asuntos Saharianos, el que perforase un pozo que, a la profundidad de 35 metros, encontrase un acuífero (esa agua que menciona el mapa Michelin como eau trés mauvaise), del que las no menos profundas raíces del árbol obtenía su supervivencia.
Arboles miticos. teneré, 1939
                                                   
                                         El árbol en 1.939, aún en su “esplendor”
Tenemos algunas fotos antiguas que atestiguan su existencia. Era una acacia (Acacia raddiana, para más exactitud) no muy grande, de doble tronco. Pese al respeto de los tuareg su destino estaba escrito con tintes de tragedia. En 1.950 un camión de camino a Bilma chocó contra ella y le seccionó uno de los dos troncos. No acabó ahí la cosa: en 1.972 un camionero libio, presuntamente borracho, se estampó contra ella arrancándola de cuajo. Personalmente no creo que hiciese falta la ebriedad del conductor para ese accidente. He viajado varias veces por el desierto, y también me lo han confirmado otros amigos “africanistas” (por ejemplo, atravesando Argelia de Norte a Sur por las infinitas rectas de la carretera transahariana), que la monotonía de un viaje que suele durar muchas horas y sin puntos de referencia o de distracción, sumado al calor, acaba amodorrándote y no es raro ceder al sopor, cerrar inadvertidamente los ojos…incluso quedarte dormido.
Árbol del Teneré 1970
                                El árbol en 1.970. En 400 km. a su alrededor, el Teneré, “la nada”
 
Hacía falta tener mala suerte, pero es muy posible que ambos camioneros acabasen dormidos al volante, que el camión diese varias vueltas y acabasen estrellándose contra lo único que podía estorbarles en aquella infinita extensión de kilómetros sin nada en el camino: el árbol del Teneré. Hoy día el tronco seco se expone en un pequeño memorial, en Niamey. Y donde estuvo, en su lugar un poste metálico guarda su recuerdo, y continúa sirviendo como punto de referencia a los viajeros, aunque en vez de una acacia sólo sea una larga barra de hierro. 
Arboles miticos. el poste de teneré
 
2.- El tamrut del Tassili N’Ayyer.
 Arboles miticos. Tamrut 3
 
No es fácil acercarse hasta los tamrut del Tassili. Tamrut o tarut: nombre con el que los tuareg de la zona conocen a los cipreses del desierto, Cupressus dupreziana, en la terminología botánica. Parientes próximos de nuestro ciprés mediterráneo, a los que estamos habituados a ver como habituales ornamento de los cementerios, o los que lucen silvestres, bosquecillos en los montes de Grecia. Pero frente a la verticalidad de nuestro estilizado ciprés, los tamrut son otra cosa: árboles potentes, macizos, con la imagen de lo que son: unos auténticos supervivientes. 
 
He tenido la oportunidad de viajar en dos ocasiones hasta el Tassili N’Ayyer, al sur de Argelia, junto a la frontera de Libia. Tassili N’Ayyer: del tamashek (la lengua de los tuareg) “la meseta de los ríos”.  Una superficie que se extiende por un área aproximada de entre 600-700 kilómetros a lo largo y de 100 a 200 kilómetros a lo ancho. Un territorio que se alza (como meseta que es) sobre el desierto circundante, hasta una altura de 2.000 metros sobre el nivel del mar. Una zona rocosa y muy accidentada, donde no vive absolutamente nadie y en la que es facilísimo perderse, si no fuera por la ayuda de los guías tuareg. Un erial árido, reseco y pedregoso. Un lugar al que, para acceder, hay que ascender a pìe desde la cercana población de Djanet, por el desfiladero del Tafilalet, una dura subida de varias horas por el que ni los burritos de apoyo (los dromedarios son incapaces de subir cuestas) pueden pasar, necesitando dar un rodeo por caminos más accesibles.
El interés que me llevó al Tassili inicialmente fue por conocer la gran cantidad de grabados y pinturas rupestres desperdigadas por la zona: hay catalogadas unas 15.000. Si tenéis interés podéis consultar una entrada en este blog: Argelia: viaje a las pinturas rupestres del Tassili N’Ayyer, donde describo todo ésto con más detalle. Pero como corresponde a esta entrada de Árboles míticos me centraré en otra de sus maravillas: los cipreses, o tamrut. El Tassili N’Adyyer además de las pinturas encierra secretos botánicos, plantas que han sobrevivido allí en la sequedad del desierto gracias a quedar encajonados en gargantas donde la altitud y la escasa humedad retenida han favorecido su supervivencia, testigos de hace épocas (al menos dos milenios) en las que el clima era más benigno: olivos, por ejemplo, alejados miles de kilómetros de los más próximos, o el tamrut.
Una pequeña aclaración sobre los olivos del Tassili: obviamente se trata de olivos silvestres, lo que se conoce popularmente como acebuches. Un amigo botánico me corrige: los acebuches NO son olivos silvestres, más bien podríamos decir que los olivos son acebuches domesticados. En todo caso los escasos ejemplares presentes en estas zonas desérticas del sur de Argelia, tanto los del Tassili, como los del macizo del Hoggar, los del Adrar  Heggueghene o los de Bazgane, en el Air, pertenecen a la subespecie Olea europea laperrinei. Queda dicho.
Arboles miticos. Tamrut 1
 
Los parientes más cercanos del Cupressus dupreziana no son los cipreses mediterráneos, sino los Cupressus atlantica de Marruecos. He encontrado una mención, dudosa, de la presencia de algún Cupressus dupreziana aislado en las montañas del Atlas, pero en principio sólo habitan, desperdigados, en el Tassili. Hay algunos estudios que proponen que el Cupressus atlantica marroquí sea en realidad una subespecie del C. dupreziana,  aunque no terminan de ponerse de acuerdo. En todo caso los ejemplares del Atlas marroquí son una pequeña población, de unos 600 individuos, que viven en una pequeña franja de las montañas al sur de Asni, a los lados del Ued N’Fiss.
“Nuestro” ciprés, el C. dupreziana, fue descubierto para la comunidad científica europea en 1.864, aunque los tuareg, lógicamente, ya lo conocían. La mayor concentración se encuentra en Tamrit, una vaguada encajonada entre paredones de rocas con presencia ocasional de agua, donde podemos ver una docena de grandes ejemplares, la mayoría con una edad calculada en unos 2.000 años. Hasta la mitad de los años 40 del pasado siglo se creía que no habría más de la docena de tamrut presentes en Tamrit, aunque diez años más tarde y tras la exploración de la extensa región del Tassili, el censo aumentó hasta los 200. 
 
En los primeros años de la década de los 70 el guardabosques argelino Said Grim contó 230 árboles vivos. Más tarde, entre 1.997 y 2.001 se comprobó que veinte de aquellos habían muerto, si bien hubo 23 nuevas incorporaciones. Por tanto, y según lo que he podido comprobar, el censo hasta la fecha sería de 233 cipreses. De ellos, la mayoría tienen más de 2.000 años aunque se han localizado diez muy jóvenes, con una edad estimada de 100 años, lo que indica que, pese a la sequía y las condiciones adversas, sigue habiendo regeneración. 
 
Arboles miticos. Tamrut 2
En esas condiciones de aislamiento y sequedad debida a las escasísimas lluvias, la reproducción vegetal en el desierto es todo un milagro. Los tamrut lo han solucionado con una estrategia biológica conocida por los científicos como la “apomixis masculina”: es una forma de reproducción asexual mediante el cual las semillas adquieren completamente el contenido genético del polen, o parte masculina. Las plantas hembra sólo suministran el sustrato nutricional, no así sus genes. Así y todo y pese a esta estrategia, la germinación de las semillas fecundadas en la aridez del suelo es muy difícil, de ahí la escasez de los tamrut. 
 
No obstante la supervivencia del ciprés del desierto está asegurada. Se han plantado semillas con éxito en jardines botánicos de Europa, incluso hace poco han llevado un plantón al Jardín Botánico de Madrid. Y, por supuesto, los tamrut del Tassili están protegidísimos, estando totalmente prohibido no ya cortar una rama, sino arrancar ni una simple hojita. Aunque debo confesar que en mi casa guardo como una reliquia una astilla muerta recogida del suelo, de un palmo de largo, a los pies de uno de los míticos tamrut  argelinos.
tuareg podando tamrut 2
Fotografía obtenida del libro de Henry Lothe, Hacia el descubrimiento de los frescos del Tasili. En 1.956 él y su equipo estuvieron un año y medio haciendo copias de miles de pinturas rupestres. En la fotografía se puede ver a uno de los guías tuareg, confundido con la roca a su espalda, subido al árbol arriba a la izquierda con un hacha para conseguir madera. El árbol ya está seriamente deteriorado. Hoy está absolutamente prohibido.
3.-El Árbol Seco 
 
él respondió que podían entregarla a Cazán, hijo del rey de Argón, quien por entonces se encontraba en la lejana región del Árbol Seco, junto a las fronteras de Persia…
 
Esta cita parecería haber sido sacada de la serie televisiva Juego de Tronos, o de la película El Señor de los Anillos. Pero quien ésto nos cuenta es el viajero veneciano Marco Polo, en su “Libro de las Maravillas del Mundo” (Introducción, cap. XIX). Creo que no hace falta presentar a Marco Polo. Más complicado sería en todo caso “presentar” al Árbol Seco…entre otras razones, porque no tiene existencia real, y porque su localización, como tal árbol mítico, es utópica. 
 
Marco Polo fue un gran “relatador”. Además de las descripciones pormenorizadas de sus viajes, reflejó otros mitos medievales, como el del Preste Juan, supuesto monarca cristiano que reinaba en Asia Central. Seguramente su existencia se inspiró en una rama del cristianismo: los nestorianos, presentes en toda Asia hasta China, y que Marco Polo cita en muchas ciudades. Siguiendo con el mito del Árbol Seco, podría haber escrito mi propia interpretación, pero me voy a permitir transcribir por su calidad y claridad lo que en la nota nº 33 menciona el comentarista Juan Barja, traductor de la magnífica edición del “Libro de las Maravillas del Mundo” presentada por Abada Ediciones:
Árboles míticos C
Ilustración del conocido como el manuscrito francés 2810 de la Biblioteca Nacional de Francia, uno de los códices más valiosos del relato de Marco Polo. La edición que comento de Abada Ediciones está acompañada por las 85 ilustraciones originales, procedentes del taller del Maestro de Boucicaut.
 
éste Árbol Seco, al que también -y mejor- se llama el Árbol Solo, es una región mítico-simbólica que el autor, como vemos, “localiza”. Contrapuesto al Árbol de la Vida, en calidad de réplica negativa de lo vegetal-paradisíaco, debía estar ubicado en un desierto. Marco Polo aquí trata de racionalizar el mito -tal como hace repetidas veces en el curso de su relación-, y sostiene haber “visto” dicho árbol. Más allá de las múltiples referencias bíblicas, establecidas a partir del Génesis, es preciso citar en este caso un árbol-seco neotestamentario, la higuera condenada por Jesús -como castigo a su esterilidad- en un pasaje de los evangelios. Pero, retornando a la región donde el veneciano lo sitúa, debería encontrarse más o menos en el norte de la antigua Persia; “en las fronteras de Persia, en dirección a la Tramontana”, dice más adelante nuestro autor, tras cruzar el desierto de Chermán (Kermán). El árbol que encontró nuestro viajero sí que tenía hojas, pero éstas -y sus frutos- son mera “apariencia”; los frutos, además, están “vacíos”. Otra distinta manifestación bíblica y amenazadora del “Árbol Seco” aparece en el sueño de Nabucodonosor -Libro de Daniel 4, 1-13-, siendo esterilizado por el Ángel. 
 
Desde las tradiciones mesopotámicas hasta la cristiandad, pasando por el islamismo, la figura del Árbol Seco aparece simbolizando el non plus ultra, el “no más allá”, el fin de la tierra conocida por cada cultura, ubicándose por tanto en el límite del desierto como la frontera de la tierra habitable, suponiendo que los árboles como símbolos y soportes de la vida se detienen aquí. Mas allá no puede haber nada, solo existe la desolación. Para los hombres de la antigüedad, ligados a la tierra, dependientes para la supervivencia de su fertilidad, y de los frutos, cobijo y madera de los árboles, no puede haber mayor bendición que su verdor, que su frescura. No es extraño que en todas las culturas del mundo y en todas las religiones no sólo se respete, sino que se adore a los grandes árboles, simbolizando los grandes principios: el Árbol de la Vida, el Árbol Primordial, o el Árbol del Conocimiento. Incluso para nosotros, urbanitas del mundo desarrollado, que nos creemos ajenos a los ciclos de la naturaleza (aunque sigamos dependiendo de ella), necesitamos seguir rodeándonos de parques y jardines, aunque sólo sea para verles.
 
El Árbol Seco se impone como símbolo del castigo divino a la osadía de los hombres que se atrevan a traspasar los límites establecidos. Si no demoníacos, si son una advertencia. Los pueblos de Asia Menor y especialmente los hebreos, pueblo de pastores del desierto (el elemento hostil), son los más proclives a la creencia en el Árbol Seco. Así, la “higuera seca” citada en los Evangelios (Lucas, 13, 6-0), que se libra de ser talada por estéril (aunque luego tiene su oportunidad de salvarse). O en el sueño de Nabucodonosor (citado por el traductor y comentarista Juan Barja), donde un Ángel anuncia al rey que un alto y frondoso árbol deberá ser podado de todas sus ramas manteniéndose su tronco encadenado y sujeto al suelo, y donde el profeta Daniel interpreta el sueño como un aviso del cielo, de lo que sucederá al propio rey si no reconoce y se somete a Yahvé: ser reducido a la condición de Árbol Seco.
Arboles miticos. sueño de nabucodonosor
 Ilustración del Beato de San Miguel de Escalada, año 945, donde ilustra la interpretación  del sueño de Nabucodonosor. El rey será desposeído de su reino viviendo durante siete años como una bestia salvaje, alimentándose de la hierba del suelo.
 4.- El roble de Guernica
 
“Fuerte como un roble”…Hasta el dicho popular lo sostiene. Siguiendo con el refranero: “algo tendrá el agua para que la bendigan”… No es extraño: árbol potente, poderoso y de gruesas ramas, el roble es el principal de los árboles sagrados en la mitología europea. Símbolo de Odín para los antiguos germanos, o el árbol donde los druídas de los antiguos celtas recogían el muérdago que crecía en sus ramas, recolectado con una hoz de oro, tal y como nos enseñan los cómic del héroe (éste inventado) Asterix. Hasta los estudiosos vascos reconocen la influencia de sus vecinos celtas para que el roble fuera el elegido por los antiguos vascones como elemento protector, como tótem, como intermediario con los dioses. En 1.853 el vizcaíno Jose María Iparraguirre compuso un zorziko, el Gernikako Arbola (es fácil de traducir: el Árbol de Guernica), que se ha convertido en himno euskera sobre la salvaguarda de la libertad de su pueblo. Pero, ¿de dónde proviene este culto al Árbol de Guernica?.
 
Desde la Edad Media se conserva la tradición de que el señor de Vizcaya jurase respetar, en Guernica y bajo las ramas del roble, los Fueros (también conocidas como las “Leyes Viejas”) y, por tanto, las libertades tradicionales de los vizcaínos. En principio era un compromiso local, que comprendía el señorío del núcleo de Vizcaya: las tierras llanas, los campos y los caseríos, a los que se fueron añadiendo pueblos, villas, anteiglesias y la ciudad de Orduña. Posteriormente se incorporaron las comarcas de las Encartaciones y el Duranguesado, para acabar por englobar todo el territorio histórico de Vizcaya y, por extensión, a todos los vascos. Tras la incorporación a la corona de Castilla, el título de señor de Vizcaya pasó a transmitirse junto al de rey de Castilla (de hecho Fernando el Católico juró en Guernica los Fueros) y, con posterioridad, al del rey de España toda, aunque en las ceremonias siga actuando como titular del señorío el lehendakari correspondiente. 
 
No he conseguido aclarar con certeza por qué es precisamente en Guernica y no en otra euskara localidad el lugar donde se juran los Fueros. El caso es que, junto a la Casa de Juntas y bajo el roble se desarrolla la ceremonia. Supongo, y creo que no es echarle mucha imaginación, que en el lugar ya debió haber en tiempos un gran roble venerado, y fue en sus cercanías donde se edificó la mencionada Casa de Juntas…algo así como el árbol bodhi bajo el que Sidharta alcanzó la iluminación convirtiéndose en el Budha: el Iluminado, y a cuyo alrededor se edificaron los templos (no os impacientéis: ese tema irá en el siguiente capítulo).
 
Pero, y volviendo al roble de Guernica, pese al lógico entusiasmo y fervor patriótico con que el bardo Iparraguirre compuso su Gernikako Arbola, donde en una de sus estrofas dice (traduzco, podéis encontrarlo en Google): …hace unos mil años que se dice / que Dios plantó el árbol de Guernica…, por desgracia los sucesivos robles de Guernica no han tenido mucha longevidad. Sí que es cierto, como establecen los botánicos que el roble europeo o Quercus robur, según su nombre científico, pueden alcanzar los mil años de edad, aunque su vida media suele ser más corta. No obstante, y como indiqué, los consecutivos árboles de Guernica han tenido vidas más breves. 
Arboles miticos. el roble y la casa de juntas
                                                                  Postal de 1.915
Así, el primero datado y conocido como el Árbol Padre, se calcula ya estaba ahí desde el siglo XIV. Murió en 1.742 y en su lugar y en el mismo año se plantó el llamado Árbol Viejo, que a su vez murió en 1.860. Suyo es el tronco que se conserva en un templete, junto a la Casa de Juntas, algo parecido al tronco seco del Árbol del Teneré conservado en Niamey, como mudos testigos, última muestra de respeto. Para reemplazar al Árbol Viejo se plantó en el mismo año (1.860) el conocido como el Árbol Hijo, pero no duró mucho: murió en el año 2.004 afectado por un hongo. El actual, un plantón ya previsto como sucesor, crecido de una bellota del Árbol Hijo, se plantó en el lugar habitual junto a la Casa de Juntas, en el año 2.004.
Arboles miticos. ruinas de guernica
                                                     Guernica, tras el bombardeo
 
Quitando la brevedad de estas vidas vegetales (espero que el actual, del que no sé el nombre, alcance larga vida), el Árbol Hijo sobrevivió al episodio posiblemente más triste de la historia de Guernica: el famoso bombardeo efectuado por la Legión Cóndor el 26 de Abril de 1.937. La Legión Cóndor, escuadrilla aérea integrada por pilotos y aparatos alemanes más un pequeño refuerzo italiano, bombardeó la villa durante varias horas con el supuesto objetivo de destruir el puente y cortar las comunicaciones con Bilbao, ante la resistencia republicana. Pero el objetivo fue de escarmiento: tras las primeras bombas -que no destruyeron el puente- se lanzaron bombas incendiarias que destruyeron el 80% de la población. El porcentaje de víctimas ha sido muy debatido: de una población de unos 5.000 habitantes se barajaron entre 250 y 300 muertos, aunque por unos estudios más recientes y exhaustivos realizados por Vicente del Palacio y Jose Ángel Etxaniz, de la asociación Gernikazarra, se ha establecido la cifra de 126 fallecidos en total. La divergencia de cifras se debe a que, dos días más tarde del bombardeo, las tropas franquistas entraron en la población, tomando el control y quemando los archivos de la iglesia de Santa María, imposibilitando el recuento total de los fallecidos.
Arbooles miticos. gudaris, 1936
 
                    Soldados y gudaris, velando ante el Árbol de Guernica. 1937
Las bombas respetaron la Casa de Juntas y el roble. Cuando entraron las tropas rebeldes los carlistas montaron un cordón de protección alrededor de la Casa de Juntas y del Árbol de Guernica, para impedir cualquier intento de destrucción, conscientes de la importancia que tenía para los vascos. No obstante el escándalo del bombardeo se hizo internacional. El gobierno de la Segunda República contactó con el pintor Pablo Picasso, residente en París y hasta entonces bastante ajeno a la política española. Se iba a celebrar en París la Exposición Universal y solicitaron del pintor algún cuadro alegórico como propaganda para la causa republicana. Entre Mayo y Junio de 1.937 -ya bombardeada Guernica- el artista, conmocionado por la noticia, pintó su famoso cuadro que se ha vuelto icónico, todo un símbolo: el Guernica, en un ático alquilado ex profeso dadas las grandes dimensiones del cuadro en el 7 de la Rue des Grands Augustins, aunque en ninguna parte se mencione la población. Cabe mencionar que Picasso al parecer no quiso cobrar nada por la obra y que le fue reintegrado sólo lo que le costaron la tela y las pinturas. ¡Larga vida al árbol de Guernica!.
Arboles miticos. el guernica
       Reproducción del cuadro de Picasso, en la propia localidad de Guernica
5.- El pipal de Bodhgaya
 
Bodhgaya es una población situada en el estado de Bihar, al norte de La India, de unos 40.000 habitantes. Cuando tuve la oportunidad de estar allí me recordó a Compostela. Multitud de templos de todo el orbe budista se elevan allí, como homenaje a las diferentes comunidades budistas de toda Asia: no sólo hindúes, sino también de Birmania, de Sikkim, Buthan, China (en forma de pagoda), Japón (con su arquitectura tradicional nipona), Tailandia, Ceilán, o tibetanos, de los que hay dos. Y rodeando los templos, multitud de devotos budistas, cada cual con su impedimenta característica (de blanco los tailandeses, de rojo los tibetanos, de amarillo los japoneses…), peregrinos todos ellos a la llamada de su fe. Sentados en grupos grandes, rezando y leyendo en sus libros apaisados las oraciones en sánscrito. Casi todos rodeando el árbol.
Arboles singulares. Monjes rezando
 
Lo de Compostela no es casualidad. De sobra conocemos en España la importancia que el Camino de Santiago y lo que significó a lo largo de los siglos despertó en toda Europa, la atracción a millones de peregrinos. Entre nosotros quizá lo tenemos ya “tan visto” que no le concedemos la importancia debida, aunque la siga teniendo. Tuve también ocasión de “caminar” hacia Compostela en un par de ocasiones de grato recuerdo, una de ellas con un amigo alemán para los que ir a Compostela es todo un prestigio, encontrándonos en el recorrido gentes de todos los pelajes: desde gente “normal” de diversos países hasta grupos de religiosos italianos o franceses, de familias al completo a solitarios peregrinos, desde chavales con ganas de ejercicio hasta monjes “zen”… Yo no lo ví, pero me contaron de un japonés vestido de samurai que hacía el camino (mejor: el Camino) con su escudero, callados, serios y formales ambos. 
 
