Marruecos. Hasta el Medio Atlas: monos, broncas y deserciones.

 14 – 21/4/2000

 Introducción 

Desde que tomé estas notas manuscritas en Marruecos durante nuestro periplo, hasta que por fin las pasé al ordenador, hice copias de las fotos y preparé un “cuaderno de viaje” para los compañeros de aventuras, han pasado casi dos años. Si cuando empezó el viaje no podíamos ni imaginar cómo se irían complicando las cosas hasta el final, en estos dos años han ido pasando unas cuantas cosas más, pero en eso consiste la vida, al fin y al cabo. Alguna Nota Bene (N.B.) aparecerá intercalada en el relato, con algún comentario de interés a toro pasado.

Todo cambia mientras que los recuerdos permanecen, y el recuerdo de un viaje tan divertido e irrepetible (todos  son irrepetibles) como éste creo que merecía la pena quedar guardado para los restos, a salvo de las trampas de la memoria.

Para vosotros, compañeros, con los que volvería a recorrer el mundo, con todo mi cariño…bueno, sólo con algunos…

Notas previas

No sé cómo será de complicada la tarea de un seleccionador de fútbol, supongo que bastante. Pero los líos para cuajar un grupo con el que irnos una semana a Marruecos –grupo que, tras tantos avatares, dudo aún en darlo por formado- han sido los suficientes como para pensar más de una y más de dos veces que no había viaje, que me borraba de la historia y me iba yo solo y tranquilo al camino de Santiago, que pasaba de todo el mundo o, incluso, ya puestos a fantasear, que por fin salíamos.

Y es que, desde la idea original de apuntarme a un grupo de trekking por el Medio Atlas y ver los monos con otras 19 personas, hasta la de formar un grupo de 8 repartidos en dos furgonetas o, la que parece la última, de irnos en una, ha cabido de todo: llamadas a personas supuestamente idóneas (compañeros de travesías en velero, ya probados en convivencia estrecha), papeles de última hora (pasaportes caducados, carta verde), revisión y puesta a punto del vehículo (que al final no me llevé), consejos de amigos expertos en viajes por la zona, conseguir una buena guia (agotada), etc, etc.

Que si somos cuatro, que si cinco, que si otra vez cuatro, que si seis, que si siete, que si otra vez cinco…Que si a última hora el hijo de Manuela y Emilio se pone malo y Emilio se queda con él…Mañana nos vamos. Con la ilusión de un viaje bonito y muy interesante. Con la gente, espero, idónea. Con alguna(s) ausencia(s). Y con la eterna sensación de haber luchado contra una serie de pequeñas y grandes adversidades y haberlas vencido. Un viaje, sin duda, para recordar.

1ª P.D. Últimas llamadas, últimos mosqueos. ¡A ver si nos vamos ya!.

2ª P.D. Llama Idoia. Se rompió el tobillo y tiene escayola para un par de semanas. O sea, que ni siquiera podrá bajar a Tanger  con Manolo, ¡con las ganas que tenía!… Ya me lo olía yo…. (¿Habrá una 3ª P.D.?)

Plan en origen

Salir de El Escorial, viernes, 14 de Abril, día de la República, a eso de las 10  (Ya no: será a partir de las 11, Sara  tiene un juicio a las 10). Partir hasta Rota, a casa de mi hermana Vivi, mi tío Pepe ya está avisado, calculamos llegar a las seis. Sábado 15 a Algeciras, ferry a Ceuta. En Ceuta, compra (whisky, comida) y a la frontera de Castillejos, a hacer cola. A Fez y a dormir allá. Quizá un día más, y al Medio Atlas: Ifrane, Azrou, cedros, monos, cascadas…A la vuelta, parada en Tanger, en casa Manolo, uno o dos días, y para casa…

Hemos dejado antes del camino: 

A Idoia que, tras solventar lo de sus clases, no pudo con su tobillo.

A Vicente/Belén/Manolo, los del barco, porque el curro es el curro.

A Pati la “monóloga” por sus cosas (es Cáncer).

A Juli, por sus cosas al cuadrado (es Cáncer).

A Emilio, por que va el niño y le da por agonizar a última hora.

A Ana/Enrique, que se lo gastaron todo en Amsterdam y ahorran para el barco.

Y otros más que no me caben.

Pero nos vamos:

Yo, historia de una voluntad.

Olegario, para los amigos Ole, entusiasta, artistazo, buen chaval.

Gabriel y Sara, alegres, dispuestos, los echamos de menos en Italia.

Manuela, full-time, todo terreno, echá p’adelante.

Camino de Marruecos. La partida. 14/4/00. 

Habíamos quedado a las 10 y, como era de esperar, salimos a las 12 (Sara tenía un juicio -es abogada, no acusada- a las 10,30). Ése factor me permitió recibir una apresurada bronca de despedida de Silvia, bastante quemada con el tema magrebí (N.B.: ¿Qué me pasa con Marruecos, que tantas crisis me produce?). Por fin nos vamos en la furgo de Emilio y Manuela, mucho más segura y menos dada a sorpresas que mi vieja Caravelle. La aventura es la aventura pero la Peugeot de estos dos, motor recien reparado, acondicionada para viaje (nevera, pila, water –excusado, según Ole- y múltiples compartimentos) dará más juego y comodidades para tan largo viaje que la mía.

Cargamos y salimos. En el momento de salir pasa Paz delante de casa: es la última despedida y grata sorpresa (la penúltima, asilvestrada, fue menos grata). Buena moral y mal tiempo: nublado, vientos y lluvia a ratos, pero muy buen rollo. Conduce Manuela, yo de copiloto y detrás Gabriel, Sara y Ole. Tras los inevitables atascos –a cualquier hora- del Nudo Sur y Autovía Andalucía hasta Pinto, enfilamos al sur. Tráfico no muy denso para ser viernes pre-Semana Santa, y el viaje se nos hizo corto.

Animada conversación con Ole que opina, feliz en su ignorancia, que de mayor quiere ser como yo. Magister San, me ha puesto de sobrenombre Ole, el Pequeño Saltamontes... Entre Sara y yo le damos pistas e instrucciones sobre cómo atacar a las que se lo han rifado en la  Casa de Cultura de San Lorenzo –no le daremos nombres, para su desesperación- sin él olérselo, ¡a este chico es que hay que decírselo todo, no sé qué vamos a hacer con este muchacho!…  Ole también colecciona palabras curiosas que va descubriendo, como el poeta griego de la película “La eternidad y un día”.

(Nota Bene: reescribiendo ahora esto, supe por una amiga italiana enamorada de Grecia que el título de la película es un verso del poeta Constantino Kavafis, y que dice algo así como que, cuando no estoy contigo, el tiempo se me antoja la eternidad y un día…Kavafis, ya que sale el tema, nació fuera de Grecia -en Alejandría- , aprendió el griego de mayor, y le gustaba, como a Olegario, descubrir palabras nuevas. Habría que añadir que la riqueza semántica del griego da para eso y para mucho más). Ole apunta constantemente en sus cuadernitos, delicadamente facturados por María Luisa, palabras, frases, o dibuja sus “olemundos”, a base de caracolas y de árboles, o a nosotros…

Rota

Llegamos a las nueve y pico. Mi tio Pepe, como era de esperar, nos aguardaba en casa y nos alojó en la de al lado donde, generoso y hospitalario como siempre, había preparado las camas, donde había hecho compra por si nos quedábamos o por si nos íbamos y, como siempre, intentó pagar cuando nos fuimos a cenar a “El Príncipe” una friturita de pescado que nos apetecía mucho, aunque esta vez avisé a los demás del incoercible afán pagatorio de mi tío y fuimos más rápidos.

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                                                             Con mi tío Pepe, en Rota

Apareció mi hermana Vivi, estrepitosa para variar. Y una vez instalados en el piso (el mar, el olor, el sonido de las olas) aún nos fuimos Ole y yo a tomar una copita con Vivi y su noviete, Joaquín. Primero en el bar del americano, esta noche repleto de tíos como armarios, luego en el Ruta 66, del francés, donde les ganamos al billar y, finalmente, en otro bareto donde volvimos a derrotarles por dos veces, esta vez a los dardos, pese a ser Joaquín, según contó, campeón local. Con la moral alta volvimos a eso de las cuatro de la madrugada, Manuela cagándose en nosotros, sobre todo por las risas contagiosas que traíamos   que aún tardo Ole un buen rato en poder controlar. Creo recordar que estaba un poco “achispado”.

15/4/00. El paso del Estrecho

Vivi contó anoche que una línea nueva, marroquí, hacía el paso desde Cádiz, lo que nos evitaría los 100 km. que separan Rota de Algeciras. Pero hoy, sábado, tras rico desayuno con tostaditas y aceite, nos informamos en una agencia de Rota que eran bastante anárquicos en los horarios, así que enfilamos hacia Algeciras, con sol a ratos y otros ratos lluvia, dispuestos a tomar África, que no a vencer al Islam.

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     Los Cinco Magníficos en cubierta: Ole, Manuela, Gabriel, Sara y yo, pelaos de frío

En Algeciras el trámite fue rápido. Los billetes nos salieron unas 5000 pts más baratos al coger ida y vuelta (open, no sabíamos exactamente el día del regreso) todo el grupo más la furgo. No hubo cola al entrar al ferry y encima salió antes. En media hora estábamos en Ceuta, tras relajada travesía de fríos aires. En Ceuta echamos caldo a la furgo (68 pts/litro), compramos vituallas, un par de botellas de whisky -que siempre puede venir bien- , tabaco y un carrete. Y sin más dilación, abandonamos territorio “caballa” para cruzar al moro.

En las oficinas del puerto observé una situación y aprendí una estrategia que después, en Tánger, nos salvaría de un apuro. Un marroquí con algún problema administrativo -falta de visado, pasaporte, no sé- le contaba una y otra vez al desesperado empleado de la Transmediterránea que tenía que coger el barco. El empleado, cada vez más desesperado, le decía que no podía ser. Pero el marroquí le volvía a contar exactamente la misma historia. Y el empleado, que no. Y el marroquí volvía a insistir con lo mismo, sin cambiar una palabra. Y así, una y otra vez…aquello se me quedó en la cabeza.

