Carnavales de Cádiz

 

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Los 6 de la Fama. De izquierda a derecha: Jordi (de preso), Rosa (de policía), Carlos (de                        médico), Pilar (de mujer fatal), yo (de hippy) y Mercedes (de ídem)

No sé como será para los que vivan allí todo el año. Si sé por amigos de Pamplona o de Valencia que en su semana (o semanas, a veces la cosa se alarga) de fiesta grande, sean los Sanfermines, sean las Fallas, son muchos los que durante esos días procuran irse de vacaciones para evitarse el follón, la multitud o los ruidos que abarrotan la ciudad, día y noche, haciendo imposible el descanso para los que tengan la obligación de trabajar. Pero creo que Cadiz es otra cosa. Habrá gente que prefiera irse durante los días del carnaval, pero la gran mayoría de los gaditanos y sobre todo los “viñeros” (los habitantes del barrio de La Viña), lo viven de verdad.

 
Son famoso los carnavales de Río de Janeiro o los de Tenerife: peñas y cofradías que se tiran todo el año elaborando sofisticadísimos trajes, que nombran Reina del Carnaval, o que desfilan con unas carrozas decoradas hasta el límite. En Cadiz prima el ingenio y, sobre todo, la alegría. Por supuesto que hay disfraces, carrozas (modestas y pequeñas, por La Viña no pueden maniobrar las grandes) y peñas, llamadas allí comparsas, coros o cuartetos. Pero, insisto, no hay grandes despliegues ni vestidos elaboradísimos. En Cadiz prima el ingenio y dentro de su modestia, los disfraces son a cada cual más divertidos.
 
¡A Cadiz que nos vamos!
 
Coincidió que nos venía bien irnos para allá a varios amigos. La primera ventaja es que disponíamos de una casa en Rota, como cuartel general. En Cadiz los hoteles estaban ya reservados hacía tiempo, y es una ciudad donde, si ya de por sí el tráfico es difícil, en carnavales mucho más. De hecho los parking públicos que pudimos ver, estaban todos al completo. Irse para Cadiz en coche y en estas fechas puede suponer una desesperación.
 
En Rota nos esperaba mi hermano mayor, Manolo, y mi cuñada Teresa. Ya jubilados, pasan temporadas allí desde hace muchos años. Conocedores de todos los garitos y restaurantes, habían reservado mesa para cenar en “el mejor sitio para comer pescaíto frito”… La Retama, era su nombre, lo digo por si alguien tiene la oportunidad de acercarse y comprobarlo. Tras el largo viaje desde Madrid de unas seis horas, se agradecía meternos en ambiente y en un puerto pesquero como es Rota la calidad está garantizada. Así que, ayudados por varias botellas de manzanilla que fueron cayendo, disfrutamos de las muy bien hechas frituras y raciones del establecimiento. Aún nos sorprendería el domingo, día de la partida, llevándonos a comer a otro establecimiento de su confianza, La Bahía. Esta vez especializado en comida casera típica roteña (ortiguillas, cazón en adobo -o “adobo”, a secas- callos con garbanzos, berzas con choco…a cada cual mejor). Nos volvíamos para Madrid y nuestra intención era coger la carretera a la una… salimos de allí a las cinco, no digo más.
 
Cruzando la bahía
 
Desde Rota un barquito cruza la bahía varias veces al día, y en estas fechas los servicios estaban reforzados. Por aproximadamente cinco euros el trayecto, y en un recorrido de media hora, atraviesas la bahía viendo a la izquierda la base militar de Rota, con sus grandes barcos de guerra y el Puerto de Santa María. Ya desde Rota se puede ver la ciudad de Cadiz y, según te vas aproximando, vas distinguiendo las grandes grúas del puerto. 
 
El ambiente en el catamarán (así llamado aunque a mí me pareció un monocasco) ya era de por sí bastante carnavalero. La opción de ir y venir por mar era la acertada. Aparte que de por tierra, y con la obligación de rodear la base, el recorrido era más de 50 kilómetros. Fuimos acercándonos al puerto de Rota dando un paseo de unos diez minutos por el ídem de la playa, los seis con nuestros disfraces, despertando la curiosidad, la risa de los niños y hasta algunas fotos por los transeuntes. 
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Por supuesto ya en la cola para subir al catamarán pudimos ver que no éramos los únicos disfrazados: un grupo numeroso iban de Power Ranger, encapuchados y con monos multicolores. Había algún “policía” más, pero este año la tendencia era Donald Trump (gran tupé dorado) y un grupo de chicas y de chicos con ponchos y sombreros mejicanos, con carteles alusivos al famoso muro. Me llamó la atención un grupo de cuatro muchachotes sin disfrazar, con pinta inequívoca de yanquis, pelo muy corto, trabajadores o quizá marines de la base, que miraban a “Trump” y sus mejicanos con unas miradas de soslayo, no sin cierta desconfianza. Pero con la tolerancia que siempre ha distinguido a Cadiz, sin ningún mal rollo.
 
Desembarcamos. El puerto está pegado al más castizo de los barrios gaditanos, el de La Viña. Barrio de casas bajas y calles estrechas. El barrio más antiguo y el original conservado casi tal cual de cuando Cadiz era una isla plantada en medio de la bahia. Varios puentes, el último de reciente construcción, facilitan el acceso a los coches. Pero casi todo el perímetro que rodea La Viña conserva las murallas y los fortines con los que la ciudad resistió los diferentes asedios que sufrió, el último y más famoso entre 1.810 y 1.812, por parte de los ejércitos de Napoléon. Las batallas terrestres como tal se dieron en el istmo y en la zona de Chiclana, desde cuyas posiciones se bombardeó la ciudad aunque la artillería francesa de la época nunca tuvo el suficiente alcance como para alcanzar La Viña, donde los gaditanos dormían tranquilos. Y por mar, la artillería española contuvo con creces a los barcos enemigos.
 
Durante aquellos dos años los gaditanos sobrevivieron gracias a la pesca que conseguían y a los pequeños huertos repartidos por toda la ciudad. Incluso se puede decir que durante el asedio Cadiz fue una ciudad próspera y desarrollada. Tenía una tradición culta: los allí refugiados debatían, se leía mucho, llegaban libros y prensa. Como puerto de mar que siempre ha sido, había mucha influencia extranjera, no era raro saber idiomas y el ambiente, hoy como ayer era muy tolerante. Allí y en pleno asedio se redactó la Constitución, la famosa Pepa.
 
Dentro de Andalucía hay diferentes estereotipos: los cordobeses, más “profundos” y filosóficos, herencia de Séneca. Los granaínos con su proverbial “mala follá”. Los sevillanos más presumidos… Los malagueños, gracias a ser ciudad con puerto y más influidos por el contacto con el exterior, alegres y abiertos. Los gaditanos son…otra cosa: con merecida fama de graciosos pero con mucha chispa. Irónicos e irrespetuosos con el orden establecido, capaces de sacarle “punta a tó”. La gran tradición de sus carnavales son las chirigotas. Coplas y coplillas donde se les da un repaso a lo divino y lo humano. Desde la política, inspiración principal con sus líos de corrupción y demás, hasta romanzas clásicas, nada se escapa al ingenio de los gaditanos.
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                No estoy seguro pero creo que éstos son los que ganaron el primer premio
Llegamos, pues, desde el puerto a La Viña, y allí ya el espectáculo de la gente iba in crescendo. Por todas las calles te ibas cruzando con grupos de dos, de cuatro o de diez, disfrazados con más o menos elaboración de marines, de pollos (y gallinas), de pacientes de hospital, de policías y ladrones, de hippis, de personajes de la corte de María Antonieta, de gatas (varios grupos), e incluso un grupo de coreanos caracterizados de hombres de las cavernas, con su piel por encima armados con sus porras, pretendiendo asustar a las chicas… Falsas embarazadas, grupos de Robin Hood, chinos, indios, conejos… El catálogo sería infinito. Por algunas calles casi ni podías andar de la cantidad de gente que circulaba. 
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                                 Como buen veterinario, acosado por las gatas
El punto fuerte, al parecer, es la final de comparsas y chirigotas en el Gran Teatro Falla donde, el viernes por la noche, los grupos seleccionados actuaban durante toda la noche hasta que el sábado por la mañana ya se declaraba el ganador de aquel año. Entrar al teatro era imposible, los asientos estaban ya reservados con muchísima antelación, pero tampoco era necesario: casi en cada esquina grupos de comparsas, cada cual con su disfraz, recitaban sus chirigotas.
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Nosotros, en nuestra modestia y en semejante mare magnum, también tuvimos ocasión de destacar…y sobre todo yo, modestia aparte, con mi gran pelucón y mi disfraz de hippy, con un look que parecía una mezcla del grupo sueco Abba y de Raffaella Carrá. Mucha gente nos pedía permiso para hacerse una foto con nosotros, lo mismo que nosotros nos hacíamos fotos con los marines, los pollos o los coreanos de las cavernas, y todo el mundo asentía encantado, la verdad es que daba gusto. Para colmo me arranqué a bailar con mi disfraz de hippy un amago de sevillanas con una chica vestida de flamenca que bailaba en la calle (pidiendo la voluntad). Lo gracioso es que, aparte de las fotos y vídeos gloriosos que me hicieron mis amigos con los móviles y sin yo darme cuenta, me filmaron y aquella misma noche aparecí en el telediario de las nueve, como pude saber por los numerosos whassap que me enviaron conocidos de todos lados.
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                                El que baila no soy yo, ¡ojo!, sino un espontáneo
Llegado un momento hizo su aparición el hambre. Habíamos picoteado nada más llegar mojama de los abundantes puestecillos que se repartían por las calles, voceado el producto por los vendedores. Llegando ya al famoso Mercado Central nos abrimos hueco a codazos entre la multitud. Había puestos incluso de shushi, pero como no podía ser menos nos hicimos con unos cucuruchos de pescaíto frito y alguna otra cosa de las de allí, regados con cerveza, que nos tomamos de pie, arrimados a un tonel. Sentarse era materialmente imposible. 
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Hicimos un par de paradas tácticas en sendas terrazas porque de tanto andar, estábamos derrengados. Y entre callejear, ver y ser vistos, fue cayendo la tarde. Teníamos los billetes de vuelta para las siete. Sabíamos que el ambiente iba a continuar y, posiblemente, fuese en aumento llegada la noche gaditana, pero entre el cansancio y que había que coger el catamarán fuimos caminando hasta el puerto. Esta vez sin meternos en el tráfago de las calles, sino rodeando por las murallas del mar, dándonos tiempo todavía para admirar los enormes ficus de los jardines del Parque Genovés, pegados al mar, favorecidos por el buen clima y la humedad proveniente de la bahía. 
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La vuelta a Rota fue como la ida: tranquila, pero la tarde iba cayendo y se dejaba sentir el fresquito del mar así que, una vez desembarcados, lo que había era una necesidad grande de meternos para el cuerpo una sopa de pescado bien calentita. Dicho y hecho: preguntamos en un restaurante y aunque para ellos (serían menos de las 8) no eran horas para cenar, allí que nos acomodamos y junto a alguna otra ración nos metimos entre pecho y espalda una sopa de pescado bien caliente, y bien surtida de tropezones, gambas y sobre todo raya, nos dijo el dueño.
 
A la mañana siguiente, domingo, ya no había tanta prisa ni catamarán que coger. Disfrutando en la casa de un gran ventanal desde el que sólo se veía -y se oía- el mar, desayunamos café con leche, zumo de naranja y unas hermosas tostadas con aceite y jamón, como las que te ponen aquí en los bares. Teníamos tiempo así que dimos un buen paseo por la playa. Finales de Febrero y aunque el tiempo era bueno, la temperatura del agua estaba lo bastante fresquita como para disuadir de baños, si acaso mojarte los pies descalzos, y gracias.
 
La playa de Rota se conoce como La Costilla, y aquí en verano se peta de turismo local, sobre todo de sevillanos. Casetas y tumbonas se reparten estratégicamente a todo lo largo de playa, y los sevillanos le dan el toque local en forma de nenes y “omaítas” bullangueras. Los Morancos tienen casa en Rota, y gran parte de sus números cómicos playeros se han inspirado en las escenas que contemplas sin parar. Pero todavía era pronto como para ver a las “omaítas” en acción y, aunque había paseantes, La Costilla es playa ancha donde caminar tranquilos.
 
Sí que tuvimos la oportunidad de ver a lo que parecía toda una familia, con detectores de metal, rastrillando la playa. Y algo debían encontrar porque, de vez en cuando, alguno de ellos se agachaba, escarbaba en la arena y desenterraba cosas que iban metiendo en bolsas. Supongo que entre monedas, medallitas y cosas por el estilo, se sacaban un extra. Organizados se les veía, desde luego.
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Todavía dimos un paseo por una senda de madera que discurre por dentro del pinar de las dunas, paralelo a la playa, y que La Junta de Andalucía ha construido para preservar ese ecosistema donde, entre otras cosas, los camaleones son abundantes y crían aunque, discretísimos como son, no vimos ni uno. Los camaleones tienen muy buena vista y si te ven de lejos, se camuflan entre las ramas. En otras ocasiones tuve la oportunidad de contemplarlos, camuflados entre las hojas de los cañaverales o en las ramas de los pinos, casi indistinguibles por su color y su forma de las piñas o de las hojas. La senda discurría entre los pinos y las plantas que crecen sobre la arena donde destacaba en especial la retama blanca, cuajada de flores que perfumaba el ambiente.
 
Fuimos caminando ya en la playa hacia Los Corrales, amplios espacios cercados con muretes bajos de piedra, aprovechados desde tiempo inmemorial para cosechar los frutos de la mar. El sistema es bien sencillo: cuando sube la marea Los Corrales se inundan y los peces entran. Y según va bajando la marea, el agua se escurre entre las piedras porosas y los peces quedan atrapados en estas lagunas donde pescarlos es fácil. Y no sólo peces. Pudimos ver un pescador, con su neopreno, que había sacado un par de pulpos y una gran bolsa llena de anémonas de mar, a las que luego rebozan y fríen dando origen al plato típico llamado “ortiguillas”. Intenso sabor a mar que a mí me encanta.
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Frente a Los Corrales y en plena playa una antigua almadraba -estamos en plena zona de paso de los atunes- transformada hace años en moderno hotel, el Playa de La Luz. Nada que ver, afortunadamente, con ese “horror”, fruto de la especulación urbanística del hotel El Algarrobico, situado en el término almeriense de Carboneras pero literalmente pegado a los límites del Parque Natural de Cabo de Gata. Un enorme edificio blanco escalonado en varias plantas que ha provocado dimisiones y por cuya responsabilidad, compartida entre la Junta de Andalucía y no se quien más, se espera aún tras largos años su demolición. El Playa de La Luz es otra cosa. De una sola planta, integrado en el paisaje, decoración andaluza (balcones, rejas) y un precioso patio interior con piscina y cafetería…pero todavía cerrado, fuera de temporada, con lo que nos dimos la vuelta sin que mis amigos pudiesen entrar y ya, pegado a las primeras casas de Rota, un chiringuito playero con ambiente muy hippy donde con los pies en la arena y disfrutando del sol nos tomamos unas cervecitas que ya estábamos necesitando. Se nos hacía difícil irnos de allí, entre el sol y el mar, daban ganas de haber tenido unos días más y tras el jaleo de los carnavales, disfrutar de la molicie playera.
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Habíamos quedado con mi hermano para comer en otro sitio que nos había recomendado: La Bahía, ya con todo recogido y en los coches, listos a partir no muy tarde pero en Cadiz el tiempo transcurre de otra manera y, ya os dije: queríamos haber salido más o menos (¡más o menos!) a la una, y al final nos fuimos contentos y con la tripa llena a las cinco. Breve e intenso fin de semana.
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                                      Y hasta los críos: él de policía, ella de monja

Berlín, otra visión

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Tuve la oportunidad de conocer Berlín en dos ocasiones, en los años 2009 y 2010. Ambas  estancias fueron cortas, pero la impresión fue muy buena. Excepto  la Isla de los Museos y poco más, Berlín no es una ciudad llena de monumentos, al estilo de París, de Roma o de Viena. Me gustó sobre todo por  ser una ciudad agradable de vivir, amable en general, dinámica, con muy “buen rollo”.

Y además, muy barata. Tras la 2ª  Guerra Mundial, Berlín quedó arrasada a consecuencia de los bombardeos aliados y de la artillería soviética utilizada para su rendición. El hecho de ser la capital de la Alemania nazi la hizo “merecedora” de semejante castigo. Al ser dividida en dos partes, el sector Oeste bajo control aliado se benefició de las ayudas del Plan Marshall y pudo ser reconstruida con cierta rapidez. Pero el sector Este, bajo control soviético, siguió en su mayor parte reducida a solares y edificios en ruinas.

Tras la caída del Telón de Acero y la reunificación de las dos Alemanias, el gobierno se encontró una ciudad en mal estado y bastante despoblada. Se empezó a motivar a los jóvenes para vivir en el sector Este con una política de precios muy baratos en la vivienda, tanto en compra como en alquiler. A día de hoy y pese a la evolución del mercado, los precios siguen siendo muy bajos,  auténticos “chollos” en comparación con los de, por ejemplo, Madrid, o el resto de Alemania.

La consecuencia es una ciudad muy joven y, además, con un flujo internacional de artistas de todos los colores. Berlín siempre fue la capital cultural de Alemania. Ya antes de la 2ª Guerra Mundial había más de cien cabarets, pero actualmente está plagada de galerías y con un mercado artístico en plena ebullición.

Uno de los lugares “artísticos” (entre comillas) más conocidos, visitados por todos los artistas y los turistas en general era el Kunsthaus Tacheles, o el Tacheles, a secas, en la Oranienburger Strasse.  Fue ocupado y dirigido por un grupo de artistas en 1990, en un almacén a punto de demolición creando un centro alternativo. Al comienzo fue tolerado por el ayuntamiento de Berlín ofreciendo una imagen de espacio transgresor lleno de artistas jóvenes e imaginativos, pero al final era más un parque temático para turistas que otra cosa.

Desde luego, había que verlo, como uno de los sitios más conocidos de Berlín. Pero recuerdo sus escaleras y largos corredores, donde se abrían los estudios, como un lugar que apestaba a orines y a humedad, con las paredes saturadas de grafittis, en una especie de “horror vacui”. Y sus antaño “jóvenes rebeldes” más que madurado, habían envejecido, ofreciendo en sus estudios arte del malo (ésa fue mi impresión) y souvenirs en forma de camisetas y cuadritos, cual vulgares tiendas de recuerdos.

En 1988 un grupo de inversores lo compró al ayuntamiento con la idea de hacer un hotel de lujo pero quebró antes. A su vez se lo compró después el banco HSH Nordbank, que también se arruinó. En Junio del 2011 un tribunal ordenó su desalojo, pagando indemnizaciones por un millón de euros al emblemático Bar Zapata y otros bares situados en los bajos, cerrando en Septiembre de 2012 excepto una pequeña zona. La idea del ayuntamiento, dicen, es hacer un centro cultural. Pero sus 1.200 metros cuadrados son todo un caramelo en un barrio que, paradójicamente, el Tacheles ayudo a revalorizar.

Pero Berlín tiene mucho más, aparte del Tacheles. De sus sectores, el barrio más bonito sin duda es Mitte (=el “de en medio”, en otras ciudades alemanas al centro se le llama Zentrum), junto a la Isla de los Museos, en el río Spree. El mejor conservado y el más atractivo, pero Berlín bulle de vida en todos sus rincones.  Entre ellos el que más me gusta es el Mauerpark, un mercadillo callejero  lleno de animación.

Para mí, que nací en El Rastro, disfruto paseando por lugares como éste, rebuscando en los puestos, regateando –sí, en Berlín también se regatea-, donde puedes encontrar de todo, siempre llenos de gente, en plena actividad. Además puedes recorrer la ciudad en bicicleta (son muy respetadas) e incluso de madrugada la sensación es de completa y total seguridad.

Para nosotros otra ventaja añadida: no es necesario saber alemán. El gran flujo de españoles e hispanoamericanos hace que en cualquier bar, restaurante o incluso en el Mauerpark te encuentras con gente que hable castellano, lo que hace más cómoda la estancia. Y en los pocos casos que no, todos los alemanes menores de 50 años te contestarán en inglés.

Mi hermano Miguel vivió en Munich algunos años. Profesor de alemán en la Escuela Oficial de Idiomas consiguió por fin el destino que buscaba: irse a Berlín. Trabaja actualmente como profesor de alemán en la Embajada de España. Estoy deseando devolverle la visita. El edificio fue un regalo que le hizo Hitler a Franco. De estilo neoclásico, está en un sitio precioso, en la Liechtensteinalle, en pleno parque de Tiergarten  (=jardín de los animales, el zoológico), muy cerquita de la Siegessäule, o Columna de la Victoria, la conseguida contra Dinamarca en 1864. Sobre la columna se alza un gran ángel dorado visible desde la Puerta de Brandemburgo. En realidad y pese a sus alas no es un ángel, sino Atenea Niké, la Victoriosa.

La columna está enclavada en una rotonda, en el centro de la Strasse des 17 Juni. Milagrosamente se salvó de los bombardeos que sufrió Berlín durante la guerra y permaneció  intacta. Quién sabe si la propia Atenea Niké, símbolo de la victoria, quiso proteger aquel espacio de la ciudad, tan hermoso, tan tranquilo. Se puede subir por una escalera hasta un mirador donde contemplar el panorama. Allá a lo lejos  por la recta avenida, dirección Este, destaca la Puerta de Brandemburgo, símbolo de la ciudad, y una de las puertas principales del Muro de Berlín, uno de los checkpoint, donde unos y otros intercambiaban  los espías capturados. Se puede pasear por la Strasse des 17 Juni  pero la mejor forma de disfrutar del lugar y del espeso arbolado del Tiergarten es, sin duda, recorrerlo en bicicleta.

Si seguimos por la avenida hacia el otro lado, hacia el Oeste, y ya saliendo del parque de Tiergarten llegamos al residencial distrito de Charlottenburg. Allí nos encontraremos el flamante Estadio Olímpico que Hitler inauguró para los Juegos Olímpicos de agosto de 1936, y como demostración al mundo del creciente poderío de la Alemania Nazi.

El constructor fue Albert Speer, arquitecto jefe de Adolf Hitler al que el Führer admiraba y respetaba. Realizó otros edificios emblemáticos, como el de la Cancillería (Hitler acabó suicidándose en su bunker) o el fastuoso Campo Zeppelin, en Nuremberg, sede de concentraciones de miles de nazis enfervorizados ante los discursos de su Führer que, las cosas como son, sabía muy bien cómo hechizar a las masas con sus puestas en escena.

A tal punto disfrutó Albert Speer de la confianza de Hitler que, en los últimos años de la contienda, le nombró Ministro de Armamento y Guerra, logrando mantener un suministro abundante de armas pese a los reveses y la destrucción de fábricas. Juzgado en Nuremberg (pero no en “su” Campo Zeppelin sino en el Tribunal Militar Internacional) como colaborador de los nazis, aceptó la pena de veinte años que cumplió íntegramente en Spandau.

Precisamente, el único testigo español en los juicios de Nuremberg fue el fotógrafo Francisco Boix, prisionero en Mauthausen, que logró salvaguardar copias de los miles de fotos que se hicieron en el campo y demostró que Albert Speer, contradiciendo sus declaraciones, sí había estado en Mauthausen, y conocía por tanto el funcionamiento de los campos de concentración.

Los Juegos Olímpicos supusieron un triunfo para los atletas alemanes (y por supuesto para Alemania), muy bien preparados ante semejante responsabilidad, y que consiguieron la mayoría de las medallas de oro. La cineasta Leni Riefenstahl, propagandista oficial del régimen filmó, entre otras obras de ensalzamiento como El triunfo de la voluntad, en el Campo Zeppelin, y dedicada a los Juegos, la película Olympia, en alabanza a esta nueva generación de Übermenschen, de “superhombres”, concepto extraído del filósofo Nietzsche y su libro Así habló Zaratustra.

Pero hubo algunos detalles sombríos en estas Olimpiadas. La atleta alemana Gretel Bergmann, pese a igualar un mes antes el record nacional de salto de altura fue excluida del equipo. ¿La razón?: era judía. El equipo de fútbol de Perú ganó por cuatro a dos (y eso que le anularon tres goles) contra el equipo austriaco. Al final, la victoria fue concedida a Austria “por defecto”…

Pero la anécdota quizá más conocida la protagonizó el atleta de 23 años Jesse Owens, originario de Oakville, un pueblito de Alabama. Ganó cuatro medallas de oro: las de 100, 200 y 4 por 100 metros, y la de salto de longitud. Pero tenía un pequeño problema:  era negro. Hitler abandonó el palco presidencial antes de la entrega de medallas, supongo que bastante contrariado el hombre, por no tener que condecorar  a un Untermensch, a un “infrahombre”, capaz de adelantarse a sus superhombres. Aunque al pobre Jesse Owens le faltaron aún  humillaciones por sufrir en su país.

En sus memorias cuenta que, por primera vez en su vida, en Berlín compartió habitación con blancos, con los otros atletas norteamericanos. Al regresar a los Estados Unidos, volvió a verse obligado a viajar en autobús en los asientos de atrás: los asientos delanteros por ley estaban reservados a los blancos. Para colmo, el presidente Franklin D. Roosevelt no le invitó a la recepción que organizó para los atletas olímpicos en la Casa Blanca. Las elecciones estaban próximas y necesitaba los votos de los segregacionistas estados del Sur. Invitar a un negro, por muy campeón olímpico que fuera, hubiera estado mal visto…

Antes de la ascensión de Hitler y el nazismo al poder, y como uno de los factores que la ayudaron y desencadenaron, estuvieron las salvajes revueltas en 1918. Por una parte, el ejemplo de la triunfante Revolución Rusa en Febrero de 1917, que se mostraba como un espejo en el que mirarse, como un ejemplo a seguir para las siempre sufridas clases trabajadoras.

La Gran Guerra iba tomando un derrotero cada vez peor. En Octubre del 18 la Flota de Alta Mar recibió la orden de lanzar un ataque final contra Inglaterra, lo que llamaron de El Paseo de la Muerte.  El 3 de Noviembre, en Kiel, 40.000 marineros y estibadores tomaron las calles. En un mes desertaron 4.000 soldados… En Berlín se formaron comités de obreros, soldados y marineros, pidiendo la dimisión del káiser Guillermo II.

La derecha, desesperada,  intentaba organizarse. El SPD (Partido Social Demócrata) se escinde. Los líderes socialdemócratas desprecian a los obreros, se van acomodando a la burocracia y congenian con el Alto Mando. Parte de sus militantes lo abandonan y se va al KPD (Partido Comunista de Alemania). Dentro del KPD los más radicales fundan el Spartakusbund, la Liga Espartaquista, bajo el mandato de sus líderes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

La situación se deteriora y se radicaliza cada vez más. El SPD recurre a militares fieles y, sobre todo, a sus fuerzas de choque, el Freikorps, paramilitares de extrema derecha. Los enfrentamientos entre los espartaquistas y los del Freikorps acaban desencadenando violentas  batallas campales y llenan Berlín de barricadas desde donde se intercambian disparos. Todos luchan pensando que es su última oportunidad.

El 15 de Enero de 1919 el SPD consiguió dominar a los espartaquistas, que no han podido o no han sabido formar un frente común con los soldados y arrestan a la mayoría. Entre los detenidos están sus  líderes, Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburg.  Karl fue ejecutado inmediatamente en las dependencias del SPD, de varios disparos. A Rosa Luxemburg le machacaron la cara y el cráneo a culatazos…

El Berlín que yo conozco es un Berlín amable, juvenil, artístico, barato… muy agradable en suma. Se puede pasear en bicicleta, pero también se puede pasear en barca. El Landwehrkanal es un bucólico canal, entre árboles, que atraviesa la ciudad de este a oeste. Sale del río Spree en Osthafen, distrito de Friedrischhain y, haciendo una suave curva hacia el sur, cruza Kreuzberg, bordea Tempelhof, y vuelve a subir por Tiergarten hasta llegar otra vez al Spree, en Charlottenburg.

En el Landwehrkanal encontraron flotando el 31 de Mayo de 1919, a los cuatro meses y medio de su asesinato, el cadáver descompuesto y casi irreconocible de Rosa Luxemburg. Una plaza de Berlín y una estación de metro la recuerdan. Casi un mes antes, el 3 de Mayo, las fuerzas gubernamentales consiguieron derrocar lo que se había constituido como la República Soviética de Baviera. Justo en la capital de Baviera, en Munich, un tal Adolf Hitler, ex cabo del ejército, artista frustrado, rechazado por la Academia de Bellas Artes de Viena, comiendo en la capital austriaca de la caridad de los comedores sociales, comenzó su imparable carrera.

Inspirado en la Marcha sobre Roma de Benito Mussolini, el 8 de Noviembre de 1923, a las 20’30, irrumpió en la cervecería Bürgerbräukeller, una de las más grandes de Munich, donde el gobernador de Baviera, Gustav Von Kahr pronunciaba un discurso ante tres mil personas. Hitler cercó la cervecería. 600 miembros de sus SA (Sturmabteilung = sección de asalto, precursoras y eliminadas la Noche de los Cuchillos Largos por las SS, las Schutzstaffel= compañías de defensa) bloquearon las puertas. Le acompañaban elementos que luego serían bien conocidos: el jovencísimo Heinrich Himmler, Hermann Göring, Rudolf Hess… Hitler se subió a una mesa y disparó un tiro al techo gritando: “¡La revolución nacional ha comenzado!”…(¿no os recuerda a un tal Tejero?).

Tras dos días de disturbios en Munich fueron detenidos, y Hitler condenado a cinco años en la cárcel de Landsberg, de los que sólo cumplió nueve meses, que aprovechó entre otras cosas para escribir su famoso libro Mein Kampf: “Mi Lucha”. Tras el Putsch de Munich, la revolución nazi había comenzado. El 30 de enero de 1933, Hitler fue nombrado Canciller de Alemania.

Sin duda, eran tiempos revueltos. Muchos, y no sólo los judíos, se debían sentir bastante incómodos entre tanta violencia. En 1929 un dentista berlinés, Friedrich Ritter junto a su amante Dore Strauch, huyeron de sus respectivos cónyuges y de Berlín yendo a establecerse, cual protohippies, a la deshabitada isla Floreana, antes conocida como Santa María, del archipiélago de Las Galápagos, donde fundaron una granja y en la que vivían libres y semidesnudos.

No sé por qué escogieron tan remoto lugar. Supongo que querían irse lo más lejos de todo aquello y empezar de nuevo. Me los puedo imaginar hablando en privado y buscando en mapas algún lugar remoto, lo más alejado posible que hubiera de Berlín para comenzar una nueva vida, sonriéndose y con los ojos llenos de esperanza. Hay una filmación que podéis encontrar en Google donde se ve a Ritter con tan sólo un calzón y cara de felicidad, caminando junto a un burrito cargado con bultos y una pala,  o bañándose en un caño.

No les duró mucho la tranquilidad. Otra familia alemana con hijos les siguió estableciéndose en la isla, con la que al parecer no se llevaban muy bien. Por si fuera poco y, tras ellos, se estableció en Floreana una excéntrica y violenta baronesa austríaca con sus dos amantes, un látigo y una pistola, con la que le gustaba disparar a menudo… Periodistas que querían entrevistar a los “Adán y Eva de Las Galápagos” y curiosos fondeaban a menudo en Floreana para verles. La historia acabó con tiros y asesinatos. Uno de los novios de la baronesa apareció al cabo de las semanas muerto, dentro de una barca. Ritter murió, al parecer, tras comerse un  pollo envenenado. Dore Strauch se volvió al poco tiempo a Berlín. Seguramente pensó que, ya puestos a escoger y al lado de Berlín, su “paraíso” de la isla Floreana tampoco tenía tanto de idílico.

 

Marruecos. Hasta el Medio Atlas: monos, broncas y deserciones.

 14 – 21/4/2000

 Introducción 

Desde que tomé estas notas manuscritas en Marruecos durante nuestro periplo, hasta que por fin las pasé al ordenador, hice copias de las fotos y preparé un “cuaderno de viaje” para los compañeros de aventuras, han pasado casi dos años. Si cuando empezó el viaje no podíamos ni imaginar cómo se irían complicando las cosas hasta el final, en estos dos años han ido pasando unas cuantas cosas más, pero en eso consiste la vida, al fin y al cabo. Alguna Nota Bene (N.B.) aparecerá intercalada en el relato, con algún comentario de interés a toro pasado.

Todo cambia mientras que los recuerdos permanecen, y el recuerdo de un viaje tan divertido e irrepetible (todos  son irrepetibles) como éste creo que merecía la pena quedar guardado para los restos, a salvo de las trampas de la memoria.

Para vosotros, compañeros, con los que volvería a recorrer el mundo, con todo mi cariño…bueno, sólo con algunos…

Notas previas

No sé cómo será de complicada la tarea de un seleccionador de fútbol, supongo que bastante. Pero los líos para cuajar un grupo con el que irnos una semana a Marruecos –grupo que, tras tantos avatares, dudo aún en darlo por formado- han sido los suficientes como para pensar más de una y más de dos veces que no había viaje, que me borraba de la historia y me iba yo solo y tranquilo al camino de Santiago, que pasaba de todo el mundo o, incluso, ya puestos a fantasear, que por fin salíamos.

Y es que, desde la idea original de apuntarme a un grupo de trekking por el Medio Atlas y ver los monos con otras 19 personas, hasta la de formar un grupo de 8 repartidos en dos furgonetas o, la que parece la última, de irnos en una, ha cabido de todo: llamadas a personas supuestamente idóneas (compañeros de travesías en velero, ya probados en convivencia estrecha), papeles de última hora (pasaportes caducados, carta verde), revisión y puesta a punto del vehículo (que al final no me llevé), consejos de amigos expertos en viajes por la zona, conseguir una buena guia (agotada), etc, etc.

Que si somos cuatro, que si cinco, que si otra vez cuatro, que si seis, que si siete, que si otra vez cinco…Que si a última hora el hijo de Manuela y Emilio se pone malo y Emilio se queda con él…Mañana nos vamos. Con la ilusión de un viaje bonito y muy interesante. Con la gente, espero, idónea. Con alguna(s) ausencia(s). Y con la eterna sensación de haber luchado contra una serie de pequeñas y grandes adversidades y haberlas vencido. Un viaje, sin duda, para recordar.

1ª P.D. Últimas llamadas, últimos mosqueos. ¡A ver si nos vamos ya!.

2ª P.D. Llama Idoia. Se rompió el tobillo y tiene escayola para un par de semanas. O sea, que ni siquiera podrá bajar a Tanger  con Manolo, ¡con las ganas que tenía!… Ya me lo olía yo…. (¿Habrá una 3ª P.D.?)

Plan en origen

Salir de El Escorial, viernes, 14 de Abril, día de la República, a eso de las 10  (Ya no: será a partir de las 11, Sara  tiene un juicio a las 10). Partir hasta Rota, a casa de mi hermana Vivi, mi tío Pepe ya está avisado, calculamos llegar a las seis. Sábado 15 a Algeciras, ferry a Ceuta. En Ceuta, compra (whisky, comida) y a la frontera de Castillejos, a hacer cola. A Fez y a dormir allá. Quizá un día más, y al Medio Atlas: Ifrane, Azrou, cedros, monos, cascadas…A la vuelta, parada en Tanger, en casa Manolo, uno o dos días, y para casa…

Hemos dejado antes del camino: 

A Idoia que, tras solventar lo de sus clases, no pudo con su tobillo.

A Vicente/Belén/Manolo, los del barco, porque el curro es el curro.

A Pati la “monóloga” por sus cosas (es Cáncer).

A Juli, por sus cosas al cuadrado (es Cáncer).

A Emilio, por que va el niño y le da por agonizar a última hora.

A Ana/Enrique, que se lo gastaron todo en Amsterdam y ahorran para el barco.

Y otros más que no me caben.

Pero nos vamos:

Yo, historia de una voluntad.

Olegario, para los amigos Ole, entusiasta, artistazo, buen chaval.

Gabriel y Sara, alegres, dispuestos, los echamos de menos en Italia.

Manuela, full-time, todo terreno, echá p’adelante.

Camino de Marruecos. La partida. 14/4/00. 

Habíamos quedado a las 10 y, como era de esperar, salimos a las 12 (Sara tenía un juicio -es abogada, no acusada- a las 10,30). Ése factor me permitió recibir una apresurada bronca de despedida de Silvia, bastante quemada con el tema magrebí (N.B.: ¿Qué me pasa con Marruecos, que tantas crisis me produce?). Por fin nos vamos en la furgo de Emilio y Manuela, mucho más segura y menos dada a sorpresas que mi vieja Caravelle. La aventura es la aventura pero la Peugeot de estos dos, motor recien reparado, acondicionada para viaje (nevera, pila, water –excusado, según Ole- y múltiples compartimentos) dará más juego y comodidades para tan largo viaje que la mía.

Cargamos y salimos. En el momento de salir pasa Paz delante de casa: es la última despedida y grata sorpresa (la penúltima, asilvestrada, fue menos grata). Buena moral y mal tiempo: nublado, vientos y lluvia a ratos, pero muy buen rollo. Conduce Manuela, yo de copiloto y detrás Gabriel, Sara y Ole. Tras los inevitables atascos –a cualquier hora- del Nudo Sur y Autovía Andalucía hasta Pinto, enfilamos al sur. Tráfico no muy denso para ser viernes pre-Semana Santa, y el viaje se nos hizo corto.

Animada conversación con Ole que opina, feliz en su ignorancia, que de mayor quiere ser como yo. Magister San, me ha puesto de sobrenombre Ole, el Pequeño Saltamontes... Entre Sara y yo le damos pistas e instrucciones sobre cómo atacar a las que se lo han rifado en la  Casa de Cultura de San Lorenzo –no le daremos nombres, para su desesperación- sin él olérselo, ¡a este chico es que hay que decírselo todo, no sé qué vamos a hacer con este muchacho!…  Ole también colecciona palabras curiosas que va descubriendo, como el poeta griego de la película “La eternidad y un día”.

(Nota Bene: reescribiendo ahora esto, supe por una amiga italiana enamorada de Grecia que el título de la película es un verso del poeta Constantino Kavafis, y que dice algo así como que, cuando no estoy contigo, el tiempo se me antoja la eternidad y un día…Kavafis, ya que sale el tema, nació fuera de Grecia -en Alejandría- , aprendió el griego de mayor, y le gustaba, como a Olegario, descubrir palabras nuevas. Habría que añadir que la riqueza semántica del griego da para eso y para mucho más). Ole apunta constantemente en sus cuadernitos, delicadamente facturados por María Luisa, palabras, frases, o dibuja sus “olemundos”, a base de caracolas y de árboles, o a nosotros…

Rota

Llegamos a las nueve y pico. Mi tio Pepe, como era de esperar, nos aguardaba en casa y nos alojó en la de al lado donde, generoso y hospitalario como siempre, había preparado las camas, donde había hecho compra por si nos quedábamos o por si nos íbamos y, como siempre, intentó pagar cuando nos fuimos a cenar a “El Príncipe” una friturita de pescado que nos apetecía mucho, aunque esta vez avisé a los demás del incoercible afán pagatorio de mi tío y fuimos más rápidos.

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                                                             Con mi tío Pepe, en Rota

Apareció mi hermana Vivi, estrepitosa para variar. Y una vez instalados en el piso (el mar, el olor, el sonido de las olas) aún nos fuimos Ole y yo a tomar una copita con Vivi y su noviete, Joaquín. Primero en el bar del americano, esta noche repleto de tíos como armarios, luego en el Ruta 66, del francés, donde les ganamos al billar y, finalmente, en otro bareto donde volvimos a derrotarles por dos veces, esta vez a los dardos, pese a ser Joaquín, según contó, campeón local. Con la moral alta volvimos a eso de las cuatro de la madrugada, Manuela cagándose en nosotros, sobre todo por las risas contagiosas que traíamos   que aún tardo Ole un buen rato en poder controlar. Creo recordar que estaba un poco “achispado”.

15/4/00. El paso del Estrecho

Vivi contó anoche que una línea nueva, marroquí, hacía el paso desde Cádiz, lo que nos evitaría los 100 km. que separan Rota de Algeciras. Pero hoy, sábado, tras rico desayuno con tostaditas y aceite, nos informamos en una agencia de Rota que eran bastante anárquicos en los horarios, así que enfilamos hacia Algeciras, con sol a ratos y otros ratos lluvia, dispuestos a tomar África, que no a vencer al Islam.

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     Los Cinco Magníficos en cubierta: Ole, Manuela, Gabriel, Sara y yo, pelaos de frío

En Algeciras el trámite fue rápido. Los billetes nos salieron unas 5000 pts más baratos al coger ida y vuelta (open, no sabíamos exactamente el día del regreso) todo el grupo más la furgo. No hubo cola al entrar al ferry y encima salió antes. En media hora estábamos en Ceuta, tras relajada travesía de fríos aires. En Ceuta echamos caldo a la furgo (68 pts/litro), compramos vituallas, un par de botellas de whisky -que siempre puede venir bien- , tabaco y un carrete. Y sin más dilación, abandonamos territorio “caballa” para cruzar al moro.

En las oficinas del puerto observé una situación y aprendí una estrategia que después, en Tánger, nos salvaría de un apuro. Un marroquí con algún problema administrativo -falta de visado, pasaporte, no sé- le contaba una y otra vez al desesperado empleado de la Transmediterránea que tenía que coger el barco. El empleado, cada vez más desesperado, le decía que no podía ser. Pero el marroquí le volvía a contar exactamente la misma historia. Y el empleado, que no. Y el marroquí volvía a insistir con lo mismo, sin cambiar una palabra. Y así, una y otra vez…aquello se me quedó en la cabeza.

La frontera

El caos habitual del paso de Bab Al Sebta (la Puerta de Ceuta): largas filas irregulares de coches, entrecruzadas. Multitud de moros y moras tocados de pañuelos, turbantes, o a la europea, trajinando enormes bultos, bolsones, grandes paquetes de papel higiénico, ropa, comida, saltándose los muros hacia ambos lados, mujeres vociferando a policías marroquíes que las paraban…

Para el motor. Arranca, avanza dos metros. Para el motor porque vas a estar muchos minutos sin avanzar…Organizamos nuestro caos como pudimos. Sara se puso en la cola de sellar los pasaportes, ventanilla única de lentitud exasperante, la típica de los funcionarios del pais, mucha gente esperando…Yo, en la cola para sellar los papeles del coche. Última pega: los papeles del coche estaban a nombre de Emilio, ausente. Pero como conductora figuraba Manuela. ¡Menos mal que los seguros y la carta verde estaban a nombre de Manuela!…

Aunque sabía que está prohibido sacar fotos en aduanas y sitios oficiales, el espectáculo de las colas y del mogollón me pareció digno de una fotografía. Medio escondido tras la furgo, tiré una de los coches y la cola de los pasaportes creyendo que nadie me veía, ¡craso error!: un chivato espontáneo de entre los ociosos que pululaban por allí me vió y se lo dijo a un gendarme, al que le faltó tiempo para echarme la bronca delante de toda la cola, todos encantados de ver el rapapolvo, amenazándome poco menos que con azotarme, con degollarme en directo y colgarlo en Youtube invocando a Alá, o encerrarme de por vida en lóbrega mazmorra… Tuve que poner mi mejor cara de bueno y apesadumbrado, jurando por el Profeta que no lo sabía y no lo haría más…y como se quedó satisfecho con echarle la bronca y humillar a un perro infiel, dejando clara su autoridad ante moros y cristianos fuése…y no hubo nada, gracias a Dios o a Mahoma.

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                 Ésta fue la foto en la frontera de Bab Sebta que me pudo costar cara

Último paso en la barrera, al cabo de dos horas. Un desdentado, sin pinta de policía, nos pide la ““propina” para poner una pegatina oficial en el parabrisas. Nos la pone, le decimos que no hay propina…y nos vamos de estampida, hartos de tanta espera y de tanto morro…aunque a lo mejor hasta el pobre viejo era “de verdad”.

Marruecos

Primer pueblo, Castillejos (el general Prim tuvo, por méritos militares, el título de marqués de Castillejos). Según mi amigo Manolo, al que veríamos en Tánger, muy viajado, le recuerda extraordinariamente a Tijuana, en México, fronterizo con USA. Me recomendó, por cierto, como libro de viajes, la lectura de Diario de un soldado de la guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón…Por cierto, mi casa de San Lorenzo está en la calle de Alarcón, el escritor vivió en la casa justo al lado donde una placa le recuerda. En Castillejos mucha gente parada, como es lo normal en todo Marruecos, pero todavía más. Mucha gente con cara de estar esperando, toda la vida, algo, y unos cuantos con cara de estar sacando partido de todos los anteriores. Desesperados y picaresca fronteriza por doquier. Era sólo la entrada, y nos dimos de bruces con el pais, el paisaje y el paisanaje: obviamente ya estábamos en Marruecos.

Habíamos decidido dormir esta noche en un camping cerca de las ruinas romanas de Volubilis, que la guía Lonely Planet ponía como muy bien. En teoría dirección Tetuan, Xauen, Fes, Mulay Idriss. Pero como Manolo, buen conocedor del pais, nos dijo que las carreteras interiores de los mapas suelen ser más bien teóricas, decidimos tirar por la carretera buena, Ceuta-Tetuan-Tanger-costa-Rabat-Fes, más larga pero mejor.

Efectivamente, la carretera era bastante mejor. Incluso había tramos de peaje entre Tanger y Kenitra. Nos paramos a tomar el primer piscolabis en Tetuan, antigua capital del protectorado español, cuna de mi madre y donde está enterrado su padre, Antonio Caraballo, fallecido cuando ella tenía pocos meses. Aunque me hubiese gustado ver la tumba, íbamos justitos de tiempo por las demoras aduaneras. Nos tomamos pues, el primer té a la menta, chá a nana, o whisky marocain, como ellos gustan de bromear, Sara y yo. Los demás, café o Coca-Cola, y tiramos p’abajo.

Kenitra y los petardos 

Como era de temer, entre tanto retraso en la aduana se nos hizo tarde, y aunque el tramo de peaje nos aligeró, estaba claro que los ciento y pico kilómetros que nos faltaban para el camping serían ya de noche y por una carretera a saber cómo. Decidimos pues, parar en un camping de Kenitra, mencionado en el atlas de carretera pero no en la guía. Al entrar en Kenitra tremendo follón: estaban en fiestas (la de la Ashura, al parecer) y con un gran mercado. Así que, tras dejar la furgo y montar la tienda en el bonito camping media estrella La Chenaie (la encina), nos dispusimos a dar un paseíto y tomar contacto con el país. Muy animado, todo el mundo por la calle, familias paseando a los niños, parte por curiosear los puestos de la feria, parte por la costumbre marroquí del paseo colectivo del crepúsculo. Muchos puestos de comida, compramos pan y naranjas, y Ole y yo nos quedamos con las ganas de comernos unos caracoles con muy buena pinta que hervían en calderos y la gente se comía en tazones, puestos de ropa, de música… Ni un solo pesado de los que abundan en Fez o Tanger, ya que Kenitra no es ciudad turística. Lo que sí nos topamos fue cantidad de niños estrepitosos tirándose petardos. Como buenos turistas fuimos destinatarios de los petardos, lo que nos obligó varias veces a evitar cruces, y lo que nos valió ser llamados cobardes por los aguerridos niños al grito de c’est la guèrre!

Tras el lío del cruce del Estrecho, el paso de la aduana y de añadidura el paseo por Kenitra esquivando petardos, estábamos molidos. Manuela se preparó su cama en la furgo, y Ole, Sara, Gabriel y yo nos metimos en la tienda, dispuestos a descansar. Pero por la noche se desató un tormentón de lluvia, viento y rayos, que nos intranquilizó un tanto. Pensé que el viento iba a arrancar el doble techo, o a derribar alguna rama sobre la tienda, pero al final no pasó nada y pudimos dormir, entre los ronquidos de Ole y el viento, nuestra primera noche en Marruecos.

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A la mañana siguiente pudimos apreciar el nivel de confort del camping media estrella La Chenaie: los servicios nos recordaban a Ole y a mí nuestra infancia de postguerra. Placas turcas con un cubo de agua al lado bajo un grifo roñoso. Nosotros, como europeos aburguesados que éramos, íbamos bien provistos de papel higiénico acolchadito tipo Scottex, pero no recuerdo si en los baños había, posiblemente no, y de haberlo sería del tipo áspero, poco adecuado para nuestros aburguesados y europeos culitos. Pero tampoco era necesario: para éso estaba el cubo y el grifo, para limpiarse al islámico modo, con la mano impura, que es la izquierda, con la derecha se come. En las pilas para lavarse, parecido panorama. No se podía pedir mucho más por el precio, 8 Dr. por persona, unas 150 pts. Había dos roulottes más aparte de nosotros, y nadie más, había que irse acostumbrando.

16/4/00.- Camino de Fes

Tras el desayuno, partimos. La carretera que desde la costera Kenitra se dirigía al interior, resultó recta y llana durante muchos kms. Paisaje de eucaliptos y de ovejas, sempiternas ovejas. Pero la pista buena acabó. Nos metimos en una zona montañosa de abundantes y cerradas curvas, con accidentes de coches caídos por la cuneta y allí abandonados. Me dijeron, y no sé si es cierto, que los dejan allí como “aviso a navegantes”. Salimos de la montaña y por mejores carreteras nos fuimos acercando a Fes.

A pocos kilómetros paramos en un área de servicio para comer, con un viento frío tal, que el arroz con salchichas que preparamos se nos helaba antes de llevarlo a la boca, tapados hasta los ojos, refugiados tras la furgo, se nos volaba todo…Comimos rápido para no helarnos allí mismo, y salimos pitando.

Fes

Impactante, apabullante, excesiva en todo, como siempre. Las vistas sobre la ciudad según rodeábamos buscando una puerta, nos iban asombrando. Aparcamos en la explanada frente a una de las puertas, controlados por los vigilantes y, justo antes de entrar, recibimos la primera impresión de un islam medieval. Desde fuera de la muralla se oía recitar muy alto por varios hombres, cada vez más cerca, la declaración de fe: Alah akbar, Alah akbar… (Alá es grande), y apareció por la puerta el grupo de recitadores, a paso ligero, vestidos de blanco, sin parar de rezar, llevando en alto un bulto. Se trataba de un funeral, y llevaban al difunto envuelto en su mortaja a alguno de los cementerios de las lomas que rodean la ciudad.

N.B.: Aunque la veamos escrita como “Fez” es por la escritura francesa. Su nombre tal y como se pronuncia es Fes, y sus habitantes, fasis. Fue fundada en el año 789 de la era cristiana por Idriss, árabe supuestamente descendiente de Mahoma, aunque esa ilustre descendencia era una “medalla” que se querían colgar todos para darse importancia. En todo caso, ser descendiente del Profeta suponía la categoría de sharif (en plural: shurafa), que constituían la aristocracia de Fes. Cuentan las crónicas que al edificar la ciudad la amuralló…por fuera y por dentro, separando a los árabes, a los bereberes y más tarde a los andalusíes, cada cual en su barrio, que cerraban con grandes puertas por la noche.