Estando en Bodhgaya y callejeando por la ciudad se nos acercaron un par de chavales de allá con ganas de “pegar la hebra”, por practicar inglés, dijeron (cierto es que no nos pidieron ni una rupia, como sospechamos inicialmente). Al preguntarme mi nombre y decirles: Santiago, uno de ellos del que no recuerdo el nombre abrió unos ojos como platos: ¿¡Santiago…Santiago de Compostela!?… Al parecer había leído la novela titulada El peregrino, del escritor Claudio Coelho, y para él Compostela era una localidad mítica, no pensaba que fuese real. A mi regreso tuve el placer de enviarle a la dirección que me proporcionó varios libros llenos de imágenes de España, entre ellas las de la catedral de Santiago de Compostela, para que le pusiese “cara” a lo que él pensaba hasta entonces que era sólo un mito.
Arboles singulares. Pipal de Bodhgaya
                                                            Al pie del árbol Bodhi
 
Como Compostela alrededor de la catedral, Bodhgaya ha crecido alrededor de un árbol, lo que se conoce como un pipal, para los botánicos Ficus religiosa bajo el que, y según la tradición budista, el príncipe Siddharta alcanzó la iluminación. Los pipales son grandes árboles que podemos ver en toda La India. Al igual que las “olmas” en casi cada plaza de los pueblos de Castilla prestan su sombra a los lugareños (aunque muchas se hayan secado víctimas de una enfermedad, la grafiosis), los pipales crecen en la plaza central de miles de aldeas de toda La India, sirviendo de punto de reunión a los vecinos para dirimir sus problemas. El género Ficus al que pertenece el pipal engloba unas 900 especies en climas templados y tropicales. El más conocido por nosotros la higuera (Ficus carica), pero también otros como el árbol del caucho (Ficus elastica) y otros usados como plantas decorativas, tales como el Ficus benjamina, el Ficus retusa y otras más.
 
El budismo es una religión característica. Para empezar, se define como religión sin dios. Más que religión, es una filosofía de la vida. No conocen la noción de “guerra santa”, que tantos millones de muertos han cobrado a lo largo de la historia las religiones monoteístas, celosas de su monopolio. Tampoco concibe la conversión forzada, ni tan siquiera la herejía como algo pernicioso. Sería tema prolijo detallar sus principios y variantes, que excederían ampliamente al tema de esta entrada, pero en esencia propugna la compasión, el huir de las pasiones excesivas y el buscar la paz interior. Con semejante filosofía, no es raro que el budismo se extendiese por toda Asia, donde se calculan entre 330 y 350 millones de seguidores, repartidos en las 14 ramas o escuelas budistas, y que a su  ideario pacifista se adhiriesen en nuestro mundo occidental unos 20 millones de adeptos, ávidos de misticismo en Europa y unos 4 millones en los Estados Unidos. A muchos de estos budistas occidentales los podemos ver, también, rezando alrededor del sagrado pipal de Bodhgaya.
Arboles singulares. Templos y monjes
 
Si queremos profundizar en el budismo podemos sentirnos bastante confusos. A su alrededor se ha tejido una complicada red de mitos y leyendas fundacionales, tradiciones y definiciones de conceptos bastante metafísicos, adobados además con lo que, para nosotros, occidentales, supone la gran cantidad de términos en sánscrito: dharma, shanga, samatha, vipassana, samadhi, jhanas, prajna, avidya, duhkha, samsara…y muchas más¡Ojo!, no son meras palabras: cada una de ellas define conceptos muy concretos. Hasta tal punto han invadido en parte a Occidente que algunas de ellas como karma nirvana han sido ya asimiladas (la última, incluso dando nombre a un famoso grupo de rock). 
 
Será más simple entender el origen del budismo si consideramos que en el siglo V a.C. nació un tal Siddharta Gautama en Lumbini, en la frontera de lo que ahora son Nepal y La India. Siddharta era el príncipe del reino de Sakia (que me perdonen los budistas si se me escapa algún error), perteneciente a la segunda casta hindú, la de los chatrias: la de los guerreros y nobles (por encima estaban los brahmanes). Cuenta la tradición budista que a los 29 años el mimado y protegido Siddharta descubrió por azar la enfermedad, la decrepitud y la muerte, lo que provocó que se marchase del palacio y de la vida noble a la que estaba destinado (lo que se conoce como La Gran Renuncia) y hasta los 80 años se consagró a la pobreza, a la abstinencia, a la predicación y a difundir su mensaje por el norte de La India.
 
Quizá no hubiera pasado del anonimato de ser un predicador más, si no fuera porque doscientos años más tarde el gran rey Asoka descubriese el budismo y se convirtiera en su principal difusor. Asoka construyó el imperio Maurya, conquistando casi toda La India y los actuales Pakistán y parte de Afganistán. Dice la tradición, y me ciño a ella, que tras masacrar el estado de Kalinga, conmovido por la destrucción, se convirtió al budismo. Hay historiadores que sostienen que Asoka descubrió en esta nueva creencia una religión que diese cohesión a su imperio. Puede ser, no sería el primer caso. Sea como sea Asoka fue el verdadero expansor del budismo en La India y que gracias a él fuese extendiéndose, poco a poco, por Tíbet, Mongolia, China, el Lejano Oriente y llegando hasta Japón. Pero volvamos a Siddharta y al árbol pipal.
 
Continuando con lo que la tradición nos cuenta, y tras un periodo de vagar de aquí para allá y de un periodo de extrema ascesis en el que estuvo a punto de dejarse morir de hambre, Siddharta decidió que necesitaba, más que aclarar sus ideas, alcanzar la iluminación. Llegando a un lugar (que más tarde se llamaría Bodhgaya) se sentó al pie de un alto pipal durante tres días con sus noches, dispuesto a no moverse hasta no alcanzar el conocimiento. Durante la primera noche (sigo con lo que nos cuenta la tradición) logró el conocimiento de sus existencias anteriores. Durante la segunda noche, alcanzó el conocimiento de ver seres morir y renacer de acuerdo a la naturaleza de sus acciones. Durante la tercera noche purificó su mente, consiguiendo el conocimiento de las Cuatro Verdades. Aún tuvo una última prueba: se presentó Mara, personificación del demonio o de la tendencia a la maldad, con una serie de tentaciones. Pero, al igual que las cristianas tentaciones de San Antonio, Siddharta resistió, logrando ser libre del aferramiento a las pasiones alcanzando, por fin, la Iluminación, y estando ya preparado para predicar la verdad. En aquel momento dejó de ser Siddharta para ser el Buda = el Iluminado.
 
Bodghaya, ya lo he comentando, es el principal centro de peregrinación de los budistas del mundo. Aunque la ciudad ha ido creciendo con sus tiendas y sus barriadas, el verdadero centro es un conjunto abarrotado de templos de diferentes estilos, según la procedencia de sus fieles. Y en medio de todos ellos, el pipal. Bendecido por ser aquel bajo cuyas frondosas ramas Siddharta alcanzó la Iluminación y, al igual que éste pasó a ser denominado el Buda, el pipal pasó a ser llamado el Bohdi. Y como no podía ser menos en una religión como la budista, donde a todo se le pone nombre, éste tiene el suyo propio: Siri Maha Bohdi, que me atrevo a traducir como algo así: el Gran Bohdi Sagrado. Los budistas lo consideran descendiente del árbol bohdi original.
Arboles miticos. pipal de ceilán
                                       
                                                El pipal sagrado de Ceilán
Pero este Siri Maha Bohdi tiene un competidor, y más viejo: el llamado Jaya Siri Maha Bodhi. Un pipal (no muy grande) presente en los jardines de Mahamewna, en la localidad de Anuradhapura, situada al norte de la isla de Ceilán, actual Sri Lanka. Se considera al bohdi cingalés el árbol plantado por humanos más antiguo del mundo, con fecha conocida: el año 288 a.C. Fue traído como plantón por la princesa Sangamitta Theri, hija de aquel emperador Asoka que expandió el budismo por La India. Aunque Ceilán no estaba bajo su dominio directo si gozaba de protección como reino vasallo y, muy pronto, abrazó la fe budista de la que es uno de sus bastiones. El árbol, como es de suponer, goza de enorme respeto y adoración por parte de todos los cingaleses que acuden a él en peregrinación. De hecho, y a lo largo de su historia, se fue rodeando de rejas doradas y de empalizadas, algunas con la intención de protegerle contra los elefantes salvajes. Los cingaleses afirman que es la “rama derecha” (la rama sur) del árbol bodhi “original”, el de Bodhgaya. Actualmente y desde el año 2.014 el gobierno de Sri Lanka ha prohibido cualquier construcción a menos de 500 metros a su alrededor, para evitar cualquier molestia al venerable Jaya Siri Maha Bodhi. 
 
“Nuestro” bodhi, el de Bodhgaya, es un enorme y frondoso árbol, de gruesas ramas, protegido por empalizadas y adornado con las multicolores banderas de oración con que los budistas adornan sus stupas, y bajo el que se agolpan los fieles rezando en voz alta día y noche, muy serios como corresponde, sus apaisados libros de oración. Tras la invasión musulmana de La India, los templos fueron destruídos aunque el árbol afortunadamente resistió. El mayor templo hoy día es el de Mahabodhi, construído en su momento al parecer por el emperador Asoka, y reconstruído en el siglo XIX por Sir Alexander Cunningham, arqueólogo de la Sociedad Arqueológica Británica. El segundo en ser construído (o reconstruído) lo fue por monjes budistas procedentes de Ceilán…se ve que hay cierto “pique”, como pasa con ambos Siri Maha Bohdi.
 
Dice la tradición que el rey Asoka peregrinaba todos los años durante el mes de kattika al árbol Bodhi para rendirle homenaje, pagando festivales en su honor que duraban varios días. Continúa diciendo la tradición, según narra el capítulo 17 del Maja-Vamsa (en pali: “el gran linaje”), que la mujer del emperador, Tissarakkha, celosa de las atenciones que su marido prestaba al árbol, lo hizo matar clavándole espinas de mandu en el año 250 a.C. En su lugar se plantó un vástago que es el que vive en la actualidadSi hacemos caso a las fechas, el de Ceilán sería 38 años más viejo. 
6.- Hiperión, el gigante escondido
 
Hiperión: del griego, “el que camina en las alturas” o “el que mira desde arriba”…
 
El que bautizó a este árbol como Hiperión iba bien enfocado. Según la mitología griega (que no tiene nada que envidiar por su complejidad a la hindú), Hiperión fue uno de los doce Titanes, hijos de Urano (el cielo) y de Gea (la tierra). Liderados por Cronos, derrocaron a su padre Urano, hasta que, a su vez, fueron derrotados por los Olímpicos (Zeus y su dinastía). En la Ilíada de Homero, al dios Sol se le llama Helios Hiperión (“el sol en lo más alto”). En “Los trabajos y los días”, Hesíodo nos cuenta que Hiperión se casó con su hermana Tea, la diosa de la vista, con la que tuvo tres hijos: Helios (el sol), Selene (la luna) y Eos (la aurora). Los modernos astrónomos, sin tanta parafernalia pero buscando inspiración en la mitología, pusieron el nombre de Hiperión a una de las lunas heladas del planeta Saturno (el de los anillos) y así ha quedado para la posteridad.
 
Pero en el tema botánico que es el que nos interesa, Hiperión es un árbol. En concreto, una sequoya de la especie Sequoia sempervirens (por cierto: el nombre “sequoya” se les puso como homenaje al jefe de la tribu cheroqui Sequoyah). Las sequoyas pertenecen a la familia de las Cupressaceae, parientes cercanas por tanto al tamrut del Tassili antes mencionado. Estos gigantes de la botánica viven en la húmeda franja costera que se extiende a lo largo de la mitad norte de California protegidos en la actualidad por parques, como el Parque Nacional Redwood, donde vive Hiperión. Antes se les explotaba talándoles para la industria maderera. Afortunadamente en 1.978 el entonces presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter amplió los límites del parque custodiándolos ante la amenaza de las motosierras. Bien lo merecen. 
Arboles miticos. seccion sequoya
Sección de un tronco aserrado de sequoya. Toda una tentación para los madereros. Obsérvese el pedazo de sierra, y lo liso que ha quedado el corte.
 
En una naturaleza tan agreste, de bosques extensos, y escondido entre otros altos árboles, Hiperión vivió una existencia discreta. Al punto que no fue hasta el 8 de Septiembre del 2.006 cuando dos naturalistas, Chris Atkins y Michael Taylor lo encontraron mientras explotaban un apartado territorio del parque. En concreto Hiperión fue localizado en un terreno en cuesta y no en las habituales tierras bajas. Seguramente esta ubicación contribuyó a mantenerle escondido y a salvo de las motosierras, aunque hoy día se encuentra protegido en la ampliación del parque que Jimmy Carter, sabiamente y con gran sentido ecológico, consiguió.
Arboles miticos. hiperion
 Foto real de Hiperión, tomada con un teléfono móvil, por alguna de las únicas diez o                                                   doce personas que conocen su ubicación
 
Atkins y Taylor, naturalistas con experiencia en el mundo de las sequoyas, valoraron sus grandes dimensiones. Lo que no imaginaban fue su gran altura: al medirlo comprobaron que Hiperión medía (en el 2.008) 115,5 metros hasta su ápice, superando por casi tres metros al que se consideraba hasta entonces el árbol más alto conocido, otra sequoya conocida como “el Gigante de la Estratosfera” (lo de los nombres rebuscados no es raro: otras grandes sequoyas ostentan nombres mitológicos, tales como “Helios”, “Ícaro” u “Orión”…). Cuando digo que Hiperión medía 115,5 metros en 2.008 (hace ya 10 años) es porque, con toda seguridad, el árbol habrá superado esa altura. La velocidad de crecimiento de las sequoyas es alta, pudiendo superar el metro ochenta por año en los ejemplares jóvenes e Hiperión al parecer no es un árbol viejo. Las sequoyas superan con frecuencia los mil años de edad; la más vieja datada alcanzó los 3.800 años.
 
Pese a tal longevidad, hay árboles más viejos que las sequoyas. Hay otra especie de conífera en California, el Pinus longaeva (su nombre ya nos da pistas), que alcanza edades mucho mayores. El Pinus longaeva crece en la región de las White Mountains, a más de 3.000 metros de altitud. Zona muy árida, reseca y pedregosa, de clima muy seco, sin arroyos que corran por allí. Son árboles de tronco grueso y retorcido, sin apenas hojas, que crecen al límite de la vegetación, sobreviviendo a climas y recursos muy limitados. En 1.964 un estudiante de geología llamado Donald R. Currey hizo perforaciones en alguno de ellos para calcular la edad, midiendo los anillos, identificando especímenes de más de 4.000 años. 
Arboles miticos. pinus longaeva
                        Ejemplares de Pinus longaeva en su durísimo hábitat
Por problemas técnicos solicitó (y obtuvo) permisos del Servicio Forestal de los Estados Unidos para cortar el tronco a una altura de 2,4 metros sobre el suelo, descubriendo que “Prometeo” (como le llamó) tenía más de 4.844 años de edad. Más tarde el botánico Don Graybill obtuvo muestras más cercanas al suelo demostrando que su edad real era de 4.862 años. Lamentablemente, estas “operaciones científicas” consiguieron lo que 4.862 años no habían conseguido: acabar con la vida de Prometeo. Supongo que hoy día estos permisos hubiesen sido imposibles de conceder, y que Donald R. Currey hubiese hecho mejor en hacerle fotos, en vez de lesionarle. Afortunadamente hay otro ejemplar de la misma especie, vivo y a salvo de científicos “bienintencionados”, al que se ha calculado una venerable edad de 4.789 años. Su nombre esta vez está muy bien puesto: “Matusalén”.
Y ya puestos con el tema de la longevidad de las plantas, he de intercalar a posteriori el comentario que un amigo botánico (Carlos García-Verdugo de Lucas compañero de viaje por el Tassili N’Adyer) tras leer la entrada me hizo. La planta más “vieja” del planeta no es ni siquiera el Pinus longaeva, sino una humilde plantita del desierto de Mojave, también en California (está llena de plantas viejísimas, ¿por qué será?). El desierto de Mojave y, dentro de él, el conocido como el “Valle de la Muerte”, es el lugar del planeta donde se han registrado las temperaturas más altas, con un record de 57ºC.
La planta en cuestión se conoce como la “gobernadora” o arbusto de la creosota, conocida científicamente como Larrea tridentata. Al habitar en un medio tan hostil y tan reseco, de escasísimas lluvias como es el desierto de Mojave, su estrategia biológica consiste en que las ramas más viejas se “sacrifican” (no hay agua para todas) y se van secando mientras, muy lentamente, crecen nuevas coronas de ramas y flores, dándole un aspecto de anillos de arbustos, aunque sean todos la misma planta. Y aquí viene la noticia: la más extensa de estas masas de arbustos, la conocida como “King Clone”, ha sido datada mediante el método del Carbono-14, con la increíble edad (para una humilde plantita) de…¡11.700 años!…
Arboles míticos. king clone
 El “King Clone”, o círculo de matas de la Larrea tridentata. Parecería mentira que alcanzasen tan elevada edad, pero se ha hecho datando los tocones secos semienterrados en su interior. La planta más vieja del mundo.
En el mismo hábitat que la Sequoia sempervirens vive otro gigante emparentado con él: la Sequoyadendron giganteum. Si no tan altos como la Sequoya, el más famoso de este otro género es un soberbio ejemplar conocido como “General Sherman”, con “solo” 83,8 metros de altura. Lo destacable es que se trata del árbol con más volumen neto, o lo que es lo mismo: con más madera en su maciza anatomía. Aunque se discute si la primacía en cuanto a volumen es del “General Sherman” o de otra conífera, también de la familia de las Cupressacea, pero esta vez más al sur: el Árbol de Tule, en México, del que hablaré con más extensión en el último punto. El “General Sherman” es un árbol famoso por la cantidad de veces que sus imágenes salen (en Internet, en revistas de viajes) en todos los reportajes sobre sequoyas. Si no tan alto como sus primos del género Sequoya, es mucho más grueso. Si el ejemplar más ancho del género Sequoya tiene un diámetro en la base de 7,9 metros, el “General Sherman” tiene un diámetro de 11 metros, lo que le confiere un aspecto aún más robusto. 
Arboles miticos. tunel en sequoya
 
Los Sequoyadendron viven también dentro del Sequoia National Park, pero en otro sector conocido como Giant Forest. Hay uno de ellos también bastante fotografiado a través de cuyo tronco se excavó un pequeño túnel, suficiente para que lo atravesara un coche, aunque es cierto que el túnel se excavó hace casi un siglo. Supongo que, hoy día, el Servicio Forestal de los Estados Unidos no lo hubiese permitido. Por cierto: se estimó -con entusiasmo- hasta hace poco la edad del “General Sherman” en 3.500 años. Estudios recientes lo han datado en “sólo” 2.000 años.
 
Pero no hace falta viajar hasta California para disfrutar con la visión de semejantes “arbolazos”: en España podemos ver sus gruesos troncos cónicos  en parques como los de la Casita del Príncipe de El Escorial, en este caso pertenecientes a la especie Sequoyadendron giganteum, aunque los primeros se plantaron allá por 1.850 en Granada, concretamente en el cortijo de La Losa, en la localidad de la Puebla de Don Fadrique, un regalo botánico del duque de Wellington. Aunque los lugareños con su peculiar jerga “granaína”, en vez de sequoyas les llaman “mariantonias”, posiblemente porque otro nombre por el que se conoce a estos gigantes es el de “velintonias”, por lo del duque de Wellington.
Arboles miticos sequoya Casita 2

 

Algunas de las sequoyas que podemos ver en los jardines de La Casita del Príncipe, a cinco minutos andando de la estación de El Escorial.
Arboles miticos sequoya Casita 1
En la fotografía aparecen una sequoya (a la izquierda) y un cedro (a la derecha). Los perfiles de cada uno son característicos e inconfundibles.
Por cierto: se ha decidido mantener en secreto la ubicación exacta de Hiperión. Hasta ahora no llegan a diez o doce personas los que conocen el lugar. Ya se sabe que ante semejante especímen y por muy alejado que esté de los circuitos habituales, no faltarían multitud de entusiastas dispuestos a fotografiarse a su lado, y ya no sé si hasta dispuestos a llevarse una ramita de recuerdo. Por muy gigantes que sean, el hecho de pisar cientos o miles de veces a su alrededor termina por compactar el suelo dificultando el drenaje de la lluvia, por no hablar de la basura generada a su alrededor. Personalmente creo que es una buena decisión. Es lo mínimo que se merece: respeto y tranquilidad.
 