La frontera

El caos habitual del paso de Bab Al Sebta (la Puerta de Ceuta): largas filas irregulares de coches, entrecruzadas. Multitud de moros y moras tocados de pañuelos, turbantes, o a la europea, trajinando enormes bultos, bolsones, grandes paquetes de papel higiénico, ropa, comida, saltándose los muros hacia ambos lados, mujeres vociferando a policías marroquíes que las paraban…

Para el motor. Arranca, avanza dos metros. Para el motor porque vas a estar muchos minutos sin avanzar…Organizamos nuestro caos como pudimos. Sara se puso en la cola de sellar los pasaportes, ventanilla única de lentitud exasperante, la típica de los funcionarios del pais, mucha gente esperando…Yo, en la cola para sellar los papeles del coche. Última pega: los papeles del coche estaban a nombre de Emilio, ausente. Pero como conductora figuraba Manuela. ¡Menos mal que los seguros y la carta verde estaban a nombre de Manuela!…

Aunque sabía que está prohibido sacar fotos en aduanas y sitios oficiales, el espectáculo de las colas y del mogollón me pareció digno de una fotografía. Medio escondido tras la furgo, tiré una de los coches y la cola de los pasaportes creyendo que nadie me veía, ¡craso error!: un chivato espontáneo de entre los ociosos que pululaban por allí me vió y se lo dijo a un gendarme, al que le faltó tiempo para echarme la bronca delante de toda la cola, todos encantados de ver el rapapolvo, amenazándome poco menos que con azotarme, con degollarme en directo y colgarlo en Youtube invocando a Alá, o encerrarme de por vida en lóbrega mazmorra… Tuve que poner mi mejor cara de bueno y apesadumbrado, jurando por el Profeta que no lo sabía y no lo haría más…y como se quedó satisfecho con echarle la bronca y humillar a un perro infiel, dejando clara su autoridad ante moros y cristianos fuése…y no hubo nada, gracias a Dios o a Mahoma.

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                 Ésta fue la foto en la frontera de Bab Sebta que me pudo costar cara

Último paso en la barrera, al cabo de dos horas. Un desdentado, sin pinta de policía, nos pide la ““propina” para poner una pegatina oficial en el parabrisas. Nos la pone, le decimos que no hay propina…y nos vamos de estampida, hartos de tanta espera y de tanto morro…aunque a lo mejor hasta el pobre viejo era “de verdad”.

Marruecos

Primer pueblo, Castillejos (el general Prim tuvo, por méritos militares, el título de marqués de Castillejos). Según mi amigo Manolo, al que veríamos en Tánger, muy viajado, le recuerda extraordinariamente a Tijuana, en México, fronterizo con USA. Me recomendó, por cierto, como libro de viajes, la lectura de Diario de un soldado de la guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón…Por cierto, mi casa de San Lorenzo está en la calle de Alarcón, el escritor vivió en la casa justo al lado donde una placa le recuerda. En Castillejos mucha gente parada, como es lo normal en todo Marruecos, pero todavía más. Mucha gente con cara de estar esperando, toda la vida, algo, y unos cuantos con cara de estar sacando partido de todos los anteriores. Desesperados y picaresca fronteriza por doquier. Era sólo la entrada, y nos dimos de bruces con el pais, el paisaje y el paisanaje: obviamente ya estábamos en Marruecos.

Habíamos decidido dormir esta noche en un camping cerca de las ruinas romanas de Volubilis, que la guía Lonely Planet ponía como muy bien. En teoría dirección Tetuan, Xauen, Fes, Mulay Idriss. Pero como Manolo, buen conocedor del pais, nos dijo que las carreteras interiores de los mapas suelen ser más bien teóricas, decidimos tirar por la carretera buena, Ceuta-Tetuan-Tanger-costa-Rabat-Fes, más larga pero mejor.

Efectivamente, la carretera era bastante mejor. Incluso había tramos de peaje entre Tanger y Kenitra. Nos paramos a tomar el primer piscolabis en Tetuan, antigua capital del protectorado español, cuna de mi madre y donde está enterrado su padre, Antonio Caraballo, fallecido cuando ella tenía pocos meses. Aunque me hubiese gustado ver la tumba, íbamos justitos de tiempo por las demoras aduaneras. Nos tomamos pues, el primer té a la menta, chá a nana, o whisky marocain, como ellos gustan de bromear, Sara y yo. Los demás, café o Coca-Cola, y tiramos p’abajo.

Kenitra y los petardos 

Como era de temer, entre tanto retraso en la aduana se nos hizo tarde, y aunque el tramo de peaje nos aligeró, estaba claro que los ciento y pico kilómetros que nos faltaban para el camping serían ya de noche y por una carretera a saber cómo. Decidimos pues, parar en un camping de Kenitra, mencionado en el atlas de carretera pero no en la guía. Al entrar en Kenitra tremendo follón: estaban en fiestas (la de la Ashura, al parecer) y con un gran mercado. Así que, tras dejar la furgo y montar la tienda en el bonito camping media estrella La Chenaie (la encina), nos dispusimos a dar un paseíto y tomar contacto con el país. Muy animado, todo el mundo por la calle, familias paseando a los niños, parte por curiosear los puestos de la feria, parte por la costumbre marroquí del paseo colectivo del crepúsculo. Muchos puestos de comida, compramos pan y naranjas, y Ole y yo nos quedamos con las ganas de comernos unos caracoles con muy buena pinta que hervían en calderos y la gente se comía en tazones, puestos de ropa, de música… Ni un solo pesado de los que abundan en Fez o Tanger, ya que Kenitra no es ciudad turística. Lo que sí nos topamos fue cantidad de niños estrepitosos tirándose petardos. Como buenos turistas fuimos destinatarios de los petardos, lo que nos obligó varias veces a evitar cruces, y lo que nos valió ser llamados cobardes por los aguerridos niños al grito de c’est la guèrre!

Tras el lío del cruce del Estrecho, el paso de la aduana y de añadidura el paseo por Kenitra esquivando petardos, estábamos molidos. Manuela se preparó su cama en la furgo, y Ole, Sara, Gabriel y yo nos metimos en la tienda, dispuestos a descansar. Pero por la noche se desató un tormentón de lluvia, viento y rayos, que nos intranquilizó un tanto. Pensé que el viento iba a arrancar el doble techo, o a derribar alguna rama sobre la tienda, pero al final no pasó nada y pudimos dormir, entre los ronquidos de Ole y el viento, nuestra primera noche en Marruecos.

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A la mañana siguiente pudimos apreciar el nivel de confort del camping media estrella La Chenaie: los servicios nos recordaban a Ole y a mí nuestra infancia de postguerra. Placas turcas con un cubo de agua al lado bajo un grifo roñoso. Nosotros, como europeos aburguesados que éramos, íbamos bien provistos de papel higiénico acolchadito tipo Scottex, pero no recuerdo si en los baños había, posiblemente no, y de haberlo sería del tipo áspero, poco adecuado para nuestros aburguesados y europeos culitos. Pero tampoco era necesario: para éso estaba el cubo y el grifo, para limpiarse al islámico modo, con la mano impura, que es la izquierda, con la derecha se come. En las pilas para lavarse, parecido panorama. No se podía pedir mucho más por el precio, 8 Dr. por persona, unas 150 pts. Había dos roulottes más aparte de nosotros, y nadie más, había que irse acostumbrando.

16/4/00.- Camino de Fes

Tras el desayuno, partimos. La carretera que desde la costera Kenitra se dirigía al interior, resultó recta y llana durante muchos kms. Paisaje de eucaliptos y de ovejas, sempiternas ovejas. Pero la pista buena acabó. Nos metimos en una zona montañosa de abundantes y cerradas curvas, con accidentes de coches caídos por la cuneta y allí abandonados. Me dijeron, y no sé si es cierto, que los dejan allí como “aviso a navegantes”. Salimos de la montaña y por mejores carreteras nos fuimos acercando a Fes.

A pocos kilómetros paramos en un área de servicio para comer, con un viento frío tal, que el arroz con salchichas que preparamos se nos helaba antes de llevarlo a la boca, tapados hasta los ojos, refugiados tras la furgo, se nos volaba todo…Comimos rápido para no helarnos allí mismo, y salimos pitando.

Fes

Impactante, apabullante, excesiva en todo, como siempre. Las vistas sobre la ciudad según rodeábamos buscando una puerta, nos iban asombrando. Aparcamos en la explanada frente a una de las puertas, controlados por los vigilantes y, justo antes de entrar, recibimos la primera impresión de un islam medieval. Desde fuera de la muralla se oía recitar muy alto por varios hombres, cada vez más cerca, la declaración de fe: Alah akbar, Alah akbar… (Alá es grande), y apareció por la puerta el grupo de recitadores, a paso ligero, vestidos de blanco, sin parar de rezar, llevando en alto un bulto. Se trataba de un funeral, y llevaban al difunto envuelto en su mortaja a alguno de los cementerios de las lomas que rodean la ciudad.

N.B.: Aunque la veamos escrita como “Fez” es por la escritura francesa. Su nombre tal y como se pronuncia es Fes, y sus habitantes, fasis. Fue fundada en el año 789 de la era cristiana por Idriss, árabe supuestamente descendiente de Mahoma, aunque esa ilustre descendencia era una “medalla” que se querían colgar todos para darse importancia. En todo caso, ser descendiente del Profeta suponía la categoría de sharif (en plural: shurafa), que constituían la aristocracia de Fes. Cuentan las crónicas que al edificar la ciudad la amuralló…por fuera y por dentro, separando a los árabes, a los bereberes y más tarde a los andalusíes, cada cual en su barrio, que cerraban con grandes puertas por la noche.

A la ciudad vieja, de callejuelas laberínticas, se la conoce como Fas Al Bali (la amurallada) por oposición a Fas Al Jadid o nueva Fes, donde se encuentra el barrio judío, llamado Mellah (en árabe: la sal, por ser los monopolizadores de su comercio), y a lo que se vino a añadir bajo el dominio francés la Ville Nouvelle, en las afueras. Pero es en Fas Al Bali, en la ciudad vieja, donde te sumerges en plena Edad Media, recorriendo los zocos donde antaño se centraban  las diferentes mercancías: Suq Al Attarin, o zoco de los especieros, Suq Nejjarin, o zoco de los carpinteros, Suq Sekkatine, o zoco de los talabarteros… Aunque hoy día están ya todos un poco mezclados intercalándose entre unos y otros puestos de telefonía móvil, aún es un placer caminar por los diferentes zocos, gozando del espectáculo del olor y el color de la madera de cedro o de los sacos de especias.

Fes es una ciudad que a cualquiera maravilla. Ir sin guía es imposible, por lo intrincadísimo de la medina y por lo pesados que se ponían los aspirantes a guía, así que lo mejor era pillar al primero, que ya se encargaría de alejar la competencia. Cogimos uno, pues, que nos llevó a uno de los lugares más solicitados por los turistas, las tenerias, recorriendo terrazas desde donde contemplar el trabajo de los curtidores, preparando las pieles en los baños de sosa para teñirlas luego. Pero pasamos  de él cuando quiso llevarnos a una tienda de alfombras con el típico argumento de “sólo  mirar”. Por parte del chaval era lo razonable. Si en la tienda al final compras algo -y es casi imposible salir sin comprar cualquier cosa- él se llevará una propinilla por parte del dueño.