A la ciudad vieja, de callejuelas laberínticas, se la conoce como Fas Al Bali (la amurallada) por oposición a Fas Al Jadid o nueva Fes, donde se encuentra el barrio judío, llamado Mellah (en árabe: la sal, por ser los monopolizadores de su comercio), y a lo que se vino a añadir bajo el dominio francés la Ville Nouvelle, en las afueras. Pero es en Fas Al Bali, en la ciudad vieja, donde te sumerges en plena Edad Media, recorriendo los zocos donde antaño se centraban  las diferentes mercancías: Suq Al Attarin, o zoco de los especieros, Suq Nejjarin, o zoco de los carpinteros, Suq Sekkatine, o zoco de los talabarteros… Aunque hoy día están ya todos un poco mezclados intercalándose entre unos y otros puestos de telefonía móvil, aún es un placer caminar por los diferentes zocos, gozando del espectáculo del olor y el color de la madera de cedro o de los sacos de especias.

Fes es una ciudad que a cualquiera maravilla. Ir sin guía es imposible, por lo intrincadísimo de la medina y por lo pesados que se ponían los aspirantes a guía, así que lo mejor era pillar al primero, que ya se encargaría de alejar la competencia. Cogimos uno, pues, que nos llevó a uno de los lugares más solicitados por los turistas, las tenerias, recorriendo terrazas desde donde contemplar el trabajo de los curtidores, preparando las pieles en los baños de sosa para teñirlas luego. Pero pasamos  de él cuando quiso llevarnos a una tienda de alfombras con el típico argumento de “sólo  mirar”. Por parte del chaval era lo razonable. Si en la tienda al final compras algo -y es casi imposible salir sin comprar cualquier cosa- él se llevará una propinilla por parte del dueño.

 

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Yo, desde luego, iba con la idea de comprar en Fes alguna alfombrita, algo de cerámica (un plato para Vivi), una pulsera para Maya de parte de Mamá, henna, etc. Pero lo que no me apetecía era que me metiesen de cabeza en ninguna tienda sino, como a todos, callejear y ver, ver, ver…Caminar por las callejuelas, apretados con la gente, entre los puestos de verduras, pescado, comida hecha, aceitunas, joyas, especias, maderas…apartándonos cuando algún burro cargado, el único vehículo posible por las callejuelas de Fes, se nos cruzaba, precedido por la voz de aviso del dueño: ¡Balaaak, balaaak…!

Aunque la temperatura era ideal, nos apetecía tomarnos un te a la menta así que nos metimos en un chiringuito donde nos sentamos y donde tuvimos que esperar, extrañados, un buen rato, aunque providencialmente resguardados de un aguacero que cayó durante un rato. Luego nos dimos cuenta: no tenía vasos y había ido a comprarlos, allí nunca te dirán que no tienen algo (a Sara le gustaron, muy bonitos, de vidrio soplado, más tarde compró seis).

Y como Manuela quería telefonear a España para preguntar por su hijo, y Sara y Ole también, buscamos una teleboutique. En aquellos años apenas habían hecho su aparición los móviles, no como ahora, que hasta el último marroquí luce el último modelo, y necesitábamos encontrar un lugar. En la teleboutique pegamos la hebra con un chaval muy simpático (mucha gente amable que enseguida te preguntaban de qué parte eras),  con una camiseta del Barça y superfan de Ronaldo. Que conste que los marroquíes, grandes aficionados al fútbol, son en su inmensa mayoría forofos del Barça, muy por encima del Real Madrid.

Pues el fan de Ronaldo al final nos pasó a otro chavalín, Mohamed Cus-Cus (= mote improvisado muy frecuente en Marruecos) para que nos acompañase a una tienda a comprar los famosos vasos, que luego nos acompañó a comprar henna y tambien a una platería donde compré, previo regateo, dos pulseras (una para mi hija Maya y otra para mi colega Moni, que cumplía años), y como queríamos que nos tirase una foto nos llevó, siempre por callejuelas y pasadizos, a lo alto de unas terrazas desde las que disfrutamos de una estupenda visión de Fes. Lo bueno es que, al bajar de la terraza, el edificio era un pequeño palacete con escalinatas y recovecos, sede de un almacén de alfombras donde, ¡cómo no!, nos obsequiaron con un té a la menta, acabamos preguntando por, nos enseñaron las, y terminamos comprando-las, no sin el preceptivo y ritual regateo, que se note que uno nació en el Rastro. Por cierto, que el vendedor negoció con Ole la permuta de una alfombra por un teléfono móvil.

Cuando nos fuimos todos contentos con nuestras compras, habíamos acordado con Mohamed Cus-Cus que nos acompañase en el coche a la fábrica de cerámicas, la típica azul y blanca de Fes. Nos dirigimos a las afueras donde otro “primo” del Cus-Cus nos enseñó el almacén de barro, los hornos, etc, para acabar pasando a la tienda, una cosa así como las que hay a las afueras de Talavera. Miramos mucho, ninguna ganga, pero al final compramos algunas cositas: yo un par de fruteros tipo “kylix” griego, y Ole un hermoso plato, que quedó bautizado como “el Platón” para su hermana.

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               Con nuestro amigo Cus Cus (el de la izquierda), viendo Fes desde lo alto

Dimos propinilla al Cus-Cus, se la había ganado porque se había enrrollado muy bien el chaval, y a su primo, y ya solos y tranquilos aún estuvimos un rato buscando la salida a Meknés, asomados a un mirador, haciéndonos fotos, una de ellas Gabi con un paisa que paisó por allí.Nos íbamos de Fes contentos, cansados, con nuestras alfombras, nuestra henna, nuestros cacharros y pulseras, dispuestos a dormir y en busca de nuevas aventuras…

17/4/01.- Camino de Volubilis. El camping

Íbamos buscando el camping citado por la guía, aquel que originalmente iba a ser nuestra primera noche. Atravesamos Meknés ya anocheciendo: grande y atrayente, iluminada y hermosa medina. Hubiésemos parado, pero se hacía tarde. A media carretera encontramos un camping que no sé si es el que era, aunque sería que sí debía ser, y de todas formas nos venía bien. No tan barato como el de Kenitra (20 Dh./p.p.) pero bonito a su manera, tranquilo, mucho más limpio, y con unos hermosos patios decorados a base de azulejos rebuscados, columnas salomónicas de escayola y anchos cojines, donde cenamos refugiados de otra nocturna lluvia torrencial, y donde entre charlas, risas y payasadas varias nos pulimos una de las botellas de Juanito el Caminante, para los amigos Johnnie Walker que habíamos comprado en Ceuta para trapichear.

Por la mañana, tras recolocarnos como pudimos las vértebras, ya que habíamos dormido dentro de los sacos totalmente vestidos (hacía frío), buscamos el agua chaud (calentita, en francés) prometida en vano, había agua, sí, pero pas de chaud. Daba igual, con este pedazo frío que se gastaban en tan tropicales parajes no pensaba ducharme, seguía sin quitarme los mismos gayumbos y calcetines con los que salí de Rota. Me bastó con arrancarme las lentillas, remojarme la carita y refregarme los dientes, y a correr. Tras desayunar y retocar el estado de las cuentas (adelantos, dirhams, visas y pesetas) de las que, dada mi probada honradez me habían hecho responsable los muy cabrones, enfilamos hacia las cercanas ruinas de Volubilis.

Volubilis

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De camino a las hermosas ruinas romanas de Volubilis, pasamos junto a Mulay Idriss, precioso pueblito blanco entre altas colinas, parecido a los que jalonan la sierra de Grazalema, en Cádiz. Mulay Idriss, un santón descendiente del fundador de Fes, es un centro de peregrinación para los musulmanes vetado a los perros infieles como nosotros, me dijeron, al estar allí la tumba del mulay, uno de los fundadores espirituales del islam, en Marruecos.Y bajo él, en la llanura, las extensas ruinas de Volubilis, capital que fue de la provincia romana de la Mauritania Tingitana, y que albergó una población de más de quince mil habitantes (más los esclavos), dedicados al comercio del aceite. Paseamos por las ruinas contemplando antiguos molinos y almacenes, pero también el foro, templos, y los mosaicos que adornaban las villas. La impresión que proporcionaba contemplar todo aquello era, como todos los restos romanos, imponente.

Para dar el toque local, un vendedor de fósiles, vestido de tuareg con unas Ray-Ban de marca, acabó tras el enrolle habitual, demostrando pese a la cercanía del santuario de Mulay Idriss una gran afición por lo haram, (“lo prohibido” por el Islam junto al haluf, el cerdo) y un profundo conocimiento de nuestra tierra y cultura, pidiéndonos Valdepeñas, “Riojita”, pacharán, Baylis, en fin, lo que hubiera…

Meknes

Necesitábamos cambiar pesetas para cuadrar la cuentas del fondo, y comprar vituallas, y como teníamos que cruzar Meknés, y como anoche la vimos muy animada, para allá que fuimos, con el recuerdo añadido de unos doraditos pollos asados, nada haram, que giraban en un asador pidiendo a voces o cacareando: ¡cómeme!.

En el banco, ¡sorpresa!, horario de apertura de 8.30 a 11.30, y de 2.30 a no me acuerdo cuando. Eran la una y pico y decidimos comprar pan y un par de pollitos doraditos de los que vimos anoche al pasar. Preguntamos donde los pollos, y se podía comer allí: cuarto pollo más guarnición, 12 Dh. Así que nos sentamos a una mesa, como los blancos, y pedimos. Buena idea, el cuarto de pollo venía con guarnición de patatas y pasta con una salsa picantita, mas alioli para remojar. El pollo estaba algo duro, lo que provocó sus más y sus menos y un encendido debate sobre si no nos habrían servido los que llevaban dando vueltas varios meses en el espetón como reclamo…Para beber pedimos té con menta y, vista la tardanza, nos dimos cuenta que, al igual que pasó en Fes no lo tenían, y habían ido a buscarlo a otro lado: aquí nunca dicen no tengo…

En la mesa de al lado una chica vestida a la europea nos dejó a todos asombrados por su gran belleza: típica morena de hermosos ojos, suave piel y boca carnosa. Tras el inevitable cruce de miradas (no por nuestra belleza, éramos guiris, tampoco tenía mérito que nos mirase), lo que provocó vanas discusiones a posteriori: me miraba a mí, no, a mí, no, a mí…, conseguimos arrancarle una sonrisa  regalándole una pajarita de papel que Ole había hecho a los postres, y un dragón que le hice yo… Desde aquel momento ascendimos a Ole de la categoría de Pequeño Lama a Macaco Pajero. Ya en el banco, desde la esquina opuesta de la plaza, aún estuvo Ole oteando, Ole-el-enamorado-de-la-mujer-marroquí, a ver si asomaba la bella hurí desconocida, que quedó para los restos como la Bella Azufaifa…la verdad es que la chica lo merecía.

Camino de Ifrane. A por los monos. El kaos.

1.er Kaos: Meknés es grande (y Mahoma su profeta) y encontrar la carretera a Ifrane en un pais donde gastan menos en carteles (y si hay suerte, que estén en cristiano) que un ciego en novelas, no fue sencillo. Preguntamos un par de veces y nos daban informaciones opuestas. En alguna de las paradas compramos platanitos, muy ricos, con los que completar nuestras vituallas.

2º Kaos: ya en ruta, adelantamos un carro de combate con sus soldaditos y su cañón y todo. Lo que no esperábamos era un convoy militar, lentísimo, con los camiones y los carros quedándose parados en las cuestas, a veces calados o con el motor recalentado echando humo como un volcán y con un jeep con las luces puestas en el carril izquierdo prohibiendo los adelantamientos, y nosotros detrás, mezclados con un puñado de coches y furgonetas civiles, en bonita amalgama, aprovechando cualquier hueco para adelantarnos entre nosotros, cruzándonos, retrocruzándonos, dejando atrás a los camiones militares con calentón y obligando a los que venían de frente a echarse al arcén, supongo que asustados ante el espectáculo de los vehículos militares y la confusa plétora que venía detrás en doble y hasta en tercera fila, en nuestra desesperación por adelantar, pero sonriéndonos de coche a coche, cómplices,  ante lo absurdo de la situación. Los pudimos dejar por fin, aquel convoy militar disperso, en un pueblo y seguimos hasta Azrou, con un hermoso panorama de montañas detrás, llenas de árboles.

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          Adelantándonos, ya aburridos, en segunda y en tercera fila de coches

Azrou

Azrou o, como pronuncian ellos, Asrú = la roca, en bereber, por una enorme roca a cuyo alrededor ha crecido el pueblo. Bonita población de aspecto serrano, muy bereber, de tejas verdes y alrededores más verdes todavía, en los campos y bosques que lo rodeaban. Nos sentamos a tomar un té (parking con ticket surrealista) sin ningún pesado. El té, nos enteramos luego, lo cobran por tetera (3,5 Dh), no por persona. Al decirles que cinco ponían cara rara, pero se reían enseguida al pedirles whisky marocaine. Deambulamos luego por un mercadillo de ropa, cacharros viejos y mucho ambiente popular que me devolvió al Rastro de mi infancia. Pero la gente, siempre muy digna.

El lago de Aguelmane Sidi Ali.

Según mi guía Lonely Planet, es una laguna de origen volcánico donde se podía acampar y bañarse, así que enfilamos hacia allá a través de los espesos e impresionantes bosques de cedros del Medio Atlas, refugio de los monos que tanto deseaba ver mi amiga Pati, “monóloga”…no porque hablase sola como los locos, sino porque había hecho trabajos de campo (mejor: trabajos de selva) y, en el fondo, causa de este viaje. Según subía y subía la carretera los bosques se fueron aclarando y entramos en un paisaje de verdes prados de alta montaña. A un lado, dejamos la desviación a la estación invernal de Misschliffer, que con ese nombre no sabíamos si era de origen bereber o austriaco. En las laderas de una umbría se veían parches de nieve. Pasando el pueblo de ………, una barrera antinieve advertía la posibilidad de que el camino se viese cortado en invierno. Y a veinte kilómetros. del último pueblo se abría la pista de entrada al lago.

El lago

Una pista de tierra de pocos kilómetros en buen estado, y tras una curva divisamos el lago. Más extenso de lo que imaginábamos, rodeado por el lado opuesto por unas montañas de enormes cedros dispersos, muy castigados por el rayo o la nieve. El paisaje era encantador: prados verdes alrededor donde plantamos la tienda. La construcción –inacabada- de un hotel y una casita más allá ocupada por una familia bereber con sus ovejas y cabras, nuestros únicos vecinos.

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Nos acercamos a la casa de los bereberes para buscar madera y poder hacer una hoguera, ya que tenían pilas de madera de cedro en grandes trozos. Saludamos, la chica que salió con su hijo de tres años hablaba bien francés y le compramos madera, pero nos siguió, llena de curiosidad, hasta el campamento base: quería ver la tienda de campaña, el interior de la furgoneta… A unos seminómadas como ellos les intrigaría ver cómo nos apañábamos. Manuela le regaló un paquete de galletas, una tableta de chocolate, el crío estaba encantado, pero la madre más. Le preguntamos, vivían allí todo el año, los hombres pastoreaban lejos, la nieve cubría todo aquello varios meses al año…

La noche estaba despejada, hermosa, y muy fría, estábamos a más de 2000m. de altura…. Frente al lago, hicimos una hoguera donde calentamos salchichas, beicon, chistorra…Entre el cachondeo y la 2ª botella de whisky que cayó (para combatir el frío, no por vicio), haciendo el mono, dedujimos llevados por nuestros hondos conocimientos de antropología que aquellas mujeres que vivían solas no podían ser de la tribu Beni Polvín (los maridos ausentes se lo montaban con las cabras) sino de los Beni Pajín.

Alrededor de la hoguera había ido acercándose un perro de la casa, a ver si caía algo. Amarillento, peludo, muy tímido, se mereció pronto el nombre de Canelo y algún trocito de pan. Pronto apareció otro, mucho menos tímido y más joven, negro, que llegó a comer de nuestra mano y dejarse acariciar y que fue bautizado, ¡cómo no!, como Moro, o Morito. Pero fue ya avanzada la noche, a la luz de la luna llena que se reflejaba sobre el lago, cuando vimos aparecer de lejos una sombra con el andar apresurado típico del zorro, pero según Ole era más bien una “jiena”, y con Jiena se quedó. Nos cogieron tanto cariño que cuando Gabriel y Sara se alejaron, en el primero de los paseítos que hicimos todos para aliviarnos, dada la ausencia de W.C., cuando regresaron los recibieron los perros con un coro de ladridos, defendiendo el campamento base. Toda la noche, tras cenar como nosotros, a base de puré de patatas, trocitos de queso y galletas, durmieron junto a la tienda, despertándonos con sus ladridos cuando se mosqueaban por algo.

La  noche fue cayendo, entre cachondeos y monerías, con gran frío: luna llena, noche despejada, y al lado de un lago de montaña. Prometía helar y lo hizo. Dormimos con toda la ropa, yo, con los pies del saco dentro del macuto de lona y el saco cerrado hasta los ojos, y tiritando.

18/4/00.-Nos abandonan

Por la mañana la tienda estaba cubierta de escarcha. Preparamos café y tostadas y desayunamos. Temprano aún, en aquellas soledades, nos sorprendió ver un tipo que venía de no se sabe donde, bordeando el lago. Ole decía que debía ser un nómada-mónada (de las auténticas mónadas de Leibniz), yo, que un silogismo perdido. Pareció que, en un momento, se dirigía hacia nosotros pero al ver las monadas (de mono) que hacíamos siguió por el lago sospechando sin duda que planeábamos el asesinato del concepto…

Aquel buen hombre se instaló más allá, pescando en el lago. El problema vino cuando Gabi, Ole y yo nos fuimos a dar un paseíto a la orilla del lago con la primera intención de asomarnos, más tarde de saludar al pescador (que resultó ser, o bien mudo, o bien que no sabía francés) y luego bordear el lago hasta la orilla opuesta para ver los cedros y unas sabinas gordísimas, milenarias. Una vez allí nos entraron ganas de aliviar el cuerpo y, ya puestos, buscamos un sitito ligeramente alto para “plantar un pino”, que entre tanto cedro como que no los hay, mientras nos llenábamos el espíritu con la contemplación del lago. Más allá, lejos, muy lejos, el coche y la tienda.

El sitio era precioso. Playitas de arena, las sabinas…daban ganas de quedarse un par de días pero como había que volver, volvimos ya pensando que las chicas iban a tener un buen mosqueo por nuestra tardanza, hacía casi dos horas que partimos. Aunque hacía fresco me quité la camiseta, daba gusto tomar aquel solecito, con el pecho al aire, después del frío que habíamos pasado por la noche. Cuando llegamos, las chicas habían recogido la tienda y justo habían ido a darse un paseo por la orilla, mosqueadas, por supuesto. Así que nos acercamos otra vez a la orilla con la idea de lavarnos algo y  ya puestos la olla, sucia de anoche. En gayumbos nos metimos en las heladas aguas hasta las pantorrillas: dolían los pies, de lo fría que estaba el agua. Nos remojamos levemente la cara y los sobacos y acabamos, para variar, haciendo el mono, montando follón y salpicándonos unos a otros, dando saltos como lo que éramos: unos mentecatos.

Y pasó lo que tenía que pasar. Las chicas, hartas, arrancaron la furgo y se marcharon…que se van, que se van, que se van y se van…y ya se han ido, y aparte de cantar rancheras allí nos quedamos muertos de la risa, abandonados, yo sin camiseta y dándoles voces a unos bereberitos salidos de cualquier agujero que se querían llevar mi cafetera y un rollo de papel higiénico, Ole con la olla a cuestas y Gabi con un bolsón lleno de basura que había recogido, muy cívico él, a la orilla del lago. Nos vimos sin dinero, sin papeles, sin comida, sin ropa, en el mismísimo culo del mundo.

Nos pusimos a andar, confiados en que no volviesen por nosotros demasiado tarde, cuando ya hubiésemos muerto de hambre y sed y nuestros huesos, pasto de jienas, blanqueasen los caminos. Dejamos atrás el lago, por la desierta pista no se veía a nadie… De pronto, apareció un coche, con matrícula de…¡de Murcia!, con una pareja que debió asustarse al vernos de aquella guisa, tres locos en medio de la nada dando saltos de mono y riéndonos, uno semidesnudo con una cafetera en una mano y un rollo de papel higiénico en la otra, otro con una olla y el tercero con un bolsón de basura…les hicimos gestos pero con razón no sólo no pararon sino que aceleraron nada más vernos pensando que seríamos bandidos psicópatas, locos drogados con drogas durísimas, fugados de cualquier siniestra mazmorra, desesperados y dispuestos a todo…

Nos despedimos de nuestras amigas bereberes con la mano. Nos miraban de lejos, asombradas, pelín divertidas, supongo que haciendo sus cábalas sobre lo mal que se lo  montan estos perros infieles a los que sus mujeres abandonan. Andamos y andamos. Hasta el primer pueblo había veinte kilómetros. Pegaba el sol y al tiempo hacía fresco. Por fin, a lo lejos, vimos acercarse la furgoneta. Cuando estuvieron cerca, nos arrojamos en medio de la pista, en poses lastimeras…y pasaron de largo. Obviamente nos estaban castigando. Cuando, cual toro de lidia, volvieron a dar la vuelta hacia nosotros, no pudimos por menos que hacerles un calvo de saludo. N.B.:  nos hicieron una hermosa foto que por desgracia se perdió entre otros testimonios gráficos de lo más interesantes. Cuando por fin, compadecidas de nuestro mucho sufrir y llevadas por hermosos sentimientos ablandaron sus crudelísimos corazones, nos recogieron, ya los cinco muertos de risa, no hubo lugar para reproches…

Por fin, los monos

Volvimos atrás, en busca de los bosques de cedros y los monos cuando, en un cruce, encontramos nuestra perdición: un puesto, varios más bien, de fósiles. Manuela buscaba algo para sus hijos, así que nos bajamos para curiosear y, hete aquí, que por allí mismo rondaba un grupo de macacos, el origen de nuestro viaje. Luego vimos que, astutos,  los de los puestos les echaban de comer para que anduviesen cerca y ejerciendo de atracción para que los turistas luego, como nosotros, curioseasen los puestos de los fósiles. En efecto, había allí una familia española echándoles cacahuetes. Era un placer estar allí viéndoles, siguiéndoles, jugueteando con ellos, dándoles de comer. Los más atrevidos eran los más jóvenes, que cogían la comida de tu mano sin mayor desconfianza. Las hembras se acercaban cautelosas pero también cogían. Los machos eran los únicos que no se atrevían a acercarse demasiado, sólo comían si se lo echabas a un par de metros de nosotros.

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El placer era para los de los puestos de fósiles. Entre unas cosas y otras, Manuela compró varios, algunos a cambio de su móvil, que empezaban a verse y hacían furor. Hasta el mío, roto, quisieron cambiar. En este mismo cruce se iba a “los grandes cedros”. Fuimos, pues, por un paisaje alpino, sin nada que envidiar a las escenas del Canadá, con la única diferencia que en vez de abetos o pinos había cedros enormes, salpicados de encinas. Y como era la hora y teníamos hambre hicimos un alto en un fresco prado, en un día soleado y precioso. Tras comer dimos un paseo hasta el señalizado como el padre de todos los cedros, un ejemplar enorme, grande entre los grandes…

La vuelta, por la misma carretera, nos ofreció otro espectáculo de monos. Había unos cuantos coches parados, varias familias echándoles de comer y un par de grupos de monos, treinta o más, correteando, persiguiéndose, trepando a los árboles…nos acordamos de la ausente Pati, podía uno estarse mirándolos horas y horas, era como en el zoo pero en plena naturaleza, mucho mejor, sin duda.

N.B.: Gabriel, como suele pasar, le hizo la misma foto diez o quince veces al mismo mono en la misma postura…con mi cámara, porque él ya había agotado sus carretes -miserables, todavía andábamos con cámaras ópticas-. Consecuencia: gastó MI carrete, y nos quedamos a expensas de las que Manuela hiciera con su cámara digital -ella sí, ¡faltaría más!-. Y como en las cascadas que vimos después sólo ella pudo tirar fotos…pues sin fotos que nos quedamos. Afortunadamente y ya en Tánger pudimos comprar más.

Las cascadas

Nos metimos ahora por la pista que indicaba la ruta de los lagos y la cascada de las fuentes de Oum Al-Rbia, que en árabe significa algo tan poético como Madre de la Primavera…El camino, unos 60 ó 70 kms. Se nos hizo largo, una carretera de montaña con muchísimas curvas, escasas o ninguna indicaciones en los cruces, aldeítas o jaimas de vez en cuando, las sempiternas ovejas y, de cuando en cuando, viejos camiones cargados de enormes troncos de cedro.

Pero el paisaje era realmente bonito: zonas de espeso bosque, verdes valles, roquedos, lagos sorprendentes rodeados de árboles…La última parte, unos 8 ó 10 kms., se nos hizo realmente pesada, ya cerca de las cascadas. Un valle en descenso con chiquillos que se atravesaban en la carretera constantemente haciéndonos señas para que parásemos, no sé si para vendernos o para pedirnos algo…Las abundantes lluvias habían reblandecido las laderas y en la carretera había zonas de derrumbe, muy peligrosas que, o bien atascaban media calzada con rocas desprendidas o dejaban zanjas a un lado con evidente riesgo de hundirse más si pasábamos cerca con el coche.

Paramos en una fuente que había en la carretera para llenar el bidoncito de 25 litros que daba agua al grifo de la pila. El chorro caía todo disperso, difícil para llenar la estrecha boca del bidón. Una bereber anudó un pañuelo al caño, y de tan sencilla manera consiguió un chorro directo para llenar el bidón rápidamente. Intentamos hablar con ella pero ni la mujer ni otro hombre que se acercó hablaban francés. Un grupo de niños se fue acercando, entre tímidos y atrevidos, a los que repartimos unas galletas. Y seguimos, a las cada vez más cercanas y famosas cascadas de Oum Al-Rbia.

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Las fotos son muy malas, porque las tomé directamente con la cámara de la pantalla del ordenador, pero dada la ausencia de fotos originales nuestras, por lo menos aquí se puede uno hacer una idea de lo bonito del pueblo, con el río corriendo por el cañón y las casas con sus terrazas a los lados

El pueblecito donde estaban las cascadas, una aldea, más bien, estaba metido en un valle precioso, al pie de unas paredes de roca inmensas y rojizas, refulgentes al sol del atardecer, con un río que corría entre el verdor del fondo del valle. Siguiendo el cartel nos metimos en la aldea, cruzando un inseguro puente de tablones (adelante: si por aquí han pasado otros, pasaremos nosotros) y al momento nos rodeó un grupo de aldeanos. Uno de ellos, que chamullaba español, nos dijo de dejar allí el coche y acompañarnos a las cascadas. Estaba claro que había que seguirle y así lo hicimos. Mulay, que así se llamaba, nos fue llevando por un senderito que subía y subía, mientras nos ofrecía un té, una cena, o su propia casa para pasar la noche, mientras nosotros insistíamos en que sólo queríamos ver las cascadas, aunque lo cierto es que la tarde iba cayendo.

Mulay nos iba contando que había una cascada, algo escasa por las escasas lluvias, y cuarenta manantiales, siete de ellos salados y el resto dulces. Según nos acercábamos a la cascada, en el fondo del cañón había numerosas terrazas y chiringuitos, construidas en tablas sobre los diferentes manantiales y tapizadas con cañas, que servían de merenderos, nos dijo Mulay, para el verano, donde los visitantes comían cus-cus y tomaban te, al frescor de la sombra y del agua corriente. Lo cierto es que el lugar parecía ser verdaderamente agradable. Por fin llegamos a la cascada. Pero para acceder al chorro final había que trepar por una escarpada y resbaladiza pared de roca, casi vertical, para lo que se necesitaba ser cabra, bereber o, mejor, cabra bereber. Yo, de entrada, que iba el primero, me escurrí y metí la pata con bota y todo en el arroyuelo que corría por allí.

Menos mal que, para estos menesteres, supongo, acompañaban a Mulay dos bereberes, uno de ellos con pinta de muy mayor (a partir de ahora y según acertado bautismo de Ole, el “cherpa”), con turbante, descalzo, ágil como un mono, que nos echaba una manita en los pasos difíciles o nos indicaba dónde poner el pié o donde agarrarnos. La verdad es que, superado el paso de las cascadas, el Everest debe ser como un paseo para boy-scouts. Desde abajo aquella pared me había parecido inexpugnable, ni la cabra más ágil hubiera podido plantar ni una jodida pezuña pero entre los consejos o la mano del cherpa y la honrilla de, pues yo no voy a ser menos, subimos, ¡vaya si subimos!. Llegamos al pié de la cascada, hicimos las fotos de rigor (perdidas tristemente para la posteridad junto con las del glorioso calvo y algunas más) y nos volvimos.

En la bajada, por cierto y por definición, siempre más arriesgada que la subida, el cherpa no sólo le echó una mano a Manuela: le echó un pie o, para ser más exacto, le donó la uña del dedo pequeño del pie derecho, al resbalar Manuela y encontrarse bajo su recia bota de montaña (y bastantes kilos) el susodicho dedo del pié del sufrido cherpa que no soltó ni el menor quejido ni una lágrima. Dura gente, estos bereberes.

En el camino de vuelta a la aldea fuimos hablando entre nosotros, lo primero del importe o cuantía de la propi para los guías que, desde luego, se habían ganado no sólo con el sudor de su frente sino con las uñas de sus pies. Como, por otra parte, iba oscureciendo, no nos apetecía meternos en carretera, ya de noche, sin conocer la zona, visto el mal estado de las pistas y los pocos sitios que habíamos visto interesantes para pernoctar. Sólo Manuela optaba por tirar para adelante. Decidimos más o menos por acuerdo común, dormir en la casa que Mulay nos ofrecía, negociando el precio total de la casa más las propis a los tres guías (principal o guía jefe más los dos auxiliares) y al guardacoches por un total de 250 Dh.

Al recoger la furgo para aparcarla más cerca de la casa que nos cedía hubo una bronca en bereber entre el guardacoches y Mulay de lo que dedujimos, vista la cara del guardacoches, que Mulay no le pensaba dar ni cinco pese a lo pactado con nosotros, por lo que decidimos por la integridad de las ruedas del vehículo darle por nuestra cuenta 10 Dh. La casita de Mulay, en una callejuela de la parte más baja del pueblo, era de piedra, con un techo mezcla de uralitas, tablas y chapas, puertas muy bajas y, en el interior, un cuartito un poco más grande que la tienda de campaña, alfombrada toda ella de mantas. Obviamente era su casa. En la pared del fondo un montón de mantas dobladas y apiladas y en una estantería alta cacharros de cocina, tarteras, teteras, te y azúcar, fuera del alcance de los ratones…El techo se tocaba con la mano.

Mulay y su hermanita Fatija (al principio pensamos que era su hija) de 12 ó 13 años se sentaron con nosotros, prepararon te y estuvieron charlando mucho rato, sentados sobre las mantas, preguntándole cosas de su vida, del pueblo, de la familia, y él a nosotros sobre nuestro trabajo o, cosa que debía intrigarle, qué relación había entre nosotros –chicos y chicas-, entre tes y más tes. Cuando Ole les dijo que era dibujante y les enseñó sus cuadernos lo miraron todo con mucho interés y, al final, Ole es así de desprendido, le regaló a la niña una caja de lápices acuarela, enseñándole a usarlos y a afilarlos. La pobre se avergonzó y sonreía, tímida, agachando la cabeza.

Noche tormentosa 

A todo esto Manuela se quedó en el coche, bastante mosqueada. No le apetecía haberse quedado en el pueblo, no quiso dormir en el cuarto por su alergia a la lana (todas las noches durmió en la furgo, no obstante) y además andaba preocupada por el mosqueo del guardacoches. De todas formas llevaba un par de días mosqueándose por todo. Cualquier palabra, cualquier broma era malinterpretada. La noche del camping de Volubilis también se cogió un buen rebote pero como al día siguiente se le pasó pensaba que no habría más problemas: estaba equivocado. La noche fue tormentosa y, esta vez, no por motivos atmosféricos. Cuando por fin nos dejaron Mulay y Fatija, nos acomodamos sobre las mantas con los sacos, ¡otra noche al duro suelo! tras cenar algo de queso y chorizo. Estuvimos hablando un rato, con nuestro cachondeo de siempre, cuando nos asustó un tremendo trompazo sobre las tablas del techo, que nos dejó helados del susto y con tierrecilla en el pelo, del que cayó de arriba.

Lo que más tarde llamamos el “aerolito” u, Ole dixit, “las voces de los dioses”, sospechamos que fue una pedrada en el tejado por parte de algún vecino molesto por nuestras voces o del siniestro y malencarado aparcacoches. Fuese quien fuese consiguió callarnos como muertos. No acabó ahí la cosa. Con las luces ya apagadas y dormidos sentí un bicho que caminaba sobre mis pies. Las ratas son más ligeras y rápidas, lo sé por experiencia, y sospeché se tratase de un gato, lo que confirmé con la linterna. Se colaban por los huecos que dejan las puertas, pienso que ad hoc para que controlen a los roedores, y al olor de la comida de las bolsas. Me levanté, colgué la bolsa de las repisas de la pared y me dispuse a dormir otra vez pero, entre aerolitos, gatos y ruidos varios, no fue una noche precisamente gloriosa, sino más bien una noche toledana.

19/4/00 .-Manuela se quiere ir 

Por la mañana Mulay y su hermana nos trajeron te, endulzado como es costumbre allí con azúcar en piedra, duro como una idem, que hay que trocear a mazazos. Gabi y yo fuimos a avisar a Manuela pero, viendo el morro que gastaba, las malas contestaciones y, tras unos minutos con Gabriel a solas, vimos que estaba muy, pero que muy mosqueada. Hablé con ella despues un momento a solas y le pregunté si quería volverse. Dijo escuetamente que sí, y decidimos volver directamente a Tanger, donde nos esperaba Manolo.

Toda la aldea vino a despedirnos alrededor de la furgo, nosotros cuatro abajo y Manuela, callada, sentada al volante, sin mirar a nadie. Apretones de manos, saludos a la familia, conducid con prudencia, os llamamos en cuanto lleguemos, volved pronto, en fin, el rito de las despedidas. Y cuando por fin dimos el último apretón de manos al último de los aldeanos, entonces y sólo entonces, Manuela salió de su mutismo y dijo: voy a desayunar. Y ante el estupor de todos, puso la cafetera en el fuego, esperando todos alrededor, en silencio, los minutos pasaban muy despacio, hasta que el café empezó a salir, mirándonos tímidamente, nosotros avergonzados sin saber qué decir, y los bereberes asombrados pensando, me imagino los comentarios cuando nos fuimos, menuda panda cacho maricones, por la cuarta parte de esto aquí las degollamos, ¿y para vivir como éstos nos cogemos la patera?…

El regreso

Fue un camino de lo más tenso, en silencio. Ella conduciendo, yo de copiloto (al único al que admitía una palabra cada 100 kms.) y los otros tres detrás, callados y serios al principio, silencio que fue desapareciendo según avanzaba el viaje, con comentarios y cachondeo, visto lo surrealista de la situación. Yo iba dándole vueltas al tema. Se trataba de ir a Ceuta para que ella cogiera el barco y quizá esperar allí esta noche a mi amigo de la infancia Manolo que volvía de Shangai. En un locutorio conseguí hablar con Manolo, recién llegado a Madrid, que se estaba duchando, y con un par de cortes por problemas de cabina concluimos que lo suyo  era esperarle en Tánger donde Manuela podría embarcar haciendo un change con la Transmediterránea.

Decidido así, repetición de mosqueo por parte de Manuela: ella también quería llamar pero no tenía monedas porque las llevaba yo, que era el del fondo y, ¡claro!, no me las pidió, menuda era ella. Cuando le indiqué dos veces locutorios al pasar me dijo, ¿me los vas a señalar todos? que, por supuesto, fueron reduciendo nuestro ya de por sí reducido y parco diálogo. Rehusó comer lo que desde atrás se le ofrecía –salvo un plátano- y, exceptuando una parada para llenar el depósito y tomar un café (que, por supuesto, rehusó), se hizo de un tirón el trayecto Fuentes de Oum Er-Rbia-Tanger, sin hablar, enjugándose alguna lagrimita que le escurrió bajo las gafas de sol y conduciendo como sólo conducen los que van de mala follá. Mira que lo habremos hablado veces, pero yo estoy convencido que su rabia era más por darse cuenta de lo burra que era –y lo imposible de echarse atrás- que del disgusto como tal. Le sugerí en algún momento sustituirla si se cansaba, sin recibir más que gruñidos por respuesta. Y yo, mientras, pensando en horarios, tiempos, teléfonos, y cómo resolver aquella situación lo antes posible.

Tánger, o cómo irse a España

Por el plano de Tanger que venía en la guía nos orientamos bien, buscando la filial de la Transmediterránea. La encontramos y nos dirigimos para allá.

Primer obstáculo: el primero al que contamos nuestra triste historia: billete de grupo con coche ida y vuelta Algeciras-Ceuta/Ceuta-Algeciras, con necesidad de volver sólo uno con el coche y, encima, desde Tanger, nos contestó el primer “imposible” que nos tocó escuchar varias veces…”totalmente imposible, imposible”… Recordé en ese momento al magrebí joven que, en el puerto de Algeciras, repetía una y otra vez una historia de billetes complicados, sin aparentemente desmoralizarse ante las también repetidas –y desesperadas- respuestas del tipo de la ventanilla, aburrido ante semejante y monótona insistencia.

Ésta es la manera, me dije: repetir la misma película las veces que haga falta a ver quien se cansa antes, si nosotros de contarla o el contrario de repetir “imposible”. Así que, vista la psicología del país y, sobre todo con la calma y el cuajo adquirido y perfeccionado tras cruzar Marruecos de copiloto con Manuela, les dije a los colegas que ya bajaban la escalera desmoralizados que esperasen, que iba a preguntar a alguien más. Y pregunté a los que veía tras mostradores o por el pasillo, mintiéndoles a todos como un bellaco y asegurándoles que sí, que en Algeciras nos habían asegurado que sí podíamos cambiar los billetes, sin desanimarme por los “imposibles” que me llegaban por todos los lados.

Y se produjo el  milagro. Me crucé en un pasillo justo al primero que preguntamos que, viéndonos tan decididos, nos pasó a un despacho donde alguien más serio y muy amable llamó por un móvil y, tras corta conversación, nos apuntó en un papel un nombre y nos dijo que preguntásemos por él en la oficina del puerto. Agradecimos la atención y salimos hacia el puerto. Aquel bendito nombre escrito a mano era nuestra garantía.

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Segundo obstáculo: Tras sortear un par de oficinas en el puerto dimos con la nuestra. Pasando de ventanillas y dentro del despacho le conté al sella-tarjetas la historia. Pasaron treinta minutos de reloj entre protestas, “imposibles”, resoplidos, miradas y más miradas a nuestro salvoconducto. Pero el papel manuscrito estaba allí, cargado de autoridad, eliminando toda imposibilidad que no consistía en otra cosa, según vimos, más que cuadrar las cuentas que no cuadraban…descuento por grupo e ida y vuelta, tuve que repetir varias veces en mi mejor francés. Pagaremos la diferencia en dirhams o pesetas, no importa, a base de teclear la calculadora, mientras iba despachando otros billetes entre cálculo y cálculo.

Por fin la respuesta: 102 Dh. de diferencia, unas 17.000 pts, más o menos el ahorro del grupo por la ida y vuelta. Pagamos, nos puso unos benditos sellos y a correr. Aún mire los billetes para repetirle otra vez que hoy se iba uno solo con el coche, pero los demás en dos días. Cambió el sello y salimos de aquella oficina sin acabar de creérnoslo. Creo que los de las pateras lo que intentan es ahorrarse todos estos trámites.

Manuela, por fin, nos abandona

Cola de pasaportes de 3 ó 4 personas, una mariconada comparada con la del paso de Ceuta, y coche en la fila. Habíamos dejado en la furgo todo lo prescindible (tienda, sacos, ropa sucia, regalos) que quedé en recoger en Cercedilla a nuestro regreso, y nos quedamos con lo necesario. Acerqué el coche a la cola, le dí las llaves a Manuela deseándole buen viaje pese a su cara de perro y a algún comentario que creo recordar entre gruñidos de que iba a llegar de noche a Algeciras y encima le tocaba pegarse otra pechá a conducir hasta Cercedilla, comentario que creo recordar le contesté diciéndole que podía dormir en las dos horas de travesía o parar en alguna gasolinera y descansar, pero no sé si se lo dije o pasé de ello. Por supuesto, ni se despidió de los otros tres que estaban alejados, ni ellos de ella. Arrancó el coche y entró en la bodega del barco. Lo habíamos conseguido: Manuela se iba. Serían como las seis de la tarde. Cogimos los trastos y nos pusimos a andar, saliendo del puerto a la ciudad. Como dijo, no sé si fue Ole o Gabriel, ahora comenzaba el viaje.

Tánger. Por fin solos. 

Íbamos eufóricos, con nuestros escasos bultos. Felices por habernos deshecho de semejante bicho. Yo, algo triste pensando en el bueno de Emilio, su marido, y en que posiblemente una situación así iba a destrozar diez años de buena amistad, pero totalmente libre de culpas y remordimientos. Tan seguros pisábamos que los reventas de hoteles casi ni nos abordaban, y al que lo hacía se iba al decirle que íbamos a casa de un amigo. Se nos veían las tablas viajeras, sueltos y curtidos…

Nos tomamos un te para celebrarlo en la terraza más mugrienta del puerto, sito entre dos talleres de ruedas igualmente mugrientos, y que nos supo a puritita gloria. Éramos como pajarillos recien escapados de la jaula. Entre sorbo y sorbo les conté mi sugerencia de alquilar un coche en Algeciras –entre los cuatro no sería caro- ante la previsible escasez de billetes de tren/bus, amén de la comodidad y, ya puestos, pasar un día de relax en Rota. La propuesta fue aceptada por unanimidad.

Con la ayuda de la guía Lonely Planet buscamos alojamiento (Manolo llegaba esta noche muy tarde) y tras preguntar en algunos acabamos en el Hotel Paris donde, tras el inevitable y fructífero regateo, encontramos sendas habitaciones con vistas al Boulevard Pasteur y, todo un lujo: ¡¡camas y agua caliente!!. Los sobacos agradecieron sinceramente verse librados de tan molesta carga de una mezcla de polvo, porquería y sudor acumulados. Lo del pelo fue más difícil. El casco que se había formado en mi cabeza a base de guarrerías varias se fue disolviendo, poco a poco, bajo el champú y el agua caliente, mientras escurría por mi cuerpo un agua oscura, negruzca…Supongo que a los demás les debió pasar lo mismo.

Aseaditos, agusto, la guinda vino por la noche. Mientras Gabi y Ole veían el segundo tiempo del partido Real Madrid no-se-que de Inglaterra, 2 a 0, todas las terrazas de los bares abarrotadas por la tremenda afición tangerina, Sara y yo nos dimos un agradable paseo por el bulevar. Desde el cercano mirador en la plaza de los cañones, se veían las luces de España. Unos cuantos subsaharianos, de mirada triste, miraban como nosotros aquellas luces, tan próximas y tan lejanas… Al acabar el partido Sara nos invitó a cenar. Encontramos un restaurante chiquitito y kischt (al que suelo volver cuando paro por Tanger) donde nos metimos un completo cus-cus y, sobre todo, nos bebimos unas deseadísimas cervezas que nos dejaron el cuerpo como un reloj. Poco más pudimos hacer. Había sido un día muy largo, amanecido en las cascadas y anochecido en Tanger, pero que había acabado muy bien. Bien limpios y bien cenados, nos dispusimos a dormir como lirones. Mañana ya localizaría a Manolo.

20/4/99. A casa de Manolo

Dormimos, efectivamente, como un niño jarto teta. A las nueve y media, hora española, calculando entre dejarle dormir y antes de que saliese, llamé a Manolo. Una voz de mujer extranjera (alguna chica de servicio, pensé) al preguntar por Manolo contestó, “¿Manolo?, está en la China…”…La hemos cagao, pensé…O no ha vuelto de viaje, o perdió el ferry, o se quedó a dormir en Ceuta. Llamé a su móvil y a casa de sus padres, en Madrid, pero nada. Repetí la llamada a los quince minutos para interrogar con más énfasis a la chiquita o bien dejarle recado pero hubo suerte, me dijo que acababa de llegar…no era así, había llegado tarde anoche desde Ceuta tras el último ferry y había estado durmiendo, pero ya nos esperaba.

¿Dónde estais?…Quedamos a la media hora en una esquina, a la entrada del zoco. Avisé a la tropa y me fui yo primero, a ver el espectáculo de la gente. Un camión de la basura iba cargando las bolsas que sacaban del hotel Minzah, el más lujoso de Tanger, justo asomado sobre el zoco. Junto al camión, un grupo de no se sabe si empleados de la limpieza o, más bien, buscavidas, separaban las botellas, supongo que para reutilizarlas, no para reciclar el vidrio, allí no se tira nada, y dos mujeres mayores, ataviadas a la rifeña, con un gorro de paja cónico con borlas de lana negras, artrósicas pero currantas, iban cogiendo el cartón, abriendo las cajas y metiéndolas en unos viejos sacos. Está claro que aquí no se tira nada.

No habíamos desayunado, así que nos tomamos un café con cruasanes en el Grand Café de Paris, comfort años 40 ó 50, escenario y punto de reunión durante la Segunda  Guerra Mundial de espías, informadores, chivatos, conspiradores y oportunistas franceses (de los colaboracionistas de Pétain y de los resistentes de De Gaulle), ingleses, americanos, italianos, alemanes (nazis y comunistas) sin olvidar a los españoles republicanos (siempre esperando volver) y franquistas…

Nos encaminamos despues a casa de Manolo, situada en la Montaña, en la zona residencial de Tánger. El acceso, por la antigua carretera de la montaña era algo liosillo si no lo conocías, pero el lugar era ideal: la calle/carretera iba ascendiendo entre grandes mansiones de hermosos jardines que se adivinaban tras los muros. El acceso a la zona donde vivía Manolo era un caminito sin asfaltar, escondido entre árboles, para llegar a un grupo de casitas, en medio de un frondoso jardín siempre florecido, sobre unos acantilados. La ciudad quedaba oculta tras un espolón que tapaba la bahía y sólo se veía el extremo oriental del cabo Malabata y, cruzando el mar y ante nosotros, la costa de Cadiz.

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La casa de Manolo era pequeñita y muy original. La primera de una serie de cuatro casitas escalonadas como un tren, y escalonadas además porque iban bajando la cuesta. Otra casita aparte, la de la dueña, y otra del guarda, Hussein, formaban el conjunto. El terreno fue la segregación de parte del jardín de una mansión cercana, adquirido por una neoyorkina en los años veinte, una tal Dizzy, que convirtió aquello en una pequeña colonia bohemia, a la que se conocía un tanto irónicamente como Buckingham. Éste exactamente es el lugar descrito por el escritor Paul Bowles cuando cuenta que, recién llegado a Tanger, cargó su piano en un borrico para llevarlo a su primera casa.

N.B.: Fue un pequeño contrasentido, nada raro en un personaje como Bowles. Norteamericano de nacimiento, pianista de profesión, aunque luego se haría escritor (su obra quizá más conocida: El cielo protector, más tarde llevada al cine). Se movió por Nueva York entre todos los protagonistas de la contracultura: la Generación Perdida, la Generación Beat y otras degeneraciones más, dándose a todas las que pudo. Casado con Jane, la sexualidad de ambos siempre fue bastante abierta y heterodoxa, por decirlo de forma sencilla, sin entrar en honduras.

Precisamente la llegada de Bowles a Marruecos fue en principio como comisionado por una sociedad protectora escocesa que querían proteger a los burros de los maltratos. Ahora les ves por todos lados -a los burros- montados por niños y adultos que les arrean constantemente dándoles varazos con una caña en el cuello, lo que les produce heridas -en las que nadie se fija- con frecuencia. Pero cuando Bowles llegó a Fes el método era aún más expeditivo: en vez de cañas les arreaban con un palo donde había un clavo…Pues fue justo cuando Paul Bowles desembarcó en Tánger con su piano, y ejerciendo su derecho al contrasentido anglosajón, que lo cargó encima de un pobre burrito -espero que no le fuese arreando al menos, aunque del dueño del burro no respondo- y lo subió hasta su casa…un largo camino y cuesta arriba…

Por aquella casa pasaron, según Manolo, Truman Capote, Mike Jagger, Tenesee Williams, y unos cuantos elementos más de la cultura y la contracultura de los años 60 y, más modernamente y con cierta asiduidad, el cineasta André Techiné, la actriz Catherine Deneuve -amiga de la dueña y a la que a veces se encontraba por el jardín- , el actor Gérard Depardieu e incluso elementos exóticos como el cantante Boy George. unos cuantos elementos más de la cultura y la contracultura de los años 60. Lo cierto es que el lugar era agradabilísimo. Tuve la oportunidad de disfrutar de la hospitalidad de Manolo varias veces, e incluso la primera vez que saqué a mi hija Maya de España, fue precisamente en esa casa, viaje que disfrutó enormemente.

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    Emilio Sanz de Soto, Pepe Carleton, Truman Capote, Jane Bowles y Paul Bowles

Una vez dentro, la casa de Manolo también estaba escalonada en diferentes niveles: de arriba abajo, una habitación, tres escalones, la cocina, dos escalones más, el baño, el dormitorio (con un lavabo en la pared) y un salón. La última de las cuatro casas, con un ventanal sobre el mar, era de una tal Mercedes, compañera de Manolo en las tareas docentes, pero que había pedido la excedencia para ser artista y bohemia, en espera de la abundante herencia materna, buitreando mientras tanto a los demás para ir tirando.

N.B.:Con la perspectiva que da el escribir la crónica de este viaje a los dos años y pico, tengo la ocasión de añadir que Manolo perdió tan bonita casa gracias a las intrigas de la tal Mercedes, ¡que Alá confunda a la ingrata!… Ingrata, porque justamente fue Manolo el que la enchufó para coger la vivienda, que en principio era la destinada a él.

La casa, pese a su original distribución y el entorno maravilloso en que se hallaba, estaba por dentro bastante destartalada. Nosotros dormiríamos en el primer cuarto, sobre un par de colchonetas tiradas en el suelo. Dejamos los bultos y nos dispusimos a dar un paseo por la ciudad. Manolo tenía que buscarse un par de apaños, así que quedamos a la una y media para comer en un sitio, en la calle Holanda.

Con Mercedes la Bohemia, pegada a nosotros con la esperanza (frustrada) de ir en taxi por la cara, bajamos andando por la calle en cuesta, viendo las mansiones semiescondidas tras las tapias, a un lado y a otro, con unos jardines de película, asomadas al mar. Pero al salir de la Montaña dimos directamente con una barriada costrosa, y un mercadillo no menos costroso, en un solar entre escombros. Es una barriada formada por los marroquíes del interior que van llegando a Tánger, medio de chabolas, medio de casas viejas, Sidi Mis Mudi. Para llegar al centro aún pasamos una avenida, repleta de talleres mecánicos y de ruedas, el barrio del Drades.