7.- El tejo de Barondillo
 
Para este capítulo me vais a permitir transcribir una parte (aunque haré añadidos) de la entrada que ya saqué en este blog, titulada “Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama”, y en la que hablo de varias excursiones que se pueden hacer cerca de El Escorial, donde vivo, detallando algunos de los saltos de agua y algunos de los considerados como Árboles Singulares (con mayúscula) por la Comunidad de Madrid. En este punto me voy a ceñir solamente al tejo en cuestión, un Taxus baccata al que se le han calculado 1.800 años de edad: un “niño” en comparación con los recientemente mencionados Pinus longaeva o de las sequoyas, pero que tampoco están nada mal. De hecho, se le considera el árbol y, por tanto, el ser vivo más viejo de toda España. En Asturias tiene un “competidor”: el tejo de Bermiego, al que algunos entusiastas calculan con mucho optimismo 2.000 años de edad, aunque al parecer es más joven que el de Barondillo, y algo más pequeño. Por otra parte, el tejo europeo más viejo se encuentra en Gales, plantado (¿o más bien fue la iglesia la que creció a su lado?) junto a la iglesia de San Cynog, en el condado de Powys, en Sennybridge, al que se ha calculado una edad de 5.000 años.
Arboles miticos. tejo de berniego
                                             El tejo de Bermiego, en Asturias
Solemos encontrar a los tejos aislados, como mucho en pequeños bosquecillos, mezclados con otras especies. El grupo más grande de tejos descrito en España se conoce como la Tejeda del Sueve, muy cerca de Ribadesella, en Asturias. En una extensión de unas 80 Ha. podemos ver un grupo de 8.000 tejos, aunque lo normal es verlos aislados o en grupos pequeños.  Suelen vivir en zonas frías y húmedas, a partir de los 600 metros de altitud, o buscando la humedad cerca de cauces de ríos. En concreto el de Barondillo crece a 1.650 metros de altitud, en una garganta superhúmeda. 
 
El tejo es otro árbol próximo a la familia de las cupresáceas (como el tamrut argelino, las sequoyas californianas o el árbol de Tule mexicano) aunque no lo sea: propiamente, pertenece a la familia de las Taxaceae (las cosas como son, que luego me regañan los botánicos). Aprovechado desde tiempo inmemorial por su madera dura y resistente, a la par que flexible. Estas cualidades idóneas casi produjeron su extinción en las Islas Británicas durante la Edad Media, al ser aprovechado para la fabricación del “arco largo”. Durante la llamada Guerra de los 100 Años entre Inglaterra y Francia -aquella en la que destacó Juana de Arco-, el “arco largo” (más de metro y medio, hasta superar los dos metros), también conocido como “arco galés”, supuso una ventaja armamentística de las tropas inglesas frente a las francesas al conceder mucha más potencia de tiro, tanto en penetración de las flechas como en la distancia alcanzada, hasta más de 200 metros (la distancia normal de las flechas era de 70-80 metros):
 
en la guerra contra los galeses, uno de los hombres de armas fue asestado por una flecha disparada por uno de los galeses. Ésta atravesó por su muslo, con eficacia, donde estaba protegido dentro y fuera de su pierna por su férreo calzón, y luego por la saya de su túnica de cuero, después ésta penetró aquella parte de la silla que llaman alva o asiento y finalmente se alojó en su caballo, alojada en su caballo tan profundamente que mató al animal… (“Itinerarium Cambriae”, Gerardo de Gales. 1.191).
 
Para producir estos arcos, se dejaba madurar la madera entre uno y dos años, y se seguía trabajando un par de años más. La aparición de las armas de fuego fue quitando importancia a semejantes “máquinas de matar”. Pero el tejo tiene otra propiedad letal: es sumamente tóxico, tanto por sus frutos, por sus hojas o incluso por la corteza. Los griegos y romanos lo conocían como el “árbol de la muerte”. Julio César en el libro VI de su De Bello Gallico (“La Guerra de las Galias”, y no “del bello gallito” como tradujo más de un alumno despistado), escrito en el año 51 a.C., menciona la muerte del jefe galo Catuvolius, que se suicidó envenenándose al beber una infusión de corteza de tejo. 
 
No por casualidad, uno de los nombres populares del árbol es el de “mataburros”. El tejo contiene varios potentes alcaloides cardiotóxicos, como el taxol, la taxina y la baccatina. Pero dando la razón a la farmacopea griega que denominaba como pharmakon tanto a la medicina como a los venenos, la moderna industria farmacéutica ha conseguido por parasíntesis de la baccatina un compuesto, el paclitaxol, usado en la actualidad como anticanceroso…. No todo va a ser malo…
 
Pero, si me permitís, voy a copiar la parte de la entrada que os dije (“Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama”), donde describo cómo llegar hasta el viejo tejo de Barondillo:
 
“Este otro camino es más suave, más corto y menos trabajoso que el que nos lleva hasta las cascadas del Purgatorio. Aparcando en La Isla (bajando desde el puerto de Cotos hacia Rascafría unas desviaciones ya nos la señalizan, a la derecha), un camino sube pegado al arroyo de La Angostura, en dirección hacia Cotos. El recorrido es muy agradable, entre pinos y quejigos, y el arroyo baja abundante formando multitud de pozas y de pequeños saltos. A unos 300 metros río arriba nos encontramos un vistoso salto de agua que, aunque no sea una cascada natural como tal, no deja de tener su espectacularidad. Se trata de la cascada del embalse del Pradillo, embalse que se destinó en su momento a suministrar energía eléctrica al pueblo de Rascafría.
El camino discurre dejando el arroyo a la izquierda durante unos dos kilómetros, aproximadamente, hasta llegar al Puente de La Angostura. Aunque en muchas entradas hablan de él como un puente romano, no lo es. Ya se sabe, es como los anticuarios: cuanta más edad le puedas atribuir, más valor, y al ser de piedra enseguida le cuelgan el cartel de “romano”. Aunque viejo, realmente no lo es tanto. Fue levantado por orden de Felipe II (en otros sitios dicen que fue Felipe V el que lo mandó construir) con la intención de salvar el río y que las carrozas reales pudiesen efectuar el camino desde La Granja de San Ildefonso salvando el Puerto de Navacerrada hasta el Monasterio de El Paular. Precisamente su ubicación está en un lugar donde el cauce es más estrecho con dos grandes rocas a sus lados: la “angostura” o estrechez, lo que acabó dando nombre a todo el arroyo. Desde La Isla hasta el puente, un agradable paseo de 1.600 metros nada más.
 
Cruzamos el camino sobre el puente. Justo por delante y río arriba una hermosa pradera invita a descansar y a tomarse un refrigerio porque a su lado el arroyo forma una poza donde los valientes y calurosos podrán darse un chapuzón en verano. Por mi parte, ni soy tan valiente ni desde luego es el momento: las aguas tienen un reflejo “azul-glaciar”, con pinta de estar de todo menos calientes… Ahora, y una vez cruzado el puente de La Angostura, justo enfrente, una pista ancha se desdobla, a la derecha y a la izquierda. ¡Ojo!, que “nuestro” camino es el de la izquierda y no el de la derecha. Si siguiésemos por el de la derecha y tras una ligera ascensión acabaríamos por dar de nuevo con el río Angostura. El camino es muy agradable pero no es éste. El nuestro, insisto, es el que frente al Puente de La Angostura parte hacia la izquierda. Desde aquí el camino nos llevará hasta el “tejo milenario”, aunque ya mismo comienzan a verse pequeños tejos y ejemplares de acebo. Los tejos, coníferas de hoja plana (de donde viene su nombre popular), perenne y verde oscuro. Los acebos, algunos en grupos y muy grandes, ahora sin su característico fruto rojo invernal, alimento para muchas aves en los meses duros, y con unas hojas verdes, satinadas y de reborde espinoso, con un brillo metálico que nos llaman la atención desde lejos.
 
La pista asciende suavemente quebrando su recorrido para sortear las alturas. En un momento dado se abre otra pista a la izquierda, que es la que deberemos seguir. Tras lo que calculo un par de kilómetros más, la pista acaba abruptamente en una vaguada, cerrada por el monte. No vemos los tejos desde la pista pero es aquí mismo, los tenemos al lado. Bajando por la izquierda cruzamos el arroyo de Valhondillo sin dificultad y ahora si. Unos cuantos ejemplares de tejos grandes, viejos y nudosos crecen entre rocas o en la ladera, esparciendo sus raices sobre el suelo. 
 
 Por fin, el famoso tejo milenario. El conocido como Tejo de Barondillo, deformación de la palabra Valhondillo, enclave en el que le encontramos. A su pié el pequeño monolito donde indica su nombre científico: Taxus baccata, y su calificación como Árbol Singular. En este caso no es para menos: se le calcula una edad de 1.800 años…el árbol más viejo (y por tanto el ser vivo) de toda la península.
 
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Un ejemplar que sorprende por sus hechuras. No es muy alto, porque los tejos no son árboles de gran porte (veinte metros como máximo), pero sí muy ancho, de un perímetro aproximado de 10 metros y un diámetro (también aproximado) de más de tres metros. Con un tronco grueso y nudoso, ahuecado por los años en su interior. Las raíces se extienden a los lados del árbol, dándole un aspecto de aún más ancianidad o como de árbol de cuento de brujas. Los forestales han colocado una valla metálica a su alrededor y una placa informativa para evitar que los visitantes se arrimen al tronco a hacerse la inevitable foto. El problema es que de tanto pisar el suelo, éste llega a compactarse complicando su permeabilidad, y lo mínimo que merece este árbol es respeto.  
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      Otro de los varios tejos centenarios que acompañan al “abuelo” de Barondillo. 
Tras admirar a semejante anciano y hacernos las inevitables fotos (¡sin cruzar la valla, por favor!), reemprendemos el camino de vuelta, no sin antes admirar los otros tejos muy grandes y majestuosos, varias veces centenarios, aunque aquí la “estrella” sea el milenario. Desde La Isla un recorrido de unos 10 kilómetros, cómodo y de los que merecen la pena”.
8.- El árbol del incienso
 
Adelanté en el punto correspondiente al ciprés del Tassili que, en Europa, nos gusta imaginar el desierto como una romántica sucesión de dunas de arena, aunque en el interior del desierto también haya montañas, igual de áridas y resecas como la extensión de las dunas. La Península Arábiga (con una extensión equivalente a seis veces la de la Península Ibérica), aunque fuera del territorio africano, es otro ejemplo de desierto puro y duro. Pero en su extremo meridional y junto al mar, unas cadenas de altas montañas condensan en sus frías cumbres la humedad proveniente del océano, favoreciendo las precipitaciones y formando unos microclimas bastante más verdes que a los europeos nos podrían parecer extraños. Un ejemplo es el de Omán, en el extremo sudoriental de la península, como ahora explicaré. Y aquí es donde encontramos los árboles del incienso.
Omán es un país que no conozco, pero al que no me importaría visitar. Aunque está regido por una monarquía absoluta, es uno de los más desarrollados y estables del mundo árabe, donde el integrismo de momento no tiene cabida, y donde no se permiten construir altos edificios, al estilo de los vecinos emiratos. En su interior y su parte central se extiende un desierto muy árido, el conocido como Rub al-Jali, donde se ha reintroducido con éxito, y donde se encuentra severamente protegido por el gobierno omaní, un antílope espectacular: el orix blanco, el Oryx leucoryx.  Pero nos interesan los dos extremos: en su costa este se encuentra el mar de Omán, salida natural del Golfo Pérsico (por donde circula el 33% del petróleo mundial, producto de los pozos de los emiratos) a través del estrecho de Ormuz, que lo separa de Persia a una distancia de entre 35 y 90 kilómetros. En esta costa se levantan las escarpadas montañas del Jebel Akhdar y de Al Hajar. Gracias a la humedad proporcionada por la vecindad del mar, el Jebel Akhdar esconde verdes desfiladeros, oasis y una vegetación que nos sorprendería. 
 
En la sabana arbolada de sus cumbres, a más de 1.600 metros de altitud, encontramos poblaciones de una especie de cabra montés parecida al arrui de las montañas del Atlas y del Hoggar argelino: el tar (o thar) de Arabia, el Hemitragus jayakari. Y persiguiendo a los thar, las últimas poblaciones del lobo de Arabia, el Canis lupus arabs, más pequeño que el lobo europeo. En este marco salvaje y tan diferente a las montañas de Europa, podemos ver también volando la imagen inusual de las águilas reales. 
 
En su costa sur, fronteriza con Yemen, la influencia del mar es aún mayor. De hecho, es la única parte de la Península Arábiga bendecida por el monzón: el khareef como le conocen allíentre los meses de Julio y Septiembre, lo que confiere a la región de Salalah la categoría de bosque lluvioso. Aunque hay un periodo seco las lluvias en las montañas, el Jabal Samhan, las llenan de verdor. Es en este entorno dificultoso y abrupto, de montañas y desfiladeros, donde viven las últimas poblaciones de leopardos de Arabia, bastante alejados de las selvas de África. Y es aquí, en la región de Salalah, donde crecen los árboles del incienso y a donde los nativos llegan por intrincados caminos con sus camellos dispuestos a realizar la recogida del incienso. 
Arboles miticos. arbol del incienso
 
El incienso no es el único “tesoro” de Omán. Hoy día la riqueza del país se debe a sus reservas de gas y petróleo pero, hasta el descubrimiento de los combustibles fósiles, la mirra fue otro de sus productos más buscados, uno de los tres componentes de aquel “oro, incienso y mirra” que los Magos de Oriente regalaron a Jesús en el Portal de Belén. Al igual que el incienso, la mirra es el producto obtenido por el procedimiento de practicar incisiones en la corteza de otro árbol, la Commiphora myrrha y, como el inciensoel olor de su combustión forma parte de las ofrendas a los dioses. Aunque su zona de crecimiento abarca un territorio algo más amplio: el noreste de África y Arabia, es en Omán donde se encuentra en más cantidad. 
Arboles miticos. recoleccion incienso
 
Desde los comienzos de la historia, se han empleado sustancias que, al quemarse, producen un olor agradable, destinadas sobre todo a ritos religiosos. Productos como la mirra, el sándalo, el copal (en Mesoamérica), el benjuí (en Extremo Oriente)… o el incienso. Palabra procedente del latín incendere: encender, aunque como otros “inciensos” se han utilizado gomoresinas, productos obtenidos de la madera o de la resina del cedro o de la sabina. Precisamente el nombre botánico de la sabina: Juniperus thurifera, significa “portadora de incienso”. Pero el incienso propiamente dicho se obtiene de árboles del género Boswellia  y, en concreto, de dos de sus especies: la Boswellia carterii y la Boswellia sacra, árboles que crecen principalmente en la franja costera de Omán. Mediante incisiones en la corteza la resina fluye, secándose al contacto con el aire, formándose pequeños granos de unos 2 cm. de diámetro. Cuando estos granos se ponen en contacto con el fuego se derriten, exhalando un delicioso aroma.
Arboles miticos. recoleccion incienso 2
 
El incienso ha sido objeto desde la más remota antigüedad de un activo comercio. En Omán el momento de mayor esplendor fue durante el siglo XIII, cuando barcos persas, de La India, de China e incluso desde el lejano Japón atracaban en los puertos de Mascate y de Salalah en busca del preciado tesoro. Ya en Egipto, en el templo de Deir el-Bahari, podemos ver inscripciones y pinturas de hace más de 2.000 años, donde se aprecian con claridad las nubecillas del incienso. Los fenicios solían llevar en sus barcos como artículo de intercambio leña del árbol del incienso. Se cuenta que Alejandro Magno, al conquistar Gaza, obtuvo como parte del botín 500 talentos (1 talento = 26 kg, medida en el mundo helénico) de incienso y 100 de mirra. En La India hace siglos que el incienso forma parte de la tradicional medicina ayurvédica. En China y Japón forma parte integral de la adoración de deidades dentro de su religión sintoísta. Pero también en el budismo así como en el cristianismo, dentro de la Iglesia Católica (el ejemplo del botafumeiro, en la catedral de Compostela en festividades señaladas) o en la Iglesia Ortodoxa…
 
Más testimonios históricos: Estrabón (siglo I a.C.), Discórides y Plinio el Viejo (siglos I y II d.C.) narran como se hacían las transacciones comerciales con Arabia y la zona del Mar Rojo. Y Heródoto, el padre de la Historia, cuenta que el rey persa Darío I exigió tras derrotar a los árabes, el tributo de 1.000 talentos de incienso… La Biblia también menciona al incienso con frecuencia. Así, en el Éxodo (30:1) dice que Yahvé ordenó a Moisés hacer un altar separado de madera de acacia para quemar incienso. De nuevo en el Éxodo (30:7) nos cuenta:
 
y Aarón quemará incienso sobre él (el altar) cada mañana cuando prepare las lámparas
 
O en el Salmo 141:2:
 
suba mi oración delante de tí como el incienso…
 
Hay más: otras menciones aparecen en el Deuteronomio (33:10) y en el Levítico (16, 12-13)…
 
Pero es en el Nuevo Testamento donde la mención del incienso se nos ha quedado más metida en la cabeza, en el episodio de la visita de los Reyes Magos al Jesús recién nacido. Aunque, por cierto, la única mención en los cuatro evangelios a la visita de los Magos aparece en el de San Mateo, y en la que hace el evangelista sobre los Reyes Magos no dice ni cuántos eran ni cómo se llamaban, ni tampoco hablan de un rey negro…todos esos detalles, así como lo del asno y el buey fueron surgiendo poco a poco (algunos prestados de los Evangelios Apócrifos y, por tanto, no reconocidos oficialmente por la Iglesia) hasta formar parte ya de forma indisoluble del imaginario popular:
 
unos magos procedentes de Oriente…
 
Y, en cuanto al incienso:
 
y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose lo adoraron y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra… (Evangelio de San Mateo, 2, 1-12).
 
Para no extenderme más, otra cita (un tanto apocalíptica, valga la redundancia) del Nuevo Testamento pero esta vez del evangelista San Juan en su Apocalipsis, al mencionar la apertura del Séptimo Sello:
 
otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra, y hubo truenos y voces, relámpagos, y un terremoto… (Apocalipsis de San Juan, 8:1-5).
 
Se ha explicado el efecto, más que euforizante, como antidepresivo y ansiolítico que el humo del incienso produce en las personas. Lo cual explicaría en gran parte su tradicional y extendido uso en ceremonias religiosas. Abusando de la astrología y, ya como mencionaban los antiguos, los planetas que rigen el árbol del incienso son el Sol y su hijo predilecto, Júpiter, por lo que le correspondería el signo de Leo…ahí queda éso… De hecho, en los modernos “místicos” el uso de las varitas de incienso está muy extendido al producir una actitud mental más positiva. Incluso, “rizando el rizo”, aconsejan qué mezclas con otras plantas utilizar o en qué momento del día es mejor encenderlos. Nadie duda del efecto relajante que el olor del incienso produce en una casa. Pero no es una invención “mística”: se han hecho estudios en ratones en los que se ha demostrado la activación que su olor produce en los canales iónicos en el cerebro. 
Arboles miticos. incienso budista
 
No todo son ventajas en el incienso: un estudio publicado en el año 2.008 en la revista Cáncer encontró que el uso del incienso se asocia con un riesgo significativamente mayor de cáncer del tracto respiratorio superior, y tasas más altas del carcinoma de células escamosas. Otro estudio realizado por la Universidad Tecnológica de Sur de China, en Cantón, demostró una asociación entre la exposición a la quema de incienso con síntomas respiratorios tales como tos crónica, bronquitis crónica, goteo nasal, sibilancias, asma, rinitis alérgica e incluso neumonías. Otros estudios recientes detectaron tasas anormalmente elevadas de riesgo de cáncer en templos budistas de Taiwán, asociándolo a los elevados niveles de benzopireno (un hidrocarburo aromático policíclico) en el humo del incienso. 
 
Bien es verdad que la concentración de humo en los templos budistas es altísima, debido a que son lugares mal ventilados, con mucha gente en su interior y en los que se queman grandes cantidades, al punto de que el humo impide la visibilidad: las varitas se encienden en grandes manojos que podemos abarcar en una mano, y no palitos aislados como es la costumbre en Occidente. Por esta vez, podemos estar tranquilos. Tal y como las usamos en nuestras casas nos da igual que sea Leo o Capricornio el signo que las rija: las varitas de incienso seguirán relajándonos y perfumando nuestro hogar. 
 
