Cascadas y Árboles Singulares en Guadarrama.

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                        El árbol (y ser vivo) más viejo de España: el tejo de Barondillo.

Esta entrada (que no artículo) no pretende ser un catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, ni de rutas por la Sierra de Guadarrama, ni una enumeración de cascadas. De todo ello ya hay páginas en internet donde describen exhaustivamente cualquiera de ellos.

Se trata simplemente de unos cuantos paseos fáciles y, sobre todo, muy bonitos, de los que cualquiera con unas mínimas condiciones físicas puede hacer en un radio de pocos kilómetros por los alrededores de San Lorenzo de El Escorial. Unos recorridos que oscilan, desde el punto en el que podemos aproximar el coche, de entre unos 15 minutos a un par de horas. No podré evitar repetirme, en cuanto a las palabras “bonito”, “hermoso” o “espectacular”, pero no las encuentro mejores para definir los árboles (no necesariamente Singulares), las cascadas y, sobre todo, los paisajes.
En cuanto a las cascadas que merezcan tal nombre, hay unas cuantas catalogadas como tal. Mencionaré sobre todo la del Hornillo, en el término de Santa María de La Alameda, y las del Purgatorio, en el término de Rascafría. Ambas dignas de verse. La primavera sin duda es el mejor momento para “ver agua” al tener mayor caudal debido a los deshielos y también porque los paseos son cómodos, al no hacer ni demasiado frío ni calores excesivos. En primavera, además, los arroyos corren caudalosos formando pequeños y grandes saltos entre las rocas, que da gusto verlos.
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                                “Pequeños” saltos de agua, sin nombre
Aunque el otoño es otra época meritoria para pasear debido sobre todo al espectáculo otoñal de las hojas…sin mencionar que es el momento ideal para buscar setas, aunque estas den material más que suficiente para una próxima entrada.
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                                Por doquier narcisos primaverales de varias especies. El de la                                           derecha, Narcissus pseudonarcissus, de largo tallo
En cuanto a los árboles, ya tan sólo con el espectáculo de los pinares, robledales y choperas que llenan nuestra sierra, a vosotros no sé pero a mí se me inunda el corazón de gozo. No conozco mejor sensación ni que me proporcione mayor paz que la de caminar por un bosque. Pero particularizando los árboles más vistosos, la Comunidad de Madrid tiene un total de 283 especímenes catalogados como Árboles Singulares. Algunos de ellos en parques urbanos como el de El Retiro (el ciprés calvo) o el Jardín Botánico (el olmo conocido como “el Pantalones”). Otros, en jardines del entorno tales como las sequoyas de La Casita del Príncipe, de El Escorial, o los pinsapos. Otros, salvajes, en plena naturaleza. Todos ellos categorizados así por su edad, su porte y su hermosura.
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       En Los Llanillos, área recreativa de la ladera de Abantos, subiendo desde San              Lorenzo de El Escorial, otro Árbol Singular: un Ulmus laevis, más resistente a            la grafiosis que otras especies de olmo.
Algunos en dehesas como el alcornoque centenario de Collado Mediano, pegado al pueblo, en una dehesa llamada de La Jara. La visité esta primavera y el paisaje era espectacular, con praderas llenas de flores entre los abundantes fresnos, y  donde se podían ver varios ejemplares de alcornoques entre los que destacaba el Árbol Singular. Se le atribuye una edad de 800 años, y bien podía ser por su gran tronco, cubierto de su gruesa y característica corteza. Me comentaron amigos botánicos que esta capa de corcho fue resultado de la selección natural, al proteger su interior del fuego en casos de incendio, mientras que sus primas hermanas, las encinas, se calcinan. Por cierto, la palabra “dehesa” proviene del latín defensa = prohibido, al ser un terreno comunal destinado a la alimentación del ganado, bien por el pasto, bien por las bellotas de las encinas o de los alcornoques, bien por el desmoche de las ramas de los fresnos al final del verano, cuando la hierba se ha agostado, y cuyas hojas y ramillas las vacas se comen con delectación. Y donde precisamente para preservarlo se prohibía la labranza.
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                      Alcornoque (Quercus suber) de la dehesa de La Jara, en Collado Mediano
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                Por la dehesa de La Jara, los ubícuos fresnos (Fraxinus angustifolia)
Hay otros árboles “urbanos” que fueron majestuosos y que, por desgracia, han muerto debido a la grafiosis. Me refiero a las “olmas” (que no olmos, según la denominación popular) que adornaban la plaza central de muchos de los pueblos de la sierra, sirviendo de cobijo para sentarse a su sombra en verano. Pocos quedan: el de Guadarrama, por ejemplo, sigue luciendo porte en la plaza mayor, visible desde el coche cuando recorremos la travesía que atraviesa (valga la redundancia) el pueblo. Otros como los de Rascafría o el de Miraflores sucumbieron como decía a la grafiosis.
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              La “olma” de Guadarrama, Ulmus minor, en perfecto estado de salud
Para entendernos: la grafiosis es una enfermedad producida por un hongo (el Ophiostoma, o su equivalente: Ceratocystis) transmitido a su vez por una familia de escarabajos, los Escolítidos. Estos pequeños escarabajos perforan la madera y cuando portan los hongos los inoculan en el árbol. Los primeros síntomas que podemos observar es la desaparición de las hojas en las ramas más altas pero, según la enfermedad avanza, los olmos van secando todas sus ramas y acaban muriendo.
El tratamiento suele ser la poda de las ramas enfermas pero en los casos avanzados la única opción es la infiltración de insecticidas. Tratamiento caro que se realiza en ejemplares de interés, como el famoso “Pantalones” que mencioné, presente en el Jardín Botánico de Madrid, o en los de algunas plazas de la ciudad de Ávila. Por desgracia la gran mayoría de aquellas frondosas “olmas” que adornaron plazas, han acabado desapareciendo.
Pero basta de dramas. Voy a describiros un par de itinerarios de los que más me gusta recorrer.
Hasta la cascada del Hornillo, y más allá.
 
El camino, señalizado, parte desde un pequeño aparcamiento junto al puente sobre el río Aceña. Para llegar hasta el aparcamiento basta con tomar la carretera que, desde San Lorenzo de El Escorial, se dirige hacia Santa María de La Alameda (pueblo, que no estación) subiendo hasta cruzar los puertos de La Cruz Verde en primer lugar, y de La Ventolera en segundo lugar. Entre ambos puertos, muy próximos el uno del otro, y en un mirador a mano derecha, podemos parar el coche si queremos y contemplar la hermosa vista del valle con el Monasterio de El Escorial, una imagen realmente de postal. Una vez en La Ventolera y cogiendo la desviación que nos indica el camino hacia Santa María de La Alameda, remontamos todavía una pequeña subida hasta coronar el alto y ya bajando la cuesta, atravesar el pequeño pueblo de Robledondo. Ya sólo es cuestión de, entre curvas, bosquetes de robles y prados, bajar hasta el cauce del río Aceña. Justo antes de cruzar el puente y a mano derecha podremos aparcar el coche sin dificultad. Distancia desde San Lorenzo: 15 kilómetros.
Al lado del aparcamiento e indicado con un cartel, el camino se mete en el pinar, donde iremos siempre a la sombra. Sólo necesitamos calzado cómodo y resistente y si disponemos de un bastón para ayudarnos, mejor. Lo de llevar cámara de fotos o no, depende de cada uno, aunque yo siempre la llevo en la mochila junto con el “kit de montaña”: prismáticos, una navajita y una gorra por si aprieta el sol. Por consejo de un amigo excursionista añadí al kit una lámpara frontal, por si se hace de noche (me pasó dos veces en los Pirineos y es un verdadero aprieto caminar a oscuras) y un silbato…¿Un silbato -le dije- , y para qué?… Pues por si tienes un percance, como torcerte un tobillo, por ejemplo, y no puedes andar… Le respondí: ¡Hombre, siempre puedo gritar!… Si –me respondió– , pero de gritar te cansas pronto, y el silbato no cansa y se oye de más lejos… Y como me pareció buen argumento y ni pesa ni abulta, lo incorpòré al kit. Como siempre, “por si acaso”.
Es martes, hace buena temperatura, son las dos y media de la tarde y entre semana aquí no se ve a nadie, así que me quito la camiseta y en plan Tarzán, disfruto de este sol casi primaveral en la piel, o del aire fresquito en los trayectos en sombra. No volveré a ver a nadie ni a ponerme la camiseta hasta no llegar al coche.
El sendero va subiendo pegado al arroyo Hornillos, que baja rumoroso entre pequeños saltos y pozas. Ya en el último tramo la cuesta se hace un poco más empinada aunque el camino es cómodo, está muy bien señalizado e incluso en la última parte los forestales han puesto troncos de madera clavados al suelo para contener la erosión y marcar escalones. La cascada se anuncia desde antes de verla, por el estrépito del agua. Cuando llegamos el espectáculo es hermoso: en un tramo de unos diez metros el agua se desliza torrencialmente por una pared casi vertical de gneis. El gneis, para entendernos, es un mineral eruptivo con la misma composición que el granito (aquello de: cuarzo, feldespato y mica) pero que en vez de ser de aspecto granuloso ofrece una imagen en bandas, como el mármol.
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                                           La cascada o salto del Hornillo
Antes de precipitarse por la pared de gneis el agua se remansa en una pequeña poza, aunque inmediatamente por encima de la poza otros pequeños saltos se han ido sucediendo. El lugar merece una parada y muchas personas acaban aquí su recorrido. Desde el aparcamiento no tardas más de quince minutos. Grandes rocas se suceden a los lados de la caída donde te puedes sentar, contemplar sin prisa y en silencio el veloz movimiento del agua, disfrutar del sonido y relajarte.
Si tenéis ganas de andar más el sendero continúa, y vale la pena seguir. Un poco de cuesta, siempre dejando al arroyo a nuestra izquierda y protegidos por los pinos, nos conducirá a una pequeña pradera, rodeada por chopos y algún quejigo. De la pradera hacia arriba la señalización nos impedirá perdernos. El camino sube en cuesta, otros diez o quince minutos, y a cada paso que demos se nos va a ofrecer un paisaje de vallecitos, como los que bajan desde el puerto de Malagón dejando atrás los pinares de Robledondo hasta que, una vez coronada la cuesta y junto a un cartel indicador, veremos de frente el embalse y el pueblo de Peguerinos (ya provincia de Ávila) y, a nuestra derecha, al fondo, Santa María de La Alameda.
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             En las praderas altas una flor nos indica que alcanzamos ciertas cotas, como              el Crocus carpetanus, primo hermano del Crocus sativus, el del azafrán.
Toca bajar hasta el cauce del río Aceña. La bajada es bastante escarpada, por un camino muy pedregoso y hay que tener cuidado para no resbalar o no pisar una piedra en falso y acabar en el suelo. Mientras bajo apoyándome con el bastón pienso que mucho mejor haber comenzado la subida dirección a la cascada y no por aquí, aunque recuerdo hará tres o cuatro años que hicimos el camino inverso. Desde el embalse del Tobar (que desde aquí no se ve) fuimos bajando por la ladera de enfrente hasta la vaquería que se divisa en el fondo del valle y, una vez abajo, subimos la escarpada cuesta por donde bajo ahora aunque, en vez de dirigirnos al Hornillo, tiramos a la izquierda y fuimos por la cresta divisoria con Robledondo, dirigiéndonos aquella vez de nuevo al puerto de Malagón. Poco a poco y con cuidado la cuesta se acaba. Hay unas vacas encerradas en el corral pero no se ve a nadie por la casa. 
 
Una ancha pista de tierra finaliza en la vaquería y viene, pegada al río Aceña, desde donde he dejado el coche. El camino ya es mucho más cómodo. Durante un un par de kilómetros continúo, entre prados y algún que otro cercado, junto al río, que corre abundante. Algunos tramos son muy bonitos: el río se encajona entre grandes crestas rocosas que bajan de la montaña, formando pozas y prados. A lo lejos ya voy viendo estructuras conocidas: una casa de nueva construcción, al parecer una escuela de pesca para los chavales, pero que ahora mismo está cerrada. Siguiendo un poco más, el camino desemboca en la carretera que sube a Santa María, justo al otro lado del puente y de donde tengo el coche. En total y con paraditas breves para hacer fotos y contemplar el paisaje, 2 horas y cuarto.
 