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Saliendo del Drades, nos metimos de cabeza al zoco y a la medina. No tenía nada que envidiar a la de Fes. Callejas apretadísimas, abarrotados puestos de verduras, de frutas, de pollos, de bollos…Calles de chatarreros, de joyeros, de curtidores…Compré allí al final el macuto bereber, de piel con bordados, que pensé en traerme a casa. Nos dio la hora de la comida, y nos juntamos con Manolo en un pequeño restaurante escondido con platos de aquí: calamares, pollo, ensaladas…Para beber, coca-cola. Por la tarde él tenía que irse. Aprovechamos para darnos un paseíto por la parte alta de la medina, y dado el sueñecito post-papeo y el calor que hacía, aprovechamos una sombra y una plaza tranquila para tumbarnos en un rincón y echarnos una siestecilla, pasando de todo, y en especial de un pesado que acabó cansándose de darnos la brasa, visto el poquísimo caso que le hacíamos.

Más tarde, fuimos bajando, cerca del mar, admirando algunos hermosos portales y ventanas de edificios antiguos. La sorpresa vino cuando, cotilleando en un ancho y oscuro portal, se anunciaba un restaurante y salón de té…Subimos por una escalinata con azulejos y espejos, y acabamos en un amplio salón acristalado, desde donde se divisaba todo Tánger, la bahía y la presencia constante de España, allá a lo lejos. Estábamos solos. Nos tomamos un té a la menta, tan ricamente disfrutando de las vistas, mientras las camareras iban disponiendo las mesas alrededor de un escenario alfombrado para lo que supusimos sería un espectáculo, tipo danza del vientre. Las camareras nos respondieron que era una cena “para unos africanos…”. El lugar se llamaba “Le Détroit” (el Estrecho) y más tarde supimos que los mismísimos Rolling Stones fueron socios del restaurante.

Volvimos paseando, al atardecer, hacia Cá’Manué. Era un buen paseo pero nos movíamos por Tánger ya como en casa. Aún nos tomamos el último té en un chiringuito junto a la comisaría de policía del Drades, justo antes de la subida. Era un bareto de barrio, con billares, futbolines…Nos sentamos fuera, justo, según vimos, a la hora de sacar a mear a las ovejas. De repente, empezaron a aparecer gente con dos, tres, seis ovejas…que salían de las callejuelas, de las casas, comiéndose los yerbajos que crecen entre las piedras. Hasta hubo una que apareció sola, cruzó la calle y siguió para adelante, como un perro vagabundo. Dedujimos que las sacaban ahora porque aún no habían salido a pasear las jienas, que como todo el mundo sabe, se llevan pero que muy mal con las jovejas…

Subimos, ya de noche a la Montaña, y llegamos a Cá’Manué. Nos sentamos a charlar en el salón y, entre otras cosas, me fue recordando episodios de mi azarosa infancia con aquellos bestias del colegio. Pero antes nos pasó una cosa.

El costo de Ole

Paseando por la medina vimos una “farmacia” de productos naturales. Había cosas muy curiosas y nos metimos a cotillear. Yo quería comprar, como regalos baratos, unos discos de arcilla cocida con una cara rugosa, como rascador para el baño. Una vez dentro, el vendedor nos empezó a enseñar los usos y especialidades de las cosas que tenía en la tienda: derivados de plantas, de animales…especias, productos de belleza, de salud…Compramos algunas cosillas, pero Ole buscaba algo especial, otro tipo de jierba, con las que los drojadictos se drojan y se alejran la vida…Un elemento siniestro de ésos que siempre se arriman le lió para acompañarle no se sabe dónde, y el capullo de Ole le siguió…Menos mal que le rescatamos a tiempo cuando ya se lo llevaba por un callejón, evitándole problemas y algún navajazo, ante la mirada asesina del siniestro elemento…Por fin, el de la tienda, con mucho secreteo le pasó algo… Pude oir…éste es del mejor, el que yo fumo… por lo que pagó…¡cien dirhams!. Cuando lo vio Manolo, experto en fumatas blancas y negras, lo tasó en diez, como mucho. El bueno de Ole es que es como un crío, tienes que estar siempre encima de él, ¡no sé qué voy a hacer con este muchacho!…

El pobre Ole fue el cachondeo del grupo durante un buen rato…De lo poco que sobró, cuando más adelante nos tocó pasar la frontera, el problema acuciante fue cómo esconderlo para que los terribles sabuesos de la aduana no dieran con tan tremendo alijo y Ole con sus huesos en siniestra mazmorra tercermundista…El único escondite que le pareció bueno, fue en el pliegue de la cinta inferior de la gorra que llevaba siempre puesta. Afortunadamente para todos, ni nos miraron, ni le pillaron. Pero aquella noche tuvimos para fumar. Manolo sacó una botella de españolísimo brandy “103” y entre eso, los ricos pastelitos de miel y almendra que sobraron del medio kilo que compramos por la tarde, y un pan más dos latas, una de atún y otra de calamares, pues picamos, bebimos, fumamos y nos reímos bastante, para variar.

Durmiendo donde durmió Mick Jagger

Nos acostamos por fin. Yo, en un sofá con una manta sobre la que habitualmente duerme la perra de Manolo, con su acompañamiento de pelos y olores, que no sabía si meterme dentro o fuera, y un cojín como almohada. Los otros tres, sobre un colchón tirado en el suelo y con un par de mantas más o menos igual de espesas que la mía. Cuando empezamos, ya tumbados, a rozarnos con almohadas y mantas, nuestras delicadas pieles advirtieron resecos lamparones, imaginando que por allí estaba seguramente la última corrida fósil de Mick Jagger, Truman Capote, el butanero o el mismísimo Paul Bowles y su famoso burro, por no hablar de los flujos de Bianca Jagger. Y así de bien acompañados, entre tan arqueológicos restos de famosos, pasamos la última noche en África.

21/4/00. El retorno.La última frontera 

A Sara los mosquitos le pusieron los ojos y la frente como tomates. A mí, por fortuna, me respetaron, posiblemente les daba asco acercarse, entre mis olores propios y los restos de los lamparones (en posteriores visitas a la casa de Manolo nunca se me ha olvidado llevar enchufes antimosquitos con carga extra). Me desperté pronto, y salí al jardín a escribir un ratito. Daba gusto estar donde acababan las casas, sentado en un poyete bajo el mirador de la casa de la guarra de Mercedes, frente al mar, rodeado por el jardín, bajo el sol de la mañana.

Recogimos las escasas pertenencias y Manolo nos acercó al puerto. Aunque teníamos ya los tickets de cuando despachamos a la Camionera, nos temíamos algún trámite coñazo. Sorpresa, no hubo tal: nos sellaron la fecha, y listo. Pero, ¡ay!, al ir a sellar los pasaportes, que ahí no era, que en la parte de arriba. Subimos, pues, y resulta que tampoco, porque habían cerrado el acceso al barco. Bueno, dijimos, hay tiempo para desayunar, así que nos tomamos unos cafés y tés con bollitos.

Subimos otra vez, con tiempo, para enterarnos que nuestro barco era uno que estaba amarrado allá lejos, en un muelle a tomar por culo…Salimos cargados y poco menos que corriendo, sin sellar pasaportes ni ná, pero en Marruecos es más fácil escaparse de la cárcel que salir del país sin que te pongan los sellos y, efectivamente, a medio camino estaba la aduana. Pero fue rápido tambien (Ole, con cierto miedo empapando la china con el sudor de su frente), nos sellaron y, por fin, subimos al barco.

Cruzando el Estrecho

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Dos horas y media de travesía con el día perfecto, soleado, tranquilo. Me dio tiempo a escribir otro poquito. Salimos del puerto dejando la ciudad atrás, con su medina y las torres de las mezquitas. Al doblar el cabo de Malabata salimos de la bahía y fuimos bordeando la costa de África, a nuestra derecha (estribor más propiamente) distinguiendo cada pueblito o la única población grande, Alcazarseguir. Pasamos junto a la mole rocosa del Djebel Musa, la Montaña de Moisés que, junto a Gibraltar, constituían para los antiguos las Columnas de Hércules, el límite del mundo conocido de donde no se debía pasar: Non Plus Ultra…no más allá…aquí se acababa el mundo…

A nuestra izquierda, o sea, a babor, la costa española: los Caños de Meca con el faro de Trafalgar, la gran playa de Bolonia, donde se podían adivinar los restos romanos de Baelo Claudia, factoría de garum que se exportaba a todo el imperio y Tarifa. Al llegar casi a Ceuta, el barco enfiló hacia Algeciras. Durante la travesía una cosa extraña: aparecieron un montón de mariquitas en cubierta…no homosexuales, que los hay, sino esos simpáticos insectos de la familia de los coleópteros, la Coccinella septempunctata (lo que en latín significa la “coloradita con siete puntos”). Dedujimos que mejor en ferry que en patera. Y pensamos, que desde allá todos quieren venirse para acá, hasta las mariquitas.

Algeciras nos esperaba con abundante cerveza fría…Pensamos en alquilar un coche para hacer el viaje de vuelta cómodamente. Podíamos dar una vueltecita por la cercana Almoraima, ver la playa de Bolonia y los campos florecidos, multicolores, de altramuz. Y pernoctar en Rota, para recomponer cuerpos y almas, a base de pescaíto frito y quien sabe si una revancha a los dardos…

Comienzan las decepciones

¿Qué nos esperaba en Algeciras?. De momento, coches no. Viernes Santo, todo cerrado. La única agencia abierta no tenía ni un triciclo. No quería llamar a Pepe, era capaz de venir a buscarnos. En la estación de autobuses del puerto nos enteramos que salía uno para Madrid en una hora escasa. No nos dio tiempo ni para comer: entre carreras arriba y abajo, coche sí y coche no, billetes bus y demás sólo nos pudimos tomar una cerveza deprisa y corriendo, comprar unos bocatas para comerlos en el camino y poco más. Adiós a Rota, a Bolonia y a sus campos floridos.

El autobús, afortunadamente, era amplio y cómodo. Fuimos dormitando a ratos. Cuando pasamos frente a Granada, la vista de Sierra Nevada, absolutamente nevada, con la nieve brillando bajo el sol, era impresionante…Delante de Gabriel y Sara iba un magrebí bastante colgado, de uñas negras como el carbón, que no hacía más que pedirles el mechero (aún permitían fumar en los transportes públicos), olvidándose de devolvérselo siempre, hasta que se le olvidó definitivamente. Se mereció el título por su infausta memoria de “jiena chisquera” o “jorca mechera” que también las hay, ésta última de la familia cetácea…

Madrid

Llegamos a la Estación Sur a eso de las doce de la noche, demasiado tarde para coger ni tren ni bus de cercanías. Afortunadamente nos esperaba Lorenzo, el padre de Sara, desde hacía una hora, hay que añadir. Llegamos a El Escorial ya como a la una, algo molidos y con un intenso tufillo, mezcla de sobaco y los olores de los lamparones fósiles de las mantas de Manolo, allá en la lejana África. Sara le pidió a su padre el coche con la intención de tomarnos la última copa para celebrar el regreso. Al pasar frente a mi casa (lo presentía) vimos mi coche, el Ford Fiesta dorado metalizado -y algo oxidado- matrícula de Sevilla, aparcado allí. Mejor pensé, así no tendré que ir a Cercedilla a recogerlo, se lo había prestado a Emilio, el marido de la camionera, mientras estuvimos fuera.

Subí a dejar la bolsa a casa y al bajar me esperaba la última sorpresa: el cristal del copiloto estaba rota, y todo desvalijado. Ni la tienda de campaña nueva de Gabriel, ni mantas, ni tayines, ni el gran “Platón”…Por faltar, faltaban hasta un rollo de cinta americana y un spray antipinchazos que compré para el viaje, por si las emergencias…Sí que estaba el saco de dormir, mugriento, y entre ropa sucia –donde lo metí para protegerlo- una pequeña fuente de cerámica. Podía ser previsible: un Fiesta viejo con matrícula de Sevilla, aparcado en zona oscura de El Escorial en plena Semana Santa y lleno de cosas…toda una invitación para los chorizos…

Nos quedamos mitad helados, mitad cabreados, cagándonos en la madre que parió a la guarra de Manuela la Camionera, ¡lo a gusto que debió quedarse!…Aún subimos al Peque a tomarnos unas cervezas y comernos unos bocatas de lomo, queso y tomate porque a aquellas horas, con aquel trajín y aquellos disgustos, nos entró un hambre que había que matar como fuese, por no matar a alguien…El viaje había tocado a su fin, lo que no significa que hubiese acabado…

Venganza siciliana

Aún llamé un par de días después a Emilio, el marido de la Camionera, contándole el percance y el saqueo de mi coche. Los cristales rotos de la ventanilla habían caído hacia fuera y no hacia dentro, como si hubiesen golpeado el cristal desde dentro y no desde fuera, lo que me hacía sospechar del modo. Llegué a sospechar también que la Camionera, llevada por su “mala follá” hubiese fingido el robo para quedarse con nuestras cosas. Le dije a Emilio que, si llegaba a asegurarme que el desaguisado era cosa suya, le quemaría su furgoneta y/o le mataría los perros…en el mejor estilo siciliano…

Farfulló excusas, entrecortándose, creo que seriamente acojonado, me creía muy capaz y lo hubiese hecho. Dijo que había devuelto el coche a mi casa para que yo no tuviese que ir a Cercedilla a recogerlo (y no tener que verme la cara de paso, pero éso no me lo dijo)…que ellos no tenían nada que ver, que lo sentía mucho… Me imaginé la descarga de llantina y de quejas que debió soportar el pobre desgraciado al llegar la Camionera a su hogar, sweet home. Cuando se me pasó el cabreo decidí creerle y pasar página, así que ni le quemé la furgoneta ni le maté los perros. No he vuelto a verles.

 

 

De Bamako a Tombuctú, o de cómo sobrevivir en el intento

Dejándome liar

Me llama mi amigo Pepe, con 65 años por aquel entonces. Muy viajado, hiperactivo (por no decir otra cosa, como agotador o tocapelotas) e incansable. Que si me apunto a un “viajecito” por Mali para ventitantos días. ¿Y qué le iba a decir?: pues que por supuesto que si. Ya durante los preparativos del viaje me aclaró que buscaba como compañero alguien “no demasiado exigente con la higiene”…como un poco cerdo, vaya. Al principio me mosqueé, pero después tuve que reconocer que tenía razón: a lo largo de aquellos ventitantos días nos sobraron dedos de una mano para contar las poquitas ocasiones en que tuvimos ocasión para asearnos, y éso con el método local de la douche africaine, es fácil traducir: la “ducha africana”…un poco de agua por encima, y además agradecido. De bañeras ni hablamos.

Sólo teníamos cerrado el billete de avión con la Royal Air Maroc, desde Madrid a Bamako ida y vuelta, con la escala en Casablanca. El resto…a nuestra bola. Mi experiencia africana, por lo de cruzar el Estrecho se refiere, se limitaba a haber estado con anterioridad tan sólo una vez en Marruecos. Con posterioridad viajaría a Marruecos unas cuantas veces más, y a Argelia (tres veces), a Mauritania (dos), a Egipto (tres), y algún otro sitio, pero éste era mi primer viaje “africano” de verdad, y lo cierto es que me apetecía bastante.

Aclaración sobre los nombres locales

Sobre las ex-colonias francesas, la grafía de los nombres se ciñe “a la francesa”, cuya pronunciación se parece a la local, aunque añadiéndole un acento agudo, como corresponde a su gramática. Como casi toda la información nos ha llegado a través de ellos, pues así consta en mapas y relatos. Intento siempre que puedo poner los nombres con una grafía lo más aproximada posible al “original”. Así, en vez de Djenné, como suele aparecer, pondré Yéne (como ellos lo pronuncian, con acento llano). En vez de Segou (pronunciado en francés:  Segú), pues pondré Ségu, como ellos dicen. El caso de Tombuctú es especial, ya iréis viendo.

Hasta Bamako…y más allá

cuaderno de mali

(cuadernito donde iba tomando mis notas durante todo el viaje)

Volamos hasta Casablanca. En principio salíamos a la hora de comer, pero casi en el último momento nos cambiaron el vuelo a otro a las ocho de la mañana, con la consecuencia de recoger a Pepe antes de las seis para llegar a tiempo al aeropuerto, que todavía se llamaba sólo Barajas y no, como ahora, Madrid-Barajas-Adolfo Suárez (¡con la caña que le dieron al pobre por todos lados en su etapa política!). Pero lo cierto es que los marroquíes se enrollaron bien y, para compensar el madrugón, nos facilitaron un hotel hasta por la noche, hora de la partida a Bamako. Aprovechamos para descansar un poquito y de paso visitar la espectacular mezquita que han construído, con fondos saudíes, junto al mar. Presumen, y es verdad, que dentro cabe Notre-Dame de París…y me pareció que casi cabía París entera… ¿Grandiosa, en todos los sentidos!, está claro que los saudíes disponen de muuucho dinero. Entre el cansancio del madrugón y que Casablanca tampoco tenía mucho que ver, no hicimos más. Serían como las diez de la noche cuando cogimos nuestro vuelo a Bamako.

Llegamos a Bamako de madrugada, aproximadamente a las dos y media. El aeropuerto internacional de Casablanca es muy moderno y está muy bien, en cuanto a instalaciones, decoración y todo lo demás. El de Bamako ya es otra cosa: bastante desangelado. Mali (o Malí, ex-colonia francesa) es uno de los países más pobres del mundo. Unas instalaciones más que escuetas, estoicas. La cinta de las maletas era una cinta recta de unos diez metros de larga: en un extremo los operarios iban echando las maletas que habían sacado del avión…y que caían por el otro extremo al suelo, tal cual, teníamos que estar al tanto porque se iban amontonando. Pese a la hora que era, aquello estaba lleno de gente. Más tarde me iría acostumbrando, pero había muchos negros (¡normal!), muy buenos mozos, y las mujeres iban envueltas con sus vestidos y sus turbantes, todas diferentes, cada cual con colores más vivos, me parecieron mariposas.

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Pepe tenía un par de direcciones y con un taxi de los de allí nos dirigimos a un hotel. Sencillito, pero apañado. Afortunadamente contaba con aire acondicionado, detalle importante porque hacía mucho calor, un calor espeso y pegajoso. El propietario era de Tombuctú, y cuando se enteró que queríamos ir hasta allí nos dio tarjetas para contactar con sus parientes y colegas, todos te facilitan direcciones para “hacerse valer” y reforzar los vínculos. Luego nos enteramos que a los de Tombuctú no les gusta nada, pero que nada Bamako (días más tarde pude vivir la diferencia), mientras que a los de Bamako no les gustan los de Tombuctú. Algo así como los de Ocho apellidos vascos, sevillanos versus euskaldunes, dos conceptos opuestos de entender la vida. El estrés de Bamako frente a la tranquilidad de Tombuctú. Bamako, ciudad de aluvión donde acuden miles de campesinos empobrecidos y desplazados que se expanden con sus chabolas por la periferia, más de dos millones de personas (no hay censo) y posiblemente más de tres…

Descansamos un poco y ya de día, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad. Si se pudiera definir con una sola palabra sería…abarrotada. Y muy sucia. Lo de pobre venía por añadidura. Nos abríamos paso a codazos por las calles, llenas de gente, de basura, de cartones y de plásticos por todos lados… Los vendedores de CDs, al ver tubabus (blancos) se acercaban y nos querían colocar sus músicos: Alí Farka Touré, el ubícuo Salif Keita, el senegalés Ismael Lö y muchos más que no conocía. Compramos algunos, en general era muy buena música.

El último día en Bamako y ya casi finalizado el viaje, me gané un buen puñetazo en las costillas aunque no era para mí, era para Pepe. Fiel a sus ganas de ir de “listillo”, regateó fieramente con un vendedor de CDs que nos abordó -es su trabajo- hasta el extremo para, al final y cuando el pobre negro aceptó, poner una sonrisilla y darse la vuelta. Craso error, y él lo sabía: en África si entras al regateo es porque te interesa lo que te venden porque si no te interesa, pasas de regatear. El vendedor se sintió lógicamente humillado y por no darle una hostia al “pobre viejo” de Pepe, bajito y canoso, me la dio a mí, que para éso iba con él, que para éso era más joven y para éso era un maldito tubabu de mierda… Pepe iba delante, ni se enteró. Yo sí, por supuesto, pero no quise ni abrir el pico por si acaso todavía me ganaba otro, me aguanté el dolor y tiré p’alante calladito como un chico bueno, lo menos encogido y lo más ligerito que pude. En un banco cambiamos euros por Cefas: el Franco CFA (Franc de la communauté financière d’Afrique), la moneda común a catorce países de las antiguas colonias francesas, 600 cefas por euro, billetes gastadísimos. De repente, éramos ricos con toda esa cantidad de papel.

En Bamako hay muchos hoteles, incluso de lujo. Restaurantes para occidentales o para los malienses ricos, pero había que salir un poco a las afueras donde la influencia francesa en cuanto a la arquitectura se notaba más. El centro era caótico. Había algún museo de arte africano con algunas máscaras, no muchas. Son famosos los dogones (a los que visitaríamos, en el extremo oriental, pegados a Burkina Fasso) como tallistas en madera, pero también los bambara, la población dominante en la zona occidental incluyendo Bamako. Talleres y cooperativas de artesanos dogones bambara en madera por todos lados, que te ofrecían su producción, igual que los vendedores de CDs. Había piezas estupendas pero nos quedaba aún mucho viaje como para empezar cargados con máscaras. Lo cierto es que, más tarde, en el país dogón compraríamos cosas, es inevitable. Con el tiempo me hice un entusiasta del arte africano, y tengo en casa varias piezas muy bonitas. Los bambara eran esos buenos mozos que me sorprendieron en el aeropuerto y me sorprenderían a lo largo del viaje, o como el que me descargó el puñetazo: altos (mujeres de 1,80, hombres de 1,90 y más), muy bien proporcionados y además muy guapos, auténticos modelos de pasarela de moda, tanto ellos como ellas. Hitler se hubiese llevado un disgusto ante esta evidente ventaja de los üntermenschen (de los infrahombres) frente a la raza aria.

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Cruzamos caminando el larguísimo puente sobre el río Níger, atestado como todo de gente que iba y venía y de los ubícuos microbuses, los bachées: furgonetas abarrotadas donde la gente se subía o bajaba en marcha. Según nos dijeron Bamako significa en bambara el vado de los cocodrilos, aunque ya no quedaba ninguno. Volveríamos a cruzarlo para coger el bus.Nuestro destino final era Tombuctú, nos esperaba un largo viaje. Hicimos una única comida en un restaurante libanés de los que vimos varios por la ciudad, los únicos dignos de confianza por alcanzar un mínimo de higiene, y los más serios en cuanto a su funcionamiento. Allí probé por primera vez el “capitán”, una gran perca del río, deliciosa. Los libaneses en Malí marcaban la pauta.

Paseando por la calle dimos con un mercado callejero. En uno de los puestos que debía ser de un curandero y entre polvos, frascos y otros restos de animales vimos en el suelo un par de manos de gorila, tal cual, inconfundibles. Ellos saben que aquello está prohibido y se mosquearon al ver a Pepe con sus cámaras. Pero, viajero avezado por África, disponía de un objetivo con una ventana lateral, un “robafotos” con la que en teoría apuntabas al frente pero realmente estabas fotografiando hacia un lado. Yo me colocaba delante de él haciendo posturitas mientras que Pepe tiró un par de fotos al puesto. Los negros no son tontos, cuando vimos que empezaban a mosquearse de verdad preferimos irnos antes de tener problemas.

Todavía tuvimos un rato de diversión jugando al futbolín en plena calle. Anclados al suelo, un par de grandes mesas de futbolín de hierro y madera, rodeadas de un montón de niños sin una triste moneda para echarle dentro. Pepe, fotógrafo compulsivo, cargaba con dos cámaras y un montón de carretes, aún no se habían popularizado las digitales. Me dijo: ponte a jugar con los chavales… Aquello fue el acabóse: moneda tras moneda, yo jugaba con un “compi” que iba rotando contra otros “compis” que a su vez iban alternándose entre toda aquella panda. Celebrando con grandes risas y voces cada jugada y cada gol (yo el primero, “animado a la afición”, aunque no necesitaban ningún ánimo) y, a todo ésto, Pepe disparando fotos a placer. Cuando nos fuímos aún les dimos un puñado de monedas, por supuesto ni nos dieron las gracias ni se despidieron dispuestos a “fundirse” toda aquella pasta caída del cielo de los tubabus que, como todo el mundo sabe, son ricos…

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A la mañana siguiente, muy prontito, con nuestras escasas pertenencias en sendas mochilas como auténticos “mochileros” a nuestros años, y sobre todo a los de Pepe, nos dirigimos a la estación de autobuses. Aunque en teoría y según un papel informando de los horarios salía uno a las ocho…se había ido media hora antes. Seguramente ya se había llenado y el conductor desestimó respetar el horario, ¿para qué, pensaría?, si ya estamos todos. Nos sentamos en la “sala de espera” donde una pantalla de televisión entretenía al personal y esperamos una hora y pico. Buses destartalados, abarrotados (ya sé que repito la palabra a menudo pero no encuentro mejor definición) de gente, sin reserva de asiento. Nos apretujamos en las “taquillas” para comprar los billetes. Una vez con nuestros billetitos de papel nos hicimos un hueco y comenzamos la travesía.

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En la sala de espera, y un “empujoncito” para arrancar el bus

Por las carreteras de Malí

La carretera era una pista de tierra apisonada con algún amago de asfalto marrón que atravesaba el país dirección Este, entre un paisaje de sabana semiarbolada que fue dejando paso a los aislados baobabs y se iba haciendo gradualmente más árido.. Cada pocos kilómetros el bus paraba en pueblecillos donde subía y bajaba gente, y donde los vendedores ambulantes (chavales y mujeres) ofrecían bolsitas de plástico con cacahuetes o con zumos de colores de frutas desconocidas. A las pocas horas comenzó la “ceremonia del te”…nada que ver con el sofisticado y ritualizado ceremonial japonés donde los invitados, con elegantes kimonos, hacen girar lentamente las tazas en la palma de la mano admirando en voz alta los dibujos de la porcelana…no, nada que ver. Ésto es África. En un momento dado todos los pasajeros colocaron en el pasillo (por supuesto, con el autobús en marcha), a su lado, pequeños hornillos de carbón donde iban cociendo el agua en pequeñas teteras, preparándose su infusión. Lo chocante fue que hasta el propio conductor colocó a su lado su hornillo, encendió el carbón, calentó su agua y se preparó su te, mirando alternativamente a la carretera y a la tetera…Insisto: ésto es África.

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                                                              Parada y vendedores

¡A comeeeeer!

A las pocas horas paramos en un pueblo, Segou según los franceses, Ségu para ellos. Los nativos, muy amables y sonrientes siempre, nos guiaron acompañándonos al “restaurante” por si nos perdíamos (estaba justo al lado de donde paró el bus, a diez metros escasos). Tras unos barrotes, unos empleados te daban un papelito o recibo, o ticket, como queráis llamarlo previo pago, luchando con un montón de negros que se amontonaban y estiraban el brazo por dentro de los barrotes con el dinero hasta que tenían suerte y les daban el papel. Una vez conseguido el recibo y justo al lado, volvías a estirar el brazo para intercambiar el papelito y conseguir el plato de comida. Muy organizado, algo así como el Burguer King donde primero pagas y luego te dan de comer.

A nosotros, por ser tubabus nos dieron gentilmente una cuchara, abollada, roñosa, con huellas de haber sido mordida mil veces. Al resto de la parroquia, nada. Allí, como en toda África, se come con la mano. En el plato desportillado uno de los cocineros echaba un cazo de arroz, y el de al lado otro cazo de “salsa”…una salsa marrón, indefinida, que podía ser chivo, o pollo, o su propio abuelo, imposible saber, aunque al parecer era cacahuete. Una vez en feliz posesión del plato nos apartábamos al lado y te sentabas sobre una piedra o, si no había piedras libres, en el mismo suelo, rodeado de negros tan felices como tú.

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                                             (sin comentarios…mi cara lo dice todo)

Mi amigo Pepe, pese a estar muy viajado, intentó manifestar sus dudas sobre la composición del menú, como si en aquel remoto lugar  hubiese posibilidad de cambiar de restaurante pero -yo ya empezaba a identificarme con el país y con el paisanaje- le convencí fácilmente: Pepe, vamos a comernos ésto que a lo mejor mañana no encontramos ná… y nos lo comimos todo como niños buenos. A todo ésto los negros que nos rodeaban, siempre risueños y encantados de poder compartir el momento de la comida y charlar con unos tubabus distinguidos como nosotros, reforzaban sus argumentos (por supuesto no nos enterábamos de nada pero sonreíamos mucho también) apoyando sus manos en nuestros hombros…manos llenas de restos de arroz y de salsa…

Seguía apareciendo más y más gente para comer, debía ser la hora, o allí siempre es la hora. Unos niños iban recogiendo del suelo los platos vacíos que iban dejando tirados en cualquier lado los que ya habían comido. El sistema de limpieza era impecable: en un enorme barreño lleno de agua sucia y jabonosa, otros niños los sumergían una vez: ¡zas!, sin soltarlos, y se los pasaban a los niños de al lado, donde en otro enorme barreño lleno de agua igualmente sucia y jabonosa los aclaraban con un sólo pase: ¡zas!, y directamente se los pasaban a los cocineros que, inmediatamente, los rellenaban con más cazos de arroz y de salsa.

Viendo aquello y una vez vencidas sus reticencias, Pepe y yo nos reímos acordándonos de una amiga común de la que decir hiperescrupulosa es decir poco, imaginándola en esta tesitura (¡se hubiera muerto de hambre antes que ni siquiera coger el plato!), y yo pensé qué hubiesen podido improvisar aquí cocineros estrella tales como Arzak, Ferrán Adriá o Sergi Arola, por ejemplo, con tan pobres ingredientes y tan escasos medios.

Nuestro camino en esta primera etapa acababa en Moptí, (aunque ellos dicen Móti) puerto fluvial y gran mercado de la zona. Nos hubiese gustado detenernos en Djenné (aunque ellos no lo pronuncian en francés, con acento agudo, sino “Yéne“, con acento llano), antigua capital, con su gran mezquita de estilo sudanes, pero nos pillaba un poco apartada y habíamos decidido ir directos a Tombuctú. Llegamos a Mopti ya atardecido, casi de noche. Desde Bamako la distancia era de unos 650 kilómetros. En España hubiesen sido seis u ocho horas de coche pero en Mali las carreteras no son buenas y los transportes tampoco, habían transcurrido unas catorce horas desde la partida.

El hotel Byblos de Sevaré

Muy cerca de Moptí está Sevaré, algo más “residencial” y en todo caso menos caótica que Moptí. Localizamos un hotelito libanés, el Byblos (aún guardo la tarjeta), gestionado por una madre, Laila, y por su hijo del que no recuerdo el nombre. Ambos muy agradables, nos hicimos muy amigos. Llevaban allí más de veinte años y el hijo regentaba un almacén de todo: comida, telas, aperos de cocina, de labranza…todo lo necesario. El Byblos estaba todo lo limpio que era de desear y, sobre todo, disponía de un gran jardín con mesas lleno de plantas y flores por donde correteaban sin que nadie les molestase unas salamanquesas enormes, ideales para comerse los insectos.

Nos gustaba y nos quedamos allí dos noches (volveríamos en dos ocasiones). La primera cena, era ya tarde, fue improvisada. Para la segunda cena organizamos entre los cuatro, trufados de nostalgia como en el tango, una cena “mediterránea”. Pepe, viejo diablo, hice buen uso de sus enseñanzas en viajes posteriores, me indicó que en el escueto equipaje metiese una botella de tinto y alguna lata de sardinas. Él también llevaba algo “español”: una barra de turrón que aportamos a la cena, junto con el rioja y las sardinas. Laila preparó una rica ensalada con tomate y pepino, queso blanco que ella misma preparaba, unas croquetas de carne y humus de garbanzos al estilo libanés, pollo y pescado y, sobre todo, ¡sorpresa!, sacó de no sé dónde…¡aceitunas aliñadas!, que nos hicieron sentir como en Andalucía…Llevábamos tan pocos días lejos de España pero nos sentíamos ya tan lejos (y lo estábamos), que a punto estuvimos de que se nos escapase un lagrimón (sí: de nuevo como en el tango). Fue una cena de lo más agradable.

Hace un año escaso, con ocasión de la ofensiva yihadista desde Tombuctú, me pude enterar por el periódico que hubo un altercado por parte de AlQaeda en Sevaré. Justo, en el Byblos. En Agosto del 2015 , varios terroristas se atrincheraron por la noche en el hotel tomando rehenes, y resistiendo el cerco de las tropas del ejército maliense durante venticuatro horas. Aquello acabó saldándose con doce muertos: cuatro terroristas, cinco soldados, un rehén occidental y dos empleados del hotel. No pude por menos de acordarme con mucha pena de lo a gusto que me sentí allí y de la gentileza de los dueños, así como de la amabilidad de los empleados de los que aún recuerdo el nombre de algunos: Fadimata, o Usmán. Cuando nos fuimos, además de la propina, les regalamos algo de ropa. Espero que no les pasara nada.

Paseando por Mopti

Moptí es un puerto fluvial muy activo sobre la confluencia de los ríos Níger y Bani. De aquí parten los barcos dirección Tombuctú y, más allá, hasta Gao…cuando la sequía no ha hecho bajar en exceso el nivel del río. Pero aproximadamente a unos 80 kilómetros de Mopti el río se ensancha formando un lago enorme, un delta interior realmente: el lago Debo, por el que casi pareces navegar por el mar. Sacamos billetes de tercera. No ví los camarotes de primera (para dos personas, con baño) ni de segunda, con dos literas. Ir en cuarta suponía buscarte un rincón de poco más de un metro cuadrado en cubierta sobre el que extender una estera y sobre la que descansar con tu familia y cocinar, los días que durara tu travesía.

Dimos un paseo por Mopti. En las orillas, multitud de canoas, más conocidas como pinasses (en francés) o pinazas, aunque allí los nativos las llaman gaal. Hechas con un tronco de árbol ahuecado las más pequeñas de 6 u 8 metros, las grandes (hasta 20 metros o más) a base de tablazón. Son todas muy estilizadas, planas, de proa y popa puntiagudas, se utilizan para todo, son los taxis, las furgonetas o los camiones en esa autopista fluvial que constituye para los nativos el río Níger. Algunas escuetas en su negra madera, otras en cambio muy decoradas con motivos geométricos, incluso con su nombre pintado. Para llevar pasajeros, con un entoldado para proteger del sol…para cargar forraje, madera, material de construcción, ganado, comida, para pescar…en constante movimiento.

 

Curioseamos por los “astilleros”. Allí las construían o reparaban. Agachados en el suelo, los herreros: con un minúsculo fuego de carbón, forjando clavitos obtenidos de recortar latas de conserva o tiras de metal…en África no se tira nada. Al lado, el mercado. Apenas podíamos caminar entre cestos y cestos de mimbre con verduras pero, sobre todo, con la gran riqueza del río: pescado enroscado secado al sol, de todas las especies. Como más llamativo algún gran ejemplar de “capitán” (para los curiosos: Lates niloticus) que despierta siempre gran expectación y genera corrillos a su alrededor, una especie de perca que puede alcanzar hasta los dos metros de longitud. Más allá, telas, barreños y cubos de plástico (chinos) y grandes recipientes de barro. Nos acercamos a ver la mezquita. De origen sudanés y bastante grande, ya nos advirtieron que los occidentales no podían ni acercarse. Un marabut o santón se empeñaba en quitarles las cámaras a los turistas que se acercasen demasiado.

Mopti está en una encrucijada de caminos y podías encontrarte en el mercado a casi todas las etnias de Mali, reconocibles por sus sombreros, por sus turbantes, por su ropa o por su constitución física. Por doquier los bozos, los habitantes de las orillas del río, dedicados a la pesca, muy negros y de cabeza redonda. Los fulani, ganaderos nómadas, altos y estilizados, de piel apenas morena, con unos característicos sombreros cónicos de paja que me recordaban a los de los chinos. Los ubícuos bambara, altos y fuertes. Los dogones a los que visitaríamos en breve. No vi ningún targui (singular de tuareg) pero a ésos me hartaría de verlos en su zona, en Tombuctú. Algún shongai (ellos pronuncian sorrai, los franceses guturalizan las “erres” y luego lo escriben así, con diéresis en la “i” además para no pronunciar songué) aunque estaban lejos de su territorio, por Gao, más allá de Tombuctú. Como se suele decir típicamente, un crisol de gentes…pero es que era verdad, allí había de todo…hasta un par de tubabus como nosotros, para darle color, aunque fuese de un tono pálido…

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Al País Dogón

Tombuctú llevaba allí más de mil años y no se iba a mover, y dado que Moptí no estaba lejos del País Dogón, a unos ochenta y tantos kilómetros, decidimos postergar por unos días la llegada a Tombuctú y visitar antes a los dogones. Con la ayuda de los libaneses del Byblos contratamos un propio con coche que nos acercaría hasta lo alto de la falla (accidente geográfico, no confundir con el espectáculo pirotécnico típico valenciano) de Bandiágara y que nos recogería días después al final del recorrido.

El camino era lo clásico: una carretera recta de tierra apisonada en un paisaje muy árido. El coche, nada de 4×4: un Peugeot ya bastante viejo. A la mitad del recorrido pinchó una rueda. Por ayudar, y una vez calzado el coche sobre piedras (sobra decir que no llevaba gato) saqué la rueda del eje. Me pinché las manos: la cubierta estaba tan desgastada que sobresalían los alambres. Como pude ver ésto era lo habitual. En las calles y caminos podíamos encontrar numerosos “talleres de reparación” de ruedas, que consistían en un montón de ruedas apiladas de diferentes tamaños, alguna valdría. Un par de palancas para sacar la goma “in situ” y un bote de caucho para taponar agujeros. Y p’alante. Ésto es África.

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Los dogones son una de las tribus que más curiosidad despiertan entre los occidentales. Su economía es agrícola, cultivando sobre todo mijo, sorgo, algo de arroz y cebollas (introducidas por los franceses). Y aunque van, poco a poco, islamizándose y cristianizándose, siguen siendo mayoritariamente animistas. No me voy a extender mucho porque hay abundantes trabajos sobre sus ritos, basados en la observación de los astros y su identificación con numerosos animales, y sobre todo con sus festivales en los que lucen una gran variedad de máscaras, cada una con sus significado. Los dogones son famosos como tallistas de madera con la que no hacen sólo sus famosas máscaras, sino también puertas y ventanas, profusamente decoradas.

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Estos dos dibujos y otros más se los compré a un chaval dogón que representaba muy bien parte de sus máscaras tribales

Viven pegados a lo que se conoce como la falla de Bandiágara: un precipicio de hasta trescientos metros de desnivel (200 de media) y a lo largo de doscientos kilómetros de extensión, creando un paisaje espectacular. Sus aldeas se reparten desde el nivel superior hasta el inferior, a la que se puede bajar por algunas sendas escarpadas y, a lo largo de la pared, sus almacenes, cementerios y refugios. Al parecer, los dogones se refugiaron en la falla huyendo desde el occidente de Mali de la islamización forzosa, hace unos mil años. Allí se encontraron con un pueblo, los tellem, de los que tomaron parte de su tradición, y éstos a su vez de una tribu anterior, los hombrecillos rojos, posiblemente la población africana más primitiva, de la que nos han quedado restos como los bosquimanos de Sudáfrica.

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La Falla de Bandiagara. Abajo se pueden distinguir las chozas. En medio, las cuevas

Los dogones y la estrella Sirio

Una de las cosas que más han asombrados a los occidentales es su cosmogonía. Los dogones, agricultores primitivos, sin ningún tipo de instrumento, ni siquiera un triste catalejo, describen a la Luna como “seca y estéril”. Hablan de los anillos de Saturno y de los cuatro satélites de Júpiter (aunque hoy día se hayan descubierto hasta nueve). Pero es Sirio la que más expectativas ha despertado. Los dogones celebran un festival en su honor cada sesenta años. Sirio es la estrella más brillante visible desde la Tierra por su proximidad, desde la constelación de Canis Maior (el Perro Grande), lo que ha motivado mitos en muchas culturas. Los antiguos griegos ya le achacaban el causar la rabia en los perros.

En una fecha tan precoz como 1718 el astrónomo, físico y matemático inglés Edmund Halley (el que dio nombre al cometa) observó que la trayectoria de Sirio en el firmamento, más notoria al ser más próxima, no era rectilínea sino que describía “eses”. En 1844 el astrónomo y físico alemán Friedrich Bessel dedujo que la trayectoria de Sirio se veía afectada por otro cuerpo, invisible debido al intenso brillo de la estrella, al que llamó Sirio-B o “el cachorro” (por aquello de la constelación  Canis Maior). Hubo que esperar a 1862 cuando ya, con telescopios más potentes, se pudo contemplar a Sirio-B, una “enana blanca”, de menor brillo pero con un gran poder gravitacional, lo que explicaba la trayectoria sinusoidal de Sirio-A. Aún en 1995 dos astrónomos franceses hablaron de una tercera estrella en el sistema Sirio: Sirio-C, una enana roja de intensa atracción sobre Sirio-A, aunque en el año 2011 se descartó su existencia.

Pues bien. Los dogones cuando se refieren a Sirio siempre dicen: sólo vemos una, pero caminan tres juntas…afirmación cuanto menos, asombrosa para nosotros. Teorías hay para todos los gustos: desde los que afirman que desde los años 20 del siglo pasado el contacto con los europeos les “informó” de detalles como éstos, de gran interés para ellos, hasta los que creen que los extraterrestres visitaron a los dogones tiempo ha, transmitiéndoles sus conocimientos…Es cuestión de fe que, como todo el mundo sabe, consiste en creer lo indemostrable. Allá cada cual.

Trekking por el País Dogón

Pepe y yo llegamos, pinchazos aparte, a la parte superior de la falla. Allí los dogones están a la caza del turista. Aparte de ofrecerte artesanía te ofrecen/obligan a coger un guía local para acompañarte, cosa que hicimos, es barato y siempre facilita las visitas. El nuestro en concreto se llamaba Chiquén…cuando le dije que “Chicken” significaba pollo en inglés se rió pero ya lo sabía, por visitantes anglosajones a los que había guiado otras veces.

Previamente en Moptí y aconsejados por los libaneses del Byblos compramos en el mercado una bolsa de nueces de cola, auténtica golosina para ellos, con las que obsequiábamos a los jefes del poblado o a la gente “importante” con la que tropezábamos. Pepe, zorro viejo y viajado, llevaba  siempre tabaco para ofrecer en el momento de los saludos: todos aceptaban y “distendía” el ambientillo. Por aquel entonces yo no fumaba, más tarde cogí el vicio, y no me olvidaba de llevar tabaco de sobra para ofrecer en los campamentos nocturnos del desierto. Ya se sabe: los tubabus (o los perros infieles) son ricos.

Antes de bajar nos enseñaron junto al borde del precipicio una casa que habían regalado al pintor mallorquín Miquel Barceló y en la que había vivido a temporadas, en su periodo maliense. Barceló les llevó muchos medicamentos y otras cosas necesarias y le tenían en gran aprecio, aunque se quejaban de que hacía tiempo que no les visitaba. Desde allí arriba, la vista era espectacular: el cortado se extendía, vertiginoso a derecha e izquierda. Abajo, un paisaje de sabana muy arbolada con numerosos baobabs y allá, un poquito más lejos en zona de dunas, la frontera con Burkina Fasso: “el país de los hombres dignos”, conocida bajo el dominio francés como Alto Volta.

Bajamos por una escarpadura, una grieta en medio de la falla por donde había que caminar con mucho cuidado, aunque ellos están acostumbradísimos. De hecho nos cruzamos con un dogón que llevaba una vaca del ramal. Una vez abajo, comenzamos a andar por un sendero más o menos pegado a la pared de la falla. Cada vez que nos cruzábamos con alguien, el guía soltaba una retahila de saludos entrecortados con los de la parte contraria. ¿Qué le preguntas?, le dijimos (en francés). Le pregunto por sus padres, por los hijos, por la salud y por el trabajo, y ellos contestan “bien, bien, bien, bien”. Tomé nota de la costumbre del saludo, general en Malí, y lo utilicé más tarde en el barco, en Tombuctú y hasta con los taxistas de Bamako, aunque en francés: Ça va les parents?-Ça va-Ça va les enfants?-Ça va-Ça va la santé?-Ça va-Ça va le travail?-Ça va…. todo muy rápido.

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Acuarela in situ con mujeres dogonas volviendo de recoger mijo, todas con su niñito a la espalda. No es “un” Barceló pero a mí me gusta

Estuvimos tres días de trekking por el País Dogón. Caminatas de 15 o 20 kilómetros por la mañana. Luego por la tarde y tras la comida (a base de arroz) y la siestecilla inevitable, unos diez más. Cruzándonos con los campesinos que venían de los campos de mijo, todas las mujeres con un niño sujeto a la espalda, en el hatillo. Lo cierto es que no nos hacían apenas caso, mitad por discreción y mitad por timidez, no parecíamos llamarles mucho la atención, aunque nos saludaban cordialmente. Hacía calor y el agua era de pozos, por lo que añadía a nuestras botellas pastillas potabilizadoras por si acaso, no valía la pena correr el riesgo de una diarrea en un sitio tan aislado. Sólo vimos un par de motos. Lo demás, algún carro tirado por burros…

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Esta foto fue un “robado” como dicen los famosos, una foto a traición por parte de Pepe…no es lo que parece, puedo explicarlo…estoy a punto de darme una douche africaine

Al llegar a las aldeas por la tarde, nos presentábamos al jefe y tras el saludo ritual y regalarle varias nueces de cola preguntábamos a ver si había suerte, por la cerveza, llegábamos sedientos…A veces había suerte, había nevera, e incluso había un par de cervezas que nos bebíamos con delectación. En alguna ocasión se nos había adelantado un alemán o un inglés que se las había bebido todas. Y en un par de aldeas, compartiendo la cena a base de arroz y pollo, nos ofrecieron cuencos con la cerveza local, de mijo. Estaba buena, o al menos nos sabía muy rica. Dormíamos al fresco…poco fresco, porque hasta de noche hacía calor, sobre la terraza plana de las casas, a donde subíamos por la típica escalera dogona: un tronco de árbol con los peldaños tallados. Las noches discurrían amenizadas por rebuznos, cantos de gallo y el contínuo sonido de las mujeres moliendo el mijo o el arroz en los bidon, los cubos de madera…y suavemente arrullado por los ronquidos de Pepe..

Siempre cercanos a la pared del precipicio. Veíamos allá arriba, en pleno cortado, cuevas u escondrijos. Había que ser muy hábil y muy buen escalador para acceder a esos huecos de tan difícil acceso. Supongo que directamente trepando, no me imagino que dispusiesen de cuerdas y, mucho menos, un mínimo material de escalada. Pero está claro que los utilizaban para todo. Y en general, poca gente. En alguna aldea tropezamos con un pequeño mercadillo, nada que ver con el tráfago de Moptí ni con el barullo de Bamako. Sitio tranquilo, y lejos de todo, el País Dogón. Llegamos al final de nuestro trekking y volvimos a trepar por otra grieta, procurando no mirar para abajo porque, la verdad, aquello estaba alto de verdad y en algunos pasos daba “miedito”. Ahora que no me oye, Pepe tuvo un par de momentos en que lo pasó visiblemente mal, aunque nuestro guía “Chicken” estaba siempre al quite, dispuesto a ayudarle. Se hubiese agradecido un arnés, o una cuerda, pero ésto es lo que tocaba: agarrarse con las uñas. El que vale, vale. La primera ascensión al Naranco de Bulnes la hicieron dos asturianos con alpargatas y cuerdas de esparto, y llegaron. Estando en plena subida dificultosa por la grieta recordé lo que me contaron abajo, en una de las aldeas: que la nevera de donde sacaron nuestras cervezas la habían bajado a lomos de un nativo por una grieta como ésta.

Una vez arriba nuestro chófer nos esperaba puntual, donde habíamos quedado. Nos despedimos de nuestro guía, con propinilla incluída, y aún compramos artesanía de madera en la cooperativa más próxima, hubiese sido literalmente imposible escapar del País Dogón sin llevarnos algo. Y ya, sin pinchazos extras, volvimos a nuestro segundo hogar en Mali, el hotel Byblos, con nuestros amigos libaneses. Próxima estación: Tombuctú.

En barco por el Niger

El barco era digno de una película de tahures por el Mississipi, sólo le faltaban las paletas a los lados. De la compañía estatal Comanav (Compagnie Malienne de Navigation, no hace falta que os lo traduzca). Pintado, repintado y vuelto a pintar cien veces. No muy grande, podía tener veinte metros de eslora. Tres plantas. En el “entresuelo” la sala de máquinas, un coche que habían metido no se cómo, y los camarotes de tercera, los nuestros. En la segunda planta los camarotes de segunda, con dos literas. Y en la planta superior, el bar-restaurante y los camarotes de primera, con dos plazas y baño particular. El barco, como todo en Mali, abarrotado de pasajeros y de sacos: de arroz, de carbón y de más cosas. Como en el horror vacui: no había un rincón vacío.

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                                        El barco. Un crucero de lujo

Nos dirigimos como los buenos chicos que éramos a tomar posesión de nuestro camarote de tercera: cuatro literas de hierro de tres pisos con unas colchonetas de gomaespuma finitas y bastante estropeadas. Compartíamos el camarote con un soldado (no se quitó las botas en todo el viaje ni para dormir, creo que lo agradecimos, sobre todo los tubabus), un par de tipos y unas mujeres. En el suelo y sobre una estera cinco niños de entre uno y dos años que al tocarles ardían, las mujeres nos contaron que tenían malaria (primera causa de mortalidad infantil en África). El camarote era pequeño y estábamos un poco apretados, nos movíamos como podíamos. Escogí la parte superior de una de las literas que estaba libre. La cara me quedaba como a un palmo escaso del techo de hierro. Cuando me fui a subir a mi sitio, a los compañeros de camarote les faltó tiempo para decirme, alarmados, que pusiese una estera o algo. Efectivamente: la colchoneta tenía un olor sospechoso a vómitos mezclado con orines y fritanga. Las mujeres, por supuesto, cocinaban con sus perolos y su hornito de carbón en el estrecho camarote.

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Nuestro camarote era el que estaba más a proa. Por delante y sobre una pequeña plataforma al exterior estaba “la granja”: dos caballos, un ternero, dos o tres ovejas y alguna gallina, todos en feliz comandita, como nosotros en el camarote. En una de las paradas bajaron a uno de los caballos, por el expeditivo método de levantarle entre varios y tirarle por encima de la borda al muelle, método sin duda más fácil que hacerle pasar por los estrechos pasillos y puertas ( no sé cómo lo meterían). Llevábamos ya un buen rato en el barco pero seguía amarrado. La hora de partida, supuestamente y según el horario previsto era a las siete y media de la mañana, pero al final salimos a las diez y pico. Cuando al capitán le pareció que había llegado el momento, sonó la sirena y partió. El retraso, por supuesto, no pareció inquietar a nadie. Salimos a dar una vuelta por el barco, aunque la misma idea debía tener todo el pasaje porque aquello era un contínuo movimiento de personas subiendo y bajando por escalerillas y pasarelas, a todas horas, tampoco había nada especial que hacer. Como Pepe había trabajado con motores, le faltó tiempo para enrollarse con el patrón para hablar de caballos (de vapor) y detalles técnicos.