9.- El Árbol del Tule
 
A muchos de nosotros (sobre todo los de “cierta edad”) éso de Tule nos puede sonar a Thule, la “última Thule”, tierra mítica y legendaria en el norte más alejado del mundo conocido, que los especialistas han intentado ubicar en la costa de Noruega, en la de Groenlandia o en Islandia. Y, ya puestos a que nos “suene”, a muchos nos sonará Sigrid de Thule, la eterna novia del Capitán Trueno, personaje de tebeo (aún no se llamaban “comic”) que se hizo tremendamente popular en España (llegó a una tirada de 350.000 ejemplares semanales), creado en el año 56 por Victor Mora -guionista- y Ambrós -dibujante- y que a muchos de nosotros, cuando aún no había apenas tele y las que había eran en blanco y negro, nos mantuvo entretenidos en la niñez y la adolescencia con sus aventuras. Pero el Tule del que voy a hablar no es el mítico Thule, poblado de princesas hiperbóreas de largas trenzas rubias y vikingos feroces, armados con cascos de cuernos bajo los que asomaban trenzas pelirrojas. El Tule del que quiero hablaros está mucho más al sur: en Méjico.
 
El Árbol del Tule es todo un ejemplar. La palabra “Tule”, por cierto, significa en el idioma indígena “árbol de iluminación”…algo similar al árbol bodhi, el de Bodhgaya, bajo cuyas ramas alcanzó la suya el príncipe Siddharta. Obviamente el árbol por sus grandes dimensiones ya tuvo para los indígenas prehispánicos la consideración de árbol sagrado. La construcción de una iglesia a su lado para “apropiarse” de la sacralidad del lugar nunca es casual (ermitas cristianas donde hubo templos precristianos hay a montones). La leyenda zapoteca cuenta que Pechocha, un sacerdote de Ehécatl, el dios del viento, lo plantó. Otra leyenda cuenta que, reunidos los líderes de la nación zapoteca, decidieron separarse en cuatro grandes grupos dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales, y que cada grupo plantó un ahuehuete. El gran Tule sería uno de ellos y, en todo caso, árbol venerado. Todos los años, el segundo lunes de Octubre, acuden multitud de peregrinos que se agolpan bajo su sombra a la convocatoria del día del Árbol de Tule, comiendo, bebiendo, cantando, y lanzando fuegos artificiales…espero que apuntando lejos de sus venerables ramas.
Arboles miticos. arbol de tule
 
Científicamente, se trata de un ejemplar de Taxodium mucronatum, ciprés calvo, o ahuehuete en la lengua indígena. Situado en Santa María del Tule, pequeña población a 12 km. de Oaxaca de Juarez, capital del estado de Oaxaca. A su lado, y obviamente erigida con posterioridad a su nacimiento, se levanta la pintoresca y colorida iglesia de Santa María de la Asunción, más conocida por Santa María del Tule, que al lado del ahuehuete parece una pequeña figura de nacimiento. El árbol es impresionante. Puestos a batir records dignos del Guiness (no sé si figura, pero bien podría figurar), es el árbol con el diámetro del tronco más grande del mundo: 14,36 metros de lado a lado. Una altura de 52 metros, y una circunferencia del tronco de 58 metros… Como les gusta presumir allí, se necesitan treinta personas cogidas de la mano para poder rodearlo. 
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Al hablar de las sequoyas ya mencioné la polémica entablada entre los estadounidenses y los mejicanos acerca de qué árbol tenía más biomasa, más volumen de madera: si el “Coronel Sherman” o el Árbol del Tule. Ciertamente el diámetro del tronco es mayor en éste, pero la altura de la sequoya es mucho mas alta. Todos “barren para casa” y apuntan al suyo como el más voluminoso. Manteniéndome imparcial, creo que en este caso la sequoya gana con ventaja, aunque supongo que la diferencia tampoco es muy grande.
 
Pero no hace falta viajar hasta Méjico para contemplar otro ejemplar de ahuehuete, si no tan grande, sí de buenas dimensiones. En el Parque del Retiro de Madrid, en la zona del Parterre (frente a la calle de Alfonso XII y del Casón del Buen Retiro) vive un ejemplar de Taxodium mucronatum que ha llegado hasta nosotros casi de casualidad. Y digo casi, porque fue de los escasos árboles que sobrevivieron en El Retiro a la invasión napoleónica. En 1.808 los soldados franceses establecieron su cuartel general en El Retiro cometiendo dos destrozos: uno, derribaron el taller de la fábrica de porcelanas del Buen Retiro, por la competencia que al parecer estaba haciendo a la fabricada en Sèvres. La fábrica se ubicaba en el emplazamiento donde ahora se levanta el monumento al Ángel Caído, del escultor Bellver, aunque los que acabasen de demolerla fueron las tropas inglesas del general Wellington… sí: el mismo que trajo a España las primeras sequoyas…. Y el segundo destrozo fue talar casi todos los árboles de los jardines, a fin de obtener madera con la que calentarse en sus fogatas.
Árboles míticos B
 
Este ahuehuete fue plantado allá por 1.630, el árbol más viejo de Madrid, por tanto. El Parque de El Retiro fue creado en 1.629 por orden del Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV, que lo diseñó con parques, fuentes y estanques, imitando el estilo francés. El ahuehuete en cuestión, según dicen, ofreció soporte entre sus fuertes ramas para apoyar uno de los cañones con los que los franceses bombardearon Madrid, librándose de esta forma de ser talado como muchos otros. Hoy día forma parte del catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, por su edad y por su porte: tiene una altura de 40 metros, una circunferencia en la copa de 25 metros y un diámetro en la base del tronco de 6 metros… Si no tan grande como su hermano el Árbol de Tule, sí es un ejemplar digno de verse. Por cierto: el nombre de “ciprés calvo” con que se le conoce proviene de ser una de las especies de coníferas (al igual que el alerce) que pierde sus hojas en invierno. Aunque, en este caso, es una adaptación al clima por el hecho de ser originario de tierras cálidas, mientras que los alerces estén adaptados al frío intenso, formando grandes bosques en Siberia.
Árboles míticos A
                                Base del tronco del ciprés calvo del Retiro
El Árbol del Tule es otra conífera (como el tamrut, las sequoyas o los tejos) venerable, enorme, de una edad aproximada de 1.680 años, aunque los naturales con su lógico optimismo le atribuyan más de dos mil… Ya sean mil setecientos o dos mil, el hecho es que ya estaba ahí mil y pico años antes de la llegada de los españoles a Méjico, y un milenio antes de que los vikingos noruegos descubriesen Islandia (su Thule). No obstante y pese a sus grandes dimensiones, el Árbol del Tule es un ser vivo y, como tal, sensible a las enfermedades y los cambios ambientales. 
 
A finales del siglo XIX sufrió debido a una sequía, por la escasez de agua. Ésto no ha vuelto a repetirse ya desde el primer cuarto del siglo XX, porque es regado regularmente y podado de forma adecuada. En 1.990 varios reportajes notificaron que la salud del Árbol del Tule estaba gravemente amenazada por el tráfico, la contaminación y la falta de protección. El arqueólogo John Paddock, experto en la zona de Oaxaca, afirmó entonces que si no se tomaban medidas urgentes el árbol no viviría más de 50 años. Ya en Noviembre de 2.011 una empresa española realizó un informe técnico sobre la salud del árbol. En él se indica que la salud es buena, pero también se hacen varias recomendaciones y acciones a tomar para proteger este árbol único en el mundo. Entre las recomendaciones se aconseja una limpieza a fondo, la eliminación de hongos y una poda sanitaria, así como abandonar las perforaciones profundas que afectan a sus necesidades de agua. Esperemos que todas estas medidas nos permitan proteger a este símbolo durante muchos años más.

 

Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama.

 

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                        El árbol (y ser vivo) más viejo de España: el tejo de Barondillo.

Esta entrada (que no artículo) no pretende ser un catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, ni de rutas por la Sierra de Guadarrama, ni una enumeración de cascadas. De todo ello ya hay páginas en internet donde describen exhaustivamente cualquiera de ellos.

Se trata simplemente de unos cuantos paseos fáciles y, sobre todo, muy bonitos, de los que cualquiera con unas mínimas condiciones físicas puede hacer en un radio de pocos kilómetros por los alrededores de San Lorenzo de El Escorial. Unos recorridos que oscilan, desde el punto en el que podemos aproximar el coche, de entre unos 15 minutos a un par de horas. No podré evitar repetirme, en cuanto a las palabras “bonito”, “hermoso” o “espectacular”, pero no las encuentro mejores para definir los árboles (no necesariamente Singulares), las cascadas y, sobre todo, los paisajes.
En cuanto a las cascadas que merezcan tal nombre, hay unas cuantas catalogadas como tal. Mencionaré sobre todo la del Hornillo, en el término de Santa María de La Alameda, y las del Purgatorio, en el término de Rascafría. Ambas dignas de verse. La primavera sin duda es el mejor momento para “ver agua” al tener mayor caudal debido a los deshielos y también porque los paseos son cómodos, al no hacer ni demasiado frío ni calores excesivos. En primavera, además, los arroyos corren caudalosos formando pequeños y grandes saltos entre las rocas, que da gusto verlos.
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                                “Pequeños” saltos de agua, sin nombre
Aunque el otoño es otra época meritoria para pasear debido sobre todo al espectáculo otoñal de las hojas…sin mencionar que es el momento ideal para buscar setas, aunque estas den material más que suficiente para una próxima entrada.
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  Por doquier narcisos primaverales de varias especies. El de la                                           derecha, Narcissus pseudonarcissus, de largo tallo
En cuanto a los árboles, ya tan sólo con el espectáculo de los pinares, robledales y choperas que llenan nuestra sierra, a vosotros no sé pero a mí se me inunda el corazón de gozo. No conozco mejor sensación ni que me proporcione mayor paz que la de caminar por un bosque. Pero particularizando los árboles más vistosos, la Comunidad de Madrid tiene un total de 283 especímenes catalogados como Árboles Singulares. Algunos de ellos en parques urbanos como el de El Retiro (el ciprés calvo) o el Jardín Botánico (el olmo conocido como “el Pantalones”). Otros, en jardines del entorno tales como las sequoyas de La Casita del Príncipe, de El Escorial, o los pinsapos. Otros, salvajes, en plena naturaleza. Todos ellos categorizados así por su edad, su porte y su hermosura.
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       En Los Llanillos, área recreativa de la ladera de Abantos, subiendo desde San              Lorenzo de El Escorial, otro Árbol Singular: un Ulmus laevis, más resistente a            la grafiosis que otras especies de olmo.
Algunos en dehesas como el alcornoque centenario de Collado Mediano, pegado al pueblo, en una dehesa llamada de La Jara. La visité esta primavera y el paisaje era espectacular, con praderas llenas de flores entre los abundantes fresnos, y  donde se podían ver varios ejemplares de alcornoques entre los que destacaba el Árbol Singular. Se le atribuye una edad de 800 años, y bien podía ser por su gran tronco, cubierto de su gruesa y característica corteza. Me comentaron amigos botánicos que esta capa de corcho fue resultado de la selección natural, al proteger su interior del fuego en casos de incendio, mientras que sus primas hermanas, las encinas, se calcinan. Por cierto, la palabra “dehesa” proviene del latín defensa = prohibido, al ser un terreno comunal destinado a la alimentación del ganado, bien por el pasto, bien por las bellotas de las encinas o de los alcornoques, bien por el desmoche de las ramas de los fresnos al final del verano, cuando la hierba se ha agostado, y cuyas hojas y ramillas las vacas se comen con delectación. Y donde precisamente para preservarlo se prohibía la labranza.
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                      Alcornoque (Quercus suber) de la dehesa de La Jara, en Collado Mediano
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                Por la dehesa de La Jara, los ubícuos fresnos (Fraxinus angustifolia)
Hay otros árboles “urbanos” que fueron majestuosos y que, por desgracia, han muerto debido a la grafiosis. Me refiero a las “olmas” (que no olmos, según la denominación popular) que adornaban la plaza central de muchos de los pueblos de la sierra, sirviendo de cobijo para sentarse a su sombra en verano. Pocos quedan: el de Guadarrama, por ejemplo, sigue luciendo porte en la plaza mayor, visible desde el coche cuando recorremos la travesía que atraviesa (valga la redundancia) el pueblo. Otros como los de Rascafría o el de Miraflores sucumbieron como decía a la grafiosis.
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              La “olma” de Guadarrama, Ulmus minor, en perfecto estado de salud
Para entendernos: la grafiosis es una enfermedad producida por un hongo (el Ophiostoma, o su equivalente: Ceratocystis) transmitido a su vez por una familia de escarabajos, los Escolítidos. Estos pequeños escarabajos perforan la madera y cuando portan los hongos los inoculan en el árbol. Los primeros síntomas que podemos observar es la desaparición de las hojas en las ramas más altas pero, según la enfermedad avanza, los olmos van secando todas sus ramas y acaban muriendo.
El tratamiento suele ser la poda de las ramas enfermas pero en los casos avanzados la única opción es la infiltración de insecticidas. Tratamiento caro que se realiza en ejemplares de interés, como el famoso “Pantalones” que mencioné, presente en el Jardín Botánico de Madrid, o en los de algunas plazas de la ciudad de Ávila. Por desgracia la gran mayoría de aquellas frondosas “olmas” que adornaron plazas, han acabado desapareciendo.
Pero basta de dramas. Voy a describiros un par de itinerarios de los que más me gusta recorrer.
Hasta la cascada del Hornillo, y más allá.
 
El camino, señalizado, parte desde un pequeño aparcamiento junto al puente sobre el río Aceña. Para llegar hasta el aparcamiento basta con tomar la carretera que, desde San Lorenzo de El Escorial, se dirige hacia Santa María de La Alameda (pueblo, que no estación) subiendo hasta cruzar los puertos de La Cruz Verde en primer lugar, y de La Ventolera en segundo lugar. Entre ambos puertos, muy próximos el uno del otro, y en un mirador a mano derecha, podemos parar el coche si queremos contemplar la hermosa vista del valle con el Monasterio de El Escorial, una imagen realmente de postal. Una vez en La Ventolera y cogiendo la desviación que nos indica el camino hacia Santa María de La Alameda, remontamos todavía una pequeña subida hasta coronar el alto y ya bajando la cuesta, atravesar el pequeño pueblo de Robledondo. Ya sólo es cuestión de, entre curvas, bosquetes de robles y prados, bajar hasta el cauce del río Aceña. Justo antes de cruzar el puente y a mano derecha podremos aparcar el coche sin dificultad. Distancia desde San Lorenzo: 15 kilómetros.
Al lado del aparcamiento e indicado con un cartel, el camino se mete en el pinar, donde iremos siempre a la sombra. Sólo necesitamos calzado cómodo y resistente y si disponemos de un bastón para ayudarnos, mejor. Lo de llevar cámara de fotos o no, depende de cada uno, aunque yo siempre la llevo en la mochila junto con el “kit de montaña”: prismáticos, una navajita y una gorra por si aprieta el sol. Por consejo de un amigo excursionista añadí al kit una lámpara frontal, por si se hace de noche (me pasó dos veces en los Pirineos y es un verdadero aprieto caminar a oscuras) y un silbato…¿Un silbato -le dije- , y para qué?… Pues por si tienes un percance, como torcerte un tobillo, por ejemplo, y no puedes andar… Le respondí: ¡Hombre, siempre puedo gritar!… Si –me respondió– , pero de gritar te cansas pronto, y el silbato no cansa y se oye de más lejos… Y como me pareció buen argumento y ni pesa ni abulta, lo incorpòré al kit. Como siempre, “por si acaso”.
Es martes, hace buena temperatura, son las dos y media de la tarde y entre semana aquí no se ve a nadie, así que me quito la camiseta y en plan Tarzán, disfruto de este sol casi primaveral en la piel, o del aire fresquito en los trayectos en sombra. No volveré a ver a nadie ni a ponerme la camiseta hasta no llegar al coche.
El sendero va subiendo pegado al arroyo Hornillos, que baja rumoroso entre pequeños saltos y pozas. Ya en el último tramo la cuesta se hace un poco más empinada aunque el camino es cómodo, está muy bien señalizado e incluso en la última parte los forestales han puesto troncos de madera clavados al suelo para contener la erosión y marcar escalones. La cascada se anuncia desde antes de verla, por el estrépito del agua. Cuando llegamos el espectáculo es hermoso: en un tramo de unos diez metros el agua se desliza torrencialmente por una pared casi vertical de gneis. El gneis, para entendernos, es un mineral eruptivo con la misma composición que el granito (aquello de: cuarzo, feldespato y mica) pero que en vez de ser de aspecto granuloso ofrece una imagen en bandas, como el mármol.
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                                           La cascada o salto del Hornillo
Antes de precipitarse por la pared de gneis el agua se remansa en una pequeña poza, aunque inmediatamente por encima de la poza otros pequeños saltos se han ido sucediendo. El lugar merece una parada y muchas personas acaban aquí su recorrido. Desde el aparcamiento no tardas más de quince minutos. Grandes rocas se suceden a los lados de la caída donde te puedes sentar, contemplar sin prisa y en silencio el veloz movimiento del agua, disfrutar del sonido y relajarte.
Si tenéis ganas de andar más el sendero continúa, y vale la pena seguir. Un poco de cuesta, siempre dejando al arroyo a nuestra izquierda y protegidos por los pinos, nos conducirá a una pequeña pradera, rodeada por chopos y algún quejigo. De la pradera hacia arriba la señalización nos impedirá perdernos. El camino sube en cuesta, otros diez o quince minutos, y a cada paso que demos se nos va a ofrecer un paisaje de vallecitos, como los que bajan desde el puerto de Malagón dejando atrás los pinares de Robledondo hasta que, una vez coronada la cuesta y junto a un cartel indicador, veremos de frente el embalse y el pueblo de Peguerinos (ya provincia de Ávila) y, a nuestra derecha, al fondo, Santa María de La Alameda.
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 En las praderas altas una flor nos indica que alcanzamos ciertas cotas, como              el Crocus carpetanus, primo hermano del Crocus sativus, el del azafrán.
Toca bajar hasta el cauce del río Aceña. La bajada es bastante escarpada, por un camino muy pedregoso y hay que tener cuidado para no resbalar o no pisar una piedra en falso y acabar en el suelo. Mientras bajo apoyándome con el bastón pienso que mucho mejor haber comenzado la subida dirección a la cascada y no por aquí, aunque recuerdo hará tres o cuatro años que hicimos el camino inverso. Desde el embalse del Tobar (que desde aquí no se ve) fuimos bajando por la ladera de enfrente hasta la vaquería que se divisa en el fondo del valle y, una vez abajo, subimos la escarpada cuesta por donde bajo ahora aunque, en vez de dirigirnos al Hornillo, tiramos a la izquierda y fuimos por la cresta divisoria con Robledondo, dirigiéndonos aquella vez de nuevo al puerto de Malagón. Poco a poco y con cuidado la cuesta se acaba. Hay unas vacas encerradas en el corral pero no se ve a nadie por la casa. 
 
Una ancha pista de tierra finaliza en la vaquería y viene, pegada al río Aceña, desde donde he dejado el coche. El camino ya es mucho más cómodo. Durante un un par de kilómetros continúo, entre prados y algún que otro cercado, junto al río, que corre abundante. Algunos tramos son muy bonitos: el río se encajona entre grandes crestas rocosas que bajan de la montaña, formando pozas y prados. A lo lejos ya voy viendo estructuras conocidas: una casa de nueva construcción, al parecer una escuela de pesca para los chavales, pero que ahora mismo está cerrada. Siguiendo un poco más, el camino desemboca en la carretera que sube a Santa María, justo al otro lado del puente y de donde tengo el coche. En total y con paraditas breves para hacer fotos y contemplar el paisaje, 2 horas y cuarto.
 
Los dos castaños centenarios de Zarzalejo
 
A menos de 10 kilómetros de El Escorial y a 15 minutos en coche tenemos el pueblo de Zarzalejo. El que nos interesa es “el de arriba”, el pueblo como tal, aunque junto a las vías del tren creció el que se conoce como Zarzalejo-Estación. 
 
Zarzalejo se halla situado en la ladera sur de la montaña conocida como Las Machotas. Esa posición (al igual que San Lorenzo) le confiere protección climatológica al estar en la solana, lo que le proporciona cierto microclima respecto a otros pueblos, más enclavados en la llanura y por tanto más expuestos a heladas. La ubicación de los castañares se explica en parte por esta característica.
 
Un paseo de los clásicos es subir desde la Silla de Felipe II, en El Escorial, hasta trasponer el collado de Entrecabezas y desde allí, descender hacia Zarzalejo, atravesando bosquetes de castaños. Pero esta vez quiero ver dos centenarios, categorizados como Árboles Singulares por la Comunidad de Madrid: el de la Fuente del Rey, y el del Cotanillo.
 
