La flora bacteriana: un kilo de bacterias en los intestinos

bacterias

Hoy se define la flora bacteriana con el nombre más técnico de la microbiota, o microbioma. Como quien no quiere la cosa, resulta que tenemos un kilo de bacterias en nuestro intestino. Ni cien ni doscientos gramos: un kilo. Pero toda esa cantidad de microorganismos no existe tan sólo en el aparato digestivo, lo que incluye boca, intestino delgado e intestino grueso, aunque ahí es donde la presencia sea más numerosa. Tenemos toda una serie de bacterias en la piel, en los ojos, en la cavidad orofaríngea (nariz, garganta) y en el aparato génito-urinario.

Pero inevitablemente surgen una serie de preguntas, tanta cantidad nos asusta: ¿cómo es que tenemos tantas?. ¿Son necesarias?. ¿Son malas, o son buenas?. ¿De dónde han aparecido?. Y, ¿qué es lo que hacen por fuera y por dentro de nosotros?… ¿Tenemos tantas bacterias porque somos unos guarros?…¿será que no nos lavamos lo suficiente?…¿será que comemos alimentos contaminados?…¿necesitaríamos, quizá, inflarnos a antibióticos para eliminar este exceso?.. Muchas dudas…

Nos están acostumbrando, tanto los medios de difusión como el márketing farmacéutico y de la nutrición, a familiarizarnos con estos dos términos: prebióticos probióticos, insistiendo en que ambos son muy buenos para la salud. Seguramente es verdad pero a veces inducen un poco a confusión. Porque aunque los tomemos por la boca no son alimentos per se. No nos nutren, no nos engordan. Y sin embargo, es cierto: son dos elementos fundamentales para un correcto equilibrio y, sobre todo, para una buena digestión intestinal. Vamos por partes.

Los prebióticos

Se definen como alimentos “funcionales”, que no “nutritivos”. Están constituídos por fibras solubles, productos lactofermentados y fructooligosacáridos vegetales. Me explico:

Fibras solubles: Bajo la denominación de “fibras solubles” hay que descartar otras fibras “insolubles” tales como la lignina…que llegarían a nuestro estómago en el caso de que masticáramos madera, por ejemplo. Estas “fibras solubles”, presentes en el alimento, sí las podemos digerir (con ayuda, como veremos) y aportan, entre otras cosas, el volumen necesario para que las heces tengan la consistencia necesaria. Cuando ingerimos muy poca fibra en nuestra dieta, las heces son más escasas y más duras, la digestión se ralentiza y se produce el estreñimiento. Pero hay más.

Nos “venden” la fibra en multitud de productos, enfocados sobre todo a combatir el estreñimiento y, secundariamente, para perder peso, pero no es sólo éso. Las fibras ayudan a regular el tránsito intestinal, pero no hay que confundir el hecho de ingerir fibra con lo que sería comerse un puñado de paja. La fibra, en los alimentos, forma parte sobre todo de frutas y verduras. Aunque sea en trocitos pequeños, incluso en puré, está en las moléculas que las forman.

Si para cualquier animal -entre ellos, nosotros- son muy importantes, para los herbívoros tales como los rumiantes (vacas, ovejas) o los caballos lo son más: ellos necesitan un volumen de heces grande y además de consistencia blanda para digerirla bien. Pero para los roedores (cobayas) o los lepóridos (conejos) son sencillamente vitales, por su peculiar fisiología digestiva. En estos dos últimos grupos de animales su carencia acarrea estreñimiento que, si dura más de un día, a su vez produce una intoxicación intestinal por desequilibrio de la flora que les conduce a la muerte.

Además, las fibras atrapan y eliminan exceso de azúcares que producen un índice glucémico elevado, y ayudan por tanto al control de la diabetes. Y no sólo éso: atrapan, transforman y eliminan sustancias tóxicas transportadas por la función secretora de la bilis. Es el caso de la lactulosa, un azúcar sintético al que podríamos asimilar al grupo de los fructooligosacáridos, compuesto por los azúcares naturales fructosa galactosa, que transforma el ión amonio o amoniaco en urea, eliminable por la orina. Si el ión amonio se acumula en intestino y no se elimina produce cuadros de intoxicación, como la llamada encefalopatía hepática. 

