El largo peregrinar de los manuscritos árabes. La Biblioteca de El Escorial y la Fundación Kati de Tombuctú. 1ª parte.

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Quiero agradecer su cordial ayuda en lo referente al Fondo Árabe de la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial a su bibliotecario y antiguo prior, Don Jose Luis del Valle y, muy especialmente, a una buena amiga y restauradora de cubiertas antiguas, por su abundante y valiosa información. Y en cuanto a lo que atañe a la Fundación Kati, a su depositario y conservador contra viento y marea Ismail Kati, por su amabilidad y de siempre interesante conversación, y a Manuel Alonso Navarro, al que conocí casualmente frente a la mezquita de Yingueraber cuando aún desconocía la existencia de los Kati, y junto al que emprendí una accidentada “huída” de Tombuctú, huída que significó el comienzo de una estupenda amistad. A todos, gracias…

 

Una lucha dinástica más, y una traición.

Las menguadas tropas que aún le permanecían fieles se habían conseguido refugiar con el sultán en el puerto de Safi, junto a su reducido séquito, sus mujeres y las pertenencias que había conseguido llevar con él al abandonar Marrakesh. Derrotado en la última batalla por el general Abu Malib, cada vez más acosado por las fuerzas de su hermano Muley Xeque, al que se podía peligrosamente considerar ya casi como su sucesor, el sultán intentó una última jugada. Aún tenía bastante oro como para contratar un barco que le sacase de Safi y escapar de su ambicioso hermano. Temiendo traiciones entre los musulmanes ante la visible pérdida de su poder, negoció sin saberlo otra traición, esta vez con el capitán provenzal Jean Philippe de Castelane, su transporte hasta Agadir. Llegados a este puerto, el capitán reclamó el pago íntegro del flete antes de entregar la carga. Pero al no serle satisfecha la suma previamente acordada de tres mil ducados, aprovechó la noche para zarpar rumbo a Marsella llevándose consigo las pertenencias del derrocado Muley Zaydan, entre las que se encontraba la rica biblioteca de su padre, el anterior sultán de la dinastía saadí, Abu-l-Abbas Ahmad al-Mansur al-Dahabi, más conocido como Ahmad al-Mansur, en árabe: “el Victorioso”, debido a ser el ganador de la batalla de Alcazarquivir, más conocida como la de los Tres Reyes. 

Sus victorias no se limitaron tan sólo a Marruecos. En el año de 1.590 envió una expedición que atravesó a pie el desierto del Sahara en una agotadora marcha de dos meses, que redujo el número de soldados casi a la mitad: de 7.000 a 4.000. Desde Marrakesh querían llegar hasta Tombuctú, atraído el sultán por la fama del oro y las riquezas. El cuerpo expedicionario superviviente de 4.000 soldados estaba integrado principalmente por moriscos llegados de España, hispanoparlantes por tanto, e incluso las listas de la intendencia aún las podemos consultar, y están en castellano. Los comandaba Yuder Pachá, capturado de niño por los berberiscos en Cuevas de Almanzora, aunque criado y educado en Marrakesh.

En Noviembre  de aquel año y ya junto al Níger se enfrentaron a un ejército de 40.000 guerreros shongay en la batalla de Tondibi, cerca de Gao, a los que derrotaron por la gran ventaja que les supuso el llevar armas de fuego, enfrentadas a las lanzas y escudos de cuero y paja de los shongay que, contra los arcabuzazos, no les valieron de nada. Desde entonces a los descendientes de aquellos moriscos que se asentaron en Tombuctú se les conoce como “armas” -“úrrumas” tal y como las pronuncian ahora-, por la palabra en castellano, del que conservan en su dialecto muchas otras. El dominio marroquí en Tombuctú y la Curva del Níger se extenderá hasta 1.833 pero hasta 1.618 al menos la lengua usada en la administración será el castellano.

Pero como los manuscritos árabes tienden a ser muy peregrinos, y aunque volveré a Tombuctú cuando toque hablar de los de la Fundación Kati, cabe aquí mencionar que tras la conquista de Tombuctú por las tropas comandadas por Yuder Pachá, parte del botín se hizo con 1.600 manuscritos árabes que figuraban en la medersa o universidad islámica de la mezquita de Sánkore (según pronuncian ellos). De Tombuctú viajaron a lomo de camello hasta Marrakesh, a la librería de Ahmad al-Mansur. Su hijo Muley Zaydán, como veremos con más detalle y por los avatares de la guerra, se los llevó al puerto de Safi, de donde el francés Jean-Philippe de Castelane los transportó hasta Agadir. Y desde Agadir, con la intención de navegar hasta Marsella, fueron interceptados por la Armada Española yendo a dar ya no con sus huesos sino con sus lomos hasta la Biblioteca de San Lorenzo. Largo peregrinar, desde Tombuctú hasta El Escorial.