Fuimos viendo alejarse la orilla y con ella, a Moptí. La travesía hasta Tombuctú o, mejor dicho, hasta su puerto de Kabara, eran tres días con dos noches. Íbamos viendo pasar las orillas, al comienzo todo era muy verde, árboles en las orillas, las islitas llenas de cañaverales, aldeas de pescadores, pinazas de vez en cuando, alguna pequeña población un poco más grande, gente por las orillas… La travesía era muy tranquila. Aparte de nosotros dos sólo había otros seis tubabus más: cuatro franceses y dos mujeres belgas ya maduritas, muy educadas pero a las que apenas vimos en cubierta, lo mismo que a los franceses, debían ocupar seguramente alguno de los camarotes de primera o de segunda clase -sin duda más confortables que el nuestro- y salían muy poco, no como nosotros, que estábamos todo el tiempo en cubierta. Hablábamos en francés con la gente y debíamos ser bastante populares, por lo exóticos (para ellos). Cuando Pepe quería hacer fotos a los niños o alguna vez que cogí uno en brazos, los pobres ponían cara de miedo y lloraban, asustados por aquella “blancura” tan extraña para ellos.

Por el barco, el mismo trasiego de gente, como si fuésemos a algún lado, alguna cita urgente. Algunos habían instalado pequeños tenderetes donde vendían de todo, desde aspirinas a comida o ropa. Una pequeña ciudad en movimiento. Pepe, infatigable, seguía haciendo fotos. Al día siguiente el río se ensanchaba: entramos en el lago Debo.Perdimos de vista las orillas aunque seguía habiendo islitas, cañaverales y pescadores. Yo me había llevado un bloc de papel de dibujo y una cajita de acuarelas con las que me entretenía, de vez en cuando, sentado en las pasarelas superiores, pintando el paisaje.

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En una de esas un niño, aburrido, se sentó mirándome a una distancia prudente, como a tres metros. Como no le decía nada se fue acercando a aquel tubabu que hacía cosas raras, imperceptiblemente, muy poco a poco mientras yo le veía por el rabillo del ojo. Cuando estaba a un metro le sonreí y le enseñé la acuarela. Se plantó ya junto a mí, y cada vez que pintaba una pinaza, o una palmera, o una casita, se la enseñaba y se ponía a reir. Por supuesto el chaval no hablaba francés. Le intenté preguntar por su origen: ¿Bambara?…se rió y negó con la cabeza. ¿Sorray?…Lo mismo. Él mismo me aclaró: Bozo, la etnia de los pescadores del río. Al final metió la cabeza justo encima de los papeles, impidiéndome ni mover el pincel.

Ya sobrepasado el lago Debo, el barco cada tres o cuatro horas hacía paradas que duraban de diez a veinte minutos, en pequeños poblados con embarcadero. De repente un frenesí agitaba a la tripulación como un hormiguero, el movimiento de la tripulación era digno del puerto de Nueva York: mucha gente que bajaba o que subía al barco, cargando o descargando sandías, muchas sandías (pastèque, en francés). Aprovechábamos para pisar tierra firme y Pepe para disparar más fotos. No era nada raro (es más: era lo normal) ver pegados al embarcadero un tipo que lavaba con jabón a una cabra, al lado de otro que lavaba la moto, y al lado una oveja muerta e hinchada, y al lado una mujer cogiendo el agua turbia del río para cocinar y, entre todos ellos, montones de niños bañándose y atentos como gorriones para cuando una sandía despistada se caía al agua, saltar y comérsela.

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El paisaje, poco a poco, se iba haciendo cada vez más árido. En las orillas, menos vegetación, si acaso una línea de cañaverales junto al agua. Más allá, el desierto de dunas. El pasaje seguía su rutina. Por la mañana nos lavábamos los dientes con nuestro cepillo…nosotros y los nativos más occidentalizados. El resto usaban unos palitos rojos fibrosos con los que dejaban sus dentaduras blancas e impecables. Cuando hablaban con nosotros -o entre ellos, no era que les diésemos asco- escupían constantemente por la comisura, siempre hacia el río, a donde se tiraba todo: papeles, restos de comida, basura de todo tipo…y de donde las mujeres cogían el agua para cocinar. Al menos la hervían.

Diarrea en el Níger. Perdemos a Pepe

La parada anterior fue en la aldea de Nianfunké, la patria chica del músico Alí Farka Turé, según me informaron los siempre sonrientes compañeros de pasaje, una de las celebridades de Mali. Farka =  burro, en sorrai, me aclararon. En la cantina del barco comíamos alguna cosa, sobre todo arroz y pescado. La tónica en Mali era comer una vez al día. Cometí la temeridad de probar una ensalada, atraído por la buena pinta de los tomates y las verduras, aunque sabía porque lo había visto y era lo natural, que lavaban la verdura con el agua turbia que cogían directamente del río. Al cabo de una hora empezaron a sonarme las tripas de forma alarmante, y a sentir la urgencia de evacuar todo aquello. Los servicios de tercera clase estaban bien señalizados: Toilettes 3éme. classe… cuatro cabinas metálicas con un  orificio en el suelo (que daba directamente al río, por supuesto, nada de empaquetar como en los aviones) y un grifo en la pared a medio metro del suelo, para limpiarse como se estila en África: con agua y con la mano izquierda, la impura (con la derecha se come). Justo en ese momento el barco hacía una de sus paradas. Más tarde me enteré del nombre del pueblito: Tonka, jamás se me olvidará.

No quisiera parecer en exceso escatológico, si a alguien le molesta que se salte este capítulo, pero fue uno de los recuerdos más intensos del viaje. Afortunadamente había un baño libre porque la cosa se estaba poniendo ya urgente. Me encerré en la cabina, acuclillado como corresponde, y aquello fue el acabóse, el Apocalipsis con sus cuatro jinetes, la caja de Pandora abierta y la central de Fukushima, todo junto y me quedo corto. Sólo decir que salpiqué casi hasta el techo, pero me quedé muy a gusto. Primer susto: al darle al grifo, no salía agua. El barco había parado el motor (no se oían) y no funcionaban las bombas. Segundo susto: contra mi previsora costumbre no llevaba ni un triste papel en el bolsillo con el que limpiarme. Mi mano izquierda ya estaba bastante sucia, y aún me tuve que subir los pantalones (con la mano derecha, la “pura”) con todo “aquello” allí, maldiciendo la verdura, a la compañía naviera, a la paradita del barco… cagándome en todo como se suele decir, y nunca mejor dicho.

Cuando salí de la cabina no tuve más remedio para irme limpiando la mano izquierda que irla restregando contra los numerosos sacos de arroz que se apilaban en cubierta, dejando algo así como la bandera catalana, pero en horizontal… Para aquellos que no lo sepan, el origen legendario de la senyera vino de cuando el rey Carlos el Calvo mojó sus dedos en la sangre de las heridas de su súbdito Wilfredo el Velloso, pintando las cuatro rayas rojas en su escudo… Bueno pues algo así, pero ni con sangre ni en un escudo. Me acerqué hasta el camarote, caminando un poco como John Wayne en las pelis de vaqueros, ligeramente entreabierto de piernas, y con habilidad y tan sólo la mano derecha, al estilo del manco de Lepanto, saqué papel higiénico de mi mochila, hice una bola y con discreción me limpié lo mejor que pude. El pegote de papel, por supuesto y como corresponde, dada la ausencia de papeleras, fue derechito al río. El barco se puso en marcha y con los motores las bombas. Pude colarme en una toilette 2éme classe y en la intimidad de la cabina, limpiarme mejor la mano y la entrepierna, y quitarme los calzoncillos que, como todo lo sucio del barco, acabó en el río.

Me esperaba otra sorpresa. Los negros me preguntaban, más sonrientes que de costumbre: Et Pepé, et Pepé, et ton ami?…(¿Y Pepe, y Pepe, y tu amigo?)… ¡Y yo que sé!, les contestaba en español y con mala leche, estará por ahí haciendo fotos…. Pero no estaba haciendo fotos. Ya, muertos de la risa: Pepé, il a resté en terre! (¡Pepe se ha quedado en tierra!)…¡¡¡¡Quéééé!!!. Miré por la borda de babor (la del lado izquierdo), hacia el pueblecito, que se iba viendo cada vez más lejos. Recuerdo que lo primero que pensé fue: ¿Qué le digo a Lupe? (a su mujer). Corrí a hablar con el capitán que pasó ampliamente de dar la vuelta. Debió pensar: …estos tubabus están gilipollas, ¡haber estado atento!… Desde aquella mísera aldea hasta la siguiente igual habría más de treinta y cinco kilómetros. Y por una pista de arena por la que habría que ir en un 4×4…si lo encontrabas.

Me enteré más tarde por Pepe que, en aquella bendita parada, con su escasísimo francés y su ignorancia absoluta del negro, “había” entendido que el barco iba a parar media hora, cuando no paró ni diez minutos. Así que se bajó al pueblecillo con su cámara para hacer unas fotos. Cuando con su cachaza le pareció bien y volvió al embarcadero, lo encontró vacío. Lo primero que pensó: Me he debido confundir de puerto…¡como si aquello fuese Hamburgo!… Lo segundo, rodeado de entusiastas y risueños nativos, vio en la lejanía el barco, cada vez más lejano, valga la redundancia.

Ahí Pepe demostró su capacidad de supervivencia. No llevaba más que su cámara, ni un euro ni un triste cefa encima. Así que lió a unos de una pinaza ofreciéndoles su reloj para alcanzar el barco. Los buenos mozos le dieron al remo con un brío digno de las tradicionales regatas entre Oxford y Cambridge pero, aunque el capitán, gentilmente, al menos redujo la marcha, era mucha diferencia entre los nudos que marcaba el barco y la velocidad que podían conseguir a remo, así que aprovechó que pasaba otra pinaza más grande y con motor para señalarle el barco y decirles que le acercasen. Bien, debió pensar para sí el patrón, la ocasión la pintan calva y los tubabus, como todo maliense sabe, son ricos, muy ricos… Argent, argent, de la monnaie!… (¡Dinero, dinero!)…Ésto lo entendió Pepe. Y señalando el barco dijo: Dans le bateau! (¡En el barco!)…y para allá que enfiló el patrón de la pinaza a motor.

A todo ésto, en el barco estaban encantados. De una travesía aburrida, de repente el incidente supuso pasar a una gran animación. Casi toda la tripulación asomada a babor, agitando la mano o aplaudiendo y gritando al unísono: Pe-pé, Pe-pé!!,  como si animasen a su futbolista favorito. Por su parte, “Pe-pé”  gritándome a mí desde la canoa: ¡Trae dinero, trae dinero!… El patrón de la pinaza fue abarloándose al barco, estirando a su vez el brazo para coger el billete de veinte euros que le pasé (¡un dineral, para ellos, le salió bien la jugada!) porque hasta que no lo cogió no dejó que cogiese de la mano a Pepe. Tiré de él y subió al barco.

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Pe-pé pidiendo dinero y el patrón a su lado, dispuesto a cogerlo antes de soltarle

En aquel momento me dieron ganas de estrangularle y devolverle al río a ver si se lo comían los cocodrilos pero, por no darle explicaciones a “su Lupe”, bien que me contuve. Si Pepe ya era conocido en el “bateau”, ahora era superpopular. Recién subido al barco mantuvo su sempiterna sonrisa aunque noté que se había quedado algo  pálido, y no era malaria precisamente. Todos quisieron saludarle -y de paso a mí, “el amigo de Pe-pé”, dando la mano a todo el pasaje, del capitán al último mono. De la emoción, hasta nos invitó en el bar a una cerveza a mí, al cocinero y a un par de íntimos, entre los que ya se contaba Ibrahim. Cuando, de vez en cuando “Pe-pé” se iba a dar una vuelta y le perdía de vista me bromeaban algunos compañeros del pasaje: Oú est Pepé? (¿Dónde está Pepe?), a lo que yo les contestaba -en francés- Como vea que se baja del barco le tiro una piedra, lo que celebraban con grandes risotadas (¿os he dicho que los malienses son muy risueños?)

De entre toda la gente con la que charlamos en los tres días de travesía en el barco, y tres días dan para mucha vida social en un espacio tan reducido, conocimos a un chaval muy majo que nos invitó amablemente a su casa en Tombuctú: Ibrahim Oyahit. Ibrahim era de la etnia bela, lo que en sí no es ninguna etnia concreta, como sí lo son los dogones, bambara, shongay, fulani, etc. Los bela agrupaban a los antiguos esclavos negros de los tuareg. Y al igual que, como por ejemplo en Mauritania los haratin o, eufemísticamente, “moros negros”, los antiguos esclavos de los árabes y bereberes, mantienen relación de clientelismo con sus antiguos amos, en los territorios tuareg, los bela siguen manteniendo vínculos de dependencia con éstos.

En Tonka, aldea inolvidable ya para siempre, subieron al barco dos norteamericanas jovencitas. Una de ellas, Sara, además de su inglés nativo, hablaba un buen francés y algo de español, ya que según nos contó vivía en San Francisco y allí hay mucho mejicano. Nos contaron también que viajaban por el río en pinaza pero que el patrón las había dejado tiradas en Tonka, sin más explicaciones (algo tiene Tonka que pierde a sus tubabus). Eran bastante aventureras: habían estado en Níger (el estado, no el río) cuatro meses y ahora se disponían a viajar por Mali durante un mes más. Como todos los camarotes estaban repletos iban a dormir, a base de cabezadas, en el bar-restaurante, donde la música siempre estaba bien alta. Aún hicimos otra parada, antes de la última noche en el río, donde se bajaron tres personas de nuestro camarote. La ocasión y el lugar lo aprovecharon tres franceses que acababan de subir, uno de ellos una chica que trabajaba de médico en París y que atendió a uno de los niñitos con malaria. La verdad es que me dejó sorprendido de lo eficientemente que atendió al niño, ante la mirada agradecida de la madre.

Por fin, Tombuctú

Ibrahim se dedicaba en Tombuctú un poco al sector turístico y como tal, con una mezcla de hospitalidad y para hacer algo de negocio, nos “adoptó”, pero no era una persona interesada, fue muy amable y paciente con nosotros  (sobre todo con Pepe), y nos resolvió muchas cuestiones. Desembarcamos en el puerto fluvial de Kabara ya por la tarde, a diez y nueve kilómetros de Tombuctú. Hay otra entrada en este blog titulada Tombuctú o, mejor, Timbuktú, donde si os apetece podéis encontrar algo más de información, más tipo “vivencias sensoriales” así que, para no repetirme y no cansar, me limitaré en ésta a otras experiencias, sobre todo las relacionadas con las personas.

La casa de Ibrahim era una casa, como todas, muy modesta. Tras pasar una puerta desde la calle, se abría un patio común a donde daban a parar las diferentes viviendas. Además de la de Ibrahim, dos o tres mujeres con algunos hijos, algunos ya adolescentes y, con cierto ascendente sobre todos, la de un hombre de unos cuarenta años que vivía con una mujer joven con la que tenía un bebé. Nos instalamos en la casa de Ibrahim, dormiríamos como todos sobre un par de esterillas en el suelo, cenamos arroz cocido con algo de pescado y descansamos. A la mañana siguiente y estando sobre las esterillas se presentó el hombre: Abdulaye Macko, las mujeres no osaban molestar, y charlamos un poco. Era el presidente y fundador de una especie de partido político. Socialiste?, preguntó Pepe. Non, capitaliste. Hacía sus negocietes y tenía, nos dijo, unos terrenos de cultivo en las afueras. Por el aspecto, le iba bien. Según él, sería el próximo alcalde de Tombuctú.

En el patio pude darme el gusto de otra douche africaine. Fue la cuarta que me dí en todo el viaje: dos en el Byblos y otra en el país dogón, y la última hasta que abandoné el país. No en vano el viejo zorro de Pepe buscaba un compi de viaje “sin especiales exigencias en cuanto a mi higiene”…y como pude comprobar en mis carnes, no le faltaba razón. Falta me hacía un poquito de higiene tras el episodio gastrointestinal del barco. Ya estaba casi bien, ayudado por el Fortasec de mi botiquín, pero aún me recuerdo vigilando con discreción las tonalidades de mis calzoncillos, igual que las mujeres cuando sospechan que les va a venir la regla. El excusado estaba en un rincón del patio junto a la tapia exterior, sin techo y aislado por un muro de adobe de metro ochenta de alto. En el suelo un desagüe que vertía directamente a la calle…ésto es África. Pero me di el enorme gustazo de enjabonarme todo el cuerpo y aclararme, a pleno sol, con la ayuda de un par de cubos de agua.

Por la puerta de la calle entraba y salía gente constantemente, muchos venían a ver a los tubabus de Ibrahim, todos muy amables como parecía ser la norma en Tombuctú. Ibrahim nos llevó a dar una vuelta por la ciudad. Nos condujo en primer lugar a la comisaría de policía donde era obligatorio registrarse como extranjeros, un pequeño trámite por una escasa cantidad de cefas a cambio de un sello en el pasaporte. Nos llevó también a visitar el famoso pozo a cuyo alrededor se formó la ciudad y le dio nombre: el Tim (del bereber “lugar”) de Buktú (la “ombligona”, por la esclava negra tripona encargada de su limpieza). Los franceses la llamaron Tombuctú al leer y pronunciar el “Tim” en francés como “Tam” o “Tom”…y así se quedó, aunque los anglosajones sí la conocen, al igual que los naturales como “Timbuktú”.

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La antigua puerta de la mezquita de Sidi Yahiya, destruída por los yihadistas en el 2.013

Vimos las tres grandes mezquitas: la de Sankoré, donde hubo un importante centro de estudios islámicos, de los varios que hubo, a cuyo reclamo y prestigio acudían jóvenes de todo el mundo musulmán. La de Sidi Yahiya,  cuya puerta del Siglo XV destruyeron los yihadistas hace poco en sus avances por ser un símbolo de idolatría (decía la tradición que sólo se abriría en el fin de los tiempos), eliminable por tanto, así como destrozaron algunos morabitos, tumbas de santos donde acudían los fieles (Tombuctú es conocida como “la ciudad de los 333 santos”) ya que, según los integristas, sólo se puede rezar a Alá. Y la Yingueraber, “la del viernes”, día santo del Islam, la más grande, concurrida y visitable por los infieles (como nosotros) y en cuyas puertas conocí a Manolo “el de Tombuctú”. Ahora os lo cuento.

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Pero antes un apunte “cultureta” de los que a mí me gustan. Muchas mezquitas de Mali se encuadran en lo que se ha dado en llamar “estilo sudanés”. Lo de sudanés no viene porque provengan del país llamado Sudán sino porque bajo la colonización francesa, en un principio se generalizó como “Sudan” toda la región al sur del Sahara. Y “Sudán” venía a su vez de la denominación árabe: Bilat al Sudan: el país de los negros. El “estilo sudanés” se extiende por Mauritania, Burkina, Níger y Mali, donde nació. Y fue aquí, precisamente con la construcción de la mezquita de Yingueraber por un arquitecto granadino, por una de esas vueltas que da la vida. En 1324 el emperador Mansa Musa del reino Meli, el hombre más rico de la historia (se ha calculado su fortuna en 400.000 millones de dólares) como buen musulmán peregrinó a La Meca tan cargado de oro y tan generosamente repartido que,  durante diez años, bajó su cotización en El Cairo. La vida de Mansa Musa merece una entrada aparte.

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Existe un famoso mapa de 1375 que podéis ver aquí arriba conocido como el Mapa Catalán, el de Abraham Cresques, judío de la Escuela de Cartografía Mallorquina, donde en su borde inferior aparece representado un rey con una gran pepita de oro en su mano. Se trata de Mansa Musa. En su peregrinación a La Meca conoció y se trajo a su imperio a un arquitecto y poeta, nacido en la Granada nazarí: Ishaq Es-Sáheli, para reformar y embellecer sus dominios. Construyó palacios y mezquitas, de las cuales la primera fue, precisamente, la de  Yingueraber. Son esas mezquitas de gruesos muros de adobe, con techos formados con troncos de palmera y cañas y, lo que les da su aspecto más característico, con torres cónicas de las que sobresalen como si fuera un acerico gruesas ramas o troncos de tamarindo, de palmera o de acacia, según la disponibilidad.

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                                                       Sobre la azotea de la mezquita de Yingueraber

Pero esos troncos no tienen un objetivo meramente estético. Son usadas como apoyos, tras cada estación de las lluvias, para que los encargados de restaurarlas trepen y revoquen la cubierta de adobe. En algunas de las más principales y más grandes como la de Yéne, hay familias yemenís con el monopolio de la restauración, que se pasan de padres a hijos. Lo más curioso es que el arquitecto Antonio Gaudí se inspiró en la arquitectura sudanesa para diseñar las torres de la Sagrada Familia de Barcelona. Hay pruebas: Gaudí jamás viajó a Mali, pero sí a Tanger, donde pudo ver imágenes de las mezquitas sudanesas y donde, hace algunos años, se encontraron numerosos bocetos en los que se ve la transición de la estética sudanesa a la gaudiana. De un granadino a un catalán.

Manolo: españoles por el mundo, y por Tombuctú

En mi móvil está registrado como “Manolo de Tombuctú”, porque Manolos conozco muchos pero de Tombuctú sólo uno y, como la vida es así, lo normal es que conozcas a la gente en un bar, en la facultad, en Atocha o en Cuatro Caminos, pero conocer a alguien en Tombuctú, ya marca una diferencia. A las puertas de la mezquita de Yingueraber Ibrahim nos señaló un tubabu diciendo: ése es español… En Tombuctú había pocos blancos y los tenían fichadísimos. Si a nosotros nos tenían controlados, al resto de los tubabus también.

¡Coño -dijimos nosotros, haciendo patria- un español!…y, por supuesto, nos acercamos a saludarlo, intercambiamos unas palabras y nos despedimos. Volveríamos a encontrarnos días después en nuestra huida dramática de Tombuctú, lo que nos dio ocasión para conocernos muy bien y sellar una amistad que continúa hasta hoy. Manolo venía desde Nuatchok, en Mauritania, y estaba filmando un reportaje sobre la Fundación Kati, la colección de manuscritos atesorada durante siglos por los miembros de la familia Kati, o Kuti, descendientes directos del último rey godo legal, Witiza (Don Rodrigo fue un usurpador) y que, por los azares de la vida acabaron en este remoto rincón de África. La historia y avatares de los Kati, de su patriarca actual Ismael y de su biblioteca bien ha merecido otra entrada que podéis leer si os apetece: El largo peregrinar de los manuscritos árabes. De la Biblioteca de El Escorial a la Fundación Kati de Tombuctú. 2ª parte.

Visitando a la familia

Ibrahim, ya lo he comentado, era un bela y como tal mantenía buenas relaciones con los tuareg. De hecho, entre las primeras visitas que nos hicieron, vinieron algunos tuareg a vernos. Mitad por curiosidad, mitad a ver si nos vendían algo. Si la gente es pobre, los tuareg lo son aún más, aunque mantienen ese orgullo de raza, como el de los hidalgos castellanos que menciona el Buscón, de Quevedo, que se echaban unas migas de pan por encima de la ropa para que creyesen los demás que habían comido. Ya no comercian como antaño, ahora viven de sus rebaños de cabras y poco más. Y lo poco que sacan de su artesanía.

Un día nos dijo Ibrahim que si queríamos acompañarles a visitar a unos parientes, en algún campamento por las afueras de Tombuctú. Naturalmente, dijimos nosotros, encantados por la oportunidad. ¿Y cómo fuimos?: pues en camello, como se estila allí. Nos prepararon un par de camellos para nosotros y les seguimos. El jefe targui (repito: targui:  singular, tuareg: plural) se llamaba Tamalá. Salimos por la tarde para un recorrido que pudo ser de una hora, aunque con el paso tranquilo y el balanceo de los animales lo convirtió en un recorrido muy agradable. Sobrepasamos las últimas casas de Tombuctú entre suaves dunas y alguna acacia, cada vez más escasa. Ya no hacía calor. Colocamos los pies descalzos y cruzados sobre el largo cuello como nos explicaron y aunque teníamos el ramal en la mano no era necesario dirigirles, iban siguiéndose unos a otros, como buenos chicos. Por el suelo vimos a menudo una especie de pequeños melones. Nadie los tocaba, lo que me extrañó. Me explicaron luego que son venenosos, ni los burros se los comen, pero las mujeres tuareg, las targuías, sacan las pipas, las tuestan y las muelen, obteniendo una harina comestible.

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Esta foto me gusta mucho. Aquí aparecemos: yo, en primer lugar; Tamalá al fondo y adelantado Ibrahim. Envié esta foto como christma en navidades con una leyenda donde explicaba: “ni somos los Reyes Magos ni estamos en Belén”.

Cuando llegamos a las tiendas ya nos esperaban. En aquellos años en Tombuctú no había apenas teléfonos y en los campamentos menos aún, aunque ahora se han popularizado los móviles tanto como en Europa, pero no los necesitaban para estar al tanto de nuestra llegada. Hombres y mujeres, ellos con el turbante bajado dejando ver la cara. Ante los desconocidos o las gentes “de respeto” se cubren, pero nosotros éramos “de confianza” y estábamos en familia, y ellas sin pañuelo que les tapase el pelo, si acaso alguna de las más mayores, porque los tuareg son matriarcales y las mujeres (las targuías) gozan de un enorme respeto social y bastante desenvoltura.

Nos acomodamos sobre una estera, afuera de las tiendas, directamente sobre la arena, y disfrutamos todos de la ceremonia del te, pausadamente como se acostumbra en el desierto, no había ninguna prisa. Aún sacaron algo de artesanía: joyas de plata sobre todo, a los tuareg no les gusta el oro aunque en tiempos guiaban a las caravanas de comerciantes -o les cobraban “peaje” para no asaltarles-, algún cuchillo, collares y colgantes con cuentas de piedra… A mí me hubiera apetecido especialmente hacerme con alguna de sus espadas, las famosas takubas (proverbio tuareg: “que tus esclavos defiendan los rebaños, que tu takuba defienda tu honor”) pero no tenían ninguna y seguro sería cara, aunque siempre se puede negociar. Muchas takubas, las más antiguas, se forjaban en Toledo o en Solingen y las hojas llegaban hasta el lejano sur con las caravanas.

Compramos algunas cosillas, algunos colgantes, aunque al regresar también les dimos una propina previamente concertada con Ibrahim, siempre hay que corresponder a la generosidad. La recuerdo como una tarde bonita: por la luz del atardecer, por la sencillez del paisaje, por el balanceo de los camellos y sobre todo muy cordial, por lo relajado que me sentía entre aquella gente, educados y sonrientes pero sin excesos, bien acogido. Disfrutando de su hospitalidad y de esa calma proverbial que siempre he disfrutado en el desierto. Al regresar Pepe prefirió volver caminando. Un tanto paticorto, se rozó la entrepierna con la silla de madera, no le daban las piernas para entrecruzarlas sobre el cuello de los camellos.

En los días que estuvimos en Tombuctú solía salir a pasear mientras Pepe descansaba. Lo cierto es que me sentía muy a gusto en esta ciudad tranquila, de gente amable, de niños nada pesados que se reían al verme por mi “palidez”. Tombuctú, salvo momentos cíclicos de integrismo bajo los peul o los tuareg, siempre fue una ciudad abierta y tolerante con los forasteros, y relajada de costumbres. Cuando cogimos el bus en Bamako uno de los pasajeros cargó varios paquetes con cervezas. Nos le volvimos a encontrar en Tombuctú, a donde iban destinadas. Era agradable tomarse una cervecita por la tarde en alguna terraza de los “bares” donde se podían encontrar. Y donde solíamos coincidir con nuestro vecino de patio, el “capitalista”, que nos contaba con su cervecita en la mano, muy ufano, sus proezas sexuales, las queridas que tenía por la ciudad y sus planes de desarrollo para Tombuctú. Estoy seguro de que tenía derecho de pernada sobre todas las mujeres del patio. Los médicos cubanos le tenían fichadísimo por lo caradura que parecía ser.

Había en el patio de vecindad tres chavales adolescentes, muy buenos chicos, que enseguida se mostraron dispuestos a “pegar la hebra” con nosotros. Sus nombres: Mohamadu, Buba y Alasán. Cuando le expliqué a este último que “alazán” era la denominación para los caballos de capa rojiza les hizo muchísima gracia. Nos acompañaron alguna tarde a pasear y nos iban explicando, atropellándose entre ellos, muchas cosas de Tombuctú, encantados de que les viesen con los tubabus, sin duda les hacía sentirse “importantes”.

Uno de ellos llevaba un libro y lo fue a dejar en casa antes de pasear. Cuando le pregunté qué era me dijo, muy serio: –una biblia-¿eres cristiano?, a lo que los otros dos, entre risas, dijeron que era animista (gran pecado, entre los musulmanes). Me respondió más serio todavía: –no, soy un buen musulmán, pero quiero saber y conocer otras culturas… Me pareció un gran gesto, por su parte. Me gustó tanto el detalle que a mi vuelta y una vez  en España le envié un paquete con varios libros, con muchas fotos. El chaval se lo merecía e imagino que le hizo muchísima ilusión recibir desde Al Ándalus, territorio tan mítico para ellos como para los europeos Tombuctú, un regalo de su amigo tubabu, ¡anda que no habrá presumido entre sus colegas!…

La alegría de Tombuctú

Tuvimos también la ocasión de conocer a los que nosotros pusimos de nombre “la alegría de Tombuctú”. No penséis mal. Se trataba del grupo de ocho médicos cubanos destinados en un dispensario con instalaciones. Un pequeño grupo de hombres y mujeres entre los que se repartían las funciones de cirugía, ginecología, medicina general y otras especialidades. De un total de algo más de mil en toda África, nos contaron, subvencionados por el gobierno de Sudáfrica. Prestando una asistencia gratuita, para unas gentes que viven rozando la miseria. Donde la medicina privada es muy escasa e inalcanzable para la mayoría de la población, la presencia de los cubanos era una auténtica bendición para aquellas pobres gentes.

Descubrimos a un par de ellos en la terraza de un bar la primera tarde, aunque luego iríamos conociendo al resto. Casi todos eran “morenos”, en el sentido cubano de la palabra (o sea: negros o casi), nada confundibles con tubabus por tanto, pero al oírnos hablar en español se acercaron la mar de contentos…eufóricos, extrovertidos, alegres, vitales…muy “caribeños”. Llevaban allí un año, o dos, y la verdad es que, aunque tenían su lógica morriña de la isla, nada que ver con el desierto, se les veía contentos. Iban destinados para una temporada, pero el trabajo que hacían, dentro de las lógicas limitaciones, les reportaba mucha satisfacción. Y siempre era un placer encontrártelos, saludándonos a voces, siempre con una sonrisa pintada en la cara…la “alegría de Tombuctú”…

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Pepe (en medio) y yo con tres miembros de “La alegría de Tombuctú”

La casa de Ibrahim estaba en una barriada de casas muy parecidas, todas de adobe, a la que llegabas por unas callejuelas por supuesto sin rótulos y sin numeración. ¿Para qué, si pocos sabían leer y ya sabían orientarse?…Nos costó trabajo aprender a orientarnos de día. De noche y sin farolas, era imposible. Todas las noches escuchaba hasta el amanecer la música y los cantos de los nómadas acampados en sus tiendas por las afueras o en los descampados de la ciudad. Me hubiese encantado acercarme a escucharles más de cerca pero no me atreví a hacerlo, ante el miedo a extraviarme, y bien que me arrepiento. El miedo te recorta la vida…

Si Tombuctú era caótica, para aumentar más el caos, en los descampàdos entre las casas, a menudo deshecha su estructura de adobe por las esporádicas lluvias, instalaban provisionalmente sus tiendas los nómadas de paso por la ciudad, como si estuviesen en medio del desierto. Estaban unos días para resolver sus inexplicables asuntos, y tal como los veías un día, a la mañana siguiente habían levantado el campamento y se habían marchado.

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                                                      Tiendas de los nómadas

Cuando hace pocos años llegaron los yihadistas la cosa empeoró bastante: obligaron a las mujeres a ir cubiertas cuando, hasta entonces, iban con su pelo al descubierto y se dirigían a tí sin el menor rubor. Prohibieron fumar por la calle (castigado con azotes) y, por supuesto, beber cerveza. Demolieron un par de bares, aparte de la paliza a los dueños. Además de lo ya contado: arrasaron morabitos y la puerta de la mezquita de Sidi Yahiya. Los tuareg practican un islam bastante relajado pero en Mali y el país de Níger siempre han estado bastante puteados.

Para unas gentes tradicionalmente esclavistas como los tuareg ser gobernados por negros, desde sus capitales de Bamako y Niamey, era cuanto menos incómodo. Pero para los negros gobernantes, los nómadas tuareg eran también unos súbditos díscolos. En Argelia y Libia la situación es diferente. Es un gobierno de “blancos” (árabes pero blancos) y están muy bien considerados. En Mali desde su independencia ha habido cuatro revueltas tuareg, la penúltima una insurrección armada que dio lugar a una pequeña guerra civil, reprimida con dureza y que se saldó con un armisticio.

Esta última y más reciente pretendía la independencia del territorio del Azawad, la parte desértica al norte de Tombuctú. Grupos tuareg más fuertemente islamizados formaron el grupo Ansar Al-Din (los  “hermanos de la fe”). El problema para el mundo occidental es que ya no se trataba de unos pobres tuareg dispersos y mal armados. El problema creció hasta hacerse muy preocupante cuando les comenzaron a apoyar desde AlQaeda a través de su sección del Magreb Islámico. Y a esta yihad ( en árabe: el esfuerzo) se sumaron combatientes muy bien armados, fuertemente concienciados y con experiencia militar desde el conflicto de Libia y más allá (Chechenia, Irak, Afganistán…)

Con estos furibundos yihadistas la situación se complicó mucho en la, hasta entonces, tranquila Tombuctú. Incluso quemaron los valiosos manuscritos de alguna de las antiguas bibliotecas allí conservadas… Los libros suelen molestar a los tiranos y en tiempos de dictaduras, de cualquier signo, pueden acabar en la pira. Por desgracia la historia está llena de ejemplos: desde la más famosa de Alejandría a la criba hecha por los nazis, desde el Índice de libros condenados por la Inquisición, a la biblioteca del califa cordobés Al Hakam por parte de Almanzor, de la biblioteca de El Cairo a la de Damasco…el argumento para destruirlos era impecable y siempre el mismo: si ya confirman lo dicho por Alá, son inútiles; si le contradicen, son impíos…

Un homenaje español en forma de tortilla

Ibrahim nos había preparado un día y como homenaje a sus invitados una comida típica “tombuctueña”. Un tukassu: bollo de harina y carne, con trozos de cordero y salsa, y vita: una pasta hervida a base de mijo y arroz, que nos recordaba a nuestro arroz con leche y yogur, muy rico. Así que, y como se acercaba el día de nuestra partida decidimos, como agradecimiento, preparar un par de tortillas “a la española” para nuestros vecinos. Primer problema: en el desierto no hay patatas, así que compramos unas duras mandiocas a las que hubo que cocer primero antes de poder freirlas. Segundo problema: en el desierto no hay aceite de oliva, así que compramos unas bolsas (no hay tampoco botellas) con aceite de cacahuete. Tercer problema: las gallinas que corretean por los patios son muy pequeñitas, igual que sus huevos. Nos hicieron falta un par de docenas.

Con semejantes ingredientes e inasequibles al desaliento, pedimos prestadas un par de sartenes. De ésas sí que había, afortunadamente. Tuvimos que pelearnos con las mujeres que se empeñaban en hacerse con los perolos, para ellas era sencillamente inaudito que los hombres se empeñasen en cocinar cualquier cosa, por sencilla que fuera. Me imagino cómo hubiesen alucinado viendo las cofradías y sociedades gastronómicas vascas donde sólo cocinan los hombres, seguramente hubiesen pensado: estos tubabus están locos… Afortunadamente hay fotos que lo demuestran: Pepe y yo friendo la mandioca, ellas muertas de la risa…

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Preparamos dos tortillas “de patata a la tombuctueña” (nada que ver con la tortilla de Betanzos, por ejemplo) y, la verdad, es que no nos salieron pero que nada mal. Cuando apareció por allí el “boss” al que estábamos esperando como personaje principal, se la dimos a probar. Entre Pepe, él y yo, nos comimos media. Está muy buena -dijo- , guardadme esa otra mitad. Y se fue. Y en ese momento, y sólo en ese momento en que desapareció del patio, las mujeres y los niños que estaban mirando alejados y en silencio la merendola, se atrevieron a lanzarse como hienas sobre la otra tortilla de la que, como es de imaginar, no dejaron ni los restos. Para que luego me digan que en España hay machismo.

Irse de Tombuctú no es fácil. Nos vamos…al segundo intento

Teníamos el billete de vuelta a Madrid desde Bamako vía Casablanca para dentro de un par de días. El viaje por tierra suponía un periplo por incómodas pistas de desierto y estepa que se podía alargar otro tanto. La forma más rápida era coger un vuelo interno en un bimotor de catorce plazas que hacía el trayecto Bamako-Mopti-Tombuctú-Gao, ida y vuelta, dos veces por semana. Las líneas aéreas maliense disponía de dos aviones, de los cuales siempre había uno averiado, ya dije que Mali es un país muy pobre. Habíamos reservado el billete nada más llegar a la ciudad. Volver por tierra suponía un viaje de dos días: hasta Mopti, más de 500km por pistas muy incómodas, y de Moptí hasta Bamako unos 750km más, un total de 1.25okm y en condiciones duras.

El día de la partida nos acompañó Ibrahim al aeropuerto a las seis de la mañana. Decir aeropuerto quizá sea una osadía. Una casamata en medio del desierto y a su lado, la pista de aterrizaje: una pista de arena casi indistinguible de las dunas que la rodeaban. Nos encontramos allí de nuevo con “Manolo el de Tombuctú” que volvía a Bamako a recoger unos compañeros; otro español, Jaime Alejandre, viajero solitario inveterado que estaba escribiendo otro libro de viajes por el mundo y acababa de llegar a pie desde Bamako, caminando por lo que se conoce como la curva del Niger (ellos dicen “la joroba del camello”); dos o tres franceses y un par de yanquis, uno de ellos una señora mayor en silla de ruedas.

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Manolo, un servidor y Jaime. Españoles por el mundo.

A todo ésto aparecieron por el “aeropuerto” un grupo de catorce marines norteamericanos de las fuerzas especiales, que acompañaban o escoltaban a su cónsul en Mali. Faltaba poco para que estallase la llamada Segunda Guerra del Golfo y, aunque Mali no iba a verse implicada, el cónsul estaba reconociendo la zona. Se plantaron allí y, con una sonrisilla en la cara que sonaba a guasa, nos dijeron que el avión era para ellos…¡Pero…pero…tenemos los billetes…nos esperan en Bamako…tenemos que coger un vuelo…!. El cónsul ni hablaba. Los marines tampoco. El jefe de ellos -ciertamente eran parcos en palabras- sólo dijo: el avión es nuestro.

Los franceses medio protestaron un poco, sin levantar la voz, también es verdad, no tenían pinta los marines de gustarle los gritos. Los españoles, más sufridos y acostumbrados por la historia a la resignación, apenas dijimos nada entre nosotros. Los yanquis, por aquello de ser compatriotas de los marines, aún se atrevieron a protestar un poco más. Yo miraba en silencio a los marines. Decir “cachas” es quedarme muy corto. De los que no cabían por la puerta, caso de haberlas en el desierto. Pero tenían pinta de arrancarte la cabeza de un guantazo, y sin hacer mucho esfuerzo además, caso de llegar la ocasión de tocarles las narices, ocasión que no pensábamos darles, por si acaso.

Vimos llegar el avión. Vimos aterrizar el avión. Vimos despegar el avión, todos (españoles, franceses y yanquis) con la expresión del tonto en la cara. Sólo se llevaron, movidos por su infinita compasión, por hacer la buena obra diaria del boy-scout  o por su proverbial respeto a los ancianos, a la señora yanqui mayor en su silla de ruedas. Una vez que nos desahogamos cagándonos a voces en las madres de los marines, éso sí: cuando ya no nos podían oír, tampoco somos suicidas, empezamos a pensar qué hacer. El próximo avión llegaría en tres días. Nos volvimos a Tombuctú a reclamar en las oficinas de la compañía que, sin discutir y visto lo visto, nos devolvieron el dinero.

Nos reorganizamos, que es lo que hay que hacer en África. Porque muy a menudo por las circunstancias del país, aunque en este caso fuese por marines yanquis, te encuentras con obstáculos e impedimentos que te tuercen los planes pero, como ésto no es Europa y aquí nunca funcionan las cosas de forma cuadriculada, sencillamente te reubicas, lo mismo que el GPS cuando abandonas la ruta prevista. Nos pusimos de acuerdo entre varios: Pepe y yo, Manolo-el-de-Tombuctú, Jaime Alejandre y un francés de los que se quedaron colgados y necesitaba, como todos, volver a Bamako. Ibrahim, que se había quedado con nosotros, nos buscó a un tal Issa, propietario de un Toyota y con amplia experiencia -lógica- en el desierto, y salimos aquella misma mañana.

A Bamako por tierra

Hace años Tombuctú fue etapa frecuente en el rally Paris-Dakar aunque los avatares hicieron modificar la ruta a los organizadores, cambiando el recorrido y desde hace pocos años, hasta de continente. Pero en Tombuctú muchas personas han colaborado, de una forma o de otra con el París-Dakar, y además cuentan a su favor que han “echado los dientes” en el desierto y están más que habituados a las dificultades que supone conducir por las siempre traidoras arenas.

En el Toyota íbamos de pasajeros, ya lo mencioné, los cuatro españoles y un francés. Y además del conductor, Issa, que nos demostraría su experiencia en numerosas ocasiones en cuanto al manejo del coche sobre la arena, un adolescente -posiblemente su hijo- que viajaba echado sobre nuestros bultos, en la parte de atrás. El francés, me contó, llevaba unos veinte años trabajando en la empresa Air liquide dedicada a la explotación de gas natural, y había vivido en varios países del Sahel, desde Sudán hasta Senegal. Llevaba en Mali cuatro años.

Volvía ahora de acompañar a una caravana de camellos, más de tres semanas de viaje. Al final no me enteré si se trataba de la última caravana que hacen los tuareg, la del Azalai, hacia las minas de sal de Taudeni, dirección norte desde Tombuctú, catorce días en camello, los últimos siete sin un pozo de agua. Me contaba que el desplazamiento se hacía cuatro horas a pie y cuatro horas en camello. Cuando tocaba caminar iban en silencio, para no deshidratarse, imitando la zancada lenta de los camellos, a temperaturas que oscilaban entre los 40 y 45º centígrados. Supongo que sí, que volvía de las minas de sal, porque una vez llegados a Bamako se olvidó dos placas de sal, que el conductor me regaló y que guardo en mi casa, entre otros recuerdos del viaje.

Cruzamos el río Níger desde el puerto de Kabara, a bordo de una plataforma junto con otro coche y varios indígenas. A lo lejos resoplaban los hipopótamos. En esa zona el río era muy ancho, e hicimos tres o cuatro paradas intermedias en islitas llenas de vegetación. Una vez al otro lado comenzó una travesía de muchas horas por el más puro desierto. Encontramos coches abandonados, semienterrados en la arena, y ayudamos a sacar a otro que se había quedado semihundido hasta las ruedas. Pero nuestro conductor esquivaba la arena blanda y en ningún momento tuvimos que empujar. Nos demostró su pericia en un momento en que subiendo una gran duna, hubo un momento en que pareció que iba a atascarse. ¿Nos bajamos?, le dijimos. Pero negaba con la cabeza, se dejaba caer hacia atrás y remontaba por otro lado. ¡Chapó por el chofer!.

Poco a poco fuimos dejando la arena y entramos en zonas de densos matorrales espinosos. De vez en cuando parábamos a cambiar de posiciones en el coche o a hacer un pis. En una de esas paradas y rodeados de matorral de dos metros hacíamos chistes: ¡Ten cuidado, no sea que salga un león y te la coma!… El caso es que una vez en España y siguiendo el recorrido en un mapa vi que sí: que en aquellas zonas…¡había leones!. El ambiente en el Toyota durante el trayecto era magnífico. Muchas horas juntos y aliviados por escapar de Tombuctú, nos dedicamos a contar chistes en una escalada de carcajadas que debieron despistar al conductor y hacer pensar al francés que estos españoles debían estar un poco locos. Pero los chistes relajan el ambiente  y hermanan los espíritus, y desde entonces Manolo-el-de-Tombuctú y yo nos hicimos íntimos. Aunque él vive en Málaga y yo en San Lorenzo de El Escorial, nos vemos cada vez que podemos, he dormido en su casa muchas noches y compartimos unas cuantas aficiones, entre otras la de la historia y, en concreto, la historia andalusí, de la que Manolo es un experto.

Ya atardeciendo salimos por fin a una pista de tierra a la altura de Duentza. Encontrar aquella humilde pista después de tantas horas por pistas de arena nos pareció enorme, una autovía de seis carriles con áreas de servicio, la llegada a la civilización, la resplandeciente entrada a Las Vegas… Seguimos pocas horas más hasta Moptí y sugerimos acercarnos a Sevaré y a nuestro bendito hotel Byblos para cenar algo, lugar que a todos les gustó y donde nos recibieron encantados. El conductor sólo se tomó un te, se echó a dormir en el suelo mientras nos reponíamos y partimos de nuevo, ya de noche cerrada.

Las carreteras nocturnas en Mali son peligrosas. Se atraviesan burros o gente, de repente, en plena oscuridad. Los faros de los coches no son de halógenos, precisamente, e iluminan mal. Y de vez en cuando te cruzabas de frente con un camión, por esas pistas estrechas donde no hay sitio para dos, y era un pulso donde ganaba el más fuerte: en el último momento el Toyota daba un brusco quiebro para evitar estamparse contra el camión que no había cedido ni un milímetro, mientras nosotros, con los ojos como platos, aguantábamos la respiración, viéndonos volar hacia la cuneta para ser devorados por las hienas.

Justo empezando a clarear, llegamos a Bamako. Una boina de contaminación cubría la ciudad, visible desde lejos. Y desde muy temprano, otra vez, el tremendo follón del tráfico y de la gente. Nos habíamos desacostumbrado a todo este tremendo jaleo, y hasta el conductor empezó a maldecir, no en vano era de Tombuctú, Bamako debía parecerle el infierno.

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                                        Las placas de sal que se dejó olvidadas el francés

El francés pidió al conductor que le dejase en el hotel Mandé, a la orilla del Níger y bastante lujoso por lo que pudimos ver. Nos despedimos y para mi suerte se dejó olvidadas las dos placas de sal. Nosotros fuimos al hotel Djenné, muy digno y no caro, que ya conocía Manolo. Allí le estaban esperando su socio y Carmen, su novia, preocupados por su tardanza. Tenía que haber llegado ayer, pero África es así. Llegados vía París con una cámara grande…y una estupenda sorpresa: unos sobrecitos con ¡jamón, chorizo, salchichón!…después de tantos días a base de una comida diaria de arroz, se nos saltaban las lágrimas de la emoción recordando a la patria… Se volvían a Tombuctú otra vez a continuar el reportaje, y aprovecharon a nuestro conductor y su Toyota, que había demostrado ser un chofer muy fiable. El hombre por lo menos aprovechó el viaje de vuelta y pudo resarcirse de su “visita” a la ciudad horrible.

Pepe y yo volábamos aquella misma noche. Teníamos un día entero que aprovechamos para dar un último paseo por Bamako, paseo en el que, como conté al principio, me llevé de recuerdo y gracias a las “gracias” de Pepe un buen puñetazo en las costillas. Una vez en el aeropuerto aproveché la espera para asearme un poco en los lavabos del aeropuerto. Sólo nos habíamos podido dar un par de “douches africaines” en el Byblos, otra en el País Dogón y la última en la casa de Ibrahim, en Tombuctú. De los dos pares de zapatillas que llevaba ya había tirado una, y de las dos camisetas que llevaba, estaba a punto de liquidar la más sucia, la más rota, lo que no fue fácil de decidir. No me daba cuenta, pero debía oler a cabra muerta.

En los baños cuando me miré al espejo casi me di un susto, hacía quizá dos semanas que no me veía la cara: quemado por el sol, la barba crecida y cierta capa de mugre, mezcla del sudor y el polvo. Me quité la camiseta y me froté con jabón cara, torso y axilas, para aclararme después con las manos. Justo en el momento del enjabonado se abrió la puerta y entró un policía, un bambara de dos metros de alto. Se quedó mirándome en silencio. Al cabo de un rato de estudiarme sólo dijo, irónicamente, supuse: Hace calor, ¿no?. Debió pensar: Estos tubabus están locos.

En el aeropuerto nos sorprendieron los controles, al menos tres, en los que registraron nuestro equipaje minuciosamente, no sé qué esperaban encontrar en las mochilas de los tubabus, aparte de alguna figurita dogona, quizá nos vieron cara de drogadictos. Una vez dentro del avión y antes de despegar, las azafatas, marroquíes como su compañía aérea, avanzaron una por cada pasillo rociando generosamente, muy generosamente, con ambientador. Llegué a sospechar si era por nuestra causa, pero no. El pasaje era mayoritariamente de negros, y no hay nadie más racista con los negros que los árabes, precisamente.

El vuelo transcurrió sin incidentes, la escala en Casablanca se nos hizo muuuuuy larga, estábamos aún atontados bajo el influjo africano y, sobre todo, estábamos deseando volver. Llegamos a Barajas por la tarde y, por fin, a nuestra confortable rutina, a nuestra blanda cama sin arena y a nuestra calentita ducha, esta vez europea…daba gusto dejar correr el agua sobre el cuerpo… Aún me llamó Pepe a la mañana siguiente para preguntar que qué tal estaba pero, sobre todo, para decirme: ¡He follao, he follao! (al parecer no le concedió tiempo a su Lupe ni para darle las buenas tardes). Yo, por mi parte, me fui a comer con mi numerosa familia, se celebraba algo pero no recuerdo qué. Habíamos quedado en un restaurante del barrio y habían encargado una tremenda paella. Somos muchos, y comemos muy bien.

Ante una paella, soy más temible que las hienas, que los leones del matorral espinoso, o que las vecinas y vecinitos de Tombuctú ante la segunda tortilla “al estilo tombuctueño”. Me suelo comer un segundo, incluso un tercer plato, y bien cargadito además, es raro que perdone ni un grano de arroz en el fondo de la paella. En esta ocasión, me serví sólo medio plato. Mi madre y mis hermanos me miraron extrañados. –Pero…¿no te echas más?….-No me apetece, gracias… Debieron pensar si no estaría enfermo, si no había cogido algo “raro” por aquellas tierras tan poco saludables. Me quedé mirando el plato vacío que, ni siquiera, en contra de mi costumbre, había rebañado. No, no me apetecía más. No es que se me hubiese encogido el estómago, simplemente me había acostumbrado a la comida escasa. Aún tardaría unos días en ir recuperando mis viejos hábitos alimenticios. África es así.