Productos lactofermentados: los fermentos lácteos o de cereales seleccionados favorecen la digestibilidad de la celulosa. La celulosa es un polímero formado por cadenas, de cientos a miles según la especie vegetal, de moléculas de beta-glucosa. Es el principal componente de la pared celular de las plantas. Con esta composición en teoría sería un alimento muy nutritivo para los animales, pero tiene dos pegas: por una parte son fibras muy compactas y, además,es insoluble, con lo que su digestión es imposible. Gracias a los fermentos lácteos, podemos fragmentar, solubilizar y, por tanto, digerir la celulosa.Pero no sólo éso: refuerzan y agilizan la hidrólisis de las enzimas bacterianas, favoreciendo por tanto las actividades enzimáticas necesarias para la transformación de muchos nutrientes en el intestino.

Fructooligosacáridos: el más conocido es la inulina (no confundir con la insulina, responsable del control de la glucosa). La inulina resiste la digestión en toda la parte superior del intestino (intestino delgado) con lo que se evita su absorción, lo que le permite llegar hasta el colon, donde se convierte en alimento para las bacterias -“buenas”- allí presentes y, también, para las células epiteliales del colon, estimulando su renovación. La inulina permite además la producción de ácidos grasos volátiles, responsables de la acidificación del colon, reforzando el efecto barrera contra las bacterias putrefactivas, las “malas”.

Probióticos

La O.M.S. (Organización Mundial de la Salud) define a los probióticos como:

…microorganismos vivos que, cuando son suministrados en cantidades adecuadas, promueven beneficios a la salud del organismo hospedador…

Por tanto los probióticos serían alimentos con microorganismos vivos adicionados, que permanecen activos en el intestino y ejercen importantes efectos fisiológicos. Y tienen muchos, aunque su efecto principal es el de contribuir al equilibrio de la flora intestinal, potenciando el sistema inmunitario. Pueden atravesar todo el aparato digestivo y, de hecho, recuperarse vivos en las heces, aunque la mayoría se adhiere a la mucosa intestinal.

Estos microorganismos vivos son las conocidas como bífidobacterias. Las más efectivas son: Lactobacillus acidophilus, Lactobacillus casei Lactobacillus rhamnosus GG. Esta última es una cepa del Lactobacillus rhamnosus “original”. La cepa GG se aisló en el año 1983, y se patentó el 17 de Abril de 1985 por sus investigadores: Sherwood Gorbach y Barry Goldin, de cuyos apellidos recibió las dos “G” finales. Las tres, y en especial esta última, son resistentes a los ácidos gástricos del estómago con lo que su implantación en el intestino está asegurada.

Entre sus funciones principales podemos destacar:

-estimulan y facilitan la digestión gracias a la actividad de sus enzimas lactasa, invertasa y la maltasa, y la asimilación de aminoácidos.

-actúan sobre los microvilli (los pliegues de la mucosa) intestinales, aumentan sus dimensiones y su renovación celular al favorecer su proliferación, mejorando por tanto la fisiología de la absorción de los alimentos en el intestino delgado.

-contribuyen a la síntesis de Vitaminas B2, B5, B9, B12 y Vitamina K.

-al producir ácidos orgánicos como el ácido láctico a partir de glúcidos como la inulina, disminuyen el pH intestinal o, lo que es lo mismo, acidificando por tanto el intestino y limitando el crecimiento de gérmenes patógenos en el intestino.

-destruyen las nitrosaminas, uno de los causantes de tumores.

-estimulan la actividad de los macrófagos (la “policía” del organismo, encargados de eliminar bacterias y células tumorales) y la actividad de anticuerpos, especialmente las Inmunoglobulinas A, con efecto inmunoestimulante.

La microbiota

Estas bífidobacterias tan interesantes forman parte de la flora microbiana normal, o microbiota. Pero no son las únicas. La microbiota es el conjunto de microorganismos que, como adelanté al principio, se localizan de manera normal en distintas zonas del organismo: piel, orofaringe, aparato génito-urinario y aparato digestivo.

Tan sólo en el aparato digestivo se han clasificado hasta ahora casi 500 géneros diferentes de bacterias, aunque se especula que pueden llegar hasta mil. Las cifras son abrumadoras: en todo nuestro organismo se calcula que, por cada célula, de las que tenemos aproximadamente diez billones (, con “b”) hay un total de diez bacterias “buenas”, lo que supone unos cien billones (con “b”)…lo que no significa que cada célula tenga “sus” diez bacterias, es sólo un problema de proporción.