Moriscos y corsarios

Los barcos de la Armada Española solían patrullar frente a las cotas de Salé, intentando evitar la práctica del corso. Larache servía de base a los españoles al haber sido cedida a Felipe III por Muley Xeque, en agradecimiento o como pago por su apoyo frente a Muley Zaydán y, teniendo Larache en su poder, controlaban la costa que llamaban de la Mámora, por lo que Salé se convirtió en uno de los pocos puertos marroquíes en el Atlántico. Pero para los marroquíes disponer de Salé tampoco fue posible.

En 1609 se establecieron en Marruecos unos 40.000 moriscos, tras el decreto de expulsión dictado por Felipe III. La mayoría se establecieron en las ciudades del norte (Tetuán, Tánger, Xauen o Fez) pero 10.000 de ellos, por diferentes circunstancias que no vienen al caso, acabaron estableciéndose en Rabat y en Salé, a ambos lados del ancho estuario del río Bu Regreg. Rabat había sido fundada por el sultán almohade Yuqub al-Mansur (otro “victorioso”) tras su victoria en la batalla de Alarcos, en 1195 contra el rey castellano Alfonso VIII. Aunque hoy día sea la capital marroquí, en 1.600 estaba en un estado ruinoso y prácticamente abandonada, apenas la habitaban un centenar de pobres viviendas.

Salé, en la orilla norte del Bu Regreg, por el contrario tenía una población estable de musulmanes y judíos sefarditas, expulsados de España por los Reyes Católicos tras la toma de Granada. El sultán pretendió establecer una base de corsarios, flota formada sobre todo por moriscos y controlada por un caid al que se pagaba el 10% de los botines. Pero en 1626 los moriscos mataron al caid y se declararon independientes. De aquellos moriscos, cerca de dos mil procedían de la localidad pacense de Hornachos que, debido a estar mejor organizados, se hicieron con el control de lo que se conoció como “La República de las Dos Orillas”.

La República de los “hornacheros”, como se les conocía, se mantuvo hasta 1668. En sus mejores momentos contó con una flota de más de cuarenta barcos y sus fortificaciones estaban protegidas por 68 cañones que apuntaban al mar en previsión de ataques. Los hornacheros mantuvieron relaciones diplomáticas con Holanda e Inglaterra al convertirse en un activo centro comercial, aunque su actividad principal fue la piratería. Actuaban en el Estrecho de Gibraltar y en el Mediterráneo, aunque en sus correrías también capturaban barcos en el Atlántico, llegando en sus incursiones hasta la lejana Islandia.

La anécdota “sentimental” por parte de los hornacheros fue el intento de llegar a un acuerdo con Felipe IV, para lo cual hicieron llegar una larga carta al Duque de Medina-Sidonia en 1.631 en la que, entre otras cosas, proponían entregar la ciudad… por el gran amor que tienen a España, pues desde que salieron suspiran por ella… Proponían que se les dejase volver a Hornachos, indemnizar a los vecinos que hubiesen ocupado sus casas y tierras, entregar sus 68 cañones y sus barcos, que les respetaran haciendas y privilegios, demostrar su fe cristiana….pero las negociaciones no prosperaron y los hornacheros debieron seguir dedicándose al corso.

Corría el mes de Junio del año 1.612. Tres -hay quien dice cuatro- bajeles de la Armada Española gobernados por Pedro de Lara, lugarteniente del almirante Luis Fajardo que patrullaban cerca de Salé, apresaron al navío francés Nôtre-Dame-de-la-Garde, comandado por el capitán Jean-Philippe de Castelane. Castelane era cualquier cosa menos un comerciante. Había llegado a Safi con cartas de Luis XIII y del Duque de Guisa, y había sido el cónsul francés en 1.610, bajo el reinado de Enrique IV, con el fin de repatriar a sus compatriotas capturados. Hay quien aventura que se hubiera puesto en secreto de acuerdo con los españoles pero, ¿para qué, si su propósito seguramente y a todas luces sería el de hurtar las propiedades de Muley Zaydan y llevárselas a Marsella?…Conducido a Cádiz fue juzgado como pirata y, como tal, condenado a galeras. Y como suele suceder con los “agentes especiales” pillados en falta, Francia se desentendió de su pirata.