Los dos castaños centenarios de Zarzalejo
 
A menos de 10 kilómetros de El Escorial y a 15 minutos en coche tenemos el pueblo de Zarzalejo. El que nos interesa es “el de arriba”, el pueblo como tal, aunque junto a las vías del tren creció el que se conoce como Zarzalejo-Estación. 
 
Zarzalejo se halla situado en la ladera sur de la montaña conocida como Las Machotas. Esa posición (al igual que San Lorenzo) le confiere protección climatológica al estar en la solana, lo que le proporciona cierto microclima respecto a otros pueblos, más enclavados en la llanura y por tanto más expuestos a heladas. La ubicación de los castañares se explica en parte por esta característica.
 
Un paseo de los clásicos es subir desde la Silla de Felipe II, en El Escorial, hasta trasponer el collado de Entrecabezas y desde allí, descender hacia Zarzalejo, atravesando bosquetes de castaños. Pero esta vez quiero ver dos centenarios, categorizados como Árboles Singulares por la Comunidad de Madrid: el de la Fuente del Rey, y el del Cotanillo.
 
El de la Fuente del Rey es el más fácil. Desde el mismo pueblo y junto a la iglesia de San Pedro arranca la calle de la Fuente del Rey. Una calle corta que serpentea sale ya de las casas. Podemos dejar el coche en cualquier esquina. A poco de coger la vereda un grabado en una piedra señala Fuente del Rey. El caminito zigzaguea señalizado con el indicativo de las marcas rojas y blancas de recorrido. Dejando a la derecha una verja roja y siempre a nuestra derecha la valla de la finca, cruzamos pasos angostos entre grandes rocas que me hacen pensar que “no es país para gordos”…
 
En quince o veinte minutos llegamos a los castaños, un pequeño bosquete de unos ocho o diez entre los que destaca el Árbol Singular, un gran ejemplar señalizado con un pequeño mojón (donde indica su especie: Castanea sativa, y el número en la catalogación) crecido entre las rocas que extiende sus gruesas ramas. Se le ha calculado una edad de doscientos treinta años, y por su porte bien lo parece.El tronco es doble, y aunque aún es pronto para haber desarrollado las hojas, muestra la imagen característica de los castaños, con una corteza cuyos pliegues se muestran ligeramente retorcidos, a diferencia de otros árboles cuyos pliegues crecen en vertical.
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La fuente como tal está unos metros más adelante, un pequeño caño que proporciona la suficiente humedad para aportar frescor a este rincón. Por el suelo, abundantes restos de los “erizos”, la cáscara espinosa que protege al fruto propiamente dicho: las castañas. Tras unos minutos disfrutando de la tranquilidad y el frescor de esta vaguada, me doy la vuelta dispuesto a ver el otro castaño, el del Cotanillo.
 
Una vez en el coche, enlazo con la carretera que sube hasta el puerto de la Cruz Verde. Es un trayecto de menos de un kilómetro. Justo tras la última casa y justo delante de la señal que indica con su oblícua línea roja el final del pueblo, un camino sube a la derecha. No hay problema, porque a la izquierda de la carretera una pequeña explanada me permite aparcar el coche con comodidad, a la sombra de unos pinos.
 
En las diferentes páginas de internet que hablan de los castaños de Zarzalejo en una de ellas, la del Guadarramista, su autor César Herranz ya avisa sabiamente que para alcanzar el castaño del Cotanillo “hay que pensárselo dos veces”… El que avisa no es traidor…añadiría yo. Gracias, César, por el aviso.
 
Efectivamente. La pista de hormigón que desde la carretera asciende…asciende y mucho, y muy empinada. Todavía no hace calor, pero la subidita de unos 200 metros (que a mí se me antojaron al menos 300) se me hace muuuy larga (¡por Dios, qué poco fondo tengo, tengo que dejar de fumar definitivamente!). La pista de hormigón finaliza, ¡por fin!, junto al depósito de aguas de Zarzalejo. Pero las cuestas no se han acabado. A partir de aquí la cuesta continúa pero ya por un sendero de piedras durante muchos metros más. Afortunadamente la sombra de los pinos me protege. Poco a poco el terreno se va haciendo más llano. A la derecha se contempla, rodeado por las crestas rocosas de Los Ermitaños, un vallecito lleno de prados con vacas. Hacia el fondo y en la parte más alta grupos de pinos. Y entre los pinos parece distinguirse un gran árbol, sin duda el castaño en cuestión. Al no tener hojas aún no destaca su tono verde brillante, pero por el porte y su estructura bien lo parece.
 
Sigo subiendo aunque el terreno es más llevadero. Desde que dejé atrás las últimas casas y me metí en la vereda, la camiseta sobra y como no hay absolutamente nadie disfruto de este sol primaveral en la piel. Último tramo: cruzando el portón de una finca, voy entre el tierno césped primaveral y zarzales rodeando la loma hasta llegar al castaño. Si de lejos es espectacular, de cerca es impresionante. Un enorme ejemplar de grueso tronco, algunas de cuyas ramas crecieron apoyadas en el suelo o en las rocas. Otras han sido aserradas y yacen, enormes, junto al tronco. El pequeño mojón de Árbol Singular le señala aunque alguien ha arrancado la placa superior donde indican la especie y su número de catalogación. Ya hay que tener ganas, pienso, de tomarse la molestia de subir hasta aquí y cometer estos pequeños vandalismos, siempre “hay gente pa tó”.
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                                    El castaño del Cotanillo, a finales del invierno
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El mismo castaño. Volví este veraniego otoño, aún sin el tono dorado otoñal de sus hojas
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A sus pies, miles de erizos, repletos de hermosas castañas. En un rato cogimos unos 3kg
A este ejemplar se le calcula una edad de 330 años y, visto su porte, no voy a discutirlo. Sentado a su pie, contemplando la panorámica del vallecito con Zarzalejo a lo lejos y, más allá, la carretera que lleva a Fresnedillas y las lomas que separan de Robledo de Chavela, disfruto de la paz del lugar fumándome un cigarrito bien merecido. En pocos minutos y sin ninguna prisa retomaré el camino, ésta vez -afortunadamente, pienso- ya cuesta abajo.
 
Un poco más lejos: Rascafría. Las cascadas del Purgatorio y el tejo milenario.
 
Desde San Lorenzo hasta Rascafría el camino es un poco más largo, unos 50 kilómetros. Necesitamos dirigirnos bien por Collado Mediano, bien por Los Molinos, hasta el Puerto de Navacerrada. La carretera sube y sube, rodeada por espesos pinares. Cada 100 metros que ascendemos (en altitud) desde el pueblo de Navacerrada un cartel nos lo va indicando: 1.200 metros… 1.300… 1.400… 1.500… seguimos subiendo: 1.600…1.700…1.800… La carretera sube aún más hasta el Puerto y aunque no llegamos a ver el cartel de los 1.900 nos falta ya muy poco para alcanzar esa cota. En concreto estamos a 1.858 metros sobre el nivel del mar.
 
El Puerto de Navacerrada está siempre muy animado, sobre todo los fines de semana y sobre todo en invierno, en que la nieve invita a pasearla o a que los niños disfruten tirándose bolas. Lleno de alojamientos, de bares y de alquileres de esquís y de trineos. Lugar clásico para la nieve donde miles de madrileños acuden a esquiar o, más modestos, dispuestos a tirarse con toboganes -o sobre un simple plástico- por las cuestas. Navacerrada, para mí, está lleno de recuerdos infantiles. Hacia la izquierda, la pìsta de El Escaparate, donde generaciones de madrileños se han iniciado en lo que es lanzarse sobre unos esquís y, como su nombre indica, para ver y ser vistos.  A su lado comienza -o termina- el Camino Schmid (en recuerdo de un guadarramista austríaco), ameno sendero que rodea los Siete Picos hasta el Puerto de la Fuenfría y desde allí, ya bajando, hasta Cercedilla. Pero nuestro destino esta vez nos lleva un poco más lejos.
 
En vez de seguir recto en dirección Segovia y La Granja, nos desviamos a la derecha, en dirección Rascafría y al Puerto de Cotos. Estamos a finales del invierno y estos días de frío y lluvia se han traducido en nevadas en las cotas altas. Las montañas están llenas de nieve que baja hasta el borde mismo de la carretera llenando las cunetas, ya desde la cota de los 1.600 metros. En este tramo, la carretera discurre en horizontal entre suaves curvas, siempre entre pinos, con un paisaje espléndido a nuestra izquierda que nos muestra una sucesión de valles repleto de espesos pinares. Los ejemplares que vemos aquí son todos de pino silvestre, también llamado de Valsaín: el Pinus sylvestris, con sus ramas y la parte superior de un anaranjado llamativo. De hecho nos encontramos en medio del mayor pinar de pino silvestre de toda Europa y que se extiende sin apenas solución de continuidad desde Robledo de Chavela hasta el Puerto de Somosierra, y más allá. Muchos los vemos tronchados en sus ramas o en sus copas debido al peso de la nieve acumulada tras las copiosas nevadas invernales.
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                          Panorámica desde la carretera de Navacerrada a Cotos, con un paisaje                           de densos pinares
Una vez en el Puerto de Cotos, pasamos al lado de la estación del tren que desde Cercedilla acaba aquí su recorrido tras subir por Camorritos, en un paseo muy bonito. A nuestra derecha dejamos el aparcamiento y la carretera que conduce hasta la estación de Valdesquí. Sobra decir que los días festivos el parking se llena, con toda la gente que desde aquí sube caminando por los senderos hasta la cumbre de Peñalara o la Laguna Grande. Desde Cotos salen otras excursiones, como la que baja por el valle, bien por el lado de la Umbría, o bien pegado al río Angostura, hasta Rascafría. 
 
Nuestro destino es otro: el de las cascadas del Purgatorio, y para ello tenemos dos opciones, aunque la que nos ocupa es comenzar el camino junto al puente del Perdón, junto al monasterio de El Paular, pocos kilómetros antes de llegar al pueblo de Rascafría. Una vez aparcado el coche debemos atravesar el puente, donde el arroyo de La Angostura olvida su nombre y pasa a denominarse, ¡vaya usted a saber por qué!, como río Lozoya.
 
Nos espera un recorrido de entre hora y media o dos horas y pico, según la marcha que llevemos. En esta ocasión voy sólo y a muy buen ritmo. Tan sólo me encuentro con algunas vacas que me miran, preguntándose sin duda qué se le habrá perdido a este tipo, y con esas prisas… El camino es fácil, entre prados, bosquetes de quejigo y pinares que, poco a poco, se van espesando. A poco de cruzar el puente de piedra del Perdón vamos a dejar a nuestra derecha el Área Recreativa de Las Presillas donde los más valientes -o más calurosos- podrán bañarse en las piscinas de poca profundidad que se han formado, escalonadas, al represar el río. Es el mismo río Aguilón, aquí domesticado el que, aguas arriba, veremos correr, formar pequeños saltos y, en su zona superior, las famosas cascadas. Para los que quieran bañarse como para los que no, un par de chiringuitos estratégicamente situados calman el hambre y la sed de los domingueros o de los más intrépidos que, como nosotros, nos hayamos dado el paseo y a la vuelta necesitemos reponer fuerzas. Hoy es martes y el Área está vacía, un espectáculo inusual para como se pone ésto en verano.
 
Toca seguir. El paseo hacia las cascadas está muy bien indicado y es cómodo y ameno. Una ancha pista forestal va subiendo. Tras tres o cuatro kilómetros el camino se apiada de nosotros, deja de subir y se torna horizontal. No podemos verlo pero a nuestra izquierda el arroyo Aguilón debe correr tumultuoso por el rumor del agua que llega hasta nosotros. En un momento dado comienza a bajar hasta cruzar el Aguilón por un puente de madera. A partir de aquí la pista desaparece y toca caminar un kilómetro y medio sobre un sendero cada vez más y más pedregoso, sorteando los pinos que han invadido la zona, dominando el paisaje. Ya en la parte final, en un tramo de unos 200 metros, tocará caminar sobre las piedras, cada vez más grandes, que ya más que piedras son rocas. A nuestra derecha el río Aguilón corre rápido dando saltos y al poco oiremos el rumor de la cascada. Ya en la parte final, un pequeño mirador de madera nos permite ver el espectáculo, grandioso, del salto de agua encajado entre grandes paredones de piedra.
 
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                                           La segunda cascada del Purgatorio
Miro el reloj: desde el Puente del Perdón hasta aquí he invertido una hora y media, caminando a toda leche y sin descansar ni un momento. Mirando las páginas de internet en una de ellas, donde detalla con mucha exactitud los tramos, incluso con las coordenadas por GPS, el recorrido total es de casi 7.900 metros. Todo un record y mis piernas lo notan.
 