Lo admito sin ningún empacho: admiro a los microbiólogos por la amplitud de sus conocimientos. En mis tiempos de estudiante en la Facultad de Veterinaria estudiábamos en la asignatura de Microbiología muchas especies, de las que recuerdo y que siguen estando presentes en la clínica diaria algunos géneros como Escherichia, Pseudomona, Salmonella o Campylobacter. Pero  dentro de estos 500 géneros de bacterias intestinales aparece una larga lista que me eran totalmente desconocidos y que me producen cierto vértigo por sus nombres dignos de una película de ciencia-ficción: Caloranaerobacter, Phascolarctobacterium, Subdoligranulum, Anaerobiospirillum Faecalibacterium entre otros… Si hay algún valiente entre el público que crea que he escrito alguno mal, que me lo diga a la cara…

Pero, ¿de dónde aparecen, como si fuera de repente, todas estas bacterias antes desconocidas?. Obviamente no son nuevas, siempre han estado ahí, lo que ocurre es que antes eran muy difíciles de estudiar. La mayoría de las bacterias intestinales son anaerobias, ésto es: crecen en ausencia de Oxígeno y su cultivo (por los tradicionales métodos de las placas de Petri, esas plaquitas redondas de cristal con agar-agar para que crezcan) es muy difícil. Su identificación se está haciendo, cual detectives de la serie C.S.I., detectando el PCR de sus cromosomas.

Lo cierto es que la proporción de cada uno de estos géneros de bacterias varía según la zona del aparato digestivo que consideremos. Menos abundantes en el estómago, como el famoso Helicobacter pilori, al que se atribuye cierto protagonismo (relativo) en las úlceras gástricas, y mucho más abundantes en el intestino. Pero mientras que en el íleon (la parte final del intestino delgado) la concentración de bacterias es aproximadamente de 100.000 por cada gramo de materia fecal, en el colon aumenta hasta llegar a 10.000.000.000 (diez mil millones) por cada gramo de sustancia fecal. De ahí la cifra real de un kilogramo en nuestro intestino. Y además el censo de estas bacterias, la diferente proporción de géneros, varía en cada individuo, sobre todo con su tipo de dieta, en lo que influye mucho el país donde hayan nacido y su cultura culinaria…

Sólo en algunos casos podría producirse un desequilibrio que diese lugar a enfermedades. Las más recientes investigaciones o los conceptos más modernos de la biología hablan de nuestro organismo como una colaboración o conjunto de nuestras propias células más toda esa cantidad de bacterias e incontables virus, asociados u origen de esas bacterias. Del concepto antiguo que sólo contemplaba a las bacterias y virus como “enemigos”, hoy se tiende a pensar en el organismo como un “gran equipo” orgánico donde todos realizan y tienen asignada una función. De hecho, en nuestro cuerpo habitan bacterias y virus que, en caso de desequilibrio, producirán trastornos. Pero en condiciones normales conviven con nosotros en nuestro interior, interaccionando sin producir enfermedades.

Origen de las bacterias del microbioma

Hoy se considera que las células “modernas”, nuestras células actuales, provienen de colonizaciones o colaboraciones con ciertas bacterias. Dentro del citoplasma o cuerpo de nuestras células, y de la inmensa mayoría de las células eucariotas o más evolucionadas, existen unas estructuras llamadas mitocondrias.  Se las considera  como las “centrales energéticas” de la célula, responsables de sintetizar ATP (Adenosín Trifosfato, un nucleótido fundamental para la obtención de la energía celular) a partir de los “carburantes” metabólicos como son la glucosa, los ácidos grasos o los aminoácidos. Las mitocondrias, al igual que el núcleo de las células, poseen su propia cadena de ADN pero con una estructura particular: circular y bicatenario, como el de las bacterias.

De hecho, este ADNm o mitocondrial es muy utilizado en estudios genéticos, porque también se replica en el proceso de la división celular pero con una salvedad frente al ADNn  o nuclear: mientras que éste se produce por una combinación de los ADNn maternos y paternos, mezcla de los núcleos del óvulo y espermatozoide, respectivamente, y por tanto con más posibilidad de variaciones, el ADNm sólo proviene de la mitocondria del óvulo materno, puesto que el espermatozoide no aporta célula completa, sólo núcleo, y es menos dado a variaciones. Es un ADN mediante el cual se hace la trazabilidad de las líneas maternas. Como ejemplo: todos los estudios recientes sobre los posibles cruces entre el hombre de Cromagnon (el Homo sapiens actual, o sea, nosotros) y el hombre de Neanderthal, se realizan con estudios del ADN mitocondrial.