Los libros de la librería del padre de Mulay Zaydán

Muley Zaydán y contra todo pronóstico logró restablecer sus fuerzas, derrotar a su ambicioso hermano y regresar, victorioso, para poder descansar en sus añorados palacios de Marrakesh. Pero,aunque restablecido en el trono, no se olvidó de las pertenencias robadas arteramente por el ex-capitán y ahora galeote Jean-Philippe de Castelane y, muy especialmente, de la valiosa librería -como se la llamó en su tiempo- reunida por su padre, el sultán Ahmad al-Mansur, lo que consideró su mayor pérdida. Mulay Zaydán estaba perfectamente informado de que la librería obraba en estos momentos en poder de la Corona española, a donde dirigió en primer lugar sus quejas, por una parte, y sus reclamaciones. Pero la respuesta de Felipe III fue contundente: el botín no se había robado a Marruecos, sino capturado en barco francés y, por tanto, a Francia. Añadiendo que este botín…era contrabando, y contrabando de buena presa es contrabando… Las cosas claras.

Con posterioridad y bajo las salidas de códices del Fondo Árabe con “pasaporte legítimo” hubo alguna devolución al Reino de Marruecos. En 1.776 y ante una visita al Monasterio por parte de una delegación marroquí llegada para un Tratado de Paz y Comercio, siempre con el permiso del rey, le fueron regalados varios códices. Y en 1.880 el embajador Muhammad ibn Utman, llegado para restablecer las buenas relaciones entre España y Marruecos y en visita a la biblioteca seleccionó catorce códices, bajo el beneplácito de Carlos III. Hay que señalar que en la primera visita y para no tentar la suerte, se ocultaron los más valiosos de la librería de Mulay Zaydán, diciendo que se habían perdido durante el incendio de 1.671. Mentiras piadosas…los diplomáticos siempre han de ser así: cuando dicen tal vez, realmente están diciendo no…

Agotada la vía del pedir favores a Muley Zaydán le quedaba intentar la del rescate. Ofreció una elevada suma a Felipe III quien la rechazó, pidiendo a cambio la liberación de los cautivos cristianos que hubiese en Marruecos. Aunque como “el rey prudente” se conoció a su padre Felipe II, Felipe III anduvo igual de prudente y esperó antes de devolver nada a cambio de nada. Pasados dos años y dado que la petición no se cumplía, el rey solicitó un Dictamen del Consejo de Estado sobre el cual resolvió que dicha librería aráuiga se trasladase a la Real Biblioteca del Monasterio del Escorial, donde ingresó en 1.614.

No es de extrañar el empeño del sultán por recuperar la librería de su padre. Según Gurmendi, de quien hablaré a continuación, el número de manuscritos procedentes de la Biblioteca Real Marroquí de Marrakesh y con la marca de la dinastía sa’adí ascendía a cuatro mil, veinte o treinta menos, de los cuales más de quinientos y, siempre según el testimonio de Gurmendi, estaban desenquadernados. Sería excesivamente prolijo hacer relación de ellos, pero solo comentar que, excepto aquellos desenquadernados,  la mayoría estaban cuidadosamente provistos de tapas de piel ricamente labradas en relieve y con ribetes de oro, algunos incluso adornadas sus cubiertas con piedras preciosas. Tratados de leyes, de gramática, de medicina, de astronomía, de filosofía…y, por supuesto, algunos Coranes.

El más famoso, el llamado Corán de Mulay Zaydán, realizado según consta en el Folio 264 por encargo de su padre, el sultán Ahmad al-Mansur en la mezquita del Palacio al-Badi  de Marrakesh y terminado el 13 del mes Rabi’a del año 1.008 de la Héjira, 2 de Noviembre de 1.599 de nuestra era cristiana. Encuadernado con piel de cabra blanca, estampado en oro, cantos dorados así como los herrajes. Escritura de tipo mabsut: la reservada a la escritura del Corán. Los títulos de las suras, en cúfica oro sobre fondo azul….toda una joya. Sin duda a Mulay Zaydán le llevaban los demonios la desgracia de haberlo perdido. Sobre el original albergado en la Biblioteca de San Lorenzo se han hecho algunos pocos facsímiles por expertos según reproducción fiel -fidelísima como corresponde- , cuya cotización ronda los 3.700 euros.

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                                       Facsímil del Corán de Mulay Zaydán

Los arábigos y los Plomos del Sacromonte

Como se lee en la carta del rey al prior de San Lorenzo, fechada el 6 de mayo de 1.614, la entrega e instalación se hicieron bajo la supervisión de Francisco de Gurmendi, a quien le había sido entregada por el mismo Felipe III para que la ordenase…por sciencias y facultades…  El guipuzcoano Gurmendi servía en la corte de Felipe III en la… traducción e interpretación de las lenguas arábiga, turquesa y persiana… El conocimiento de tan inusuales lenguas le venía a Gurmendi por la circunstancia de haber sido discípulo de Diego de Urrea, de supuesto origen calabrés, capturado de niño por corsarios berberiscos y educado en Tremecén, Argelia, donde compartió enseñanzas con el entonces joven príncipe Muley Xeque -causante indirecto de la llegada de la librería de Mulay Zaydán al Monasterio-, y donde adquirió el dominio de la lengua árabe, así como de la… Turquesa, Persiana y Tártara… 