Estuve hace años en las cascadas pero, consultando las páginas de los guadarramistas, mencionan una segunda cascada aún más alta que la primera, a unos doscientos metros por detrás, y para cuya contemplación aconsejan trepar por el lado de la izquierda, sobre una zona de rocas en las que aconsejan cuidado con los más pequeños o incluso tener precaución -de cara a los resbalones- si las rocas están mojadas por la lluvia. Estoy cansado por el tute que me he pegado pero no puedo evitar trepar por las rocas para ver la segunda cascada. Pero he debido coger un camino equivocado aunque tiro por una senda que trepa por el lado de la izquierda. Con mucho cuidado voy subiendo, una tras otra, unas grandes rocas. Aquí el bastón casi sobra, lo que se tercia es agarrarse con ambas manos según asciendo, mirando muy bien donde piso. Llego por fin a un alto repecho de donde no puedo continuar. De frente y a los lados hay unos tajos verticales imposibles de cruzar con grave riesgo de mi integridad física, y aunque el rumor de la cascada me señala que debe estar ahí mismo, otras grandes rocas me la ocultan.
 
Prudentemente me planteo retroceder y, desandando lo trepado y con muchísimo cuidado en cada piedra donde me apoyo, deshago el camino. Lo que menos me apetece ahora mismo es sufrir un resbalón y tener un percance en forma de tobillo roto, máxime teniendo en cuenta que ni hay nadie por el contorno, ni cobertura para el móvil. Así que, cuando consigo bajar junto al Aguilón, respiro aliviado. Más tarde y ya en casa veo fotos que han colgado en internet los caminantes donde se aprecia la segunda cascada. En ellas me hago idea de por donde va el verdadero camino, y no el equivocado que yo he cogido. Ya buscaré la segunda cascada otro día. 
Además, y como suele suceder en esta zona, nubes grises hace rato que cubrieron todo el cielo, y la temperatura ha bajado. Comienzo a desandar el camino al tiempo que una fina lluvia se hace notar. En el kit de la mochila, junto a la cámara de fotos, los prismáticos y una navajilla, llevo un impermeable ligero que, por no pararme para sacarlo, no me pongo. Llevo una camiseta-sudadera que de momento me protege pero que, poco a poco, se va mojando. Afortunadamente el camino de regreso es cuesta abajo y sigo andando a toda mecha pero el cansancio se hace notar. Pese a las botas de montaña el trayecto sobre rocas me han machacado las plantas de los pies, la tarde está cayendo, estoy helado de frío y ya, viendo de lejos el Puente del Perdón, el camino se me hace larguísimo. ¡Por fin, el coche!. Son las siete y cuarto, aún no han cambiado la hora y comienza a oscurecer. Desde que comencé a las tres y con algo más de un cuarto de hora de parada en la cascada, he empleado cuatro horas para recorrer casi diez y seis kilómetros…
 
Hay dos opciones más para acceder a las cascadas del Purgatorio. Una es es desde La Isla. Desde allí no hay caminos establecidos. Hay que trepar por el monte en derecho lo que también nos lleva, atajando, hasta la parte superior de las cascadas, tras superar dos crestas y una vaguada. Casi todo el camino discurre a la sombra de los pinos. Lo intenté una vez en invierno pero, llegando a lo alto, la nieve llegó a cubrirnos las rodillas por lo que decidimos, sabiamente, darnos la vuelta. Lo intentaré más adelante, con mejor tiempo.
 
La otra opción es accediendo al Puerto de La Morcuera. Una carretera comunica Rascafría con Miraflores de la Sierra, otro pueblo con recuerdos infantiles, de cuando mi familia veraneó allí, hace muchos años. Subiendo desde Miraflores el panorama es grandioso, dominando el valle. Una vez llegado al puerto y al Refugio Juvenil (a un par de kilómetros), podemos bajar por una pista hasta Rascafría (la GR-10, poco más de 15 km de recorrido) rodeando por detrás las cascadas o bien, aparcando el coche un kilómetro más allá, coger un cortafuegos durante dos kilómetros, hasta coger otro que sale en ángulo recto a su izquierda, y que va ya descendiendo. Ahora toca bajar la montaña. Desde este punto se contempla enfrente y más o menos a la misma altura, el Alto del Purgatorio, una gran peña reconocible si ya hemos estado cerca de las cascadas. Pero el cortafuegos se interrumpe y toca seguir bajando, más y más, por senderos cada vez más escarpados. Sabemos que tocará regresar por la misma pendiente y esta vez cuesta arriba, pero debemos estar cerca. De frente y allá abajo se ve correr el río Aguilón y ya se escucha el rumor de las cascadas. Por fin, y sobre unas rocas, las vemos. Estamos sobre un precipicio, en lo que calculo aproximadamente a unos 80 metros de altura en vertical, y a vista de pájaro vemos el espectáculo de la primera cascada, encajonada, cayendo impetuosamente, y a unos cien metros de ésta la segunda. Y allá, muy abajo, podemos distinguir a los excursionistas asomados al mirador de madera que, desde esta atalaya, parecen hormiguitas. No se si ellos nos verán -tendrán que mirar muy arriba- pero si lo hacen sin duda se preguntarán por dónde coño habrán subido estos locos a donde sólo llegan los buitres.
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             La primera cascada del Purgatorio desde nuestro nido de águilas
Tras un rato de disfrutar con la panorámica y el espectáculo de las cascadas y de hacer las inevitables fotos, toca regresar. y, efectivamente, ahora nos vamos a dar cuenta de lo empinada y lo larga que es la cuesta. Hasta llegar al cortafuegos no hay pinos que nos den sombra y el sol se nota sobre nuestras cabezas. Hay que pararse de vez en cuando para coger aliento. Una vez alcanzados los deseados pinos nos dan alivio, pero la cuesta sigue y sigue subiendo. Para cuando llegamos al tramo horizontal del cortafuegos estamos derrengados, soñando con una fresca cervecita (que nos tomaremos tan ricamente en Miraflores). Según el “cuentapasos” de mi móvil, hemos recorrido unos diez kilómetros en total, pero el cuestón se nos ha hecho larguiiiisimo. Una vez en casa y comprobando las cotas de nivel de los diferentes puntos en los mapas, la diferencia de altura entre donde hemos dejado el coche y el mirador sobre las cascadas es poco más de trescientos metros…pero cuando las cuestas son tan empinadas, trescientos metros es un mundo…aunque el contemplar las cascadas del Purgatorio desde lo alto bien ha merecido la pena. 
 
Hacia el tejo milenario de Rascafría
 
Este otro camino es más suave, más corto y menos trabajoso que el que nos lleva hasta las cascadas del Purgatorio. Aparcando en La Isla (bajando desde Cotos unas desviaciones ya nos la señalizan, a la derecha), un camino sube pegado al arroyo de La Angostura, en dirección hacia Cotos. El recorrido es muy agradable, entre pinos y quejigos, y el arroyo baja abundante formando multitud de pozas y de pequeños saltos. A unos 300 metros río arriba nos encontramos un vistoso salto de agua que, aunque no sea una cascada natural como tal, no deja de tener su espectacularidad. Se trata de la cascada del embalse del Pradillo, embalse que se destinó en su momento a suministrar energía eléctrica al pueblo de Rascafría.
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                                             Cascada del embalse del Pradillo
El camino discurre dejando el arroyo a la izquierda unos dos kilómetros, aproximadamente, hasta llegar al Puente de La Angostura. Aunque en muchas entradas hablan de él como un puente romano, no lo es. Ya se sabe, es como los anticuarios: cuanta más edad le puedas atribuir, más valor, y al ser de piedra enseguida le cuelgan el cartel de “romano”. Aunque viejo, realmente no lo es tanto. Fue levantado por orden de Felipe II (en otros sitios dicen que fue Felipe V el que lo mandó construir) con la intención de salvar el río y que las carrozas reales pudiesen efectuar el camino desde La Granja de San Ildefonso salvando el Puerto de Navacerrada hasta el Monasterio de El Paular. Precisamente su ubicación está en un lugar donde el cauce es más estrecho con dos grandes rocas a sus lados: la “angostura” o estrechez, lo que acabó dando nombre a todo el arroyo. Desde La Isla hasta el puente, un agradable paseo de 1.600 metros nada más.
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Cruzamos el camino sobre el puente. Justo por delante y río arriba una hermosa pradera invita a descansar y a tomarse un refrigerio porque a su lado el arroyo forma una poza donde los valientes y calurosos podrán darse un chapuzón en verano. Por mi parte, ni soy tan valiente ni desde luego es el momento: las aguas tienen un reflejo “azul-glaciar”, con pinta de estar de todo menos calientes… Ahora, y una vez cruzado el puente de La Angostura, justo enfrente, una pista ancha se desdobla, a la derecha y a la izquierda. ¡Ojo!, que “nuestro” camino es el de la izquierda y no el de la derecha. Si siguiésemos por el de la derecha y tras una ligera ascensión acabaríamos por dar de nuevo con el río Angostura. El camino es muy agradable pero no es éste. El nuestro, insisto, es el que frente al Puente de La Angostura parte hacia la izquierda. Desde aquí el camino nos llevará hasta el “tejo milenario”, aunque ya mismo comienzan a verse pequeños tejos y ejemplares de acebo. Los tejos, coníferas de hoja plana (de donde viene su nombre popular), perenne y verde oscuro. Los acebos, algunos en grupos y muy grandes, ahora sin su característico fruto rojo invernal, alimento para muchas aves en los meses duros, y con unas hojas verdes, satinadas y de reborde espinoso, con un brillo metálico que nos llaman la atención desde lejos.
 
La pista asciende suavemente quebrando su recorrido para sortear las alturas. En un momento dado se abre otra pista a la izquierda, que es la que deberemos seguir. Tras lo que calculo un par de kilómetros más, la pista acaba abruptamente en una vaguada. No vemos los tejos desde la pista pero es aquí mismo, los tenemos al lado. Bajando por la izquierda cruzamos el arroyo de Valhondillo sin dificultad y ahora si. Unos cuantos ejemplares de tejos grandes, viejos y nudosos crecen entre rocas o en la ladera, esparciendo sus raices sobre el suelo. 
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               Éste no es todavía el “tejo milenario” más famoso, aunque estos ejemplares                  también sean muy viejos
Y por fin, el famoso tejo milenario. El conocido como Tejo de Barondillo, deformación de la palabra Valhondillo, enclave en el que le encontramos. A su pié el pequeño monolito donde indica su nombre científico: Taxus baccata, y su calificación como Árbol Singular. En este caso no es para menos: se le calcula una edad de entre 1.500 y 1.800 años…el árbol más viejo (y por tanto el ser vivo) de toda la península.
 
Un ejemplar que sorprende por sus hechuras. No es muy alto, porque los tejos no son árboles de gran porte, pero sí muy ancho, con un tronco grueso y nudoso, ahuecado por los años en su interior. Las raíces se extienden a los lados del árbol, dándole un aspecto de aún más ancianidad o como de árbol de cuento de brujas. Los forestales han colocado una valla metálica a su alrededor y una placa informativa para evitar que los visitantes se arrimen al tronco a hacerse la inevitable foto. El problema es que de tanto pisar el suelo, éste llega a compactarse complicando su permeabilidad, y lo mínimo que merece este árbol es respeto.  
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Tras admirar a semejante anciano y hacernos las inevitables fotos (¡sin cruzar la valla, por favor!), remprendemos el camino de vuelta, no sin antes admirar los otros tejos muy grandes y majestuosos aunque aquí la “estrella” es el milenario. Desde La Isla un recorrido de unos 10 kilómetros, cómodo y de los que merecen la pena.
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    Abundantes por todos lados, los nidos de las grandes hormigas rojas (Formica           rufa), las “limpiadoras” del pinar
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Chapapote. Ayudando a las víctimas

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¿Qué hacer?….ejerciendo la solidaridad

A finales del mes de Noviembre del año 2.002 un sentimiento de rabia se generalizó en toda España. A consecuencia del hundimiento del petrolero Prestige y de una serie de decisiones, si no irresponsables al menos mal enfocadas, gran parte de las costas de Galicia y Asturias quedaron ennegrecidas por un gran derrame de fuel procedente del barco. La mancha se extendió por un total de 2.000 km, llegando a afectar el litoral de Santander, País Vasco e incluso una pequeña parte de las costas francesas. En Galicia se creó la plataforma Nunca mais. En el resto del país, una ola de indignación y solidaridad movilizó a miles de personas que acudieron de todos lados, dispuestos a echar una mano en las tareas más sucias, como fue limpiar las playas empapadas por los vertidos.
 