Pero, os preguntaréis: y todo este rollo del ADN mitocondrial, ¿a cuento de qué viene?. Tranquilos que voy. La doctora norteamericana Lynn Margulis propuso la teoría endosimbiótica según la cual, hace 1.500 millones de años, células procariotas o bacterianas, menos evolucionadas y carentes de núcleo, se fusionaron con células eucariotas primitivas, más evolucionadas y con núcleo, aportándose ventajas mutuas, como por ejemplo: el aprovechamiento de la luz solar para realizar la fotosíntesis (obtención de materia orgánica a partir de materia inorgánica).

Una prueba de esta colaboración, además de la estructura inequívocamente bacteriana de las mitocondrias, es el hecho de que, de los más de 25.000 genes presentes en los cromosomas de los animales superiores, 300 de ellos son claramente de origen bacteriano, es decir: de bacterias que se asociaron con nuestras células. Pero el tema, de por sí sugerente, se hace apasionante (al menos para mí que me entusiasmo con facilidad) si consideramos que la forma en que estos 300 genes bacterianos se acoplaron a nuestros cromosomas fue merced a un “trasplante” por virus, que se introdujeron en las células y fueron capaces, como acostumbran, a modificar la cadena de ADN  de los cromosomas.

La relación del organismo con estos gérmenes no es sólo una relación simbiótica o de colaboración, en la que todos sacamos ventajas, que lo es. Un buen ejemplo sería el de la humilde lombriz de tierra. La lombriz practica la geofagia, ésto es: come tierra. Pero para transformar los compuestos bioquímicos del suelo y aprovecharlos como fuentes de energía, además de las bacterias que ingiere con la tierra tiene en su aparato digestivo una serie de protozoos en colaboración con otras bacterias que le posibilitan la digestión y, a su vez, va a excretar en sus heces compuestos orgánicos ya transformados que, como saben todos los amantes de la jardinería, enriquecen el suelo con nutrientes aprovechables ahora por las plantas.

El hecho es que nuestra vida sería literalmente imposible sin su ayuda y presencia. En nuestro caso, como apuntábamos más arriba, nos ayudan en la digestión de los alimentos, en la producción de ciertas vitaminas o con un antagonismo microbiano: protegiendo frente a la colonización o, más exactamente, a la proliferación incontrolada de microorganismos patógenos. De hecho hay muy pocos parámetros fisiológicos o inmunológicos que no estén profundamente afectados por la naturaleza y presencia de la microbiota normal.

Posiblemente uno de los factores más importante sea la resistencia del organismo hospedador a las infecciones producidas por gérmenes patógenos. Ésta es una de las razones por las que, tras un tratamiento antibiótico prolongado, se producen diarreas u otros transtornos digestivos: los antibióticos han destruído parte de las bacterias “buenas”, hemos perdido parte de sus funciones y se ha producido un desequilibrio en la flora intestinal a favor de las bacterias “malas”.

En la medicina más moderna se ha comprobado la importancia de tener una flora intestinal variada y numerosa. En las patologías donde se ha perdido gran parte de esta flora, se están haciendo tratamientos a base de enemas fecales. Ni más ni menos que introducir en el intestino enfermo un enema o suspensión de heces de individuos sanos, con una abundante flora bacteriana. De esta forma, como si fuera un jardín, se “transplantan” millones de bacterias “buenas” al intestino enfermo, consiguiendo que la flora intestinal alterada se reequilibre y vuelva a funcionar correctamente.

La llegada al intestino de la microbiota

Se sabía que la “colonización” intestinal de los mamíferos recién nacidos se inicia vía materna, a través del calostro ingerido en las primeras venticuatro horas de vida, aunque continúa durante toda la lactancia, ininterrumpida y contínuamente. El neonato, de hecho, nace con el intestino totalmente estéril, sin presencia de bacteria alguna. Pero según recientes investigaciones realizadas en nuestro país, y en concreto por empresas en colaboración con la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense donde me formé, al aportar probióticos microbiota normal a la dieta de la madre gestante (estudiado en mujeres, en ratonas, en vacas y en cerdas), se produce la llamada ruta enteromamaria: del intestino materno emigran vía sanguínea las bacterias “buenas” al tejido mamario, y de ahí directamente por la leche al intestino del recién nacido, con toda la serie de ventajas que acabamos de detallar.