Diego de Urrea fue nombrado en 1593 a petición del entonces rey, Felipe II, profesor de lengua árabe en la Universidad de Alcalá. En 1.595 el rey exige -tal cual, poder real, sin opción- a… Arias Montano y al arávigo…, o sea, Urrea, que traduzcan los recién encontrados Plomos del Sacromonte y, un año más tarde, se les conmina a trasladarse a Granada… y no salgan della… –sigue quedando bien clara la voluntad real- para asistir a la traducción de dichos libros.

Benito Arias Montano fue otro de los arábigos y todo un personaje de la época. Nacido en la localidad pacense de Fregenal de la Sierra en 1.527, estudió varias disciplinas en las que destacó, y entre otras el estudio de latín, griego, árabe, hebreo y sirio. La Inquisición siempre le tuvo en el punto de mira por sus “desviaciones” en cuanto a la interpretación de la Biblia Vulgata y, posiblemente, se libró de morir en la hoguera gracias a la protección que siempre le dispensó Felipe II . Cabe añadir que Fregenal de la Sierra fue uno de los “puntos calientes” junto a la cercana Sevilla de lo que se llamó los “iluminados”, una especie de pre-protestantismo español y, como tal, perseguida con saña. Del mismo Fregenal y con cuatro años de diferencia era Cipriano de Valera, conocido de Arias Montano en su época de estudiantes en Sevilla y religioso en el monasterio de San Isidoro del Campo, muy próximo a las ruinas de Itálica. En el verano de 1.557 y sabiéndose vigilados de cerca por la Inquisición doce monjes, entre ellos Valera, consiguen huir a Ginebra y ser condenados “en ausencia”. Otros cuarenta monjes no tuvieron tanta suerte: fueron quemados vivos, bajo la acusación de herejía.

El 18 de Marzo del año 1.588 se decide derribar la Torre Turpiana, el minarete de la antigua mezquita mayor de Granada. El hallazgo de una caja de plomo conteniendo restos humanos, una imagen de la Virgen y un pergamino manuscrito -con textos en árabe- detuvo la demolición. Se dieron para la traducción a dos notables de la ciudad, moriscos conversos, Miguel de Luna y su suegro Alonso del Castillo. En el pergamino constaba una profecía de San Juan sobre el fin del mundo que San Cecilio, arzobispo de Granada, había hecho ocultar para que no fuese profanado por los árabes. Pero el pergamino de la Torre Turpiana contaba algo más: cual mapa del tesoro daba vagas pistas sobre la localización de otros escritos portentosos ocultos en las proximidades de la ciudad.

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                                            El manuscrito de la Torre Turpiana

Lo de los Plomos del Sacromonte es una de esas historias dignas y comentadas por su aura de misterio por entusiastas profesionales del esoterismo como Jiménez del Oso o Iker Jiménez en programas como Cuarto Milenio y similares. Los tales Plomos consistían en 21 libros formados por 223 planchas circulares de plomo … con extraños dibujos e inscripciones latinas y árabes… de factura morisca… salomónicos según comentaron en su momento, que habían sido halladas entre los años 1.595 y 1.599 a las afueras de Granada, en la colina de Valparaíso, desde entonces conocido como el Sacromonte. Para su traducción fue para lo que se “exigió” a arábigos como Benito Arias Montano y a Diego de Urrea ir a Granada y no salir hasta que no quedasen traducidos a satisfacción de la Corona.

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                                                   Los Plomos del Sacromonte

Como es de imaginar, semejante hallazgo levantó auténticas polvaredas. En su momento llegaron a ser interpretados como un Quinto Evangelio revelado por la Virgen -en árabe, éso sí- para ser divulgado en España. Hubo autores cristianos como el arzobispo Pedro Vaca de Castro que apostaron incondicionalmente por su autenticidad. Otros, como su traductor Benito Arias Montano, manifestaron serias dudas al respecto. La crítica filológica e histórica parece determinar que pudo ser obra de moriscos de alta posición en los años posteriores a la Rebelión de Las Alpujarras, y se sospechó de Miguel de Luna y Alonso Castillo, los traductores del pergamino de la Torre Turpiana, en un intento de conciliar el cristianismo “islámico” de los moriscos con el catolicismo castellano. En 1.682 fueron definitivamente declarados falsos y heréticos por el Papa Inocencio XI.