El de la Fuente del Rey es el más fácil. Desde el mismo pueblo y junto a la iglesia de San Pedro arranca la calle de la Fuente del Rey. Una calle corta que serpentea sale ya de las casas. Podemos dejar el coche en cualquier esquina. A poco de coger la vereda un grabado en una piedra señala Fuente del Rey. El caminito zigzaguea señalizado con el indicativo de las marcas rojas y blancas de recorrido. Dejando a la derecha una verja roja y siempre a nuestra derecha la valla de la finca, cruzamos pasos angostos entre grandes rocas que me hacen pensar que “no es país para gordos”…
 
En quince o veinte minutos llegamos a los castaños, un pequeño bosquete de unos ocho o diez entre los que destaca el Árbol Singular, un gran ejemplar señalizado con un pequeño mojón (donde indica su especie: Castanea sativa, y el número en la catalogación) crecido entre las rocas que extiende sus gruesas ramas. Se le ha calculado una edad de doscientos treinta años, y por su porte bien lo parece.El tronco es doble, y aunque aún es pronto para haber desarrollado las hojas, muestra la imagen característica de los castaños, con una corteza cuyos pliegues se muestran ligeramente retorcidos, a diferencia de otros árboles cuyos pliegues crecen en vertical.
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La fuente como tal está unos metros más adelante, un pequeño caño que proporciona la suficiente humedad para aportar frescor a este rincón. Por el suelo, abundantes restos de los “erizos”, la cáscara espinosa que protege al fruto propiamente dicho: las castañas. Tras unos minutos disfrutando de la tranquilidad y el frescor de esta vaguada, me doy la vuelta dispuesto a ver el otro castaño, el del Cotanillo.
 
Una vez en el coche, enlazo con la carretera que sube hasta el puerto de la Cruz Verde. Es un trayecto de menos de un kilómetro. Justo tras la última casa y justo delante de la señal que indica con su oblícua línea roja el final del pueblo, un camino sube a la derecha. No hay problema, porque a la izquierda de la carretera una pequeña explanada me permite aparcar el coche con comodidad, a la sombra de unos pinos.
 
En las diferentes páginas de internet que hablan de los castaños de Zarzalejo en una de ellas, la del Guadarramista, su autor César Herranz ya avisa sabiamente que para alcanzar el castaño del Cotanillo “hay que pensárselo dos veces”… El que avisa no es traidor…añadiría yo. Gracias, César, por el aviso.
 
Efectivamente. La pista de hormigón que desde la carretera asciende…asciende y mucho, y muy empinada. Todavía no hace calor, pero la subidita de unos 200 metros (que a mí se me antojaron al menos 300) se me hace muuuy larga (¡por Dios, qué poco fondo tengo, tengo que dejar de fumar definitivamente!). La pista de hormigón finaliza, ¡por fin!, junto al depósito de aguas de Zarzalejo. Pero las cuestas no se han acabado. A partir de aquí la cuesta continúa pero ya por un sendero de piedras durante muchos metros más. Afortunadamente la sombra de los pinos me protege. Poco a poco el terreno se va haciendo más llano. A la derecha se contempla, rodeado por las crestas rocosas de Los Ermitaños, un vallecito lleno de prados con vacas. Hacia el fondo y en la parte más alta grupos de pinos. Y entre los pinos parece distinguirse un gran árbol, sin duda el castaño en cuestión. Al no tener hojas aún no destaca su tono verde brillante, pero por el porte y su estructura bien lo parece.
 
Sigo subiendo aunque el terreno es más llevadero. Desde que dejé atrás las últimas casas y me metí en la vereda, la camiseta sobra y como no hay absolutamente nadie disfruto de este sol primaveral en la piel. Último tramo: cruzando el portón de una finca, voy entre el tierno césped primaveral y zarzales rodeando la loma hasta llegar al castaño. Si de lejos es espectacular, de cerca es impresionante. Un enorme ejemplar de grueso tronco, algunas de cuyas ramas crecieron apoyadas en el suelo o en las rocas. Otras han sido aserradas y yacen, enormes, junto al tronco. El pequeño mojón de Árbol Singular le señala aunque alguien ha arrancado la placa superior donde indican la especie y su número de catalogación. Ya hay que tener ganas, pienso, de tomarse la molestia de subir hasta aquí y cometer estos pequeños vandalismos, siempre “hay gente pa tó”.
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                                    El castaño del Cotanillo, a finales del invierno
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El mismo castaño. Volví este veraniego otoño, aún sin el tono dorado otoñal de sus hojas
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A sus pies, miles de erizos, repletos de hermosas castañas. En un rato cogimos unos 3kg
A este ejemplar se le calcula una edad de 330 años y, visto su porte, no voy a discutirlo. Sentado a su pie, contemplando la panorámica del vallecito con Zarzalejo a lo lejos y, más allá, la carretera que lleva a Fresnedillas y las lomas que separan de Robledo de Chavela, disfruto de la paz del lugar fumándome un cigarrito bien merecido. En pocos minutos y sin ninguna prisa retomaré el camino, ésta vez -afortunadamente, pienso- ya cuesta abajo.
 
Un poco más lejos: Rascafría. Las cascadas del Purgatorio y el tejo milenario.
 
Desde San Lorenzo hasta Rascafría el camino es un poco más largo, unos 50 kilómetros. Necesitamos dirigirnos bien por Collado Mediano, bien por Los Molinos, hasta el Puerto de Navacerrada. La carretera sube y sube, rodeada por espesos pinares. Cada 100 metros que ascendemos (en altitud) desde el pueblo de Navacerrada un cartel nos lo va indicando: 1.200 metros… 1.300… 1.400… 1.500… seguimos subiendo: 1.600…1.700…1.800… La carretera sube aún más hasta el Puerto y aunque no llegamos a ver el cartel de los 1.900 nos falta ya muy poco para alcanzar esa cota. En concreto estamos a 1.858 metros sobre el nivel del mar.
 
El Puerto de Navacerrada está siempre muy animado, sobre todo los fines de semana y sobre todo en invierno, en que la nieve invita a pasearla o a que los niños disfruten tirándose bolas. Lleno de alojamientos, de bares y de alquileres de esquís y de trineos. Lugar clásico para la nieve donde miles de madrileños acuden a esquiar o, más modestos, dispuestos a tirarse con toboganes -o sobre un simple plástico- por las cuestas. Navacerrada, para mí, está lleno de recuerdos infantiles. Hacia la izquierda, la pìsta de El Escaparate, donde generaciones de madrileños se han iniciado en lo que es lanzarse sobre unos esquís y, como su nombre indica, para ver y ser vistos.  A su lado comienza -o termina- el Camino Schmid (en recuerdo de un guadarramista austríaco), ameno sendero que rodea los Siete Picos hasta el Puerto de la Fuenfría y desde allí, ya bajando, hasta Cercedilla. Pero nuestro destino esta vez nos lleva un poco más lejos.
 
En vez de seguir recto en dirección Segovia y La Granja, nos desviamos a la derecha, en dirección Rascafría y al Puerto de Cotos. Estamos a finales del invierno y estos días de frío y lluvia se han traducido en nevadas en las cotas altas. Las montañas están llenas de nieve que baja hasta el borde mismo de la carretera llenando las cunetas, ya desde la cota de los 1.600 metros. En este tramo, la carretera discurre en horizontal entre suaves curvas, siempre entre pinos, con un paisaje espléndido a nuestra izquierda que nos muestra una sucesión de valles repleto de espesos pinares. Los ejemplares que vemos aquí son todos de pino silvestre, también llamado de Valsaín: el Pinus sylvestris, con sus ramas y la parte superior de un anaranjado llamativo. De hecho nos encontramos en medio del mayor pinar de pino silvestre de toda Europa y que se extiende sin apenas solución de continuidad desde Robledo de Chavela hasta el Puerto de Somosierra, y más allá. Muchos los vemos tronchados en sus ramas o en sus copas debido al peso de la nieve acumulada tras las copiosas nevadas invernales.
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Panorámica desde la carretera de Navacerrada a Cotos, con un paisaje de densos pinares
Una vez en el Puerto de Cotos, pasamos al lado de la estación del tren que desde Cercedilla acaba aquí su recorrido tras subir por Camorritos, en un paseo muy bonito. A nuestra derecha dejamos el aparcamiento y la carretera que conduce hasta la estación de Valdesquí. Sobra decir que los días festivos el parking se llena, con toda la gente que desde aquí sube caminando por los senderos hasta la cumbre de Peñalara o la Laguna Grande. Desde Cotos salen otras excursiones, como la que baja por el valle, bien por el lado de la Umbría, o bien pegado al río Angostura, hasta Rascafría. 
 
Nuestro destino es otro: el de las cascadas del Purgatorio, y para ello tenemos dos opciones, aunque la que nos ocupa es comenzar el camino junto al puente del Perdón, junto al monasterio de El Paular, pocos kilómetros antes de llegar al pueblo de Rascafría. Una vez aparcado el coche debemos atravesar el puente, donde el arroyo de La Angostura olvida su nombre y pasa a denominarse, ¡vaya usted a saber por qué!, como río Lozoya.
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Comienza el camino: el Puente del Perdón y el Monasterio del Paular
Nos espera un recorrido de entre hora y media o dos horas y pico, según la marcha que llevemos. En esta ocasión voy sólo y a muy buen ritmo. Tan sólo me encuentro con algunas vacas que me miran, preguntándose sin duda qué se le habrá perdido a este tipo, y con esas prisas… El camino es fácil, entre prados, bosquetes de quejigo y pinares que, poco a poco, se van espesando. A poco de cruzar el puente de piedra del Perdón vamos a dejar a nuestra derecha el Área Recreativa de Las Presillas donde los más valientes -o más calurosos- podrán bañarse en las piscinas de poca profundidad que se han formado, escalonadas, al represar el río. Es el mismo río Aguilón, aquí domesticado el que, aguas arriba, veremos correr, formar pequeños saltos y, en su zona superior, las famosas cascadas. Para los que quieran bañarse como para los que no, un par de chiringuitos estratégicamente situados calman el hambre y la sed de los domingueros o de los más intrépidos que, como nosotros, nos hayamos dado el paseo y a la vuelta necesitemos reponer fuerzas. Hoy es martes y el Área está vacía, un espectáculo inusual para como se pone ésto en verano.
 
Toca seguir. El paseo hacia las cascadas está muy bien indicado y es cómodo y ameno. Una ancha pista forestal va subiendo. Tras tres o cuatro kilómetros el camino se apiada de nosotros, deja de subir y se torna horizontal. No podemos verlo pero a nuestra izquierda el arroyo Aguilón debe correr tumultuoso por el rumor del agua que llega hasta nosotros. En un momento dado comienza a bajar hasta cruzar el Aguilón por un puente de madera. A partir de aquí la pista desaparece y toca caminar un kilómetro y medio sobre un sendero cada vez más y más pedregoso, sorteando los pinos que han invadido la zona, dominando el paisaje. Ya en la parte final, en un tramo de unos 200 metros, tocará caminar sobre las piedras, cada vez más grandes, que ya más que piedras son rocas. A nuestra derecha el río Aguilón corre rápido dando saltos y al poco oiremos el rumor de la cascada. Ya en la parte final, un pequeño mirador de madera nos permite ver el espectáculo, grandioso, del salto de agua encajado entre grandes paredones de piedra.
 
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                                      La segunda cascada del Purgatorio
Miro el reloj: desde el Puente del Perdón hasta aquí he invertido una hora y media, caminando a toda leche y sin descansar ni un momento. Mirando las páginas de internet en una de ellas, donde detalla con mucha exactitud los tramos, incluso con las coordenadas por GPS, el recorrido total es de casi 7.900 metros. Todo un record y mis piernas lo notan.
 
Estuve hace años en las cascadas pero, consultando las páginas de los guadarramistas, mencionan una segunda cascada aún más alta que la primera, a unos doscientos metros por detrás, y para cuya contemplación aconsejan trepar por el lado de la izquierda, sobre una zona de rocas en las que aconsejan cuidado con los más pequeños o incluso tener precaución -de cara a los resbalones- si las rocas están mojadas por la lluvia. Estoy cansado por el tute que me he pegado pero no puedo evitar trepar por las rocas para ver la segunda cascada. Pero he debido coger un camino equivocado aunque tiro por una senda que trepa por el lado de la izquierda. Con mucho cuidado voy subiendo, una tras otra, unas grandes rocas. Aquí el bastón casi sobra, lo que se tercia es agarrarse con ambas manos según asciendo, mirando muy bien donde piso. Llego por fin a un alto repecho de donde no puedo continuar. De frente y a los lados hay unos tajos verticales imposibles de cruzar con grave riesgo de mi integridad física, y aunque el rumor de la cascada me señala que debe estar ahí mismo, otras grandes rocas me la ocultan.
 
Prudentemente me planteo retroceder y, desandando lo trepado y con muchísimo cuidado en cada piedra donde me apoyo, deshago el camino. Lo que menos me apetece ahora mismo es sufrir un resbalón y tener un percance en forma de tobillo roto, máxime teniendo en cuenta que ni hay nadie por el contorno, ni cobertura para el móvil. Así que, cuando consigo bajar junto al Aguilón, respiro aliviado. Más tarde y ya en casa veo fotos que han colgado en internet los caminantes donde se aprecia la segunda cascada. En ellas me hago idea de por donde va el verdadero camino, y no el equivocado que yo he cogido. Ya buscaré la segunda cascada otro día. 
Además, y como suele suceder en esta zona, nubes grises hace rato que cubrieron todo el cielo, y la temperatura ha bajado. Comienzo a desandar el camino al tiempo que una fina lluvia se hace notar. En el kit de la mochila, junto a la cámara de fotos, los prismáticos y una navajilla, llevo un impermeable ligero que, por no pararme para sacarlo, no me pongo. Llevo una camiseta-sudadera que de momento me protege pero que, poco a poco, se va mojando. Afortunadamente el camino de regreso es cuesta abajo y sigo andando a toda mecha pero el cansancio se hace notar. Pese a las botas de montaña el trayecto sobre rocas me han machacado las plantas de los pies, la tarde está cayendo, estoy helado de frío y ya, viendo de lejos el Puente del Perdón, el camino se me hace larguísimo. ¡Por fin, el coche!. Son las siete y cuarto, aún no han cambiado la hora y comienza a oscurecer. Desde que comencé a las tres y con algo más de un cuarto de hora de parada en la cascada, he empleado cuatro horas para recorrer casi diez y seis kilómetros…
 
Hay dos opciones más para acceder a las cascadas del Purgatorio. Una es es desde La Isla. Desde allí no hay caminos establecidos. Hay que trepar por el monte en derecho lo que también nos lleva, atajando, hasta la parte superior de las cascadas, tras superar dos crestas y una vaguada. Casi todo el camino discurre a la sombra de los pinos. Lo intenté una vez en invierno pero, llegando a lo alto, la nieve llegó a cubrirnos las rodillas por lo que decidimos, sabiamente, darnos la vuelta. Lo intentaré más adelante, con mejor tiempo.
 
La otra opción es accediendo al Puerto de La Morcuera. Una carretera comunica Rascafría con Miraflores de la Sierra, otro pueblo con recuerdos infantiles, de cuando mi familia veraneó allí, hace muchos años. Subiendo desde Miraflores el panorama es grandioso, dominando el valle. Una vez llegado al puerto y al Refugio Juvenil (a un par de kilómetros), podemos bajar por una pista hasta Rascafría (la GR-10, poco más de 15 km de recorrido) rodeando por detrás las cascadas o bien, aparcando el coche un kilómetro más allá, coger un cortafuegos durante dos kilómetros, hasta coger otro que sale en ángulo recto a su izquierda, y que va ya descendiendo. Ahora toca bajar la montaña. Desde este punto se contempla enfrente y más o menos a la misma altura, el Alto del Purgatorio, una gran peña reconocible si ya hemos estado cerca de las cascadas. Pero el cortafuegos se interrumpe y toca seguir bajando, más y más, por senderos cada vez más escarpados. Sabemos que tocará regresar por la misma pendiente y esta vez cuesta arriba, pero debemos estar cerca. De frente y allá abajo se ve correr el río Aguilón y ya se escucha el rumor de las cascadas. Por fin, y sobre unas rocas, las vemos. Estamos sobre un precipicio, en lo que calculo aproximadamente a unos 80 metros de altura en vertical, y a vista de pájaro vemos el espectáculo de la primera cascada, encajonada, cayendo impetuosamente, y a unos cien metros de ésta la segunda. Y allá, muy abajo, podemos distinguir a los excursionistas asomados al mirador de madera que, desde esta atalaya, parecen hormiguitas. No se si ellos nos verán -tendrán que mirar muy arriba- pero si lo hacen sin duda se preguntarán por dónde coño habrán subido estos locos a donde sólo llegan los buitres.
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             La primera cascada del Purgatorio desde nuestro nido de águilas
Tras un rato de disfrutar con la panorámica y el espectáculo de las cascadas y de hacer las inevitables fotos, toca regresar. y, efectivamente, ahora nos vamos a dar cuenta de lo empinada y lo larga que es la cuesta. Hasta llegar al cortafuegos no hay pinos que nos den sombra y el sol se nota sobre nuestras cabezas. Hay que pararse de vez en cuando para coger aliento. Una vez alcanzados los deseados pinos nos dan alivio, pero la cuesta sigue y sigue subiendo. Para cuando llegamos al tramo horizontal del cortafuegos estamos derrengados, soñando con una fresca cervecita (que nos tomaremos tan ricamente en Miraflores). Según el “cuentapasos” de mi móvil, hemos recorrido unos diez kilómetros en total, pero el cuestón se nos ha hecho larguiiiisimo. Una vez en casa y comprobando las cotas de nivel de los diferentes puntos en los mapas, la diferencia de altura entre donde hemos dejado el coche y el mirador sobre las cascadas es poco más de trescientos metros…pero cuando las cuestas son tan empinadas, trescientos metros es un mundo…aunque el contemplar las cascadas del Purgatorio desde lo alto bien ha merecido la pena. 
 
Hacia el tejo milenario de Rascafría
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               El río discurre caudaloso formando pequeños saltos y pozas
Este otro camino es más suave, más corto y menos trabajoso que el que nos lleva hasta las cascadas del Purgatorio. Aparcando en La Isla (bajando desde Cotos unas desviaciones ya nos la señalizan, a la derecha), un camino sube pegado al arroyo de La Angostura, en dirección hacia Cotos. El recorrido es muy agradable, entre pinos y quejigos, y el arroyo baja abundante formando multitud de pozas y de pequeños saltos. A unos 300 metros río arriba nos encontramos un vistoso salto de agua que, aunque no sea una cascada natural como tal, no deja de tener su espectacularidad. Se trata de la cascada del embalse del Pradillo, embalse que se destinó en su momento a suministrar energía eléctrica al pueblo de Rascafría.
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                                             Cascada del embalse del Pradillo
El camino discurre dejando el arroyo a la izquierda unos dos kilómetros, aproximadamente, hasta llegar al Puente de La Angostura. Aunque en muchas entradas hablan de él como un puente romano, no lo es. Ya se sabe, es como los anticuarios: cuanta más edad le puedas atribuir, más valor, y al ser de piedra enseguida le cuelgan el cartel de “romano”. Aunque viejo, realmente no lo es tanto. Fue levantado por orden de Felipe II (en otros sitios dicen que fue Felipe V el que lo mandó construir) con la intención de salvar el río y que las carrozas reales pudiesen efectuar el camino desde La Granja de San Ildefonso salvando el Puerto de Navacerrada hasta el Monasterio de El Paular. Precisamente su ubicación está en un lugar donde el cauce es más estrecho con dos grandes rocas a sus lados: la “angostura” o estrechez, lo que acabó dando nombre a todo el arroyo. Desde La Isla hasta el puente, un agradable paseo de 1.600 metros nada más.
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Cruzamos el camino sobre el puente. Justo por delante y río arriba una hermosa pradera invita a descansar y a tomarse un refrigerio porque a su lado el arroyo forma una poza donde los valientes y calurosos podrán darse un chapuzón en verano. Por mi parte, ni soy tan valiente ni desde luego es el momento: las aguas tienen un reflejo “azul-glaciar”, con pinta de estar de todo menos calientes… Ahora, y una vez cruzado el puente de La Angostura, justo enfrente, una pista ancha se desdobla, a la derecha y a la izquierda. ¡Ojo!, que “nuestro” camino es el de la izquierda y no el de la derecha. Si siguiésemos por el de la derecha y tras una ligera ascensión acabaríamos por dar de nuevo con el río Angostura. El camino es muy agradable pero no es éste. El nuestro, insisto, es el que frente al Puente de La Angostura parte hacia la izquierda. Desde aquí el camino nos llevará hasta el “tejo milenario”, aunque ya mismo comienzan a verse pequeños tejos y ejemplares de acebo. Los tejos, coníferas de hoja plana (de donde viene su nombre popular), perenne y verde oscuro. Los acebos, algunos en grupos y muy grandes, ahora sin su característico fruto rojo invernal, alimento para muchas aves en los meses duros, y con unas hojas verdes, satinadas y de reborde espinoso, con un brillo metálico que nos llaman la atención desde lejos.
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Los brillantes acebos por todos lados, todavía con su rojo fruto invernal
La pista asciende suavemente quebrando su recorrido para sortear las alturas. En un momento dado se abre otra pista a la izquierda, que es la que deberemos seguir. Tras lo que calculo un par de kilómetros más, la pista acaba abruptamente en una vaguada. No vemos los tejos desde la pista pero es aquí mismo, los tenemos al lado. Bajando por la izquierda cruzamos el arroyo de Valhondillo sin dificultad y ahora si. Unos cuantos ejemplares de tejos grandes, viejos y nudosos crecen entre rocas o en la ladera, esparciendo sus raices sobre el suelo. 
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 Éste no es todavía el “tejo milenario” más famoso, aunque estos ejemplares                  también sean muy viejos
Y por fin, el famoso tejo milenario. El conocido como Tejo de Barondillo, deformación de la palabra Valhondillo, enclave en el que le encontramos. A su pié el pequeño monolito donde indica su nombre científico: Taxus baccata, y su calificación como Árbol Singular. En este caso no es para menos: se le calcula una edad de entre 1.500 y 1.800 años…el árbol más viejo (y por tanto el ser vivo) de toda la península.
 