No es el único camino. En un parto natural (sin cesárea) el recorrido del neonato por el estrecho canal vaginal deja al recién nacido totalmente impregnado de las secreciones (y los millones de bacterias) presentes en la vagina, y que van a absorberse en parte por la piel. En los modernos paritorios y aunque el bebé haya nacido de cesárea, le impregnan la piel con gasas empapadas en las secreciones vaginales para no perder este aporte de bacterias “buenas”. Desde nuestra moderna perspectiva “aséptica” parece una cochinada, pero los partos han sido así toda la vida y tiene su justificación. Las madres animales lamen inmediata y concienzudamente a sus crías recién nacidas para limpiarlas y estimular de paso la respiración, pero en esos breves minutos, las bacterias ya han hecho su entrada.

Recuerdo un anuncio de la tele de productos de limpieza hace años, donde se veía un bebé gateando por una cocina limpísima, con los suelos brillantes como un espejo. A todo ésto al niño se le cae el chupete al suelo y la madre, al verlo, se horroriza  viendo, como si tuviese un microscopio en vez de ojos, una horripilante fauna microbiana con el aspecto de una película de amenazadores monstruos… Una cosa es que el niño ande por una cuadra (y tampoco sería para tanto), pero el exceso compulsivo e hipocondríaco de higiene se ha demostrado que no “acostumbra” al niño a formar sus naturales defensas, y acarrea con el tiempo desde tendencia a procesos alérgicos hasta una reducción de su inmunidad. Ni tanto ni tan calvo.

Comiendo  probióticos

¿Dónde podemos encontrar estos probióticos tan buenos?.  Pues en bebidas producto de fermentación como la sidra, el vino y la cerveza, dosis moderadas, por favor, no hace falta emborracharse. Pero sobre todo en alimentos fermentados: el chucrut alemán (procedente de la col) o el kimchi coreano (a base de verduras). Y mucho más fácil de utilizar y localizar para nosotros, en los yogures frescos. Hay otros productos lácteos fermentados, como el kéfir del Cáucaso, el jocoque de Méjico o el labneh de Oriente Medio, pero no están tan fácilmente disponibles.

Hay un producto que, aunque nos recuerde al yogur, no es una leche fermentada con la ayuda de probióticos: la cuajada. Se trata en esencia de leche de oveja sola o mezclada con leche de vaca. El proceso de obtención de la cuajada es similar al de los quesos. Se cuaja o coagula la leche mediante el “cuajo” (presente en el estómago de mamíferos lactantes, en este caso el cordero) o mediante productos ácidos tales como el zumo de limón o el vinagre o, lo que es más cómodo en la economía rural, con extractos de algunas plantas: géneros Cynara (la alcachofa), Sylibum (cardo mariano) y, sobre todo, el Galium, conocido popularmente como el “cuajaleches” (¿por qué será?). Está muy rica pero, pese a su aspecto similar al yogur, la cuajada no nos va a aportar lactobacilos.

Un último apunte: el Sistema Nervioso Entérico

El intestino no es un simple tubo de paso. En el intestino, además de sus microvilli (donde se absorben los nutrientes) y de las glándulas relacionadas con la digestión (hígado, páncreas) existe también un Sistema Nervioso Entérico, extendido a todo lo largo de su trayecto, con su estructura a base de neuronas, de células nerviosas, al igual que en cerebro, la médula o los nervios periféricos. Los neurólogos han constatado que las neuronas entéricas liberan diversos neurotransmisores, tales como acetilcolina, dopamina, norepinefrina y serotonina, entre otros.

El 95% de la serotonina y el 50% de la dopamina, dos de los neurotransmisores más importantes, son segregados en el intestino. Los neurotransmisores regulan estados de ánimo, emociones o estados depresivos. Afectan también al ritmo cardíaco, regulan la secreción de hormonas y al apetito, actúan en los ciclos sueño-vigilia, y además coordinan la hormona del estrés  y la temperatura corporal. Regulan e influyen en tantas cosas que la lista se haría casi infinita: esquizofrenia, transtornos obsesivo-compulsivos, depresión, ansiedad, agresividad, insomnio, fibromialgia, hiperactividad…También se sabe que el intestino, o su microbiota, produce benzodiazepinas, sustancias sintetizadas en laboratorio y que se utilizan como tranquilizantes, registradas bajo nombres que a todos nos suenan: Valium, Librium, Tranxilium, Lorazepán, Diazepán…

Y todo ello, desde el intestino. No me voy a extender más, pero hay numerosos estudios sobre la correlación entre el Sistema Nervioso Central, el intestino y la microbiota. La correcta alimentación y una microbiota equilibrada van mucho más allá de una buena digestión. Las alteraciones y desequilibrios pueden producir algo más que gases y diarreas. Pueden influir en nuestro estado emocional hasta un punto que ahora comenzamos a descubrir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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