Porque España, y pese a lo que nos guste pensar a nosotros mismos, muy dados a fustigarnos, es un país muy solidario. Me lo razonó hace años una amiga italiana: cuando lo de la bomba de Atocha, la ayuda de la gente se demostró en taxistas, voluntarios o sanitarios que se volcaron trabajando gratis o doblando turnos. Incluso tuvieron que pedir, por favor, que no se donase más sangre porque ya no tenían donde almacenarla. Me decía mi amiga que éso en Italia hubiera sido impensable. Pues con lo del chapapote pasó algo parecido. 
 
Sería un sábado por la noche, a éso de las diez y a mediados de Diciembre, cuando me encontré una larga fila de autobuses en Moncloa. Para aquellos que no conozcan Madrid, Moncloa está justo en la salida hacia la carretera de La Coruña, rumbo a Galicia. Subiendo a los autobuses, un montón de chavales con sus mochilas. Obviamente -pensé- son voluntarios dispuestos a limpiar playas… Aquello me dejó pensando durante varios días. A mí también me gustaría ayudar, hacer algo, ¿pero qué?…¿qué hacer?… Cuentan que a finales del Siglo XIX el conde y escritor León Tolstoi se desesperaba contemplando las terribles imágenes de la miseria en los suburbios de Moscú, ante las que no cesaba de preguntarse…¿qué hacer, qué hacer?… Así que decidí irme para allá.
 
Lo primero, ¿dónde?. 
 
Ya se conocía por bastantes testimonios que muchos voluntarios que habían ido por su cuenta a Galicia no sabían exactamente qué zonas precisaban ser limpiadas, y perdían los pocos días de los que disponían buscando playas sucias, o intentando coordinarse con los que ya estaban allí, eliminando el fuel. Coordinarse con otros grupos era importante puesto que se les suministraba el material necesario: desde los monos desechables de papel, mascarillas, guantes, palas, rastrillos, redes y bolsas de basura donde ir acumulando el fuel recogido, mas la mínima infraestructura de alojamientos y mantenimiento. Hablando con unos y con otros, biólogos sobre todo pero también con colegas veterinarios, y dado que ya había tenido experiencia tratando especies silvestres (de cetrería, sobre todo, pero también animales de zoo o fauna salvaje), me aconsejaron buscar alguno de los centros donde se trataba a las aves recogidas de la costa, recogidas bien por voluntarios, por pescadores o por los servicios de rescate. Animales que llegaban a estos centros empapados de fuel, con las plumas inutilizadas por el alquitrán, incapaces de volar e incluso de nadar y que, en muchos casos, al acicalarse habían ingerido el temido fuel, intoxicándose.
 
Contacté al final con uno de los centros, concretamente el de Avilés, en Asturias. A mi no me hubiese importado en absoluto el haberme dedicado con una pala a recoger el chapapote de las playas, estaba decidido a ayudar en lo que fuese, pero me aconsejaron que dada mi experiencia, quizá podía ser más útil tratando las aves afectadas, y tras los oportunos contactos y para finales de Diciembre a Avilés que me fui. Como había comentado mi decisión a los allegados, me vi rodeado de un grupo de acólitos entusiastas, dispuestos a ayudar, como yo: mi hija Maya, mi sobrina Greta (en aquel momento estudiante de Ciencias del Mar), mi amigo Gabriel y un sobrino suyo, Pepe. Para Avilés que nos fuimos los cinco una fría mañana de invierno.
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Los Cinco de la Fama: Gabriel, su sobrino Pepe, mi hija Maya y yo. En primera fila mi                                                                           sobrina Greta
En Avilés casi todo fueron gratas sorpresas. En primer lugar nos facilitaron alojamiento gratuito en la Casa del Mar. Las Casas del Mar son edificios dependientes del Instituto Social de la Marina, y facilitan alojamiento a marineros en tierra en periodos de corta duración, o en situaciones de naufragios, independientemente de su nacionalidad. En aquel momento la Casa del Mar estaba vacía, la teníamos para nosotros solos. Nos facilitaron tres habitaciones dobles: en una, las chicas: Greta y Maya. En otra mi amigo Gabriel y yo, y en la tercera Pepe, el sobrino de Gabriel. El centro de recuperación de aves se localizaba en San Juan de Nieva, junto al puerto, con varias dependencias donde se atendía a las aves afectadas: en primer lugar limpieza exhaustiva del plumaje, disolviendo el fuel con aceite de girasol. Si había evidencias de que el animal en cuestión hubiese tragado fuel, se les purgaba con aceite de girasol para que lo eliminasen de su aparato digestivo y evitar intoxicaciones. Aceite de girasol había más que de sobra, así como otros detergentes necesarios procedentes, nos dijeron, de donaciones. También había más que suficientes monos blancos de papel desechables (lo que dio nombre en las playas a la “Marea Blanca”) para no mancharnos al contacto con las aves petroleadas, guantes de goma, gafas protectoras, y todo lo necesario. 
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                                                            La “Marea Blanca”
Una vez limpios, los animales se mantenían en pequeños parques para controlar su evolución. Al principio se les alimentaba forzadamente aunque en cuestión de un par de días estaban lo bastante recuperados como para comer por sí solos. De hecho y a los pocos días, y como se puede ver en las fotos, nos rodeaban como gallinas al ver las bandejas del pescado. La alimentación se realizaba con pescado crudo, facilitado o comprado (supongo que a muy bajo precio) por los pescadores. Las aves atendidas en Avilés, o al menos los días que estuvimos allí, eran principalmente el arao común (Uria aalge), en un porcentaje estimado del 51%, más un 17% de alca común (Alca torda) y otro 17% de frailecillo (Fratercula arctica). Y ya en menor cantidad, cormorán (Phalacrocorax carbo) y alcatraz (Morus bassanus). No llegamos a verlos en Avilés, pero en aquellos días hubo varamientos en las playas de cetáceos: delfines y marsopas principalmente, alguna foca, algunas nutrias e incluso alguna tortuga marina, todas ellas enfangadas por el fuel. Me gustaría comentar que el porcentaje de “curados” era muy alto, más del 95% de las aves que llegaban a Avilés quedaban perfectamente restablecidas. Y el 5% restante morían intoxicadas al haberse petroleado en exceso y haber ingerido el fuel, en sus intentos de limpiarse el plumaje.
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Tanto las alcas como los araos eran unos animalitos que resultaban bastante simpáticos. Con un aspecto que recordaba a los pingüinos, aunque a diferencia de éstos son perfectamente capaces de volar: blancos y negros y muy “tiesecillos”, y además bastante pacíficos, lo más que hacían los pobres era intentar debatirse cuando, recién llegados, había que limpiarles a conciencia el plumaje, o los primeros días de la alimentación forzada. Por el contrario, cormoranes y alcatraces tendían a defenderse a picotazos cuando les manipulabas. Estaban en recintos aparte y para su manejo estaban destinadas las gafas protectoras, porque tendían a dirigir los picotazos justo a los ojos. En el caso de los alcatraces, más grandes y con fuertes picos, había que tener especial cuidado. Así y todo un cormorán me pellizcó un día en plena nuez, con su pico ganchudo y ese cuello en forma de “S”, tan eficaz a la hora de pescar…o de dirigir el pico, como un resorte.
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                                                Alimentando a los alcatraces
Decía que en Avilés casi todo fueron gratas sorpresas…excepto algún detalle, que siempre los hay. Yo había intercambiado previamente correos electrónicos con los responsables del centro de Avilés avisando de nuestra llegada y los días que podíamos estar allí, todo el mundo gente muy amable y agradecida por la colaboración. En el centro y coordinando al grupo de voluntarios había un par de veterinarios de la zona. No recuerdo su nombre ni a qué se dedicaban exactamente antes de lo del chapapote. Cuando me presenté a ellos como veterinario y con experiencia en manejo de aves silvestres uno de ellos puso una mirada un tanto “rara” y desconfiada que pude interpretar como…¿a qué vendrá este tío, y a ver si nos va a quitar protagonismo…o el trabajo? … Para su tranquilidad y evitar suspicacias les aclaré que nosotros veníamos a limpiar mierda, sin más. No obstante y de vez en cuando veía de reojo sus miradas inquisidoras o me hacía alguna corrección en cuanto a cómo debía cortar los papeles, o a mandarnos a algún lado si nos veía parados un momento…comparándolo en plan castrense, algo así como un sargento con los reclutas.
 
Porque durante unos días nuestro trabajo se limitó a éso: a limpiar mierda. Junto con el resto de voluntarios, cortábamos papel de periódico para revestir el suelo de los jaulones, y dos veces al día recogíamos esos papeles sucios con las abundantes deyecciones, llenando bolsas y más bolsas, procurando tenerlo todo lo más limpio posible. De limpiar las aves recién llegadas se encargaban otros voluntarios con más experiencia, lo mismo que a la hora de darles de comer. No era complicado: uno sujetaba al ave en posición vertical y otro entreabría ligeramente el pico, por donde se introducían boquerones o sardinitas, que se escurrían por el gaznate. 
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                                        Con un pequeño grupo de voluntarios
Pero el destino me brindó mi pequeña revancha, y en honor a la verdad no puedo negar que sentí cierta íntima satisfacción. Era sábado y llegó desde Madrid nada más y nada menos que todo un personaje en el mundillo de los animales exóticos: Alfredo Bengoa. Me explico. Alfredo y yo nos conocimos durante la carrera, fuimos compañeros de promoción, y nos unió bastante nuestra afición a los “bichos raros”: aparecíamos por clase de vez en cuando con un lagarto en un bolsillo y cosas por el estilo. Una vez licenciados, fuimos socios durante un tiempo en una clínica veterinaria que llevábamos a medias, pero incluso trabajando cada uno por nuestra cuenta, solía acompañarle -y ayudarle- cuando hacía trabajos con animales de zoo, tales como tigres, leones, cocodrilos, bisontes y demás fauna. Alfredo consiguió pronto trabajo en la Facultad de Veterinaria donde desde hace años dirige el Departamento de Animales Exóticos. Aparte de las consultas que pasa en la facultad, da charlas, cursos, publica en revistas especializadas o coordina libros sobre los N.A.C. (Nuevos Animales de Compañía). Y como es un tema siempre muy atrayente para los estudiantes, Alfredo era y es toda una celebridad. De hecho en Avilés gran parte de los voluntarios eran estudiantes de la Facultad de Veterinaria de Madrid. No es de extrañar, pues, que cuando Alfredo Bengoa apareció por allí se montase un gran revuelo:… ¡ha venido Alfredo, está aquí, está aquí Alfredo!…como si su sola presencia bastase para “bendecir” lo que allí se estaba haciendo…
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      De izquierda a derecha: Pilar Femenia, yo y mi amigo Alfredo Bengoa. Año 90 ó 91.                                                                   ¡Qué jovenes estábamos!
Le vi venir. Alfredo es un “tío grande” en todos los sentidos, pero no me apresuré, ya le saludaría, yo andaba embutido en mi mono blanco, con unas bolsas negras repletas de basura en cada mano. Estaba rodeado por sus alumnos -le idolatraban- e inmediatamente nuestros dos “sargentos” acudieron a rendir honores a semejante celebridad. Pero en un momento dado miró hacia donde yo me encontraba y, en su mejor estilo y con su vozarrón pegó un grito: …¡¡¡coño, Santiago, pero si está aquí Santiago!!!… Ignorando a sus fans y ninguneando a nuestros dos “sargentos”, dejándoles con la palabra en la boca, en dos zancadas se acercó donde yo estaba dándome un abrazo como un oso, de ésos que te dejan sin respiración… ¡¡¡coño, pero qué estás haciendo aquí!!!….¿¿¿y qué haces con esas bolsas que no estás curando aves???… E inmediatamente se dirigió a los “sargentos” hablándole de mis maravillas como especialista en loros, halcones, patos y en todo lo que tuviese plumas, pelo, o se arrastrase por el suelo… Por dentro me retorcía de satisfacción, he de reconocerlo, aunque por fuera ponía mi mejor cara de buenín diciendo, …bueno, yo sólo quiero ayudar en lo que sea más necesario… El sargentono hacía más que balbucear excusas… (¡hay que joderse! -estoy seguro que pensó-  ¡mira por donde resulta que el veterinario éste de Madrid, ¡es amigo del Gran Jefe!)… Aparte de mi satisfacción moral (todos somos humanos y tenemos nuestro orgullo) el único cambio fue que, a partir de aquel día, me “permitieron” alimentar a las aves. Mis cuatro colegas, como no eran “amigos del jefe” siguieron limpiando los jaulones, sin ningún tipo de trauma, éso sí. Los pocos días que estuvimos allí pasaron muy rápido y, tal y como llegamos, un día nos volvimos a Madrid. Contentos, con una experiencia muy bonita para recordar y sobre todo con la satisfacción de haber hecho algo útil.
 
