El difícil trago de llevar al gato al veterinario

La mayoría de los gatos son pesimistas y piensan que siempre pueda ocurrir lo peor. Trata de no confirmárselo (Kim Kendall, veterinario)

Día a día aumenta el número de gatos en la sociedad y, lógicamente, aumenta el número de gatos que son llevados por sus dueños al veterinario. Los censos confirman que si ya en 1995 había más gatos que perros en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, en varios países de Europa Occidental (Francia, Italia, Alemania, Holanda…) esta “ventaja” felina se alcanzó a partir del año 2000. Las ventajas de los gatos versus perros están claras: menor tamaño, menos ruidosos, más limpios, tenemos menos tiempo para pasearlos y casas más pequeñas donde cuidarles…y para asombro de los que antes les desconocían, igualdad de cariño y de compañía.

En España todavía son mayoría los perros respecto de los gatos (el tercer animal, por cierto, es el conejo). Pero las estadísticas nos dicen que el incremento anual en el consumo de los artículos dedicados a gatos es superior al de los perros, o que porcentualmente hay más gatitos jóvenes que perritos en las clínicas veterinarias. De datos como éstos se deduce que en un futuro no muy lejano nos asimilemos a la tendencia europea, que los gatos serán también aquí mayoría y estarán, lógicamente, cada vez más presentes en las consultas veterinarias.

Unas leves nociones de psicología felina

Conviene recordar que el agriotipo, el antepasado salvaje del gato doméstico: el gato salvaje norteafricano o Felis lybica, es un cazador de hábitos solitarios y muy territorial,  que para sobrevivir necesita controlar perfectamente su zona, y al que cualquier cambio le puede suponer una amenaza. Para ellos, lo nuevo es peligroso. En este sentido los gatos son grandes conservadores, no les gustan las novedades, y cualquier alteración afecta a su tranquilidad y estabilidad.

Para el gato, la visita al veterinario es un cúmulo de experiencias, como mínimo, no agradables, y es lógico que tanta mudanza le ocasiones estrés. Un gato asustado si puede, huye. Si no puede huir, se esconde. Y si tampoco puede esconderse, se defiende atacando.

¿Y si nos ahorramos todos un mal rato?

Para nadie es agradable la típica escena de un gato bufando dentro de su cesta, ya nada más cruzar la puerta, aunque estimula el pensamiento: el gato viene aterrado y pensando cómo defenderse; el dueño con un gran sofocón y pensando en no traerle más; y el veterinario pensando por qué no se hizo informático y cómo y por dónde va a lidiar con semejante mini-tigre de Bengala sin jugarse -literalmente- el pellejo.

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Muchos propietarios, de hecho, se plantean no llevar a su gato al veterinario sólo por el mal trago que supone para todos, en especial para él y para su felino. Pero, si entre veterinarios y dueños establecemos unas sencillas normas, será posible en mucho gatos minimizar el estrés, principal causa de la agresividad del gato, y que las cosas sean más fáciles para todos. Estas normas son en teoría fácilmente aplicables en la mayoría de los casos, aunque sabemos que para un porcentaje de “fieras” da igual hagamos lo que hagamos y cómo lo hagamos. Siempre, y como dice mi profesora de yoga: lo mejor es lo posible.

El viaje hasta la clínica.:

-utilizar cestas de plástico, fácilmente desmontables y lavables, que el gato utilice habitualmente en casa como refugio o cama, para estar acostumbrado a meterse en ella.

-debe estar limpio, eliminando olores anteriores de experiencias quizá no agradables.

“amueblado”con una mantita o jersey confortables y ya conocidos, con el tranquilizador olor de la casa, y algún juguete.

-acondicionado con feromonas o “cat-nip” (la hierba estimulante) que se lo haga aún más agradable.

-un empapador debajo de todo por si, inevitablemente, se orina, para que no se manche.

-cubierto con una manta o similar para evitar la estimulación visual.

-no llevarle en brazos, por muy tranquilo que sea en casa. En la calle cualquier estímulo (perros ladrando, ruido de motos o de coches) puede alterarle.

-no utilizar cestas de mimbre: difíciles de lavar y con una única puerta. Cuando es frontal, mal acceso al gato.

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-evita bolsas de plástico o de deporte: peores para limpiar. Con cremalleras que a veces se atascan. Con paredes no rígidas que, en un momento dado, presionan al animal.

La sala de espera

Volvamos a ponernos en su lugar (el arte de la empatía): estamos esperando nuestro turno en el dentista. Cada vez que oímos el sonido del torno, nos dan ganas de salir corriendo. Miramos las puertas cerradas temiendo que se abran y que nos llamen…

-si es posible, separar perros de gatos en la sala de espera o, si acuden a la consulta con cita previa, en horarios diferentes. Si coinciden con perros les alteran porque ladran, “huelen” a perro, se mueven mucho o, peor aún, se acercan a la cesta para olerles.

