Mauritania: entre ciudades perdidas y AlQaeda

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Al narrarme mi amigo Pablo su “misión” partiendo de Ualata, me vino a la memoria el viaje, de muy diferente cariz, que realicé en las navidades del 2007 recorriendo el sur de Mauritania hasta llegar a la antigua ciudad caravanera. Aquel viaje tuvo sus componentes de aventura, unido a los pequeños contratiempos e incomodidades que todo viaje por el desierto implica, pero con la seguridad de hacer el recorrido en Toyotas y no en camello, y sobre todo contar con nuestros guías mauritanos, nuestros “ángeles guardianes”, nada que ver con el periplo que hizo Pablo treinta y cuatro años antes. Fue la continuación del que habíamos disfrutado el año anterior por el norte del país. La misma agencia, aunque esta vez el dueño cometió el error de llevar a su mujer, un tanto neurótica por decirlo de forma suave, que nos amargó parte del viaje y por la que cortamos la relación con ellos. El mismo grupo con pequeñas variantes, y los mismos guías y conductores, de los que habría que destacar a los dos mauritanos: Ely y Bashir.

Ely, hombre de gran presencia y humanidad. Descendiente de la tribu Beni Hassan, de origen yemení. Los conquistadores de Tunez y el Magreb junto a los Banu Hilal y los Banu Suleyman, dominadores a partir del Siglo XV del Sahara Occidental y Mauritania, que impusieron su lengua en la zona, lo que explica que hoy día en ese territorio se hable el hassanía, una variante del árabe en vez del bereber. El hecho de ser un Beni Hassan  confería a Ely un nivel casi (y sin el casi) aristocrático por encima del resto de la población bereber. Su forma de caminar y de hablar, tranquila, pausada, hasta principesca podríamos decir, ya manifestaba cierta diferencia con el resto.

Bashir es otra cosa. Mauritano del norte lo que equivale a decir saharaui (son las mismas etnias y están emparentados). Descendiente directo de los bereberes Lamtuna, rama de los Sanhaya, los mismos a los que en el Siglo X se les conoció como los Almorávides (al morabitum = los del “convento”, literalmente del árabe el que se ata, sinónimo de el que está listo para la batalla), aunque más conocidos en sus comienzos como Al-Mulatamum = los enturbantados, por su costumbre nómada de cubrirse la cara, que se acabó implantando  como norma exclusiva y reservada sólo para ellos. Austeros como buenos saharianos, su alimentación se basaba en dátiles y leche de cabra, y algún cabrito para las ocasiones especiales. Cuando entraron en España una de las cosas que más les escandalizaron entre las costumbres “degeneradas” (para ellos) de los habitantes musulmanes de Al Andalus, fue su alimentación, abundante, rica y variada.

Duros y muy combativos, expandieron sus dominios por el sur hasta Senegal y por el norte hasta España. Su territorio original era el norte de Mauritania y el antiguo Sahara Español, moviéndose con sus rebaños de cabras y camellos por sus zonas naturales de pastos. El “convento” que les dio nombre se situó, según algunos investigadores, en una islita del Banc D’Arguin, en la costa norte mauritana, aunque otros la sitúan con más seguridad al interior, cerca de Attar, en su zona de origen, el Adrar Tmar, la “Montaña de los dátiles”.

Durante cerca de un siglo controlaron el África Occidental, lo que les llevó en su camino hasta Senegal a la aniquilación de la rica ciudad de Kumbi Saleh, en el sur de la actual Mauritania, cerca de la frontera de Mali. Capital del imperio de Ghana (nada que ver con el actual país del Golfo de Guinea del mismo nombre), que llegó a tener 30.000 habitantes, repartidos en dos distritos: el de los bereberes sanhaya con doce mezquitas, y el de los negros Ghana, con el palacio real.

Tras la destrucción de Kumbi Saleh  se hicieron los dueños del comercio de la sal y del oro por la ruta más occidental, la que desde el sur y partiendo de Walata, Tishit y Wadan subía hacia el norte por Iyil, llegando a Zagora  (al sur del río Draa) y Marrakesh,  o a Siyilmasa, la gran puerta caravanera  cuyas ruinas aún se pueden ver cerca de Rissani, al extremo sur del rico palmeral del Tafilalet, a orillas del Ued Ziz.

La expansión de los almorávides hacia el norte tuvo su detonante en un cambio climático.  Se ha mantenido, y es cierto, que su líder espiritual, Abdalah  Ibn Yasin, a la vuelta del peregrinaje a La Meca, vino imbuído de un fuerte espíritu evangelizador. Ayudado por Yahía Ben Omar, jefe militar, unificaron a los bereberes lamtuna y sanhaya para conquistar nuevos territorios. Pero la necesidad de pastos para sus rebaños fue el pistoletazo de salida.

Hacia el Siglo X una sequía desertificó aún más la zona tradicional de los pastizales de la Saquía Al Hamra (el norte del antiguo Sahara Español) y del Adrar Tmar (al norte de Mauritania), lo que obligó a aquel pueblo de pastores a emigrar hacia el norte buscando el sustento para sus rebaños de ovejas y cabras, de los que dependía su supervivencia. Llegando a la frontera natural del Ued Draa, límite con los dominios del sultán de Marruecos, pidieron permiso para cruzar y buscar nuevos pastos, a lo que el sultán se negó.