 

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Yo, desde luego, iba con la idea de comprar en Fes alguna alfombrita, algo de cerámica (un plato para Vivi), una pulsera para Maya de parte de Mamá, henna, etc. Pero lo que no me apetecía era que me metiesen de cabeza en ninguna tienda sino, como a todos, callejear y ver, ver, ver…Caminar por las callejuelas, apretados con la gente, entre los puestos de verduras, pescado, comida hecha, aceitunas, joyas, especias, maderas…apartándonos cuando algún burro cargado, el único vehículo posible por las callejuelas de Fes, se nos cruzaba, precedido por la voz de aviso del dueño: ¡Balaaak, balaaak…!

Aunque la temperatura era ideal, nos apetecía tomarnos un te a la menta así que nos metimos en un chiringuito donde nos sentamos y donde tuvimos que esperar, extrañados, un buen rato, aunque providencialmente resguardados de un aguacero que cayó durante un rato. Luego nos dimos cuenta: no tenía vasos y había ido a comprarlos, allí nunca te dirán que no tienen algo (a Sara le gustaron, muy bonitos, de vidrio soplado, más tarde compró seis).

Y como Manuela quería telefonear a España para preguntar por su hijo, y Sara y Ole también, buscamos una teleboutique. En aquellos años apenas habían hecho su aparición los móviles, no como ahora, que hasta el último marroquí luce el último modelo, y necesitábamos encontrar un lugar. En la teleboutique pegamos la hebra con un chaval muy simpático (mucha gente amable que enseguida te preguntaban de qué parte eras),  con una camiseta del Barça y superfan de Ronaldo. Que conste que los marroquíes, grandes aficionados al fútbol, son en su inmensa mayoría forofos del Barça, muy por encima del Real Madrid.

Pues el fan de Ronaldo al final nos pasó a otro chavalín, Mohamed Cus-Cus (= mote improvisado muy frecuente en Marruecos) para que nos acompañase a una tienda a comprar los famosos vasos, que luego nos acompañó a comprar henna y tambien a una platería donde compré, previo regateo, dos pulseras (una para mi hija Maya y otra para mi colega Moni, que cumplía años), y como queríamos que nos tirase una foto nos llevó, siempre por callejuelas y pasadizos, a lo alto de unas terrazas desde las que disfrutamos de una estupenda visión de Fes. Lo bueno es que, al bajar de la terraza, el edificio era un pequeño palacete con escalinatas y recovecos, sede de un almacén de alfombras donde, ¡cómo no!, nos obsequiaron con un té a la menta, acabamos preguntando por, nos enseñaron las, y terminamos comprando-las, no sin el preceptivo y ritual regateo, que se note que uno nació en el Rastro. Por cierto, que el vendedor negoció con Ole la permuta de una alfombra por un teléfono móvil.

Cuando nos fuimos todos contentos con nuestras compras, habíamos acordado con Mohamed Cus-Cus que nos acompañase en el coche a la fábrica de cerámicas, la típica azul y blanca de Fes. Nos dirigimos a las afueras donde otro “primo” del Cus-Cus nos enseñó el almacén de barro, los hornos, etc, para acabar pasando a la tienda, una cosa así como las que hay a las afueras de Talavera. Miramos mucho, ninguna ganga, pero al final compramos algunas cositas: yo un par de fruteros tipo “kylix” griego, y Ole un hermoso plato, que quedó bautizado como “el Platón” para su hermana.

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               Con nuestro amigo Cus Cus (el de la izquierda), viendo Fes desde lo alto

Dimos propinilla al Cus-Cus, se la había ganado porque se había enrrollado muy bien el chaval, y a su primo, y ya solos y tranquilos aún estuvimos un rato buscando la salida a Meknés, asomados a un mirador, haciéndonos fotos, una de ellas Gabi con un paisa que paisó por allí.Nos íbamos de Fes contentos, cansados, con nuestras alfombras, nuestra henna, nuestros cacharros y pulseras, dispuestos a dormir y en busca de nuevas aventuras…

17/4/01.- Camino de Volubilis. El camping

Íbamos buscando el camping citado por la guía, aquel que originalmente iba a ser nuestra primera noche. Atravesamos Meknés ya anocheciendo: grande y atrayente, iluminada y hermosa medina. Hubiésemos parado, pero se hacía tarde. A media carretera encontramos un camping que no sé si es el que era, aunque sería que sí debía ser, y de todas formas nos venía bien. No tan barato como el de Kenitra (20 Dh./p.p.) pero bonito a su manera, tranquilo, mucho más limpio, y con unos hermosos patios decorados a base de azulejos rebuscados, columnas salomónicas de escayola y anchos cojines, donde cenamos refugiados de otra nocturna lluvia torrencial, y donde entre charlas, risas y payasadas varias nos pulimos una de las botellas de Juanito el Caminante, para los amigos Johnnie Walker que habíamos comprado en Ceuta para trapichear.

Por la mañana, tras recolocarnos como pudimos las vértebras, ya que habíamos dormido dentro de los sacos totalmente vestidos (hacía frío), buscamos el agua chaud (calentita, en francés) prometida en vano, había agua, sí, pero pas de chaud. Daba igual, con este pedazo frío que se gastaban en tan tropicales parajes no pensaba ducharme, seguía sin quitarme los mismos gayumbos y calcetines con los que salí de Rota. Me bastó con arrancarme las lentillas, remojarme la carita y refregarme los dientes, y a correr. Tras desayunar y retocar el estado de las cuentas (adelantos, dirhams, visas y pesetas) de las que, dada mi probada honradez me habían hecho responsable los muy cabrones, enfilamos hacia las cercanas ruinas de Volubilis.

Volubilis

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De camino a las hermosas ruinas romanas de Volubilis, pasamos junto a Mulay Idriss, precioso pueblito blanco entre altas colinas, parecido a los que jalonan la sierra de Grazalema, en Cádiz. Mulay Idriss, un santón descendiente del fundador de Fes, es un centro de peregrinación para los musulmanes vetado a los perros infieles como nosotros, me dijeron, al estar allí la tumba del mulay, uno de los fundadores espirituales del islam, en Marruecos.Y bajo él, en la llanura, las extensas ruinas de Volubilis, capital que fue de la provincia romana de la Mauritania Tingitana, y que albergó una población de más de quince mil habitantes (más los esclavos), dedicados al comercio del aceite. Paseamos por las ruinas contemplando antiguos molinos y almacenes, pero también el foro, templos, y los mosaicos que adornaban las villas. La impresión que proporcionaba contemplar todo aquello era, como todos los restos romanos, imponente.

Para dar el toque local, un vendedor de fósiles, vestido de tuareg con unas Ray-Ban de marca, acabó tras el enrolle habitual, demostrando pese a la cercanía del santuario de Mulay Idriss una gran afición por lo haram, (“lo prohibido” por el Islam junto al haluf, el cerdo) y un profundo conocimiento de nuestra tierra y cultura, pidiéndonos Valdepeñas, “Riojita”, pacharán, Baylis, en fin, lo que hubiera…

Meknes

Necesitábamos cambiar pesetas para cuadrar la cuentas del fondo, y comprar vituallas, y como teníamos que cruzar Meknés, y como anoche la vimos muy animada, para allá que fuimos, con el recuerdo añadido de unos doraditos pollos asados, nada haram, que giraban en un asador pidiendo a voces o cacareando: ¡cómeme!.

En el banco, ¡sorpresa!, horario de apertura de 8.30 a 11.30, y de 2.30 a no me acuerdo cuando. Eran la una y pico y decidimos comprar pan y un par de pollitos doraditos de los que vimos anoche al pasar. Preguntamos donde los pollos, y se podía comer allí: cuarto pollo más guarnición, 12 Dh. Así que nos sentamos a una mesa, como los blancos, y pedimos. Buena idea, el cuarto de pollo venía con guarnición de patatas y pasta con una salsa picantita, mas alioli para remojar. El pollo estaba algo duro, lo que provocó sus más y sus menos y un encendido debate sobre si no nos habrían servido los que llevaban dando vueltas varios meses en el espetón como reclamo…Para beber pedimos té con menta y, vista la tardanza, nos dimos cuenta que, al igual que pasó en Fes no lo tenían, y habían ido a buscarlo a otro lado: aquí nunca dicen no tengo…

En la mesa de al lado una chica vestida a la europea nos dejó a todos asombrados por su gran belleza: típica morena de hermosos ojos, suave piel y boca carnosa. Tras el inevitable cruce de miradas (no por nuestra belleza, éramos guiris, tampoco tenía mérito que nos mirase), lo que provocó vanas discusiones a posteriori: me miraba a mí, no, a mí, no, a mí…, conseguimos arrancarle una sonrisa  regalándole una pajarita de papel que Ole había hecho a los postres, y un dragón que le hice yo… Desde aquel momento ascendimos a Ole de la categoría de Pequeño Lama a Macaco Pajero. Ya en el banco, desde la esquina opuesta de la plaza, aún estuvo Ole oteando, Ole-el-enamorado-de-la-mujer-marroquí, a ver si asomaba la bella hurí desconocida, que quedó para los restos como la Bella Azufaifa…la verdad es que la chica lo merecía.

Camino de Ifrane. A por los monos. El kaos.

1.er Kaos: Meknés es grande (y Mahoma su profeta) y encontrar la carretera a Ifrane en un pais donde gastan menos en carteles (y si hay suerte, que estén en cristiano) que un ciego en novelas, no fue sencillo. Preguntamos un par de veces y nos daban informaciones opuestas. En alguna de las paradas compramos platanitos, muy ricos, con los que completar nuestras vituallas.

2º Kaos: ya en ruta, adelantamos un carro de combate con sus soldaditos y su cañón y todo. Lo que no esperábamos era un convoy militar, lentísimo, con los camiones y los carros quedándose parados en las cuestas, a veces calados o con el motor recalentado echando humo como un volcán y con un jeep con las luces puestas en el carril izquierdo prohibiendo los adelantamientos, y nosotros detrás, mezclados con un puñado de coches y furgonetas civiles, en bonita amalgama, aprovechando cualquier hueco para adelantarnos entre nosotros, cruzándonos, retrocruzándonos, dejando atrás a los camiones militares con calentón y obligando a los que venían de frente a echarse al arcén, supongo que asustados ante el espectáculo de los vehículos militares y la confusa plétora que venía detrás en doble y hasta en tercera fila, en nuestra desesperación por adelantar, pero sonriéndonos de coche a coche, cómplices,  ante lo absurdo de la situación. Los pudimos dejar por fin, aquel convoy militar disperso, en un pueblo y seguimos hasta Azrou, con un hermoso panorama de montañas detrás, llenas de árboles.