 

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Mauritania: entre ciudades perdidas y AlQaeda

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Al narrarme mi amigo Pablo su “misión” partiendo de Ualata, me vino a la memoria el viaje, de muy diferente cariz, que realicé en las navidades del 2007 recorriendo el sur de Mauritania hasta llegar a la antigua ciudad caravanera. Aquel viaje tuvo sus componentes de aventura, unido a los pequeños contratiempos e incomodidades que todo viaje por el desierto implica, pero con la seguridad de hacer el recorrido en Toyotas y no en camello, y sobre todo contar con nuestros guías mauritanos, nuestros “ángeles guardianes”, nada que ver con el periplo que hizo Pablo treinta y cuatro años antes. Fue la continuación del que habíamos disfrutado el año anterior por el norte del país. La misma agencia, aunque esta vez el dueño cometió el error de llevar a su mujer, un tanto neurótica por decirlo de forma suave, que nos amargó parte del viaje y por la que cortamos la relación con ellos. El mismo grupo con pequeñas variantes, y los mismos guías y conductores, de los que habría que destacar a los dos mauritanos: Ely y Bashir.

Ely, hombre de gran presencia y humanidad. Descendiente de la tribu Beni Hassan, de origen yemení. Los conquistadores de Tunez y el Magreb junto a los Banu Hilal y los Banu Suleyman, dominadores a partir del Siglo XV del Sahara Occidental y Mauritania, que impusieron su lengua en la zona, lo que explica que hoy día en ese territorio se hable el hassanía, una variante del árabe en vez del bereber. El hecho de ser un Beni Hassan  confería a Ely un nivel casi (y sin el casi) aristocrático por encima del resto de la población bereber. Su forma de caminar y de hablar, tranquila, pausada, hasta principesca podríamos decir, ya manifestaba cierta diferencia con el resto.

Bashir es otra cosa. Mauritano del norte lo que equivale a decir saharaui (son las mismas etnias y están emparentados). Descendiente directo de los bereberes Lamtuna, rama de los Sanhaya, los mismos a los que en el Siglo X se les conoció como los Almorávides (al morabitum = los del “convento”, literalmente del árabe el que se ata, sinónimo de el que está listo para la batalla), aunque más conocidos en sus comienzos como Al-Mulatamum = los enturbantados, por su costumbre nómada de cubrirse la cara, que se acabó implantando  como norma exclusiva y reservada sólo para ellos. Austeros como buenos saharianos, su alimentación se basaba en dátiles y leche de cabra, y algún cabrito para las ocasiones especiales. Cuando entraron en España una de las cosas que más les escandalizaron entre las costumbres “degeneradas” (para ellos) de los habitantes musulmanes de Al Andalus, fue su alimentación, abundante, rica y variada.

Duros y muy combativos, expandieron sus dominios por el sur hasta Senegal y por el norte hasta España. Su territorio original era el norte de Mauritania y el antiguo Sahara Español, moviéndose con sus rebaños de cabras y camellos por sus zonas naturales de pastos. El “convento” que les dio nombre se situó, según algunos investigadores, en una islita del Banc D’Arguin, en la costa norte mauritana, aunque otros la sitúan con más seguridad al interior, cerca de Attar, en su zona de origen, el Adrar Tmar, la “Montaña de los dátiles”.

Durante cerca de un siglo controlaron el África Occidental, lo que les llevó en su camino hasta Senegal a la aniquilación de la rica ciudad de Kumbi Saleh, en el sur de la actual Mauritania, cerca de la frontera de Mali. Capital del imperio de Ghana (nada que ver con el actual país del Golfo de Guinea del mismo nombre), que llegó a tener 30.000 habitantes, repartidos en dos distritos: el de los bereberes sanhaya con doce mezquitas, y el de los negros Ghana, con el palacio real.

Tras la destrucción de Kumbi Saleh  se hicieron los dueños del comercio de la sal y del oro por la ruta más occidental, la que desde el sur y partiendo de Walata, Tishit y Wadan subía hacia el norte por Iyil, llegando a Zagora  (al sur del río Draa) y Marrakesh,  o a Siyilmasa, la gran puerta caravanera  cuyas ruinas aún se pueden ver cerca de Rissani, al extremo sur del rico palmeral del Tafilalet, a orillas del Ued Ziz.

La expansión de los almorávides hacia el norte tuvo su detonante en un cambio climático.  Se ha mantenido, y es cierto, que su líder espiritual, Abdalah  Ibn Yasin, a la vuelta del peregrinaje a La Meca, vino imbuído de un fuerte espíritu evangelizador. Ayudado por Yahía Ben Omar, jefe militar, unificaron a los bereberes lamtuna y sanhaya para conquistar nuevos territorios. Pero la necesidad de pastos para sus rebaños fue el pistoletazo de salida.

Hacia el Siglo X una sequía desertificó aún más la zona tradicional de los pastizales de la Saquía Al Hamra (el norte del antiguo Sahara Español) y del Adrar Tmar (al norte de Mauritania), lo que obligó a aquel pueblo de pastores a emigrar hacia el norte buscando el sustento para sus rebaños de ovejas y cabras, de los que dependía su supervivencia. Llegando a la frontera natural del Ued Draa, límite con los dominios del sultán de Marruecos, pidieron permiso para cruzar y buscar nuevos pastos, a lo que el sultán se negó.

Al principio acataron la prohibición del sultán, pero según la situación se iba haciendo cada vez más desesperada, acabaron por atravesarlo y a entablar enfrentamientos con los soldados marroquíes, a los que derrotaron en la batalla junto al Ued Draa, pese a sufrir grandes pérdidas. A partir de ahí y mientras una parte de los almorávides avanzaba hacia el sur, la otra parte fue conquistando el territorio marroquí, y de esta forma tan elemental comenzó la expansión del imperio almorávide.El fuerte integrismo religioso de sus líderes les añadió los pocos motivos que le faltaban para irse imponiendo a la población, la excusa perfecta.

Podías imaginarte sin ningún esfuerzo a Bashir, descendiente directo de los lamtunas y sanhayas, como uno de aquellos guerreros almorávides. Muy alto y fuerte, resolutivo, decidido… Pícaro y con un gran sentido de humor, siempre diciéndole piropos a las chicas… lo que les encantaba, dicho sea de paso… Se había casado (y separado) al menos dos veces, que nos dijera, pero romántico impenitente, quería repetirlo más veces… Tremenda cara de asesino pero con una enorme humanidad. Mientras que a Ely le veíamos como un padre, a Bashir le sentíamos como a un hermano.

Las agencias se los disputaban: habían paseado por Mauritania a franceses, alemanes, japoneses, coreanos… pero reconocían que con nosotros se lo pasaban muy bien. No es por chovinismo pero debe ser verdad: el preferir llevar grupos de españoles me lo han dicho, creo que sinceramente, desde egipcios que llevan buceadores por el Mar Rojo, a los tuareg del sur de Argelia. Debe ser por la sangre mora que llevamos en las venas, pero yo también me siento a gusto con ellos. Si uno es capaz de abandonar los prejuicios se librará de muchos miedos, y disfrutará más la vida.

Bashir y Ely habían sido combatientes del Frente Polisario contra Marruecos durante al menos 11 años. Tras la cesión del gobierno franquista del antiguo Sahara Español a Marruecos y la entrada de miles de marroquíes con la Marcha Verde, lo que hasta entonces había sido una prudente resistencia contra España, se transformó en una ofensiva en toda regla. Adiestrados en campos de entrenamiento en Libia bajo la bendición de Muamar El Gadafi, los polisarios, Ely y Bachir entre ellos, aprendieron a conducir los todoterrenos,el manejo de armas modernas y el uso destructivo de la artillería.

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                                                                Bashir, Ely y Manolo

En los largos momentos del té, recostados en la arena y viéndoles con toda la calma del mundo escanciar una y otra vez la verde infusión, cada vez más espumosa a los vasos, Bashir (Ely era menos locuaz, sólo apostillaba de vez en cuando) nos contaba cómo se acercaban, de noche y sin las luces de los LandRover encendidas para no delatarse, a los campamentos marroquíes: Comenzábamos a ametrallarles y lanzarles morteros durante unos minutos y, para cuando se empezaban a dar cuenta, ¡se agitaban como hormigas en un hormiguero! (Bashir se reía a mandíbula batiente), nos habíamos largado hacía rato…

Si los habitantes del desierto sobreviven gracias a su prodigioso instinto de orientación, era fácil entender cómo afinaron ese instinto por la noche e, insisto, sin luces. Nos asombraba comprobar cómo, en algunas de las jornadas del viaje, en zonas del desierto llanas, sin pistas y sin ninguna referencia, Bashir conducía mientras Ely, en silencio, iba apuntando con su dedo cual “GPS digital” la dirección a seguir. Y no fallaba: al cabo de cuatro o cinco horas llegábamos a la aldeíta cuyo nombre era un punto perdido en la inmensidad del mapa.

Mauritania se define oficialmente como República Islámica de Mauritania. Actualmente, o por lo menos lo que yo ví, eran bastante relajados en cuanto a la religión. Pero me contaron amigos africanistas que hace diez o doce años, a la llamada de la oración de los al-muezines desde los minaretes de las mezquitas, todo el mundo por la calle se paraba y se postraba para seguir los rezos. Actualmente hasta las mujeres, aún con su velo, hablan contigo sin ningún problema pero en Nuadibu, en que tuvimos que hablar con un responsable del puerto, a los hombres nos saludó y nos dio la mano mientras que a las mujeres del grupo, sencillamente, las ignoró, para escándalo de ellas….

En Nuadibu Ely nos presentó a Hamedu, un Beni Hassan como Ely, de noble origen por tanto. Educado en París, y presidente de la Media Luna Roja, versión musulmana de la Cruz Roja europea. Hamedu nos contó que estaba intentando resolver el problema de la emigración a Canarias a bordo de los cayucos. Cientos o miles de africanos procedentes de tierra adentro, de Mali, de Niger, de Burkina y de otros países y con la ayuda económica de sus familias intentaban llegar a Europa como fuese, porque aunque el viaje implicaba grandes peligros, el llegar a Europa suponía mejorar su paupérrima situación, para ellos y para sus familias, destinatarias del dinero que pudiesen mandar.

Hamedu calculaba que por cada africano que conseguía llegar a Canarias, posiblemente diez morían por el camino, la mayoría ahogados en el Atlántico. Partían en cayucos viejos, con el gasoil justo para la travesía y a veces un GPS o una brújula. Sorprendidos por las tormentas, con los motores averiados, con el gasoil agotado, sin apenas agua, quedaban vagando en el océano muriendo de sed o de hambre o quemados por el sol porque los negros, nos aclaró, también se insolan.

Para conjurar todos estos males los marabuts, los brujos de las aldeas, les vendían pócimas con las que, según ellos, no les quemaría el sol, no pasarían sed o, en el colmo de la imaginación, les volvería invisibles para la policía… Hamedu estaba intentando “convencer” (sobornar, más bien) a esos marabuts para que les engañasen lo mínimo. Nos contó que un día, en un centro de refugiados africanos un chaval le saludó a voces. Había intentado la travesía más de ocho veces: habían volcado, se habían quedado a la deriva, había visto morir a la mayoría -o a todos- sus compañeros…pero había sobrevivido, y ahí estaba él, para intentarlo de nuevo…

Como anécdota más alegre nos contó que a su vuelta de París, veía en el puerto de Nuadibu como los pescadores tiraban a la calle a las langostas que se habían quedado enganchadas a sus redes, con las que jugaban los niños. Y como él cogió algunas para comérselas, los pescadores comenzaron a regalárselas, hubo día que se juntó con más de veinte…con el tiempo los pescadores aprendieron que aquellos “bichos” también se podían vender…

En el primer viaje, cuando tuvimos el placer de conocer a semejante par, recorrimos parte del norte de Mauritania, país con una extensión similar al doble de la de España. Desde Nuadibu, y a través del Adrar Tmar (la Montaña de los Dátiles) llegamos hasta Chinguetti, una de las antiguas ciudades caravaneras, y ciudad santa para los mauritanos. Aquí se iban juntando los peregrinos, dispuestos a ir -caminando- hasta La Meca. Un viaje arriesgado que suponía muchos meses y que algunos no resistían. Aquellos que regresaban eran muy respetados, anteponían a su nombre el apelativo de Hayiy solían ser consultados por los vecinos, cual jueces, en casos de conflictos. Hoy día los peregrinos van a La Meca en avión, con su ropa blanca como siempre ha sido y como corresponde, pero hasta entonces era toda una heroicidad.

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Celebramos la Nochevieja en el oasis de Terjit, un cañón en medio del desierto lleno de verdor, con las paredes tapizadas de culantrillos y piscinitas con aguas termales donde, por supuesto, nos bañamos.Una amiga del grupo había traído gorritos navideños, antifaces, trompetas y matasuegras, y había que vernos a todos, incluyendo los mauritanos, tirando confetis hacia lo alto y haciendo todo el ruido que podíamos con las trompetas, ataviados como para una fiesta en el Gran Casino de Montecarlo. Afortunadamente hay fotos que demuestran que aquello no fue una pesadilla. Bashir, muerto de risa como siempre, le decía a Ely: ¡Si tu madre ve ésto creerá que estás con  el demonio!…

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Hubo mucho más: vimos el tren más largo del mundo, donde se transporta el mineral de hierro de las minas de Zuerat hasta el puerto de Nuadibu. Casi 2km de tren, más de 170 vagones, nunca puedes ver al tiempo el comienzo y el final. Con las pistas de arena para los coches cerca de la vía y, cada pocos kilómetros, carteles avisando de la presencia de minas. Bordeábamos todo el tiempo la frontera mauritano/marroquí, donde hubo muchos combates con el Frente Polisario y muchas zonas estaban todavía minadas.

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Vimos el cementerio de barcos con una desolación fantasmal, algunos dentro del mar, otros encallados en la playa, oxidándose al sol, junto a Cabo Blanco.Enormes cadáveres de metal abandonados allí porque, al parecer, desguazarlos en cualquier puerto les costaba mucho dinero a los armadores y preferían embarrancarlos y olvidarse de ellos.

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También en Cabo Blanco y cerca del cementerio marino, desde los acantilados vimos jugar a las enormes focas monje, extintas en el Mediterráneo. Flotaban relajadas entre el oleaje en las rompientes de las rocas, mirándonos tan tranquilas, disfrutando su momento. Y recorrimos el Banc d’Arguin, aprovechando la marea baja para rodar con los coches, en el margen de dos o tres metros que quedaba entre la arena blanda por demasiado húmeda y las dunas, siempre bajo la mirada experta de Ely. Algún esqueleto de ballena o de delfín, y conchas de tortugas blanqueadas sobre la arena. Actualmente han construido una pista por el interior, pero hasta hace poco era el único camino para desplazarse entre Nuadibu y Nuakchot.

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En el Banc d’Arguin tuvimos la ocasión de darnos una vueltecita en el barquito de vela latina de un pescador local, los conocidos como imraguen (del árabe: los que recolectan vida). Hace años eran descritos como una etnia de pescadores negros que eran ayudados por los delfines. Aunque hay algunos wolof la mayoría eran mauros. Muy morenitos, pero bereberes. El Banc d’Arguin es una amplia bahía con muy poco calado. La técnica de pesca descrita de los imraguen era meterse andando en el mar, de dos en dos y extendiendo sus redes. Golpeaban con palos el agua a cuya llamada acudían los delfines que iban empujando los peces (lisas o mújoles) hacia las redes. Pregunté allí pero al parecer ya no se practica ese tipo de pesca tan peculiar.

Salimos en el barquito. El patrón sólo hablaba hassanía, la variante árabe que se habla en el Sahara ex-español y en Mauritania. De francés, ni una palabra. Dimos un rodeo por la bahía rozando unas islitas donde crían abundantes pelícanos. Durante el recorrido fue sacando varios peces a base de anzuelo y en un perolo y con arroz, y con el hornillo de carbón nos preparó un plato sencillamente delicioso. Como aclaración, y como es costumbre en África, no llevaba cucharas en el barco, debido a lo cual comimos a la usanza árabe: con la mano. Que conste que no nos importó en absoluto, bien rico que estaba, pero fuimos objeto de la atención (y objetivo de las cámaras) de otro barco con un grupo de franceses que se nos acercó, sumamente regocijados de ver unos “blancos” comiendo como salvajes…allá ellos.

Como no nos podíamos entender con el patrón (Ely y Bashir se habían quedado descansando en tierra) y él no tenía manera de saber lo que queríamos, el paseo se prolongó con la consecuencia de que, al bajar la marea el barco comenzó a rozar en la arena de los bajíos. El patrón tenía cara de estar seriamente preocupado, se ve que buscaba canales entre la arena para volver a puerto, pero dando muchos rodeos. Cayó la noche y las luces de la aldea se veían lejos.

El barco encalló. Ningún problema: me tiré yo el primero al agua y detrás de mí tres o cuatro más, y entre el peso que aliviamos al barco y los empujoncitos, fuimos dirigiendo poco a poco al barco hasta la costa. No cubría, el agua nos llegaba tan sólo por el pecho, pero metidos dentro del agua bromeábamos: ya nos había tocado empujar los Toyotas cuando se atascaban en la arena, y ahora nos toca empujar hasta el barco…atascado en la arena… Llegamos por fin a la orilla. Ely estaba alarmado por nuestra seguridad, pero para nosotros sólo fue una anécdota divertida más del viaje. Se había hecho de noche y no había luz para las fotos, pero hubiera estado gracioso vernos en la popa y dentro del mar empujando…

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En el segundo viaje, navidades del 2007, con destino Ualata, partimos esta vez de la capital, de Nuakchot. Desde aquí nace la carretera conocida como la Route de l’Espoir, la Ruta de la Esperanza… ¿suena bien, no?… Pero aunque atraviesa Mauritania de Oeste a Este, desde Nuakchot hasta Nema, más de 700 km, el asfalto ha desaparecido en su mayor parte. Además hay bastantes tramos donde la arena la invade o incluso llega a cubrirla, y hay que hacer pequeños rodeos para esquivar la duna de turno. El tráfico es reducidísimo: alguna camioneta muy de vez en cuando. Pero, eso sí: los burritos, las vacas o los camellos se atravesaban con harta facilidad.

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Más o menos a la altura de Aleg, a unos 260 km de la partida, tuvimos la primera sorpresa. Nos había adelantado un Mercedes con dos tipos delante y otro detrás, muy despacito, mirándonos mucho… lo consideramos normal, ¡éramos blancos, turistas, y por allí tampoco hay muchos!. Pero diez minutos más adelante encontramos un espectáculo sangriento: en una camioneta estacionada al lado del camino el conductor yacía, muerto, apoyado en el volante. A su lado, el copiloto, caído a un lado. Y en el suelo, al lado del coche, otro cadáver tapado con una estera. Los tres, de aspecto europeo.

Paramos los coches y nuestros guías se bajaron para preguntar a los del corro que se había formado allí. Volvió Ely, muy serio.- ¿Qué ha pasado, Ely?. –Un accidente, vámonos. Y seguimos. Lógicamente, estábamos muy intrigados. ¿Un accidente, en aquella carretera sin tráfico, con el coche apartado a un lado y sin signos de golpes?… Cuando nos desviamos de la Route de l’Espoir  dirección Tidjikja nos cruzamos ya un par de controles militares. Y allí nos enteramos que unos “bandidos” o, lo que era más seguro, un comando de Al Qaeda, los ocupantes del Mercedes, habían tiroteado a una familia de franceses que había parado un momento.

Mientras nos adelantaban a nosotros debieron considerar que un convoy de tres Toyotas, y además con conductores mauritanos (¡y con la cara de asesino de Bashir!) no era una presa fácil. Y siguieron hasta toparse con los desgraciados franceses. Desde aquel día puedo presumir que Al Qaeda me ha mirado a la cara y ha pasado de mí.

Más adelante nos fuimos enterando que habían asaltado un pequeño puesto militar en el desierto y se habían hecho con las armas y otro vehículo. Ya de vuelta en Nuakchot nos informaron que el comando se había dirigido hacia el sur cruzando la frontera con Mali, pero en aquel momento saber que estábamos nosotros y los del comando dando vueltas en pleno desierto no dejó, como es lógico, de producirnos cierta inquietud.

El hecho de tener a Bashir de nuestra parte nos tranquilizaba bastante. Bromeábamos a menudo con la idea de que, en caso de apuros, bajo la túnica podía aparecer en cualquier momento su querido kalash, del que tanto nos hablaba y que, tras la guerra contra Marruecos, como tantos ex combatientes polisarios, guardaba en casa, por si un día volviese a ser necesario… ese Kalashnikov con el gatillo desgastado de tanto abrir fuego…

La consecuencia del atentado fue que, los de la organización del Rally Paris-Dakar, hartos de amenazas y de bandidaje, que habían tenido que modificar el trayecto varias veces desde sus inicios, decidieron aquel mismo año y con carácter de urgencia trasladarlo a Sudamérica, como así fue. Faltaba una semana escasa para el comienzo, y para un país tan pobre como Mauritania, el Dakar suponía casi el 20% de su P.I.B. Alojamientos, cobertura, toda la logística no sólo para los equipos competidores sino, como vimos al volver a Nuakchot, los cientos o miles de seguidores que abarrotaban los establecimientos. Casi todo el mundo tenía algún “negociete” preparado: retretes y duchas portátiles, suministro de comida, albergues… Todo se les fue a la mierda por aquellos exaltados.

El resto del viaje fue un descubrimiento detrás de otro. En la guelta de Matmata, pudimos ver los cocodrilos del desierto. Según nos enteramos en Mauritania hay alguna otra población pero tuvimos la suerte de ver aquella. Una población que quedó aislada cuando el Sahara se desertificó, y que sobrevive a más de 300 km en línea recta del río Senegal. Afortunadamente para los cocodrilos los nativos del desierto mauritano son muy supersticiosos. Los pocos que quedaron en gueltas de Mali o del macizo del Hoggar, en Argelia, fueron cazados en la segunda mitad del siglo pasado. Los mauritanos los respetan y no los cazan al pensar que, si desapareciesen, desaparecerán también las gueltas quedándose sin agua para sus rebaños. Un poco como pasa con los ingleses y los monos de Gibraltar, pero en el desierto.

En el desierto llaman guelta a cualquier masa de agua, desde pequeñas pozas entre rocas hasta lagos, protegidos entre montañas. Las gueltas son puntos preciosos de abastecimiento en medio de toda aquella aridez, y los nativos abrevan sus rebaños y rellenan allí sus guerbas, versión del desierto de nuestras típicas botas de vino. La diferencia es que en el Sahara son pieles de cabra de una pieza, con los extremos (las cuatro patas y el cuello) cosidos. Igual que en las botas de vino, el secreto de su frescor es la transpiración a través del cuero… y puedo dar fe de que sí, de que el agua se mantiene bien fresquita.

La guelta de Matmata, en la zona montañosa del Tagant, es un cañón donde la laguna encajonada,de una extensión aproximada a la de un campo de fútbol, cercada de altos paredones  de piedra excepto por su “desembocadura” permanece con agua casi todo el año, y donde los cocodrilos pueden vivir en sus aguas turbias. En las épocas más áridas, cuando el agua desaparece, se meten en cuevas y aguantan incluso meses, hasta que las lluvias vuelven a rellenar de agua la guelta. Fue impresionante verles desde lo alto de las paredes del cortado tomando el sol en la orilla. Cuando bajamos a la ribera (con un palito y sin acercarnos mucho a las aguas fangosas, en aquel momento nos daban más miedo los cocodrilos que los de AlQaeda) ver las huellas de las patazas y el surco de la cola producía, como poco, escalofríos.DSCN0701

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Desde Tidjikjia fuimos rodeando el Dar, la cresta rocosa que rodeaba lo que hasta hace cuatro mil años era un enorme lago de 400km de diámetro, el lago Awker, y que ahora es una llanura árida del mismo nombre. Vimos varios asentamientos neolíticos, ciudades extensas con muros de piedra delimitando casas y corrales donde, hace miles de años, vivió una población numerosa con sus ganados, plagados de restos líticos. Molinos de piedra por todos lados. No había ni que buscar, bastaba con agacharse y, a tu alrededor, sólo con estirar el brazo, cogías puntas de flecha, de lanza, raspadores, los mazos de los molinos, trozos y más trozos de cerámica decorada…

Al contrario del aeropuerto de Argel, donde te decomisan -literalmente- hasta la arena del desierto que algunos se llevan de recuerdo (¡será por si se les acaba!), en Mauritania todavía ni te miraban la maleta y podías llevarte souvenirs neolíticos de todo tipo y tamaño. El límite, era el peso que pudieses cargar. En una de nuestras paradas en pleno desierto aparecieron corriendo varios niños. En el desierto hay poca gente, pero de desierto nada. Y de muy lejos distingues la polvareda de los coches, las manchas blancas de las cabras o las negras de las jaimas. Le regalamos a los niños caramelos, lápices y cuadernitos, y tal como aparecieron, desaparecieron corriendo, tan contentos. A los diez minutos apareció el padre, con su dignidad de nómada y superagradecido. Traía un gran cuenco con leche de camella del que bebimos todos. Y como regalo, unas puntas de flecha, de sílex, que fue dándonos a todos, uno por uno, haciendo un pequeño gesto y diciendo: Une flèche…une flèche…une flèche… 

A los pocos días y ya en el Dar, en lo que fue orilla del antiguo lago de Awker -sin ninguna población a varios días en Toyota-, otro niño me intercambió por no sé qué tonterías dos “cositas” de las que deben encontrarse por allí a cientos pero que en cualquier museo europeo figurarían en vitrina destacada: una pulsera de piedra y un pequeño perolo de barro con tiznes de haber estado en contacto con fuego. Ambos, intactos. Para dejarme claro que servía para comer el niño lo apoyó en una mano mientras con los dedos de la otra hacía gestos de picotear. No fue el único: en pleno desierto, muy lejos por tanto de ciudades y de “picardías urbanas”, otro niño me intercambió una brida de camello, confeccionada con tiras trenzadas y teñidas de piel de cabra…lo que ya no pude saber si se trataba de la brida del camello de su padre y, en ese caso, si el pobre hombre se tiró varios días buscándola…

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Según los arqueólogos la orilla del lago fue la zona con más densidad de población de toda África en aquellos tiempos, proporcionando caza y pesca en abundancia, y facilitando los cultivos y la ganadería. La población original era de negros soninke, aunque ya en tiempos históricos, con la expansión del Islam y la introducción del camello, fueron siendo desplazados por los bereberes del norte .Visitamos Tishit, decrépita y comida por las arenas.

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De Tishit se cuenta otra historia típica de las gentes del desierto, de las que ilustran la defensa del honor y las rencillas que pueden perpetuarse de generación en generación. La población de Tishit se reparte, ex-esclavos haratin aparte (ésos son negros y no se les tiene en cuenta), entre dos grandes etnias: los de origen árabe kunta (Al Kanata, del linaje Beni Hassan), y los bereberes zanata. Conviven, cada cual en sus barriadas aparte, pero por supuesto no se mezclan ni jamás se les ocurrirá casarse entre ellos. Aunque los kunta tienen su “capital”, por llamarlo de alguna manera, en Uadan, se reparten por muchas ciudades de Mauritania, al igual que los zanata. 

Un día que un zanata según unos, un kunta según otros, abrevaba sus camellos en un pozo una camella sedienta, propiedad de la otra etnia, se acercó a beber del cubo donde bebían los “suyos”. De forma expeditiva, el dueño de los camellos alejó a la pobre camella intrusa de forma expeditiva, a base de zurriagazos con la fusta…¡y para qué queremos más!… La etnia ofendida por el castigo a su camella desenfundó sus afiladas gumias y comenzaron los ajustes de cuentas, que se extendieron por toda Mauritania durante casi cien años hasta que los ulemas, los jueces islámicos, pudieron hallar una solución al conflicto, siempre a base de compensaciones materiales…en el desierto con el honor no se juega.

Las antiguas ciudades caravaneras (Chinguetti, Uadán, Tishit, Ualata) construían sus casas y mezquitas con la técnica de la “piedra seca”, es decir: sin cementación ni argamasa, unas sobre otras. La más al norte de todas, Uadan, y por tanto la más castigada por las incursiones de los nómadas, estaba amurallada y con dos puertas vigiladas por gente armada permanentemente. Cuando los vigías veían acercarse a los bandidos un esclavo hacía sonar el rezzam, el gran tambor, avisando a los hombres para la batalla. El remate de las murallas, hechas también en piedra seca, formaba una especie de repisa hacia fuera, lo que conducía a que, ante las frecuentes incursiones de los bereberes lamtuna, o de los árabes hassan (que llegó a convertirse por extensión a todos los bandidos como sinónimo, un tanto peyorativo, de “los del fusil”), cuando intentaban trepar la muralla se les desmoronaba y les caía encima.

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Las crónicas de estas ciudades registran ataques constantes. Venían de muy lejos en sus razzias, a lomos de sus camellos, cruzando a veces hasta 1.500km de desierto, procedentes de la Saquía Al Hamra o Tinduf, hasta la lejana (y rica) Ualata. Guerreros jóvenes sin ganado y sin propiedades que buscaban su fortuna asaltando las prósperas ciudades caravaneras. Acampaban durante días en los palmerales de los oasis dedicados al pillaje, al robo de ganado, secuestrando esclavas que salían a buscar agua a los pozos, o robando a los incautos, obligados a salir por cualquier causa.Los habitantes de la ciudad atrancaban sus puertas, pero no siempre era garantía para evitar los robos. El tener aquellos bandidos acampados a la sombra de las palmeras paralizaba cualquier  actividad de la ciudad, razón por la que los habitantes llegaban a un acuerdo para pagarles y que se marchasen a otro lado.

El hecho de que Ualata fuese la más alejada no la libraba de las incursiones. La fama de su riqueza atraía a los ladrones. Cansados del bandidaje, llegaron a talar el palmeral para que no encontrasen refugio. Pese a talar el oasis y desesperados, a finales del Siglo XIX  y comienzos del 1900, se asociaron o contrataron a otros nómadas, que se establecieron cerca de la ciudad y les ayudaron a repeler varias agresiones. Hace tiempo que ya no circulan las caravanas de cientos de camellos que transportaban oro, sal y esclavos. Pero a muy pequeña escala te encuentras pequeñas caravanas que siguen yendo, de aldea en aldea, comerciando con lo necesario para ellos: arroz, mijo, velas, telas, aperos…

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O los cada vez más escasos nómadas, que se mueven de un lado a otro, moviendo sus familias y su pequeño campamento, a lomos de sus camellos.

Ualata, como Timbuktú, vive de sus recuerdos, de cuando eran ricas ciudades dedicadas al intercambio en la época de las caravanas. En el ambiente y en las gentes queda un rastro de grandeza, aunque ya no comercian, ya no hay maestros ni escuelas coránicas de las muchas que acogió. Como en cualquier población del mundo venida a menos, se palpa un clasismo exagerado y trasnochado. Hoy en día Ualata es famosa por la decoración de sus casas de la que hablaré más adelante, pero como ejemplo del complejo de superioridad de los herederos de los antiguamente ricos comerciantes, contaban allí que una mujer de la casta superior rechazó el trabajo de una haratin, descendiente de esclavos y la mejor decoradora del momento, indigna de poner sus sucias manos en tan digna vivienda…

Otro ejemplo más antiguo: cuentan los actuales walatís con bastante sorna que, hace años y enfrentados los ricos comerciantes, al parecer por una ofensa a su jefe, iban a enfrentarse en una batalla campal a la casta de los nemadis, cazadores seminómadas bastante rústicos (lo que ya es decir mucho en el desierto), moradores de una barriada aparte en las afueras de Ualata. Pero al contemplar desde lo alto de la duna que habían escogido como campo de batalla a los nemadis, y considerar los comerciantes que podían ensuciarse sus babuchas de seda y sus ricos vestidos bordados al menor roce con aquellos bárbaros, dejaron la pelea para mejor momento y a los desharrapados nemadis allí plantados…

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Los descendientes de los árabes comerciantes atesoran y enseñan con orgullo sus valiosos manuscritos y desprecian, cual patricios romanos, el trabajo manual, que para éso ya están los haratin. Hoy día y con la ayuda de ONG europeas, como la catalana Món-3, han embalsado el arroyo, donde abrevan los camellos y los burritos, y con cuya agua han recuperado el oasis cultivando frutales, hortalizas, y las benefactoras palmeras cuyos dátiles recogen y a cuya sombra se protegen las plantas más delicadas.

Asociamos la imagen de la palmera con el desierto, pero en tiempos históricos aún no existían allí. El cultivo de las palmeras comenzó con la expansión del Islam. Hay un poema, atribuido al primer califa Omeya de Córdoba, Abderramán I El Emigrado , nacido en Siria y huído de Damasco ante la persecución de la nueva dinastía de los Abassíes que, al ver una joven palmera posiblemente brotada de un dátil caído al suelo, ya en suelo español exclamó: Tu también eres, ¡oh, palma!, en este suelo extranjera…

Originarias de Oriente Medio se adaptaron bien en África del Norte, no sólo en las zonas más propicias de los oasis, sino incluso en el desierto más desolado. Su fruto: el dátil, constituía una fuente de alimentación, pero además uno de los objeto de comercio más apreciado, muy demandado por los negros de Bilat Al Sudan, al sur. Los tuareg, por cierto, presumen de forma un tanto presuntuosa que a un targui le basta para alimentarse tres días con un solo dátil: el primer día con la piel, el segundo con la carne, y el tercero con el hueso…

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Para su conservación y transporte se desecan al sol, al estilo de nuestras uvas pasas. Tengo en casa, en un cuenco de madera de acacia mauritana, cerca de un kilogramo de dátiles secos, comprados en el mercado de Nuadibu  en el 2006, y siguen estando igual de deliciosos.Nos contaban los mauritanos que, en la época de recolección, la geytna, entre Julio y Agosto, la población de las dos grandes ciudades, Nuakchot y Nuadibu, se desplazan en masa a las zonas del interior, donde más se cultivan y en las que viven en chozas temporalmente entre los palmerales durante esas semanas.

No en vano llaman Adrar el Tmar = La Montaña de los Dátiles, a la zona con más palmerales. En Enero fecundan las flores de las palmeras hembra (nayla) con los ramos de flores de las palmeras macho (emasin). Bastan las flores de un emasin para fecundar cien nayla, en lo que se llama el eyenker.  Los dátiles son todo un mundo. Reconocen unos 26 tipos de dátiles distintos según su calidad: desde los de “lujo”, los sikani, a los malos, los tay, destinados a los animales y los esclavos, pasando por los la’ale o los leilat, más conocidos y comercializados como deglet en Marruecos .

Los haratin, descendientes de los antiguos esclavos o de los negros soninke, que fundaron la antigua Biru, lo que después se llamó Ualata, siguen encargándose de los trabajos más duros. En el cultivo de los oasis, aunque la propiedad de las palmeras esté en manos de la casta superior, son los siervos los que las cultivan, entregando la mitad de la cosecha de dátiles a sus amos. Pero siempre hay un escalón aún más bajo todavía que el de los siervos. En Ualata los más primitivos de todos son los despreciados cazadores nemadis, que cazan gacelas ayudados por sus perros, y que viven literalmente apartados de todos, en un poblado de la ladera, al otro lado del palmeral.

Mauritania fue de los últimos países en abolir, institucionalmente al menos, la esclavitud al declararse independiente en el año 1960. Pero algo quedaría porque vuelve a abolir de nuevo  oficialmente la esclavitud, en 1981. En el 2006 seguía presente y de hecho se penaliza ya en el 2007. La población de “moros negros” como les llaman es casi el 60% de la población, en un estado si no de clara esclavitud (los abid) sí de servidumbre.

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Los ulemas o predicadores islámicos reconocen la legitimidad de la esclavitud, tal y como se reconoce en la ley islámica, la Sharia. La revista Jeune Afrique dedicó varios artículos en 1980 sobre la pervivencia de la esclavitud. En 1983 un periodista del diario mauritano Le Courrier International, citando irónicamente a sus interlocutores mauritanos sobre este mismo tema, decía que, “quizá lo que se debería hacer era volver a abolir la esclavitud”…

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La esclavitud es un estado transmitido por la madre a todos sus descendientes, salvo que el marido la compre y “libere su vientre”, según la fórmula usada. En las ciudades quizá se nota menos pero en el interior, no falla: en cada pozo que te encuentras, tirando de las cuerdas a pleno sol para sacar el agua con que abrevar a burros y camellos, sólo verás negros. En Abril de 1980 hubo graves disturbios en Atar al venderse en pública subasta en el mercado una joven haratin. Ese mismo año cuatro haratin son detenidos, encarcelados y azotados por querer abandonar a su amo. Y aún hoy los amos exigen a sus haratin trabajadores por cuenta ajena una parte de su sueldo… aunque estén en Francia.

Pero volviendo a Ualata: aparte de su imponente enclave, pegado a las escarpaduras del Dar, por donde trepan las callejas, techadas con sombrajos de caña para refugiarse del sol, lo más destacable y lo que ha hecho conocida a la ciudad es la decoración que las mujeres hacen en los muros y en los patios, con barro blanco y rojo, donde hunden las manos y con las que trazan arabescos haciendo figuras abstractas, dándole un aspecto único y peculiar.

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El arquitecto Antonio Corral Jam escribió un libro muy documentado y muy completo: Ciudades de las caravanas. Itinerarios de Arquitectura Antigua en Mauritania, objeto de su tesis doctoral, en el que refleja los estudios que hizo en tres ciudades caravaneras mauritanas: Tishit, Uadan y Ualata, entre los años 1978 y 1981. Entre otras cosas describe el arte decorativo doméstico walatí y explica las afinidades formales con la decoración abasí de Medio Oriente, la califal cordobesa y la hispano magrebí, por su inspiración floral y sus normas de composición. Como es habitual en ese tipo de decoración cada curva, cada punto, cada línea, son un símbolo preciso de cada aspecto de sus vidas.

Deduce Antonio Corral que los mercaderes del Norte de África exportaron a Ualata los dibujos, imitados de las casas y palacios del Oriente y del Occidente musulmán, desde Samarra, junto al Eúfrates, en Irak, hasta Córdoba. Pero aquella decoración pintada y esgrafiada, muy meticulosa,  tuvo un momento de extinción en el periodo colonial y postcolonial por los cambios sociales que la administración francesa impuso en toda Mauritania, que acabó por desestructurar el orden y las jerarquías que regían el funcionamiento en las viejas ciudades.

Continúa describiendo el arquitecto  que, en los años 80, pudo ver en los muros rotos de las casas derruidas, deshabitadas hacía 40 ó 50 años, una decoración cuyos dibujos plasma en su libro, mucho más rica, de mucha más calidad de la que más tarde se ha recuperado, aunque simplificada y desfigurada al desaparecer los antiguos artesanos, sin dejar sucesores. No obstante, la recuperada decoración walatí sigue despertando admiración por el efecto acogedor y relajante.

Celebramos allí la Nochevieja del 2007, igual que el año anterior la celebramos en el oasis de Terjit, pero con menos ruido y sin tanta máscara ni gorrito ni trompeta. Al día siguiente bajamos por muy malas pistas de arena y por las dunas, algunas blancas como la nieve, hasta Nema que, comparada con Ualata y tras los días pasados en la tranquilidad del desierto nos pareció Manhattan, por el follón de gente, de coches y de tráfico.

Aunque la frontera con Mali no está cerca, su ubicación en el rincón sudoriental de Mauritania, la convierte en el paso hacia Timbuktú o hacia Segú. Allí, en medio de una calle, sin mayor indicación ni un triste cartel (¿para qué van a poner un cartel, si ya lo saben todos y la mayoría ni saben leer?), empezaba abruptamente –o acababa- la Route de l’Espoir. La cogimos y comenzamos el largo regreso hasta Nuakchot, esta vez sin ningún susto. La única distracción en la carretera, algún asno atropellado.

Aún nos quedaba por ver una cosa inusual. A medio camino las fuertes lluvias que, cuando caen en el desierto son torrenciales, habían formado unos lagos de varios kilómetros de largo. Era todo un espectáculo ver en medio de las arenas amarillas aquella extensión azul. Lo malo era para los habitantes de los pueblos de la zona, inundados, para los que habían tenido que improvisar campamentos de tiendas blancas de lona, que se extendían a su vez durante varios kilómetros a un lado de la carretera. No había problema: en un par de semanas el desierto se tragaría toda aquella agua y volverían de nuevo a sus casas.

El año anterior, cuando recorrimos la parte norte de Mauritania, las excepcionalmente abundantes lluvias (dentro de lo que cabe para el desierto) habían reverdecido los secos matojos. Y aunque crecen espaciados, al mirar el paisaje en lontananza nos asombraba ver un horizonte verde, nada habitual en esas latitudes. Por supuesto los camellos estaban gordos y encantados con semejante abundancia.

Uno de los del grupo, con bastante experiencia “africanista” y viajero habitual por el África Occidental había estado unos meses antes en el antiguo Sahara Español, en la zona norte, lo que se conoce administrativamente como Saquía Al Hamra (en árabe: “la acequia roja”, por un arroyo casi siempre seco que discurre por allí). La capital de la comarca es Al Aiun (en árabe, literalmente, “los ojos”, sinónimo de los pozos, o los manantiales), a 20km. de la costa, pegado al cauce de la Saquía Al Hamra.

Nos contó Manolo que aquel año y, tras las abundantes lluvias, se había formado junto a Al Aiun en el cauce habitualmente seco un lago de varios kilómetros de extensión, como el que vimos en Mauritania, a tal punto que los jóvenes de la zona, tan contentos y aprovechando aquel pequeño mar interior, se habían puesto a practicar deportes naúticos, como el wind-surf…”¡Hay que joderse –nos decía Manolo- en el desierto haciendo wind-surf y en España con sequía!”…

Al llegar a Nuakchot nos la encontramos atestada de ingleses y alemanes medio borrachos o borrachos del todo, montando follón por todas las calles, cual si de Ibiza o Torremolinos se tratase. Seguidores de los equipos del París-Dakar, la amenaza de los comandos de Al Qaeda les había dejado sin el espectáculo de la competición, pero tampoco parecía que les importase demasiado mientras quedase cerveza, y no les había quitado las ganar de beber como cosacos. Para una gente tranquila como los mauritanos (musulmanes y por tanto abstemios) toda aquella multitud de infieles alcoholizados les debía parecer un horror. Más de uno echaría de menos a los almorávides…incluso a Al Qaeda. Sin el Dakar se han quedado todavía un poco más pobres, pero seguro han ganado en tranquilidad.

 

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Argelia: a pie por la cordillera del Tefedest

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Agradecimientos

Antes de nada y aplicando el refrán de que “es de bien nacido ser agradecido”, he de reconocer que a mis flacos recuerdos he podido ayudar, y mucho, con el libro que mi compi de aventuras y del que luego hablaré, Josema, escribió sobre este viaje. Plagado de fotografías hechas por él y de citas, es un texto muy completo, documentado y detallado, como a mí me gustan. No en vano era imagen común en nuestros viajes ver a Josema tomando notas todo el rato en un cuadernillo (con lápiz, nunca te quedas sin tinta dice, y dice bien) o preguntándole a un mauritano, por ejemplo, cuánto valía un camello y una camella. Podéis conseguirlo por internet, bien en papel (las fotos siempre saldrán mejor. Por cierto, Josema: me he permitido copiar algunas de ellas) o en formato PDF. Su nombre: Caminando con los tuareg. Por el corazón del sahara: el macizo del Tefedest y las montañas del Hoggar. Su autor: Jose Manuel Rodriguez Jimeno. 

Tengo muchos libros de viajes, muchos de ellos sobre África, unos cuantos sobre el desierto, y algunos pocos sobre los tuareg (¿se nota que me gusta el tema?) pero, y lejos de mí la intención de hacer la pelota, el de Josema está muy bien, y no sólo porque tuviese la suerte de formar parte del libro. Por supuesto tengo éste, que me regaló y dedicó. Pero lo hubiese comprado de todas formas. Intentaré que esta entrada de mi blog, si no tan completa, quede digna. En tu honor y en el de tantos buenos compañeros de viaje vaya esta cita de Claudio Magris en su libro, El Danubio:

en ocasiones la vida es buena y permite viajar y ver mundo, aunque solo sea a retazos y por poco tiempo, con los cuatro o cinco amigos que declararán en nuestro favor el día del Juicio, hablando en nuestro nombre..

Gracias, Josema.

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Apunte del natural: el Garet Al Yenún desde el campamento

La partida. Sábado, 20/12/2008

Tras mi última noche de guardia (y de trabajo) en el Centro de Urgencias Veterinarias de Bravo Murillo y tras un amago de última urgencia, debido a una llamada desesperada a las ocho y media, que desvié hábilmente a la central de Reina Cristina, y tras sopesar si ir en transporte público o coger un taxi como un señor, me decidí por esta última opción: avisar un taxi, y evitarme arrastrar el pesado petate por el metro y sus largos pasillos.

Recogí pues, mis últimas cosas, o sea, el pijama azul puesto que todo lo demás (cacharros de comida, café, sopas, libros, etc) ya me lo había llevado antes, de las misma manera que el petate descansaba allí hacía dos días, con todo preparado. El jueves a las 10 aparecieron para despedirse de mí en persona Rosa, la de la limpieza y su marido, a los que llegué a apreciar las pocas veces que coincidimos y a los que había dejado una nota de despedida comunicándoles que dejaba el trabajo.

Tiré mis viejos zuecos a la papelera (despréndete de lo material, dijo el Buda) cerré la puerta del tirón, la física y la retórica, dejándole las llaves dentro (como había convenido con Jóse, mi superior directo) a Sebas, el compi boludín, con otra notita, me subí al taxi que esperaba ya en la calle y me fui derechito al aeropuerto, dispuesto a huir de Papá Noel, de las luces navideñas que iluminaban graciosamente Madrid, y de la civilización judeocristiana.

Barajas. T4. Actualmente “Aeropuerto de Madrid-Barajas Adolfo Suarez”…demasiado largo para los castizos para los que sigue siendo “Barajas” a secas, como toda la vida. Un viaje más y 32€ menos. Para la próxima, en metro, pienso. Hemos quedado en el mostrador de Air Algerie, y para cuando llego, con puntualidad británica, los otros tres ya están allí. Aparte de mí el equipo es el siguiente:

1º/-Jose Manuel, Josema para los amigos. Ya conocido de dos viajes previos a Mauritania. Profe de Educación Física (y como cabe esperar muy deportista) en Zafra, ecologista-coñazo-sólo-lo-justo aunque buen encajador de bromas, viajero inveterado, lector empedernido y con avidez de conocimientos y ante todo buena persona. En su último viaje de verano se enrolló con su última novia, Belén, chica agradable, con la que ha planeado vivir juntos en Zafra en un par de meses. La idea de este viaje partió de él. Quería conocer la zona del Tassili N’Adjer, donde estuve yo hace año y pico, de fantásticos paisajes rocosos y pinturas rupestres a mogollón, más de diez mil catalogadas. Un pasote.

Moviendo el tema contacté con un targui  (singular de tuareg), Mohamed, cocinero en nuestra expedición, con el que se enrolló una española del grupo y a través de la cual me enteré que sí, que mantenía contacto (no puedo precisar a qué nivel), y que además había montado su propia agencia. Aclaración: sólo en Tamanraset (para los locales: Tam, capital de la provincia del sur argelino) nos contó Ventura (ya hablaré de él en el Assekrem) que había 88 agencias. Pero el concepto de “agencia” no coincide necesariamente con el nuestro.

En el caso concreto de los tuareg, una agencia puede ser un solo targui que en un momento dado reúne un pequeño grupo, generalmente de la misma familia, y consigue un par de coches. Mohamed me dijo que sus tarifas eran 60€/persona/día, todo incluído: guía, desplazamientos, manutención, etc…aunque siempre es importante aclarar algún extra de los que siempre salen. Con la agencia de Miquel Petit con la que había viajado a Djanet, para conocer el Tassili N’Adjer, había un par de alojamientos, sobre todo el último (el 1º, el Zeriba, era un pelín deficiente) importantes a la hora de poder descansar  adecuadamente tras la paliza a caminar que supone el recorrido por el Tassili.

El problema eran los vuelos: ya metidos en Diciembre no había vuelos con transbordo en el día desde Argel, incluso cabía el riesgo (y si cabe, lo habrá fijo, es la Ley de Murphi a la africana) de tener que pasar una noche en Argel. Si la compañía aérea hasta la capital no era la Air Algérie (podían ser Iberia, AirFrance), los vuelos internos salían mucho más caros. Pero hete aquí que avisaron a Jose Manuel desde Viajes y Cultura Africanas, la agencia de Javier con los que ya había hecho un par de recorridos, que había un viaje organizado al que podríamos apuntarnos, un viaje “cañero” de los que le gustan a Jose Manuel…¡y a mí, qué leches!: nada menos que 17 días (del 20/Dic al 6/Ene), de trekking por el desierto, y además por una zona apenas transitada: las montañas del Tefedest, al norte del Hoggar.

Este viaje lo habían pedido “a la medida” dos tipos a los que, por supuesto, no conocíamos de nada. Javier, buen vendedor, me dijo que uno estaba interesado por la botánica (¡un biólogo –pensé- qué bueno como compi de viaje!, acostumbrado a mis periplos montañeros con los amigos biólogos), y que al parecer nos aceptaban como parte del grupo “si no éramos un grupo grande, y con cierta experiencia”, lo que me pareció unas condiciones muy sensatas. Los ví casualmente un día en la agencia Viajes y Cultura. Los dos me parecieron muy cabales, y una semana antes quedamos allí para recoger billetes y visados, y “conocernos” los cuatro, para lo cual tras hacernos con lo nuestro nos tomamos una caña en el bar de al lado y hablamos un poquito de las cosas para llevar, tipo botiquín y vituallas extras, y un poco la idea del viaje.

2º/-Miguel Pinar: la idea de este viaje partió de él. Viajero compulsivo, ha recorrido muchos países del mundo. Ahora estaba descubriendo el Sahara. Había recorrido el Akakus libio y el Tadrart junto con el Tassili N’Adjer argelinos. Más adelante se planteaba conocer Mauritania (donde ya habíamos estado dos veces Josema y yo). Se decidió por el Tefedest precisamente por lo apenas frecuentado, ni siquiera por los tuareg a los que, al parecer, les daba “yuyu”. En concreto  su extremo más septentrional era la montaña más alta, visible desde muy lejos y de aspecto, como veríamos más adelante, un tanto sobrecogedora, llamada por los tuareg Ouded, pero más conocida por su nombre árabe de Garet Al Yenún: la Casa o el Jardín de los Jinns, esos geniecillos que están por todos lados y a los que tanto temen los supersticiosos tuareg.