Al principio acataron la prohibición del sultán, pero según la situación se iba haciendo cada vez más desesperada, acabaron por atravesarlo y a entablar enfrentamientos con los soldados marroquíes, a los que derrotaron en la batalla junto al Ued Draa, pese a sufrir grandes pérdidas. A partir de ahí y mientras una parte de los almorávides avanzaba hacia el sur, la otra parte fue conquistando el territorio marroquí, y de esta forma tan elemental comenzó la expansión del imperio almorávide.El fuerte integrismo religioso de sus líderes les añadió los pocos motivos que le faltaban para irse imponiendo a la población, la excusa perfecta.

Podías imaginarte sin ningún esfuerzo a Bashir, descendiente directo de los lamtunas y sanhayas, como uno de aquellos guerreros almorávides. Muy alto y fuerte, resolutivo, decidido… Pícaro y con un gran sentido de humor, siempre diciéndole piropos a las chicas… lo que les encantaba, dicho sea de paso… Se había casado (y separado) al menos dos veces, que nos dijera, pero romántico impenitente, quería repetirlo más veces… Tremenda cara de asesino pero con una enorme humanidad. Mientras que a Ely le veíamos como un padre, a Bashir le sentíamos como a un hermano.

Las agencias se los disputaban: habían paseado por Mauritania a franceses, alemanes, japoneses, coreanos… pero reconocían que con nosotros se lo pasaban muy bien. No es por chovinismo pero debe ser verdad: el preferir llevar grupos de españoles me lo han dicho, creo que sinceramente, desde egipcios que llevan buceadores por el Mar Rojo, a los tuareg del sur de Argelia. Debe ser por la sangre mora que llevamos en las venas, pero yo también me siento a gusto con ellos. Si uno es capaz de abandonar los prejuicios se librará de muchos miedos, y disfrutará más la vida.

Bashir y Ely habían sido combatientes del Frente Polisario contra Marruecos durante al menos 11 años. Tras la cesión del gobierno franquista del antiguo Sahara Español a Marruecos y la entrada de miles de marroquíes con la Marcha Verde, lo que hasta entonces había sido una prudente resistencia contra España, se transformó en una ofensiva en toda regla. Adiestrados en campos de entrenamiento en Libia bajo la bendición de Muamar El Gadafi, los polisarios, Ely y Bachir entre ellos, aprendieron a conducir los todoterrenos,el manejo de armas modernas y el uso destructivo de la artillería.

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                                                                Bashir, Ely y Manolo

En los largos momentos del té, recostados en la arena y viéndoles con toda la calma del mundo escanciar una y otra vez la verde infusión, cada vez más espumosa a los vasos, Bashir (Ely era menos locuaz, sólo apostillaba de vez en cuando) nos contaba cómo se acercaban, de noche y sin las luces de los LandRover encendidas para no delatarse, a los campamentos marroquíes: Comenzábamos a ametrallarles y lanzarles morteros durante unos minutos y, para cuando se empezaban a dar cuenta, ¡se agitaban como hormigas en un hormiguero! (Bashir se reía a mandíbula batiente), nos habíamos largado hacía rato…

Si los habitantes del desierto sobreviven gracias a su prodigioso instinto de orientación, era fácil entender cómo afinaron ese instinto por la noche e, insisto, sin luces. Nos asombraba comprobar cómo, en algunas de las jornadas del viaje, en zonas del desierto llanas, sin pistas y sin ninguna referencia, Bashir conducía mientras Ely, en silencio, iba apuntando con su dedo cual “GPS digital” la dirección a seguir. Y no fallaba: al cabo de cuatro o cinco horas llegábamos a la aldeíta cuyo nombre era un punto perdido en la inmensidad del mapa.

Mauritania se define oficialmente como República Islámica de Mauritania. Actualmente, o por lo menos lo que yo ví, eran bastante relajados en cuanto a la religión. Pero me contaron amigos africanistas que hace diez o doce años, a la llamada de la oración de los al-muezines desde los minaretes de las mezquitas, todo el mundo por la calle se paraba y se postraba para seguir los rezos. Actualmente hasta las mujeres, aún con su velo, hablan contigo sin ningún problema pero en Nuadibu, en que tuvimos que hablar con un responsable del puerto, a los hombres nos saludó y nos dio la mano mientras que a las mujeres del grupo, sencillamente, las ignoró, para escándalo de ellas….

En Nuadibu Ely nos presentó a Hamedu, un Beni Hassan como Ely, de noble origen por tanto. Educado en París, y presidente de la Media Luna Roja, versión musulmana de la Cruz Roja europea. Hamedu nos contó que estaba intentando resolver el problema de la emigración a Canarias a bordo de los cayucos. Cientos o miles de africanos procedentes de tierra adentro, de Mali, de Niger, de Burkina y de otros países y con la ayuda económica de sus familias intentaban llegar a Europa como fuese, porque aunque el viaje implicaba grandes peligros, el llegar a Europa suponía mejorar su paupérrima situación, para ellos y para sus familias, destinatarias del dinero que pudiesen mandar.

Hamedu calculaba que por cada africano que conseguía llegar a Canarias, posiblemente diez morían por el camino, la mayoría ahogados en el Atlántico. Partían en cayucos viejos, con el gasoil justo para la travesía y a veces un GPS o una brújula. Sorprendidos por las tormentas, con los motores averiados, con el gasoil agotado, sin apenas agua, quedaban vagando en el océano muriendo de sed o de hambre o quemados por el sol porque los negros, nos aclaró, también se insolan.