Pero, ¿cómo empezó todo aquello del chapapote?… Y, por cierto, ¿de dónde procedía tan extraña palabra, que acabaría siendo tan popular?… Pues de una palabra nahuatl, la lengua indígena de Méjico, con la que llamaban al alquitrán.
 

El hundimiento del Prestige

El 13 de Noviembre del año 2.002 un petrolero navegaba frente a las costas gallegas bajo un fuerte temporal en el Atlántico. El barco, de registro griego, bajo bandera de las Bahamas, de compañía liberiana, explotado por una naviera griega, con carga de una empresa rusa con sede en Suiza, construído en Japón y con una tripulación de filipinos y rumanos, se hallaba bajo el mando de un capitán griego: Apostolos Mangouras, de 67 años y una experiencia marinera de 44 años, los últimos 30 de ellos como capitán.
 
El petrolero, un monocasco de nombre Prestige, transportaba una carga de 76.972,95 toneladas de fuel de alta viscosidad. El barco tenía ya 26 años y se encontraba en muy mal estado, con problemas de corrosión y deformidades en el casco. De hecho su destino era el de ser desguazado en el puerto de San Petersburgo. No obstante se le asignó un último viaje con su carga de fuel desde San Petersburgo hasta Singapur. Mal debería de estar porque el capitán en origen, el griego Efstrapios A. Kostazos, denunció el pésimo estado del barco al armador y a la aseguradora y renunció a realizar el viaje, tras lo que se decidió contratar al capitán Mangouras.
 
En el juicio que siguió al hundimiento el capitán Mangouras declaró haber escuchado un fuerte choque “como una explosión”, tras lo que el Prestige comenzó rápidamente, en no más de diez minutos, a escorarse. Se barajaron dos causas. La primera, el choque con un contenedor o con unos troncos flotantes caídos de tres barcos presentes en la zona y sujetos al fuerte oleaje. Uno de ellos perdió 200 troncos de unos 17 metros de largo por 30-50 cm de diámetro, parte de los cuales fueron apareciendo en la costa días después. La otra causa y más probable es que el viejo casco del Prestige sufriese una rotura por fatiga de materiales ante los embates del mar. Se especula con el desprendimiento de un mamparo del tanque de lastre de estribor. Sea como sea y por el costado de estribor se abrió una grieta de unos 15 metros, que iría ampliándose hasta los 35 metros. Para estabilizar el barco y corregir la escora, el capitán ordenó inundar los tanques de lastre de babor.
 
En un primer momento el capitán quiso acercarse a puerto para salvar el buque y proceder al vaciado del fuel que, desde el principio, ya comenzaba a salir por las escotillas de cubierta. Y aquí se inicia un arduo proceso entre negociar el rescate legal del barco y la carga al que tienen derecho según las leyes internacionales los remolcadores, y la negativa de las autoridades portuarias a que el Prestige entre en puerto, ante el peligro de una marea negra. Se niegan a que el barco entre al puerto de La Coruña. Las autoridades sólo proponen alejar el barco de la costa para evitar que quede varado. El Consejero de Pesca, Lopez-Veiga, declara:                                                …Hay que sacar ese barco de ahí de una puta vez
 
Según van pasando los días y la grieta de estribor se ensancha, el pánico sumado al desconcierto crece. Las autoridades portuguesas se niegan a que el Prestige entre en sus aguas territoriales. El capitán Mangouras se negó a poner los motores en marcha y dirigirse mar adentro esperando todavía ser remolcado (lo que le valió en el juicio la acusación de no colaborar con las autoridades), aunque al final y escoltado incluso por la fragata Cataluña para comprobar que se separase de la costa, decide encender los motores y alejarse a una distancia mínima de 61 millas. A las 18’53 horas del 14 de Noviembre se puede escuchar en una grabación que vio la luz días después la siguiente conversación entre el Ministerio de Fomento (regido entonces por Álvarez-Cascos) y la Subdelegación del Gobierno en Galicia:
 
-Subdelegado de Gobierno (La Coruña): ¿El barco va muy lejos?
-Fomento: ¡Uy, ya está, madre de dios, estará a treinta y tantas millas!
-Subdelegado: ¿Treinta y tantas? …
-Fomento: No, como siga así, éste llega a Groenlandia
Subdelegado: Bueno, pues que llegue allá
-Fomento: ¡Sí, joder!
-Subdelegado: Vale, muy bien
 
Hubo más declaraciones, a cada cual más pintoresca. El día 16 de Noviembre, sabiendo la que se avecinaba, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, don Miguel Arias Cañete dijo:
la rápida actuación de las autoridades españolas han evitado una verdadera catástrofe pesquera y ecológica… 
 
O la del entonces Vicepresidente del Gobierno, Mariano Rajoy que, una vez hundido el Prestige y en pleno escape de fuel dijo que no había tal fuga, que se trataba                   …de unos filos hilillos como de plastilina… 
 
Obviamente se trataba de algo más abundante y grave que unos finos hilillos de plastilina. El 23 de Noviembre se prohibe la pesca y el marisqueo, quedando amarrados en puerto 2.500 barcos. Ya el 6 de Diciembre y aprovechando el puente de la Constitución entre 10.000 y 20.000 voluntarios llegan a Galicia ayudando a limpiar playas, junto a vecinos, pescadores y mariscadores. Se calcula que alcanzarían la cifra total de 115.000 personas a lo largo de aquellas semanas.
 
Y entre unas cosas y otras, entre el desamparo y las negativas, rescatados sus tripulantes con helicópteros, amarrado a dos remolcadores (a proa y popa), dejando ya una gran estela del fuel que se escapa por las vías, el viejo casco del Prestige se fue rajando más y más hasta partirse por la mitad y hundirse a unos 250 km de la costa de Finisterre, quedando sumergido a una profundidad de más de 3.500 metros. Era el 19 de Noviembre del año 2.002. Comenzaban las tareas de intentar extraer el fuel, o de sellar el casco para evitar más fugas.
 
Precedentes. El caso del Exxon Valdez
 
Es sólo un ejemplo de que, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas. El 24 de Marzo de 1.989 el petrolero Exxon Valdez rozó su casco contra las rocas encallando en los arrecifes de la costa, los Bligh Reef, situados en Prince William Sound, un ancho brazo de mar situado en Alaska. Los prácticos del puerto petrolero Valdez condujeron al barco a través de los Valdez Narrows, unos estrechos a la salida del puerto, hasta que, una vez superados, pasaron el control al capitán Hazelwood.  Debido a la presencia de icebergs el barco sorteó la ruta habitual. A las tres horas el capitán dejó el control del barco al tercer oficial de cubierta y al oficial del timón. El barco estaba programado en aquel momento con el piloto automático. Una vez superados los icebergs dieron orden de enderezar a estribor, sin darse cuenta que el barco seguía la orden del piloto automático, sin desconectar. Para cuando se dieron cuenta no pudieron corregir la derrota que llevaba el Exxon Valdez y el barco encalló. En los juicios posteriores ambos, el tercer oficial y el oficial de timón, alegaron que no habían descansado las seis horas obligatorias antes de comenzar un turno de doce horas…
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Imagen procedente del desastre del Exxon Valdez. Un zampullín muerto por el petróleo
Las consecuencias: derrame de 200.000 barriles de crudo, unos 41 millones de litros, que se extendieron por más de 2.000 kilómetros de costa. Los trabajos de limpieza fueron laboriosos, y aún hoy se estiman importantes daños en la costa. Se calcula que murieron aproximadamente 36.000 aves, además de nutrias marinas, focas y cetáceos de varias especies.
 
La última víctima del chapapote: Man, el artista de Camelle
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Allá por Mayo del año 1.962 y en plenas fiestas patronales del Espíritu Santo del pueblo de Camelle, en la Costa da Morte gallega, se dejó caer un personaje un tanto peculiar. El sitio debió gustarle porque se instaló para siempre en el pueblo, y ya no se volvió a marchar. Enseguida supieron que era alemán, y los que le trataron le describen como un hombre educado y de buen aspecto, aunque muy dado a la soledad. Instalado en el espigón, se apañó con una pequeña casa allí mismo. Hombre parco, andaba generalmente semidesnudo. Gustaba de nadar y, cuando el mar no estaba revuelto, se daba largos baños recorriendo la costa. Se hizo famoso como “el alemán de Camelle” o, como “el artista de Camelle”, porque hacía instalaciones artísticas apilando en columnas piedras que cogía de las orillas, a veces pintándolas de blanco. Supongo que vivía de la beneficiencia y de la caridad de los vecinos. No sabría definirle si como un hippy, un anacoreta, o alguien que quería, sencillamente, vivir tranquilo. O todo junto.
 
De él sabemos que nació en 1.936 en Alemania, en una familia de siete hermanos. Que estudió arte en Italia, y que él mismo impartió clases de arte en Suiza. Que se llamaba Manfred Gnädiger, aunque todo el mundo le conocía como Man. Que era un gran amante de la naturaleza, y que la desgracia del chapapote, que ensució sus amadas costas e incluso parte de su casa le hundió en tal depresión que murió precisamente el Día de Los Inocentes, el 28 de Diciembre del 2.002. Como dicen los de Camelle: morreu de pena, mientras que nosotros, sin saberlo, ese mismo día seguíamos en Avilés limpiando y cuidando a las otras víctimas. La desgracia le siguió después de muerto. Un temporal en el 2.010 destrozó lo que el vandalismo había respetado, arrasando lo poco que todavía quedaba de su obra.

Linces en Sierra Morena

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Nos vamos. Formando el grupo

Me llama mi viejo amigo Juan Carlos, biólogo, que si me apunto este finde a ver linces en Andujar, en plena Sierra Morena. Y como nunca he visto linces en libertad, como nunca me he pateado Sierra Morena y como además libro este sábado, le digo que sí, que por supuesto. Y lleno de emoción me paso lo que falta de semana esperando la partida. Juan Carlos ha creado un grupo de WhatsApp (guásap, para los amigos) llamado Lince para irnos comunicando entre nosotros, y que se convierte sobre todo en un hervidero de chascarrillos.
 
Quedamos el viernes, 13 de Enero del 2.017 a las seis frente a su casa en Getafe, para salir juntos en su furgoneta. Desde aquí saldremos cinco: además de Juan Carlos y yo, tres biólogos más. Dos de ellos conocidos de hace tiempo: el Rubio y Carlos, profes en distintos centros. Y Loreto, del Centro Regional del Sureste de Madrid, dedicada a observación y censos. Los cuatro muy viajados por toda la geografía española y expertos en avistar aves y demás fauna.
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LOS CINCO DE LA FAMA: EL RUBIO, JUAN CARLOS, CARLITOS, SANTIAGO Y LORETO
En Andujar Juan Carlos, al que bautizaremos como el Amado Lider (al mejor estilo norcoreano) por sus dotes organizativas, ha quedado con más gente, algunos biólogos y otros no, pero todos amantes de la naturaleza y deseosos de ver al gran gato. Juan Carlos creó en 1.995 junto a el Rubio el grupo Mundo Azul, dedicados a organizar salidas con colegios de chavales a los que lleva por toda España visitando lugares de interés, enseñándoles no sólo animales, sino ilustrándoles con sus grandes conocimientos como biólogo. Desde el 95 han trabajado para él como monitores muchos recién licenciados con los que suele mantener contacto, de los que conozco bastantes y a algunos de los cuales nos encontraremos en Andújar, ampliando el grupo de amigos “linceros”.
 