Miguel se demostró como persona muy sensible, conocedor profundo del mundo del arte y artista él mismo, pero además interesado desde su infancia jienense, en Mengíbar, por todo lo relacionado con la arqueología y la naturaleza. Con gran agudeza –según él por su pasado cazador- para detectar restos de todo tipo. Esta afición viajera está favorecida por su doble condición de funcionario y de célibe, ya que según fuimos sabiendo tiene una “novia eterna” en Valencia, Lola, que tampoco le exige mucho.

Y 3º/-Alberto Ordoñez,  como alias conocidos: El Buen Doctor o El Maestro. El primer día que le ví me sorprendió su físico mezcla de Unamuno y Don Quijote. Muy reservado con su vida personal nos vimos obligados a ir descubriendo tan sólo retazos. Confesó su edad casi al final: 60 años, pero muy bien llevados. Montañero de toda la vida, amante de la vida sana, el más higiénico de los cuatro con diferencia y, médico de profesión, mantiene una “cuadra” de 10 enfermeras de las que, por más que lo sondeé a menudo, fue imposible saber hasta dónde llega la intimidad. Buen conocedor del mundo artístico, solía entretenerse con piedras haciendo sus performances.

Pues semejantes cuatro estábamos en la T4 del aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suarez esperando la hora de la partida, programada en principio a las 12,30, como efectivamente fue

Llegada a Argel

Nos la habían pintado como una ciudad peligrosa, foco de integristas y exaltados, al punto de recomendarnos no salir del aeropuerto. Pero como nos sobraban unas 10 horas sobre el horario previsto que, con el habitual retraso se convirtieron en unas 14, y nos sentíamos valientes, habíamos convenido con Javier que avisase a nuestro “hombre en Argel”  para recogernos en el aeropuerto y darnos un rulillo por la ciudad.

Así fue. Apareció nuestro “árgel de la guarda” (no es una errata, es un chiste fácil: de “ángel” a “árgel”, tampoco damos pa más) , de nombre Ferhat, con una apariencia física totalmente europea (como muchos de los hombres que vimos al pasear) con una furgoneta tipo pick-up con un espacio enrejado y con su cerradura atrás. Recorrimos una autopista hasta entrar en Argel. Tráfico denso, contaminación. Fuimos pasando por el puerto, las estaciones de buses que reparten a la gente por la periferia. Vimos como muestra del buen hacer de los magrebíes un coche-grua: un Land-Rover cortado por la mitad con cartel de “assistence” y un gancho con un pedazo de cadena para arrastrar a los pobres desgraciados que se averiasen…

Llegamos por fin al centro. Le habíamos dicho si se podía pasear por el centro y la kashba y nos dijo que sin ningún problema… Aparcó en un parking subterráneo donde dos naturales, sentados con indolencia en sendas sillas, cumplieron su tarea sin levantarse: mientras el uno apuntó la matrícula, el otro sin abrir el pico le hizo ademán de detenerse. Salimos del parking (donde otro empleado le hizo más gestos para ayudarle a  aparcar) a una placita muy arbolada, y nuestro “árgel” nos encaminó a unas grandes escalinatas que nos conducirían a la kashba.

Argel es una ciudad que debió ser muy bonita, aunque ahora estaba bastante deteriorada. Me recordó la estructura de Tanger, o incluso de San Sebastián, como una ciudad en pendiente rodeando una bahía. En las zonas más próximas al mar se mantenía la influencia francesa en cuanto al trazado y la arquitectura. En las partes más altas, se mantenía el trazado musulmán y las huellas de la dominación otomana, visible en los soportes de las balconadas, en la decoración de las puertas o incluso en los patios interiores, a nuestra vista en las casas derruidas, a consecuencia de terremotos y la desidia.

Paseamos un buen rato por la kashba, metiéndonos por callejas, asomándonos a patios y terrazas, y en ningún momento hubo sensación de inseguridad ni tan siquiera una mirada hostil. Por el contrario, los pocos que nos miraban lo hicieron con bastante discreción y solamente un par de chavales y de chicas, sonrientes, nos preguntaron, ¿italianos?… Salimos por fin a un mercadillo callejero, donde compramos una barra de pan con semillas de sésamo al lado de una gran mezquita, la Mezquita de los Judíos, nos contó nuestro guía, con un estilo que recordaba incluso al románico, posiblemente influencias bizantinas, de cuando anduvieron por aquí antes de la llegada del Islam.

Fuimos a cambiar dinero a los cambistas, que ejercían en plena calle, a un cambio que como nos dijo nuestro “ángel de la guarda” era mucho más ventajoso que el oficial que nos darían en los bancos, y efectivamente así fue. No recuerdo exactamente a cuanto, pero para calcular los precios a lo fácil, un euro equivalía a cien dinares. Excepto “la última cerveza” que nos tomamos en un hotel, al parecer el único sitio en Argel donde las dispensaban (había parroquianos del lugar tomando alcohol, ¡Alá los confunda!), no volveríamos a tener ocasión de gastar ni un dinar hasta el último día, en Tamanraset. El desierto nos resultó muy económico, en ese sentido.

Tuvimos también ocasión de visitar el monumento conmemorativo de la independencia argelina, allá por 1960. Sobre una de las colinas que dominan la bahía, un altísimo “cohete” de hormigón formado por cuatro curvas unidas en lo alto. A su alrededor viejas casas de apartamentos absolutamente cuajadas de antenas parabólicas. El único momento de tensión sufrido en Argel, a parte de la espera en el aeropuerto, fue cuando fuimos a dar la propina a nuestro guía, Ferhat. En Madrid preguntamos a Javier cuánto era lo habitual, y nos dijo que unos 10 euros por persona. Nos sentimos generosos por el buen paseo y decidimos darle 50 entre los cuatro. Mas cual no sería nuestra sorpresa cuando al darle los 50 y decirle si le parecía bien, dijo que no, que si le dábamos otro igual. Un tanto cortados le dijimos lo de Javier, y contestó que por lo menos 80. Le dimos 20 más y ahí quedó la cosa. Como hubiese dicho Cervantes:

…y luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada…

Volando a Tamanraset

En el aeropuerto de Argel la terminal de vuelos internacionales está al lado de la de los vuelos nacionales. Sólo hay que ir arrastrando la maleta unos cien metros para cambiar de terminal. El vuelo era nocturno. En principio salía a las diez de la noche aunque se retrasaría hasta la una y media…ésto pasa no sólo en África sino en los mejores aeropuertos europeos. Hubo un pequeño momento de tensión: justo al facturar nuestros equipajes, nos dicen que mi reserva (sólo la mía) “no aparecía”. Iniciamos un pequeño peregrinaje adjuntando el billete electrónico impreso que yo tenía en mi poder, y que empezó a circular de ventanilla en ventanilla, de funcionario en funcionario, siguiendo los cuatro cual halcones peregrinos a mi billete sin perderle de vista ni un momento con la mirada, nada de sentarse a esperar…

En el Magreb aprendí hace tiempo, observando sus costumbres, que el truco ante cualquier problema administrativo o de billetes es insistir, insistir, e insistir, siempre con la misma cantinela. Hasta que al final, aburrido, uno de ellos cede y, súbitamente, se soluciona el problema. Así sucedió en el aeropuerto de Argel, terminal de vuelos nacionales. De repente, a la cuarta o quinta ventanilla, obtuve mi reserva. Tras estos “pequeños” trámites, subimos al avión y aprovechamos para dormir un poquito, dado que por las ventanillas no se podía ver nada del paisaje. La distancia entre Argel y Tamanraset son casi dos mil kilómetros. Dado que hizo una escala previa en Djanet  (o, mejor, Yanet), la travesía se prolongó más de las tres horas previstas, así que llegamos a Tam amaneciendo.

En el aeropuerto, pacientemente, nos esperaban nuestro guía targui, Mulud, el jefe del grupo y conductor del primer Toyota junto a sus tres ayudantes: el conductor del segundo Toyota…nunca se debe ir en un solo coche por el desierto ante el riesgo de averías porque te puedes quedar seriamente aislado. El cocinero, y el que sería nuestro acompañante a pie durante todo el recorrido, Ibrahim . Ibrahim era menudito para lo que suelen ser los tuareg. El cocinero, por ejemplo, era un robusto targui de metro noventa. Ibrahim era más pequeño, lucía una contínua sonrisa y sobre todo, tenía un gran parecido con nuestro ex-presidente Aznar, con su bigotito y todo. Había estado casado pero su mujer le había echado de casa, nada raro entre las targuiyas, mencionaré sus matriarcales costumbres más adelante, y buscaba novia. Éso sí: al contrario de las costumbres magrebíes en donde es la familia la que concierta la boda de las hijas a muy corta edad (la opinión de las niñas ni se considera), entre los tuareg son las targuiyas las que deciden si le gusta el pretendiente o no le gusta.

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Comienza el viaje

Antes de nada, y como suelo aclarar cuando describo viajes por antiguas colonias francesas como es el caso, cuando mencione nombres de personas y, sobre todo, localidades, lo haré evitando la transcripción gramatical “a la francesa”, y procurando poner el nombre “tal como suena” pronunciado por ellos. Ejemplos: en vez de “Mouloud” Mulud, que es como ellos dicen y además como se pronunciaría la palabra escrita “a la francesa”. En vez los “djinn“, pues Yinn. En vez de “Djanet”, pues Yanet.

Tamanraset, capital de la wilaya o provincia del sur, fue en origen un pequeño asentamiento de tiendas nómadas. Tuvo que ser un predicador  francés del que ya hablaré, el Padre Foucauld, todo un personaje, el que levantó la primera construcción en piedra, en 1905. Pero Tam fue creciendo hasta alcanzar, hoy día, los cincuenta mil habitantes. Mulud nos llevó hasta su “campamento” en las afueras, una pequeña construcción con colchonetas, un pequeño baño y que además les servía de almacén para las bombonas de gas, las provisiones, las tiendas de campaña y el resto de la impedimenta. Desayunamos algo: café con leche en polvo, tostadas con mantequilla y mermelada, y comenzamos el viaje.

Nuestro propósito es comenzar a caminar, un poco más adelante, siguiendo el macizo del Tefedest, dirección sur-norte hasta llegar a su extremo más septentrional, en la montaña de Garet Al Yenún (aunque suele aparecer escrita “en francés”: Al Djenun), 2.200 metros de alta, dominando todo el panorama de desierto que la rodea. Mencioné al principio que el Tefedest es un territorio, dentro de lo escaso de gente que es de por sí el desierto, muy poco poblado. De hecho apenas vimos más que algún cabrero. Los tuareg, muy supersticiosos, dicen que está lleno de yinns, de esos diablillos que te pueden llegar a complicar mucho la vida, que viven en cada cueva, en cada fuente, en cada pozo y casi en cada roca y, en especial, en el Garet Al Yenún. Creo que, desde nuestra perspectiva de europeos, tuvimos “indicios” de su existencia.

No voy a pormenorizar cada etapa, primero porque los nombres locales son complicados y a mí mismo me acaban confundiendo, éso se lo dejo al libro de Josema. Prefiero centrarme en lo que supusieron para mí las emociones del viaje, que fueron muchas, aunque algo comentaré de nuestras rutinas…no se lo voy a dejar todo a Josema.

Gastronomía del desierto

Como parte de nuestras rutinas, serán las horas de luz las que marquen los tiempos. Nos levantábamos a poco del amanecer, y desayunábamos aproximadamente a las siete. Como la primera vez, café con leche en polvo, tostadas con mantequilla y mermelada. Estando de camino hacíamos una paradita como a las once, e Ibrahim sacaba de su bolsa algunos dátiles, para almorzar. En Argelia no, pero en Mauritania había todo un culto en torno al dátil. En Agosto se vacian las dos ciudades grandes: Nuadibu y Nuakchot, y muchos se van a los palmerales del interior donde viven en los oasis un mes y pico, dedicados toda la familia a la recolección. Consideran unos veinte tipos diferentes de dátil, desde los más sabrosos y lujosos hasta los peores, destinados a la alimentación de las bestias y de los esclavos.

Los tuareg, que para algunas cosas son muy fantasmones, decían que un sólo datil basta para alimentar a un targui durante tres días: el primero, con la piel; el segundo, con la chicha; y el tercero…con el hueso. Éso dicen. Seguimos con la rutina gastronómica: a eso de las doce llegábamos donde los conductores habían montado un pequeño campamento. Allí el cocinero, al que entre nosotros llamábamos Papá Pitufo por ir siempre con una gandura azul resplandeciente, había preparado unas deliciosas ensaladas, a base de lechuga, tomates, zanahorias y otras verduras, riquísimas, cultivadas en las huertas de Tamanraset. Seguíamos la caminata con Ibrahim y ya al atardecer, como a las siete de la tarde, llegábamos al campamento donde se habían plantado las tres tiendas de campaña: una para Mulud, que para éso era el jefe, y las otras dos para nosotros.

Dormíamos Josema y yo en una, y Alberto y Miguel en la otra. El primer problema es que una de ellas era más bien cortita y te obligaba a sacar los pies fuera, así que decidimos civilizadamente antes que recurrir a las navajas, alternar una noche una y otra noche otra. El segundo problema es que estábamos a finales de Diciembre, que en el desierto hace mucho frío y que, según subíamos en la montaña, el frío llegó a ser tan intenso que las tiendas amanecían con hielo por encima. Cuando nos tocaba la tienda corta, metíamos los pies además de en el saco de dormir, en una mochila, para no amanecer con los pies congelados.

La cena ya era más consistente: unos boles con una sopa bien caliente con tropezones, que nos tomábamos embutidos en un par de forros polares, uno encima del otro, e incluso si arreciaba el frío una manta que no sobraba nada, pero que nada. A la sopa solía acompañar un estofado, con carne de cordero o generalmente de cabra. Durante el recorrido nuestros guías compraron un par de cabras…vivas, como es lógico. Como veterinario he trabajado en mataderos y me ofrecí para encargarme yo del sacrificio del animalito. Por supuesto, no me hicieron caso. Y no creo que fuese por el tema de ser “infiel”. El Islam ordena degollar al animal mirando a La Meca, pero las dos veces que les ví la degollaron en la postura que mejor les pilló, sin calcular la menor orientación. Aquellas dos noches asaron parte sobre las brasas y nos ofrecieron el hígado y el corazón…¡sabrosísimos!, por cierto. La carne iba cayendo, noche tras noche, en forma de estofados. Pero ellos, golosones, se reservaban siempre su pieza preferida: la cabeza que, tras asar, desmenuzaban con los dedos con una auténtica expresión de gozo.

Varias noches tuvimos el placer de degustar la taguela, táguela, como he escuchado en otros sitios. En esencia no es más que pan, amasado de harina con agua y sal en un perolo. Lo interesante es el proceso de la cocción. Cuando sólo quedan las brasas de la hoguera, se apartan un poquito, se hace una pequeña depresión en la arena y allí mismo colocan la torta plana, en crudo. Lo vuelven a tapar con arena y colocan otra vez encima las brasas. Como a los quince minutos lo sacan y le dan la vuelta. Para probar el punto de cocción simplemente lo pinchan con un palito. El resultado es un pan, sencillamente delicioso. Y sin arena: al sacarlo le dan unas palmadas entre las dos manos con lo que queda limpio. Aunque ellos lo usan al día siguiente para echarlo en la sopa, nos daban siempre trocitos en caliente, recién hecho, se nos veía que lo disfrutábamos pero bien.

 

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Tras la cena tocaba otra vez la ceremonia del te, reconfortante y calentito. Y antes de recogernos, cansados tras la caminata de unos veinte e incluso de treinta kilómetros en las tiendas, aún nos quedábamos un rato charlando y consultando con Mulud los mapas para ver el recorrido hecho, o el que nos esperaba al día siguiente. Teníamos dos o tres mapas de la zona, aunque el más exacto era un mapa soviético. Sólo había que hacer un pequeño esfuerzo para “traducir” del cirílico los nombres de las localidades.

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Mulud disponía de un GPS que utilizaba para ubicarse con exactitud en el mapa, aunque para orientarse no lo necesitaba. Una vez pregunté a un tuareg, yendo en camello, si él utilizaba GPS (acróstico de Global Positioning System). El hombre, muy chulo -los tuareg son muy chulos cuando quieren- dijo que no, que él usaba el TPS: Tuareg Positioning System. Acostumbrados desde generaciones a la vida nómada y a orientarse por el desierto con la única ayuda de las estrellas, el movimiento del Sol o el paisaje, un targui nunca se pierde. Cuando Mulud conducía el Toyota estaba todo el rato pendiente, mirando en lontananza. En el desierto los horizontes son amplios y no se le escapaba nada. En Mauritania recuerdo un viaje durante el que, durante varias horas, el guía iba indicando con el dedo al conductor cual brújula digital el camino. No había pistas y el paisaje era llano y monótono, sin referencias. Llegamos directos justo donde él quería, una pequeña aldea, un punto en el mapa.

la fauna del Tefedest

Hasta en los desiertos más áridos como el “desierto negro” que conoceríamos más adelante, o zonas como el Teneré de Níger o el de Tagant en Mauritania, donde no hay vegetación ni pozos de agua en cientos de kilómetros a la redonda, hay vida. En forma de alguna mísera acacia, de cuervos por el cielo, de negros escarabajos velocísimos o de algún lagarto oteando desde lo alto de una piedra. El que nosotros recorríamos ahora estaba deshabitado, entre otras cosas por la superstición de los tuareg a los yinns, pero bullía de vida.

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Durante aquellos días por el desierto flanqueado por las montañas vimos un poco de todo. Tropezábamos muy a menudo con gacelas. A veces una, a veces dos, a veces un rebaño de doce, que salían despavoridas al vernos. En alguna ocasión descubrimos el cadáver semidevorado de una cría de camello. Guepardos, nos decía Ibrahim, para los que las crías de camello son presa fácil. A veces caminábamos fatigosamente por zonas de dunas, sin poder evitar hundir los pies en la arena. Otras veces el terreno era pedregoso e igualmente incómodo.

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Veíamos huellas todos los días: de chacal, de gacelas, de hienas, de arrui… Un día ejercimos, con la ayuda de Ibrahim, de una mezcla de Sherlock Holmes y pisteros comanches. Vimos unas huellas de arrui, la versión sahariana del muflón, más grandes que las finas huellas de las gacelas, con la separación de las grandes zancadas lo que nos hizo deducir que el animal iba corriendo. Justo a su lado otras huellas de amplias zancadas, en este caso de hiena rayada, más grandes que las de los chacales. Aunque aprovechan la carroña también cazan. En este caso perseguía a su presa. Los chacales son más pequeños pero un día cruzó por delante de nosotros a unos diez metros, con total tranquilidad un macho de chacal muy grande, del tamaño de un pastor alemán. Nos miró con total descaro y, caminando, sin prisa, salió del camino. En teoría son muy tímidos y huyen, pero aquel día agradecimos ir cuatro juntos y que no tuviese pinta de tener hambre.

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Cuando acampábamos en los ueds, los lechos secos de los ríos, protegidos por las paredes rocosas a los lados, veíamos corretear sobre las rocas a los damanes, animales retacos y peludos con gran parecido a las marmotas, roedores habitantes de la alta montaña, en los Pirineos y en los Alpes. Pero ahí acababa todo el parecido. Los damanes, de hecho, están emparentados (remotamente, pero emparentados) con…¡los elefantes!. Y ya puestos con la zoología, y dentro de ella la ornitología, vimos muy pocas especies de aves. La más frecuente era un pájaro blanco y negro muy simpático, al que los tuareg consideran de buen agüero y al que llaman bul-bul, en Marruecos mula-mula, para los interesados Oenanthe leucopyga, y que se acercaba sin ningún miedo a nuestros campamentos, como en España los ubícuos gorriones, buscando algo que llevarse al pico. Ya cuando ascendimos al macizo del Hoggar pudimos ver una pareja de alimoches. No sé de qué se alimentarían en zonas tan áridas, pero ahí estaban.

Para comer parábamos en zonas cómodas y sombrías…cuando había sombra, lo cual se agradecía porque de día y bajo el sol hacía calor. A veces, un bosquecillo de tamarindos, bajo los que podíamos sestear una hora. Otras veces, una triste acacia, de donde debíamos barrer las agudas espinas que se habían desprendido del árbol si no queríamos que se nos clavasen.Seguíamos caminando. Poco a poco y aunque dominaba la arena, el paisaje se iba haciendo más rocoso. Uno de esos días nos fuimos acercando al punto prefijado entre los guías a la hora de comer, una zona entre enormes rocas. Nos esperaban riéndose.

Había grabados rupestres. Uno de ellos, un búfalo de grandes cuernos casi de tamaño natural semitapado por la arena. Se distingue muy bien la antigüedad de los grabados rupestres por el tono dentro de los surcos. Los más antiguos, neolíticos o incluso quizá paleolíticos, tienen el color oscuro de la roca, porque se han oxidado al lento y contínuo contacto con el aire. Los modernos, quizá de tan sólo mil años o menos, aún destacan por un tono rojizo más “fresco” en el interior de la piedra grabada. Todos los que había aquí eran de los antiguos. Sin parar de reírse nos condujeron a una gran roca con una pared vertical de unos dos metros. Había tallada una figura humana muy grande, pero costaba trabajo distinguirla bien por lo gastada. Cuando comenzamos a mirarla mejor y pudimos apreciar el detalle comprendimos la causa de sus risas: una figura de perfil, con las piernas cortas y patizambas y un torso algo deforme como el de un enano…¡con un pene que le colgaba hasta el suelo!…nos reímos todos y la figura quedó bautizada, muy justamente,  como El enano pollón.

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Las bellas y libres targuiyas

Mencioné al principio que el macizo del Tefedest está prácticamente deshabitado. Sólo cuando bajamos por su lado Este, y ya cerca de Tamanraset, vimos una pequeña población, Mertutek, asentada sobre un oasis. Aparte de este emplazamiento estable, tan sólo tuvimos ocasión de encontrar dos campamentos tuareg. Son las targuiyas, las mujeres, las que viven en las tiendas y pastorean las cabras, mientras los hombres comercian o trabajan en la ciudad. Con la leche de las cabras preparan mantequilla y queso, un queso que dejan curar hasta el extremo. Cuando vi esos trocitos amarillentos en los mercados de Tamanraset no me imaginaba qué era, podría ser hasta caliza. Fromage (queso, me dijo el del puesto). Le pedí permiso para probarlo, era superduro y de sabor rancio. Se rieron al ver la cara que puse, porque ese queso no se come: lo echan para que se disuelva en las sopas. Josema y yo tuvimos ocasión de comprobar -que no probar, como el queso- la gran desenvoltura…o desvergüenza de las mujeres.

En el desierto no hay nadie, pero se enteran de todo. Posiblemente nuestra avanzadilla de Toyotas ya les había saludado y habría estado hablando largamente con ellas como es costumbre en el desierto, preguntándose por las familias y por todo lo demás, y sabían que en el grupo viajaba un médico. Y entre estas gentes pobres y aisladas siempre hay algún enfermo a los que la providencial llegada de un doctor les viene pero que muy bien. Gente con fiebre, con dolor de muelas o, como en este caso, con fiebres puerperales. Alberto, nuestro Buen Doctor, entró en la tienda con su kit de salvar vidas para hacer el reconocimiento profesional de rigor. Mientras, Josema y yo nos dimos una vueltecita por el campamento, haciendo fotos a las cabras, a los aperos y a las guerbas, pellejos enteros de cabra con el cuello y las patas cosidas donde los nómadas guardan el agua, y donde la transpiración la mantienen fresquita, como en nuestras botas de vino, o nuestros botijos.

Mientras el Buen Doctor atendía a la enferma, dos jóvenes targuiyas se acercaron a nosotros. Podían tener entre diez y seis o veinte años. Descalzas, con su túnica. Una con su pelo suelto, la mayor con un pañuelito. Coquetas y, a su estilo, arregladas, con pendientes y collares de cuentas. Morenas y guapas, o así nos lo parecieron. Se acodaron en una zeriba (empalizada de cañas) a dos metros escasos de nosotros y, sin dejar de mirarnos a los ojos, empezaron a hacer comentarios entre ellas en tamashek, en su dialecto -por supuesto no nos enterábamos de nada- y a reírse mucho…Para ellas lo “exótico” éramos nosotros. Aquello duró unos diez minutos durante los que Josema y yo, allí parados y con una sonrisa tonta en la cara, no nos atrevimos a decir nada. Y según habían venido, se fueron, igualmente risueñas y descaradas. Josema y yo, un tanto contritos y confusos, ¡para qué negarlo!, llegamos a suponer si no se nos estarían repartiendo: para tí el más alto, para mí el más bajo… Y que si algo así nos hubiese pasado en España triunfábamos fijo. Pero no acabó ahí la cosa…

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Los tuareg, como ya comenté, se organizan en una sociedad matriarcal. A todas mis amigas les encanta escuchar ésto. Son las mujeres las que perpetúan el apellido, las líneas nobiliarias o aristocráticas -que las hay- o las propietarias de los rebaños. Escogen marido o, al menos, aceptan a los pretendientes. Y, como en el caso del pobre Ibrahim, si en algún momento no les gusta el marido, lo echan de casa. No se cubren el pelo, si acaso cuando ya son mayores y están casadas, pero no es lo general. Y practican una curiosa ceremonia: el tindé. De vez en cuando se reúnen las mujeres al anochecer, cubren con una piel de cabra el cubo de madera donde muelen el arroz o el mijo (el propiamente tindé) y acompañadas de la percusión cantan durante toda la noche.

En el desierto el sonido llega hasta muy lejos y, desde muy lejos acuden los hombres jóvenes, para cantar y bailar. Y no es nada raro que las parejitas acaben saliendo del grupo para esconderse detrás de una duna. Si de estas aventuras nocturnas acaban naciendo niños, son los llamados hijos de la arena, de madre soltera, pero éso entre las targuiyas no supone  ningún problema. Es más: si la novia aporta al matrimonio uno, dos niños o más, aparte de que son muy bien acogidos por el padre, es una demostración palpable de su fertilidad.

Aquella tarde habíamos montado el campamento a unos quinientos metros de las tiendas de las targuiyas. Es norma de cortesía en el desierto “no molestar”. Si alguien ha acampado cerca de un pozo, no lo hará a menos de medio kilómetro, para ni molestar ni ser molestado por los que se acerquen a por agua. Cuando ya, anochecido, estábamos todos tan agustito cenando nuestra sopa, comenzó a sonar el tindé. Josema y yo nos miramos a los ojos entendiendo claramente “el mensaje”. No sé cuál de los dos murmuró: tío, nos están invitando a la fiesta… Se oían claramente las voces de las jóvenes targuiyas. Los tuareg de nuestro grupo seguían cenando indiferentes a la música, incluso Ibrahim, el que buscaba novia. Bien que lo pensamos, pero nos dio apuro levantarnos y acercarnos. No sabíamos si sería bien interpretado por nuestros compañeros, o qué tipo de recibimiento nos esperaba en las tiendas. Lo mismo nos hubiesen esperado con los brazos abiertos, que nos hubiesen tirado a la cabeza alguna piedra. No nos decidimos y esa pena nos acompañará siempre…

Los malvados yinns

El Tefedest, según los muy supersticiosos tuareg, está lleno de yinns, y prefieren no provocarles. Es la principal razón de que no encontrásemos a casi nadie en aquellos trescientos kilómetros de recorrido. Pero nosotros, occidentales racionalistas y cartesianos que no creemos en semejantes supercherías, tuvimos ocasión de sufrir su acoso. Prácticamente cada noche los cuatro teníamos sueños muy agitados que nos contábamos a la mañana siguiente, con una mezcla de estupefacción y de sorpresa. A veces, eróticos. Podía influir que llevábamos ya varios días sin “catar hembra”, no digo que no, pero eran sueños raros.

Una noche soñé que estábamos los cuatro plácidamente recostados en la arena cuando se nos acercó paseando, ¿quién?, pues ni más ni menos que Cristina de Borbón (sí, como suena). Que conste en acta que Cristina de Borbón nunca ha sido objeto de mis fantasías eróticas, y aún faltaba mucho para que se destapase lo del caso Noos y les procesasen, con todo lo mediática que se volvió la pareja. Pues allí tumbaditos se nos acercó Cristina y me preguntó a mí: Oye, ¿tienes “shesh”?… (que vuelva a constar en acta que es la primera vez que oía, o soñaba, esa palabra). Chulo como somos los nacidos en El Rastro y sin cambiar de postura le dije: Por supuesto… ¿necesitas “shesh”?… Y a mi respuesta, se tumbó a mi lado, se empezó a poner muy cariñosa y pasó lo que suele pasar, no voy a dar más detalles que luego lo leen los niños.

Cuando a la mañana siguiente se lo conté a mis colegas, como es de suponer, se partían de la risa. Días después aún me vacilaban de vez en cuando, poniéndose cariñosones y pidiéndome “shesh”… Durante un tiempo pensé en que, si escribía esta anécdota alguna vez, cambiaría a la protagonista pues, no sé, por Ana Botella o Esperanza Aguirre, por no provocar a Urdangarín que es más alto que yo y a lo mejor me ganaba un tortazo, pero en honor a la verdad así fue y así lo cuento.

Cuando, una vez sobrepasado el Garet Al Yenún bajamos hacia Tamanraset por el lado Este del Tefedest, tocamos la única población, la de Mertutek, asentada a lo largo de un arroyo generoso en agua, un verdadero oasis donde los nativos cultivan frutales, hortalizas y palmeras. Pero la bendición del agua sin duda favoreció la presencia de humanos durante miles de años. No en vano un refrán frecuente entre los tuareg es Amám imám: el agua es la vida. Por las gargantas de los alrededores que visitamos pudimos ver numerosas pinturas rupestres, con escenas de mujeres bailando o de vacas, en un estilo similar al de los frescos que decoran las paredes de la zona conocida del Tassili N’Adjer, al este de Tamanraset, en el estilo llamado “de los bóvidos”.  Por aquella zona pudimos ver también un gran grabado, de los “antiguos”, que representaba una fiera encorvada y al acecho, mezcla de león y de hiena, moteado como una pantera, con grandes garras y colmillos y una crin en su cuello. Impresionaba. Aquella noche soñé que la fiera se movía y al volver a mirarla había cambiado de posición. ¿Los yinns?.

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Pero una noche sí nos sentimos “cercados” por los yinns, o por lo menos nos lo pareció. Los Toyotas habían montado el campamento en una garganta que se metía un poco en la montaña. Cuando, caminando y guiados por el fiel Ibrahim nos desviamos hacia allí, nos sorprendió la blancura inmaculada de la arena, muy fina e impoluta. Parecía que hubiese nevado. Hasta los arbolitos estaban cubiertos, como espolvoreados de azúcar glas. Entre la luz del atardecer que ya se iba haciendo noche, la blancura resplandeciente de la arena y el silencio absoluto que reinaba en aquella garganta, era imposible no sentirse sobrecogido. Ya oscurecido y no recuerdo si antes o después de cenar, me aparté lejos del campamento, discretamente, para hacer pis entre unas rocas. Os juro que no soy ni supersticioso ni asustadizo pero dos veces, dos, me volví bruscamente mientras orinaba porque tenía la inequívoca sensación de que tenía a alguien literalmente pegado a mi. Me volví rapidito al campamento aún echando una mirada furtiva a mis espaldas.

Aquella noche cenamos los ocho, los cuatro tuareg y los cuatro españoles, en silencio, nadie hablaba apenas, aunque era el momento del día en que intercambiábamos comentarios, o consultábamos los mapas. Llegó el momento de retirarnos a las tiendas, y empezaron los gritos. Desde la oscuridad lejana nos llegaban aullidos y chillidos largos, como agónicos… ¿Serán chacales?, nos preguntamos Josema y yo, mirándonos desde los sacos con desconcierto, aunque lo cierto es que fue la primera y única noche en que nos dieron semejante concierto.  Agradecimos desde el fondo de nuestros asustados corazones que aquel día nos tocaba la tienda grande, que podíamos cerrar con cremallera. De habernos tocado la pequeña creo que hubiésemos encogido las piernas y no arriesgarnos a asomar los pies, y que aquellos demonios hubiesen hecho vete a saber qué diabluras. Pese al cansancio, tardamos en dormirnos.

El pensamiento occidental, racionalista y cartesiano de Miguel insiste en explicar nuestras pesadillas e inquietudes. Según él estamos caminando en dirección Sur-Norte, pegados a unas montañas graníticas, pero flanqueados a Este y Oeste por dunas, formadas por sílice. La diferente carga eléctrica del granito y de la sílice, y además orientados según el eje de rotación de la Tierra, actúa como una pila voltaica, lo que provoca en nosotros esos “desequilibrios” mentales. Suena bien. Pero prefiero creer en los yinn.

A la conquista del Garet Al Yenún

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2.200 metros de altitud, destacaba a lo lejos, cerrando al Norte el macizo del Tefedest. Acampamos en un ued a poca distancia, con la presencia imponente de la montaña por su cara Oeste. Nuestra idea era subir al día siguiente hasta la cumbre. En una ladera cercana pudimos ver un enterramiento preislámico, en forma de gran círculo de piedras con otro círculo en su interior. Como aún quedaban un par de horas de luz dimos un paseo por los alrededores. Por allí no había absolutamente nadie, aunque descubrimos restos de varias gacelas, sin duda las sobras de alguna comida. Me guardé varios cuernos, de dos especies al menos. Para disimularlos en la aduana de Argel, donde te requisaban literalmente hasta la arena, que muchos se llevaban de recuerdo metida en botellitas de plástico, me los camuflé metidos en los calcetines.

Una vez desayunados nos pusimos en marcha. Según nos acercábamos a la base nos íbamos haciendo una idea de lo “grande” que era aquello, del pedazo mole de la montaña. Y cuanto más cerca estábamos, al pobre Ibrahim le iba cambiando la cara. De su permanente sonrisa, fue mutando a una carita de pena que daba ídem. En un momento dado y totalmente desolado nos dijo que él “prefería” esperarnos allí abajo…se supone que su obligación era acompañarnos pero, por supuesto, no quisimos insistirle, estaba claro que estaba aterrorizado por los yinns cuyo hogar estábamos invadiendo, y con los yinns no se juega… Comenzamos la subida. Las rocas se iban haciendo cada vez más grandes hasta tornarse enormes peñascos que hicieron necesario comenzar a dar rodeos. En un momento dado grandes placas de piedra, de varios metros de ancho (diez, veinte o más), lisas y cada vez más inclinadas, hacían necesario inclinarse y utilizar las manos. En algunos momentos me sentí como una salamanquesa, con los brazos y los dedos muy abiertos para adherirme bien a la roca y aprovechar al máximo el agarre.

Cuando me dí cuenta, y debido a la dificultad del ascenso, nos habíamos dispersado. Empecé a dar voces para localizarnos e intentar reagruparnos. Nos reunimos tres: Josema, Alberto y yo. De Miguel, ni rastro. Gritamos pero no contestó. Decidimos seguir subiendo, no obstante. Al cabo de dos o tres horas y tras no pocas dificultades llegamos por fin a una plataforma ancha, cerca de la cumbre, de la que nos separaban todavía unos enormes paredones verticales de doscientos o trescientos metros de altura. Imposible subir sin equipo de escalada. He visto después reportajes de montañeros a los que les supuso dos días completar la ascensión. Desde aquel punto, a casi dos mil metros, la vista era espectacular. Dominábamos un panorama de 180º. Al sur, las cumbres más bajas del Tefedest en una cadena escalonada. Al norte y al lado Oeste, unos cien kilómetros visibles de desierto,con una sucesión de dunas, zonas rocosas y arenas de diferentes colores.

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Hicimos una paradita allá arriba para descansar y además, teníamos hambre. Libres de compañía islámica y de su estricta observación, habíamos llevado unos sobres de comida haram, totalmente impura, digna de unos infieles como nosotros: chorizo, salchichón, algo de jamón e incluso, y éso fue idea mía, un par de benjamines, botellitas de cava que descorchamos con alegría, lanzando los tapones a lo alto sin riesgo de romper ninguna lámpara. Nos supieron a gloria. El sol comenzaba a menguar, y empezamos a preocuparnos por el ausente, por Miguel. Durante la subida habíamos visto madrigueras grandes y huellas de hiena. Sólo faltaba que los yinns, cabreados por profanar su santuario, hubiesen hecho perder la razón a Miguel y hubiese acabado devorado por bestias carroñeras. Gritamos su nombre pero no hubo respuesta.

Ya abajo, le encontramos. Tan tranquilo, se había dado la vuelta a media ascensión y se había dedicado a recuperar pequeños trozos de cerámica, de los que había reunido un montoncito. También encontramos a Ibrahim. Más pragmático, se había echado una larga siesta y su gran preocupación ahora es que no había comido nada, y estaba hambriento, el pobre. Ya reunidos los cinco caminamos un rato hasta el campamento donde Ahmed, el cocinero nos estaba esperando con una rica sopa y un sabroso estofado, con parte de la última cabra que se nos cruzó en el camino. No quedaba cava, pero también nos supo a gloria.

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A la mañana siguiente en vez de caminar recorrimos un trayecto largo con los Toyotas. Al rodear en el sentido de las agujas del reloj el Garet Al Yenún aún pudimos descubrir, en su cara Este, un aspecto sorprendente. Una enorme hendidura surcaba el paredón de arriba abajo, como si fuese una puerta de entrada al Jardín de los Genios. Justo delante, cual centinela, un gran monolito pétreo. Lamentamos no haber llegado hasta allí, sin duda el lugar hubiera valido la pena.

Celebrando el Año Nuevo

En el desierto, sometido al ciclo de la luz, pierdes la noción de las horas y de los días. Pero alguno del grupo recordó que ese día era 31 de Diciembre. La cena fue la habitual: sopa y estofado, sin más. Yo había llevado como acostumbro para estas ocasiones y estos lugares una latita para cada uno con doce uvas peladas, ¡hay que mantener las tradiciones, aunque sea en el Sahara!. Y aunque cenábamos a las siete y a las ocho ya estábamos durmiendo, preparamos el pequeño ritual de las campanadas…sin campanadas, sin televisión desde la Puerta del Sol y sin la Anne Igartiburu ni Ramón García… Preparamos al bueno de Ibrahim al que le dimos una sartén y un cazo y a la voz de ¡Ya!, se puso a dar golpes en la sartén mientras los demás, asímismo aleccionados, nos fuimos comiendo las uvas. Después vinieron los abrazos y las felicitaciones. Los tuareg se rieron mucho. Fue un momento emocionante. Haciendo un exceso, aquella noche nos fuímos a dormir muuuuy tarde: podían ser las ocho y media…

Previamente pensé que, aunque no nos diésemos cuenta, seguramente debíamos oler a cabra tanto como olían intensamente los tuareg. A todo se acostumbra uno, al propio olor (mal olor) entre otras cosas pero, entre la dieta con alto contenido de cabra y su contenido en ácido caproico, las largas caminatas en las que, bajo el sol, acabábamos sudando, y la inevitable falta de una mínima higiene (un cepillado nocturno de dientes si acaso), era fácil deducir que sí, que debíamos expeler un aroma, como se suele decir, a chotuno. Así que cogí una muda limpia, una latita y un poco de gel, y con tan somero kit de limpieza me alejé del campamento, discreción y prudencia ante todo, remontando el arroyo junto al que habíamos acampado con la intención de recibir al Año Nuevo, si no en traje de gala, por lo menos algo más limpito.

Encontré una pequeña poza. Para empezar y ya por la tarde hacía un frío que pelaba, no en vano era 31 de Diciembre. En segundo lugar y como era de esperar , el agua del arroyo estaba heladita. Así que, haciendo acopio de valor, me despojé de mis sucias vestiduras, incluyendo los calzoncillos y cogiendo agua con la latita y poco a poco, vayamos por partes, como decía Jack el Destripador, me la echaba por encima, me enjabonaba y me aclaraba echándome más, aguantándome los gritos no fuesen a pensar desde el campamento que los yinns me habían capturado o alguna hiena me estaba devorando. Lo peor fue la cabeza, me picaba como si tuviese una invasión de piojos y de sarna -realmente no había nada de éso- y éso que llevaba el pelo muy corto, pero hasta el pelo me lavé a conciencia. Y ya, con mi ropita limpia y sin tanto olor a cabra, me dirigí contento al campamento para recibir, como Dios y Alá mandan, el Año Nuevo.

El desierto negro

Seguimos dirección Sur. Paramos en Mertutek, donde recorrimos su largo oasis y visitamos las pinturas rupestres de las que ya he hablado. Poco a poco dejamos las estribaciones del Tefedest, caminábamos hacia el macizo del Hoggar, muy montañoso, pero en el intermedio el recorrido transcurría por un paisaje mucho más llano y sumamente árido. Durante dos o tres días caminamos por unas llanuras suavemente onduladas sin un sólo árbol, ni tan siquiera una triste acacia. Aprovechábamos para acampar en las gargantas secas de los ueds, buscando para comer la sombra de los Toyotas.

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Se suele comparar el desierto a un paisaje selenita. En el 2015 se estrenó la película The martian (El marciano), de Ridley Scott. Los exteriores están rodados en el desierto de Wadi Rum, en Jordania, que se escogieron por el color rojizo de la arena entre las paredes rocosas, aunque yo he conocido paisajes muy similares en el sur de Argelia, sobre todo en el Tassili N’Adjer.  El camino que nos tocaba recorrer ahora me sugería la desolación más absoluta porque a su aridez y la falta de vegetación se sumaba un suelo que se extendía hasta el horizonte de piedras negras redondeadas que tapizaban por completo el suelo, al principio más pequeñas (del tamaño de una naranja), poco a poco más grandes, como sandías.

La única presencia vegetal, en las pequeñas hondonadas donde se acumulaba un poquito de la escasísima humedad, eran las akarabas, más conocidas entre los occidentales como la “rosa de Jericó”, para los más científicos: Anastatica hierochuntica, pequeña planta de la familia de la familia de las crucíferas. Su aspecto es inconfundible: unos “cogollitos” de hojitas secas envolviendo las semillas, anclados al suelo por una larga raíz pivotante. Para los tuareg son el símbolo de los hombres tacaños, por aquello de su imagen de “puño cerrado”. En su medicina local, es utilizada en infusión para tratar las toses y la bronquitis. Pero, supersticiosos como son los tuareg, no verás un coche donde no adorne el salpicadero. Según ellos protegen contra el ubícuo mal de ojo, la mala suerte y, en los vehículos, contra los accidentes. Como dicen los gallegos: eu non creo nas bruxas, pero habélas haylas… Por si acaso llevo una llevo en el coche…

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Tras corto debate entre los occidentales-racionalistas-cartesianos acaudillados por Miguel, dedujimos (tesis-antítesis-síntesis) que el color negro de las piedras se debía a su composición de basalto, ya que el Hoggar es de origen volcánico. La teoría de los tuareg es mucho más poética. Según ellos cuando Luzbel se rebeló en el paraíso junto a sus partidarios, los ángeles caídos (justo sobre el Garet Al Yenún, de ahí su éxito entre los yinns) se fue arrastrando por el “desierto negro” que quedó quemado y calcinado por el intenso calor que ya desprendía su cuerpo. Los pozos y cráteres que veríamos más adelante son las huellas de sus garras, en un intento por sujetarse a la tierra antes de descender a los infiernos. Más bonito, ¿no?.

Uno de los días en que caminábamos por el “desierto negro” nos desviamos a un lado, hasta llegar al borde de una  gran depresión en el suelo, una mezcla de cráter y de mina, que en el fondo es lo que era, el pozo de Ouksem. De un diámetro de unos quinientos metros y bordeado por unas paredes de granito como cortadas a pico, bajamos hasta el fondo por una senda escarpada. La parte superficial estaba cubierta una cristalización blanquecina que recordaba a la sal, aunque como pudimos comprobar al probarla con la punta de la lengua, además de muy amarga era bastante corrosiva. Por la superficie había un par de pequeños pozos. Mulud hurgó en uno de ellos con la mano, lo que le costó tener durante un par de días la piel semiquemada. Se trataba de una eflorescencia de sosa ligera o natrón, utilizada para el curtido de las pieles, cuya explotación favoreció un comercio de caravanas que la transportaban hasta cientos de kilómetros.

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El macizo del Hoggar

Se veían ya de lejos las cumbres del Hoggar. Grandes montañas rojizas de origen volcánico, abruptas y a menudo aisladas, donde la erosión de la roca circundante ha dejado expuestos los conos de lava, que se levantan como inmensas torres. Son un desafío para los escaladores que llegan de todo el mundo para realizar la ascensión. Nosotros no vamos a escalar, pero nos sumergiremos entre ellas dejándonos deslumbrar por la salvaje belleza del entorno para ascender al Assekrem. Pero antes de abandonar del todo el “desierto negro” haremos una parada en Hirafok.

Hirafok debe su existencia, al igual que Mertutek, a la presencia de agua, muy bien aprovechada en un fértil oasis donde pudimos ver las fogaras, conducciones por debajo de tierra, excavadas por los esclavos, gracias a las cuales se canalizaba y se evitaba la evaporación al máximo del preciosísimo elemento. Hirafok, además, es el lugar de nacimiento de Mulud donde vive parte de su familia, a los que visitaremos y de los que gozaremos de su hospitalidad. Aparte de dormir, ¡tremendo lujo! sobre colchonetas, esta noche la tía de Mulud nos va a preparar una cena especial, muy por encima de la sabrosa cocina habitual de Ahmed, alias Papá Pitufo, nuestro cocinero. Nos ofrecerá “el sueño del jardín”: un riquísimo puré de verduras, al que seguirá elfetach, unas obleas de harina sobre las que se servirá el habitual estofado, esta vez de cordero. A la mañana siguiente y para desayunar crêpes con mermelada de higos, casera por supuesto, que casi nos hará llorar de emoción

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Nuestros cuatro acompañantes tuareg pertenecen a la tribu de los Kel Ghala, la más noble y dominante de las doce o trece tribus que se reparten la región del Hoggar. Por esta situación de preponderancia es la única de la zona donde se puede escoger al amenokal, mediante un consejo de ancianos. El amenokal es una persona sumamente respetada, incluso fuera del ámbito tuareg, especie de “gran jefe”  o “boss” al que todos acatan religiosamente en sus decisiones, y que les representa ante el gobierno de Argel en caso de conflicto. Por ésta u otras razones tuvimos ocasión de observar en Hirafok el gran ascendente del que gozaba Mulud y su familia. Su nivel económico, se nota, está por encima del resto del pueblo. Según nos cuentan, uno de los hermanos de Mulud está estudiando en Bélgica, y el propio Mulud -y también se le nota- ha disfrutado de una buena educación.

Esta visita a la familia nos explica un detalle que nos ha sorprendido. Pocos kilómetros antes de llegar a Hirafok nuestros cuatro tuareg han sacado no se sabe dónde sus mejores galas: turbantes impolutos (el largo taguelmust tuareg) y ganduras limpísimas…un auténtico traje de gala para presentarse ante sus parientes como corresponde. Incluso nuestro guía acompañante Ibrahim está desconocido, en su elegancia. Los cuatro españoles sospechamos que no descarta aprovechar la ocasión y visitar alguna pariente, alguna posible “futura” con la que rehacer su vida.

Aún tuvo ocasión nuestro Buen Doctor en ejercer su benéfico oficio. Afortunadamente para mí las cabras y los burritos debían estar en buen estado y no me vi obligado a demostrar mi sabiduría, seguro que ellos ya se apañaban bien sin mi. Pero al saber que contábamos en nuestras filas con un médico apareció un anciano, amigo o miembro de la familia, nunca se sabe. El pobre hombre padecía un tremendo dolor de muelas. Alberto pidió un par de cucharas, una grande y otra pequeña, para ir “tanteando” las piezas cual mecánico y ver cual fallaba. Al parecer tenía una muela infectada. Nosotros mirábamos la escena discretos, esta vez no nos pareció conveniente hacer fotos “testimonio” por no faltar a la hospitalidad, pero a punto estuvo de darnos la risa en un par de ocasiones. Alberto carecía del instrumental mínimo como para atreverse a realizar una extracción y además, o así se nos justificó, temía una hemorragia. Al final le surtió de antibióticos y analgésicos que le aliviarían bastante. El buen viejo se retiró, cortés, y agradeciéndole mucho la atención.

Tras aquella agradable estancia, y después de agradecerles sus atenciones (no íbamos a ser menos que el viejo) reanudamos el camino. Esta vez el trayecto sería en los Toyotas porque el camino se iba a poner más complicado. Efectivamente, el camino se metía en sendas de montaña, rocosas y empinadas por donde incluso los 4×4 pasaban sus dificultades. En un par de ocasiones, los torrentes habían excavado grandes surcos cuando no pequeñas gargantas que nos obligaban a desviarnos unas decenas de metros. Pero seguíamos subiendo. Ante nosotros aparecían torres, moles y montañas de formas evocadoras. Las fuimos bautizando según nos dictaba la imaginación como “el flan”, “el castillo encantado”, “las dos hermanas”,  “el vigilante” o “el tuareg encantado”. Aunque sobrepasado el Tefedest y sus yinns ya no teníamos pesadillas, pensé durante un tiempo en hacer un libro de leyendas, inventadas por mí, con todas esas figuras tan sugerentes.

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Desde que entramos al “desierto negro” y especialmente en esta zona, ya no hay un triste árbol ni madera de la que echar mano para nuestras hogueras. Previsoramente nuestros guías habían preparado carbón vegetal quemando troncos a los que enterraban en arena antes de consumirse y guardando el carbón en sacos a la mañana siguiente. Aún llevábamos madera en las bacas de los coches, pero ha sido necesario racionarla. A veces, utilizan los hornillos con las bombonas de gas.

Estamos ya muy altos, e incluso de día y pese al sol, hace mucho frío. La cima más alta del Hoggar, el Atakor, alcanza casi tres mil metros de altura, 2.908, para ser exactos. Cerca de él y al que subiremos mañana, el Assekrem, 2.725. En la meseta que corona su altura, el eremitorio del padre Foucauld. Montamos el campamento al “abrigo” de una gran montaña, a más de dos mil metros de altura (concretamente, a 2.348). Esta noche y antes de embutirnos en los sacos nos hemos envuelto en toda la ropa disponible. Los dos forros polares con la cremallera hasta arriba, tres pares de calcetines y además una manta por encima, y éso dentro de la tienda que amanecerá con su capa de hielo por encima. Cuando pienso en los tres tuareg que duermen a la intemperie (Mulud no será todavía, todo se andará, amenokal, pero como jefe duerme en la suya) no puedo por menos que admirarles por su dureza.

Desde este campamento base, y dado lo muy complicado de la pista, subiremos andando hasta la meseta del Assekrem, para visitar el eremitorio, ver el paisaje y disfrutar de sus, dicen, incomparables puestas de sol. La escasa o nula humedad ambiental y la habitualmente elevada altitud confieren al desierto una claridad de la atmósfera tal, que las noches son, sin discusión, las más claras y estrelladas del planeta. He estado muchas noches en el desierto, absorto, descubriendo entre las constelaciones conocidas cientos de estrellas que rellenan espacios habitualmente oscuros en nuestras latitudes. Pero aquí no hay espacios oscuros, aquí hay simplemente una explosión de estrellas. Si a ésto sumamos en el Assekrem su posición por encima del paisaje circundante, y las temperaturas extremas, es cierto que las puestas de sol son espectaculares, y muchos turistas nos congregamos, pese a la dificultad del acceso, para disfrutarlas.