Un ejemplar que sorprende por sus hechuras. No es muy alto, porque los tejos no son árboles de gran porte, pero sí muy ancho, con un tronco grueso y nudoso, ahuecado por los años en su interior. Las raíces se extienden a los lados del árbol, dándole un aspecto de aún más ancianidad o como de árbol de cuento de brujas. Los forestales han colocado una valla metálica a su alrededor y una placa informativa para evitar que los visitantes se arrimen al tronco a hacerse la inevitable foto. El problema es que de tanto pisar el suelo, éste llega a compactarse complicando su permeabilidad, y lo mínimo que merece este árbol es respeto.  
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Tras admirar a semejante anciano y hacernos las inevitables fotos (¡sin cruzar la valla, por favor!), reemprendemos el camino de vuelta, no sin antes admirar los otros tejos muy grandes y majestuosos aunque aquí la “estrella” es el milenario. Desde La Isla un recorrido de unos 10 kilómetros, cómodo y de los que merecen la pena.
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    Abundantes por todos lados, los nidos de las grandes hormigas rojas (Formica           rufa), las “limpiadoras” del pinar

Chapapote. Ayudando a las víctimas

 

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                                                      Mi sobrina Greta y yo

1.- ¿Qué hacer?…ejerciendo la solidaridad

2.- Lo primero, ¿dónde?

3.- El hundimiento del Prestige

4.- Precedentes. El caso del Exxon Valdez

5.- La última víctima del chapapote: Man, el artista de Camelle

¿Qué hacer?….ejerciendo la solidaridad

A finales del mes de Noviembre del año 2.002 un sentimiento de rabia se generalizó en toda España. A consecuencia del hundimiento del petrolero Prestige y de una serie de decisiones, si no irresponsables al menos mal enfocadas, gran parte de las costas de Galicia y Asturias quedaron ennegrecidas por un gran derrame de fuel procedente del barco. La mancha se extendió por un total de 2.000 km, llegando a afectar el litoral de Santander, País Vasco e incluso una pequeña parte de las costas francesas. En Galicia se creó la plataforma Nunca mais. En el resto del país, una ola de indignación y solidaridad movilizó a miles de personas que acudieron de todos lados, dispuestos a echar una mano en las tareas más sucias, como fue limpiar las playas empapadas por los vertidos.
 
Porque España, y pese a lo que nos guste pensar a nosotros mismos, muy dados a fustigarnos, es un país muy solidario. Me lo razonó hace años una amiga italiana: cuando lo de la bomba de Atocha, la ayuda de la gente se demostró en taxistas, voluntarios o sanitarios que se volcaron trabajando gratis o doblando turnos. Incluso tuvieron que pedir, por favor, que no se donase más sangre porque ya no tenían donde almacenarla. Me decía mi amiga que éso en Italia hubiera sido impensable. Pues con lo del chapapote pasó algo parecido. 
 
Sería un sábado por la noche, a éso de las diez y a mediados de Diciembre, cuando me encontré una larga fila de autobuses en Moncloa. Para aquellos que no conozcan Madrid, Moncloa está justo en la salida hacia la carretera de La Coruña, rumbo a Galicia. Subiendo a los autobuses, un montón de chavales con sus mochilas. Obviamente -pensé- son voluntarios dispuestos a limpiar playas… Aquello me dejó pensando durante varios días. A mí también me gustaría ayudar, hacer algo, ¿pero qué?…¿qué hacer?… Cuentan que a finales del Siglo XIX el conde y escritor León Tolstoi se desesperaba contemplando las terribles imágenes de la miseria en los suburbios de Moscú, ante las que no cesaba de preguntarse…¿qué hacer, qué hacer?… Así que decidí irme para allá.
 
Lo primero, ¿dónde?. 
 
Ya se conocía por bastantes testimonios que muchos voluntarios que habían ido por su cuenta a Galicia no sabían exactamente qué zonas precisaban ser limpiadas, y perdían los pocos días de los que disponían buscando playas sucias, o intentando coordinarse con los que ya estaban allí, eliminando el fuel. Coordinarse con otros grupos era importante puesto que se les suministraba el material necesario: desde los monos desechables de papel, mascarillas, guantes, palas, rastrillos, redes y bolsas de basura donde ir acumulando el fuel recogido, mas la mínima infraestructura de alojamientos y mantenimiento. Hablando con unos y con otros, biólogos sobre todo pero también con colegas veterinarios, y dado que ya había tenido experiencia tratando especies silvestres (de cetrería sobre
todo, pero también animales de zoo o fauna salvaje), me aconsejaron buscar alguno de los centros donde se trataba a las aves recogidas de la costa, recogidas bien por voluntarios, por pescadores o por los servicios de rescate. Animales que llegaban a estos centros empapados de fuel, con las plumas inutilizadas por el alquitrán, incapaces de volar e incluso de nadar y que, en muchos casos, al acicalarse habían ingerido el temido fuel, intoxicándose.
 
Contacté al final con uno de los centros, concretamente el de Avilés, en Asturias. A mi no me hubiese importado en absoluto el haberme dedicado con una pala a recoger el chapapote de las playas, estaba decidido a ayudar en lo que fuese, pero me aconsejaron que dada mi experiencia, quizá podía ser más útil tratando las aves afectadas, y tras los oportunos contactos y para finales de Diciembre a Avilés que me fui. Como había comentado mi decisión a los allegados, me vi rodeado de un grupo de acólitos entusiastas, dispuestos a ayudar, como yo: mi hija Maya, mi sobrina Greta (en aquel momento estudiante de Ciencias del Mar), mi amigo Gabriel y un sobrino suyo, Pepe. Para Avilés que nos fuimos los cinco una fría mañana de invierno.
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Los Cinco de la Fama: Gabriel, su sobrino Pepe, mi hija Maya y yo. En primera fila mi sobrina Greta
En Avilés casi todo fueron gratas sorpresas. En primer lugar nos facilitaron alojamiento gratuito en la Casa del Mar. Las Casas del Mar son edificios dependientes del Instituto Social de la Marina, y facilitan alojamiento a marineros en tierra en periodos de corta duración, o en situaciones de naufragios, independientemente de su nacionalidad. En aquel momento la Casa del Mar estaba vacía, la teníamos para nosotros solos. Nos facilitaron tres habitaciones dobles: en una, las chicas: Greta y Maya. En otra mi amigo Gabriel y yo, y en la tercera Pepe, el sobrino de Gabriel. El centro de recuperación de aves se localizaba en San Juan de Nieva, junto al puerto, con varias dependencias donde se atendía a las aves afectadas: en primer lugar limpieza exhaustiva del plumaje, disolviendo el fuel con aceite de girasol. Si había evidencias de que el animal en cuestión hubiese tragado fuel, se les purgaba con aceite de girasol para que lo eliminasen de su aparato digestivo y evitar intoxicaciones. Aceite de girasol había más que de sobra, así como otros detergentes necesarios procedentes, nos dijeron, de donaciones. También había más que suficientes monos blancos de papel desechables (lo que dio nombre en las playas a la “Marea Blanca”) para no mancharnos al contacto con las aves petroleadas, guantes de goma, gafas protectoras, y todo lo necesario. 
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                                                            La “Marea Blanca”
Una vez limpios, los animales se mantenían en pequeños parques para controlar su evolución. Al principio se les alimentaba forzadamente aunque en cuestión de un par de días estaban lo bastante recuperados como para comer por sí solos. De hecho y a los pocos días, y como se puede ver en las fotos, nos rodeaban como gallinas al ver las bandejas del pescado. La alimentación se realizaba con pescado crudo, facilitado o comprado (supongo que a muy bajo precio) por los pescadores. Las aves atendidas en Avilés, o al menos los días que estuvimos allí, eran principalmente el arao común (Uria aalge), en un porcentaje estimado del 51%, más un 17% de alca común (Alca torda) y otro 17% de frailecillo (Fratercula arctica). Y ya en menor cantidad, cormorán (Phalacrocorax carbo) y alcatraz (Morus bassanus). No llegamos a verlos en Avilés, pero en aquellos días hubo varamientos en las playas de cetáceos: delfines y marsopas principalmente, alguna foca, algunas nutrias e incluso alguna tortuga marina, todas ellas enfangadas por el fuel. Me gustaría comentar que el porcentaje de “curados” era muy alto, más del 95% de las aves que llegaban a Avilés quedaban perfectamente restablecidas. Y el 5% restante morían intoxicadas al haberse petroleado en exceso y haber ingerido el fuel, en sus intentos de limpiarse el plumaje.
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Tanto las alcas como los araos eran unos animalitos que resultaban bastante simpáticos. Con un aspecto que recordaba a los pingüinos, aunque a diferencia de éstos son perfectamente capaces de volar: blancos y negros y muy “tiesecillos”, y además bastante pacíficos, lo más que hacían los pobres era intentar debatirse cuando, recién llegados, había que limpiarles a conciencia el plumaje, o los primeros días de la alimentación forzada. Por el contrario, cormoranes y alcatraces tendían a defenderse a picotazos cuando les manipulabas. Estaban en recintos aparte y para su manejo estaban destinadas las gafas protectoras, porque tendían a dirigir los picotazos justo a los ojos. En el caso de los alcatraces, más grandes y con fuertes picos, había que tener especial cuidado. Así y todo un cormorán me pellizcó un día en plena nuez, con su pico ganchudo y ese cuello en forma de “S”, tan eficaz a la hora de pescar…o de dirigir el pico, como un resorte.
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                                                Alimentando a los alcatraces
Decía que en Avilés casi todo fueron gratas sorpresas…excepto algún detalle, que siempre los hay. Yo había intercambiado previamente correos electrónicos con los responsables del centro de Avilés avisando de nuestra llegada y los días que podíamos estar allí, todo el mundo gente muy amable y agradecida por la colaboración. En el centro y coordinando al grupo de voluntarios había un par de veterinarios de la zona. No recuerdo su nombre ni a qué se dedicaban exactamente antes de lo del chapapote. Cuando me presenté a ellos como veterinario y con experiencia en manejo de aves silvestres uno de ellos puso una mirada un tanto “rara” y desconfiada que pude interpretar como…¿a qué vendrá este tío, y a ver si nos va a quitar protagonismo…o el trabajo? … Para su tranquilidad y evitar suspicacias les aclaré que nosotros veníamos a limpiar mierda, sin más. No obstante y de vez en cuando veía de reojo sus miradas inquisidoras o me hacían alguna corrección en cuanto a cómo debía cortar los papeles, o a mandarnos a algún lado si nos veía parados un momento…comparándolo en plan castrense, algo así como un sargento con los reclutas.
 
Porque durante unos días nuestro trabajo se limitó a éso: a limpiar mierda. Junto con el resto de voluntarios, cortábamos papel de periódico para revestir el suelo de los jaulones, y dos veces al día recogíamos esos papeles sucios con las abundantes deyecciones, llenando bolsas y más bolsas, procurando tenerlo todo lo más limpio posible. De limpiar las aves recién llegadas se encargaban otros voluntarios con más experiencia, lo mismo que a la hora de darles de comer. No era complicado: uno sujetaba al ave en posición vertical y otro entreabría ligeramente el pico, por donde se introducían boquerones o sardinitas, que se escurrían por el gaznate. 
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                                        Con un pequeño grupo de voluntarios
Pero el destino me brindó mi pequeña revancha, y en honor a la verdad no puedo negar que sentí cierta íntima satisfacción. Era sábado y llegó desde Madrid nada más y nada menos que todo un personaje en el mundillo de los animales exóticos: Alfredo Bengoa. Me explico. Alfredo y yo nos conocimos durante la carrera, fuimos compañeros de promoción, y nos unió bastante nuestra afición a los “bichos raros”: aparecíamos por clase de vez en cuando con un lagarto en un bolsillo y cosas por el estilo. Una vez licenciados, fuimos socios durante un tiempo en una clínica veterinaria que llevábamos a medias, pero incluso trabajando cada uno por nuestra cuenta, solía acompañarle -y ayudarle- cuando hacía trabajos con animales de zoo, tales como tigres, leones, cocodrilos, bisontes y demás fauna. Alfredo consiguió pronto trabajo en la Facultad de Veterinaria donde desde hace años dirige el Departamento de Animales Exóticos. Aparte de las consultas que pasa en la facultad, da charlas, cursos, publica en revistas especializadas o coordina libros sobre los N.A.C. (Nuevos Animales de Compañía). Y como es un tema siempre muy atrayente para los estudiantes, Alfredo era y es toda una celebridad. De hecho en Avilés gran parte de los voluntarios eran estudiantes de la Facultad de Veterinaria de Madrid. No es de extrañar, pues, que cuando Alfredo Bengoa apareció por allí se montase un gran revuelo:… ¡ha venido Alfredo, está aquí, está aquí Alfredo!…como si su sola presencia bastase para “bendecir” lo que allí se estaba haciendo…
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De izquierda a derecha: Pilar Femenia, yo y mi amigo Alfredo Bengoa, atendiendo a un cervatillo enfermo. Año 90 ó 91… ¡Qué jovenes estábamos!
Le vi venir. Alfredo es un “tío grande” en todos los sentidos, pero no me apresuré, ya le saludaría, yo andaba embutido en mi mono blanco, con unas bolsas negras repletas de basura en cada mano. Estaba rodeado por sus alumnos -le idolatraban- e inmediatamente nuestros dos “sargentos” acudieron a rendir honores a semejante celebridad. Pero en un momento dado miró hacia donde yo me encontraba y, en su mejor estilo y con su vozarrón pegó un grito: …¡¡¡coño, Santiago, pero si está aquí Santiago!!!… Ignorando a sus fans y ninguneando a nuestros dos “sargentos”, dejándoles con la palabra en la boca, en dos zancadas se acercó donde yo estaba dándome un abrazo como un oso, de ésos que te dejan sin respiración… ¡¡¡coño, pero qué estás haciendo aquí!!!….¿¿¿y qué haces con esas bolsas que no estás curando aves???… E inmediatamente se dirigió a los “sargentos” hablándole de mis maravillas como especialista en loros, halcones, patos y en todo lo que tuviese plumas, pelo, o se arrastrase por el suelo… Por dentro me retorcía de satisfacción, he de reconocerlo, aunque por fuera ponía mi mejor cara de buenín diciendo, …bueno, yo sólo quiero ayudar en lo que sea más necesario… El sargentono hacía más que balbucear excusas… (¡hay que joderse! -estoy seguro que pensó-  ¡mira por donde resulta que el veterinario éste de Madrid, ¡es amigo del Gran Jefe!)… Aparte de mi satisfacción moral (todos somos humanos y tenemos nuestro orgullo) el único cambio fue que, a partir de aquel día, me “permitieron” alimentar a las aves. Mis cuatro colegas, como no eran “amigos del jefe” siguieron limpiando los jaulones, sin ningún tipo de trauma, éso sí. Los pocos días que estuvimos allí pasaron muy rápido y, tal y como llegamos, un día nos volvimos a Madrid. Contentos, con una experiencia muy bonita para recordar y sobre todo con la satisfacción de haber hecho algo útil.
 
Pero, ¿cómo empezó todo aquello del chapapote?… Y, por cierto, ¿de dónde procedía tan extraña palabra, que acabaría siendo tan popular?… Pues de una palabra nahuatl, la lengua indígena de Méjico, con la que llamaban al alquitrán.
 

El hundimiento del Prestige

El 13 de Noviembre del año 2.002 un petrolero navegaba frente a las costas gallegas bajo un fuerte temporal en el Atlántico. El barco, de registro griego, bajo bandera de las Bahamas, de compañía liberiana, explotado por una naviera griega, con carga de una empresa rusa con sede en Suiza, construído en Japón y con una tripulación de filipinos y rumanos, se hallaba bajo el mando de un capitán griego: Apóstolos Mangouras, de 67 años y una experiencia marinera de 44 años, los últimos 30 de ellos como capitán.
 
El petrolero, un monocasco de nombre Prestige, transportaba una carga de 76.972,95 toneladas de fuel de alta viscosidad. El barco tenía ya 26 años y se encontraba en muy mal estado, con problemas de corrosión y deformidades en el casco. De hecho su destino era el de ser desguazado en el puerto de San Petersburgo. No obstante se le asignó un último viaje con su carga de fuel desde San Petersburgo hasta Singapur. Mal debería de estar porque el capitán en origen, el griego Efstrapios A. Kostazos, denunció el pésimo estado del barco al armador y a la aseguradora y renunció a realizar el viaje, tras lo que se decidió contratar al capitán Mangouras.
 
En el juicio que siguió al hundimiento el capitán Mangouras declaró haber escuchado un fuerte choque “como una explosión”, tras lo que el Prestige comenzó rápidamente, en no más de diez minutos, a escorarse. Se barajaron dos causas. La primera, el choque con un contenedor o con unos troncos flotantes caídos de tres barcos presentes en la zona y sujetos al fuerte oleaje. Uno de ellos perdió 200 troncos de unos 17 metros de largo por 30-50 cm de diámetro, parte de los cuales fueron apareciendo en la costa días después. La otra causa y más probable es que el viejo casco del Prestige sufriese una rotura por fatiga de materiales ante los embates del mar. Se especula con el desprendimiento de un mamparo del tanque de lastre de estribor. Sea como sea y por el costado de estribor se abrió una grieta de unos 15 metros, que iría ampliándose hasta los 35 metros. Para estabilizar el barco y corregir la escora, el capitán ordenó inundar los tanques de lastre de babor.
 
En un primer momento el capitán quiso acercarse a puerto para salvar el buque y proceder al vaciado del fuel que, desde el principio, ya comenzaba a salir por las escotillas de cubierta. Y aquí se inicia un arduo proceso entre negociar el rescate legal del barco y la carga al que tienen derecho según las leyes internacionales los remolcadores, y la negativa de las autoridades portuarias a que el Prestige entre en puerto, ante el peligro de una marea negra. Se niegan a que el barco entre al puerto de La Coruña. Las autoridades sólo proponen alejar el barco de la costa para evitar que quede varado. El Consejero de Pesca, Lopez-Veiga, declara:                                                …Hay que sacar ese barco de ahí de una puta vez
 
Según van pasando los días y la grieta de estribor se ensancha, el pánico sumado al desconcierto crece. Las autoridades portuguesas se niegan a que el Prestige entre en sus aguas territoriales. El capitán Mangouras se negó a poner los motores en marcha y dirigirse mar adentro esperando todavía ser remolcado (lo que le valió en el juicio la acusación de no colaborar con las autoridades), aunque al final y escoltado incluso por la fragata Cataluña para comprobar que se separase de la costa, decide encender los motores y alejarse a una distancia mínima de 61 millas. A las 18’53 horas del 14 de Noviembre se puede escuchar en una grabación que vio la luz días después la siguiente conversación entre el Ministerio de Fomento (regido entonces por Álvarez-Cascos) y la Subdelegación del Gobierno en Galicia:
 
-Subdelegado de Gobierno (La Coruña): ¿El barco va muy lejos?
-Fomento: ¡Uy, ya está, madre de dios, estará a treinta y tantas millas!
-Subdelegado: ¿Treinta y tantas? …
-Fomento: No, como siga así, éste llega a Groenlandia
Subdelegado: Bueno, pues que llegue allá
-Fomento: ¡Sí, joder!
-Subdelegado: Vale, muy bien
 
Hubo más declaraciones, a cada cual más pintoresca. El día 16 de Noviembre, sabiendo la que se avecinaba, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, don Miguel Arias Cañete dijo:
la rápida actuación de las autoridades españolas han evitado una verdadera catástrofe pesquera y ecológica… 
 
O la del entonces Vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy que, una vez hundido el Prestige y en pleno escape de fuel dijo que no había tal fuga, que se trataba                   …de unos filos hilillos como de plastilina… 
 
Obviamente se trataba de algo más abundante y grave que unos “finos hilillos de plastilina”… El 23 de Noviembre se prohibe la pesca y el marisqueo, quedando amarrados en puerto 2.500 barcos. Ya el 6 de Diciembre y aprovechando el puente de la Constitución entre 10.000 y 20.000 voluntarios llegan a Galicia ayudando a limpiar playas, junto a vecinos, pescadores y mariscadores. Se calcula que alcanzarían la cifra total de 115.000 personas a lo largo de aquellas semanas.
 
Y entre unas cosas y otras, entre el desamparo y las negativas, rescatados sus tripulantes con helicópteros, amarrado a dos remolcadores (a proa y popa), dejando ya una gran estela del fuel que se escapa por las vías, el viejo casco del Prestige se fue rajando más y más hasta partirse por la mitad y hundirse a unos 250 km de la costa de Finisterre, quedando sumergido a una profundidad de más de 3.500 metros. Era el 19 de Noviembre del año 2.002. Comenzaban las tareas de intentar extraer el fuel, o de sellar el casco para evitar más fugas.
 