En Andujar, linces y cazadores
 
Juan Carlos ha reservado alojamiento para nosotros en un sitio que ya conoce, el Complejo Turístico Los Pinos, metido en la sierra, a 20km de Andujar. Un sitio que me sorprende agradablemente por la disposición de las casas, el confort de las habitaciones y por la amabilidad de los que trabajan allí. Con un gran comedor y precios baratos. Aunque llevamos cosas para picar (tortillas, quesos, empanadas, embutido, fruta, vino) que irán cayendo, cenaremos todos juntos las dos noches que vamos a estar allí alojados. Platos abundantes y sabrosos con productos de la sierra: conejo, carne de venado, perdiz…
 
Porque aunque la “estrella” de la zona es el lince, a cuyo alrededor se ha montado una próspera industria de visitantes, de empresas de excursiones o de visitas guiadas a fincas privadas, el segundo negocio de toda la región es el de la caza mayor. Numerosos cotos ofrecen monterías de venado y de jabalí principalmente, y por la mañana y por la tarde se concentran en el Complejo Los Pinos grupos de cazadores.
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LOS CINCO DE NUEVO, ANTE CARTELES QUE OFRECEN VISITAS GUIADAS A FINCAS
El tema de la caza genera siempre debates. Muchos de los biólogos son anti-caza, aunque acaban reconociéndome a mi, que no he pegado un tiro en mi vida, que los mejores espacios donde se ha preservado la fauna, tales como Doñana, Cabañeros, Cazorla, el Monte del Pardo o Gredos se han mantenido y han llegado hasta nosotros casi intactos gracias a su dedicación a la caza mayor. Fuera de esos reductos hoy día protegidos, la caza genera beneficios a la gente de la zona y, bien regulada, no debe producir perjuicios al resto de la fauna. Los cazadores que yo conozco de hecho son los primeros interesados en la conservación de esos espacios. Lejos van quedando los tiempos, afortunadamente, en que se eliminaba a todos los demás animales bajo el calificativo de “alimañas”. Una prueba es la conservación del lince en Andujar, al que todos o casi todos los habitantes de la zona consideran no sólo como una “joya biológica”, sino al que reconocen su capacidad como potencial de atraer visitantes y generar riqueza.
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                                      LA OTRA RIQUEZA: MACHOS DE GAMO Y VENADO
El primer madrugón
 
Nuestro Amado Líder nos ha convocado a desayunar a las siete de la mañana, todavía noche cerrada, con la intención de llegar a los observatorios aún de madrugada, dado que al parecer la mejor hora para ver linces es al amanecer y al atardecer. Aunque creo que éso a los linces no se lo ha dicho nadie y, como nos demostrarán, campean cuando les sale de los bigotes. La cafetería está llena de cazadores mientras los perros de las rehalas ladran nerviosos en las camionetas aparcadas a la entrada, ansiosos porque saben que salen al campo. Estamos en Enero y en plena sierra así que sólo añadir que si anoche hacía mucho frío, a estas horas de la madrugada hace un frío de narices: estamos a 2ºC. 
Nosotros estamos igual de ansiosos que los perros y además, bien abrigados, como se puede ver en las fotos. Incluso según avance la mañana y el sol nos bendiga con sus rayos, la ropa no sobra. Dudé si llevarme una gorrita con visera y al final decidí, sabiamente, llevar mi gorra de tanquista ruso de imitación (comprada en Estambul) con forro interior de cordero y orejeras, que no me quitaré casi ni para dormir. Y como no tengo guantes finos descarté al final llevarme unos gruesos y largos de motorista que entorpece para regular los prismáticos, y bien que me arrepentí, porque los dedos se quedaban tiesos. Para otra vez, Santiago, a ver si aprendemos. No te arrepentirás de lo que hiciste sino de lo que NO te atreviste a hacer.
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                     EL SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA CABEZA (CON TELEOBJETIVO)
Salimos a las siete y media. Son unos veinte kilómetros de pista por el monte, llena de baches, curvas y todavía sin luz. La carretera donde se ubica Los Pinos es la que conduce desde Andujar hasta el Santuario Virgen de La Cabeza. Cogemos una desviación que está casi al lado de donde hemos dormido (¡sabio Gran Lider!), donde un cartel señala el camino hacia el Mirador del Pantano del Jándula. Tras media hora larga de traqueteos, por fin llegamos. El observatorio ideal y más utilizado es un tramo en ligero descenso de un par de kilómetros, que faldea por la ladera del monte y que contornea una amplia hondonada, llena de cerros, grandes rocas, bosquetes de encina, alcornoque y quejigos, y salpicada de lentiscos y acebuches. El paisaje no puede ser más hermoso, naturaleza pura. A lo lejos y en lo alto de la montaña más alta el sol empieza a iluminar el Santuario de la Virgen de La Cabeza. Afortunadamente hace un día ideal: un cielo totalmente despejado, no hay viento (lo que se agradece) ni niebla (buena visión). Aquí todavía estaremos a la sombra durante hora y pico, pelándonos de frío, pero para cuando llegamos ya hay pequeños grupos de observadores, todos apuntando sus prismáticos con atención, vigilando cada praderita y cada cerro, esperando con la inconmovible y proverbial fe del carbonero la milagrosa y ansiada aparición del lince.
 Nuestro Amado Líder aparca la furgoneta al lado y mis compis, bien preparados por su condición de observadores curtidos, empiezan a sacar cantidad de aparatos que me fascinan: cámaras con teleobjetivos larguísimos, catalejos con sus trípodes (Swarosky, Nikon…) y prismáticos “de los de verdad”, no como el mío, del que no recuerdo ni la marca, pero que me permitirá por lo menos ver el monte mientras me congelo los dedos. La mejor equipada, Loreto. Sus prismáticos marca Swarosky, me cuentan, valen unos dos mil euros. Pero Loreto me aclara que son ideales para la observación que ella necesita hacer a menudo en condiciones de poca luz, tales como el amanecer y el atardecer. Juan Carlos me informa que los catalejos más sencillos pueden costar unos mil, pero que los hay de dos y tres mil euros… Y en cuanto a las cámaras una “sencillita” puede costar entre 500 y 800 euros, a la que habrá que sumar 1.000 o 1.500 del teleobjetivo. Veremos una al día siguiente en una zona de nutrias que llevaba un tipo y al que le había costado el conjunto 12.500 euros…Yo, por mi parte, llevo una pequeña cámara Canon con un objetivo básico y un zoom muy mediano. Para mis viajes por África o por Asia me ha venido muy bien, a la hora de hacer fotos a la gente o al paisaje, pero desde luego no es la más indicada para “cazar” animales, aunque alguna haré. No importa: sé que los demás ya me pasarán las estupendas fotos de sus estupendas cámaras.
 
Poco a poco va llegando más gente… algunos jóvenes, otros de mediana edad pero también veo gente mayor (o por lo menos con el pelo blanco). Algunos son extranjeros: ingleses, franceses, veo un coche con matrícula de Bélgica… Si para nosotros el conseguir ver un lince sería apasionante, para estos “guiris” será toda una experiencia única, vienen de lejos para observar especies que en su tierra no hay: además del lince, águila real e imperial, buitre negro y leonado, azores, águila calzada….fauna presente aquí, una verdadera riqueza biológica. Todo el mundo muy preparado con su aparataje, sólo falta que el lince nos regale su presencia.
 
Se supone que estamos en una zona donde los hay…otra cosa es que se les vea. El año pasado y en esta misma zona mis amigos estuvieron dos días y no consiguieron ver ni uno solo. Unos colegas que vienen de Huelva nos cuentan que, tras vivir varios años en el entorno de Doñana, jamás vieron ninguno. El lince poco a poco y gracias a su protección se va expandiendo.
Según los estudios llevados a cabo por los expertos del Programa de Conservación Ex-situ del Lince Ibérico, el el año 2.002 el censo de linces en la península arrojaba la cifra de tan sólo 95 ejemplares repartidos en dos poblaciones aisladas: 54 ejemplares en Andujar-Cardeña y 41 en Doñana-Aljarafe. A partir del año 2.003 se consiguió que comenzara a funcionar el programa de cría del lince ibérico en el centro de El Acebuche, en el Parque nacional de Doñana.
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Gracias a esos esfuerzos, hoy día se calculan en más de trescientos. Unos cien viven en la zona de Doñana pero la mayor población se encuentra aquí, en Sierra Morena, y sobre todo en la zona de Andujar. Pequeños núcleos en los Montes de Toledo, en Cabañeros, incluso en el Monte de El Pardo de Madrid, yo mismo vi huellas clarísimas de lince en el barro hace varios años… Se está reintroduciendo en Portugal. Pero el núcleo “gordo” está aquí en Andujar, donde está la mayor población reproductora de España y, por tanto, del mundo. La gran ventaja para ellos frente a los cazadores es que los linces no molestan a la caza mayor, se dedican a su presa favorita: el conejo, aunque no desdeñan las perdices y otras pequeñas presas. El lobo (del que hay una pequeña población en regresión en Sierra Morena) sí “estorba”, porque donde hay lobos los ciervos se marchan de los cotos, y éso no les interesa. Pero, afortunadamente para él, el lince no compite. 
 
¡¡¡El lince!!!
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     LA PRIMERA APARICIÓN. ESTABA EN LA CURVA DEL CAMINO PERO NI SE APRECIA
Y en ésto, llevaríamos allí algo menos de una horita, que un grupo de observadores cerca de nosotros se agitan, con esa excitación atávica del cazador ante su presa…¿estáis viendo algo?, preguntamos…¡sí, allí, en aquella ladera, donde la pista hace la curva!…y en efecto, en una ladera a unos trescientos metros, ya sin darnos cuenta del mordisco del frío en los dedos, pudimos enfocar con los prismáticos la figura de lo que parecía una hembra, caminar con parsimonia durante unos cien o doscientos metros hasta que quedó oculta en una vaguada… La sensación para todos era de euforia, dándonos abrazos, felices como perdices, ¿la viste, la viste?…¡sí, la ví, ya lo creo que la ví!…
 
Durante un buen rato todos escudriñamos la ladera arriba o abajo, vigilando la vaguada con atención, barriendo los alrededores, aunque la presunta lincesa se había esfumado…¡pero la habíamos visto, y éso ya era para colgarse una medalla!. Ya más serenos y al cabo de un rato empezamos a relajarnos. El sol, como para celebrarlo, se había levantado y empezaba a calentarnos la cara aunque seguíamos bajo nuestros forros polares, los gorros de lana o la gorra de imitación de tanquista ruso. Estábamos muy contentos, con la sonrisa boba. Recorríamos el camino arriba y abajo y la pregunta o el saludo siempre era, ¿qué tal, véis algo?, y la respuesta era ¡nada, de momento! o comentábamos con los que habían visto a la lincesa la jugada.
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            SENTADOS, COMO JUBILADOS EN TORREMOLINOS, Y BIEN ABRIGADITOS
Tras la emoción, se imponía reponer fuerzas. Mis amigos sacaron de la furgo unas sillitas de lona plegables, pensadas para sentar los reales en las largas esperas que el oficio de lincero o pajarero exige. Y con las sillitas, sacamos parte de lo que habíamos traído: tortillas, empanada… Aporté una botella de vino tras la que cayó otra más y con la alegría del deber cumplido comimos y bebimos cual corresponde. Estábamos contentos, como decíamos había sido llegar y besar al santo, aunque no dejábamos de otear a menudo en lontananza.
 
En la amplia hondonada Carlos había visto un lince de lejos durante unos segundos coronando una cresta pero sólo él pudo verlo, por más que todos dirigimos los prismáticos hacia allá. Pero sí vimos águilas imperiales posadas sobre una gran roca, inconfundibles con sus hombros blancos, sin duda esperando que el sol calentase un poco más para aprovechar las corrientes térmicas. Otra imperial, poco más tarde, voló por encima de nosotros. Más alto pudimos ver planear la gran silueta de los buitres leonados. Hubo su discusión si podían ser buitres negros pero en éstos las alas son más rectas, mientras que el leonado presenta una pequeña curva hacia atrás, eran leonados sin duda. Vimos un azor joven, dijeron los expertos pajareros y allá abajo en los prados que salpicaban las encinas, numerosos venados, gamos y conejos. Se oían por todos lados el canto de la perdiz, la berrea de los ciervos y el taca-taca-tacatá de los pitos reales martilleando sobre los pinos. Alrededor de las encinas grupos de rabilargos a los que estábamos atentos porque se sabe que cuando vislumbran un lince montan follón, igual que las urracas. El lugar bullía de vida. De los linces, de momento, ni señal.
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                                              EL EMBALSE DEL JÁNDULA
Juan Carlos y yo nos fuimos paseando un kilómetro camino abajo hacia el mirador sobre el embalse del Jándula. El entorno seguía siendo magnífico. El embalse serpenteaba entre altos montes cuajados de vegetación. Al lado del muro de la presa quedaban los restos de un poblado. Me explicó Juan Carlos que eran las construcciones destinadas a alojar a los cientos de trabajadores empleados en la obra del embalse. Se ocupaban por las familias los pocos años que duraban las obras hasta que, una vez acabadas y visto que ya no había trabajo, terminaban marchándose. Sólo una persona rondaba por allí, pensamos que podía ser el guarda, mientras que lo que fue iglesia del poblado estaba muy bien conservada. Nos volvimos andando otra vez. Juan Carlos no paraba de saludar a compañeros de su facultad que se iba encontrando, o antiguos monitores que le habían ayudado en sus excursiones.
 