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          Adelantándonos, ya aburridos, en segunda y en tercera fila de coches

Azrou

Azrou o, como pronuncian ellos, Asrú = la roca, en bereber, por una enorme roca a cuyo alrededor ha crecido el pueblo. Bonita población de aspecto serrano, muy bereber, de tejas verdes y alrededores más verdes todavía, en los campos y bosques que lo rodeaban. Nos sentamos a tomar un té (parking con ticket surrealista) sin ningún pesado. El té, nos enteramos luego, lo cobran por tetera (3,5 Dh), no por persona. Al decirles que cinco ponían cara rara, pero se reían enseguida al pedirles whisky marocaine. Deambulamos luego por un mercadillo de ropa, cacharros viejos y mucho ambiente popular que me devolvió al Rastro de mi infancia. Pero la gente, siempre muy digna.

El lago de Aguelmane Sidi Ali.

Según mi guía Lonely Planet, es una laguna de origen volcánico donde se podía acampar y bañarse, así que enfilamos hacia allá a través de los espesos e impresionantes bosques de cedros del Medio Atlas, refugio de los monos que tanto deseaba ver mi amiga Pati, “monóloga”…no porque hablase sola como los locos, sino porque había hecho trabajos de campo (mejor: trabajos de selva) y, en el fondo, causa de este viaje. Según subía y subía la carretera los bosques se fueron aclarando y entramos en un paisaje de verdes prados de alta montaña. A un lado, dejamos la desviación a la estación invernal de Misschliffer, que con ese nombre no sabíamos si era de origen bereber o austriaco. En las laderas de una umbría se veían parches de nieve. Pasando el pueblo de ………, una barrera antinieve advertía la posibilidad de que el camino se viese cortado en invierno. Y a veinte kilómetros. del último pueblo se abría la pista de entrada al lago.

El lago

Una pista de tierra de pocos kilómetros en buen estado, y tras una curva divisamos el lago. Más extenso de lo que imaginábamos, rodeado por el lado opuesto por unas montañas de enormes cedros dispersos, muy castigados por el rayo o la nieve. El paisaje era encantador: prados verdes alrededor donde plantamos la tienda. La construcción –inacabada- de un hotel y una casita más allá ocupada por una familia bereber con sus ovejas y cabras, nuestros únicos vecinos.

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Nos acercamos a la casa de los bereberes para buscar madera y poder hacer una hoguera, ya que tenían pilas de madera de cedro en grandes trozos. Saludamos, la chica que salió con su hijo de tres años hablaba bien francés y le compramos madera, pero nos siguió, llena de curiosidad, hasta el campamento base: quería ver la tienda de campaña, el interior de la furgoneta… A unos seminómadas como ellos les intrigaría ver cómo nos apañábamos. Manuela le regaló un paquete de galletas, una tableta de chocolate, el crío estaba encantado, pero la madre más. Le preguntamos, vivían allí todo el año, los hombres pastoreaban lejos, la nieve cubría todo aquello varios meses al año…

La noche estaba despejada, hermosa, y muy fría, estábamos a más de 2000m. de altura…. Frente al lago, hicimos una hoguera donde calentamos salchichas, beicon, chistorra…Entre el cachondeo y la 2ª botella de whisky que cayó (para combatir el frío, no por vicio), haciendo el mono, dedujimos llevados por nuestros hondos conocimientos de antropología que aquellas mujeres que vivían solas no podían ser de la tribu Beni Polvín (los maridos ausentes se lo montaban con las cabras) sino de los Beni Pajín.

Alrededor de la hoguera había ido acercándose un perro de la casa, a ver si caía algo. Amarillento, peludo, muy tímido, se mereció pronto el nombre de Canelo y algún trocito de pan. Pronto apareció otro, mucho menos tímido y más joven, negro, que llegó a comer de nuestra mano y dejarse acariciar y que fue bautizado, ¡cómo no!, como Moro, o Morito. Pero fue ya avanzada la noche, a la luz de la luna llena que se reflejaba sobre el lago, cuando vimos aparecer de lejos una sombra con el andar apresurado típico del zorro, pero según Ole era más bien una “jiena”, y con Jiena se quedó. Nos cogieron tanto cariño que cuando Gabriel y Sara se alejaron, en el primero de los paseítos que hicimos todos para aliviarnos, dada la ausencia de W.C., cuando regresaron los recibieron los perros con un coro de ladridos, defendiendo el campamento base. Toda la noche, tras cenar como nosotros, a base de puré de patatas, trocitos de queso y galletas, durmieron junto a la tienda, despertándonos con sus ladridos cuando se mosqueaban por algo.

La  noche fue cayendo, entre cachondeos y monerías, con gran frío: luna llena, noche despejada, y al lado de un lago de montaña. Prometía helar y lo hizo. Dormimos con toda la ropa, yo, con los pies del saco dentro del macuto de lona y el saco cerrado hasta los ojos, y tiritando.

18/4/00.-Nos abandonan

Por la mañana la tienda estaba cubierta de escarcha. Preparamos café y tostadas y desayunamos. Temprano aún, en aquellas soledades, nos sorprendió ver un tipo que venía de no se sabe donde, bordeando el lago. Ole decía que debía ser un nómada-mónada (de las auténticas mónadas de Leibniz), yo, que un silogismo perdido. Pareció que, en un momento, se dirigía hacia nosotros pero al ver las monadas (de mono) que hacíamos siguió por el lago sospechando sin duda que planeábamos el asesinato del concepto…

Aquel buen hombre se instaló más allá, pescando en el lago. El problema vino cuando Gabi, Ole y yo nos fuimos a dar un paseíto a la orilla del lago con la primera intención de asomarnos, más tarde de saludar al pescador (que resultó ser, o bien mudo, o bien que no sabía francés) y luego bordear el lago hasta la orilla opuesta para ver los cedros y unas sabinas gordísimas, milenarias. Una vez allí nos entraron ganas de aliviar el cuerpo y, ya puestos, buscamos un sitito ligeramente alto para “plantar un pino”, que entre tanto cedro como que no los hay, mientras nos llenábamos el espíritu con la contemplación del lago. Más allá, lejos, muy lejos, el coche y la tienda.

El sitio era precioso. Playitas de arena, las sabinas…daban ganas de quedarse un par de días pero como había que volver, volvimos ya pensando que las chicas iban a tener un buen mosqueo por nuestra tardanza, hacía casi dos horas que partimos. Aunque hacía fresco me quité la camiseta, daba gusto tomar aquel solecito, con el pecho al aire, después del frío que habíamos pasado por la noche. Cuando llegamos, las chicas habían recogido la tienda y justo habían ido a darse un paseo por la orilla, mosqueadas, por supuesto. Así que nos acercamos otra vez a la orilla con la idea de lavarnos algo y  ya puestos la olla, sucia de anoche. En gayumbos nos metimos en las heladas aguas hasta las pantorrillas: dolían los pies, de lo fría que estaba el agua. Nos remojamos levemente la cara y los sobacos y acabamos, para variar, haciendo el mono, montando follón y salpicándonos unos a otros, dando saltos como lo que éramos: unos mentecatos.

Y pasó lo que tenía que pasar. Las chicas, hartas, arrancaron la furgo y se marcharon…que se van, que se van, que se van y se van…y ya se han ido, y aparte de cantar rancheras allí nos quedamos muertos de la risa, abandonados, yo sin camiseta y dándoles voces a unos bereberitos salidos de cualquier agujero que se querían llevar mi cafetera y un rollo de papel higiénico, Ole con la olla a cuestas y Gabi con un bolsón lleno de basura que había recogido, muy cívico él, a la orilla del lago. Nos vimos sin dinero, sin papeles, sin comida, sin ropa, en el mismísimo culo del mundo.

Nos pusimos a andar, confiados en que no volviesen por nosotros demasiado tarde, cuando ya hubiésemos muerto de hambre y sed y nuestros huesos, pasto de jienas, blanqueasen los caminos. Dejamos atrás el lago, por la desierta pista no se veía a nadie… De pronto, apareció un coche, con matrícula de…¡de Murcia!, con una pareja que debió asustarse al vernos de aquella guisa, tres locos en medio de la nada dando saltos de mono y riéndonos, uno semidesnudo con una cafetera en una mano y un rollo de papel higiénico en la otra, otro con una olla y el tercero con un bolsón de basura…les hicimos gestos pero con razón no sólo no pararon sino que aceleraron nada más vernos pensando que seríamos bandidos psicópatas, locos drogados con drogas durísimas, fugados de cualquier siniestra mazmorra, desesperados y dispuestos a todo…

Nos despedimos de nuestras amigas bereberes con la mano. Nos miraban de lejos, asombradas, pelín divertidas, supongo que haciendo sus cábalas sobre lo mal que se lo  montan estos perros infieles a los que sus mujeres abandonan. Andamos y andamos. Hasta el primer pueblo había veinte kilómetros. Pegaba el sol y al tiempo hacía fresco. Por fin, a lo lejos, vimos acercarse la furgoneta. Cuando estuvieron cerca, nos arrojamos en medio de la pista, en poses lastimeras…y pasaron de largo. Obviamente nos estaban castigando. Cuando, cual toro de lidia, volvieron a dar la vuelta hacia nosotros, no pudimos por menos que hacerles un calvo de saludo. N.B.:  nos hicieron una hermosa foto que por desgracia se perdió entre otros testimonios gráficos de lo más interesantes. Cuando por fin, compadecidas de nuestro mucho sufrir y llevadas por hermosos sentimientos ablandaron sus crudelísimos corazones, nos recogieron, ya los cinco muertos de risa, no hubo lugar para reproches…

Por fin, los monos

Volvimos atrás, en busca de los bosques de cedros y los monos cuando, en un cruce, encontramos nuestra perdición: un puesto, varios más bien, de fósiles. Manuela buscaba algo para sus hijos, así que nos bajamos para curiosear y, hete aquí, que por allí mismo rondaba un grupo de macacos, el origen de nuestro viaje. Luego vimos que, astutos,  los de los puestos les echaban de comer para que anduviesen cerca y ejerciendo de atracción para que los turistas luego, como nosotros, curioseasen los puestos de los fósiles. En efecto, había allí una familia española echándoles cacahuetes. Era un placer estar allí viéndoles, siguiéndoles, jugueteando con ellos, dándoles de comer. Los más atrevidos eran los más jóvenes, que cogían la comida de tu mano sin mayor desconfianza. Las hembras se acercaban cautelosas pero también cogían. Los machos eran los únicos que no se atrevían a acercarse demasiado, sólo comían si se lo echabas a un par de metros de nosotros.