Precedentes. El caso del Exxon Valdez
 
Es sólo un ejemplo de que, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas. El 24 de Marzo de 1.989 el petrolero Exxon Valdez rozó su casco contra las rocas encallando en los arrecifes de la costa, los Bligh Reef, situados en Prince William Sound, un ancho brazo de mar situado en Alaska. Los prácticos del puerto petrolero Valdez condujeron al barco a través de los Valdez Narrows, unos estrechos a la salida del puerto, hasta que, una vez superados, pasaron el control al capitán Hazelwood.  Debido a la presencia de icebergs el barco sorteó la ruta habitual. A las tres horas el capitán dejó el control del barco al tercer oficial de cubierta y al oficial del timón. El barco estaba programado en aquel momento con el piloto automático. Una vez superados los icebergs dieron orden de enderezar a estribor, sin darse cuenta que el barco seguía la orden del piloto automático, sin desconectar. Para cuando se dieron cuenta no pudieron corregir la derrota que llevaba el Exxon Valdez y el barco encalló. En los juicios posteriores ambos, el tercer oficial y el oficial de timón, alegaron que no habían descansado las seis horas obligatorias antes de comenzar un turno de doce horas…
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Imagen procedente del desastre del Exxon Valdez. Un zampullín muerto por el petróleo, casi indistinguible entre el fuel
Las consecuencias: derrame de 200.000 barriles de crudo, unos 41 millones de litros, que se extendieron por más de 2.000 kilómetros de costa. Los trabajos de limpieza fueron laboriosos, y aún hoy se estiman importantes daños en la costa. Se calcula que murieron aproximadamente 36.000 aves, además de nutrias marinas, focas y cetáceos de varias especies.
 
La última víctima del chapapote: Man, el artista de Camelle
Man el artista de Camelle
Allá por Mayo del año 1.962 y en plenas fiestas patronales del Espíritu Santo del pueblo de Camelle, en la Costa da Morte gallega, se dejó caer un personaje un tanto peculiar. El sitio debió gustarle porque se instaló para siempre en el pueblo, y ya no se volvió a marchar. Enseguida supieron que era alemán, y los que le trataron le describen como un hombre educado y de buen aspecto, aunque muy dado a la soledad. Instalado en el espigón, se apañó con una pequeña casa allí mismo. Hombre parco, andaba generalmente semidesnudo. Gustaba de nadar y, cuando el mar no estaba revuelto, se daba largos baños recorriendo la costa. Se hizo famoso como “el alemán de Camelle” o, como “el artista de Camelle”, porque hacía instalaciones artísticas apilando en columnas piedras que cogía de las orillas, a veces pintándolas de blanco. Supongo que vivía de la beneficiencia y de la caridad de los vecinos. No sabría definirle si como un hippy, un anacoreta, o alguien que quería, sencillamente, vivir tranquilo. O todo junto.
 
De él sabemos que nació en 1.936 en Alemania, en una familia de siete hermanos. Que estudió arte en Italia, y que él mismo impartió clases de arte en Suiza. Que se llamaba Manfred Gnädiger, aunque todo el mundo le conocía como Man. Que era un gran amante de la naturaleza, y que la desgracia del chapapote, que ensució sus amadas costas e incluso parte de su casa le hundió en tal depresión que murió precisamente el Día de Los Inocentes, el 28 de Diciembre del 2.002. Como dicen los de Camelle: morreu de pena, mientras que nosotros, sin saberlo, ese mismo día seguíamos en Avilés limpiando y cuidando a las otras víctimas. La desgracia le siguió después de muerto. Un temporal en el 2.010 destrozó lo que el vandalismo había respetado, arrasando lo poco que todavía quedaba de su obra.

Linces en Sierra Morena

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Nos vamos. Formando el grupo

Me llama mi viejo amigo Juan Carlos, biólogo, que si me apunto este finde a ver linces en Andujar, en plena Sierra Morena. Y como nunca he visto linces en libertad, como nunca me he pateado Sierra Morena y como además libro este sábado, le digo que sí, que por supuesto. Y lleno de emoción me paso lo que falta de semana esperando la partida. Juan Carlos ha creado un grupo de WhatsApp (guásap, para los amigos) llamado Lince para irnos comunicando entre nosotros, y que se convierte sobre todo en un hervidero de chascarrillos.
 
Quedamos el viernes, 13 de Enero del 2.017 a las seis frente a su casa en Getafe, para salir juntos en su furgoneta. Desde aquí saldremos cinco: además de Juan Carlos y yo, tres biólogos más. Dos de ellos conocidos de hace tiempo: el Rubio y Carlos, profes en distintos centros. Y Loreto, del Centro Regional del Sureste de Madrid, dedicada a observación y censos. Los cuatro muy viajados por toda la geografía española y expertos en avistar aves y demás fauna.
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LOS CINCO DE LA FAMA: EL RUBIO, JUAN CARLOS, CARLITOS, SANTIAGO Y LORETO
En Andujar Juan Carlos, al que bautizaremos como el Amado Lider (al mejor estilo norcoreano) por sus dotes organizativas, ha quedado con más gente, algunos biólogos y otros no, pero todos amantes de la naturaleza y deseosos de ver al gran gato. Juan Carlos creó en 1.995 junto a el Rubio el grupo Mundo Azul, dedicados a organizar salidas con colegios de chavales a los que lleva por toda España visitando lugares de interés, enseñándoles no sólo animales, sino ilustrándoles con sus grandes conocimientos como biólogo. Desde el 95 han trabajado para él como monitores muchos recién licenciados con los que suele mantener contacto, de los que conozco bastantes y a algunos de los cuales nos encontraremos en Andújar, ampliando el grupo de amigos “linceros”.
 
En Andujar, linces y cazadores
 
Juan Carlos ha reservado alojamiento para nosotros en un sitio que ya conoce, el Complejo Turístico Los Pinos, metido en la sierra, a 20km de Andujar. Un sitio que me sorprende agradablemente por la disposición de las casas, el confort de las habitaciones y por la amabilidad de los que trabajan allí. Con un gran comedor y precios baratos. Aunque llevamos cosas para picar (tortillas, quesos, empanadas, embutido, fruta, vino) que irán cayendo, cenaremos todos juntos las dos noches que vamos a estar allí alojados. Platos abundantes y sabrosos con productos de la sierra: conejo, carne de venado, perdiz…
 
Porque aunque la “estrella” de la zona es el lince, a cuyo alrededor se ha montado una próspera industria de visitantes, de empresas de excursiones o de visitas guiadas a fincas privadas, el segundo negocio de toda la región es el de la caza mayor. Numerosos cotos ofrecen monterías de venado y de jabalí principalmente, y por la mañana y por la tarde se concentran en el Complejo Los Pinos grupos de cazadores.
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LOS CINCO DE NUEVO, ANTE CARTELES QUE OFRECEN VISITAS GUIADAS A FINCAS
El tema de la caza genera siempre debates. Muchos de los biólogos son anti-caza, aunque acaban reconociéndome a mi, que no he pegado un tiro en mi vida, que los mejores espacios donde se ha preservado la fauna, tales como Doñana, Cabañeros, Cazorla, el Monte del Pardo o Gredos se han mantenido y han llegado hasta nosotros casi intactos gracias a su dedicación a la caza mayor. Fuera de esos reductos hoy día protegidos, la caza genera beneficios a la gente de la zona y, bien regulada, no debe producir perjuicios al resto de la fauna. Los cazadores que yo conozco de hecho son los primeros interesados en la conservación de esos espacios. Lejos van quedando los tiempos, afortunadamente, en que se eliminaba a todos los demás animales bajo el calificativo de “alimañas”. Una prueba es la conservación del lince en Andujar, al que todos o casi todos los habitantes de la zona consideran no sólo como una “joya biológica”, sino al que reconocen su capacidad como potencial de atraer visitantes y generar riqueza.
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LA OTRA RIQUEZA: MACHOS DE GAMO Y VENADO
El primer madrugón
 
Nuestro Amado Líder nos ha convocado a desayunar a las siete de la mañana, todavía noche cerrada, con la intención de llegar a los observatorios aún de madrugada, dado que al parecer la mejor hora para ver linces es al amanecer y al atardecer. Aunque creo que éso a los linces no se lo ha dicho nadie y, como nos demostrarán, campean cuando les sale de los bigotes. La cafetería está llena de cazadores mientras los perros de las rehalas ladran nerviosos en las camionetas aparcadas a la entrada, ansiosos porque saben que salen al campo. Estamos en Enero y en plena sierra así que sólo añadir que si anoche hacía mucho frío, a estas horas de la madrugada hace un frío de narices: estamos a 2ºC. 
Nosotros estamos igual de ansiosos que los perros y además, bien abrigados, como se puede ver en las fotos. Incluso según avance la mañana y el sol nos bendiga con sus rayos, la ropa no sobra. Dudé si llevarme una gorrita con visera y al final decidí, sabiamente, llevar mi gorra de tanquista ruso de imitación (comprada en Estambul) con forro interior de cordero y orejeras, que no me quitaré casi ni para dormir. Y como no tengo guantes finos descarté al final llevarme unos gruesos y largos de motorista que entorpece para regular los prismáticos, y bien que me arrepentí, porque los dedos se quedaban tiesos. Para otra vez, Santiago, a ver si aprendemos. No te arrepentirás de lo que hiciste sino de lo que NO te atreviste a hacer.
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                     EL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA (CON TELEOBJETIVO)
Salimos a las siete y media. Son unos veinte kilómetros de pista por el monte, llena de baches, curvas y todavía sin luz. La carretera donde se ubica Los Pinos es la que conduce desde Andujar hasta el Santuario Virgen de La Cabeza. Cogemos una desviación que está casi al lado de donde hemos dormido (¡sabio Gran Lider!), donde un cartel señala el camino hacia el Mirador del Pantano del Jándula. Tras media hora larga de traqueteos, por fin llegamos. El observatorio ideal y más utilizado es un tramo en ligero descenso de un par de kilómetros, que faldea por la ladera del monte y que contornea una amplia hondonada, llena de cerros, grandes rocas, bosquetes de encina, alcornoque y quejigos, y salpicada de lentiscos y acebuches. El paisaje no puede ser más hermoso, naturaleza pura. A lo lejos y en lo alto de la montaña más alta el sol empieza a iluminar el Santuario de la Virgen de La Cabeza. Afortunadamente hace un día ideal: un cielo totalmente despejado, no hay viento (lo que se agradece) ni niebla (buena visión). Aquí todavía estaremos a la sombra durante hora y pico, pelándonos de frío, pero para cuando llegamos ya hay pequeños grupos de observadores, todos apuntando sus prismáticos con atención, vigilando cada praderita y cada cerro, esperando con la inconmovible y proverbial fe del carbonero la milagrosa y ansiada aparición del lince.
 Nuestro Amado Líder aparca la furgoneta al lado y mis compis, bien preparados por su condición de observadores curtidos, empiezan a sacar cantidad de aparatos que me fascinan: cámaras con teleobjetivos larguísimos, catalejos con sus trípodes (Swarosky, Nikon…) y prismáticos “de los de verdad”, no como el mío, del que no recuerdo ni la marca, pero que me permitirá por lo menos ver el monte mientras me congelo los dedos. La mejor equipada, Loreto. Sus prismáticos marca Swarosky, me cuentan, valen unos dos mil euros. Pero Loreto me aclara que son ideales para la observación que ella necesita hacer a menudo en condiciones de poca luz, tales como el amanecer y el atardecer. Juan Carlos me informa que los catalejos más sencillos pueden costar unos mil, pero que los hay de dos y tres mil euros… Y en cuanto a las cámaras una “sencillita” puede costar entre 500 y 800 euros, a la que habrá que sumar 1.000 o 1.500 del teleobjetivo. Veremos una al día siguiente en una zona de nutrias que llevaba un tipo y al que le había costado el conjunto 12.500 euros…Yo, por mi parte, llevo una pequeña cámara Canon con un objetivo básico y un zoom muy mediano. Para mis viajes por África o por Asia me ha venido muy bien, a la hora de hacer fotos a la gente o al paisaje, pero desde luego no es la más indicada para “cazar” animales, aunque alguna haré. No importa: sé que los demás ya me pasarán las estupendas fotos de sus estupendas cámaras.
 
Poco a poco va llegando más gente… algunos jóvenes, otros de mediana edad pero también veo gente mayor (o por lo menos con el pelo blanco). Algunos son extranjeros: ingleses, franceses, veo un coche con matrícula de Bélgica… Si para nosotros el conseguir ver un lince sería apasionante, para estos “guiris” será toda una experiencia única, vienen de lejos para observar especies que en su tierra no hay: además del lince, águila real e imperial, buitre negro y leonado, azores, águila calzada….fauna presente aquí, una verdadera riqueza biológica. Todo el mundo muy preparado con su aparataje, sólo falta que el lince nos regale su presencia.
 
Se supone que estamos en una zona donde los hay…otra cosa es que se les vea. El año pasado y en esta misma zona mis amigos estuvieron dos días y no consiguieron ver ni uno solo. Unos colegas que vienen de Huelva nos cuentan que, tras vivir varios años en el entorno de Doñana, jamás vieron ninguno. El lince poco a poco y gracias a su protección se va expandiendo.
Según los estudios llevados a cabo por los expertos del Programa de Conservación Ex-situ del Lince Ibérico, el el año 2.002 el censo de linces en la península arrojaba la cifra de tan sólo 95 ejemplares repartidos en dos poblaciones aisladas: 54 ejemplares en Andujar-Cardeña y 41 en Doñana-Aljarafe. A partir del año 2.003 se consiguió que comenzara a funcionar el programa de cría del lince ibérico en el centro de El Acebuche, en el Parque nacional de Doñana.
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Gracias a esos esfuerzos, hoy día se calculan en más de trescientos. Unos cien viven en la zona de Doñana pero la mayor población se encuentra aquí, en Sierra Morena, y sobre todo en la zona de Andujar. Pequeños núcleos en los Montes de Toledo, en Cabañeros, incluso en el Monte de El Pardo de Madrid, yo mismo vi huellas clarísimas de lince en el barro hace varios años… Se está reintroduciendo en Portugal. Pero el núcleo “gordo” está aquí en Andujar, donde está la mayor población reproductora de España y, por tanto, del mundo. La gran ventaja para ellos frente a los cazadores es que los linces no molestan a la caza mayor, se dedican a su presa favorita: el conejo, aunque no desdeñan las perdices y otras pequeñas presas. El lobo (del que hay una pequeña población en regresión en Sierra Morena) sí “estorba”, porque donde hay lobos los ciervos se marchan de los cotos, y éso no les interesa. Pero, afortunadamente para él, el lince no compite. 
 
¡¡¡El lince!!!
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 LA PRIMERA APARICIÓN. ESTABA EN LA CURVA DEL CAMINO PERO NI SE APRECIA
Y en ésto, llevaríamos allí algo menos de una horita, que un grupo de observadores cerca de nosotros se agitan, con esa excitación atávica del cazador ante su presa…¿estáis viendo algo?, preguntamos…¡sí, allí, en aquella ladera, donde la pista hace la curva!…y en efecto, en una ladera a unos trescientos metros, ya sin darnos cuenta del mordisco del frío en los dedos, pudimos enfocar con los prismáticos la figura de lo que parecía una hembra, caminar con parsimonia durante unos cien o doscientos metros hasta que quedó oculta en una vaguada… La sensación para todos era de euforia, dándonos abrazos, felices como perdices, ¿la viste, la viste?…¡sí, la ví, ya lo creo que la ví!…
 
Durante un buen rato todos escudriñamos la ladera arriba o abajo, vigilando la vaguada con atención, barriendo los alrededores, aunque la presunta lincesa se había esfumado…¡pero la habíamos visto, y éso ya era para colgarse una medalla!. Ya más serenos y al cabo de un rato empezamos a relajarnos. El sol, como para celebrarlo, se había levantado y empezaba a calentarnos la cara aunque seguíamos bajo nuestros forros polares, los gorros de lana o la gorra de imitación de tanquista ruso. Estábamos muy contentos, con la sonrisa boba. Recorríamos el camino arriba y abajo y la pregunta o el saludo siempre era, ¿qué tal, véis algo?, y la respuesta era ¡nada, de momento! o comentábamos con los que habían visto a la lincesa la jugada.
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            SENTADOS, COMO JUBILADOS EN TORREMOLINOS, Y BIEN ABRIGADITOS
Tras la emoción, se imponía reponer fuerzas. Mis amigos sacaron de la furgo unas sillitas de lona plegables, pensadas para sentar los reales en las largas esperas que el oficio de lincero o pajarero exige. Y con las sillitas, sacamos parte de lo que habíamos traído: tortillas, empanada… Aporté una botella de vino tras la que cayó otra más y con la alegría del deber cumplido comimos y bebimos cual corresponde. Estábamos contentos, como decíamos había sido llegar y besar al santo, aunque no dejábamos de otear a menudo en lontananza.
 
En la amplia hondonada Carlos había visto un lince de lejos durante unos segundos coronando una cresta pero sólo él pudo verlo, por más que todos dirigimos los prismáticos hacia allá. Pero sí vimos águilas imperiales posadas sobre una gran roca, inconfundibles con sus hombros blancos, sin duda esperando que el sol calentase un poco más para aprovechar las corrientes térmicas. Otra imperial, poco más tarde, voló por encima de nosotros. Más alto pudimos ver planear la gran silueta de los buitres leonados. Hubo su discusión si podían ser buitres negros pero en éstos las alas son más rectas, mientras que el leonado presenta una pequeña curva hacia atrás, eran leonados sin duda. Vimos un azor joven, dijeron los expertos pajareros y allá abajo en los prados que salpicaban las encinas, numerosos venados, gamos y conejos. Se oían por todos lados el canto de la perdiz, la berrea de los ciervos y el taca-taca-tacatá de los pitos reales martilleando sobre los pinos. Alrededor de las encinas grupos de rabilargos a los que estábamos atentos porque se sabe que cuando vislumbran un lince montan follón, igual que las urracas. El lugar bullía de vida. De los linces, de momento, ni señal.
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                                              EL EMBALSE DEL JÁNDULA
Juan Carlos y yo nos fuimos paseando un kilómetro camino abajo hacia el mirador sobre el embalse del Jándula. El entorno seguía siendo magnífico. El embalse serpenteaba entre altos montes cuajados de vegetación. Al lado del muro de la presa quedaban los restos de un poblado. Me explicó Juan Carlos que eran las construcciones destinadas a alojar a los cientos de trabajadores empleados en la obra del embalse. Se ocupaban por las familias los pocos años que duraban las obras hasta que, una vez acabadas y visto que ya no había trabajo, terminaban marchándose. Sólo una persona rondaba por allí, pensamos que podía ser el guarda, mientras que lo que fue iglesia del poblado estaba muy bien conservada. Nos volvimos andando otra vez. Juan Carlos no paraba de saludar a compañeros de su facultad que se iba encontrando, o antiguos monitores que le habían ayudado en sus excursiones.
 
Los de nuestro grupo no habían vuelto a ver linces, pero allí la cuestión por lo visto era tener paciencia. La gente iba pasando información, éramos todos como una gran familia. Unos observadores nos contaron que la tarde anterior, a éso de las seis de la tarde, vieron una cópula de linces al lado del camino, a unos escasos veinte metros. Y que otro lince joven que acudió al olor de la hembra y ahuyentado por el macho dominante, se había apartado a sentarse sobre unas rocas a escasos diez metros. ¡Pues habrá que esperar a la hora de la cópula!, nos decíamos, sin perder la sonrisa ni la esperanza. Los de mi grupo decidieron bajarse con la furgoneta para no tener que volverse andando hasta el muro de la presa. Yo me quedé allí sentado, vigilando los catalejos y el resto de las sillas. Se estaba ya a gusto bajo el solecito y con la tripa llena tras el piscolabis, aunque seguía haciendo fresco, e incluso estuve a punto de dar alguna leve cabezada. Pero no dejaba de vigilar, casi todo el tiempo con los prismáticos. Oteaba los cerros más lejanos, las vaguadas más próximas, las praderas y los grupos de encinas. Veía los grupos de ciervos pastar. Una hembra reposaba con su cría, todavía con sus manchas. Las bandadas de rabilargos. Alguna rapaz lejana que me sentía incapaz de clasificar. Pero se estaba muy bien allí, viendo aquel desfile de vida en plena naturaleza.
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 EL SUFRIDO CONEJO, LA PRESA “TIPO” DEL LINCE
Mis amigos volvieron al poco rato. Quiso la casualidad que a unos diez metros de nosotros se habían instalado un padre con su hijo y un amigo del padre, y andaban allí con sus aparatos oteando el monte y comentando las cosas que el chaval, Miguel era su nombre, iba descubriendo, se le veía muy espabilado. Para cuando llegó el Rubio el chaval le miró:… ¡Juan Carlos! …(se llama igual que el Amado Líder)…resultó que era  alumno suyo, las cosas de la vida… Charlaron un rato y así quedó la cosa. Pero el contacto nos iba a resultar muy provechoso.
 