Para conjurar todos estos males los marabuts, los brujos de las aldeas, les vendían pócimas con las que, según ellos, no les quemaría el sol, no pasarían sed o, en el colmo de la imaginación, les volvería invisibles para la policía… Hamedu estaba intentando “convencer” (sobornar, más bien) a esos marabuts para que les engañasen lo mínimo. Nos contó que un día, en un centro de refugiados africanos un chaval le saludó a voces. Había intentado la travesía más de ocho veces: habían volcado, se habían quedado a la deriva, había visto morir a la mayoría -o a todos- sus compañeros…pero había sobrevivido, y ahí estaba él, para intentarlo de nuevo…

Como anécdota más alegre nos contó que a su vuelta de París, veía en el puerto de Nuadibu como los pescadores tiraban a la calle a las langostas que se habían quedado enganchadas a sus redes, con las que jugaban los niños. Y como él cogió algunas para comérselas, los pescadores comenzaron a regalárselas, hubo día que se juntó con más de veinte…con el tiempo los pescadores aprendieron que aquellos “bichos” también se podían vender…

En el primer viaje, cuando tuvimos el placer de conocer a semejante par, recorrimos parte del norte de Mauritania, país con una extensión similar al doble de la de España. Desde Nuadibu, y a través del Adrar Tmar (la Montaña de los Dátiles) llegamos hasta Chinguetti, una de las antiguas ciudades caravaneras, y ciudad santa para los mauritanos. Aquí se iban juntando los peregrinos, dispuestos a ir -caminando- hasta La Meca. Un viaje arriesgado que suponía muchos meses y que algunos no resistían. Aquellos que regresaban eran muy respetados, anteponían a su nombre el apelativo de Hayiy solían ser consultados por los vecinos, cual jueces, en casos de conflictos. Hoy día los peregrinos van a La Meca en avión, con su ropa blanca como siempre ha sido y como corresponde, pero hasta entonces era toda una heroicidad.

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Celebramos la Nochevieja en el oasis de Terjit, un cañón en medio del desierto lleno de verdor, con las paredes tapizadas de culantrillos y piscinitas con aguas termales donde, por supuesto, nos bañamos.Una amiga del grupo había traído gorritos navideños, antifaces, trompetas y matasuegras, y había que vernos a todos, incluyendo los mauritanos, tirando confetis hacia lo alto y haciendo todo el ruido que podíamos con las trompetas, ataviados como para una fiesta en el Gran Casino de Montecarlo. Afortunadamente hay fotos que demuestran que aquello no fue una pesadilla. Bashir, muerto de risa como siempre, le decía a Ely: ¡Si tu madre ve ésto creerá que estás con  el demonio!…

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Hubo mucho más: vimos el tren más largo del mundo, donde se transporta el mineral de hierro de las minas de Zuerat hasta el puerto de Nuadibu. Casi 2km de tren, más de 170 vagones, nunca puedes ver al tiempo el comienzo y el final. Con las pistas de arena para los coches cerca de la vía y, cada pocos kilómetros, carteles avisando de la presencia de minas. Bordeábamos todo el tiempo la frontera mauritano/marroquí, donde hubo muchos combates con el Frente Polisario y muchas zonas estaban todavía minadas.

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Vimos el cementerio de barcos con una desolación fantasmal, algunos dentro del mar, otros encallados en la playa, oxidándose al sol, junto a Cabo Blanco.Enormes cadáveres de metal abandonados allí porque, al parecer, desguazarlos en cualquier puerto les costaba mucho dinero a los armadores y preferían embarrancarlos y olvidarse de ellos.

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También en Cabo Blanco y cerca del cementerio marino, desde los acantilados vimos jugar a las enormes focas monje, extintas en el Mediterráneo. Flotaban relajadas entre el oleaje en las rompientes de las rocas, mirándonos tan tranquilas, disfrutando su momento. Y recorrimos el Banc d’Arguin, aprovechando la marea baja para rodar con los coches, en el margen de dos o tres metros que quedaba entre la arena blanda por demasiado húmeda y las dunas, siempre bajo la mirada experta de Ely. Algún esqueleto de ballena o de delfín, y conchas de tortugas blanqueadas sobre la arena. Actualmente han construido una pista por el interior, pero hasta hace poco era el único camino para desplazarse entre Nuadibu y Nuakchot.

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En el Banc d’Arguin tuvimos la ocasión de darnos una vueltecita en el barquito de vela latina de un pescador local, los conocidos como imraguen (del árabe: los que recolectan vida). Hace años eran descritos como una etnia de pescadores negros que eran ayudados por los delfines. Aunque hay algunos wolof la mayoría eran mauros. Muy morenitos, pero bereberes. El Banc d’Arguin es una amplia bahía con muy poco calado. La técnica de pesca descrita de los imraguen era meterse andando en el mar, de dos en dos y extendiendo sus redes. Golpeaban con palos el agua a cuya llamada acudían los delfines que iban empujando los peces (lisas o mújoles) hacia las redes. Pregunté allí pero al parecer ya no se practica ese tipo de pesca tan peculiar.

Salimos en el barquito. El patrón sólo hablaba hassanía, la variante árabe que se habla en el Sahara ex-español y en Mauritania. De francés, ni una palabra. Dimos un rodeo por la bahía rozando unas islitas donde crían abundantes pelícanos. Durante el recorrido fue sacando varios peces a base de anzuelo y en un perolo y con arroz, y con el hornillo de carbón nos preparó un plato sencillamente delicioso. Como aclaración, y como es costumbre en África, no llevaba cucharas en el barco, debido a lo cual comimos a la usanza árabe: con la mano. Que conste que no nos importó en absoluto, bien rico que estaba, pero fuimos objeto de la atención (y objetivo de las cámaras) de otro barco con un grupo de franceses que se nos acercó, sumamente regocijados de ver unos “blancos” comiendo como salvajes…allá ellos.