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El placer era para los de los puestos de fósiles. Entre unas cosas y otras, Manuela compró varios, algunos a cambio de su móvil, que empezaban a verse y hacían furor. Hasta el mío, roto, quisieron cambiar. En este mismo cruce se iba a “los grandes cedros”. Fuimos, pues, por un paisaje alpino, sin nada que envidiar a las escenas del Canadá, con la única diferencia que en vez de abetos o pinos había cedros enormes, salpicados de encinas. Y como era la hora y teníamos hambre hicimos un alto en un fresco prado, en un día soleado y precioso. Tras comer dimos un paseo hasta el señalizado como el padre de todos los cedros, un ejemplar enorme, grande entre los grandes…

La vuelta, por la misma carretera, nos ofreció otro espectáculo de monos. Había unos cuantos coches parados, varias familias echándoles de comer y un par de grupos de monos, treinta o más, correteando, persiguiéndose, trepando a los árboles…nos acordamos de la ausente Pati, podía uno estarse mirándolos horas y horas, era como en el zoo pero en plena naturaleza, mucho mejor, sin duda.

N.B.: Gabriel, como suele pasar, le hizo la misma foto diez o quince veces al mismo mono en la misma postura…con mi cámara, porque él ya había agotado sus carretes -miserables, todavía andábamos con cámaras ópticas-. Consecuencia: gastó MI carrete, y nos quedamos a expensas de las que Manuela hiciera con su cámara digital -ella sí, ¡faltaría más!-. Y como en las cascadas que vimos después sólo ella pudo tirar fotos…pues sin fotos que nos quedamos. Afortunadamente y ya en Tánger pudimos comprar más.

Las cascadas

Nos metimos ahora por la pista que indicaba la ruta de los lagos y la cascada de las fuentes de Oum Al-Rbia, que en árabe significa algo tan poético como Madre de la Primavera…El camino, unos 60 ó 70 kms. Se nos hizo largo, una carretera de montaña con muchísimas curvas, escasas o ninguna indicaciones en los cruces, aldeítas o jaimas de vez en cuando, las sempiternas ovejas y, de cuando en cuando, viejos camiones cargados de enormes troncos de cedro.

Pero el paisaje era realmente bonito: zonas de espeso bosque, verdes valles, roquedos, lagos sorprendentes rodeados de árboles…La última parte, unos 8 ó 10 kms., se nos hizo realmente pesada, ya cerca de las cascadas. Un valle en descenso con chiquillos que se atravesaban en la carretera constantemente haciéndonos señas para que parásemos, no sé si para vendernos o para pedirnos algo…Las abundantes lluvias habían reblandecido las laderas y en la carretera había zonas de derrumbe, muy peligrosas que, o bien atascaban media calzada con rocas desprendidas o dejaban zanjas a un lado con evidente riesgo de hundirse más si pasábamos cerca con el coche.

Paramos en una fuente que había en la carretera para llenar el bidoncito de 25 litros que daba agua al grifo de la pila. El chorro caía todo disperso, difícil para llenar la estrecha boca del bidón. Una bereber anudó un pañuelo al caño, y de tan sencilla manera consiguió un chorro directo para llenar el bidón rápidamente. Intentamos hablar con ella pero ni la mujer ni otro hombre que se acercó hablaban francés. Un grupo de niños se fue acercando, entre tímidos y atrevidos, a los que repartimos unas galletas. Y seguimos, a las cada vez más cercanas y famosas cascadas de Oum Al-Rbia.

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Las fotos son muy malas, porque las tomé directamente con la cámara de la pantalla del ordenador, pero dada la ausencia de fotos originales nuestras, por lo menos aquí se puede uno hacer una idea de lo bonito del pueblo, con el río corriendo por el cañón y las casas con sus terrazas a los lados

El pueblecito donde estaban las cascadas, una aldea, más bien, estaba metido en un valle precioso, al pie de unas paredes de roca inmensas y rojizas, refulgentes al sol del atardecer, con un río que corría entre el verdor del fondo del valle. Siguiendo el cartel nos metimos en la aldea, cruzando un inseguro puente de tablones (adelante: si por aquí han pasado otros, pasaremos nosotros) y al momento nos rodeó un grupo de aldeanos. Uno de ellos, que chamullaba español, nos dijo de dejar allí el coche y acompañarnos a las cascadas. Estaba claro que había que seguirle y así lo hicimos. Mulay, que así se llamaba, nos fue llevando por un senderito que subía y subía, mientras nos ofrecía un té, una cena, o su propia casa para pasar la noche, mientras nosotros insistíamos en que sólo queríamos ver las cascadas, aunque lo cierto es que la tarde iba cayendo.

Mulay nos iba contando que había una cascada, algo escasa por las escasas lluvias, y cuarenta manantiales, siete de ellos salados y el resto dulces. Según nos acercábamos a la cascada, en el fondo del cañón había numerosas terrazas y chiringuitos, construidas en tablas sobre los diferentes manantiales y tapizadas con cañas, que servían de merenderos, nos dijo Mulay, para el verano, donde los visitantes comían cus-cus y tomaban te, al frescor de la sombra y del agua corriente. Lo cierto es que el lugar parecía ser verdaderamente agradable. Por fin llegamos a la cascada. Pero para acceder al chorro final había que trepar por una escarpada y resbaladiza pared de roca, casi vertical, para lo que se necesitaba ser cabra, bereber o, mejor, cabra bereber. Yo, de entrada, que iba el primero, me escurrí y metí la pata con bota y todo en el arroyuelo que corría por allí.

Menos mal que, para estos menesteres, supongo, acompañaban a Mulay dos bereberes, uno de ellos con pinta de muy mayor (a partir de ahora y según acertado bautismo de Ole, el “cherpa”), con turbante, descalzo, ágil como un mono, que nos echaba una manita en los pasos difíciles o nos indicaba dónde poner el pié o donde agarrarnos. La verdad es que, superado el paso de las cascadas, el Everest debe ser como un paseo para boy-scouts. Desde abajo aquella pared me había parecido inexpugnable, ni la cabra más ágil hubiera podido plantar ni una jodida pezuña pero entre los consejos o la mano del cherpa y la honrilla de, pues yo no voy a ser menos, subimos, ¡vaya si subimos!. Llegamos al pié de la cascada, hicimos las fotos de rigor (perdidas tristemente para la posteridad junto con las del glorioso calvo y algunas más) y nos volvimos.

En la bajada, por cierto y por definición, siempre más arriesgada que la subida, el cherpa no sólo le echó una mano a Manuela: le echó un pie o, para ser más exacto, le donó la uña del dedo pequeño del pie derecho, al resbalar Manuela y encontrarse bajo su recia bota de montaña (y bastantes kilos) el susodicho dedo del pié del sufrido cherpa que no soltó ni el menor quejido ni una lágrima. Dura gente, estos bereberes.

En el camino de vuelta a la aldea fuimos hablando entre nosotros, lo primero del importe o cuantía de la propi para los guías que, desde luego, se habían ganado no sólo con el sudor de su frente sino con las uñas de sus pies. Como, por otra parte, iba oscureciendo, no nos apetecía meternos en carretera, ya de noche, sin conocer la zona, visto el mal estado de las pistas y los pocos sitios que habíamos visto interesantes para pernoctar. Sólo Manuela optaba por tirar para adelante. Decidimos más o menos por acuerdo común, dormir en la casa que Mulay nos ofrecía, negociando el precio total de la casa más las propis a los tres guías (principal o guía jefe más los dos auxiliares) y al guardacoches por un total de 250 Dh.

Al recoger la furgo para aparcarla más cerca de la casa que nos cedía hubo una bronca en bereber entre el guardacoches y Mulay de lo que dedujimos, vista la cara del guardacoches, que Mulay no le pensaba dar ni cinco pese a lo pactado con nosotros, por lo que decidimos por la integridad de las ruedas del vehículo darle por nuestra cuenta 10 Dh. La casita de Mulay, en una callejuela de la parte más baja del pueblo, era de piedra, con un techo mezcla de uralitas, tablas y chapas, puertas muy bajas y, en el interior, un cuartito un poco más grande que la tienda de campaña, alfombrada toda ella de mantas. Obviamente era su casa. En la pared del fondo un montón de mantas dobladas y apiladas y en una estantería alta cacharros de cocina, tarteras, teteras, te y azúcar, fuera del alcance de los ratones…El techo se tocaba con la mano.

Mulay y su hermanita Fatija (al principio pensamos que era su hija) de 12 ó 13 años se sentaron con nosotros, prepararon te y estuvieron charlando mucho rato, sentados sobre las mantas, preguntándole cosas de su vida, del pueblo, de la familia, y él a nosotros sobre nuestro trabajo o, cosa que debía intrigarle, qué relación había entre nosotros –chicos y chicas-, entre tes y más tes. Cuando Ole les dijo que era dibujante y les enseñó sus cuadernos lo miraron todo con mucho interés y, al final, Ole es así de desprendido, le regaló a la niña una caja de lápices acuarela, enseñándole a usarlos y a afilarlos. La pobre se avergonzó y sonreía, tímida, agachando la cabeza.

Noche tormentosa 

A todo esto Manuela se quedó en el coche, bastante mosqueada. No le apetecía haberse quedado en el pueblo, no quiso dormir en el cuarto por su alergia a la lana (todas las noches durmió en la furgo, no obstante) y además andaba preocupada por el mosqueo del guardacoches. De todas formas llevaba un par de días mosqueándose por todo. Cualquier palabra, cualquier broma era malinterpretada. La noche del camping de Volubilis también se cogió un buen rebote pero como al día siguiente se le pasó pensaba que no habría más problemas: estaba equivocado. La noche fue tormentosa y, esta vez, no por motivos atmosféricos. Cuando por fin nos dejaron Mulay y Fatija, nos acomodamos sobre las mantas con los sacos, ¡otra noche al duro suelo! tras cenar algo de queso y chorizo. Estuvimos hablando un rato, con nuestro cachondeo de siempre, cuando nos asustó un tremendo trompazo sobre las tablas del techo, que nos dejó helados del susto y con tierrecilla en el pelo, del que cayó de arriba.

Lo que más tarde llamamos el “aerolito” u, Ole dixit, “las voces de los dioses”, sospechamos que fue una pedrada en el tejado por parte de algún vecino molesto por nuestras voces o del siniestro y malencarado aparcacoches. Fuese quien fuese consiguió callarnos como muertos. No acabó ahí la cosa. Con las luces ya apagadas y dormidos sentí un bicho que caminaba sobre mis pies. Las ratas son más ligeras y rápidas, lo sé por experiencia, y sospeché se tratase de un gato, lo que confirmé con la linterna. Se colaban por los huecos que dejan las puertas, pienso que ad hoc para que controlen a los roedores, y al olor de la comida de las bolsas. Me levanté, colgué la bolsa de las repisas de la pared y me dispuse a dormir otra vez pero, entre aerolitos, gatos y ruidos varios, no fue una noche precisamente gloriosa, sino más bien una noche toledana.