El Fondo Árabe de la Biblioteca de San Lorenzo

Felipe II, monarca debatido, mantuvo siempre gran preocupación por todo lo intelectual. Siendo todavía príncipe ordena comprar en Valencia, en 1.542 -a sus catorce años de edad-, un Corán a través de Gil Sánchez de Baeza: …un libro de alcorán que mandó su alteza comprar…(citado por Jose Luis Gonzalo Sánchez-Molero, La “Librería Rica” de Felipe II: estudio histórico y catalogación, en Archivo General de Simancas).  Desde 1.567 y siendo ya rey se reúne en el Monasterio un fondo bibliográfico que no para de crecer, comenzando por la librería particular del monarca. Y como parte importante, la del Fondo Árabe. Formado a base de compras por toda Europa, de copias de libros prestados, de adquisiciones a particulares, de donaciones como la del propio Arias Montano, entre ellos 19 libros Aráuigos. O la célebre biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza, donada por disposición testamentaria según dice el mismo Mendoza poco antes de morir, el 14 de Agosto de 1.575, a Hernando de Briviesca, guardajoyas de Felipe II: …cuenta de lo que tenía hecho, que es haber dado a su Mg. sus libros y pinturas y antiguallas… El rey aceptó el legado condonando la elevada deuda que el antiguo embajador tenía con él, encargando a su secretario Antonio Gracián el reconocimiento y traslado de la biblioteca. De los 853 códices registrados, 268 corresponden a los Lingua arabica manuscripta.

A primeros de marzo del año 1.577 el rey Felipe II requiere a su “hombre de confianza” Benito Arias Montano para organizar la entonces joven Biblioteca, a lo que el arábigo  accede por fidelidad al rey aunque, según cronista, de la misma…malísima gana… con la que se encargó del asunto de los Plomos del Sacromonte.  En 1.579 ya es nombrado oficialmente como Librero Mayor de la Laurentina. Hombre sin duda puntilloso y responsable tuvo a su cargo la ardua tarea de poner inicialmente orden en semejante colección de legajos, tarea que le ocupó diez meses, ordenándolos por idiomas: lenguas vulgares -las habladas en Europa: castellano, francés, italiano, toscano, – junto a las obras en latín y griego, y las que constituirían el Fondo Árabe: en árabe, persa y hebreo, principalmente, y para dejar clara la propiedad el diseño de las cubiertas, en piel de becerro y con la parrilla, símbolo del martirio de San Lorenzo, estampada dentro de un óvalo en el centro de la tapa, con instrucciones a veces precisas del propio Felipe II.

Alonso del Castillo es otro personaje digno de comentario, y al que ya mencioné junto a su yerno Miguel de Luna en el extraño asunto del pergamino hallado en la Torre Turpiana y los Plomos del Sacromonte. Su padre, morisco principal, nació bajo el dominio nazarí y fue de los obligados a convertirse al cristianismo en 1.500, tras la toma de Granada por Los Reyes católicos en 1.492. Alonso se educó ya bajo el cristianismo como morisco asimilado. Estudió medicina en la Universidad de Granada donde aprendió además latín y griego, lenguas que dominó junto al castellano y al dialecto árabe-granadino. Con estos conocimientos el Concejo le encargó la traducción de las inscripciones árabes en el palacio de La Alhambra, de las que evitó traducir algunas para evitar su destrucción por su contenido religioso. En calidad de romançeador o informador, intervino en la represión de la revuelta morisca conocida como la Guerra de las Alpujarras. En 1.573 es llamado a la Corte para colaborar en la formación del Fondo Árabe de El Escorial, además de ser nombrado intérprete real como traductor de la correspondencia que Felipe II mantuvo con gobiernos árabes. Durante su estancia en El Escorial, obtuvo autorización real para atender a la numerosa clientela que solicitaba sus servicios atraída por el prestigio de …su ciencia médica arábiga y por su competencia en descifrar los manuscritos que la contenían…

Comenzaron a llegar los libros, en este caso los arávigos que, antes de nada, hay que numerar. Arias Montano hace una sucinta relación de 285  Libri Arabici en 1.579. El Licenciado Alonso del Castillo había concluído el 16 de Agosto de 1.583 un Catalogus CCLXI (de 261, para los que se les hayan olvidado los números en  latín) Manuscriptorum Arabicorum  según los fondos del Monasterio. En 1.598 -18 años después del inventario de Arias Montano-  Diego de Urrea, cumplida su tarea de traducir los Plomos, concluye el Índice de los libros arávigos detallando 499 entradas, aunque no incluye los 268 en Lingua arábica manuscripta adquiridos a raíz del testamento de Don Diego Hurtado de Mendoza. Obviamente, el Fondo va creciendo. Alonso del Castillo y siempre con permiso real había viajado ex profeso hasta Andalucía para realizar algunas compras. Acabada la Reconquista sin duda había un goloso mercado de libros arábigos, bien por necesidad de sus dueños, moriscos empobrecidos, bien por alejar la sombra de la sospecha de mantener el culto prohibido ante la siempre vigilante Inquisición.