Como no nos podíamos entender con el patrón (Ely y Bashir se habían quedado descansando en tierra) y él no tenía manera de saber lo que queríamos, el paseo se prolongó con la consecuencia de que, al bajar la marea el barco comenzó a rozar en la arena de los bajíos. El patrón tenía cara de estar seriamente preocupado, se ve que buscaba canales entre la arena para volver a puerto, pero dando muchos rodeos. Cayó la noche y las luces de la aldea se veían lejos.

El barco encalló. Ningún problema: me tiré yo el primero al agua y detrás de mí tres o cuatro más, y entre el peso que aliviamos al barco y los empujoncitos, fuimos dirigiendo poco a poco al barco hasta la costa. No cubría, el agua nos llegaba tan sólo por el pecho, pero metidos dentro del agua bromeábamos: ya nos había tocado empujar los Toyotas cuando se atascaban en la arena, y ahora nos toca empujar hasta el barco…atascado en la arena… Llegamos por fin a la orilla. Ely estaba alarmado por nuestra seguridad, pero para nosotros sólo fue una anécdota divertida más del viaje. Se había hecho de noche y no había luz para las fotos, pero hubiera estado gracioso vernos en la popa y dentro del mar empujando…

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En el segundo viaje, navidades del 2007, con destino Ualata, partimos esta vez de la capital, de Nuakchot. Desde aquí nace la carretera conocida como la Route de l’Espoir, la Ruta de la Esperanza… ¿suena bien, no?… Pero aunque atraviesa Mauritania de Oeste a Este, desde Nuakchot hasta Nema, más de 700 km, el asfalto ha desaparecido en su mayor parte. Además hay bastantes tramos donde la arena la invade o incluso llega a cubrirla, y hay que hacer pequeños rodeos para esquivar la duna de turno. El tráfico es reducidísimo: alguna camioneta muy de vez en cuando. Pero, eso sí: los burritos, las vacas o los camellos se atravesaban con harta facilidad.

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Más o menos a la altura de Aleg, a unos 260 km de la partida, tuvimos la primera sorpresa. Nos había adelantado un Mercedes con dos tipos delante y otro detrás, muy despacito, mirándonos mucho… lo consideramos normal, ¡éramos blancos, turistas, y por allí tampoco hay muchos!. Pero diez minutos más adelante encontramos un espectáculo sangriento: en una camioneta estacionada al lado del camino el conductor yacía, muerto, apoyado en el volante. A su lado, el copiloto, caído a un lado. Y en el suelo, al lado del coche, otro cadáver tapado con una estera. Los tres, de aspecto europeo.

Paramos los coches y nuestros guías se bajaron para preguntar a los del corro que se había formado allí. Volvió Ely, muy serio.- ¿Qué ha pasado, Ely?. –Un accidente, vámonos. Y seguimos. Lógicamente, estábamos muy intrigados. ¿Un accidente, en aquella carretera sin tráfico, con el coche apartado a un lado y sin signos de golpes?… Cuando nos desviamos de la Route de l’Espoir  dirección Tidjikja nos cruzamos ya un par de controles militares. Y allí nos enteramos que unos “bandidos” o, lo que era más seguro, un comando de Al Qaeda, los ocupantes del Mercedes, habían tiroteado a una familia de franceses que había parado un momento.

Mientras nos adelantaban a nosotros debieron considerar que un convoy de tres Toyotas, y además con conductores mauritanos (¡y con la cara de asesino de Bashir!) no era una presa fácil. Y siguieron hasta toparse con los desgraciados franceses. Desde aquel día puedo presumir que Al Qaeda me ha mirado a la cara y ha pasado de mí.

Más adelante nos fuimos enterando que habían asaltado un pequeño puesto militar en el desierto y se habían hecho con las armas y otro vehículo. Ya de vuelta en Nuakchot nos informaron que el comando se había dirigido hacia el sur cruzando la frontera con Mali, pero en aquel momento saber que estábamos nosotros y los del comando dando vueltas en pleno desierto no dejó, como es lógico, de producirnos cierta inquietud.

El hecho de tener a Bashir de nuestra parte nos tranquilizaba bastante. Bromeábamos a menudo con la idea de que, en caso de apuros, bajo la túnica podía aparecer en cualquier momento su querido kalash, del que tanto nos hablaba y que, tras la guerra contra Marruecos, como tantos ex combatientes polisarios, guardaba en casa, por si un día volviese a ser necesario… ese Kalashnikov con el gatillo desgastado de tanto abrir fuego…

La consecuencia del atentado fue que, los de la organización del Rally Paris-Dakar, hartos de amenazas y de bandidaje, que habían tenido que modificar el trayecto varias veces desde sus inicios, decidieron aquel mismo año y con carácter de urgencia trasladarlo a Sudamérica, como así fue. Faltaba una semana escasa para el comienzo, y para un país tan pobre como Mauritania, el Dakar suponía casi el 20% de su P.I.B. Alojamientos, cobertura, toda la logística no sólo para los equipos competidores sino, como vimos al volver a Nuakchot, los cientos o miles de seguidores que abarrotaban los establecimientos. Casi todo el mundo tenía algún “negociete” preparado: retretes y duchas portátiles, suministro de comida, albergues… Todo se les fue a la mierda por aquellos exaltados.