Los de nuestro grupo no habían vuelto a ver linces, pero allí la cuestión por lo visto era tener paciencia. La gente iba pasando información, éramos todos como una gran familia. Unos observadores nos contaron que la tarde anterior, a éso de las seis de la tarde, vieron una cópula de linces al lado del camino, a unos escasos veinte metros. Y que otro lince joven que acudió al olor de la hembra y ahuyentado por el macho dominante, se había apartado a sentarse sobre unas rocas a escasos diez metros. ¡Pues habrá que esperar a la hora de la cópula!, nos decíamos, sin perder la sonrisa ni la esperanza. Los de mi grupo decidieron bajarse con la furgoneta para no tener que volverse andando hasta el muro de la presa. Yo me quedé allí sentado, vigilando los catalejos y el resto de las sillas. Se estaba ya a gusto bajo el solecito y con la tripa llena tras el piscolabis, aunque seguía haciendo fresco, e incluso estuve a punto de dar alguna leve cabezada. Pero no dejaba de vigilar, casi todo el tiempo con los prismáticos. Oteaba los cerros más lejanos, las vaguadas más próximas, las praderas y los grupos de encinas. Veía los grupos de ciervos pastar. Una hembra reposaba con su cría, todavía con sus manchas. Las bandadas de rabilargos. Alguna rapaz lejana que me sentía incapaz de clasificar. Pero se estaba muy bien allí, viendo aquel desfile de vida en plena naturaleza.
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CIERVA DESCANSANDO CON SU CRÍA Y EL SUFRIDO CONEJO, LA PRESA “TIPO” DEL LINCE
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Mis amigos volvieron al poco rato. Quiso la casualidad que a unos diez metros de nosotros se habían instalado un padre con su hijo y un amigo del padre, y andaban allí con sus aparatos oteando el monte y comentando las cosas que el chaval, Miguel era su nombre, iba descubriendo, se le veía muy espabilado. Para cuando llegó el Rubio el chaval le miró:… ¡Juan Carlos! …(se llama igual que el Amado Líder)…resultó que era  alumno suyo, las cosas de la vida… Charlaron un rato y así quedó la cosa. Pero el contacto nos iba a resultar muy provechoso.
 
¡¡Más linces!!
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                                                            LINCEROS EN PLENA FAENA
Estábamos en nuestro sitio, tan relajados, sentados en las sillas cual jubilados en Torremolinos, mirando de vez en cuando el monte cuando en ésto apareció corriendo Miguel, el alumno del Rubio avisándonos: ¡un lince, hay un lince allá arriba! (bendito chaval, le dije al Rubio, a éste tienes que darle matrícula)… Cogimos los pertrechos dejando allí las sillas y corrimos por la pista. En una curva y fuera del alcance de nuestra vista se habían arremolinado los observadores, todos dirigiendo sus prismáticos, cámaras y catalejos hacia unas rocas. ¿Dónde está, dónde?…y señalándole le vimos: entre unas grandes rocas y a unos cien metros escasos, un hermoso ejemplar asomaba la cabeza. Todos intentábamos coger un buen sitio para verle bien, pegados a la valla cinegética, arrimados a una encina, o sobre un repecho…sonaban los clic-clic-clic de las cámaras disparando a tope. Hasta con mis prismáticos del todo a cien le observaba a placer.
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SECUENCIA DE GALO: ASOMANDO LA CABEZA Y SOBRE LA ROCA, ACECHANDO
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Fue saliendo de su escondrijo, con tranquilidad, hasta situarse sobre una roca. Casi se camuflaba. Al parecer y según los habituales linceros, se trataba de Galo, un macho de unos siete años. Como los linces son territoriales y aunque se mueven mucho, éste era un viejo conocido en la zona, reconocible por sus manchas, diferentes para cada animal. En ésto Galo comenzó a tensarse con la cabeza atenta hacia adelante. ¡Está acechando, va a saltar!…y, efectivamente: pegó un salto y fuera de mi radio de visión, entre unas jaras, cogió un conejo, comiéndoselo allí mismo. El entusiasmo de los allí presentes iba in crescendo. No debió comérselo todo porque, en menos de un minuto, Galo comenzó a caminar ladera arriba, hacia nuestra izquierda. El camino hacía un gran arco, y para allá que fuimos todos, para observarle a placer. Continuó caminando durante unos minutos hasta que se perdió tras una pequeña loma.
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                                    …Y DESPUÉS DE COMER, CAMINITO ARRIBA
Un pequeño grupo de observadores se quedó al extremo del camino por aquello de si reaparecía, pero casi todos nos volvimos hacia nuestras posiciones. Estábamos eufóricos, abrazándonos, chocando las manos, con la gran sonrisa boba en la cara: ¡otro lince, tío, otro lince, y éste posando para nosotros!… Los linceros se enseñaban unos a otros las fotos que habían hecho. Lo cierto es que había sido casi una sesión de estudio. Bromeábamos: ¡sólo nos falta ya ver la cópula de ayer aquí mismo!…y como faltaban poco más de dos horas para las seis (la hora oficial de la cópula, decíamos), pues allí seguíamos dispuestos a apurar la tarde con la guinda del pastel, aunque sabíamos que con lo que habíamos visto ya, nuestras expectativas estaban de sobra compensadas. No lo podíamos saber, pero aún nos quedaba otra sesión lincera gloriosa.
 
Galo repite
 
Había pasado poco más de media hora cuando me subí a una pequeña atalaya para otear y vi en el sitio anterior otra vez al grupo de entusiastas. Con ésto del lince y por lo que vi tampoco hace falta estar demasiado pendiente. Es como lo de las bandadas de rabilargos o de urracas: ves follón y supones que allí hay algo. Ves que los linceros están todos tensos enfocando sus cámaras y, no falla: hay lince. Volvimos a subir. Efectivamente, Galo había vuelto al mismo sitio de antes. Los prismáticos, los catalejos y las cámaras estaban que echaban humo. 
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                        GALO POSANDO COMO LO QUE ES: COMO UNA ESTRELLA
Pero como de todo tiene que haber en la viña del señor una chica empezó a pegar voces. Primero entendimos como que la dejáramos sitio. Nos miramos sonriendo: el sitio te lo buscas tú entre la multitud, aunque sea a codazos. Pero realmente lo que decía la loca, o la pirada, o como queráis llamarla, era que dejásemos sitio al lince. Que según ella Galo quería cruzar el camino para marcharse y le estorbábamos. Por un momento me lo creí aunque Juan Carlos nos contó por el walki que de asustado nada, que de hecho había vuelto a cazar y se estaba comiendo el segundo conejo a unos diez metros del camino. Desde luego la impresión que nos daba es que estos linces estaban más que hechos a la presencia humana y que pasaban totalmente de nosotros. Me dirigí más arriba y allí pudimos ver que, efectivamente, Galo se estaba acabando el conejo y con tranquilidad comenzó a subir la cuesta, hacia el caminito. Nos abrimos a un lado y otro y por un espacio de unos diez metros Galo cruzó la pista y con calma, saltó a la ladera y se perdió monte arriba. Por mi trabajo estoy más que habituado a ver animales asustados y os puedo asegurar que aquel animal ni reculaba ni demostraba nerviosismo y ni tan siquiera miró a los lados: ese era su territorio y como un príncipe atravesó la pista y se marchó, indiferente a nuestra presencia y a los clic-clic-clic de las cámaras. Debo añadir que la única foto en la que mi cámara sacó a Galo se le ve ya de culo internándose en la maleza. Excepto alguna de paisajes o de grupos, las demás del lince y otros animales y como indicaré honestamente son del Amado Lider, de Nacho “el Guapo” y de Javi,  que amablemente me han permitido utilizarlas para mostrároslas.
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SECUENCIA DE GALO COMIÉNDOSE SU SEGUNDO CONEJO Y YA RETIRÁNDOSE, EN PAZ
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Creo que no hace falta señalar que TODOS los linceros allí presentes éramos gente educada, amantes de la naturaleza y para nada bullangueros. Nada de tirarle piedras al lince para que se mueva, dar gritos ni saltitos ni cosas similares…excepto, precisamente, la loca “proteccionista” de turno, que gritaba cosas como incluso que el acceso al sitio debía estar prohibido (¿para todos excepto para ella, nos preguntábamos?). Al parecer y según me contaron era una habitual de la zona, e incluso me adornaron con anécdotas a cual más pintoresca de la tipa. Pero por desgracia incluso entre tanta gente maja siempre tiene que haber algún exaltado, algún integrista, algún inquisidor dispuesto a prohibir…
 
Eran ya las cinco y media. No sabíamos si los de la “hora oficial de la cópula” aparecerían o no pero nuestras esperanzas habían quedado totalmente colmadas así que, y con la felicidad en el cuerpo, decidimos retirarnos a tomar unas merecidísimas cervezas en honor de Galo a Los Pinos. El Amado Líder propuso al grupo (y como siempre, indiscutido, por total aclamación) que habíamos superado con creces las expectativas de ver linces así que volver otra vez mañana no era ya tan necesario, de forma que podíamos ir a un sitio donde se ven nutrias. Y así quedamos.
 
Segunda noche en Los Pinos
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                                   PAISAJE DE LA DEHESA CON HERMOSOS ASTADOS
La vuelta fue atardeciendo pero aún había bastante luz y no como esta mañana, así que según íbamos cruzando cotos veíamos numerosos ejemplares de ciervos a los lados del camino. Aún hicimos una paradita técnica al lado de una finca donde pastaban soberbios ejemplares de toros bravos, de hermosa estampa y no menos hermosas astas, que también merecieron ser objeto de fotos. Una vez en Los Pinos nos fuimos reuniendo en el bar, antes de la cena. Aunque el restaurante es muy grande y había mucha gente, Juan Carlos tuvo la prudencia de reservar mesa, éramos ya un total de diez y ocho linceros para cenar. En cuanto a alojamiento, este fin de semana el hotel se había llenado…calculamos que tendría un total de noventa camas, y estaban todas reservadas, las indiscutibles ventajas económicas del turismo ecológico. El turismo cinegético también se notaba: los cazadores habían regresado y entre cerveza y cerveza comentaban sus lances, al tiempo que nosotros comentábamos los nuestros. En el bar y aunque no se quedaron a cenar (habían venido esta mañana de Madrid y se volvían esta noche) coincidimos con Miguel: el alumno del Rubio que nos avisó de la presencia de Galo, junto a su padre y el amigo. Cada cual a su manera, todos contentos. Como teníamos tiempo hasta la cena, los onubenses Antonio y Javi se acercaron a Andujar para tomarse algo y palpar el ambiente nocturno… volvieron al poco rato alucinados. Nos contaron que no había nadie (¡pero nadie, nadie!), nos dijeron, por la calle. Un sábado por la noche, cosa extraña. Desde luego el ambiente debía estar en Los Pinos: entre linceros, cazadores y familias que venían bien vestidos a cenar, tanto el bar como el restaurante estaban hasta arriba. ¡Cosas de Jaén!.
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Mañana no había que madrugar tanto, nuestro Amado Líder nos convocó a desayunar a las nueve, así que tras la cena aún tuvimos tiempo de tomarnos alguna copita. Lo cierto es que tras el madrugón, la emoción y las caminatas, estábamos casi todos bastante cansados y nos retiraríamos pronto. Sobra decir que el ambiente entre nosotros era supercordial. A los que ya conocía me alegraba de volver a verles de nuevo. A los que conocí en este fin de semana y que quizá no volvería a ver, los sentía ya como viejos amigos: Antonio y Javi, que venían desde Huelva. Javi y Arancha, amigos de ellos. Nacho “el Guapo” (así se quedó), antiguo monitor en Mundo Azul con Juan Carlos, con su no menos guapa novia Alice, italiana de Turín. Y a otros más cuyo nombre lamento no recordar, pero igualmente supermajos. No todos los linceros que vimos a lo largo del camino eran biólogos. De algunos supimos que eran abogados, jubilados o maestros. En nuestro pequeño grupo había administrativos, ingenieros agrónomos o veterinarios, como yo. Pero en todos, insisto, amor y respeto a la naturaleza.
 