19/4/00 .-Manuela se quiere ir 

Por la mañana Mulay y su hermana nos trajeron te, endulzado como es costumbre allí con azúcar en piedra, duro como una idem, que hay que trocear a mazazos. Gabi y yo fuimos a avisar a Manuela pero, viendo el morro que gastaba, las malas contestaciones y, tras unos minutos con Gabriel a solas, vimos que estaba muy, pero que muy mosqueada. Hablé con ella despues un momento a solas y le pregunté si quería volverse. Dijo escuetamente que sí, y decidimos volver directamente a Tanger, donde nos esperaba Manolo.

Toda la aldea vino a despedirnos alrededor de la furgo, nosotros cuatro abajo y Manuela, callada, sentada al volante, sin mirar a nadie. Apretones de manos, saludos a la familia, conducid con prudencia, os llamamos en cuanto lleguemos, volved pronto, en fin, el rito de las despedidas. Y cuando por fin dimos el último apretón de manos al último de los aldeanos, entonces y sólo entonces, Manuela salió de su mutismo y dijo: voy a desayunar. Y ante el estupor de todos, puso la cafetera en el fuego, esperando todos alrededor, en silencio, los minutos pasaban muy despacio, hasta que el café empezó a salir, mirándonos tímidamente, nosotros avergonzados sin saber qué decir, y los bereberes asombrados pensando, me imagino los comentarios cuando nos fuimos, menuda panda cacho maricones, por la cuarta parte de esto aquí las degollamos, ¿y para vivir como éstos nos cogemos la patera?…

El regreso

Fue un camino de lo más tenso, en silencio. Ella conduciendo, yo de copiloto (al único al que admitía una palabra cada 100 kms.) y los otros tres detrás, callados y serios al principio, silencio que fue desapareciendo según avanzaba el viaje, con comentarios y cachondeo, visto lo surrealista de la situación. Yo iba dándole vueltas al tema. Se trataba de ir a Ceuta para que ella cogiera el barco y quizá esperar allí esta noche a mi amigo de la infancia Manolo que volvía de Shangai. En un locutorio conseguí hablar con Manolo, recién llegado a Madrid, que se estaba duchando, y con un par de cortes por problemas de cabina concluimos que lo suyo  era esperarle en Tánger donde Manuela podría embarcar haciendo un change con la Transmediterránea.

Decidido así, repetición de mosqueo por parte de Manuela: ella también quería llamar pero no tenía monedas porque las llevaba yo, que era el del fondo y, ¡claro!, no me las pidió, menuda era ella. Cuando le indiqué dos veces locutorios al pasar me dijo, ¿me los vas a señalar todos? que, por supuesto, fueron reduciendo nuestro ya de por sí reducido y parco diálogo. Rehusó comer lo que desde atrás se le ofrecía –salvo un plátano- y, exceptuando una parada para llenar el depósito y tomar un café (que, por supuesto, rehusó), se hizo de un tirón el trayecto Fuentes de Oum Er-Rbia-Tanger, sin hablar, enjugándose alguna lagrimita que le escurrió bajo las gafas de sol y conduciendo como sólo conducen los que van de mala follá. Mira que lo habremos hablado veces, pero yo estoy convencido que su rabia era más por darse cuenta de lo burra que era –y lo imposible de echarse atrás- que del disgusto como tal. Le sugerí en algún momento sustituirla si se cansaba, sin recibir más que gruñidos por respuesta. Y yo, mientras, pensando en horarios, tiempos, teléfonos, y cómo resolver aquella situación lo antes posible.

Tánger, o cómo irse a España

Por el plano de Tanger que venía en la guía nos orientamos bien, buscando la filial de la Transmediterránea. La encontramos y nos dirigimos para allá.

Primer obstáculo: el primero al que contamos nuestra triste historia: billete de grupo con coche ida y vuelta Algeciras-Ceuta/Ceuta-Algeciras, con necesidad de volver sólo uno con el coche y, encima, desde Tanger, nos contestó el primer “imposible” que nos tocó escuchar varias veces…”totalmente imposible, imposible”… Recordé en ese momento al magrebí joven que, en el puerto de Algeciras, repetía una y otra vez una historia de billetes complicados, sin aparentemente desmoralizarse ante las también repetidas –y desesperadas- respuestas del tipo de la ventanilla, aburrido ante semejante y monótona insistencia.

Ésta es la manera, me dije: repetir la misma película las veces que haga falta a ver quien se cansa antes, si nosotros de contarla o el contrario de repetir “imposible”. Así que, vista la psicología del país y, sobre todo con la calma y el cuajo adquirido y perfeccionado tras cruzar Marruecos de copiloto con Manuela, les dije a los colegas que ya bajaban la escalera desmoralizados que esperasen, que iba a preguntar a alguien más. Y pregunté a los que veía tras mostradores o por el pasillo, mintiéndoles a todos como un bellaco y asegurándoles que sí, que en Algeciras nos habían asegurado que sí podíamos cambiar los billetes, sin desanimarme por los “imposibles” que me llegaban por todos los lados.

Y se produjo el  milagro. Me crucé en un pasillo justo al primero que preguntamos que, viéndonos tan decididos, nos pasó a un despacho donde alguien más serio y muy amable llamó por un móvil y, tras corta conversación, nos apuntó en un papel un nombre y nos dijo que preguntásemos por él en la oficina del puerto. Agradecimos la atención y salimos hacia el puerto. Aquel bendito nombre escrito a mano era nuestra garantía.

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Segundo obstáculo: Tras sortear un par de oficinas en el puerto dimos con la nuestra. Pasando de ventanillas y dentro del despacho le conté al sella-tarjetas la historia. Pasaron treinta minutos de reloj entre protestas, “imposibles”, resoplidos, miradas y más miradas a nuestro salvoconducto. Pero el papel manuscrito estaba allí, cargado de autoridad, eliminando toda imposibilidad que no consistía en otra cosa, según vimos, más que cuadrar las cuentas que no cuadraban…descuento por grupo e ida y vuelta, tuve que repetir varias veces en mi mejor francés. Pagaremos la diferencia en dirhams o pesetas, no importa, a base de teclear la calculadora, mientras iba despachando otros billetes entre cálculo y cálculo.

Por fin la respuesta: 102 Dh. de diferencia, unas 17.000 pts, más o menos el ahorro del grupo por la ida y vuelta. Pagamos, nos puso unos benditos sellos y a correr. Aún mire los billetes para repetirle otra vez que hoy se iba uno solo con el coche, pero los demás en dos días. Cambió el sello y salimos de aquella oficina sin acabar de creérnoslo. Creo que los de las pateras lo que intentan es ahorrarse todos estos trámites.

Manuela, por fin, nos abandona

Cola de pasaportes de 3 ó 4 personas, una mariconada comparada con la del paso de Ceuta, y coche en la fila. Habíamos dejado en la furgo todo lo prescindible (tienda, sacos, ropa sucia, regalos) que quedé en recoger en Cercedilla a nuestro regreso, y nos quedamos con lo necesario. Acerqué el coche a la cola, le dí las llaves a Manuela deseándole buen viaje pese a su cara de perro y a algún comentario que creo recordar entre gruñidos de que iba a llegar de noche a Algeciras y encima le tocaba pegarse otra pechá a conducir hasta Cercedilla, comentario que creo recordar le contesté diciéndole que podía dormir en las dos horas de travesía o parar en alguna gasolinera y descansar, pero no sé si se lo dije o pasé de ello. Por supuesto, ni se despidió de los otros tres que estaban alejados, ni ellos de ella. Arrancó el coche y entró en la bodega del barco. Lo habíamos conseguido: Manuela se iba. Serían como las seis de la tarde. Cogimos los trastos y nos pusimos a andar, saliendo del puerto a la ciudad. Como dijo, no sé si fue Ole o Gabriel, ahora comenzaba el viaje.

Tánger. Por fin solos. 

Íbamos eufóricos, con nuestros escasos bultos. Felices por habernos deshecho de semejante bicho. Yo, algo triste pensando en el bueno de Emilio, su marido, y en que posiblemente una situación así iba a destrozar diez años de buena amistad, pero totalmente libre de culpas y remordimientos. Tan seguros pisábamos que los reventas de hoteles casi ni nos abordaban, y al que lo hacía se iba al decirle que íbamos a casa de un amigo. Se nos veían las tablas viajeras, sueltos y curtidos…

Nos tomamos un te para celebrarlo en la terraza más mugrienta del puerto, sito entre dos talleres de ruedas igualmente mugrientos, y que nos supo a puritita gloria. Éramos como pajarillos recien escapados de la jaula. Entre sorbo y sorbo les conté mi sugerencia de alquilar un coche en Algeciras –entre los cuatro no sería caro- ante la previsible escasez de billetes de tren/bus, amén de la comodidad y, ya puestos, pasar un día de relax en Rota. La propuesta fue aceptada por unanimidad.

Con la ayuda de la guía Lonely Planet buscamos alojamiento (Manolo llegaba esta noche muy tarde) y tras preguntar en algunos acabamos en el Hotel Paris donde, tras el inevitable y fructífero regateo, encontramos sendas habitaciones con vistas al Boulevard Pasteur y, todo un lujo: ¡¡camas y agua caliente!!. Los sobacos agradecieron sinceramente verse librados de tan molesta carga de una mezcla de polvo, porquería y sudor acumulados. Lo del pelo fue más difícil. El casco que se había formado en mi cabeza a base de guarrerías varias se fue disolviendo, poco a poco, bajo el champú y el agua caliente, mientras escurría por mi cuerpo un agua oscura, negruzca…Supongo que a los demás les debió pasar lo mismo.

Aseaditos, agusto, la guinda vino por la noche. Mientras Gabi y Ole veían el segundo tiempo del partido Real Madrid no-se-que de Inglaterra, 2 a 0, todas las terrazas de los bares abarrotadas por la tremenda afición tangerina, Sara y yo nos dimos un agradable paseo por el bulevar. Desde el cercano mirador en la plaza de los cañones, se veían las luces de España. Unos cuantos subsaharianos, de mirada triste, miraban como nosotros aquellas luces, tan próximas y tan lejanas… Al acabar el partido Sara nos invitó a cenar. Encontramos un restaurante chiquitito y kischt (al que suelo volver cuando paro por Tanger) donde nos metimos un completo cus-cus y, sobre todo, nos bebimos unas deseadísimas cervezas que nos dejaron el cuerpo como un reloj. Poco más pudimos hacer. Había sido un día muy largo, amanecido en las cascadas y anochecido en Tanger, pero que había acabado muy bien. Bien limpios y bien cenados, nos dispusimos a dormir como lirones. Mañana ya localizaría a Manolo.