El resto del viaje fue un descubrimiento detrás de otro. En la guelta de Matmata, pudimos ver los cocodrilos del desierto. Según nos enteramos en Mauritania hay alguna otra población pero tuvimos la suerte de ver aquella. Una población que quedó aislada cuando el Sahara se desertificó, y que sobrevive a más de 300 km en línea recta del río Senegal. Afortunadamente para los cocodrilos los nativos del desierto mauritano son muy supersticiosos. Los pocos que quedaron en gueltas de Mali o del macizo del Hoggar, en Argelia, fueron cazados en la segunda mitad del siglo pasado. Los mauritanos los respetan y no los cazan al pensar que, si desapareciesen, desaparecerán también las gueltas quedándose sin agua para sus rebaños. Un poco como pasa con los ingleses y los monos de Gibraltar, pero en el desierto.

En el desierto llaman guelta a cualquier masa de agua, desde pequeñas pozas entre rocas hasta lagos, protegidos entre montañas. Las gueltas son puntos preciosos de abastecimiento en medio de toda aquella aridez, y los nativos abrevan sus rebaños y rellenan allí sus guerbas, versión del desierto de nuestras típicas botas de vino. La diferencia es que en el Sahara son pieles de cabra de una pieza, con los extremos (las cuatro patas y el cuello) cosidos. Igual que en las botas de vino, el secreto de su frescor es la transpiración a través del cuero… y puedo dar fe de que sí, de que el agua se mantiene bien fresquita.

La guelta de Matmata, en la zona montañosa del Tagant, es un cañón donde la laguna encajonada,de una extensión aproximada a la de un campo de fútbol, cercada de altos paredones  de piedra excepto por su “desembocadura” permanece con agua casi todo el año, y donde los cocodrilos pueden vivir en sus aguas turbias. En las épocas más áridas, cuando el agua desaparece, se meten en cuevas y aguantan incluso meses, hasta que las lluvias vuelven a rellenar de agua la guelta. Fue impresionante verles desde lo alto de las paredes del cortado tomando el sol en la orilla. Cuando bajamos a la ribera (con un palito y sin acercarnos mucho a las aguas fangosas, en aquel momento nos daban más miedo los cocodrilos que los de AlQaeda) ver las huellas de las patazas y el surco de la cola producía, como poco, escalofríos.DSCN0701

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Desde Tidjikjia fuimos rodeando el Dar, la cresta rocosa que rodeaba lo que hasta hace cuatro mil años era un enorme lago de 400km de diámetro, el lago Awker, y que ahora es una llanura árida del mismo nombre. Vimos varios asentamientos neolíticos, ciudades extensas con muros de piedra delimitando casas y corrales donde, hace miles de años, vivió una población numerosa con sus ganados, plagados de restos líticos. Molinos de piedra por todos lados. No había ni que buscar, bastaba con agacharse y, a tu alrededor, sólo con estirar el brazo, cogías puntas de flecha, de lanza, raspadores, los mazos de los molinos, trozos y más trozos de cerámica decorada…

Al contrario del aeropuerto de Argel, donde te decomisan -literalmente- hasta la arena del desierto que algunos se llevan de recuerdo (¡será por si se les acaba!), en Mauritania todavía ni te miraban la maleta y podías llevarte souvenirs neolíticos de todo tipo y tamaño. El límite, era el peso que pudieses cargar. En una de nuestras paradas en pleno desierto aparecieron corriendo varios niños. En el desierto hay poca gente, pero de desierto nada. Y de muy lejos distingues la polvareda de los coches, las manchas blancas de las cabras o las negras de las jaimas. Le regalamos a los niños caramelos, lápices y cuadernitos, y tal como aparecieron, desaparecieron corriendo, tan contentos. A los diez minutos apareció el padre, con su dignidad de nómada y superagradecido. Traía un gran cuenco con leche de camella del que bebimos todos. Y como regalo, unas puntas de flecha, de sílex, que fue dándonos a todos, uno por uno, haciendo un pequeño gesto y diciendo: Une flèche…une flèche…une flèche… 

A los pocos días y ya en el Dar, en lo que fue orilla del antiguo lago de Awker -sin ninguna población a varios días en Toyota-, otro niño me intercambió por no sé qué tonterías dos “cositas” de las que deben encontrarse por allí a cientos pero que en cualquier museo europeo figurarían en vitrina destacada: una pulsera de piedra y un pequeño perolo de barro con tiznes de haber estado en contacto con fuego. Ambos, intactos. Para dejarme claro que servía para comer el niño lo apoyó en una mano mientras con los dedos de la otra hacía gestos de picotear. No fue el único: en pleno desierto, muy lejos por tanto de ciudades y de “picardías urbanas”, otro niño me intercambió una brida de camello, confeccionada con tiras trenzadas y teñidas de piel de cabra…lo que ya no pude saber si se trataba de la brida del camello de su padre y, en ese caso, si el pobre hombre se tiró varios días buscándola…

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Según los arqueólogos la orilla del lago fue la zona con más densidad de población de toda África en aquellos tiempos, proporcionando caza y pesca en abundancia, y facilitando los cultivos y la ganadería. La población original era de negros soninke, aunque ya en tiempos históricos, con la expansión del Islam y la introducción del camello, fueron siendo desplazados por los bereberes del norte .Visitamos Tishit, decrépita y comida por las arenas.