Y ahora, a por las nutrias
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Al día siguiente y tras desayunar nos dirigimos a una zona cercana conocida como El Encinarejo, en el cauce del Jándula pero más abajo del pantano que vimos ayer. Al pie de una pequeña presa el río se ensanchaba formando amplios remansos. Uno de los “enterados” linceros que conocimos durante los avistamientos nos aseguró que allí había nutrias y que a las once se veían sin dificultad. Así que aparcamos la furgoneta y con la parafernalia habitual de cámaras, catalejos y prismáticos nos fuimos recorriendo las orillas, hasta llegar a un puente donde había una buena panorámica. Como siempre ya había allí madrugadores que nos contaron que a las ocho de la mañana un lince había atravesado el río, saltando de piedra en piedra, junto al mismo puente. Seguramente no se quiso mojar las patas. Seguía haciendo mucho frío y los charcos entre las piedras estaban helados.
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Desde lo alto del puente se veían multitud de aves. Aparte de una lejana águila imperial sobre los cerros, junto a la orilla del río yo pude ver lavanderas, cormoranes, rabilargos y alguno más desconocidos para mí, aunque los curtidos pajareros señalaron mosquiteros y otros. Se estaba bien allí, al sol, pero las nutrias no aparecían. Diez y media…once menos cuarto…once menos cinco…parecíamos los de la Puerta del Sol en Nochevieja esperando a que dieran los cuartos para después tomarnos las uvas. ¡Seguro que están bajo el agua mirando el reloj para aparecer a las once en punto!…bromeábamos. Pero, como en la canción de Sabina, nos dieron las once, y las once y media, y las doce, y las nutrias decidieron que ya habíamos tenido bastante con los linces. ¡Será que es domingo y hoy no trabajan!, dijo otro, y allí nos dejaron con las ganas. Yo pude verlas de lejos hace años en el río Estena, en la ampliación de Cabañeros. Y Juan Carlos las vio a placer en el Salto del Gitano, en Monfragüe. Pero, por ejemplo, Loreto, que se trabaja a tope los ríos, nunca las había conseguido ver.
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                            LOS PACIENTES NUTRIEROS APOSTADOS SOBRE EL PUENTE
Como queríamos hacer aún una parada intermedia en Despeñaperros para ver una bonita cascada que nadie conocía, decidimos al final irnos de El Encinarejo, dejando a los cormoranes secándose en las ramas, con las alas abiertas. Como suele suceder, al día siguiente una conocida mandó una foto al grupo con la imagen de una hermosa nutria en la orilla que apareció al poco rato de irnos. Cosas que pasan, ni la biología ni las nutrias son una ciencia exacta. Nos tuvimos que conformar con sacar unas fotos a unas heces secas sobre una piedra, como acostumbran para marcar su territorio.
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LA ÚNICA PRUEBA DE LAS ESQUIVAS NUTRIAS: HECES SOBRE UNA PIEDRA
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                   CORMORANES SECÁNDOSE AL SOL TRAS SUS ZAMBULLIDAS
De todas formas tuve ocasión de aclarar mis confusas ideas sobre las nutrias con Loreto que, como ya avancé, trabaja como bióloga haciendo seguimiento y censos de fauna en el Parque Regional del Sureste de Madrid, lo que incluye los humedales y las lagunas de Rivas-Vaciamadrid y cauces de ríos como el Tajuña, el Manzanares o el Jarama, además de controlar otras zonas. En mi ingenuidad yo creía que las nutrias sólo se dan en parajes virginales, de ríos de aguas puras y alejados de poblaciones humanas, pero no. En la ribera del Ebro que discurre junto a Zaragoza las hay, y muchas. Y en la Comunidad de Madrid, además de humedales como los de Rivas, suben por el río Manzanares hasta prácticamente las primeras casas y, salvando la zona urbana, del Puente de los Franceses (donde al parecer hay una nutria muy simpática que se deja ver) hasta arriba, por El Pardo y el Parque Regional del Alto Manzanares. 
 
El factor limitante en todo caso es la comida, y éso lo controlan bien los biólogos analizando las heces que depositan como marcaje sobre las piedras de la orilla. Me contó Loreto que en el norte de la península prefieren las anguilas por su mayor contenido en grasa aunque, cuando no hay anguilas, no le hacen ascos a las truchas, a las carpas o a los barbos. Los siluros por lo visto no les gustan por sus espinas. Y en cuanto al cangrejo de río, casi extinguida la especie autóctona (Austropotamobius pallipes) relegada a terrenos calcáreos del norte de Castilla/León, Navarra y Pais Vasco, y desplazado por el cangrejo americano (Procambarus clarkii) que le contagió la afanomicosis, la nutria ha salido ganando, porque el americano soporta niveles altos de contaminación con lo cual es abundante en muchos ríos y proporciona el alimento que necesita a la sufrida nutria.
 
Hacia las cascadas de Aldeaquemada
 
Cruzamos Andujar, la-sin-marcha-nocturna, y tiramos hacia Despeñaperros, ya cerquita. En la carretera señales de “Precaución linces”… En su expansión no son raros los atropellos, hacía muy pocos días habían matado uno en esta misma carretera, en la A-4, en el término municipal del Viso del Marqués. Ya en Despeñaperros nos desviamos siguiendo la indicación de Aldeaquemada. La carretera comenzó a subir…y a subir…y a subir. La vista era magnífica: desde arriba se veía la autopista como a vista de pájaro con el nuevo paso elevado, allá abajo. Comenzamos un largo trecho de curvas y más curvas entre robles, madroños y pinos, aquello no se acababa nunca, más de 20km que se nos hicieron pesadísimos pero, por fin, llegamos a Aldeaquemada, ya en el llano. El pueblo no era antiguo sino de nueva creación, con las calles trazadas a escuadra y en ángulos rectos, y fue uno de los fundados por Carlos III para repoblar la antaño salvaje comarca de Despeñaperros, con colonos europeos. Pero nuestro objetivo eran las cascadas y en concreto la Cimbarra (nombre local de las cascadas). Estaba perfectamente indicada, de hecho no creo que haya otra atracción turística digna de ese nombre.
 
Tiramos por una carreterita y a escasos dos kilómetros, y en una especie de parking dejamos la furgo, el camino continuaba a pie. Decidimos llevar con nosotros pan y vituallas, ya era la hora de comer. Había carteles explicativos de la geología de la zona y del recorrido a seguir: unos veinte minutos de ida hasta la Cimbarra y otros tantos de vuelta. El paisaje desde el pueblo había cambiado y era muy bonito: crestas de caliza se levantaban desde el cauce del río y, según avanzábamos, se iban haciendo más y más abruptas. Ya desde el camino se oía el estruendo del agua al caer. En un punto el camino se dividía. De frente continuaba por una cresta hacia arriba, hasta un mirador que se veía a lo lejos. A nuestra derecha comenzaba a bajar en un paisaje de cortados y aunque aún no veíamos la cascada se la oía ya perfectamente. Comenzamos a bajar por una senda escarpada rodeados de vegetación, no sin cierta dificultad, pero el esfuerzo mereció la pena: desde lo alto de una garganta caía el salto de agua, de unos 40 metros de alto, hasta una laguna de aguas oscuras, rodeada por las rocas. Hacia el lado derecho de la cascada se había formado una cueva donde el agua se metía, sugerente. 
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                                       LA CIMBARRA DE ALDEAQUEMADA
Coincidimos allí con un matrimonio y su hija que estaban haciendo fotos y disfrutando del lugar, y que antes de marcharse nos hicieron amablemente unas fotitos. Estuvimos los cinco de acuerdo en que el paraje era excepcionalmente hermoso y, posiblemente, uno de los rincones más bonitos que habíamos tenido la oportunidad de conocer en España: los cortados, la cascada, la laguna, la cueva… Sacamos las vituallas y dimos buena cuenta, allí sentados, casi sin hablar, disfrutando de la espectacularidad del salto de agua y de la tranquilidad de semejante rincón. Pero tocaba irse y al cabo de un rato nos levantamos y remontamos la subida. Con la tripa llena nos costó un poquito más…
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              LOS CINCO DE LA FAMA DE NUEVO, POSANDO CON LA CIMBARRA
Aún nos asomamos al mirador, al extremo del otro camino. Desde lo alto la vista también era muy bonita pero estuvimos de acuerdo que el punto era allí abajo, al pié de la cascada. Una vez en la furgoneta tomamos el camino de regreso. Juan Carlos había preguntado en un bar si no existiría otra alternativa para evitarnos los veinte kilómetros de curvas y sí, por supuesto que la había: dirección Castelar de Santiago hasta Valdepeñas y allí coger la autovía. Nada que ver con el tramo anterior: rectas carreteras por un paisaje ya más domesticado donde empezaron a abundar las viñas, aunque aún vimos carteles de “precaución, zona de linces”. De Valdepeñas poco tráfico hasta Madrid. Ya en Getafe nos despedimos esperando repetir en breve un fin de semana tan estupendo y completo como ha sido éste.
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Y como postre, un murciélago: el Miniopterus schreibersii (me lo dijeron)

El día de los narcisos

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Yo no podía saberlo pero, al día siguiente, primer día de la primavera, cayó una tormenta en El Escorial mientras que en Madrid, por la tarde, se arremolinaban los papeles en las bocas del metro.

En cambio este día, último del invierno, el sol quiso hacerse notar y nos engañó a todos, haciéndonos creer que el mal tiempo ya había terminado.

¿Lo ves, a que parece mentira?… El espectáculo de aquella multitud de narcisos, brillando bajo el sol, cubriendo toda la ladera, surgidos como por sorpresa tras el tapial de piedras volvió, un año más, a tranquilizarme. Si en mi vida todo tendía, otra vez, a cambiar, allí estaban ellos, fieles y puntuales a nuestra cita primaveral, aparentando ignorarnos pero atentos a cada uno de nuestros pasos.

Los perros correteaban de mata en mata, alegres como críos, disfrutando de cada olor, metiéndose en cada barrizal. Y allí estaba yo, fiel y puntual, respondiendo a la llamada que me decía: no te preocupes por tus mudanzas, volverás cada año y aquí nos encontraremos…

Buscamos una praderita más o menos llana, más o menos libre de ortigas, para tumbarnos, para comer con apetito los bocadillos que preparé por la mañana en casa, y para disfrutar de la soledad de aquel desierto lleno de flores.

Sobraban las camisetas -sobraba todo, en realidad- y nos las quitamos, y entre aquel sol cuasi post-invernal y los bocatas nos fuimos quedando medio dormidos, buscando un mínimo contacto tranquilizador, de caderas rozándose, de una mano sobre una pierna…

Parecía mentira que a dos o tres kilómetros escasos, grupos de ciclistas domingueros luciesen sus maillots y sus cascos aerodinámicos sobre el asfalto. Parecía mentira que a dos o tres kilómetros, domingueros tortilleros llenasen el pinar sin perder de vista sus coches. Y, por supuesto, en San Lorenzo de El Escorial, otros muchos domingueros aún más afálticos y menos tortilleros abarrotaban calles, plazas, bares y restaurantes con cara de satisfacción, convencidos de lo bien que estaban disfrutando aquel domingo tan radiante, último día del invierno, engañados -como todos- por el sol.

Pero para nosotros fue la soledad del valle, para nosotros fue el calor del sol sobre la piel y, para nosotros, sólo para nosotros, se había llenado aquel campo de narcisos.

Aún tuvimos tiempo antes de volver, para cortar unas flores -no se notaba: había miles- con que recordar los colores de aquel día. Aún tuvimos tiempo para arrepentirnos a tiempo y no saltar, desnudos sobre una roca, a las heladas aguas de una poza. Y aún tuvieron tiempo los perros para ladrar, entusiasmados, detrás de las vacas.

Cuando cayó el sol y, de mala gana, comenzamos el regreso, me volví un momento para despedirme de las flores. Aparentaban ignorarnos pero seguían, cabizbajas y atentas, nuestros pasos. Sé que no tengo motivos, pero me sentí un poquito defraudado. En el fondo esperaba que, al menos, una de ellas me hubiese mirado, burlona, directamente a los ojos como diciendo, ¿nos vemos, no?.DSCN5392