20/4/99. A casa de Manolo

Dormimos, efectivamente, como un niño jarto teta. A las nueve y media, hora española, calculando entre dejarle dormir y antes de que saliese, llamé a Manolo. Una voz de mujer extranjera (alguna chica de servicio, pensé) al preguntar por Manolo contestó, “¿Manolo?, está en la China…”…La hemos cagao, pensé…O no ha vuelto de viaje, o perdió el ferry, o se quedó a dormir en Ceuta. Llamé a su móvil y a casa de sus padres, en Madrid, pero nada. Repetí la llamada a los quince minutos para interrogar con más énfasis a la chiquita o bien dejarle recado pero hubo suerte, me dijo que acababa de llegar…no era así, había llegado tarde anoche desde Ceuta tras el último ferry y había estado durmiendo, pero ya nos esperaba.

¿Dónde estais?…Quedamos a la media hora en una esquina, a la entrada del zoco. Avisé a la tropa y me fui yo primero, a ver el espectáculo de la gente. Un camión de la basura iba cargando las bolsas que sacaban del hotel Minzah, el más lujoso de Tanger, justo asomado sobre el zoco. Junto al camión, un grupo de no se sabe si empleados de la limpieza o, más bien, buscavidas, separaban las botellas, supongo que para reutilizarlas, no para reciclar el vidrio, allí no se tira nada, y dos mujeres mayores, ataviadas a la rifeña, con un gorro de paja cónico con borlas de lana negras, artrósicas pero currantas, iban cogiendo el cartón, abriendo las cajas y metiéndolas en unos viejos sacos. Está claro que aquí no se tira nada.

No habíamos desayunado, así que nos tomamos un café con cruasanes en el Grand Café de Paris, comfort años 40 ó 50, escenario y punto de reunión durante la Segunda  Guerra Mundial de espías, informadores, chivatos, conspiradores y oportunistas franceses (de los colaboracionistas de Pétain y de los resistentes de De Gaulle), ingleses, americanos, italianos, alemanes (nazis y comunistas) sin olvidar a los españoles republicanos (siempre esperando volver) y franquistas…

Nos encaminamos despues a casa de Manolo, situada en la Montaña, en la zona residencial de Tánger. El acceso, por la antigua carretera de la montaña era algo liosillo si no lo conocías, pero el lugar era ideal: la calle/carretera iba ascendiendo entre grandes mansiones de hermosos jardines que se adivinaban tras los muros. El acceso a la zona donde vivía Manolo era un caminito sin asfaltar, escondido entre árboles, para llegar a un grupo de casitas, en medio de un frondoso jardín siempre florecido, sobre unos acantilados. La ciudad quedaba oculta tras un espolón que tapaba la bahía y sólo se veía el extremo oriental del cabo Malabata y, cruzando el mar y ante nosotros, la costa de Cadiz.

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La casa de Manolo era pequeñita y muy original. La primera de una serie de cuatro casitas escalonadas como un tren, y escalonadas además porque iban bajando la cuesta. Otra casita aparte, la de la dueña, y otra del guarda, Hussein, formaban el conjunto. El terreno fue la segregación de parte del jardín de una mansión cercana, adquirido por una neoyorkina en los años veinte, una tal Dizzy, que convirtió aquello en una pequeña colonia bohemia, a la que se conocía un tanto irónicamente como Buckingham. Éste exactamente es el lugar descrito por el escritor Paul Bowles cuando cuenta que, recién llegado a Tanger, cargó su piano en un borrico para llevarlo a su primera casa.

N.B.: Fue un pequeño contrasentido, nada raro en un personaje como Bowles. Norteamericano de nacimiento, pianista de profesión, aunque luego se haría escritor (su obra quizá más conocida: El cielo protector, más tarde llevada al cine). Se movió por Nueva York entre todos los protagonistas de la contracultura: la Generación Perdida, la Generación Beat y otras degeneraciones más, dándose a todas las que pudo. Casado con Jane, la sexualidad de ambos siempre fue bastante abierta y heterodoxa, por decirlo de forma sencilla, sin entrar en honduras.

Precisamente la llegada de Bowles a Marruecos fue en principio como comisionado por una sociedad protectora escocesa que querían proteger a los burros de los maltratos. Ahora les ves por todos lados -a los burros- montados por niños y adultos que les arrean constantemente dándoles varazos con una caña en el cuello, lo que les produce heridas -en las que nadie se fija- con frecuencia. Pero cuando Bowles llegó a Fes el método era aún más expeditivo: en vez de cañas les arreaban con un palo donde había un clavo…Pues fue justo cuando Paul Bowles desembarcó en Tánger con su piano, y ejerciendo su derecho al contrasentido anglosajón, que lo cargó encima de un pobre burrito -espero que no le fuese arreando al menos, aunque del dueño del burro no respondo- y lo subió hasta su casa…un largo camino y cuesta arriba…

Por aquella casa pasaron, según Manolo, Truman Capote, Mike Jagger, Tenesee Williams, y unos cuantos elementos más de la cultura y la contracultura de los años 60 y, más modernamente y con cierta asiduidad, el cineasta André Techiné, la actriz Catherine Deneuve -amiga de la dueña y a la que a veces se encontraba por el jardín- , el actor Gérard Depardieu e incluso elementos exóticos como el cantante Boy George. unos cuantos elementos más de la cultura y la contracultura de los años 60. Lo cierto es que el lugar era agradabilísimo. Tuve la oportunidad de disfrutar de la hospitalidad de Manolo varias veces, e incluso la primera vez que saqué a mi hija Maya de España, fue precisamente en esa casa, viaje que disfrutó enormemente.

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    Emilio Sanz de Soto, Pepe Carleton, Truman Capote, Jane Bowles y Paul Bowles

Una vez dentro, la casa de Manolo también estaba escalonada en diferentes niveles: de arriba abajo, una habitación, tres escalones, la cocina, dos escalones más, el baño, el dormitorio (con un lavabo en la pared) y un salón. La última de las cuatro casas, con un ventanal sobre el mar, era de una tal Mercedes, compañera de Manolo en las tareas docentes, pero que había pedido la excedencia para ser artista y bohemia, en espera de la abundante herencia materna, buitreando mientras tanto a los demás para ir tirando.

N.B.:Con la perspectiva que da el escribir la crónica de este viaje a los dos años y pico, tengo la ocasión de añadir que Manolo perdió tan bonita casa gracias a las intrigas de la tal Mercedes, ¡que Alá confunda a la ingrata!… Ingrata, porque justamente fue Manolo el que la enchufó para coger la vivienda, que en principio era la destinada a él.

La casa, pese a su original distribución y el entorno maravilloso en que se hallaba, estaba por dentro bastante destartalada. Nosotros dormiríamos en el primer cuarto, sobre un par de colchonetas tiradas en el suelo. Dejamos los bultos y nos dispusimos a dar un paseo por la ciudad. Manolo tenía que buscarse un par de apaños, así que quedamos a la una y media para comer en un sitio, en la calle Holanda.

Con Mercedes la Bohemia, pegada a nosotros con la esperanza (frustrada) de ir en taxi por la cara, bajamos andando por la calle en cuesta, viendo las mansiones semiescondidas tras las tapias, a un lado y a otro, con unos jardines de película, asomadas al mar. Pero al salir de la Montaña dimos directamente con una barriada costrosa, y un mercadillo no menos costroso, en un solar entre escombros. Es una barriada formada por los marroquíes del interior que van llegando a Tánger, medio de chabolas, medio de casas viejas, Sidi Mis Mudi. Para llegar al centro aún pasamos una avenida, repleta de talleres mecánicos y de ruedas, el barrio del Drades.

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Saliendo del Drades, nos metimos de cabeza al zoco y a la medina. No tenía nada que envidiar a la de Fes. Callejas apretadísimas, abarrotados puestos de verduras, de frutas, de pollos, de bollos…Calles de chatarreros, de joyeros, de curtidores…Compré allí al final el macuto bereber, de piel con bordados, que pensé en traerme a casa. Nos dio la hora de la comida, y nos juntamos con Manolo en un pequeño restaurante escondido con platos de aquí: calamares, pollo, ensaladas…Para beber, coca-cola. Por la tarde él tenía que irse. Aprovechamos para darnos un paseíto por la parte alta de la medina, y dado el sueñecito post-papeo y el calor que hacía, aprovechamos una sombra y una plaza tranquila para tumbarnos en un rincón y echarnos una siestecilla, pasando de todo, y en especial de un pesado que acabó cansándose de darnos la brasa, visto el poquísimo caso que le hacíamos.

Más tarde, fuimos bajando, cerca del mar, admirando algunos hermosos portales y ventanas de edificios antiguos. La sorpresa vino cuando, cotilleando en un ancho y oscuro portal, se anunciaba un restaurante y salón de té…Subimos por una escalinata con azulejos y espejos, y acabamos en un amplio salón acristalado, desde donde se divisaba todo Tánger, la bahía y la presencia constante de España, allá a lo lejos. Estábamos solos. Nos tomamos un té a la menta, tan ricamente disfrutando de las vistas, mientras las camareras iban disponiendo las mesas alrededor de un escenario alfombrado para lo que supusimos sería un espectáculo, tipo danza del vientre. Las camareras nos respondieron que era una cena “para unos africanos…”. El lugar se llamaba “Le Détroit” (el Estrecho) y más tarde supimos que los mismísimos Rolling Stones fueron socios del restaurante.

Volvimos paseando, al atardecer, hacia Cá’Manué. Era un buen paseo pero nos movíamos por Tánger ya como en casa. Aún nos tomamos el último té en un chiringuito junto a la comisaría de policía del Drades, justo antes de la subida. Era un bareto de barrio, con billares, futbolines…Nos sentamos fuera, justo, según vimos, a la hora de sacar a mear a las ovejas. De repente, empezaron a aparecer gente con dos, tres, seis ovejas…que salían de las callejuelas, de las casas, comiéndose los yerbajos que crecen entre las piedras. Hasta hubo una que apareció sola, cruzó la calle y siguió para adelante, como un perro vagabundo. Dedujimos que las sacaban ahora porque aún no habían salido a pasear las jienas, que como todo el mundo sabe, se llevan pero que muy mal con las jovejas…

Subimos, ya de noche a la Montaña, y llegamos a Cá’Manué. Nos sentamos a charlar en el salón y, entre otras cosas, me fue recordando episodios de mi azarosa infancia con aquellos bestias del colegio. Pero antes nos pasó una cosa.