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De Tishit se cuenta otra historia típica de las gentes del desierto, de las que ilustran la defensa del honor y las rencillas que pueden perpetuarse de generación en generación. La población de Tishit se reparte, ex-esclavos haratin aparte (ésos son negros y no se les tiene en cuenta), entre dos grandes etnias: los de origen árabe kunta (Al Kanata, del linaje Beni Hassan), y los bereberes zanata. Conviven, cada cual en sus barriadas aparte, pero por supuesto no se mezclan ni jamás se les ocurrirá casarse entre ellos. Aunque los kunta tienen su “capital”, por llamarlo de alguna manera, en Uadan, se reparten por muchas ciudades de Mauritania, al igual que los zanata. 

Un día que un zanata según unos, un kunta según otros, abrevaba sus camellos en un pozo una camella sedienta, propiedad de la otra etnia, se acercó a beber del cubo donde bebían los “suyos”. De forma expeditiva, el dueño de los camellos alejó a la pobre camella intrusa de forma expeditiva, a base de zurriagazos con la fusta…¡y para qué queremos más!… La etnia ofendida por el castigo a su camella desenfundó sus afiladas gumias y comenzaron los ajustes de cuentas, que se extendieron por toda Mauritania durante casi cien años hasta que los ulemas, los jueces islámicos, pudieron hallar una solución al conflicto, siempre a base de compensaciones materiales…en el desierto con el honor no se juega.

Las antiguas ciudades caravaneras (Chinguetti, Uadán, Tishit, Ualata) construían sus casas y mezquitas con la técnica de la “piedra seca”, es decir: sin cementación ni argamasa, unas sobre otras. La más al norte de todas, Uadan, y por tanto la más castigada por las incursiones de los nómadas, estaba amurallada y con dos puertas vigiladas por gente armada permanentemente. Cuando los vigías veían acercarse a los bandidos un esclavo hacía sonar el rezzam, el gran tambor, avisando a los hombres para la batalla. El remate de las murallas, hechas también en piedra seca, formaba una especie de repisa hacia fuera, lo que conducía a que, ante las frecuentes incursiones de los bereberes lamtuna, o de los árabes hassan (que llegó a convertirse por extensión a todos los bandidos como sinónimo, un tanto peyorativo, de “los del fusil”), cuando intentaban trepar la muralla se les desmoronaba y les caía encima.

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Las crónicas de estas ciudades registran ataques constantes. Venían de muy lejos en sus razzias, a lomos de sus camellos, cruzando a veces hasta 1.500km de desierto, procedentes de la Saquía Al Hamra o Tinduf, hasta la lejana (y rica) Ualata. Guerreros jóvenes sin ganado y sin propiedades que buscaban su fortuna asaltando las prósperas ciudades caravaneras. Acampaban durante días en los palmerales de los oasis dedicados al pillaje, al robo de ganado, secuestrando esclavas que salían a buscar agua a los pozos, o robando a los incautos, obligados a salir por cualquier causa.Los habitantes de la ciudad atrancaban sus puertas, pero no siempre era garantía para evitar los robos. El tener aquellos bandidos acampados a la sombra de las palmeras paralizaba cualquier  actividad de la ciudad, razón por la que los habitantes llegaban a un acuerdo para pagarles y que se marchasen a otro lado.

El hecho de que Ualata fuese la más alejada no la libraba de las incursiones. La fama de su riqueza atraía a los ladrones. Cansados del bandidaje, llegaron a talar el palmeral para que no encontrasen refugio. Pese a talar el oasis y desesperados, a finales del Siglo XIX  y comienzos del 1900, se asociaron o contrataron a otros nómadas, que se establecieron cerca de la ciudad y les ayudaron a repeler varias agresiones. Hace tiempo que ya no circulan las caravanas de cientos de camellos que transportaban oro, sal y esclavos. Pero a muy pequeña escala te encuentras pequeñas caravanas que siguen yendo, de aldea en aldea, comerciando con lo necesario para ellos: arroz, mijo, velas, telas, aperos…

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O los cada vez más escasos nómadas, que se mueven de un lado a otro, moviendo sus familias y su pequeño campamento, a lomos de sus camellos.

Ualata, como Timbuktú, vive de sus recuerdos, de cuando eran ricas ciudades dedicadas al intercambio en la época de las caravanas. En el ambiente y en las gentes queda un rastro de grandeza, aunque ya no comercian, ya no hay maestros ni escuelas coránicas de las muchas que acogió. Como en cualquier población del mundo venida a menos, se palpa un clasismo exagerado y trasnochado. Hoy en día Ualata es famosa por la decoración de sus casas de la que hablaré más adelante, pero como ejemplo del complejo de superioridad de los herederos de los antiguamente ricos comerciantes, contaban allí que una mujer de la casta superior rechazó el trabajo de una haratin, descendiente de esclavos y la mejor decoradora del momento, indigna de poner sus sucias manos en tan digna vivienda…

Otro ejemplo más antiguo: cuentan los actuales walatís con bastante sorna que, hace años y enfrentados los ricos comerciantes, al parecer por una ofensa a su jefe, iban a enfrentarse en una batalla campal a la casta de los nemadis, cazadores seminómadas bastante rústicos (lo que ya es decir mucho en el desierto), moradores de una barriada aparte en las afueras de Ualata. Pero al contemplar desde lo alto de la duna que habían escogido como campo de batalla a los nemadis, y considerar los comerciantes que podían ensuciarse sus babuchas de seda y sus ricos vestidos bordados al menor roce con aquellos bárbaros, dejaron la pelea para mejor momento y a los desharrapados nemadis allí plantados…

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Los descendientes de los árabes comerciantes atesoran y enseñan con orgullo sus valiosos manuscritos y desprecian, cual patricios romanos, el trabajo manual, que para éso ya están los haratin. Hoy día y con la ayuda de ONG europeas, como la catalana Món-3, han embalsado el arroyo, donde abrevan los camellos y los burritos, y con cuya agua han recuperado el oasis cultivando frutales, hortalizas, y las benefactoras palmeras cuyos dátiles recogen y a cuya sombra se protegen las plantas más delicadas.