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Charles Edouard de Foucauld, el padre Foucauld

Comenzamos la subida por pistas que al Toyota le supondría una dificultad evidente, y a nosotros y pese al entrenamiento que ya llevamos en el cuerpo, bastante esfuerzo. Ya cerca de la meseta, un camino empedrado. Cuando jadeantes llegamos a la cumbre nos está esperando un hombre sonriente: Ventura, catalán, para ofrecernos todo amabilidad un te, que aceptamos encantados. Ventura, junto con un polaco y un francés es uno de los tres religiosos pertenecientes a la Hermandad del Padre Foucauld, la orden fundada por él, y de la que Ventura me informó que había una delegación en Málaga.

La vida de Charles de Foucauld fue de todo menos aburrida. De familia aristocrática (su título era el de vizconde de Foucault) quedó huérfano a los seis años. Fue militar, explorador y geógrafo antes de hacerse religioso. Por su juventud disoluta, fue expulsado del ejército en alguna ocasión, aunque vuelto a admitir por sus méritos innegables. Pero la fe cristiana le fue marcando y le hizo cada vez más solidario con los más pobres. Pasó por varios centros religiosos en Nazaret y en Francia, acabando en el remoto sur de Argelia, entre los tuareg, a los que dedicó todos sus esfuerzos y de los que se ganó su cariño y su respeto, durante los doce años que convivió con ellos, pese a su condición de “infiel”.

Pero nunca fue un predicador al uso. Como él decía: yo estoy con los tuareg no para convertirlos, sino para intentar comprenderlos. Celebraba misa en la intimidad de su pequeña capilla y jamás intentó “convencer” a nadie. Sencillamente, y para una gente tan pobre como los tuareg ya es mucho, les ayudaba: comida cuando la había, medicinas, simplemente su compañía. Sus “hermanos” siguen practicando su misma política de ayuda y de ascetismo. Ayudar, es su norma, aunque sea con ese sencillo te con el que Ventura nos reconfortó tras la subida. Daban cierta envidia en su “beatitud” (del latín beatus: feliz). Me recordaban a los budistas por lo de su renuncia a lo material.

Actualmente y además de la humildísima capilla del Assekrem, en la meseta existe una estación meteorológica, la primera del mundo, en una posición privilegiada gracias a su lejanía de cualquier influencia debida a centros urbanos, y desde la que envían sus observaciones vía satélite a las principales agencias del mundo. Los tuareg les siguen apreciando a tal punto que cuando Ventura va hasta Tamanraset, siempre caminando, evita los campamentos para ahorrarles los gastos que les acarrea la hospitalidad con la que le acogen. Recibe visitas de tuareg muy a menudo a los que, como hizo con nosotros, invita siempre a te. Cuando un día les preguntó a dos de ellos si les compensaban las largas caminatas por un simple te le respondieron, con la filosofía tuareg: Si tenemos agua para beber, leche para comer y la amistad, ¿qué más queremos?.

En 1916 el padre Foucauld murió de un tiro por un conflicto entre tribus azuzado por los intereses políticos, religiosos y estratégicos de la zona, entre tuareg de Gat (pegado a la frontera argelina), en Libia, que acababan de expulsar a los italianos, y a los que la presencia y prestigio de Foucauld estorbaba, y los del Hoggar.

Dimos un paseo por la meseta que corona la cumbre, esperando el famoso atardecer, junto a una docena de turistas. Si ya allá en lo alto hacía mucho frío, según iba cayendo el sol la temperatura era glacial, no podíamos ponernos ya más ropa. Nos cuentan que en la Nochevieja se juntaron casi doscientos turistas para contemplar el espectáculo, me los imagino apretados unos a otros cual rebaño de ovejas para aguantar la helada. Rodeamos la meseta contemplando las cumbres que nos rodean. La más alta la del Tahat.  Es cierto que el espectáculo es magnífico, con una gama de tonalidades rojizas y azuladas sobre las montañas que van cambiando e intensificándose según avanza el ocaso. Pero nos tiemblan las manos de frío al sujetar las cámaras.

Casi estamos deseando que aquello se acabe para comenzar la bajada hasta nuestro igualmente helado campamento. Apreciamos esta noche la ardiente sopa de Ahmed más aún que el festín de la tía de Mulud, y sin más tonterías y embutidos como estamos con toda nuestra ropa, nos introducimos no sin esfuerzo en los sacos. Creo recordar que, por desgracia, esta noche nos tocaba a Josema y a mi la tienda cortita. Ante el pánico de casi seguras congelaciones en los dedos de los pies intentamos convencer, sobornar y amenazar a Miguel y Alberto para que nos la cambien, por caridad, pero los muy jodíos no han aprendido nada de las enseñanzas y de la generosidad del buen Padre Foucauld. ¡Alá los confunda!. Aquella noche no hubo pesadillas, los yinns debieron preferir quedarse arrimaditos a la chimenea.

A la mañana siguiente y según amanecía aún disfrutamos de los colores del sol naciente, de un dorado rojizo intenso sobre las montañas. Pero toca volver a Tamanraset. Aún visitamos un par de gueltas: lagunas formadas al abrigo de las rocas. En una de las paradas, espectáculo de “machada” tuareg: Ibrahim y el conductor del segundo Toyota se han picado (¿discutiendo por alguna joven y bella targuiya, tal vez?) y deciden echarse una carrera…¡descalzos!, por aquel terreno totalmente pedregoso y lleno de chinarros, en un rápido sprint de unos cincuenta metros. En lo que, para nosotros, pérfidos y blanduchos “infieles”, hubiese sido una sucesión de saltitos y grititos en no más de dos metros, para ellos ha sido un paseo lleno de risas. Si son capaces de dormir al raso con aquellas heladas y de correr descalzos por aquel terreno, sin duda aquí es donde hay que buscar el Übermensch, el “Superhombre” que decía Nietzsche, y no entre los arios. Lo siento por Hitler.

Llegamos al campamento base para descargar los trastos, darnos una duchita rápida (aquí no puede ser una duchita demorada por lo no-calentita) y partir inmediatamente a Tamanraset, esta vez en el Toyota-nuevo-lujoso de Mulud, reservado para fardar en la ciudad ya que no a la puerta de la discoteca. Mulud: hombre con posibles, sin duda. Josema y yo, eternos chiquillos, nos pedimos ir en la caja descubierta, disfrutando de las calles (hace muuucho que no vemos calles) e incluso saludando a las chicas. No es que esperemos encontrarnos con “nuestras” targuiyas, no somos “tan” catetos, pero nos hubiera hecho ilusión retomar el diálogo de besugos tamashek-cristiano. No sé, quizá con señas…

Visitamos un mercado callejero donde los artesanos ofrecen sus artículos de cuero y los joyeros sus joyas de plata. Para los tuareg, que tanto oro transportaron en sus caravanas hacia los mercados del norte, la plata es el metal noble por excelencia y con el que fabrican collares y sobre todo “cruces”, dicen -no estoy seguro- que utilizadas como astrolabios para orientarse en el desierto. cada región tiene su diseño que las distingue de las otras: las del Hoggar, las de Tamanraset, las de Yanet, las del Tassili N’Adjer… Compramos algunas cosillas, ha sido la única ocasión de gastar dinero, aparte del sueldo de los guías y, occidentales-compulsivos, la verdad es que nos apetece.

Volvemos

Retornamos por fin al campamento para recoger nuestras cosas, descansar un poco, una breve cena ya no tan caliente, y un sueñecito. Toca levantarse a las doce de la noche. Les hemos regalado prendas de ropa y zapatillas de senderismo a nuestros guías, pensamos que, pese a su demostrada austeridad, les va a venir muy bien. Ibrahim está feliz con un “plumas” nuevecito que le ha dado Miguel, durante unas horas se olvidará de buscar novia. Ya es de noche y nos acercan al aeropuerto. Nos despedimos con mucha cordialidad pero sin abrazos, dignidad ante todo, estamos entre tuareg. En el Islam te das la mano y en señal de afecto la pones directamente sobre el corazón, con éso basta.

El vuelo es nocturno, vía Djanet, Yanet, como a la venida. En el aeropuerto de Argel la espera es larga pero me esperan dos sorpresas. Acaban de abrir las tiendas, es aún muy temprano, pero encuentro una librería donde curioseo. La mayoría de los libros están en árabe. Salvo mi salaam aleikum y poco más, como que no. Hay otros en francés. Encuentro dos que me interesan mucho. El primero: L’Algérie. Civilisations anciennes du Sahara (fácil, pero traduzco: Argelia. Las civilizaciones antiguas del Sahara), de un tal Abdelaziz Ferrah. Formato grande, profusamente ilustrado y documentado, y habla mucho de todo el arte rupestre del Tassili N’Adjer donde ya he estado dos veces, además del de otras zonas del Sahara en general. Me parece un hallazgo. Y el otro: Les voix du Hoggar (Las voces del Hoggar), de una tal Lynda Handala. Lo ojeo: se trata de una serie de cuentos. Pero sobre todo me llama la atención porque la foto de la autora en la contraportada me recuerda muchísimo a mi hija Maya. Lynda tiene cuatro años más que mi hija y escribió el librito con diez y nueve años. Suerte, Lynda.

Para amenizar la espera decidimos comer algo. Nos queda algo de taguela pero sobre todo nos queda algo mucho más valioso: lomo de bellota cortado en lonchas. Y dado que estamos en territorio argelino, nunca se sabe por dónde puede llegar el peligro y por si los yinns se mosquean y nos delatan a los integristas, nos apartamos lo más lejos que podemos, ya llamamos demasiado la atención con nuestro aspecto ofensivo de “infieles”. Cerrados en cuadro cual jugadores de rugby en plena melée, y avizorando por encima de nuestros hombros vamos deleitándonos con las lonchas del lomito acompañados, ¡extraña mezcla!, con trocitos de taguela, sintiéndonos tan felices como con la sopa calentita en las frías noches. No dejamos ni el pellejo.

 

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Argelia: viaje a las pinturas rupestres del Tassili N’Ayyer

Viajé al sur de Argelia en tres ocasiones. La última vez fue para hacer un trekking a la cordillera del Tefedest, sobre la que ya hice una entrada para este blog. Las otras dos, para visitar las pinturas rupestres del Tassili N’Adyer y las zonas próximas de Yabaren/Sefar.

En muchas partes del Sahara hay pinturas rupestres, desde Marruecos y Mauritania hasta Egipto y Sudán. Se hicieron famosas aquellas que aparecen en la película El paciente inglés, estrenada en 1996. En ella aparecen las llamadas de “La Cueva de los Nadadores”, originalmente en el Suroeste de Egipto, cerca de la frontera con Libia, en la meseta de Gilf Kebir (la Gran Barrera). Pero especialmente en el sur de Argelia y, concretamente, en el Tassili N’Ayer (La Meseta de los Ríos), la abundancia de pinturas es extraordinaria, se han calculado en más de 15.000.

Los primeros descubridores europeos

Para una zona ya de por si bastante despoblada para lo que es el desierto, los habitantes de la zona -los tuareg-  por supuesto ya conocían las pinturas a las que no daban apenas importancia, aunque y como ya comentaré más adelante, tenían sus propias teorías relacionadas con los yinn, los “diablillos” que pululan por todos lados. Tuvieron que ser europeos los que al ir explorando estas regiones tan inhóspitas las descubriesen para Occidente, y se maravillasen de lo que iban encontrando. En concreto, el descubridor de la Cueva de los Nadadores fue el explorador húngaro Lászlo Almásy, en el año 1.933, protagonista de la película El paciente inglés. El investigador exhaustivo de las pinturas del Tassili fue el francés Henry Lothe. Pero antes de él, el que le puso sobre la pista e inicialmente le ayudó, fue el teniente Brenans.

La colonización francesa de Argelia supuso un lento avance desde la costa mediterránea hasta los remotos confines del sur, con la lógica e inevitable resistencia armada de grupos como los tuareg, para nada acostumbrados a que nadie limitase su libertad de movimientos. En 1933 el teniente Brenans patrullaba al frente de un pelotón de camelleros indígenas cuando descubrió, ante su estupefacción, grandes figuras de animales grabados en las paredes de roca: elefantes, jirafas, rinocerontes, hipopótamos… restos de una fauna totalmente desconocida en aquellos lugares. Los camelleros se estaban moviendo por el reseco cauce del Ued Yerat, aproximadamente a unos 150 kilómetros al Noreste de la ciudad de Yanet y de la meseta del  Tassili, en una zona extremadamente árida. Pararon un momento a descansar a la sombra en un cañón de unos 200 ó 300 metros de largo en el que, y a ambos lados del cañón, en unas paredes de 25 ó 30 metros de altura (aunque en exploraciones posteriores comprobaron que los grabados se extendían durante más de 10 kilómetros) descubrieron aquellas figuras que dejaron al teniente Brenans literalmente de una pieza. Brenans no podía saberlo y murió antes de comenzar la gran exploración de Lothe, pero el Ued Yerat, como describiré más adelante, es una de dos o tres zonas más interesantes en cuanto a contenidos de toda la extensa región del Tassili.

Brenans informó a sus superiores que, a su vez, informaron a Henry Lothe, y allí empezó todo. Henry Lothe gozaba ya de cierto prestigio como etnógrafo y “hombre del Sahara”. Con sólo 20 años estuvo tres años vagando en camello como explorador por el desierto, durante los que recorrió unos 8.000 kilómetros. El estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpió durante años las primeras expediciones al Tassili N’Adyer, acompañado de Brenans. Una vez acabada la guerra y patrocinado por el Museo del Hombre de París, Lothe formó un equipo de seis pintores y fotógrafos con los que entre los años 1956 y 1957, y durante diez y seis meses, soportando sed, fríos y calores, exploró la meseta del Tassili y Yabaren, fotografiando y realizando calcos de más de ochocientas pinturas, aunque describió unas seis mil. Reflejó las vicisitudes, las venturas y desventuras de aquel año y medio en un libro titulado El descubrimiento de los frescos del Tassili. En sus recorridos tuvo la fortuna de contar con la inestimable ayuda de un guía targui -singular de tuareg-: Yebrine ag Mohamed, un perfecto conocedor de la zona, requerido como guía por militares, científicos y viajeros. Para el trabajo de Lothe y todo lo que supuso la estancia y la exploración del Tassili la presencia de Yebrine fue, sencillamente, imprescindible.

Se supone que los calcos estuvieron largos años en el Museo del Hombre, situado en la Plaza del Trocadero, frente a la Torre Eiffel. Yo ya había estado en el museo con anterioridad pero, en mis primeras visitas a París -la penúltima en el 2004-, aún desconocía el Tassili y esta historia. Para cuando volví la última vez, en el 2012 y con ganas de ver entre otras cosas los calcos, ya me había informado que el Museo llevaba cerrado hacía años por reformas, desde el 2009 exactamente, y así seguía. Sí que pude visitar el recientemente inaugurado Museo de las Artes Primitivas, en el Quai Branly a las orillas del Sena, donde habían llevado parte de las colecciones del Museo del Hombre y donde albergaba la esperanza de encontrármelos. El nuevo museo es una auténtica maravilla, merecedor de una visita…pero los calcos no estaban allí.

Investigando por internet y gracias a “San Google” pude acceder al blog de un tal Carlos Mesa -con el que he podido comunicarme gracias a internet- , periodista, escritor y viajero, donde cuenta que a finales del 2008 se acercó hasta el Museo del Hombre con mi misma intención: ver los famosos calcos que hizo Lothe en Argelia. Tampoco estaban allí (nos persigue la maldición), los estaban restaurando y fotografiando antes de llevárselos a La Provenza sine die, o sea, para largo rato, sin prisas. Pero acabó contactando con el Departamento de Restauraciones del Museo del Louvre, donde pudo hablar con el director del departamento y con un fotógrafo que había estado haciendo las fotos, y que estaban justo comenzando un trabajo: el de “fotogrametría” in situ de los frescos del Tassili.

Comienza el viaje y primer susto

Se planeó para la Semana Santa del 2007. Reservamos los vuelos en una agencia con la que ya había viajado otras veces: Cultura Africana y Viajes y cuyo director, Javier, es un enamorado y gran conocedor de bastantes países africanos, aunque la agencia organizadora en sí para el recorrido en Argelia era la de un catalán, Miquel Petit. Debíamos ir pues, de Madrid a Barcelona, desde donde salía el vuelo directo hacia Yanet. La agencia se encargaba de proveer de alojamientos en Yanet, la comida y demás intendencia, incluyendo tiendas de campaña tipo iglú -que nos regalaron-. El saco de dormir y la ropa, obviamente, iban por nuestra cuenta: ropa cómoda y ligera con algo de abrigo para las noches -porque en el desierto y por las noches refresca- y calzado cómodo para andar. Un frontal para iluminarnos por las noches y poco más.

Primera sorpresa. Ya en Barcelona y en la cola para facturar en el mostrador de Air Algérie (el avión estaba completo y reservado para “nuestra” agencia), empezamos a mirar a los que iban a ser nuestros compis de viaje, de los que se harían varios grupos: mochilas, bastones de caminata, calzado fuerte…parecían preparados como para andar “en serio”. Casi todos llevábamos unas botas ligeras pero una de las de nuestro grupo, que nos había acompañado el año anterior a Mauritania con desplazamientos en 4×4, en plan comodón, llevaba unas zapatillitas muy ligeras…no unas chanclas, pero casi…y al ver aquella intendencia se empezó a acojonar.

Ya con cierta duda carcomiéndonos por dentro preguntamos a una pareja delante de nosotros y muy preparada en cuanto a equipo que si “aquello” de las botas y demás era necesario… Nos miraron con cierto asombro…-¿No os habéis leído los consejos para el viaje?…Se nos empezó a poner cara de tontos…-Pues… no. -Pues mirad…Y cogiendo el bono del viaje, justo entre “Duración: 10 dias” y “Viaje: compartido” ponía: “Dificultad: media”… Y ya, obviamente mucho mejor enterados que nosotros, nos contaron que este viaje suponía caminar varias horas al día, y además por zonas, ora arenosas, ora pedregosas…como poco, incómodas…

Allí nos pudieron ver corriendo a unos como si nos persiguiera el diablo por el Duty Free del aeropuerto del Prat de Barcelona mientras los otros iban facturando equipajes, buscando alguna tienda de deportes (las zapaterías sólo tenían zapatos de tacón, los desechamos rápido por lo poco prácticos en el desierto) a ver si con suerte encontrábamos algo adecuado. Desesperábamos, nuestra amiga comenzó a entrar en pánico, pero hubo suerte y lo encontramos: una tienda de Panamá Jack donde nuestra amiga encontró justo un par de botas, justo de su número, justo el último par….-¿Os las envuelvo?…-¡¡¡¡No, gracias!!!! (ya habían llamado para el embarque)…y con las botas en la mano, otra vez corriendo, nos subimos al avión.

Djanet, como sale en los mapas (en francés), o Yanet, como realmente se pronuncia (en cualquier idioma)

Llegamos casi a las diez de la noche a Yanet (prefiero escribirlo como suena) y no nos dio tiempo a ver nada, ya tendríamos tiempo mañana. Además el aeropuerto estaba como a 30 kilómetros…un poco lejano, nos extrañó, ¡con la de espacio vacío que les sobra por aquí!, y aún  nos tocó un pequeño recorrido por el vacío desierto hasta llegar a Yanet. Nos esperaban en el pequeño aeropuerto Miquel Petit y los tuareg que nos acompañarían por el Tassili, y nos llevaron en autobusitos un tanto destartalados al hotel Zeriba. Zeriba, por cierto, es el nombre que le dan a las empalizadas de cañas. Pelín destartalado también, pero más que suficiente. Las habitaciones bastante escuetas, los baños y duchas algo más que escuetas pero estábamos en el Sahara e, insisto, era más que suficiente.

A la mañana siguiente desayunamos en el también escueto jardín, pero ya bajo el sol y la luz deslumbrante de África y del desierto. Yanet tiene unos 15.000 habitantes, ni demasiado muchos ni demasiado pocos, y se extiende a lo largo del cauce del tímido río que le da nombre y que forma el oasis sobre el que Yanet se ha desarrollado desde tiempo inmemorial. Zona tuareg, como todo el suroeste de Argelia. En este caso y en esta región, de la tribu Kel Adyyer, que podríamos traducir como “los del Este”. Aunque había gente de otras etnias los tuareg eran mayoría y, recién llegados, nos los señalábamos unos a otros cuando los veíamos en las terrazas o en las aceras, deslumbrantes con sus ganduras azules y sus turbantes blancos cubriéndoles parte de la cara, como corresponde a todo targui que se precie. Nos sentíamos superaventureros tan sólo por poder verlos en su salsa…¡Sahara, tuareg, palmeras!… Pero ésto no había hecho más que empezar.

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Los míticos tuareg tomando el sol, como si estuviesen en cualquier pueblo de La Mancha

Antes que al Tassili, a las dunas

Yanet se encuentra situado entre la meseta montañosa del Tassili, al Este, y el Erg d’Admer al Oeste. Como Erg se conoce al desierto de grandes dunas de arena. Repartidos los grupos, al nuestro le tocó los dos primeros días en la zona Oeste, en parte ocupada por el gran desierto de dunas y por una llanura de reg (desierto llano y pedregoso) y de grandes rocas. Las dunas del Erg d’Admer son extensas, altas, impresionantes… Cuando piensas en el desierto siempre te imaginas grandes dunas. Y siempre que las ves, atraído por esas montañas de arena y no se por qué, quieres subir hasta lo alto. Pero, según subes, los pies se hunden en la blanda arena y te vas agotando. Las subíamos -o lo intentábamos al menos- y nos dejábamos caer corriendo y riéndonos, porque al clavarse los pies era inevitable caerse rodando…era como un juego, no te hacías daño, aunque acababas con arena literalmente hasta los calzoncillos.

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                                 Allá, a lo lejos, subiendo…y acá, más cerca, bajando

La idea inicial era montar el primer campamento allí, al pie de las grandes dunas, pero coincidiendo con el atardecer y como suele pasar en el desierto, se empezó a levantar un viento muy molesto que convenció a nuestros guías tuareg de desplazarse hacia la zona de reg, mucho menos arenosa. Montamos pues, el primer campamento en una zona resguardada entre grandes rocas y arena, donde disfrutamos del fuego, del te y de los cantos de los tuareg. Aquella primera noche apenas pudimos ver el cielo estrellado porque el viento había levantado una “niebla de arena”, pero tendríamos ocasiones de sobra las siguientes noches para extasiarnos.

En el desierto amanece pronto y madrugas. A la mañana siguiente los tuareg nos condujeron a una zona: Tegharghert (lo copio de las notas, no tengo tan buena memoria) donde en las paredes de los grandes monolitos rocosos pudimos ver los grandes grabados en piedra de vacas con largos cuernos, lo que se conoce como el Periodo de los Búfalos, y la más famosa de todas ellas: “La vaca que llora”…contraposición y que daba lugar a juegos de palabras con el famoso quesito francés: “La vaca que ríe”.

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                     Justo en medio y junto al sonriente targui, “La vaca que llora”

Es curiosa la imagen, con el “lagrimón”, perfectamente grabado -no es una grieta en la piedra-  que le escurre a la vaca por el ojo derecho. Como veterinario fui inmediatamente rodeado por los allí presentes e interrogado por la causa de este lagrimón digno de un tango, ante el interés añadido de los tuareg, lo que más adelante me supuso otro “examen” con los burritos de la expedición. Como por mi prurito profesional no podía dar la callada por respuesta argumenté, por quedar bien y con gesto serio cual catedrático, con alguna que otra patología ocular pero, y ahora que no me oyen, no tengo ni idea. Como decimos en estos casos: me faltan datos.

Aún nos llevaron nuestros guías tuareg a un sitio casi mágico: un estrecho desfiladero entre altas montañas donde al final se embalsaba una guelta. Las gueltas a veces no son más que pequeños charcos entre piedras, y otras veces enormes lagunas de cientos de metros de largo, pero siempre sirven para acumular esa cosa tan valiosa en el desierto como es el agua. Amam imam, dice un proverbio tuareg: “el agua es la vida”. En el seco lecho del ued que por el fondo del desfiladero conducía hasta la guelta, restos de ramas secas y cañas estaban enganchados en las ramas de las adelfas y de los arbolillos hasta una altura de dos metros… lo que nos daba la pista de que, en las épocas de lluvias, las torrenteras debían ir bien altas y crecidas, aunque en aquel momento el ued estuviese seco. La presencia de la guelta, en todo caso, proporcionaba humedad y frescor a aquel escondite en el desierto. No lo pudimos evitar: aquellos valientes -o inconscientes- que no tuvimos ningún miedo a las Giardias, Esquistosomas, dracunculiasis y otros parásitos tropicales y desoyendo las advertencias de los medrosos, nos arrojamos al agua ante la mirada divertida de los tuareg que declinaron, amable y pudorosamente (¿quitarse la gandura, y menos ante una mujer?…¡jamás!), la invitación al baño.

 

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Comienza la ascensión al Tassili

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Primero de una serie de siete planos del Tassili que me facilitó, ya a la vuelta, un miembro del viaje, de los que iban realmente “preparados”. Para cada área encuadrada dentro de éste, había otros planos con más detalle. Con una precisión que se agradece.

Tuvimos la tarde libre que dedicamos a pasear por Yanet. Mercadillos, alguna terraza donde tomar una cerveza (¡sin alcohol, por favor, estamos en un país musulmán!), y mucha gente dando su tradicional paseo vespertino, con la “fresquita” como acostumbran, con un aire muy tranquilo. A la mañana siguiente los 4×4 nos acercaron al pie del macizo del Tassili, los coches ya no podían subir más. Ni los camellos por su particular anatomía pueden subir cuestas empinadas. Del tema de cargar la impedimenta se ocuparía una recua de unos catorce burritos a los que estaban aparejando los bultos. Aunque se adivinaba su silueta desde Yanet, según nos acercábamos nos íbamos dando cuenta de lo alto que estaba aquello. Desde el nivel en el que estábamos, la meseta se elevaba unos mil metros más, en total unos 1.800 metros sobre el nivel del mar, lo que íbamos a comprobar por el frío que se notaba por las noches, pese al calor que hacía de día.

La ascensión la haríamos a pie, unas seis horas por un desfiladero, el cañón del Tafilalet… curioso, pensé, el mismo nombre del largo oasis formado por el río Ziz, al sudoeste de Marruecos, con su centro en la ciudad de Rissani. Lo que conforma el mayor palmeral del mundo, con 800.000 palmeras datileras y unos dátiles deliciosos que te venden por todos lados, los deglet. Pero en este rincón perdido del sudoeste de Argelia no había ni una palmera. Alguna triste acacia en la parte más baja que irían desapareciendo según ascendíamos entre rocas; cansados, sudorosos, con alguna paradita a la escasa sombra y algún trago de agua para combatir la deshidratación, y recordando con nostalgia el baño de ayer en las frescas aguas de la guelta. Sí, pensé: aquí las botas SI son necesarias. Bendito Panamá Jack. Nuestra amiga se hubiera destrozado los pies.

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       Comenzando la subida…¡y sólo estábamos al principio!. Aún, alguna tímida acacia

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Los burritos se desviaron pronto dando un rodeo, pronto vimos el por qué. Pero según cuenta Henry Lothe en su libro, por este Tafilalet subieron él, sus compañeros e incluso intentaron que subieran los camellos, que acabaron destrozándose las patas. Alguno de los animales acabó despeñándose y rodando cuesta abajo cargado con todo el equipo que llevaba encima: útiles de dibujo, caballetes y cartulinas… Antes de completar la subida decidieron, sabiamente, prescindir de los camellos y cargar ellos a sus espaldas con lo que necesitaban.

El último tramo, poco menos de la mitad, se hizo especialmente duro. Más empinado, siguiendo el sendero entre rocas cada vez más grandes…Hicimos una paradita intermedia para descansar buscando una sombra y reponer fuerzas. Pero había que seguir, y seguimos. Más tarde me facilitaron copias de unos planos de la zona donde rotulan este último tramo del Tafilalet con un término utilizado en montañismo: “Chimney climb” (escalada en fisura, o en chimenea)…ya sólo con ese nombre te puedes hacer una pequeña idea de la dificultad… Hubo numerosos tramos en los que fue necesario agarrarnos con las manos a las rocas, no era alpinismo pero casi, aquí entendimos por qué los burros habían cogido un desvío: ni siquiera los sufridísimos burros hubieran podido superar estos contrafuertes. Por fin, poco a poco, piedra a piedra, sudorosos y casi sin creérnoslo  (¿¡pero cuándo se acaba ésto!?  llegamos al final.

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El último tramo, el Chimney climb

 

Resoplando, ante nosotros se extendía una llanura pedregosa. Pero antes de continuar hasta lo que sería nuestro primer campamento en el Tassili hicimos una pequeña ceremonia. Los cientos de viajeros que lograron subir hasta allá habían formado montoncitos de piedras. Algunos pequeñitos, otros más grandes, que se repartían por el borde de la grieta y, como no íbamos a ser menos y había que celebrarlo, hicimos nuestro montón. Todavía, aunque esta vez ya por terreno llano, teníamos que llegar al campamento. Una caminata de aproximadamente una hora más, hasta llegar a Tamrit.

Argelia-2007 108      Un descanso para los burritos en Tamrit. El de la izquierda ya no puede con su alma.

Nos esperaban los burritos que ya habían llegado por su atajo. Fuimos cogiendo nuestras cosas y montando las tiendas cada cual a su aire, en los “rinconcitos” que había por todos lados. Porque si se pudiera definir con una palabra al Tassili, aparte de sus pinturas, sería “laberíntico”… Por todos lados, enormes rocas y entre ellas, corredores con el suelo de arena que se abrían por doquier a uno y a otro lado. Había que conocer aquello muy bien para no perderse. Los días que estuvimos recorriendo aquel lugar para ver las pinturas, a veces éstas estaban muy cercanas, aunque en otros casos había que dar largos paseos de unas a otras.

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           Otro de los planos, detallando en este caso la zona de Tamrit

Si, como era frecuente, te quedabas concentrado y contemplando los frescos más tiempo del “prudente”, podías perder de vista al grupo que había seguido andando sin ti, y la sensación era de absoluto desamparo… De repente, te encontrabas solo…¿por dónde coños habrán tirado?, te decías con un pequeño punto de pánico…Imaginarte perdido allí daba escalofríos, porque el Tassili en su gran extensión (de 800 kilómetros de largo por 100 km.de ancho) está absolutamente deshabitado. Alguna vez -y ya no están permitidos los asentamientos al ser un enclave protegido- Henry Lothe se encontró con una pequeña familia de tuareg. En más de una ocasión tuve que mirar las huellas en la arena para saber por cuál de aquellos corredores (¿de frente, a la derecha, a la izquierda?) habrían salido los demás, aunque lo normal era que el propio guía, al darse cuenta que se había despistado alguno del “rebaño” retrocediera para rescatarle, con gran alivio por parte de la “ovejita descarriada”.

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                                                          Por los laberintos de piedra

Las pinturas

Comenté al principio que se calculan en unas 15.000 las pinturas que hay entre el Tassili, Sefar y Yabaren. Algunas aisladas, la mayoría en grupos, a veces numerosos. Se estiman las más antiguas en unos 8.000 años, aunque hay quien las hace retroceder hasta hace 10.000 e incluso 12.000 años. Y se van sucediendo en el tiempo, en sus diferentes y marcados periodos, coincidiendo en los mismos abrigos. Superpuestas a menudo unas sobre otras. De ahí el interés de la gente del Departamento de Restauración del Museo del Louvre que mencioné al principio para datar las respectivas antigüedades mediante la técnica de la fotogrametría. La fotografía convencional nos ofrece una imagen sólo en dos dimensiones. Mediante la fotogrametría y aplicando luces infrarrojas y ultravioletas se consigue una representación “en relieve” de los frescos pudiendo calcular su edad y la superposición, aunque es un trabajo que empezaron en el año 2009 y que les va a llevar mucho tiempo ya que su intención es analizar todos los frescos.

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Antes y después. Un ejemplo del uso de la fotogrametría: descubriendo detalles como la cornamenta del muflón. 

Caminando uno de los días nos encontramos con un grupo de italianos contemplando uno de los abrigos donde se representaban numerosas figuras, superpuestas. Traían consigo un experto que les iba explicando detalles, detalles que nos quedamos a escuchar y que pudimos entender fácilmente del italiano. Una de las cosas que mencionaba el experto es que el Tassili nunca estuvo habitado, porque nunca se han encontrado enterramientos de tipo ritual. Henry Lothe en su libro ya destaca con cierto asombro este hecho, y remarca que en los diez y seis meses que vivieron y recorrieron el Tassili, y aunque sí encontraron restos de vasijas, en ningún caso restos óseos. Con posterioridad a Lothe si acaso y en muy escasa cantidad, algún resto, posiblemente debidos a fallecimientos esporádicos o accidentales. Vimos una tumba de targui aislada en la parte más baja del desfiladero de Tafilalet y relativamente moderna, de algún hombre que pudo morir allí. Pero en el Tassili no hay tumbas de ningún tipo.

Todas aquellas pinturas fueron hechas por gentes que no vivían en el Tassili sino que, por los motivos que fueran (¿lugar sagrado?) subían a pintar, y luego volvían a bajar a Yanet, donde si se han encontrado numerosos enterramientos, demostración de haber sido habitado desde antiguo. Los grandes rebaños de vacas que nos muestran los frescos más frecuentes en número, los del Periodo bovidense, debieron apacentarse en los entonces abundantes y frescos pastos de la llanura, hoy desertizada y apta para escasas cabras, pero que hace pocos miles de años presentaba un verdor digno de la campiña inglesa. Y ésto no lo dijo el experto italiano, lo digo yo como veterinario y con mi pequeña experiencia en ganadería.

Quizá hicieron alguna pequeña trashumancia estacional desde la llanura a lo alto del Tassili, pero cualquier ganadero nos haría notar que las vacas gustan de praderas, y nos señalaría que la orografía del Tassili, ayer como hoy, con sus enormes rocas y estrechos corredores, podrían mantener si acaso un pequeño puñado de vacas aisladas, nunca un rebaño grande. Los pintores de los frescos dibujaron sus vacas en el Tassili, sí, pero no “del natural”, de la misma forma que los pintores de Altamira no dibujaron sus bisontes con el modelo delante (aparte de que en la cueva no hubieran podido meterlos).

Lo más intrigante del caso, y ésto ya si que lo dijo el experto italiano, es que durante miles de años, como poco durante 5.000, y en periodos sin aparente conexión unos con otros, los pintores utilizaron muchas veces los mismos abrigos, con la consecuencia de superponer pinturas de diferentes periodos, unas encima de otras. Los que retrataron (de memoria, insisto) sus vacas reparten sus frescos por numerosas zonas, y como son las más numerosas en cuanto a representación pueden aparecer solas, sin superposiciones. Pero incluso las vacas aparecen en algunos abrigos, mezclados con los “cabezas redondas”.

La pregunta del millón es: ¿por qué tendieron a utilizar los mismos lugares?… Cuando los ves in situ son paredes bien visibles, con cierta “perspectiva”, como escenarios naturales, llamémoslos así. Quiero pensar que fueron lugares para ritos de magia pero vuelvo a insistir. ¿Les valió a todos, los “cabezas redondas” y los “vaqueros” que subían desde Yanet a pintar -quizá uno, quizá varios días- y luego se bajaban?… ¿Tuvieron cierta conexión cultural entre todos, a lo largo de miles de años?… Solamente los dos últimos periodos, el del caballo y el del camello, aparecen en lugares aislados, sin mezclarse con los anteriores. Obviamente eran culturas diferentes: la de los garamantes, por un lado, y la de los camelleros, sin conexión cultural ni con los “cabezas redondas” ni con los “vaqueros”. Yo no se la respuesta, pero ahí lo dejo.

Llegado a este punto es el momento de “echarme unas flores”: tuve la suerte de descubrir un friso de pinturas del Periodo de los Bóvidos, que por lo visto nadie había clasificado. Fue en la zona de Sefar, en mi segundo viaje, y los tuareg ya habían organizado el campamento en un llano arenoso rodeado por un circo de montañas. Y como no hacía frío, siempre que podía evitaba el dormir en las tiendas, prefería buscar algún pequeño abrigo y disfrutar del aire libre y las noches estrelladas. Los tuareg siempre me decían: –¡Cuidado con las serpientes!, a lo que yo contestaba: –¡Que tengan cuidado ellas conmigo!, y se reían. Cuando llegamos caminando miré por las escarpaduras y me pareció divisar a unos ocho o diez metros por encima del nivel de la planicie una especie de “balconcito”. Había que subir un pequeño pedregal, y lo hice.

El lugar era perfecto: un nicho de 4×2 metros, con el suelo de arena limpia, una barandilla de piedra hacia la parte de abajo y protegido por la propia roca, que formaba un techo con la altura necesaria para estar de pié. . Dejé el aislante para el suelo y el saco dentro de su funda, ya lo sacaría en el momento de dormir. Contemplé el panorama allí abajo, del campamento y del circo de rocas y, antes de reunirme con los demás, miré las paredes. Ante mi asombro un friso de frescos lleno de pequeñas figuras de vacas de todos los colores y sus pastores rodeaba todo el enclave.

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Bajé rápidamente y les dije a todos lo que había encontrado. Los más excitados, los propios tuareg, que han recorrido cientos de veces el Tassili y se conocen de memoria cada enclave y cada pintura. Subieron más que rapidito -ellos, que nunca parecen tener prisa- la pequeña cuesta hasta “mi apartamento”, de haber tenido te les hubiera invitado gustosamente. Estuvieron un buen rato mirándolas y hablando entre ellos nerviosamente, señalándolas de una en una. Obviamente, y nos lo dijeron, no las habían visto jamás. Aquella noche dormí cómodo y tranquilo en mi nuevo “apartamento”, contemplando tumbado sobre la blanda arena aquella maravilla que, miles de años antes, habían pintado los vaqueros, sólo para mí.

Hay varios periodos clasificados en la larga historia de las pinturas del Tassili. Relacionadas en algunos casos con los cambios de clima que ha sufrido el Sahara en los últimos 10.000-12.000 años. Hace 10.000 años, aproximadamente, se estableció un periodo de lluvias importante que reverdeció toda África del norte. Hace 4.000 ó 6.000 años lo que hoy es desierto, era un vergel, permitiendo la abundancia de toda aquella fauna (hipopótamos, elefantes, rinocerontes, jirafas) que el teniente Brenans pudo descubrir para su asombro en el Ued Yerat pero que fueron desapareciendo según las lluvias iban escaseando hasta que hace 2.000 años  el desierto quedó como es ahora, árido y seco. Pero entre los años 9.000 y 2.500 a.C. el Sahara fue perfectamente habitable, y habitado.

Henry Lothe estableció hasta un total de once periodos que, incluso en su momento de mayor y comprensible euforia, subió hasta diez y ocho. Actualmente los periodos que se consideran y que se han establecido serían los siguientes:

1.-Hace unos 12.000 años. Periodo de los grabados en roca, o Periodo de los búfalos (más algunos otros animales de la fauna salvaje). Los búfalos representados  pertenecen a la especie denominada Pelovoris (antes englobados dentro del género Bubalus) antiquus.  Animales de enormes cuernos. Un ejemplo sería el de La vaca que llora. 

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2.-Entre 9.000 y 6.000 años a.C.. Periodo de los Cabezas Redondas. La tipología de los cuerpos y cabezas (braquicéfalos) sugiere pueblos negroides, con seguridad los pobladores más primitivos de la zona. Tardíamente pudieron comenzar un tímido proceso de domesticación de los bóvidos pero por lo que deducimos de sus abundantes representaciones no fueron ganaderos, sino cazadores. Las presas variaban según las zonas aunque los restos más abundantes son los del muflón.

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El bautizado por Lothe como “El dios orante”, una de las figuras que más especulaciones ha desatado. A su derecha y superpuesta sobre un antílope, lo que parece una parturienta. Alrededor del “dios orante”unas figuras femeninas parecen adorarle

 

3.-Entre 7.000 y 2.500 años a.C. Periodo bovidense, o Periodo de los cazadores y pastores. Aproximadamente hace 5.000 años a.C. las lluvias remitieron, lo que estableció un paisaje de grandes praderas y pastos, ideales para el ganado vacuno. Periodo de gran naturalismo, con abundantes representaciones de escenas de vida familiar. Y con un gran parecido a las pinturas del Levante español en cuanto a las figuras humanas. Su tipología es estilizada, con cabezas dolicocéfalas.

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                         En la foto de la derecha, primera representación conocida de un perro

4.-Entre 2.000 y 1.200 años a.C. Periodo de los caballos, o Periodo de los garamantes. Aparecen por primera vez figuras de caballos y de carros con ruedas, atribuidos al pueblo y cultura de los garamantes, con su presunta capital en Gadamés  o en Garama -actual Germa- , Libia. Pueblo mencionado por el historiador griego Herodoto y conocidos por los romanos. En el Tassili son escasas. Entre otras cosas, supongo, porque no era uno de los corredores de paso utilizados para el desplazamiento con sus caballos. Al parecer son mucho más abundantes en el Fezzan de Libia, más cerca de sus “acuartelamientos”.

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                                    El de la derecha, del libro de Henry Lothe

 

5.-A partir de 100 años a.C. Periodo del camello. El camello se introduce en el norte de África procedente de Asia Menor, coincidiendo y favorecido por la desertización del Sahara.

 

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Entre los camellos y en vertical inscripciones en tifinag, la escritura de los tuareg

Como podéis suponer, hice muchísimas fotografías. El problema es que la mayoría se encuentran en muy mal estado y en algunas, incluso al natural y de cerca ( y retocadas con el Photoshop) se ven mal. En parte se atribuye a los miles de años pasados y a que la erosión del viento y la arena, sobre todo las que están situadas expuestas en zonas más bajas, las ha deteriorado. En otros casos la culpa se la echan a Henry Lothe que, en sus trabajos de calco, las mojaba con una esponja para poder dibujarlas mejor. Sea como sea, en algunas hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para poder ver lo que las imágenes de los libros enseñan con tanta claridad.

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Reconstrucciones actuales de cómo debieron ser en su momento las pinturas. En la superior podemos destacar la figura de un perro y un buey ensillado y montado. En la inferior, los pastores armados de azagayas atacan a un león que ha capturado una oveja

Los precursores de las pinturas del Tassili

Pero…¿de dónde vinieron los “pintores”, y cómo evolucionaron los dibujos?. Malika Hashid, argelina, licenciada en prehistoria y protohistoria sahariana por la Universidad de Provenza , ex-directora del Parque del Tassili N’Ayyer  y autora de varios libros sobre las pinturas y los pobladores del Tassili, nos ofrece abundante información al respecto. Podemos considerar a Malika Hashid como “la mayor experta” del Tassili. Me costó meses y esfuerzos conseguir su agotado libro “Le Tassili des Ajjer”, pero mereció la pena. A sus conocimientos como prehistoriadora y arqueóloga sumó los muchos años como directora del parque, que ha recorrido en toda su extensión y en todos sus rincones, además de zonas más alejadas, como Níger o Libia. Y si a eso añadimos su condición de argelina (no extranjera, con lo que de óbice supone éso a veces), su facilidad para contactar y comunicarse con los tuareg, tanto guías como lugareños, podemos fiarnos sin ninguna duda de sus conocimientos y deducciones.

Sin meternos en profundidades sobre como sería la descripción geológica y la formación del Tassili, y sólo como introducción, Malika Hashid  nos describe los periodos en los que el clima de la región (y del Sahara entero) varió. Así, hasta hace unos 20.000 años, el Sahara fue una región muy húmeda, con la presencia de grandes lagos desde la costa atlántica hasta el actual Egipto. Pero con las glaciaciones que cubrieron Europa de hielos, sobre todo la última y más fría llamada de Wurm, el clima del Sahara se afectó al punto que, durante los diez mil años siguientes (hasta hace aproximadamente diez mil), experimentó un periodo muy árido y de bajas temperaturas, sin lluvias y con vientos fríos y helados. Los grandes ríos actuales (el Níger, el Senegal, el Nilo o el lago Chad) se secaron y su cauce quedó relleno de arena.

Fue ya hace unos diez mil o doce mil años, coincidente con el fin de la era glaciar europea, cuando el Sahara reverdeció. Volvieron las lluvias y el paisaje se volvió arbolado y con verdes praderas. La caza era abundante, como nos demuestran los restos óseos y los grabados de una fauna casi tropical y, con el tiempo, se produjo el proceso de la domesticación animal: ovejas, caprinos y principalmente bóvidos. Aún se documenta un periodo árido que duró unos quinientos años, entre los años cinco mil y cuatro mil quinientos pero el paisaje volvió a reverdecer, aunque el proceso de desertización fue avanzando progresivamente y desde hace unos tres mil años el aspecto del Sahara se transformó en lo que ahora conocemos.

Hace más de treinta mil años, en el periodo más verde del norte de África, la cultura presente y extendida por todos lados era la que se denominó Ateriense (que recibe el nombre del yacimiento argelino de Bir el Ater), de población negroide, según demuestran los esqueletos de sus enterramientos. La cultura ateriense y sus pobladores desaparecieron durante los diez mil años de sequía y frío. Fue al final de este durísimo periodo cuando en la templanza posterior aparecen los primitivos pobladores del Tassili:  cazadores-recolectores de origen negroide procedentes del sur y, en concreto, de la meseta de Yado, en el actual territorio de Níger, y precursores del Periodo de las Cabezas Redondas, en el período que se ha llamado del Akakus Temprano, datado entre 12.000 y 10.000 años. Estos precursores se extendieron durante 2.500 años y gracias a la bonanza del clima por el Tadrart (la montaña) Meridional, cerca del Tassili, por el Tadrart Akakus, en territorio de la actual Libia, e incluso más al este, por el Fezzan.

Sus grabados y dibujos son muy esquemáticos. En la meseta de Yado corrían las abundantes aguas del río Tafessasset, por aquel entonces uno de los grandes ríos del Sahara central y meridional. Dibujan en el Yado o, más bien, graban en la piedra la fauna salvaje de aquel entonces -no se había domesticado todavía el ganado vacuno-: elefantes, rinocerontes, jirafas, avestruces, grandes felinos…pero además de éstos dibujan figuras humanas esquemáticas, lo que se ha llamado los “Ictiomorfos”: hombres con forma de pez, en la zona norte de la meseta de Yado, ya muy cerca del Tassili. Estos Ictiomorfos fueron evolucionando poco a poco a formas más humanizadas, más parecidas a las Cabezas Redondas, pero todos ellos fueron llamados posteriormente por los tuareg como los Kel Assuf: “los de la soledad”, atribuyéndolos a yinn, ubícuos y susceptibles diablillos que los tuareg ven en todos lados.

Porque los tuareg son muy supersticiosos. Ya conté en la entrada correspondiente a Argelia: por la cordillera del Tefest el pavor que a nuestro hasta entonces simpático guía le produjo la simple idea de tener que acompañarnos en nuestra subida a la montaña del Garet Al Yenún: el Jardín de los Genios, considerada su morada favorita, aunque para los tuareg los yinn viven en cada manantial, en cada arroyo, en cada montaña y en cada árbol. No deja de ser un rastro del primitivo animismo de los tuareg previa a su islamización. Como bereberes que son, guardan todavía tradiciones “paganas” que los árabes o los musulmanes observantes consideran signo de su poca fe. En su disculpa apuntar que en gentes pobladoras de lugares tan extremosos donde vivir cada día ya es un riesgo -como los esquimales, los montañeses o los marineros- es fácil ser supersticioso.

Recuerdo en un campamento que, de repente, los tuareg comenzaron a perseguir y acorralar un lagarto entre las peñas. El lagarto en cuestión era un Uromastix o “lagarto de las palmeras”, de cola espinosa, pacífico y vegetariano, para más señas. Por más que se lo expliqué no hubo forma de convencerles. Me juraron que era muy venenoso y que los camellos morían cuando les mordían. Observé también en los trayectos que he realizado en sus Toyotas que todos tienen en el salpicadero un ejemplar de akaraba (Anastatica hierochuntica, para los curiosos), planta de la familia de las crucíferas. Por su forma de puño cerrado es para los tuareg el símbolo de los hombres tacaños. Y su infusión la utilizan para problemas de garganta. Pero, ¿y qué pintan en el coche?…La primera vez que les pregunté por qué las llevaban me decían, como intentando restarle importancia -como los gallegos: eu non creo nas bruxas, pero habélas haylas-, que era para evitar el mal de ojo (supongo que accidentes o alguna avería causada por los tocapelotas de los yinn)… Todo se pega: yo por si acaso llevo una en el salpicadero.

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                                                          Akarabas en el desierto

Teorías y divagaciones sobre las pinturas del Tassili

Aquí hay opiniones para todos los gustos, y sobre todo por el Periodo de las Cabezas Redondas. Es muy cierto que las figuras de este periodo son, como mínimo, “extrañas”.Personajes que en ocasiones podrían parecer embutidos en monos, en trajes de neopreno o según algunos, en trajes de astronauta. Algunas cabezas son estructuras redondas, sin rastro de ojos. Y hay “cosas” representadas sin mucha explicación lógica, aunque seguro que las tiene, tales como formas discoides con “hilos” que cuelgan, que parecen estar por encima de las demás figuras, con un aspecto como de “medusas”. Algunos y entre ellos yo, pensamos que son representaciones de nubes de lluvia. Otros, llevados por su imaginación, dicen que parecen platillos volantes…

El propio Henry Lothe en un arrebato místico sugiere si no habría descubierto la Atlántida, e incluso aventura ante las extrañas figuras de cabeza redonda la posibilidad de “extraterrestres”… Cuando uno, por juventud o falta de pensamiento crítico, descubre hechos como éstos, extraños e inexplicados, tiende con facilidad no exenta de entusiasmo a buscar soluciones esotéricas o a atribuir a los extraterrestres (advertencia: lo “último” en esoterismo ya no son los extraterrestres, sino los “intraterrestres”, ¡no me seáis antiguos!) cosas grandiosas tales como las pirámides de Egipto y similares. Estos temas son terreno abonado para todos los esotéricos y “marcianólogos” profesionales, tales como el suizo Erich Von Däniken (obras suyas: El oro de los dioses, Recuerdos del futuro, La odisea de los dioses…) o en nuestro país Jiménez del Oso, J. J. Benítez o el televisivo Iker Jiménez, que encuentran siempre un público amplio dispuesto a escuchar sus teorías y muchos de los cuales se han “forrado” a costa de los crédulos, o al menos les va muy bien. Siempre ha sido así: lo llamado antes mágico y ahora paranormal, vende.

