La domesticación del gato

Los gatos en Egipto

Las enciclopedias atribuyen al Egipto de los faraones el honor de haber “domesticado” (luego aclararé lo de entre paréntesis) al gato en algún momento entre la VI y la XII dinastías, aproximadamente 2.000 años antes de Cristo. El primer hallazgo achacable, por su anatomía ya definida, al Felis catus como tal, se encontró en un enterramiento en Mostagedda, en el Alto Egipto, en zonas de tumbas donde comenzó el proceso de las primeras momificaciones.

Es conocido por casi todos que en el Antiguo Egipto el gato era un animal sagrado, dedicado a la diosa Bast, o Bastet. De hecho una ciudad entera, Bubastis, estaba dedicada al culto del gato y, con ese fin, miles de peregrinos acudían a la ciudad, celebrándose varias fiestas anuales en su honor. La importancia del gato en una economía agrícola como la egipcia estaba clara: hoy, como ayer, su principal función era la de cazadores de roedores, principal plaga de los cultivos y de los depósitos de cereales.

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Con la llegada de la arqueología Bubastis fué intensamente excavada, hallándose miles de momias de gato. Lo que es menos sabido es que, a partir del año 900 a.C. Bubastis se transformó en una “fábrica” de momias de felinos destinadas a la venta para la multitud de peregrinos que acudían a la ciudad y que se las llevaban como protección para sus casas. A tal fin se criaban allí los gatos, sacrificándose a los 2 o 4 meses de edad por el expeditivo método de romperles el cuello. Hasta tal punto eran abundantes las momias de gato que, en el Siglo XIX, una compañía inglesa embarcó una cantidad equivalente a 17.000 kg. con la idea de pulverizarlas y emplearlas como fertilizantes. Se calcula que podían contener los restos de 180.000 momias, aproximadamente.

Y antes de Egipto: el Felis lybica

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El agriotipo o antepasado salvaje del gato doméstico, del Felis catus como tal, es el gato salvaje norteafricano: el Felis lybica. Hay unas cuantas especies de gatos silvestres en el Viejo Continente, con una distribución que a veces se superpone, de un tamaño similar e incluso con una capa parecida: el gato montés europeo (Felis sylvestris), el norteafricano (Felis lybica), el de patas negras (Felis nigripes), etc. Ocupan todo tipo de biotopos, desde bosques cerrados a zonas esteparias, e incluso el desierto.

A parte de discusiones que no vienen al caso entre biólogos sobre si son especies diferentes, o meras subespecies dentro de la Felis sylvestris, lo  que sí parece claro es que el gato salvaje norteafricano es el verdadero precursor de nuestro gato doméstico, y ello por unas cuantos motivos, siendo el principal su buen carácter, su predisposición o su facilidad para convivir con los seres humanos.

Por una parte, se han hecho varios intentos de domesticar al gato montés europeo, el Felis sylvestris, pero incluso criando camadas desde muy pequeños, manifiestan siempre un carácter sumamente asustadizo, cuando no claramente agresivo. En cambio, del norteafricano (Felis lybica), hay numeroso testimonios de que en las aldeas de los nativos de su zona de distribución (Oriente Medio y África hasta la zona central), tal y como se ha descrito entre los azande del Sudán, los gatos norteafricanos deambulan tranquilamente entre las chozas, siendo respetados por su cualidad de ser unos excelentes cazadores de ratones.No viven “con” ellos, viven “entre” ellos, pero todos salen beneficiados.

Un naturalista británico, cuyo nombre no recuerdo ahora mismo, vivió durante varios meses en una aldea azande haciendo trabajos de campo. Al cabo de pocas semanas el buen hombre estaba desesperado: los ratones habían invadido su choza comiéndose, no sólo su comida, sino sus libros, sus papeles, su ropa, todo. Hasta que los nativos le aconsejaron: Coge un gatito muy pequeño y tenle contigo hasta que se tranquilice. Así lo hizo: el gatito intentó escaparse durante unos días pero se acostumbró enseguida a la compañía del hombre, comenzó a cazar y sus problemas con los ratones desaparecieron de raíz.

Fue cuestión de tiempo que hombres y gatos fueran adaptándose. Anteriormente a los huesos (ya diferenciados anatómicamente) de Felis catus hallados en Mostagedda, se encontraron restos de Felis lybica en unos de los estratos de la ciudad de Jericó, datados en unos 6.000 años antes de Cristo. La duda surge al pensar si pudieron corresponder a “animales de compañía”, adaptados a la convivencia con los humanos, o bien pudieran ser restos de animales cazados y utilizados como alimento, ya que Jericó está dentro de la zona de distribución del Felis lybica en libertad.

El primer “minino” de la historia

La revolución en la datación felina vino de la mano de los descubrimientos efectuados en el año 2004 por Jean-Denis Vigne, arqueólogo del Museo de Historia Natural de Paris, en el yacimiento de Silurokambos, al sur de la isla de Chipre, yacimiento que venía siendo excavado desde 1992, y al que se ha datado con una antigüedad de 9.500 años. Esta isla situada al este del Mediterráneo fue colonizada, hace aproximadamente 10.000 años, por agricultores neolíticos procedentes, al parecer, de la costa de Turquía. Llevaron consigo sus animales de los que, hasta entonces, no había restos arqueológicos en la isla: perros, vacas, cabras y cerdos. Y, como se comprobó en el 2004, gatos o, al menos, un gato.

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Se encontró un enterramiento de un hombre joven, unos treinta años aproximadamente, posiblemente perteneciente a una casta superior,acompañado de hachas pulidas de piedra, herramientas de silex y conchas marinas y, a su lado, cuidadosamente enterrado a cuarenta centímetros, el esqueleto de un Felis lybica intacto, de ocho meses de edad, como se observa en el recuadro de la parte inferior.

El hallazgo en cuestión evidencia muchas cosas: en primer lugar, en Chipre no hay restos anteriores ni de Felis lybica ni del Felis sylvestris, el gato montés europeo. Luego aquel gatito había sido llevado a Chipre intencionadamente en los barcos de los pobladores neolíticos, o quizá había nacido allí, hijo de una gata anterior, igualmente “importada”. En segundo lugar, los restos del gato están intactos: no hay sospecha -como en los de Jericó- que pudiese haber servido de alimento. Y, en tercer lugar, su posición tan cercana al esqueleto del hombre, sugiere que era un animal con cierto componente afectivo, incluso que pudo haber sido sacrificado para hacer compañía a su dueño en el más allá. El primer minino de la historia.

 

 

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