Asociamos la imagen de la palmera con el desierto, pero en tiempos históricos aún no existían allí. El cultivo de las palmeras comenzó con la expansión del Islam. Hay un poema, atribuido al primer califa Omeya de Córdoba, Abderramán I El Emigrado , nacido en Siria y huído de Damasco ante la persecución de la nueva dinastía de los Abassíes que, al ver una joven palmera posiblemente brotada de un dátil caído al suelo, ya en suelo español exclamó: Tu también eres, ¡oh, palma!, en este suelo extranjera…

Originarias de Oriente Medio se adaptaron bien en África del Norte, no sólo en las zonas más propicias de los oasis, sino incluso en el desierto más desolado. Su fruto: el dátil, constituía una fuente de alimentación, pero además uno de los objeto de comercio más apreciado, muy demandado por los negros de Bilat Al Sudan, al sur. Los tuareg, por cierto, presumen de forma un tanto presuntuosa que a un targui le basta para alimentarse tres días con un solo dátil: el primer día con la piel, el segundo con la carne, y el tercero con el hueso…

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Para su conservación y transporte se desecan al sol, al estilo de nuestras uvas pasas. Tengo en casa, en un cuenco de madera de acacia mauritana, cerca de un kilogramo de dátiles secos, comprados en el mercado de Nuadibu  en el 2006, y siguen estando igual de deliciosos.Nos contaban los mauritanos que, en la época de recolección, la geytna, entre Julio y Agosto, la población de las dos grandes ciudades, Nuakchot y Nuadibu, se desplazan en masa a las zonas del interior, donde más se cultivan y en las que viven en chozas temporalmente entre los palmerales durante esas semanas.

No en vano llaman Adrar el Tmar = La Montaña de los Dátiles, a la zona con más palmerales. En Enero fecundan las flores de las palmeras hembra (nayla) con los ramos de flores de las palmeras macho (emasin). Bastan las flores de un emasin para fecundar cien nayla, en lo que se llama el eyenker.  Los dátiles son todo un mundo. Reconocen unos 26 tipos de dátiles distintos según su calidad: desde los de “lujo”, los sikani, a los malos, los tay, destinados a los animales y los esclavos, pasando por los la’ale o los leilat, más conocidos y comercializados como deglet en Marruecos .

Los haratin, descendientes de los antiguos esclavos o de los negros soninke, que fundaron la antigua Biru, lo que después se llamó Ualata, siguen encargándose de los trabajos más duros. En el cultivo de los oasis, aunque la propiedad de las palmeras esté en manos de la casta superior, son los siervos los que las cultivan, entregando la mitad de la cosecha de dátiles a sus amos. Pero siempre hay un escalón aún más bajo todavía que el de los siervos. En Ualata los más primitivos de todos son los despreciados cazadores nemadis, que cazan gacelas ayudados por sus perros, y que viven literalmente apartados de todos, en un poblado de la ladera, al otro lado del palmeral.

Mauritania fue de los últimos países en abolir, institucionalmente al menos, la esclavitud al declararse independiente en el año 1960. Pero algo quedaría porque vuelve a abolir de nuevo  oficialmente la esclavitud, en 1981. En el 2006 seguía presente y de hecho se penaliza ya en el 2007. La población de “moros negros” como les llaman es casi el 60% de la población, en un estado si no de clara esclavitud (los abid) sí de servidumbre.

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Los ulemas o predicadores islámicos reconocen la legitimidad de la esclavitud, tal y como se reconoce en la ley islámica, la Sharia. La revista Jeune Afrique dedicó varios artículos en 1980 sobre la pervivencia de la esclavitud. En 1983 un periodista del diario mauritano Le Courrier International, citando irónicamente a sus interlocutores mauritanos sobre este mismo tema, decía que, “quizá lo que se debería hacer era volver a abolir la esclavitud”…

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La esclavitud es un estado transmitido por la madre a todos sus descendientes, salvo que el marido la compre y “libere su vientre”, según la fórmula usada. En las ciudades quizá se nota menos pero en el interior, no falla: en cada pozo que te encuentras, tirando de las cuerdas a pleno sol para sacar el agua con que abrevar a burros y camellos, sólo verás negros. En Abril de 1980 hubo graves disturbios en Atar al venderse en pública subasta en el mercado una joven haratin. Ese mismo año cuatro haratin son detenidos, encarcelados y azotados por querer abandonar a su amo. Y aún hoy los amos exigen a sus haratin trabajadores por cuenta ajena una parte de su sueldo… aunque estén en Francia.

Pero volviendo a Ualata: aparte de su imponente enclave, pegado a las escarpaduras del Dar, por donde trepan las callejas, techadas con sombrajos de caña para refugiarse del sol, lo más destacable y lo que ha hecho conocida a la ciudad es la decoración que las mujeres hacen en los muros y en los patios, con barro blanco y rojo, donde hunden las manos y con las que trazan arabescos haciendo figuras abstractas, dándole un aspecto único y peculiar.