En tiempos todavía de Arias Montano ingresan en la Biblioteca unos manuscritos árabes procedentes de los bienes de Isabel la Católica que se custodiaban en la Capilla Real de Granada. Alonso del Castillo fue el encargado en 1.573 de examinarlos previamente a su traslado a la Biblioteca, donde ingresaron en 1.591. Según la copia notarial  había…Onze libros chicos y grandes, enquadernados y desenquadernados, todos escriptos en arávigo…   En 1.582 y también desde Granada se habían enviado 32 cuerpos de manuscritos hasta entonces custodiados por la Inquisición. Aunque antes y después continuara la llegada de manuscritos árabes, el gran aporte sin duda fue el procedente ya citado de la captura por parte de la Real Armada de la librería de Muley Zaydán, aquellos cuatro mil…veinte o treinta menos… según la estimación del guipuzcoano Francisco de Gurmendi.

El incendio de la Biblioteca y otros percances

en muy breve rato se quemó la librería manuscrita, sin que remedios humanos bastasen para reprimir la actividad del fuego… (según el informe testimonial del archivero Fray Juan de Toledo).

Libros y fuego son peligrosa combinación, del que la historia nos cuenta numerosos ejemplos. Muchos por censura, otros por accidente. Incendios en el Monasterio hubo varios. En el primero de 1.579 ardió la llamada Torre de la Botica. En 1.731, 1.744, 1.763, 1.827 y 1.872 fueron reseñados otros, aunque parciales y pronto controlados. Pero el 7 de Junio de 1.671, cuentan que a las tres de la tarde, se declaró un incendio comenzado al parecer en una de las chimeneas del colegio situada en la parte norte. Brasas vivas en las buhardillas y un fuerte viento azuzaron un fuego en apariencia controlado, de forma que pese a los esfuerzos y en menos de tres horas habían desaparecido las cubiertas de la mitad del edificio que mira al norte. Del campanario de las torres que flanquean la entrada principal, se fundieron 38 de sus 40 campanas cuyo bronce, cuentan, corría como el agua por las escaleras y los muros. El entramado de viguería, la tablazón de ripias y pares, reseca madera directamente bajo la cubierta de pizarra que, bajo el sol del verano, quema sólo con tocarla contribuyó al desastre. El Vicario con gran piedad y supongo mirando hacia atrás de reojo por si había que salir corriendo, presentó ante las llamas el Santísimo Sacramento, incluso el velo milagroso de Santa Águeda, que en tiempos hubo contenido las lavas del Etna, pero el fuego debía ser ateo porque arreciaba cada vez más.

Visto que Dios no echaba una mano, gentes de todos los alrededores se afanaron durante horas entre el ahogo y el agotamiento. Su esfuerzo no fue en vano y gracias a ellos se salvó gran parte del edificio y de sus tesoros. Pero la librería resultó seriamente dañada y, en especial, los manuscritos árabes. Actualmente y desde el año 1.850 el Salón de Manuscritos se encuentra en la antigua ropería del Monasterio, con gruesos muros y bóvedas de piedra, lo que les protegió en el incendio de 1.872. En 1.671 la mayoría de los códices se guardaban en el Salón Alto y el Salón de Verano, en la planta alta, de altas bóvedas y con sus ventanales abiertos al Patio de Reyes, orientados al norte. El fuego se cebó en los viejos manuscritos. Sin extintores, sin los modernos medios anti incendios y entre la confusión del momento algunos se amontonaron, mojados, en rincones de alguna sala, en una espera que duró más de cincuenta años. Otros, y ante la desesperación…

… para salvarlos del incendio muchos de los códices árabes fueron arrojados por las ventanas, y son bastantes los que aún conservan las huellas del agua, mezclada en algún caso con tierra y arena. En tales operaciones de salvamento hubo códices que se desvencijaron, con la correspondiente dispersión de hojas. En la subsiguiente confusión, no siempre fueron debidamente reagrupadas las de uno mismo, al tiempo que de otros se conservaron solo algunas. De ellas resultó un mare magnum sin orden ni concierto, de hojas o cuadernos, que constituyeron esa massa damnata que Casiri dejó totalmente de lado en su catalogación… (Justel Calabozo, Legajos árabes de El Escorial, pag.437).  