¡¡Más linces!!
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                                                            LINCEROS EN PLENA FAENA
Estábamos en nuestro sitio, tan relajados, sentados en las sillas cual jubilados en Torremolinos, mirando de vez en cuando el monte cuando en ésto apareció corriendo Miguel, el alumno del Rubio avisándonos: ¡un lince, hay un lince allá arriba! (bendito chaval, le dije al Rubio, a éste tienes que darle matrícula)… Cogimos los pertrechos dejando allí las sillas y corrimos por la pista. En una curva y fuera del alcance de nuestra vista se habían arremolinado los observadores, todos dirigiendo sus prismáticos, cámaras y catalejos hacia unas rocas. ¿Dónde está, dónde?…y señalándole le vimos: entre unas grandes rocas y a unos cien metros escasos, un hermoso ejemplar asomaba la cabeza. Todos intentábamos coger un buen sitio para verle bien, pegados a la valla cinegética, arrimados a una encina, o sobre un repecho…sonaban los clic-clic-clic de las cámaras disparando a tope. Hasta con mis prismáticos del todo a cien le observaba a placer.
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SECUENCIA DE GALO: ASOMANDO LA CABEZA Y SOBRE LA ROCA, ACECHANDO
 
Fue saliendo de su escondrijo, con tranquilidad, hasta situarse sobre una roca. Casi se camuflaba. Al parecer y según los habituales linceros, se trataba de Galo, un macho de unos siete años. Como los linces son territoriales y aunque se mueven mucho, éste era un viejo conocido en la zona, reconocible por sus manchas, diferentes para cada animal. En ésto Galo comenzó a tensarse con la cabeza atenta hacia adelante. ¡Está acechando, va a saltar!…y, efectivamente: pegó un salto y fuera de mi radio de visión, entre unas jaras, cogió un conejo, comiéndoselo allí mismo. El entusiasmo de los allí presentes iba in crescendo. No debió comérselo todo porque, en menos de un minuto, Galo comenzó a caminar ladera arriba, hacia nuestra izquierda. El camino hacía un gran arco, y para allá que fuimos todos, para observarle a placer. Continuó caminando durante unos minutos hasta que se perdió tras una pequeña loma.
 
                                    …Y DESPUÉS DE COMER, CAMINITO ARRIBA
Un pequeño grupo de observadores se quedó al extremo del camino por aquello de si reaparecía, pero casi todos nos volvimos hacia nuestras posiciones. Estábamos eufóricos, abrazándonos, chocando las manos, con la gran sonrisa boba en la cara: ¡otro lince, tío, otro lince, y éste posando para nosotros!… Los linceros se enseñaban unos a otros las fotos que habían hecho. Lo cierto es que había sido casi una sesión de estudio. Bromeábamos: ¡sólo nos falta ya ver la cópula de ayer aquí mismo!…y como faltaban poco más de dos horas para las seis (la hora oficial de la cópula, decíamos), pues allí seguíamos dispuestos a apurar la tarde con la guinda del pastel, aunque sabíamos que con lo que habíamos visto ya, nuestras expectativas estaban de sobra compensadas. No lo podíamos saber, pero aún nos quedaba otra sesión lincera gloriosa.
 
Galo repite
 
Había pasado poco más de media hora cuando me subí a una pequeña atalaya para otear y vi en el sitio anterior otra vez al grupo de entusiastas. Con ésto del lince y por lo que vi tampoco hace falta estar demasiado pendiente. Es como lo de las bandadas de rabilargos o de urracas: ves follón y supones que allí hay algo. Ves que los linceros están todos tensos enfocando sus cámaras y, no falla: hay lince. Volvimos a subir. Efectivamente, Galo había vuelto al mismo sitio de antes. Los prismáticos, los catalejos y las cámaras estaban que echaban humo. 
 
                        GALO POSANDO COMO LO QUE ES: COMO UNA ESTRELLA
Pero como de todo tiene que haber en la viña del señor una chica empezó a pegar voces. Primero entendimos como que la dejáramos sitio. Nos miramos sonriendo: el sitio te lo buscas tú entre la multitud, aunque sea a codazos. Pero realmente lo que decía la loca, o la pirada, o como queráis llamarla, era que dejásemos sitio al lince. Que según ella Galo quería cruzar el camino para marcharse y le estorbábamos. Por un momento me lo creí aunque Juan Carlos nos contó por el walki que de asustado nada, que de hecho había vuelto a cazar y se estaba comiendo el segundo conejo a unos diez metros del camino. Desde luego la impresión que nos daba es que estos linces estaban más que hechos a la presencia humana y que pasaban totalmente de nosotros. Me dirigí más arriba y allí pudimos ver que, efectivamente, Galo se estaba acabando el conejo y con tranquilidad comenzó a subir la cuesta, hacia el caminito. Nos abrimos a un lado y otro y por un espacio de unos diez metros Galo cruzó la pista y con calma, saltó a la ladera y se perdió monte arriba. Por mi trabajo estoy más que habituado a ver animales asustados y os puedo asegurar que aquel animal ni reculaba ni demostraba nerviosismo y ni tan siquiera miró a los lados: ese era su territorio y como un príncipe atravesó la pista y se marchó, indiferente a nuestra presencia y a los clic-clic-clic de las cámaras. Debo añadir que la única foto en la que mi cámara sacó a Galo se le ve ya de culo internándose en la maleza. Excepto alguna de paisajes o de grupos, las demás del lince y otros animales y como indicaré honestamente son del Amado Lider, de Nacho “el Guapo” y de Javi,  que amablemente me han permitido utilizarlas para mostrároslas.
SECUENCIA DE GALO COMIÉNDOSE SU SEGUNDO CONEJO Y YA RETIRÁNDOSE, EN PAZ
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Creo que no hace falta señalar que TODOS los linceros allí presentes éramos gente educada, amantes de la naturaleza y para nada bullangueros. Nada de tirarle piedras al lince para que se mueva, dar gritos ni saltitos ni cosas similares…excepto, precisamente, la loca “proteccionista” de turno, que gritaba cosas como incluso que el acceso al sitio debía estar prohibido (¿para todos excepto para ella, nos preguntábamos?). Al parecer y según me contaron era una habitual de la zona, e incluso me adornaron con anécdotas a cual más pintoresca de la tipa. Pero por desgracia incluso entre tanta gente maja siempre tiene que haber algún exaltado, algún integrista, algún inquisidor dispuesto a prohibir…
 
Eran ya las cinco y media. No sabíamos si los de la “hora oficial de la cópula” aparecerían o no pero nuestras esperanzas habían quedado totalmente colmadas así que, y con la felicidad en el cuerpo, decidimos retirarnos a tomar unas merecidísimas cervezas en honor de Galo a Los Pinos. El Amado Líder propuso al grupo (y como siempre, indiscutido, por total aclamación) que habíamos superado con creces las expectativas de ver linces así que volver otra vez mañana no era ya tan necesario, de forma que podíamos ir a un sitio donde se ven nutrias. Y así quedamos.
 
Segunda noche en Los Pinos
 
                               
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   PAISAJE DE LA DEHESA CON HERMOSOS ASTADOS
La vuelta fue atardeciendo pero aún había bastante luz y no como esta mañana, así que según íbamos cruzando cotos veíamos numerosos ejemplares de ciervos a los lados del camino. Aún hicimos una paradita técnica al lado de una finca donde pastaban soberbios ejemplares de toros bravos, de hermosa estampa y no menos hermosas astas, que también merecieron ser objeto de fotos. Una vez en Los Pinos nos fuimos reuniendo en el bar, antes de la cena. Aunque el restaurante es muy grande y había mucha gente, Juan Carlos tuvo la prudencia de reservar mesa, éramos ya un total de diez y ocho linceros para cenar. En cuanto a alojamiento, este fin de semana el hotel se había llenado…calculamos que tendría un total de noventa camas, y estaban todas reservadas, las indiscutibles ventajas económicas del turismo ecológico. El turismo cinegético también se notaba: los cazadores habían regresado y entre cerveza y cerveza comentaban sus lances, al tiempo que nosotros comentábamos los nuestros. En el bar y aunque no se quedaron a cenar (habían venido esta mañana de Madrid y se volvían esta noche) coincidimos con Miguel: el alumno del Rubio que nos avisó de la presencia de Galo, junto a su padre y el amigo. Cada cual a su manera, todos contentos. Como teníamos tiempo hasta la cena, los onubenses Antonio y Javi se acercaron a Andujar para tomarse algo y palpar el ambiente nocturno… volvieron al poco rato alucinados. Nos contaron que no había nadie (¡pero nadie, nadie!), nos dijeron, por la calle. Un sábado por la noche, cosa extraña. Desde luego el ambiente debía estar en Los Pinos: entre linceros, cazadores y familias que venían bien vestidos a cenar, tanto el bar como el restaurante estaban hasta arriba. ¡Cosas de Jaén!.
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Mañana no había que madrugar tanto, nuestro Amado Líder nos convocó a desayunar a las nueve, así que tras la cena aún tuvimos tiempo de tomarnos alguna copita. Lo cierto es que tras el madrugón, la emoción y las caminatas, estábamos casi todos bastante cansados y nos retiraríamos pronto. Sobra decir que el ambiente entre nosotros era supercordial. A los que ya conocía me alegraba de volver a verles de nuevo. A los que conocí en este fin de semana y que quizá no volvería a ver, los sentía ya como viejos amigos: Antonio y Javi, que venían desde Huelva. Javi y Arancha, amigos de ellos. Nacho “el Guapo” (así se quedó), antiguo monitor en Mundo Azul con Juan Carlos, con su no menos guapa novia Alice, italiana de Turín. Y a otros más cuyo nombre lamento no recordar, pero igualmente supermajos. No todos los linceros que vimos a lo largo del camino eran biólogos. De algunos supimos que eran abogados, jubilados o maestros. En nuestro pequeño grupo había administrativos, ingenieros agrónomos o veterinarios, como yo. Pero en todos, insisto, amor y respeto a la naturaleza.
 
Y ahora, a por las nutrias
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Al día siguiente y tras desayunar nos dirigimos a una zona cercana conocida como El Encinarejo, en el cauce del Jándula pero más abajo del pantano que vimos ayer. Al pie de una pequeña presa el río se ensanchaba formando amplios remansos. Uno de los “enterados” linceros que conocimos durante los avistamientos nos aseguró que allí había nutrias y que a las once se veían sin dificultad. Así que aparcamos la furgoneta y con la parafernalia habitual de cámaras, catalejos y prismáticos nos fuimos recorriendo las orillas, hasta llegar a un puente donde había una buena panorámica. Como siempre ya había allí madrugadores que nos contaron que a las ocho de la mañana un lince había atravesado el río, saltando de piedra en piedra, junto al mismo puente. Seguramente no se quiso mojar las patas. Seguía haciendo mucho frío y los charcos entre las piedras estaban helados.
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Desde lo alto del puente se veían multitud de aves. Aparte de una lejana águila imperial sobre los cerros, junto a la orilla del río yo pude ver lavanderas, cormoranes, rabilargos y alguno más desconocidos para mí, aunque los curtidos pajareros señalaron mosquiteros y otros. Se estaba bien allí, al sol, pero las nutrias no aparecían. Diez y media…once menos cuarto…once menos cinco…parecíamos los de la Puerta del Sol en Nochevieja esperando a que dieran los cuartos para después tomarnos las uvas. ¡Seguro que están bajo el agua mirando el reloj para aparecer a las once en punto!…bromeábamos. Pero, como en la canción de Sabina, nos dieron las once, y las once y media, y las doce, y las nutrias decidieron que ya habíamos tenido bastante con los linces. ¡Será que es domingo y hoy no trabajan!, dijo otro, y allí nos dejaron con las ganas. Yo pude verlas de lejos hace años en el río Estena, en la ampliación de Cabañeros. Y Juan Carlos las vio a placer en el Salto del Gitano, en Monfragüe. Pero, por ejemplo, Loreto, que se trabaja a tope los ríos, nunca las había conseguido ver.
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                            LOS PACIENTES NUTRIEROS APOSTADOS SOBRE EL PUENTE
Como queríamos hacer aún una parada intermedia en Despeñaperros para ver una bonita cascada que nadie conocía, decidimos al final irnos de El Encinarejo, dejando a los cormoranes secándose en las ramas, con las alas abiertas. Como suele suceder, al día siguiente una conocida mandó una foto al grupo con la imagen de una hermosa nutria en la orilla que apareció al poco rato de irnos. Cosas que pasan, ni la biología ni las nutrias son una ciencia exacta. Nos tuvimos que conformar con sacar unas fotos a unas heces secas sobre una piedra, como acostumbran para marcar su territorio.
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LA ÚNICA PRUEBA DE LAS ESQUIVAS NUTRIAS: HECES SOBRE UNA PIEDRA
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                   CORMORANES SECÁNDOSE AL SOL TRAS SUS ZAMBULLIDAS
De todas formas tuve ocasión de aclarar mis confusas ideas sobre las nutrias con Loreto que, como ya avancé, trabaja como bióloga haciendo seguimiento y censos de fauna en el Parque Regional del Sureste de Madrid, lo que incluye los humedales y las lagunas de Rivas-Vaciamadrid y cauces de ríos como el Tajuña, el Manzanares o el Jarama, además de controlar otras zonas. En mi ingenuidad yo creía que las nutrias sólo se dan en parajes virginales, de ríos de aguas puras y alejados de poblaciones humanas, pero no. En la ribera del Ebro que discurre junto a Zaragoza las hay, y muchas. Y en la Comunidad de Madrid, además de humedales como los de Rivas, suben por el río Manzanares hasta prácticamente las primeras casas y, salvando la zona urbana, del Puente de los Franceses (donde al parecer hay una nutria muy simpática que se deja ver) hasta arriba, por El Pardo y el Parque Regional del Alto Manzanares. 
 
El factor limitante en todo caso es la comida, y éso lo controlan bien los biólogos analizando las heces que depositan como marcaje sobre las piedras de la orilla. Me contó Loreto que en el norte de la península prefieren las anguilas por su mayor contenido en grasa aunque, cuando no hay anguilas, no le hacen ascos a las truchas, a las carpas o a los barbos. Los siluros por lo visto no les gustan por sus espinas. Y en cuanto al cangrejo de río, casi extinguida la especie autóctona (Austropotamobius pallipes) relegada a terrenos calcáreos del norte de Castilla/León, Navarra y Pais Vasco, y desplazado por el cangrejo americano (Procambarus clarkii) que le contagió la afanomicosis, la nutria ha salido ganando, porque el americano soporta niveles altos de contaminación con lo cual es abundante en muchos ríos y proporciona el alimento que necesita a la sufrida nutria.
 
Hacia las cascadas de Aldeaquemada
 
Cruzamos Andujar, la-sin-marcha-nocturna, y tiramos hacia Despeñaperros, ya cerquita. En la carretera señales de “Precaución linces”… En su expansión no son raros los atropellos, hacía muy pocos días habían matado uno en esta misma carretera, en la A-4, en el término municipal del Viso del Marqués. Ya en Despeñaperros nos desviamos siguiendo la indicación de Aldeaquemada. La carretera comenzó a subir…y a subir…y a subir. La vista era magnífica: desde arriba se veía la autopista como a vista de pájaro con el nuevo paso elevado, allá abajo. Comenzamos un largo trecho de curvas y más curvas entre robles, madroños y pinos, aquello no se acababa nunca, más de 20km que se nos hicieron pesadísimos pero, por fin, llegamos a Aldeaquemada, ya en el llano. El pueblo no era antiguo sino de nueva creación, con las calles trazadas a escuadra y en ángulos rectos, y fue uno de los fundados por Carlos III para repoblar la antaño salvaje comarca de Despeñaperros, con colonos europeos. Pero nuestro objetivo eran las cascadas y en concreto la Cimbarra (nombre local de las cascadas). Estaba perfectamente indicada, de hecho no creo que haya otra atracción turística digna de ese nombre.
 
Tiramos por una carreterita y a escasos dos kilómetros, y en una especie de parking dejamos la furgo, el camino continuaba a pie. Decidimos llevar con nosotros pan y vituallas, ya era la hora de comer. Había carteles explicativos de la geología de la zona y del recorrido a seguir: unos veinte minutos de ida hasta la Cimbarra y otros tantos de vuelta. El paisaje desde el pueblo había cambiado y era muy bonito: crestas de caliza se levantaban desde el cauce del río y, según avanzábamos, se iban haciendo más y más abruptas. Ya desde el camino se oía el estruendo del agua al caer. En un punto el camino se dividía. De frente continuaba por una cresta hacia arriba, hasta un mirador que se veía a lo lejos. A nuestra derecha comenzaba a bajar en un paisaje de cortados y aunque aún no veíamos la cascada se la oía ya perfectamente. Comenzamos a bajar por una senda escarpada rodeados de vegetación, no sin cierta dificultad, pero el esfuerzo mereció la pena: desde lo alto de una garganta caía el salto de agua, de unos 40 metros de alto, hasta una laguna de aguas oscuras, rodeada por las rocas. Hacia el lado derecho de la cascada se había formado una cueva donde el agua se metía, sugerente. 
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                                       LA CIMBARRA DE ALDEAQUEMADA
Coincidimos allí con un matrimonio y su hija que estaban haciendo fotos y disfrutando del lugar, y que antes de marcharse nos hicieron amablemente unas fotitos. Estuvimos los cinco de acuerdo en que el paraje era excepcionalmente hermoso y, posiblemente, uno de los rincones más bonitos que habíamos tenido la oportunidad de conocer en España: los cortados, la cascada, la laguna, la cueva… Sacamos las vituallas y dimos buena cuenta, allí sentados, casi sin hablar, disfrutando de la espectacularidad del salto de agua y de la tranquilidad de semejante rincón. Pero tocaba irse y al cabo de un rato nos levantamos y remontamos la subida. Con la tripa llena nos costó un poquito más…
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              LOS CINCO DE LA FAMA DE NUEVO, POSANDO CON LA CIMBARRA
Aún nos asomamos al mirador, al extremo del otro camino. Desde lo alto la vista también era muy bonita pero estuvimos de acuerdo que el punto era allí abajo, al pié de la cascada. Una vez en la furgoneta tomamos el camino de regreso. Juan Carlos había preguntado en un bar si no existiría otra alternativa para evitarnos los veinte kilómetros de curvas y sí, por supuesto que la había: dirección Castelar de Santiago hasta Valdepeñas y allí coger la autovía. Nada que ver con el tramo anterior: rectas carreteras por un paisaje ya más domesticado donde empezaron a abundar las viñas, aunque aún vimos carteles de “precaución, zona de linces”. De Valdepeñas poco tráfico hasta Madrid. Ya en Getafe nos despedimos esperando repetir en breve un fin de semana tan estupendo y completo como ha sido éste.
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Y como postre, un murciélago: el Miniopterus schreibersii (me lo dijeron)

El día de los narcisos

 

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Yo no podía saberlo pero, al día siguiente, primer día de la primavera, cayó una tormenta en El Escorial mientras que en Madrid, por la tarde, se arremolinaban los papeles en las bocas del metro.

En cambio este día, último del invierno, el sol quiso hacerse notar y nos engañó a todos, haciéndonos creer que el mal tiempo ya había terminado.

¿Lo ves, a que parece mentira?… El espectáculo de aquella multitud de narcisos, brillando bajo el sol, cubriendo toda la ladera, surgidos como por sorpresa tras el tapial de piedras volvió, un año más, a tranquilizarme. Si en mi vida todo tendía, otra vez, a cambiar, allí estaban ellos, fieles y puntuales a nuestra cita primaveral, aparentando ignorarnos pero atentos a cada uno de nuestros pasos.

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Los perros correteaban de mata en mata, alegres como críos, disfrutando de cada olor, metiéndose en cada barrizal. Y allí estaba yo, fiel y puntual, respondiendo a la llamada que me decía: no te preocupes por tus mudanzas, volverás cada año y aquí nos encontraremos…

Buscamos una praderita más o menos llana, más o menos libre de ortigas, para tumbarnos, para comer con apetito los bocadillos que preparé por la mañana en casa, y para disfrutar de la soledad de aquel desierto lleno de flores.

Sobraban las camisetas -sobraba todo, en realidad- y nos las quitamos, y entre aquel sol cuasi post-invernal y los bocatas nos fuimos quedando medio dormidos, buscando un mínimo contacto tranquilizador, de caderas rozándose, de una mano sobre una pierna…

Parecía mentira que a dos o tres kilómetros escasos grupos de ciclistas domingueros luciesen sus maillots y sus cascos aerodinámicos sobre el asfalto. Parecía mentira que a dos o tres kilómetros, domingueros tortilleros llenasen el pinar sin perder de vista sus coches. Y, por supuesto, en San Lorenzo de El Escorial, otros muchos domingueros aún más asfálticos y menos tortilleros abarrotaban calles, plazas, bares y restaurantes con cara de satisfacción, convencidos de lo bien que estaban disfrutando aquel domingo tan radiante, último día del invierno, engañados -como todos- por el sol.

Pero para nosotros fue la soledad del valle, para nosotros fue el calor del sol sobre la piel y, para nosotros, sólo para nosotros, se había llenado aquel campo de narcisos.

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Aún tuvimos tiempo antes de volver para cortar unas flores -no se notaba: había miles- con que recordar los colores de aquel día. Aún tuvimos tiempo para arrepentirnos a tiempo y no saltar, desnudos sobre una roca, a las heladas aguas de una poza. Y aún tuvieron tiempo los perros para ladrar, entusiasmados, detrás de las vacas.

Cuando cayó el sol y, de mala gana, comenzamos el regreso, me volví un momento para despedirme de las flores. Aparentaban ignorarnos pero seguían, cabizbajas y atentas, nuestros pasos. Sé que no tengo motivos, pero me sentí un poquito defraudado. En el fondo esperaba que, al menos, una de ellas me hubiese mirado, burlona, directamente a los ojos como diciendo, ¿nos vemos, no?.

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