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El arquitecto Antonio Corral Jam escribió un libro muy documentado y muy completo: Ciudades de las caravanas. Itinerarios de Arquitectura Antigua en Mauritania, objeto de su tesis doctoral, en el que refleja los estudios que hizo en tres ciudades caravaneras mauritanas: Tishit, Uadan y Ualata, entre los años 1978 y 1981. Entre otras cosas describe el arte decorativo doméstico walatí y explica las afinidades formales con la decoración abasí de Medio Oriente, la califal cordobesa y la hispano magrebí, por su inspiración floral y sus normas de composición. Como es habitual en ese tipo de decoración cada curva, cada punto, cada línea, son un símbolo preciso de cada aspecto de sus vidas.

Deduce Antonio Corral que los mercaderes del Norte de África exportaron a Ualata los dibujos, imitados de las casas y palacios del Oriente y del Occidente musulmán, desde Samarra, junto al Eúfrates, en Irak, hasta Córdoba. Pero aquella decoración pintada y esgrafiada, muy meticulosa,  tuvo un momento de extinción en el periodo colonial y postcolonial por los cambios sociales que la administración francesa impuso en toda Mauritania, que acabó por desestructurar el orden y las jerarquías que regían el funcionamiento en las viejas ciudades.

Continúa describiendo el arquitecto  que, en los años 80, pudo ver en los muros rotos de las casas derruidas, deshabitadas hacía 40 ó 50 años, una decoración cuyos dibujos plasma en su libro, mucho más rica, de mucha más calidad de la que más tarde se ha recuperado, aunque simplificada y desfigurada al desaparecer los antiguos artesanos, sin dejar sucesores. No obstante, la recuperada decoración walatí sigue despertando admiración por el efecto acogedor y relajante.

Celebramos allí la Nochevieja del 2007, igual que el año anterior la celebramos en el oasis de Terjit, pero con menos ruido y sin tanta máscara ni gorrito ni trompeta. Al día siguiente bajamos por muy malas pistas de arena y por las dunas, algunas blancas como la nieve, hasta Nema que, comparada con Ualata y tras los días pasados en la tranquilidad del desierto nos pareció Manhattan, por el follón de gente, de coches y de tráfico.

Aunque la frontera con Mali no está cerca, su ubicación en el rincón sudoriental de Mauritania, la convierte en el paso hacia Timbuktú o hacia Segú. Allí, en medio de una calle, sin mayor indicación ni un triste cartel (¿para qué van a poner un cartel, si ya lo saben todos y la mayoría ni saben leer?), empezaba abruptamente –o acababa- la Route de l’Espoir. La cogimos y comenzamos el largo regreso hasta Nuakchot, esta vez sin ningún susto. La única distracción en la carretera, algún asno atropellado.

Aún nos quedaba por ver una cosa inusual. A medio camino las fuertes lluvias que, cuando caen en el desierto son torrenciales, habían formado unos lagos de varios kilómetros de largo. Era todo un espectáculo ver en medio de las arenas amarillas aquella extensión azul. Lo malo era para los habitantes de los pueblos de la zona, inundados, para los que habían tenido que improvisar campamentos de tiendas blancas de lona, que se extendían a su vez durante varios kilómetros a un lado de la carretera. No había problema: en un par de semanas el desierto se tragaría toda aquella agua y volverían de nuevo a sus casas.

El año anterior, cuando recorrimos la parte norte de Mauritania, las excepcionalmente abundantes lluvias (dentro de lo que cabe para el desierto) habían reverdecido los secos matojos. Y aunque crecen espaciados, al mirar el paisaje en lontananza nos asombraba ver un horizonte verde, nada habitual en esas latitudes. Por supuesto los camellos estaban gordos y encantados con semejante abundancia.

Uno de los del grupo, con bastante experiencia “africanista” y viajero habitual por el África Occidental había estado unos meses antes en el antiguo Sahara Español, en la zona norte, lo que se conoce administrativamente como Saquía Al Hamra (en árabe: “la acequia roja”, por un arroyo casi siempre seco que discurre por allí). La capital de la comarca es Al Aiun (en árabe, literalmente, “los ojos”, sinónimo de los pozos, o los manantiales), a 20km. de la costa, pegado al cauce de la Saquía Al Hamra.

Nos contó Manolo que aquel año y, tras las abundantes lluvias, se había formado junto a Al Aiun en el cauce habitualmente seco un lago de varios kilómetros de extensión, como el que vimos en Mauritania, a tal punto que los jóvenes de la zona, tan contentos y aprovechando aquel pequeño mar interior, se habían puesto a practicar deportes naúticos, como el wind-surf…”¡Hay que joderse –nos decía Manolo- en el desierto haciendo wind-surf y en España con sequía!”…

Al llegar a Nuakchot nos la encontramos atestada de ingleses y alemanes medio borrachos o borrachos del todo, montando follón por todas las calles, cual si de Ibiza o Torremolinos se tratase. Seguidores de los equipos del París-Dakar, la amenaza de los comandos de Al Qaeda les había dejado sin el espectáculo de la competición, pero tampoco parecía que les importase demasiado mientras quedase cerveza, y no les había quitado las ganar de beber como cosacos. Para una gente tranquila como los mauritanos (musulmanes y por tanto abstemios) toda aquella multitud de infieles alcoholizados les debía parecer un horror. Más de uno echaría de menos a los almorávides…incluso a Al Qaeda. Sin el Dakar se han quedado todavía un poco más pobres, pero seguro han ganado en tranquilidad.

 

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