Braulio Justel Calabozo, catedrático de Lengua y Literatura Árabes en la Universidad de Cádiz desde 1984, fue uno de los arabistas que investigó modernamente el Fondo Árabe. Según sus cálculos y tras el desastre, de 3.974 manuscritos arávigos catalogados se perdieron 2.500, de los que quedan en la actualidad tan solo 1.939, árabes en su mayoría, aunque haya una parte en persa, turco o aljamiados. Ya Justel Calabozo nos da una idea del desbarajuste que sufrieron los manuscritos supervivientes en el intento desesperado por preservarlos del fuego. Si un libro moderno y bien cosido lo más seguro es que quedase desencuadernado al ser arrojado desde un tercer piso, podemos imaginar como quedarían los viejos manuscritos, formados en muchos casos por hojas apiladas dentro de un estuche, como las cartas de una baraja. Y de aquellos otros arrojados, amontonados y mojados en los rincones, la acción del agua sobre papel viejo solo pudo producir una pasta irreconocible, esa massa damnata que, según Justel Calabozo, Casiri dejó totalmente de lado en su catalogación.

El mencionado Miguel Casiri, nacido en Trípoli en 1.710, experto en árabe, sirio y arameo, y presbítero por el rito maronita, es llevado a El Escorial en 1.749 para organizar “los restos del naufragio” que llevaban más de cincuenta años en un estado de casi abandono, y para que descifre …si son tesoros o carbones lo que se guardan…. Emprende el encargo de la catalogación, empezando por los manuscritos que se hallaban recogidos en la Biblioteca alta,…limpios y no olvidados, pero sin índices ni inventarios, como selva inculta que nadie se atreve a pasear… Al cabo de diez años Casiri había concluído prácticamente sus índices y catálogos de su Bibliotheca Arabico-Hispana, aunque consta que excluyó los códices sin encuadernar y los manuscritos desencuadernados. Pero a los manuscritos árabes aún les quedaban daños por sufrir.

han sido víctimas de varios incendios, y como si esto no fuera bastante, han sufrido mucho por el interés que por ellos se han tomado algunos bibliotecarios más celosos que discretos, quienes tuvieron la fatal idea de encuadernar de nuevo libros estropeados, que vistieron con encuadernaciones lujosas, a veces, y siempre funestas para los manuscritos, pues lo menos malo que resultó fue el que quedaran cortadas o inutilizadas las notas marginales por la cuchilla de sucesivos encuadernadores… (Francisco Codera, Informe, 1.898). Codera comprobó ya en 1.844 que muchos códices habían sido cosidos desordenadamente, hallando los folios faltos en legajos o encuadernados como parte de otros códices mezclando unos con otros o confundiendo, como se suele decir, “las churras con las merinas”. Casi todas las evidencias señalan a Félix Rozanski, sacerdote polaco y bibliotecario del Monasterio entre los años 1.875 y 1.885. El celo de Rozanski como encuadernador fue notorio:

los dos mil árabes que encontré a mi llegada al Escorial en un estado muy deplorable desde el incendio de 1.671, algunos desgarrados, otros mitad en un manuscrito y otros mitad en otro, varios despues de haber recibido aguas, vueltos en una masa compacta y dura como madera, etc., han sido recompuestos, ordenados, despegados con cuidado, foliados, unos restaurados y otros de nuevo encuadernados en pasta negra, por mis cuidados, añadiendo unos 22 volúmenes que compuse de fragmentos y otros acumulados en los legajos…

Percances y pérdidas no faltaron. A veces, “despistados” al ser sacados -en una época en que había poco control- por investigadores, con el resultado de perderse su pista. Otras, en viajes a veces sin retorno a la Biblioteca Nacional, pese a la acreditada procedencia de la Biblioteca del Monasterio. Afortunadamente fueron más las recuperaciones que las pérdidas.

códice árabe Medicina castellana S.XV

Medicina castellana, códice árabe S.XV. Actualmente en la Biblioteca Nacional de Madrid (con nº 5240 en Fondo Manuscritos) aunque consta como “Procedente de la Biblioteca del Escorial”, lo que se advierte por la “marca de la casa”: parrilla grabada en el centro de la cubierta, símbolo de San Lorenzo

Un héroe afrancesado, Jose Antonio Conde

Decir “afrancesado” en España supone todavía hoy y en el sentido peyorativo de la palabra decir traidor, antipatriota y colaboracionista con el enemigo, ésto es: el francés. No voy a entrar en la atracción que el ejemplo francés supuso para muchos españoles de la época, ansiosos de libertad, de ilustración y de modernidad, frente al absolutismo de la monarquía española, el atraso de la sociedad y el enorme lastre en muchos sentidos que suponía la religión. Entre tanto incendio, tanto celoso encuadernador y tanta pérdida por sustracción, que la hubo cuando el control de los fondos no era tan exhaustivo como afortunadamente es hoy, habría que destacar algún personaje que, como en las películas de héroes, decidió jugarse el tipo para salvar lo que él supo que estaba en peligro: el afrancesado Jose Antonio Conde.