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-si hay mucho jaleo, retirarle a algún lugar tranquilo y dejarles tapados.

-dejarle dentro de su cesta en algún lugar alto (mesitas, estantes, mostrador) desde donde pueda ver a su dueño.

-poner un cartel en sitio visible: POR FAVOR, NO SAQUEN LOS GATOS DE LA CESTA… Tal vez habrá quien no nos haga ni caso, pero al menos ya queda dicho.

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-no dejar la cesta en el suelo, donde el movimiento de los pies de otras personas u otros animales le asustan.

-nunca sacarle, por bueno que sea en casa. Cualquier estímulo puede asustarle y provocar su huída. Atraparle luego sí será un problema.

En la consulta

Otra vez a practicar la empatía: estamos sentados en el sillón del dentista, viéndole preparar sus instrumentos de “tortura”. Sabemos que no nos va a hacer daño, nos esforzamos en controlarnos, pero nos iríamos corriendo…

-tener limpia la consulta, no sólo por higiene, sino por eliminar olores previos “de pánico” que otros gatos han dejado antes y que él huele.

-utilizar feromonas en spray y en difusor. No tranquilizará a las “fieras” pero con los levemente asustados quizá ayude.

-dejarle dentro de su cesta sin sacarle, mientras hacemos el trabajo previo: completar la anamnesis, rellenar la cartilla, preparar las vacunas, etc

-desmontar la parte superior del transportín y, si es posible, manejarle dentro (exploración, auscultación, etc). En su casa a veces se resisten a entrar, sobre todo si no están acostumbrados a utilizarlo. Pero en la consulta es lo más parecido que hay a su casa y dentro se portan mejor que sobre la mesa. Siempre de cara a su dueño.

-hablarle suavemente, movernos despacio y actuar sin brusquedades: evitar portazos, golpes, ruidos fuertes, voces…

-si está un poco nervioso, distraerle con plumeros (puede hacerlo el propio dueño) mientras se le explora e incluso se le inyecta, los plumeros hacen maravillas en los gatos nerviosos. Los criadores los utilizan mucho en las exposiciones mientras los jueces de raza les examinan.

-si sabemos ya que hay que inyectarle (sedación, vacunas, tratamientos…) procurar hacerlo pronto para que no se asuste. Una técnica apaciguadora muy eficaz es la de sujetarle con un pellizquito en la nuca, o la clipnosis (ver la entrada dedicada a ella) con la que la gran mayoría de los gatos ni se enteran.

-si hay varios veterinarios en la clínica, que los atienda al que más le gusten los gatos. La soltura en el manejo la percibe el paciente y la agradece le propietario.

-no dejar que el dueño saque al gato de la cesta antes de tiempo ni dejar que se baje al suelo. Muchas veces el propietario está aún más nervioso que el gato y tiende a liberarlo, pero por la misma razón que no debe hacerlo en la sala de espera y con más motivo. Un gato con pánico saltará de la mesa, correteará por el suelo y pegará saltos hasta el techo intentando huir, y será muy difícil volver a meterle.

-no sacarle de la cesta a tirones o sacudiéndola boca abajo, lo que aumentará aún más el estrés. Es el riesgo de las cestas con sólo una parte frontal.

-no gritarle, ni aplastarle contra la mesa, ni sujetarle con fuerza. Las amenazas y la agresión no producen sumisión, como teóricamente en los perros, sino reacción ante una amenaza, aumentando sus susto.

-evitar mirarle fijamente a los ojos. En muchas especies, incluída la nuestra, una mirada fija es una preparación al ataque y se interpreta como un desafío.

Si no colabora o en casos de gatos asustados, y de cara a tomar una muestra de sangre (con lo que conlleva de poner una goma compresora en el brazo y pincharle con una aguja) o “posar” para una radiografía o una ecografía, lo mejor es sedarle. A los propietarios no les suele gustar la idea, pero podemos argumentar que, primero, NO es una anestesia sino una tranquilización transitoria y reversible, y de esa forma evitaremos un fuerte estrés al gato. Segundo: podemos hacer nuestro trabajo bien y no a medias o no hacerlo y, en último lugar, para sucesivas ocasiones, el gato no se alterará tanto.

En los gatos que ya sabemos que van a venir asustados o lo pasan muy mal en el desplazamiento, una opción interesante es la de administrarle tranquilizantes orales, una simple pastillita  una hora antes de salir de casa. Con la sedación estaremos todos más tranquilos: gatos, propietarios y veterinarios.

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