El lotori, los peul y Amadú Hampaté Ba

Pero a veces hay explicaciones (para mí al menos) mucho más bonitas. Amadú Hampaté Ba nació en 1900 (sin saber día concreto, como pasa en África) en Diafarabé, pequeña población maliense a la orilla del Níger, entre Mopti y Segú, y muy cerca de  Mássina, ciudad de mayoría peul, como él mismo. Cuenta que de niño  acompañó a menudo a su abuelo ayudándole a cuidar el ganado. Cuenta también que su abuelo, que se mantenía en la religión animista de sus antepasados, era un silatigui, un sabio y transmisor de las tradiciones, ritos secretos y de iniciación a los jóvenes de la cultura pastoril de los peul que le transmitió y sólo en parte, debido a que marchó de su pueblo a estudiar cuando aún era muy joven. Tuvo la oportunidad de formarse y se convirtió en un erudito, etnólogo y compilador de la tradición peul y, con el tiempo, representante de su país -Mali- en la sede de la UNESCO en París.

Los peul (que ellos pronuncian “piul”), también conocidos según las diversas zonas por las que se extienden como fulbes, fulanis o bororos, son una etnia antiguamente sólo de pastores nómadas aunque la mayoría se hayan sedentarizado. Extendidos por todo el Sahel ( en árabe: la orilla), desde Senegal hasta Nigeria, a los que aún puedes ver pastoreando al frente de sus rebaños de vacas por esa zona semiárida del Sahel, la frontera u “orilla” intermedia entre el desierto del Sahara y la sabana, más al sur. Los peul es una etnia que destaca mezclada entre los pueblos negros de la zona y sus vecinos del norte, los tuareg. Altos, delgados, dolicocéfalos (de caras y cabezas estilizadas) y aunque morenos por el sol, con una piel bastante clara para lo que es la zona. Y para mayor identificación, llevan unos grandes sombreros cónicos de paja con los que se protegen del sol y que me recordaban cuando viajé por Mali un poco a los típicos de los chinos.

En los años 60 Germaine Dieterlen, etnóloga del Museo del Hombre de París y que compilaba las tradiciones peul con la inestimable ayuda de Amadú, le invitó a ver una exposición en el Pabellón de Marsan, en las antiguas Tullerías, sobre los calcos que Henry Lothe acababa de traer del Tassili. De entre todos uno le llamó extraordinariamente la atención, uno calcado en el emplazamiento de Tin Tazarif y al que habían llamado “los bueyes echados”, o “los bueyes esquemáticos”, donde se podían ver 28 bueyes “incompletos”, con las patas recortadas, al igual que los pastores que les rodeaban, algo un tanto extraño si consideramos el naturalismo, perfección y gran detalle con el que los antiguos pintores representaban sus figuras. Cuando Amadú contempló el dibujo exclamó: ¡es el lotori!…

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       Los “bueyes esquemáticos” según Henry Lothe, en una representación de su libro

Días más tarde Amadú dio una conferencia que duró horas y donde pudo explicar en qué consistía el lotori, que él pudo ver en su niñez. Una vez al año y en fecha prefijada con exactitud, los pastores peul conducían a una marisma durante toda la noche un rebaño de 28 bueyes, ni uno más ni uno menos, el mismo número de los que aparecían en el calco, número mágico para los peul que condicionaba entre otras cosas su astronomía. Los bueyes del calco parecían estar mutilados cuando, en realidad, se representaban metidos dentro del agua que les tapaba las patas. Para los peul los bueyes provenían míticamente del agua, y por esa razón y en esa ceremonia les dejaban toda una noche con las patas dentro de la marisma.

La conclusión era sencilla: los pastores peul eran herederos directos de aquellos pastores que hace unos seis mil años representaron, cuando el Tassili aún estaba lleno de verdes pastos, sus rebaños de vacas. Y las propias representaciones de los pastores de los frescos muestran una tipología similar a la de los peul: estilizados y de largas cabezas, aunque en el caso concreto de los “bueyes esquemáticos” se representan con tocados en las cabezas y en los brazos. Fuera de la foto y a la derecha aparece una estructura compartimentada, como de “corrales”, donde podemos ver grupos de pastores, algunos en corro y escuchando a otro de ellos, posiblemente un silatigui, como fue el abuelo de Amadú Hampaté Ba. .

Las plantas del Tassili.

Nosotros seguíamos caminando cada día varias horas de un emplazamiento a otro, disfrutando del espectacular paisaje y viendo pinturas y más pinturas, nunca te cansabas de verlas. A veces y como dije antes algunas eran muy difíciles de distinguir por el desgaste, por las húmedas maniobras de Henry Lothe para obtener sus calcos o por lo que fuera, aunque en general se veían bien y te dejaban siempre maravillado. Organicé un segundo viaje con otro grupo de amigos a los que les había hablado, entusiasta, de este primero, porque aún me quedaban zonas por ver. Además de revisitar el Tassili del que a la vuelta, y ya conociéndolo en parte, me había informado a conciencia, acercarme hasta Yabaren (Los Gigantes, en bereber, por algunas figuras enormes). Mi idea también era que me acompañara mi hija aunque al final desistió: no es de desiertos.

Desde el Tassili hasta Yabaren, como ejemplo, estuvimos casi un día caminando por una árida planicie pedregosa, bajo un sol de justicia. En este segundo viaje y del que no me arrepentí en absoluto de repetir (a veces me planteo un tercero, aunque las cosas se hayan puesto más difíciles por la región por el auge de los integristas), me acompañaban entre otros Carlos, un buen amigo, botánico al que conocí en Pirineos, con el que he compartido viajes por la montaña y con el que aprendía muchas cosas de todas las plantas, plantitas y hierbajos que te encontrabas por el camino. Sólo un par de ejemplos. En el Tassili y gracias a sus condiciones de mayor altitud y su escarpado paisaje, habían pervivido algunas especies vegetales alejadas miles de kilómetros de sus hermanos más próximos, como el ciprés del Sahara o el humilde olivo.

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Del ciprés del Sahara (Cupressus dupreziana) y al que los tuareg llaman tarut, quedan en el Tassili exactamente 231 ejemplares, si es que no ha muerto alguno en estos años, cosa rara porque han demostrado con creces su capacidad de supervivencia, la mayoría tienen más de dos mil años. Casi todos protegidos en una larga garganta, en el emplazamiento de Tamrit, por cuyo fondo discurre un ued que en las raras épocas de lluvia fluye hacia el vertiginoso desfiladero o gran cañón de Tamrit, formando una cascada que se precipita doscientos metros hacia su fondo.

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                                                             El Gran Cañón de Tamrit

De este ciprés hay ejemplares a más de dos mil kilómetros hacia el norte, en las montañas de Argel y de Marruecos, y se obtienen plantones en algún jardín botánico de Europa, pero en el Tassili las condiciones de sequedad son tan extremas que prácticamente no se reproducen. Antaño les servía a los tuareg como suministro de madera para sus fogatas, e incluso Henry Lothe llegó a recurrir  a ellos en sus momentos más necesitados, aunque hoy en día y como es lógico está absolutamente prohibido sacar ni una astilla. Asombra ver estos árboles, los más grandes de hasta 20 metros de alto, y cómo han podido resistir hasta hoy en condiciones tan duras.

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                                      Cipreses y olivos, reliquias del Tassili

Del olivo, tan abundante en la cuenca mediterránea, lo mismo. Mi amigo Carlos me dijo que había leído en publicaciones botánicas que había ejemplares relictos en el Tassili, y efectivamente pudimos verlos. Por supuesto nadie los cuida y si producen aceitunas nadie las recoge. Los pocos ejemplares que vimos eran árboles muy viejos, no muy grandes, guarecidos junto a las paredes de algún seco ued, de añosos troncos retorcidos y raíces aún más retorcidas pero ahí estaban aguantando como los cipreses. Sólo se podría clasificar como un milagro. Sólo verlos, daban como respeto.

Los burritos del Tassili

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Si nosotros caminábamos de un lado a otro, los burritos se encargaban de llevar toda la impedimenta de un campamento a otro. Salieron de Yanet cargados hasta arriba, con nuestras tiendas, con la comida necesaria para todos aquellos días y de grandes bidones negros de plástico llenos de la rica agua de Yanet. Al cabo de dos o tres días de andar por el Tassili, de preparar te, ensaladas, de cocer pasta, alguna sopa y la que bebíamos (nosotros y la poca que debían beber los burritos si es que bebían alguna), comencé a observar que los negros bidones parecían pesar menos…o no pesar nada. Una mañana levantando el campamento pude ver a dos de los tuareg que se alejaban de las tiendas con un par de bidones vacíos cada uno -no les pesaban nada- para volver al cabo de quince minutos con ellos llenos. Les pregunté: -¿guelta?, a lo que contestaron muy sonrientes:  -Oui!,  señalando con el dedo en una dirección.

Me acerqué con cierto mosqueo porque ya me habían dicho que aquel invierno (era Semana Santa) no había llovido prácticamente nada, con lo que los posibles pozos de agua, las gueltas, debían estar bajo mínimos. Efectivamente. Cuando me acerqué al charco, que no era otra cosa, el agua negruzca y estancada me dio muy mal rollo. Si en la gran guelta donde nos zambullimos el primer día no me dio miedo bañarme, otro tema muy diferente era el beber de este agua un tanto sospechosa. Una cosa era el agua del te o la de cocer la pasta, que al fin y al cabo era agua hervida. Pero la de las cantimploras era agua tal cual. Estábamos muy lejos de cualquier punto médico y una gastroenteritis en el Tassili podía convertirse en un verdadero problema.

Afortunadamente y como siempre que viajo por zonas como éstas, previsor, llevaba una caja de pastillas potabilizadoras que había tenido buen cuidado de traer conmigo. Regresé al campamento e informé a todos mis compis (españoles) de lo que había visto. Y cada mañana repartía a cada uno de los miembros de la expedición una pastillita para que la disolviesen en sus cantimploras. Os podría parecer exagerado, pero mientras que nosotros no tuvimos ningún problema, en otro grupo con el que íbamos casi a la par nos enteramos ya en Yanet que se dieron dos casos de gastroenteritis tan fuertes que, uno de los enfermos, el día del regresotuvo que bajar a lomos de uno de los burros, porque ya ni tenía fuerzas para sostenerse sobre sus piernas.

“Nuestros” guías tuareg eran de la tribu Kel Ayyer, de Yanet, argelinos por tanto. Pero los encargados de la recua de burritos aun siendo tuareg no eran argelinos sino de Níger. Si los tuareg son pobres, los de Níger eran pobres entre los pobres, se les notaban en sus pobres ganduras y en sus sheshs, en sus turbantes. Venían andando desde Níger con sus burros. Aunque Argelia y Niger  tienen frontera común, aquella gente podía venir desde 200 ó 300 kilómetros fácilmente, para cobrar posiblemente una mierda. El último día y al despedirnos les repartimos unas propinillas. Nos lo agradecieron muy educadamente y uno de ellos nos preguntó si les podíamos cambiar billetes pequeños, de 5 ó de 10 euros, por billetes más grandes. -¡Claro!, les dijimos. -¿Y para qué?. Y nos contaron: al llegar a la frontera los gendarmes les quitaban dinero y, para esconderlo, lo guardaban en tubitos de medicamentos de aluminio…y se lo guardaban en el culo. Y, ¡claro!, los billetes grandes abultaban menos. ¡Ésto es África!.

Cuando el segundo día nos enseñaron “la vaca que llora”, y ante el diálogo con los españoles, nuestros guías tuareg ya se enteraron que yo era veterinario, aunque muchas veces te preguntan directamente a qué te dedicas en tu país. Los arrieros seguramente ya lo sabían, entre ellos no paran de hablar y sin duda hacen comentarios de todos los colores sobre los turistas a los que llevan. Aunque como es en su dialecto, en el tamasek, nosotros por supuesto no nos enterábamos. Una mañana se me acercaron los arrieros y señalando uno de los burros me dijeron:

l’âne a mal a coté! (¡al burro le duele el costado!). -¡Dios!, pensé, yo no tengo ni idea de burros, yo me dedico a perros y a gatos pero, claro, ni podía decírselo ni se lo iban a creer (¿curar perros?…¡¡¡curar gatos!!!). Si los tuareg de Níger son muy pobres, sus burros son ya el paradigma de la miseria. Pequeñitos, muy duros y cargados como lo que eran, como burros, se les suponía resistentes a todo pero más de una vez encontramos cadáveres de burros por el camino que no habían podido aguantar, y allí se habían quedado, blanqueando sus huesos al sol. Como correspondía y vigilado atenta, respetuosa y silenciosamente por el grupo de arrieros de Níger, inspeccioné el burrito.

En el campamento y por las noches les ataban las patas delanteras para que pudiesen “pastar” los resecos hierbajos que encontrasen por los alrededores y que no se alejasen mucho. Les “manean” como dicen en el campo, en este caso con cuerdas verdes de nylon que, como podíamos ver, se les clavaban y les producían heridas profundas en la carne. Por la mañana y mientras se organizaba el reparto de bultos les soltaban un ratito. Momento que aprovechaban los burros para lanzarse como fieras, mordiéndose y coceándose entre ellos (ya lo dice el refrán: “más malo que una pelea de burros”), peleando por las cajas de cartón manchadas de restos de tomate o verdura que habían contenido, y que se comían sin dejar rastro. En las boñigas se solían ver restos de estas cuerdas de nylon…no serán digestivas, pero igual hasta matan el hambre…

Inspeccioné al burrito enfermo…burrita, para ser exacto. Como decía, rodeado en silencio por los arrieros, a los que se sumaron nuestros guías y, ya puestos, los compis del viaje. Todo un desafío. Su interés era lógico. Mi currículum y prestigio profesional a los arrieros les daba absolutamente igual, pero su pobre vida dependía de los pobres burros, y estaban lógicamente preocupados. Aunque no tengo ni idea de burros (bromeaba luego con los compis: “el día que explicaron los burros en la Facultad a mí me pilló en el bar”) apliqué unos conocimientos básicos: estaba un poco flaca pero no mucho más que los otros. Le palpé el abdomen (no parecía molestarle), le exploré las encías (no parecía anémica), vi sus boñigas (no tenía diarrea)…al menos no parecía grave, ¡vaya!.

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 Explorando como un auténtico profesional a la pobre burra. Sus pobres dueños, tuareg como los de Argelia, pero para nada dignos, orgullosos ni señoriales 

Pregunté a los del grupo: -¿qué tenemos en los botiquines?…-Paracetamol, dijo uno. Así que con una botellita pequeña de las de agua disolvimos un par de pastillas y con la inestimable ayuda de los arrieros se la enchufamos. La pobre burra no dijo ni pío.

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Ante mi asombro a la mañana siguiente me dijeron los arrieros, sonrientes, que estaba mucho mejor…¡magia de hombre blanco ser poderosa!…así que, cada mañanita, le preparábamos el “bibe” a la burrita. Cuando nos despedimos aún les dejamos un blister de pastillas, para que le diesen. Agradecidísimos se quedaron, aquella buena gente.

Paisajes del Tassili. Los arcos de piedra y la fuerza del viento

El Tassili, como ya dije al principio, se podría definir con una sola palabra como laberíntico. Pero aparte de laberíntico era, sencillamente, espectacular. Día a día y casi de hora en hora descubríamos parajes a cada cual más variado: estrechas gargantas por las que apenas podíamos circular, de uno en uno. Profundos desfiladeros que no permitían pasar los rayos del sol en ningún momento del día. Enormes moles de piedra, de arenisca, testigo de un antiquísimo pasado sedimentario y que formaban acumulaciones en forma de capas superpuestas, como crêpes, apilados unos encima de otros.

Los pasadizos se multiplicaban. A veces transcurrían por laberintos rocosos por los que se hacía complicado transitar, por donde había que ir casi saltando. Otras veces eran lechos de arena…En algunos parajes elevados, de repente tenías una perspectiva de la lejanía, con la amplitud del desierto.DSCN3045

Los guías tuareg nos iban conduciendo de un sitio a otro, y fuimos descubriendo numerosos arcos de piedra, tallados en la “blanda” arenisca en parte por el agua, sobre todo en las gargantas donde las ocasionales pero torrenciales lluvias arrastran arena y desgastan las paredes, pero sobre todo por el viento. Viento que sopla casi constante en el desierto y que, al ir cargado de arena, va erosionando, va tallando poco a poco, año tras año, siglo tras siglo las rocas dándoles formas y equilibrios inverosímiles, con unas formas que yo sólo he podido contemplar aquí.

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Me enteré a la vuelta que hay auténticos “especialistas” en visitar arcos de piedra por el mundo. De hecho, en los estupendos y detallados planos, originalmente dibujados a mano que me pasaron, en cinco de los siete “pasan” ampliamente de las pinturas rupestres y se centran tan sólo en los arcos. Me apuntaron un correo: http://www.naturalarches.org/tassili , por si a alguien le interesa. Siempre hay gente para todo. A mí, personalmente, lo que más me interesaban eran las pinturas, a mi amigo Carlos quizá las plantas…pero hay que reconocer que los arcos son espectaculares.

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Uno de los cinco planos que describen el aspecto y los accesos a los arcos de piedra

Las noches del desierto

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Noches a la luz de la hoguera…antes o, mejor, después de cenar… Los tuareg disfrutan -se les nota- especialmente en esos momentos. Tras la cena, siempre se ponían a cantar durante varias horas, acompañados por una percusión improvisada sobre los bidones de plástico vacíos. A veces les acompañábamos con palmas, o intentando llevar el ritmo con un bidón, pero a mí me gustaba verles y escucharles cantar, aunque por supuesto no entendía la letra. Daba igual: tampoco me entero de muchas letras en inglés y me gustan, es la música lo que te lleva…

Según se iban entusiasmando más y mientras unos cantaban y percutían, otros se levantaban y se ponían a bailar. Nos invitaban, yo me levanté alguna vez pero para estas cosas soy más bien vergonzoso. A las que sí les gustaba salir era a las chicas, y más con estos tuareg altos, picarones y sonrientes… Una de las veces -y sin chicas en el baile que lo justificase- uno de ellos se fue animando más… y más… y cada vez más… entrando en una especie de trance digno de una bacante, al punto que en un par de minutos cayó en pleno frenesí, temblando, al suelo…¿creéis que se preocuparon?…¿que dejaron de cantar?…¡para nada!…entre dos le sacaron del corro, le echaron a un lado sencillamente para que no estorbase y le dejaron allí tirado hasta que -nosotros le mirábamos de reojo, preocupados- se le pasó el éxtasis. Levantóse un poco atontado, fuése…y no hubo nada.

Algunas noches y aprovechando los rescoldos de la hoguera, nuestros amables tuareg prepararon taguela, o táguela, con acento esdrújulo, que de las dos formas les he oído llamarla.

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La taguela es una torta de harina de trigo, de maiz o de mijo, con agua y sal que los tuareg amasan mezclando bien los ingredientes en un cuenco. Cuando está preparada apartan del hogar donde estuvo el fuego las brasas y, sobre el lecho de arena bien caliente, ponen la masa cubriéndola de arena y, sobre ésta, las brasas de nuevo. La dejan unos 15 ó 20 minutos “al horno”, la descubren y prueban la cocción pinchándola con un palito. Y si les parece que va bien, le dan la vuelta y repiten la operación de cubrirla con arena y brasas, otros 10 minutos más, aproximadamente. El resultado es un pan sencillamente delicioso. Ellos, los tuareg, la añaden desmigada en sopas o la acompañan con verduras o con carne, pero nosotros, los cristianos -y ellos, los tuareg, divertidos bien que lo sabían- nos la comíamos con ganas en trozos nada más sacarla, calentita y sabrosísima. La he probado en todos los viajes que he hecho con los tuareg y siempre me ha parecido una delicia. ¡Todo un invento, la taguela!

Después de la cena y antes o después de la “fiesta”, nos solíamos apartar,  lejos del resplandor de la hoguera, para disfrutar de otra de las maravillas del desierto: el cielo inmensamente cuajado de estrellas. El hecho de poder ver tanta estrella tiene su explicación. En primer lugar, la humedad ambiental del Sahara es menor del 10% con lo que el “enturbiamiento” que produce el agua en la atmósfera es mínimo. Sólo pensar que una zona tan reseca en España como es La Mancha o Extremadura, ya “goza” -comparada con el Sahara- de un 60% de humedad. En segundo lugar, la ausencia de contaminación. No hay ciudades próximas que produzcan contaminación lumínica, ni por supuesto industrias que emitan humos que ensucien la atmósfera. Y en último lugar, la altitud. Estábamos a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar, con un aire menos denso…

Con todas esas circunstancias a su favor, la visión del cielo nocturno llegaba a sobrecoger, no veías una zona oscura libre de estrellas. Nos conocíamos más o menos las constelaciones visibles en el Hemisferio Norte: la Osa Mayor, la Osa Menor, Casiopea, Andrómeda, el Cisne…pero lo que en España eran puntos en la oscuridad que conformaban las constelaciones con bastante claridad, en el Tassili se veían “rellenas” de muchas más estrellas dentro, al punto de confundirnos, haciéndonos dudar a veces de si estábamos viendo una constelación o no. Al poco de oscurecer ya podíamos contemplar el espectáculo, y antes de que saliese la luna que, con su luz, enturbiaba la visión de las estrellas, igual que de día no las vemos, debido al resplandor del Sol. Pero cuando salía la luna comenzaba otro espectáculo…la oscuridad desaparecía del paisaje, volvíamos a ver las rocas y montañas lejanas. Proyectábamos sombra en el suelo y nos mirábamos divertidos a la cara, que hasta hacía unos momentos apenas podíamos distinguir.

Unos apuntes sobre los tuareg 

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El amenokal de Yanet, o el Gran Jefe de los tuareg Kel Adyyer, con su takuba bien sujeta a la izquierda

Si hay un pueblo fascinante en la tierra para los occidentales, sin duda ése es el pueblo tuareg. Altos, dignos, orgullosos, elegantes…Desde Europa uno se los puede imaginar atravesando el desierto subidos en los camellos, con sus blancos turbantes cubriéndoles casi toda la cara. Cuando tienes la oportunidad de tratarles de cerca, descubres personas con su dignidad, sí -la dignidad que no falte- pero también amables, hospitalarios y con un gran sentido de humor. Antaño conduciendo sus propias caravanas, sirviendo de guía a las ajenas o, lo que era más frecuente, cobrando “peaje” a los que se atrevían a cruzar sus territorios…éso, o saqueándoles, sin más. Pero para los tuareg y sus caravanas los buenos tiempos pasaron hace tiempo, aunque sigan conservando su “dignidad”, cual hidalgos pobretones castellanos venidos a menos.

El camión sustituyó como medio de transporte a los camellos, aunque te encuentras a menudo pequeñas caravanas de los que no tienen para pagar un camión, que siguen y seguirán manteniendo el pequeño comercio en todo el Sahara, entre pueblo y pueblo. Además de la competencia del camión, el establecimiento de nuevas fronteras con la colonización europea obstaculizó lo que antes era -casi, y ahora aclararé lo del “casi”- un libre deambular por todo el Sahara.

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                            Los pequeños comerciantes en sus pequeñas caravanas

Porque el Sahara, por muy extenso y abierto y “sin puertas” que nos parezca, tiene límites aunque no veamos carteles, y tiene dueños. En concreto y con los que ahora nos ocupan, los tuareg se extienden por un amplio territorio: desde el sur de Argelia al norte de Mali, y desde el sur de Libia hasta el norte de Níger y de Burkina Fasso.  Aproximadamente, un millón y medio de tuareg repartido por esos países…no son muchos, es cierto, pero su densidad es bajísima debido a los lugares tan extremosos donde viven.

Un mauro (de Mauritania) podrá viajar hasta Sudán cruzando zona tuareg, o un hausa del norte de Nigeria podrá llegar hasta Senegal atravesando Mali, pero no es lo normal. Hacen falta acuerdos, pagar “peajes” y aún así no será fácil. A los pobres subsaharianos procedentes de Costa de Marfil, o de Burkina, o de Guinea, o de cualquier otro lugar que pretenden llegar al Mediterráneo atravesando el desierto, o hasta Senegal para subirse a un cayuco, les extorsionan en cada cruce de caminos. Es un paseo muy largo, muy peligroso…y además les sale caro.

Dentro del territorio tuareg también hay diferentes tribus, cada cual en su zona, que suele dar el nombre a la tribu en cuestión con el prefijo Kel (“los de”): los Kel Ayyer, como los de Yanetpor ejemplo, o los Kel Ahaggar, moradores del macizo del Hoggar. Cada zona claramente delimitada y, aunque hoy día suelen llevarse bien, no siempre ha sido así. Para complicar más las cosas, dentro de los tuareg hay tribus “nobles” y tribus “vasallas”. Y dentro de cada tribu hay familias más nobles -aristocráticas- junto a los pobretones…exactamente igual que en Europa. Como jefe supremo en cada tribu está el amenokal, personaje respetadísimo incluso fuera del ámbito tuareg y encargado de velar por sus intereses ante los gobiernos centrales respectivos. A nosotros quizá nos pueda parecer un lío, pero entre ellos es un sistema que les vale para organizarse.

Con estos “mimbres” se entenderá que actualmente mantener las antaño activas caravanas, hoy día se haya vuelto casi imposible. Prácticamente sólo se mantienen dos, limitadas dentro de un mismo país, respectivamente Mali y Níger, y dentro del territorio de su propia zona tuareg. Las dos son caravanas para el comercio de ese elemento tan valioso y que generó un activo comercio que atravesaba el desierto hasta hace un siglo para cambiarla por oro: la sal. La de Níger, atravesando el durísimo desierto del  Teneré  (en tamaseq: “no hay nada”) hasta las salinas de Bilma, a 1.200 kilómetros. En Mali y partiendo de Tombuctú hacia el norte, a las salinas de Taudeni, catorce días en camello, los últimos siete sin un sólo pozo de agua. Ambas, antaño trabajadas por esclavos. Hasta hace poco destino de trabajos forzados para condenados políticos, lo que equivalía prácticamente a una condena a muerte. Hoy día, por gente que paga sus deudas extrayendo la sal.

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                                            Bloques de sal de las minas de Taudeni

Sin caravanas, limitados en sus movimientos, los tuareg van poco a poco sedentarizándose y encuentran o buscan trabajo en las ciudades, sobre todo en la construcción, mientras las mujeres, las targuías, se ocupan de sus rebaños de cabras en los campamentos móviles. Los pocos desplazamientos que hacen los hombres, como los de los tuareg de la zona desértica al norte de Mali hasta la cuenca del río Niger, ya no tienen más objeto que intercambiar sus productos por arroz o mijo. Los tuareg son un pueblo bereber, de rasgos casi europeos: piel más o menos clara, ojos a veces claros, narices rectas…aunque los hijos tenidos con sus esclavas -negras- hayan oscurecido un tanto la raza, y algunos tuareg son más negroides que otra cosa.

Las targuías, bellas, libres, dignas…

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Lo que voy a contar ahora es una información que les encanta escuchar a las mujeres. La sociedad tuareg es una sociedad de base matriarcal. Las mujeres son las transmisoras del apellido, de las líneas nobiliarias y las propietarias del ganado. Son ellas las que escogen marido (al contrario que en el Magreb, donde las casan de niñas y, por supuesto, sin consultarlas) y cuando, una vez casadas, si éste no les gusta, sencillamente le echan de casa -conocí algún triste “repudiado”-. De solteras son bastante…desenvueltas, por decirlo de alguna manera. En la entrada donde cuento el viaje a la cordillera del Tefedest describo una situación que nos sucedió con dos jóvenes targuías, un tanto embarazosa. Raramente cubren su pelo, si acaso ya de mayores y una vez casadas. Y tienen una institución que da idea de su libre mentalidad: el tindé.

El tindé es el cubo de madera donde muelen el arroz o el mijo. Cuando las mujeres de los campamentos, donde se tiran meses con la única compañía de sus cabras, tienen ganas de un poquito de diversión, cubren el tindé al atardecer con una piel de cabra y a guisa de tambor empiezan con la percusión y a cantar durante muchas horas…igual que nuestros guías se “arrancaban” a cantar, junto a los fuegos del campamento. En el desierto el sonido llega a varios kilómetros, y es fácil que acudan desde muy lejos jóvenes con las mismas ganas de diversión, acabando todos por cantar y bailar en alegre compañía…

Ya dice el refrán con su sabiduría refranera: El hombre es fuego y la mujer estopa, y viene el diablo y sopla…. Pues éso, luego pasa lo que pasa, y no es nada extraño que, de repente, una parejita se esconda detrás de las dunas practicando el amor libre. Pero en la libre y matriarcal sociedad tuareg, un detalle como este no supone ningún problema. Si, como a veces pasa, la joven targuía se quedase embarazada, a esos frutos del amor desértico se los conoce como “los hijos de la arena”. Cuando la muchacha se case, aportará  sus “hijos de la arena” como prueba irrefutable de su fertilidad, y como tal serán bien recibidos por el feliz marido. Y ya sabemos: como se lo tome a mal, le echan de casa… (mujeres todas: ¿a que os ha gustado?).

Los presumidos tuareg y sus taguelmust

La típica figura del targui con su gandura azul y su voluminoso turbante, su taguelmust blanco, forma parte del imaginario que desde Europa tenemos de los tuareg. Pero ése es el traje de “vestir”, podríamos decir, el “traje de los domingos”. Cuando les ves subidos en sus camellos suelen ir elegantes. Cuando trabajan, sobre todo en la construcción, se ponen el “traje de faena”, como cualquier currante. Cuando conducen a sus grupos de turistas, alguno se pone más fino pero en general se ponen “más cómodos”…no en chandal, pero casi. Los tuareg conceden gran importancia al aspecto físico, y desprecian a esos turistas “aventurillas” que, por aquello de parecer más intrépidos y aparecer más curtidos en las fotos, gastan camisetas sucias o rotos en los pantalones, en demostración pública de su “dureza”. Los tuareg no se reirán, son educados, pero las miradas de guasa que les echan lo dicen todo.

Supercoquetos, nos llamó la atención en el trekking que hicimos por la cordillera del Tefedest  la manera en que, tras más de una semana de desierto, de dormir por el suelo y de poca higiene, con lo que ello suponía y citando a Machado de cierto “desaliño indumentario”, llegando a pocos kilómetros del pueblo de  Hirafok,  localidad natal del jefe de nuestros guías y donde nos esperaba la familia para brindarnos su hospitalidad, todos sacaron de no se sabe dónde ganduras limpísimas y taguelmust impecables, todo como recién estrenado, con lo que pudieron cambiarse de ropa haciendo una entrada triunfal como si de auténticos príncipes se tratara.

Colocarse el taguelmust es todo un proceso, teniendo en cuenta que se trata de una pieza de algodón que mide hasta diez metros. Van enrollando con cuidado sus vueltas en la cabeza dejando  una pequeña banda que les protegerá boca y nariz, y que al final dejará sólo sus ojos al descubierto. Permanecerán cubiertos delante de su amenokal, su Gran Jefe, por todos respetado, o ante sus padres, igualmente respetables, o ante los desconocidos. El hecho de comer en semejantes situaciones les supone el esfuerzo de introducir la comida en la boca con cuidado por debajo del taguelmust, sin destaparse. Pero cuando están en confianza, se descubren.

La costumbre de protegerse la cabeza o la cara contra el viento es general en todo el Islam. Y tipos de turbantes hay muchos: desde los más ligeros como el shesh, simple tela que cubre la cabeza, hasta el litham, que protege además la cara, o el aparatoso taguelmust tuareg. Pero es más una costumbre social que una protección ante el sol, al igual que en Europa y en muchas épocas se generalizó el uso del sombrero. En Marruecos y en Mauritania ves muchos viejos con una simple franja de tela que se enrolla en la frente dejando toda la calva al aire. Se especula con el origen de los tuareg y su uso del taguelmust. Está claro que son un pueblo bereber. Hay quien propugna que son los descendientes de los antiguos garamantes, citados por el historiador griego Estrabón y los romanos, antiguos pobladores de Libia y que introdujeron el caballo y el carro en el Sahara.

Como bereberes que son pudieron adquirir la costumbre de taparse la cara de los antiguos almorávides, pastores y guerreros de las tribus zanatas, igualmente bereberes y fuertemente integristas que, desde Mauritania, se expandieron hacia el sur y hacia el norte, llegando a dominar parte de España. La palabra “almorávide” viene de al-morabitum: “los del convento” o “los que se atan”, en el sentido de estar sujetos moralmente y dispuestos a la batalla. Pero en su momento se los conoció más por el sobrenombre de al-mulattamum: “los del litham, el turbante”, debido a su costumbre de taparse completamente cabeza y cara, dejando tan sólo los ojos al descubierto.

De hecho, el ir enturbantados se convirtió en un signo reservado y exclusivo tan sólo para los almorávides, nadie más que ellos podían llevarlo bajo severos castigos. No estoy proponiendo que los tuareg desciendan de los almorávides -también hay quien lo sugiere-, pero sí que es fácil y posible que, tras el monopolio de cubrirse la cara y una vez pasado su momento de esplendor, otras tribus como los tuareg adoptasen la costumbre, como una identificación, como un signo de “ardor guerrero”, tan caro a los feroces nómadas del desierto. Como taguelmust de gala, llevado por el amenokal o los miembros más respetados de la comunidad  está el mucho más caro y teñido de azul índigo (azul oscuro casi negro, como en la película de Daniel Sánchez Arévalo), de tela muy rígida y con un brillo metálico, auténtico turbante de lujo para las ocasiones muy especiales.

que tus esclavos guarden tus rebaños, que tu takuba guarde tu honor…(proverbio tuareg)

Los tuareg ya no son los feroces guerreros de antaño, pero siguen manteniendo en su espíritu las mismas normas tradicionales. La esclavitud, bajo el papel, se abolió hace muchos años, pero sigue manteniéndose entre los tuareg y sus antiguos esclavos, de diversos orígenes étnicos pero agrupados bajo la denominación de los bela, una relación de clientelismo. Hoy día un bela por muy teóricamente libre que sea, jamás se atreverá a plantar cara o a discutir con un targui, y se les nota en la mezcla de respeto teñida de sumisión con que se dirigen a ellos…aunque el targui sea más pobre que una rata y el bela haya prosperado. Incluso en este último caso, no es nada raro que el bela destine parte de su sueldo para su antiguo amo. Esté el bela en Tombuctú, o emigrado en Francia.

Los conflictos de los tuareg con los gobiernos centrales de sus respectivos países varía según sea un estado bajo el gobierno de “blancos” (si son árabes o bereberes, para ellos serán blancos), como sucede en Argelia o Libia, en cuyo caso son muy respetados, a que si el gobierno es de “negros”, como es el caso de Mali, con su capital en Bamako -zona bambara- o el caso de Níger, con su capital en Niamey, o el caso de Burkina, con su capital en Ugadugu. Para unos antiguos esclavistas como los tuareg, el saberse sometidos a un gobierno de negros y sólo con mencionárselo, hace que les lleven los demonios. Y para el gobierno central de negros, el tener a unos nómadas incontrolados como los tuareg y para colmo racistas (no hay nada más racista que un árabe con un negro, ríete tú de los de Alabama), les supone una pesadilla, aparte de vengar antiguas afrentas con sus antiguos “amos” a costa de humillaciones. Los últimos acontecimientos del intento de independencia por parte de los tuareg del Azawad maliense (la zona norte del país, pleno desierto) y su secuela de luchas al ser apoyados por AlQaeda del Magreb y los salafistas no son más que la consecuencia de una tensión larvada.

Como antiguo símbolo de su status guerrero, además de las lanzas y las dagas, está sobre todo la takuba, espada recta de un metro y de doble filo. En Argelia y en Mali está prohibido llevarla hoy día salvo en festejos oficiales, para evitar “accidentes”. Pero en Níger está permitido y de vez en cuando dos tuareg y por un quítame allá esas pajas todavía pueden dirimir su honor a base de “takubazos”. Lo curioso es que las más antiguas takubas se forjaron hasta el Siglo XVIII por armeros europeos, sobre todo en Solingen (Alemania, con el sello visible del “lobo corredor” en la hoja) y en Toledo (con el sello visible del “águila”).

La gran calidad, dureza y resistencia del acero toledano hizo exportar las hojas a todo el mundo desde antes del Siglo XV. Me contó un amigo armero, muy enterado, que los musulmanes conocieron las espadas toledanas a raíz de los saqueos con que los corsarios turcos hicieron presa sobre barcos cristianos, en tiempos del gran Saladino. De ahí que utilicen estas espadas de hoja recta frente a las espadas curvas, tipo cimitarra, tradicionalmente preferidas por los árabes. Aunque los tuareg eran los mayores consumidores, también podían llevarlas los peul fulani, y los hausa de Nigeria. Hoy día los africanos ya no llevan espadas, ¿para qué?. Hasta al más rústico pastor del Sudán, de Etiopía o de Chad le verás deambulando detrás de sus vacas con los ubícuos kalashnikov, los “kalash” en bandolera…Y las pocas takubas que se forjan, y por un tema de economía, que no de calidad, las hacen en Kano, Nigeria.

Despedida y final feliz

Afortunadamente para nosotros, nuestros tuareg no empuñaban takubas. En todo caso y occidentalizados sin duda por el repetido contacto con tanto “perro infiel”, parecían haber perdido sus tradiciones…bueno, habría que verles luego en la intimidad del contacto con la familia…  Les encantaban las gafas de sol -de las de marca-, el tabaco rubio -de marca- , los vaqueros -de marca- y sin duda eran afortunados por tener un trabajo, más o menos estable, relacionado con el turismo, aunque me temo que el auge del integrismo les haya hecho “pupa” y les haya reducido mucho la clientela.

Nos contaron que sólo en Tamanraset (Tam, para los amigos), la capital de la vilaya –la provincia- del sur, había más de 60 agencias de viajes, para una población de menos de cien mil habitantes. Pero no hay que pensar en grandes agencias tipo Marsans, Halcón Viajes o Catai… En Tam una agencia podían ser cuatro o cinco familiares que, en un momento dado, alquilaban un Toyota para llevar a sus grupos. Tengo tarifas por ahí que me apuntaron en sus tarjetas. Pero en nuestro caso, habíamos contratado los vuelos y el viaje con Cultura Africana que, a su vez y con la lógica comisión, nos puso en manos de la de Miquel Petit. Que nos delegó en nuestro grupo de guías. Los cuales a su vez habían subcontratado a los arrieros de Níger…todos sacaban algo del turista.

Pero en aquel momento los salafistas todavía no habían empezado a enredar y estábamos en Argelia donde los tuareg estaban muy bien considerados, y no en Mali, donde se lió todo, y donde los tuareg con los que traté eran más pobres y, aunque correctos, pelín circunspectos, o ésa fue mi impresión. Nuestro grupo de guías eran gente maja, alegres, jóvenes y había muy buen rollo entre ellos y el grupo.

Y dado que en estos viajes suele haber más chicas (bueno, en el del Tefedest éramos cuatro varones, aquello parecía la Legión, o un monasterio benedictino), que todas a excepción de la novia de mi amigo Carlos estaban solteras y sin compromiso, que los viajes a zonas exóticas excitan e incluso desatan la imaginación, que para los tuareg las occidentales tienen el aroma de la fruta prohibida del Bien y del Mal -sobre todo del Mal-, cual las proverbiales suecas en las españoladas de Alfredo Landa…que si las fogatas nocturnas, que si los bailes étnicos al son del bidón…pues no hacía falta organizar un tindé ni ser un profeta para adivinar que allí podían pasar cosas.

Los tuareg como casi todos los pueblos de la tierra -exceptuando quizá los salafistas y los amish (anabaptistas de Pennsylvania., USA) son gente que suele sonreir. Y los tuareg, mucho. Los de nuestro grupo eran bastante picarones, pero aunque la perniciosa presencia de las chicas -alguna de ellas rubia, para más inri- podría explicar esa conducta deplorable, lo cierto es que cuando estuve en el Tefedest, y sólo tíos, insisto, las conversaciones en los campamentos con los tuareg también tenían su “gracia”.

Uno de los días mientras caminábamos por el Tassili nos fueron acercando a un abrigo, tan muertos de la risa que se doblaban y apenas podían ni hablar… -¿Pero qué pasa?… Al acercarnos a la roca pudimos verlo con claridad: una figura de mujer claramente “espatarrá”, en una postura más que provocativa. Si te fijas bien se la ve bien barrigona, podría haber sugerido un parto, pero no había indicios del neonato. Lo cierto es que era un fresco carente de la habitual precisión de las figuras de cazadores y pastores, aunque también es verdad que no siempre eran tan perfeccionadas. ¿Una modernidad?. Los tuareg conocen perfectamente los pigmentos que utilizaban aquellos artistas, y el Periodo de los Camellos, relativamente reciente, aunque del mismo color tienen un trazo mucho más burdo. La bautizamos como “La Porno”, y estuvimos a punto de proponer un quinto periodo: el Periodo Pornográfico…A nosotros nos valió para reirnos un rato. A los tuareg les duró la risa todo el día…

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                                                                         La Porno

Al final, como era de suponer, entre tanto alegre fuego de campamento, tanta pintura pornográfica, tanto ciprés y tanto burrito, y tras la inevitable fase de tanteos una chica de las del grupo y uno de los guías acabaron liados. Tengo fotos de ellos pero soy un caballero y no pienso difundirlas…salvo que alguna revista en papel “couché” me las pagase bien. Lo cierto es que el targui era un buen mozo, guapete, alto y fuerte. Pero no se trató de un “romance de verano”. El chico estudiaba en Argel, y ella fue a verle varias veces. Aunque hace un tiempo que no se de ellos, si me enteré que tuvieron un niño…no sé si un “hijo de la arena”, pero entre las arenas del Tassili  nació el romance. Final feliz.

 

 

 

Tombuctú o, mejor: Timbuktú

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Hay un mural en las afueras de Zagora, al sur de Marruecos, muy fotografiado por los turistas donde aparecen representados un tuareg, unos camellos y una flecha que apunta al desierto, con dos inscripciones, en árabe y en francés , en donde se puede leer: Tombouctou 52 jours… en camello, por supuesto.

Conocí Tombuctú de forma un tanto casual, como suceden las cosas buenas, en Octubre del 2002. Tombuctú, imperdonable galicismo… Para ellos (y para los angloparlantes) es Timbuktú, del tamashek (dialecto bereber de los tuareg): Tim: sitio o lugar, y de buktú: la ombligona, por la esclava tripona que cuidaba del pozo a cuyo alrededor  se formó la ciudad.

Tras el follón típicamente africano dela capital, Bamako, sucia, caótica y abarrotada, y el no menos follón de la igualmente caótica y abarrotada Moptí, puerto fluvial a orillas del río Niger, con un mercado animadísimo y gente de todas las etnias de Mali, la llegada a Timbuktú tras tres días a bordo de un barco digno de las películas del Mississipi igualmente abarrotado, me supuso un oasis de calma, un remanso de paz. Una ciudad tranquila  por la que me encantaba pasear ante la mirada divertida y asombrada de los niños, nada acostumbrados a ver tubabus, a ver blancos.

Timbuktú aún conserva el mito de ser la puerta del sur, de donde partían y a donde llegaban las caravanas de camellos que durante un milenio atravesaron los comerciantes  en condiciones durísimas, el desierto del Sahara, en un recorrido de cincuenta, sesenta días o más, racionando el agua escasa, confiando sus vidas al instinto de los jefes de las caravanas, nómadas nacidos en el desierto, capaces de encontrar los imprescindibles pozos o conocedores de los conflictos entre tribus a evitar, jugándose la vida para intercambiar oro por sal. El oro de las minas de las selvas de Guinea, al sur, de Bilat al Sudán: en árabe, la tierra de los negros, a cambio de la sal,  procedente de las salinas del norte, valiosísimo producto inexistente en el sur, tan necesaria que la seguimos encontrando hoy día en cada mercado.

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Placas de sal de las minas de Taudeni, cortadas de las grandes planchas de 30 kg

Timbuktú gozó de enorme prosperidad gracias al comercio. Aparte del oro exportaba al Norte de África marfil y esclavos, que llegaban en largas caravanas a las puertas del desierto, ya en Marruecos, ciudades como Zagora o Siyilmassa, donde las arenas se detenían, donde las tormentas y el siroco ya no eran mortíferos, donde encontrar agua ya no era cuestión de vida o muerte. Pero el oro no se detenía aquí. De los puertos musulmanes cruzaba el Mediterráneo hasta Barcelona, Mallorca, Génova, Pisa, Venecia…Marsella, Roma…

Abraham cresques

La fama de Timbuktú, en tierras ignotas, llegó a Europa gracias a un judío, Abraham Cresques. El conocimiento y el interés por parte de los comerciantes europeos comenzó tras la publicación de los atlas de la Escuela de Cartografía mallorquinas y catalana a partir del S. XIV. Abraham Cresques en 1375, en su Atlas Catalán  representa al rey negro de Timbuktú, sentado en su trono con una gran pepita de oro en la mano. Los cartógrafos mallorquines son judíos, protegidos por los reyes de Aragón, para los que los planos son vitales en su política de expansión por el Mediterráneo.

Pero la información geográfica que plasman los cartógrafos judíos en sus mapas, la reciben a su vez de otros judíos, parientes y  comerciantes que, desde las costas norteafricanas o establecidos en los oasis y ciudades tierra adentro, controlan sobre todo los pasos del monopolio de la sal, que llega a intercambiarse en algunos puntos del lejano Bilat Al Sudán por su mismo peso en oro. Aún se siguen llamando en Marruecos a los barrios judíos como mellah: la sal.

El rey negro representado en los atlas judíos es Kanka Musa, considerado el monarca, incluso el hombre más rico de todos los tiempos. Controló en su momento  el Imperio Mali, o Meli, un territorio que abarcaba desde Gao, al extremo oriental de la actual Mali, hasta las costas del Senegal, y por el sur, las ricas minas de oro de las selvas de Guinea. Su peregrinación a La Meca en el año de 1324 fue mítica. Las diferentes fuentes inflan un poco los datos, pero partió al menos y aparte de su escolta militar con quinientos esclavos, mil camellos y tal cantidad de oro, repartido con tanta generosidad a lo largo de su viaje, entre limosnas y donaciones (construyó una mezquita cada viernes, día santo del Islam, estuviese donde estuviese) que en El Cairo bajó la cotización del oro durante cerca de diez años.

Con la fama de Kanka Musa por delante, en Europa describen con mucha imaginación a Timbuktú, en la lejanía, como la ciudad de las torres de oro, o la de las calles empedradas con oro. Con ese señuelo y la intención por descubrir, controlar y, sobre todo, colonizar, comienza la carrera para ver quién llega antes a la Ciudad del Oro. En el Siglo XIX proliferan en Gran Bretaña y Francia las Sociedades Geográficas, que subvencionan expediciones a los valientes que se atrevan a emprender semejantes expediciones. Y valientes, unido a la condición de ambiciosos, hubo muchos.

Los primeros o no llegaron o fueron asesinados allí mismo. Como el escocés Mungo Park que, en un primera viaje, fue esclavizado por los nativos pero que consiguió escapar para volver, tiempo después, y ser asesinado por los indígenas, sin llegar a ver la ciudad. No es de extrañar: quedó tan “mosqueado” con los nativos que se liaba a tiros en cuanto se le acercaba alguien. Le mataron en una emboscada, en el río…O el inglés Gordon Laing, asesinado a lanzazos con su impecable uniforme británico escarlata (¡de disimular nada!), en las afueras de Timbuktú. Los que por fin consiguen llegar y vuelven para contarlo, como el francés Renée Caillié (que regresó enfermo y al que, inicialmente, no creyeron), el alemán Heinrich Barth o el malagueño Cristobal Benitez, describen con decepción el triste aspecto de una ciudad en completa decadencia.

Desde luego Timbuktú ya no es ni de lejos lo que fue. Los tuareg ya no comercian con sus caravanas, excepto la única que se mantiene, la del Azalai, a las duras minas de sal de Taudeni, catorce días en camello dirección norte, los últimos siete sin un solo pozo de agua. Antaño explotadas por esclavos o prisioneros condenados a trabajos forzados. Hoy día por gente que paga sus deudas trabajando allí.

Ya no hay escuelas coránicas, ni afamados maestros, a cuyas enseñanzas acudían alumnos desde muy lejos. Sólo queda la sombra de sus antiguos ricos comerciantes en forma de varias bibliotecas de manuscritos medievales como la del Fondo Kati. Ya no hay riqueza ni, por supuesto, oro.

Pero hasta el progreso, a su manera, llega a Timbuktú. En una ciudad donde apenas hay teléfonos (al menos cuando yo estuve) sí que había un locutorio público donde era curioso contemplar, sentados cada cual frente a la pantalla de sus ordenadores, usuarios de las diferentes etnias del lugar. Recuerdo sobre todo un tuareg con su típica indumentaria, la gandura azul resplandeciente y el amplio turbante blanco que le tapaba toda la cara excepto los ojos, manejando el ratón con una soltura que hubiese hecho exclamar a sus padres que, sin duda, algún yinn, algún diablillo travieso había enloquecido a su hijo, jugando con aquella “cosa” extraña…

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                                                          Tiendas nómadas

Las construcciones de Timbuktú son todas de adobe, muy erosionadas por el viento del desierto y las escasas lluvias. Salpicadas entre las casas y por los solares vacíos, se alzan las jaimas de los nómadas de paso. Las calles, incluso el suelo de las casas, son de la misma arena del desierto que las rodea y que las engulle. Hasta el pan que cuecen en los hornos comunales que se levantan en cada esquina, como ellos mismos dicen, tiene más arena que harina… y doy fe, por la que cruje entre las muelas al menor bocado.

Apenas hay alumbrado. Los días que estuve allí, cada noche y hasta que amanecía escuchaba los cantos de los nómadas al ritmo de los tambores, acampados en la ciudad y por las afueras. Siempre me tentó acercarme a escucharles más de cerca pero, si ya de día orientarse entre las casas era complicado (no hace falta decir que sin rótulos ni numeración, ¿para qué, si nadie sabe leer?), de noche me hubiese perdido entre la confusión de la oscuridad y las callejas. No me atreví y bien que lo lamento. El miedo te recorta la vida.

La Timbuktú que tuve la suerte de conocer hoy es una ciudad, merced al yihadismo, nada aconsejable, aunque no siempre fue así.  Enclavada en zona tuareg, gracias a su antigua tradición comercial fue casi siempre muy abierta y bastante tolerante con los forasteros. Desde la cómoda Europa podemos pensar  que allí sólo hay “moros”, o “negros”. Pero allí se viven las diferencias de una población heterogénea, mezcla de las etnias presentes en Mali. Aparte de los tuareg, encontramos bambaras de Bamako, peuls de Massina,  shongays de Gao, bozos del río Níger, belas del Azawad, dogones de la falla de Bandiagara. O de un poco más lejos:árabes, mossis de Burkina-Fasso , hausas de Nigeria…, repartidos por sus barrios respectivos.

Timbuktú da para mucho. Llegué en un barco casi de pedales donde mi compañero de viaje, Pepe, se despistó y perdió el barco en una aldea sin nombre, aunque lió a unos de una canoa para alcanzarnos. En teoría me volvía en una avioneta de hélices de 14 plazas, pero en el último momento nos la “secuestraron” un grupo de fornidos marines americanos, y escapamos por el desierto, tras cruzar el Niger sobre una barcaza con los hipopótamos resoplando en el río. Y luego está la increíble y verdadera historia de la biblioteca perdida de la familia Kati, descendientes directos del último rey godo legal, Witiza. Pero lo de la biblioteca del Fondo Kati y los avatares de la llegada y el regreso, dan de sobra para otra historia.