El costo de Ole

Paseando por la medina vimos una “farmacia” de productos naturales. Había cosas muy curiosas y nos metimos a cotillear. Yo quería comprar, como regalos baratos, unos discos de arcilla cocida con una cara rugosa, como rascador para el baño. Una vez dentro, el vendedor nos empezó a enseñar los usos y especialidades de las cosas que tenía en la tienda: derivados de plantas, de animales…especias, productos de belleza, de salud…Compramos algunas cosillas, pero Ole buscaba algo especial, otro tipo de jierba, con las que los drojadictos se drojan y se alejran la vida…Un elemento siniestro de ésos que siempre se arriman le lió para acompañarle no se sabe dónde, y el capullo de Ole le siguió…Menos mal que le rescatamos a tiempo cuando ya se lo llevaba por un callejón, evitándole problemas y algún navajazo, ante la mirada asesina del siniestro elemento…Por fin, el de la tienda, con mucho secreteo le pasó algo… Pude oir…éste es del mejor, el que yo fumo… por lo que pagó…¡cien dirhams!. Cuando lo vio Manolo, experto en fumatas blancas y negras, lo tasó en diez, como mucho. El bueno de Ole es que es como un crío, tienes que estar siempre encima de él, ¡no sé qué voy a hacer con este muchacho!…

El pobre Ole fue el cachondeo del grupo durante un buen rato…De lo poco que sobró, cuando más adelante nos tocó pasar la frontera, el problema acuciante fue cómo esconderlo para que los terribles sabuesos de la aduana no dieran con tan tremendo alijo y Ole con sus huesos en siniestra mazmorra tercermundista…El único escondite que le pareció bueno, fue en el pliegue de la cinta inferior de la gorra que llevaba siempre puesta. Afortunadamente para todos, ni nos miraron, ni le pillaron. Pero aquella noche tuvimos para fumar. Manolo sacó una botella de españolísimo brandy “103” y entre eso, los ricos pastelitos de miel y almendra que sobraron del medio kilo que compramos por la tarde, y un pan más dos latas, una de atún y otra de calamares, pues picamos, bebimos, fumamos y nos reímos bastante, para variar.

Durmiendo donde durmió Mick Jagger

Nos acostamos por fin. Yo, en un sofá con una manta sobre la que habitualmente duerme la perra de Manolo, con su acompañamiento de pelos y olores, que no sabía si meterme dentro o fuera, y un cojín como almohada. Los otros tres, sobre un colchón tirado en el suelo y con un par de mantas más o menos igual de espesas que la mía. Cuando empezamos, ya tumbados, a rozarnos con almohadas y mantas, nuestras delicadas pieles advirtieron resecos lamparones, imaginando que por allí estaba seguramente la última corrida fósil de Mick Jagger, Truman Capote, el butanero o el mismísimo Paul Bowles y su famoso burro, por no hablar de los flujos de Bianca Jagger. Y así de bien acompañados, entre tan arqueológicos restos de famosos, pasamos la última noche en África.

21/4/00. El retorno.La última frontera 

A Sara los mosquitos le pusieron los ojos y la frente como tomates. A mí, por fortuna, me respetaron, posiblemente les daba asco acercarse, entre mis olores propios y los restos de los lamparones (en posteriores visitas a la casa de Manolo nunca se me ha olvidado llevar enchufes antimosquitos con carga extra). Me desperté pronto, y salí al jardín a escribir un ratito. Daba gusto estar donde acababan las casas, sentado en un poyete bajo el mirador de la casa de la guarra de Mercedes, frente al mar, rodeado por el jardín, bajo el sol de la mañana.

Recogimos las escasas pertenencias y Manolo nos acercó al puerto. Aunque teníamos ya los tickets de cuando despachamos a la Camionera, nos temíamos algún trámite coñazo. Sorpresa, no hubo tal: nos sellaron la fecha, y listo. Pero, ¡ay!, al ir a sellar los pasaportes, que ahí no era, que en la parte de arriba. Subimos, pues, y resulta que tampoco, porque habían cerrado el acceso al barco. Bueno, dijimos, hay tiempo para desayunar, así que nos tomamos unos cafés y tés con bollitos.

Subimos otra vez, con tiempo, para enterarnos que nuestro barco era uno que estaba amarrado allá lejos, en un muelle a tomar por culo…Salimos cargados y poco menos que corriendo, sin sellar pasaportes ni ná, pero en Marruecos es más fácil escaparse de la cárcel que salir del país sin que te pongan los sellos y, efectivamente, a medio camino estaba la aduana. Pero fue rápido tambien (Ole, con cierto miedo empapando la china con el sudor de su frente), nos sellaron y, por fin, subimos al barco.

Cruzando el Estrecho

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Dos horas y media de travesía con el día perfecto, soleado, tranquilo. Me dio tiempo a escribir otro poquito. Salimos del puerto dejando la ciudad atrás, con su medina y las torres de las mezquitas. Al doblar el cabo de Malabata salimos de la bahía y fuimos bordeando la costa de África, a nuestra derecha (estribor más propiamente) distinguiendo cada pueblito o la única población grande, Alcazarseguir. Pasamos junto a la mole rocosa del Djebel Musa, la Montaña de Moisés que, junto a Gibraltar, constituían para los antiguos las Columnas de Hércules, el límite del mundo conocido de donde no se debía pasar: Non Plus Ultra…no más allá…aquí se acababa el mundo…

A nuestra izquierda, o sea, a babor, la costa española: los Caños de Meca con el faro de Trafalgar, la gran playa de Bolonia, donde se podían adivinar los restos romanos de Baelo Claudia, factoría de garum que se exportaba a todo el imperio y Tarifa. Al llegar casi a Ceuta, el barco enfiló hacia Algeciras. Durante la travesía una cosa extraña: aparecieron un montón de mariquitas en cubierta…no homosexuales, que los hay, sino esos simpáticos insectos de la familia de los coleópteros, la Coccinella septempunctata (lo que en latín significa la “coloradita con siete puntos”). Dedujimos que mejor en ferry que en patera. Y pensamos, que desde allá todos quieren venirse para acá, hasta las mariquitas.

Algeciras nos esperaba con abundante cerveza fría…Pensamos en alquilar un coche para hacer el viaje de vuelta cómodamente. Podíamos dar una vueltecita por la cercana Almoraima, ver la playa de Bolonia y los campos florecidos, multicolores, de altramuz. Y pernoctar en Rota, para recomponer cuerpos y almas, a base de pescaíto frito y quien sabe si una revancha a los dardos…

Comienzan las decepciones

¿Qué nos esperaba en Algeciras?. De momento, coches no. Viernes Santo, todo cerrado. La única agencia abierta no tenía ni un triciclo. No quería llamar a Pepe, era capaz de venir a buscarnos. En la estación de autobuses del puerto nos enteramos que salía uno para Madrid en una hora escasa. No nos dio tiempo ni para comer: entre carreras arriba y abajo, coche sí y coche no, billetes bus y demás sólo nos pudimos tomar una cerveza deprisa y corriendo, comprar unos bocatas para comerlos en el camino y poco más. Adiós a Rota, a Bolonia y a sus campos floridos.

El autobús, afortunadamente, era amplio y cómodo. Fuimos dormitando a ratos. Cuando pasamos frente a Granada, la vista de Sierra Nevada, absolutamente nevada, con la nieve brillando bajo el sol, era impresionante…Delante de Gabriel y Sara iba un magrebí bastante colgado, de uñas negras como el carbón, que no hacía más que pedirles el mechero (aún permitían fumar en los transportes públicos), olvidándose de devolvérselo siempre, hasta que se le olvidó definitivamente. Se mereció el título por su infausta memoria de “jiena chisquera” o “jorca mechera” que también las hay, ésta última de la familia cetácea…

Madrid

Llegamos a la Estación Sur a eso de las doce de la noche, demasiado tarde para coger ni tren ni bus de cercanías. Afortunadamente nos esperaba Lorenzo, el padre de Sara, desde hacía una hora, hay que añadir. Llegamos a El Escorial ya como a la una, algo molidos y con un intenso tufillo, mezcla de sobaco y los olores de los lamparones fósiles de las mantas de Manolo, allá en la lejana África. Sara le pidió a su padre el coche con la intención de tomarnos la última copa para celebrar el regreso. Al pasar frente a mi casa (lo presentía) vimos mi coche, el Ford Fiesta dorado metalizado -y algo oxidado- matrícula de Sevilla, aparcado allí. Mejor pensé, así no tendré que ir a Cercedilla a recogerlo, se lo había prestado a Emilio, el marido de la camionera, mientras estuvimos fuera.

Subí a dejar la bolsa a casa y al bajar me esperaba la última sorpresa: el cristal del copiloto estaba rota, y todo desvalijado. Ni la tienda de campaña nueva de Gabriel, ni mantas, ni tayines, ni el gran “Platón”…Por faltar, faltaban hasta un rollo de cinta americana y un spray antipinchazos que compré para el viaje, por si las emergencias…Sí que estaba el saco de dormir, mugriento, y entre ropa sucia –donde lo metí para protegerlo- una pequeña fuente de cerámica. Podía ser previsible: un Fiesta viejo con matrícula de Sevilla, aparcado en zona oscura de El Escorial en plena Semana Santa y lleno de cosas…toda una invitación para los chorizos…

Nos quedamos mitad helados, mitad cabreados, cagándonos en la madre que parió a la guarra de Manuela la Camionera, ¡lo a gusto que debió quedarse!…Aún subimos al Peque a tomarnos unas cervezas y comernos unos bocatas de lomo, queso y tomate porque a aquellas horas, con aquel trajín y aquellos disgustos, nos entró un hambre que había que matar como fuese, por no matar a alguien…El viaje había tocado a su fin, lo que no significa que hubiese acabado…

Venganza siciliana

Aún llamé un par de días después a Emilio, el marido de la Camionera, contándole el percance y el saqueo de mi coche. Los cristales rotos de la ventanilla habían caído hacia fuera y no hacia dentro, como si hubiesen golpeado el cristal desde dentro y no desde fuera, lo que me hacía sospechar del modo. Llegué a sospechar también que la Camionera, llevada por su “mala follá” hubiese fingido el robo para quedarse con nuestras cosas. Le dije a Emilio que, si llegaba a asegurarme que el desaguisado era cosa suya, le quemaría su furgoneta y/o le mataría los perros…en el mejor estilo siciliano…

Farfulló excusas, entrecortándose, creo que seriamente acojonado, me creía muy capaz y lo hubiese hecho. Dijo que había devuelto el coche a mi casa para que yo no tuviese que ir a Cercedilla a recogerlo (y no tener que verme la cara de paso, pero éso no me lo dijo)…que ellos no tenían nada que ver, que lo sentía mucho… Me imaginé la descarga de llantina y de quejas que debió soportar el pobre desgraciado al llegar la Camionera a su hogar, sweet home. Cuando se me pasó el cabreo decidí creerle y pasar página, así que ni le quemé la furgoneta ni le maté los perros. No he vuelto a verles.

 

 

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