El 20 de Agosto de 1.809 se ejecutaba la Real Orden de José I Bonaparte por la que se expulsaba a la comunidad jerónima de San Lorenzo y se confiscaban todos los bienes del Monasterio, que fueron enviados en carretones a Madrid. Para el traslado se comisionó al arabista Jose Antonio Conde, conservador de la Real Biblioteca de San Lorenzo de El Escorial. Sabedor del riesgo de que fuesen sacados de España, los ocultó en una capilla del Convento de la Trinidad, lo que durante muchos años se llamó el “grupo extraviado”. Seis años permanecieron ocultos hasta el fin de la guerra bajo montones de impresos en el Convento de la Trinidad, largos años en los que seguramente pudo afectarles la humedad, así como el trajín de los traslados en carretas tanto en su salida del Escorial como ya en 1.815, a su definitivo regreso.

Exilio más dilatado de más de cien años sufrieron los códices con los que Conde estaba trabajando en su casa cuando tuvo lugar la invasión napoleónica. Por su condición de afrancesado hubo de salir de España con ciertas prisas en 1.813. A su regreso y hasta su fallecimiento, en 1.820, los libros seguían en su casa, aunque a su muerte sus testamentarios hicieron un inventario de sus bienes, entre ellos la librería. Hubo una venta y dispersión de libros de Conde. Algunos propios, otros tomados en préstamo de la Biblioteca de San Lorenzo pero que quedaron en su casa al huir de España.

por razones no esclarecidas y circunstancias harto confusas los libros de Conde fueron a parar a Londres, donde el martes 6 de Junio de 1.824 abrió pública subasta de los mismos Mr. Evans el cual redactó a tal fin un sucinto catálogo… (Justel Calabozo)

Aunque no formase parte del Fondo Árabe, una de las joyas del Monasterio, con número de lote 1.169 en la subasta fue el manuscrito del Cancionero de Johan de Baena, recogido por el judino Johan Alfón de Baena -como consta en su título completo- hacia 1.445, para ofrecérselo como regalo a Juan II de Castilla. Otros ejemplares subastados procedentes de la librería de Jose Antonio Conde fueron 78 libros impresos y 112 manuscritos, entre los que se encontraban varios códices árabes escurialenses dados por desaparecidos desde la invasión napoleónica en los inventarios y catálogos posteriores a 1.809.  El Cancionero de Baena fue adquirido en la subasta de Mr. Evans por el librero londinense Thomas Thorpe, quien lo vendió al bibliófilo Richard Heber, a cuyo fallecimiento en 1.833, el mismo Mr. Evans lo subastó de nuevo detallando…. this extraordinary manuscript…one of the treasures…in the Royal Library of San Lorenzo in the Escurial…, siendo adquirido entonces por Léon Tèchener, librero y editor, para la Biblioteca Nacional de Francia donde se encuentra desde 1.836. Y allí sigue, sin atender a reclamaciones…destino similar al de la librería de Mulay Zaydán…

DSCN7553Cancionero de Baena, del fondo de manuscritos del Monasterio y actualmente en París

Más suerte hubo con los códices árabes escurialenses subastados por Evans en 1.824. Los adquirió el anticuarista irlandés Edward King, vizconde de Kingsborough, para donarlos en ese mismo año a la recién fundada Société Asiatique de Paris que, más de un siglo después, los restituiría a su legítima dueña, la Biblioteca de El Escorial. En el mes de Julio de 1.948 se celebró en París el XXI Congreso Internacional de Orientalistas. La Société Asiatique  encargó con tal ocasión una nueva catalogación de los manuscritos árabes de su biblioteca observándose que varios de los donados por Edward King contenían información incontestable de su pertenencia a la Biblioteca del Monasterio y, algunos de ellos, la signatura y la marca antigua. El profesor Jean Sauvaget, miembro destacado de la Société Asiatique, se puso en contacto con su colega, Emilio García Gómez, director de Al-Andalus y participante en el Congreso. Juntos pudieron comprobar la procedencia e iniciaron las gestiones oportunas para el traslado a España y su tardío pero oportunísimo reingreso en la Biblioteca, que se realizó en 1.949. Final feliz.

 

 

 

 

 

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Un comentario en “El largo peregrinar de los manuscritos árabes. La Biblioteca de El Escorial y la Fundación Kati de Tombuctú. 1ª parte.

  1. Arsenio Sánchez Hernampérez

    Muchas veces nos lamentamos de las ricas bibliotecas de otros países y las comparamos envidiosos con las nuestras sin pensar que, de haberlas cuidado, hoy seríamos nosotros los envidiados. Magnífico artículo para una de las historias más tristes de la triste historia del tesoro bibliográfico de nuestro país, ¡gracias por compartirlo!

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